San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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viernes, 4 de marzo de 2016

P. Basilio Méramo: REFUTACIÓN A UN ARTÍCULO ANTIMILENARISTA


El P. Iosepho Sagüés, S.I. escribió un artículo radicalmente en contra del Milenarismo en la prestigiosa Editorial de la B.A.C. Tomo IV, Sacrae Theologiae Summa, Madrid 1962, que el blog Non Possumus publicó hace algún tiempo el 3 de diciembre de 2014, pero que gracias a un fiel tengo ahora información, con el cual pretende engreídamente aplastar todo el Milenarismo, lo que detesta y combate con furor. Esto me obliga a refutar nuevamente a Non Possumus y lo escrito por el P. Sagüés que encarna y representa por lo que escribe todo el antimilenarismo clerical. Non Possumus se hace eco de esa tirria antimilenarista con el agravante de no querer darse por enterado de todo lo que se les prueba con argumentos, desconociendo e impugnando el Milenarismo Patrístico o Exégesis Antigua como le denomina el P. Castellani. Y ahora con ese artículo, desconociendo todo lo que se he dicho y escrito, creen tener razón y pretenden aplastar el Milenarismo de los Primeros Santos Padres, pero se equivocan, lo mismo que Foro Católico, que recientemente vuelve al ataque sacando a relucir el decreto del Santo Oficio en época de Pío XII, aunque a decir verdad me siento halagado al ponerme al lado o compararme con el P. Lacunza sin estar a la altura y nivel de un personaje que es un genio en la materia.

El escrito del P. Sagüés, representa la mentalidad común que se tiene del Milenarismo, y que cae en un absurdo y falso dogmatismo que se transmite de generación en generación, convirtiéndose en una ley cuasi dogmática, al punto de ser la opinión más común del clero; y la prueba está en que una prestigiosa editorial como la B.A.C., no duda en publicarlo como si fuera una indubitable verdad católica.

El artículo comienza diciendo: “Toda clase de Milenarismo debe ser rechazada”, y esto está afirmado como una tesis cierta y confirmada. Esto refleja más que ignorancia, una fobia febril que destila pura estulticia, para verse confirmadas tristemente las palabras de la Escritura en el Eclesiastés 1, 15, hoy cambiadas en la nueva versión de la Vulgata de Pablo VI y biblias vernáculas: stultorum infinitus est numerus.

Del sabio es distinguir y el que no distingue, ni sabe ni conoce. Ni San Jerónimo, ni San Agustín, jamás se hubieran atrevido a decir semejante afirmación, ya que San Jerónimo (y en esto San Agustín le seguía) dijo, como hacen ver el P. Lacunza y el P. Castellani: “Esta censura es muy moderna, y por jueces muy poco competentes. San Jerónimo, que era uno de los que negaban dice expresamente (cap. XIX, Jerem.) que no por eso condena ni puede condenar a los que afirmaban: Quae dicet non
sequamur, tamem damnare non possumus, quia multi ecclesiasticorum virorum, et martyres ita dixerunt, et unusquisque in suo sensu abundet, et cumcta juditio Domine reservetur. Por todo lo cual parece claro, que quedaremos en perfecta libertad para seguir a unos, y dejar a otros: para seguir, digo, aquella opinión que miradas todas las razones y pesadas en fiel balanza, nos pareciere más conforme, mejor diré, únicamente conforme a la autoridad intrínseca, o a todas las Sagradas Escrituras del Viejo y Nuevo Testamento”. (La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, ed. Carlos Wood, Londres 1816, t. I, p. 37). Traducción del texto del latín: Cosas que, aunque no sigamos, no podemos empero condenar, porque muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron. Y así, cada cual abunde en su sentido, y a Dios se reserve la resolución.

Y más adelante recalca el P. Lacunza: “Luego por este punto, que es el del que hablamos, la autoridad de San Jerónimo nada prueba, y si algo prueba, es todo lo contrario de lo que intentan los que lo citan”. (Ibídem, p. 95).

Por su parte, el P. Castellani hace sobre el tema la siguiente observación: “Aquí San Jerónimo no dejaba de ver que se le alzaba una objeción grave: pues si a una mano tantos Padres y Doctores y aquella ‘ingente multitud’ de fieles abrazaba el ‘milenismo judaico’; y a otra mano, esa doctrina era judaica, hay que decir que todos ellos cayeron en herejía. ¿Qué responde Jerónimo a este obvio reparo? (…) ‘Cosas que, aunque no sigamos, no podemos empero condenar, porque muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron. Y así, cada cual abunde en su sentido, y a Dios se reserve la resolución’. Esta solución enaltece la reverencia de Jerónimo hacia los Padres y Mártires; pero espanta que no ose ‘condenar’ aquel milenismo grosero y judaico del que habla, aquí como doquiera. Pues admitir entre los Santos resucitados ‘nupcias, francachelas, relleno de panzas y circuncisión y sacrificio de toros’ y lo demás que el Santo atribuye a los milenistas católicos ¿quién no ve que a orejas católicas rechina? Sin embargo, puesta la angostura en que el Santo Doctor se ha
metido, la solución es un ten con ten pasable, si no muy airoso. El que considere lo precedente verá fácil que la angostura en que se metió San Jerónimo, que lo lleva a dar una conciliación contradictoria, es del todo irreal. Bien puede ‘condenar tranquilamente’ el kiliasmo craso sin empacharse en ‘los santos varones y mártires a quienes reverencia’, pues ellos jamás lo tuvieron ni enseñaron, sino otro muy diverso; lo mismo que la ‘ingente multitud de fieles’. Pues como hemos visto en el decurso desta  obrita los Padres Milenistas jamás sostuvieron la doctrina que Jerónimo les cuelga. Los matrimonios, los sacrificios, circuncisiones y demás pertenencias de la ley Judaica, ni a uno solo de los Padres milenistas ocurre atribuir a los santos resurrectos”. (La Iglesia Patrística y la Parusía, Alcañiz-Castellani, ed. Paulinas, Bs.As., 1962, p. 267-268).

