San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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lunes, 29 de junio de 2026

FIESTA DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

    


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Hoy conmemoramos la fiesta de San Pedro y San Pablo. El martirio de San Pedro y de San Pablo en Roma el mismo día. ¡Qué pérdida tan grande para la Iglesia!

Perder a San Pedro, el primer Papa, sobre quien nuestro Señor funda la Iglesia, no por la persona privada de Pedro que era Simón hijo de Jonás Barjona sino por Petrus, cambiándole el nombre como piedra fundamental de ella, por haber confesado la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Es por esta confesión que Pedro es piedra y fundamento de la Iglesia; de ahí la necesidad de la confesión, de él no solamente como sumo pontífice con poder de atar y desatar en la tierra, sino también de todos nosotros como hijos de la Iglesia, la profesión de la fe. Y de fe sobrenatural, porque la misma profesión materialmente también la hizo Natanael, exacta, idénticamente y sin embargo, no fue sobre él sino sobre Pedro. ¿Por qué? Porque Natanael lo hizo como una deducción de orden natural, como hijo adoptivo de Dios, pero no como el hijo de Dios, pues la confesión materialmente fue la misma. La una era por revelación de Dios, por vía divina, que fue la de Pedro, “eso no te lo ha revelado hombre ni carne alguna, sino mi Padre que está en los cielos”. Mientras que a Natanael se lo reveló su propio ingenio, su propia deducción, naturalmente, no sobrenaturalmente, lo cual nos muestra que aun con la misma o parecidas fórmulas, si no es por el medio sobrenatural de la fe, no tiene el mismo valor.

En el mismo día, San Pedro, cabeza de la Iglesia, fundamento de la Iglesia, muere. Sí, muere el primer Papa, y el gran apóstol de los gentiles, que no era uno de los doce. En realidad apóstoles hubo trece, no doce, de los cuales uno fue un traidor y San Pablo, que fue el último, se convirtió, por así decirlo, en el primero, el primer apóstol de los gentiles, de las naciones, el gran perseguidor convertido en gran predicador. Y estas dos eminencias de la Iglesia naciente sucumben, mueren dando testimonio de nuestro Señor el mismo día. Cuánta consternación no habría en la Iglesia, en la misma Roma, en los fieles, al ver que estos dos pilares morían el mismo día, y sin embargo, ellos sabían que “... las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”. ¿Qué quiere decir eso? Que a pesar de las persecuciones, por atroces, crueles y sangrientas que sean, siempre quedará al fin y al cabo, vencedora la Iglesia. Y es por eso que la fe de aquellos fieles crecía en esa hora de prueba, del martirio de estos dos egregios personajes cuya fiesta celebramos hoy. San Pedro fue sepultado en la Colina Vaticana cerca del circo de Nerón y San Pablo fue sepultado cerca de donde fue decapitado en la vía Ostiense y el lugar es justamente donde se encuentra la Iglesia dedicada al apóstol. 

En este mismo día tradicionalmente se llevan a cabo las ordenaciones sacerdotales en Ecône, en el seminario de Suiza. Digo normalmente porque algunas veces si cae domingo, por razones de apostolado, se adelanta para poder permitir que todos los fieles puedan asistir juntos con los sacerdotes a esas ordenaciones. Hoy hubo ordenaciones en Ecône, con lo cual también debemos tenerlo presente para unirnos de todo corazón, ya que es la misma Fraternidad. Estar unidos en el mismo espíritu y en la misma fe que defendemos, la misma fe por la que murieron San Pedro y San Pablo. Los ornamentos rojos significan la sangre derramada de los mártires, que son los testigos de nuestro Señor Jesucristo en la fe y que por Él mueren dando testimonio.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a guardar ese testimonio de la fe y que podamos perseverar en la fe de la Iglesia, en esa fe de San Pedro, en esa fe de San Pablo, esa fe que está siendo adulterada, tergiversada, diluida como hoy se diluye todo, incluso la fe, se cambia todo. Los productos hoy día sufren una transformación en su sustancia y todo es “light”; lo mismo acontece con la fe, se la adultera en su sustancia convirtiéndola en una religión “light”. Eso no puede ser; de ahí la necesidad de recordar los principios, el fundamento, no olvidar que la Iglesia se fundamenta sobre la fe y los sacramentos, que son la base, el sostén y de allí la confesión de Pedro, por la que es elegido y se convierte en el primer Papa. Y todos los Papas que le sucedieron en su gran mayoría fueron mártires en la Iglesia primitiva y todos santos sin interrupción hasta la condena de San Atanasio por Liberio. Este fue el primer Papa no santo por condenar injustamente al gran paladín de la fe, paladín del concilio de Nicea, que nos dejó en el Credo o símbolo Atanasiano lo esencial de la fe, que debemos recordar y tener presente para no sucumbir hoy ante el ecumenismo que destruye y socava nuestra fe, la fe de la Iglesia Católica, por la cual murieron San Pedro y San Pablo y todos los mártires que hoy están en el cielo.

Y quién sabe si nos corresponda también a nosotros morir por lo mismo, si así Dios lo quiere, porque se avecinan tiempos cada vez más difíciles, tiempos eminentemente apocalípticos, de eso no hay duda. Quien dude de esto, está verdaderamente fuera del contexto histórico y religioso de la historia de la Iglesia y de los acontecimientos profetizados por las Sagradas Escrituras, por Dios mismo. Pidamos pues a nuestra Señora que nos fortifique, que nos mantenga unidos en la misma y única profesión de fe, la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que este sea el propósito, que ese sea el ejemplo que nos den los mártires en esta fiesta de San Pedro y San Pablo, dos pilares de la Iglesia primitiva que han derramado su sangre por proclamar su fe. + 

P.BASILIO MERAMO
   
29 de junio de 2001

domingo, 28 de junio de 2026

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El Evangelio de hoy nos muestra el reproche que hace nuestro Señor a los escribas y fariseos, impugnadores y enemigos. Nos dice a los presentes que si nuestra justicia no es más acabada que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos. Reproche que nos atañe a cada uno de nosotros si queremos entrar al reino de los cielos. Que nuestra justicia no sea mera apariencia de moral, de virtud, de santidad, de perfección, como la que tenían los fariseos; la justicia resume la santidad, la perfección. El hombre justo es, por antonomasia, santo.

Nuestro Señor nos incita a no ser como la orgullosa elite de los fariseos del pueblo elegido que se creía santa y perfecta cuando en realidad era todo lo contrario, solamente apariencia, follaje, exteriorización de virtud, de santidad, de justicia, de perfección. Eso no lo quiere nuestro Señor. Dios quiere la sinceridad de corazón frente a Dios y a los hombres; que no seamos hipócritas, de doble faz, que no guardemos una apariencia de virtud cuando en el fondo nuestra alma está corrompida. Esa es la recriminación de nuestro Señor a los escribas pero que también nos cae a nosotros.

Dios sabe si toda esta crisis la ha permitido por causa de esa falsa apariencia y falta de virtud pero disimulada en el exterior; por eso consiente el flagelo de todos los errores que ahora vemos; puede ser un justo castigo por la exteriorización de la religión católica quedando en mera apariencia pero desvirtuada de su verdadero contenido religioso. Hasta el rigor con el cual muchos fueron criados o educados, pero ahora se ve todo lo contrario, de un extremo se pasó al otro. La virtud es un equilibrio entre dos extremos y por encima, como la cima de una montaña a cuyos lados puede haber grandes abismos, y es claro que desde la cúspide sería peor la caída si se perdiese el equilibrio.

No debe sorprendernos lo que pasa en el mundo y la Iglesia vaciada de su contenido si no obramos bien como lo dice San Pedro en su epístola: huir del mal y hacer el bien; no devolver maldición por maldición sino  bendecir; no maldecir aunque nos maldigan. En eso también consiste la virtud y la santidad cristiana, católica, y no en ser un baúl lleno de rencor, odio y venganza; todo eso se traduce y genera violencia física que es la manifestación de la furia interior, del encono y recelo llevados en el corazón. Y nuestro Señor lo advierte. No presentar el sacrificio y mucho menos comulgar si tenemos algo contra uno de nuestros hermanos, primero reconciliarnos y después ofrecer el sacrificio, ese es el ejemplo que debemos dar.

