San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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sábado, 8 de febrero de 2025

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La Misa que hoy celebramos corresponde al quinto domingo después de Epifanía. Como todos saben, los domingos después de Pentecostés varían entre 23 y 28 domingos, entonces esos 24 domingos después de Pentecostés se completan con los domingos de Epifanía y la razón es debida a la fiesta de Pascua, que es una fiesta móvil y de acuerdo con esa movilidad acontece esta variación.

En el Evangelio de hoy vemos cómo está la cizaña en medio del trigo. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, dice que en la otra parábola anterior a ésta nuestro Señor quería mostrar la causa, el origen del mal, ab extrínseco, es decir, el origen del mal desde afuera y que con la parábola de hoy, de la cizaña, porque la otra era la del sembrador, quiere mostrar el origen, la causa del mal desde adentro, ab intrínseco.
Es una gran lección. El mal siempre ha sido motivo de discurso filosófico y también por desgracia lo ha sido de escándalo; no olvidemos que la interpretación que se hacía del origen del mal produjo esa gran herejía maniquea que perduró hasta la Edad Media con los albigenses, con los cátaros. Los maniqueos hacían del principio del bien a Dios y del principio del mal al demonio o a un origen maligno, estableciendo esa dualidad, por decir un poco grotescamente, un Dios comienzo del bien y un dios comienzo del mal; o un demonio tan poderoso como el Dios del bien, tanto, que la materia era producida por el mal y, por lo mismo, no podía ser bueno lo que proviniese de la materia.

Muchos entonces conculcaban el matrimonio y la procreación legítima; era imposible que Dios se encarnase porque cómo iba a tomar un cuerpo humano si esa carne era mala; y qué se diría de la comunión, que vamos a comulgar un cuerpo, la sangre de nuestro Señor, si eso entonces también es malo y así sucesivamente se destruiría toda la realidad sobrenatural y sacramental de la fe católica. Todo lo anterior por no tener una concepción verdadera del origen del mal.

Y nuestro Señor quiere mostrar, primero, que existe el mal, que es una realidad y quiere exponernos su causa. Éste existe de mil y una formas. El mal no se origina en Dios sino que es introducido por el maligno, Satanás, que como criatura espiritual libre, reniega y apostata de Dios y quiere que todo el cosmos, que todo el universo que está por debajo de esa realidad angélica, también haga el mismo acto de repudio de Dios. Ahí se inicia el mal en oposición al bien que de suyo es difusivo, porque el bien se difunde por sí mismo. Por eso el bien es caritativo, se da, se entrega, mientras que el mal quiere negar el bien. Si vemos a nuestro alrededor el mal a través de las enfermedades, a través de la muerte, es por el pecado y no solamente el de los ángeles malditos, sino el de cada uno de nosotros que se suma en ese acto de repudio.

De allí vienen las secuelas de ese mal que se va multiplicando porque va deteriorando nuestro universo, va corrompiendo la materia, por eso hoy vemos tantas enfermedades degenerativas como el cáncer, que es una descomposición de los tejidos. Ya las enfermedades no son las mismas de antaño, sino más bien una putrefacción, para mostrar cómo se acrecienta ese mal a través de las generaciones. Por eso no debemos escandalizarnos cuando vemos a un niño que nace sin culpa o que muere inocentemente, porque mucho más lo fue nuestro Señor y murió en la Cruz.

Dios deja el mal también como un modo de manifestar el bien si se lo asocia a la Cruz, si se lo acepta. Por eso la Cruz es un escándalo para los paganos y para el mundo de hoy. En cambio, para nosotros, lejos de ser un escándalo es una gloria, es un triunfo, porque todo mal que suframos va asociado a la Cruz redentora de nuestro Señor Jesucristo. El mundo de hoy, pagano e impío, no quiere que se le hable del mal, quiere negarlo; aunque lo tiene a su alrededor lo ahoga y lo aprisiona, quiere rechazar esa realidad; cuando alguien se muere, nadie quiere velarlo en casa; cuando alguien tiene una enfermedad pretende que el médico haga milagros, que se le alargue la vida de un modo inhumano, pero hay que saber dejar fallecer a la gente y hay que saber hacerlo.

El mundo de hoy no sabe morir, no quiere, está lejos hoy el sacrificio, la abnegación. Por eso la separación de los matrimonios que no saben sufrir, no saben soportar y mucho menos ofrecer ese padecimiento como un medio de merecer el cielo. Muy al contrario, se gusta de la televisión, de la pornografía, de todo aquello que exalte los apetitos y las pasiones; se quiere tener libertad sin freno para todo aquello que caprichosamente se nos venga en gana, cuando es otra la realidad que la Iglesia y Dios nos proponen. De igual manera se quiere una religión que no hable de sacrificios, que vaya en consonancia con ese ideal mundanal, que no se nos mencione el infierno, el pecado, una religión donde todo sea lícito, según el parecer o conciencia de cada uno.

Pues bien, esa religión ya existe y usurpa el nombre de católica pero no es la verdadera que está en la Tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana. Por supuesto entonces hay una nueva misa que no es católica y sin embargo es la que hoy la gente está obligada a escuchar. Quiere oírla pero no es misa sino que es una sinapsis sin altar, una mesa como quería Lutero, sin sacrificio, sin calvario, sin cruz. Esa nueva religión sin Cruz es la que hoy está destruyendo a la Iglesia y que será la religión del anticristo, mis estimados hermanos. Porque no puede existir una religión católica sin Cruz. Y el sacerdote que predique un cristianismo sin Cruz es un agente camuflado del anticristo, no es un sacerdote de Dios.
Ese es el drama de la hora presente que no me cansaré de advertir porque vivimos muy distraídos, no queremos que se nos recuerde el Apocalipsis, como no nos gusta que se nos recuerde que nos tenemos que morir. Pues todo lo contrario, hay que tener presente la muerte y muy presente el Apocalipsis para tener la inteligencia de los acontecimientos que hoy nos fustigan y que culminarán en la gran apostasía del anticristo, pero que gracias a Dios, como dice San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, será destruido por la presencia de nuestro Señor, por la Parusía de nuestro Señor. Satanás no quiere que se hable de la Parusía porque sabe que será destruido el anticristo, el lugarteniente del demonio aquí en la tierra con la presencia y majestad de Cristo Rey, bajando del cielo. Lo dicen las Escrituras, pero desgraciadamente no lo queremos tener presente, ni tenerlo en cuenta, ni que se nos recuerde.

Lamentablemente la mala formación del clero, no de hoy sino de muchos años atrás, ha hecho que todas esas verdades no sean firmemente recordadas a los fieles por lo que parecería un loco aquel que lo haga pues estaría fuera de contexto. Personalmente, me importa muy poco estar fuera de la moda; es más, si queremos conservar nuestra fe, la fe católica, apostólica y romana, si queremos morir en la verdadera Iglesia de Dios en los momentos actuales que nos toca vivir, debemos tener una espiritualidad profundamente apocalíptica para defendernos del mal que destruye la Iglesia, brindándonos una religión sin Cruz.

Esa es la misión de todo sacerdote modernista, propagar una religión sin Cruz, una religión sin dogma de fe; eso es el ecumenismo, mancomunar a todos los hombres en un credo sin dogmas que dividan, es una realidad. ¿Qué pasa con ese proceso sino la judaización de la Iglesia católica? El baluarte de la verdad está en la sacrosanta religión católica que se conserva en la Tradición. Ahora bien, no puede haber Iglesia Católica sin tradición, que no es de hombres sino divina y no es más que la transmisión del depósito de la fe desde nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles; es la que nos da la garantía de la verdad, aunque seamos una ínfima minoría. Y como minoría tenemos que ser valientes para defendernos de cara al mundo, porque en el nombre de Dios se nos cortará la cabeza. Vaya si no habrá peor fariseísmo, pero esa será la realidad.

