San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 26 de julio de 2026

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este noveno domingo después de Pentecostés vemos en el Evangelio que nuestro Señor Jesucristo llora al ver la ciudad de Jerusalén. Y es admirable saber, por la narración que hace el Evangelio, que por lo menos dos veces lloró nuestro Señor. En esta ocasión sobre Jerusalén, y la otra por la muerte de Lázaro. Sin embargo, jamás dice el Evangelio que reía, y aquí un paréntesis, ¿por qué? No quiere decir que no estuviese alegre o que no sonriese, pero no ríe como el mundo, a carcajadas, alocadamente, que lo menos que demuestra es un alma superficial que no está equilibrada y por eso prorrumpe en esa risotada, en esa desfachatez de la inestabilidad espiritual y psicológica; de ahí la gravedad en el rostro de nuestro Señor. Así mismo le siguieron los santos con alegría, sin tristeza, pero sin esas carcajadas estrepitosas.

El Evangelio hoy nos muestra a nuestro Señor llorando. No es que no lo hagan; claro que sí, pero no tan prontamente, tan rápidamente, tan sentimentalmente como a veces por su sensibilidad lo suelen hacer las mujeres. Y cuando un hombre se conduele es terrible, es grave, es serio. Por eso lloró nuestro Señor ante la ciudad sabiendo lo que le iba a ocurrir por su idolatría, por su abominación, por no haber estado a la altura del Mesías que profetizaban las Escrituras, los profetas y la Revelación del Antiguo Testamento. Llega el Mesías y Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de Dios no estaba preparada para recibirlo.

Por eso Él llora viendo lo que cuarenta años más tarde iba a ocurrir. La divina Providencia se valió de los romanos, de Tito y de Vespasiano para destruirla sin dejar piedra sobre piedra. Y el muro de las lamentaciones es un dique de contención, no es un paredón del templo propiamente dicho sino de un barrancón, de una cañada que hay allí, formando parte de las bases; por eso no se derrumbó, porque del otro lado hay tierra, hay una planicie.

Puede extrañarnos que haya ese muro, si lo que nos imaginamos es uno normal, mientras que las Escrituras dicen que no quedaba piedra sobre piedra y así ocurrió; fue atroz ese asedio de los romanos, muchas mujeres llegaron a matar a sus hijos y a comérselos, o a alimentarse de cosas podridas. Eso lo cuenta Flavio Josefo, gran historiador judío, ante el terror de ese asedio, de esa devastación de la ciudad santa en castigo por no reconocer y recibir al Mesías.

Llora nuestro Señor de lástima, de conmiseración, de dolor, al ver la gran catástrofe que estos ni sospechaban, ni se imaginaban. Esto nos debe servir para que no nos ocurra, para que no le suceda a la Iglesia de Dios, para que no nos caiga esa desgracia por no estar a la altura y no ya de la primera venida sino de la segunda de nuestro Señor; para que no nos acontezca lo mismo que a los judíos, que a los doctores, que a los escribas, que a los fariseos, grandes peritos de las Escrituras, pero para invertirlas, adulterarlas, mal interpretarlas.

Sólo Dios sabrá si eso no pasa hoy con las Escrituras, el Apocalipsis y el Nuevo Testamento, y en todos aquellos pasajes donde está anunciada claramente su venida gloriosa y toda la hecatombe que la antecede; hay apostasía, manipulación, abominación en el lugar santo; está el anticristo, el pseudoprofeta, porque entre los dos forman el anticristo total, es decir, el poder político y el religioso, todo eso está anunciado, prefigurado. Que no nos pase igual que a los judíos, que no nos demos cuenta y nos caigan el desastre y la catástrofe encima. Esa desgracia es parte de esa gran apostasía anunciada, de esa gran tribulación, de esa gran confusión, de esa persecución que más que material y física es espiritual, porque es contra contra la Iglesia en su espíritu de verdad, de vida sobrenatural, en su religión, en sus dogmas, en sus principios, en su culto, en su moral.

No es tanto el acoso físico como ocurría antaño que producía tantos mártires y acrisolaba a la Iglesia y era simiente de cristianos; la gran persecución que está anunciada es destruir toda verdad de Cristo y de su Iglesia y no tanto el encarcelamiento o la muerte, ya que eso no haría más que que avivar, atizar el fervor. En cambio, del otro modo lo que se procura es diluir, destruir corrompiendo desde adentro sin que se den cuenta, como un cáncer que cuando se manifiesta ya es tarde, y ya no hay nada qué hacer. Esto que digo de este mal ya lo mencionaba San Agustín, para que no crean los científicos modernos, que son unos ignorantes, que el cáncer es una enfermedad de los siglos XX y XXI.

En sus homilías, en sus narraciones dice San Agustín, para mostrar con una imagen, que es el cáncer en el orden físico, lo que era en el orden espiritual la corrupción de un alma, y eso que pensamos que hoy lo conocemos todo. No sabemos, muchas veces, ni dónde estamos parados y si lo estamos es en la luna; allí donde se concentró todo el poderío para ir y quedarse, sin tener los pies puestos en la tierra. Así nos pasará inadvertidamente, alegremente, tontamente, al igual que a Jerusalén, ciudad santa, la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento; vean lo que sucedió, por eso nuestro Señor lloró de dolor y de pena de ver la ceguera de su pueblo tan querido y lo que les esperaba, y nos puede esperar.

No estoy inventando nada, la misma epístola de hoy nos dice que todo lo que se prefiguró en el Antiguo Testamento es figura de lo que va a venir. Dice San Pablo que no caigamos en la idolatría como lo hicieron los judíos en el desierto, que fueron exterminados más de veintitrés mil en un solo día por no permanecer fieles. Murieron por las mordeduras de las serpientes, y de ahí el símbolo de la medicina y de las farmacias, aunque también por la imagen de este reptil fueron curados los otros.

El mismo San Pablo se refiere a que todo esto era signo de lo que iba a venir; o sea, que también está apuntando a una gran idolatría por no permanecer fieles; he ahí lo que se ve y el consabido castigo que no será sino la confusión, la pérdida de la luz sobrenatural de la fe, las tinieblas donde reina el error, produciéndose la abominación en el Templo, es decir, en la Iglesia. El Templo de Dios no es el muro o los cuatro muros de la iglesia sino el cuerpo místico de Cristo conformado, configurado por todos los fieles a Cristo nuestro Señor; esa es la Iglesia.

Entonces vemos cómo las Escrituras son apocalípticas, aunque esa connotación es tergiversada sistemáticamente por una exegesis y teología que impera desde hace algún tiempo, más de doscientos años, para que cuando todo esto ocurra no las tengamos presentes y la gente no se dé cuenta, no reaccione; para que entonces los que hablen de eso sean los “Testigos de Jehová”, los protestantes, y lo hagan torcidamente y se produzca el círculo vicioso. Aquel que ose poner las cosas en claro es un loco o un protestante, igual que los judíos y que los fariseos.

Eso ya lo advirtió hace varios siglos el padre Lacunza que murió desterrado en Italia. Era un hombre que hacía cinco horas de oración diaria, postrado cabeza en tierra. Pero que por hablar claro incluyeron su libro en el Índice, porque era intolerable que él hablara con esa libertad y con esa franqueza. O sea que la eliminación viene desde lejos, insensiblemente, como el error del judaísmo, y muy pocos fueron los que realmente tuvieron un corazón puro por estar vigilando y esperando al Señor. Así pasará al final de los tiempos que estamos viendo y viviendo.

¿Acaso no se ve la corrupción del clero, de la verdad, del culto, de la moral? El que no lo vea está cegado y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La persecución es abominable y desastrosa contra todo aquel que quiera seguir a nuestro Señor. Es el mismo acoso insidioso, diabólico contra monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer. Ese acosamiento continúa, no ha acabado ni acabará, por eso todos los intentos de la Roma moderna para tratar de homologar, de reducir, de absorber a la Fraternidad San Pío X y de querer excluir, dentro de ella a aquellas personas que representan un obstáculo a ese acercamiento paulatino y engañador.

Nos puede pasar lo que a Sansón, que cuando estemos bien amarrados ya no tengamos fuerzas para reaccionar. Esa es la peor corrupción y por eso me ha tocado denunciarlo más de una vez y escribir algunas cartas a monseñor Castrillón y a Juan Pablo II. Esta correspondencia muchas veces no ha sido bien recibida por el entorno eclesiástico aun tradicionalista.

Por eso está aquí en Colombia ese grupo que quiere destruir y que se asocia con la Fraternidad San Pedro, y quiere ahora aprovechar mi partida para estar a sus anchas; pues más difícil lo van a tener porque lo que hago aquí en Colombia lo haré desde Portugal y desde la China y desde donde esté. La palabra y la espada de la verdad no tienen dimensión cuantitativa como ellos se creen; ya amenazaron pensando que les va a quedar el campo libre, pues se equivocan. Y para que se den cuenta ustedes, incluso hasta vienen, y es un elogio para mí. No les gustan mis sermones, sin embargo los graban y saben a la hora lo que he dicho; por eso lo hago ahora a propósito; yo sé bien lo que hago y es públicamente; que le llegue a aquel que le debe llegar y si no les quedó claro se los repito para que se den por enterados, porque a los supósitos del demonio hay que irles de frente. Eso se los comento, mis estimados hermanos, para que ustedes también paguen su cuota de sufrimiento, de combate y de defensa por la verdad.