De qué sirve ir a Misa y comulgar si me peleo con el vecino, lo detesto y lo odio, o con cualquier familiar o conocido. No sirve de absolutamente nada, por eso quizás la ineficacia de tantas Misas mal oídas y comuniones mal hechas. A todo eso se refiere nuestro Señor en el Evangelio, para que verdaderamente vivamos el espíritu católico y cristiano, la verdadera virtud, no la de sepulcros blanqueados por fuera y con la podredumbre del alma y del corazón por dentro. A la virtud y no a la apariencia de religiosidad que podamos tener o que hubo antaño, no solamente en Colombia sino en el mundo, adorando a Dios con la boca y no con el corazón. Es, entonces, una invitación a obrar realmente una interiorización, a un balance económico del alma delante de Dios; que recapacitemos para que nuestra alma sea cristiana, no infiel, para que tengamos un corazón cristiano. Un corazón que no sabe perdonar y que guarda rencor es pagano, no cristiano. Que el corazón no esté imbuido de paganismo al no obrar en consecuencia con lo que nuestro Señor nos pide, con lo que nos pide San Pedro en su epístola para ser un poco mejores y salvar nuestra alma y la de otros dando buen ejemplo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a reflexionar todo esto como Ella las conservaba y meditaba en su corazón, para que a imagen de Ella nos santifiquemos y correspondamos cada vez más al amor de nuestro Señor. +


P.BASILIO MERAMO
23 de junio de 2002 

domingo, 21 de junio de 2026

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

    


Amados hermanos en Nuestro Señor JesuCristo:

El evangelio de hoy nos relata la primera pesca milagrosa. Nuestro Señor realiza este milagro en dos ocasiones como la multiplicación de los panes; cada uno de ellos tiene su propio significado; por esta razón es doble. En la primera pesca milagrosa, que hoy vemos, nos muestra la iglesia militante, mientras que la segunda pesca milagrosa, que relata San Juan, se refiere a la iglesia triunfante. Nuestro Señor le dice a San Pedro que tire la red hacia la derecha que significa los elegidos, y no se rompen las redes, Él está en la orilla y no en la barca con ellos. En la primera pesca la barca parece zozobrar, sucumbir por el peso de la cantidad de peses.

En esta primera pesca milagrosa Nuestro Señor confía esa misión a los apóstoles que le siguen, dejando, abandonándolo todo, familia, hijos, mujer, no tener más trato con las cosas familiares y de este mundo. La generosidad de los apóstoles y que tendrían que observar también todos aquellos que tienen un ministerio en el nombre de la Iglesia y de Nuestro Señor JesuCristo, y esa capacidad de abandonarlo y dejarlo todo, por lícito bueno que sea. Porque no es como cree el mundo que quien entra en religión, hombre o mujer, es debido a una desilusión o amargura; todo lo contrario, es dejar lo bueno por algo que es mucho mejor que es DIOS Nuestro Señor, y si hay gente que ha entrado a un convento, en religión, o lo que fuere por una desventura, tendría que ser no por eso en sí, sino porque eso mismo le haya hecho ver lo poco que vale el mundo, y si lo hiciera para huir de esa amargura, mal haría, porque no deja el mundo en lo que pueda tener de bueno y lícito para buscar a Dios, sino que busca consolar su pena y eso sería falta de vocación.

Nuestro Señor muestra la generosidad de los apóstoles, la humildad de ellos que no eran ni príncipes ni reyes, que bien los hubiera podido elegir, eran hombre humildes, de pueblo, gente sencilla que vive a la buena de DIOS. Que más que vivir a la buena de DIOS. Y elije a sus discípulos dentro de los pescadores por que así lo que ellos hicieran no sería atribuido a la grandeza que pudiesen haber en esos hombres sino a la palabra y asistencia de DIOS.

Por la palabra Nuestro Señor, Simón Pedro obedece y echa las redes después de haber pasado toda la noche, sin pescar absolutamente nada, para mostrar que es por la palabra de DIOS, por la palabra de Nuestro Señor que se pescan los hombres y no por otra cosa. Esa es la importancia de mantener fielmente la palabra de DIOS para la Evangelización, sin que se adultere, distorsione y cambie con el fin de acomodarse al mundo suavizando de algún modo, cuando no cambiando totalmente el significado y, por tanto, el contenido de la Palabra Divina. Y ese es el problema actual, cuando se adultera la palabra de DIOS, el evangelio, tan sutilmente que es difícil darse cuenta sin tener una preparación filosófica y teológica correctas. Peligro que corren los fieles por este cambio de la palabra divina, por querer estar en conformidad con el mundo, con el pensamiento, y con las costumbres de hoy, opuestas a la Iglesia.

Es una lucha descomunal y desproporcionada con un mundo alejado de DIOS y que acepta a un DIOS rebajado a la altura del hombre, no es el hombre quien quiere ascender a DIOS en sus brazos para llegar a Él, sino que quiere un dios rebajado a su capricho, a su modo de pensar y de ser, creando una religión mundana. Esto es desdichadamente el acontecer de las iglesias de parroquias con las predicaciones; ofrecer la religión católica no con lo sublime excelso que ya tiene por su carácter Divino sino de humano y rebajado, proponiendo una moral laxa corrupta, donde prácticamente ya no hay pecado, y si esto es mentira, entonces como se explica que la pornografía sea moneda corriente en los medios de comunicación, y por que la degradación del pudor reflejado en la moda de la mujer y que nadie dice nada por ser la moda, lo que se impone, y loco aquel que se oponga. Estos hechos palpables demuestran que hoy queremos una religión y una moral que satisfaga nuestros caprichos y deseos que no son los más puros; eso explica que pulule la impureza por doquier. Aquellos que quieren presentar una moral como la exige DIOS no tiene eco, no se les escucha, se prefiere lo otro.

Es exactamente lo que acontece hoy; y las personas que asisten a esta capilla deben comprender que esta no es una capilla común y corriente. Se exige el respeto a DIOS debido, que está en el sagrario y en el centro del altar, no sobre una mesa donde se celebra una cena, sino un altar donde se sacrifica, se inmola a Nuestro Señor como se inmoló en la Cruz pero realizado de un modo Sacramental e Incruento; donde se trata de adorar a DIOS en espíritu y verdad, manteniendo así la fe católica, apostólica y romana, y no una fe que se dice católica sin serlo, como en las otras capillas e iglesias.

Esa es la importancia de guardar el testimonio de la palabra, de la buena nueva, del Evangelio, que haya apóstoles generosos que lo dejen todo para predicar la palabra de DIOS y en el nombre de DIOS salvar las almas que están en el mundo como están los peces en el mar; así en el nombre de DIOS lograr su salvación. Esa es la misión de la Iglesia y la importancia de que la Iglesia guarde la verdad, guardar la verdad que la hace ser el cuerpo místico de Nuestro Señor JesuCristo.

Pidamos a la Santísima Virgen María meditar estas cosas para no ser católicos a medias, mundanos, sino de verdad tratar de reformarnos para no dejarnos llevar por el mundo que cada vez nos quiere absorber y en esa medida volvernos menos católicos y menos de DIOS. Imploremos a Ella que nos ayude a ser fieles testigos de DIOS y fieles transmisores de la palabra de Nuestro Señor JesuCristo para la salvación de las almas+

P. Basilio Méramo

16 de junio del 2002 

domingo, 26 de abril de 2026

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este tercer domingo después de Pascua, ya pasó la época de la comunión Pascual que la Iglesia nos pide; sin embargo, aquellos que no la hayan hecho por cualquier circunstancia, con culpa o sin ella, la pueden hacer cuanto antes, con la confesión que pide la Iglesia sin fijar la fecha, por lo menos una vez al año, como para decir que somos católicos; entonces no nos olvidemos del precepto de la comunión pascual.

Vemos la incógnita ante las palabras de nuestro Señor Jesucristo; no olvidemos que los apóstoles estaban tristes, acongojados, nerviosos, atribulados por todos los eventos que se sucedían y que nuestro Señor también les había indicado: su Pasión, su muerte y la persecución. Los apóstoles estaban apesadumbrados y nuestro Señor les quiere dar ánimo, por eso les dice: “Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver”. Este poco tiempo que “no me veréis” y que “me volveréis a ver”, los Padres y los Santos de la Iglesia lo han interpretado de diversos modos. Para mí no cabe sino un solo modo y es el que le dio el gran San Agustín, que muchas veces se da el lujo de interpretar en forma distinta a todos los otros Padres, y es tal su ingenio y su genio que santo Tomás lo pone en la balanza al mismo nivel, como si la sola opinión de San Agustín equivaliese a la de todos los otros por esa perspicacia y profundidad sobrenatural.