“No todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salvará”, no todo el que dice ¡Dios, Dios! se salvará, porque Dios, el Dios verdadero es Uno y Trino y no es el falso dios de los mahometanos, de los judíos, de los testigos de Jehová, de los protestantes, de los budistas, de los animistas, sino el de la revelación. Ese es nuestro Dios que se hizo carne para redimirnos y salvarnos del mal. Ese mal que debemos tener presente existe, al igual que el enemigo, pero no debemos escandalizarnos y, eso sí, cuando lo detectemos, cercenarle la cabeza; por eso la Iglesia tiene el arma de la excomunión que es guillotinarle la cabeza a cualquier miembro que está pudriendo desde dentro la fe. También hay que saber sufrir el mal porque no siempre es fácil detectarlo y al arrancarlo, porque podemos también arrancar trigo; esa es la espera de la parábola de hoy, espera hacia el final para que sin confusión ni error se separen los buenos de los malos y que mientras tanto sepamos padecer a los malos y rezar por su conversión para que también se salven, para que no rechacen a Dios ni a la Iglesia; por eso la Iglesia es misionera.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos perseverar en el bien y la verdad para que proclamemos siempre en alto esa profesión de fe y así ser fieles testigos de la verdad que es Dios nuestro Señor. +

PADRE BASILIO MERAMO
10 de noviembre de 2002

domingo, 10 de noviembre de 2024

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA o Equivalente al Vigésimo Quinto después de Pentecostés

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La Misa que hoy celebramos corresponde al quinto domingo después de Epifanía. Como todos saben, los domingos después de Pentecostés varían entre 23 y 28 domingos, entonces esos 24 domingos después de Pentecostés se completan con los domingos de Epifanía y la razón es debida a la fiesta de Pascua, que es una fiesta móvil y de acuerdo con esa movilidad acontece esta variación.

En el Evangelio de hoy vemos cómo está la cizaña en medio del trigo. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, dice que en la otra parábola anterior a ésta nuestro Señor quería mostrar la causa, el origen del mal, ab extrínseco, es decir, el origen del mal desde afuera y que con la parábola de hoy, de la cizaña, porque la otra era la del sembrador, quiere mostrar el origen, la causa del mal desde adentro, ab intrínseco.
Es una gran lección. El mal siempre ha sido motivo de discurso filosófico y también por desgracia lo ha sido de escándalo; no olvidemos que la interpretación que se hacía del origen del mal produjo esa gran herejía maniquea que perduró hasta la Edad Media con los albigenses, con los cátaros. Los maniqueos hacían del principio del bien a Dios y del principio del mal al demonio o a un origen maligno, estableciendo esa dualidad, por decir un poco grotescamente, un Dios comienzo del bien y un dios comienzo del mal; o un demonio tan poderoso como el Dios del bien, tanto, que la materia era producida por el mal y, por lo mismo, no podía ser bueno lo que proviniese de la materia.

Muchos entonces conculcaban el matrimonio y la procreación legítima; era imposible que Dios se encarnase porque cómo iba a tomar un cuerpo humano si esa carne era mala; y qué se diría de la comunión, que vamos a comulgar un cuerpo, la sangre de nuestro Señor, si eso entonces también es malo y así sucesivamente se destruiría toda la realidad sobrenatural y sacramental de la fe católica. Todo lo anterior por no tener una concepción verdadera del origen del mal.

Y nuestro Señor quiere mostrar, primero, que existe el mal, que es una realidad y quiere exponernos su causa. Éste existe de mil y una formas. El mal no se origina en Dios sino que es introducido por el maligno, Satanás, que como criatura espiritual libre, reniega y apostata de Dios y quiere que todo el cosmos, que todo el universo que está por debajo de esa realidad angélica, también haga el mismo acto de repudio de Dios. Ahí se inicia el mal en oposición al bien que de suyo es difusivo, porque el bien se difunde por sí mismo. Por eso el bien es caritativo, se da, se entrega, mientras que el mal quiere negar el bien. Si vemos a nuestro alrededor el mal a través de las enfermedades, a través de la muerte, es por el pecado y no solamente el de los ángeles malditos, sino el de cada uno de nosotros que se suma en ese acto de repudio.

De allí vienen las secuelas de ese mal que se va multiplicando porque va deteriorando nuestro universo, va corrompiendo la materia, por eso hoy vemos tantas enfermedades degenerativas como el cáncer, que es una descomposición de los tejidos. Ya las enfermedades no son las mismas de antaño, sino más bien una putrefacción, para mostrar cómo se acrecienta ese mal a través de las generaciones. Por eso no debemos escandalizarnos cuando vemos a un niño que nace sin culpa o que muere inocentemente, porque mucho más lo fue nuestro Señor y murió en la Cruz.

Dios deja el mal también como un modo de manifestar el bien si se lo asocia a la Cruz, si se lo acepta. Por eso la Cruz es un escándalo para los paganos y para el mundo de hoy. En cambio, para nosotros, lejos de ser un escándalo es una gloria, es un triunfo, porque todo mal que suframos va asociado a la Cruz redentora de nuestro Señor Jesucristo. El mundo de hoy, pagano e impío, no quiere que se le hable del mal, quiere negarlo; aunque lo tiene a su alrededor lo ahoga y lo aprisiona, quiere rechazar esa realidad; cuando alguien se muere, nadie quiere velarlo en casa; cuando alguien tiene una enfermedad pretende que el médico haga milagros, que se le alargue la vida de un modo inhumano, pero hay que saber dejar fallecer a la gente y hay que saber hacerlo.

El mundo de hoy no sabe morir, no quiere, está lejos hoy el sacrificio, la abnegación. Por eso la separación de los matrimonios que no saben sufrir, no saben soportar y mucho menos ofrecer ese padecimiento como un medio de merecer el cielo. Muy al contrario, se gusta de la televisión, de la pornografía, de todo aquello que exalte los apetitos y las pasiones; se quiere tener libertad sin freno para todo aquello que caprichosamente se nos venga en gana, cuando es otra la realidad que la Iglesia y Dios nos proponen. De igual manera se quiere una religión que no hable de sacrificios, que vaya en consonancia con ese ideal mundanal, que no se nos mencione el infierno, el pecado, una religión donde todo sea lícito, según el parecer o conciencia de cada uno.

Pues bien, esa religión ya existe y usurpa el nombre de católica pero no es la verdadera que está en la Tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana. Por supuesto entonces hay una nueva misa que no es católica y sin embargo es la que hoy la gente está obligada a escuchar. Quiere oírla pero no es misa sino que es una sinapsis sin altar, una mesa como quería Lutero, sin sacrificio, sin calvario, sin cruz. Esa nueva religión sin Cruz es la que hoy está destruyendo a la Iglesia y que será la religión del anticristo, mis estimados hermanos. Porque no puede existir una religión católica sin Cruz. Y el sacerdote que predique un cristianismo sin Cruz es un agente camuflado del anticristo, no es un sacerdote de Dios.
Ese es el drama de la hora presente que no me cansaré de advertir porque vivimos muy distraídos, no queremos que se nos recuerde el Apocalipsis, como no nos gusta que se nos recuerde que nos tenemos que morir. Pues todo lo contrario, hay que tener presente la muerte y muy presente el Apocalipsis para tener la inteligencia de los acontecimientos que hoy nos fustigan y que culminarán en la gran apostasía del anticristo, pero que gracias a Dios, como dice San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, será destruido por la presencia de nuestro Señor, por la Parusía de nuestro Señor. Satanás no quiere que se hable de la Parusía porque sabe que será destruido el anticristo, el lugarteniente del demonio aquí en la tierra con la presencia y majestad de Cristo Rey, bajando del cielo. Lo dicen las Escrituras, pero desgraciadamente no lo queremos tener presente, ni tenerlo en cuenta, ni que se nos recuerde.

Lamentablemente la mala formación del clero, no de hoy sino de muchos años atrás, ha hecho que todas esas verdades no sean firmemente recordadas a los fieles por lo que parecería un loco aquel que lo haga pues estaría fuera de contexto. Personalmente, me importa muy poco estar fuera de la moda; es más, si queremos conservar nuestra fe, la fe católica, apostólica y romana, si queremos morir en la verdadera Iglesia de Dios en los momentos actuales que nos toca vivir, debemos tener una espiritualidad profundamente apocalíptica para defendernos del mal que destruye la Iglesia, brindándonos una religión sin Cruz.

Esa es la misión de todo sacerdote modernista, propagar una religión sin Cruz, una religión sin dogma de fe; eso es el ecumenismo, mancomunar a todos los hombres en un credo sin dogmas que dividan, es una realidad. ¿Qué pasa con ese proceso sino la judaización de la Iglesia católica? El baluarte de la verdad está en la sacrosanta religión católica que se conserva en la Tradición. Ahora bien, no puede haber Iglesia Católica sin tradición, que no es de hombres sino divina y no es más que la transmisión del depósito de la fe desde nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles; es la que nos da la garantía de la verdad, aunque seamos una ínfima minoría. Y como minoría tenemos que ser valientes para defendernos de cara al mundo, porque en el nombre de Dios se nos cortará la cabeza. Vaya si no habrá peor fariseísmo, pero esa será la realidad.

