San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 30 de julio de 2023

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  


Amados Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este Evangelio vemos llorar a Nuestro Señor, llora ante lo que Él veía que le ocurriría a la Ciudad Santa a Jerusalén, esa ciudad que Él tanto quería. Y nos puede asombrar el hecho de que un hombre llore, por que equivocadamente creemos que son únicamente las mujeres las que lloran, no quizá como las mujeres por fragilidad, por sentimentalismo, sino por una realidad dura y cruel. Realidad dura de lo que le iba a acontecer a Jerusalén, por no haber aceptado y reconocido al Mesías Prometido, por no haber visto la presencia de Dios para abrirle sus puertas y, ante ese pecado, ante esa dureza del pueblo judío, Nuestro Señor con la sentencia que Él tenía y el don de ver tanto lo pasado como lo futuro, vio esa destrucción de la Ciudad como castigo a la incredulidad del pueblo judío; La ciudad Santa, ahí donde había el pueblo verdadero, único templo donde se adoraba verdaderamente a Dios en toda la tierra.

Por eso llora Nuestro Señor, con ese dolor, ese llanto de misericordia, de conmiseración por lo que luego aconteció con Vespaciano y Tito que destruyeron completamente la ciudad; del templo no quedó piedra sobre piedra y lo que queda del muro de las lamentaciones es la hondonada, como cuando alguien construye el borde de un precipicio y hace en ese borde un muro de contención, pero sobre la explanada no queda ni quedo piedra sobre piedra. Cumpliéndose literalmente lo anunciado por Nuestro Señor como castigo por no haber reconocido al Mesías, por eso lloró Nuestro Señor.

No podemos imaginar a las mujeres que se comieron a sus hijos para poder sobrevivir cuando Jerusalén fue sitiada por los romanos para obligarlos a rendirse o a morir, durante meses en los cuales se agotaba el alimento, como se lee en la historia de Flavio Josefo. Eso nos da una idea del horror de la situación como justo castigo por no haber reconocido a Nuestro Señor y eso le arrancó lágrimas de dolor, de conmiserción, de compasión ante esa dureza que caracteriza al pueblo elegido, los judíos, pueblo de dura cerviz.

El otro razgo que también nos puede sorprender es la actitud de Nuestro Señor cando entra al templo y con un látigo, a fuete limpio, sacuda a esas alimañas, los ladrones que profanaban su templo convirtiéndolo en cueva de ladrones en lugar de ser una casa de oración. Esto que Nuestro Señor hace al comenzar y al finalizar su vida publica, esta es la segunda expulsión que nos relata San Lucas y San Juan, nos relata poco después de las bodas de Caná antes de iniciase la vida pública de Nuestro Señor. No tengamos un imagen muy pueril de Nuestro Señor, muy boba, muy de mejillas coloradas, ojos azules y cara de niño bonito, No; Nuestro Señor es la virilidad; Esas imágenes medio afeminadas no son la expresión de la virtud, de la virilidad de la hombría de Nuestro Señor, por eso no nos debe sorprender ese gesto como de gladiador, de domador de leones con un látigo sacando a fuete del templo a esos personajes que se valían del templo para hacer negocios corrompiendo el lugar Santo.

No tengo nada en contra del arte, pero este debe expresar la realidad y desgraciadamente a los Santos los pintan muy mujeriles y afeminados, ellos no son señoritas de salón. San Juan el Bautista no era una caña que llevaba el viento, para mostrarnos que era gente aguerrida, firme, viril y aun las mismas mujeres la virilidad de Santa Teresa o de una Santa Teresita que jamás se apoyó al respaldo de una silla por hacer mortificación; No nos dejemos engañar con esas imágenes todas coloreteadas que no expresan verdaderamente eso que los santos internaron y que desgraciadamente muchas veces, hasta los curas quieren imitar para parecer buenos, hablando suave como si fuesen niñas de quince años y de pura apariencia. Por eso no nos debe asombrar el gesto incluso violento de Nuestro Señor llorando, pero también por otro lado dando fuete; este es el celo que Él tiene por las cosas de Dios

¡Qué no haría hoy! Nos sacaría a todos zumbando a latigazos por lo mal que anda el clero en la Iglesia, y los fieles que son los menos culpables por que siguen el mal ejemplo que dan los sacerdotes, los monjes, los prelados, la jerarquía; Todo se deteriora, todo se corrompe, se convierten los templos en Museos (En Europa se pueden ver los grandes templos convertidos en museos donde incluso ay que pagar para entrar a ver la parte donde están los tesoros, es decir, donde esta las cosas pertenecientes al culto debido a Dios (Nota del editor del libro))

Dios destronado del altar para colocarlo en un rincón, son todas cosas que muestran el grado de deterioro que padece actualmente la religión y no nos damos cuenta.

