San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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domingo, 11 de octubre de 2026

VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Este pasaje del Evangelio nos relata la curación del hijo de uno de los oficiales del Rey. Este oficial se entera de que nuestro Señor iba a Judea y pasando por allí fue a pedirle que le hiciera ese milagro por su hijo que estaba muriendo. Nos puede sorprender la respuesta de nuestro Señor que en primera instancia dice que, “si no veis milagros y prodigios no creéis”. Lo decía por estar en Galilea, en su tierra, en medio de su pueblo, para hacerles ver que ellos debían creer sin necesidad de los milagros que pudiera hacer, puesto que ellos tenían las Escrituras y los profetas; que si creían en las Escrituras y los Profetas, es decir en el Antiguo Testamento, creerían en Él, por lo que no había necesidad de hacer milagros para que creyesen como si fuesen paganos que no conocieran la Ley y los Profetas; los paganos, si de algún modo necesitaban ser atraídos, sería por los milagros y las obras de nuestro Señor.


Ellos, los judíos, conocían las Escrituras, las profecías, los Profetas que anunciaban al Mesías que iba a venir, al Hijo de Dios, al Enviado de Dios, y por eso el tono de la respuesta en primera instancia de nuestro Señor que nos puede parecer un poco duro o chocante. Sin embargo, ante la insistencia de este oficial que le pide que vaya a su casa para que cure a su hijo, nuestro Señor le dice que se quede tranquilo, que su hijo está sano, que vaya en paz a su casa. En efecto, este buen hombre creyó en la palabra de nuestro Señor, creyó en Él sin necesidad de que fuese con él a su casa para que obrase allí el milagro, creyó en este milagro a distancia, a lo lejos y se encaminó; cuando sus siervos ven llegar le comunican con alegría que su hijo está sano y él pregunta a qué hora sanó, y vio que era la misma en la cual nuestro Señor le había dicho que su hijo estaba sano. Nos demuestra la fe de este oficial del Rey que confió en la palabra de nuestro Señor.

No así los judíos; duros de corazón no creyeron en nuestro Señor. Ese es el gran drama existencial, si así se lo quiere llamar, de todo hombre nacido, aquí, en la China, en el Japón, o en la selva. Ese es el drama de cada hombre, creer o no creer en Cristo, en nuestro Señor.

Dice por eso Santo Tomás que Dios no niega a nadie los medios para salvarse, y para salvarse son necesarias la gracia y la fe, no basta una buena voluntad en un orden puramente natural que sería simplemente una condición, una preparación del terreno, sino que hace falta, además de esa buena voluntad natural, la fe. Porque si no, caeríamos en el naturalismo, como de hecho caen algunos predicadores y teólogos cuando dicen que para salvarse no hace falta nada más que ser un hombre de buena voluntad; eso es mentira y es absurdo; hace falta además la fe, la gracia que Dios da al que tiene buena voluntad, que es muy distinto. No se salvan porque tengan buena voluntad.

Santo Tomás afirma que como Dios no niega a nadie lo necesario para salvarse, si éste no pone obstáculo a Dios, Dios le da lo necesario y para eso hace falta la buena voluntad, para no poner trabas a la gracia de Dios pero no para salvarse por su propia voluntad. Eso sería el más aberrante naturalismo herético, porque en materia de fe no hay términos medios; sí, sí, no, no, es verdad o es mentira, no caben medias tintas ante Dios. Y de ahí la tragedia de cada hombre de querer la verdad primera que es Dios por encima de todo y que ese es el objeto de la fe; la Verdad Primera que es Dios, no cualquier verdad o la verdad en general, sino la Verdad Primera que es Dios, objeto de la fe sobrenatural sin la cual no se salva nadie.

A este respecto dice también Santo Tomás que si una persona sin culpa ninguna no conocía la revelación porque, supongamos, estuviera metida en una selva o en una cueva, perdida, Dios mismo le enviaría a un ministro suyo, a un misionero para que lo adoctrine en la fe o le enviaría un ángel del cielo o Él mismo le revelaría eso en lo profundo de su corazón, para que así, aceptando libremente a Dios se salve, o libremente también rechazándolo se condene.

Hoy se exalta la libertad como si fuese una varita mágica, sin darnos cuenta de esa ambivalencia terrible, de esa libertad defectible como la nuestra, que puede no elegir el bien que debe, sino el mal que no debe y el mal ante Dios es el rechazo de Él y el este rechazo es el infierno. He ahí el gran drama, el gran misterio y la necesidad de que la Iglesia se propague y sea misionera, manteniendo la verdadera doctrina, la Verdad Primera que es Dios.

No nos debemos olvidar de que la fe es una relación trascendental de adhesión a la Verdad Primera, que no es un sentimiento, que no es una pasión ni es un capricho, es una adhesión del hombre a través de su inteligencia, movido por la voluntad libre a Dios, conocido como Verdad Primera, como Verdad Suma, como única verdad, sin lo cual se destruye toda otra apariencia de verdad o de divinidad; se destruye toda otra creencia o credo.

Por eso el ecumenismo de hoy es aberrante, es contra Dios, contra la verdad, porque no se excluye el error que pueda haber en el hombre al no identificarse con la verdad que es Dios y que tome algún ídolo, garabato o lo que sea y lo tome por Dios, como el dios de los budistas, de los musulmanes, de los judíos, o de cualquier brujo o hechicero; eso es inadmisible. La verdad suma no admite esa posibilidad de error y por eso lo excluye al igual como la luz a las tinieblas y por eso la religión católica, apostólica y romana es la única que detenta con exclusividad la verdad de Dios y es ese el dogma de fe negado y conculcado por casi todos, tanto en la jerarquía, es decir, en el clero, como en los fieles. No se proclama la exclusividad de la verdad religiosa como patrimonio de la Iglesia, sino como de la humanidad o de cada hombre y eso es un error porque Dios se reveló a su Iglesia y esa revelación nos es transmitida por ella, no por los protestantes, no por los judíos, no por los musulmanes o los budistas. Aunque en un momento, a través de los judíos, Dios se manifestó en el Antiguo Testamento y los que verdaderamente eran buenos judíos se convirtieron al cristianismo como los apóstoles y todos los primeros cristianos y quedaron como malos judíos los que conocemos hoy que son los descendientes de los que no aceptaron a los Profetas ni a las Escrituras, que no aceptaron la Ley de Moisés y que por eso crucificaron a nuestro Señor. De ahí la importancia de la fe, de reconocer a nuestro Señor como a Dios. Y a nadie, absolutamente a nadie le falta lo necesario para ese conocimiento, aunque no sepamos el cómo o el medio de que Dios se valga; si no le llega es porque pone obstáculo a Dios.

Es así entonces, que cuando nos preguntamos cómo se salva fulano, que no conoce, que nació en el error. Pues si él no opone resistencia a la gracia de Dios, Él le dará absolutamente todo lo necesario para que crea y se salve y eso en nombre de la Iglesia, de Cristo, no en nombre de cualquier falsa religión sino de la única verdadera, la revelada por Dios mismo que se la revelaría a esa persona a través de un misionero, de un ángel o de Dios mismo en lo profundo de su corazón.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, el conservar esa fe, de ser fieles perseverando en la verdadera doctrina y que de este modo podamos dar mayor gloria a Dios y poder también ayudar a que los demás se salven. +

BASILIO MERAMO PBRO.

21 de octubre de 2001 

domingo, 27 de septiembre de 2026

DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio cómo nuestro Señor hace el milagro del paralítico en presencia de todos y cómo los judíos siempre estaban protestando, al asecho, en oposición a nuestro Señor, mientras que el pueblo de algún modo le era favorable y le pedía sus favores y sus milagros.

Según algunos buenos predicadores y exegetas, con este milagro nuestro Señor manifiesta por primera vez implícitamente su divinidad, porque ¿quién sino sólo Dios puede perdonar los pecados? Y eso fue lo que hizo nuestro Señor habiéndoles dicho que era muy fácil decir, “levántate y anda” o decir “tus pecados te son perdonados”, pero lo difícil es hacerlo. Nuestro Señor demostró al curar al paralítico que podía decirlo y hacerlo. Por eso los judíos le impugnan de blasfemo, porque solamente Dios podía perdonar los pecados, y ellos ante lo que veían y oían, en vez de ser cautos y prudentes, acusándolo, hacían, hacen todo lo contrario. 

Podemos preguntarnos la razón por la cual nuestro Señor no afirma su divinidad de una manera explícita desde el primer instante de su vida pública, y en vez, hace esta revelación implícita, gradual, progresiva. Sencillamente debemos recordar que en el mundo pagano los dioses eran moneda corriente, las divinidades que bajo formas humanas se vengaban de los hombres o traficaban con los hombres. Nuestro Señor no podía de primer momento ser confundido con ninguno de esos dioses de la mitología y mucho menos cuando el pueblo judío luchaba encarnizadamente contra esos dioses paganos.

Nuestro Señor va revelándose poco a poco para ir preparando así las mentes y los corazones y no ser confundido con uno de esos dioses paganos del Olimpo que eran asiduamente combatidos. Esa es la razón por la cual nuestro Señor se va manifestando poco a poco, va mostrando su divinidad hasta que después, al fin, lo dice claramente, explícitamente, para que creyesen tanto los judíos como los paganos.

Y esa relación trascendental del pecado, como nuestro Señor al perdonarle los pecados al paralítico nos muestra, nos hace ver nuestra condición pecaminosa, condición que tiene toda criatura por el hecho de haber sido hijos de Adán. El pecado que es delante de Dios, el pecado contraviene el orden de las cosas, el orden que Dios ha establecido según su sabiduría; el mal moral no es malo porque Dios lo diga por un acto de su voluntad, sino que es malo porque no corresponde a la naturaleza de las cosas que están en consonancia con su sabiduría. Por eso el pecado es contra Dios, delante de Dios.