“No todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salvará”, no todo el que dice ¡Dios, Dios! se salvará, porque Dios, el Dios verdadero es Uno y Trino y no es el falso dios de los mahometanos, de los judíos, de los testigos de Jehová, de los protestantes, de los budistas, de los animistas, sino el de la revelación. Ese es nuestro Dios que se hizo carne para redimirnos y salvarnos del mal. Ese mal que debemos tener presente existe, al igual que el enemigo, pero no debemos escandalizarnos y, eso sí, cuando lo detectemos, cercenarle la cabeza; por eso la Iglesia tiene el arma de la excomunión que es guillotinarle la cabeza a cualquier miembro que está pudriendo desde dentro la fe. También hay que saber sufrir el mal porque no siempre es fácil detectarlo y al arrancarlo, porque podemos también arrancar trigo; esa es la espera de la parábola de hoy, espera hacia el final para que sin confusión ni error se separen los buenos de los malos y que mientras tanto sepamos padecer a los malos y rezar por su conversión para que también se salven, para que no rechacen a Dios ni a la Iglesia; por eso la Iglesia es misionera.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos perseverar en el bien y la verdad para que proclamemos siempre en alto esa profesión de fe y así ser fieles testigos de la verdad que es Dios nuestro Señor. +

PADRE BASILIO MERAMO
10 de noviembre de 2002

domingo, 12 de noviembre de 2023

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA o Equivalente al Vigésimo Cuarto después de Pentecostés

  

ADVERTENCIA: Si los domingos después de Pentecostés son más de 24, se toman después del 23 las Misas que quedaron sin decir después de Epifanía, por este orden:
Si son 25 los domingos se toma para el 24 la del 6° de Epifanía
Si son son 26 se toman los del 5° y 6° de Epifanía

Si son 27 se toman del 4°, 5° y 6° de Epifanía
Si son 28, se toman del 3°, 4°, 5° y 6° de Epifanía.
El domingo 24 siempre se lee el ultimo.  Las Misas de los domingos de Epifanía que pueden necesitarse se ponen a continuación (en el misal)

Nota tomada del Misal Diario Romano, Edición Manual para uso de los fieles por el R.P. Gregorio Martinez de Antoñara, séptima edición Editorial y librería Co. Cul SA Madrid, 1960, pp. 282 y 283


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La Misa que hoy celebramos corresponde al quinto domingo después de Epifanía. Como todos saben, los domingos después de Pentecostés varían entre 23 y 28 domingos, entonces esos 24 domingos después de Pentecostés se completan con los domingos de Epifanía y la razón es debida a la fiesta de Pascua, que es una fiesta móvil y de acuerdo con esa movilidad acontece esta variación.

En el Evangelio de hoy vemos cómo está la cizaña en medio del trigo. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, dice que en la otra parábola anterior a ésta nuestro Señor quería mostrar la causa, el origen del mal, ab extrínseco, es decir, el origen del mal desde afuera y que con la parábola de hoy, de la cizaña, porque la otra era la del sembrador, quiere mostrar el origen, la causa del mal desde adentro, ab intrínseco.
Es una gran lección. El mal siempre ha sido motivo de discurso filosófico y también por desgracia lo ha sido de escándalo; no olvidemos que la interpretación que se hacía del origen del mal produjo esa gran herejía maniquea que perduró hasta la Edad Media con los albigenses, con los cátaros. Los maniqueos hacían del principio del bien a Dios y del principio del mal al demonio o a un origen maligno, estableciendo esa dualidad, por decir un poco grotescamente, un Dios comienzo del bien y un dios comienzo del mal; o un demonio tan poderoso como el Dios del bien, tanto, que la materia era producida por el mal y, por lo mismo, no podía ser bueno lo que proviniese de la materia.

Muchos entonces conculcaban el matrimonio y la procreación legítima; era imposible que Dios se encarnase porque cómo iba a tomar un cuerpo humano si esa carne era mala; y qué se diría de la comunión, que vamos a comulgar un cuerpo, la sangre de nuestro Señor, si eso entonces también es malo y así sucesivamente se destruiría toda la realidad sobrenatural y sacramental de la fe católica. Todo lo anterior por no tener una concepción verdadera del origen del mal.

Y nuestro Señor quiere mostrar, primero, que existe el mal, que es una realidad y quiere exponernos su causa. Éste existe de mil y una formas. El mal no se origina en Dios sino que es introducido por el maligno, Satanás, que como criatura espiritual libre, reniega y apostata de Dios y quiere que todo el cosmos, que todo el universo que está por debajo de esa realidad angélica, también haga el mismo acto de repudio de Dios. Ahí se inicia el mal en oposición al bien que de suyo es difusivo, porque el bien se difunde por sí mismo. Por eso el bien es caritativo, se da, se entrega, mientras que el mal quiere negar el bien. Si vemos a nuestro alrededor el mal a través de las enfermedades, a través de la muerte, es por el pecado y no solamente el de los ángeles malditos, sino el de cada uno de nosotros que se suma en ese acto de repudio.

De allí vienen las secuelas de ese mal que se va multiplicando porque va deteriorando nuestro universo, va corrompiendo la materia, por eso hoy vemos tantas enfermedades degenerativas como el cáncer, que es una descomposición de los tejidos. Ya las enfermedades no son las mismas de antaño, sino más bien una putrefacción, para mostrar cómo se acrecienta ese mal a través de las generaciones. Por eso no debemos escandalizarnos cuando vemos a un niño que nace sin culpa o que muere inocentemente, porque mucho más lo fue nuestro Señor y murió en la Cruz.

Dios deja el mal también como un modo de manifestar el bien si se lo asocia a la Cruz, si se lo acepta. Por eso la Cruz es un escándalo para los paganos y para el mundo de hoy. En cambio, para nosotros, lejos de ser un escándalo es una gloria, es un triunfo, porque todo mal que suframos va asociado a la Cruz redentora de nuestro Señor Jesucristo. El mundo de hoy, pagano e impío, no quiere que se le hable del mal, quiere negarlo; aunque lo tiene a su alrededor lo ahoga y lo aprisiona, quiere rechazar esa realidad; cuando alguien se muere, nadie quiere velarlo en casa; cuando alguien tiene una enfermedad pretende que el médico haga milagros, que se le alargue la vida de un modo inhumano, pero hay que saber dejar fallecer a la gente y hay que saber hacerlo.

El mundo de hoy no sabe morir, no quiere, está lejos hoy el sacrificio, la abnegación. Por eso la separación de los matrimonios que no saben sufrir, no saben soportar y mucho menos ofrecer ese padecimiento como un medio de merecer el cielo. Muy al contrario, se gusta de la televisión, de la pornografía, de todo aquello que exalte los apetitos y las pasiones; se quiere tener libertad sin freno para todo aquello que caprichosamente se nos venga en gana, cuando es otra la realidad que la Iglesia y Dios nos proponen. De igual manera se quiere una religión que no hable de sacrificios, que vaya en consonancia con ese ideal mundanal, que no se nos mencione el infierno, el pecado, una religión donde todo sea lícito, según el parecer o conciencia de cada uno.

Pues bien, esa religión ya existe y usurpa el nombre de católica pero no es la verdadera que está en la Tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana. Por supuesto entonces hay una nueva misa que no es católica y sin embargo es la que hoy la gente está obligada a escuchar. Quiere oírla pero no es misa sino que es una sinapsis sin altar, una mesa como quería Lutero, sin sacrificio, sin calvario, sin cruz. Esa nueva religión sin Cruz es la que hoy está destruyendo a la Iglesia y que será la religión del anticristo, mis estimados hermanos. Porque no puede existir una religión católica sin Cruz. Y el sacerdote que predique un cristianismo sin Cruz es un agente camuflado del anticristo, no es un sacerdote de Dios.
Ese es el drama de la hora presente que no me cansaré de advertir porque vivimos muy distraídos, no queremos que se nos recuerde el Apocalipsis, como no nos gusta que se nos recuerde que nos tenemos que morir. Pues todo lo contrario, hay que tener presente la muerte y muy presente el Apocalipsis para tener la inteligencia de los acontecimientos que hoy nos fustigan y que culminarán en la gran apostasía del anticristo, pero que gracias a Dios, como dice San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, será destruido por la presencia de nuestro Señor, por la Parusía de nuestro Señor. Satanás no quiere que se hable de la Parusía porque sabe que será destruido el anticristo, el lugarteniente del demonio aquí en la tierra con la presencia y majestad de Cristo Rey, bajando del cielo. Lo dicen las Escrituras, pero desgraciadamente no lo queremos tener presente, ni tenerlo en cuenta, ni que se nos recuerde.