Lo que sucede es que a veces un sentido no excluye otro. Y puede ser el caso el de este poco de tiempo que los Padres de la Iglesia dicen que se refiere a los tres días que estaría en el sepulcro, que no lo verían durante ese tiempo hasta que resucitara durante los cuarenta días. Pero San Agustín dice que se refiere al lapso que va después de la Ascensión a su segunda venida cuando venga en gloria y majestad. Y en realidad, si lo miramos así, es la única interpretación, aunque no excluya la otra. Pero podremos decir que es una explicación suprema, porque si analizamos el contexto, lo dice muy claro, “porque me voy al Padre”; y ¿cuándo nuestro Señor va al Padre? Después de la Ascensión. Luego el tiempo que Él considera “poco”, es toda esta historia de la Iglesia y de la humanidad, desde la Ascensión hasta la Parusía.

Vemos entonces cómo la apreciación de este pasaje del evangelio es eminentemente apocalíptico, no lo olvidemos, no me cansaré de decirlo; porque esa fase de los novísimos, de las postrimerías no hay que ignorarla, sobre todo hoy más que nunca cuando nos encontramos en una situación verdaderamente angustiosa que evoca el fin de los tiempos, y que no hay que confundir con el fin del mundo; porque en el ínterin entre el fin de los tiempos y el del mundo está el reino de nuestro Señor Jesucristo sobre esta tierra, para juzgar no solamente a los muertos sino también a los vivos.

Todo lo que sucede es a veces de difícil explicación, como la primera resurrección y la segunda, que tan mal traída está por la exégesis contemporánea, deudora de muchos errores que se han repetido. Sabios como los padres Castellani, Eusebio de Pesquera, Rovira o Alcañiz, han tratado de corregir ese error infructuosamente, porque también, desafortunadamente, hay que decirlo, en la predicación, en la exégesis y en la teología se introducen en la Iglesia modas, corrientes que se imponen y si no se tiene y no se agudizan la inteligencia y luz sobrenatural, se repite y se copian esos mismos errores. Yerros que les valieron a los judíos no distinguir la primera venida de la segunda. Por eso crucificaron a nuestro Señor, porque no fue el rey que ellos esperaban. Y si a ellos les fue así por ese error de moda, político o lo que fuera. Quién sabe si no nos está yendo tan mal a causa de eso, por una mala concepción del reino de nuestro Señor Jesucristo sobre esta tierra, sobre vivos, y digo esto de paso pero dada su importancia, para que nos demos cuenta.

No hay que confundir el fin de los tiempos con el fin del mundo. Porque todo lo anunciado apocalípticamente está para el fin de los tiempos, la gran crisis, la gran apostasía, la gran hecatombe dentro de la Iglesia zarandeada, sacudida por Satanás, las horas de las tinieblas. ¡Ay de nosotros si nos equivocamos y no lo vemos!, ¿cómo nos defenderemos? Hay que estar alertas, vigilantes y con verdadero espíritu de fe pedir esa inteligencia de los misterios de Dios.

San Agustín dice, entonces, que todo ese tiempo desde la Ascensión de nuestro Señor hasta su segunda venida, es cuando que no le verán, pero que será poco, porque cuando ya venga todo el tiempo que antes nos habría parecido largo, parecerá entonces corto. Como siempre pasa aquí con lo de este mundo, con grandes inconvenientes esperando un evento, y cuando se da, todo lo que se sufrió, se pasó y lo que se esperó, parece que no existiera; pues algo parecido y mucho más será cuando aparezca nuestro Señor. Esa es la gran esperanza y la necesidad de que nos encuentre santos y no carnales, con los deseos de la carne, que como dice San Pedro en la epístola de este día, “combaten contra el alma”, contra el espíritu.

Y sabrá el diablo si el mundo de hoy no es carnal, cuando todo es pornografía, desnudez de la moda en las mujeres, esa desvergüenza, ya no hay pudor ninguno, más les valdría salir en cueros para que por lo menos tuvieran frío o para que se asen con el sol, a ver si aguantan. Por eso no podemos ser ingenuos, ni católicos tontos, ni bobos, no dejarnos engañar por un mundo satánicamente carnalizado; él sabe que llevamos la concupiscencia en la carne, en las venas, en la sangre y que tenemos que luchar contra las pasiones con látigo, rejo y martillo y hacha y machete, pero hay que hacerlo. No se pueden vencer las tentaciones sino con oración, sacrificio y penitencia, para tener medio domado al animal que llevamos dentro, que surge cada vez que la razón específica formal del hombre se obnubila.

De allí la definición del hombre, animal racional, y cada vez que esa razón se aminora, sale el animal, que es él quien mata, odia, fornica, se degenera. Ese es el peligro del alcohol, ¿por qué creen que emborracharse es pecado mortal? Porque quita la razón, y ¿qué emerge?, el bruto; por eso debemos tener cuidado de nosotros mismos. Si a todo esto le agregamos el mundo y el demonio, ¿dónde vamos a parar?

Por eso estamos como estamos. Queremos una religión light, fácil, donde no haya pecado, donde no haya mal sino lo que a mí me parezca, lo que a mí me plazca. No usemos la libertad como dice San Pedro, “a manera de velo”, sino que la utilicemos como hijos de Dios; y hoy ¿qué se hace de la libertad? Se convirtió en libertinaje. Contrario a lo que dice nuestro Señor. Porque el libre albedrío basado en la verdad es lo que nos hace hijos de Dios y seres realmente libres. Debe ser una libertad en la verdad y no en el pecado, no en el error como hoy se quiere y como San Pedro lo señala en su epístola; no es un escudo la libertad para hacer lo que el hombre quiere según sus apetitos animales, sino los espirituales, según los de Dios; no olvidemos que lo que tenemos los hombres en común con los animales es el procrear, el comer y el dormir.

Así que ¿dónde está la libertad del hombre? Es una libertad pecaminosa, no de animal, porque es lo que tenemos en común. Por eso entonces hay que sobrenaturalizarlo para no quedar en la pura animalidad sino que venga a lo que es superior, a lo que es del alma, a lo que es del espíritu, a lo que es de Dios y así podamos usar bien ella y no como un escudo que nos permita hacer lo que queramos, que es lo que hace hoy la juventud, el hombre y la mujer modernos, “hacer lo que se me dé la gana, no estoy sujeto a nada ni a nadie, ni a Dios, porque elijo la religión que quiero, el culto que más me convenga”. Libertad religiosa,  ¡maldita, herética y apóstata! Es una verdadera apostasía. 

Por eso en el evangelio de hoy, toda esta vida aquí en la tierra hasta la segunda venida de nuestro Señor, es comparada a un parto, como nos muestra San Agustín hablando de ese poco de tiempo “en que no me veréis y otro poco me volveréis a ver”. Toda la vida histórica de la Iglesia está comparada a un parto, a un dolor, pero que después desaparece. Quiere decir que nuestra vida espiritual, la conversión de los infieles, la vida sobrenatural privada y la pública, de cada uno, es como dolores de un alumbramiento, pero que ese malestar después se convierte en alegría, en gozo, por haber dado un hombre al mundo. Así da la Iglesia hombres para el cielo, esa es su misión, la de sufrir y la de parir cristianos para Dios y que ese penar, ese sacrifico, esa tristeza, se conviertan en alegría.

Pero hacia el fin de los tiempos esos tormentos se acrecientan; cuando la hora de dar a luz se acerca es cuando más terrible y de aflicción es el momento; lo mismo lo será para la Iglesia. No debemos entonces desesperarnos. Esa es la importancia de la interpretación de San Agustín sobre las congojas de la vida en general, de la Iglesia y sobre todo al fin de los tiempos antes de la segunda venida de nuestro Señor. De ahí ese estrechamiento de la Iglesia, ese repliegue que lo vemos en la medición del templo en el Apocalipsis, reducida a un pequeño rebaño fiel, porque: “no todo el que dice ¡Señor, Señor!” es de Dios.

Desgraciadamente no todo el que hoy se dice católico lo es, puesto que yo no puedo ser católico y modernista al mismo tiempo, estar en ruptura con la Tradición de la Iglesia, perseguirla, eso es una contradicción, pero es parte de los dolores de parto de los cuales hoy nos habla el evangelio. Por ello hay que sufrir con gozo, para así poder resistir, y con verdadera fe seguir permaneciendo fieles a nuestro Señor, para que cuando Él venga, nos encuentre vigilantes y esperándolo y no dormidos.

