San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 28 de diciembre de 2014

Domingo de la Intraoctava de Navidad se celebra la Solemnidad de LOS SANTOS INOCENTES MARTIRES




    ¿Quién en su sano juicio podría pensar que el VERBO DIVINO, consubstancial a la Santísima Trinidad, Omnipotente y Sempiterno "tuviese" que haberse escondido o sentido miedo ante una humana aunque perversa criatura, como Herodes?

     La Divina intención que además de patentizar con sangre de mártires su humano advenimiento, en aquel humilde portal de Belén y tras la adoración de los tres sabios de oriente, en su libérrima voluntad también permitió que la corona del martirio fuese ceñida en las sienes de las víctimas de la ambición, temor y brutalidad de Herodes, concediéndole a aquellos a quienes la Una Santa Católica Apostólica y Romana Iglesia, venera en este día, como  la corona en aquellos inocentes que dieron sus vidas aun sin su voluntad,  como principio del advenimiento de DIOS, hacia este mundo pecador;      Y como figura específica de "quienes son como niños es el reino de los cielos", aludiendo exprofeso no a la edad sino a la inocencia, a la humildad, y sobre todo a la caridad;    Nadie que no se revista de este vestido permanecerá en las bodas del Cordero, sino que será expulsado y arrojado a las tinieblas eternas, así pues todo falso humilde,. todo falso caritativo, y todo falso inocente, corre el riesgo inminente de ser reconocido por el Pater Familias.

    Mantengamos la lámpara con aceite, pero revestidos para la ocasión, asegurándonos a cada paso, que sea exacto el vestido para las bodas del Cordero, porque así en el cada vez más cercano Retorno de Nuestro Señor JesuCristo, únicamente de los que sean como ellos, será el reino de los cielos, y toda humana dignidad, todo presbiterato o sacerdocio, o toda publicidad serán descubiertos, todo falso resistente o todo falso cristiano será arrojado y echado al fuego.


      DE LA CATENA AUREA:


Mt 2, 13-15
Después que ellos se fueron, he aquí un Angel del Señor apareció en sueños a José, y le dijo: "Levántate y toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te lo diga. Porque ha de acontecer que Herodes busque al niño para matarle". Levantándose José, tomó al niño y a su madre de noche, y se retiró a Egipto. Y permaneció allí hasta la muerte de Herodes: para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta, que dice: De Egipto llamé a mi Hijo. (vv. 13-15)


