San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 11 de octubre de 2015

VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
El Evangelio de hoy nos muestra el milagro que nuestro Señor hace a este oficial del Rey. No debe sorprendernos esa respuesta que al principio parece un poco áspera: “Si no veis milagros y prodigios, no habéis de creer”; sin embargo, nuestro Señor, viendo la insistencia y la buena fe de este hombre, de este militar, le sana a su vástago y él cree en la palabra de nuestro Señor; va y comprueba al preguntar y saber a qué hora se había curado el muchacho, que fue en el mismo momento en que nuestro Señor le había dicho que estaba sano.

 A nuestro Señor no le gustaban los milagros por los milagros, si bien los estos eran la manera de atraer a los infieles, mientras que a los judíos, al pueblo elegido, era a través de las Escrituras y de los profetas. No le gustaban los milagros nada más porque sí, como medio de propaganda; quería que por creer la gente en Él, por la fe en Él, se cumpliese aquello que ellos pedían. Nuestro Señor siempre hace resaltar la fe, que es el fundamento de toda nuestra santa religión, de la santa Iglesia, que tiene por doble objeto tanto material como formal a Dios; como verdad primera, porque toda nuestra vida como seres inteligentes es una relación con la verdad y Dios se la propone como verdad primera sobrenatural.

Creemos en lo que Dios nos dice de Sí mismo, en su pureza divina, en su palabra. Por eso el doble objeto como verdad primera sobrenatural de la fe; como objeto material todos los misterios y cosas de Dios, y objeto formal porque creemos por el testimonio divino y en sí mismo. De allí la certeza de la fe y la adhesión, el asentimiento de parte nuestra a esa palabra de Dios, a esa revelación de Dios, que no da lugar a la duda. Hay una certeza, una convicción.

De ahí la necesidad de meditar el objeto de la fe y nuestra adhesión sin duda, con plena certeza en la palabra de Dios. Por eso es un pecado de infidelidad aceptar positivamente una duda contra la fe. Por eso no se puede no ya negar sino ni siquiera dudar de los dogmas de fe.

Y hoy la fe está siendo socavada a tal punto que es difícil reconocer la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque la mayor parte de los fieles que se dicen o se creen católicos profesan objetivamente el error, dudan de las verdades esenciales y esa no es la fe de la Iglesia que no puede cobijar el error; no digo la herejía, es que ni siquiera el error. No lo admite porque sería admitir el equívoco en Dios, lo cual es blasfemo y absurdo, y hoy es moneda corriente; verdades que antes cualquier católico conocía, hoy son puestas en duda, cuando no negadas, como la exclusividad de la Iglesia como medio de salvación, y por eso se aceptan las demás religiones como medios alternos que pueden conducir a la salvación eterna; eso es lo que profesan el ecumenismo y la libertad religiosa, como negar el infierno o la existencia del fuego eterno del cual el Evangelio hace explícita mención. Todo esto conculca la verdad conocida y por eso son verdaderos pecados contra el Espíritu Santo. Impugnar, conculcar la verdad conocida.

No son inventos, basta preguntar a cualquier fiel en qué cree, para que nos demos cuenta de todas estas atrocidades que se cometen en el nombre de Dios y de la Iglesia, porque esto que piensan los fieles es lo que ellos han escuchado de sus pastores, de los sacerdotes, del clero, de los obispos, de Roma; es la doctrina común que hoy se imparte, la evangelización opuesta y contradictoria a la fe de la Iglesia.

Esa fue una de las razones por las cuales monseñor Lefebvre, en un acto heroico, cual Atanasio del siglo XX, no dudó ni un instante, como deber esencial de todo católico, defender la fe, su fe, sin ninguna otra preocupación sino la de presevarla al precio que costara, aun el de la propia vida, y por eso tampoco tuvo ningún temor en desobedecer porque no hay obediencia que valga en contra de la fe. No tuvo ningún temor ante las amenazas de excomunión, porque no puede haber excomuniones por defender la fe y menos cuando aquellos que anatematizan ensalzan a los destructores de la fe y, peor aún, los canonizan, como muy lamentablemente hoy acaba de ocurrir con Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y gran precursor de Vaticano II. Él funda una congregación que no tenía estamento jurídico en la Iglesia, así reconocido en libros de sus mismos miembros, esperando la hora oportuna para que se les abrieran las puertas y conseguir jurídicamente el respaldo del cual hoy gozan. Gran precursor del ecumenismo, de la libertad religiosa, de la igualdad, de la fraternidad que lo proclama hoy como santo de la Iglesia Católica, ¡es terrible!
El único consuelo que me puede quedar al ver cómo Dios permite todo esto es dejar, para aquellos que quieran ver, claramente expresada la gran contradicción que hoy desde Roma se está propagando con escándalo de la fe y de los fieles, el poderío económico del Opus Dei que cuenta en sus haberes con una docena de productoras de cine y televisión; ¿cuáles son las películas de santos que hacen? Cuando hoy, dos de los elementos más corrompidos son el cine y la televisión y estos no tienen una o dos sino doce agencias de información; y ¿de qué se informa, de la verdad de Dios?, ¿o de toda esta bazofia y porquería de noticias que no hacen más que engañar a la gente? Para no hablar del poder financiero y económico que detentan con los bancos en plena comunión con las finanzas internacionales que se manejan desde Nueva York.

Los verdaderos santos renunciaban a su dignidad de nobleza, de títulos y de realezas para hacerse siervos de Dios, y este hombre se cambia el apellido y compra un título para ser noble. Nada de raro tiene que el ecumenismo a través de Juan Pablo II haya llegado a canonizar en el día de hoy a Escrivá de Balaguer, es una lógica consecuencia, y tan lógica que se puede ver en el folleto que habla del Opus Dei que se publicó para que estuviera al alcance de los fieles. Si tienen a bien releer la conclusión final, escrita hace diez años bajo un pseudónimo ya que entonces era Superior en España y no quería comprometer a la Hermandad, como dicen allá, a la Fraternidad. Y allí está el pensamiento laico de (“san”) Escrivá de Balaguer, su ecumenismo que se había adelantado al Concilio Vaticano II. Que hoy sea promovido como santo de altar para seguir su ejemplo e ir al cielo... Eso por hablar apenas de la doctrina, de su pensamiento, como lo reflejan los mismos miembros del Opus, porque en ese opúsculo no hay sino puras citas de lo que ellos mismos dicen, de modo que no son invenciones personales.

Con este acto, Juan Pablo II mancha su hoja de vida, si así se puede decir, como Sumo Pontífice de la Iglesia y quizás Dios lo permitió por eso, para dejar una constancia histórica de su nefasto pontificado, porque si viene un buen Papa, no le queda más remedio que contravenir esto que hoy se ha hecho. Porque un hombre de esa talla no puede ser santo; era soberbio, vanidoso y otros defectos impropias de un santo; pero basta con lo que él decía y lo que sus discípulos expresan de él para mostrar sus ideas progresistas, modernistas y ecumenistas. Por eso hoy es proclamado santo de la Iglesia, no católica, porque no lo puede ser, sino de la iglesia modernista ecuménica, porque los enemigos de la Iglesia están dentro de la Iglesia, decía San Pío X.

Juan Pablo II cuenta entre sus mejores amigos a los judíos, eso tampoco es una calumnia, dice un inglés autor del libro “El Papa oculto”, publicado con fotos tomadas junto a su amigo judío Jurek, a quien recibió en primer lugar en audiencia privada una vez elegido Pontífice y que con él hicieron el reconocimiento por parte del Vaticano del Estado de Israel; esas no son historias sino realidad escrita. Tampoco debe extrañarnos que se sospeche además del posible origen judío de Escrivá y que por eso cambie en su apellido la B por V para que no se le tome por los fariseos y escribas del Antiguo Testamento. Y aunque no hubiese sido judío todos sus hechos han llevado a judaizar la España católica como lo dice el padre Menvielle en uno de sus libros. Luego, no debemos asombrarnos sino estar alertas para no claudicar en la fe, para que sepamos resguardar la fe católica, y poder ser fieles a nuestro Señor y a su santa Iglesia.

Pidamos a la Santísima Virgen que nos ayude a mantenernos firmes en la fe, tal cual Ella al pie de la Cruz. +

PADRE BASILIO MERAMO6 de octubre de 2002

domingo, 27 de septiembre de 2015

DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio cómo nuestro Señor hace el milagro del paralítico en presencia de todos y cómo los judíos siempre estaban protestando, al asecho, en oposición a nuestro Señor, mientras que el pueblo de algún modo le era favorable y le pedía sus favores y sus milagros.