Con esto se refuta ya de entrada lo que el P. Sagüés dice al comenzar definiendo mal, errónea y obtusamente el Milenarismo de la siguiente manera: “EL MILENARISMO o quiliasmo (χιλιασμος) es la opinión, que (prescindiendo de multitud de diferencias con que la presentan sus defensores) afirma lo siguiente: después del estado actual de la Iglesia va a darse en la tierra un reino glorioso de Jesucristo, y en verdad lleno de toda clase de gozo, el cual va a durar alrededor de mil años”.

Nuestro furibundo escritor más ciego que una piedra, continúa más adelante diciendo: “TODA CLASE, esto es, tanto el milenarismo craso como el mitigado. DEBE SER RECHAZADA, no en el sentido de que todo milenarismo repugne intrínsecamente, sino porque de hecho el milenarismo es una teoría que no está de acuerdo con las fuentes”.

Así, toda clase de milenarismo queda rechazada, suprimida de un solo plumazo, y esto por no conocer las verdaderas fuentes dado su ignorante absolutismo o su absoluta ignorancia, que para el caso es lo mismo.

Las fuentes del Milenarismo Patrístico que el P. Sagüés desconoce, están en los primeros Padres de la Iglesia y se remontan al mismo autor del Apocalipsis, San Juan Apóstol y Evangelista, a través de dos condiscípulos obispos y mártires: uno San Papías, Metropolitano de todo el Asia Menor, y San Policarpo, del cual es discípulo San Ireneo, obispo en la Sede Primada de Francia en Lion, quien es Padre y Mártir de la Iglesia por si fuera poco. Aunque sobre todo esto hay un cierto desprecio ya que gracias al primer historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea quien era un hereje arriano, se empaña desprestigiando, como era de esperar, la bella imagen de San Papías al referirse a él como si fuera ignorante o algo débil de pensamiento. Así comienza la Historia de la Iglesia, de manos de un arriano, ¡qué más se puede esperar!

Prosigue impertérrito el P. Sagüés al decir: “El origen del milenarismo, que es difícil de determinar, parece que proviene del Judaísmo…”, con lo cual demuestra su craso error acerca del origen del milenarismo verdadero al no distinguirlo del falso. Lo que viene del judaísmo es el milenarismo craso o carnal del sacerdote judaizante alejandrino, enemigo personal de San Juan, de origen judío: Cerinto.

Esto se puede ver en lo que San Ireneo relata: “Hay quienes le oyeron decir que Juan, discípulo del Señor, yendo en Éfeso a bañarse, cuando vio dentro a Cerinto, salió de las termas sin bañarse, por temor, según él, de que se desplomaran las termas porque se hallaba adentro Cerinto, enemigo de la verdad” . (Contra las Herejías, ed. Apostolado Mariano, Sevilla, 1994, lib. III, p. 21).

Si se confunde el milenarismo verdadero que es el patrístico con su corrupción que es el milenarismo craso o carnal, el cual es herético, por no ver ni distinguir las cosas, es como aquel que confunde la expresión ‘al baño maría’, con María al baño, pero bueno, no dejemos la seriedad del tema, aunque es bueno reír un poco ante tanto dislate. 

Continúa diciendo nuestro acérrimo escritor antimilenarista: “La Iglesia en sus documentos nunca cita el Reino Milenario de Cristo”. Baste recordar que en el Padre Nuestro se pide Venga a nos el Tu Reino, con la aclaración: que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, luego no se trata del Reino Eterno celestial, sino de un Reino aquí en la tierra que todavía no ha llegado, pues se pide que venga, y si ese reino no es el de Cristo Rey el día de su Parusía y al cual hace referencia también el Apocalipsis, entonces no lo es ninguno. Si el catecismo del Concilio de Trento dice: “…
singularmente comprendiendo la frase Reino de Dios muchos significados”, queda claro que no se puede negar el literal que le damos en consonancia con las Sagradas Escrituras.

En el Apocalipsis (20, 4-6) se lee: “Y a los que no habían adorado a la bestia ni a su estatua, ni habían aceptado la marca en su frente y en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección. Sobre estos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Jesús con el cual reinarán los
mil años. Nuestro Señor Jesucristo, seis días antes de la Transfiguración le dice a sus Apóstoles: “En verdad os digo, algunos de los que están aquí no gustarán la muerte sin que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su Reino”. (Mt. 16, 28). 

En San Lucas 9, 27 dice: “Os digo, en verdad, algunos de los que están aquí, no gustarán la muerte sin que hayan visto antes el Reino de Dios”.

En San Marcos 9, 1-2 dice: “En verdad, os digo, entre los que están aquí, algunos no gustarán la muerte sin que hayan visto el Reino de Dios venido con poder. Y seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó solos, aparte, en un alto monte, y se transfiguró a Sí mismo”.

San Pedro, hablando de la Parusía, relaciona la gloria de Cristo que vieron en la Transfiguración (lo cual les había sido prometido a alguno de ellos que antes de morir) y la gloria de Cristo retornando en su Segunda Venida en gloria y majestad: “Porque no os hemos dado a conocer el poder la Parusía de Nuestro Señor Jesucristo según fábulas inventadas, sino como testigos oculares que fuimos de su majestad, pues Él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando de la Gloria majestuosísima le fue
enviada aquella voz: Este es mi Hijo amado en quien Yo me complazco; y esta voz enviada del cielo la oímos estando con Él en el monte santo”. (II Pedro, 1, 16-18). Por lo cual S. Juan (1, 14) expresa a si vez: “y nosotros vimos su gloria”.

Queda claro que la gloria y el Reino que Dios le prometió ver antes de morir a algunos de ellos, fue la que vieron en la Transfiguración como un preludio o anticipo de la  gloria de Cristo Rey viniendo el día de su Parusía con la Gloria y el Poder de su divina Majestad a instaurar su Reino y que se realice la gran promesa de que haya un sólo rebaño y un sólo pastor.

El Papa Pío XI en la encíclica Miserentissimus Redemptor, no duda en expresar: “Es necesario que Cristo reine. Venga su Reino”. Y agrega más adelante haciendo referencia a su encíclica Quas Primas, con la cual instituyó la fiesta de Cristo Rey: “Cuando eso hicimos, no solo declaramos el sumo imperio de Jesucristo sobre las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, más también presentíamos el júbilo de aquel faustísimo día en que el mundo entero espontáneamente y de buen grado aceptará la dominación suavísima de Cristo Rey”.

