San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 21 de noviembre de 2021

Vigésimo Cuarto Domingo después de Pentecostés (o Último domingo de Pentecostés)

 


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

La Iglesia, ciertamente inspirada por el Espíritu Santo, siempre ha reservado para este último domingo cerrar su ciclo litúrgico en la perspectiva del Apocalipsis, con un Evangelio eminentemente apocalíptico.

El Apocalipsis es el único libro profético del Nuevo Testamento y es la clave de todas las profecías y de toda la Sagrada Escritura, de ahí la dificultad de su correcta interpretación y por ende la dificultad que tuvo en ser admitido después del inicio como libro canónico. Esta misma dificultad es también el origen de tantos errores y herejías ventiladas al malinterpretarlo. La Iglesia quiere que lo tengamos presente en el cierre del año litúrgico, porque con el Apocalipsis tenemos en perspectiva la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo; por eso, lejos de ser el Apocalipsis un libro de terror, es un libro de esperanza y todos los acontecimientos que presagian la segunda venida de Nuestro Señor por muy calamitosos y desastrosos que sean, son un motivo de esperanza, porque nos anuncian que Nuestro Señor está próximo a venir, gran esperanza de nuestra religión. Esa fue la esperanza de los primeros católicos en la Iglesia primitiva, esperanza que hoy, desgraciadamente, está alejada y olvidada.

Sin la segunda venida de Nuestro Señor, la obra de la Redención estaría incompleta, imperfecta; no quedaría plenamente coronada. Por eso la Iglesia quiere presentar ante nuestros ojos, al finalizar cada año, la perspectiva de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, y si tenemos del Apocalipsis esa visión catastrófica, ella no es más que un aspecto, una cara de la moneda, la otra cara es de alegría. Nuestro Señor nos advierte que antes de que El venga habrá una gran tribulación, habrá la abominación de la desolación en el lugar santo, como predijo el profeta Daniel y que está relacionado con este pasaje del Evangelio de San Mateo (que es como una síntesis del Apocalipsis), donde describe una gran consternación de todo el cosmos, de todo el universo: gran tribulación, falsos cristos, falsos profetas y la abominación en el lugar santo. El lugar santo es la Iglesia de Dios, por eso alude al profeta Daniel, ya que si nos remitimos a los capítulos IX, XI y XII de su libro, donde habla reiteradamente de esa abominación, de esa desolación espantosa en el lugar santo, hace consistir esa abominación del verdadero culto y del verdadero sacrificio hecho a Dios, en la abolición del sacrificio perpetuo.

Comenta San Jerónimo que el sacrificio perpetuo es la Santa Misa, la Misa católica, el culto solemne de la Misa católica, es decir, la Misa que nosotros celebramos todos los santos días, y que por un misterio de iniquidad ha sido oficialmente desechada por otra nueva, ¡es terrible! Pero, en conciencia me veo obligado a decirles, mis amados hermanos, con la simple inteligencia de lo que dice el profeta Daniel, lo que interpretan San Jerónimo y otros Padres, cotejándolo con lo que ha pasado en la Iglesia con Vaticano II y la Misa de siempre.

La persecución que es por lo menos parte de esa abominación, de esa desolación que estamos viviendo, de esa profanación, que en definitiva es una idolatría, la idolatría que constantemente, a todo lo largo del Antiguo Testamento, está siendo fustigada por Dios. Y podemos preguntarnos con asombro ¿por qué en la Biblia las tres cuartas partes son del Antiguo Testamento y una pequeña parte del Nuevo, cuando es más importante el Nuevo Testamento que el Antiguo? Pues, para alertarnos incesantemente el celo por la profanación del culto, la idolatría, los ídolos, las enfáticas advertencias de mantener el verdadero culto, misión del pueblo elegido y, si no, leamos y veremos siempre lo mismo.

¿Por qué esa insistencia? Justamente, para que hoy nosotros volviéndolo a leer y releer hasta el cansancio, descubramos finalmente que estamos cayendo en lo mismo, en esa adulteración, en esa profanación del verdadero y único culto a Dios; triste realidad en la que vivimos hoy. Los templos vaciados de todo su contenido sobrenatural, de todo su contenido religioso, de todo contenido de Dios, para venir a convertirse en museos de la desfachatez. Desacralización de la nueva liturgia, del sacerdocio, de la vida religiosa y, en definitiva, la desacralización de la Iglesia.

Por todo lo anterior debemos entender que la verdadera y única Iglesia de Dios, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana está allí donde está el verdadero culto, y el verdadero culto está garantizado única y exclusivamente por la verdadera Misa, la Misa de siempre, o la llamada Misa de San Pío V. La nueva, en cambio, es la garantía de la abominación, de la desolación en el lugar santo, porque en su lugar ha excluido el sacrificio perpetuo, el sacrificio perenne. Porque no vemos con suficiente fe lo que sucede; todo nos da igual. ¡Pues no! No es lo mismo. El Antiguo Testamento hace relevancia en la absoluta diferencia y ordena distinguir entre el verdadero Dios y los falsos dioses de las otras religiones.

Quiere entonces el Evangelio de hoy mantener viva la esperanza en la segunda Venida de
Nuestro Señor, saber que asistimos a la abominación y que se vive la gran tribulación. Santo Tomás, que se refirió a ella, interpreta que esa corrupción y destrucción de la doctrina sería casi total, si Dios, por su infinita misericordia no abreviase aquellos días y que aun los buenos, los que profesan la buena doctrina caerían seducidos por el error; tal será la presión. Y hoy lo vemos a nuestro alrededor, dentro de la misma Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sacerdotes que no soportan la presión del entorno y se pierden por falta de integridad moral, por la falta de cohesión, la cual viene de la convicción de estar en la verdad y el resultado es que se van; lo mismo les pasa a algunos fieles.