Según algunos buenos predicadores y exegetas, con este milagro nuestro Señor manifiesta por primera vez implícitamente su divinidad, porque ¿quién sino sólo Dios puede perdonar los pecados? Y eso fue lo que hizo nuestro Señor habiéndoles dicho que era muy fácil decir, “levántate y anda” o decir “tus pecados te son perdonados”, pero lo difícil es hacerlo. Nuestro Señor demostró al curar al paralítico que podía decirlo y hacerlo. Por eso los judíos le impugnan de blasfemo, porque solamente Dios podía perdonar los pecados, y ellos ante lo que veían y oían, en vez de ser cautos y prudentes, acusándolo, hacían, hacen todo lo contrario. 

Podemos preguntarnos la razón por la cual nuestro Señor no afirma su divinidad de una manera explícita desde el primer instante de su vida pública, y en vez, hace esta revelación implícita, gradual, progresiva. Sencillamente debemos recordar que en el mundo pagano los dioses eran moneda corriente, las divinidades que bajo formas humanas se vengaban de los hombres o traficaban con los hombres. Nuestro Señor no podía de primer momento ser confundido con ninguno de esos dioses de la mitología y mucho menos cuando el pueblo judío luchaba encarniza-damente contra esos dioses paganos.

Nuestro Señor va revelándose poco a poco para ir preparando así las mentes y los corazones y no ser confundido con uno de esos dioses paganos del Olimpo que eran asiduamente combatidos. Esa es la razón por la cual nuestro Señor se va manifestando poco a poco, va mostrando su divinidad hasta que después, al fin, lo dice claramente, explícitamente, para que creyesen tanto los judíos como los paganos.

Y esa relación trascendental del pecado, como nuestro Señor al perdonarle los pecados al paralítico nos muestra, nos hace ver nuestra condición pecaminosa, condición que tiene toda criatura por el hecho de haber sido hijos de Adán. El pecado que es delante de Dios, el pecado contraviene el orden de las cosas, el orden que Dios ha establecido según su sabiduría; el mal moral no es malo porque Dios lo diga por un acto de su voluntad, sino que es malo porque no corresponde a la naturaleza de las cosas que están en consonancia con su sabiduría. Por eso el pecado es contra Dios, delante de Dios.

Conculcamos ese orden, aunque muchas veces, cuando se peca, no se piensa en eso, y aquí podríamos decir que ese grave error de una moral o de una concepción que ya Santo Tomás tildaba de herética, era atribuir a la voluntad de Dios y no a la sabiduría divina lo bueno y lo malo. Un gran filósofo como Occam –que es un desastre– decía: “Si Dios me manda a adorar una burra como si fuera Él, yo tendría que obedecer y agradaría a Dios”; decía él, el muy burro; imposible que Dios me mande adorar a una burra, es absurdo, pues el voluntarismo consistía en eso, en hacer depender toda la moral, el orden de las cosas, de la voluntad de Dios, porque Dios era libre y todo se sometía a su libertad y a su voluntad. Ya Santo Tomás había dicho que era una herejía y no sólo una impiedad atribuir estas cosas a la voluntad y no a la sabiduría de Dios que es el que le da peso y medida a todas las cosas, el que les da una naturaleza, y que el orden moral se basa en esa relación que hay entre la naturaleza de esa cosa y su fin.

Dios entonces prohíbe algo no porque dictamine que sea malo, sino porque es malo en ese orden de cosas conforme a la naturaleza, según su sabiduría. Y por eso todo pecado vulnera esa relación de las cosas entre sí y relacionadas con Dios, con la sabiduría de Dios, con el orden impuesto por Dios. El pecador es un disociador y esa es nuestra condición, lamentable, al ser pecadores. Cada vez que pecamos vulneramos el orden de la sabiduría divina impuesto a las cosas; de ahí el gran error del indiferentismo de quitar esa idea, esa noción del pecado, cuando se piensa que uno puede salvarse en cualquier religión, creer que todas las religiones son buenas y otro, afirmar que todas son malas.

Finalmente dicen que no hay pecado. Como hoy acontece, eso es una realidad, la gente hoy se besuquea en la calle, , como si fuera lo más normal del mundo, y así otros pecados que se cometen en la vida pública y ¡ay del que diga algo!, ¡ay del que recrimine!, porque se ha perdido la noción de pecado. “Yo hago lo que me da la gana”, en definitiva esa es mi voluntad, no la voluntad de Dios; lo cual es un error como lo acabamos de ver. Tenemos así la voluntad del hombre, entonces es bueno o malo de acuerdo con mi voluntad, o a mi parecer, y si tengo ganas de salir desnudo, así salgo, porque la gente sale hoy desnuda a la calle; no me digan que va vestida una mujer con el ombligo al aire o con medio seno afuera o como fuese, porque si eso es andar vestido... ¡Válgame Dios!

No es una exageración ni una consideración de un cura beatongo, porque yo no soy tal, ni me voy a escandalizar por ver una mujer desnuda; pero sí me doy cuenta de que eso no es acorde con la naturaleza decaída... que tenemos, porque no es normal que el hombre vea a una mujer en cueros y no tenga tentaciones; ; las cosas como son. Debe haber un poder social, una moral, y que eso hoy se conculque es la prueba de que no hay noción de pecado, que no existe, está abolido.

¿Y si no existe el pecado qué queda? No hay orden, no hay sabiduría, mejor dicho, se destruye todo el orden que Dios ha puesto en las cosas. De ahí la gran revolución que hay en la sociedad moderna con toda esta inmoralidad pública que vemos y que corresponde a ideas falsas y nociones falsas y que atentan contra la religión, contra Dios. De ahí la gravedad de todo esto, porque se vicia toda nuestra relación con Dios, que debe ser una relación ordenada y debida como Él lo ha querido según su divina sabiduría.

En definitiva, en este estado de las cosas se conculca, se ofende la sabiduría divina, el orden que Dios ha impuesto a todas las cosas y el hombre se convierte en un revolucionario; así nos demos o no cuenta, el hecho es objetivo. Con este milagro del paralítico, queda establecida esa relación de pecado afirmada por el evangelio y que nosotros no debemos olvidar hoy día viviendo en un mundo donde reina el indiferentismo.



Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a perseverar y aunque seamos pecadores no pequemos tanto o por lo menos no gravemente para que nuestra vida sea más de santidad que de pecado. +

P. BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2001

domingo, 20 de septiembre de 2015

DOMINGO DECIMOSEPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En primer lugar quiero saludar a todos los fieles, tanto a aquellos que me conocen como a los nuevos, y manifestarles la alegría de volverme a encontrar de paso por aquí, en Madrid.

Vemos en el evangelio de hoy cómo los fariseos van hacia nuestro Señor para tentarlo. Uno de ellos, que era doctor de la ley, teólogo podríamos decir nosotros, jurisconsulto, que no le pregunta para aprender, para instruirse, para disipar las tinieblas de la ignorancia en la cual todos nacemos, sino precisamente para tentarlo, no porque les interesase la verdad ni cuál era, sino para buscar una excusa y así tener con qué reprender a Jesús. Nuestro Señor le responde interpretando, como en el Antiguo Testamento, que el mandamiento más grande era el amor a Dios, y el del prójimo.

Esa es la importancia de la caridad, entendida como siempre nos ha enseñado la Iglesia católica, la de hacer el bien a los demás. Por eso dice que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, es decir, del mismo modo, que nosotros nos amamos, procurándonos el bien. Y el mayor bien es la salvación de nuestras almas; el amor al prójimo consiste en querer lo mejor de los demás, aun de los pequeños y la salvación de sus almas y eso por amor a Dios sobre todas las cosas.
Por tal razón, se da la santificación, por la caridad, el amor; de otra manera sería la perversión de la religión católica, la corrupción de todas las Sagradas Escrituras y de toda la Iglesia católica. Lamentablemente hoy se nos predica una falsa caridad y un falso amor. Y la prueba está en que los pecados más aberrantes se cometen en nombre del amor, del amor adulterado y mal entendido, o ¿qué se hace en la mayoría de las películas y de las novelas? En nombre del amor toda una juventud pervertida, manoseándose en las calles, como si eso fuese lo más natural y normal de este mundo.

Y en nombre del amor, peor todavía, se niega el infierno, diciendo ¿cómo será posible que exista si Dios es amor? Y en nombre del amor, Jacques Maritain, el gran filósofo francés, llegó a afirmar que el averno estaría vacío, ¿y qué es un averno vacío? Pues directamente, como si no existiera. Desocupado, decía él, porque incluso podría redimirse hasta a Satanás, y no en vano Maritain fue el padre de la libertad religiosa del Concilio Vaticano II. En nombre del amor, de la caridad, se nos predica otra religión y el ecumenismo que quiere mancomunar a todos los hombres sin dogmas que dividan. Y en nombre del amor, falsear el amor; el anticristo llegará a esta tierra para promover un paraíso terrenal bajo una falsa paz y un falso amor. Hay que estar prevenidos, mis estimados hermanos; nos toca estar vigilantes, porque en nombre del amor, de la caridad, hoy se va camino hacia la apostasía.

