San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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lunes, 22 de abril de 2019

EXISTEN DISTINTAS CLASES DE ERRORES


     AVE MARIA PURISSIMA
     -SINE LABE ORIGINALI CONCEPTA-

          Como seres humanos estamos expuestos a la practica aun inconsciente de distintas clases de errores cotidianos, de entre los que se destacan los atribuibles a la dactilografía, némesis o memoria, confusión, e incluso los propios de la ignorancia sobre todo cuando los coadyuvamos con la imaginación, errores tan comunes  que normalmente no hacen perder la esencia del objeto.  Sin embargo  hay errores conceptuales principalmente cuando se aúnan a la SOBERBIA,  que incluso llegan a Herejías.

      En el Particular, me refiero al efectuado por el Presbítero Basilio Méramo, en su Sermón de "JUEVES SANTO"  relativo  al SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, utilizando para tal efecto, de manera "novedosa" la palabra REPRODUCCIÓN, ciertamente creemos y sabemos que es uno de los pocos Sacerdotes que tienen  bien  claro lo que el Sacramento es, y como la  Santa Tradición, y la sana teología, ademas de enseñarnos que se trata de la Transustanciación en las  especies;  Que  es  la  REPRESENTACIÓN (se vuelve a  hacer presente) El mismo SACRIFICIO del Calvario, de modo SACRAMENTAL, y de manera incruenta.

     Justo como nos lo enseño precisamente NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO frente a Santo Tomas "el Dídimo"  a quien de manera impasible, VOLVIÓ A PRESENTARLE LAS MISMAS LLAGAS DE LA PASIÓN,  (No fueron otras, no fueron copias, No fueron aparentes, No fueron unas Nuevas, No, fueron unas distintas)
  FUERON EXACTAMENTE LAS MISMAS SANTAS LLAGAS DEL SANTO CALVARIO

     Queremos Creer que no entiende el Significado de la Palabra REPRODUCCIÓN, y que por un error de simple "Némesis" o tal vez desconocimiento, (como ha ocurrido en un sin numero de sermones de él mismo presbítero);     Cambió la palabra que esta perfectamente definida por el Santo Conclio de Trento como  REPRESENTA.

       Sin embargo, analizando los significados de la referida palabra, nos encontramos con:
   1.- Volver a Producir o producir de nuevo, EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR, NI SE VUELVE A PRODUCIR NI SE PRODUCE DE NUEVO. ANATEMA....

   2.- Volver a hacer presente lo que antes se dijo,  (lo que quita el carácter sacrificial,  si únicamente  se reproduce lo dicho)

 3, 4 y 5 (mas posibles acepciones correlativas que pueda el lector encontrar en diccionarios castellanos serios,  como COPIA, FALSIFICACIÓN, IMITACIÓN y algunos etcéteras QUE DISTAN UNA ETERNIDAD DE SIGNIFICAR QUE SE HACE PRESENTE NUEVAMENTE EL MISMO SACRIFICIO INCRUENTO de modo Sacramental, absolutamente Sacrificial, en virtud de la doble consagración,  e incluso  hasta calificable de herético.

(SIC.- Código de Derecho Canónico:
LIBER TERTIUS
DE SACRAMENTIS.
TITULUS III.
De sanctissima Eucharistia.
Can.801. In sanctissima Eucharistia sub speciebus panis et vini ipsemet Christus Dominus continetur, offertur, sumitur.

SANTO CONCILIO DE TRENTO
EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO
SESIÓN XXII
Que es la VI celebrada en tiempo del sumo Pontífice Pío IV en 17 de septiembre de 1562.
DOCTRINA SOBRE EL SACRIFICIO DE LA MISA
CAP. II. El sacrificio de la Misa es propiciatorio no sólo por los vivos, sino también por los difuntos.
Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz;  enseña el santo Concilio....)

 Note usted que no dice similar, copia, replica, falsificación o cualesquier otro distinto  MISMO, que se Vuelve a ser presente de manera sacramental,  CANON QUE POR CIERTO ANATEMIZA Y EXCOMULGA A QUIEN DIGA ALGUNA OTRA VERSIÓN DISTINTA A LA CITADA.

     PUEDE USTED LEER MUCHO MAS ABUNDANTEMENTE AL RESPECTO,  PRECISAMENTE EN EL BLOG Y COMENTARIOS, QUE DIERON PASO A LAS (HEREJÍAS CERDIANISTAS).

https://tradidiquodaccepi.blogspot.com/2011/06/es-mas-facil-creer-que-un-cerdo-vuelea.html

     Motivos suficientes  para  haber contactado por vía electrónica al presbítero de marras,  con  respuestas disparatadas, subjetivas y plenas de la soberbia que le caracteriza.
(Obviamente contamos con la secuencia de correos completa).


   Esperando que enmiende su error,  hacemos la presente publicación,  (con nombre y apellido) ahora  abierta en virtud de su obstinación,  pero con la espada lista para "salirle a la palestra"  como dice que le agrada.


SEA PARA GLORIA DE DIOS
MARANATHA


     Por un deficiente catecúmeno de tercera,  desde un paupérrimo blog de quinta, pero quien si domina el castellano y con la espada de la VERDAD

ALBERTO GONZÁLEZ

viernes, 13 de mayo de 2016

Festividad de Nuestra Señora de Fátima


Nuestra Señora del Rosario se presenta a los niños Lucia, Jacinta y Francisco en la Cova de Iria por primera Vez el 13 de Mayo de 1917

Relato tomado del libro FATIMA, autor: Icilio Felici, Edit. San Pablo, 1951 (vigesima cuarta edición 1998) pag. 51-58

Era el día 13 de Mayo, domingo antes de la Ascensión. Lucía, Francisco y Jacinta, después de oír muy de mañanita la Santa Misa, con sus respectivas Familias, según la costumbre escrupulosamente observada en las casa temerosas de DIOS, hacia las 10 reunieron en uno sus rebañitos, como lo hacían con frecuencia, y decidieron tomar el camino de la cuenca, donde los prados estaban en flor y las ovejas podrían abundantemente saciarse con la hierba de los barbechos. El sol brillaba límpido y la campiña exhalaba mil variado perfumes, llegados allá hacia el medio día hora oficial, se regresaron un tanto detrás del ganado, hasta que llegado el medio día verdadero, que todo pastor aprende muy pronto a distinguir en la fas del sol, su reloj infalible, se aprestaron a rezar el acostumbrado rosario y a consumir la colación que, como siempre, habían llevado consigo, para entregarse después a los juegos de costumbre... Aquel día el juego era más atrayente, pues se trataba de construir nada menos que una casa con piedras que Francisco se daba prisa a extraer del terreno o de en medio de los Setos.

Habían puesto manos a la obra con ahínco y pasión, cuando de repente fueron deslumbrados por un rayo que parecía haber surcado el horizonte. Asustados, miraron al cielo: Continuaba serenísimo no había ni siquiera una nube del tamaño de una hilacha de algodón, y el sol más resplandeciente que nunca.

Se miraron el uno al otro, sin saber que decir.
-Pero... ¿De dónde habrá venido?...

Lucía Reflexionaba; no es la primera vez que una tormenta se condensa detrás de una montaña para luego subir y desencadenarse.
- Será mejor volver a casa - dice.
Los primos, más impresionados que ella, aprueban sin reserva, dejan sin amparo la construcción, reúnen el rebaño y ¡Abajo! por la pendiente, empujándose por delante las ovejas. Llegados a media bajada, al pasar junto a una robusta encina -Que todavía existe- viene a deslumbrarles otro rayo más fulgurante que el primero.

Esta vez tiemblan de verdad, de arriba a abajo, y se ponen a espolear al rebaño para que no se retrase.
Pero he aquí que, al llegar al fondo de la cuenca se ven obligados a retenerse mudos y atónitos. Delante de ellos, a dos pasos de distancia, sobre una mata de carrasca verde de poco más de un metro de alto, esta una juvenil señora, sublimemente hermosa, mas resplandeciente que el sol, la cual, con ademán lleno de gracia y una voz de sobremanera cariñosa, les dice:

-No tengáis miedo, no quiero haceros daño alguno.Los niños la contemplaban estáticos, arrebatados.
¡Miran!... Aparenta tener 15 a 18 años. El vestido, blanco como la nieve, sujeto al cuello con un cordón de oro le baja hasta los pies, que rosa apenas las hojas de la carrasca. Un manto todo bordado en oro le cubre la cabeza y todo el cuerpo. Las manos están juntas delante del pecho en actitud de orar, de ellas cuelga un Rosario de cuentas blancas como perlas, terminando en una pequeña cruz de plata bruñida. El rostro de rasgos purísimos e indeciblemente delicados, esta rodeado por una aureola de sol, pero parece velado por una sombra de tristeza.
Jacinta y Francisco están inmóviles, sin pestañear; Lucía cobra ánimos y se decide preguntar:
-¿De qué país es usted?-
Hay en la pregunta toda la confusión y toda la sencillez de la pastorcilla fascinada.
-Mi país es el cielo- responde la dulce Señora.
-¿Y qué quiere Usted de mi?
-He venido a pediros que os lleguéis aquí, a esta misma hora, el día 13 de cada mes, durante seis veces consecutivas, hasta octubre. En octubre os diré quien soy qué es lo que quiero de vosotros.