Escuchamos también en este Evangelio cómo nuestro Señor Jesucristo después de llorar entra al templo y a latigazos saca a los mercaderes ladrones y enseguida lo limpia. Ese gesto lo hace dos veces, al comenzar y al finalizar su vida pública, para mostrarnos que el mal hay que combatirlo de raíz, ir a su esencia, aunque la iniquidad no la tiene, pero sí ir a su fundamento, a su causa y no quedarse por las ramas como quien coge el perro por la cola. Por ello hay toda una figura de falso tradicionalismo que ataca solamente el follaje, las ramas, pero no va a la raíz y esas personas se encuentran dentro de la Fraternidad y fuera de ella; por eso han caído, porque no atacan la causa del mal, no van al templo como nuestro Señor y a latigazo limpio sacan toda la porquería que hay dentro. Por eso a azote limpio hay que sacar toda la podrido que hay en el Vaticano.

No soy ningún hereje, porque lo que digo es en el nombre de Dios y sino que me fulmine ya mismo, y a ver si ellos son capaces de hacer lo mismo. Ellos, con toda esa porquería que ha invadido la Iglesia prostituyéndola, corrompiéndola de todas las mil y una formas; ese es un hecho.

Por eso, debemos tener presente esa actitud viril de nuestro Señor, que fue al templo, no a otra parte, y allí señaló y eyectó el mal para que eso nos quedara de ejemplo. Ese mal en la Iglesia está imperando y reinando a causa de ese pseudoconcilio, porque no quisieron que allí reinara el Espíritu Santo. ¡Qué abominación, qué contradicción! Un Concilio ecuménico no infalible, porque no querían que lo fuera. De allí toda la persecución a todo aquel que como monseñor Lefebvre con el látigo en la mano fustigó contra el Vaticano II, contra la nueva misa, contra el ecumenismo, contra la corrupción de la Iglesia, y así le fue y así le irá a todo aquel que tenga y mantenga el mismo espíritu.

El cardenal colombiano Castrillón actuó con toda astucia, y quién sabe si sea un paisa judío, porque la sagacidad hebraica la tiene en las venas y en la sangre. ¿Acaso no fue él quien concertó la entrega del narcotraficante más grande del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo entre el gobierno y ese personaje? Fue él, quien lo supo lo recuerda y el que no, que lo sepa; ese es el hombre que hoy en nombre de la Iglesia invita a monseñor Fellay, Superior de la Fraternidad para dialogar.

Por eso hay que tener mucho cuidado, hay que ser prudentes como la serpiente y sencillos como la paloma. Por ello se los digo, estimados fieles, no puede haber en las circunstancias históricas actuales ningún acuerdo con Roma modernista. Es un engaño, porque para que haya un acuerdo tendría que haber un cambio y para éste se realice tendría que haber conversión y arrepentimiento y eso está muy lejos de los que representan hoy la autoridad de la Iglesia en Roma, muy lejos. Y es más, es imposible que se conviertan, podrá ser uno que otro, pero en bloque no es posible. Y ¿por qué? Sencillamente porque le faltaría un brazo al anticristo, al poder político le faltaría el brazo religioso, sencillamente.

Entonces, en este orden asuntos, que se irán agravando, jamás se podrá llegar a un acuerdo, a menos que se caiga estúpidamente, tontamente, ingenuamente, en ese error. Yo estaría dispuesto a dar mi vida para gritar que hay un error, y si el caso llegara a ocurrir, se acordarán de lo que hoy estoy diciendo, si Dios me da vida; porque hay conversaciones secretas que no se publican, que no se dicen y que yo no las puedo mencionar, aquí pero que sé por qué lo hago; en eso no hay nada gratuito. Pero si no me creen, por lo menos crean a los evangelios, a nuestro Señor, a San Pablo, a las Escrituras y limpien el templo, porque hay muy pocas personas que realmente quieran hacerlo; de no suceder así va a pasarle lo mismo que a Jerusalén.

Es bueno tener presente todo esto y estar vigilantes, muy cautos. Sé que hay fieles que han criticado una que otra vez mis sermones y eso me ha dolido muy profundamente, pero espero que se arrepientan, porque mi intención no ha sido la de atacar a nadie sino sencillamente hacerlos ver y que sean verdaderos católicos y no monigotes de figuritas; más vale oficiar la Misa con cuatro fieles firmes y no con diez mil que son una baba, que no saben dónde están parados, que oyen al uno y al otro, escuchan a Dios y al diablo; eso no puede ser. Y si en alguna predicación me he excedido, estaré siempre dispuesto a reconocerlo; si he dicho algún error lo reconozco y de antemano pido me perdonen. Recordemos entonces la gran lección que tenemos sobre todo para estos tiempos, la del llanto de nuestro Señor sobre Jerusalén y la limpieza del templo a latigazos, lo que hizo al iniciar su vida pública y al terminar; por ahí comenzó y por ahí terminó.

Pidamos a la Santísima Virgen María esa fortaleza, esa fe para que podamos soportar el sufrimiento crucificante de esta pasión, no ya de Jesucristo sino de su cuerpo místico, la Iglesia, y saber que por encima de todo dominará. Eso es lo que significa “al final triunfará mi Inmaculado Corazón”, al final vencerán los Corazones de Jesús y de María. Esa es la advocación de esta capilla, los Sagrados Corazones de Jesús y de María; tiene esa connotación con Fátima. Por eso veo muy providencial que yo vaya a Portugal, el único país, nación o pueblo que no apostatará de la fe, como lo dice allí en el tercer mensaje. Éste así comienza: “Portugal conservará el dogma de la fe”. Es una bendición, para mí, personalmente viéndolo, considerarlo sobrena-turalmente, no humanamente. Debemos por eso tenerlo presente y pedirle a nuestra Señora que nos ayude a conservar el dogma de la fe y su fortaleza. Pero tenemos que estar siempre vigilantes y dispuestos a morir por la verdad, por la Iglesia y por nuestro Señor Jesucristo. +

R.P. BASILIO MERAMO
10 de agosto de 2003

domingo, 19 de abril de 2026

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

  

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este segundo domingo después de Pascua llamado Domingo del Buen Pastor en alusión al Evangelio de hoy, vemos cómo nuestro Señor les dice a los fariseos, a pesar de las injurias y calumnias, que Él es el buen Pastor. Podemos observar a lo largo de todo el Evangelio esa pugna, esa lucha, esa antítesis entre los fariseos y nuestro Señor. Santo Tomás de Aquino nos dice que el buen Pastor es el que apacienta el rebaño y lo gobierna. Por eso, todo guía, a imagen de nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia, debe apacentar el rebaño y gobernarlo para el bien de las almas y mayor gloria de Dios. Y ¿cómo apacienta nuestro Señor a su grey, es decir, a su Iglesia? Lo hace con la doctrina de su amor, con la caridad manifestada en la cruz. Él llega a la inmolación de sí mismo por su gente. Vemos así cómo se llega a ese sacrificio máximo en aras del beneficio del rebaño, del bien común, de la Iglesia, de nosotros.

Nuestro Señor enseguida les muestra la imagen del mercenario. El asalariado que no es propiamente pastor porque no está por el beneficio y la utilidad del rebaño sino por el propio, por la merced, por la prebenda que puede adquirir en su provecho y a expensas del apostolado. Éste pasa por pastor pero sin que en el fondo le importe el oficio de gobernar y apacentar las ovejas, sino que ejerce ese ministerio para propia utilidad; cuando viene el lobo, cuando viene el peligro, lejos de exponer su vida por las ovejas, huye como todo jornalero, porque le importa mucho más su vida que la de los fieles, la de las ovejas y se dispersa, se disgrega el rebaño.

Qué reproche más grave hace nuestro Señor, y éste no va solamente para los fariseos sino a todo mal sacerdote, mal religioso, a todo aquel que tenga a su cargo el apacentar las ovejas de la Iglesia, sea sacerdote, cura, obispo o cardenal. Todo prelado, todo aquel que tenga un mando, una autoridad en la Iglesia, si está por beneficio propio es un mercenario; mientras que el buen Pastor gobierna bien las ovejas y las apacienta con la doctrina de la verdad, de la caridad, con la de la Cruz que nos refleja esa caridad en grado sumo.

En cambio, al mal Pastor no le importa y huye ante el peligro dejando que el rebaño se disgregue y se pierda. Sólo Dios sabe si hoy día habrá malos pastores en la Iglesia, primero porque no se la gobierna en beneficio de la salvación de las almas, sino de acuerdo con los principios del mundo moderno; no para Dios, sino  para exaltar al hombre. Se enaltece al hombre, se le endiosa, y no se le gobierna dirigiéndolo hacia su fin último sino que se trata de condescender todo lo posible con él para congraciarse  según sus caprichos, sus debilidades, según todo aquello que se opone en definitiva a Dios. Y la prueba de ello es que en todas las naciones que se dicen desarrolladas, como Inglaterra, donde está aprobada públicamente la homosexualidad y al Primer Ministro de su Graciosa Majestad, su herética majestad diría yo, porque es un apóstata, ya que Inglaterra era la isla de los santos y abjuró, se le da la comunión en el Vaticano cuando él no es católico, es protestante; si fuera católico sería pésimo. Ese es un simple ejemplo de un país que se tiene por culto y avanzado.

Para que nos demos cuenta de cuán mal gobernados estamos hoy por los mercenarios que no rigen en beneficio de los intereses de Dios sino de los reyes de la tierra, del hombre: se promueven las aberraciones más grandes como la homosexualidad, no se diga ya del “matrimonio” entre ellos. Es un hecho que hoy para el mundo moderno vale lo mismo el matrimonio católico que el concubinato civil legalizado por los pequeños países que siguen el mal ejemplo de las grandes potencias, que si miramos bien son protestantes y ateas. Luego no se puede condescender con el mundo moderno en detrimento de la honra y la gloria de Dios.