Ese es el mensaje del evangelio de hoy si bien miramos, si bien lo interpretamos y vemos la esperanza que encierra y eso debe entonces reconfortarnos, fortificarnos para que podamos seguir adelante en medio de un mundo carnal, de un mundo que en definitiva odia a Dios y se opone a la su obra.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos ayude para que seamos fieles y así nuestro Señor nos encuentre dignos de ser suyos. +

P. BASILIO MERAMO
    
11 de mayo de 2003

domingo, 13 de julio de 2025

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El Evangelio de hoy nos muestra el reproche que hace nuestro Señor a los escribas y fariseos, impugnadores y enemigos. Nos dice a los presentes que si nuestra justicia no es más acabada que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos. Reproche que nos atañe a cada uno de nosotros si queremos entrar al reino de los cielos. Que nuestra justicia no sea mera apariencia de moral, de virtud, de santidad, de perfección, como la que tenían los fariseos; la justicia resume la santidad, la perfección. El hombre justo es, por antonomasia, santo.

Nuestro Señor nos incita a no ser como la orgullosa elite de los fariseos del pueblo elegido que se creía santa y perfecta cuando en realidad era todo lo contrario, solamente apariencia, follaje, exteriorización de virtud, de santidad, de justicia, de perfección. Eso no lo quiere nuestro Señor. Dios quiere la sinceridad de corazón frente a Dios y a los hombres; que no seamos hipócritas, de doble faz, que no guardemos una apariencia de virtud cuando en el fondo nuestra alma está corrompida. Esa es la recriminación de nuestro Señor a los escribas pero que también nos cae a nosotros.

Dios sabe si toda esta crisis la ha permitido por causa de esa falsa apariencia y falta de virtud pero disimulada en el exterior; por eso consiente el flagelo de todos los errores que ahora vemos; puede ser un justo castigo por la exteriorización de la religión católica quedando en mera apariencia pero desvirtuada de su verdadero contenido religioso. Hasta el rigor con el cual muchos fueron criados o educados, pero ahora se ve todo lo contrario, de un extremo se pasó al otro. La virtud es un equilibrio entre dos extremos y por encima, como la cima de una montaña a cuyos lados puede haber grandes abismos, y es claro que desde la cúspide sería peor la caída si se perdiese el equilibrio.

No debe sorprendernos lo que pasa en el mundo y la Iglesia vaciada de su contenido si no obramos bien como lo dice San Pedro en su epístola: huir del mal y hacer el bien; no devolver maldición por maldición sino  bendecir; no maldecir aunque nos maldigan. En eso también consiste la virtud y la santidad cristiana, católica, y no en ser un baúl lleno de rencor, odio y venganza; todo eso se traduce y genera violencia física que es la manifestación de la furia interior, del encono y recelo llevados en el corazón. Y nuestro Señor lo advierte. No presentar el sacrificio y mucho menos comulgar si tenemos algo contra uno de nuestros hermanos, primero reconciliarnos y después ofrecer el sacrificio, ese es el ejemplo que debemos dar.

De qué sirve ir a Misa y comulgar si me peleo con el vecino, lo detesto y lo odio, o con cualquier familiar o conocido. No sirve de absolutamente nada, por eso quizás la ineficacia de tantas Misas mal oídas y comuniones mal hechas. A todo eso se refiere nuestro Señor en el Evangelio, para que verdaderamente vivamos el espíritu católico y cristiano, la verdadera virtud, no la de sepulcros blanqueados por fuera y con la podredumbre del alma y del corazón por dentro. A la virtud y no a la apariencia de religiosidad que podamos tener o que hubo antaño, no solamente en Colombia sino en el mundo, adorando a Dios con la boca y no con el corazón. Es, entonces, una invitación a obrar realmente una interiorización, a un balance económico del alma delante de Dios; que recapacitemos para que nuestra alma sea cristiana, no infiel, para que tengamos un corazón cristiano. Un corazón que no sabe perdonar y que guarda rencor es pagano, no cristiano. Que el corazón no esté imbuido de paganismo al no obrar en consecuencia con lo que nuestro Señor nos pide, con lo que nos pide San Pedro en su epístola para ser un poco mejores y salvar nuestra alma y la de otros dando buen ejemplo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a reflexionar todo esto como Ella las conservaba y meditaba en su corazón, para que a imagen de Ella nos santifiquemos y correspondamos cada vez más al amor de nuestro Señor. +


P.BASILIO MERAMO
23 de junio de 2002 

domingo, 6 de julio de 2025

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en Nuestro Señor JesuCristo:

El evangelio de hoy nos relata la primera pesca milagrosa. Nuestro Señor realiza este milagro en dos ocasiones como la multiplicación de los panes; cada uno de ellos tiene su propio significado; por esta razón es doble. En la primera pesca milagrosa, que hoy vemos, nos muestra la iglesia militante, mientras que la segunda pesca milagrosa, que relata San Juan, se refiere a la iglesia triunfante. Nuestro Señor le dice a San Pedro que tire la red hacia la derecha que significa los elegidos, y no se rompen las redes, Él está en la orilla y no en la barca con ellos. En la primera pesca la barca parece zozobrar, sucumbir por el peso de la cantidad de peses.

En esta primera pesca milagrosa Nuestro Señor confía esa misión a los apóstoles que le siguen, dejando, abandonándolo todo, familia, hijos, mujer, no tener más trato con las cosas familiares y de este mundo. La generosidad de los apóstoles y que tendrían que observar también todos aquellos que tienen un ministerio en el nombre de la Iglesia y de Nuestro Señor JesuCristo, y esa capacidad de abandonarlo y dejarlo todo, por lícito bueno que sea. Porque no es como cree el mundo que quien entra en religión, hombre o mujer, es debido a una desilusión o amargura; todo lo contrario, es dejar lo bueno por algo que es mucho mejor que es DIOS Nuestro Señor, y si hay gente que ha entrado a un convento, en religión, o lo que fuere por una desventura, tendría que ser no por eso en sí, sino porque eso mismo le haya hecho ver lo poco que vale el mundo, y si lo hiciera para huir de esa amargura, mal haría, porque no deja el mundo en lo que pueda tener de bueno y lícito para buscar a Dios, sino que busca consolar su pena y eso sería falta de vocación.

Nuestro Señor muestra la generosidad de los apóstoles, la humildad de ellos que no eran ni príncipes ni reyes, que bien los hubiera podido elegir, eran hombre humildes, de pueblo, gente sencilla que vive a la buena de DIOS. Que más que vivir a la buena de DIOS. Y elije a sus discípulos dentro de los pescadores por que así lo que ellos hicieran no sería atribuido a la grandeza que pudiesen haber en esos hombres sino a la palabra y asistencia de DIOS.

Por la palabra Nuestro Señor, Simón Pedro obedece y echa las redes después de haber pasado toda la noche, sin pescar absolutamente nada, para mostrar que es por la palabra de DIOS, por la palabra de Nuestro Señor que se pescan los hombres y no por otra cosa. Esa es la importancia de mantener fielmente la palabra de DIOS para la Evangelización, sin que se adultere, distorsione y cambie con el fin de acomodarse al mundo suavizando de algún modo, cuando no cambiando totalmente el significado y, por tanto, el contenido de la Palabra Divina. Y ese es el problema actual, cuando se adultera la palabra de DIOS, el evangelio, tan sutilmente que es difícil darse cuenta sin tener una preparación filosófica y teológica correctas. Peligro que corren los fieles por este cambio de la palabra divina, por querer estar en conformidad con el mundo, con el pensamiento, y con las costumbres de hoy, opuestas a la Iglesia.

Es una lucha descomunal y desproporcionada con un mundo alejado de DIOS y que acepta a un DIOS rebajado a la altura del hombre, no es el hombre quien quiere ascender a DIOS en sus brazos para llegar a Él, sino que quiere un dios rebajado a su capricho, a su modo de pensar y de ser, creando una religión mundana. Esto es desdichadamente el acontecer de las iglesias de parroquias con las predicaciones; ofrecer la religión católica no con lo sublime excelso que ya tiene por su carácter Divino sino de humano y rebajado, proponiendo una moral laxa corrupta, donde prácticamente ya no hay pecado, y si esto es mentira, entonces como se explica que la pornografía sea moneda corriente en los medios de comunicación, y por que la degradación del pudor reflejado en la moda de la mujer y que nadie dice nada por ser la moda, lo que se impone, y loco aquel que se oponga. Estos hechos palpables demuestran que hoy queremos una religión y una moral que satisfaga nuestros caprichos y deseos que no son los más puros; eso explica que pulule la impureza por doquier. Aquellos que quieren presentar una moral como la exige DIOS no tiene eco, no se les escucha, se prefiere lo otro.