Durante unos momentos Lucía calló; acaso resonaron en su mente las palabras del Ángel: Los santísimos corazones de Jesús y María tiene sobre vosotros designios de misericordia… o es que aquella invitación acabó de desorientarla.
Al cabo de unos instantes, prosiguió animosamente:
-¿Viene Usted del cielo? Y yo, ¿iré al cielo?
-Sí- Respondió la Señora.
Lucía, ingenuamente, se sintió atrevida:
-¿Y Jacinta?
-También
-¿Y Francisco? –Quiere tanto a sus inseparables primitos, que no sabe imaginar un paraíso donde no estén los tres juntos, como allí en el campo, todos los días…

A esta última pregunta los ojos de la celestial aparición se vuelven hacia el niño, lo miran maternalmente pensativos.
-También el- responde la Señora -Pero antes tendrá que rezar muchos rosarios…
Viéndola tan condescendiente, la pastorcilla, como suelen hacer todos los sencillos, vencida su primera timidez, se familiariza con Ella.
Poco tiempo antes han muerto dos jovencitas conocidas suyas. Puesto que la patria de la Señora es el cielo, sabrá cual ha sido su suerte… Y le responde que una está en el cielo y la otra en el purgatorio.

-¿Queréis ofreceros al Señor, prontos a hacer sacrificios y aceptar gustosos todas las penas que El quiere enviaros,, en reparación de muchos pecados con que se ofende a la Divina Majestad, para alcanzar la conversión de los pecadores y en compensación de las blasfemias, y de todas las ofensas hechas al inmaculado Corazón de María?
La invitación, en conjunto, no añade nada nuevo a a invitación del Ángel.
Pero Jacinta y Francisco continúan estáticos y mudos; solamente Lucía responde por todos con vivo entusiasmo:
-¡Si lo queremos!

La aparición da muestras de complacencia, añadiendo luego que muy pronto tendrán que sufrir mucho, pero que la gracia de DIOS les asistirá y confortará siempre. Y al decir esto, extiende las manos… De sus manos abiertas de derrama sobre los videntes un haz de luz misteriosa… Una Luz tan intensa y tan íntima que (son palabras de Lucía), penetrándoles en el pecho hasta lo más íntimo del alma hízoles ver a sí mismos en DIOS con más claridad que nos vemos en el más terso espejo… Es una especie de confirmación, después de la cual la luz divina los llena todos y se apodera de ellos.

Entonces caen los tres de rodillas, misteriosamente impulsados y exclaman:
-¡Oh Santísima Trinidad, yo os adoro!
-DIOS mío, DIOS mío, yo os amo!

Una última recomendación tiene que hacerles la celestial Señora:
Que todos los días, como lo han hecho poco antes, recen el rosario (nota del transcriptor: NO LA TERCERA PARTE SOLAMENTE, NO LOS MISTERIOS LUMINOSOS, sino los quince misterios del Santo Rosario que Nuestra Señora reveló a Santo Domingo) para obtener la paz del mundo.
Después de la cual comienza a elevarse ligera como una pluma… derecha… sin mover los pies… hasta que desaparece en la radiante luz del sol.

¡Dentro de un mes!
¿Volverán los pastorcillos?
Y Ella ¿acudirá?
(nota del transcriptor: La historia sabemos que es verdadera y cierta, ella regresó.)

domingo, 21 de febrero de 2016

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos acercamos cada vez más a la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y después a su resurrección, por lo cual la Iglesia quiere que nos preparemos santamente a través de toda la Cuaresma para que así mismo podamos festejar su gloriosa resurrección.

En el Evangelio de hoy se nos relata la transfiguración de nuestro Señor ante los tres apóstoles preferidos. Habiéndoles anunciado ya su Pasión, no quería dejarlos apesadumbrados; decide entonces de algún modo mostrarles, no a todos sino a los más cercanos, a los preferidos, su gloria; para que en el momento de los hechos tuviesen un apoyo y no sucumbiesen por el pesar, por el dolor, y que a la vez pudieran sostener a los demás apóstoles y discípulos. Podemos preguntarnos ¿por qué elige a Pedro, a Santiago y a Juan? A San Pedro lo elige porque era el discípulo que más amaba a nuestro Señor, por eso también fue elegido como la piedra, el fundamento de la Iglesia, como Sumo Pontífice. A Santiago lo eligió por su valor, por eso nuestro Señor dijo de él que era hijo del trueno. Y a San Juan porque era el discípulo virgen al que nuestro Señor por eso mismo más amaba, por su pureza, por su inocencia.

De todos modos lo importante es ver cómo se transfigura nuestro Señor. ¿En qué consiste esa transfiguración? Simplemente en dejar relucir su divinidad relumbrante con todo el poder en su cuerpo, tal como debió ser desde el primer instante de su Encarnación, un cuerpo glorioso, resplandeciente, luminoso; pero que nuestro Señor justamente, por querer sufrir y morir en la Cruz, reprimió la resplandecencia de su divinidad en la naturaleza humana, en su cuerpo, para hacerlo pasible, susceptible de sufrimiento, de sacrificio y de muerte. De lo contrario, no hubiera habido pasión, ni Cruz, no hubiera habido muerte. Justamente en eso consiste su anonadamiento, en que  se hizo nada.

No es como mal interpretan la mayoría de teólogos y exégetas, para quienes el hecho de la Encarnación era rebajarse; eso es un error. La Encarnación no es un minimizarse, sino una expansión del poder omnipotente de la divinidad, capaz de asumir la naturaleza humana. No consiste el mermarse en asumir la naturaleza humana, eso demuestra precisamente el poder de Dios. Por eso digo que teológica y exegéticamente es una equivocación, aunque no hayan caído en cuenta; de allí también los protestantes hacen su herética teología.

Nuestro Señor no se niega haciéndose hombre, no hay una dialéctica del ser y del no ser y la síntesis, esa es la famosa y revolucionaria retórica hegeliana que crea la contraposición para llegar al ser. Así no actúa Dios sino muy al contrario: la divinidad en todo su poder omnipotente tiene esa capacidad de asumir una naturaleza y sustentarla con su ser divino; y más aún, eso lo podía haber hecho cualquier persona de la Santísima Trinidad, pero la Divina Sabiduría estimó que fuese el Hijo quien se Encarnara y no las otras dos personas que son el Padre y el Espíritu Santo, que aunque pudieron muy bien encarnarse no lo hicieron por cierta conveniencia. (Tema que da lugar a otra larga explicación y que en este momento desviaría la atención).

Pues bien, nuestro Señor para poder remediar como criatura humano, tenía que tomar una naturaleza que no gozara e irradiara en el cuerpo esa divinidad y lo hiciera glorioso y por eso se anonadó, para poder morir y sufrir por nosotros y que se operara la obra de la redención y de la salvación de las almas derramando Él su sangre. Él siendo verdadero Dios también era verdadero hombre y como hombre quería tributar a Dios Padre y a la Santísima Trinidad lo máximo que se le puede como criatura tributar a Dios: el sacrificio de sí mismo. Por eso el sacrificio de nuestro Señor es en primer lugar ofrecido al Padre y a la Santísima Trinidad; ese es el obsequio que hace el alma de nuestro Señor como hombre al Dios Padre.

Es un misterio y como tal es difícil de explicar; pero si alguna aclaración cabe es ésta; aunque no agota el tema, nos ayuda a comprender el significado del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo. Y así Él les manifiesta a estos tres discípulos preferidos esa gloria que su humanidad, que su cuerpo debía tener desde el primer instante de su Encarnación y que tendría después de la resurrección.

Esa glorificación de los cuerpos también es la que Dios de algún modo nos participará y promete para aquellos que resuciten en su gracia, para que resucitemos a semejanza, no igual, pero sí a similitud del cuerpo glorificado de nuestro Señor en cuerpos celestes, mientras que los condenados resucitarán en cuerpo de miseria, no de bienaventuranza y por eso sufrirán eternamente las penas del infierno.  
El infierno, heréticamente, ha sido negado por Juan Pablo II
. Es lamentable que un Papa de la Iglesia católica lo niegue; es uno más de sus graves hechos. Es doloroso meter el dedo en la llaga, en la herida, pero es necesario con tal de estar despiertos y vigilantes ya que se duerme en la calma y la anemia espiritual. Si se tuviese un poco más de fe el grito llegaría al cielo. Digo nuevamente: es una desgracia de la hora presente que no haya obispos a la altura, que como una voz que clama en el desierto afirmen los dogmas de fe que hoy se niegan; eso es lamentable, pero cierto,  aun en los obispos de la Tradición falta garra, empuje.