Mt 2, 16
Entonces Herodes, cuando vio que había sido burlado por los Magos, se irritó mucho, y enviando hizo matar todos los niños que había en Belén y en toda su comarca de dos años y abajo, conforme al tiempo, que había averiguado de los Magos. (v. 16)
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Después que el pequeño Jesús subyugó a los magos, no con un poder corporal, sino con la gracia del Espíritu, Herodes se llenaba de furor, porque no había podido conquistar, a pesar del brillo y esplendor de su trono, a aquéllos a quienes el pequeño Jesús había deslumbrado recostado en un pesebre. Los desprecios de los magos añadieron nuevos motivos a su furor, y esto es lo que significan aquellas palabras: "Entonces Herodes, cuando vio que había sido burlado por los magos, se irritó mucho". La cólera de los reyes es grande e inextinguible cuando nace del deseo desordenado de reinar. ¿Pero qué es lo que hizo? Enviando, hizo matar a todos los niños. A la manera que la bestia herida despedaza todo cuanto encuentra a su paso creyéndola causa de su daño, así él, engañado por los magos, descargaba su furor sobre los niños. En medio de su furor pensaba: "Indudablemente los magos han encontrado al niño que decían había de reinar", porque un rey lleno de la ambición de reinar, lo sospecha todo y todo lo teme. Por eso mandó matar a todos los niños, para quitar de en medio a uno solo por la muerte de todos.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Y mientras él persigue a Cristo, rey contemporáneo de este rey perseguidor, le dio un ejército resplandeciente de mártires.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Jamás este enemigo terrenal hubiera podido tributar a estos bienaventurados niños los beneficios que les tributó con su odio, porque mientras mayor fue el odio con que les persiguió, más abundante fue la gracia que los beatificó.
S. Agustín, sermones, 373,3
¡Oh bienaventurados niños! Solamente podrá dudar de la corona que habéis merecido con vuestro martirio por Cristo, aquel que dude de la gracia que los niños reciben con el bautismo de Cristo. El que pudo tener ángeles para que lo anunciaran, magos para que lo adorasen, hubiera podido también arrancarles de esta muerte sufrida por El, si no hubiese sido porque sabía que esta muerte no era la ruina sino el triunfo de aquellos niños. Lejos de nosotros el pensar que al venir Cristo para la salvación del mundo, no hubiera hecho nada para salvar a aquellos que dieron su sangre por El, que pendiente de un madero rogó por los mismos que lo crucificaban.
Rábano
Pero Herodes no se contentó con llenar de luto y desolación a Belén, sino que llevó la muerte a los lugares vecinos, y sin tener compasión alguna por la tierna edad, hizo matar a todos los que tenían desde una sola noche de nacidos hasta los que contaban con dos años. Y esto es lo que se nos quiere decir por estas palabras: "En Belén y en toda su comarca de dos años y abajo".
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Los magos no habían visto pocos días antes esta estrella desconocida, sino que hacía dos años, como se deduce de la respuesta que dieron a Herodes. Por eso este rey hizo matar a todos los niños de dos o menos años de edad, por eso añade el texto sagrado: "Conforme al tiempo que había averiguado de los magos".
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Tal vez temía que este niño, a quien las estrellas obedecían, cambiase su edad para ocultarse y hubiese tomado la forma de una edad mayor o menor, y por eso parece que mandó matar a todos los niños de dos años hasta los que sólo tenían un día.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,11
Quizá Herodes, embargaba su pensamiento en matar a los niños, pero por peligros que veía muy de cerca dilató aquella matanza. O tal vez pudo creer que los magos, engañados por la apariencia de una falsa estrella, tuvieron vergüenza de volverse a él sin haber encontrado al niño. Así, depuesto todo temor, Herodes dejó de perseguir al niño, y de esta manera, cumplidos los días de la purificación, sus padres pudieron con toda tranquilidad subir al Templo 1. ¿A quién puede extrañar que un rey ocupado en tantas cosas no advirtiese este acontecimiento? Y sólo más tarde, cuando se divulgó todo lo que había acontecido en el Templo, Herodes comprendió que había sido engañado por los magos. Entonces fue cuando comenzó la matanza de tantos niños, como refiere el evangelista.
Beda, homilia in Nat. innocent
La muerte de estos niños fue una profecía del sacrificio de todos los mártires de Cristo. Este martirio de niños nos enseña que por la humildad es por donde se consigue la gracia del martirio. El martirio, que se extiende desde Belén a todas las cercanías, prefigura la persecución que desde Judea, cuna de la Iglesia, debía extenderse por toda la tierra. Los mártires de dos años representan a los mártires perfectos en la doctrina y en las obras; los de menos de dos años, a las almas sencillas que sufren por la fe. Que ellos fuesen sacrificados y que Cristo escapase de manos de sus perseguidores, nos enseña que los impíos pueden hacer perecer los cuerpos de los mártires, pero no separarlos de Cristo.
Notas
1. Los Evangelios no son historias biográficas a las exigencias del estilo moderno. Así, no todo aparece en clara secuencia. El p. Reboli en su comentario destaca que hay cuatro posiciones frente a la fecha en que los magos llegaron a Jerusalén. 1) Poco después del nacimiento del Señor y antes del rito de la Purificación. 2) Después de la Presentación en el Templo. 3) Dos años después del nacimiento. 4) Un año después. "Lo más probable es que los magos vinieron después de la presentación ", dice.