Esa es la razón de nuestra existencia. Mantener la Pureza de la fe, de la religión, de la Iglesia, de la santidad, y que la Iglesia no se nos convierta en una cueva de ladrones, en un lugar de comercio,sino que sea un lugar santo, la casa de Dios, donde se reactualiza el Santo Sacrificio de la Misa, no una cena, una ágape, no la conmemoración de la pascua, SINO LA RENOVACION INCRUENTA DEL SACRIFICIO DE NUESTRO SEÑOR EN EL CALVARIO PRODUCIDO SACRAMENTALMENTE SOBRE EL ALTAR; y a eso comulgamos no un pedazo de pan, no a una galleta, sino AL CUERPO Y LA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PRESENTES BAJO LA APARIENCIA DEL PAN Y DEL VINO, al cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor junto con su Alma y Divinidad.

Por lo mismo, no se puede comulgar de cualquier forma ni tampoco se lo recibe de cualquier modo, como quien reparte pan sino con un acto de adoración, de rodillas, en la boca, en estado de gracia, con el ayuno debido, ; y que recuerdo el ayuno, lo ha repetido Monseñor Lefebvre, debe ser de tres horas y no de una, por respeto a Nuestro Señor; esa es la norma que nos debe regir. Otra cosa es que por una hora; nadie, después de haber comido, ha hecho la digestión en una hora, entonces va a recibir de postre a Nuestro Señor. Hasta donde llegan la profanación y la desacralización, la pérdida del sentido de lo sagrado que que hasta los paganos tenían; peor que pagano esta el mundo hoy, no hay sentido ni sentimiento de lo sagrado, de lo sacro, de lo Divino, todo es el hombre.

¡Maldito y condenado hombre que te vas a pudrir en el infierno! "Humanidad condenada", decía San Agustín. Esa es nuestra condición ; Si Nuestro Señor no hubiera muerto en la cruz estaríamos irremisiblemente y eternamente condenados en el infierno, no lo olvidemos y veamos esa misericordia, ese amor, esa caridad.

Pero no olvidemos, no nos creamos más de lo que somos; delante de Dios somos nada, la criatura es nada delante de Dios; no tenemos ningún derecho delante de Dios y Él tiene todos los derechos. Entonces dejémonos de estupideces con Dios, de proclamar nuestra dignidad, nuestra libertad, debemos proclamar nuestro estado de criaturas, de siervos inútiles delante de la Divina Majestad; esa es la humildad y dejemos de ser pavo reales, pura pluma en la cola y pavoneando estúpidamente mientras el tiempo transcurre y no lo aprovechamos para la eternidad. Así como Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén, ha llorado Nuestra Señora en Siracusa; No ha hecho más que llorar viendo el estado de la humanidad y de la Iglesia y no hoy sino desde hace cincuenta años. De Nuestra Señora de Siracusa, en Sicilia, poco se habla, pero esa fue la realidad, durante tres o cuatro días lloró ininterrumpidamente verdaderas lágrimas, analizadas, reconocido por el obispo del lugar y el Papa Pio XII.

No hagamos llorar más a Nuestra Señora, no obliguemos a Nuestro Señor a sacarnos a fuetazos. Eso sería lo menos que hiciera, porque en aquel templo todavía no estaba su presencia real como lo debería estar en los templos católicos, en las iglesias Católicas donde está la presencia real, el verdadero culto que es el que los modernistas han destruido con la nueva misa. Por eso la nueva misa no se define, no se considera, no se reputa como un sacrificio, sino como una syntaxis, como una cena, como un ágape, como un recuerdo, no ya de la pasión sino de la pascua y aleluya. "No todo el que dice ¡Señor, Señor, Aleluya!" Aleluya quiere decir alabado sea Dios. Pero "no todo el que dice ¡Señor, Señor entrará en los cielos!", no todo el que dice "aleluya" entrará en los cielos.

Supliquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María,que conservemos por lo menos nosotros la fe, la religión, el verdadero culto; que no perdamos el sentido de lo sacro, de la divinidad de Dios y de la miseria y la indigencia que nos caracteriza a nosotros como seres humanos y como criaturas. Para que asi, en esa verdadera humildad, podamos invocar santamente el nombre de Dios, salvarnos y salvar a los demás, ayudándolos a que salven sus almas con la gracia de Dios. Pidamos todas estas cosas a Nuestra Señora y que comprendamos, manteniéndonos firmes en la Tradición de la Iglesia, que no es facultativa; no se viene a esta capilla por que sea bonita o fea, sino por que se viene a adorar a Dios, a Nuestro Señor, no de cualquier manera. Venimos a pedierle a Él esa ayuda, para así santificarnos y que nos salvemos en la hora de nuestra muerte.+

