San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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martes, 16 de julio de 2024

CONMEMORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En la festividad de nuestra Señora del Monte Carmelo, debemos recordar la importancia de la Santísima Virgen María en la historia de la humanidad y en la de la Iglesia. No olvidar el regalo que nos hace Dios dándonos a esta Madre que es de todos nosotros y es la Reina del cielo. La advocación de la Virgen del Carmen, que viene del Monte Carmelo, es prehistórico, ya que allí San Elías redujo a un sinnúmero de idólatras de falsos dioses y de falsos sacerdotes aniquilados por Dios. Y en ese monte justamente nace la advocación de nuestra Señora del Carmen, remontándose así al Antiguo Testamento para mostrar cómo Ella sigue la historia de los hombres en el camino de su salvación.

Por eso nuestro Señor la deja como una garantía de nuestra redención, y la tenemos en el rezo del Santo Rosario que sabemos desde Fátima, aparición que ha sido ratificada por un milagro que no solamente vieron allí en Fátima miles de personas sino después el papa Pío XII, tres veces en el Vaticano. Lo curioso es cómo él no quiso publicar el tercer secreto y parece que aun ni leerlo e instituir la fiesta de una manera solemne. Claro que ya entonces había toda una conspiración contra Fátima, contra nuestra Señora aun dentro del Vaticano, en aquella época, cuando reinaba Pío XII; es inimaginable, pero así sucedió. Qué diremos ahora.

Y sabemos que desde Fátima el rezo del Santo Rosario, que es una síntesis del Evangelio, contiene los quince misterios, no son cinco, cinco es la tercera parte. El Rosario completo son los quince misterios más relevantes e importantes de la vida de nuestro Señor. Y con esta práctica, como dice nuestra Señora en Fátima, a través de Sor Lucía, no hay ningún problema ni material ni espiritual que no tenga solución; lo que debemos tener presente sobre todo para las dificultades espirituales, cuando no haya, cuando no tengamos misa, cuando no tengamos sacramentos, cuando seamos perseguidos, cuando llegue esa terrible hora en la soledad y que tengamos que dar testimonio so pena de claudicar.

También otra perla de garantía de nuestra salvación la tenemos con el escapulario que fue prometido a San Simón Stock en 1251, en pleno siglo XIII, siendo General de la Orden de los Carmelitas, lo cual le da ese privilegio, no solamente a los de su congregación que llevasen este distintivo, sino también a todos los demás. Por eso el escapulario es un hábito defensa, de lana. Y lo nombra de esta forma para que no lo confundamos con esas pastas de plástico que no son escapulario; es más, esta insignia no debe superar la mitad de la parte impresa que tiene el dibujo, tiene que ser menos de la mitad, según las normas de la confección del escapulario que es una miniatura de ese hábito que llevan los religiosos por detrás y por delante.

La única excepción es la medalla a la que San Pío X también le dio el mismo valor para las personas que tenían inconveniente por la debilidad, por la pérdida o rotura, por la fragilidad de esa pequeña tela. Entonces no nos dejemos engañar con cualquier escapulario, hecho de cualquier manera.

La promesa de ese escapulario es que nadie que siempre lo lleve irá al infierno, es decir, que no se condenará, está garantizada la salvación, que no es poca cosa. Pero hay que llevarlo dignamente con fe y cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios. No como muchos, como un escudo, pero vulnerando la Ley divina, como hacen muchos hampones, sicarios, que he conocido personalmente con revólver en mano para matar y le piden a uno que les imponga el escapulario para que cuando les disparen no les alcance la bala. Pero aún así parece que tuvieran más fe esos sicarios que nosotros y créanme que muchas veces se han salvado llevando el distintivo carmelita. Pero claro que eso no va a ser así siempre. Es simplemente para que vean cómo a veces los bandidos tienen más fe que nosotros.

Por si fuera poco, esa promesa que hizo en aquel entonces nuestra Señora al superior de los carmelitas, se complementó con el privilegio sabatino; es decir, que nuestra Señora incluso sacaría del purgatorio a las almas al sábado siguiente después de su muerte, según nuestra manera de contar. Entonces hay esa doble promesa, la de salvarnos y la de sacarnos del purgatorio si morimos con el escapulario puesto, que hemos llevado durante nuestra vida como buenos católicos; porque si lo portamos como malos creyentes esas promesas difícilmente, por lo menos la segunda, tendrán lugar; es decir, la de sacarnos prontamente del purgatorio si es que nos salvamos.

Así nuestro Señor deja entonces a través de nuestra Señora esas dos prendas, para tener una garantía de nuestra salvación y por eso no debemos olvidarlo y tenerlo en cuenta. Simplemente, basta haber recibido una sola vez la imposición del escapulario y las otras se cambia, se renueva, y ya quedamos inscritos en ese libro que pide el ritual y que hoy no se hace porque casi todo eso está abolido, pero entonces hacerlo en el libro que tiene Dios.

Pidamos a nuestra Señora del Monte Carmelo, a nuestra Señora del Carmen, que nos proteja sobre todo en estos tiempos tan difíciles para el verdadero católico, para el que quiere ser buen católico y seguir en todo la virtud que nos señalan los diez mandamientos. Eso no es fácil; es muy difícil, ¿por qué? Simplemente por la moda; la mujer que viste a la costumbre de hoy ciertamente no es buena católica aunque no se dé cuenta; ni quien ve la televisión, quien lo hace, con toda la porquería e inmundicia que se observa allí, no puede ser buen católico.

Peor si a eso le seguimos sumando lo que piensa la gente: que nada es pecado, que todo es permitido, que se puede hacer lo que cada uno quiere. En la familia, los que se divorcian, los que se casan por el matrimonio civil, eso no es ser católico; no se diga ya de los contraceptivos, de los abortos, todo eso es no ser católico. Las revistas pornográficas son exhibidas públicamente, ya no escondidas como antaño. No se puede ir a una farmacia porque cuando no hay una revista inmunda, hay algún otro artículo de igual forma asqueroso. Y ni qué decir de la educación sexual en los niños, se los corrompe por ley de la nación. Y así seguimos viendo una cosa tras otra; díganme si así no es difícil ser buen católico.

Claro que ser “católico” protestante como la mayoría lo es hoy, sí es muy fácil: el libre examen, el libre hacer y querer, eso es ser cismático y por eso la Iglesia se está convirtiendo en otra religión, y sus fieles se están protestantizando sin salir de la Iglesia; por eso se piensa y se obra como verdaderos infieles sin darse cuenta de ello y paro aquí de contar porque sería larga la lista. Lo he dicho sencillamente para mostrar que es muy difícil pero sin embargo no es imposible, eso requiere un esfuerzo de virtud heroica para cada minuto, para cada segundo, a lo largo de las horas, de los días y de los años hasta la muerte, para que podamos vivir en estado de gracia. Se necesita un permanente control y freno que no hay, que no existe en el mundo moderno, ni el social de antaño; por eso vivimos una verdadera Babilonia, peor que Sodoma y Gomorra, porque si es verdad lo que se dice, por dar un ejemplo, que hace unos días en Alemania hombres y mujeres en cueros estaban revueltos. Eso, ¿no es peor que Sodoma y Gomorra? Claro que sí, y peor en ese país que se le tiene por culto, por avanzado.

Por eso debemos pedirle a nuestra Señora que nos ayude a ser buenos católicos, porque ya ni cristianos se puede decir, ya que los protestantes han usurpado este nombre; no son de Cristo, porque no son de la Santísima Virgen María. Así de sencillo, son herejes, son protestantes y nosotros nos estamos volviendo como ellos sin darnos cuenta, por el modernismo que ha cambiado prácticamente la estructura de la misma Iglesia. Pero ahora no voy a hablar de eso para no alargarme. Debemos por lo menos recordarlo, para que nos haga abrir los ojos, y pidamos a Dios la luz y a la Santísima Virgen María la protección de la Iglesia que está hoy peor que nunca; no la Iglesia en su esencia, pero sí en su parte humana y material, en sus hombres, en sus integrantes tan corrompidos, tan prostituidos y eso de un modo oficial, no privado.

Siempre hubo la corrupción privada pero la putrefacción instaurada oficialmente, hecha ley, eso ya es diferente; cambia todo porque ya no se combate el mal, el vicio y ¿qué moral e Iglesia puede haber? Por eso se insiste en el matrimonio de los sacerdotes. Porque, es cierto, es muy difícil ser un sacerdote célibe si se es modernista y progresista; es imposible. Si es difícil siendo aun en la verdad y en la Tradición de la Iglesia porque hay que luchar, pero se tienen las armas; y si no se tienen es imposible luchar. Por ello vemos esa corrupción en el clero, en los religiosos, porque no es posible sin virtud, sin espiritualidad verdadera resistir al mal que hoy impera pública y socialmente dentro y fuera de la Iglesia, eso es un hecho.