Conculcamos ese orden, aunque muchas veces, cuando se peca, no se piensa en eso, y aquí podríamos decir que ese grave error de una moral o de una concepción que ya Santo Tomás tildaba de herética, era atribuir a la voluntad de Dios y no a la sabiduría divina lo bueno y lo malo. Un gran filósofo como Occam –que es un desastre– decía: “Si Dios me manda a adorar una burra como si fuera Él, yo tendría que obedecer y agradaría a Dios”; decía él, el muy burro; imposible que Dios me mande adorar a una burra, es absurdo, pues el voluntarismo consistía en eso, en hacer depender toda la moral, el orden de las cosas, de la voluntad de Dios, porque Dios era libre y todo se sometía a su libertad y a su voluntad. Ya Santo Tomás había dicho que era una herejía y no sólo una impiedad atribuir estas cosas a la voluntad y no a la sabiduría de Dios que es el que le da peso y medida a todas las cosas, el que les da una naturaleza, y que el orden moral se basa en esa relación que hay entre la naturaleza de esa cosa y su fin.

Dios entonces prohíbe algo no porque dictamine que sea malo, sino porque es malo en ese orden de cosas conforme a la naturaleza, según su sabiduría. Y por eso todo pecado vulnera esa relación de las cosas entre sí y relacionadas con Dios, con la sabiduría de Dios, con el orden impuesto por Dios. El pecador es un disociador y esa es nuestra condición, lamentable, al ser pecadores. Cada vez que pecamos vulneramos el orden de la sabiduría divina impuesto a las cosas; de ahí el gran error del indiferentismo de quitar esa idea, esa noción del pecado, cuando se piensa que uno puede salvarse en cualquier religión, creer que todas las religiones son buenas y otro, afirmar que todas son malas.

Finalmente dicen que no hay pecado. Como hoy acontece, eso es una realidad, la gente hoy se besuquea en la calle, , como si fuera lo más normal del mundo, y así otros pecados que se cometen en la vida pública y ¡ay del que diga algo!, ¡ay del que recrimine!, porque se ha perdido la noción de pecado. “Yo hago lo que me da la gana”, en definitiva esa es mi voluntad, no la voluntad de Dios; lo cual es un error como lo acabamos de ver. Tenemos así la voluntad del hombre, entonces es bueno o malo de acuerdo con mi voluntad, o a mi parecer, y si tengo ganas de salir desnudo, así salgo, porque la gente sale hoy desnuda a la calle; no me digan que va vestida una mujer con el ombligo al aire o con medio seno afuera o como fuese, porque si eso es andar vestido... ¡Válgame Dios!

No es una exageración ni una consideración de un cura beatongo, porque yo no soy tal, ni me voy a escandalizar por ver una mujer desnuda; pero sí me doy cuenta de que eso no es acorde con la naturaleza decaída... que tenemos, porque no es normal que el hombre vea a una mujer en cueros y no tenga tentaciones; ; las cosas como son. Debe haber un poder social, una moral, y que eso hoy se conculque es la prueba de que no hay noción de pecado, que no existe, está abolido.

¿Y si no existe el pecado qué queda? No hay orden, no hay sabiduría, mejor dicho, se destruye todo el orden que Dios ha puesto en las cosas. De ahí la gran revolución que hay en la sociedad moderna con toda esta inmoralidad pública que vemos y que corresponde a ideas falsas y nociones falsas y que atentan contra la religión, contra Dios. De ahí la gravedad de todo esto, porque se vicia toda nuestra relación con Dios, que debe ser una relación ordenada y debida como Él lo ha querido según su divina sabiduría.

En definitiva, en este estado de las cosas se conculca, se ofende la sabiduría divina, el orden que Dios ha impuesto a todas las cosas y el hombre se convierte en un revolucionario; así nos demos o no cuenta, el hecho es objetivo. Con este milagro del paralítico, queda establecida esa relación de pecado afirmada por el Evangelio y que nosotros no debemos olvidar hoy día viviendo en un mundo donde reina el indiferentismo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a perseverar y aunque seamos pecadores no pequemos tanto o por lo menos no gravemente para que nuestra vida sea más de santidad que de pecado. +

P. BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2001 

domingo, 20 de septiembre de 2026

DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio la permanente dialéctica, la permanente disputa entre la élite religiosa del pueblo elegido, los doctores de la Ley y nuestro Señor. Cómo estos doctores siempre estaban al asecho buscando a través de preguntas capciosas argumentos para apresarlo. Este doctor de la Ley le pregunta a nuestro Señor para tentarlo, cuál es el mandamiento más importante. Y nuestro Señor le responde: “¿Qué está escrito en la Ley?”. Este hombre, que conocía muy bien la Ley como perito, respondió magistralmente diciendo: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todo tu corazón”; es decir, con todo tu ser “y al prójimo como a ti mismo”. La respuesta fue excelente, nada más que los judíos entendían por prójimo a los suyos, a los familiares, a los allegados, pero no al resto de los hombres, y así todo lo echan a perder.

Y como la caridad exige la fe, vemos entonces la importancia de la fe como fundamento de todo el orden sobrenatural que tiene la virtud. Porque, podrá haber virtudes naturales, necesarias, para que sean el soporte de la gracia y sobre naturalicen toda nuestra vida, pero si no hay virtudes sobrenaturales, si no hay fe, nos quedamos en el orden pura y meramente natural. Se socava el fundamento sobrenatural de la caridad viniendo a ser una caridad adulterada, profanada, viciada como la que se predica hoy, no ya en el nombre de Dios sino en el nombre del hombre. La caridad exige la fe, exige la verdad; porque la fe, como lo define Santo Tomás de Aquino, tiene por objeto la verdad primera que es Dios, luego todo el orden sobrenatural consiste en esa relación trascendental ante Dios como verdad primera y que conculcada esa verdad primera, constituye lo que es el pecado contra el Espíritu Santo, la impugnación de la verdad conocida.

Por lo mismo nuestra relación está fundamentada en la verdad. No lo olvidemos, sobre todo hoy, cuando el combate es cruel, duro, tenaz y prolongado. Si no nos sostenemos en el orden trascendental de la verdad y digo trascendental, porque es directamente con Dios y ante Dios que nos juzgará a todos y a cada uno de acuerdo con esa respuesta y conformidad de nosotros con la verdad. Sin esa relación trascendental con la verdad no hay fe, no hay esperanza, no hay caridad, no hay virtud sobrenatural y eso, desgraciadamente, lo tenemos olvidado. Y esa es la causa por la que claudican todos aquellos que de algún modo se dejan llevar de falsos espejismos, por no centrarse en esa relación de verdad sin la cual no hay caridad, no hay orden sobrenatural. Porque las virtudes morales, las virtudes cardinales sobrenaturales, no se pueden dar sin el fundamento sobrenatural de la fe y sin la caridad que las corona, las nutre y las vivifica a todas.

La fe no es un sentimiento, no es un deseo, es una adhesión de nuestra inteligencia movida por la voluntad bajo la gracia de Dios, del Espíritu Santo a esa verdad primera, a Dios como Él se conoce, como Él se nos revela. De ahí la necesidad de la revelación para tener el cabal conocimiento de Dios dentro de lo que cabe en el orden humano en el que nos encontramos. No es pues una cuestión de sentimiento, ni de deseos ni de capricho y aun me atrevería a decir, ni de los piadosos, de los cuales está lleno el infierno.

Ser católico implica esa postura doctrinal, de respuesta a Dios como verdad primera de nuestra fe. Porque Dios se nos manifiesta a través del conocimiento que podamos tener y ese entendimiento se adquiere por inteligencia de la verdad, sentido de inteligencia que no tienen los seres que no son racionales y por no ser racionales no tienen libertad ni son susceptibles del orden sobrenatural de la gracia y de la virtud. Una piedra, un perro, un gato, no tienen el privilegio que tenemos como seres racionales capaces de poder conocer a Dios como se nos manifiesta y se nos ha manifestado. Por eso precisamente, se nos enseña en el catecismo que hemos nacido para conocer, amar y servir a Dios y para verle y gozar de Él después, eternamente, en el cielo.

Ese es el gran error, el grave error, la gran confusión, no solamente del mundo, que ya de por sí ha ido lejos de Dios, de los principios del Evangelio, de la verdad primera, de la verdad suprema y por eso lejos de la moral, sino que lo peor de esa confusión y de ese error, campea hoy dentro del ámbito de la Iglesia. El misterio de iniquidad de los hombres de Iglesia que no tienen esa respuesta ante la verdad primera, por lo que la fe se pierde cada vez más camino de la gran apostasía a la que nos dirigimos.


Vemos que la única manera de protegernos de ese error es permanecer firmes en la fe, como dice san Pedro, “porque el diablo anda a nuestro alrededor como león rugiente buscando a quién devorar”; de ahí la necesidad de esa adhesión a la verdad de la fe sobrenatural. Ser testimonios como un faro, como una antorcha en medio de esta oscura tempestad y del gran peligro que es Roma invadida por el  error y la confusión.

Personalmente me avergüenza que un cardenal colombiano, el cardenal Castrillón, zorro viejo, sea el encargado actualmente de homologarnos al error que hoy campea dentro de la Iglesia en contra de la fe y de los derechos de Dios. Digo que es un zorro viejo porque él tuvo a su cargo servir de intermediario entre el gobierno de entonces y el narcotraficante más poderoso del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo, con el que se entregara protegiéndole su integridad y su vida y lo logró, claro está; la cárcel fue hecha enteramente por él y donde quisiera, más bien fue un búnker de protección para él y en esa entrega mediaba nuestro cardenal, que si lo veo se lo digo en la cara porque si engaña a los españoles y a los europeos, a mí no, ni como católico ni mucho menos como colombiano, porque es más astuto de lo que parece.