Si se niega al enemigo, se niega el combate y vemos cómo en el evangelio de hoy los fariseos, los judíos, a cada paso, las veinticuatro horas del día, acechan para combatir a nuestro Señor. Y en nombre de un falso amor se niega a los enemigos de la Iglesia, al judaísmo, a la masonería, que son los tentáculos y el instrumento de Satanás para destruir la Iglesia que sufre hoy su pasión como la sufrió nuestro Señor en manos de los hebreos. Y de ahí la necesidad de tener espíritu de combate, de vigilancia en esta tierra, porque es una lucha permanente, primero contra nosotros mismos, contra nuestras pasiones, nuestros apetitos y también contra todo aquello que no quiere aceptar que reine nuestro Señor.

Entonces, cómo se va a hablar de verdadero ecu-menismo cuando no se quiere aceptar al verdadero amor a Dios para que le reconozcamos como al Dios Único y Trino. El Dios de la religión católica y de la revelación no es el dios del judaísmo ni el de los musulmanes; ni tampoco es el dios de los budistas ni de cuanta religión hay por ahí, sino el Dios de la revelación católica, de la Iglesia católica, y ese es el gran vaciamiento que estamos viviendo hoy; por eso la gran crisis y la necesidad de recordar el combate, de combatir para defender nuestra religión. Por lo mismo, en defensa de la fe, monseñor Lefebvre fue quien hizo todo lo que hemos visto y continúa haciéndolo a través de la Fraternidad San Pío X por defender la fe; eso es lo que explica toda su actitud, ese es el principio, el motor, el deber que tiene cada católico de preservar su fe ante todos los enemigos de la Iglesia, tanto externos como internos, que se proponen destruir la santa madre Iglesia.

Ahora bien, sin fe se vacía también la caridad, porque ésta supone tanto la esperanza como la fe; pero una caridad sin fe, como la que predica el modernismo actual, el ecumenismo actual, es una falsa caridad. En consecuencia, es la falsificación de toda la doctrina, de toda la religión cuando se nos predica la caridad sin la fe. Y la fe es una adhesión de nuestra inteligencia a la verdad primera revelada que es Dios; es una relación con la verdad primera y ésta me dice: Dios Trino, que es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, cuya segunda persona se encarnó, murió en la Cruz y fundó la Iglesia con unos sacramentos, con una jerarquía, con un sacerdocio. Todo eso hace a la institución divina de la Iglesia que no se puede cambiar ni socavar como se está haciendo por vía de la autoridad, porque hoy la revolución ha llegado a destruir las organizaciones por la autodemolición, es decir, la autodestrucción, socavando la jerarquía en sí misma, de modo que vemos el padecimiento tan terrible y cruel que vivimos y la gran tentación de sucumbir a la presión.

La prueba de esa presión la tenemos con la reciente caída y traición, porque así hay que decirlo, de los padres de Campos, que se han dejado engatusar por el cardenal Castrillón, que me duele decir, es colombiano, mucho más sutil y sagaz que otros antecesores suyos. Si no tenemos cuidado también nosotros sucumbiremos, y no podemos aceptar entrar en el panteón de las religiones aunque nos den todos los derechos y privilegios como el de la santa Misa, porque será un altar más en el panteón. No lo olvidemos, no podemos creer como algunos han querido pensar, que Roma está cambiando. Sí, está cambiando, pero de táctica como la serpiente, que muda de piel pero sigue siendo la misma. Y es un misterio de iniquidad, porque Roma debiera ser la luz de la verdad, la cátedra de la infalibilidad, y ¿qué vemos hoy? Está convertida en tinieblas, en confusión, lo cual nos hace pensar en la profecía de La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del anticristo”. Eso nos dice la Santísima Virgen María.

No puede haber cosa más terrible y dolorosa para un católico, que ver que de allí, de donde debiera salir la luz de la verdad, pulula el error, el engaño, la mentira, la confusión, como de ese reencuentro de Asís renovado y aun el mismo Vaticano con todas las religiones, sin respetar la tumba del primer Papa, San Pedro, que allí se encuentra. ¿No basta eso para hacer abrir los ojos a los fieles que todavía se creen católicos, pero que no lo son? Porque la Iglesia católica no puede predicar el error, la confusión y las tinieblas, no digo ya la herejía, pero ni aun el error.

No puede haber una fe errónea como la que hoy vemos en la gran mayoría de los que se siguen diciendo católicos. Les han robado, vaciado su fe, y les proponen una nueva y falsa caridad, un falso amor a Dios. Por eso hoy es ineludible de nuestra parte mantenernos firmes en la fe, porque el demonio anda como un león rugiente a nuestro alrededor, para ver a quién va a devorar, como dice san Pedro en una de sus epístolas. No podemos olvidar, no debemos dormir y permitir que nos dé la anemia espiritual y perdamos la capacidad de combate, que no es más que la capacidad del martirio, ya que a eso estamos llamados cada uno de nosotros si Dios así lo requiere, ser testigos, es decir, mártires de Cristo, de la Iglesia de nuestro Señor; para eso tenemos el sacramento de la confirmación, que nos afianza en la fe como soldados de Cristo, no como mercenarios, ni como traidores.

Pero vaya si no hay un pecado contra ese santo sacramento de la confirmación en el cual se nos da la plenitud de la gracia del Espíritu Santo. Si hay un sacramento que podríamos decir del Espíritu Santo, es ese, en el cual se nos da la infusión plena de la gracia y el vigor para consolidarnos como soldados fuertes y aguerridos en la fe recibida en las fuentes bautismales. Eso precisamente falta hoy, hay una claudicación y un verdadero pecado contra el Espíritu Santo; no somos capaces de defender nuestra religión con el tesón que se nos exige sacramentalmente.

¿Dónde están los obispos, los cardenales y los sacerdotes católicos? Sobran los dedos de la mano, porque estábamos seguros de por lo menos cinco obispos católicos fieles: los cuatro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y monseñor Lisinio, sucesor de monseñor de Castro Mayer que acaba de claudicar, para tener en su lugar ahora al susodicho monseñor Rifán. Digo esto con toda firmeza, porque no es de hoy, desde hace dos años en el jubileo, la última vez que lo vi le increpé frente a la Escala Santa, para decirle, advirtiéndole que él no era fiel transmisor de lo que decía monseñor de Castro Mayer y que hacía pasar sus ideas (buenas o malas, en eso no me meto), como si lo fuesen. Ahora, dos años después, me da la razón la Historia, cuando claudican treinta sacerdotes que eran la gloria de monseñor de Castro Mayer. Transigen engañados, sin malicia, como cede una doncella de quince años en las manos de su seductor.

Igual que a ellos, se nos engaña en Asís; por eso es un deber que cada sacerdote advierta a los fieles, porque cada uno de nosotros tiene que dar cuenta ante Dios, por eso tenemos ese sacramento, no lo olvidemos, la confirmación. Para que si es necesario y si Dios así lo quiere, muramos y demos nuestra vida en buena hora, con el mejor acto de inmolación. Pero, ¿qué inmolación va a haber si no hay capacidad de combate, de sacrificio, de lucha y de entrega, de amor a la verdad? Se hace cualquier cosa en nombre de la verdad y así volvemos a lo mismo, a un falso amor y por eso tenemos una falsa Iglesia, una falsa religión que culminará en esa gran apostasía y de lo cual nos daremos cuenta demasiado tarde, cuando tengamos al anticristo sobre nuestras cabezas.

Entonces quedaría la Iglesia reducida a un pequeño rebaño que será excluido, maltratado, perseguido, pero que está y huye al desierto, allí donde el dragón querrá matarlo pero no podrá por la intervención de la mano de Dios.

Por lo mismo, no debemos olvidar que no es un combate contra el hombre sino contra los espíritus, contra los demonios, de allí también el cuidarnos del tiempo que nos desgasta, no escandalizarnos cuando vemos incluso a algún sacerdote de la Fraternidad ir por malos pasos porque se deja engañar o se cansa con el transcurso del tiempo. Debemos anclarnos no en el tiempo que pasa y que fluye sino en la eternidad de la verdad católica que está en la Tradición católica, apostólica, romana. Esto nos hace mucho más romanos que todos los cardenales que están en Roma vendiendo la Iglesia; duele decirlo pero hay que hablar y pedirle a la Santísima Virgen María que nos ayude a mantenernos de pie como Ella lo estaba frente a la Cruz y como, gracias a Ella, lo estuvo también San Juan mientras que los demás apóstoles cobardemente huían. La cobardía y el miedo.

Todo lo contrario, se necesitan soldados de Cristo, valientes, y si tenemos miedo como a veces es legítimo, no sucumbir ante él teniendo la esperanza puesta en Dios y sabiendo que nuestra Madre nos protegerá; por eso debemos acudir siempre a Ella, ser sus hijos fieles y asimismo así serlo de la Iglesia católica, apostólica y romana.

Pidámosle a Dios y a la Santísima Virgen, a través de su ayuda, esa gracia para no claudicar en la hora presente. +

P. BASILIO MERAMO
15 de septiembre de 2002


domingo, 13 de septiembre de 2015

Domingo décimo sexto después de Pentecostés.