Y solamente si no queremos ver no lo veremos, sino que hay que estar muy obcecado para no admitirlo. Tenemos que aprovechar ese auxilio que nos da nuestro Señor a través de su Santísima Madre para que Ella nos proteja y nos facilite en cierto modo las cosas; que nos evite el mal y la fatal caída y que podamos así avanzar en el bien y en la verdad guiados de su santa mano. +

PADRE BASILIO MÉRAMO
16 de julio de 2003

sábado, 16 de julio de 2022

CONMEMORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En la festividad de nuestra Señora del Monte Carmelo, debemos recordar la importancia de la Santísima Virgen María en la historia de la humanidad y en la de la Iglesia. No olvidar el regalo que nos hace Dios dándonos a esta Madre que es de todos nosotros y es la Reina del cielo. La advocación de la Virgen del Carmen, que viene del Monte Carmelo, es prehistórico, ya que allí San Elías redujo a un sinnúmero de idólatras de falsos dioses y de falsos sacerdotes aniquilados por Dios. Y en ese monte justamente nace la advocación de nuestra Señora del Carmen, remontándose así al Antiguo Testamento para mostrar cómo Ella sigue la historia de los hombres en el camino de su salvación.

Por eso nuestro Señor la deja como una garantía de nuestra redención, y la tenemos en el rezo del Santo Rosario que sabemos desde Fátima, aparición que ha sido ratificada por un milagro que no solamente vieron allí en Fátima miles de personas sino después el papa Pío XII, tres veces en el Vaticano. Lo curioso es cómo él no quiso publicar el tercer secreto y parece que aun ni leerlo e instituir la fiesta de una manera solemne. Claro que ya entonces había toda una conspiración contra Fátima, contra nuestra Señora aun dentro del Vaticano, en aquella época, cuando reinaba Pío XII; es inimaginable, pero así sucedió. Qué diremos ahora.

Y sabemos que desde Fátima el rezo del Santo Rosario, que es una síntesis del Evangelio, contiene los quince misterios, no son cinco, cinco es la tercera parte. El Rosario completo son los quince misterios más relevantes e importantes de la vida de nuestro Señor. Y con esta práctica, como dice nuestra Señora en Fátima, a través de Sor Lucía, no hay ningún problema ni material ni espiritual que no tenga solución; lo que debemos tener presente sobre todo para las dificultades espirituales, cuando no haya, cuando no tengamos misa, cuando no tengamos sacramentos, cuando seamos perseguidos, cuando llegue esa terrible hora en la soledad y que tengamos que dar testimonio so pena de claudicar.

También otra perla de garantía de nuestra salvación la tenemos con el escapulario que fue prometido a San Simón Stock en 1251, en pleno siglo XIII, siendo General de la Orden de los Carmelitas, lo cual le da ese privilegio, no solamente a los de su congregación que llevasen este distintivo, sino también a todos los demás. Por eso el escapulario es un hábito defensa, de lana. Y lo nombra de esta forma para que no lo confundamos con esas pastas de plástico que no son escapulario; es más, esta insignia no debe superar la mitad de la parte impresa que tiene el dibujo, tiene que ser menos de la mitad, según las normas de la confección del escapulario que es una miniatura de ese hábito que llevan los religiosos por detrás y por delante.

La única excepción es la medalla a la que San Pío X también le dio el mismo valor para las personas que tenían inconveniente por la debilidad, por la pérdida o rotura, por la fragilidad de esa pequeña tela. Entonces no nos dejemos engañar con cualquier escapulario, hecho de cualquier manera.

La promesa de ese escapulario es que nadie que siempre lo lleve irá al infierno, es decir, que no se condenará, está garantizada la salvación, que no es poca cosa. Pero hay que llevarlo dignamente con fe y cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios. No como muchos, como un escudo, pero vulnerando la Ley divina, como hacen muchos hampones, sicarios, que he conocido personalmente con revólver en mano para matar y le piden a uno que les imponga el escapulario para que cuando les disparen no les alcance la bala. Pero aún así parece que tuvieran más fe esos sicarios que nosotros y créanme que muchas veces se han salvado llevando el distintivo carmelita. Pero claro que eso no va a ser así siempre. Es simplemente para que vean cómo a veces los bandidos tienen más fe que nosotros.

Por si fuera poco, esa promesa que hizo en aquel entonces nuestra Señora al superior de los carmelitas, se complementó con el privilegio sabatino; es decir, que nuestra Señora incluso sacaría del purgatorio a las almas al sábado siguiente después de su muerte, según nuestra manera de contar. Entonces hay esa doble promesa, la de salvarnos y la de sacarnos del purgatorio si morimos con el escapulario puesto, que hemos llevado durante nuestra vida como buenos católicos; porque si lo portamos como malos creyentes esas promesas difícilmente, por lo menos la segunda, tendrán lugar; es decir, la de sacarnos prontamente del purgatorio si es que nos salvamos.

Así nuestro Señor deja entonces a través de nuestra Señora esas dos prendas, para tener una garantía de nuestra salvación y por eso no debemos olvidarlo y tenerlo en cuenta. Simplemente, basta haber recibido una sola vez la imposición del escapulario y las otras se cambia, se renueva, y ya quedamos inscritos en ese libro que pide el ritual y que hoy no se hace porque casi todo eso está abolido, pero entonces hacerlo en el libro que tiene Dios.

Pidamos a nuestra Señora del Monte Carmelo, a nuestra Señora del Carmen, que nos proteja sobre todo en estos tiempos tan difíciles para el verdadero católico, para el que quiere ser buen católico y seguir en todo la virtud que nos señalan los diez mandamientos. Eso no es fácil; es muy difícil, ¿por qué? Simplemente por la moda; la mujer que viste a la costumbre de hoy ciertamente no es buena católica aunque no se dé cuenta; ni quien ve la televisión, quien lo hace, con toda la porquería e inmundicia que se observa allí, no puede ser buen católico.

Peor si a eso le seguimos sumando lo que piensa la gente: que nada es pecado, que todo es permitido, que se puede hacer lo que cada uno quiere. En la familia, los que se divorcian, los que se casan por el matrimonio civil, eso no es ser católico; no se diga ya de los contraceptivos, de los abortos, todo eso es no ser católico. Las revistas pornográficas son exhibidas públicamente, ya no escondidas como antaño. No se puede ir a una farmacia porque cuando no hay una revista inmunda, hay algún otro artículo de igual forma asqueroso. Y ni qué decir de la educación sexual en los niños, se los corrompe por ley de la nación. Y así seguimos viendo una cosa tras otra; díganme si así no es difícil ser buen católico.

Claro que ser “católico” protestante como la mayoría lo es hoy, sí es muy fácil: el libre examen, el libre hacer y querer, eso es ser cismático y por eso la Iglesia se está convirtiendo en otra religión, y sus fieles se están protestantizando sin salir de la Iglesia; por eso se piensa y se obra como verdaderos infieles sin darse cuenta de ello y paro aquí de contar porque sería larga la lista. Lo he dicho sencillamente para mostrar que es muy difícil pero sin embargo no es imposible, eso requiere un esfuerzo de virtud heroica para cada minuto, para cada segundo, a lo largo de las horas, de los días y de los años hasta la muerte, para que podamos vivir en estado de gracia. Se necesita un permanente control y freno que no hay, que no existe en el mundo moderno, ni el social de antaño; por eso vivimos una verdadera Babilonia, peor que Sodoma y Gomorra, porque si es verdad lo que se dice, por dar un ejemplo, que hace unos días en Alemania hombres y mujeres en cueros estaban revueltos. Eso, ¿no es peor que Sodoma y Gomorra? Claro que sí, y peor en ese país que se le tiene por culto, por avanzado.

Por eso debemos pedirle a nuestra Señora que nos ayude a ser buenos católicos, porque ya ni cristianos se puede decir, ya que los protestantes han usurpado este nombre; no son de Cristo, porque no son de la Santísima Virgen María. Así de sencillo, son herejes, son protestantes y nosotros nos estamos volviendo como ellos sin darnos cuenta, por el modernismo que ha cambiado prácticamente la estructura de la misma Iglesia. Pero ahora no voy a hablar de eso para no alargarme. Debemos por lo menos recordarlo, para que nos haga abrir los ojos, y pidamos a Dios la luz y a la Santísima Virgen María la protección de la Iglesia que está hoy peor que nunca; no la Iglesia en su esencia, pero sí en su parte humana y material, en sus hombres, en sus integrantes tan corrompidos, tan prostituidos y eso de un modo oficial, no privado.

Siempre hubo la corrupción privada pero la putrefacción instaurada oficialmente, hecha ley, eso ya es diferente; cambia todo porque ya no se combate el mal, el vicio y ¿qué moral e Iglesia puede haber? Por eso se insiste en el matrimonio de los sacerdotes. Porque, es cierto, es muy difícil ser un sacerdote célibe si se es modernista y progresista; es imposible. Si es difícil siendo aun en la verdad y en la Tradición de la Iglesia porque hay que luchar, pero se tienen las armas; y si no se tienen es imposible luchar. Por ello vemos esa corrupción en el clero, en los religiosos, porque no es posible sin virtud, sin espiritualidad verdadera resistir al mal que hoy impera pública y socialmente dentro y fuera de la Iglesia, eso es un hecho.