Hay que rezar para que los haya así, por lo menos uno que con mitra y báculo en mano afirme ante Dios y la opinión pública las cosas como son; porque es una vergüenza que se conculque públicamente la doctrina católica y no haya un doctor en la fe que lo señale, pues toca a los obispos esta responsabilidad, este deber, del cual adolecen, y falta también un castigo para nosotros, por nuestra parsimonia, despreocupación, flojedad. No estamos viviendo a la altura de los acontecimientos; queremos ser católicos pero alcanzamos apenas la apariencia, el nombre, y eso Dios no lo quiere. Dios quiere católicos en sentido pleno porque a los mediocres los desecha, y esos forman multitud; quiere, aunque sea un pequeño rebaño, que sea fiel. Dios no quiere uno adormilado; quiere pocos, pero buenos.

Es suficiente lo que ha pasado para seguir profesando un catolicismo mediocre; dejemos de ser católicos tradicionalistas comodones, porque esta vida es una lucha, un combate entre Dios y Satanás en la cual no hay democracia que valga, no hay descanso; es una lucha titánica hasta la muerte porque es una lucha espiritual.

Que no nos dejemos arrollar por el mundo que corrompe a cada instante; ya no pongamos una vela a Dios y otra al diablo; seamos consecuentes. Por eso quizás los obispos, aunque se mantengan en la verdad, no dan la talla que exige esta batalla; les falta el vigor, la fuerza y toda la doctrina y el peso de la verdad que sostenga al pequeño rebaño disperso por el mundo. Esa es la verdadera Iglesia católica, el pequeño grupo, el pusillus grex disperso por el mundo del que habla San Lucas, porque la Iglesia oficial ha caído en la apostasía, y se reviste de catolicidad, pero es sólo apariencia, es un disfraz.

Tan graves son los sucesos que el único obispo que se mantuvo firme y al pie, al lado de monseñor Lefebvre, fue monseñor Antonio de Castro Mayer, pero ahora seducidos por la Roma modernista sus discípulos han claudicado, aunque ellos así no lo reconozcan. Cuando se hacen pactos con el enemigo se transige, y si el enemigo en última instancia es Satanás, qué pacto puede haber. La fe no es cuestión de alianzas, concordatos, ni diálogos; es asunto de adhesión, aceptación o rechazo; no hay más, no hay término medio, “Conmigo o contra mí”, dijo nuestro Señor y “El que no está conmigo está contra mí”. No hay más, blanco o negro, sí o no y lo demás son superficialidades y engaños, sutilezas del demonio para enredarnos en el error, cuando está en juego la fe.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, evocar esa gloria de la transfiguración de nuestro Señor en la hora presente de crisis para no sucumbir ante el dolor y el peso de la pasión de la Iglesia. Para seguir creyendo en la Iglesia a pesar de los curas y del Papa, por aquello de que, “No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos” y no todo el que diga “soy Papa, soy Papa” lo es. La Iglesia ha padecido a más de cuarenta antipapas y para los últimos tiempos está profetizado que habrá algún otro. No está entonces por demás tenerlo presente.

¿Quién es el falso profeta del Apocalipsis con dos cuernos que semejan al cordero pero cuya boca habla como el dragón y que está al servicio de la bestia del mar? Los dos cuernos son la mitra y, si es parecido al cordero, quién más que un obispo; y si de obispos se trata, bien podría ser el obispo de Roma, el Papa. Satanás no es tonto, no va a buscar a cualquier obispo, apunta a la cabeza. El antiguo exorcismo de León XIII, que hoy se suprimió, dice que la Santa Sede será asediada porque el demonio querrá instalar allí su trono. Luego, no es para extrañarse o escandalizarse al oír hablar de la posibilidad de un antipapa porque es doctrina e historia de la Iglesia; que no haya sacerdotes que lo digan por ignorancia, miedo o cualquier otro motivo es otro asunto; no es correcto desinformar a los fieles, hay que tenerlos muy bien advertidos, porque nuestra fe en la Iglesia es una fe de luz, de sabiduría, no es ni de tontería, ni de estupidez, ni de oscurantismo y la luz de la verdad todo lo ilumina aunque no todo lo entendamos.


Pidamos a nuestra Señora esa luz de la fe para permanecer íntegros y puros en ese dogma virginal y así poder salvarnos. +

P. BASILIO MERAMO
   24 de Febrero de 2002

lunes, 3 de noviembre de 2014

La Ofrenda a los Muertos y su Origen Pagano.

Extraído del libro: La Ciudad Antigua de Fustel de Coulanges, ed. Porrúa, México 1989, pp. 5-14.

Para conocer el origen de las ofrendas a los muertos que aún perduran tan arraigadas en el pueblo mejicano y que son una reminiscencia del culto pagano a los muertos que es el culto más inmemorial que existe en la historia de la humanidad.









LIBRO PRIMERO

CREENCIAS ANTIGUAS

CAPITULO PRIMERO

CREENCIAS SOBRE EL ALMA Y SOBRE LA MUERTE.


Hasta los últimos tiempos de la historia de Grecia y de Roma se vio persistir entre el vulgo un conjunto de pensamientos y usos, que indudablemente, procedían de una época remotísima. De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formó al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte.

Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indoeuropea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya creído jamás que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre. Las generaciones más antiguas, mucho antes de que hubiera filósofos, creyeron en una segunda existencia después de la actual. Consideraron la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida.

Pero ¿en qué lugar y de qué manera pasaba esta segunda existencia? ¿Se creía que el espíritu inmortal después de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro? No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espíritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinión más antigua de los arios de oriente, pues los himnos de los Vedas están en oposición con ella. ¿Se creía que el espíritu ascendía al cielo, a la región de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansión celestial pertenece en Occidente a una época relativamente próxima; la celeste morada sólo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad. Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era un mundo extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.[1]

También se creyó durante mucho tiempo que en esta segunda existencia el alma permanecía asociada al cuerpo. Nacida con él, la muerte no los separaba y con él se encerraba en la tumba.

Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han quedado testimonios auténticos. Estos testimonios son los ritos de la sepultura que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que habían seguramente nacido con ellas y pueden hacérnoslas comprender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se colocaba un muerto en un sepulcro, se creía que era algo viviente lo que allí se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisión y escrúpulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los funerales de Polidoro con estas palabras: “Encerramos su alma en la tumba.” La misma expresión se encuentra en Ovidio y en Plinio el Joven, y no es que respondiese a las ideas que estos escritores se formaban del alma, sino que desde tiempo inmemorial estaba perpetuada en el lenguaje, atestiguando antiguas y vulgares creencias.[2]

Era costumbre al fin de la ceremonia fúnebre, llamar tres veces al alma del muerto por el nombre que había llevado. Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le decía: “Que te encuentres bien.” Se añadía: “Que la tierra te sea ligera”.[3] ¡Tanto se creía que el ser iba a continuar viviendo bajo tierra y que conservaría el sentimiento del bienestar y del sufrimiento! Se escribía en la tumba que el hombre reposaba allí; expresión que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros. Todavía la empleamos aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se creía en la antigüedad que un hombre vivía allí, que jamás se prescindía de enterrar con él los objetos de que, según se suponía, tenía necesidad: vestidos, vasos, armas. [4] Se derramaba vino sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satisfacer su hambre. [5] Se degollaban caballos y esclavos en la creencia de que estos seres encerrados con el muerto le servirían en la tumba como le habían servido durante su vida. [6] Tras la toma de Troya, los griegos vuelven a su país; cada cual lleva su bella cautiva pero Aquiles que está bajo tierra, reclama también a su esclava y le dan a Polixena. [7]

Un verso de Píndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a salir de Grecia y huyó hasta Cólquida. En este país murió; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia. Se apareció pues a Pelias ordenándole que fuese a la Cólquida para transportar su alma. Sin duda esta alma sentía la añoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no podía separarse sin ellos de la Cólquida. [8]

De esta creencia primitiva se derivó la necesidad de la sepultura. Para que el alma permaneciese en esta morada subterránea que le convenía para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra. El alma que carecía de tumba no tenía morada. Vivía errante. En vano aspiraba al reposo, que debía anhelar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tenía que errar siempre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jamás las ofrendas y los alimentos que le hacían falta. Desgraciada, se convertía pronto en malhechora. Atormentaba a los vivos, les enviaba enfermedades, les asolaba las cosechas, les espantaba con operaciones lúgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella misma. De aquí procede la creencia en los aparecidos. [9] La antigüedad entera estaba persuadida de que sin la sepultura el alma era miserable, y que por la sepultura adquiría la eterna felicidad. No con la ostentación del dolor quedaba realizada la ceremonia fúnebre, sino con el reposo y la dicha del muerto. [10]

Adviértase bien que no bastaba con que el cuerpo se depositara en la tierra. También era preciso observar ritos tradicionales y pronunciar determinadas fórmulas. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: [11] es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido enterrado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calígula sin que se realizara la ceremonia fúnebre, su alma anduvo errante y se apareció a los vivos, hasta el día en que se decidieron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura según las reglas. [12] Estos dos ejemplos demuestran que efecto se atribuía a los ritos y a las fórmulas de la ceremonia fúnebre. Puesto que sin ellos las almas permanecían errantes y se aparecían a los vivos, es que por ellos se fijaban y encerraban en las tumbas. Y así como había fórmulas que poseían esta virtud, los antiguos tenían otras con la virtud contraria: la de evocar a las almas y hacerlas salir momentáneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cuánto atormentaba al hombre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era esta una fuente de agudas inquietudes.[13]

Se temía menos a la muerte que a la privación de sepultura, ya que se trataba del reposo y de la felicidad eterna. No debemos de sorprendernos mucho al ver que, tras una victoria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que habían descuidado el enterrar a los muertos. Estos generales, discípulos de los filósofos, quizá diferenciaban el alma del cuerpo, y como no creían que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, habían puesto que importaba muy poco que un cadáver se descompusiese en la tierra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cumplir la vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos. Pero la muchedumbre que, aun en Antenas, permanecía afecta a las viejas creencias, acusó de impiedad a sus generales y los hizo morir. Por su victoria salvaron a Atenas; por su negligencia perdieron millares de almas. Los padres de los muertos, pensando en el largo suplicio que aquellas almas iban a sufrir, se acercaron al tribunal vestidos de luto para exigir venganza. [14]

En las ciudades antiguas la ley infligía a los grandes culpables un castigo reputado como terrible: la privación de sepultura. [15] Así se castigaba al alma misma y se le infligía un suplicio casi eterno.