No se pregunte ya entonces en dónde queda la moral pública, que está por el suelo, como lo vemos hoy; todo eso no es sino desgobierno. Porque mandar es encauzar, dirigir a los subordinados hacia el bien último tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Y en el orden natural el bien de la sociedad es la integridad, vivir en paz y en convivencia por el ejercicio de la virtud; eso ya lo sabían los paganos, como Platón y Aristóteles.

Hoy el hombre moderno no lo sabe en su ignorancia supina, tirándoselas de sabio y científico cuando no conoce lo más elemental, al contrario de los paganos. ¿Qué se deja entonces para el orden sobrenatural? Conducirnos al cielo, no al infierno, esa es la misión de la Iglesia y por ello es su autoridad. Pero, para colmo de males, dudando o negando parcial o totalmente el infierno, hoy “todo el mundo se salva sin recordar que hay un averno”, cuando la mejor manera de hacer que las personas no vayan a él es recordándoselo y no como se hace hoy.

Hay quienes dicen que “no existe el fuego eterno del infierno”, cuando está expresado más de catorce veces en las Sagradas Escrituras; todo eso es falta de gobierno y de doctrina, de caridad. Ésta está en la verdad, en su predicación, y es Dios, esa verdad que se encarnó es nuestro Señor Jesucristo y que tiene Dios en Sí mismo, como lo dice nuestro Señor, que Él conoce a sus ovejas como Él es conocido del Padre y como el Padre lo conoce a Él; es un entendimiento en la Trinidad y por eso se revela en ella.

Nuestro Señor viene, se encarna esa verdad, se hace carne esa revelación y deposita su doctrina en su Iglesia, para que le conozcamos como Él conoce a sus ovejas y es conocido del Padre Eterno. Porque nuestra religión es una religión trinitaria, creemos en el Dios único en tres personas y sin esa comprensión sobrenatural no hay religión verdadera, no hay fe, no hay Iglesia. Es nuestro Señor mismo quien nos lo dice. De otra manera no se entendería por qué y a cuento de qué, se refiere al decir: “Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a Mí”, y nombra a su Padre y el saber que de Él tiene su Padre. Esto nos debe ayudar a reflexionar, a meditar, a contemplar para que profundicemos en nuestra religión y saquemos de allí alimento espiritual y se nutran así nuestras almas de las verdades de Dios, que están contenidas en las Escrituras.

En este mismo evangelio, nuestro Señor les hace alusión a esa gran promesa, porque cuando se anuncia como el buen Pastor también habla de la misión que Él tiene de reunir a todos los hombres en un solo rebaño, bajo un solo pastor. Y si bien se mira, todos los errores modernos, todo ese deseo de unión que tienen los hombres, corresponden a esa promesa, pero en Cristo. Es por esto que nuestro Señor nos dice: “Se hará un solo rebaño y un solo pastor” que es Él, es nuestro Señor Jesucristo.

Luego, nada que ver los judíos, ni los musulmanes, ni los budistas, sino que se tienen que convertir a la Iglesia católica. Y no lo que se hace hoy, que se diluye la Iglesia, se la disgrega para unir a los hombres no en Cristo sino en el hombre; y les digo más, se unirán en el anticristo como está anunciado; no hay término medio. Por eso la necesidad de la predicación de la doctrina, para que los paganos, infieles, ateos, los de todas las falsas religiones se conviertan a la verdad de Cristo, a esa verdad encarnada y no a un ideal filantrópico de la dignidad y la libertad del hombre, convirtiendo la religión en algo humano y no divino. Y esa es justamente la religión que hoy se está engendrando, la del humanismo ateo, donde tanto el comunismo como el capitalismo convergen en un sincretismo político que necesita una fusión religiosa, luego es una religión católica sin su contenido.

Allí se origina el desorden y la falta de pastores y se llena la Iglesia de mercenarios que predican lo que no es Cristo. En el fondo van a terminar proclamando al anticristo aunque no se den cuenta de eso todavía, como no sabemos el demonio nos azuza; después de la vil caída es que podemos, si levantamos la mirada al cielo, comprender que fue el demonio, y nosotros, culpablemente, no lo habíamos advertido desde el principio, por nuestra propia estupidez.

 Ahora bien, nuestro Señor aclara, habla de mercenarios y de los buenos pastores que lo imitan; eso dentro de la Iglesia, si no fuera así no hablaría de jornaleros, de lobos, de peligros. La Iglesia es Santa, pero no todo lo que está en la Iglesia es santo, como los fieles, como el clero, como su jerarquía, que puede ser mala o buena, santa o impía y eso no le quita un ápice a la santidad de la Iglesia como institución divina, porque la cabeza de la Iglesia es Cristo. Pero no todo lo que está dentro de la Iglesia es divino, sino en la medida en que sea fiel a nuestro Señor, y será infiel e impío en el orden en que se separe de nuestro Señor por obra de los mercenarios.

Y digámoslo de una vez, es por los infiltrados dentro de la Iglesia católica, apostólica y romana, como los masones, judíos, ateos, modernistas, que llegan a ser sacerdotes, obispos o cardenales. De ahí la necesidad de señalar el mal como lo hacía nuestro Señor. El buen Pastor, entonces, es el que da la vida por sus ovejas, como la dio nuestro Señor y los mártires. Es difícil creerlo y me duele decirlo, pero lo haré. Juan Pablo II besa el Corán, cuando San Perfecto murió mártir en España en la época de la invasión musulmana por maldecir ese libro.

Es blanco sobre negro, y lo que dije del primer ministro de Inglaterra que recibió la comunión en el Vaticano, de manos de Juan Pablo II; esa noticia se puede obtener por Internet en la propaganda o en la página de Zenit, que es la del Vaticano; no es ningún invento. ¿Qué está pasando en la Iglesia de Dios? Ahora nadie se escandalice, mis estimados hermanos. San Malaquías, en las divisas de los Papas, coloca a Papas y antipapas. Con esto no estoy haciendo ningún juicio, simplemente estoy dando una información para que por ignorancia no se asombre nadie de lo que yo pueda decir, porque aquel que se moleste por fariseo ya sería perversión del corazón. Pues bien, San Malaquías habla en sus lemas de algunas que corresponden a antipapas como los ha habido en la Iglesia, y el que conoce un poco de su historia puede llegar a contar hasta más de cuarenta antipapas.

¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que no basta cerrar los ojos y decir que porque lo señaló el Papa ya está bien; puede estar mal y muy mal. El error, mis estimados hermanos, hoy se propaga por vía de autoridad y ese es el golpe maestro de Satanás, hacer prevalecer la falsedad por vía de mando, porque lo dijo el Papa, Roma o los cardenales.

Hay que estar advertidos, sobre todo para los últimos tiempos en los que la Iglesia puede ser y será infiltrada; para obedecer hay que acatar la verdad y ésta tiene que estar en armonía con la eterna que es Dios; que no prediquen otra Iglesia católica fuera de la que enseñaron los apóstoles y por la que murieron mártires, en la que vivieron todos los santos. La Iglesia católica, apostólica y romana no nace con el Vaticano II; se originó hace dos mil años en la Cruz y perdurará idéntica en su institución divina, en su doctrina, en su moral hasta el fin de los tiempos; pero cuando venga el anticristo habrá una defección dentro de la Iglesia, por culpa de los mercenarios que adorarán dentro de ella al anticristo; eso es lo que nos dicen las Escrituras, y nos lo recuerdan las verdaderas profecías de La Salette, de Fátima.

Somos católicos, apostólicos y romanos hasta la muerte. Y no basta que lo diga un sacerdote, un cardenal o un Papa, para que nos traquemos el cuento, si eso que dijo va en contra del Evangelio, pues hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. ¿No fueron acaso, Anás y Caifás los sumos sacerdotes de la sinagoga, de la jerarquía de la Iglesia del Antiguo Testamento quienes crucificaron a nuestro Señor? Y la autoridad eclesial de hoy es la que está inmolando a nuestro Señor, por andar coqueteando con los reyes de la tierra, y así se hacen a imagen de la ramera del Apocalipsis, la que bebe el cáliz de la sangre de los mártires y que está sobre la bestia para agradar a los reyes terrenales.

O no nos damos cuenta, o no queremos saberlo. Así es como se está perdiendo la fe; por eso esta humilde capilla tiene la misión de guardar la doctrina según la santa Tradición de la Iglesia católica, apostólica, romana. No somos protestantes, Testigos de Jehová, judíos o musulmanes. Somos católicos, apostólicos y romanos, pero conocemos cuándo hay que desobedecer a los hombres para someternos a Dios. Y si no, ¿por qué creen ustedes que la Iglesia católica está llena de cardenales, sacerdotes, religiosos depravados, corrompidos? Los seminarios están vacíos y cuando tienen  vocaciones, la mitad de ellas son desviadas, y al que es buen alumno lo echan, por ser decente o medio decente.

 ¿Qué pasa dentro de la Iglesia? Pues lo que dijo nuestra Señora en La Salette, que Roma perdería la fe y sería sede del anticristo; hacia eso vamos ya lo dijo nuestra Señora, la Santísima Virgen María; vayan y reclámenle a Ella los fieles que se puedan escandalizar, o que crean que exagero. Es más, me guardo la mitad de lo que sé, para no volverme pesado, para no asustar a nadie, pero tampoco me puedo callar. Sé que viene mucha gente nueva, pero quien busca la verdad la encuentra, porque Dios nuestro Señor nos muestra dónde está la realidad y por eso la fidelidad a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María.