Mt 2, 17-18
Entonces fue cumplido lo que se había dicho por Jeremías el Profeta, que dice: Voz fue oída en Ramá, lloro y mucho lamento. Raquel llorando sus hijos, y no quiso ser consolada, porque no son. (vv. 17-18)
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 9
Después de habernos llenado de horror con la narración de tan sangriento martirio, el evangelista, para calmar un tanto esta desagradable impresión, nos manifiesta que todas estas cosas no sucedieron porque Dios no pudiera impedirlo o porque las ignorase, sino según lo había anunciado por boca de su profeta. Por ello dice: "Entonces fue cumplido".
San Jerónimo, in Ieremiam, 31,15
San Mateo no refiere este pasaje conforme al texto hebreo, o conforme a los Setenta, lo cual prueba que los evangelistas y los apóstoles no siguieron la interpretación de nadie sino que expresaron, como hebreos que eran y en su misma lengua, lo que según ellos contenía el texto hebreo 1.
San Jerónimo, in Matthaeum
No debemos tomar a Ramá 2 por el nombre del lugar que se encuentra cerca de Gueba. Ramá quiere decir alto, como si dijera: "Voz fue oída en lo alto", es decir, desde muy lejos.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Tal vez porque se trataba de la muerte de los inocentes, se dice que se oía en las alturas conforme a aquellas palabras: "La voz del pobre penetra las nubes" ( Eclo 35,21). La palabra lloro, significa el llanto de los niños, y lamento, los lamentos de las madres. El dolor de los niños acaba con la muerte, pero el de las madres se renueva siempre con la memoria. Por eso dice: "mucho lamento. Raquel llorando sus hijos".
San Jerónimo, in Matthaeum
Habiendo nacido Benjamín de Raquel, a cuya tribu no corresponde Belén, podría preguntarse por qué Raquel lloraba como a sus propios hijos a los hijos de Judá, esto es, a los de Belén. A esto podría responderse brevemente que fue enterrada cerca de Belén, en Efratá, y tomó el nombre de madre del lugar donde descansaban sus restos. O que, siendo Judá y Benjamín dos tribus unidas, y habiendo mandado Herodes dar muerte a los niños no sólo de Belén sino de todos sus confines, el hablar de la matanza en Belén, puede entenderse que también fueron sacrificados muchos niños de la tribu de Benjamín.
Ambrosiaster, quaestiones Novi et Veteri Testamenti, q. 62
O por último, que los hijos de Benjamín, destruidos en otro tiempo por las demás tribus y extinguidos para siempre, fueron objeto del llanto de Raquel al contemplar la suerte de los hijos de su hermano, muertos para heredar la vida eterna. Siempre el infortunado lamenta sus propias desgracias en presencia de la felicidad ajena.
Remigio
Para pintar el evangelista con colores más vivos la magnitud del dolor, dijo que aun después de muerta Raquel había llorado a sus hijos y no quiso ser consolada porque ya no son.
San Jerónimo, in Matthaeum
Esto puede tener dos sentidos: o bien que ella los creía muertos para siempre, o bien que no quería recibir consuelo de aquellos que sabía que habían de ser vencedores. Así, el sentido de las palabras: "No quiso ser consolada porque no son", es éste: no quiso ser consolada de que no existiesen.
San Hilario, in Matthaeum, 1
No es cierto que hubiesen dejado de existir aquellos que se tenían por muertos. La gloria del martirio los había transportado a la vida de la eternidad. Debía, pues, ofrecerse consuelo por una cosa perdida, no por una cosa acrecentada. Raquel era la figura de la Iglesia, por mucho tiempo estéril y ahora fecunda; no gime y llora por los hijos que le han arrebatado, sino porque le han arrebatado a los que ella hubiera querido conservar como a hijos suyos muy queridos.
Rábano
Puede también significar a la Iglesia que llora a los santos muertos a este mundo. Y no desea ser consolada como si los que vencieron al mundo con la muerte fueran a ser llamados de nuevo a los mismos combates, porque ciertamente no han de volver al mundo.
La glosa
Tal vez no quiera ser consolada en este mundo porque no son, y pone todo su consuelo y su esperanza en la vida eterna.
Rábano
Raquel -cuyo nombre significa oveja, o el que ve-, es figura de la Iglesia, cuyo único deseo es contemplar a Dios. Es también la centésima oveja que el pastor lleva sobre sus hombros.
Notas
1. La posición de San Jerónimo, que escribía en el siglo IV, en extremo sensible respecto del texto de la versión hebrea es bien conocida. Sin embargo, no fue compartida por muchos Padres. Desde la hodierna crítica neotestamentaria, el p. Pierre Benoit, O.P., concluye: "El Nuevo Testamento sigue la mayoría de las veces a los Setenta sin preocuparse del hebreo; e incluso cuando hay divergencia substancial, no vacila en apoyarse en el griego en una argumentación de alcance dogmático. En realidad, la situación es compleja. Los autores neotestamentarios recurren a veces al texto hebreo; así un determinado estrato de Mateo. Con frecuencia citan de una manera bastante libre, que no es idéntica ni al hebreo ni al griego; así Pablo. En conjunto, adoptan más bien los Setenta como texto que goza de autoridad desde el comienzo de la Iglesia".
2. Ramá es el nombre propio de una villa que se encuentra a 8 km. al norte de Jerusalén donde se habían reunido los que habrían de ser exiliados después del triunfo de Nabucodonosor. Raquel había sido enterrada no lejos de Belén. Según el sentido típico, Raquel una segunda vez llora amargamente, en esta ocasión por las inocentes víctimas de Herodes. (Reboli.)