Es exactamente lo que acontece hoy; y las personas que asisten a esta capilla deben comprender que esta no es una capilla común y corriente. Se exige el respeto a DIOS debido, que está en el sagrario y en el centro del altar, no sobre una mesa donde se celebra una cena, sino un altar donde se sacrifica, se inmola a Nuestro Señor como se inmoló en la Cruz pero realizado de un modo Sacramental e Incruento; donde se trata de adorar a DIOS en espíritu y verdad, manteniendo así la fe católica, apostólica y romana, y no una fe que se dice católica sin serlo, como en las otras capillas e iglesias.

Esa es la importancia de guardar el testimonio de la palabra, de la buena nueva, del Evangelio, que haya apóstoles generosos que lo dejen todo para predicar la palabra de DIOS y en el nombre de DIOS salvar las almas que están en el mundo como están los peces en el mar; así en el nombre de DIOS lograr su salvación. Esa es la misión de la Iglesia y la importancia de que la Iglesia guarde la verdad, guardar la verdad que la hace ser el cuerpo místico de Nuestro Señor JesuCristo.

Pidamos a la Santísima Virgen María meditar estas cosas para no ser católicos a medias, mundanos, sino de verdad tratar de reformarnos para no dejarnos llevar por el mundo que cada vez nos quiere absorber y en esa medida volvernos menos católicos y menos de DIOS. Imploremos a Ella que nos ayude a ser fieles testigos de DIOS y fieles transmisores de la palabra de Nuestro Señor JesuCristo para la salvación de las almas+

P. Basilio Méramo

16 de junio del 2002 

domingo, 29 de junio de 2025

FIESTA DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Hoy conmemoramos la fiesta de San Pedro y San Pablo. El martirio de San Pedro y de San Pablo en Roma el mismo día. ¡Qué pérdida tan grande para la Iglesia!

Perder a San Pedro, el primer Papa, sobre quien nuestro Señor funda la Iglesia, no por la persona privada de Pedro que era Simón hijo de Jonás Barjona sino por Petrus, cambiándole el nombre como piedra fundamental de ella, por haber confesado la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Es por esta confesión que Pedro es piedra y fundamento de la Iglesia; de ahí la necesidad de la confesión, de él no solamente como sumo pontífice con poder de atar y desatar en la tierra, sino también de todos nosotros como hijos de la Iglesia, la profesión de la fe. Y de fe sobrenatural, porque la misma profesión materialmente también la hizo Natanael, exacta, idénticamente y sin embargo, no fue sobre él sino sobre Pedro. ¿Por qué? Porque Natanael lo hizo como una deducción de orden natural, como hijo adoptivo de Dios, pero no como el hijo de Dios, pues la confesión materialmente fue la misma. La una era por revelación de Dios, por vía divina, que fue la de Pedro, “eso no te lo ha revelado hombre ni carne alguna, sino mi Padre que está en los cielos”. Mientras que a Natanael se lo reveló su propio ingenio, su propia deducción, naturalmente, no sobrenaturalmente, lo cual nos muestra que aun con la misma o parecidas fórmulas, si no es por el medio sobrenatural de la fe, no tiene el mismo valor.

En el mismo día, San Pedro, cabeza de la Iglesia, fundamento de la Iglesia, muere. Sí, muere el primer Papa, y el gran apóstol de los gentiles, que no era uno de los doce. En realidad apóstoles hubo trece, no doce, de los cuales uno fue un traidor y San Pablo, que fue el último, se convirtió, por así decirlo, en el primero, el primer apóstol de los gentiles, de las naciones, el gran perseguidor convertido en gran predicador. Y estas dos eminencias de la Iglesia naciente sucumben, mueren dando testimonio de nuestro Señor el mismo día. Cuánta consternación no habría en la Iglesia, en la misma Roma, en los fieles, al ver que estos dos pilares morían el mismo día, y sin embargo, ellos sabían que “... las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”. ¿Qué quiere decir eso? Que a pesar de las persecuciones, por atroces, crueles y sangrientas que sean, siempre quedará al fin y al cabo, vencedora la Iglesia. Y es por eso que la fe de aquellos fieles crecía en esa hora de prueba, del martirio de estos dos egregios personajes cuya fiesta celebramos hoy. San Pedro fue sepultado en la Colina Vaticana cerca del circo de Nerón y San Pablo fue sepultado cerca de donde fue decapitado en la vía Ostiense y el lugar es justamente donde se encuentra la Iglesia dedicada al apóstol. 

En este mismo día tradicionalmente se llevan a cabo las ordenaciones sacerdotales en Ecône, en el seminario de Suiza. Digo normalmente porque algunas veces si cae domingo, por razones de apostolado, se adelanta para poder permitir que todos los fieles puedan asistir juntos con los sacerdotes a esas ordenaciones. Hoy hubo ordenaciones en Ecône, con lo cual también debemos tenerlo presente para unirnos de todo corazón, ya que es la misma Fraternidad. Estar unidos en el mismo espíritu y en la misma fe que defendemos, la misma fe por la que murieron San Pedro y San Pablo. Los ornamentos rojos significan la sangre derramada de los mártires, que son los testigos de nuestro Señor Jesucristo en la fe y que por Él mueren dando testimonio.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a guardar ese testimonio de la fe y que podamos perseverar en la fe de la Iglesia, en esa fe de San Pedro, en esa fe de San Pablo, esa fe que está siendo adulterada, tergiversada, diluida como hoy se diluye todo, incluso la fe, se cambia todo. Los productos hoy día sufren una transformación en su sustancia y todo es “light”; lo mismo acontece con la fe, se la adultera en su sustancia convirtiéndola en una religión “light”. Eso no puede ser; de ahí la necesidad de recordar los principios, el fundamento, no olvidar que la Iglesia se fundamenta sobre la fe y los sacramentos, que son la base, el sostén y de allí la confesión de Pedro, por la que es elegido y se convierte en el primer Papa. Y todos los Papas que le sucedieron en su gran mayoría fueron mártires en la Iglesia primitiva y todos santos sin interrupción hasta la condena de San Atanasio por Liberio. Este fue el primer Papa no santo por condenar injustamente al gran paladín de la fe, paladín del concilio de Nicea, que nos dejó en el Credo o símbolo Atanasiano lo esencial de la fe, que debemos recordar y tener presente para no sucumbir hoy ante el ecumenismo que destruye y socava nuestra fe, la fe de la Iglesia Católica, por la cual murieron San Pedro y San Pablo y todos los mártires que hoy están en el cielo.

Y quién sabe si nos corresponda también a nosotros morir por lo mismo, si así Dios lo quiere, porque se avecinan tiempos cada vez más difíciles, tiempos eminentemente apocalípticos, de eso no hay duda. Quien dude de esto, está verdaderamente fuera del contexto histórico y religioso de la historia de la Iglesia y de los acontecimientos profetizados por las Sagradas Escrituras, por Dios mismo. Pidamos pues a nuestra Señora que nos fortifique, que nos mantenga unidos en la misma y única profesión de fe, la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que este sea el propósito, que ese sea el ejemplo que nos den los mártires en esta fiesta de San Pedro y San Pablo, dos pilares de la Iglesia primitiva que han derramado su sangre por proclamar su fe. + 

P.BASILIO MERAMO
   
29 de junio de 2001

sábado, 29 de junio de 2024

FIESTA DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Hoy conmemoramos la fiesta de San Pedro y San Pablo. El martirio de San Pedro y de San Pablo en Roma el mismo día. ¡Qué pérdida tan grande para la Iglesia!