BASILIO MÉRAMO PBRO.
5 de Agosto de 2001.

domingo, 25 de julio de 2021

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 


Amados Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este Evangelio vemos llorar a Nuestro Señor, llora ante lo que Él veía que le ocurriría a la Ciudad Santa a Jerusalén, esa ciudad que Él tanto quería. Y nos puede asombrar el hecho de que un hombre llore, por que equivocadamente creemos que son únicamente las mujeres las que lloran, no quizá como las mujeres por fragilidad, por sentimentalismo, sino por una realidad dura y cruel. Realidad dura de lo que le iba a acontecer a Jerusalén, por no haber aceptado y reconocido al Mesías Prometido, por no haber visto la presencia de Dios para abrirle sus puertas y, ante ese pecado, ante esa dureza del pueblo judío, Nuestro Señor con la sentencia que Él tenía y el don de ver tanto lo pasado como lo futuro, vio esa destrucción de la Ciudad como castigo a la incredulidad del pueblo judío; La ciudad Santa, ahí donde había el pueblo verdadero, único templo donde se adoraba verdaderamente a Dios en toda la tierra.

Por eso llora Nuestro Señor, con ese dolor, ese llanto de misericordia, de conmiseración por lo que luego aconteció con Vespaciano y Tito que destruyeron completamente la ciudad; del templo no quedó piedra sobre piedra y lo que queda del muro de las lamentaciones es la hondonada, como cuando alguien construye el borde de un precipicio y hace en ese borde un muro de contención, pero sobre la explanada no queda ni quedo piedra sobre piedra. Cumpliéndose literalmente lo anunciado por Nuestro Señor como castigo por no haber reconocido al Mesías, por eso lloró Nuestro Señor.

No podemos imaginar a las mujeres que se comieron a sus hijos para poder sobrevivir cuando Jerusalén fue sitiada por los romanos para obligarlos a rendirse o a morir, durante meses en los cuales se agotaba el alimento, como se lee en la historia de Flavio Josefo. Eso nos da una idea del horror de la situación como justo castigo por no haber reconocido a Nuestro Señor y eso le arrancó lágrimas de dolor, de conmiserción, de compasión ante esa dureza que caracteriza al pueblo elegido, los judíos, pueblo de dura cerviz.

El otro razgo que también nos puede sorprender es la actitud de Nuestro Señor cando entra al templo y con un látigo, a fuete limpio, sacuda a esas alimañas, los ladrones que profanaban su templo convirtiéndolo en cueva de ladrones en lugar de ser una casa de oración. Esto que Nuestro Señor hace al comenzar y al finalizar su vida publica, esta es la segunda expulsión que nos relata San Lucas y San Juan, nos relata poco después de las bodas de Caná antes de iniciase la vida pública de Nuestro Señor. No tengamos un imagen muy pueril de Nuestro Señor, muy boba, muy de mejillas coloradas, ojos azules y cara de niño bonito, No; Nuestro Señor es la virilidad; Esas imágenes medio afeminadas no son la expresión de la virtud, de la virilidad de la hombría de Nuestro Señor, por eso no nos debe sorprender ese gesto como de gladiador, de domador de leones con un látigo sacando a fuete del templo a esos personajes que se valían del templo para hacer negocios corrompiendo el lugar Santo.

No tengo nada en contra del arte, pero este debe expresar la realidad y desgraciadamente a los Santos los pintan muy mujeriles y afeminados, ellos no son señoritas de salón. San Juan el Bautista no era una caña que llevaba el viento, para mostrarnos que era gente aguerrida, firme, viril y aun las mismas mujeres la virilidad de Santa Teresa o de una Santa Teresita que jamás se apoyó al respaldo de una silla por hacer mortificación; No nos dejemos engañar con esas imágenes todas coloreteadas que no expresan verdaderamente eso que los santos internaron y que desgraciadamente muchas veces, hasta los curas quieren imitar para parecer buenos, hablando suave como si fuesen niñas de quince años y de pura apariencia. Por eso no nos debe asombrar el gesto incluso violento de Nuestro Señor llorando, pero también por otro lado dando fuete; este es el celo que Él tiene por las cosas de Dios

¡Qué no haría hoy! Nos sacaría a todos zumbando a latigazos por lo mal que anda el clero en la Iglesia, y los fieles que son los menos culpables por que siguen el mal ejemplo que dan los sacerdotes, los monjes, los prelados, la jerarquía; Todo se deteriora, todo se corrompe, se convierten los templos en Museos (En Europa se pueden ver los grandes templos convertidos en museos donde incluso ay que pagar para entrar a ver la parte donde están los tesoros, es decir, donde esta las cosas pertenecientes al culto debido a Dios (Nota del editor del libro))

Dios destronado del altar para colocarlo en un rincón, son todas cosas que muestran el grado de deterioro que padece actualmente la religión y no nos damos cuenta.

