San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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jueves, 1 de enero de 2026

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002

domingo, 28 de diciembre de 2025

DOMINGO EN LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este domingo de la Infraoctava de Navidad, que quiere decir dentro de la octava, de los ocho días siguientes a la Natividad de Nuestro Señor, el Evangelio nos relata la presentación del Niño Jesús en el templo junto con la purificación legal de Nuestra Señora.

Antiguamente estaba muy marcada en el pueblo elegido la convicción de que el primogénito pertenecía a Dios, era de Dios, como deben ser todas las primicias, para Dios, con lo cual se manifiesta su señorío, su dominio sobre todo lo creado. Por los primogénitos, entonces, había que pagar como un rescate en el templo y cada uno lo hacía de acuerdo con sus posibilidades. Los ricos ofrecían el sacrificio de un cordero o de un ternero, mientras que los pobres ofrecían una paloma o alguna otra ave, animales de menor valor que en este caso fue lo que ofrecieron San José y la Virgen María, quienes eran pobres. Pobres, mas no miserables. Porque la miseria no es buena para nada, la pobreza es buena para vivir cristianamente en la humildad y en el ejercicio de las demás virtudes, cosa que hoy no se aprecia y se confunde muchas veces con la miseria. También este siglo de tanto progreso depara esa miseria que no es buena para la vida virtuosa ni para la vida cristiana, y sin embargo nos gloriamos de un siglo que genera desastres sociales que
descompensan la convivencia humana, política y social de las naciones y del mundo
entero.

San José y la Virgen María fueron, pues, al Templo a presentar al Niño y de paso Nuestra Señora también fue a purificarse. La purificación legal era porque quedaba un resabio de la condición pecaminosa por la cual venimos al mundo, transmitiéndose el pecado original; de ahí que la mujer de alguna forma debiera purificarse. Lo que demuestra que no nacemos buenos. Ni tan buenos, ni tan puros, como piensa hoy el mundo, sino que nacemos bajo la impronta del pecado original que se transmite por la generación. Con una salvedad, en este caso maravilloso, la Virgen Santísima no tenía por qué hacer ninguna purificación legal; no obstante, quiso someterse a la Ley. Ella no tenía ninguna necesidad de ello porque lo nacido de sus entrañas era obra del Espíritu Santo y no de procreación humana en la cual interviniese un hombre; sino directamente de la mano de Dios en el seno virginal y puro de la Santísima Virgen María.

Y vemos cómo San Simeón, sacerdote del templo, al llegarle el turno a la Sagrada Familia, reconoció al Mesías y le profetizó a su madre y al pueblo que sería signo de contradicción, y para Ella también sería como una espada que traspasaría su corazón. Ya es la Virgen dolorosa con los sufrimientos profetizados a causa de este niño que iba después a morir en una cruz. Asombra cómo este Niño recién nacido, que era el Salvador y Mesías, fuese signo de contradicción.

He ahí todo el misterio ante Cristo Nuestro Señor, ante El no puede haber término medio, a Nuestro Señor hay que reconocerlo y aceptarlo o rechazarlo. Es en ese sentido que El está constituido como signo de contradicción: para salvación de unos y para condenación de otros, como respuesta fundamental de cada ser, de cada hombre, de cada criatura ante Nuestro Señor, si correspondemos a Dios en el nombre de Cristo o si le rechazamos. Este es el misterio de la condenación del infierno que hoy se le niega, o se le pone en duda, sobre todo cuando se dice que el infierno es un simple estado del alma y no un lugar.