Perder a San Pedro, el primer Papa, sobre quien nuestro Señor funda la Iglesia, no por la persona privada de Pedro que era Simón hijo de Jonás Barjona sino por Petrus, cambiándole el nombre como piedra fundamental de ella, por haber confesado la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Es por esta confesión que Pedro es piedra y fundamento de la Iglesia; de ahí la necesidad de la confesión, de él no solamente como sumo pontífice con poder de atar y desatar en la tierra, sino también de todos nosotros como hijos de la Iglesia, la profesión de la fe. Y de fe sobrenatural, porque la misma profesión materialmente también la hizo Natanael, exacta, idénticamente y sin embargo, no fue sobre él sino sobre Pedro. ¿Por qué? Porque Natanael lo hizo como una deducción de orden natural, como hijo adoptivo de Dios, pero no como el hijo de Dios, pues la confesión materialmente fue la misma. La una era por revelación de Dios, por vía divina, que fue la de Pedro, “eso no te lo ha revelado hombre ni carne alguna, sino mi Padre que está en los cielos”. Mientras que a Natanael se lo reveló su propio ingenio, su propia deducción, naturalmente, no sobrenaturalmente, lo cual nos muestra que aun con la misma o parecidas fórmulas, si no es por el medio sobrenatural de la fe, no tiene el mismo valor.

En el mismo día, San Pedro, cabeza de la Iglesia, fundamento de la Iglesia, muere. Sí, muere el primer Papa, y el gran apóstol de los gentiles, que no era uno de los doce. En realidad apóstoles hubo trece, no doce, de los cuales uno fue un traidor y San Pablo, que fue el último, se convirtió, por así decirlo, en el primero, el primer apóstol de los gentiles, de las naciones, el gran perseguidor convertido en gran predicador. Y estas dos eminencias de la Iglesia naciente sucumben, mueren dando testimonio de nuestro Señor el mismo día. Cuánta consternación no habría en la Iglesia, en la misma Roma, en los fieles, al ver que estos dos pilares morían el mismo día, y sin embargo, ellos sabían que “... las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”. ¿Qué quiere decir eso? Que a pesar de las persecuciones, por atroces, crueles y sangrientas que sean, siempre quedará al fin y al cabo, vencedora la Iglesia. Y es por eso que la fe de aquellos fieles crecía en esa hora de prueba, del martirio de estos dos egregios personajes cuya fiesta celebramos hoy. San Pedro fue sepultado en la Colina Vaticana cerca del circo de Nerón y San Pablo fue sepultado cerca de donde fue decapitado en la vía Ostiense y el lugar es justamente donde se encuentra la Iglesia dedicada al apóstol. 

En este mismo día tradicionalmente se llevan a cabo las ordenaciones sacerdotales en Ecône, en el seminario de Suiza. Digo normalmente porque algunas veces si cae domingo, por razones de apostolado, se adelanta para poder permitir que todos los fieles puedan asistir juntos con los sacerdotes a esas ordenaciones. Hoy hubo ordenaciones en Ecône, con lo cual también debemos tenerlo presente para unirnos de todo corazón, ya que es la misma Fraternidad. Estar unidos en el mismo espíritu y en la misma fe que defendemos, la misma fe por la que murieron San Pedro y San Pablo. Los ornamentos rojos significan la sangre derramada de los mártires, que son los testigos de nuestro Señor Jesucristo en la fe y que por Él mueren dando testimonio.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a guardar ese testimonio de la fe y que podamos perseverar en la fe de la Iglesia, en esa fe de San Pedro, en esa fe de San Pablo, esa fe que está siendo adulterada, tergiversada, diluida como hoy se diluye todo, incluso la fe, se cambia todo. Los productos hoy día sufren una transformación en su sustancia y todo es “light”; lo mismo acontece con la fe, se la adultera en su sustancia convirtiéndola en una religión “light”. Eso no puede ser; de ahí la necesidad de recordar los principios, el fundamento, no olvidar que la Iglesia se fundamenta sobre la fe y los sacramentos, que son la base, el sostén y de allí la confesión de Pedro, por la que es elegido y se convierte en el primer Papa. Y todos los Papas que le sucedieron en su gran mayoría fueron mártires en la Iglesia primitiva y todos santos sin interrupción hasta la condena de San Atanasio por Liberio. Este fue el primer Papa no santo por condenar injustamente al gran paladín de la fe, paladín del concilio de Nicea, que nos dejó en el Credo o símbolo Atanasiano lo esencial de la fe, que debemos recordar y tener presente para no sucumbir hoy ante el ecumenismo que destruye y socava nuestra fe, la fe de la Iglesia Católica, por la cual murieron San Pedro y San Pablo y todos los mártires que hoy están en el cielo.

Y quién sabe si nos corresponda también a nosotros morir por lo mismo, si así Dios lo quiere, porque se avecinan tiempos cada vez más difíciles, tiempos eminentemente apocalípticos, de eso no hay duda. Quien dude de esto, está verdaderamente fuera del contexto histórico y religioso de la historia de la Iglesia y de los acontecimientos profetizados por las Sagradas Escrituras, por Dios mismo. Pidamos pues a nuestra Señora que nos fortifique, que nos mantenga unidos en la misma y única profesión de fe, la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que este sea el propósito, que ese sea el ejemplo que nos den los mártires en esta fiesta de San Pedro y San Pablo, dos pilares de la Iglesia primitiva que han derramado su sangre por proclamar su fe. + 

P.BASILIO MERAMO
   
29 de junio de 2001

domingo, 23 de junio de 2024

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El Evangelio de hoy nos muestra el reproche que hace nuestro Señor a los escribas y fariseos, impugnadores y enemigos. Nos dice a los presentes que si nuestra justicia no es más acabada que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos. Reproche que nos atañe a cada uno de nosotros si queremos entrar al reino de los cielos. Que nuestra justicia no sea mera apariencia de moral, de virtud, de santidad, de perfección, como la que tenían los fariseos; la justicia resume la santidad, la perfección. El hombre justo es, por antonomasia, santo.

Nuestro Señor nos incita a no ser como la orgullosa elite de los fariseos del pueblo elegido que se creía santa y perfecta cuando en realidad era todo lo contrario, solamente apariencia, follaje, exteriorización de virtud, de santidad, de justicia, de perfección. Eso no lo quiere nuestro Señor. Dios quiere la sinceridad de corazón frente a Dios y a los hombres; que no seamos hipócritas, de doble faz, que no guardemos una apariencia de virtud cuando en el fondo nuestra alma está corrompida. Esa es la recriminación de nuestro Señor a los escribas pero que también nos cae a nosotros.

Dios sabe si toda esta crisis la ha permitido por causa de esa falsa apariencia y falta de virtud pero disimulada en el exterior; por eso consiente el flagelo de todos los errores que ahora vemos; puede ser un justo castigo por la exteriorización de la religión católica quedando en mera apariencia pero desvirtuada de su verdadero contenido religioso. Hasta el rigor con el cual muchos fueron criados o educados, pero ahora se ve todo lo contrario, de un extremo se pasó al otro. La virtud es un equilibrio entre dos extremos y por encima, como la cima de una montaña a cuyos lados puede haber grandes abismos, y es claro que desde la cúspide sería peor la caída si se perdiese el equilibrio.

No debe sorprendernos lo que pasa en el mundo y la Iglesia vaciada de su contenido si no obramos bien como lo dice San Pedro en su epístola: huir del mal y hacer el bien; no devolver maldición por maldición sino  bendecir; no maldecir aunque nos maldigan. En eso también consiste la virtud y la santidad cristiana, católica, y no en ser un baúl lleno de rencor, odio y venganza; todo eso se traduce y genera violencia física que es la manifestación de la furia interior, del encono y recelo llevados en el corazón. Y nuestro Señor lo advierte. No presentar el sacrificio y mucho menos comulgar si tenemos algo contra uno de nuestros hermanos, primero reconciliarnos y después ofrecer el sacrificio, ese es el ejemplo que debemos dar.