Y solamente si no queremos ver no lo veremos, sino que hay que estar muy obcecado para no admitirlo. Tenemos que aprovechar ese auxilio que nos da nuestro Señor a través de su Santísima Madre para que Ella nos proteja y nos facilite en cierto modo las cosas; que nos evite el mal y la fatal caída y que podamos así avanzar en el bien y en la verdad guiados de su santa mano. +

PADRE BASILIO MÉRAMO
16 de julio de 2003

domingo, 15 de diciembre de 2019

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO ( o Domingo de Gaudete)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el tercer domingo de Adviento, también conocido con el nombre de GAUDETE* –alégrate–, en el cual la Iglesia permite en razón del Introito, una especie de mitigación, en medio de la oración, el sacrificio, la penitencia y el ayuno del tiempo de preparación a la Navidad, manifestando ese descanso con la presencia de flores en el altar y el uso de ornamentos de color rosado, una ventilación en medio de estos cuatro domingos, que son como una Cuaresma de Navidad.

El sentir de la Iglesia es que nos preparemos para la Natividad de nuestro Señor; que dispongamos nuestras almas para imitar a nuestro Señor Jesucristo; que la Navidad nos conduzca a realizar un recuento de nuestra vida para pedir a Dios perdón por nuestros pecados, y con la ayuda de la gracia ir destruyendo al viejo hombre que está demasiado enraizado e impide la santidad, nos impide volar hacia Dios, nos impide la virtud, y todo aquello que hay de bueno y de santo. Destruir en especial el orgullo, el amor propio, la vanidad.

El orgullo es el pecado más difícil de erradicar, porque es el más sutil, el más espiritual, los pecados de la carne son evidentes; el orgullo se esconde, se enmascara bajo la apariencia de religión, como fue el gran pecado de los fariseos, que en eso consiste el fariseísmo, y de allí provino la gran calamidad del rechazo a nuestro Señor Jesucristo por parte del pueblo elegido. Y de allí también puede provenir nuestra calamidad: rechazar a nuestro Señor por la falsedad que todos llevamos, tal vez escondida bajo capa de religiosidad, y que lleva a muchos a no creer, a rechazar la palabra de Dios; eso es en parte lo que escandaliza a todos aquellos que no pertenecen o que no están cerca de Dios y que podrían estarlo, pero por nuestro mal ejemplo no entran en la casa de Dios; es el caso de comunistas, revolucionarios, protestantes y de sectas que por su debilidad se escandalizan y combaten a Dios o lo rechazan.

El evangelio de este domingo se refiere a la figura de San Juan Bautista; tanta y tal era su reputación que algunos de los judíos pensaban pudiera ser el Cristo y por eso le envían emisarios a preguntarle quién es y él responde que no es el Cristo.

¿Entonces quién, Elías? Uno de los grandes profetas que no ha muerto, pero no es Elías. Entonces, ¿el profeta? Pensando ellos en Eliseo, el gran profeta discípulo de San Elías, y él responde que no; ¿entonces, quién dices tú que eres?, “soy la voz del que clama en el desierto”. Vox clamántis in desérto; ese clamántis, como dice Santo Tomás, se puede interpretar de dos formas: que él es la voz que clama en el desierto o mejor aún, que él es la voz de Aquel que clama en el desierto; es decir, que no es Juan el Bautista, sino nuestro Señor Jesucristo clamando en el desierto de esa Jerusalén desolada por el judaísmo, por los fariseos que no estaban dispuestos a recibir al Mesías; la voz de Aquel que clama en el desierto y él era su pregonero. Aquel que les señalaba a los demás como él mismo lo señaló con el dedo diciendo que él no era digno siquiera de desatar la correa de su zapato, que era lo que hacían los esclavos, amarrarle las sandalias o el cordón de los zapatos a su amo; y él no se reputaba ni aún digno de ese gesto del esclavo, para mostrar la grandeza de nuestro Señor que era Dios.

De esta manera, San Juan Bautista es mucho más que un profeta, porque no sólo habla de nuestro Señor sino que dice: “Éste es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”; lo señaló con el dedo, no lo profetizó como los demás, como algo lejano por venir, sino que lo señaló, puntualizó, dijo: “Éste es y vosotros no le conocéis”, entonces es verdaderamente el gran profeta de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque señala no al Mesías que está por venir, sino al Mesías que ya vino y ya está entre nosotros. En ese sentido, San Juan Bautista es el hombre más grande que mujer haya dado a luz, como en una ocasión nuestro Señor lo describe en otro pasaje de las Escrituras.

Sigamos el ejemplo de San Juan Bautista, personaje que durante este tiempo de Adviento nos presenta la Iglesia por su sencillez, humildad, y por su penitencia en el desierto, en la soledad a la cual el hombre moderno es ajeno, no está acostumbrado al retiro ni a la penitencia. Estamos acostumbrados a la bulla, a la televisión, al radio; cuánta gente no puede trabajar sin un radio prendido porque no saben vivir y estar en el silencio de Dios, por eso no podemos vivir en paz y ese parece ser el propósito del mundo moderno, no dejar vivir en paz, sin mencionar el teléfono, el Internet y cuanta cosa nos perturba el sosiego que se requiere para recogernos en Dios.

Por eso vivimos disipados; el hombre moderno es un hombre que evade la realidad de Dios; a eso nos lleva la técnica, las comunicaciones, la agitación frenética del mundo que desquicia a las personas; de allí tanto locos sueltos, desequilibrados y deprimidos, porque ese asedio quebranta los nervios, el equilibrio psicológico y de allí también la variedad de neurosis. Debemos entonces, por un mínimo de higiene mental, protegernos con la oración, refugiarnos en Dios para que ese mundo no nos socave, no nos aplaste, no nos destruya, no nos desquicie. Pero eso exige un esfuerzo que no estamos acostumbrados a hacer; de allí la necesidad de recurrir a la ayuda de la Santísima Virgen María, de los santos, para que nos protejan, que sean nuestro escudo, y así escapar de este mundo moderno impío, y en el fondo demoníaco porque afecta al hombre en sus acciones y lo condiciona

Cómo entonces actuaría la gracia si está fallando la naturaleza humana, sobre la cual reposa. La gracia supone la naturaleza, pero si llegamos a diluir, a desquiciar, a tal punto que se volatiliza esa naturaleza, difícilmente actuaría la gracia, eso es lo que pasa en el hombre actualmente. Se requiere un mínimo de soporte para que la gracia actúe y pueda aun corregir los defectos inherentes a nuestra naturaleza humana, caída a consecuencia del pecado original. Esta es la insistencia en la oración, el sacrificio y la penitencia que regeneran nuestra naturaleza, y de todo aquello que, lejos de entenderlo, prescinden el hombre y la sociedad moderna.

La grandeza de San Juan estaba, pues, encaminada a señalar a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero y único Mesías, y el pueblo judío, habiendo farisaicamente tergiversado las profecías, no podía estar preparado y no solamente preparados, sino dispuestos a reconocer a nuestro Señor; por lo que conculcando la verdad, terminan crucificándolo, dándole muerte en la cruz. Gran lección para la segunda venida de nuestro Señor, las profecías que son tergiversadas, el no estar preparados para recibirlo.

Por eso la Iglesia, en este tiempo de Navidad, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar el año litúrgico, es decir, el último domingo anterior, lo finaliza con las profecías apocalípticas del Segundo advenimiento, porque la Natividad tiene su acabamiento, su perfección y su coronación, con este Segundo advenimiento de nuestro Señor. La gran apostasía, la venida del Anticristo, su reinado antes de que venga nuestro Señor en gloria y majestad aunque nadie conozca el día ni la hora. Nuestro Señor Jesucristo mismo lo advierte: “Ved la higuera y todos los árboles: cuando producen ya de sí el fruto, sabéis está cerca el verano, así también cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios”. Debemos pues cuidarnos de no caer en exageraciones, pero tampoco en el rechazo del contenido profético.

Se impone, por tanto, una labor de verdadera exegesis, conocimiento teológico de las Escrituras y no perder la esperanza en la venida de nuestro Señor, esperarlo tal cual Él ha prometido, sin caer en el falso profetismo en que han caído todos aquellos que pertenecen a sectas, que predican un falso reino y que quieren, malentendiendo al igual que los judíos, con las solas fuerzas de la Historia, y sin la intervención de Dios, un reino del paraíso aquí en la tierra. A todo eso también apunta el triunfo del Inmaculado Corazón de María, que es el triunfo de los sagrados corazones de Jesús y de María.

El triunfo supone primero la venida de nuestro Señor a ordenar, desde dentro, su Iglesia, vilmente adulterada con herejías a la orden del día, lo cual es la abominación de la desolación en el lugar santo, las grandes advertencias de nuestra Señora, en apariciones fuera de toda duda como Lourdes, la Medalla Milagrosa, Siracusa, Fátima, La Salette; todas convergen en que hay una corrupción doctrinal espantosa en el mismo clero, en la misma jerarquía de la Iglesia, hasta el punto de pronosticar que: “Roma perderá la fe y se convertirá en sede del Anticristo”. ¡Terrible, pero cierto! Entonces, debemos oponer a este aviso una sana doctrina exegética que nos evite caer en errores a diestra y siniestra, como quien va por el filo de la cumbre de una montaña con abismos a ambos lados; solamente aquel que vaya con cuidado y humildad, puede llegar a la cima sin caer ni a izquierda ni a derecha, donde el abismo sería la perdición.