Tampoco nos debe extrañar que se nos halague por todos los medios para que dejemos de ser esa antorcha de luz, de fe y de verdad; debemos tener muy claro cuál es la misión fundamental: ser los testigos fieles a Dios, a la Iglesia católica, apostólica y romana. Aunque por otra parte se nos tilde de lo peor, de herejes, de cismáticos o de lo que fuese, sabiendo que somos los hijos más sumisos, más obedientes y más fieles de la Iglesia católica, apostólica y romana. Somos más romanos que ellos mismos que están en Roma. O ¿qué habrá más de romano que la Misa tridentina, la llamada Misa de San Pío V, que es la Misa romana, la de todos los Papas, el misal romano que ellos han desterrado? Somos mucho más romanos que ellos. Ellos usurpan el nombre de romanos porque si lo fueran verdaderamente dejarían no solamente que la Misa romana se diga por todo el mundo, sino que dejarían de perseguirnos.

Nos persiguen por no claudicar, por no abandonar la verdad, por no perder la fe sin la cual no hay caridad, no hay amor ni a Dios ni al prójimo. Por tanto, lo que se predica hoy es una falsa caridad, cuando no una filantropía filosófica de corte masón, pero no ese amor sobrenatural a Dios y a nuestro prójimo. De ahí la gran obra misionera de amor, de convertir a los infieles, a los herejes,a los cismáticos, a todos aquellos que están en el error porque no conocen ni aman a Dios. Por esto la ley de la caridad que corona todo el orden sobrenatural y que hace a la santidad de la Iglesia y de nuestras vidas, no puede existir sin esa conexión a la verdad primera de la fe, sin esa sujeción a Dios.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que manifestemos firmes nuestra fe como Ella la sostuvo al pie de la Cruz viendo al Hijo muerto, como hoy podríamos nosotros ver a la Iglesia. Aunque la Iglesia jamás morirá, sí sufrirá su pasión y cruel reducción. Que no perdamos la fe en la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que podamos ser testigos de la Iglesia, los testigos de nuestro Señor, de la fe, como lo fueron los mártires si fuese necesario. Esa adhesión a la verdad implica tal pasión, ser capaces de dar generosamente nuestra sangre si Dios así lo exige; eso hicieron los primeros cristianos, esa fue la simiente de la sangre de los mártires.

Tenemos que estar preparados doctrinal y moralmente, porque cualquier cosa puede pasar. Quien está con Dios nada teme porque vive de la fe, vive de la esperanza y vive de la caridad, esas tres grandes virtudes teologales, y así podemos marchar mientras dure nuestra vida en esta tierra con la vista puesta en el cielo, y no aburguesarnos, no aflojar, no desesperanzarnos, y con ánimo siempre valiente como guerreros hacer de nuestra vida una cruzada espiritual por Dios y la Iglesia hasta que Él quiera y como quiera. De ahí entonces, poder vivir para la verdad, vivir de la fe, por la fe y con el misterio de fe.

Pidamos a nuestra Señora que haga enriquecer en nuestras almas y en nuestros corazones esas cosas elementales para que nosotros las valoremos y vivamos de ellas y sean nuestro sagrado tesoro, la fe en Dios, la fe en la Iglesia. +

PADRE BASILIO MERAMO
30 de septiembre de 2001

domingo, 16 de agosto de 2026

DOMINGO DÉCIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTES

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El evangelio de hoy nos relata cómo nuestro Señor le dice al pueblo que le escuchaba que muchos habían deseado ver lo que ellos veían y oír lo que ellos oían y no lo vieron ni lo oyeron, como algunos reyes y profetas del Antiguo Testamento. Reyes entre los que podíamos contar al Rey David, que quizás fue el que mejor vaticinó de nuestro Señor. Profetas que conocían por revelación al Mesías ya que el pueblo no lo entendía explícitamente, sino los profetas, los mayores, como dice Santo Tomás, que comprendían los dogmas de la Santísima Trinidad y de la Encarnación porque sustancialmente es la misma fe, aunque no por todos explícitamente conocidos pero sí por aquellos que tenían a cargo instruir al pueblo religiosamente pero que no había llegado la hora de la manifestación pública de ese misterio que hacía la esencia de la fe del Antiguo Testamento. Por eso nuestro Señor les dice que muchos hubieran deseado ver lo que ellos veían y oían. Ver y oír al Verbo de Dios encarnado, a nuestro Señor Jesucristo, al Mesías esperado por todos.

Y un doctor de la Iglesia de aquel entonces, es decir, doctor de la Sinagoga, le pregunta para tentarlo, no para saber, que es muy distinto, interrogar para conocer la verdad para la cual hemos sido hechos, es el primer deber de cada hombre y por eso los niños cuestionan, son preguntones, porque están ávidos de la verdad. Pero muy distinto es interpelar para tentar. Y nuestro Señor contestándole a su cuestionamiento de qué era lo necesario para salvarse, le hace a su vez la pregunta en consonancia con su estatus: “¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley?”. Doctor de la Ley que parece que se la conociera al dedillo porque no titubeó en contestar prontamente con esa sentencia: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo”, en eso se resumían los diez mandamientos.

Sin embargo, teniendo ese conocimiento al pie de la letra no comprendían su significado porque enseguida replica como doctor pero también como ignorante: ¿Quién es mi prójimo? Para los judíos que se habían convertido prácticamente en una secta y para los fariseos, elite de la secta, el prójimo eran los amigos, los familiares, los allegados, en definitiva todo aquel que podía formar parte o de la familia, o de la estima de uno, pero no todo el mundo, mucho menos los demás hombres; con lo cual destruían ese mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Por eso, como lo dice la segunda epístola de San Pablo a los Corintios, “La letra mata y el espíritu vivifica”.

Casi todos los domingos vemos esa concordancia entre la epístola y el evangelio, y en este caso es patente, ¿qué quiere decir en la epístola cuando se menciona que “La letra mata y el espíritu vivifica”? Pues tenemos un ejemplo en el evangelio, como el doctor de la ley que conocía y responde bien y sin embargo no conocía el significado, la extensión, la profundidad, la aplicación de eso que él sabía y por eso la letra mata; de nada me sirve conocer el decálogo, toda la teología, todas las verdades, toda la ciencia habida y por haber como la tuvo Adán por un privilegio especial, si todo eso no está vivificado por el espíritu de Dios, por el Espíritu Santo, por el amor de Dios, por la verdad.

Dios es amor y es verdad, y si eso pasa con las cosas de Dios como la revelación divina, como son las Sagradas Escrituras, ¿qué no pasará con todos aquellos preceptos humanos legales civiles que hacen la convivencia de los pueblos? La letra mata mientras que el espíritu vivifica.

Discernir que esa letra, esa ley, esa norma, ese decálogo o lo que sea debe estar animado del espíritu de Dios, del espíritu de fe, del espíritu de verdad, porque sin ese espíritu de fe no hay nada y eso es justamente lo que el mundo hoy ha perdido en su incredulidad, en su neopaganismo, en su impiedad, bajo una falsa civilización. No queda nada de la verdadera civilización en la cual se cultiva todo aquello que da cultura al pueblo, a los hombres y a las cosas del espíritu. Pero hoy eso es nulo completamente, en las escuelas, en las universidades, en los púlpitos hay el vacío de luz, por falta del espíritu de fe, del espíritu de la verdad y eso aun en hombres de Iglesia. Por eso, monseñor Lefebvre insistía siempre en sus conferencias espirituales ante los seminaristas, en que es el espíritu de fe quien anima toda la doctrina, toda la verdad, todo el evangelio, todo el decálogo y si no se tiene ese espíritu, esa letra mata. Y mata doblemente porque nos hace culpables de aquello que sabemos pero que no cumplimos.

Por lo mismo en el Antiguo Testamento se le llamaba ley de muerte, porque le mostraba al pueblo su pecado pero todavía no le manifestaba de un modo explícito su redención, su salvación. En cambio, en el Nuevo Testamento que es el testamento del amor de Dios, se nos muestra el pecado pero también en el mismo momento se nos manifiesta la obra de misericordia, la obra de la redención, la obra de la salvación y por eso es más perfecta y completa al primero.

Por eso también se puede decir que todo el Antiguo Testamento, sin el nuevo, es letra muerta, que mata; de allí que el judaísmo sea una religión muerta, porque se queda con el Antiguo Testamento sin el nuevo; con la pura letra sin el Espíritu. Para colmo con un Antiguo Testamento que ya no corresponde tampoco a la interpretación según Moisés y los patriarcas sino a la obra de aquellas entelequias que tergiversaron las revelaciones antiguas y de allí fueron a dar a esos libros que son para los judíos mucho más importantes, como la Cábala y el Talmud, al no tener el verdadero espíritu; aun aquello que tienen de verdad lo tienen con otro espíritu y ese espíritu malo es lo que ha dado la Cábala y el Talmud; por tanto, tampoco son fieles, ni aun en cuanto a la letra, a Moisés y al Antiguo Testamento.

Ahora bien, lo mismo nos puede pasar, y de hecho está pasando hoy en la Iglesia, por no tener ni guardar ese espíritu de fe y de verdad y quedarnos con una palabra, con una moral, con una religión muertas y de ahí la necesidad de la sacrosanta Tradición católica, apostólica y romana que nos da y nos transmite el verdadero espíritu de fe, el verdadero espíritu de verdad para que nos salvemos; de ahí su importancia.

No es facultativo; uno puede al principio venir atraído por la capilla o por una Misa, o por lo que fuere, pero después que se pasa de ese primer contacto ya no se es libre de darle la espalda a Dios, a la Tradición, o decir que eso no es conmigo, porque si Dios me muestra cuál es la verdad y yo la desdeño, cometo un pecado contra el Espíritu Santo impugnando la verdad conocida.

Y cuánta gente pasa, se emociona y sigue de largo y creen que así se van a salvar; claro está que la misericordia de Dios es muy grande pero hay una responsabilidad por parte de cada uno y Dios nos pedirá cuentas a cada uno de nosotros.