Esa es la razón de nuestra existencia. Mantener la Pureza de la fe, de la religión, de la Iglesia, de la santidad, y que la Iglesia no se nos convierta en una cueva de ladrones, en un lugar de comercio,sino que sea un lugar santo, la casa de Dios, donde se reactualiza el Santo Sacrificio de la Misa, no una cena, una ágape, no la conmemoración de la pascua, SINO LA RENOVACION INCRUENTA DEL SACRIFICIO DE NUESTRO SEÑOR EN EL CALVARIO PRODUCIDO SACRAMENTALMENTE SOBRE EL ALTAR; y a eso comulgamos no un pedazo de pan, no a una galleta, sino AL CUERPO Y LA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PRESENTES BAJO LA APARIENCIA DEL PAN Y DEL VINO, al cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor junto con su Alma y Divinidad.

Por lo mismo, no se puede comulgar de cualquier forma ni tampoco se lo recibe de cualquier modo, como quien reparte pan sino con un acto de adoración, de rodillas, en la boca, en estado de gracia, con el ayuno debido, ; y que recuerdo el ayuno, lo ha repetido Monseñor Lefebvre, debe ser de tres horas y no de una, por respeto a Nuestro Señor; esa es la norma que nos debe regir. Otra cosa es que por una hora; nadie, después de haber comido, ha hecho la digestión en una hora, entonces va a recibir de postre a Nuestro Señor. Hasta donde llegan la profanación y la desacralización, la pérdida del sentido de lo sagrado que que hasta los paganos tenían; peor que pagano esta el mundo hoy, no hay sentido ni sentimiento de lo sagrado, de lo sacro, de lo Divino, todo es el hombre.

¡Maldito y condenado hombre que te vas a pudrir en el infierno! "Humanidad condenada", decía San Agustín. Esa es nuestra condición ; Si Nuestro Señor no hubiera muerto en la cruz estaríamos irremisiblemente y eternamente condenados en el infierno, no lo olvidemos y veamos esa misericordia, ese amor, esa caridad.

Pero no olvidemos, no nos creamos más de lo que somos; delante de Dios somos nada, la criatura es nada delante de Dios; no tenemos ningún derecho delante de Dios y Él tiene todos los derechos. Entonces dejémonos de estupideces con Dios, de proclamar nuestra dignidad, nuestra libertad, debemos proclamar nuestro estado de criaturas, de siervos inútiles delante de la Divina Majestad; esa es la humildad y dejemos de ser pavo reales, pura pluma en la cola y pavoneando estúpidamente mientras el tiempo transcurre y no lo aprovechamos para la eternidad. Así como Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén, ha llorado Nuestra Señora en Siracusa; No ha hecho más que llorar viendo el estado de la humanidad y de la Iglesia y no hoy sino desde hace cincuenta años. De Nuestra Señora de Siracusa, en Sicilia, poco se habla, pero esa fue la realidad, durante tres o cuatro días lloró ininterrumpidamente verdaderas lágrimas, analizadas, reconocido por el obispo del lugar y el Papa Pio XII.

No hagamos llorar más a Nuestra Señora, no obliguemos a Nuestro Señor a sacarnos a fuetazos. Eso sería lo menos que hiciera, porque en aquel templo todavía no estaba su presencia real como lo debería estar en los templos católicos, en las iglesias Católicas donde está la presencia real, el verdadero culto que es el que los modernistas han destruido con la nueva misa. Por eso la nueva misa no se define, no se considera, no se reputa como un sacrificio, sino como una syntaxis, como una cena, como un ágape, como un recuerdo, no ya de la pasión sino de la pascua y aleluya. "No todo el que dice ¡Señor, Señor, Aleluya!" Aleluya quiere decir alabado sea Dios. Pero "no todo el que dice ¡Señor, Señor entrará en los cielos!", no todo el que dice "aleluya" entrará en los cielos.

Supliquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María,que conservemos por lo menos nosotros la fe, la religión, el verdadero culto; que no perdamos el sentido de lo sacro, de la divinidad de Dios y de la miseria y la indigencia que nos caracteriza a nosotros como seres humanos y como criaturas. Para que asi, en esa verdadera humildad, podamos invocar santamente el nombre de Dios, salvarnos y salvar a los demás, ayudándolos a que salven sus almas con la gracia de Dios. Pidamos todas estas cosas a Nuestra Señora y que comprendamos, manteniéndonos firmes en la Tradición de la Iglesia, que no es facultativa; no se viene a esta capilla por que sea bonita o fea, sino por que se viene a adorar a Dios, a Nuestro Señor, no de cualquier manera. Venimos a pedierle a Él esa ayuda, para así santificarnos y que nos salvemos en la hora de nuestra muerte.+

BASILIO MÉRAMO PBRO.
5 de Agosto de 2001.

domingo, 30 de julio de 2017

OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Se nos muestra hoy en el evangelio al mayordomo infiel. Parábola que no deja de presentar cierta dificultad. Por un lado –aparentemente– hay una acción mala y sin embargo, nuestro Señor alaba esa perspicacia del administrador desleal. A primera vista podríamos pensar que se trata de un robo, de una falsificación que hace el trabajador hipócrita al rebajar la cuenta y estaríamos muy mal parados porque sencillamente nuestro Señor no podría alabar algo que fuese en sí malo, con un ejemplo malo, de robo o de falsificación, como desgraciadamente algunos predicadores ligeramente se han aventurado a decir; y por eso el padre Castellani, eminente exegeta, esclarece estos puntos.

Y así otra cosa es que el mayordomo tenga facultad en nombre de su amo, para hacer y deshacer dentro de ciertos límites, como pasa con un administrador de amplias facultades, que se aprovecha abusando, estira un poco más la manga y así se beneficia. Era lo que hacía este mayordomo, que sin robar, sin falsificar, aprovechaba, como aquel que parte y reparte se queda con alguna parte. Pudo de esta manera condonar parcialmente su deuda, porque si no, no sería válida esa escritura, ese papel, si no hubiera tenido esa facultad. La cuestión está en que lo hizo no en beneficio de su amo, sino para el suyo propio, para granjearse la amistad cuando no tuviera ya aquel trabajo. Por eso alaba nuestro Señor la sagacidad de ese mayordomo infiel, en el sentido que acabo de decir, y lo pone de ejemplo para que los hijos de la luz seamos más perspicaces que los hijos de este mundo, los hijos de las tinieblas.

Vemos cómo nuestro Señor excluye la estulticia, que en lenguaje vulgar es la estupidez. Mucha gente cree que la religión nos vuelve tontos, imbéciles. ¡No señor! La religión nos dignifica, nos cultiva todas las potencias del alma, entre ellas la inteligencia, y tanto es así que hay un don de inteligencia, un don de sabiduría, un don de ciencia. Lejos entonces de la religión y de la Iglesia esa santa bobería, esa estupidez que no es característica de la sabiduría divina ni de la de la Iglesia, ni de la sabiduría de los santos.

Otra cosa es la mansedumbre, la bondad, la paciencia, pero un santo jamás será un tonto, un bobo o estúpido, un estulto. En eso quieren convertir la religión los enemigos, Satanás. El católico no es un castrado espiritual, que no ve, que no oye, ¡No señor! Tiene la luz de la fe y los dones del Espíritu Santo, para que combata al mal y sea más sagaz, más perspicaz que los hombres de este mundo en sus negocios. Y es una vergüenza que esto suceda. Pero nuestro Señor sabía que iba a pasar y por eso nos pone el ejemplo, para que no nos dejemos sacar ventajas.

¿Cómo es posible que el avaro piense y gaste más su tiempo contando las monedas de su negocio que nosotros, por lo menos lo mismo, en los negocios y en las cosas de Dios? Le pone mucho más amor el hombre de este mundo a sus negocios, en los que tiene puestas la fe y su esperanza, que el católico en Dios y en la Iglesia. Nuestro Señor nos advierte, para que tengamos, por lo menos, esa misma sagacidad e intuición, y así poder defender el patrimonio divino de la Iglesia y la fe contra los enemigos, contra todo aquello que ataca a la Iglesia. Lo vemos hoy de una manera más evidente; faltan esos hombres sagaces que defiendan a la santa madre Iglesia para no dejarnos aventajar por el enemigo que está muy bien organizado y muy bien guiado, porque hay una gran inteligencia en los misterios del mal, y esa gran inteligencia es la de Satanás, la de Lucifer, uno de los ángeles más poderosos y brillantes que había creado Dios, y que le dio la espalda por puro orgullo.