Y habiendo dicho esto, Pío XI tenía presente el desenlace apocalíptico que queda expresado poco más adelante en la misma encíclica: “Todo lo cual es tan triste que por estos acontecimientos parecen manifestarse los principios de aquellos dolores que habían de preceder al hombre de pecado que se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora” Y agrega en el mismo sentido, poco más adelante: “Y así, aun involuntariamente se ofrece la idea de que se acercan los tiempos vaticinados por Nuestro Señor: y porque abundó la iniquidad, se enfrió la caridad de muchos”. Para rematar hacia el final con el recuerdo de la Parusía: “Los pecadores, ciertamente viendo al que traspasaron, y conmovidos por los gemidos y llantos de toda la Iglesia, doliéndose de las injurias inferidas al Sumo Rey, volverán a su corazón; no sea que obcecados e impenitentes en sus culpas, cuando vieren a Aquel a quien hirieron venir en las nubes del cielo, tarde y en vano lloren sobre Él”.

El Papa Pío XII en varias ocasiones hizo alusión a la Parusía, entre ellas en 1942, 1947, y el 21 de Abril de 1957, y así dice: “…y nuestro deber, el deber del episcopado, el deber del clero y de los fieles, es de prepararse al futuro encuentro de Cristo con el mundo” (2 junio de 1942), y en su mensaje Pascual a los fieles de todo el mundo manifestó: “¡Ven, Señor, Jesús! Es necesario quitar la piedra sepulcral con la cual han querido encerrar en el sepulcro a la verdad y al bien; es preciso conseguir que Jesús resucite; con una verdadera resurrección que no admita ya ningún dominio de la muerte: ‘Surrexit Dominus vere’ (Lc. 24, 34), ‘Mors illi ultra non dominabitur’ (Rom. 6, 6). (…) ¡Ven, Señor, Jesús! La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado intentando impedir tu vuelta. Envía tu Ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día. ¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que sólo Tú vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor, Jesús! ¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana!”. (21 de abril de 1957).

De otra parte, un renombrado exégeta como Cornelio Alápide, en sus comentarios al Profeta Daniel, y sin ser un milenarista, dice sin embargo esto que puede ser sorprendente para un antimilenarista, refiriéndose al Reino de Cristo: “Yo Digo, que es cierto que vendrá este reinado de Cristo y de los Santos, y que este reinado no será solamente espiritual como el que ha tenido siempre en la tierra, ya cuando se ha perseguido a los Santos, ya cuando estuvo sujeto a persecuciones y trabajos, sino que este reinado será corporal y glorioso; es decir, que los Santos con sus cuerpos y sus almas han de reinar con Cristo aquí en la tierra como reinarán eternamente en el cielo. Mas creo que ese reinado dará principio en la tierra en el momento de haber dado muerte al Anticristo, pues muerto este y despojado de sus dominios, la Iglesia reinará en todo el universo, y el redil lo compondrán judíos y gentiles, y después el reino será trasladado al cielo por toda la eternidad”. (Com. in Danielem Prophetam, c. 7, 27). La verdad que ningún milenarista lo podría haber dicho mejor, tan clara, precisa y brevemente.

No hay que olvidar, de otra parte, que el Papa San Pío X ya había vislumbrado la  esperanza a la cual Pío IX se refiere: “El paso del tiempo, en el transcurso de unos pocos meses nos llevará a aquel díe venturosísimo, en el que, hace cincuenta años, Nuestro Antecesor Pío IX (…) proclamó y promulgó como cosa revelada por Dios que la Bienaventurada Virgen María estuvo inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción…”, después de esta alusión que nos sitúa en el contexto, San Pío X manifiesta su pensar: “Además tenemos que decir que este deseo Nuestro surge sobre todo de que, por una especie de moción oculta, Nos parece apreciar que están a punto de cumplirse aquellas esperanzas que impulsaron prudentemente a Nuestro antecesor Pío y a todos los obispos del mundo a proclamar solemnemente la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. No son pocos lo que se quejan que hasta el día de hoy esas esperanzas no se han colmado, (…) ¿cómo no
vamos a tener la esperanza que nuestra salvación está más cerca que cuando creímos?; quizá más porque, por experiencia sabemos que es propio de la Divina Providencia no distanciar demasiado los males peores de la liberación de los mismos. Está a punto de llegar su hora, y sus días no se harán esperar”. (Ad diem illum laetissimum, 2 de febrero de 1904). Esta esperanza, a la cual hace alusión San Pío X, y que es la misma de Pío IX al promulgar el dogma de la Inmaculada Concepción, consiste: “Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma Santísima Virgen que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la crudelísima serpiente (…) se forme un sólo redil y un sólo pastor”. (Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854).

Y con un decreto del Santo Oficio, el autor pretende que el milenarismo está  condenado, cuando en realidad, no se trata de un decreto doctrinal condenatorio de un error, sino un decreto disciplinar que prohíbe ad cautelam, es decir: prohíbe por prudencia enseñar, sin pretender zanjar, ni condenar; simplemente pone en guardia por el riesgo o peligro que pudiera haber si se enseña sin tener cuidado, sin más.

Hay un primer decreto del Santo Oficio del 11 de julio de 1941 que después fue modificado, pues, en los términos que se redactó es hasta herético, si bien se mira, ya que estaría negando que actualmente Cristo reina en la tierra al menos desde el sagrario, corporalmente; dicho decreto dice así: “El sistema del milenarismo, aún el mitigado, es decir, el que enseña que, según la revelación católica, Cristo Nuestro Señor antes del juicio final, ha de venir corporalmente a esta tierra a reinar, ya sea con resurrección anterior de muchos justos o sin ella, no se puede enseñar sin peligro”.

Advertido el error, se hizo un segundo decreto el 21 de julio de 1944, cambiando la palabra corporalmente por visiblemente y refiriéndose solamente al milenarismo mitigado.