Tomado del MISAL DIARIO COMPLETO por el P. Luis Ribera CMF, España 1954:

Directorio de la misa.-
1. Domingo menor, pagina 86, Doble. Verde.
2. Admite una sola conmemoración. OCM (49.I.)


Epístola de San Pablo a los Efesios, 3, 13-21.- Hermanos: Os ruego que no os desaniméis en cuanto yo tengo que sufrir por vosotros, porque gloria vuestra es.  Por esta causa doblo mis rodillas ante el acatamiento del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual toma su nombre toda la familia en el Cielo y en la tierra, para que os conceda, según las riquezas de su gloria, que estéis, firmes por la acción de su Espíritu en lo interior del hombre;   que habite Cristo por la fe en vuestros corazones,  arraigados y cimentados en la caridad;    para que podáis comprender qué cosa sea la anchura y longitud, la profundidad y alteza de la caridad de Cristo, que sobrepuja todo conocimiento, para que conociéndola, seáis colmado de ella hasta su plenitud en DIOS.    Al que es poderoso para hacer todas las cosas mas cumplidamente de lo que pedimos o entendemos, según el poder con que obra en nosotros;;  a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús para siempre. Amén.

+Evangelio según San Lucas, 14, 1-11.-  En aquel tiempo, al entrar nuestro Señor Jesucristo en casa de cierto príncipe de los fariseos a comer en día de sábado, ellos  le estaban asechando.  Y he aquí que se presentó delante de Él un hombre hidrópico.  Nuestro Señor Jesucristo, vuelto a los doctores de la ley y los fariseos, les dijo:  ¿Es lícito curar en día de sábado?  Mas ellos callaron.  Él, pues, habiendo tomado al hidrópico, le curó.    Y les dijo entonces: ¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no le sacará luego, aunque sea en día de sábado?  Y a esto no sabían que contestar.
      Y viendo como los convidados iban escogiendo los primeros puestos en la mesa, les propuso esta parábola:  Cuando fueres invitado a las bodas, no te pongas en primer puesto, no sea que haya otro convidado más distinguido que tú, y viniendo el que a ti y s él convidó, te diga:  Amigo, haz lugar a este;   y entonces con sonrojo te veas obligado a ponerte en el último.   Ahora bien, cuando fueres convidado, vete a poner en el último lugar, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:  Amigo, sube más arriba.  Esto te arrancará mucha gloria delante de los comensales.   Así es que cualquiera que se ensalza, será humillado;  y cualquiera que se humillare, será ensalzado. - Credo.

-Laus tibi Christe

domingo, 6 de septiembre de 2015

DOMINGO DÉCIMO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En el evangelio de hoy vemos la compasión de nuestro Señor por una mujer viuda a quien se le acaba de morir su único hijo. Conmovido ante el dolor de una madre, sin que nadie se lo pida, solamente por presenciar aquella escena, nuestro Señor le resucita a su hijo para consolarla, ya que siendo viuda perdía todo y lo único que tenía en el mundo; porque los hijos, no como mal se piensa ahora, son el único tesoro de una familia; en los hijos está la riqueza de una familia y el perdurar a través del tiempo la garantía de la ancianidad. Aunque también ahora, desgraciadamente, a los ancianos los encierran en las sociedades de la tercera edad para no ocuparse de ellos, lo cual muestra cuán bajo es nuestro nivel de cultura que desprecia a los ancianos, a los padres que nos han dado la vida. Nos preciamos de vivir en un siglo de ciencia y avance y lamentablemente es todo lo contrario.

Esa compasión de nuestro Señor, ese amor, esa caridad, nos hace recordar la deuda de amor que tenemos con Él que vino al mundo para redimirnos y que no escatimó su sangre para morir por nosotros. Ese amor se revela de manera concreta en la compasión que siente hacia esta pobre mujer resucitándole a su hijo, al único tesoro que tenía la viuda de Naím; por eso nuestro Señor le remedia su dolor volviéndole a la vida y manifestando con ese milagro su divinidad. ¿Por qué manifestando su divinidad? Porque dijo en nombre propio: “Yo te lo ordeno, Yo te lo digo”. Ese carácter personal es propio solamente de Dios, porque ningún enviado lo podría hacer sino invocando a Dios y no atribuyéndose poder divino como evidentemente lo hace nuestro Señor; así nos manifiesta su divinidad, en la cual debemos creer como católicos, porque siendo verdadero Hombre es verdadero Dios, y así ese Ser que es divino y que es humano, que se encarnó para salvarnos, para redimirnos del pecado, consuela a esta pobre mujer. La misericordia, el amor de Dios compadecido ante la miseria humana. Todos debemos tener ese amor, esa indulgencia con el prójimo y no faltar al mandamiento de la caridad que supera incluso al de la justicia; el de la estricta justicia que obliga en conciencia a retribuir a cada uno lo debido según el bien común; pero la caridad va mucho más allá, porque está por encima de la justicia.

También San Pablo, en la epístola de hoy, nos exhorta a hacer el bien a todos y en especial a los hermanos en la fe. Que no nos cansemos de hacer el bien y que no tengamos esa avidez, esa avaricia de vanagloria, de pretender y creernos mejores que los demás; eso es origen de disputas, de peleas y de odios. Que nos soportemos mutuamente es la Ley de Cristo. Y San Pablo nos dice que la Ley de la caridad, que es la Ley de Cristo, consiste concretamente en soportarnos mutuamente, y porque no nos toleramos, somos incapaces de tolerar a los demás que están a nuestro alrededor, porque de nada vale soportar a un chino, o a un japonés que está al otro lado del mundo que no nos afecta para nada, sino al que está viviendo bajo el mismo techo, al que vive al lado, al vecino de en frente, al que está próximo a nosotros.

De ahí viene la palabra prójimo, soportarnos y en ese soportarse mutuamente se ejerce la caridad, la Ley de Cristo, sabiendo que debemos tolerar los defectos inherentes a la miseria humana que tienen los que nos rodean, porque nosotros tenemos los mismos o quizá mayores o peores que ellos. Esto es un imperativo, no es facultativo, no es si me cae bien, si me hace un favor; no es si es agradable esa persona; es sin distinción, por encima de lo bueno o de lo malo que tenga, por encima de la simpatía o de la antipatía natural; la caridad no es un encanto natural, es, si pudiéramos decir, si quisiéramos usar la palabra simpatía, una simpatía sobrenatural por amor a nuestro Señor, por amor a Dios, porque Él murió en la cruz por todos y todos estamos obligados a amar al prójimo y en especial a los hermanos en la fe, es decir, a los católicos en primer lugar, en primer orden. Y veremos el fruto de la buena acción si no desfallecemos. De ahí surge la necesidad de la perseverancia, que es como una paciencia prolongada en el tiempo, para que veamos los frutos de las buenas obras hechas por amor a Dios.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos cumplir con ese precepto de caridad, de amor, de compasión con el prójimo, soportándonos mutuamente y haciendo el bien a todos. +

PADRE BASILIO MERAMO
24 de septiembre de 2000

domingo, 30 de agosto de 2015

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo el evangelio nos recuerda y nos exhorta a buscar, primero el reino de Dios, las cosas de Dios; todo lo demás se nos dará por añadidura, para que no hagamos de lo que no requerimos, que puede ser incluso muy necesario, el fin último de nuestra vida, para que no hagamos de ello nuestro falso dios.

El Evangelio comienza advirtiéndonos que nadie puede servir a dos señores porque amará a uno y detestará al otro, o servirá al otro y no al primero. No se puede servir a Dios y a las riquezas, o se sirve a Dios o se sirve a al dinero, pero servir a ambos al mismo tiempo es imposible. Sin embargo, eso es lo que hoy el mundo predica, el catolicismo liberal: tener a Dios con una vela y a las riquezas con otra; éstas, que representan o sintetizan todos los bienes de esta tierra, de este mundo y por eso nuestro Señor es categórico, es radical, es vertical, o lo uno o lo otro, y eso lo hace para la salvación de nuestras almas, para que no nos engañemos. No es que el patrimonio sea en sí malo, lo nefasto es hacer de él nuestro señor, nuestro dios; lo funesto es ser y vivir esclavos de esas riquezas de ese patrimonio, de lo que ellos proporcionan, como fama, poder, bienestar, influencias, honores y todo lo demás. Debemos vivir para Dios y Él nos dará lo que necesitamos por añadidura.

Y mal se podría interpretar este evangelio de hoy, con la comparación que hace nuestro Señor de mostrarnos cómo las aves del campo no hilan, no tejen, no tienen graneros y son alimentadas por Dios, y cómo un lirio del campo viste mejor que Salomón en toda su opulencia. ¿Y cómo no se va a preocupar más Dios por nuestras almas que por las aves y los lirios del campo? Mucho más vale nuestra alma que es espiritual, con lo cual nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena, esa preocupación desmedida por los bienes de este mundo que se adquieren y aseguran a través de las riquezas.