Y si la Iglesia y la santa religión están en situación tan calamitosa, no es tanto por la culpa del maligno, de los malos hombres de este mundo, sino por la culpa de aquellos que nos decimos católicos y que no tenemos esa inteligencia, esa agudeza para defendernos de los malos, para defendernos del mal. Es una actitud que claudica, es como el cuerpo que no tiene vigor para repeler el virus, la enfermedad, y toda enfermedad hace mella en el cuerpo que no es vigoroso; entonces, si el mal entra en la Iglesia es por la falta de fuerza de sus miembros, de ingenio, de inteligencia, de espíritu de combate, y éste ha sido viciado por el pecado del liberalismo; por eso San Ezequiel Moreno Díaz, patrono de este Priorato, hizo escribir en el sarcófago ese epitafio magnífico con letras grandes, para que quedara definido cuál era el problema: “El liberalismo es pecado”.

Y ese liberalismo es el que nos hace claudicar, no ver enemigos, no ver el mal que nos quita la energía de combatir como un organismo sano y nos hace tolerantes, pacifistas, para que así el virus encuentre facilidad en destruir el organismo; eso pasa en la Iglesia. Y todo aquel que de algún modo lo combate es automáticamente puesto en un rincón, desechado; por eso hoy abundan en la Iglesia esos obispos y cardenales tolerantes, pacíficos, sin espíritu de combate por la verdad y el amor a la santa Iglesia.

Entonces, no es de extrañar que estemos en esta situación, con la religión en flagrante decadencia; pero Dios permite todo eso para mostrar que aun así su Iglesia es divina, aunque sufra acrisolada, como el oro en el fuego, para que se purifique. Permite que haya esa angostura, esa estrechez que nos toca sufrir si somos fieles y perseverantes en nuestro Señor y en la santa Iglesia, en la Iglesia católica, apostólica y romana, aunque de Roma nos vengan hoy la herejía y el error por vía de autoridad.

Ese es el gran misterio de iniquidad anunciado mil y una veces por tantas profecías, por nuestra Señora en La Salette, en Fátima, en Siracusa, donde no hizo más que llorar, llorar y llorar. ¿Y cuándo una madre llora sin parar, sin decir palabra? Cuando ve el estado infeliz de sus queridos hijos; pues bien, ese estado triste fue el que Ella manifestó con un llanto incesante durante tres o cuatro largos días, en 1953, durante el pontificado del papa Pío XII. ¿Y qué no diría hoy cuando ya han pasado cincuenta años y la cosa es mucho más grave? Debemos por eso ser sagaces también en las cosas de Dios, como por lo menos lo son los hombres con los asuntos de este mundo. Esa es una parte de la moraleja de esta parábola que encontramos en el evangelio de hoy.

La otra parte es que ese dinero inicuo, no robado, no ha sido obtenido según la moral, porque yo puedo hacer que un objeto sea mío, pero de un modo moralmente aceptable. Cuánta gente hace dinero con trabajos que hacen daño, como lo puede hacer un farmacéutico vendiendo drogas abortivas, o como lo puede hacer una gran empresa haciendo películas malas; no está robando, pero sí está obteniendo un dinero, aunque propio, mal habido, dinero inicuo, de iniquidad. El dinero ganado con la prostitución, clásico ejemplo del dinero mal habido. Sin embargo, no es robado, le pertenece en justicia a la persona, por eso no debe reintegrarlo. ¿Qué hacer con ese dinero? Granjearme el favor de Dios haciendo limosna con él, porque si fuera dinero hurtado debería restituirlo en justicia a su legítimo dueño y si no lo puedo hacer para no delatarme, sí debo darlo de limosna a los pobres, pero eso es otra tema.

Lo que quiere decir nuestro Señor es que con todo ese dinero mal habido, si nos arrepentimos de haberlo obtenido de un modo inmoral y si hacemos limosna con él, nos ganamos el cielo. Qué esperanza se nos abre ante un mundo que no hace más que pensar en ganar dinero sin importar de qué manera. Y así, entonces, tenemos la segunda parte que nos ofrece nuestro Señor, para que con ese dinero mal habido, una vez arrepentidos, aunque nos pertenezca, se nos abran las puertas del cielo si lo empleamos bien dándolo al necesitado.

Esa es la enseñanza que nuestro Señor nos deja en este pasaje del evangelio de hoy, en esta parábola que nos ayuda a tener más confianza en Dios y a ser más generosos, sabiendo que ese altruismo será retribuido con la gloria del cielo.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que tengamos esas disposiciones de corazón, para poder ganarnos el cielo a pesar de los dineros mal habidos y que no nos dejemos aventajar por los hombres de este mundo, que no sean más sagaces en sus negocios que nosotros en defender nuestra santa religión y la santa madre Iglesia. +