Podemos leer en el Denzinger n° 2296 el decreto del Santo Oficio del 21 de julio de 1944: “En estos últimos tiempos se ha preguntado más de una vez a esta Suprema Congregación del Santo Oficio, qué haya de sentirse del sistema del milenarismo mitigado, es decir, del que enseña que Cristo Señor, antes del juicio final, previa o no la resurrección de muchos justos, ha de venir visiblemente para reinar en la tierra. Respuesta: El sistema del milenarismo mitigado, no puede enseñarse con seguridad”. La respuesta en latín dice: “Systema Millenarismi mitigati tuto docere non posse”.

Como se puede apreciar, es un decreto disciplinar, no es dogmático, que advierte del riesgo o del peligro del Milenarismo mitigado nada más y queda claro que no es una condenación (universal o de todo milenarismo) como muchos incautos o distraídos creen, y peor los antimilenaristas rabiosos, furibundos que dogmatizan, y queriendo ser celosos guardianes, no son sino canes rabiosos o perros con mal de rabia. Y como ya advertimos, no habla de todo milenarismo sino únicamente del mitigado, por lo que no es lícito extenderla.

Al respecto el P. Castellani comenta: “Lo que ha hecho no ha mucho la Iglesia, ha sido prohibir por un decreto del Santo Oficio, la enseñanza de un milenarismo mitigado, claramente definido en la misma prohibición, la cual naturalmente no sería lícito ampliar. Porque ‘odiosa sunt restringenda’; a saber: ‘el milenarismo de los que enseñen que antes del juicio final, con previa o sin previa resurrección de justos, Cristo volvería a la tierra a reinar corporalmente’.

Este decreto es del 9 de julio de 1941. El decreto ut jacet agarraba también a los exégetas llamados evolucionistas, puesto que, según estos, Cristo reina ya corporalmente, -desde el Santísimo Sacramento- a partir de su Resurrección hasta el Fin del Mundo. Pero no tocaba según parece, a los milenaristas sensatos. 

Salió otro decreto declaratorio tres años después (A. A. S. 1944, p. 212), en el cual la palabra corporaliter ha sido cambiada por visibiliter. Conforme a esto queda excluida la enseñanza, no sólo del milenarismo craso, mas también del carnalmitigado, que imagina un Reino temporal de Cristo a la manera de los imperios de este mundo, con su corte en Jerusalén, su palacio, sus ceremonias y festividades, su presencia vivible y continua -y hasta un Ministro de Agricultura…- ; ‘teología para
negros’ como dice Ramón Doll; semejante al cielo de la película Green Pastures”. (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, ed. Dictio, Bs. As. 1976, p. 68).

Sobre este cambio de corporal por visible, el P. Castellani dice: “La corrección del adverbio ‘corporáliter’ sustituido por ‘visibíliter’ es fácil de comprender. El alegorista que redactó el primer decreto no advirtió quizás que sin querer se condenaba a sí mismo. En efecto, los alegoristas o antimilenistas sostienen como hemos visto que el profetizado Reino de Cristo en el universo Mundo es este de ahora, es la Iglesia actual tal cual. ¿Y cómo reina ahora Cristo en este reino? Reina desde el Santísimo Sacramento ¿Está allí corporáliter? Sí. Había que corregir rápidamente eso. Está pues prohibido enseñar en Sudamérica que Cristo reinará visiblemente desde un trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su Ministro de Agricultura, de Trabajo y Previsión y hasta de Guerra si se ofrece. Muy bien prohibido”. (La Igl. Patríst…, p. 350-351).

Respecto al Milenarismo Patrístico el P. Castellani deja bien claro que no es ni podrá nunca ser condenado: “El Milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será, la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición”. (Ibídem, p. 350).

Este mismo pensamiento lo recalca también el P. Castellani en otra de sus obras: “El Milenarismo espiritual se puede resumir en estas palabras de Hallo: ‘un Milenio está predicado en la Escritura, ese período todavía no se ha dado; en qué consiste a punto fijo y en pormenores no lo sabemos; cuando se dé, lo sabremos’. Así expresado, con discreción y agnosticismo, ese quiliasmo no ha sido jamás condenado por la Iglesia; ni -audemus dicere- lo será nunca, por la simple razón de que la Iglesia no va a condenar la mayoría de los Santos Padres de los cinco primeros siglos, entre ellos los más grandes… (Véase Ecclessia Patristica et Millenarismo, Expositio Histórica a Florentino Alcañiz S.J., Doctore et Magistro Aggregato Facultati Philosophicae Universitate Gregoriana, Granatae, 1933).” (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, p. 68).

Rosadini citado por el autor, y quién fuera maestro del P. Castellani, deja bien claro todo lo contrario de lo que al citarlo se quiere probar. Por lo que relata el mismo P. Castellani: “Y al crítico prepóstero, que tan mal ha leído mi librito y con tanta acrimonia lo juzga, me contento con copiar unas líneas de dos autoridades en materia de exégesis: primero, mi maestro en la Gregoriana 1929-1931, R. P. Silvius Rosadini: ‘Recolere ante onmia jubavit… millenarismum, speciatim illum purum et spiritualem, numquam ab Ecclesia damnatum fuisse. Insuper, verum non est regnum millenarium esse nacessariam consecuentiam hujus sistematis…Sunt qui Apocalypsim eschatologice explicant et tamen quodcumque millenarium regnum rejiciunt… Sunt e contrario plures, alias systemata sectantes, qui hoc modo regnum millenarium Capitis XX exponunt’ (Silvius Rosadini S. J.; Inst. Instroduct, in Libros Novi Testamenti, vol. III, pág. 112, Romae, 1931. Apud Aedes Universitatis Gregor). (Cristo ¿Vuelve… p. 69). Damos la traducción de lo que está en latín: Ayudará ante todo recordar… que el Milenarismo, en particular aquel puro y espiritual, nunca fue condenado por la Iglesia. Además, no es verdadero que el reino milenario sea consecuencia necesaria de este sistema… Hay quienes explican el Apocalipsis esjatológicamente y, sin embargo, rechazan cualquier milenarismo… Hay, por el contrario, muchos siguiendo otros sistemas, que de este modo ponen el reino milenario del Capítulo XX.