Lamentablemente la mala formación del clero, no de hoy sino de muchos años atrás, ha hecho que todas esas verdades no sean firmemente recordadas a los fieles por lo que parecería un loco aquel que lo haga pues estaría fuera de contexto. Personalmente, me importa muy poco estar fuera de la moda; es más, si queremos conservar nuestra fe, la fe católica, apostólica y romana, si queremos morir en la verdadera Iglesia de Dios en los momentos actuales que nos toca vivir, debemos tener una espiritualidad profundamente apocalíptica para defendernos del mal que destruye la Iglesia, brindándonos una religión sin Cruz.

Esa es la misión de todo sacerdote modernista, propagar una religión sin Cruz, una religión sin dogma de fe; eso es el ecumenismo, mancomunar a todos los hombres en un credo sin dogmas que dividan, es una realidad. ¿Qué pasa con ese proceso sino la judaización de la Iglesia católica? El baluarte de la verdad está en la sacrosanta religión católica que se conserva en la Tradición. Ahora bien, no puede haber Iglesia Católica sin tradición, que no es de hombres sino divina y no es más que la transmisión del depósito de la fe desde nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles; es la que nos da la garantía de la verdad, aunque seamos una ínfima minoría. Y como minoría tenemos que ser valientes para defendernos de cara al mundo, porque en el nombre de Dios se nos cortará la cabeza. Vaya si no habrá peor fariseísmo, pero esa será la realidad.

“No todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salvará”, no todo el que dice ¡Dios, Dios! se salvará, porque Dios, el Dios verdadero es Uno y Trino y no es el falso dios de los mahometanos, de los judíos, de los testigos de Jehová, de los protestantes, de los budistas, de los animistas, sino el de la revelación. Ese es nuestro Dios que se hizo carne para redimirnos y salvarnos del mal. Ese mal que debemos tener presente existe, al igual que el enemigo, pero no debemos escandalizarnos y, eso sí, cuando lo detectemos, cercenarle la cabeza; por eso la Iglesia tiene el arma de la excomunión que es guillotinarle la cabeza a cualquier miembro que está pudriendo desde dentro la fe. También hay que saber sufrir el mal porque no siempre es fácil detectarlo y al arrancarlo, porque podemos también arrancar trigo; esa es la espera de la parábola de hoy, espera hacia el final para que sin confusión ni error se separen los buenos de los malos y que mientras tanto sepamos padecer a los malos y rezar por su conversión para que también se salven, para que no rechacen a Dios ni a la Iglesia; por eso la Iglesia es misionera.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos perseverar en el bien y la verdad para que proclamemos siempre en alto esa profesión de fe y así ser fieles testigos de la verdad que es Dios nuestro Señor. +

PADRE BASILIO MERAMO
10 de noviembre de 2002

domingo, 6 de febrero de 2022

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en el Evangelio de hoy una de las parábolas de nuestro Señor. Las parábolas son semejanzas, comparaciones que hace de una realidad espiritual, sobrenatural, difícil de discernir, y que a través de un ejemplo con una imagen concreta de la vida real, podemos de algún modo inteligir y sacar provecho para nuestra alma. Esa es la razón de las parábolas, ayudarnos a entender las cosas de Dios, la realidad espiritual que a veces cuesta comprender.

Vemos, pues, en la parábola de hoy, la explicación del origen del mal en el mundo, y si se quiere en la Iglesia misma. Aunque los predicadores toman el campo como el mundo, sin embargo también es la Iglesia, pues la Iglesia está en el mundo. Además, dice la parábola al iniciar, “semejante al reino de los cielos” y más semejante al reino de los cielos que el mundo es la Iglesia, entonces, es la explicación del mal ya sea en el mundo o bien en la Iglesia, porque también la Iglesia está conformada por hombres tanto en su parte jerárquica como en el resto de la comunidad de los fieles.

El mal siempre ha sido una de las grandes objeciones filosóficas y metafísicas. Y cuando digo metafísica, hablo en sentido filosófico, no en el que se le quiere hoy aplicar en Colombia a la gnosis, que usurpa este nombre de metafísica para engatusar a la gente. El maniqueísmo estaba basado en ese error, al no saber explicar el motivo del mal, le atribuyen principio, un origen tal como sí lo tiene el bien; estableciendo luego, que existe un doble origen o principio, uno para el bien y otro para el mal, iguales de poderosos los dos.

Y es un error, porque el bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien, porque el mal es un defecto del bien, es una corrupción del bien, es una deficiencia del bien, es una deficiencia del Ser; pero para que haya esa deficiencia del bien tiene que existir el Ser y el Ser en sí mismo es bueno. Ese principio filosófico da luz sobre el origen del mal; así como no puede existir un cáncer si no es en un ser vivo, y muriendo el paciente se acaba el cáncer y cualquier otra enfermedad, se acaba juntamente con el sujeto, porque el mal requiere la vida, requiere el Ser y el Ser y la vida los da Dios, luego es absurdo que haya un doble principio, uno bueno y otro malo en igualdad de condiciones, como pensaban los maniqueos.

Entonces, como el mal es una deficiencia del Ser en cualquiera de sus manifestaciones como es la misma vida, la salud y la felicidad, no debe escandalizarnos al punto de querer erradicarlo intolerantemente. Como lo muestra la parábola de hoy, vemos que si Dios sembró el bien y viene alguien y siembra el mal, ese es el demonio, el maligno, y nosotros mismos, cuando seguimos las inspiraciones del mal y de la maldad; ese es el origen del mal y del pecado en el mundo. Del mal aun dentro de la Iglesia, en los fieles, y éste es también el origen del fariseísmo, cuando aun predicando la sana doctrina o defendiendo la verdad, no se viva conforme a ella sino que al contrario, sirva de escudo para encubrir el mal y, peor aún, perseguir el bien. Qué mayor maldad que perseguir la verdad en nombre de la verdad; he ahí la cizaña. Qué otra cosa peor que utilizar la obediencia, la misma autoridad para el mal y no para el bien, no para la verdad, no para Dios en definitiva y eso en todos los órdenes, tanto en el natural como en el sobrenatural.

¿Por qué otras causas creen que anda mal el mundo? Porque hay malos gobernantes que buscan sólo su propio beneficio; lo mismo ocurre en todas las profesiones: malos médicos, malos abogados, que no cumplen con sus deberes, con aquello que se predica; y cuánto más grave será si lo trasladamos a una institución divina como es la Iglesia; un sacerdote que utilice el confesionario para corromper, un obispo que utilice su rango para abusar de la Iglesia y no para predicar el evangelio, y lo mismo que se dice de un obispo, qué decir de un cardenal, e incluso de un Papa. Ejemplos tenemos que colman la medida, que son extraordinarios, pero se dan. Hay entonces una ley superior que lleva a decir a San Pedro: “Antes que obedecer a los hombres hay que obedecer a Dios”. Dios es la verdad, es el bien.

No se puede, pues, so pretexto de quien ordena, detenta y ejerce la autoridad, obedecer al mal, obedecer al error, porque entonces estaríamos obedeciendo a los hombres y desobedeciendo a Dios y la obediencia como virtud sobrenatural exige que esté al servicio de Dios. Esta prioridad debe entenderse muy bien; en el caso de la Iglesia muchas veces se nos echará en cara, como lo hicieron con monseñor Lefebvre, el reproche de que desobedece al Papa, desobedece a la Iglesia, a la jerarquía. Nos puede pasar, y se les puede decir a ustedes: ¿Somos acaso desobedientes? No. Porque hay el deber de obedecer para el bien y la verdad, mas no para el error, y no hay jerarquía en la Iglesia, y en ninguna institución humana autoridad para mandar obedecer al mal: un padre que quiera violar o prostituir a una hija ¿tendría ella que obedecerle en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo. Y ¿en nombre de la obediencia tendríamos entonces que obedecer a los obispos, a la jerarquía y aun al mismo Papa en contra de lo que la Iglesia siempre ha dicho, en contra de lo que los otros Papas, incluso santos, han dicho? Absurdo.

Es una situación anormal, extraordinaria, pero a los males extraordinarios se aplican soluciones extraordinarias y por esa solución optó monseñor Lefebvre encabezando la Santa Tradición: mantenernos fieles a lo que desde antaño los Papas anteriores han recomendado; permanecer fieles a lo que siempre se ha enseñado; alejar toda innovación aunque se quiera imponer obediencia por vía de autoridad y mantener así la estructura de la Iglesia, no queriendo hacer otra Iglesia paralela sino manteniéndola hasta que se aclare la situación, hasta que vuelvan las cosas a su cauce.