Por tanto, no es el número ni la cantidad de fieles o de sacerdotes lo que hace a la esencia de la Iglesia, sino la fidelidad y la calidad de esa fidelidad incondicional a Dios, a Cristo y a su Iglesia. No es el ecumenismo, ni el modernismo fornicario de las falsas religiones. Esa es la gran tribulación, mucho peor que el Sol se oscurezca y que la Luna desaparezca, o que se caigan las estrellas, físicamente hablando, porque mucho peor que desaparezca la luz del Sol es que desaparezca la luz de Dios, que es la fe. Por eso la necesidad de la firmeza, la cohesión de la convicción sobrenatural de la fe católica y de la exclusión de toda idolatría, otra religión, y otro dios que no sea Dios uno y trino.

La gran persecución la tenemos encima y que no se la niegue: ¿por qué yo no puedo celebrar la Misa de siempre en la catedral?, ¿por qué no se puede decir en cualquier iglesia cuando es la verdadera Misa? Porque está perseguida. ¿Por qué se persiguió a Monseñor Lefebvre, por qué se le persigue aún, y no solamente a él sino a todos los que seguimos su ejemplo, a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, por qué? Por la sencilla razón de que hay que abolir la Misa de siempre, hay que abolir el verdadero culto, para que se entronice la idolatría dentro del lugar santo. Y si Dios permite todo eso es como un castigo, como una purificación, por no haber sabido valorar el regalo inmenso de darnos su cuerpo y su sangre para que comulguemos con alma pura; de damos todo lo que nos da la Iglesia Católica y que desconocemos; nos brinda su amistad, su amor, y el hombre, ¿qué hace? Le voltea su espalda, no solamente los infieles sino los fieles, los que nos decimos católicos; de ahí la necesidad de esta purificación y de pedirle a Dios que si nos ha dado la gracia de conocer la fidelidad a Nuestro Señor a través del verdadero culto, a través de la verdadera Misa, no claudiquemos; que perseveremos sabiendo que está más pronto que remoto, aunque pueda ser muy largo, porque, comparado el tiempo con la eternidad, no es nada ese pronto de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad.

Roguemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos ayude a mantenemos de pie ante esta crucifixión de la Iglesia que es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo y que podamos permanecer fieles a través de todas estas tribulaciones y acrisolar nuestras almas para ver muy prontamente a Dios.

BASILIO MERAMO PBRO.
26 de noviembre de 2000

domingo, 22 de noviembre de 2020

DOMINGO VIGÉSIMO CUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS (o vigésimo quinto después de Pentecostés)



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En este último domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos recuerda, reafirma siempre al cerrar el año litúrgico con el mismo evangelio que nos vaticina la Parusía de nuestro Señor viniendo a la tierra en gloria y majestad con todas las calamidades, abominación y gran tribulación cual no se ha visto ni se verá jamás. Y debe servirnos esto para recapacitar en el espíritu de la Iglesia católica que es un espíritu parusíaco, apocalíptico, aunque ello no nos guste por deformación espiritual y por falta de predicación, por falta de énfasis y descuido de aquellos que tienen el deber de apacentar a los fieles. Sin embargo, la Iglesia quiere cada año concluir, terminar, finalizar el año litúrgico recordándonos la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia es y está siempre expectante hacia la Parusía de nuestro Señor, hacia el Apocalipsis que es el último y el único libro del Nuevo Testamento que tiene por objeto específico la segunda venida de nuestro Señor; por eso mismo es un libro de esperanza. Esperanza que tuvieron viva en la primitiva Iglesia aquellos primeros cristianos, manteniéndose en el fervor. Y sabrá Dios si es que no se ha perdido el fervor a lo largo de los siglos por no tener esa expectación y esa presencia apocalíptica que la Iglesia quiere que tengamos.

Tanto es así, que no sólo quiere terminar, culminar el año litúrgico con el Apocalipsis, con la Parusía de nuestro Señor que quiere decir su presencia, su manifestación, sino que al comenzar el año litúrgico con el primer domingo de Adviento vuelve a recalcar sobre el mismo tema. Entonces, el deseo de la Iglesia no solamente es finalizar, sino también comenzar el año litúrgico recordándonos la Parusía. Y eso teniendo en cuenta que el año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento que nos recuerda y nos prepara para la Natividad de nuestro Señor, su primera venida, la cual venida inconclusa sin la segunda y eso establece la armonía y la relación entre ambas.

Desdichadamente se ha olvidado tener en cuenta estas verdades, estas revelaciones de fe expresadas en la liturgia de la Iglesia. Y nos asombramos cuando oímos que los judíos teniendo las profecías de la revelación divina no hayan entendido, no hayan comprendido. Pero, ¿acaso no nos pasa peor que a ellos, teniendo nosotros todas las Escrituras completas y sin embargo no entendemos absolutamente nada? Peor aún, se calumnia, se condena y se tilda de loco a quien trata de hacer énfasis en esto. ¡Qué abominación!

Vemos cómo la epístola de hoy en consonancia con el evangelio nos habla de tener la inteligencia de las cosas de Dios. Es que la fe no es la ignorancia, las tinieblas y la oscuridad, sino que es la luz de la verdad sobrenatural; es la ciencia y la sabiduría de Dios; es la iluminación verdadera. Por eso es ignominioso un católico ignorante de su religión; es un indigno católico porque él debe ser luz del mundo y cada uno de nosotros debe serlo porque si no, seremos hijos de las tinieblas.