Alberto González
MARANATHA.

viernes, 12 de diciembre de 2014

12 Diciembre Solemnidad de la fiesta de la Santísima Virgen María de Guadalupe, Reina de México Emperatriz de América

Et signum magnum paruit in caelo mulier amicta sole et luna sub  Apocalipsis 12:1

Non fecit taliter omni nationi"
El 25 de mayo de 1754, el Papa Benedicto XIV, confirmó el Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre la Nueva España, y promulgó una Bula que aprobó a la Virgen de Guadalupe como Patrona de México, concediéndole misa y oficio propios. Estas gracias que el Papa le concedió a la Virgen de Guadalupe se dieron gracias a este hecho: El Papa, después de contemplar extasiado una copia auténtica de la Guadalupana, pintada por Don Miguel Cabrera, fue llevada como regalo a Su Santidad por el padre Juan Francisco López. En esa ocasión luego de examinarla con atención, con lágrimas en los ojos pronunció una frase del salmo 147, 20 que se ha perennizado: “non fecit taliter omni nationi” NO HIZO COSA IGUAL CON OTRA NACIÓN.

REINA DE MÉXICO Y EMPERATRIZ DE AMERICA
ora pro nobis




RELATO DE LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA
SEGUN EL NICAN MOPUA:
En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.
Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.
Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.
Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo".

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo" Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".

Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

SEGUNDA APARICIÓN

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.
Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido..."
Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.
Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía". Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.
Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”. Respondió Juan Diego: ”Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.
Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”.
Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.
Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.
Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.
Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

TERCERA APARICIÓN

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.
Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.
Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

CUARTA APARICIÓN

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.
La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.
Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.
Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.
(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.
Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.
Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.
Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.
Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.
Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.
Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.
Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.
Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.
Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.
También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.
El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.
La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.
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jueves, 11 de diciembre de 2014

Escrito del R.P. Basilio Méramo

¿QUÉ PENSAR DE “NON POSSUMUS”?
Antimilenarismo Judaizante o Ignorancia Supina.

Non Possumus se aferra a cualquier texto que encuentren para publicarlo sin
analizar su contenido, denotando que tiene grandes falencias exegéticas que han
sido refutadas.

El papel judáico que juegan, queda vislumbrado con estos textos del P. Castellani y
se hace prácticamente manifiesto al desplegar con furibunda tenacidad visceral su
fobia antiapocalíptico-milenarista y que tienen un gran trasfondo de supina
ignorancia. Pero como no hay peor sordo que el que no quiere oír ni ver, Non
Possumus confirma el nombre que caracteriza su miserable impotencia ante lo que
le supera, y todo en aras de una hipotética, ilusoria y falsa restauración que esperan
sin Parusía, tanto Mons. Williamson y compañía, quedando evidenciado su
judaizante proceder: “Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo
terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida de Cristo? (Etudes 1919, Sobre el
Apokalypsis, tomos 159 y 160). El actual socialismo comunista, por ejemplo, es
netamente milenista carnal (y ateo), es decir ‘judaizante’ ” (El Apokalypsis de San
Juan, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p.87).

Incluso los que esperan un triunfo bajo un gran rey o emperador: “Desde aquí nos
separamos de Holzhauser, para quienes Sardes duraría ‘desde Carlos V y León X
hasta el Emperador Santo y el Papa Angélico’ que él esperaba vendría; por la
sencilla razón de que no vinieron; ni tenemos la menor esperanza de que vengan.
Esa leyenda medieval de que vendría un tiempo de ‘inimaginable’ esplendor y
triunfo de la Iglesia, por obra de un Gran Rey y un Pontífice comparable a un
Ángel, que inspiró numerosas profecías privadas, ni tiene fundamento
escriturístico ni de ninguna clase, es una ilusión poética. Parece ser fue inventada
den el siglo XV por el monje Petrus Galatinus en su libro ‘De arcanis Fidei
misteriis contra Iudeaeos’ ” (Ibídem, p. 56-57).

De otra parte sabemos por el P. Meinvielle, que Pedro Galatino, era uno de los
grandes cabalistas de su tiempo en la edad de oro de la cábala que penetró en el
cristianismo en Italia, como se puede ver: “Con Pico de la Mirándola y Reuchlín, a
quienes no es posible separar, la Cábala entra triunfalmente en la Cristiandad.
Pero con el De arte cabalística estamos ya en 1517, cuando Italia conoce la
extraordinaria generación de Galatino (1460-1540), Justiniano (1470-1536),
Jorge de Venecia (1460-1540), Pablo Ricci (+1541), card. G. P. De Viterbo (1465-
1532), para no citar sino a los más eminentes representantes de la Cábala
cristiana” (P. Julio Meinvielle, De la Cábala al Progresismo, ed. Calchaquí, Salta,
1970, p.219).