Hay que observar que entre los antiguos se estableció otra opinión sobre la mansión de los muertos. Se figuraron una región, también subterránea, pero infinitamente mayor que la tumba, donde todas las almas, lejos de su cuerpo, vivían juntas, y donde se les aplicaban penas y recompensas, según la conducta que el hombre había observado durante su existencia. Pero los ritos de la sepultura, tales como los hemos descrito, están en manifiesto desacuerdo con esas creencias: prueba cierta de que en la época en que se establecieron esos ritos, aún no se creía en el Tártaro u en los Campos Elíseos. La primera opinión de esas antiguas generaciones fue que el ser humano vivía en la tuba, que el alma no se separaba del cuerpo, y que permanecía fija en esa parte del suelo donde los huesos estaban enterrados. Por otra parte, el hombre no tenía que rendir ninguna cuenta de su vida anterior. Una vez en la tumba, no tenía que esperar recompensas ni suplicios. Opinión tosca, indudablemente, pero que es la infancia de la noción de una vida futura.

El ser que vivía bajo tierra no estaba lo bastante emancipado de la humanidad como para no tener necesidad de alimento. Así, en ciertos días del año se llevaba comida a cada tumba. [16]

Ovidio y Virgilio nos han dejado la descripción de esta ceremonia, cuyo empleo se había conservado intacto hasta su época, aunque las creencias ya se hubiesen transformado. Dícennos que se rodeaba la tumba de grandes guirnaldas de hierba y flores, que se depositaban tortas, frutas, sal, y que se derramaba leche, vino y a veces sangre de víctimas. [17]

Nos equivocaríamos grandemente si creyéramos que esta comida fúnebre sólo era una especie de conmemoración. El alimento que la familia llevaba era realmente para el muerto, para él exclusivamente. Prueba esto que la leche y el vino se derramaban sobre la tierra de la tumba; que se abría un agujero para que los alimentos sólidos llegasen hasta el muerto; que, si se inmolaba una víctima, toda la carne se quemaba para que ningún vivo participase de ella; que se pronunciaban ciertas fórmulas consagradas para invitar al muerto a comer y beber; que si la familia entera asistía a esta comida, no por eso tocaba los alimentos; que, en fin, al retirarse, se tenía gran cuidado de dejar una poca de leche y algunas tortas en los vasos, y que era gran impiedad en un vivo tocar esta pequeña provisión destinada a las necesidades del muerto.

Estas antiguas creencias perduraron mucho tiempo y su expresión se encuentra todavía en los grandes escritores de Grecia. “Sobre la tierra de la tumba, dice Ifigenia en Eurípides, derramo la leche, la miel, el vino, pues con esto se alegran los muertos.” [18] -“Hijo de Peleo, dice Neptolemo, recibe el brebaje grato a los muertos; ven y bebe de esta sangre.” [19] Electra vierte las libaciones y dice: “El brebaje ha penetrado en la tierra, mi padre lo ha recibido.” [20] Véase la oración de Orestes a su padre muerto: “¡Oh, padre mío, si vivo, recibirás ricos banquetes; pero si muero, no tendrás tu parte en las comidas humeantes de que los muertos se nutren!” [21] Las burlas de Luciano atestiguan que estas costumbres aún duraban en su tiempo: “Piensan los hombres que las almas vienen de lo profundo por la comida que se les trae, que se regalan con el humo de las viandas y que beben el vino derramado sobre la fosa”. [22] Entre los griegos había ante cada tumba un emplazamiento destinado a la inmolación de las víctimas y a la cocción de su carne. [23] La tumba romana también tenía su culina, especie de cocina de un género particular y para el exclusivo uso de los muertos. [24] Cuenta Plutarco que tras la batalla de Platea los guerreros muertos fueron enterrados en el lugar de combate, y los plateos se comprometieron a ofrecerles cada año el banquete fúnebre. En consecuencia, en el día del aniversario, se dirigían en gran procesión, conducidos por sus primeros magistrados, al otero donde reposaban los muertos. Ofrecíanles leche, vino, aceite, perfumes y les inmolaban una víctima. Cuando los alimentos estaban ya sobre la tumba, los plateos pronunciaban una fórmula invocando a los muertos para que acudiesen a esta comida. Todavía se celebraba esta ceremonia en tiempo de Plutarco, que pudo ver el 600º aniversario. [25] Luciano nos dice cuál es la opinión que ha engendrado todos esos usos: “Los muertos, escribe, se nutren de los alimentos que colocamos en su tumba y beben el vino que sobre ella derramamos; de modo que un muerto al que nada se ofrece está condenado a hambre perpetua”. [26]

He ahí creencias muy antiguas y que nos parecen bien falsas y ridículas. Sin embargo, han ejercido su imperio sobre el hombre durante gran número de generaciones. Han gobernado las almas, y muy pronto veremos que han regido las sociedades, y que la mayor parte de las instituciones domésticas y sociales de los antiguos emanan de esa fuente.


CAPITULO II

EL CULTO DE LOS MUERTOS.


Estas creencias dieron muy pronto lugar a reglas de conducta. Puesto que el muerto tenía necesidad de alimento y bebida, se concibió que era un deber de los vivos el satisfacer esta necesidad. El cuidado de llevar a los muertos los alimentos no se abandonó al capricho o a los sentimientos variables de los hombres: fue obligatorio. Así se instituyó toda una religión de la muerte, cuyos dogmas han podido extinguirse muy pronto, pero cuyos ritos han durado hasta el triunfo del cristianismo.

Los muertos pasaban por seres sagrados. [27] Los antiguos les otorgaban los más respetuosos epítetos que podían encontrar: llamábanles buenos, santos, bienaventurados. [28] Para ellos tenían toda la veneración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme. En su pensamiento cada muerto era un dios. [29]

Esta especie de apoteosis no era el privilegio de los grandes hombres; no se hacía distinción entre los muertos. Cicerón dice: “Nuestros antepasados han querido que los hombres que habían salido de esta vida se contasen en el número de los dioses.” [30] Ni siquiera era necesario haber sido un hombre virtuoso; el malo se convertía en dios como el hombre de bien: sólo que en esta segunda existencia conservaba todas las malas tendencias que había tenido en la primera. [31]

Los griegos daban de buen grado a los muertos el nombre de dioses subterráneos. En Esquilo, un hijo invoca así a su padre muerto: “¡Oh tú, que eres un dios bajo tierra!” Eurípides dice, hablando de Alcestes: “Cerca de su tumba el viajero se detendrá para decir: Ésta es ahora una divinidad bienaventurada.” [32] Los romanos daban a los muertos el nombre de dioses manes. “Dad a los dioses manes lo que les es debido, dice Cicerón; son hombres que han dejado la vida; tenedles por seres divinos.” [33]

Las tumbas eran los templos de estas divinidades. Por eso ostentaban la inscripción sacramental Dis Manibus, y en griego . Significaba esto que el dios vivía allí enterrado, Manesque Sepulti dice Virgilio. [34] Ante la tumba había un altar para los sacrificios, como ante los templos de los dioses. [35]

Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, entre los latinos, entre los sabinos,[36] entre los etruscos; se le encuentra también entre los arios de la India. Los himnos del Rig Veda hacen de él mención. El libro de las leyes de Manú habla de ese culto como del más antiguo que los hombres hayan profesado. En este libro se advierte ya que la idea de la metempsicosis, subsiste viva e indestructible la religión de las almas de los antepasados, obligando al redactor de las Leyes de Manú a contar con ella y a mantener sus prescripciones en el libro sagrado. No es la menor singularidad de este libro tan extraño el haber conservado las reglas referentes a esas antiguas creencias, si se tiene en cuenta que evidentemente fue redactado en una época en que dominaban creencias del todo opuestas. Esto prueba que si se necesita mucho tiempo para que las creencias humanas se transformen, se necesita todavía más para que las prácticas exteriores y las leyes se modifiquen. Aún ahora, pasados tantos siglos y revoluciones, los indos siguen tributando sus ofrendas a los antepasados. Estas ideas y estos ritos son lo que hay de más antiguo en la raza indoeuropea, y son también lo que hay de más persistente.