Como advierte muy bien el P. Eusebio García de Pesquera, el valor del decreto no es como muchos creen una condenación doctrinal, sino una prohibición prudencial ante un peligro o riesgo posible, nada más; por lo cual pretender darle a este decreto un valor doctrinal mayor de que en realidad tiene es un error y abuso de autoridad cuando no un arma para espantar pájaros, las cosas como son o si no dejan de ser: “La expresión latina ‘tuto doceri non posse’ resulta difícil de traducir con exactitud. Pero resulta evidente que con ella se quiere eludir un claro pronunciamiento doctrinal sobre la ortodoxia o heterodoxia del milenarismo mitigado, sólo se pone en guardia contra él, para que sus opiniones o más bien sus puntos de vista sobre el sentido de tantos pasajes escriturarios, no se enseñen normal y tranquilamente en los centros escolares de la Iglesia”. (Maran Atha ¡El Señor Vuelve!, ed. Círculo, Zaragoza, 1982, p. 85).

Es interesante ver ante la presión ejercida, cuál es el motivo de este antimilenarismo que pretende dogmatizar sobre el tema, tal como el P. Eusebio se pregunta: “Sería interesante, y esclarecedor, descubrir cómo esa opinión de signo ‘antimilenarista’ se afianzó tan fácilmente en la Iglesia de Occidente hasta el punto de que ya sea la única que parece de ‘curso legal’ entre cristiano-católicos”. (Ibídem, p. 84). La respuesta la da el P. Castellani: “Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida del Cristo?”. (El Apokalypsis, ed. Paulinas, Bs. As. 1963, p. 87). Y de otra parte advierte: “El Apokalypsis es el único antídoto actual contra esos ‘pseudoprofetas’ ”. (Ibídem, p. 367). Sobre todo en esta época donde pululan apariciones y profecías por doquier, y paradójicamente por no tener en cuenta, tal como lo señala el P. Castellani: “El que ‘deja allí’ el Apokalypsis canónico, cae en los Apokalypsis falsos”. (Ibídem, p. 387).

Pero lo peor es que los alegoristas o antimilenaristas dogmatizantes y furibundos de hoy, no se dan cuenta que son milenaristas judaizantes y carnales (milenaristas al revés o invertidos; baste ver lo que dice el P. Castellani para verlo: “Un último punto curioso deseo brevemente revelar: muchos de los actuales alegoristas, si no todos, son en el fondo milenistas carnales. En efecto, negando el postparusíaco Reino de Cristo, se ven obligados a reponer el cumplimiento de las profecías en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes de la Segunda Venida; o sea, una ‘Nueva Edad Media’
(ver Berdiaeff y también R. H. Benson en ‘The Dawn of All’) con el Papa como Monarca Temporal Universal, comandando ejércitos de alegres ‘josistas’ en bicicleta y camiseta de sport… Coinciden con el sueño de la Sinagoga antes de la Primera Venida”. (Igl. Patríst. p. 353).

Entonces queda claro como hace ver el P. Castellani que esto es: “El mismo sueño carnal de los judíos que los hizo engañarse respecto a Cristo. Estos son milenistas al revés. Niegan acérrimamente el Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea una solución infrahistórica de la historia; lo mismo que los impíos ‘progresistas’. Como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la Historia; y en el fondo, la misma inspiración divina de la Sagrada Escritura”. (El Apok. P.367).

El mismo Juan XXII, en su discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, no queriendo ser un profeta de desgracias y calamidades, decide realizar el Concilio Vaticano II con optimismo primaveral y anti apocalíptico abriendo las ventanas de la Iglesia al mundo moderno liberal y progresista, por lo cual manifiesta: “Mas nos parece necesario decir que disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos”, pero lo que en realidad aconteció fue lo que en palabras de Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios, aunque suene fuerte e hiera los oídos frágiles, cual de vírgenes bobas, dice cruda pero real y verazmente: “Pensando abrirle los brazos al mundo moderno, la Iglesia le abrió las piernas”. Pero la verdad aunque duela, claro que se entiende los hombres de Iglesia, por eso quedo preñada de errores y herejías que cada vez más se van evidenciando.

San Pío X, no hay que olvidarlo, contrariamente al pensar de Juan XXIII, si creía que estábamos en los últimos tiempos apocalípticos al decir en su primera encíclica E supremi apostolatus del 4 de octubre de 1903, hace más de 1oo años: “Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que hemos de esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en el mundo el hijo de la perdición de quien habla el apóstol”. ¡Que no diría hoy!

Esto que dijo Don Nicolás se compagina con la imagen de la Iglesia y del Anticristo (Pseudoprofeta) que nos dio Santa Hildegarda (1098-1179) en sus ‘Scivias’ (Conoce los Caminos) escrito entre 1141-1152, y que reproducimos, pues más dice una imagen que mil palabras.

P. Basilio Méramo
Bogotá, 4 de Marzo de 2016

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Pésele al Hereje de turno....


     Independientemente de que la acomodaticia herejía y traidora de Felón, acuerdismo;    o la falsa resistencia del oxfordiano Williamson "acuerdismo light", estén devastando al pequeño rebaño apocalíptico, este último, Williamson, con el apoyo herético del teodontólogo de la patagonía, con sus herejías de la "presencia apartente" en SU falso sacramento eucarístico o su otra teoría herética de Odo Casel  de "concomitantes sacramentos parciales" con el resultado visible de nula apología ante las falsas resistencias en la hoy mermada radio ceriandad, y aunque no les guste la única verdad es que el Advenimiento de Nuestro Amado Redentor, que comenzó en la "Casa del Pan" está a punto de culminar con su gloriosa Parusía,  todo parece apuntar a que el próximo año 17 sería una aproximación idónea, si bien es cierto que "Nadie sabe el día ni la hora" no menos cierto es "El que tenga ojos que vea, el que tenga inteligencia calcule"  Así pues no solo convergen los 6000 años de la creación el 2 de Octubre de 2016, sino que también tiene lugar la preclusión del cómputo del Santo Profeta Daniel, el centenario de Fátima, la preclusión del "segundo medio tiempo más" del binomio Anas-Caifás modernista, sino que hay varias y contables señales que apuntan indefectiblemente para el citado año, la única verdad aunque le pese a los impotentes y de suyo a quien le pese, el Reino material y físico de Nuestro Señor JesuCristo durante los 1000 años prometidos por el mismo y eternamente en la casa de Jacob, están a punto de ser implementados, eliminando no solo las falsas y demoniacas Iglesias, sino a la misma Gran Ramera, a todo sectario y hereje (¿Acaso encontrará la Fe?).