Por eso la exigencia de perseverar y no ser aves de paso. La necesidad de profundizar en ese espíritu de fe, de verdad que nos lega la Santa Madre Iglesia, contenido en la Tradición sacrosanta de la Iglesia católica, y esa Tradición que ha sido hoy desdeñada, desechada, tirada por la borda; la barca de Pedro bota, tumbada, repudiada esa Tradición; esa es la imagen que nos podríamos hacer si queremos calcular qué pasaría en la Iglesia sin la Tradición. Pues dejaría de ser sencillamente la Iglesia; eso es lo grave, lo tremendo, que al dar la espalda a la sacrosanta Tradición apostólica y romana se tiene una nueva Iglesia que usurpa el nombre, el prestigio y la fama de la verdadera pero que ya no lo es.


Eso es lo terrible que estamos viendo y viviendo y por eso “no todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salva”. De ahí la necesidad del verdadero culto, de la verdadera misa, del verdadero catecismo, de los verdaderos sacramentos, de la verdadera doctrina católica; esto no es un juego, no es un pasatiempo y menos un club ni de lectores ni de lo que fuere. Es responsabilidad de cada uno de nosotros responder a la verdad y responder al amor de Dios y por eso es necesario conservar ese espíritu para que la letra no mate y así el espíritu nos vivifique y nos salve.

No limitemos, como los fariseos, el concepto de prójimo a lo que a ellos les convenía. Nuestro Señor muestra que el prójimo es cualquiera con el que yo me tope en la calle, lo conozca o no lo conozca, lo distinga o no lo distinga, así que es todo aquel con el cual me tope, lo conozca o no, y a él lo tengo que amar como a mí mismo por amor a Dios; eso es lo que nos pide el Señor al contestarle así a este doctor de la ley que le preguntó para tentarle.

No le tentemos entonces cuando destruimos el término de prójimo aplicándolo a aquellos que nos conviene porque son nuestros amigos y el resto como si no existiera. Reconozcamos como prójimo a todo hombre que esté a nuestro alrededor (que, entre más cerca, más prójimo). +

Padre Basilio Méramo

11 Agosto de 2002 

sábado, 15 de agosto de 2026

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

    


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En esta fecha la Iglesia católica festeja el dogma solemnemente proclamado por el papa Pío XII en 1950. Dogma de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma, al final de su vida terrena, sin determinar más, sino sencillamente, que nuestra Señora después de su vida terrena fue asunta a los cielos en cuerpo y alma, es decir gloriosa.Hoy, pues, festejamos esa proclamación solemne del dogma de la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso al cielo y digo resucitada, porque si bien el Papa no quiso hablar en la definición dogmática si había resucitado o no, en la misma bula hace alusión a la muerte de nuestra Señora, muerte que no debe sorprendernos. Aunque algunos teólogos dicen que no murió, otros, como Santo Tomás, dicen que murió no por causa del pecado, porque Ella era toda pulcra e inmaculada, sino para asociarse a la muerte de nuestro Señor, que tampoco tuvo ningún pecado y, sin embargo, murió; y por ser Ella corredentora al pie de la cruz, murió de amor, pero no sufrió corrupción.

Fue entonces una resurrección anticipada para ser glorificada en los cielos. Aunque esto de la muerte claramente no está definido, es una opinión teológica muy fundada y la más conveniente, pero quede claro que el mismo papa Pío XII sin comprometerse en definirlo, dice que los fieles no tenían inconveniente en admitir la muerte, para identificarse con nuestro Señor que también murió y padeció por nosotros. De todos modos, con este dogma se proclama solemnemente la Asunción, la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso, en cuerpo y alma a la gloria de los cielos.

No creamos que es un dogma nuevo; hay muchos dogmas en la Iglesia que se creen con verdadera fe sin ser proclamados solemnemente; ya esta verdad era creída, casi práctica y unánimemente desde el siglo VII y creída por haber sido enseñada por el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia quien también define dogmas pero no solemnemente. El Magisterio Ordinario de la Iglesia define, determina, por lo menos, el sentido y así se creen muchas verdades y ellas pueden ser solemnizadas con fórmulas precisas y con una determinación más exacta que lo acaba, que lo circunscribe, si podemos decir así, de una manera que no se pueda vulnerar ni mejorar. Hay otras verdades que también están implícitamente contenidos en los dogmas; el de la Asunción está contenido en el dogma de la plenitud de gracia que nos trae la Inmaculada Concepción, plena de gracia, llena de gracia. Al ser llena de gracia no podía tener Ella ninguna mancha que borrar, ni el pecado original ni ningún otro pecado actual, ni venial ni mortal. Y esa plenitud de gracia desde el primer instante de su Inmaculada Concepción es una gracia que nosotros no nos podemos imaginar.

Para tener una idea, pensemos que la gracia de todos los santos y de todos los ángeles no llega a la inicial de nuestra Señora en el momento de su concepción; y esa plenitud de gracia inicial, después se acrecienta con la concepción del Verbo, cuando pronunció Ella su fiat y luego se acrecentó más, cuando fue asunta a los cielos; entonces ya esa gracia inicial es mayor que la de todos los santos y todos los ángeles juntos.

Vemos entonces cuán horroroso es que los protestantes nieguen esto por el perverso y sacrílego error de Satanás, que los tiene sujetos y obnubilados; pero lo digo para que se vea por contraste la depravación satánica del protestantismo y para que defendamos nuestra religión poniendo a la Santísima Virgen por delante, como un buen hijo que pone a su madre en alto y no se avergüenza de Ella como si fuese una mujer cualquiera. Esa plenitud de la gracia inicial que fue aumentando hasta la Asunción de nuestra Señora, es la consecuencia del privilegio de la maternidad divina, de la maternidad de nuestra Señora; de ahí deriva porqué es la Madre de Dios, deriva toda la plenitud de gracia y de gloria que Ella tiene mucho más excelsa que la de todos los santos y todos los ángeles juntos y deriva, también, todo su poder. Por la grande y sencilla razón de que Ella es la criatura que Dios más amó y ama. Por todo esto y por ser la más amada de Dios es la predilecta, y de ese privilegio que Ella tiene en su Inmaculada Concepción, de esa gloria que tiene en su Asunción, nosotros participamos en alguna medida como miembros de la Iglesia católica, teniéndola a Ella por nuestra Madre.

Ella es la antítesis de Eva, y cosa curiosa, Eva al revés es ave, ¡Ave María! Eva fue maldecida y por eso volvió a la tierra, volvía al origen de su procedencia por el pecado, por la mancha. Nuestra Señora es la antítesis, es el culmen de las bendiciones. La maldición de Eva entraña la muerte, porque Dios hizo al hombre naturalmente defectible y por lo mismo mortal, aunque fue elevado a la inmortalidad. Perdió esa eternidad por el pecado original de Adán y Eva. Hay dos linajes, el de Eva: un linaje maldito; y el de la Santísima Virgen: un linaje bendecido. En el linaje de Ella, están todos aquellos que la reconocen como madre, que pertenecen al seno de la Iglesia y más aún, aquellos que se consagran a Ella, que rezan el rosario y que llevan el escapulario, que la veneran de un modo especial por esa plenitud de gracia, por esa exaltación, por esa bendición, y porque también está profetizado que Ella aplastaría la cabeza de Satanás y del linaje de Ella saldría nuestro Señor que es Dios, que triunfa contra el mal.

Por lo mismo la Iglesia, aunque sufra, es una Iglesia llena de esperanza aun en medio del padecimiento, porque si la tenemos a Ella por Madre y somos de su linaje, vamos a ser odiados por el otro linaje antítesis de Ella. Los hijos de Eva, los que no reconocen a nuestra Señora, no reconocen a nuestro Señor, no reconocen a la Iglesia. Hay una enemistad hasta el fin de los tiempos, no nos extrañemos de que haya persecución, de que haya guerra religiosa, de que haya oposición; y no que ahora nos vengan a hacer bajar la guardia en el falso ecumenismo donde no hay enemigos, porque es mentira, el demonio existe y el mal existen, igual los malos hijos y combaten a los buenos, a los del linaje de nuestra Señora, como combatieron y mataron a nuestro Señor.


No hay peor ignorancia que la de ignorar el enemigo, y no hay peor burla del enemigo, que la de hacernos creer que no existe; por eso Satanás ríe haciéndole creer al mundo moderno que no existe y es hoy más satánico que nunca; los juguetes de los niños son diabólicos, esas figuras monstruosas, esos dibujos animados en la televisión también monstruosos, inculturizando a los niños para que cuando vean volar a los demonios los tengan por sus ídolos y sus héroes. No entiendo cómo hay padres de familia que les compran un juguete monstruoso a sus hijos; realmente no se piensa, eso demuestra hasta qué punto se nos enceguece con la propaganda, el bombardeo, la desfiguración del arte, la destrucción de la realidad que Dios ha creado y eso viene del odio del infierno. Desgraciadamente los secuaces de carne y hueso, los hombres que no pertenecen y no quieren pertenecer al linaje de nuestra Señora y que sí son del linaje de Eva, maldecida, corrupta. Nuestra Señora es la antítesis y en Ella están todas las bendiciones.
“Bendita eres entre todas las mujeres”. ¿Por qué esa bendición? Por ser la Madre de Dios, porque es “Bendito el fruto de tu vientre”, que es Jesús, Dios. Así que hoy, con la Asunción, nosotros podemos proclamar con gozo, con regocijo, que tenemos una madre en el cielo, coronada en el cielo, venerada por todos los ángeles, omnipotente ante los ángeles, omnipotente por participación porque sólo Dios es omnipotente absoluto; pero a Ella por ser la Madre de Dios, nuestro Señor le da todo ese poder de su gracia para que Ella sea el canal por el cual esas gracias nos lleguen, así como el agua nos llega a través del acueducto. Ella es así, el canal, el conducto por el cual nos llega esa agua pura del cielo, que nos salva y nos asemeja a Dios.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, ser sus verdaderos hijos, no como muchos que siguen falsas devociones, como lo dice San Luis María Grignión de Montfort, sino que seamos de los verdaderos y que podamos tenerle en nuestro corazón un altar privilegiado, para que Ella sea nuestro socorro y nuestro auxilio, sobre todo a la hora de nuestra muerte. +

BASILIO MERAMO PBRO.
15 de agosto de 2001.

domingo, 9 de agosto de 2026

UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo vemos el milagro que hizo nuestro Señor con el sordomudo; en otras ocasiones nuestro Señor hizo milagros e incluso curó a un mudo sin hacer ningún gesto, como vemos que lo hace según el relato de hoy; lo lleva aparte, le introduce los dedos en los oídos, le toca la lengua con su saliva, gime, y dice además “éphetha” que quiere decir abríos o ábrete. Y nos podemos preguntar por qué nuestro Señor hace todo esto, esa especie de curanderismo, podríamos incluso pensar o creer, para qué todo este ritual, si como en otras ocasiones ya lo había hecho, bastaba con una simple palabra o un gesto, sin hacer tanto aspaviento y, más aún, después de hacerlo le pide que no lo comunique, que no lo propague, aunque más se dan a conocer milagros.