Por eso, debemos pedir a la Santísima Virgen María nos ayude a perseverar en la fe y festejar estas Navidades en un verdadero espíritu de fe, devoción y amor a Dios, en medio de un mundo que ya no es católico sino pagano, con una Iglesia sacudida en sus fundamentos: la fe, los sacramentos y la doctrina. Si esto perdura, aun nosotros, que queremos permanecer firmes, que queremos guardar la sana doctrina, caeremos, lo dice Santo Tomás, si los tiempos no fueran abreviados. Entonces, pedir a Dios, sin tregua, que abrevie esa gran tribulación por la que Él acrisola su Iglesia, reducida, como dice San Lucas, a “pequeño rebaño”, mientras que el resto ha caído en la apostasía. Se cae en el perjurio al no seguir fielmente la sacrosanta tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque cualquier otra doctrina que se oponga a la santa tradición como son el modernismo, el progresismo, como es todo lo que hoy se enseña en nombre de Dios –pero que no es de Dios–, lleva hacia la apostasía y lleva hacia el reinado del Anticristo, que tendrá su aparición y que gobernará y sojuzgará al mundo durante tres años y medio, los más crueles de esta gran tribulación.

Tenemos entonces que estar preparados, encomendándonos a los Sagrados Corazones. En estas Navidades acerquémonos más a nuestro Señor Jesucristo, que siendo un Rey nació en un pesebre, un establo donde viven animales, no personas, en medio de un burro y de un buey, allí nació nuestro Señor, en esa pobreza, desolación y abandono del género humano.

Pero, ¿cómo podremos imitar a nuestro Señor, cuando no somos capaces de seguir ni a medias ese ejemplo de humillación, de pobreza, si no nos gusta, nos aterra? Por eso la Navidad debe ser un motivo para recapacitar y dejar de lado nuestro orgullo, tratar de ser buenos, santos, acercarnos más a nuestro Señor y a la Santísima Virgen María para que haya verdadera paz, si no en el mundo, por lo menos en nuestros corazones, la paz que da el estar con Dios. Preparemos bien la Navidad, que no sea profanada por el paganismo, que aprovecha cualquier día santo para festejar libidinosamente y emborracharse en la concupiscencia de la carne, como por desgracia acontece en Colombia con las fiestas de los santos en los pueblos (lo ocurrido en Popayán en aquella Semana Santa). La Navidad debe ser un motivo de acercamiento a Dios para hacer el balance de nuestras vidas con el propósito de mejorar y santificarnos; ese y no otro es el verdadero significado de la Navidad.

Pidamos a San Juan Bautista, precursor de nuestro Señor, quien lo señaló con el dedo, que podamos imitarlo viviendo la santidad a la cual Dios nos llama. Prepararnos de un modo especial para que esta Navidad no sea una más, sino que nos haga realmente un poquito más buenos y santos. +


BASILIO MERAMO PBRO.
17 DICIEMBRE 2000


* En el texto original se aprecia "Laudete" (error de impresión) lo correcto es Gaudete

martes, 16 de julio de 2019

CONMEMORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN




Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En la festividad de nuestra Señora del Monte Carmelo, debemos recordar la importancia de la Santísima Virgen María en la historia de la humanidad y en la de la Iglesia. No olvidar el regalo que nos hace Dios dándonos a esta Madre que es de todos nosotros y es la Reina del cielo. La advocación de la Virgen del Carmen, que viene del Monte Carmelo, es prehistórico, ya que allí San Elías redujo a un sinnúmero de idólatras de falsos dioses y de falsos sacerdotes aniquilados por Dios. Y en ese monte justamente nace la advocación de nuestra Señora del Carmen, remontándose así al Antiguo Testamento para mostrar cómo Ella sigue la historia de los hombres en el camino de su salvación.

Por eso nuestro Señor la deja como una garantía de nuestra redención, y la tenemos en el rezo del Santo Rosario que sabemos desde Fátima, aparición que ha sido ratificada por un milagro que no solamente vieron allí en Fátima miles de personas sino después el papa Pío XII, tres veces en el Vaticano. Lo curioso es cómo él no quiso publicar el tercer secreto y parece que aun ni leerlo e instituir la fiesta de una manera solemne. Claro que ya entonces había toda una conspiración contra Fátima, contra nuestra Señora aun dentro del Vaticano, en aquella época, cuando reinaba Pío XII; es inimaginable, pero así sucedió. Qué diremos ahora.

Y sabemos que desde Fátima el rezo del Santo Rosario, que es una síntesis del Evangelio, contiene los quince misterios, no son cinco, cinco es la tercera parte. El Rosario completo son los quince misterios más relevantes e importantes de la vida de nuestro Señor. Y con esta práctica, como dice nuestra Señora en Fátima, a través de Sor Lucía, no hay ningún problema ni material ni espiritual que no tenga solución; lo que debemos tener presente sobre todo para las dificultades espirituales, cuando no haya, cuando no tengamos misa, cuando no tengamos sacramentos, cuando seamos perseguidos, cuando llegue esa terrible hora en la soledad y que tengamos que dar testimonio so pena de claudicar.

También otra perla de garantía de nuestra salvación la tenemos con el escapulario que fue prometido a San Simón Stock en 1251, en pleno siglo XIII, siendo General de la Orden de los Carmelitas, lo cual le da ese privilegio, no solamente a los de su congregación que llevasen este distintivo, sino también a todos los demás. Por eso el escapulario es un hábito defensa, de lana. Y lo nombra de esta forma para que no lo confundamos con esas pastas de plástico que no son escapulario; es más, esta insignia no debe superar la mitad de la parte impresa que tiene el dibujo, tiene que ser menos de la mitad, según las normas de la confección del escapulario que es una miniatura de ese hábito que llevan los religiosos por detrás y por delante.

La única excepción es la medalla a la que San Pío X también le dio el mismo valor para las personas que tenían inconveniente por la debilidad, por la pérdida o rotura, por la fragilidad de esa pequeña tela. Entonces no nos dejemos engañar con cualquier escapulario, hecho de cualquier manera.

La promesa de ese escapulario es que nadie que siempre lo lleve irá al infierno, es decir, que no se condenará, está garantizada la salvación, que no es poca cosa. Pero hay que llevarlo dignamente con fe y cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios. No como muchos, como un escudo, pero vulnerando la Ley dddivina, como hacen muchos hampones, sicarios, que he conocido personalmente con revólver en mano para matar y le piden a uno que les imponga el escapulario para que cuando les disparen no les alcance la bala. Pero aún así parece que tuvieran más fe esos sicarios que nosotros y créanme que muchas veces se han salvado llevando el distintivo carmelita. Pero claro que eso no va a ser así siempre. Es simplemente para que vean cómo a veces los bandidos tienen más fe que nosotros.

Por si fuera poco, esa promesa que hizo en aquel entonces nuestra Señora al superior de los carmelitas, se complementó con el privilegio sabatino; es decir, que nuestra Señora incluso sacaría del purgatorio a las almas al sábado siguiente después de su muerte, según nuestra manera de contar. Entonces hay esa doble promesa, la de salvarnos y la de sacarnos del purgatorio si morimos con el escapulario puesto, que hemos llevado durante nuestra vida como buenos católicos; porque si lo portamos como malos creyentes esas promesas difícilmente, por lo menos la segunda, tendrán lugar; es decir, la de sacarnos prontamente del purgatorio si es que nos salvamos.

Así nuestro Señor deja entonces a través de nuestra Señora esas dos prendas, para tener una garantía de nuestra salvación y por eso no debemos olvidarlo y tenerlo en cuenta. Simplemente, basta haber recibido una sola vez la imposición del escapulario y las otras se cambia, se renueva, y ya quedamos inscritos en ese libro que pide el ritual y que hoy no se hace porque casi todo eso está abolido, pero entonces hacerlo en el libro que tiene Dios.

Pidamos a nuestra Señora del Monte Carmelo, a nuestra Señora del Carmen, que nos proteja sobre todo en estos tiempos tan difíciles para el verdadero católico, para el que quiere ser buen católico y seguir en todo la virtud que nos señalan los diez mandamientos. Eso no es fácil; es muy difícil, ¿por qué? Simplemente por la moda; la mujer que viste a la costumbre de hoy ciertamente no es buena católica aunque no se dé cuenta; ni quien ve la televisión, quien lo hace, con toda la porquería e inmundicia que se observa allí, no puede ser buen católico.

Peor si a eso le seguimos sumando lo que piensa la gente: que nada es pecado, que todo es permitido, que se puede hacer lo que cada uno quiere. En la familia, los que se divorcian, los que se casan por el matrimonio civil, eso no es ser católico; no se diga ya de los contraceptivos, de los abortos, todo eso es no ser católico. Las revistas pornográficas son exhibidas públicamente, ya no escondidas como antaño. No se puede ir a una farmacia porque cuando no hay una revista inmunda, hay algún otro artículo de igual forma asqueroso. Y ni qué decir de la educación sexual en los niños, se los corrompe por ley de la nación. Y así seguimos viendo una cosa tras otra; díganme si así no es difícil ser buen católico.