De qué sirve ir a Misa y comulgar si me peleo con el vecino, lo detesto y lo odio, o con cualquier familiar o conocido. No sirve de absolutamente nada, por eso quizás la ineficacia de tantas Misas mal oídas y comuniones mal hechas. A todo eso se refiere nuestro Señor en el Evangelio, para que verdaderamente vivamos el espíritu católico y cristiano, la verdadera virtud, no la de sepulcros blanqueados por fuera y con la podredumbre del alma y del corazón por dentro. A la virtud y no a la apariencia de religiosidad que podamos tener o que hubo antaño, no solamente en Colombia sino en el mundo, adorando a Dios con la boca y no con el corazón. Es, entonces, una invitación a obrar realmente una interiorización, a un balance económico del alma delante de Dios; que recapacitemos para que nuestra alma sea cristiana, no infiel, para que tengamos un corazón cristiano. Un corazón que no sabe perdonar y que guarda rencor es pagano, no cristiano. Que el corazón no esté imbuido de paganismo al no obrar en consecuencia con lo que nuestro Señor nos pide, con lo que nos pide San Pedro en su epístola para ser un poco mejores y salvar nuestra alma y la de otros dando buen ejemplo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a reflexionar todo esto como Ella las conservaba y meditaba en su corazón, para que a imagen de Ella nos santifiquemos y correspondamos cada vez más al amor de nuestro Señor. +


P.BASILIO MERAMO

23 de junio de 2002 

domingo, 16 de junio de 2024

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en Nuestro Señor JesuCristo:

El evangelio de hoy nos relata la primera pesca milagrosa. Nuestro Señor realiza este milagro en dos ocasiones como la multiplicación de los panes; cada uno de ellos tiene su propio significado; por esta razón es doble. En la primera pesca milagrosa, que hoy vemos, nos muestra la iglesia militante, mientras que la segunda pesca milagrosa, que relata San Juan, se refiere a la iglesia triunfante. Nuestro Señor le dice a San Pedro que tire la red hacia la derecha que significa los elegidos, y no se rompen las redes, Él está en la orilla y no en la barca con ellos. En la primera pesca la barca parece zozobrar, sucumbir por el peso de la cantidad de peses.

En esta primera pesca milagrosa Nuestro Señor confía esa misión a los apóstoles que le siguen, dejando, abandonándolo todo, familia, hijos, mujer, no tener más trato con las cosas familiares y de este mundo. La generosidad de los apóstoles y que tendrían que observar también todos aquellos que tienen un ministerio en el nombre de la Iglesia y de Nuestro Señor JesuCristo, y esa capacidad de abandonarlo y dejarlo todo, por lícito bueno que sea. Porque no es como cree el mundo que quien entra en religión, hombre o mujer, es debido a una desilusión o amargura; todo lo contrario, es dejar lo bueno por algo que es mucho mejor que es DIOS Nuestro Señor, y si hay gente que ha entrado a un convento, en religión, o lo que fuere por una desventura, tendría que ser no por eso en sí, sino porque eso mismo le haya hecho ver lo poco que vale el mundo, y si lo hiciera para huir de esa amargura, mal haría, porque no deja el mundo en lo que pueda tener de bueno y lícito para buscar a Dios, sino que busca consolar su pena y eso sería falta de vocación.

Nuestro Señor muestra la generosidad de los apóstoles, la humildad de ellos que no eran ni príncipes ni reyes, que bien los hubiera podido elegir, eran hombre humildes, de pueblo, gente sencilla que vive a la buena de DIOS. Que más que vivir a la buena de DIOS. Y elije a sus discípulos dentro de los pescadores por que así lo que ellos hicieran no sería atribuido a la grandeza que pudiesen haber en esos hombres sino a la palabra y asistencia de DIOS.

Por la palabra Nuestro Señor, Simón Pedro obedece y echa las redes después de haber pasado toda la noche, sin pescar absolutamente nada, para mostrar que es por la palabra de DIOS, por la palabra de Nuestro Señor que se pescan los hombres y no por otra cosa. Esa es la importancia de mantener fielmente la palabra de DIOS para la Evangelización, sin que se adultere, distorsione y cambie con el fin de acomodarse al mundo suavizando de algún modo, cuando no cambiando totalmente el significado y, por tanto, el contenido de la Palabra Divina. Y ese es el problema actual, cuando se adultera la palabra de DIOS, el evangelio, tan sutilmente que es difícil darse cuenta sin tener una preparación filosófica y teológica correctas. Peligro que corren los fieles por este cambio de la palabra divina, por querer estar en conformidad con el mundo, con el pensamiento, y con las costumbres de hoy, opuestas a la Iglesia.

Es una lucha descomunal y desproporcionada con un mundo alejado de DIOS y que acepta a un DIOS rebajado a la altura del hombre, no es el hombre quien quiere ascender a DIOS en sus brazos para llegar a Él, sino que quiere un dios rebajado a su capricho, a su modo de pensar y de ser, creando una religión mundana. Esto es desdichadamente el acontecer de las iglesias de parroquias con las predicaciones; ofrecer la religión católica no con lo sublime excelso que ya tiene por su carácter Divino sino de humano y rebajado, proponiendo una moral laxa corrupta, donde prácticamente ya no hay pecado, y si esto es mentira, entonces como se explica que la pornografía sea moneda corriente en los medios de comunicación, y por que la degradación del pudor reflejado en la moda de la mujer y que nadie dice nada por ser la moda, lo que se impone, y loco aquel que se oponga. Estos hechos palpables demuestran que hoy queremos una religión y una moral que satisfaga nuestros caprichos y deseos que no son los más puros; eso explica que pulule la impureza por doquier. Aquellos que quieren presentar una moral como la exige DIOS no tiene eco, no se les escucha, se prefiere lo otro.

Es exactamente lo que acontece hoy; y las personas que asisten a esta capilla deben comprender que esta no es una capilla común y corriente. Se exige el respeto a DIOS debido, que está en el sagrario y en el centro del altar, no sobre una mesa donde se celebra una cena, sino un altar donde se sacrifica, se inmola a Nuestro Señor como se inmoló en la Cruz pero realizado de un modo Sacramental e Incruento; donde se trata de adorar a DIOS en espíritu y verdad, manteniendo así la fe católica, apostólica y romana, y no una fe que se dice católica sin serlo, como en las otras capillas e iglesias.

Esa es la importancia de guardar el testimonio de la palabra, de la buena nueva, del Evangelio, que haya apóstoles generosos que lo dejen todo para predicar la palabra de DIOS y en el nombre de DIOS salvar las almas que están en el mundo como están los peces en el mar; así en el nombre de DIOS lograr su salvación. Esa es la misión de la Iglesia y la importancia de que la Iglesia guarde la verdad, guardar la verdad que la hace ser el cuerpo místico de Nuestro Señor JesuCristo.

Pidamos a la Santísima Virgen María meditar estas cosas para no ser católicos a medias, mundanos, sino de verdad tratar de reformarnos para no dejarnos llevar por el mundo que cada vez nos quiere absorber y en esa medida volvernos menos católicos y menos de DIOS. Imploremos a Ella que nos ayude a ser fieles testigos de DIOS y fieles transmisores de la palabra de Nuestro Señor JesuCristo para la salvación de las almas+

P. Basilio Méramo
16 de junio del 2002

domingo, 21 de enero de 2024

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

  

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este tercer domingo de Epifanía tenemos el doble milagro que relata el Evangelio, el de la curación del leproso y del centurión. La del enfermo, como el más miserable de todos, peor que un mendigo, porque quedaba excluido del trato y de la convivencia social, y la del centurión, como quien diría de un general del Imperio romano; dos extremos de la escala social. Vemos cómo nuestro Señor no hace distinción de clases, ni de ricos ni de pobres, porque es Dios de todos los hombres y de todas las criaturas. Y así le hace el milagro a ese pobre leproso que le pide, si Él quiere, que le cure; nuestro Señor extiende su mano y lo sana y le recomienda que no le diga a nadie; ¡qué pudor! Porque solamente por un miramiento religioso quería nuestro Señor ocultar como todo verdadero hombre, que no se anda pavoneando como una “vedette”, sino todo lo contrario, oculta su religiosidad, su santidad, su virtud, por pudor, para no mostrar lo mejor que tiene de Sí porque es para Dios y no para los hombres.

Qué gran lección, para que no nos ufanemos como pavos reales cuando entremos a la iglesia. Dicho sea de paso, no digo que todos, pero algunos fieles creen que el templo es para estar saludando al amigo o al conocido, o al íntimo; dejen eso para cuando salgan y no dentro de la iglesia. Aquí se reverencia a Dios con una genuflexión; no venimos a saludar a nadie más, para eso está la calle y lo digo con dolor porque es chocante y muy tonto, porque no es ninguna forma de educación; es todo lo contrario. ¿Y todo para qué?, ¿para ser admirados de los demás?

Por eso nuestro Señor en este grado de profunda humildad y de decoro manda a que no lo diga a nadie, que calle aquello que acaba de acontecer. No obstante le indica, según la ley de Moisés, que vaya a los sacerdotes para que sirva de testimonio y así también pueda regresar a la sociedad sin quedar excomulgado de ella y pueda tener ese contacto social del cual estaban excluidos todos los leprosos ya que se les consideraba peor que cualquier mendigo.