Pongamos el caso de quien va conduciendo un automóvil y tiene mareo o infarto; si quien va al lado pierde tiempo y no toma el timón, se mata. Lo mismo que un automóvil puede ser un avión o simplemente una nave, un barco en plena mar. Si el capitán muere por infarto o lo que sea, ¿se dejará ir a la deriva? Aquel más capaz tiene que tomar el timón y llevar la embarcación a buen puerto. De otro modo, sucumbe. Algo parecido está pasando en la Iglesia, si desaparece la buena orientación, la buena doctrina, si el capitán del barco que es el Papa no cumple con ello por el motivo que sea, si por un misterio de iniquidad no cumple con su deber, ¿no hay que tomar el timón y llevarlo a buen término para que no zozobre, no se hunda la embarcación? Pues simplemente eso es lo que ha hecho monseñor Lefebvre en beneficio de la Iglesia, de las almas, no dejarlas a la deriva, no dejarlas sin Dios, sin religión, no dejarlas llevar por mal camino y esas son verdades fáciles de evidenciar.

Si hoy se obedece, ¿qué pasaría? Dejaríamos de decir primero la Santa Misa de siempre para decir una misa querida por el enemigo, por los protestantes, comenzar a decir que ya el infierno no es tal infierno porque no es un lugar, ni hay llamas allí; que prácticamente no hay infierno, que el pecado ya no es tal porque cada uno buenamente según su conciencia sabrá qué es lo bueno y qué es lo malo y lo que para uno es bueno para otro es malo y poco importa; que todas las religiones salvan, que en todas las religiones se rinde un culto debido a Dios ¡mejor dicho! Suficiente para ser no solamente un hereje, sino un apóstata. Evidentemente, no se puede obedecer en contra de las Escrituras y de la Tradición.

En el Antiguo Testamento vemos cuán celoso es Dios con su culto, que reprueba y abomina los otros cultos y que recrimina a su pueblo con palabras duras cuando se asocia a ellos. Y entonces comparando a esa Israel la considera una mala mujer que fornica con otras liturgias; cuántas veces hasta el cansancio podremos ver en el Antiguo Testamento ese trato, para que nos demos cuenta del celo que tiene Dios por las cosas que atañen al culto divino, que no es cualquiera, no es cualquier oración o sacrificio el que pide Dios.La ofrenda de Abel no era la misma que la ofrecida por Caín y la nueva misa que se asemeja al sacrifico de Caín no es igual a la Misa de siempre que es la ofrenda de Abel; y eso es lo menos que podemos decir, porque si nos ponemos a comparar, no acabaríamos. Por otra parte, ¿dónde está la santidad sacerdotal?, ¿cómo andan los sacerdotes?, ¿qué Iglesia representan? De la santidad de los religiosos, ¿qué ejemplo se da?, ¿y a todo eso le vamos a decir que es Iglesia y que es de Dios y que hay que obedecer? No señor. Nuestra respuesta es una santa intransigencia, una santa desobediencia aparente, para obedecer a una verdad superior, y que no nos debe escandalizar el mal que vemos, ya que tiene por autor a Satanás.

Dios nos pide tener paciencia para no arrancar incluso el trigo queriendo erradicar el mal, y esperar el juicio de Dios, la hora de la siega. Ese es el juicio que debemos esperar, no debe importarnos el juicio de las autoridades actuales que representan a la Iglesia –y vaya cuán mal la representan–, sino el juicio de Dios. Es allí donde quisiera ver a todos aquellos que nos tratan de herejes, de desobedientes. Quiero ver a esos cardenales, obispos y sacerdotes que hoy nos escupen, quiero verlos allí, delante del juicio de Dios, allí donde se verán las acciones.

Ahí será la hora de la verdad y esa debe ser nuestra garantía, actuar dando testimonio de la verdad y no de cualquier verdad, sino de la verdad sobrenatural que es Cristo y dejar todo a ese juicio de Dios, soportar el mal de la hora presente por terrible que sea, sin escandalizarnos, y esperar la siega y que ese sufrimiento nos santifique, nos acrisole y nos fortifique en el dolor, para que seamos virtuosos, santos. La santidad y la virtud sólo se forjan en el sufrimiento, en el dolor, eso es la cruz y no hay santidad ni santificación posible sin la cruz, esto es lo que nos enseña nuestro Señor crucificado.

Pidámosle a nuestra Señora, a Ella, que fue la única que se mantuvo de pie ante la crucifixión de nuestro Señor para que nosotros podamos tener ese valor y esa fe que tuvo Ella, y que sostenidos por Ella, soportemos esta segunda crucifixión de nuestro Señor Jesucristo en su Iglesia, que es su cuerpo místico. +

P. BASILIO MERAMO.
4 de febrero de 2001

domingo, 7 de noviembre de 2021

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA o Equivalente al Vigésimo Cuarto después de Pentecostés

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La Misa que hoy celebramos corresponde al quinto domingo después de Epifanía. Como todos saben, los domingos después de Pentecostés varían entre 23 y 28 domingos, entonces esos 24 domingos después de Pentecostés se completan con los domingos de Epifanía y la razón es debida a la fiesta de Pascua, que es una fiesta móvil y de acuerdo con esa movilidad acontece esta variación.

En el Evangelio de hoy vemos cómo está la cizaña en medio del trigo. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, dice que en la otra parábola anterior a ésta nuestro Señor quería mostrar la causa, el origen del mal, ab extrínseco, es decir, el origen del mal desde afuera y que con la parábola de hoy, de la cizaña, porque la otra era la del sembrador, quiere mostrar el origen, la causa del mal desde adentro, ab intrínseco.
Es una gran lección. El mal siempre ha sido motivo de discurso filosófico y también por desgracia lo ha sido de escándalo; no olvidemos que la interpretación que se hacía del origen del mal produjo esa gran herejía maniquea que perduró hasta la Edad Media con los albigenses, con los cátaros. Los maniqueos hacían del principio del bien a Dios y del principio del mal al demonio o a un origen maligno, estableciendo esa dualidad, por decir un poco grotescamente, un Dios comienzo del bien y un dios comienzo del mal; o un demonio tan poderoso como el Dios del bien, tanto, que la materia era producida por el mal y, por lo mismo, no podía ser bueno lo que proviniese de la materia.

Muchos entonces conculcaban el matrimonio y la procreación legítima; era imposible que Dios se encarnase porque cómo iba a tomar un cuerpo humano si esa carne era mala; y qué se diría de la comunión, que vamos a comulgar un cuerpo, la sangre de nuestro Señor, si eso entonces también es malo y así sucesivamente se destruiría toda la realidad sobrenatural y sacramental de la fe católica. Todo lo anterior por no tener una concepción verdadera del origen del mal.

Y nuestro Señor quiere mostrar, primero, que existe el mal, que es una realidad y quiere exponernos su causa. Éste existe de mil y una formas. El mal no se origina en Dios sino que es introducido por el maligno, Satanás, que como criatura espiritual libre, reniega y apostata de Dios y quiere que todo el cosmos, que todo el universo que está por debajo de esa realidad angélica, también haga el mismo acto de repudio de Dios. Ahí se inicia el mal en oposición al bien que de suyo es difusivo, porque el bien se difunde por sí mismo. Por eso el bien es caritativo, se da, se entrega, mientras que el mal quiere negar el bien. Si vemos a nuestro alrededor el mal a través de las enfermedades, a través de la muerte, es por el pecado y no solamente el de los ángeles malditos, sino el de cada uno de nosotros que se suma en ese acto de repudio.

De allí vienen las secuelas de ese mal que se va multiplicando porque va deteriorando nuestro universo, va corrompiendo la materia, por eso hoy vemos tantas enfermedades degenerativas como el cáncer, que es una descomposición de los tejidos. Ya las enfermedades no son las mismas de antaño, sino más bien una putrefacción, para mostrar cómo se acrecienta ese mal a través de las generaciones. Por eso no debemos escandalizarnos cuando vemos a un niño que nace sin culpa o que muere inocentemente, porque mucho más lo fue nuestro Señor y murió en la Cruz.