Esa es la gran abominación de la cual hoy se nos advierte; esa aberración espantosa de la cual habló por tres veces consecutivas el profeta Daniel y al cual se remite el evangelio de hoy. Y ¿qué nos dice el profeta Daniel cuando nos habla de la gran abominación de la desolación en el lugar santo en los capítulos IX, XI y XII? Allí, por tres veces consecutivas, él relaciona esa abominación desoladora, espantosa y repulsiva a los ojos de Dios, con la profanación del templo y la cesación del sacrificio perpetuo. Éste es la santa Misa Tridentina. Y si por tres veces Daniel relaciona esa abominación, ¿qué no diríamos hoy cuando vemos profanado el culto católico? Dicen los Padres de la Iglesia, que está relacionada con el culto de idolatría y por eso es detestable; por eso se profana el templo ya más de una vez con la imagen de Júpiter, con la del César, con la de Adriano, imágenes que son ídolos y no Dios.

Hoy se ve cómo se puso hace algún tiempo sobre el tabernáculo en Asís, en la Iglesia de San Pedro, el ídolo detestable de Buda, hecho de oro, sobre el tabernáculo, mucho peor que esa abominación de idolatría del Antiguo Testamento ¡mucho peor!

Observamos cómo hoy se está realizando ante nuestros ojos toda esa profanación de lo sagrado, de lo más sacro y de ahí la necesidad de estar vigilantes para no claudicar y para que no dejemos corromper la religión, el culto. Porque el culto católico, con la nueva misa y la nueva liturgia, corrompe el sacrificio perpetuo de la Cruz. Es un hecho evidente que tenemos que comprender a los ojos del misterio de la fe y si no comprendemos, no seremos católicos, seremos una pantalla, una apariencia, pero no católicos. Y ese dogma de fe encerrado en la fórmula de la consagración del cáliz ha sido desechado por la nueva liturgia profanadora, como han sido desechadas las palabras sagradas que constituían la esencia del sacrificio de la misa.

Esa adulteración no es impune, no puede quedar impune. No puede pasar desapercibida y por eso la necesidad de permanecer fieles a la Misa Tridentina, a la Misa de San Pío V, a la Misa Romana, so pena de no claudicar, de no apostatar, de no participar en un culto sacrílego, porque son sacrilegios los que hoy se cometen y todo esto en el nombre de Dios.

Pero, ¿de cuál dios? El dios de los judíos, el de los musulmanes, el de los budistas, pero no el Dios católico de la revelación católica, apostólica y romana que excluye los falsos dioses de los gentiles. Éstas son cosas que debemos manejar y recordar para no transigir y poder defender la verdad hoy, en medio de esta gran tribulación que, como recuerda Santo Tomás en el comentario al evangelio de hoy, “esa gran tribulación es una gran crisis doctrinal donde se claudica en la profesión de la doctrina católica”. La única manera de reconocer la doctrina católica, como dice San Agustín, es que ella es la misma en todas partes y es públicamente profesada y guarda la armonía, la concordancia con lo que siempre se ha dicho desde el origen.

Y ¿qué concordancia hay con lo que hoy se nos enseña como si fuese la religión católica y no lo es? Porque el ecumenismo no lo es, la libertad religiosa no es católica, los derechos del hombre no son católicos, el negar el infierno no es católico, el negar el pecado no es católico, son todos errores y herejías, uno detrás de otro. La misa no es una cena, es un sacrificio. Lutero fue quien quiso reducir la misa a una cena, Satanás es el que quiere reducir el santo sacrificio de la misa porque le recuerda su derrota.

Entonces no dejemos socavar la religión católica en la que hemos nacido y en la que tenemos que morir para salvarnos. Por eso la gran abominación de la que habla el evangelio de hoy, esa gran tribulación que si no se abrevian estos tiempos y su duración en honor a los elegidos, hasta estos caerán. ¡Terrible! ¿No es eso lo que está pasando hoy? Pues claro que está sucediendo. ¿Quiénes son los pocos obispos que se mantienen fieles, verticales en la verdad y en la santa intransigencia que no tolera el error? Distinto es tolerar al miserable pecador, pero no su error, no su pecado, es diferente y hay que saber analizar.

Los falsos profetas, ¿quiénes son?, ¿los marcianos? ¡No señor! Los falsos profetas son los obispos y los cardenales, los sacerdotes y el clero, quienes no son fieles; no son los chinos, ni los japoneses, ni los comunistas; son ellos, los malos prelados de la jerarquía de la Iglesia católica; es fuerte la comparación pero es nuestro Señor quien la prodiga, y ¡ay del que no la pregone así!; ese es el gran problema: que son muy pocos quienes hoy predican como debieran hacerlo. Porque no se trata de difundir sino aquello que está en el Evangelio, lo que es doctrina de la Iglesia, lo que es necesario para que nosotros perseveremos en la verdad y para que así podamos profesar públicamente la fe católica, apostólica y romana, sin innovación, sin cambio.

Ahora bien, nuestro Señor mismo nos da el ejemplo de la higuera, para que así, cuando se ve le reverdecer, se sabe, se conoce que el verano está cerca, lo mismo nosotros, cuando viéramos todas estas cosas, estos signos, para aquellos que tienen fe e inteligencia: “Sabed que Mi venida está pronta, está a las puertas mismas”; para que no lo olvidemos y para que eso sea el objeto de nuestra esperanza, de nuestra fortaleza, para que no claudiquemos ante la gran persecución. De ahí debemos sacar nosotros, mis estimados hermanos, la fuerza sobrenatural, la perseverancia y el espíritu verdaderamente católico y combativo en estos últimos tiempos que nos toca vivir y que no sabemos hasta cuándo se prolongarán porque la crisis dura y perdura y la carne se fatiga, el hombre se cansa.