Claro que ser “católico” protestante como la mayoría lo es hoy, sí es muy fácil: el libre examen, el libre hacer y querer, eso es ser cismático y por eso la Iglesia se está convirtiendo en otra religión, y sus fieles se están protestantizando sin salir de la Iglesia; por eso se piensa y se obra como verdaderos infieles sin darse cuenta de ello y paro aquí de contar porque sería larga la lista. Lo he dicho sencillamente para mostrar que es muy difícil pero sin embargo no es imposible, eso requiere un esfuerzo de virtud heroica para cada minuto, para cada segundo, a lo largo de las horas, de los días y de los años hasta la muerte, para que podamos vivir en estado de gracia. Se necesita un permanente control y freno que no hay, que no existe en el mundo moderno, ni el social de antaño; por eso vivimos una verdadera Babilonia, peor que Sodoma y Gomorra, porque si es verdad lo que se dice, por dar un ejemplo, que hace unos días en Alemania hombres y mujeres en cueros estaban revueltos. Eso, ¿no es peor que Sodoma y Gomorra? Claro que sí, y peor en ese país que se le tiene por culto, por avanzado.

Por eso debemos pedirle a nuestra Señora que nos ayude a ser buenos católicos, porque ya ni cristianos se puede decir, ya que los protestantes han usurpado este nombre; no son de Cristo, porque no son de la Santísima Virgen María. Así de sencillo, son herejes, son protestantes y nosotros nos estamos volviendo como ellos sin darnos cuenta, por el modernismo que ha cambiado prácticamente la estructura de la misma Iglesia. Pero ahora no voy a hablar de eso para no alargarme. Debemos por lo menos recordarlo, para que nos haga abrir los ojos, y pidamos a Dios la luz y a la Santísima Virgen María la protección de la Iglesia que está hoy peor que nunca; no la Iglesia en su esencia, pero sí en su parte humana y material, en sus hombres, en sus integrantes tan corrompidos, tan prostituidos y eso de un modo oficial, no privado.

Siempre hubo la corrupción privada pero la putrefacción instaurada oficialmente, hecha ley, eso ya es diferente; cambia todo porque ya no se combate el mal, el vicio y ¿qué moral e Iglesia puede haber? Por eso se insiste en el matrimonio de los sacerdotes. Porque, es cierto, es muy difícil ser un sacerdote célibe si se es modernista y progresista; es imposible. Si es difícil siendo aun en la verdad y en la Tradición de la Iglesia porque hay que luchar, pero se tienen las armas; y si no se tienen es imposible luchar. Por ello vemos esa corrupción en el clero, en los religiosos, porque no es posible sin virtud, sin espiritualidad verdadera resistir al mal que hoy impera pública y socialmente dentro y fuera de la Iglesia, eso es un hecho.

Y solamente si no queremos ver no lo veremos, sino que hay que estar muy obcecado para no admitirlo. Tenemos que aprovechar ese auxilio que nos da nuestro Señor a través de su Santísima Madre para que Ella nos proteja y nos facilite en cierto modo las cosas; que nos evite el mal y la fatal caída y que podamos así avanzar en el bien y en la verdad guiados de su santa mano. +

PADRE BASILIO MÉRAMO
16 de julio de 2003




domingo, 16 de diciembre de 2018

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO ( o Domingo de Gaudete)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el tercer domingo de Adviento, también conocido con el nombre de GAUDETE* –alégrate–, en el cual la Iglesia permite en razón del Introito, una especie de mitigación, en medio de la oración, el sacrificio, la penitencia y el ayuno del tiempo de preparación a la Navidad, manifestando ese descanso con la presencia de flores en el altar y el uso de ornamentos de color rosado, una ventilación en medio de estos cuatro domingos, que son como una Cuaresma de Navidad.

El sentir de la Iglesia es que nos preparemos para la Natividad de nuestro Señor; que dispongamos nuestras almas para imitar a nuestro Señor Jesucristo; que la Navidad nos conduzca a realizar un recuento de nuestra vida para pedir a Dios perdón por nuestros pecados, y con la ayuda de la gracia ir destruyendo al viejo hombre que está demasiado enraizado e impide la santidad, nos impide volar hacia Dios, nos impide la virtud, y todo aquello que hay de bueno y de santo. Destruir en especial el orgullo, el amor propio, la vanidad.

El orgullo es el pecado más difícil de erradicar, porque es el más sutil, el más espiritual, los pecados de la carne son evidentes; el orgullo se esconde, se enmascara bajo la apariencia de religión, como fue el gran pecado de los fariseos, que en eso consiste el fariseísmo, y de allí provino la gran calamidad del rechazo a nuestro Señor Jesucristo por parte del pueblo elegido. Y de allí también puede provenir nuestra calamidad: rechazar a nuestro Señor por la falsedad que todos llevamos, tal vez escondida bajo capa de religiosidad, y que lleva a muchos a no creer, a rechazar la palabra de Dios; eso es en parte lo que escandaliza a todos aquellos que no pertenecen o que no están cerca de Dios y que podrían estarlo, pero por nuestro mal ejemplo no entran en la casa de Dios; es el caso de comunistas, revolucionarios, protestantes y de sectas que por su debilidad se escandalizan y combaten a Dios o lo rechazan.

El evangelio de este domingo se refiere a la figura de San Juan Bautista; tanta y tal era su reputación que algunos de los judíos pensaban pudiera ser el Cristo y por eso le envían emisarios a preguntarle quién es y él responde que no es el Cristo.

¿Entonces quién, Elías? Uno de los grandes profetas que no ha muerto, pero no es Elías. Entonces, ¿el profeta? Pensando ellos en Eliseo, el gran profeta discípulo de San Elías, y él responde que no; ¿entonces, quién dices tú que eres?, “soy la voz del que clama en el desierto”. Vox clamántis in desérto; ese clamántis, como dice Santo Tomás, se puede interpretar de dos formas: que él es la voz que clama en el desierto o mejor aún, que él es la voz de Aquel que clama en el desierto; es decir, que no es Juan el Bautista, sino nuestro Señor Jesucristo clamando en el desierto de esa Jerusalén desolada por el judaísmo, por los fariseos que no estaban dispuestos a recibir al Mesías; la voz de Aquel que clama en el desierto y él era su pregonero. Aquel que les señalaba a los demás como él mismo lo señaló con el dedo diciendo que él no era digno siquiera de desatar la correa de su zapato, que era lo que hacían los esclavos, amarrarle las sandalias o el cordón de los zapatos a su amo; y él no se reputaba ni aún digno de ese gesto del esclavo, para mostrar la grandeza de nuestro Señor que era Dios.

De esta manera, San Juan Bautista es mucho más que un profeta, porque no sólo habla de nuestro Señor sino que dice: “Éste es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”; lo señaló con el dedo, no lo profetizó como los demás, como algo lejano por venir, sino que lo señaló, puntualizó, dijo: “Éste es y vosotros no le conocéis”, entonces es verdaderamente el gran profeta de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque señala no al Mesías que está por venir, sino al Mesías que ya vino y ya está entre nosotros. En ese sentido, San Juan Bautista es el hombre más grande que mujer haya dado a luz, como en una ocasión nuestro Señor lo describe en otro pasaje de las Escrituras.

Sigamos el ejemplo de San Juan Bautista, personaje que durante este tiempo de Adviento nos presenta la Iglesia por su sencillez, humildad, y por su penitencia en el desierto, en la soledad a la cual el hombre moderno es ajeno, no está acostumbrado al retiro ni a la penitencia. Estamos acostumbrados a la bulla, a la televisión, al radio; cuánta gente no puede trabajar sin un radio prendido porque no saben vivir y estar en el silencio de Dios, por eso no podemos vivir en paz y ese parece ser el propósito del mundo moderno, no dejar vivir en paz, sin mencionar el teléfono, el Internet y cuanta cosa nos perturba el sosiego que se requiere para recogernos en Dios.

Por eso vivimos disipados; el hombre moderno es un hombre que evade la realidad de Dios; a eso nos lleva la técnica, las comunicaciones, la agitación frenética del mundo que desquicia a las personas; de allí tanto locos sueltos, desequilibrados y deprimidos, porque ese asedio quebranta los nervios, el equilibrio psicológico y de allí también la variedad de neurosis. Debemos entonces, por un mínimo de higiene mental, protegernos con la oración, refugiarnos en Dios para que ese mundo no nos socave, no nos aplaste, no nos destruya, no nos desquicie. Pero eso exige un esfuerzo que no estamos acostumbrados a hacer; de allí la necesidad de recurrir a la ayuda de la Santísima Virgen María, de los santos, para que nos protejan, que sean nuestro escudo, y así escapar de este mundo moderno impío, y en el fondo demoníaco porque afecta al hombre en sus acciones y lo condiciona

Cómo entonces actuaría la gracia si está fallando la naturaleza humana, sobre la cual reposa. La gracia supone la naturaleza, pero si llegamos a diluir, a desquiciar, a tal punto que se volatiliza esa naturaleza, difícilmente actuaría la gracia, eso es lo que pasa en el hombre actualmente. Se requiere un mínimo de soporte para que la gracia actúe y pueda aun corregir los defectos inherentes a nuestra naturaleza humana, caída a consecuencia del pecado original. Esta es la insistencia en la oración, el sacrificio y la penitencia que regeneran nuestra naturaleza, y de todo aquello que, lejos de entenderlo, prescinden el hombre y la sociedad moderna.