No es que nuestro Señor esté predicando la imprudencia, la pereza, la dejadez. Porque hay también esa tentación; las Escrituras mal entendidas nos llevan a herejías, y éstas tienen dos polos: los ebionitas, por ejemplo, predicaban que sólo se salvaban los pobres, en la Iglesia primitiva; los calvinistas predican que los que se salvan son los ricos y que las riquezas son una señal de la predestinación al cielo. Dos herejías que se identifican; ni ricos ni pobres, lo que quiere decir nuestro Señor no es que los pobres o los ricos se salvan o se condenan, no somos ni ebionitas ni calvinistas, como calvinistas son gran parte de los Estados de Europa y de los Estados Unidos. Por eso ese afán de poder y de éxitos en esta tierra como una garantía de la predestinación al cielo.

Sencillamente, nuestro Señor quiere mostrar que lo que interesa es la virtud, el desapego. Porque se puede ser pobre y ser tan miserable como un rico avaro apegado al poder y a las riquezas, que aunque no las posea, las desea en el corazón como a un dios omnipotente. Y Dios sabrá si no saldrán de ahí errores como la lucha de clases que ha sido agitada por el marxismo. Y al revés, tampoco quiere decir nuestro Señor, que los ricos se salvan o se condenan, porque se puede ser tan rico como un rey, el rey David, el rey san Luis, el rey San Fernando y no vivir apegados a esas riquezas sino que las utilizan para el bien de las almas y su salvación. También se puede ser rico y utilizar esas riquezas para el mal. Nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena y que no invirtamos los términos, que no nos preocupemos demasiado ni aun por aquello que nos es necesario; que tengamos a Dios por Señor y no las riquezas de este mundo.

¿Cuánta gente, lamentablemente, ha vendido su alma al demonio haciendo pactos por ser grandes artistas, grandes millonarios, muy poderosos? No vendamos el alma al diablo, haciendo de los bienes de este mundo nuestro dios, nuestro fin último. Debemos buscar el reino de Dios en primer lugar y lo demás se nos dará por añadidura.

Otro error sería el de caer en la pereza, en la despreocupación, en la dejadez, en la falta de empeño o de trabajo, pensando que por rezar y orar no tengo que trabajar para ganarme el sustento, porque me va a caer del cielo, interpretando mal esa comparación que hace la Escritura con los lirios del campo y las aves del cielo. Y hay mucha gente inclinada a caer en ese error, ese es un extremo; el otro, diametralmente opuesto, que nuestro Señor quiere combatir, es la solicitud terrena. No podemos caer en la dejadez o en el abandono total esperando que todo nos llueva del cielo. Las Escrituras hay que interpretarlas correctamente, para eso está la santa madre Iglesia, para darnos el sentido a través de su Magisterio y de los Padres de la Iglesia.

De ahí la necesidad de leer la Biblia con abundantes comentarios. ¿Cuánta gente no saca errores sin malicia, y concepciones erróneas de las Escrituras por leerlas imprudentemente sin preguntarse antes qué dice la Iglesia, qué dicen los santos padres? No más por recordar, ¿cuántos errores sacados del Génesis? Por ejemplo, al interpretar quiénes son los hijos de los buenos, de los santos y quiénes son los de los malos. Algunos llegan hasta decir y creer que Eva concibió otros hijos, además de los que tuvo con Adán, con la serpiente; y de ahí siguen sacando cuentos y cuentos típicos de toda una gnosis cabalística que no es de hoy, sino tan vieja como el mundo. Y así se hace de las Escrituras una mitología, una fábula. Por nombrar un aspecto, un detalle de cómo es fácil que el error haga presa de nosotros si no nos preguntamos siempre qué es lo que nos dice la Iglesia, qué es lo que nos enseñan los santos Padres, qué es lo que dice la teología.

Por eso, del evangelio de hoy han nacido muchas herejías, cuando nuestro Señor lo que quiere es mostrarnos cuál es el camino para salvarnos, y sabiendo Él que necesitamos vestido, comida y los bienes que Él mismo ha creado para nuestro sustento, no quiere que esos recursos mal encaminados, mal queridos, mal deseados, sean un obstáculo para nuestra salvación, sean un impedimento para que consigamos el reino de los cielos, el reino de Dios que debe ser el primero y único de nuestros objetivos y todo lo demás es secundario, accidental. Y esto es difícil entenderlo en el mundo de hoy, porque es pagano, está judaizado; donde todo es dinero. Todavía aquí en Colombia nos salvamos porque gracias a la pobreza no tenemos esa contaminación del materialismo que se ve en Europa; es aterrador, trabajar para adquirir, para poseer, para vivir bien, pero se olvidan de vivir conforme a Dios. Así, entonces, tienen por señor no a Dios sino a las riquezas.

Por eso la gran tentación que hay de querer ver realizado en este mundo el paraíso, que es lo que promete falazmente el comunismo; éste no es más que el ideal judío, convertir esta tierra en un paraíso de bienes materiales donde ellos, por supuesto, sean los que gobiernen y manden. No en vano Marx era judío y por ende no hay una oposición entre el capitalismo liberal y el comunismo; son dos versiones de un mismo ideal que se pelean en la manera en que se va a producir, pero el objetivo final es siempre esta tierra, los bienes, el poder y las riquezas terrenales.

En cambio, la Iglesia nos dice: ¡no; es Dios, el reino de Dios! Y eso fue lo que le pasó a Maritain, casado con Raiza, una judía. Él fue un inteligente filósofo, al principio muy purista y a quien el gran padre Garrigou-Lagrange, teólogo en Roma, lo defendía y estimaba; el padre Meinvielle trató de abrirle los ojos a Garrigou-Lagrange en el Angélico, pues Maritain, queriendo instaurar un cristianismo terrestre, cae en la herejía de Lamennais, en esa gran herejía condenada, y él es así, el instigador del Vaticano II, amigo íntimo de Pablo VI y el padre de la libertad religiosa, para que todos trabajasen y viviesen en paz en medio de los bienes de este mundo sin importar que fuesen católicos, judíos, musulmanes o lo que fueran; ese es el humanismo integral, esa concepción católica reducida a esta tierra, en definitiva a buscar el ideal judío del paraíso perdido aquí y encontrado en esta tierra, olvidándonos del paraíso celestial del reino de los cielos.

Y de ahí todo el progresismo que comportan todas estas nociones, que todo lo que viene es mejor; ¿por qué? Porque aumenta la técnica, la ciencia, y entonces, eso debe hacer que los hombres vivan en un mundo mejor, con más bienes de consumo. Falso, eso es buscar primero lo de este mundo, las riquezas y no a Dios; en consecuencia vemos el gran error de Maritain y de todo el modernismo, que se infiltró en el Concilio Vaticano II y que sigue campeando hoy en la teología de la liberación y en toda la evangelización que, según vemos, se predica en las iglesias; por eso las monjas dejan la clausura y salen a la calle, los curas se vuelven como los demás hombres. Es la misma mentalidad y es la de un apostata del reino de Dios, la gran herejía del modernismo y el progresismo actual, impulsada por católicos de talla como Maritain.

Debemos tener esa vigilancia, para que realmente vivamos el espíritu del evangelio, y del evangelio correctamente interpretado, porque de él es muy fácil sacar herejías; el error es múltiple y diverso mientras la verdad es una. Es mucho más fácil, entonces, la propagación del mal que la del bien y por eso es más difícil el bien, porque el mal es como un cáncer. Todo esto quedaría lejos de nuestro corazón si tenemos en primer lugar el reino de Dios, si buscamos el reino de Dios y lo demás lo subordinamos. Ese es el mensaje que nos quiere dejar nuestro Señor en el Evangelio de hoy, para que no nos condenemos con los bienes y las riquezas de este mundo que Dios ha puesto para nuestro sustento y no para reemplazarlo a Él.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a buscar el reino de Dios, el de su divino Hijo en primer lugar, para que así impere en nuestros corazones, si es que no puede imperar más en la ciudad.+

PADRE BASILIO MERAMO
25 de agosto de 2002

domingo, 23 de agosto de 2015

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el evangelio de hoy vemos la curación de los diez leprosos y el reproche que nuestro Señor hace ante la ausencia de los otros nueve, dado que sólo uno de los diez vino a agradecerle y a reconocerle como Dios. Todos los santos padres interpretan, como señala el padre Castellani, que es el evangelio de la gratitud y la ingratitud, y por eso nuestro Señor en cierta forma reprocha esa ingratitud de los otros nueve que no vinieron a presentarse.