¿Por qué creen que no se ha querido revelar el tercer secreto de Fátima? Porque de un modo u otro especificaba lo que estoy diciendo, lo señalaba, pero los mercenarios que están en la cúpula de la Iglesia, cardenales judíos y masones, no lo van a permitir, es un hecho, como los crímenes en el Vaticano. Hay libros que lo mencionan, entonces no se está diciendo nada que un fiel medianamente instruido no sepa. Lo que pasa es que a veces la verdad duele porque no nos gusta que nos la digan, queremos que nos  hablen lo que nos siga manteniendo en el letargo y en la anemia espiritual como viven los católicos hoy día y por eso el mundo y la Iglesia están como están.

La Iglesia católica y su culto se están volviendo protestantes. ¿Por qué creen que la gente comulga en la mano, si eso es sacrílego? Reciben la comunión de pie y sin ningún signo de adoración al Rey de reyes y al Señor de los señores. ¿Por qué han sacado el altar y lo han convertido en una mesa? Pues para hacerlo una cena protestante, para que los infieles se sientan en su casa. Por todo lo anterior se inventa una nueva misa, y por eso la persecución de todo lo que es Tradición, de todo lo que es verdad, y a esos dos santos obispos, monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer, los únicos que osaron decir públicamente la verdad.

Nosotros, por tanto, no podemos continuar en ese orden alterado y creer que somos católicos. La única manera de ser católicos, apostólicos y romanos es conservando la Misa Romana, la Tridentina, que es la misma que los Papas de Roma celebraron desde cuando se formó ese rito y que ahora después de más de dos mil años se la tira a la basura, porque hay que pedir permiso, cuando tiene la Bula de un Papa Santo como San Pío V. Todos absurdos, como lo fue el proceso farisaico que los judíos le infligieron a nuestro Señor y ahora esa historia se repite; la desgracia es que el gran verdugo o anfitrión, hoy en día elegido para destruir la Tradición, sea el cardenal colombiano Castrillón Hoyos.

Pidámosle a nuestra Señora el saber distinguir quién es el buen Pastor y quién el mercenario, para que haya luz. El que viene aquí por primera vez, aunque sea distraídamente, pero que entró, ya Dios le dio una gracia, pero depende de que ella fructifique de acuerdo con el terreno en el que cae la semilla, ya sea a la vera del camino, entre espinas o  en tierra fértil. He ahí el problema, el dilema del por qué mucha gente no está en la verdad, no la defiende, porque la semilla, la gracia de Dios cae en un mal terreno. Roguemos a nuestra Señora que nos ayude a ser tierra fértil. Es un signo de verdad, de salvación y aun de predestinación la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, porque a través de Ella vino nuestro Señor, se encarnó y Ella nos lleva a Él como una buena madre que ama a sus hijos y los protege, esa es su misión. Invoquemos esa protección de nuestra Señora porque Ella es la Madre de Dios. +

P. BASILIO MERAMO 
4 de mayo de 2003

domingo, 10 de agosto de 2025

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este noveno domingo después de Pentecostés vemos en el Evangelio que nuestro Señor Jesucristo llora al ver la ciudad de Jerusalén. Y es admirable saber, por la narración que hace el Evangelio, que por lo menos dos veces lloró nuestro Señor. En esta ocasión sobre Jerusalén, y la otra por la muerte de Lázaro. Sin embargo, jamás dice el Evangelio que reía, y aquí un paréntesis, ¿por qué? No quiere decir que no estuviese alegre o que no sonriese, pero no ríe como el mundo, a carcajadas, alocadamente, que lo menos que demuestra es un alma superficial que no está equilibrada y por eso prorrumpe en esa risotada, en esa desfachatez de la inestabilidad espiritual y psicológica; de ahí la gravedad en el rostro de nuestro Señor. Así mismo le siguieron los santos con alegría, sin tristeza, pero sin esas carcajadas estrepitosas.

El Evangelio hoy nos muestra a nuestro Señor llorando. No es que no lo hagan; claro que sí, pero no tan prontamente, tan rápidamente, tan sentimentalmente como a veces por su sensibilidad lo suelen hacer las mujeres. Y cuando un hombre se conduele es terrible, es grave, es serio. Por eso lloró nuestro Señor ante la ciudad sabiendo lo que le iba a ocurrir por su idolatría, por su abominación, por no haber estado a la altura del Mesías que profetizaban las Escrituras, los profetas y la Revelación del Antiguo Testamento. Llega el Mesías y Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de Dios no estaba preparada para recibirlo.

Por eso Él llora viendo lo que cuarenta años más tarde iba a ocurrir. La divina Providencia se valió de los romanos, de Tito y de Vespasiano para destruirla sin dejar piedra sobre piedra. Y el muro de las lamentaciones es un dique de contención, no es un paredón del templo propiamente dicho sino de un barrancón, de una cañada que hay allí, formando parte de las bases; por eso no se derrumbó, porque del otro lado hay tierra, hay una planicie.

Puede extrañarnos que haya ese muro, si lo que nos imaginamos es uno normal, mientras que las Escrituras dicen que no quedaba piedra sobre piedra y así ocurrió; fue atroz ese asedio de los romanos, muchas mujeres llegaron a matar a sus hijos y a comérselos, o a alimentarse de cosas podridas. Eso lo cuenta Flavio Josefo, gran historiador judío, ante el terror de ese asedio, de esa devastación de la ciudad santa en castigo por no reconocer y recibir al Mesías.

Llora nuestro Señor de lástima, de conmiseración, de dolor, al ver la gran catástrofe que estos ni sospechaban, ni se imaginaban. Esto nos debe servir para que no nos ocurra, para que no le suceda a la Iglesia de Dios, para que no nos caiga esa desgracia por no estar a la altura y no ya de la primera venida sino de la segunda de nuestro Señor; para que no nos acontezca lo mismo que a los judíos, que a los doctores, que a los escribas, que a los fariseos, grandes peritos de las Escrituras, pero para invertirlas, adulterarlas, mal interpretarlas.

Sólo Dios sabrá si eso no pasa hoy con las Escrituras, el Apocalipsis y el Nuevo Testamento, y en todos aquellos pasajes donde está anunciada claramente su venida gloriosa y toda la hecatombe que la antecede; hay apostasía, manipulación, abominación en el lugar santo; está el anticristo, el pseudoprofeta, porque entre los dos forman el anticristo total, es decir, el poder político y el religioso, todo eso está anunciado, prefigurado. Que no nos pase igual que a los judíos, que no nos demos cuenta y nos caigan el desastre y la catástrofe encima. Esa desgracia es parte de esa gran apostasía anunciada, de esa gran tribulación, de esa gran confusión, de esa persecución que más que material y física es espiritual, porque es contra contra la Iglesia en su espíritu de verdad, de vida sobrenatural, en su religión, en sus dogmas, en sus principios, en su culto, en su moral.

No es tanto el acoso físico como ocurría antaño que producía tantos mártires y acrisolaba a la Iglesia y era simiente de cristianos; la gran persecución que está anunciada es destruir toda verdad de Cristo y de su Iglesia y no tanto el encarcelamiento o la muerte, ya que eso no haría más que que avivar, atizar el fervor. En cambio, del otro modo lo que se procura es diluir, destruir corrompiendo desde adentro sin que se den cuenta, como un cáncer que cuando se manifiesta ya es tarde, y ya no hay nada qué hacer. Esto que digo de este mal ya lo mencionaba San Agustín, para que no crean los científicos modernos, que son unos ignorantes, que el cáncer es una enfermedad de los siglos XX y XXI.

En sus homilías, en sus narraciones dice San Agustín, para mostrar con una imagen, que es el cáncer en el orden físico, lo que era en el orden espiritual la corrupción de un alma, y eso que pensamos que hoy lo conocemos todo. No sabemos, muchas veces, ni dónde estamos parados y si lo estamos es en la luna; allí donde se concentró todo el poderío para ir y quedarse, sin tener los pies puestos en la tierra. Así nos pasará inadvertidamente, alegremente, tontamente, al igual que a Jerusalén, ciudad santa, la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento; vean lo que sucedió, por eso nuestro Señor lloró de dolor y de pena de ver la ceguera de su pueblo tan querido y lo que les esperaba, y nos puede esperar.

No estoy inventando nada, la misma epístola de hoy nos dice que todo lo que se prefiguró en el Antiguo Testamento es figura de lo que va a venir. Dice San Pablo que no caigamos en la idolatría como lo hicieron los judíos en el desierto, que fueron exterminados más de veintitrés mil en un solo día por no permanecer fieles. Murieron por las mordeduras de las serpientes, y de ahí el símbolo de la medicina y de las farmacias, aunque también por la imagen de este reptil fueron curados los otros.

El mismo San Pablo se refiere a que todo esto era signo de lo que iba a venir; o sea, que también está apuntando a una gran idolatría por no permanecer fieles; he ahí lo que se ve y el consabido castigo que no será sino la confusión, la pérdida de la luz sobrenatural de la fe, las tinieblas donde reina el error, produciéndose la abominación en el Templo, es decir, en la Iglesia. El Templo de Dios no es el muro o los cuatro muros de la iglesia sino el cuerpo místico de Cristo conformado, configurado por todos los fieles a Cristo nuestro Señor; esa es la Iglesia.