Este culto era en la india el mismo que en Grecia e Italia. El indo debía suministrar a los manes la comida llamada sraddha. “Que el jefe de la casa haga el sraddha con arroz, leche, raíces, frutas, para atraer sobre sí la benevolencia de los manes.” El indo creía que en el momento de ofrecer esta comida fúnebre, los manes de los antepasados venían a sentarse a su lado y tomaban el alimento que se les presentaba. También creía que este banquete comunicaba a los muertos gran regocijo: “Cuando el sraddha se hace según los ritos, los antepasados del que ofrece la comida experimentan una satisfacción inalterable.” [37]

Así, los arios de Oriente pensaron, en un principio, igual que los de Occidente a propósito del misterio del destino tras la muerte. Antes de creer en la metempsicosis que presuponía una distinción absoluta entre el alma y el cuerpo, creyeron en la existencia vaga e indecisa del ser humano, invisible pero no inmaterial, que reclamaba de los mortales alimento y bebida.

El indo, cual el griego, consideraba a los muertos como seres divinos que gozaban de una existencia bienaventurada. Pero existía una condición para su felicidad: era necesario que las ofrendas se les tributasen regularmente por los vivos. Si se dejaba de ofrecer el sraddha a un muerto, el alma huía de su apacible mansión y se convertía en alma errante que atormentaba a los vivos; de suerte que si los manes eran verdaderamente dioses, sólo lo eran mientras los vivos les honraban con su culto. [38]

Los griegos y romanos profesaban exactamente las mismas opiniones. Si se cesaba de ofrecer a los muertos la comida fúnebre, los muertos salían en seguida de sus tumbas; sombras errantes, se les oía gemir en la noche silenciosa, acusando a los vivos de su negligencia impía; procuraban castigarles, y les enviaban enfermedades o herían el suelo de esterilidad. En fin, no dejaban ningún reposo a los vivos hasta el día en que se reanudaban las comidas fúnebres. [39] El sacrificio, la ofrenda del sustento y la libación, los hacían volver a la tumba y les devolvían el reposo y los atributos divinos. El hombre quedaba entonces en paz con ellos. [40]

Si el muerto al que se olvidaba era un ser malhechor, aquél al que se honraba era un dios tutelar, que amaba a los que le ofrecían el sustento. Para protegerlos seguía tomando parte en los negocios humanos, y en ellos desempeñaba frecuentemente su papel. Aunque muerto, sabía ser fuerte y activo. Se le imploraba; se solicitaban su ayuda y sus favores. Cuando pasaba ante una tumba, el caminante se paraba y decía: “¡Tú, que eres un dios bajo tierra, seme propicio!” [41]

Puede juzgarse de la influencia que los antiguos atribuían a los muertos por esta súplica que Electra dirige a los manes de su padre: “¡Ten piedad de mi y de mi hermano Orestes; hazle volver a este país; oye mi ruego, oh padre mío, atiende mis votos al recibir mis libaciones!” Estos dioses poderosos no sólo otorgan los bienes materiales, pues Electra añade: “Dame un corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras.” [42] También el indo pide a los manes “que se acreciente en su familia el número de los hombres de bien, y que haya mucho para dar”.

Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonios o héroes. [43] Los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes,[44] Genios. “Nuestros antepasados, dice Apuleyo, han creído que cuando los manes eran malhechores debía de llamárseles larvas, y los denominaban lares cuando eran benévolos y propicios.”[45] En otra parte se lee: “Genio y lar son el mismo ser; así lo han creído nuestros antepasados[46] y en Cicerón: “Lo que los griegos llamaban demonios, nosotros los denominamos lares.”[47]

Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. Por ahí parece que ha comenzado el sentimiento religioso. Quizá en presencia de la muerte ha sentido el hombre por primera vez la idea de lo sobrenatural y ha querido esperar en algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio, y puso al hombre en el camino de los demás misterios. Le hizo elevar su pensamiento de lo visible o lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino.



El culto católico a los muertos nada tiene que ver con ofrendas de comidas, sino con sufragios u obras buenas que se procuren para la pronta liberación de las penas del purgatorio, como misas, rosarios, oraciones, indulgencias parciales o plenarias, sacrificios y limosnas. No hay que caer en un sincretismo religioso (mezcla de catolicismo con paganismo) bajo apariencia de piedad religiosa.

Orizaba, 2 de noviembre de 2007.
Festividad de los Fieles Difuntos
Basilio Méramo Pbro.