Dios deja el mal también como un modo de manifestar el bien si se lo asocia a la Cruz, si se lo acepta. Por eso la Cruz es un escándalo para los paganos y para el mundo de hoy. En cambio, para nosotros, lejos de ser un escándalo es una gloria, es un triunfo, porque todo mal que suframos va asociado a la Cruz redentora de nuestro Señor Jesucristo. El mundo de hoy, pagano e impío, no quiere que se le hable del mal, quiere negarlo; aunque lo tiene a su alrededor lo ahoga y lo aprisiona, quiere rechazar esa realidad; cuando alguien se muere, nadie quiere velarlo en casa; cuando alguien tiene una enfermedad pretende que el médico haga milagros, que se le alargue la vida de un modo inhumano, pero hay que saber dejar fallecer a la gente y hay que saber hacerlo.

El mundo de hoy no sabe morir, no quiere, está lejos hoy el sacrificio, la abnegación. Por eso la separación de los matrimonios que no saben sufrir, no saben soportar y mucho menos ofrecer ese padecimiento como un medio de merecer el cielo. Muy al contrario, se gusta de la televisión, de la pornografía, de todo aquello que exalte los apetitos y las pasiones; se quiere tener libertad sin freno para todo aquello que caprichosamente se nos venga en gana, cuando es otra la realidad que la Iglesia y Dios nos proponen. De igual manera se quiere una religión que no hable de sacrificios, que vaya en consonancia con ese ideal mundanal, que no se nos mencione el infierno, el pecado, una religión donde todo sea lícito, según el parecer o conciencia de cada uno.

Pues bien, esa religión ya existe y usurpa el nombre de católica pero no es la verdadera que está en la Tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana. Por supuesto entonces hay una nueva misa que no es católica y sin embargo es la que hoy la gente está obligada a escuchar. Quiere oírla pero no es misa sino que es una sinapsis sin altar, una mesa como quería Lutero, sin sacrificio, sin calvario, sin cruz. Esa nueva religión sin Cruz es la que hoy está destruyendo a la Iglesia y que será la religión del anticristo, mis estimados hermanos. Porque no puede existir una religión católica sin Cruz. Y el sacerdote que predique un cristianismo sin Cruz es un agente camuflado del anticristo, no es un sacerdote de Dios.
Ese es el drama de la hora presente que no me cansaré de advertir porque vivimos muy distraídos, no queremos que se nos recuerde el Apocalipsis, como no nos gusta que se nos recuerde que nos tenemos que morir. Pues todo lo contrario, hay que tener presente la muerte y muy presente el Apocalipsis para tener la inteligencia de los acontecimientos que hoy nos fustigan y que culminarán en la gran apostasía del anticristo, pero que gracias a Dios, como dice San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, será destruido por la presencia de nuestro Señor, por la Parusía de nuestro Señor. Satanás no quiere que se hable de la Parusía porque sabe que será destruido el anticristo, el lugarteniente del demonio aquí en la tierra con la presencia y majestad de Cristo Rey, bajando del cielo. Lo dicen las Escrituras, pero desgraciadamente no lo queremos tener presente, ni tenerlo en cuenta, ni que se nos recuerde.

Lamentablemente la mala formación del clero, no de hoy sino de muchos años atrás, ha hecho que todas esas verdades no sean firmemente recordadas a los fieles por lo que parecería un loco aquel que lo haga pues estaría fuera de contexto. Personalmente, me importa muy poco estar fuera de la moda; es más, si queremos conservar nuestra fe, la fe católica, apostólica y romana, si queremos morir en la verdadera Iglesia de Dios en los momentos actuales que nos toca vivir, debemos tener una espiritualidad profundamente apocalíptica para defendernos del mal que destruye la Iglesia, brindándonos una religión sin Cruz.

Esa es la misión de todo sacerdote modernista, propagar una religión sin Cruz, una religión sin dogma de fe; eso es el ecumenismo, mancomunar a todos los hombres en un credo sin dogmas que dividan, es una realidad. ¿Qué pasa con ese proceso sino la judaización de la Iglesia católica? El baluarte de la verdad está en la sacrosanta religión católica que se conserva en la Tradición. Ahora bien, no puede haber Iglesia Católica sin tradición, que no es de hombres sino divina y no es más que la transmisión del depósito de la fe desde nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles; es la que nos da la garantía de la verdad, aunque seamos una ínfima minoría. Y como minoría tenemos que ser valientes para defendernos de cara al mundo, porque en el nombre de Dios se nos cortará la cabeza. Vaya si no habrá peor fariseísmo, pero esa será la realidad.

“No todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salvará”, no todo el que dice ¡Dios, Dios! se salvará, porque Dios, el Dios verdadero es Uno y Trino y no es el falso dios de los mahometanos, de los judíos, de los testigos de Jehová, de los protestantes, de los budistas, de los animistas, sino el de la revelación. Ese es nuestro Dios que se hizo carne para redimirnos y salvarnos del mal. Ese mal que debemos tener presente existe, al igual que el enemigo, pero no debemos escandalizarnos y, eso sí, cuando lo detectemos, cercenarle la cabeza; por eso la Iglesia tiene el arma de la excomunión que es guillotinarle la cabeza a cualquier miembro que está pudriendo desde dentro la fe. También hay que saber sufrir el mal porque no siempre es fácil detectarlo y al arrancarlo, porque podemos también arrancar trigo; esa es la espera de la parábola de hoy, espera hacia el final para que sin confusión ni error se separen los buenos de los malos y que mientras tanto sepamos padecer a los malos y rezar por su conversión para que también se salven, para que no rechacen a Dios ni a la Iglesia; por eso la Iglesia es misionera.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos perseverar en el bien y la verdad para que proclamemos siempre en alto esa profesión de fe y así ser fieles testigos de la verdad que es Dios nuestro Señor. +

PADRE BASILIO MERAMO
10 de noviembre de 2002

domingo, 10 de febrero de 2019

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en el Evangelio de hoy una de las parábolas de nuestro Señor. Las parábolas son semejanzas, comparaciones que hace de una realidad espiritual, sobrenatural, difícil de discernir, y que a través de un ejemplo con una imagen concreta de la vida real, podemos de algún modo inteligir y sacar provecho para nuestra alma. Esa es la razón de las parábolas, ayudarnos a entender las cosas de Dios, la realidad espiritual que a veces cuesta comprender.

Vemos, pues, en la parábola de hoy, la explicación del origen del mal en el mundo, y si se quiere en la Iglesia misma. Aunque los predicadores toman el campo como el mundo, sin embargo también es la Iglesia, pues la Iglesia está en el mundo. Además, dice la parábola al iniciar, “semejante al reino de los cielos” y más semejante al reino de los cielos que el mundo es la Iglesia, entonces, es la explicación del mal ya sea en el mundo o bien en la Iglesia, porque también la Iglesia está conformada por hombres tanto en su parte jerárquica como en el resto de la comunidad de los fieles.

El mal siempre ha sido una de las grandes objeciones filosóficas y metafísicas. Y cuando digo metafísica, hablo en sentido filosófico, no en el que se le quiere hoy aplicar en Colombia a la gnosis, que usurpa este nombre de metafísica para engatusar a la gente. El maniqueísmo estaba basado en ese error, al no saber explicar el motivo del mal, le atribuyen principio, un origen tal como sí lo tiene el bien; estableciendo luego, que existe un doble origen o principio, uno para el bien y otro para el mal, iguales de poderosos los dos.

Y es un error, porque el bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien, porque el mal es un defecto del bien, es una corrupción del bien, es una deficiencia del bien, es una deficiencia del Ser; pero para que haya esa deficiencia del bien tiene que existir el Ser y el Ser en sí mismo es bueno. Ese principio filosófico da luz sobre el origen del mal; así como no puede existir un cáncer si no es en un ser vivo, y muriendo el paciente se acaba el cáncer y cualquier otra enfermedad, se acaba juntamente con el sujeto, porque el mal requiere la vida, requiere el Ser y el Ser y la vida los da Dios, luego es absurdo que haya un doble principio, uno bueno y otro malo en igualdad de condiciones, como pensaban los maniqueos.

Entonces, como el mal es una deficiencia del Ser en cualquiera de sus manifestaciones como es la misma vida, la salud y la felicidad, no debe escandalizarnos al punto de querer erradicarlo intolerantemente. Como lo muestra la parábola de hoy, vemos que si Dios sembró el bien y viene alguien y siembra el mal, ese es el demonio, el maligno, y nosotros mismos, cuando seguimos las inspiraciones del mal y de la maldad; ese es el origen del mal y del pecado en el mundo. Del mal aun dentro de la Iglesia, en los fieles, y éste es también el origen del fariseísmo, cuando aun predicando la sana doctrina o defendiendo la verdad, no se viva conforme a ella sino que al contrario, sirva de escudo para encubrir el mal y, peor aún, perseguir el bien. Qué mayor maldad que perseguir la verdad en nombre de la verdad; he ahí la cizaña. Qué otra cosa peor que utilizar la obediencia, la misma autoridad para el mal y no para el bien, no para la verdad, no para Dios en definitiva y eso en todos los órdenes, tanto en el natural como en el sobrenatural.