Nuestro Señor claramente quiere acentuar un símbolo, una enseñanza con estos ademanes, tanto es así, que en el rito del bautismo que nos da la fe, se toman casi todos estas señas que hizo nuestro Señor en este milagro. Y ¿cuál es la razón? Dejarnos una lección, no tanto con la palabra sino con los actos, porque los milagros de nuestro Señor también son parábolas o enseñanzas en acción, como han dicho y hecho ver muchos santos. Así quiere mostrar la génesis, el origen de la fe, que es tan importante, que es esencial en la vida sobrenatural, en la de la Iglesia, en la nuestra, en la del mundo. El mundo sin fe sería diferente y de ahí la necesidad de ella para salvarnos.

Así que nuestro Señor quiere mostrar cómo esa fe se origina en nosotros por medio de la intervención de Dios, porque es un dony una gracia de Dios; viene por el oído, el oído de la palabra de Dios.

Por eso la urgencia de la predicación de la palabra de Dios, del Evangelio, para que oyendo el relato de la vida de nuestro Señor, creamos en Él, que es Dios, el Mesías, el Hijo de Dios, y no seamos infieles.

Por eso hizo todas estas señales, estas gesticulaciones y ordenó que no se dijera, porque la fe no es una cuestión de propaganda, de publicidad, como se vende cualquier producto, sino que es una conversión interior del alma que se transforma y se adhiere a Dios; la fe es un don sobrenatural que nos hace unir nuestra inteligencia a la verdad revelada, a la verdad primera que es Dios bajo el influjo de la voluntad que con la gracia de Él nos mueve.
Por ello hay un acto libre, y el que no tiene fe, libremente la repudia, la rechaza, no quiere someterse, no quiere que su inteligencia se adhiera a la verdad revelada; de ahí el choque frontal del rechazo de la fe, del repudio de nuestra inteligencia a aceptar la verdad revelada por Dios, que es el mismo nuestro Señor, es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, su revelación y manifestación hecha carne. Eso es lo que el mundo no acepta, se opone y de ahí el estado de permanente lucha, oposición y contradicción mientras exista, no solamente de cada alma frente a Dios sino de todo el mundo frente a Él y su Iglesia.

Por eso la gravedad de la hora presente en la cual el hombre moderno por decisión propia no busca la adhesión a la verdad y mucho menos primera revelada que es Dios; lo que quiere es sumarse a lo terrenal y por eso aplica la inteligencia a la técnica, al progreso y a las riquezas materiales, al poder y al dominio, pero no busca lo de Dios. Al buscar a Dios todo lo demás vendrá por añadidura; hasta la misma política no puede prescindir de Dios y si lo hace es mundana, y es lo que está pasando, cuando los intereses políticos, económicos y sociales no son los del amor a la verdad. Hay que buscarla y encontrarla y una vez que la hallemos unirnos a ella y amarla.

Siempre ha sido lo misma, el maldito naturalismo, esa rebelión de la criatura y del hombre contra Dios, aún más, de la natura angélica que se rebela, que no se somete y que por eso no acepta otra verdad que el hombre; hoy se predica la dignidad y libertad del hombre y sus derechos, la persona humana; el culto y la religión giran en torno a esa maldita y apostática libertad del individuo. Esa es lo detestable del mundo moderno y será la condenación de cada uno de nosotros si apostatamos de ese sacrosanto deber como criaturas, de adorar, de conocer y de rendir culto al verdadero y único Dios de la revelación, y no confundirlo miserable y diabólicamente con cualquier fetiche o ídolo de nuestra imaginación. Es un absurdo y es en el fondo una apostasía que culminará con el rechazo pública y oficialmente de Cristo instaurado dentro de la Iglesia que es el anticristo, el que se opone y disuelve a Cristo; que no quiere someterle, ligarle ni subyugarle su corazón. Es por lo mismo que San Juan dice que el anticristo es el espíritu que se desune y se aleja de Cristo, que quiere estar libre de Él.

Y ¿qué libertad no vemos hoy en nombre del hombre, de los derechos humanos, de las naciones unidas en contra de Cristo y de la Iglesia? Maldito y condenado mundo y por eso camina al suicidio; ese será el trágico final del hombre ensoberbecido que no quiere adorar y aceptar a su único y verdadero Dios. Ya no son solamente los reyes de esta tierra, los poderosos, los gobernantes, las naciones que se oponen a Cristo, sino que de la misma Iglesia la jerarquía, sus cardenales, sus obispos, sus sacerdotes, sus religiosos, sus religiosas, sus monjes y monjas en la gran mayoría o totalidad, excepto un pequeño rebaño copulan, fornican con los reyes de la tierra, bebiéndose la sangre de los mártires. ¿Habrase visto mayor postración y desolación en el templo sacrosanto de Dios?

Pues eso es lo que está sucediendo, eso es lo que quiere el cardenal Castrillón Hoyos, que ceda ese pequeño rebaño, la tradición liderada por monseñor Lefebvre y por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que fornique así con los reyes de la tierra, de este mundo, para sojuzgar la Iglesia, y que el poder espiritual quede en las manos de los poderosos de este mundo. Y eso lo harán no a través de una persecución violenta que generaría mártires, sino de la locuacidad del pseudoprofeta, la bestia de la tierra, que con su lengua diabólica y perversa habla como el dragón pero tiene imagen de cordero, y llevará a los fieles a la apostasía.

Es mi deber, sobre todo ahora, cuando me voy, que por lo menos les quede eso de recuerdo, para que cada uno de ustedes sepa defender su fe, a pesar de la jerarquía que nos va querer hacer apostatar, claudicar. Por eso es deber de cada fiel conocer su religión para poder sostenerse cuando no haya quien predique, cuando no haya sacerdotes valientes, obispos o cardenales que así lo hagan, porque hoy no vemos ni un solo cardenal, y obispos muy pocos.

De cinco obispos tradicionalistas quedan cuatro; esos cinco eran los sucesores de monseñor Lefebvre y de monseñor De Castro Mayer. No hay que olvidar que los sucesores de monseñor De Castro Mayer en Brasil claudicaron; el cardenal Castrillón les endulzó el oído, les compró la conciencia y los amedrentó bajo excomunión, bajo herejía, bajo cisma. ¿Cuál excomunión, cuál herejía, cuál cisma? Si los hay, son ellos quienes los producen en la Iglesia miserablemente, y somos nosotros, los fieles a la Tradición de la Iglesia, los que preservamos la verdadera autoridad, la verdadera jerarquía, la verdadera obediencia, el verdadero amor a la verdad y no en lo que están convirtiendo a la Iglesia, en un lupanar de corrupción.

Ese es el gran escándalo que hay y la gran persecución contra aquellos que, como nosotros, nos esforzamos humildemente en querer acatar la verdad, en querer obedecer a la Iglesia, en querer ser fieles a nuestro Señor. Por eso se nos acosa inmisericordemente mientras que el resto vive sin problemas, sin hostigamiento; porque pareciera que no hay peor cuña que la del mismo palo.

Eso lo tienen que tener presente, mis estimados fieles, si quieren salvar sus almas, porque lo más fácil es seguir la corriente, dejarse arrastrar y pintarlo todo con el rótulo de obediencia que es una traición a Dios. Primero hay que someterse a Dios. ¿Con qué derecho un padre puede corromper a sus hijos en nombre de la obediencia, en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo sería porque el acatamiento exige la autoridad y ésta reclama que sea participada de Dios que es el Creador de todo.

Luego, para demandar subordinación hay que tener esa autoría de Dios, en su nombre y no para combatirlo. Eso es lo que hace legítima la autoridad y la obediencia que se pide en consecuencia, y sin eso no hay acatamiento sino obsecuencia o servilismo; y donde hay sumisión no hay subordinación, porque no hay virtud allí donde no hay libertad. Las piedras y los animales no son libres, no obedecen, cumplen con instintos la ley de la vida, pero en el hombre, que tiene libertad, es todo lo contrario y esa es la verdadera libertad que nos hace independiente, la libertad en la verdad; por eso la fe (dice Santo Tomás de Aquino), tiene por objeto la verdad primera que es Dios revelado y por eso el deber trascendental de cada uno de nosotros, de cada hombre, de cada criatura inteligente de adherirse a esa verdad, reconocerla, aceptarla y no liberarse de ella y negarla para autoafirmarse como lo hizo Satanás con su “non serviam”, no serviré, no me someto, no me adhiero a la verdad en nombre de mi naturaleza, de mi excelencia, de mi personalidad, de mis derechos.

He ahí el primero y gran pecado de herejía, de apostasía, del naturalismo que va cambiando de nombre pero que es en esencia siempre lo mismo y por eso tenemos que estar muy atentos para que no nos engañen, para que no nos dejemos estafar y para que podamos defender nuestra religión como lo hicieron tantos mártires en la soledad, en el abandono, en el arrinconamiento, cuando lo más fácil era seguir a los demás.