La grandeza de San Juan estaba, pues, encaminada a señalar a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero y único Mesías, y el pueblo judío, habiendo farisaicamente tergiversado las profecías, no podía estar preparado y no solamente preparados, sino dispuestos a reconocer a nuestro Señor; por lo que conculcando la verdad, terminan crucificándolo, dándole muerte en la cruz. Gran lección para la segunda venida de nuestro Señor, las profecías que son tergiversadas, el no estar preparados para recibirlo.

Por eso la Iglesia, en este tiempo de Navidad, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar el año litúrgico, es decir, el último domingo anterior, lo finaliza con las profecías apocalípticas del Segundo advenimiento, porque la Natividad tiene su acabamiento, su perfección y su coronación, con este Segundo advenimiento de nuestro Señor. La gran apostasía, la venida del Anticristo, su reinado antes de que venga nuestro Señor en gloria y majestad aunque nadie conozca el día ni la hora. Nuestro Señor Jesucristo mismo lo advierte: “Ved la higuera y todos los árboles: cuando producen ya de sí el fruto, sabéis está cerca el verano, así también cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios”. Debemos pues cuidarnos de no caer en exageraciones, pero tampoco en el rechazo del contenido profético.

Se impone, por tanto, una labor de verdadera exegesis, conocimiento teológico de las Escrituras y no perder la esperanza en la venida de nuestro Señor, esperarlo tal cual Él ha prometido, sin caer en el falso profetismo en que han caído todos aquellos que pertenecen a sectas, que predican un falso reino y que quieren, malentendiendo al igual que los judíos, con las solas fuerzas de la Historia, y sin la intervención de Dios, un reino del paraíso aquí en la tierra. A todo eso también apunta el triunfo del Inmaculado Corazón de María, que es el triunfo de los sagrados corazones de Jesús y de María.

El triunfo supone primero la venida de nuestro Señor a ordenar, desde dentro, su Iglesia, vilmente adulterada con herejías a la orden del día, lo cual es la abominación de la desolación en el lugar santo, las grandes advertencias de nuestra Señora, en apariciones fuera de toda duda como Lourdes, la Medalla Milagrosa, Siracusa, Fátima, La Salette; todas convergen en que hay una corrupción doctrinal espantosa en el mismo clero, en la misma jerarquía de la Iglesia, hasta el punto de pronosticar que: “Roma perderá la fe y se convertirá en sede del Anticristo”. ¡Terrible, pero cierto! Entonces, debemos oponer a este aviso una sana doctrina exegética que nos evite caer en errores a diestra y siniestra, como quien va por el filo de la cumbre de una montaña con abismos a ambos lados; solamente aquel que vaya con cuidado y humildad, puede llegar a la cima sin caer ni a izquierda ni a derecha, donde el abismo sería la perdición.

Por eso, debemos pedir a la Santísima Virgen María nos ayude a perseverar en la fe y festejar estas Navidades en un verdadero espíritu de fe, devoción y amor a Dios, en medio de un mundo que ya no es católico sino pagano, con una Iglesia sacudida en sus fundamentos: la fe, los sacramentos y la doctrina. Si esto perdura, aun nosotros, que queremos permanecer firmes, que queremos guardar la sana doctrina, caeremos, lo dice Santo Tomás, si los tiempos no fueran abreviados. Entonces, pedir a Dios, sin tregua, que abrevie esa gran tribulación por la que Él acrisola su Iglesia, reducida, como dice San Lucas, a “pequeño rebaño”, mientras que el resto ha caído en la apostasía. Se cae en el perjurio al no seguir fielmente la sacrosanta tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque cualquier otra doctrina que se oponga a la santa tradición como son el modernismo, el progresismo, como es todo lo que hoy se enseña en nombre de Dios –pero que no es de Dios–, lleva hacia la apostasía y lleva hacia el reinado del Anticristo, que tendrá su aparición y que gobernará y sojuzgará al mundo durante tres años y medio, los más crueles de esta gran tribulación.

Tenemos entonces que estar preparados, encomendándonos a los Sagrados Corazones. En estas Navidades acerquémonos más a nuestro Señor Jesucristo, que siendo un Rey nació en un pesebre, un establo donde viven animales, no personas, en medio de un burro y de un buey, allí nació nuestro Señor, en esa pobreza, desolación y abandono del género humano.

Pero, ¿cómo podremos imitar a nuestro Señor, cuando no somos capaces de seguir ni a medias ese ejemplo de humillación, de pobreza, si no nos gusta, nos aterra? Por eso la Navidad debe ser un motivo para recapacitar y dejar de lado nuestro orgullo, tratar de ser buenos, santos, acercarnos más a nuestro Señor y a la Santísima Virgen María para que haya verdadera paz, si no en el mundo, por lo menos en nuestros corazones, la paz que da el estar con Dios. Preparemos bien la Navidad, que no sea profanada por el paganismo, que aprovecha cualquier día santo para festejar libidinosamente y emborracharse en la concupiscencia de la carne, como por desgracia acontece en Colombia con las fiestas de los santos en los pueblos (lo ocurrido en Popayán en aquella Semana Santa). La Navidad debe ser un motivo de acercamiento a Dios para hacer el balance de nuestras vidas con el propósito de mejorar y santificarnos; ese y no otro es el verdadero significado de la Navidad.

Pidamos a San Juan Bautista, precursor de nuestro Señor, quien lo señaló con el dedo, que podamos imitarlo viviendo la santidad a la cual Dios nos llama. Prepararnos de un modo especial para que esta Navidad no sea una más, sino que nos haga realmente un poquito más buenos y santos. +


BASILIO MERAMO PBRO.
17 DICIEMBRE 2000


* En el texto original se aprecia "Laudete" (error de impresión) lo correcto es Gaudete

lunes, 16 de julio de 2018

CONMEMORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En la festividad de nuestra Señora del Monte Carmelo, debemos recordar la importancia de la Santísima Virgen María en la historia de la humanidad y en la de la Iglesia. No olvidar el regalo que nos hace Dios dándonos a esta Madre que es de todos nosotros y es la Reina del cielo. La advocación de la Virgen del Carmen, que viene del Monte Carmelo, es prehistórico, ya que allí San Elías redujo a un sinnúmero de idólatras de falsos dioses y de falsos sacerdotes aniquilados por Dios. Y en ese monte justamente nace la advocación de nuestra Señora del Carmen, remontándose así al Antiguo Testamento para mostrar cómo Ella sigue la historia de los hombres en el camino de su salvación.

Por eso nuestro Señor la deja como una garantía de nuestra redención, y la tenemos en el rezo del Santo Rosario que sabemos desde Fátima, aparición que ha sido ratificada por un milagro que no solamente vieron allí en Fátima miles de personas sino después el papa Pío XII, tres veces en el Vaticano. Lo curioso es cómo él no quiso publicar el tercer secreto y parece que aun ni leerlo e instituir la fiesta de una manera solemne. Claro que ya entonces había toda una conspiración contra Fátima, contra nuestra Señora aun dentro del Vaticano, en aquella época, cuando reinaba Pío XII; es inimaginable, pero así sucedió. Qué diremos ahora.

Y sabemos que desde Fátima el rezo del Santo Rosario, que es una síntesis del Evangelio, contiene los quince misterios, no son cinco, cinco es la tercera parte. El Rosario completo son los quince misterios más relevantes e importantes de la vida de nuestro Señor. Y con esta práctica, como dice nuestra Señora en Fátima, a través de Sor Lucía, no hay ningún problema ni material ni espiritual que no tenga solución; lo que debemos tener presente sobre todo para las dificultades espirituales, cuando no haya, cuando no tengamos misa, cuando no tengamos sacramentos, cuando seamos perseguidos, cuando llegue esa terrible hora en la soledad y que tengamos que dar testimonio so pena de claudicar.

También otra perla de garantía de nuestra salvación la tenemos con el escapulario que fue prometido a San Simón Stock en 1251, en pleno siglo XIII, siendo General de la Orden de los Carmelitas, lo cual le da ese privilegio, no solamente a los de su congregación que llevasen este distintivo, sino también a todos los demás. Por eso el escapulario es un hábito defensa, de lana. Y lo nombra de esta forma para que no lo confundamos con esas pastas de plástico que no son escapulario; es más, esta insignia no debe superar la mitad de la parte impresa que tiene el dibujo, tiene que ser menos de la mitad, según las normas de la confección del escapulario que es una miniatura de ese hábito que llevan los religiosos por detrás y por delante.

La única excepción es la medalla a la que San Pío X también le dio el mismo valor para las personas que tenían inconveniente por la debilidad, por la pérdida o rotura, por la fragilidad de esa pequeña tela. Entonces no nos dejemos engañar con cualquier escapulario, hecho de cualquier manera.