Vemos también el otro milagro, el del centurión, ese hombre que tenía a su mando hombres, pide por un criado suyo, paralítico. Le ruega a nuestro Señor que lo sane y Él le dice que irá a curarlo; cuánta fe tendrá este centurión que le dice que no hace falta, que solamente basta con que Él dé una orden, tomando como ejemplo su caso, ya que en su ejército, con dar una orden van, y da otra y vienen. Mucho más entonces nuestro Señor, que con una sola disposición suya bastaba para que su criado fuese curado. Nuestro Señor no dejó de expresar admiración por esa gran fe que no había visto en todo Israel, en todo el pueblo de Dios, sino en un pagano; ¡qué ejemplo! ¡Cómo un infiel tenía más fe que todos los hijos de Israel! Nuestro Señor cura en aquel instante a ese siervo del centurión y hace el gran reproche.

Esa recriminación a los judíos, a quienes antecedió la manifestación de la entrada de los gentiles en el reino de Dios, “muchos vendrán de Oriente y de Occidente y estarán con Isaac, Jacob y Abraham, y los hijos del reino; esos serán echados a las tinieblas exteriores, al infierno”. El averno, que ha sido negado o por lo menos puesto en duda en la nueva predicación actual y, sin embargo, aquí nuestro Señor hace alusión a él. Y así entonces manifiesta la entrada de los gentiles y muestra la reprobación de Dios del pueblo elegido de Israel por no tener fe, la el centurión, porque si la hubieran tenido no le hubieran crucificado.

¿Cómo es posible que este centurión pagano, un soldado romano, tenga esa fe que los hijos de Israel no tenían? ¿Qué fue lo que pasó si ellos tenían las Escrituras, las profecías? ¿Por qué no reconocieron a nuestro Señor, como sí lo hizo este humilde centurión pagano? Eso da mucho que pensar. Y la razón de ello está en la corrupción religiosa. Por la deshonestidad religiosa el pueblo judío, elegido de Dios, no reconoce a nuestro Señor; ese es el gran misterio de la reprobación de los judíos y por eso anuncia el ingreso de los gentiles.

Esa putrefacción de la religión, del culto, de la palabra de Dios, fue lo que llevó al pueblo judío a negar a nuestro Señor, a no aceptarlo y a crucificarlo; y esa depravación religiosa, cultual, es lo que se llama fariseísmo, que es la peor de las corrupciones; porque no es solamente la de la moral, de una virtud, sino la de toda la religión, de todo el culto de Dios, de toda nuestra relación con Él. De ahí lo grave y la gran lección que debemos sacar, porque si la religión católica al fin de los tiempos se llegase a corromper como ciertamente lo anuncia nuestro Señor en las Escrituras, ¿qué quedará de la Iglesia?, ¿qué quedará de los fieles?, peor que el pueblo de los judíos y eso es lo que hoy está aconteciendo; estamos ante la corrupción de la religión católica y la cultual.

¿A dónde iremos a llegar? A la apostasía, en la cual culminará el anticristo en su supremo afán de querer destruir el reino de Cristo. Pero como Dios es todopoderoso permite eso porque al fin y al cabo su Sagrado Corazón triunfará, el que ya triunfó en la cruz, aunque no se hubiera evidenciado ese triunfo como rey. Por eso lo esperamos a Él en su segunda venida como rey y juez de todo el orbe. Por eso no debemos asustarnos y en cambio sí estar preparados para que teniendo las Escrituras en las manos, la Sagrada Biblia, no nos pase igual que a los judíos, que por un misterio de iniquidad se corrompa nuestra fe, nuestra religión y así nos encontremos en peor estado que los judíos. Por ello se habla de la gran tribulación para el fin de los tiempos y vemos esta corrupción no sólo de la moral, de los principios, de la familia, de los pueblos, sino dentro de la misma Iglesia; deshonestidad del clero, de sacerdotes, monjes, monjas, cardenales, obispos; por eso el enemigo aprovecha. ¡Qué escándalo abominable!, ¡contra natura! y todos los crímenes que podamos imaginar.

Todo lo anterior nos debe hacer reflexionar para que nos mantengamos incólumes en la fe, como dice nuestro Señor; esa fe admirable que tuvo este centurión pagano. Cómo, entonces, nosotros no vamos a permanecer en la fe católica, apostólica y romana si se lo pedimos a Dios de todo corazón. Y la manera más expresa de guardar la fe, en este mundo actual, en medio de este progresismo, de este modernismo que está destruyendo la religión, falseándola, adulterándola, es asistir a la Santa Misa que es el misterio de la fe, mysterium fidei; de allí se irradia todo lo demás.

Por eso la gran importancia de la Santa Misa verdadera, romana, tridentina, canonizada, apostólica, todos títulos que no tiene la nueva, que no es romana sino protestantizante, que no es apostólica sino fabricada allí bajo la supervisión de seis pastores infieles. Esa es la importancia de tener esta capilla aunque sea pequeña, modesta, pero que es un baluarte de fe, como un faro, así como el de Alejandría que era una de las siete maravillas del mundo antiguo; que así sea esta capilla, por lo menos para Colombia, un faro de fe. Así les pese al cardenal, al nuncio y a toda la jerarquía que no defiende la fe católica y que usurpa la autoridad al igual que los judíos para crucificar a nuestro Señor, para a la Iglesia que está sufriendo hoy su pasión porque esto no es más que la pasión de Cristo en su cuerpo místico que es la Iglesia, si no no se comprenderían todas estas aberraciones, no tendrían lógica ni razón de ser que es la corrupción religiosa por la falta de fe.

Debemos, pues, permanecer firmes en la fe para que el demonio no nos devore, ya que “como león rugiente gira a nuestro alrededor”, como lo dice San Pedro, el primer Papa de la Iglesia católica: “Hermanos, sed sobrios y velad porque el demonio, como un león rugiente, gira a nuestro alrededor buscando a quién devorar”.

He allí el testimonio, una sola palabra de Dios, una sola palabra de nuestro Señor basta, la fe no requiere más, no requiere pompas, riquezas ni glorias sino simplemente esa adhesión a la palabra de Dios, a la palabra divina; esa es la luz del mundo y por eso las tinieblas, el eclipse de la Iglesia del que habla nuestra Señora en La Salette. Se mencionan tantas apariciones que no sabemos ni somos capaces de sacar la inteligencia de ellas y, sin embargo, aquí en Colombia tenemos un pequeño libro de monseñor Cadavid, de 1953 o 1954, sobre Siracusa, en el que relaciona todas las verdaderas y más importantes apariciones de nuestra Señora, importancia que tienen como una advertencia para los últimos tiempos en los cuales la fe claudicará.

Por eso la necesidad de que haya un rebaño de fieles, pusillus grex, del cual habla San Lucas para que permanezcamos fieles a la Iglesia católica, apostólica y romana, a nuestro Señor y no seamos unos falsarios, traidores y, menos aún, unos corruptos investidos con la autoridad de la jerarquía para hacer el juego a Satanás corrompiendo la religión, la fe como hace la gran mayoría de la jerarquía. Por eso, tampoco debemos asombrarnos de que no seamos muchos porque más vale pocos y buenos que muchos y malos; más vale estar en la soledad con la verdad y no con el error en compañía, porque esta soledad vale mucho más. Es mejor estar en el desierto, en la soledad, en la aridez que acrisola la fe; en ese arenal por el cual pasó el pueblo judío durante cuarenta años para purificarse antes de entrar en la tierra prometida; esa es la fe de los eremitas, de los monjes del desierto.

O, ¿qué queremos nosotros?, ¿una fe en medio de los clubes que no son sino antros de corrupción social? Pues la Iglesia nos invita al desierto para que nos acrisolemos, nos purifiquemos. Por eso la religión está representada en el Apocalipsis bajo la figura de esa mujer que huye al desierto para que el dragón no la destruya, porque es allí donde tienen que ir los fieles para que no sean devorados por Satanás en los últimos tiempos que son ciertamente los nuestros, aunque no sepamos cuál sea exactamente el término o la duración ya que puede ser larga y entonces, como la mujer que huye al desierto, otro tanto haremos nosotros para purificarnos en la fe y estar, aunque solos, en la verdad y no acompañados en el error.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, a Ella que permaneció de pie ante la Cruz, para que nos dé ese valor, esa fortaleza y esa fe con la que Ella ofreció a su Hijo como víctima al Padre Eterno y ese es el sacrificio que se renueva mil y una veces sobre los altares en la Santa Misa. Pidámosle a que nos dé ese amor y esa fidelidad a Dios y a su santa religión. +

BASILIO MERAMO PBRO.
26 de enero de 2003