Fue esto lo que pasó a los padres de Campos; creían que pronto todo se tendría que arreglar y al ver que pasaban los años y no era así entonces viene el desastre, o el contubernio, la componenda y a cuántos de los tradicionalistas no les pasa lo mismo, ¿“cuándo se arreglará esto, cuando se acabará esto”?; cuando Dios quiera. Lo importante es que si yo tengo que morir sin ver el cuándo y por defender la fe, lo haga como soldado de Cristo, sin cansarme a mitad del camino, ni estar creando falsas expectativas.

Pues así es, mis estimados hermanos, y los fieles que vengan deben tener muy claro que es un compromiso. Que cada uno debe defender la Tradición católica, apostólica y romana. Que fuera de ésta no hay fe ni Iglesia católica, y que no creamos a los falsos profetas y más aún, que no vamos a ser reconocidos; como dicen los Padres de la Iglesia: “Los mártires de los últimos tiempos serán mayores que los del principio por la sencilla razón de que tendrán que luchar directamente con Satanás”. San Agustín dice que: “Peor aún porque no serán ni siquiera reconocidos como mártires sino que serán despreciados”, a tal punto llegará la corrupción dentro de la Iglesia católica, no como Institución divina, sino en su parte humana que es vulnerable.

Esa es la advertencia apocalíptica con la cual finaliza la Iglesia el año litúrgico pero que nos invita a la esperanza de ver de nuevo aparecer a nuestro Señor, verlo venir en gloria y majestad; esa será la única consolación del verdadero católico en nuestros tiempos.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, a Ella, que está íntimamente asociada a esa gloria, a esa presencia, a esa manifestación de nuestro Señor; será esa la verdadera victoria de los Sagrados Corazones de Jesús y de María cuando nuestro Señor vuelva glorioso y majestuoso. 

P. BASILIO MERAMO 
27 de noviembre de 2002.

 

domingo, 24 de noviembre de 2019

Vigésimo Cuarto Domingo después de Pentecostés (o Último domingo de Pentecostés)


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

La Iglesia, ciertamente inspirada por el Espíritu Santo, siempre ha reservado para este último domingo cerrar su ciclo litúrgico en la perspectiva del Apocalipsis, con un Evangelio eminentemente apocalíptico.

El Apocalipsis es el único libro profético del Nuevo Testamento y es la clave de todas las profecías y de toda la Sagrada Escritura, de ahí la dificultad de su correcta interpretación y por ende la dificultad que tuvo en ser admitido después del inicio como libro canónico. Esta misma dificultad es también el origen de tantos errores y herejías ventiladas al malinterpretarlo. La Iglesia quiere que lo tengamos presente en el cierre del año litúrgico, porque con el Apocalipsis tenemos en perspectiva la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo; por eso, lejos de ser el Apocalipsis un libro de terror, es un libro de esperanza y todos los acontecimientos que presagian la segunda venida de Nuestro Señor por muy calamitosos y desastrosos que sean, son un motivo de esperanza, porque nos anuncian que Nuestro Señor está próximo a venir, gran esperanza de nuestra religión. Esa fue la esperanza de los primeros católicos en la Iglesia primitiva, esperanza que hoy, desgraciadamente, está alejada y olvidada.

Sin la segunda venida de Nuestro Señor, la obra de la Redención estaría incompleta, imperfecta; no quedaría plenamente coronada. Por eso la Iglesia quiere presentar ante nuestros ojos, al finalizar cada año, la perspectiva de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, y si tenemos del Apocalipsis esa visión catastrófica, ella no es más que un aspecto, una cara de la moneda, la otra cara es de alegría. Nuestro Señor nos advierte que antes de que El venga habrá una gran tribulación, habrá la abominación de la desolación en el lugar santo, como predijo el profeta Daniel y que está relacionado con este pasaje del Evangelio de San Mateo (que es como una síntesis del Apocalipsis), donde describe una gran consternación de todo el cosmos, de todo el universo: gran tribulación, falsos cristos, falsos profetas y la abominación en el lugar santo. El lugar santo es la Iglesia de Dios, por eso alude al profeta Daniel, ya que si nos remitimos a los capítulos IX, XI y XII de su libro, donde habla reiteradamente de esa abominación, de esa desolación espantosa en el lugar santo, hace consistir esa abominación del verdadero culto y del verdadero sacrificio hecho a Dios, en la abolición del sacrificio perpetuo.

Comenta San Jerónimo que el sacrificio perpetuo es la Santa Misa, la Misa católica, el culto solemne de la Misa católica, es decir, la Misa que nosotros celebramos todos los santos días, y que por un misterio de iniquidad ha sido oficialmente desechada por otra nueva, ¡es terrible! Pero, en conciencia me veo obligado a decirles, mis amados hermanos, con la simple inteligencia de lo que dice el profeta Daniel, lo que interpretan San Jerónimo y otros Padres, cotejándolo con lo que ha pasado en la Iglesia con Vaticano II y la Misa de siempre.

La persecución que es por lo menos parte de esa abominación, de esa desolación que estamos viviendo, de esa profanación, que en definitiva es una idolatría, la idolatría que constantemente, a todo lo largo del Antiguo Testamento, está siendo fustigada por Dios. Y podemos preguntarnos con asombro ¿por qué en la Biblia las tres cuartas partes son del Antiguo Testamento y una pequeña parte del Nuevo, cuando es más importante el Nuevo Testamento que el Antiguo? Pues, para alertarnos incesantemente el celo por la profanación del culto, la idolatría, los ídolos, las enfáticas advertencias de mantener el verdadero culto, misión del pueblo elegido y, si no, leamos y veremos siempre lo mismo.

¿Por qué esa insistencia? Justamente, para que hoy nosotros volviéndolo a leer y releer hasta el cansancio, descubramos finalmente que estamos cayendo en lo mismo, en esa adulteración, en esa profanación del verdadero y único culto a Dios; triste realidad en la que vivimos hoy. Los templos vaciados de todo su contenido sobrenatural, de todo su contenido religioso, de todo contenido de Dios, para venir a convertirse en museos de la desfachatez. Desacralización de la nueva liturgia, del sacerdocio, de la vida religiosa y, en definitiva, la desacralización de la Iglesia.