La promesa de ese escapulario es que nadie que siempre lo lleve irá al infierno, es decir, que no se condenará, está garantizada la salvación, que no es poca cosa. Pero hay que llevarlo dignamente con fe y cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios. No como muchos, como un escudo, pero vulnerando la Ley divina, como hacen muchos hampones, sicarios, que he conocido personalmente con revólver en mano para matar y le piden a uno que les imponga el escapulario para que cuando les disparen no les alcance la bala. Pero aún así parece que tuvieran más fe esos sicarios que nosotros y créanme que muchas veces se han salvado llevando el distintivo carmelita. Pero claro que eso no va a ser así siempre. Es simplemente para que vean cómo a veces los bandidos tienen más fe que nosotros.

Por si fuera poco, esa promesa que hizo en aquel entonces nuestra Señora al superior de los carmelitas, se complementó con el privilegio sabatino; es decir, que nuestra Señora incluso sacaría del purgatorio a las almas al sábado siguiente después de su muerte, según nuestra manera de contar. Entonces hay esa doble promesa, la de salvarnos y la de sacarnos del purgatorio si morimos con el escapulario puesto, que hemos llevado durante nuestra vida como buenos católicos; porque si lo portamos como malos creyentes esas promesas difícilmente, por lo menos la segunda, tendrán lugar; es decir, la de sacarnos prontamente del purgatorio si es que nos salvamos.

Así nuestro Señor deja entonces a través de nuestra Señora esas dos prendas, para tener una garantía de nuestra salvación y por eso no debemos olvidarlo y tenerlo en cuenta. Simplemente, basta haber recibido una sola vez la imposición del escapulario y las otras se cambia, se renueva, y ya quedamos inscritos en ese libro que pide el ritual y que hoy no se hace porque casi todo eso está abolido, pero entonces hacerlo en el libro que tiene Dios.

Pidamos a nuestra Señora del Monte Carmelo, a nuestra Señora del Carmen, que nos proteja sobre todo en estos tiempos tan difíciles para el verdadero católico, para el que quiere ser buen católico y seguir en todo la virtud que nos señalan los diez mandamientos. Eso no es fácil; es muy difícil, ¿por qué? Simplemente por la moda; la mujer que viste a la costumbre de hoy ciertamente no es buena católica aunque no se dé cuenta; ni quien ve la televisión, quien lo hace, con toda la porquería e inmundicia que se observa allí, no puede ser buen católico.

Peor si a eso le seguimos sumando lo que piensa la gente: que nada es pecado, que todo es permitido, que se puede hacer lo que cada uno quiere. En la familia, los que se divorcian, los que se casan por el matrimonio civil, eso no es ser católico; no se diga ya de los contraceptivos, de los abortos, todo eso es no ser católico. Las revistas pornográficas son exhibidas públicamente, ya no escondidas como antaño. No se puede ir a una farmacia porque cuando no hay una revista inmunda, hay algún otro artículo de igual forma asqueroso. Y ni qué decir de la educación sexual en los niños, se los corrompe por ley de la nación. Y así seguimos viendo una cosa tras otra; díganme si así no es difícil ser buen católico.

Claro que ser “católico” protestante como la mayoría lo es hoy, sí es muy fácil: el libre examen, el libre hacer y querer, eso es ser cismático y por eso la Iglesia se está convirtiendo en otra religión, y sus fieles se están protestantizando sin salir de la Iglesia; por eso se piensa y se obra como verdaderos infieles sin darse cuenta de ello y paro aquí de contar porque sería larga la lista. Lo he dicho sencillamente para mostrar que es muy difícil pero sin embargo no es imposible, eso requiere un esfuerzo de virtud heroica para cada minuto, para cada segundo, a lo largo de las horas, de los días y de los años hasta la muerte, para que podamos vivir en estado de gracia. Se necesita un permanente control y freno que no hay, que no existe en el mundo moderno, ni el social de antaño; por eso vivimos una verdadera Babilonia, peor que Sodoma y Gomorra, porque si es verdad lo que se dice, por dar un ejemplo, que hace unos días en Alemania hombres y mujeres en cueros estaban revueltos. Eso, ¿no es peor que Sodoma y Gomorra? Claro que sí, y peor en ese país que se le tiene por culto, por avanzado.

Por eso debemos pedirle a nuestra Señora que nos ayude a ser buenos católicos, porque ya ni cristianos se puede decir, ya que los protestantes han usurpado este nombre; no son de Cristo, porque no son de la Santísima Virgen María. Así de sencillo, son herejes, son protestantes y nosotros nos estamos volviendo como ellos sin darnos cuenta, por el modernismo que ha cambiado prácticamente la estructura de la misma Iglesia. Pero ahora no voy a hablar de eso para no alargarme. Debemos por lo menos recordarlo, para que nos haga abrir los ojos, y pidamos a Dios la luz y a la Santísima Virgen María la protección de la Iglesia que está hoy peor que nunca; no la Iglesia en su esencia, pero sí en su parte humana y material, en sus hombres, en sus integrantes tan corrompidos, tan prostituidos y eso de un modo oficial, no privado.

Siempre hubo la corrupción privada pero la putrefacción instaurada oficialmente, hecha ley, eso ya es diferente; cambia todo porque ya no se combate el mal, el vicio y ¿qué moral e Iglesia puede haber? Por eso se insiste en el matrimonio de los sacerdotes. Porque, es cierto, es muy difícil ser un sacerdote célibe si se es modernista y progresista; es imposible. Si es difícil siendo aun en la verdad y en la Tradición de la Iglesia porque hay que luchar, pero se tienen las armas; y si no se tienen es imposible luchar. Por ello vemos esa corrupción en el clero, en los religiosos, porque no es posible sin virtud, sin espiritualidad verdadera resistir al mal que hoy impera pública y socialmente dentro y fuera de la Iglesia, eso es un hecho.

Y solamente si no queremos ver no lo veremos, sino que hay que estar muy obcecado para no admitirlo. Tenemos que aprovechar ese auxilio que nos da nuestro Señor a través de su Santísima Madre para que Ella nos proteja y nos facilite en cierto modo las cosas; que nos evite el mal y la fatal caída y que podamos así avanzar en el bien y en la verdad guiados de su santa mano. +

PADRE BASILIO MÉRAMO
16 de julio de 2003


domingo, 17 de diciembre de 2017

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO ( o Domingo de Gaudete)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el tercer domingo de Adviento, también conocido con el nombre de GAUDETE* –alégrate–, en el cual la Iglesia permite en razón del Introito, una especie de mitigación, en medio de la oración, el sacrificio, la penitencia y el ayuno del tiempo de preparación a la Navidad, manifestando ese descanso con la presencia de flores en el altar y el uso de ornamentos de color rosado, una ventilación en medio de estos cuatro domingos, que son como una Cuaresma de Navidad.

El sentir de la Iglesia es que nos preparemos para la Natividad de nuestro Señor; que dispongamos nuestras almas para imitar a nuestro Señor Jesucristo; que la Navidad nos conduzca a realizar un recuento de nuestra vida para pedir a Dios perdón por nuestros pecados, y con la ayuda de la gracia ir destruyendo al viejo hombre que está demasiado enraizado e impide la santidad, nos impide volar hacia Dios, nos impide la virtud, y todo aquello que hay de bueno y de santo. Destruir en especial el orgullo, el amor propio, la vanidad.

El orgullo es el pecado más difícil de erradicar, porque es el más sutil, el más espiritual, los pecados de la carne son evidentes; el orgullo se esconde, se enmascara bajo la apariencia de religión, como fue el gran pecado de los fariseos, que en eso consiste el fariseísmo, y de allí provino la gran calamidad del rechazo a nuestro Señor Jesucristo por parte del pueblo elegido. Y de allí también puede provenir nuestra calamidad: rechazar a nuestro Señor por la falsedad que todos llevamos, tal vez escondida bajo capa de religiosidad, y que lleva a muchos a no creer, a rechazar la palabra de Dios; eso es en parte lo que escandaliza a todos aquellos que no pertenecen o que no están cerca de Dios y que podrían estarlo, pero por nuestro mal ejemplo no entran en la casa de Dios; es el caso de comunistas, revolucionarios, protestantes y de sectas que por su debilidad se escandalizan y combaten a Dios o lo rechazan.

El evangelio de este domingo se refiere a la figura de San Juan Bautista; tanta y tal era su reputación que algunos de los judíos pensaban pudiera ser el Cristo y por eso le envían emisarios a preguntarle quién es y él responde que no es el Cristo.