Entonces vemos cómo las Escrituras son apocalípticas, aunque esa connotación es tergiversada sistemáticamente por una exegesis y teología que impera desde hace algún tiempo, más de doscientos años, para que cuando todo esto ocurra no las tengamos presentes y la gente no se dé cuenta, no reaccione; para que entonces los que hablen de eso sean los “Testigos de Jehová”, los protestantes, y lo hagan torcidamente y se produzca el círculo vicioso. Aquel que ose poner las cosas en claro es un loco o un protestante, igual que los judíos y que los fariseos.

Eso ya lo advirtió hace varios siglos el padre Lacunza que murió desterrado en Italia. Era un hombre que hacía cinco horas de oración diaria, postrado cabeza en tierra. Pero que por hablar claro incluyeron su libro en el Índice, porque era intolerable que él hablara con esa libertad y con esa franqueza. O sea que la eliminación viene desde lejos, insensiblemente, como el error del judaísmo, y muy pocos fueron los que realmente tuvieron un corazón puro por estar vigilando y esperando al Señor. Así pasará al final de los tiempos que estamos viendo y viviendo.

¿Acaso no se ve la corrupción del clero, de la verdad, del culto, de la moral? El que no lo vea está cegado y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La persecución es abominable y desastrosa contra todo aquel que quiera seguir a nuestro Señor. Es el mismo acoso insidioso, diabólico contra monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer. Ese acosamiento continúa, no ha acabado ni acabará, por eso todos los intentos de la Roma moderna para tratar de homologar, de reducir, de absorber a la Fraternidad San Pío X y de querer excluir, dentro de ella a aquellas personas que representan un obstáculo a ese acercamiento paulatino y engañador.

Nos puede pasar lo que a Sansón, que cuando estemos bien amarrados ya no tengamos fuerzas para reaccionar. Esa es la peor corrupción y por eso me ha tocado denunciarlo más de una vez y escribir algunas cartas a monseñor Castrillón y a Juan Pablo II. Esta correspondencia muchas veces no ha sido bien recibida por el entorno eclesiástico aun tradicionalista.

Por eso está aquí en Colombia ese grupo que quiere destruir y que se asocia con la Fraternidad San Pedro, y quiere ahora aprovechar mi partida para estar a sus anchas; pues más difícil lo van a tener porque lo que hago aquí en Colombia lo haré desde Portugal y desde la China y desde donde esté. La palabra y la espada de la verdad no tienen dimensión cuantitativa como ellos se creen; ya amenazaron pensando que les va a quedar el campo libre, pues se equivocan. Y para que se den cuenta ustedes, incluso hasta vienen, y es un elogio para mí. No les gustan mis sermones, sin embargo los graban y saben a la hora lo que he dicho; por eso lo hago ahora a propósito; yo sé bien lo que hago y es públicamente; que le llegue a aquel que le debe llegar y si no les quedó claro se los repito para que se den por enterados, porque a los supósitos del demonio hay que irles de frente. Eso se los comento, mis estimados hermanos, para que ustedes también paguen su cuota de sufrimiento, de combate y de defensa por la verdad.

Escuchamos también en este Evangelio cómo nuestro Señor Jesucristo después de llorar entra al templo y a latigazos saca a los mercaderes ladrones y enseguida lo limpia. Ese gesto lo hace dos veces, al comenzar y al finalizar su vida pública, para mostrarnos que el mal hay que combatirlo de raíz, ir a su esencia, aunque la iniquidad no la tiene, pero sí ir a su fundamento, a su causa y no quedarse por las ramas como quien coge el perro por la cola. Por ello hay toda una figura de falso tradicionalismo que ataca solamente el follaje, las ramas, pero no va a la raíz y esas personas se encuentran dentro de la Fraternidad y fuera de ella; por eso han caído, porque no atacan la causa del mal, no van al templo como nuestro Señor y a latigazo limpio sacan toda la porquería que hay dentro. Por eso a azote limpio hay que sacar toda la podrido que hay en el Vaticano.

No soy ningún hereje, porque lo que digo es en el nombre de Dios y sino que me fulmine ya mismo, y a ver si ellos son capaces de hacer lo mismo. Ellos, con toda esa porquería que ha invadido la Iglesia prostituyéndola, corrompiéndola de todas las mil y una formas; ese es un hecho.

Por eso, debemos tener presente esa actitud viril de nuestro Señor, que fue al templo, no a otra parte, y allí señaló y eyectó el mal para que eso nos quedara de ejemplo. Ese mal en la Iglesia está imperando y reinando a causa de ese pseudoconcilio, porque no quisieron que allí reinara el Espíritu Santo. ¡Qué abominación, qué contradicción! Un Concilio ecuménico no infalible, porque no querían que lo fuera. De allí toda la persecución a todo aquel que como monseñor Lefebvre con el látigo en la mano fustigó contra el Vaticano II, contra la nueva misa, contra el ecumenismo, contra la corrupción de la Iglesia, y así le fue y así le irá a todo aquel que tenga y mantenga el mismo espíritu.

El cardenal colombiano Castrillón actuó con toda astucia, y quién sabe si sea un paisa judío, porque la sagacidad hebraica la tiene en las venas y en la sangre. ¿Acaso no fue él quien concertó la entrega del narcotraficante más grande del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo entre el gobierno y ese personaje? Fue él, quien lo supo lo recuerda y el que no, que lo sepa; ese es el hombre que hoy en nombre de la Iglesia invita a monseñor Fellay, Superior de la Fraternidad para dialogar.

Por eso hay que tener mucho cuidado, hay que ser prudentes como la serpiente y sencillos como la paloma. Por ello se los digo, estimados fieles, no puede haber en las circunstancias históricas actuales ningún acuerdo con Roma modernista. Es un engaño, porque para que haya un acuerdo tendría que haber un cambio y para éste se realice tendría que haber conversión y arrepentimiento y eso está muy lejos de los que representan hoy la autoridad de la Iglesia en Roma, muy lejos. Y es más, es imposible que se conviertan, podrá ser uno que otro, pero en bloque no es posible. Y ¿por qué? Sencillamente porque le faltaría un brazo al anticristo, al poder político le faltaría el brazo religioso, sencillamente.

Entonces, en este orden asuntos, que se irán agravando, jamás se podrá llegar a un acuerdo, a menos que se caiga estúpidamente, tontamente, ingenuamente, en ese error. Yo estaría dispuesto a dar mi vida para gritar que hay un error, y si el caso llegara a ocurrir, se acordarán de lo que hoy estoy diciendo, si Dios me da vida; porque hay conversaciones secretas que no se publican, que no se dicen y que yo no las puedo mencionar, aquí pero que sé por qué lo hago; en eso no hay nada gratuito. Pero si no me creen, por lo menos crean a los evangelios, a nuestro Señor, a San Pablo, a las Escrituras y limpien el templo, porque hay muy pocas personas que realmente quieran hacerlo; de no suceder así va a pasarle lo mismo que a Jerusalén.

Es bueno tener presente todo esto y estar vigilantes, muy cautos. Sé que hay fieles que han criticado una que otra vez mis sermones y eso me ha dolido muy profundamente, pero espero que se arrepientan, porque mi intención no ha sido la de atacar a nadie sino sencillamente hacerlos ver y que sean verdaderos católicos y no monigotes de figuritas; más vale oficiar la Misa con cuatro fieles firmes y no con diez mil que son una baba, que no saben dónde están parados, que oyen al uno y al otro, escuchan a Dios y al diablo; eso no puede ser. Y si en alguna predicación me he excedido, estaré siempre dispuesto a reconocerlo; si he dicho algún error lo reconozco y de antemano pido me perdonen. Recordemos entonces la gran lección que tenemos sobre todo para estos tiempos, la del llanto de nuestro Señor sobre Jerusalén y la limpieza del templo a latigazos, lo que hizo al iniciar su vida pública y al terminar; por ahí comenzó y por ahí terminó.

Pidamos a la Santísima Virgen María esa fortaleza, esa fe para que podamos soportar el sufrimiento crucificante de esta pasión, no ya de Jesucristo sino de su cuerpo místico, la Iglesia, y saber que por encima de todo dominará. Eso es lo que significa “al final triunfará mi Inmaculado Corazón”, al final vencerán los Corazones de Jesús y de María. Esa es la advocación de esta capilla, los Sagrados Corazones de Jesús y de María; tiene esa connotación con Fátima. Por eso veo muy providencial que yo vaya a Portugal, el único país, nación o pueblo que no apostatará de la fe, como lo dice allí en el tercer mensaje. Éste así comienza: “Portugal conservará el dogma de la fe”. Es una bendición, para mí, personalmente viéndolo, considerarlo sobrena-turalmente, no humanamente. Debemos por eso tenerlo presente y pedirle a nuestra Señora que nos ayude a conservar el dogma de la fe y su fortaleza. Pero tenemos que estar siempre vigilantes y dispuestos a morir por la verdad, por la Iglesia y por nuestro Señor Jesucristo. +

R.P. BASILIO MERAMO
10 de agosto de 2003

domingo, 21 de julio de 2024

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este noveno domingo después de Pentecostés vemos en el Evangelio que nuestro Señor Jesucristo llora al ver la ciudad de Jerusalén. Y es admirable saber, por la narración que hace el Evangelio, que por lo menos dos veces lloró nuestro Señor. En esta ocasión sobre Jerusalén, y la otra por la muerte de Lázaro. Sin embargo, jamás dice el Evangelio que reía, y aquí un paréntesis, ¿por qué? No quiere decir que no estuviese alegre o que no sonriese, pero no ríe como el mundo, a carcajadas, alocadamente, que lo menos que demuestra es un alma superficial que no está equilibrada y por eso prorrumpe en esa risotada, en esa desfachatez de la inestabilidad espiritual y psicológica; de ahí la gravedad en el rostro de nuestro Señor. Así mismo le siguieron los santos con alegría, sin tristeza, pero sin esas carcajadas estrepitosas.