Por eso, todo verdadero católico y más hoy día, es un mártir, en potencia al menos, y eso es lo que exige nuestro Señor, esa capacidad de inmolación; es decir, que si es su voluntad estemos dispuestos a morir por la verdad, así como Él lo hizo en la Cruz. Nuestra religión es de sacrificio, eso significa la Cruz y por eso nos la quieren quitar para que haya una religión sin Cruz. Ésta nos la recuerda la Santa Misa, por eso la gravedad de la nueva aunque muchos fieles no se den cuenta, porque justamente se trata de camuflar, de disfrazar, que es lo que en realidad está pasando.

Debemos pedirle a nuestro Señor cada día la fe, para permanecer firmes en ella, porque el diablo anda a nuestro alrededor viendo a quién va a devorar y por eso hay que permanecer de pie, como nuestra Señora en el Calvario. Mientras los apóstoles huyeron despavoridos, cobardemente, Ella se quedó allí con algunas piadosas mujeres y San Juan, pero ninguno por mérito propio, sino por estar al lado de la Santísima Virgen María.

De allí la necesidad imperiosa y categórica, sobre todo en estos últimos tiempos, de recurrir a la Santísima Virgen María, para que no transijamos y podamos subir al Calvario como Ella, en esta segunda crucifixión de nuestro Señor en su cuerpo místico, que es la Iglesia. Por eso la Iglesia sufre hoy una verdadera pasión, un desgarramiento profundo que se quiere ocultar, pero que vemos con toda la corrupción existente en el mundo y dentro de la Iglesia, en sus ministros. Esta perversión nos puede afectar si no nos mantenemos alertas y vigilantes a buena distancia y en la humildad que es en el reconocimiento de la verdad. Santa Teresa decía que la humillación está en la verdad, sin ésta no la hay, no hay la virtud, no hay fe y, desde luego, sin fe no puede haber esperanza ni caridad.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos conserve en esa fe pura de la Iglesia, in-contaminada, sin error, porque así es la fe de la Iglesia, y en esa pureza poder vivir y en la medida de lo posible transmitirla a los demás para la salvación nuestra y la del prójimo y de esta forma hacer verdaderamente la voluntad de Dios auxiliados por nuestra Señora, la Santísima Virgen, que también es nuestra Madre, porque es Madre de la Iglesia. Roguémosle siempre a Ella para que nos mantenga en ese fervor y así podamos responder con verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo. +

P. BASILIO MERAMO
24 de agosto de 2003

domingo, 26 de abril de 2026

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este tercer domingo después de Pascua, ya pasó la época de la comunión Pascual que la Iglesia nos pide; sin embargo, aquellos que no la hayan hecho por cualquier circunstancia, con culpa o sin ella, la pueden hacer cuanto antes, con la confesión que pide la Iglesia sin fijar la fecha, por lo menos una vez al año, como para decir que somos católicos; entonces no nos olvidemos del precepto de la comunión pascual.

Vemos la incógnita ante las palabras de nuestro Señor Jesucristo; no olvidemos que los apóstoles estaban tristes, acongojados, nerviosos, atribulados por todos los eventos que se sucedían y que nuestro Señor también les había indicado: su Pasión, su muerte y la persecución. Los apóstoles estaban apesadumbrados y nuestro Señor les quiere dar ánimo, por eso les dice: “Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver”. Este poco tiempo que “no me veréis” y que “me volveréis a ver”, los Padres y los Santos de la Iglesia lo han interpretado de diversos modos. Para mí no cabe sino un solo modo y es el que le dio el gran San Agustín, que muchas veces se da el lujo de interpretar en forma distinta a todos los otros Padres, y es tal su ingenio y su genio que santo Tomás lo pone en la balanza al mismo nivel, como si la sola opinión de San Agustín equivaliese a la de todos los otros por esa perspicacia y profundidad sobrenatural.

Lo que sucede es que a veces un sentido no excluye otro. Y puede ser el caso el de este poco de tiempo que los Padres de la Iglesia dicen que se refiere a los tres días que estaría en el sepulcro, que no lo verían durante ese tiempo hasta que resucitara durante los cuarenta días. Pero San Agustín dice que se refiere al lapso que va después de la Ascensión a su segunda venida cuando venga en gloria y majestad. Y en realidad, si lo miramos así, es la única interpretación, aunque no excluya la otra. Pero podremos decir que es una explicación suprema, porque si analizamos el contexto, lo dice muy claro, “porque me voy al Padre”; y ¿cuándo nuestro Señor va al Padre? Después de la Ascensión. Luego el tiempo que Él considera “poco”, es toda esta historia de la Iglesia y de la humanidad, desde la Ascensión hasta la Parusía.

Vemos entonces cómo la apreciación de este pasaje del evangelio es eminentemente apocalíptico, no lo olvidemos, no me cansaré de decirlo; porque esa fase de los novísimos, de las postrimerías no hay que ignorarla, sobre todo hoy más que nunca cuando nos encontramos en una situación verdaderamente angustiosa que evoca el fin de los tiempos, y que no hay que confundir con el fin del mundo; porque en el ínterin entre el fin de los tiempos y el del mundo está el reino de nuestro Señor Jesucristo sobre esta tierra, para juzgar no solamente a los muertos sino también a los vivos.

Todo lo que sucede es a veces de difícil explicación, como la primera resurrección y la segunda, que tan mal traída está por la exégesis contemporánea, deudora de muchos errores que se han repetido. Sabios como los padres Castellani, Eusebio de Pesquera, Rovira o Alcañiz, han tratado de corregir ese error infructuosamente, porque también, desafortunadamente, hay que decirlo, en la predicación, en la exégesis y en la teología se introducen en la Iglesia modas, corrientes que se imponen y si no se tiene y no se agudizan la inteligencia y luz sobrenatural, se repite y se copian esos mismos errores. Yerros que les valieron a los judíos no distinguir la primera venida de la segunda. Por eso crucificaron a nuestro Señor, porque no fue el rey que ellos esperaban. Y si a ellos les fue así por ese error de moda, político o lo que fuera. Quién sabe si no nos está yendo tan mal a causa de eso, por una mala concepción del reino de nuestro Señor Jesucristo sobre esta tierra, sobre vivos, y digo esto de paso pero dada su importancia, para que nos demos cuenta.

No hay que confundir el fin de los tiempos con el fin del mundo. Porque todo lo anunciado apocalípticamente está para el fin de los tiempos, la gran crisis, la gran apostasía, la gran hecatombe dentro de la Iglesia zarandeada, sacudida por Satanás, las horas de las tinieblas. ¡Ay de nosotros si nos equivocamos y no lo vemos!, ¿cómo nos defenderemos? Hay que estar alertas, vigilantes y con verdadero espíritu de fe pedir esa inteligencia de los misterios de Dios.

San Agustín dice, entonces, que todo ese tiempo desde la Ascensión de nuestro Señor hasta su segunda venida, es cuando que no le verán, pero que será poco, porque cuando ya venga todo el tiempo que antes nos habría parecido largo, parecerá entonces corto. Como siempre pasa aquí con lo de este mundo, con grandes inconvenientes esperando un evento, y cuando se da, todo lo que se sufrió, se pasó y lo que se esperó, parece que no existiera; pues algo parecido y mucho más será cuando aparezca nuestro Señor. Esa es la gran esperanza y la necesidad de que nos encuentre santos y no carnales, con los deseos de la carne, que como dice San Pedro en la epístola de este día, “combaten contra el alma”, contra el espíritu.

Y sabrá el diablo si el mundo de hoy no es carnal, cuando todo es pornografía, desnudez de la moda en las mujeres, esa desvergüenza, ya no hay pudor ninguno, más les valdría salir en cueros para que por lo menos tuvieran frío o para que se asen con el sol, a ver si aguantan. Por eso no podemos ser ingenuos, ni católicos tontos, ni bobos, no dejarnos engañar por un mundo satánicamente carnalizado; él sabe que llevamos la concupiscencia en la carne, en las venas, en la sangre y que tenemos que luchar contra las pasiones con látigo, rejo y martillo y hacha y machete, pero hay que hacerlo. No se pueden vencer las tentaciones sino con oración, sacrificio y penitencia, para tener medio domado al animal que llevamos dentro, que surge cada vez que la razón específica formal del hombre se obnubila.

De allí la definición del hombre, animal racional, y cada vez que esa razón se aminora, sale el animal, que es él quien mata, odia, fornica, se degenera. Ese es el peligro del alcohol, ¿por qué creen que emborracharse es pecado mortal? Porque quita la razón, y ¿qué emerge?, el bruto; por eso debemos tener cuidado de nosotros mismos. Si a todo esto le agregamos el mundo y el demonio, ¿dónde vamos a parar?

Por eso estamos como estamos. Queremos una religión light, fácil, donde no haya pecado, donde no haya mal sino lo que a mí me parezca, lo que a mí me plazca. No usemos la libertad como dice San Pedro, “a manera de velo”, sino que la utilicemos como hijos de Dios; y hoy ¿qué se hace de la libertad? Se convirtió en libertinaje. Contrario a lo que dice nuestro Señor. Porque el libre albedrío basado en la verdad es lo que nos hace hijos de Dios y seres realmente libres. Debe ser una libertad en la verdad y no en el pecado, no en el error como hoy se quiere y como San Pedro lo señala en su epístola; no es un escudo la libertad para hacer lo que el hombre quiere según sus apetitos animales, sino los espirituales, según los de Dios; no olvidemos que lo que tenemos los hombres en común con los animales es el procrear, el comer y el dormir.

Así que ¿dónde está la libertad del hombre? Es una libertad pecaminosa, no de animal, porque es lo que tenemos en común. Por eso entonces hay que sobrenaturalizarlo para no quedar en la pura animalidad sino que venga a lo que es superior, a lo que es del alma, a lo que es del espíritu, a lo que es de Dios y así podamos usar bien ella y no como un escudo que nos permita hacer lo que queramos, que es lo que hace hoy la juventud, el hombre y la mujer modernos, “hacer lo que se me dé la gana, no estoy sujeto a nada ni a nadie, ni a Dios, porque elijo la religión que quiero, el culto que más me convenga”. Libertad religiosa,  ¡maldita, herética y apóstata! Es una verdadera apostasía. 