¿Entonces quién, Elías? Uno de los grandes profetas que no ha muerto, pero no es Elías. Entonces, ¿el profeta? Pensando ellos en Eliseo, el gran profeta discípulo de San Elías, y él responde que no; ¿entonces, quién dices tú que eres?, “soy la voz del que clama en el desierto”. Vox clamántis in desérto; ese clamántis, como dice Santo Tomás, se puede interpretar de dos formas: que él es la voz que clama en el desierto o mejor aún, que él es la voz de Aquel que clama en el desierto; es decir, que no es Juan el Bautista, sino nuestro Señor Jesucristo clamando en el desierto de esa Jerusalén desolada por el judaísmo, por los fariseos que no estaban dispuestos a recibir al Mesías; la voz de Aquel que clama en el desierto y él era su pregonero. Aquel que les señalaba a los demás como él mismo lo señaló con el dedo diciendo que él no era digno siquiera de desatar la correa de su zapato, que era lo que hacían los esclavos, amarrarle las sandalias o el cordón de los zapatos a su amo; y él no se reputaba ni aún digno de ese gesto del esclavo, para mostrar la grandeza de nuestro Señor que era Dios.

De esta manera, San Juan Bautista es mucho más que un profeta, porque no sólo habla de nuestro Señor sino que dice: “Éste es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”; lo señaló con el dedo, no lo profetizó como los demás, como algo lejano por venir, sino que lo señaló, puntualizó, dijo: “Éste es y vosotros no le conocéis”, entonces es verdaderamente el gran profeta de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque señala no al Mesías que está por venir, sino al Mesías que ya vino y ya está entre nosotros. En ese sentido, San Juan Bautista es el hombre más grande que mujer haya dado a luz, como en una ocasión nuestro Señor lo describe en otro pasaje de las Escrituras.

Sigamos el ejemplo de San Juan Bautista, personaje que durante este tiempo de Adviento nos presenta la Iglesia por su sencillez, humildad, y por su penitencia en el desierto, en la soledad a la cual el hombre moderno es ajeno, no está acostumbrado al retiro ni a la penitencia. Estamos acostumbrados a la bulla, a la televisión, al radio; cuánta gente no puede trabajar sin un radio prendido porque no saben vivir y estar en el silencio de Dios, por eso no podemos vivir en paz y ese parece ser el propósito del mundo moderno, no dejar vivir en paz, sin mencionar el teléfono, el Internet y cuanta cosa nos perturba el sosiego que se requiere para recogernos en Dios.

Por eso vivimos disipados; el hombre moderno es un hombre que evade la realidad de Dios; a eso nos lleva la técnica, las comunicaciones, la agitación frenética del mundo que desquicia a las personas; de allí tanto locos sueltos, desequilibrados y deprimidos, porque ese asedio quebranta los nervios, el equilibrio psicológico y de allí también la variedad de neurosis. Debemos entonces, por un mínimo de higiene mental, protegernos con la oración, refugiarnos en Dios para que ese mundo no nos socave, no nos aplaste, no nos destruya, no nos desquicie. Pero eso exige un esfuerzo que no estamos acostumbrados a hacer; de allí la necesidad de recurrir a la ayuda de la Santísima Virgen María, de los santos, para que nos protejan, que sean nuestro escudo, y así escapar de este mundo moderno impío, y en el fondo demoníaco porque afecta al hombre en sus acciones y lo condiciona

Cómo entonces actuaría la gracia si está fallando la naturaleza humana, sobre la cual reposa. La gracia supone la naturaleza, pero si llegamos a diluir, a desquiciar, a tal punto que se volatiliza esa naturaleza, difícilmente actuaría la gracia, eso es lo que pasa en el hombre actualmente. Se requiere un mínimo de soporte para que la gracia actúe y pueda aun corregir los defectos inherentes a nuestra naturaleza humana, caída a consecuencia del pecado original. Esta es la insistencia en la oración, el sacrificio y la penitencia que regeneran nuestra naturaleza, y de todo aquello que, lejos de entenderlo, prescinden el hombre y la sociedad moderna.

La grandeza de San Juan estaba, pues, encaminada a señalar a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero y único Mesías, y el pueblo judío, habiendo farisaicamente tergiversado las profecías, no podía estar preparado y no solamente preparados, sino dispuestos a reconocer a nuestro Señor; por lo que conculcando la verdad, terminan crucificándolo, dándole muerte en la cruz. Gran lección para la segunda venida de nuestro Señor, las profecías que son tergiversadas, el no estar preparados para recibirlo.

Por eso la Iglesia, en este tiempo de Navidad, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar el año litúrgico, es decir, el último domingo anterior, lo finaliza con las profecías apocalípticas del Segundo advenimiento, porque la Natividad tiene su acabamiento, su perfección y su coronación, con este Segundo advenimiento de nuestro Señor. La gran apostasía, la venida del Anticristo, su reinado antes de que venga nuestro Señor en gloria y majestad aunque nadie conozca el día ni la hora. Nuestro Señor Jesucristo mismo lo advierte: “Ved la higuera y todos los árboles: cuando producen ya de sí el fruto, sabéis está cerca el verano, así también cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios”. Debemos pues cuidarnos de no caer en exageraciones, pero tampoco en el rechazo del contenido profético.

Se impone, por tanto, una labor de verdadera exegesis, conocimiento teológico de las Escrituras y no perder la esperanza en la venida de nuestro Señor, esperarlo tal cual Él ha prometido, sin caer en el falso profetismo en que han caído todos aquellos que pertenecen a sectas, que predican un falso reino y que quieren, malentendiendo al igual que los judíos, con las solas fuerzas de la Historia, y sin la intervención de Dios, un reino del paraíso aquí en la tierra. A todo eso también apunta el triunfo del Inmaculado Corazón de María, que es el triunfo de los sagrados corazones de Jesús y de María.

El triunfo supone primero la venida de nuestro Señor a ordenar, desde dentro, su Iglesia, vilmente adulterada con herejías a la orden del día, lo cual es la abominación de la desolación en el lugar santo, las grandes advertencias de nuestra Señora, en apariciones fuera de toda duda como Lourdes, la Medalla Milagrosa, Siracusa, Fátima, La Salette; todas convergen en que hay una corrupción doctrinal espantosa en el mismo clero, en la misma jerarquía de la Iglesia, hasta el punto de pronosticar que: “Roma perderá la fe y se convertirá en sede del Anticristo”. ¡Terrible, pero cierto! Entonces, debemos oponer a este aviso una sana doctrina exegética que nos evite caer en errores a diestra y siniestra, como quien va por el filo de la cumbre de una montaña con abismos a ambos lados; solamente aquel que vaya con cuidado y humildad, puede llegar a la cima sin caer ni a izquierda ni a derecha, donde el abismo sería la perdición.

Por eso, debemos pedir a la Santísima Virgen María nos ayude a perseverar en la fe y festejar estas Navidades en un verdadero espíritu de fe, devoción y amor a Dios, en medio de un mundo que ya no es católico sino pagano, con una Iglesia sacudida en sus fundamentos: la fe, los sacramentos y la doctrina. Si esto perdura, aun nosotros, que queremos permanecer firmes, que queremos guardar la sana doctrina, caeremos, lo dice Santo Tomás, si los tiempos no fueran abreviados. Entonces, pedir a Dios, sin tregua, que abrevie esa gran tribulación por la que Él acrisola su Iglesia, reducida, como dice San Lucas, a “pequeño rebaño”, mientras que el resto ha caído en la apostasía. Se cae en el perjurio al no seguir fielmente la sacrosanta tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque cualquier otra doctrina que se oponga a la santa tradición como son el modernismo, el progresismo, como es todo lo que hoy se enseña en nombre de Dios –pero que no es de Dios–, lleva hacia la apostasía y lleva hacia el reinado del Anticristo, que tendrá su aparición y que gobernará y sojuzgará al mundo durante tres años y medio, los más crueles de esta gran tribulación.

Tenemos entonces que estar preparados, encomendándonos a los Sagrados Corazones. En estas Navidades acerquémonos más a nuestro Señor Jesucristo, que siendo un Rey nació en un pesebre, un establo donde viven animales, no personas, en medio de un burro y de un buey, allí nació nuestro Señor, en esa pobreza, desolación y abandono del género humano.

Pero, ¿cómo podremos imitar a nuestro Señor, cuando no somos capaces de seguir ni a medias ese ejemplo de humillación, de pobreza, si no nos gusta, nos aterra? Por eso la Navidad debe ser un motivo para recapacitar y dejar de lado nuestro orgullo, tratar de ser buenos, santos, acercarnos más a nuestro Señor y a la Santísima Virgen María para que haya verdadera paz, si no en el mundo, por lo menos en nuestros corazones, la paz que da el estar con Dios. Preparemos bien la Navidad, que no sea profanada por el paganismo, que aprovecha cualquier día santo para festejar libidinosamente y emborracharse en la concupiscencia de la carne, como por desgracia acontece en Colombia con las fiestas de los santos en los pueblos (lo ocurrido en Popayán en aquella Semana Santa). La Navidad debe ser un motivo de acercamiento a Dios para hacer el balance de nuestras vidas con el propósito de mejorar y santificarnos; ese y no otro es el verdadero significado de la Navidad.

Pidamos a San Juan Bautista, precursor de nuestro Señor, quien lo señaló con el dedo, que podamos imitarlo viviendo la santidad a la cual Dios nos llama. Prepararnos de un modo especial para que esta Navidad no sea una más, sino que nos haga realmente un poquito más buenos y santos. +


BASILIO MERAMO PBRO.
17 DICIEMBRE 2000


* En el texto original se aprecia "Laudete" (error de impresión) lo correcto es Gaudete