[1] Sub terra censebat reliquam vitam agi mortuorum. Cicerón. Tusc., 1, 16. Era tan fuerte esta creencia, añade Cicerón, que, aun cuando se estableció el uso de quemar los cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivían bajo tierra.-V. Eurípides, Alcestes, 163; Hécuba, passim.
[2] Virgilio, En., III, 67: animamque sepulcro condimus.-Ovidio, Fast., V, 451: tumulo fraternas condidit umbras.-Plinio, Ep., VII, 27: manes riti conditi.-La descripción de Virgilio se refiere al uso de los cenotafios: admitíase que cuando no se podía encontrar el cuerpo de un pariente se le hiciera una ceremonia que reprodujese exactamente todos los ritos de la sepultura, creyendo así encerrar, a falta del cuerpo, el alma en la tumba. Eurípides, Helena, 1061, 1240. Escoliast ad Pindar. Pit., IV, 284. Virgilio, VI, 505; XII, 214.
[3] Iliada, XXIII, 221. Eurípides, Alcestes. 479: Pausanias, II, 7, 2.-Ave atque vale. Cátulo, C. 10. Servio, ad Eneid., II, 640; III, 68; XI, 97. Ovidio, Fast., IV, 852; Metam., X, 62. Sit tibi terra levis; tenuem et sine pondere terram; Juvenal VII, 207; Marcial, I, 89: V, 35; IX, 30.
[4] Eurípides, Alcestes, 637, 638; Orestes 1416-1418. Virgilio, En., VI, 221; XI, 191-196.- La antigua costumbre de llevar dones a los muertos está atestiguada para Atenas por Tucídides, II, 34. La ley de Solón prohibía enterrar con el muerto más de tres trajes (Plutarco, Solón, 21). Luciano también habla de esta costumbre. ¡Cuántos vestidos y adornos no se han quemado o enterrado con los muertos como si hubiesen de servirles bajo tierra!”- También en los funerales de César, en época de gran superstición, se observó la antigua costumbre: se arrojó a la pira los munera, vestidos, armas, alhajas (Suetonio, César, 84). V. Tácito, An., III, 3.
[5] Eurípides, Ifig., en Táuride, 163. Virgilio, En., V, 76-80; VI, 225.
[6] Iliada, XXI. 27-28; XXIII, 164-176. Virgilio, En., X, 519-520; XI, 80-84, 197.- Idéntica costumbre en la Galia. César. B. G., V. 17.
[7] Eurípides, Hécuba, 40-41; 107-113; 637-638.
[8] Píndaro, Pit., IV. 284 edic. Heyne. V. el Escoliasta.
[9] Cicerón, Tusculanas, I, 16. Eurípides, Troad, 1085. Herodoto, V. 92. Virgilio, VI, 371, 379. Horacio, Odas, I, 23. Ovidio, Fast., V, 483. Plinio, Epist., VII, 27. Suetonio, Calig., 59. Servio, ad Æn., III, 68.
[10] Iliada, XXII, 358; Odisea, XI, 73.
[11] Plauto, Mostellaria, III, 2.
[12] Suetonio, Calig., 59; Satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodes umbris inquietatos... nullam noctem sine aliquo terrore transactam.
[13] Véase en la Iliada, XXII, 338-344. Héctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: “Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecerá en abundancia y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.” Lo mismo en Sófocles: Antígona afronta la muerte “para que su hermano no quede sin sepultura” (Sóf., Ant., 467).- El mismo sentimiento está significado en Virgilio, IX, 213: Horacio, Odas, I, 18. v. 24-36. Ovidio, Heroidas, X, 119-123; Tristes, III, 3, 45.- Lo mismo en las imprecaciones: lo que se deseaba de más horrible para un enemigo era que muriese sin sepultura. (Virg., En., IV, 620.)
[14] Jenofonte, Helénicas, I, 7.
[15] Esquilo, Siete contra Tebas, 1013. Sófocles, Antígona, 198. Eurípides, Fen., 1627-1632.- V. Lisias, Epitaf., 7-9. Todas las ciudades antiguas añadían al suplicio de los grandes criminales la privación de la sepultura.
[16] Esto se llamaba en latín inferias ferre, parentare, ferre solomnia. Cicerón, De legibus, II, 21: majores nostri mortuis parentari voluerunt. Lucrecio, III, 52: Parentant et nigras mactant pecudes et Manibus divis inferias mittunt. Virgilio, En., VI, 380: tumulo solemnia mittent; IX, 214: Absenti ferat inferias decoretque sepulcro. Ovidio, Amor., I, 13, 3: annua solemni cæde parentat avis.- Estas ofrendas, a que los muertos tenían derecho, se llamaban Manium jura. Cicerón, De legib., II, 21. Cicerón hace alusión a ellas en el Pro Fracco, 38, y en la primera Filípica, 6.- Estos usos aún se observaban en tiempo de Tácito (Hist., II, 95); Tertuliano los combate como si en su tiempo conservasen pleno vigor: Defunctis parentant, quos escam desiderate præsumant (De resurr. carnis, I): Defunctos vocas securos, si quando extra portam cum obsoniis et matteis parentans ad busta recedis (De testim, animæ, 4.)
[17] Solemnes tum forte dapes et tristia dona
Lilabat cineri Andromache manesque vocabat
Hectoreum ad tumulum.
(Virgilio, En., III, 301-303.)
-Hie duo rite mero libans carchesia Baccho,
Fundit humi, duo lacte novo, duo sanguine sacro
Purpureisque jacit flores ac talia fatur:
Salve, sancte parens, animæque umbræque paternæ
(Virgilio, En. V, 77-81.)
Est honor et tumulis animas placate paternas...
Et sparsæ fruges parcaque mica salis
inque mero mollita ceres violæque solutæ.
(Ovidio, Fast., II, 535-542.)
[18] Eurípides, Ifigenia en Táuride, 157-163.
[19] Eurípides, Hécuba, 536. Electra, 505 y sig.
[20] Esquilo, Coéforas, 162.
[21] Esquilo, Coéforas, 482-484.-En los Persas, Esquilo presta a Atosa las ideas de los griegos: “Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes que la tierra beberá, y que llegarán hasta los dioses de lo profundo.” (Persas, 610-620) .-Cuando las víctimas se habían ofrecido a las divinidades del cielo, los mortales comían la carne; pero cuando se ofrecía a los muertos, se quemaba íntegramente (Pausanías, II, 10.)
[22] Luciano, Carón, c. 22; Ovidio, Fastos, 566: possito pascitur umbra cibo.
[23] Luciano, Carón, c. 22: "Abren fosas cerca de las tumbas y en ellas cuecen la comida de los muertos¨.
[24] Festo, V, culina: culina vocatur locus in quo epulæ in funere comburuntur.
[25] Plutarco, Arístides, 21.
[26] Luciano, De luctu, c. 9.
[27] Plutarco, Solón, 21.
[28] Aristóteles, citado por Plutarco, Cuestión. roman., 52; grieg., 5.- Esquilo, Coéf., 475.
[29] Eurípides, Fenic., 1321.- Esquilo, Coef., 475; “¡Oh bienaventurados que moráis bajo la tierra, escuchad mi invocación, venid en socorro de vuestros hijos y concededles la victoria!” En virtud de esta idea, llama Eneas a su difunto padre Sancte Parens, divinus parens; Virg., En., V, 80; V. 47.- Plutarco, Cuest. rom., 14.- Cornelio Nepote, fragmentos, XII: parentabis mihi et invocabis deum parentem.
[30] Cicerón, De legibus, II, 22.
[31] San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26; IX, 11.
[32] Eurípides, Alcestes, 1015.
[33] Cicerón, De leg., II, 9. Varrón, en San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26.
[34] Virgilio, En., IV, 34.
[35] Eurípides, Troyanas, 96; Electra, 505-510.- Virgilio, En., VI, 177; Aramque sepulcri; III, 63: Stant Manibus aræ; III, 305: Et geminas cuasam lacrymis, sacraverat aras; V, 48: Divini ossa parentis condidimus terra mætasque sacravimus aras. El gramático Nonio Marcelo dice que el sepulcro se llamaba templo entre los antiguos, y en efecto, Virgilio emplea la palabra templum para designar la tumba o cenotafio que Dido erigió a su esposo (En., IV, 457). Plutarco. Cuest. rom., 14.- Sigió llamándose ara la piedra erigida sobre la tumba (Suetonio, Nerón, 50). Esta palabra se emplea en las inscripciones funerarias. Orelli. núms. 4521, 4522, 4826.
[36] Varrón, De lingua lat., V. 74.
[37] Leyes de Manú, I, 95; III, 82. 122, 127, 146, 189, 274.
[38] Este culto tributado a los muertos se expresaba en griego por las palabras . Póllux, VIII, 91. Herodoto, I, 167; Plutarco, Arístides, 21; Catón, 15; Pausanias, IX, 13, 3. La palabra se decía de los sacrificios ofrecidos a los muertos. de los que se ofrecían a los dioses del cielo; esta diferencia está bien indicada por Pausanias, II, 10, 1, y por el Escoliasta de Eurípides, Fenic., 281. V. PlutarcoÑ Cuest. rom., 34.
[39] Véase en Herodoto, I, 167, la historia de las almas de los focenses que trastornan una comarca entera hasta que se les consagra un aniversario; hay otras historias análogas en Herodoto y en Pausanias VI, 6, 7. Lo mismo en Esquilo: Clitemnestra, advertida de que los manes de Agamemnón están irritados contra ella, se apresura a depositar alimentos sobre su tumba. Véase también la leyenda romana que cuenta Ovidio, Fastos, II, 549-556: “Un día se olvidó del deber de los parentalia y las almas salieron entonces de las tumbas y se les oyó correr dando alaridos por las calles de la ciudad y por los campos del Lacio hasta que volvieron a ofrecérseles los sacrificios sobre las tumbas.” Véase también la historia que refiere Plinio el Joven, VII, 27.
[40] Ovidio, Fast., II, 518: Animas placate paternas.- Virgilio, En., VI, 579: Ossa piabunt et statuent tumulum et tumulo solemnia mittent.- Compárese el griego (Pausanias, VI, 6, 8).- Tito Livio, I, 20: Justa funebria placandosque manes.
[41] Eurípides, Alcestes, 1004 (1016). –“Créese que si no prestamos atención a estos muertos y si descuidamos su culto, nos hacen mal, y que, al contrario, nos hacen bien si nos los volvemos propicios con nuestras ofrendas.” Porfirio, De abstin., II, 37. V. Horacio, Odas, II, 23; Platón, Leyes, IX, págs. 926, 927.
[42] Esquilo, Coéforas, 122-145.
[43] Es posible que el sentido primitivo haya sido el de hombre muerto. La lengua de las inscripciones que es la vulgar y al mismo tiempo la que mejor conserva el sentido antiguo de las palabras, emplea a veces con la simple significación que damos a la palabra difunto. Boeck, Corp. inscr., números 1629, 1723, 1781, 1782, 1784, 1786, 1789, 3398; Ph. Lebas, Monum. de Morea, pág 205. Véase Teognis, ed. Welcker, v. 513, y Pausanias, VI, 6, 9. Los tebanos poseían una antigua expresión para significar morir (Aristóteles, fragmentos, edic. Heitz, tomo IV, pág 260. Véase Plutarco, Proverb. quibus Alex, usi sunt, cap. 47).- Los griegos daban también al alma de un muerto el nombre de . Eurípides, Alcestes, 1140, y el Escoliasta. Esquilo, persas, 620. Pausanias, VI, 6.
[44] Manes Virginiæ (Tito Livio, III, 58). Manes conjugis (Virgilio, VI, 119). Patris Anchisæ Manes (Id., X, 534). Manes Hectoris (Id. III, 303). Dis Manibus Martialis, Dis Manibus Acutiæ (orelli, núms. 4440, 4441, 4447, 4459, etc.). Valerii deos manes (Tito Livio, III, 19).
[45] Apuleyo, De Deo Socratis. Servio, ad Æneid., III, 63.
[46] Censorino, De die Natali, 3.
[47] Cicerón, Timeo, 11. Dionisio de Halicarnaso tradujo Lar familiaris por (Antiq, rom, IV, 2).

martes, 12 de agosto de 2014

R.P. BASILIO MERAMO: REFUTACIÓN AL ARTICULO DEL P. BOULET PUBLICADO POR NON POSSUMUS



Dado que en el blog Non Possumus se insiste en considerar el sedevacantismo
como peligroso y cismático con la reciente publicación del P. Boulet: “¿Está
Vacante la Sede?”, creo que hay que hacerles saber a los fieles que eso se
corresponde con el artilugio de haber satanizado el tema haciendo un tabú y un
estigma.

De una parte no se distingue que haya un sedevacantismo visceral, categórico,
dogmatizante, que irónicamente parte del mismo concepto erróneo y papólatra de
los antisedevacantistas. Papolatría que consiste en divinizar o cuasi divinizar la
persona del Papa, haciéndola indefectible siempre en la fe, por lo cual se hace
impecable, siendo imposible que se desvíe en la fe y así es inmune ante todo cisma,
herejía o apostasía. La infalibilidad sería así idéntica a la impecabilidad.