     Es menester imperioso que las cinco vírgenes prudentes, además de no fornicar con los reyesuelos del mundo, no fornicar con la gran ramera, no fornicar con falsas resistencias, no fornicar con falsas ideas heréticas, también conserven la gracia (aceite de la lámpara) y aun con el riesgo de sorprender a quienes no pueden ver las intenciones porque una vez en el convite de las bodas podremos escuchar (DIOS no lo permita) la terrible frase:  "AMIGO COMO HAS ENTRADO SIN EL TRAJE DE BODAS, ATADLO Y HECHADLO FUERA".

     Tanto felonistas, como williamsonianos, impotentes, y sedevacantontos, o con todo aquel apegado por una estúpida y mal entendida conveniencia sacramental, como son el caso de Luisito malsano y del estimado Faisán, que en lugar de defender al único y verdadero Cristo hoy se dedican a publicar románticas poesías, están en grave riesgo de un ulterior destino de infierno.   Esperemos en DIOS que por el nacimiento (encarnación) de su Divino hijo, parte consubstancial del mismo DIOS y el Espíritu Santo, se puedan alumbrar estas falsas vírgenes que son especialistas en ver la paja del ojo ajeno, que empero no se dan cuenta de los efectos antiapologéticos de su decadente paracristiano baluarte, porque ya comienza a parecer que todo está perdido.

    Apiádate Señor de nosotros  y ven ya.


     SEA PARA GLORIA DE DIOS
     Alberto González.

viernes, 12 de diciembre de 2014

12 Diciembre Solemnidad de la fiesta de la Santísima Virgen María de Guadalupe, Reina de México Emperatriz de América

Et signum magnum paruit in caelo mulier amicta sole et luna sub  Apocalipsis 12:1

Non fecit taliter omni nationi"
El 25 de mayo de 1754, el Papa Benedicto XIV, confirmó el Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre la Nueva España, y promulgó una Bula que aprobó a la Virgen de Guadalupe como Patrona de México, concediéndole misa y oficio propios. Estas gracias que el Papa le concedió a la Virgen de Guadalupe se dieron gracias a este hecho: El Papa, después de contemplar extasiado una copia auténtica de la Guadalupana, pintada por Don Miguel Cabrera, fue llevada como regalo a Su Santidad por el padre Juan Francisco López. En esa ocasión luego de examinarla con atención, con lágrimas en los ojos pronunció una frase del salmo 147, 20 que se ha perennizado: “non fecit taliter omni nationi” NO HIZO COSA IGUAL CON OTRA NACIÓN.

REINA DE MÉXICO Y EMPERATRIZ DE AMERICA
ora pro nobis




RELATO DE LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA
SEGUN EL NICAN MOPUA:
En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.
Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.
Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.
Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo".

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo" Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".

Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

SEGUNDA APARICIÓN

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.
Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido..."
Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.
Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía". Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.
Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”. Respondió Juan Diego: ”Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.
Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”.
Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.
Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.
Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.
Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

TERCERA APARICIÓN

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.
Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.
Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

CUARTA APARICIÓN

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.
La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.
Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.
Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.
(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.
Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.
Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.
Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.
Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.
Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.
Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.
Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.
Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.
Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.
También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.
El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.
La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.
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jueves, 11 de diciembre de 2014

ET NE NOS INDÚCAS....

O Acotaciones a las homilías y escritos del R. P. Basilio Méramo.


     "AVE MARIA PURISSIMA"


     De los Evangelios de las 10 vírgenes las imprudentes sin duda alguna son aquellas que no mantienen la gracia,     de la mitad agraciada que es candidato a las bodas del Cordero, podría darse el caso que entren "sin el vestido" para la ocasión (verdadera caridad) y escuchar del Pater familias la terrible sentencia:  "AMIGO, ¿COMO HAS ENTRADO SIN EL VESTIDO DE BODAS?" (verdadera caridad) y esto específicamente porque el único que puede ver las intenciones es el CREADOR, luego sin el vestido de la verdadera caridad aunque a las bodas se hubiere colado alguna virgen con aparente gracia, solo quien todo lo sabe determinará si el vestido le permite mantenerse en el convite o será arrojado a las tinieblas eternas.

     No hay que soslayar en consecuencia que no solo tiene que ser virgen, sino virgen prudente y con vestido de caridad, nadie que no se hubiere negado a sí mismo, tomado su cruz y le hubiera seguido participará en las bodas del Cordero.


     ¿Como pues podría una doncella esperar fecundidad de quien se sabe, declara y nomina a sí mismo como impotente?

     Reverendo Padre Méramo, el solo nombre de Non Possumus debería bastar para saber que es mas sano predicarle a los peces, máxime cuando enarbola la bandera del anglicano oxfordiano y ahora cínicamente rosacruz hijo de Willy.    Toda esta facción usurpadora y devastadora del pequeño rebaño que no solo YA PERDIÓ SU VIRGINIDAD APOCALÍPTICA, sino que la HA HECHO PERDER AMUCHOS, los más tontos y débiles, que dicho sea de paso, como demostré con antelación, con nexos y apologías al "ODONTEOLOGO" de radio ceriandad no han logrado sino cuasi exterminar a las posibles vírgenes en la Fe y Esperanza pura, y ¿Usted espera que DIOS obre milagros devolviendo "la virginidad" a quienes dejaron de serlo?

     Le recuerdo que una sola mancha en el vestido de las bodas es suficiente para ser expulsado del convite, ¿Que más es menester mencionar acerca de los falsos aceites de las falsas vírgenes que inundan el orbe?.

     El precepto de no volver ni por la túnica, es para el real pequeño rebaño, no para presbíteros y falsos sacerdotes que fornican con el mundo y el anticristo;    Ni para presbíteros y falsos sacerdotes que aunque despotriquen en contra de Pedro romano, (el simple humano actual vinculado a la gloria del olivo en persecución extrema de San Malaquías), que empero, postulan heréticas posiciones como el ex teodontologo de la reja, con su falsa humildad y sus heréticas posturas, vestidos con falsos trajes de piedad (aunque le sirvan de difusión a su paternidad).