P. BASILIO MERAMO
14 de julio de 2002

domingo, 17 de julio de 2016

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este Evangelio vemos llorar a Nuestro Señor, llora ante lo que Él veía que le ocurriría a la Ciudad Santa a Jerusalén, esa ciudad que Él tanto quería. Y nos puede asombrar el hecho de que un hombre llore, por que equivocadamente creemos que son únicamente las mujeres las que lloran, no quizá como las mujeres por fragilidad, por sentimentalismo, sino por una realidad dura y cruel. Realidad dura de lo que le iba a acontecer a Jerusalén, por no haber aceptado y reconocido al Mesías Prometido, por no haber visto la presencia de Dios para abrirle sus puertas y, ante ese pecado, ante esa dureza del pueblo judío, Nuestro Señor con la sentencia que Él tenía y el don de ver tanto lo pasado como lo futuro, vio esa destrucción de la Ciudad como castigo a la incredulidad del pueblo judío; La ciudad Santa, ahí donde había el pueblo verdadero, único templo donde se adoraba verdaderamente a Dios en toda la tierra.

Por eso llora Nuestro Señor, con ese dolor, ese llanto de misericordia, de conmiseración por lo que luego aconteció con Vespaciano y Tito que destruyeron completamente la ciudad; del templo no quedó piedra sobre piedra y lo que queda del muro de las lamentaciones es la hondonada, como cuando alguien construye el borde de un precipicio y hace en ese borde un muro de contención, pero sobre la explanada no queda ni quedo piedra sobre piedra. Cumpliéndose literalmente lo anunciado por Nuestro Señor como castigo por no haber reconocido al Mesías, por eso lloró Nuestro Señor.

No podemos imaginar a las mujeres que se comieron a sus hijos para poder sobrevivir cuando Jerusalén fue sitiada por los romanos para obligarlos a rendirse o a morir, durante meses en los cuales se agotaba el alimento, como se lee en la historia de Flavio Josefo. Eso nos da una idea del horror de la situación como justo castigo por no haber reconocido a Nuestro Señor y eso le arrancó lágrimas de dolor, de conmiserción, de compasión ante esa dureza que caracteriza al pueblo elegido, los judíos, pueblo de dura cerviz.

El otro razgo que también nos puede sorprender es la actitud de Nuestro Señor cando entra al templo y con un látigo, a fuete limpio, sacuda a esas alimañas, los ladrones que profanaban su templo convirtiéndolo en cueva de ladrones en lugar de ser una casa de oración. Esto que Nuestro Señor hace al comenzar y al finalizar su vida publica, esta es la segunda expulsión que nos relata San Lucas y San Juan, nos relata poco después de las bodas de Caná antes de iniciase la vida pública de Nuestro Señor. No tengamos un imagen muy pueril de Nuestro Señor, muy boba, muy de mejillas coloradas, ojos azules y cara de niño bonito, No; Nuestro Señor es la virilidad; Esas imágenes medio afeminadas no son la expresión de la virtud, de la virilidad de la hombría de Nuestro Señor, por eso no nos debe sorprender ese gesto como de gladiador, de domador de leones con un látigo sacando a fuete del templo a esos personajes que se valían del templo para hacer negocios corrompiendo el lugar Santo.

No tengo nada en contra del arte, pero este debe expresar la realidad y desgraciadamente a los Santos los pintan muy mujeriles y afeminados, ellos no son señoritas de salón. San Juan el Bautista no era una caña que llevaba el viento, para mostrarnos que era gente aguerrida, firme, viril y aun las mismas mujeres la virilidad de Santa Teresa o de una Santa Teresita que jamás se apoyó al respaldo de una silla por hacer mortificación; No nos dejemos engañar con esas imágenes todas coloreteadas que no expresan verdaderamente eso que los santos internaron y que desgraciadamente muchas veces, hasta los curas quieren imitar para parecer buenos, hablando suave como si fuesen niñas de quince años y de pura apariencia. Por eso no nos debe asombrar el gesto incluso violento de Nuestro Señor llorando, pero también por otro lado dando fuete; este es el celo que Él tiene por las cosas de Dios

¡Qué no haría hoy! Nos sacaría a todos zumbando a latigazos por lo mal que anda el clero en la Iglesia, y los fieles que son los menos culpables por que siguen el mal ejemplo que dan los sacerdotes, los monjes, los prelados, la jerarquía; Todo se deteriora, todo se corrompe, se convierten los templos en Museos (En Europa se pueden ver los grandes templos convertidos en museos donde incluso ay que pagar para entrar a ver la parte donde están los tesoros, es decir, donde esta las cosas pertenecientes al culto debido a Dios (Nota del editor del libro))

Dios destronado del altar para colocarlo en un rincón, son todas cosas que muestran el grado de deterioro que padece actualmente la religión y no nos damos cuenta.