Todo esto por entender mal las promesas de Nuestro Señor (Lc. 22, 32) así como la
misma infalibilidad del Papa y a lo cual se suman una errónea concepción del
axioma la suprema sede por nadie puede ser juzgada y que es de fe que este Papa
hic et nunc (aquí y ahora) es verdadero y legítimo Papa, de tal modo que todo el
que no esté con el Papa es un cismático por lo menos, si es que no es un hereje.

De aquí el tácito y oculto deseo de muchos de los tradicionalistas (sacerdotes y
fieles) de procurar a todo precio, guardar un contacto la Roma modernista,
apóstata y anticristo, y obtener una aprobación o reconocimiento que los certifique
como católicos; por eso las expresiones tan conocidas “si el Papa me llama voy
corriendo”, o un poco más veloces, “si el Papa me llama, me voy en avión”, como
también, “si no se va a Roma se es cismático”, viéndose, además, obligados a decir
que lo que está en Roma es la legítima autoridad, por más que la evidencia de los
hechos nos muestre una fe y una religión adulterada y ante una Nueva Iglesia
Conciliar.

A esto se suma el otro axioma: “donde está el Papa está la Iglesia”; si todo esto no
se estudia bien teológicamente nada de raro que se caiga en graves errores sobre el
tema tal como hoy acontece. La mediocridad teológica así aparece en todo su
esplendor pontificando una vez más en el error bajo apariencia de verdad y defensa
de la fe.

Se confunde de otra parte, infalibilidad, con impecabilidad del Papa en materia de
fe; se toma además como un dogma o cuasi dogma de fe que tal o cual Papa aquí y
ahora, es verdadero Papa, al igual que muchos incautos, por ignorancia teológica
piensan que es de fe que en esta Hostia está la Presencia Real, substancial y
personal de Nuestro Señor Jesucristo (cuerpo, sangre, alma y divinidad) cuando en
realidad lo que es de fe es que toda Hostia (sin determinar ésta o aquella) está la
Presencia Real, si ha sido válidamente consagrada; lo mismo ocurre con el Papa,
que es de fe que todo legítimo sucesor de Pedro, es Papa y no que éste o aquel,
(teniendo sólo la garantía de éste o aquel Papa, cuando ha sido canonizado).


La discusión entre los teólogos sobre el tema de la Sede Vacante, prueba que ella es
teológicamente posible, aunque no estén de acuerdo en la solución (el cómo y el
cuándo).

El único que lo negó, fue Albert Pighi en contra de la Tradición de la Iglesia al
respecto; posición que San Alfonso María de Ligorio equiparaba en el extremo
opuesto a la de Lutero y de Calvino.

De todos modos no se percatan de que entran en el juego dialéctico entre
sedevacantismo (visceral) y antisedevacantismo (también visceral) urdido por
Roma modernista apostata y anticristo (si nos atenemos a los términos empleados
por Mons. Lefebvre al nombrarla) que quede eclipsado o sepultado la
consideración teológica de la sede vacante, y así poder continuar pontificando en
el error para seguir socavando y adulterando la fe y la Iglesia.

El P. Boulet menciona la obra de Da Silveira, pero parece olvidar o no tener en
cuenta lo que allí el autor expone y concluye, lo cual se verá en los siguientes textos:

“Contra esta primera sentencia se puede alegar, por un lado, que el citado pasaje
de San Lucas (22,32) es en general aplicado únicamente a las enseñanzas
pontificias que envuelven infalibilidad; y por otro lado, que son numerosos los
testimonios de la Tradición en favor de la posibilidad de herejía en la persona del
Papa”. (Implicaciones Teológicas y Morales del Nuevo Ordo Missae, obra
mimeografiada por el autor en Junio de 1971, Sao Paulo-Brasil, Arnaldo Vidigal
Xavier Da Silveira, p.146).

“En cuanto al sentido exacto del texto de San Lucas, numerosos teólogos contestan
que para el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor, basta que no existan
errores en los documentos infalibles. Así concluyen que no hay razón suficiente
para juzgar que la confirmación de los hermanos postula también la
indefectibilidad de la fe del Papa como persona privada. He aquí como Palmieri,
por ejemplo, expone este argumento: ‘(...) no es necesario que la fe indefectible sea
en realidad distinta de la confirmación de los hermanos, pero basta que se distinga
por la razón. Pues si la predicación de la fe auténtica y solemne es infalible, puede
confirmar a los hermanos; por eso, una única es la fe infalible y la que confirma;
siendo infalible, goza ella también del poder de confirmar. La indefectibilidad del
pontífice en la fe fue pedida para que él confirmase a sus hermanos; luego, de las
palabras de Cristo sólo se puede inferir como necesaria aquella indefectibilidad que
es necesaria y suficiente para la consecución de ese fin y tal es la infalibilidad de la
predicación auténtica’ ”. (Ibídem, p.147).

“Condenando a Honorio como favorecedor de la herejía, el Papa San León II
(+ 683) escribió: ‘Anatematizamos también a los inventores del nuevo error:
Teodoro, Obispo de Pharan, Ciro de Alejandría, Sergio, Pirro (...) y también
Honorio que no ilustró esta Iglesia apostólica en la doctrina de la tradición
apostólica, sino que permitió, por una traición sacrílega, que fuese maculada la fe
inmaculada’ ”. (Ibídem, p.148).

Y para que no digan que los textos del Concilio III de Constantinopla (VI
Ecuménico) fueron adulterados, aquí hay otras cartas de San León que ya sería el
colmo el dicho argumento, máxime que fueron escritas para España y los textos se
supone que se adulteraron por los orientales: “En carta a los Obispos de España, el
mismo San León II, declara que Honorio fue condenado porque: ‘(...) no
extinguió, como convenía a su autoridad apostólica, la llama incipiente de la
herejía, sino que la fomentó por su negligencia'. Y en carta Ervigio, rey de
España, San León II repitió que, con los heresiarcas citados fue condenado: ‘(...)
Honorio de Roma, que consintió que fuese maculada la fe inmaculada de la
tradición apostólica, que recibiera de sus predecesores’ ”. (Ibídem, p.148).

“Entre los documentos escritos a propósito del caso del Papa Honorio, ninguno
goza tal vez de tanta importancia para nuestro tema, cuanto el pasaje citado
seguidamente, extraído de un discurso del Papa Adriano II dirigido al VIII
Concilio Ecuménico. Como veremos, cualquiera sea el juicio que se haga sobre el
caso de Honorio I, tenemos aquí una declaración pontificia que admite la
eventualidad de que un Papa caiga en herejía. He aquí las palabras de Adriano II,
pronunciadas en la segunda mitad del siglo IX, esto es, más de dos siglos después
de la muerte de Honorio: ‘Leemos que el Pontífice Romano siempre juzgó a los
jefes de todas las iglesias (esto es, a los patriarcas y obispos); pero no leemos que
jamás alguien lo haya juzgado. Es verdad que, después de muerto, Honorio fue
anatematizado por los Orientales, pero se debe recordar que él fue acusado de
herejía, único crimen que torna legítima la resistencia de los inferiores a los
superiores, así como el rechazo de sus doctrinas perniciosas’ ”. (Ibídem, p.149).

“San Bruno, Obispo de Segni y Abad de Montecassino, estaba a la cabeza del
movimiento contrario a Pascual II en Italia, no se posee ningún documento en que
haya declarado de modo insoslayable que juzgaba al Papa sospechoso de herejía.
Sin embargo, es esa la acusación que sus cartas y sus actos insinúan
inequívocamente. Escribió a Pascual II: ‘(...) Yo os estimo como a mi Padre y
señor (...). Debo amaros; pero debo amar más aún a Aquel que os creó a Vos y a
mí. (...) Yo no alabo el pacto (firmado por el Papa), tan horrendo, tan violento,
hecho con tanta traición y tan contrario a toda piedad y religión. (...) Tenemos los
Cánones, tenemos las constituciones de los Santos Padres, desde los tiempos de los
Apóstoles hasta Vos. (...) Los Apóstoles condenan y expulsan de la comunión de
los fieles a todos aquellos que obtienen cargos en la Iglesia por medio del poder
secular. (...). Esta determinación de los Apóstoles (...) es santa, es católica, y quien
quiera que la contradiga no es católico. Pues solamente son católicos los que no se
oponen a la fe y la doctrina de la Iglesia Católica. Y, por el contrario, son herejes
los que se oponen obstinadamente a aquel y a la doctrina de la Iglesia Católica’ ”.
(Ibídem, p.150).

“Por lo tanto San Ivo tenía razón al sustentar que por el mero hecho de actuar en
forma opuesta a un dogma, Pascual II no se tornaba hereje. Pero, por sus escritos,
no se ve que él haya considerado el otro aspecto de la cuestión: el actuar
continuamente en un sentido contrario a un dogma puede ser suficiente para
caracterizar al hereje. Y, por su parte, los Obispos reunidos en Vienne tenían
razón al decir que es posible caer en herejía no solo por palabras, sino también
por actos (...)”. (Ibídem, Nota 1 de la p.152). Lo cual le pasa hoy a muchos.