Por todo lo anterior debemos entender que la verdadera y única Iglesia de Dios, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana está allí donde está el verdadero culto, y el verdadero culto está garantizado única y exclusivamente por la verdadera Misa, la Misa de siempre, o la llamada Misa de San Pío V. La nueva, en cambio, es la garantía de la abominación, de la desolación en el lugar santo, porque en su lugar ha excluido el sacrificio perpetuo, el sacrificio perenne. Porque no vemos con suficiente fe lo que sucede; todo nos da igual. ¡Pues no! No es lo mismo. El Antiguo Testamento hace relevancia en la absoluta diferencia y ordena distinguir entre el verdadero Dios y los falsos dioses de las otras religiones.

Quiere entonces el Evangelio de hoy mantener viva la esperanza en la segunda Venida de
Nuestro Señor, saber que asistimos a la abominación y que se vive la gran tribulación. Santo Tomás, que se refirió a ella, interpreta que esa corrupción y destrucción de la doctrina sería casi total, si Dios, por su infinita misericordia no abreviase aquellos días y que aun los buenos, los que profesan la buena doctrina caerían seducidos por el error; tal será la presión. Y hoy lo vemos a nuestro alrededor, dentro de la misma Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sacerdotes que no soportan la presión del entorno y se pierden por falta de integridad moral, por la falta de cohesión, la cual viene de la convicción de estar en la verdad y el resultado es que se van; lo mismo les pasa a algunos fieles.

Por tanto, no es el número ni la cantidad de fieles o de sacerdotes lo que hace a la esencia de la Iglesia, sino la fidelidad y la calidad de esa fidelidad incondicional a Dios, a Cristo y a su Iglesia. No es el ecumenismo, ni el modernismo fornicario de las falsas religiones. Esa es la gran tribulación, mucho peor que el Sol se oscurezca y que la Luna desaparezca, o que se caigan las estrellas, físicamente hablando, porque mucho peor que desaparezca la luz del Sol es que desaparezca la luz de Dios, que es la fe. Por eso la necesidad de la firmeza, la cohesión de la convicción sobrenatural de la fe católica y de la exclusión de toda idolatría, otra religión, y otro dios que no sea Dios uno y trino.

La gran persecución la tenemos encima y que no se la niegue: ¿por qué yo no puedo celebrar la Misa de siempre en la catedral?, ¿por qué no se puede decir en cualquier iglesia cuando es la verdadera Misa? Porque está perseguida. ¿Por qué se persiguió a Monseñor Lefebvre, por qué se le persigue aún, y no solamente a él sino a todos los que seguimos su ejemplo, a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, por qué? Por la sencilla razón de que hay que abolir la Misa de siempre, hay que abolir el verdadero culto, para que se entronice la idolatría dentro del lugar santo. Y si Dios permite todo eso es como un castigo, como una purificación, por no haber sabido valorar el regalo inmenso de darnos su cuerpo y su sangre para que comulguemos con alma pura; de damos todo lo que nos da la Iglesia Católica y que desconocemos; nos brinda su amistad, su amor, y el hombre, ¿qué hace? Le voltea su espalda, no solamente los infieles sino los fieles, los que nos decimos católicos; de ahí la necesidad de esta purificación y de pedirle a Dios que si nos ha dado la gracia de conocer la fidelidad a Nuestro Señor a través del verdadero culto, a través de la verdadera Misa, no claudiquemos; que perseveremos sabiendo que está más pronto que remoto, aunque pueda ser muy largo, porque, comparado el tiempo con la eternidad, no es nada ese pronto de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad.

Roguemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos ayude a mantenemos de pie ante esta crucifixión de la Iglesia que es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo y que podamos permanecer fieles a través de todas estas tribulaciones y acrisolar nuestras almas para ver muy prontamente a Dios.

BASILIO MERAMO PBRO.
26 de noviembre de 2000

domingo, 25 de noviembre de 2018

DOMINGO VIGÉSIMO CUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS (o vigésimo séptimo después de Pentecostés)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este último domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos recuerda, reafirma siempre al cerrar el año litúrgico con el mismo evangelio que nos vaticina la Parusía de nuestro Señor viniendo a la tierra en gloria y majestad con todas las calamidades, abominación y gran tribulación cual no se ha visto ni se verá jamás. Y debe servirnos esto para recapacitar en el espíritu de la Iglesia católica que es un espíritu parusíaco, apocalíptico, aunque ello no nos guste por deformación espiritual y por falta de predicación, por falta de énfasis y descuido de aquellos que tienen el deber de apacentar a los fieles. Sin embargo, la Iglesia quiere cada año concluir, terminar, finalizar el año litúrgico recordándonos la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia es y está siempre expectante hacia la Parusía de nuestro Señor, hacia el Apocalipsis que es el último y el único libro del Nuevo Testamento que tiene por objeto específico la segunda venida de nuestro Señor; por eso mismo es un libro de esperanza. Esperanza que tuvieron viva en la primitiva Iglesia aquellos primeros cristianos, manteniéndose en el fervor. Y sabrá Dios si es que no se ha perdido el fervor a lo largo de los siglos por no tener esa expectación y esa presencia apocalíptica que la Iglesia quiere que tengamos.