El Evangelio hoy nos muestra a nuestro Señor llorando. No es que no lo hagan; claro que sí, pero no tan prontamente, tan rápidamente, tan sentimentalmente como a veces por su sensibilidad lo suelen hacer las mujeres. Y cuando un hombre se conduele es terrible, es grave, es serio. Por eso lloró nuestro Señor ante la ciudad sabiendo lo que le iba a ocurrir por su idolatría, por su abominación, por no haber estado a la altura del Mesías que profetizaban las Escrituras, los profetas y la Revelación del Antiguo Testamento. Llega el Mesías y Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de Dios no estaba preparada para recibirlo.

Por eso Él llora viendo lo que cuarenta años más tarde iba a ocurrir. La divina Providencia se valió de los romanos, de Tito y de Vespasiano para destruirla sin dejar piedra sobre piedra. Y el muro de las lamentaciones es un dique de contención, no es un paredón del templo propiamente dicho sino de un barrancón, de una cañada que hay allí, formando parte de las bases; por eso no se derrumbó, porque del otro lado hay tierra, hay una planicie.

Puede extrañarnos que haya ese muro, si lo que nos imaginamos es uno normal, mientras que las Escrituras dicen que no quedaba piedra sobre piedra y así ocurrió; fue atroz ese asedio de los romanos, muchas mujeres llegaron a matar a sus hijos y a comérselos, o a alimentarse de cosas podridas. Eso lo cuenta Flavio Josefo, gran historiador judío, ante el terror de ese asedio, de esa devastación de la ciudad santa en castigo por no reconocer y recibir al Mesías.

Llora nuestro Señor de lástima, de conmiseración, de dolor, al ver la gran catástrofe que estos ni sospechaban, ni se imaginaban. Esto nos debe servir para que no nos ocurra, para que no le suceda a la Iglesia de Dios, para que no nos caiga esa desgracia por no estar a la altura y no ya de la primera venida sino de la segunda de nuestro Señor; para que no nos acontezca lo mismo que a los judíos, que a los doctores, que a los escribas, que a los fariseos, grandes peritos de las Escrituras, pero para invertirlas, adulterarlas, mal interpretarlas.

Sólo Dios sabrá si eso no pasa hoy con las Escrituras, el Apocalipsis y el Nuevo Testamento, y en todos aquellos pasajes donde está anunciada claramente su venida gloriosa y toda la hecatombe que la antecede; hay apostasía, manipulación, abominación en el lugar santo; está el anticristo, el pseudoprofeta, porque entre los dos forman el anticristo total, es decir, el poder político y el religioso, todo eso está anunciado, prefigurado. Que no nos pase igual que a los judíos, que no nos demos cuenta y nos caigan el desastre y la catástrofe encima. Esa desgracia es parte de esa gran apostasía anunciada, de esa gran tribulación, de esa gran confusión, de esa persecución que más que material y física es espiritual, porque es contra contra la Iglesia en su espíritu de verdad, de vida sobrenatural, en su religión, en sus dogmas, en sus principios, en su culto, en su moral.

No es tanto el acoso físico como ocurría antaño que producía tantos mártires y acrisolaba a la Iglesia y era simiente de cristianos; la gran persecución que está anunciada es destruir toda verdad de Cristo y de su Iglesia y no tanto el encarcelamiento o la muerte, ya que eso no haría más que que avivar, atizar el fervor. En cambio, del otro modo lo que se procura es diluir, destruir corrompiendo desde adentro sin que se den cuenta, como un cáncer que cuando se manifiesta ya es tarde, y ya no hay nada qué hacer. Esto que digo de este mal ya lo mencionaba San Agustín, para que no crean los científicos modernos, que son unos ignorantes, que el cáncer es una enfermedad de los siglos XX y XXI.

En sus homilías, en sus narraciones dice San Agustín, para mostrar con una imagen, que es el cáncer en el orden físico, lo que era en el orden espiritual la corrupción de un alma, y eso que pensamos que hoy lo conocemos todo. No sabemos, muchas veces, ni dónde estamos parados y si lo estamos es en la luna; allí donde se concentró todo el poderío para ir y quedarse, sin tener los pies puestos en la tierra. Así nos pasará inadvertidamente, alegremente, tontamente, al igual que a Jerusalén, ciudad santa, la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento; vean lo que sucedió, por eso nuestro Señor lloró de dolor y de pena de ver la ceguera de su pueblo tan querido y lo que les esperaba, y nos puede esperar.

No estoy inventando nada, la misma epístola de hoy nos dice que todo lo que se prefiguró en el Antiguo Testamento es figura de lo que va a venir. Dice San Pablo que no caigamos en la idolatría como lo hicieron los judíos en el desierto, que fueron exterminados más de veintitrés mil en un solo día por no permanecer fieles. Murieron por las mordeduras de las serpientes, y de ahí el símbolo de la medicina y de las farmacias, aunque también por la imagen de este reptil fueron curados los otros.

El mismo San Pablo se refiere a que todo esto era signo de lo que iba a venir; o sea, que también está apuntando a una gran idolatría por no permanecer fieles; he ahí lo que se ve y el consabido castigo que no será sino la confusión, la pérdida de la luz sobrenatural de la fe, las tinieblas donde reina el error, produciéndose la abominación en el Templo, es decir, en la Iglesia. El Templo de Dios no es el muro o los cuatro muros de la iglesia sino el cuerpo místico de Cristo conformado, configurado por todos los fieles a Cristo nuestro Señor; esa es la Iglesia.

Entonces vemos cómo las Escrituras son apocalípticas, aunque esa connotación es tergiversada sistemáticamente por una exegesis y teología que impera desde hace algún tiempo, más de doscientos años, para que cuando todo esto ocurra no las tengamos presentes y la gente no se dé cuenta, no reaccione; para que entonces los que hablen de eso sean los “Testigos de Jehová”, los protestantes, y lo hagan torcidamente y se produzca el círculo vicioso. Aquel que ose poner las cosas en claro es un loco o un protestante, igual que los judíos y que los fariseos.

Eso ya lo advirtió hace varios siglos el padre Lacunza que murió desterrado en Italia. Era un hombre que hacía cinco horas de oración diaria, postrado cabeza en tierra. Pero que por hablar claro incluyeron su libro en el Índice, porque era intolerable que él hablara con esa libertad y con esa franqueza. O sea que la eliminación viene desde lejos, insensiblemente, como el error del judaísmo, y muy pocos fueron los que realmente tuvieron un corazón puro por estar vigilando y esperando al Señor. Así pasará al final de los tiempos que estamos viendo y viviendo.

¿Acaso no se ve la corrupción del clero, de la verdad, del culto, de la moral? El que no lo vea está cegado y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La persecución es abominable y desastrosa contra todo aquel que quiera seguir a nuestro Señor. Es el mismo acoso insidioso, diabólico contra monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer. Ese acosamiento continúa, no ha acabado ni acabará, por eso todos los intentos de la Roma moderna para tratar de homologar, de reducir, de absorber a la Fraternidad San Pío X y de querer excluir, dentro de ella a aquellas personas que representan un obstáculo a ese acercamiento paulatino y engañador.

Nos puede pasar lo que a Sansón, que cuando estemos bien amarrados ya no tengamos fuerzas para reaccionar. Esa es la peor corrupción y por eso me ha tocado denunciarlo más de una vez y escribir algunas cartas a monseñor Castrillón y a Juan Pablo II. Esta correspondencia muchas veces no ha sido bien recibida por el entorno eclesiástico aun tradicionalista.

Por eso está aquí en Colombia ese grupo que quiere destruir y que se asocia con la Fraternidad San Pedro, y quiere ahora aprovechar mi partida para estar a sus anchas; pues más difícil lo van a tener porque lo que hago aquí en Colombia lo haré desde Portugal y desde la China y desde donde esté. La palabra y la espada de la verdad no tienen dimensión cuantitativa como ellos se creen; ya amenazaron pensando que les va a quedar el campo libre, pues se equivocan. Y para que se den cuenta ustedes, incluso hasta vienen, y es un elogio para mí. No les gustan mis sermones, sin embargo los graban y saben a la hora lo que he dicho; por eso lo hago ahora a propósito; yo sé bien lo que hago y es públicamente; que le llegue a aquel que le debe llegar y si no les quedó claro se los repito para que se den por enterados, porque a los supósitos del demonio hay que irles de frente. Eso se los comento, mis estimados hermanos, para que ustedes también paguen su cuota de sufrimiento, de combate y de defensa por la verdad.

Escuchamos también en este Evangelio cómo nuestro Señor Jesucristo después de llorar entra al templo y a latigazos saca a los mercaderes ladrones y enseguida lo limpia. Ese gesto lo hace dos veces, al comenzar y al finalizar su vida pública, para mostrarnos que el mal hay que combatirlo de raíz, ir a su esencia, aunque la iniquidad no la tiene, pero sí ir a su fundamento, a su causa y no quedarse por las ramas como quien coge el perro por la cola. Por ello hay toda una figura de falso tradicionalismo que ataca solamente el follaje, las ramas, pero no va a la raíz y esas personas se encuentran dentro de la Fraternidad y fuera de ella; por eso han caído, porque no atacan la causa del mal, no van al templo como nuestro Señor y a latigazo limpio sacan toda la porquería que hay dentro. Por eso a azote limpio hay que sacar toda la podrido que hay en el Vaticano.