“En el ‘Decretum’ de Graciano, figura el siguiente canon atribuido a San Bonifacio
mártir: ‘Ningún mortal tendrá la presunción de argüir al Papa de culpa, pues,
infundido de juzgar a todos, por nadie debe ser juzgado, a menos que se aparte de
la fe. en el Dictionaire de Theologie Catholique, Dublanchy provee algunos datos
expresivos sobre la influencia de ese canon en la fijación del pensamiento
medieval respecto de la cuestión del Papa hereje (...) Inocencio III se refiere a ella
en uno de sus sermones (...). En general los grandes teólogos escolásticos no
prestaron atención a esa hipótesis; pero los canonistas de los siglos XII y XIII,
conocen y comentan el texto de Graciano, todos admiten sin dificultad que el Papa
puede caer en herejía, como cualquier otra falta grave; se preocupan tan solo de
investigar por qué y en qué condiciones puede, en ese caso, ser juzgado por la
Iglesia. Párrafo del sermón de Inocencio III: ‘La fe es para mí a tal punto
necesaria, que, teniendo a Dios como único Juez, en cuando a los demás pecados,
sin embargo, solamente por el pecado que cometiese en materia de fe, podría ser
yo juzgado por la Iglesia’ ”. (Ibídem, p.152-153).

Para todos aquellos que rechazan que se pueda afirmar la herejía de un Papa,
porque los teólogos discuten entre sí, he aquí un texto de San Roberto Belarmino:
“Es lo que pone de relieve San Roberto Belarmino, en el siguiente pasaje en el cual
refuta con tres siglos de antecedencia, a su futuro hermano en el cardenalato y en
la gloriosa milicia ignaciana: ‘sobre eso se debe observar que aunque sea posible
que Honorio no haya sido hereje, y que el Papa Adriano II, engañado por
documentos falsificados del VI Concilio haya errado al juzgar a Honorio como
hereje, no podemos sin embargo negar que Adriano, juntamente con el Sínodo
romano, e inclusive con todo el VIII Concilio General, consideró que en caso de
herejía el Pontífice Romano puede ser juzgado’ ”. (Ibídem, p.154).

“Como diremos en el capítulo siguiente, juzgamos que esta quinta sentencia es la
verdadera, y que Wernz-Vidal tiene razón al decir –interpretando a San Roberto
Belarmino– que el Papa eventualmente hereje pierde el pontificado ‘ipso facto’ en
el momento en que su herejía se torne ‘notoria y divulgada del público’ ” (Ibídem
p.176).

Resumiendo: creemos que un examen cuidadoso de la cuestión del Papa hereje,
con los elementos teológicos de que hoy disponemos, permite concluir que un
eventual Papa hereje perdería el cargo en el momento en que su herejía se tornase
‘notoria y divulgada del público’. Y pensamos que esa sentencia no es tan solo
intrínsecamente probable sino cierta, toda vez que las razones alegables en su
defensa parecen absolutamente concluyentes. Además, en las obras que
consultamos, no encontramos argumento alguno que nos persuadiese de lo
opuesto”. (Ibídem p.181).

“En cuanto al axioma ‘donde está el Papa está la Iglesia’, vale cuando el Papa se
comporta como Papa y jefe de la Iglesia; en caso contrario, ni la Iglesia está en él,
ni él en la Iglesia (Cayetano)”. (Ibídem, p.185).

Suárez, basándose en los cardenales Cayetano y Torquemada, dice respecto al
cisma: “Y de este segundo modo, el Papa podría ser cismático, y en caso que no
quisiese tener con todo el cuerpo de la Iglesia la unión y la conjunción debida,
como sucedería si tratase de excomulgar a toda la Iglesia, o si quisiese subvertir
todas las ceremonias eclesiásticas fundadas en la tradición apostólica como
observa Cayetano y, con mayor amplitud, Torquemada” (Ibídem, p.185).
“Para demostrar que ‘el Papa puede ilícitamente separarse de la unidad de la
Iglesia y de la obediencia a la cabeza de la Iglesia y por lo tanto caer en cisma’, el
Cardenal Torquemada usa tres argumentos:

‘1 - (…) Por la desobediencia, el Papa puede separarse de Cristo, que es la
cabeza principal de la Iglesia y en relación a quien la unidad de la Iglesia
primeramente se constituye. Puede hacer eso desobedeciendo a la ley de Cristo
u ordenando lo que es contrario al derecho natural o divino, de ese modo se
separaría del cuerpo de la Iglesia en cuanto está sujeta a Cristo por la
obediencia. Así, el Papa podría sin duda caer en cisma.

2 - El Papa puede separarse sin ninguna causa razonable, sino por pura
voluntad propia del cuerpo de la Iglesia y del colegio de los sacerdotes. Hará
eso si no observare aquello que la Iglesia universal observa con base en la
tradición de los Apóstoles, según el c. ‘Ecclesiasticarum’, d.11, o si no observare
aquello que fue, por los Concilios universales o por la autoridad de la Sede
Apostólica, ordenado universalmente, sobre todo en cuanto al culto divino (…)
apartándose de tal modo, y con pertinacia de la observancia universal de la
Iglesia, el Papa podría incidir en cisma. La consecuencia es buena; y el
antecedente no es dudoso, porque el Papa, así como podría caer en herejía,
podría también desobedecer y con pertinacia dejar de observar aquello que fue
establecido para el orden común en la Iglesia. Por eso, Inocencio dice (c. De
Consue.) que en todo se debe obedecer al Papa, en cuanto éste no se vuelva
contra el orden universal de la Iglesia, pues en tal caso el Papa no debe de ser
seguido, a menos que haya para ello causa razonable’ ”. (Ibídem, p.186-187).

El tercer argumento no la consignamos aquí, pues se refiere al caso en que haya
dos o más personas que se consideren Papa.

“Los autores que admiten la posibilidad de un Papa cismático, en general no
dudan en afirmar, en tal hipótesis, como la del Papa hereje, el pontífice pierde el
cargo. La razón de eso es evidente: los cismáticos están excluidos de la Iglesia, del
mismo modo que los herejes”. (Ibídem, p.187).

Por último, sobre el tan debatido “Una Cum”, veamos lo que dice en el Misal
Diario (1944), don Andrés Azcárate O.S.B. Prior del monasterio benedictino de
Buenos Aires: “juntamente con tu siervo el Papa N., nuestro prelado N., y todos
los que profesan la verdadera fe católica y apostólica”. (Y comenta en la nota 15 al
pie de página): “La Iglesia sólo encomienda aquí a los que profesan la fe católica
íntegra. La que hemos recibido de los Apóstoles; los demás no cuentan como hijos
fieles de la Iglesia y no se puede, en efecto, creer o practicar lo que a uno le parece,
sino solamente lo que la verdadera Iglesia enseña y manda. Sólo a este precio se
vive en comunión con ella y se goza de sus bienes”. (p. 627-628).

Por esto, lo menos que se puede hacer es decir el Una Cum, sub conditione, para
aquellos que entrevén al menos la duda sobre un Papa hereje y así no
comprometerse con el error, ya que no ven todavía con claridad la conclusión
teológica; además no es una obligación tener que decir el Oremos pro Pontífice
nostro en las bendiciones con el Santísimo, pues hay otras fórmulas que sin
nombrarlo se pueden hacer, pues tampoco es “conditio sine qua non” tener que
mencionar en público esas oraciones, en las bendiciones, para ser católico.

¿Por qué ese empecinamiento encarnizado, a todo precio, de no querer admitir ni
aún la posibilidad de un Papa hereje, cismático o apóstata?, precisamente porque
hacen de ello un dogma o cuasi un dogma de fe, es decir, de que tal Papa, aquí y
ahora, es Papa legítimo y verdadero; si eso fuera cierto, San Vicente Ferrer hubiera
sido cismático y con certeza no lo fue.

De otra parte, ¿cómo no ver la incompatibilidad existente entre pontificar en el
error y el cargo de Papa?

No se puede ir contra el sentido común, que en no pocas ocasiones resulta ser el
menos común de los sentidos, como el caso que nos ocupa, en esta hecatombe
eclesiológica legitimar lo ilegitimable.

El hecho de que los fieles tengan que desobedecer a la autoridad para conservar la
fe, implica que hay un problema con dicha autoridad, lo cual cuestiona su misma
legitimidad.

Todo lo anterior sirve para de una vez por todas demoler el tabú y el estigma que
sobre el tema de la Sede Vacante se ha, dialécticamente, urdido y el cual ha sido
favorecido por la ignorancia y mediocridad de un clero falto de teología. Además
darse cuenta de lo aberrante que supone decir como lo hace, muy estultamente por
cierto, el P. Boulet: que sería preferible para la Iglesia, estar gobernada
“válidamente” por un hereje, que el que la Sede estuviese vacante.

Como decía mi tatarabuelo Martín Fierro:
“Mas naide se crea ofendido,
pues a ninguno incomodo;
y si canto de este modo
por encontrarlo oportuno,
no es para mal de ninguno
sino para bien de todos”.
P. Basilio Méramo

Bogotá, 12 de Agosto de 2014