Tanto es así, que no sólo quiere terminar, culminar el año litúrgico con el Apocalipsis, con la Parusía de nuestro Señor que quiere decir su presencia, su manifestación, sino que al comenzar el año litúrgico con el primer domingo de Adviento vuelve a recalcar sobre el mismo tema. Entonces, el deseo de la Iglesia no solamente es finalizar, sino también comenzar el año litúrgico recordándonos la Parusía. Y eso teniendo en cuenta que el año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento que nos recuerda y nos prepara para la Natividad de nuestro Señor, su primera venida, la cual venida inconclusa sin la segunda y eso establece la armonía y la relación entre ambas.

Desdichadamente se ha olvidado tener en cuenta estas verdades, estas revelaciones de fe expresadas en la liturgia de la Iglesia. Y nos asombramos cuando oímos que los judíos teniendo las profecías de la revelación divina no hayan entendido, no hayan comprendido. Pero, ¿acaso no nos pasa peor que a ellos, teniendo nosotros todas las Escrituras completas y sin embargo no entendemos absolutamente nada? Peor aún, se calumnia, se condena y se tilda de loco a quien trata de hacer énfasis en esto. ¡Qué abominación!

Vemos cómo la epístola de hoy en consonancia con el evangelio nos habla de tener la inteligencia de las cosas de Dios. Es que la fe no es la ignorancia, las tinieblas y la oscuridad, sino que es la luz de la verdad sobrenatural; es la ciencia y la sabiduría de Dios; es la iluminación verdadera. Por eso es ignominioso un católico ignorante de su religión; es un indigno católico porque él debe ser luz del mundo y cada uno de nosotros debe serlo porque si no, seremos hijos de las tinieblas.

Esa es la gran abominación de la cual hoy se nos advierte; esa aberración espantosa de la cual habló por tres veces consecutivas el profeta Daniel y al cual se remite el evangelio de hoy. Y ¿qué nos dice el profeta Daniel cuando nos habla de la gran abominación de la desolación en el lugar santo en los capítulos IX, XI y XII? Allí, por tres veces consecutivas, él relaciona esa abominación desoladora, espantosa y repulsiva a los ojos de Dios, con la profanación del templo y la cesación del sacrificio perpetuo. Éste es la santa Misa Tridentina. Y si por tres veces Daniel relaciona esa abominación, ¿qué no diríamos hoy cuando vemos profanado el culto católico? Dicen los Padres de la Iglesia, que está relacionada con el culto de idolatría y por eso es detestable; por eso se profana el templo ya más de una vez con la imagen de Júpiter, con la del César, con la de Adriano, imágenes que son ídolos y no Dios.

Hoy se ve cómo se puso hace algún tiempo sobre el tabernáculo en Asís, en la Iglesia de San Pedro, el ídolo detestable de Buda, hecho de oro, sobre el tabernáculo, mucho peor que esa abominación de idolatría del Antiguo Testamento ¡mucho peor!

Observamos cómo hoy se está realizando ante nuestros ojos toda esa profanación de lo sagrado, de lo más sacro y de ahí la necesidad de estar vigilantes para no claudicar y para que no dejemos corromper la religión, el culto. Porque el culto católico, con la nueva misa y la nueva liturgia, corrompe el sacrificio perpetuo de la Cruz. Es un hecho evidente que tenemos que comprender a los ojos del misterio de la fe y si no comprendemos, no seremos católicos, seremos una pantalla, una apariencia, pero no católicos. Y ese dogma de fe encerrado en la fórmula de la consagración del cáliz ha sido desechado por la nueva liturgia profanadora, como han sido desechadas las palabras sagradas que constituían la esencia del sacrificio de la misa.

Esa adulteración no es impune, no puede quedar impune. No puede pasar desapercibida y por eso la necesidad de permanecer fieles a la Misa Tridentina, a la Misa de San Pío V, a la Misa Romana, so pena de no claudicar, de no apostatar, de no participar en un culto sacrílego, porque son sacrilegios los que hoy se cometen y todo esto en el nombre de Dios.

Pero, ¿de cuál dios? El dios de los judíos, el de los musulmanes, el de los budistas, pero no el Dios católico de la revelación católica, apostólica y romana que excluye los falsos dioses de los gentiles. Éstas son cosas que debemos manejar y recordar para no transigir y poder defender la verdad hoy, en medio de esta gran tribulación que, como recuerda Santo Tomás en el comentario al evangelio de hoy, “esa gran tribulación es una gran crisis doctrinal donde se claudica en la profesión de la doctrina católica”. La única manera de reconocer la doctrina católica, como dice San Agustín, es que ella es la misma en todas partes y es públicamente profesada y guarda la armonía, la concordancia con lo que siempre se ha dicho desde el origen.

Y ¿qué concordancia hay con lo que hoy se nos enseña como si fuese la religión católica y no lo es? Porque el ecumenismo no lo es, la libertad religiosa no es católica, los derechos del hombre no son católicos, el negar el infierno no es católico, el negar el pecado no es católico, son todos errores y herejías, uno detrás de otro. La misa no es una cena, es un sacrificio. Lutero fue quien quiso reducir la misa a una cena, Satanás es el que quiere reducir el santo sacrificio de la misa porque le recuerda su derrota.

Entonces no dejemos socavar la religión católica en la que hemos nacido y en la que tenemos que morir para salvarnos. Por eso la gran abominación de la que habla el evangelio de hoy, esa gran tribulación que si no se abrevian estos tiempos y su duración en honor a los elegidos, hasta estos caerán. ¡Terrible! ¿No es eso lo que está pasando hoy? Pues claro que está sucediendo. ¿Quiénes son los pocos obispos que se mantienen fieles, verticales en la verdad y en la santa intransigencia que no tolera el error? Distinto es tolerar al miserable pecador, pero no su error, no su pecado, es diferente y hay que saber analizar.