¿Por qué otras causas creen que anda mal el mundo? Porque hay malos gobernantes que buscan sólo su propio beneficio; lo mismo ocurre en todas las profesiones: malos médicos, malos abogados, que no cumplen con sus deberes, con aquello que se predica; y cuánto más grave será si lo trasladamos a una institución divina como es la Iglesia; un sacerdote que utilice el confesionario para corromper, un obispo que utilice su rango para abusar de la Iglesia y no para predicar el evangelio, y lo mismo que se dice de un obispo, qué decir de un cardenal, e incluso de un Papa. Ejemplos tenemos que colman la medida, que son extraordinarios, pero se dan. Hay entonces una ley superior que lleva a decir a San Pedro: “Antes que obedecer a los hombres hay que obedecer a Dios”. Dios es la verdad, es el bien.

No se puede, pues, so pretexto de quien ordena, detenta y ejerce la autoridad, obedecer al mal, obedecer al error, porque entonces estaríamos obedeciendo a los hombres y desobedeciendo a Dios y la obediencia como virtud sobrenatural exige que esté al servicio de Dios. Esta prioridad debe entenderse muy bien; en el caso de la Iglesia muchas veces se nos echará en cara, como lo hicieron con monseñor Lefebvre, el reproche de que desobedece al Papa, desobedece a la Iglesia, a la jerarquía. Nos puede pasar, y se les puede decir a ustedes: ¿Somos acaso desobedientes? No. Porque hay el deber de obedecer para el bien y la verdad, mas no para el error, y no hay jerarquía en la Iglesia, y en ninguna institución humana autoridad para mandar obedecer al mal: un padre que quiera violar o prostituir a una hija ¿tendría ella que obedecerle en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo. Y ¿en nombre de la obediencia tendríamos entonces que obedecer a los obispos, a la jerarquía y aun al mismo Papa en contra de lo que la Iglesia siempre ha dicho, en contra de lo que los otros Papas, incluso santos, han dicho? Absurdo.

Es una situación anormal, extraordinaria, pero a los males extraordinarios se aplican soluciones extraordinarias y por esa solución optó monseñor Lefebvre encabezando la Santa Tradición: mantenernos fieles a lo que desde antaño los Papas anteriores han recomendado; permanecer fieles a lo que siempre se ha enseñado; alejar toda innovación aunque se quiera imponer obediencia por vía de autoridad y mantener así la estructura de la Iglesia, no queriendo hacer otra Iglesia paralela sino manteniéndola hasta que se aclare la situación, hasta que vuelvan las cosas a su cauce.

Pongamos el caso de quien va conduciendo un automóvil y tiene mareo o infarto; si quien va al lado pierde tiempo y no toma el timón, se mata. Lo mismo que un automóvil puede ser un avión o simplemente una nave, un barco en plena mar. Si el capitán muere por infarto o lo que sea, ¿se dejará ir a la deriva? Aquel más capaz tiene que tomar el timón y llevar la embarcación a buen puerto. De otro modo, sucumbe. Algo parecido está pasando en la Iglesia, si desaparece la buena orientación, la buena doctrina, si el capitán del barco que es el Papa no cumple con ello por el motivo que sea, si por un misterio de iniquidad no cumple con su deber, ¿no hay que tomar el timón y llevarlo a buen término para que no zozobre, no se hunda la embarcación? Pues simplemente eso es lo que ha hecho monseñor Lefebvre en beneficio de la Iglesia, de las almas, no dejarlas a la deriva, no dejarlas sin Dios, sin religión, no dejarlas llevar por mal camino y esas son verdades fáciles de evidenciar.

Si hoy se obedece, ¿qué pasaría? Dejaríamos de decir primero la Santa Misa de siempre para decir una misa querida por el enemigo, por los protestantes, comenzar a decir que ya el infierno no es tal infierno porque no es un lugar, ni hay llamas allí; que prácticamente no hay infierno, que el pecado ya no es tal porque cada uno buenamente según su conciencia sabrá qué es lo bueno y qué es lo malo y lo que para uno es bueno para otro es malo y poco importa; que todas las religiones salvan, que en todas las religiones se rinde un culto debido a Dios ¡mejor dicho! Suficiente para ser no solamente un hereje, sino un apóstata. Evidentemente, no se puede obedecer en contra de las Escrituras y de la Tradición.

En el Antiguo Testamento vemos cuán celoso es Dios con su culto, que reprueba y abomina los otros cultos y que recrimina a su pueblo con palabras duras cuando se asocia a ellos. Y entonces comparando a esa Israel la considera una mala mujer que fornica con otras liturgias; cuántas veces hasta el cansancio podremos ver en el Antiguo Testamento ese trato, para que nos demos cuenta del celo que tiene Dios por las cosas que atañen al culto divino, que no es cualquiera, no es cualquier oración o sacrificio el que pide Dios.La ofrenda de Abel no era la misma que la ofrecida por Caín y la nueva misa que se asemeja al sacrifico de Caín no es igual a la Misa de siempre que es la ofrenda de Abel; y eso es lo menos que podemos decir, porque si nos ponemos a comparar, no acabaríamos. Por otra parte, ¿dónde está la santidad sacerdotal?, ¿cómo andan los sacerdotes?, ¿qué Iglesia representan? De la santidad de los religiosos, ¿qué ejemplo se da?, ¿y a todo eso le vamos a decir que es Iglesia y que es de Dios y que hay que obedecer? No señor. Nuestra respuesta es una santa intransigencia, una santa desobediencia aparente, para obedecer a una verdad superior, y que no nos debe escandalizar el mal que vemos, ya que tiene por autor a Satanás.

Dios nos pide tener paciencia para no arrancar incluso el trigo queriendo erradicar el mal, y esperar el juicio de Dios, la hora de la siega. Ese es el juicio que debemos esperar, no debe importarnos el juicio de las autoridades actuales que representan a la Iglesia –y vaya cuán mal la representan–, sino el juicio de Dios. Es allí donde quisiera ver a todos aquellos que nos tratan de herejes, de desobedientes. Quiero ver a esos cardenales, obispos y sacerdotes que hoy nos escupen, quiero verlos allí, delante del juicio de Dios, allí donde se verán las acciones.

Ahí será la hora de la verdad y esa debe ser nuestra garantía, actuar dando testimonio de la verdad y no de cualquier verdad, sino de la verdad sobrenatural que es Cristo y dejar todo a ese juicio de Dios, soportar el mal de la hora presente por terrible que sea, sin escandalizarnos, y esperar la siega y que ese sufrimiento nos santifique, nos acrisole y nos fortifique en el dolor, para que seamos virtuosos, santos. La santidad y la virtud sólo se forjan en el sufrimiento, en el dolor, eso es la cruz y no hay santidad ni santificación posible sin la cruz, esto es lo que nos enseña nuestro Señor crucificado.

Pidámosle a nuestra Señora, a Ella, que fue la única que se mantuvo de pie ante la crucifixión de nuestro Señor para que nosotros podamos tener ese valor y esa fe que tuvo Ella, y que sostenidos por Ella, soportemos esta segunda crucifixión de nuestro Señor Jesucristo en su Iglesia, que es su cuerpo místico. +

P. BASILIO MERAMO.
4 de febrero de 2001

domingo, 11 de noviembre de 2018

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA o Equivalente al Vigésimo Quinto después de Pentecostés


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La Misa que hoy celebramos corresponde al quinto domingo después de Epifanía. Como todos saben, los domingos después de Pentecostés varían entre 23 y 28 domingos, entonces esos 24 domingos después de Pentecostés se completan con los domingos de Epifanía y la razón es debida a la fiesta de Pascua, que es una fiesta móvil y de acuerdo con esa movilidad acontece esta variación.