Esa es la razón de nuestra existencia. Mantener la Pureza de la fe, de la religión, de la Iglesia, de la santidad, y que la Iglesia no se nos convierta en una cueva de ladrones, en un lugar de comercio,sino que sea un lugar santo, la casa de Dios, donde se reactualiza el Santo Sacrificio de la Misa, no una cena, una ágape, no la conmemoración de la pascua, SINO LA RENOVACION INCRUENTA DEL SACRIFICIO DE NUESTRO SEÑOR EN EL CALVARIO PRODUCIDO SACRAMENTALMENTE SOBRE EL ALTAR; y a eso comulgamos no un pedazo de pan, no a una galleta, sino AL CUERPO Y LA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PRESENTES BAJO LA APARIENCIA DEL PAN Y DEL VINO, al cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor junto con su Alma y Divinidad.

Por lo mismo, no se puede comulgar de cualquier forma ni tampoco se lo recibe de cualquier modo, como quien reparte pan sino con un acto de adoración, de rodillas, en la boca, en estado de gracia, con el ayuno debido, ; y que recuerdo el ayuno, lo ha repetido Monseñor Lefebvre, debe ser de tres horas y no de una, por respeto a Nuestro Señor; esa es la norma que nos debe regir. Otra cosa es que por una hora; nadie, después de haber comido, ha hecho la digestión en una hora, entonces va a recibir de postre a Nuestro Señor. Hasta donde llegan la profanación y la desacralización, la pérdida del sentido de lo sagrado que que hasta los paganos tenían; peor que pagano esta el mundo hoy, no hay sentido ni sentimiento de lo sagrado, de lo sacro, de lo Divino, todo es el hombre.

¡Maldito y condenado hombre que te vas a pudrir en el infierno! "Humanidad condenada", decía San Agustín. Esa es nuestra condición ; Si Nuestro Señor no hubiera muerto en la cruz estaríamos irremisiblemente y eternamente condenados en el infierno, no lo olvidemos y veamos esa misericordia, ese amor, esa caridad.

Pero no olvidemos, no nos creamos más de lo que somos; delante de Dios somos nada, la criatura es nada delante de Dios; no tenemos ningún derecho delante de Dios y Él tiene todos los derechos. Entonces dejémonos de estupideces con Dios, de proclamar nuestra dignidad, nuestra libertad, debemos proclamar nuestro estado de criaturas, de siervos inútiles delante de la Divina Majestad; esa es la humildad y dejemos de ser pavo reales, pura pluma en la cola y pavoneando estúpidamente mientras el tiempo transcurre y no lo aprovechamos para la eternidad. Así como Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén, ha llorado Nuestra Señora en Siracusa; No ha hecho más que llorar viendo el estado de la humanidad y de la Iglesia y no hoy sino desde hace cincuenta años. De Nuestra Señora de Siracusa, en Sicilia, poco se habla, pero esa fue la realidad, durante tres o cuatro días lloró ininterrumpidamente verdaderas lágrimas, analizadas, reconocido por el obispo del lugar y el Papa Pio XII.

No hagamos llorar más a Nuestra Señora, no obliguemos a Nuestro Señor a sacarnos a fuetazos. Eso sería lo menos que hiciera, porque en aquel templo todavía no estaba su presencia real como lo debería estar en los templos católicos, en las iglesias Católicas donde está la presencia real, el verdadero culto que es el que los modernistas han destruido con la nueva misa. Por eso la nueva misa no se define, no se considera, no se reputa como un sacrificio, sino como una syntaxis, como una cena, como un ágape, como un recuerdo, no ya de la pasión sino de la pascua y aleluya. "No todo el que dice ¡Señor, Señor, Aleluya!" Aleluya quiere decir alabado sea Dios. Pero "no todo el que dice ¡Señor, Señor entrará en los cielos!", no todo el que dice "aleluya" entrará en los cielos.

Supliquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María,que conservemos por lo menos nosotros la fe, la religión, el verdadero culto; que no perdamos el sentido de lo sacro, de la divinidad de Dios y de la miseria y la indigencia que nos caracteriza a nosotros como seres humanos y como criaturas. Para que asi, en esa verdadera humildad, podamos invocar santamente el nombre de Dios, salvarnos y salvar a los demás, ayudándolos a que salven sus almas con la gracia de Dios. Pidamos todas estas cosas a Nuestra Señora y que comprendamos, manteniéndonos firmes en la Tradición de la Iglesia, que no es facultativa; no se viene a esta capilla por que sea bonita o fea, sino por que se viene a adorar a Dios, a Nuestro Señor, no de cualquier manera. Venimos a pedierle a Él esa ayuda, para así santificarnos y que nos salvemos en la hora de nuestra muerte.+

BASILIO MÉRAMO PBRO.
5 de Agosto de 2001.