Los falsos profetas, ¿quiénes son?, ¿los marcianos? ¡No señor! Los falsos profetas son los obispos y los cardenales, los sacerdotes y el clero, quienes no son fieles; no son los chinos, ni los japoneses, ni los comunistas; son ellos, los malos prelados de la jerarquía de la Iglesia católica; es fuerte la comparación pero es nuestro Señor quien la prodiga, y ¡ay del que no la pregone así!; ese es el gran problema: que son muy pocos quienes hoy predican como debieran hacerlo. Porque no se trata de difundir sino aquello que está en el Evangelio, lo que es doctrina de la Iglesia, lo que es necesario para que nosotros perseveremos en la verdad y para que así podamos profesar públicamente la fe católica, apostólica y romana, sin innovación, sin cambio.

Ahora bien, nuestro Señor mismo nos da el ejemplo de la higuera, para que así, cuando se ve le reverdecer, se sabe, se conoce que el verano está cerca, lo mismo nosotros, cuando viéramos todas estas cosas, estos signos, para aquellos que tienen fe e inteligencia: “Sabed que Mi venida está pronta, está a las puertas mismas”; para que no lo olvidemos y para que eso sea el objeto de nuestra esperanza, de nuestra fortaleza, para que no claudiquemos ante la gran persecución. De ahí debemos sacar nosotros, mis estimados hermanos, la fuerza sobrenatural, la perseverancia y el espíritu verdaderamente católico y combativo en estos últimos tiempos que nos toca vivir y que no sabemos hasta cuándo se prolongarán porque la crisis dura y perdura y la carne se fatiga, el hombre se cansa.

Fue esto lo que pasó a los padres de Campos; creían que pronto todo se tendría que arreglar y al ver que pasaban los años y no era así entonces viene el desastre, o el contubernio, la componenda y a cuántos de los tradicionalistas no les pasa lo mismo, ¿“cuándo se arreglará esto, cuando se acabará esto”?; cuando Dios quiera. Lo importante es que si yo tengo que morir sin ver el cuándo y por defender la fe, lo haga como soldado de Cristo, sin cansarme a mitad del camino, ni estar creando falsas expectativas.

Pues así es, mis estimados hermanos, y los fieles que vengan deben tener muy claro que es un compromiso. Que cada uno debe defender la Tradición católica, apostólica y romana. Que fuera de ésta no hay fe ni Iglesia católica, y que no creamos a los falsos profetas y más aún, que no vamos a ser reconocidos; como dicen los Padres de la Iglesia: “Los mártires de los últimos tiempos serán mayores que los del principio por la sencilla razón de que tendrán que luchar directamente con Satanás”. San Agustín dice que: “Peor aún porque no serán ni siquiera reconocidos como mártires sino que serán despreciados”, a tal punto llegará la corrupción dentro de la Iglesia católica, no como Institución divina, sino en su parte humana que es vulnerable.

Esa es la advertencia apocalíptica con la cual finaliza la Iglesia el año litúrgico pero que nos invita a la esperanza de ver de nuevo aparecer a nuestro Señor, verlo venir en gloria y majestad; esa será la única consolación del verdadero católico en nuestros tiempos.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, a Ella, que está íntimamente asociada a esa gloria, a esa presencia, a esa manifestación de nuestro Señor; será esa la verdadera victoria de los Sagrados Corazones de Jesús y de María cuando nuestro Señor vuelva glorioso y majestuoso. 

P. BASILIO MERAMO 
27 de noviembre de 2002.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Vigésimo Cuarto Domingo después de Pentecostés (o Último domingo de Pentecostés)



Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

La Iglesia, ciertamente inspirada por el Espíritu Santo, siempre ha reservado para este último domingo cerrar su ciclo litúrgico en la perspectiva del Apocalipsis, con un Evangelio eminentemente apocalíptico.

El Apocalipsis es el único libro profético del Nuevo Testamento y es la clave de todas las profecías y de toda la Sagrada Escritura, de ahí la dificultad de su correcta interpretación y por ende la dificultad que tuvo en ser admitido después del inicio como libro canónico. Esta misma dificultad es también el origen de tantos errores y herejías ventiladas al malinterpretarlo. La Iglesia quiere que lo tengamos presente en el cierre del año litúrgico, porque con el Apocalipsis tenemos en perspectiva la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo; por eso, lejos de ser el Apocalipsis un libro de terror, es un libro de esperanza y todos los acontecimientos que presagian la segunda venida de Nuestro Señor por muy calamitosos y desastrosos que sean, son un motivo de esperanza, porque nos anuncian que Nuestro Señor está próximo a venir, gran esperanza de nuestra religión. Esa fue la esperanza de los primeros católicos en la Iglesia primitiva, esperanza que hoy, desgraciadamente, está alejada y olvidada.

Sin la segunda venida de Nuestro Señor, la obra de la Redención estaría incompleta, imperfecta; no quedaría plenamente coronada. Por eso la Iglesia quiere presentar ante nuestros ojos, al finalizar cada año, la perspectiva de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, y si tenemos del Apocalipsis esa visión catastrófica, ella no es más que un aspecto, una cara de la moneda, la otra cara es de alegría. Nuestro Señor nos advierte que antes de que El venga habrá una gran tribulación, habrá la abominación de la desolación en el lugar santo, como predijo el profeta Daniel y que está relacionado con este pasaje del Evangelio de San Mateo (que es como una síntesis del Apocalipsis), donde describe una gran consternación de todo el cosmos, de todo el universo: gran tribulación, falsos cristos, falsos profetas y la abominación en el lugar santo. El lugar santo es la Iglesia de Dios, por eso alude al profeta Daniel, ya que si nos remitimos a los capítulos IX, XI y XII de su libro, donde habla reiteradamente de esa abominación, de esa desolación espantosa en el lugar santo, hace consistir esa abominación del verdadero culto y del verdadero sacrificio hecho a Dios, en la abolición del sacrificio perpetuo.