El siguiente texto del P, Castellani, nos sirve para redondear la idea: “Doctores de
la Fe se pretenden estos, y son tenidos de muchos por tales; incluso publican libros
con aprobaciones episcopales, en gran peligro de ser engañados andan los fieles.
Uno de ellos muy famoso del siglo XIX (y muchos dellos hoy día) enseñó que la
Iglesia antes del Juicio Universal tiene que llegar a un triunfo y prosperidad
completos, en que no quedará sobre el haz de la tierra un solo hombre por
convertir (‘un solo rebaño y un solo Pastor’) y sin más ni más se cumplirán todas
las exuberantes profecías viejotestamentarias. De acuerdo a algunas profecías
privadas, se imaginan al Papa (al ‘Pastor Angélico’ que debería haber sido Pío
XII) reinando sobre todo el mundo apoyado en un Monarca Católico vencedor
(que los franceses dicen será francés ¡Enrique V! o ¡Luis Carlos I! pues hasta el
nombre le saben; los alemanes que será alemán, etc.) el cual sin embargo,
mandará menos que el Papa, pues el Papa mandará en todo el mundo y así en las
Santas Pascuas y grandes fiestas ¡hasta la resurrección de la carne! Y después a
mayores fiestas… Es el mismo sueño carnal de los judíos que los hizo engañarse
respecto a Cristo. Estos son milenaristas al revés. Niegan acérrimamente el
Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un
Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea
una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos ‘progresistas’
como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención
sobrenatural de Dios en la Historia; y en el fondo, la misma inspiración divina de
la Sagrada Escritura” (Ibídem, p. 366-367).

Ante todo esto el remedio nos lo da el Apocalipsis como hace ver el P. Castellani:
“El Apokalypsis es el único antídoto actual contra esos ‘pseudoprofetas’ ” (Ibídem,
p.367).

Así a Mons. Williamson y a Non Possumus les está pasando lo mismo que a los
progresistas, tal como se puede verificar por lo dicho aquí: “Hoy día muchísimos
católicos, incluso escritores, incluso predicadores, incluso sabios como Berdaieff o
Dawson, sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a
nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. En eso soñó León Bloy y Veuillot y
Hello y toda la escuela de apologistas románticos franceses comenzando por
Chateaubriand y Lammenais. En eso sueña Papini. ¿Y es otra cosa que eso el
fondo del llamado mensaje del gran orador Milanesi? ¿Y es eso otra cosa que un
milenarismo anticipado, tan imaginario y mucho menos fundado que el mío? …
Yo por lo menos no sueño en el vacío” (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed.
Dictio, Bs. As. 1978, p.387).

“No quedamos en las mismas –dijo don Benya– porque quedamos en una o en
otra condicionalmente; y tuvimos excluimos ese gran triunfo temporal de la
Iglesia antes de la Parusía, que me parece un peligroso ensueño contemporáneo…
– ¡Es un anzuelo del Anticristo! Exclamó el chileno. ¡Es él quien prometerá
realizar ese ensueño con las solas fuerzas del hombre ensoberbecido! ¡Él
prometerá la paz, la prosperidad, el nuevo Edén!, y se pondrá a edificar
sacrílegamente la nueva Babel” (Ibídem, p.398).

“Pero de un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la tierra antes de
la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales, y consistente en un
esplendor de la Iglesia también temporal…” (Ibídem, p.287).

Publica Non Possumus, el sábado 6 de Diciembre de 2014, en el artículo ¿Qué
Pensar del Milenarismo? Parte IV, un fragmento de Theologiae cursus completus,
tom. XI, Parisiis, 1838, p. 644-646, tomado ¡oh sorpresa!, del sitio sedevacantista
Amor de la Verdad (Moimunanblog) cuyo director es Antonio Moiño Munitiz; blog
éste caracterizado por un dogmatismo visceral (los extremos se unen por lo visto,
aunque espero que no caigan en esa distorsión del verdadero sedevacantismo que
es una conclusión teológica evidente quoad sapientes y que ha sido eclipsado por la
dialéctica estulta entre sedevacantismo y antisedevacantismo ultra-dogmáticosviscerales).