No soy ningún hereje, porque lo que digo es en el nombre de Dios y sino que me fulmine ya mismo, y a ver si ellos son capaces de hacer lo mismo. Ellos, con toda esa porquería que ha invadido la Iglesia prostituyéndola, corrompiéndola de todas las mil y una formas; ese es un hecho.

Por eso, debemos tener presente esa actitud viril de nuestro Señor, que fue al templo, no a otra parte, y allí señaló y eyectó el mal para que eso nos quedara de ejemplo. Ese mal en la Iglesia está imperando y reinando a causa de ese pseudoconcilio, porque no quisieron que allí reinara el Espíritu Santo. ¡Qué abominación, qué contradicción! Un Concilio ecuménico no infalible, porque no querían que lo fuera. De allí toda la persecución a todo aquel que como monseñor Lefebvre con el látigo en la mano fustigó contra el Vaticano II, contra la nueva misa, contra el ecumenismo, contra la corrupción de la Iglesia, y así le fue y así le irá a todo aquel que tenga y mantenga el mismo espíritu.

El cardenal colombiano Castrillón actuó con toda astucia, y quién sabe si sea un paisa judío, porque la sagacidad hebraica la tiene en las venas y en la sangre. ¿Acaso no fue él quien concertó la entrega del narcotraficante más grande del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo entre el gobierno y ese personaje? Fue él, quien lo supo lo recuerda y el que no, que lo sepa; ese es el hombre que hoy en nombre de la Iglesia invita a monseñor Fellay, Superior de la Fraternidad para dialogar.

Por eso hay que tener mucho cuidado, hay que ser prudentes como la serpiente y sencillos como la paloma. Por ello se los digo, estimados fieles, no puede haber en las circunstancias históricas actuales ningún acuerdo con Roma modernista. Es un engaño, porque para que haya un acuerdo tendría que haber un cambio y para éste se realice tendría que haber conversión y arrepentimiento y eso está muy lejos de los que representan hoy la autoridad de la Iglesia en Roma, muy lejos. Y es más, es imposible que se conviertan, podrá ser uno que otro, pero en bloque no es posible. Y ¿por qué? Sencillamente porque le faltaría un brazo al anticristo, al poder político le faltaría el brazo religioso, sencillamente.

Entonces, en este orden asuntos, que se irán agravando, jamás se podrá llegar a un acuerdo, a menos que se caiga estúpidamente, tontamente, ingenuamente, en ese error. Yo estaría dispuesto a dar mi vida para gritar que hay un error, y si el caso llegara a ocurrir, se acordarán de lo que hoy estoy diciendo, si Dios me da vida; porque hay conversaciones secretas que no se publican, que no se dicen y que yo no las puedo mencionar, aquí pero que sé por qué lo hago; en eso no hay nada gratuito. Pero si no me creen, por lo menos crean a los evangelios, a nuestro Señor, a San Pablo, a las Escrituras y limpien el templo, porque hay muy pocas personas que realmente quieran hacerlo; de no suceder así va a pasarle lo mismo que a Jerusalén.

Es bueno tener presente todo esto y estar vigilantes, muy cautos. Sé que hay fieles que han criticado una que otra vez mis sermones y eso me ha dolido muy profundamente, pero espero que se arrepientan, porque mi intención no ha sido la de atacar a nadie sino sencillamente hacerlos ver y que sean verdaderos católicos y no monigotes de figuritas; más vale oficiar la Misa con cuatro fieles firmes y no con diez mil que son una baba, que no saben dónde están parados, que oyen al uno y al otro, escuchan a Dios y al diablo; eso no puede ser. Y si en alguna predicación me he excedido, estaré siempre dispuesto a reconocerlo; si he dicho algún error lo reconozco y de antemano pido me perdonen. Recordemos entonces la gran lección que tenemos sobre todo para estos tiempos, la del llanto de nuestro Señor sobre Jerusalén y la limpieza del templo a latigazos, lo que hizo al iniciar su vida pública y al terminar; por ahí comenzó y por ahí terminó.

Pidamos a la Santísima Virgen María esa fortaleza, esa fe para que podamos soportar el sufrimiento crucificante de esta pasión, no ya de Jesucristo sino de su cuerpo místico, la Iglesia, y saber que por encima de todo dominará. Eso es lo que significa “al final triunfará mi Inmaculado Corazón”, al final vencerán los Corazones de Jesús y de María. Esa es la advocación de esta capilla, los Sagrados Corazones de Jesús y de María; tiene esa connotación con Fátima. Por eso veo muy providencial que yo vaya a Portugal, el único país, nación o pueblo que no apostatará de la fe, como lo dice allí en el tercer mensaje. Éste así comienza: “Portugal conservará el dogma de la fe”. Es una bendición, para mí, personalmente viéndolo, considerarlo sobrena-turalmente, no humanamente. Debemos por eso tenerlo presente y pedirle a nuestra Señora que nos ayude a conservar el dogma de la fe y su fortaleza. Pero tenemos que estar siempre vigilantes y dispuestos a morir por la verdad, por la Iglesia y por nuestro Señor Jesucristo. +

R.P. BASILIO MERAMO
10 de agosto de 2003

domingo, 14 de abril de 2024

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

 

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este segundo domingo después de Pascua llamado Domingo del Buen Pastor en alusión al Evangelio de hoy, vemos cómo nuestro Señor les dice a los fariseos, a pesar de las injurias y calumnias, que Él es el buen Pastor. Podemos observar a lo largo de todo el Evangelio esa pugna, esa lucha, esa antítesis entre los fariseos y nuestro Señor. Santo Tomás de Aquino nos dice que el buen Pastor es el que apacienta el rebaño y lo gobierna. Por eso, todo guía, a imagen de nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia, debe apacentar el rebaño y gobernarlo para el bien de las almas y mayor gloria de Dios. Y ¿cómo apacienta nuestro Señor a su grey, es decir, a su Iglesia? Lo hace con la doctrina de su amor, con la caridad manifestada en la cruz. Él llega a la inmolación de sí mismo por su gente. Vemos así cómo se llega a ese sacrificio máximo en aras del beneficio del rebaño, del bien común, de la Iglesia, de nosotros.

Nuestro Señor enseguida les muestra la imagen del mercenario. El asalariado que no es propiamente pastor porque no está por el beneficio y la utilidad del rebaño sino por el propio, por la merced, por la prebenda que puede adquirir en su provecho y a expensas del apostolado. Éste pasa por pastor pero sin que en el fondo le importe el oficio de gobernar y apacentar las ovejas, sino que ejerce ese ministerio para propia utilidad; cuando viene el lobo, cuando viene el peligro, lejos de exponer su vida por las ovejas, huye como todo jornalero, porque le importa mucho más su vida que la de los fieles, la de las ovejas y se dispersa, se disgrega el rebaño.

Qué reproche más grave hace nuestro Señor, y éste no va solamente para los fariseos sino a todo mal sacerdote, mal religioso, a todo aquel que tenga a su cargo el apacentar las ovejas de la Iglesia, sea sacerdote, cura, obispo o cardenal. Todo prelado, todo aquel que tenga un mando, una autoridad en la Iglesia, si está por beneficio propio es un mercenario; mientras que el buen Pastor gobierna bien las ovejas y las apacienta con la doctrina de la verdad, de la caridad, con la de la Cruz que nos refleja esa caridad en grado sumo.

En cambio, al mal Pastor no le importa y huye ante el peligro dejando que el rebaño se disgregue y se pierda. Sólo Dios sabe si hoy día habrá malos pastores en la Iglesia, primero porque no se la gobierna en beneficio de la salvación de las almas, sino de acuerdo con los principios del mundo moderno; no para Dios, sino  para exaltar al hombre. Se enaltece al hombre, se le endiosa, y no se le gobierna dirigiéndolo hacia su fin último sino que se trata de condescender todo lo posible con él para congraciarse  según sus caprichos, sus debilidades, según todo aquello que se opone en definitiva a Dios. Y la prueba de ello es que en todas las naciones que se dicen desarrolladas, como Inglaterra, donde está aprobada públicamente la homosexualidad y al Primer Ministro de su Graciosa Majestad, su herética majestad diría yo, porque es un apóstata, ya que Inglaterra era la isla de los santos y abjuró, se le da la comunión en el Vaticano cuando él no es católico, es protestante; si fuera católico sería pésimo. Ese es un simple ejemplo de un país que se tiene por culto y avanzado.

Para que nos demos cuenta de cuán mal gobernados estamos hoy por los mercenarios que no rigen en beneficio de los intereses de Dios sino de los reyes de la tierra, del hombre: se promueven las aberraciones más grandes como la homosexualidad, no se diga ya del “matrimonio” entre ellos. Es un hecho que hoy para el mundo moderno vale lo mismo el matrimonio católico que el concubinato civil legalizado por los pequeños países que siguen el mal ejemplo de las grandes potencias, que si miramos bien son protestantes y ateas. Luego no se puede condescender con el mundo moderno en detrimento de la honra y la gloria de Dios.

No se pregunte ya entonces en dónde queda la moral pública, que está por el suelo, como lo vemos hoy; todo eso no es sino desgobierno. Porque mandar es encauzar, dirigir a los subordinados hacia el bien último tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Y en el orden natural el bien de la sociedad es la integridad, vivir en paz y en convivencia por el ejercicio de la virtud; eso ya lo sabían los paganos, como Platón y Aristóteles.