Comenta San Jerónimo que el sacrificio perpetuo es la Santa Misa, la Misa católica, el culto solemne de la Misa católica, es decir, la Misa que nosotros celebramos todos los santos días, y que por un misterio de iniquidad ha sido oficialmente desechada por otra nueva, ¡es terrible! Pero, en conciencia me veo obligado a decirles, mis amados hermanos, con la simple inteligencia de lo que dice el profeta Daniel, lo que interpretan San Jerónimo y otros Padres, cotejándolo con lo que ha pasado en la Iglesia con Vaticano II y la Misa de siempre.

La persecución que es por lo menos parte de esa abominación, de esa desolación que estamos viviendo, de esa profanación, que en definitiva es una idolatría, la idolatría que constantemente, a todo lo largo del Antiguo Testamento, está siendo fustigada por Dios. Y podemos preguntarnos con asombro ¿por qué en la Biblia las tres cuartas partes son del Antiguo Testamento y una pequeña parte del Nuevo, cuando es más importante el Nuevo Testamento que el Antiguo? Pues, para alertarnos incesantemente el celo por la profanación del culto, la idolatría, los ídolos, las enfáticas advertencias de mantener el verdadero culto, misión del pueblo elegido y, si no, leamos y veremos siempre lo mismo.

¿Por qué esa insistencia? Justamente, para que hoy nosotros volviéndolo a leer y releer hasta el cansancio, descubramos finalmente que estamos cayendo en lo mismo, en esa adulteración, en esa profanación del verdadero y único culto a Dios; triste realidad en la que vivimos hoy. Los templos vaciados de todo su contenido sobrenatural, de todo su contenido religioso, de todo contenido de Dios, para venir a convertirse en museos de la desfachatez. Desacralización de la nueva liturgia, del sacerdocio, de la vida religiosa y, en definitiva, la desacralización de la Iglesia.

Por todo lo anterior debemos entender que la verdadera y única Iglesia de Dios, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana está allí donde está el verdadero culto, y el verdadero culto está garantizado única y exclusivamente por la verdadera Misa, la Misa de siempre, o la llamada Misa de San Pío V. La nueva, en cambio, es la garantía de la abominación, de la desolación en el lugar santo, porque en su lugar ha excluido el sacrificio perpetuo, el sacrificio perenne. Porque no vemos con suficiente fe lo que sucede; todo nos da igual. ¡Pues no! No es lo mismo. El Antiguo Testamento hace relevancia en la absoluta diferencia y ordena distinguir entre el verdadero Dios y los falsos dioses de las otras religiones.

Quiere entonces el Evangelio de hoy mantener viva la esperanza en la segunda Venida de
Nuestro Señor, saber que asistimos a la abominación y que se vive la gran tribulación. Santo Tomás, que se refirió a ella, interpreta que esa corrupción y destrucción de la doctrina sería casi total, si Dios, por su infinita misericordia no abreviase aquellos días y que aun los buenos, los que profesan la buena doctrina caerían seducidos por el error; tal será la presión. Y hoy lo vemos a nuestro alrededor, dentro de la misma Fraternidad Sacerdotal San Pío X, sacerdotes que no soportan la presión del entorno y se pierden por falta de integridad moral, por la falta de cohesión, la cual viene de la convicción de estar en la verdad y el resultado es que se van; lo mismo les pasa a algunos fieles.

Por tanto, no es el número ni la cantidad de fieles o de sacerdotes lo que hace a la esencia de la Iglesia, sino la fidelidad y la calidad de esa fidelidad incondicional a Dios, a Cristo y a su Iglesia. No es el ecumenismo, ni el modernismo fornicario de las falsas religiones. Esa es la gran tribulación, mucho peor que el Sol se oscurezca y que la Luna desaparezca, o que se caigan las estrellas, físicamente hablando, porque mucho peor que desaparezca la luz del Sol es que desaparezca la luz de Dios, que es la fe. Por eso la necesidad de la firmeza, la cohesión de la convicción sobrenatural de la fe católica y de la exclusión de toda idolatría, otra religión, y otro dios que no sea Dios uno y trino.

La gran persecución la tenemos encima y que no se la niegue: ¿por qué yo no puedo celebrar la Misa de siempre en la catedral?, ¿por qué no se puede decir en cualquier iglesia cuando es la verdadera Misa? Porque está perseguida. ¿Por qué se persiguió a Monseñor Lefebvre, por qué se le persigue aún, y no solamente a él sino a todos los que seguimos su ejemplo, a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, por qué? Por la sencilla razón de que hay que abolir la Misa de siempre, hay que abolir el verdadero culto, para que se entronice la idolatría dentro del lugar santo. Y si Dios permite todo eso es como un castigo, como una purificación, por no haber sabido valorar el regalo inmenso de darnos su cuerpo y su sangre para que comulguemos con alma pura; de damos todo lo que nos da la Iglesia Católica y que desconocemos; nos brinda su amistad, su amor, y el hombre, ¿qué hace? Le voltea su espalda, no solamente los infieles sino los fieles, los que nos decimos católicos; de ahí la necesidad de esta purificación y de pedirle a Dios que si nos ha dado la gracia de conocer la fidelidad a Nuestro Señor a través del verdadero culto, a través de la verdadera Misa, no claudiquemos; que perseveremos sabiendo que está más pronto que remoto, aunque pueda ser muy largo, porque, comparado el tiempo con la eternidad, no es nada ese pronto de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad.

Roguemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos ayude a mantenemos de pie ante esta crucifixión de la Iglesia que es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo y que podamos permanecer fieles a través de todas estas tribulaciones y acrisolar nuestras almas para ver muy prontamente a Dios.

BASILIO MERAMO PBRO.
26 de noviembre de 2000