     No señor, ya casi empieza a parecer todo perdido, es casi inminente el retorno anunciado del Divino Cordero, y cada vez más pequeña la grey;   si bien es cierto que es obligación del verdadero cristiano anunciarlo y proclamarlo, no menos cierto es que la primera obligación para estas épocas es resistir guardando.

      Quien dejó de ser virgen, no recuperará la virginidad.

     SEA PARA GLORIA DE DIOS
     Alberto González.

Escrito del R.P. Basilio Méramo

¿QUÉ PENSAR DE “NON POSSUMUS”?
Antimilenarismo Judaizante o Ignorancia Supina.

Non Possumus se aferra a cualquier texto que encuentren para publicarlo sin
analizar su contenido, denotando que tiene grandes falencias exegéticas que han
sido refutadas.

El papel judáico que juegan, queda vislumbrado con estos textos del P. Castellani y
se hace prácticamente manifiesto al desplegar con furibunda tenacidad visceral su
fobia antiapocalíptico-milenarista y que tienen un gran trasfondo de supina
ignorancia. Pero como no hay peor sordo que el que no quiere oír ni ver, Non
Possumus confirma el nombre que caracteriza su miserable impotencia ante lo que
le supera, y todo en aras de una hipotética, ilusoria y falsa restauración que esperan
sin Parusía, tanto Mons. Williamson y compañía, quedando evidenciado su
judaizante proceder: “Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo
terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida de Cristo? (Etudes 1919, Sobre el
Apokalypsis, tomos 159 y 160). El actual socialismo comunista, por ejemplo, es
netamente milenista carnal (y ateo), es decir ‘judaizante’ ” (El Apokalypsis de San
Juan, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p.87).

Incluso los que esperan un triunfo bajo un gran rey o emperador: “Desde aquí nos
separamos de Holzhauser, para quienes Sardes duraría ‘desde Carlos V y León X
hasta el Emperador Santo y el Papa Angélico’ que él esperaba vendría; por la
sencilla razón de que no vinieron; ni tenemos la menor esperanza de que vengan.
Esa leyenda medieval de que vendría un tiempo de ‘inimaginable’ esplendor y
triunfo de la Iglesia, por obra de un Gran Rey y un Pontífice comparable a un
Ángel, que inspiró numerosas profecías privadas, ni tiene fundamento
escriturístico ni de ninguna clase, es una ilusión poética. Parece ser fue inventada
den el siglo XV por el monje Petrus Galatinus en su libro ‘De arcanis Fidei
misteriis contra Iudeaeos’ ” (Ibídem, p. 56-57).

De otra parte sabemos por el P. Meinvielle, que Pedro Galatino, era uno de los
grandes cabalistas de su tiempo en la edad de oro de la cábala que penetró en el
cristianismo en Italia, como se puede ver: “Con Pico de la Mirándola y Reuchlín, a
quienes no es posible separar, la Cábala entra triunfalmente en la Cristiandad.
Pero con el De arte cabalística estamos ya en 1517, cuando Italia conoce la
extraordinaria generación de Galatino (1460-1540), Justiniano (1470-1536),
Jorge de Venecia (1460-1540), Pablo Ricci (+1541), card. G. P. De Viterbo (1465-
1532), para no citar sino a los más eminentes representantes de la Cábala
cristiana” (P. Julio Meinvielle, De la Cábala al Progresismo, ed. Calchaquí, Salta,
1970, p.219).

El siguiente texto del P, Castellani, nos sirve para redondear la idea: “Doctores de
la Fe se pretenden estos, y son tenidos de muchos por tales; incluso publican libros
con aprobaciones episcopales, en gran peligro de ser engañados andan los fieles.
Uno de ellos muy famoso del siglo XIX (y muchos dellos hoy día) enseñó que la
Iglesia antes del Juicio Universal tiene que llegar a un triunfo y prosperidad
completos, en que no quedará sobre el haz de la tierra un solo hombre por
convertir (‘un solo rebaño y un solo Pastor’) y sin más ni más se cumplirán todas
las exuberantes profecías viejotestamentarias. De acuerdo a algunas profecías
privadas, se imaginan al Papa (al ‘Pastor Angélico’ que debería haber sido Pío
XII) reinando sobre todo el mundo apoyado en un Monarca Católico vencedor
(que los franceses dicen será francés ¡Enrique V! o ¡Luis Carlos I! pues hasta el
nombre le saben; los alemanes que será alemán, etc.) el cual sin embargo,
mandará menos que el Papa, pues el Papa mandará en todo el mundo y así en las
Santas Pascuas y grandes fiestas ¡hasta la resurrección de la carne! Y después a
mayores fiestas… Es el mismo sueño carnal de los judíos que los hizo engañarse
respecto a Cristo. Estos son milenaristas al revés. Niegan acérrimamente el
Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un
Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea
una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos ‘progresistas’
como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención
sobrenatural de Dios en la Historia; y en el fondo, la misma inspiración divina de
la Sagrada Escritura” (Ibídem, p. 366-367).

Ante todo esto el remedio nos lo da el Apocalipsis como hace ver el P. Castellani:
“El Apokalypsis es el único antídoto actual contra esos ‘pseudoprofetas’ ” (Ibídem,
p.367).

Así a Mons. Williamson y a Non Possumus les está pasando lo mismo que a los
progresistas, tal como se puede verificar por lo dicho aquí: “Hoy día muchísimos
católicos, incluso escritores, incluso predicadores, incluso sabios como Berdaieff o
Dawson, sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a
nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. En eso soñó León Bloy y Veuillot y
Hello y toda la escuela de apologistas románticos franceses comenzando por
Chateaubriand y Lammenais. En eso sueña Papini. ¿Y es otra cosa que eso el
fondo del llamado mensaje del gran orador Milanesi? ¿Y es eso otra cosa que un
milenarismo anticipado, tan imaginario y mucho menos fundado que el mío? …
Yo por lo menos no sueño en el vacío” (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed.
Dictio, Bs. As. 1978, p.387).