No obstante, queda la dificultad, ya que fue nuestro Señor mismo quien les dijo que fueran a los sacerdotes, cumpliendo ellos lo que Él mismo les dijo y por lo cual el padre Castellani dice que además de ingratitud hay otro plano que apunta a la religión, a la conversión, a la fe; y ante ella no hay otro mandato, otro precepto, otro afán, otra obligación, nada. Porque a Dios no se le puede anteponer ninguna otra relación, ningún otro fin, ningún otro interés. Y por eso no es solamente la ingratitud lo que reprocha nuestro Señor, sino el no reconocer que el bien lo habían recibido a través de la mano de Dios.

El único leproso que se dio cuenta fue el que regresó a darle gracias y a adorar a Dios, por eso se postró sobre sus pies; es el gesto de adoración a Dios en Oriente y como antiguamente se estilaba, y es ese el otro aspecto que recalca y hace notar el padre Castellani, completando la exegesis común que hacen todos los padres refiriendo este milagro de hoy a la agradecimiento y desagradecimiento. ¿Y por qué es tan importante la gratitud? Porque todo lo que recibimos de Dios en el orden sobrenatural es gratis, no es debido. Y el mundo de hoy en su impiedad, en su herejía, hace de la gracia algo exigido por el hombre, por la dignidad del hombre, he ahí el Concilio Vaticano II.

Y todo es gracia, todo es regalado en el orden sobrenatural, y en el orden natural la vida, la existencia, etcétera; también son gratis, como muchas cosas que Dios nos da, no hay una exigencia, no hay una obligación de Dios, es completamente de balde, y eso hay que reconocerlo delante de Dios. No nos es debido, no hay una exigencia, y si la hubiera, entonces ya no sería gracia, ya no sería reconocimiento, gratitud.

Eso es lo que el hombre de hoy exige a Dios en su orgullo cuando reconoce la gracia, porque cuando no la reconoce simplemente le da la espalda. Teólogos como el cardenal de Lubac, honrado con ese título cardenalicio, fue quizás uno de los primeros herejes en ese sentido, en hacer de la gracia una cosa debida a la exigencia de la dignidad del hombre, eso es lo que enseña el Vaticano II. Luego rompe esa relación de lo gratuito de todo el orden sobrenatural, de lo gratuito de la gracia. Y por eso la importancia del reconocimiento; Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Nada atrae tanto las gracias de Dios como el ser agradecido”. Y el mundo de hoy es desagradecido, nadie da las gracias, todo le es debido al dios hombre: mis derechos, y eso comenzando desde los niños; los derechos de los niños que ya no le dan el asiento a un mayor, que no se saben retirar ante la conversación de un mayor si no se los llama, que no saben estar en su puesto, todo les es debido, y se convierten para colmo en las mascotas del papá o la mamá.

Por eso la mala educación del mundo moderno y toda la falta del principio de autoridad. El niño o el hijo no es agradecido con sus padres, con sus mayores, con sus maestros. No, es el rey, todo le es debido y es poco. Es un hecho palpable, y así no solamente con la juventud y los niños, sino también con los mayores, nosotros mismos creemos que todo se nos debe, nuestros derechos, sin deberes. Y ante Dios también estamos exigiéndole, y nos asemejamos así a la oración del fariseo y no a la del publicano que se reconoce indigno pecador.

Los Santos Padres interpretan y relacionan el Evangelio de hoy con la gratitud y la ingratitud, porque la ingratitud seca la simiente de donde emanan los bienes. ¿Cómo alguien va a dar a otro algo si al dárselo el otro piensa que le es debido y no que es simplemente una merced, una gracia? Y mucho más, si el que nos da es Dios, ¿cómo le vamos a exigir? Es un orgullo profundo.

Y el otro aspecto del que habla el padre Castellani, es el de la religión. ¿Por qué no vinieron los otros nueve sino nada más que uno sólo? Es el reproche que hace nuestro Señor, porque es mucho más importante que ir y tener el certificado legal que los incorporaba a la sociedad, pues los leprosos eran excluidos del comercio social con los demás, vivían por las afueras con una campanilla para que nadie se les acercase si no se daban cuenta de su proximidad; vivían excluidos, como excomulgados.

La lepra se podía sanar al comienzo (también podía haber falsa lepra), y si así sucedía, eran los sacerdotes los que certificaban que esos individuos podían volver a vivir en sociedad; pero nuestro Señor hace ver que todo eso queda de lado porque a Dios sólo hay que reconocerlo como tal y adorarlo, amarlo. A Dios se le alaba reconociendo sus beneficios, ¿y cómo se van a considerar sus beneficios, si los reconocemos como una exigencia? He ahí la contradicción; por eso es absurdo que el hombre moderno exija a Dios un beneficio, eso rompe toda alabanza; no puede alabar a Dios porque no lo puede reconocer como un beneficio sino como una obligación.

Eso es lo que hoy enseña la falsa religión instaurada dentro de la Iglesia, con ropaje de cordero, de oveja, para que el pueblo fiel no se dé cuenta y así el error circule; pero si vemos las cosas como son, deberíamos darnos cuenta. Debemos tener presente esa necesidad de reconocer con gratitud los beneficios de Dios para alabarlo reconociendo los beneficios que Él nos prodiga y así verdaderamente adorarlo. No como hoy que es un falso culto, es el hombre el que prima y no Dios; por eso la insistencia que vemos en la enseñanza de Juan Pablo II cuando va a todas partes diciéndole a la gente que Cristo vino para revelar al hombre, para mostrar lo que es el hombre, cuando es todo lo contrario. ¿Quién dice algo, quién osa decir que esa doctrina no es evangélica, no es de Cristo, no es de Dios, no es de la santa madre Iglesia? Cristo no viene a revelar al hombre ni a señalarle su dignidad, viene a mostrar la miseria del hombre, y viene a evidenciarnos su divinidad para que le adoremos y para que adorándole una vez convertidos, nos salvemos.

Hay una tergiversación profunda del mensaje evangélico y solamente se puede explicar en lo que éste anuncia, la pérdida de la fe, la gran apostasía, la falta de religión y la adulteración de la Iglesia católica. Hay una verdadera adulteración y por eso la necesidad de guardar el testimonio fiel de la sacrosanta tradición católica, apostólica, romana. Aunque muchos fieles, desgraciadamente, no se dan cuenta hasta dónde llega la lógica consecuencia, pero hay que insistir en ello, para mantenernos con una fe pura, inteligente para no caer en el error. Porque si los tiempos no son abreviados, aun los que poseen la buena doctrina caerían; tal es la presión. Y ésta es grandísima; es necesario advertir y alertar a los fieles.

No es que yo hable mal del Papa, como algunos fieles han pensado y no han tenido la valentía de decírmelo. Un católico jamás está en contra del Papa ni en contra del papado, pero también hay que tener claro que puede haber una usurpación, una inversión, una infiltración. El Apocalipsis habla de un pseudoprofeta que tiene la apariencia de cordero pero que habla como el dragón. Es más, si nos remitimos a lo que dice el venerable Holzhauser, gran exegeta reconocido por la Iglesia, que ya en los siglos XV y XVI, cuando escribió el comentario al Apocalipsis, advierte que hacia el final de los tiempos habrá un falso Papa; misterio, pero así habla él.

Ahora bien, no es a mí a quien toca determinar esas cosas, pero sí advertir, como lo han hecho los grandes exegetas que han vislumbrado la posibilidad de que haya un antipapa en la Iglesia; es lo único que trato de advertir sin hacer ningún juicio sobre la persona, prevenir para cuidarnos porque no es posible pontificar en el error. Eso lógicamente no es posible, la Iglesia es infalible en su enseñanza, en su fe y yo como católico, apostólico, romano, no puedo admitir que desde la cátedra de Pedro se pontifique en la herejía.

Ahora, ¿cuál es la explicación? ¿cuál es la solución? Yo no lo sé. Si al verdadero lo mataron y pusieron a otro, si hay un sosias o lo que sea, o un infiltrado; muchas son las posibilidades y es muy difícil saberlo, pero lo que sí tengo que saber como católico es que un Papa verdadero no puede pontificar en el error, tergiversando el evangelio y la palabra de Dios. Su misión es la de confirmar a sus hermanos en la fe y no en el error. En consecuencia, el gran desconcierto de los fieles es qué hacer ante esa patraña. Es muy difícil. Pero ahí está la sacrosanta Tradición, lo que siempre la Iglesia en materia de fe ha enseñado, lo que siempre enseñó, la fidelidad a sus dogmas. Dogmas que hoy están negados, cuando no puestos en duda y la Iglesia excluye la sospecha. Dudar de un dogma de fe ya es ser hereje; Dios es absoluto, no permite el recelo, no permite ese relativismo.

Por eso nuestro Señor hace ese reproche a los otros nueve: ¿dónde están? Como diciendo, ¿por qué no han venido también ellos a adorarme y agradecerme como tú lo has hecho? De ahí el significado, el sentido del evangelio de hoy. Nos demuestra, entonces, la responsabilidad de cada uno ante Dios: el cielo o el infierno. Porque de acuerdo con esa respuesta categórica se definirá por siempre nuestra existencia y hoy vemos que hasta al infierno se lo pone en duda o se lo niega, como se lo ha rechazado diciendo que es simplemente un estado del alma, pero que no es un lugar donde hay fuego.