Yo quisiera entonces saber en qué lugar estarán los cuerpos de aquellos que se han condenado; si tienen un cuerpo tienen un lugar, luego el infierno también es un lugar. Y ningún Papa tiene derecho a conculcar esta doctrina de fe y si lo hace es un hereje; lo lamento mucho, mis estimados hermanos, pero Juan Pablo II lo ha dicho, y es una herejía. El infierno no es simplemente un estado, además de ser el estado del alma separada de Dios, y esa es la pena de daño, la pena terrible; también hay la pena de sentido que es el fuego eterno, que reivindica la justicia de Dios en aquellos que libremente han impugnado el nombre de Dios y le han rechazado; esa es la doctrina Católica, Apostólica y Romana, y pobre de aquel que no la defienda; en el cumplimiento de mi deber como sacerdote católico lo digo, porque no se puede tolerar impunemente la herejía en contra de la sacrosanta doctrina de la Iglesia Católica.

La Iglesia Católica no es una cueva de ladrones, ni el panteón de todas las religiones ni de todas las falsas creencias como quiere hacer creer el Concilio Vaticano II; eso es inadmisible, es intolerable y quien lo tolere y admita, no tiene la fe católica. No hay término medio; lo que puede haber es ignorancia, eso es otra cosa, pero a la ignorancia hay que combatirla con la predicación de la verdad y la verdad no tolera el error. Si Nuestro Señor es signo de contradicción para salvación de unos y condenación de otros, es justamente por esto, porque aquel que no le responde en el fuero íntimo de su alma a Nuestro Señor, sino que le rechaza y muere en ese estado, se condena eternamente. Pero hoy alegremente, dando muestras del protestantismo que profesan, de cualquier persona que se muere, "Aleluya, alabado sea el Señor", "ya se salvó, está en el cielo". Ni siquiera el purgatorio. Otro dogma de fe católico negado o puesto en duda, como pasa con los curas modernos que no tienen fe, que han perdido la noción del dogma católico; es tanta la imbecilidad, que ya no saben ni dónde están parados.

Esa es la obra de destrucción de la Iglesia Católica, la crisis que atravesamos, apenas digna de los últimos tiempos y anterior a la segunda venida gloriosa de Nuestro Señor y lo que tendremos que soportar hasta la manifestación del Anticristo. Esa es también la necesidad de tener una Iglesia con apariencia verdadera, pero sin ser la Iglesia Católica y esa es la obra de los enemigos de Dios, de Satanás, el judaísmo y la masonería: prostituir la Iglesia, para que dentro de ella se alojen todas las falsas religiones y poder Satanás salirse con la suya, lograr entronizar en la Iglesia la cátedra del error.

Es un hecho comprobable al que le debemos el estar confinados aquí, recluidos como en las catacumbas, sin poder decir la Santa Misa en una iglesia o en una catedral, porque ya no se le permite a la verdad ser predicada ni a la Santa Misa de siempre ser ofrecida. Lo que exige de nosotros, mis estimados fieles, tener esa plena conciencia de nuestra santa religión y la razón de nuestra existencia. Porque no es normal lo que hacemos, ni lo que está pasando. O ¿es acaso normal que la Misa esté perseguida, que se tenga que decir en este recinto y no en una parroquia, con la anuencia y el beneplácito del obispado, de la jerarquía? Tampoco es normal que pululen dentro de la Iglesia herejías como la de negar el infierno; se niega además el purgatorio, se niega el pecado, se niega la exclusividad de salvación que tiene la Iglesia Católica; se rodea a Nuestro Señor de heresiarcas como Lutero, se le coloca en plano de igualdad con Buda o Confucio.

¿Acaso la Iglesia Católica es una olla podrida donde se alojan toda clase de ideas sin importar la gloria y majestad de Dios? Ya Nuestro Señor advirtió que antes de su segunda venida habrá una gran tribulación y una gran apostasía; y esa gran tribulación y esa gran apostasía, es la que se vive y que no sabemos cuánto tiempo durará y Dios quiera pronto acortar estos días, porque aun nosotros, los que queremos conservar la fe inmaculada, la verdad, seremos también inducidos al error si Dios no abrevia este tiempo, porque tanta es la presión, que son muy pocos los sacerdotes capaces de referirse a estas cosas aun dentro de la Fraternidad. No se piense que todos los sacerdotes de la Fraternidad hablan a los fieles tan claramente; no lo hacen.