En el Evangelio de hoy vemos cómo está la cizaña en medio del trigo. Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de San Mateo, dice que en la otra parábola anterior a ésta nuestro Señor quería mostrar la causa, el origen del mal, ab extrínseco, es decir, el origen del mal desde afuera y que con la parábola de hoy, de la cizaña, porque la otra era la del sembrador, quiere mostrar el origen, la causa del mal desde adentro, ab intrínseco.
Es una gran lección. El mal siempre ha sido motivo de discurso filosófico y también por desgracia lo ha sido de escándalo; no olvidemos que la interpretación que se hacía del origen del mal produjo esa gran herejía maniquea que perduró hasta la Edad Media con los albigenses, con los cátaros. Los maniqueos hacían del principio del bien a Dios y del principio del mal al demonio o a un origen maligno, estableciendo esa dualidad, por decir un poco grotescamente, un Dios comienzo del bien y un dios comienzo del mal; o un demonio tan poderoso como el Dios del bien, tanto, que la materia era producida por el mal y, por lo mismo, no podía ser bueno lo que proviniese de la materia.

Muchos entonces conculcaban el matrimonio y la procreación legítima; era imposible que Dios se encarnase porque cómo iba a tomar un cuerpo humano si esa carne era mala; y qué se diría de la comunión, que vamos a comulgar un cuerpo, la sangre de nuestro Señor, si eso entonces también es malo y así sucesivamente se destruiría toda la realidad sobrenatural y sacramental de la fe católica. Todo lo anterior por no tener una concepción verdadera del origen del mal.

Y nuestro Señor quiere mostrar, primero, que existe el mal, que es una realidad y quiere exponernos su causa. Éste existe de mil y una formas. El mal no se origina en Dios sino que es introducido por el maligno, Satanás, que como criatura espiritual libre, reniega y apostata de Dios y quiere que todo el cosmos, que todo el universo que está por debajo de esa realidad angélica, también haga el mismo acto de repudio de Dios. Ahí se inicia el mal en oposición al bien que de suyo es difusivo, porque el bien se difunde por sí mismo. Por eso el bien es caritativo, se da, se entrega, mientras que el mal quiere negar el bien. Si vemos a nuestro alrededor el mal a través de las enfermedades, a través de la muerte, es por el pecado y no solamente el de los ángeles malditos, sino el de cada uno de nosotros que se suma en ese acto de repudio.

De allí vienen las secuelas de ese mal que se va multiplicando porque va deteriorando nuestro universo, va corrompiendo la materia, por eso hoy vemos tantas enfermedades degenerativas como el cáncer, que es una descomposición de los tejidos. Ya las enfermedades no son las mismas de antaño, sino más bien una putrefacción, para mostrar cómo se acrecienta ese mal a través de las generaciones. Por eso no debemos escandalizarnos cuando vemos a un niño que nace sin culpa o que muere inocentemente, porque mucho más lo fue nuestro Señor y murió en la Cruz.

Dios deja el mal también como un modo de manifestar el bien si se lo asocia a la Cruz, si se lo acepta. Por eso la Cruz es un escándalo para los paganos y para el mundo de hoy. En cambio, para nosotros, lejos de ser un escándalo es una gloria, es un triunfo, porque todo mal que suframos va asociado a la Cruz redentora de nuestro Señor Jesucristo. El mundo de hoy, pagano e impío, no quiere que se le hable del mal, quiere negarlo; aunque lo tiene a su alrededor lo ahoga y lo aprisiona, quiere rechazar esa realidad; cuando alguien se muere, nadie quiere velarlo en casa; cuando alguien tiene una enfermedad pretende que el médico haga milagros, que se le alargue la vida de un modo inhumano, pero hay que saber dejar fallecer a la gente y hay que saber hacerlo.

El mundo de hoy no sabe morir, no quiere, está lejos hoy el sacrificio, la abnegación. Por eso la separación de los matrimonios que no saben sufrir, no saben soportar y mucho menos ofrecer ese padecimiento como un medio de merecer el cielo. Muy al contrario, se gusta de la televisión, de la pornografía, de todo aquello que exalte los apetitos y las pasiones; se quiere tener libertad sin freno para todo aquello que caprichosamente se nos venga en gana, cuando es otra la realidad que la Iglesia y Dios nos proponen. De igual manera se quiere una religión que no hable de sacrificios, que vaya en consonancia con ese ideal mundanal, que no se nos mencione el infierno, el pecado, una religión donde todo sea lícito, según el parecer o conciencia de cada uno.

Pues bien, esa religión ya existe y usurpa el nombre de católica pero no es la verdadera que está en la Tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana. Por supuesto entonces hay una nueva misa que no es católica y sin embargo es la que hoy la gente está obligada a escuchar. Quiere oírla pero no es misa sino que es una sinapsis sin altar, una mesa como quería Lutero, sin sacrificio, sin calvario, sin cruz. Esa nueva religión sin Cruz es la que hoy está destruyendo a la Iglesia y que será la religión del anticristo, mis estimados hermanos. Porque no puede existir una religión católica sin Cruz. Y el sacerdote que predique un cristianismo sin Cruz es un agente camuflado del anticristo, no es un sacerdote de Dios.
Ese es el drama de la hora presente que no me cansaré de advertir porque vivimos muy distraídos, no queremos que se nos recuerde el Apocalipsis, como no nos gusta que se nos recuerde que nos tenemos que morir. Pues todo lo contrario, hay que tener presente la muerte y muy presente el Apocalipsis para tener la inteligencia de los acontecimientos que hoy nos fustigan y que culminarán en la gran apostasía del anticristo, pero que gracias a Dios, como dice San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, será destruido por la presencia de nuestro Señor, por la Parusía de nuestro Señor. Satanás no quiere que se hable de la Parusía porque sabe que será destruido el anticristo, el lugarteniente del demonio aquí en la tierra con la presencia y majestad de Cristo Rey, bajando del cielo. Lo dicen las Escrituras, pero desgraciadamente no lo queremos tener presente, ni tenerlo en cuenta, ni que se nos recuerde.

Lamentablemente la mala formación del clero, no de hoy sino de muchos años atrás, ha hecho que todas esas verdades no sean firmemente recordadas a los fieles por lo que parecería un loco aquel que lo haga pues estaría fuera de contexto. Personalmente, me importa muy poco estar fuera de la moda; es más, si queremos conservar nuestra fe, la fe católica, apostólica y romana, si queremos morir en la verdadera Iglesia de Dios en los momentos actuales que nos toca vivir, debemos tener una espiritualidad profundamente apocalíptica para defendernos del mal que destruye la Iglesia, brindándonos una religión sin Cruz.

Esa es la misión de todo sacerdote modernista, propagar una religión sin Cruz, una religión sin dogma de fe; eso es el ecumenismo, mancomunar a todos los hombres en un credo sin dogmas que dividan, es una realidad. ¿Qué pasa con ese proceso sino la judaización de la Iglesia católica? El baluarte de la verdad está en la sacrosanta religión católica que se conserva en la Tradición. Ahora bien, no puede haber Iglesia Católica sin tradición, que no es de hombres sino divina y no es más que la transmisión del depósito de la fe desde nuestro Señor Jesucristo y los apóstoles; es la que nos da la garantía de la verdad, aunque seamos una ínfima minoría. Y como minoría tenemos que ser valientes para defendernos de cara al mundo, porque en el nombre de Dios se nos cortará la cabeza. Vaya si no habrá peor fariseísmo, pero esa será la realidad.

“No todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salvará”, no todo el que dice ¡Dios, Dios! se salvará, porque Dios, el Dios verdadero es Uno y Trino y no es el falso dios de los mahometanos, de los judíos, de los testigos de Jehová, de los protestantes, de los budistas, de los animistas, sino el de la revelación. Ese es nuestro Dios que se hizo carne para redimirnos y salvarnos del mal. Ese mal que debemos tener presente existe, al igual que el enemigo, pero no debemos escandalizarnos y, eso sí, cuando lo detectemos, cercenarle la cabeza; por eso la Iglesia tiene el arma de la excomunión que es guillotinarle la cabeza a cualquier miembro que está pudriendo desde dentro la fe. También hay que saber sufrir el mal porque no siempre es fácil detectarlo y al arrancarlo, porque podemos también arrancar trigo; esa es la espera de la parábola de hoy, espera hacia el final para que sin confusión ni error se separen los buenos de los malos y que mientras tanto sepamos padecer a los malos y rezar por su conversión para que también se salven, para que no rechacen a Dios ni a la Iglesia; por eso la Iglesia es misionera.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos perseverar en el bien y la verdad para que proclamemos siempre en alto esa profesión de fe y así ser fieles testigos de la verdad que es Dios nuestro Señor. +

PADRE BASILIO MERAMO
10 de noviembre de 2002