¿Dónde queda el dogma de la Iglesia que dice que es un estado y que también hay un fuego eterno? Es evidente, y sin embargo, estas cosas que antes eran comúnmente aceptadas hoy son paladinamente cambiadas, puestas en duda. Nosotros no tenemos otro recurso más que el de la fidelidad a la sacrosanta Tradición de la Iglesia, y saber que ningún Papa, ningún cardenal, ningún obispo, ningún sacerdote, ni un ángel del cielo, como dice San Pablo, puede enseñar otro evangelio, otra doctrina. Eso dijo San Pablo, aun si uno de nosotros, es decir, uno de los apóstoles o un ángel del cielo viene y les algo distinto, sea anatema, sea excomulgado, queda fuera de la Iglesia. La garantía para pertenecer a la Iglesia Católica es mantenernos en la fe y la fe me la da la Iglesia, la de siempre, la de todos los Papas, y no la nueva que ha comenzado con Vaticano II, desconociendo la sacrosanta Tradición. Y no creo que nadie deba escandalizarse porque yo hable claro y diga la verdad a la luz de la fe y si me llegase a equivocar, pues que por lo menos, en honor a la caridad, tengan a bien venir y decirlo, pero no hacer labor de zapa, de socavar cuando se trata de dar la luz para que no caigamos en el error.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, porque Ella es también la garante de la fidelidad a nuestro Señor, la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, que hasta eso el demonio trata de eclipsar, de variar, de cambiar. Aun los gnósticos, aun los de la Nueva Era también hablan de nuestra Señora, y hasta los protestantes, cosa curiosa que nunca antes habían hecho. Pero no es la verdadera devoción, es la mentira mezclada con el error, y eso es muy difícil de detectar; tenemos que pedir la luz del cielo y agradecer cuando haya un sacerdote que con valentía y con toda sinceridad hable a los fieles, porque eso también es una gracia de Dios.

Por eso Dios les dijo a sus apóstoles que cuando no sean aceptados lo que queda por hacer es sacudir el polvo de sus pies e irse, pero no claudicar en su misión, no acomodarse al mundo, ni aun al gusto o al capricho de los fieles que están peor de lo que piensan, influidos y bombardeados trágicamente por un mundo impío y adverso a Dios. Ese siempre ha sido el lenguaje de los profetas, no el que halaga sino el que dice la verdad, pero ésta es de difícil aceptación.

De diez, uno solo reconoció la verdad y los otros nueve, ¿dónde están? Esperemos que en la hora de la muerte sigamos el ejemplo de este pobre leproso, que reconozcamos a nuestro Señor para que le adoremos en espíritu de verdad, en espíritu de fe y que este mundo corrompido que ha entrado en la Iglesia no nos destruya la fe y así podamos salvar nuestras almas. Es un problema de salvación, de santificación y no como algunos creen que “esto no es conmigo; total, yo me voy a salvar si sigo tranquilamente el camino más fácil”; seguir el camino más cómodo, sí, cuando todo anda bien en la Iglesia, pero cuando todo está al revés, ya es distinto y todo cambia; estos son los tiempos difíciles que nos toca vivir y que estamos viviendo.

Tenemos que recurrir de un modo mucho más intenso a nuestra Señora para que Ella nos proteja como a hijos pequeños suyos, porque todo es por gracia de Dios, no por exigencia. Reconocer los beneficios de Dios, por ejemplo, los de tener la Santa Misa tradicional, esta capilla y eso hay que reconocerlo y agradecerlo, ¿cuántos no andan por ahí buscando sin saber a dónde ir? Agradecer que somos católicos, que hemos nacido en tierras católicas, ¿qué tal haber nacido en China o en Japón, o en Suecia? Es un privilegio que hay que reconocer y más aún, mantenernos en lo que hemos recibido y no desperdiciar la gracia de Dios, que debemos transmitirla a los demás en la medida de nuestras posibilidades, y así ser más aceptos a Dios en medio de este acrisolamiento de la Iglesia, de la verdadera Iglesia reducida a un pequeño rebaño de Dios, como dice San Lucas.


Pidámosle a nuestra Señora para que seamos los fieles hijos de la Iglesia católica, apostólica, romana y así podamos permanecer leales a Ella y a Dios nuestro Señor. +

P. BASILIO MERAMO
18 de agosto de 2002

miércoles, 19 de agosto de 2015

Escrito del Padre Basilio Méramo: CONTRA LA ALERGIA ANTIAPOCALÍPTICA SÍNTOMA JUDAIZANTE

Como lo expresa el título, vamos a presentar lo que al respecto hace mucho tiempo atrás el
P. Castellani decía:

“Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe.

Es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que
recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles y cantamos en la Misa Solemne. ‘Et
iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos’.

Es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado. Su traducción
es esta: el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar,
dando un encontronazo con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución
natural de sus fuerzas elementales –o entropía cósmica, como dicen los físicos–, sino por
una intervención directa del Creador.

No morirá de muerte natural, sino de muerte violenta; o por mejor decir –ya que Tú eres
Dios de vida y no de muerte–, de muerte milagrosa.

El Universo no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas,
sino que es un poema gigantesco, un poema dramático, en el cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación, Redención,
Parusía. Los personajes son los albedríos humanos. Las fuerzas naturales son los
maquinistas. Pero el primer actor y director de la orquesta es Dios.

‘Varones galileos ¿qué estáis allí mirando el cielo? Este Jesús que habéis visto subir al
cielo, parejamente un día volverá a bajar del cielo’, dijeron los ángeles de la Ascención.

Ese será el desenlace del drama de la humanidad: ‘Videbunt in quem transfixerunt’
(Mirarán al que enclavaron).

El dogma de la Segunda Venida de Cristo, o Parusía, es tan importante como el de su
Primera Venida, o Encarnación.

Si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la Historia de la Iglesia. El
término de un proceso da sentido a todo el proceso. Este término no está sólo claramente
revelado, mas también minuciosamente profetizado. Jesucristo vuelve pronto.

‘Ven, Señor Jesús.

Oh Señor Jesucristo, ¿por qué tardas tanto? ¿qué esperas para mostrar al mundo tus
divinas banderas, y arrojar tu mensaje de la luz sobre las fieras?’.

La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve
más; o al menos no pensar que vuelve.

En consecuencia, el mundo moderno no entiende lo que pasa. Dice que el cristianismo ha
fracasado. Inventa sistemas, a la vez fanáticos y atroces, para salvar a la humanidad.

Ésta a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra torre de Babel que
llegue el cielo. Quiere reconquistar el Jardín del Edén con solas las fuerzas humanas.

Está lleno de profetas que dicen; ‘Yo soy. Aquí estoy. Este es el programa para salvar al
mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad. ¡La Una, la
Onu, la Onam, la Unesco¡ ¡Mírame a mí¡ Yo soy’.

La herejía de hoy, descrita por Hilaire Belloc en su libro Las Grandes Herejías, pareciera
explícitamente no negar ningún dogma cristiano, sino falsificarlos todos.

Pero, mirándolo bien niega explícitamente la Segunda Venida de Cristo; y con ella niega
su Reyecía, su Mesianidad y su Divinidad. Es decir, niega el proceso divino de la
Historia. Y al negar la Divinidad de Cristo, niega a Dios. Es el ateísmo radical revestido
de forma de religiosidad.

Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo,
transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentado el hombre en el templo de
Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete
al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas.

La adoración de la ciencia, la esperanza en el Progreso y la desaforada Religión de la
Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las
herejías, y ahora en estado puro.

De los despojos muertos del cristianismo protestante, galvanizados por un espíritu que
no es de Cristo, una nueva religión se está formando ante nuestros ojos.

Esto se llamó sucesivamente filosofismo, naturalismo, laicismo, protestantismo liberal,
catolicismo liberal, modernismo… Todas esas corrientes confluyen ahora y conspiran a
fundarse en una nueva fe universal; que en Renán, Marx y Rousseau ya tiene sus
precursores.

Esta religión no tiene todavía nombre, y, cuando lo tenga, ese nombre no será el suyo.
Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo, se plegarán a ella. Y
ella les hará creer en la venida del Otro”. (Cristo ¿Vuelve o no vuelve?, ed. Dictio Bs.As.
1976, p.15, 16, 17, 18).

Este es el antídoto para no dejarse arrastrar y poder mantenerse de pie hasta el final sin
claudicar en manos de la Nueva Iglesia Conciliar y su falsa Religión.

Nota: La Primera edición de Cristo ¿Vuelve o no vuelve? Apareció en el año de 1951, esta es la segunda. Esto
demuestra el carácter eminentemente profético parusiaco del P. Castellani.