¿Por qué? Por la presión, por el miedo, por el qué dirán, por no asustar, o porque a veces no ven con suficiente claridad. Es un privilegio cuando se cuenta con alguien que dice sencillamente las cosas como son y pone todo en las manos de Dios; porque quien predica no lo hace para predicarse a sí mismo, o tener éxito y ser alabado, sino para glorificar a Dios, para decir la verdad y combatir el error, cosa que no hace la jerarquía hoy; falta ese espíritu de verdadero combate y de verdadero apostolado.

Hay un cansancio, un desgaste, y por eso el peligro de ese desgaste en los sacerdotes y en los fieles. La única manera de mantener esa llama encendida es justamente estando alertas, con los ojos abiertos, con espíritu crítico para apropiarse lo bueno y rechazar y condenar lo malo; a Dios rogando y con el mazo dando, es la única manera de salir ilesos en medio de tanta confusión, herejía y apostasía. Sin dejar de encomendarnos a Nuestra Señora, que Ella nos proteja bajo su manto porque somos indefensos; el mundo en cualquier esquina nos devora, y no podemos sucumbir ante el error, ante el mal, ante el pecado. Debemos pedirle a Ella cada día, a cada instante, para no dejarnos arrastrar por el torrente de fango que todo lo destruye.

Hoy, en cambio, se predica y hay de hecho libertad para todo, menos para el bien y para la verdad; todo se puede pensar, todo se puede creer, todo es permitido, menos una sola cosa: Predicar el bien y la verdad y de ahí la gran persecución en contra nuestra, cosa que no debemos temer. Al contrario, jamás hay que tener miedo cuando se está con Dios y eso es quizá lo que santifica ese combate espiritual, porque es un combate de fe, por la fe y en defensa de Nuestro Señor Jesucristo, signo de contradicción, pues para unos es salvación y para otros será reprobación, condenación eterna.

Ante el Nombre de Nuestro Señor no hay término medio, cada hombre con entera libertad le responde con un sí, o con un no, y por eso renovamos el sí que hemos dado en el bautismo, que volvemos a dar en la confirmación y en la recepción de los sacramentos, que nos da la gracia de Dios para que no le neguemos como muchas veces le negamos. Cada vez que pecamos, cada vez que no hacemos su santa voluntad, hay que pedirle, por lo menos, no tener la desgracia de pecar mortalmente, de ofenderle mortalmente; y que los pecados veniales no sean deliberados, que sean por nuestra inconsistencia, nuestra fragilidad, pero no por una malicia calculada, aunque sea venial. Porque el pecado venial deliberado lleva al pecado mortal y el pecado mortal nos separa eternamente de Dios.

Que este Niño recién nacido sea para nosotros manantial de salvación, no de condenación. Que Nuestro Señor, signo de contradicción, sea para el mundo la salvación. Pedir a Dios y ayudar a que se convierta la gente, a que le reconozca, ya que la Iglesia es misionera y el apostolado consiste en atraer a la gente a la conversión en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y no en afirmarles su budismo, mahometismo o judaísmo, sino que adviertan su perdición eterna al no aceptar a Cristo, al no hacerse bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esa es la misión de la Iglesia; eso fue lo que hicieron los apóstoles y eso es lo recomendado hasta el fin del mundo; no el falso apostolado de hoy.

Pidamos a la Santísima Virgen María nos consolide en estas verdades esenciales para mantenernos fieles a la Iglesia Católica, fieles a Nuestro Señor, y así festejar santamente las Navidades y también poder concluir un año más con el propósito de que el próximo sea mejor en virtud y santidad; que las penalidades que vengan sean sobrellevadas con verdadero espíritu de fe y de amor a Dios sobre todas las cosas.

BASILIO MERAMO PBRO.
31 de diciembre de 2000

lunes, 1 de enero de 2024

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002

domingo, 1 de enero de 2023

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002

sábado, 1 de enero de 2022

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002



viernes, 1 de enero de 2021

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002



miércoles, 1 de enero de 2020

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002