“No quedamos en las mismas –dijo don Benya– porque quedamos en una o en
otra condicionalmente; y tuvimos excluimos ese gran triunfo temporal de la
Iglesia antes de la Parusía, que me parece un peligroso ensueño contemporáneo…
– ¡Es un anzuelo del Anticristo! Exclamó el chileno. ¡Es él quien prometerá
realizar ese ensueño con las solas fuerzas del hombre ensoberbecido! ¡Él
prometerá la paz, la prosperidad, el nuevo Edén!, y se pondrá a edificar
sacrílegamente la nueva Babel” (Ibídem, p.398).

“Pero de un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la tierra antes de
la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales, y consistente en un
esplendor de la Iglesia también temporal…” (Ibídem, p.287).

Publica Non Possumus, el sábado 6 de Diciembre de 2014, en el artículo ¿Qué
Pensar del Milenarismo? Parte IV, un fragmento de Theologiae cursus completus,
tom. XI, Parisiis, 1838, p. 644-646, tomado ¡oh sorpresa!, del sitio sedevacantista
Amor de la Verdad (Moimunanblog) cuyo director es Antonio Moiño Munitiz; blog
éste caracterizado por un dogmatismo visceral (los extremos se unen por lo visto,
aunque espero que no caigan en esa distorsión del verdadero sedevacantismo que
es una conclusión teológica evidente quoad sapientes y que ha sido eclipsado por la
dialéctica estulta entre sedevacantismo y antisedevacantismo ultra-dogmáticosviscerales).

En dicho artículo se pretende aplastar el milenarismo al decir: “Las sentencias
sobre el reino milenario de Cristo con sus santos ni siempre, ni en cualquier lugar,
ni por todos ha sido dada en la tradición en los primeros tres siglos de la Iglesia”,
lo cual es un error que contradice la historia, pues en la Iglesia primitiva esa era la
exégesis común de los tres primeros siglos de la Iglesia como muestra el P. Alcañiz
con su, tesis doctoral que fue traducida por el P. Castellani y enmarcada con sus
comentarios bajo el título La Iglesia Patrística y la Parusía, diciéndolo así el P.
Castellani en el prefacio: “El joven castellano recorrió los escritos de los Santos
Padres y Doctores de los cinco primeros siglos y encontró … lo que encontrarán
ustedes: todos los santos Padres primitivos son milenistas; con las
pequeñas especificaciones de exactitud que hallarán ustedes en la tabla sinóptica
del fin del librito” (ed. Paulinas, Bs. As. 1962, p.9).
“El milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será:
la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición”
(Ibídem, p.350).

“El milenarismo real no enseña otra cosa sino que Apokalypsis XX y I Corintios
15, pueden ser interpretados literalmente sin quiebra de la fe ni inconveniente
alguno; que así lo entendieron los Padres apostólicos…” (Los Papeles de Benjamín
Benavides, p.418).

“El milenarismo ingenuo, aún no teológico, fue la opinión de la primitiva Iglesia,
como se puede colegir de sus expositores primeros, ‘de grandes varones de Iglesia
y numerosos mártires’, para usar la fórmula de su mismo encarnizado adversario
San Jerónimo” (Ibídem, p.413).

“En el siglo primero todos los testimonios que se refieren a los últimos días hablan
milenísticamente: en este tiempo no aparece ningún antimilenismo” (La Iglesia
Patrística y la Parusía, p. 303).

“Siglo segundo. Más rico en testimonios acerca de la Parusía que el primero. En el
surge a escena el Apokalipsi y suministra nuevos elementos al milenio mismo”
(Ibídem, p.304).

“Así entendieron ese capítulo casi todos los padres de los cuatro primeros siglos,
desde el primer siglo en que todavía vivían los Apóstoles. Creían tranquilamente
que iba a haber un Reino de Mil Años; y que la Iglesia va a ser en él sumamente
próspera y va a ser regida de hecho por Jesucristo, después de la Parusía, o sea
después de que Jesucristo haya bajado a vencer el Anticristo” (P. Castellani,
Catecismo para Adultos, ed. Patria Grande, Bs. As. 1979, p.176).

Más adelante el P, Castellani refiriéndose al Padre Florentino Alcañiz dice: “Hizo
su tesis en Roma de Doctor en Escritura Sacra sobre ‘La Iglesia Patrística y la
Parusía’, a la cual ya me referí, y la traduje al castellano porque él me pidió que lo
hiciera y me regaló su libro, lo modifiqué un poco, lo amplié y está impreso. Ahí él
hizo un trabajo minuciosísimo sobre todos los Padres de los primeros siglos de la
Iglesia, hasta el siglo V y resulta que en el siglo I, todos sin excepción, eran
milenistas y después en el siglo II, III, IV, V, fueron disminuyendo, sobre todo
después de la exégesis de San Agustín muchos abandonaron la idea milenista y se
hicieron alegoristas. Al final hace un esquema donde pone a los Santos Padres por
orden, por siglos y por fechas, donde uno ve que la tradición de la Iglesia entonces
era el milenismo espiritual que dicen ahora. Por eso digo yo que jamás va a
condenar la Iglesia el milenismo espiritual, porque eso sería cortar la rama donde
está sentada; porque ella está sentada sobre la Tradición” (Ibídem, p. 180-181).
“Pero hoy día hay una especia de conjura que impide la exégesis antigua y vuelve
de hecho obligatoria la alegórica de San Agustín por medio de castigos o
amenazas” (Ibídem, p. 179-180).

“Pero el Milenarismo y antimilenarismo representan en la realidad histórica
hodierna dos espíritus, dos modos de leer la Escritura y de ver en consecuencia la
Iglesia y el mundo, De ahí la lucha” (Los Papeles. p. 412).

Y así, poniendo el dedo en la llaga, el P, Castellani expresa: “! Dios mío! En suma:
es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo
teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días; que tiene
como raíz el no pensar en la Parusía ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin
negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad
hacia el foco del ‘progresismo mennesiano* ’ ” (Ibídem p.312).

P. Basilio Méramo

Bogotá, 1o de diciembre de 2014