P. Basilio Méramo

Bogotá, 18 de Agosto de 2015

domingo, 16 de agosto de 2015

Domingo Decimo Segundo después de Pentecostés


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El evangelio de hoy nos relata cómo nuestro Señor le dice al pueblo que le escuchaba que muchos habían deseado ver lo que ellos veían y oír lo que ellos oían y no lo vieron ni lo oyeron, como algunos reyes y profetas del Antiguo Testamento. Reyes entre los que podíamos contar al Rey David, que quizás fue el que mejor vaticinó de nuestro Señor. Profetas que conocían por revelación al Mesías ya que el pueblo no lo entendía explícitamente, sino los profetas, los mayores, como dice Santo Tomás, que comprendían los dogmas de la Santísima Trinidad y de la Encarnación porque sustancialmente es la misma fe, aunque no por todos explícitamente conocidos pero sí por aquellos que tenían a cargo instruir al pueblo religiosamente pero que no había llegado la hora de la manifestación pública de ese misterio que hacía la esencia de la fe del Antiguo Testamento. Por eso nuestro Señor les dice que muchos hubieran deseado ver lo que ellos veían y oían. Ver y oír al Verbo de Dios encarnado, a nuestro Señor Jesucristo, al Mesías esperado por todos.

Y un doctor de la Iglesia de aquel entonces, es decir, doctor de la Sinagoga, le pregunta para tentarlo, no para saber, que es muy distinto, interrogar para conocer la verdad para la cual hemos sido hechos, es el primer deber de cada hombre y por eso los niños cuestionan, son preguntones, porque están ávidos de la verdad. Pero muy distinto es interpelar para tentar. Y nuestro Señor contestándole a su cuestionamiento de qué era lo necesario para salvarse, le hace a su vez la pregunta en consonancia con su estatus: “¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley?”. Doctor de la Ley que parece que se la conociera al dedillo porque no titubeó en contestar prontamente con esa sentencia: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo”, en eso se resumían los diez mandamientos.

Sin embargo, teniendo ese conocimiento al pie de la letra no comprendían su significado porque enseguida replica como doctor pero también como ignorante: ¿Quién es mi prójimo? Para los judíos que se habían convertido prácticamente en una secta y para los fariseos, elite de la secta, el prójimo eran los amigos, los familiares, los allegados, en definitiva todo aquel que podía formar parte o de la familia, o de la estima de uno, pero no todo el mundo, mucho menos los demás hombres; con lo cual destruían ese mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Por eso, como lo dice la segunda epístola de San Pablo a los Corintios, “La letra mata y el espíritu vivifica”.

Casi todos los domingos vemos esa concordancia entre la epístola y el evangelio, y en este caso es patente, ¿qué quiere decir en la epístola cuando se menciona que “La letra mata y el espíritu vivifica”? Pues tenemos un ejemplo en el evangelio, como el doctor de la ley que conocía y responde bien y sin embargo no conocía el significado, la extensión, la profundidad, la aplicación de eso que él sabía y por eso la letra mata; de nada me sirve conocer el decálogo, toda la teología, todas las verdades, toda la ciencia habida y por haber como la tuvo Adán por un privilegio especial, si todo eso no está vivificado por el espíritu de Dios, por el Espíritu Santo, por el amor de Dios, por la verdad.

Dios es amor y es verdad, y si eso pasa con las cosas de Dios como la revelación divina, como son las Sagradas Escrituras, ¿qué no pasará con todos aquellos preceptos humanos legales civiles que hacen la convivencia de los pueblos? La letra mata mientras que el espíritu vivifica.

Discernir que esa letra, esa ley, esa norma, ese decálogo o lo que sea debe estar animado del espíritu de Dios, del espíritu de fe, del espíritu de verdad, porque sin ese espíritu de fe no hay nada y eso es justamente lo que el mundo hoy ha perdido en su incredulidad, en su neopaganismo, en su impiedad, bajo una falsa civilización. No queda nada de la verdadera civilización en la cual se cultiva todo aquello que da cultura al pueblo, a los hombres y a las cosas del espíritu. Pero hoy eso es nulo completamente, en las escuelas, en las universidades, en los púlpitos hay el vacío de luz, por falta del espíritu de fe, del espíritu de la verdad y eso aun en hombres de Iglesia. Por eso, monseñor Lefebvre insistía siempre en sus conferencias espirituales ante los seminaristas, en que es el espíritu de fe quien anima toda la doctrina, toda la verdad, todo el evangelio, todo el decálogo y si no se tiene ese espíritu, esa letra mata. Y mata doblemente porque nos hace culpables de aquello que sabemos pero que no cumplimos.

Por lo mismo en el Antiguo Testamento se le llamaba ley de muerte, porque le mostraba al pueblo su pecado pero todavía no le manifestaba de un modo explícito su redención, su salvación. En cambio, en el Nuevo Testamento que es el testamento del amor de Dios, se nos muestra el pecado pero también en el mismo momento se nos manifiesta la obra de misericordia, la obra de la redención, la obra de la salvación y por eso es más perfecta y completa al primero.

Por eso también se puede decir que todo el Antiguo Testamento, sin el nuevo, es letra muerta, que mata; de allí que el judaísmo sea una religión muerta, porque se queda con el Antiguo Testamento sin el nuevo; con la pura letra sin el Espíritu. Para colmo con un Antiguo Testamento que ya no corresponde tampoco a la interpretación según Moisés y los patriarcas sino a la obra de aquellas entelequias que tergiversaron las revelaciones antiguas y de allí fueron a dar a esos libros que son para los judíos mucho más importantes, como la Cábala y el Talmud, al no tener el verdadero espíritu; aun aquello que tienen de verdad lo tienen con otro espíritu y ese espíritu malo es lo que ha dado la Cábala y el Talmud; por tanto, tampoco son fieles, ni aun en cuanto a la letra, a Moisés y al Antiguo Testamento.

Ahora bien, lo mismo nos puede pasar, y de hecho está pasando hoy en la Iglesia, por no tener ni guardar ese espíritu de fe y de verdad y quedarnos con una palabra, con una moral, con una religión muertas y de ahí la necesidad de la sacrosanta Tradición católica, apostólica y romana que nos da y nos transmite el verdadero espíritu de fe, el verdadero espíritu de verdad para que nos salvemos; de ahí su importancia.

No es facultativo; uno puede al principio venir atraído por la capilla o por una Misa, o por lo que fuere, pero después que se pasa de ese primer contacto ya no se es libre de darle la espalda a Dios, a la Tradición, o decir que eso no es conmigo, porque si Dios me muestra cuál es la verdad y yo la desdeño, cometo un pecado contra el Espíritu Santo impugnando la verdad conocida.

Y cuánta gente pasa, se emociona y sigue de largo y creen que así se van a salvar; claro está que la misericordia de Dios es muy grande pero hay una responsabilidad por parte de cada uno y Dios nos pedirá cuentas a cada uno de nosotros.

Por eso la exigencia de perseverar y no ser aves de paso. La necesidad de profundizar en ese espíritu de fe, de verdad que nos lega la Santa Madre Iglesia, contenido en la Tradición sacrosanta de la Iglesia católica, y esa Tradición que ha sido hoy desdeñada, desechada, tirada por la borda; la barca de Pedro bota, tumbada, repudiada esa Tradición; esa es la imagen que nos podríamos hacer si queremos calcular qué pasaría en la Iglesia sin la Tradición. Pues dejaría de ser sencillamente la Iglesia; eso es lo grave, lo tremendo, que al dar la espalda a la sacrosanta Tradición apostólica y romana se tiene una nueva Iglesia que usurpa el nombre, el prestigio y la fama de la verdadera pero que ya no lo es.

Eso es lo terrible que estamos viendo y viviendo y por eso “no todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salva”. De ahí la necesidad del verdadero culto, de la verdadera misa, del verdadero catecismo, de los verdaderos sacramentos, de la verdadera doctrina católica; esto no es un juego, no es un pasatiempo y menos un club ni de lectores ni de lo que fuere. Es responsabilidad de cada uno de nosotros responder a la verdad y responder al amor de Dios y por eso es necesario conservar ese espíritu para que la letra no mate y así el espíritu nos vivifique y nos salve.

No limitemos, como los fariseos, el concepto de prójimo a lo que a ellos les convenía. Nuestro Señor muestra que el prójimo es cualquiera con el que yo me tope en la calle, lo conozca o no lo conozca, lo distinga o no lo distinga, así que es todo aquel con el cual me tope, lo conozca o no, y a él lo tengo que amar como a mí mismo por amor a Dios; eso es lo que nos pide el Señor al contestarle así a este doctor de la ley que le preguntó para tentarle.

No le tentemos entonces cuando destruimos el término de prójimo aplicándolo a aquellos que nos conviene porque son nuestros amigos y el resto como si no existiera. Reconozcamos como prójimo a todo hombre que esté a nuestro alrededor (que, entre más cerca, más prójimo). +

Padre Basilio Méramo
11 Agosto de 2002