Por eso en el evangelio de hoy, toda esta vida aquí en la tierra hasta la segunda venida de nuestro Señor, es comparada a un parto, como nos muestra San Agustín hablando de ese poco de tiempo “en que no me veréis y otro poco me volveréis a ver”. Toda la vida histórica de la Iglesia está comparada a un parto, a un dolor, pero que después desaparece. Quiere decir que nuestra vida espiritual, la conversión de los infieles, la vida sobrenatural privada y la pública, de cada uno, es como dolores de un alumbramiento, pero que ese malestar después se convierte en alegría, en gozo, por haber dado un hombre al mundo. Así da la Iglesia hombres para el cielo, esa es su misión, la de sufrir y la de parir cristianos para Dios y que ese penar, ese sacrifico, esa tristeza, se conviertan en alegría.

Pero hacia el fin de los tiempos esos tormentos se acrecientan; cuando la hora de dar a luz se acerca es cuando más terrible y de aflicción es el momento; lo mismo lo será para la Iglesia. No debemos entonces desesperarnos. Esa es la importancia de la interpretación de San Agustín sobre las congojas de la vida en general, de la Iglesia y sobre todo al fin de los tiempos antes de la segunda venida de nuestro Señor. De ahí ese estrechamiento de la Iglesia, ese repliegue que lo vemos en la medición del templo en el Apocalipsis, reducida a un pequeño rebaño fiel, porque: “no todo el que dice ¡Señor, Señor!” es de Dios.

Desgraciadamente no todo el que hoy se dice católico lo es, puesto que yo no puedo ser católico y modernista al mismo tiempo, estar en ruptura con la Tradición de la Iglesia, perseguirla, eso es una contradicción, pero es parte de los dolores de parto de los cuales hoy nos habla el evangelio. Por ello hay que sufrir con gozo, para así poder resistir, y con verdadera fe seguir permaneciendo fieles a nuestro Señor, para que cuando Él venga, nos encuentre vigilantes y esperándolo y no dormidos.

Ese es el mensaje del evangelio de hoy si bien miramos, si bien lo interpretamos y vemos la esperanza que encierra y eso debe entonces reconfortarnos, fortificarnos para que podamos seguir adelante en medio de un mundo carnal, de un mundo que en definitiva odia a Dios y se opone a la su obra.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos ayude para que seamos fieles y así nuestro Señor nos encuentre dignos de ser suyos. +

P. BASILIO MERAMO
    
11 de mayo de 2003

sábado, 4 de abril de 2026

Sabado Santo, Misa Solemne de la Vigilia Pascual

  


Tomado de la Catena Aurea, de Santo Tomás de Aquino:

Evangelio Según San Mateo, Cap. 28 Ver. 1-7
Mt 28, 1-7
Mas en la tarde del sábado, al amanecer el primer día de la semana, vino María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y había habido un gran terremoto: porque un ángel del Señor descendió del cielo, y llegando, revolvió la piedra, y se sentó sobre ella. Y su aspecto era como un relámpago, y su vestidura como la nieve. Y de temor de él se asombraron los guardas, y quedaron como muertos. Mas el ángel, tomando la palabra, dijo a las mujeres: "No tengáis miedo vosotras, porque sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como dijo: Venid, y ved el lugar donde había sido puesto el Señor. E id luego, decid a sus discípulos que ha resucitado; y he aquí va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. He aquí os lo he avisado de antemano". (vv. 1-7)
San Agustín, in sermonibus de resurrectione.
Después de las burlas y los azotes, de la hiel y vinagre mezclados, de los tormentos y las llagas sufridas en la cruz y, finalmente, después de la muerte y la bajada a los infiernos, resucitó de su tumba la nueva carne, brotó de lo caduco la nueva vida y resucitó la salvación de la misma muerte, para volver más pura después del sepulcro.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 3,24
La cuestión acerca de la hora en que las mujeres fueron al sepulcro no resulta trivial. San Mateo dice aquí: "Mas en la tarde del sábado" ( Mt 16,2) etc., a diferencia de lo que dice San Marcos: "Y muy de mañana, el primero de los sábados vienen María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro" ( Mc 16,2) 1. Cuando San Mateo se refiere a la noche, quiere abarcar desde la primera parte de la noche (que se llama víspera) hasta el final de la misma, en la que fueron al sepulcro. Y como en el sábado no les estaba permitido hacer esto, llamó noche a aquel tiempo en que se podía trabajar y por esto hicieron cuanto pudieron durante lo que podía llamarse noche.
Y así, se dice: "Mas en la tarde del sábado", como si se dijese: En la noche del sábado; esto es, en la noche que sigue al día del sábado 2. Las mismas palabras así lo indican: "Al amanecer el primer día de la semana". Lo que no comprenderíamos si la palabra víspera significase tan sólo la primera parte (esto es, el comienzo) de la noche. Pues no puede decirse que el principio de la noche es la hora que empieza a brillar antes de amanecer sino más bien la misma noche, que empieza a desaparecer cuando viene la luz. Es un modo de hablar común en la Escritura el tomar el todo por la parte. Por lo tanto, se debe entender noche cuando se trata de la víspera, la cual termina al amanecer y al amanecer fue cuando vinieron al sepulcro.
Beda
O de otro modo, cuando se dice que las mujeres vinieron en la tarde del sábado a ver el sepulcro debe entenderse que empezaron a venir en la víspera y cuando empezó a lucir la mañana del sábado, llegaron al sepulcro. Esto es, prepararon en la víspera las aromas con que se proponían ungir el cuerpo del Señor, pero los trajeron al sepulcro a la mañana siguiente. San Mateo dijo esto mismo, pero con oscuridad, por querer abreviar. Pero los otros evangelistas lo refieren todo y por orden, explicándolo mejor. El día viernes el Señor fue colocado en el sepulcro. Cuando las mujeres regresaron de haberlo dejado sepultado, prepararon los aromas y los ungüentos, mientras les era lícito trabajar. Durante el sábado no hicieron nada, según estaba mandado en la Ley y así lo dice claramente San Lucas. Pero una vez pasado el sábado y terminada la víspera, cuando ya llegaba el momento de poder obrar, compraron con celeridad lo que les faltaba para satisfacer su devoción (como refiere San Marcos) para ir a ungir al Señor y muy de mañana fueron al sepulcro ( Mc 16,1-2).
San Jerónimo
No debemos creer, como quieren los impíos, que la aparente divergencia entre los relatos de los evangelistas al citar la hora en que las mujeres vinieron al sepulcro es una prueba de la falta de historicidad de estos relatos. Más bien debemos ver en ello una gran ansiedad en las mujeres, repitiendo las visitas, yendo y viniendo y no decidiéndose a abandonar el sepulcro del Señor, ni ausentarse de él.
Remigio
Debe saberse que hablando en sentido espiritual, San Mateo se propuso demostrarnos la gran dignidad con que el honor de la resurrección del Señor favoreció a aquella sacratísima noche después de vencida la muerte. Por esto dijo: "Mas en la tarde del sábado", etc. Se expresa de este modo porque tiene en cuenta el orden observado en aquellos tiempos, en que las vísperas se consideraban pertenecientes a la noche y no al día. En estas palabras se demuestra que el Señor convirtió esta noche en festiva y brillante por la luz de su resurrección.
Beda homilia Aest. I
Desde el principio del mundo hasta nuestros días, se divide el día de tal modo, que la noche precede a la mañana. Porque el hombre, por el pecado, cayó de la luz del paraíso a las enfermedades y tinieblas. Ahora sigue muy oportunamente el día a la noche, cuando por la fe en la resurrección, hemos vuelto de las tinieblas del pecado y de la sombra de la muerte, a la luz de la vida que nos ha concedido el Señor.
Crisólogo salmo 75
No desaparece el sábado sino que es santificado por Jesucristo. No dijo vine a disolver la ley, sino a cumplirla ( Mt 5,17). Es iluminado para que brille en el día del Señor y resplandezca en la Iglesia lo que se oscureció en la
inagoga por la obcecación de los judíos. Sigue: "Vino María Magdalena", etc. Tarde busca el perdón la que temprano corrió a la culpa. La que había caído en el paraíso, se apresura a recobrar la fe en el sepulcro. Se precipita a sacar la vida de la muerte, la que había sacado la muerte de la vida. No dijo, pues, vinieron, sino vino. Bajo un solo nombre vienen dos, no por casualidad sino misteriosamente: viene la misma, pero distinta, de modo que se moviese por la virtud y no ya según su vida pasada. Estas dos mujeres, María Magdalena y la otra María 3, son figuras de la Iglesia que precede a los apóstoles en el sepulcro del Señor, a saber, María es el nombre de la Madre de Cristo, mas este nombre pertenece a dos mujeres. Porque aquí está figurada la unidad de la Iglesia compuesta de los dos pueblos, el gentil y el judío. Vino María al sepulcro como si viniese al seno de la resurrección, como si Jesucristo naciese otra vez del sepulcro de la fe. Antes había sido engendrado en un vientre según la carne. Ahora, Aquél a quien la virginidad cerrada había traído a esta vida, un sepulcro cerrado lo devolvía a la vida eterna. Es un prodigio de la divinidad el haber dejado íntegra la virginidad después del parto y haber salido del sepulcro cerrado con su propio cuerpo.
Sigue: "Y he aquí que hubo un gran terremoto", etc.
San Jerónimo
Dios nuestro Señor, Hijo al mismo tiempo de Dios y del hombre, demostrando que participa de estas dos naturalezas, divina y humana, dio un notable ejemplo de su grandeza y de su humildad. Por esto, aunque como hombre es crucificado y sepultado, sin embargo, lo que sucede exteriormente da a conocer que es Hijo de Dios.
San Hilario, in Matthaeum.
El terremoto indica el poder de la resurrección. Porque una vez vencida la pena de muerte y desterradas sus tinieblas, se conmovió el infierno cuando resucitó el Señor de los poderes celestiales.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 90
Sucedió el terremoto para que se levantasen y velasen las mujeres, porque como se proponían ir y llevar ungüento, debían de haberse pasado la noche preparando los aromas y probablemente se habían quedado dormidas.
Beda., in homilia super Venid Maria Magdalene.
Cuando el Señor salió del sepulcro hubo un gran terremoto (lo mismo que cuando murió en la cruz) y ello da a entender que los corazones humanos se conmovieron, primero por la fe en la pasión y fueron incitados después a hacer penitencia por el santo temor de la resurrección.
Crisólogo, sermon 77 y 74
Si la tierra tembló así cuando el Señor resucitó para salvación de los santos, ¿cuánto temblará cuando vuelva para juzgar a los malvados? Dice el Profeta: "La tierra tembló cuando Dios se levantó a juzgar" ( Sal 75,9). ¿Cómo podrá soportar la presencia de Dios quien no pudo soportar la presencia de un ángel? Y sigue: "Porque un ángel del Señor bajó del cielo". Al resucitar el Señor y destruir la muerte, vuelve a relacionarse el cielo con la tierra y así como en el principio trató la mujer con el ángel para perdición de la humanidad, ahora otra mujer trata con otro ángel para la felicidad.
San Hilario, in Matthaeum
Verdaderamente es grande la prueba que tenemos de la misericordia de Dios Padre, porque cuando resucita el Hijo, lo honra con el servicio de los ángeles y por lo tanto, antes de la resurrección uno es enviado para que la resurrección sea anunciada por un siervo de la voluntad del Padre.
Beda, in homilia super Venid Maria Magdalene
Como Jesucristo es Dios y hombre, incluso en los actos de pura humanidad, no le falta nunca la asistencia de los ángeles que únicamente se debe a Dios. "Y llegando revolvió la piedra". No porque fuera necesario abrir la puerta para que saliera el Señor sino para que su salida demuestre a los hombres la realidad del hecho. El que dentro del seno de una Virgen, siendo mortal, pudo entrar en el mundo naciendo, estando cerrado el sepulcro, hecho inmortal pudo salir del mundo resucitado.
Remigio
La piedra rodada del sepulcro es figura de los Sacramentos de Cristo que ya venían prefigurándose en el contexto de la Ley. En efecto, la Ley había sido escrita en piedra y por ello está representada en ella.
Crisólogo, sermon 74
No dice volvió, sino revolvió la piedra. Porque la vuelta de la piedra era únicamente señal de muerte; pero el revolver la piedra daba a conocer la resurrección. Aquí se transforma el orden de las cosas. El sepulcro destruye la muerte y no descompone al muerto, la casa de la muerte se transforma en habitación de la vida, aparece la clausura de un modo nuevo, recibe un muerto y lo devuelve vivo. Sigue: "Y se sentó sobre ella". No se sentó por cansancio sino como doctor de la fe y heraldo de la resurrección. Y se sentó sobre la piedra para que la consistencia del asiento fuese motivo de firmeza para los creyentes. El ángel colocaba sobre la piedra los cimientos de la fe sobre la que Jesucristo había de fundar su Iglesia. También puede decirse que la piedra del sepulcro es figura de la muerte con que todos estaban oprimidos y en cuanto a que el ángel se sentó sobre la piedra, se da a entender, que Jesucristo venció la muerte con su poder.
Beda, in homilia super Venid Maria Magdalene
Y apareció estando de pie el ángel que anunciaba la venida del Salvador al mundo, porque estando así, manifestaba que el Señor venía a vencer al príncipe de este mundo. Se dice que se sentó el que anunciaba la resurrección porque así daba a conocer que representaba a Aquél que una vez vencido el autor de la muerte, ya se había sentado en el trono de su reino eterno. Se sentó, pues, sobre la piedra rodada con la que se había cerrado la puerta del sepulcro dando a conocer que el Señor había destruido con su poder los antros del infierno.
San Agustín, de consensu evangelitarum 3,24
Puede también llamar la atención que San Mateo diga que el ángel se sentó sobre la piedra separada del sepulcro y que San Marcos diga que cuando entraron las mujeres, vieron a un joven sentado a la derecha. Pero debemos entender que San Mateo no habló del ángel que vieron las que entraron y que San Marcos se ocupó sólo del que vieron sentado sobre la piedra. Como vieron dos ángeles, oyeron lo que cada uno de ellos dijo acerca de Jesús. O bien cuando dice que "entraban en el sepulcro" ( Mc 16,5), debemos entender que lo hacían a alguna parte cercada que protegía el sepulcro, o sea, algún espacio que había ante la piedra del sepulcro y en cuya cavidad se había hecho la excavación para la sepultura. Por lo tanto, pudieron ver al ángel también en el mismo lugar, pero a la derecha y sentado sobre la piedra, como dice San Mateo.
Sigue: "Y su aspecto era", etc.
Crisólogo, sermon 75
Se diferencia el resplandor del rostro de la blancura de los vestidos y se compara el rostro del ángel con el relámpago y su vestido con la nieve. Porque el relámpago viene del cielo y la nieve de la tierra. Por esto dice el Profeta: "Alabad al Señor de la tierra, fuego, granizo, nieve" ( Sal 148,7), etc. Por lo tanto, en el rostro del ángel se da a conocer la claridad de naturaleza espiritual y en su vestido está significada la gracia que ha unido la naturaleza humana a la divinidad y así se manifiesta la aparición del ángel que habla, con el fin de que los ojos de la carne puedan soportar el resplandor de la claridad, a la vez que por el resplandor del relámpago teman y respeten al Autor de cuanto existe.
Crisólogo, sermon 77
¿Para qué aprovecha el vestido, cuando no hay necesidad de cubrirse? Pero el ángel prefigura nuestro vestido y nuestra forma en la resurrección, cuando el hombre se vestirá con el brillo mismo de su cuerpo.
San Jerónimo
También el ángel, con su blanco vestido, representa la gloria del que triunfa.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia. 21,4
O de otro modo, en el relámpago aparece el terror del que teme y en la nieve la tranquilidad del candor y como Nuestro Señor es poderoso y terrible para los pecadores y apacible para los justos, con mucha oportunidad aparece el ángel testigo de su resurrección con el resplandor de su semblante y con el candor del vestido blanco, aterrando así a los malvados y halagando a los buenos; por esto sigue: "Y de temor de él", etcétera.
Rábano
Los que no confían en su amor se aterran por la ansiedad del temor y los que no quieren creer la verdad de su resurrección quedan como muertos.
Crisólogo, sermon 75
Guardaban el sepulcro por crueldad y no por un acto de piedad. No puede sostenerse aquél a quien la conciencia abate y el remordimiento precipita. Por eso el ángel aterra a los impíos y habla y consuela a los buenos.
Sigue: "Mas el ángel tomando la palabra", etc.
San Jerónimo
Los guardias, aterrados, cayeron como muertos y el ángel, no los levanta sino que anima a las mujeres, diciendo: "No tengáis miedo vosotras"; como diciendo: Teman aquellos que permanecen en la incredulidad. Pero vosotras, como buscáis a Jesucristo crucificado, oíd que ya resucitó, cumpliendo lo ofrecido. Por esto sigue: "Porque sé que buscáis a Jesús el que fue crucificado".
Crisólogo, sermon 77
Buscaban al crucificado y muerto, a pesar de que los terribles acontecimientos de la pasión habían perturbado en parte su fe. Pero había sido tal el ímpetu de su amor, que buscaban al Señor del cielo aun en el sepulcro. "No está aquí".
Rábano
Esto es, en cuanto a presencia corporal porque en cuanto a la Divinidad, está en todas partes. "Porque ha resucitado como dijo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 90
Como diciendo: Y si no me creéis, acordaos de sus palabras. Y todavía añade una nueva razón, cuando dice: "Venid y ved el lugar donde había sido puesto el Señor".
San Jerónimo
Y si no creéis en mis palabras, creed en el sepulcro vacío.
Crisólogo, sermon 76
El ángel menciona primero el nombre, habla de la cruz y habla de la pasión. Pero luego reconoce la resurrección y a su Señor. Así el ángel, después de tanto tormento y del sepulcro, reconoce a su Señor. ¿Por qué el hombre ha de creer rebajado a su Dios cuando lo ve en carne mortal? ¿o ha de considerar que desfalleció su poder en la pasión? Dice que fue crucificado y muestra el lugar donde había sido enterrado el Señor para que no se creyese que era otro, sino el mismo, resucitado de entre los muertos. Y si el Señor volvió a su propia carne y da señales evidentes de su resurrección, ¿por qué ha de pensar el hombre que vendrá en otra carne? ¿O es que el siervo desdeña su propia carne, siendo así que el Señor no cambió la nuestra?.
Rábano
Por medio de estas palabras, no sólo se ofreció ocasión de alegría al alma interior, sino que se debió poner de manifiesto a los que verdaderamente lo amaban. Por ello sigue: "Y marchando pronto", etc.
Crisólogo, sermon 76
Como diciendo: Mujer ya santificada, vuelve al hombre; persuádelo a que crea, ya que antes le enseñaste a pecar; cuéntale cómo es verdad que Jesús ha resucitado, una vez que antes fuiste la causa de su ruina. "Y he aquí va delante de vosotros, etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 90
Les dice esto para asegurarles que no corren peligro alguno, para que así el temor no enfríe su fe.
San Jerónimo
Estas palabras: "Va delante de vosotros, a Galilea" quieren decir en sentido espiritual que iba al país inmundo de los gentiles donde antes habitaba el error y la corrupción y el pie no hallaba vestigio firme y estable.
Sigue: "Allí le veréis; he aquí que os lo he avisado de antemano".
Beda, in homilia super Venid Maria Magdalene
El Señor fue visto en Galilea por sus discípulos cuando ya había pasado de la muerte a la vida, de la corrupción a la inmortalidad. Galilea quiere decir migración. ¡Felices las mujeres, que merecieron anunciar al mundo el triunfo de la resurrección! Y más felices las almas que en el día del juicio (mientras los réprobos se aterran) merezcan entrar en el goce de la bienaventurada resurrección.