En dicho artículo se pretende aplastar el milenarismo al decir: “Las sentencias
sobre el reino milenario de Cristo con sus santos ni siempre, ni en cualquier lugar,
ni por todos ha sido dada en la tradición en los primeros tres siglos de la Iglesia”,
lo cual es un error que contradice la historia, pues en la Iglesia primitiva esa era la
exégesis común de los tres primeros siglos de la Iglesia como muestra el P. Alcañiz
con su, tesis doctoral que fue traducida por el P. Castellani y enmarcada con sus
comentarios bajo el título La Iglesia Patrística y la Parusía, diciéndolo así el P.
Castellani en el prefacio: “El joven castellano recorrió los escritos de los Santos
Padres y Doctores de los cinco primeros siglos y encontró … lo que encontrarán
ustedes: todos los santos Padres primitivos son milenistas; con las
pequeñas especificaciones de exactitud que hallarán ustedes en la tabla sinóptica
del fin del librito” (ed. Paulinas, Bs. As. 1962, p.9).
“El milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será:
la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición”
(Ibídem, p.350).

“El milenarismo real no enseña otra cosa sino que Apokalypsis XX y I Corintios
15, pueden ser interpretados literalmente sin quiebra de la fe ni inconveniente
alguno; que así lo entendieron los Padres apostólicos…” (Los Papeles de Benjamín
Benavides, p.418).

“El milenarismo ingenuo, aún no teológico, fue la opinión de la primitiva Iglesia,
como se puede colegir de sus expositores primeros, ‘de grandes varones de Iglesia
y numerosos mártires’, para usar la fórmula de su mismo encarnizado adversario
San Jerónimo” (Ibídem, p.413).

“En el siglo primero todos los testimonios que se refieren a los últimos días hablan
milenísticamente: en este tiempo no aparece ningún antimilenismo” (La Iglesia
Patrística y la Parusía, p. 303).

“Siglo segundo. Más rico en testimonios acerca de la Parusía que el primero. En el
surge a escena el Apokalipsi y suministra nuevos elementos al milenio mismo”
(Ibídem, p.304).

“Así entendieron ese capítulo casi todos los padres de los cuatro primeros siglos,
desde el primer siglo en que todavía vivían los Apóstoles. Creían tranquilamente
que iba a haber un Reino de Mil Años; y que la Iglesia va a ser en él sumamente
próspera y va a ser regida de hecho por Jesucristo, después de la Parusía, o sea
después de que Jesucristo haya bajado a vencer el Anticristo” (P. Castellani,
Catecismo para Adultos, ed. Patria Grande, Bs. As. 1979, p.176).

Más adelante el P, Castellani refiriéndose al Padre Florentino Alcañiz dice: “Hizo
su tesis en Roma de Doctor en Escritura Sacra sobre ‘La Iglesia Patrística y la
Parusía’, a la cual ya me referí, y la traduje al castellano porque él me pidió que lo
hiciera y me regaló su libro, lo modifiqué un poco, lo amplié y está impreso. Ahí él
hizo un trabajo minuciosísimo sobre todos los Padres de los primeros siglos de la
Iglesia, hasta el siglo V y resulta que en el siglo I, todos sin excepción, eran
milenistas y después en el siglo II, III, IV, V, fueron disminuyendo, sobre todo
después de la exégesis de San Agustín muchos abandonaron la idea milenista y se
hicieron alegoristas. Al final hace un esquema donde pone a los Santos Padres por
orden, por siglos y por fechas, donde uno ve que la tradición de la Iglesia entonces
era el milenismo espiritual que dicen ahora. Por eso digo yo que jamás va a
condenar la Iglesia el milenismo espiritual, porque eso sería cortar la rama donde
está sentada; porque ella está sentada sobre la Tradición” (Ibídem, p. 180-181).
“Pero hoy día hay una especia de conjura que impide la exégesis antigua y vuelve
de hecho obligatoria la alegórica de San Agustín por medio de castigos o
amenazas” (Ibídem, p. 179-180).

“Pero el Milenarismo y antimilenarismo representan en la realidad histórica
hodierna dos espíritus, dos modos de leer la Escritura y de ver en consecuencia la
Iglesia y el mundo, De ahí la lucha” (Los Papeles. p. 412).

Y así, poniendo el dedo en la llaga, el P, Castellani expresa: “! Dios mío! En suma:
es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo
teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días; que tiene
como raíz el no pensar en la Parusía ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin
negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad
hacia el foco del ‘progresismo mennesiano* ’ ” (Ibídem p.312).

P. Basilio Méramo

Bogotá, 1o de diciembre de 2014