Hoy el hombre moderno no lo sabe en su ignorancia supina, tirándoselas de sabio y científico cuando no conoce lo más elemental, al contrario de los paganos. ¿Qué se deja entonces para el orden sobrenatural? Conducirnos al cielo, no al infierno, esa es la misión de la Iglesia y por ello es su autoridad. Pero, para colmo de males, dudando o negando parcial o totalmente el infierno, hoy “todo el mundo se salva sin recordar que hay un averno”, cuando la mejor manera de hacer que las personas no vayan a él es recordándoselo y no como se hace hoy.

Hay quienes dicen que “no existe el fuego eterno del infierno”, cuando está expresado más de catorce veces en las Sagradas Escrituras; todo eso es falta de gobierno y de doctrina, de caridad. Ésta está en la verdad, en su predicación, y es Dios, esa verdad que se encarnó es nuestro Señor Jesucristo y que tiene Dios en Sí mismo, como lo dice nuestro Señor, que Él conoce a sus ovejas como Él es conocido del Padre y como el Padre lo conoce a Él; es un entendimiento en la Trinidad y por eso se revela en ella.

Nuestro Señor viene, se encarna esa verdad, se hace carne esa revelación y deposita su doctrina en su Iglesia, para que le conozcamos como Él conoce a sus ovejas y es conocido del Padre Eterno. Porque nuestra religión es una religión trinitaria, creemos en el Dios único en tres personas y sin esa comprensión sobrenatural no hay religión verdadera, no hay fe, no hay Iglesia. Es nuestro Señor mismo quien nos lo dice. De otra manera no se entendería por qué y a cuento de qué, se refiere al decir: “Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a Mí”, y nombra a su Padre y el saber que de Él tiene su Padre. Esto nos debe ayudar a reflexionar, a meditar, a contemplar para que profundicemos en nuestra religión y saquemos de allí alimento espiritual y se nutran así nuestras almas de las verdades de Dios, que están contenidas en las Escrituras.

En este mismo evangelio, nuestro Señor les hace alusión a esa gran promesa, porque cuando se anuncia como el buen Pastor también habla de la misión que Él tiene de reunir a todos los hombres en un solo rebaño, bajo un solo pastor. Y si bien se mira, todos los errores modernos, todo ese deseo de unión que tienen los hombres, corresponden a esa promesa, pero en Cristo. Es por esto que nuestro Señor nos dice: “Se hará un solo rebaño y un solo pastor” que es Él, es nuestro Señor Jesucristo.

Luego, nada que ver los judíos, ni los musulmanes, ni los budistas, sino que se tienen que convertir a la Iglesia católica. Y no lo que se hace hoy, que se diluye la Iglesia, se la disgrega para unir a los hombres no en Cristo sino en el hombre; y les digo más, se unirán en el anticristo como está anunciado; no hay término medio. Por eso la necesidad de la predicación de la doctrina, para que los paganos, infieles, ateos, los de todas las falsas religiones se conviertan a la verdad de Cristo, a esa verdad encarnada y no a un ideal filantrópico de la dignidad y la libertad del hombre, convirtiendo la religión en algo humano y no divino. Y esa es justamente la religión que hoy se está engendrando, la del humanismo ateo, donde tanto el comunismo como el capitalismo convergen en un sincretismo político que necesita una fusión religiosa, luego es una religión católica sin su contenido.

Allí se origina el desorden y la falta de pastores y se llena la Iglesia de mercenarios que predican lo que no es Cristo. En el fondo van a terminar proclamando al anticristo aunque no se den cuenta de eso todavía, como no sabemos el demonio nos azuza; después de la vil caída es que podemos, si levantamos la mirada al cielo, comprender que fue el demonio, y nosotros, culpablemente, no lo habíamos advertido desde el principio, por nuestra propia estupidez.

 Ahora bien, nuestro Señor aclara, habla de mercenarios y de los buenos pastores que lo imitan; eso dentro de la Iglesia, si no fuera así no hablaría de jornaleros, de lobos, de peligros. La Iglesia es Santa, pero no todo lo que está en la Iglesia es santo, como los fieles, como el clero, como su jerarquía, que puede ser mala o buena, santa o impía y eso no le quita un ápice a la santidad de la Iglesia como institución divina, porque la cabeza de la Iglesia es Cristo. Pero no todo lo que está dentro de la Iglesia es divino, sino en la medida en que sea fiel a nuestro Señor, y será infiel e impío en el orden en que se separe de nuestro Señor por obra de los mercenarios.

Y digámoslo de una vez, es por los infiltrados dentro de la Iglesia católica, apostólica y romana, como los masones, judíos, ateos, modernistas, que llegan a ser sacerdotes, obispos o cardenales. De ahí la necesidad de señalar el mal como lo hacía nuestro Señor. El buen Pastor, entonces, es el que da la vida por sus ovejas, como la dio nuestro Señor y los mártires. Es difícil creerlo y me duele decirlo, pero lo haré. Juan Pablo II besa el Corán, cuando San Perfecto murió mártir en España en la época de la invasión musulmana por maldecir ese libro.

Es blanco sobre negro, y lo que dije del primer ministro de Inglaterra que recibió la comunión en el Vaticano, de manos de Juan Pablo II; esa noticia se puede obtener por Internet en la propaganda o en la página de Zenit, que es la del Vaticano; no es ningún invento. ¿Qué está pasando en la Iglesia de Dios? Ahora nadie se escandalice, mis estimados hermanos. San Malaquías, en las divisas de los Papas, coloca a Papas y antipapas. Con esto no estoy haciendo ningún juicio, simplemente estoy dando una información para que por ignorancia no se asombre nadie de lo que yo pueda decir, porque aquel que se moleste por fariseo ya sería perversión del corazón. Pues bien, San Malaquías habla en sus lemas de algunas que corresponden a antipapas como los ha habido en la Iglesia, y el que conoce un poco de su historia puede llegar a contar hasta más de cuarenta antipapas.

¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que no basta cerrar los ojos y decir que porque lo señaló el Papa ya está bien; puede estar mal y muy mal. El error, mis estimados hermanos, hoy se propaga por vía de autoridad y ese es el golpe maestro de Satanás, hacer prevalecer la falsedad por vía de mando, porque lo dijo el Papa, Roma o los cardenales.

Hay que estar advertidos, sobre todo para los últimos tiempos en los que la Iglesia puede ser y será infiltrada; para obedecer hay que acatar la verdad y ésta tiene que estar en armonía con la eterna que es Dios; que no prediquen otra Iglesia católica fuera de la que enseñaron los apóstoles y por la que murieron mártires, en la que vivieron todos los santos. La Iglesia católica, apostólica y romana no nace con el Vaticano II; se originó hace dos mil años en la Cruz y perdurará idéntica en su institución divina, en su doctrina, en su moral hasta el fin de los tiempos; pero cuando venga el anticristo habrá una defección dentro de la Iglesia, por culpa de los mercenarios que adorarán dentro de ella al anticristo; eso es lo que nos dicen las Escrituras, y nos lo recuerdan las verdaderas profecías de La Salette, de Fátima.

Somos católicos, apostólicos y romanos hasta la muerte. Y no basta que lo diga un sacerdote, un cardenal o un Papa, para que nos traquemos el cuento, si eso que dijo va en contra del Evangelio, pues hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. ¿No fueron acaso, Anás y Caifás los sumos sacerdotes de la sinagoga, de la jerarquía de la Iglesia del Antiguo Testamento quienes crucificaron a nuestro Señor? Y la autoridad eclesial de hoy es la que está inmolando a nuestro Señor, por andar coqueteando con los reyes de la tierra, y así se hacen a imagen de la ramera del Apocalipsis, la que bebe el cáliz de la sangre de los mártires y que está sobre la bestia para agradar a los reyes terrenales.

O no nos damos cuenta, o no queremos saberlo. Así es como se está perdiendo la fe; por eso esta humilde capilla tiene la misión de guardar la doctrina según la santa Tradición de la Iglesia católica, apostólica, romana. No somos protestantes, Testigos de Jehová, judíos o musulmanes. Somos católicos, apostólicos y romanos, pero conocemos cuándo hay que desobedecer a los hombres para someternos a Dios. Y si no, ¿por qué creen ustedes que la Iglesia católica está llena de cardenales, sacerdotes, religiosos depravados, corrompidos? Los seminarios están vacíos y cuando tienen  vocaciones, la mitad de ellas son desviadas, y al que es buen alumno lo echan, por ser decente o medio decente.

 ¿Qué pasa dentro de la Iglesia? Pues lo que dijo nuestra Señora en La Salette, que Roma perdería la fe y sería sede del anticristo; hacia eso vamos ya lo dijo nuestra Señora, la Santísima Virgen María; vayan y reclámenle a Ella los fieles que se puedan escandalizar, o que crean que exagero. Es más, me guardo la mitad de lo que sé, para no volverme pesado, para no asustar a nadie, pero tampoco me puedo callar. Sé que viene mucha gente nueva, pero quien busca la verdad la encuentra, porque Dios nuestro Señor nos muestra dónde está la realidad y por eso la fidelidad a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María.

¿Por qué creen que no se ha querido revelar el tercer secreto de Fátima? Porque de un modo u otro especificaba lo que estoy diciendo, lo señalaba, pero los mercenarios que están en la cúpula de la Iglesia, cardenales judíos y masones, no lo van a permitir, es un hecho, como los crímenes en el Vaticano. Hay libros que lo mencionan, entonces no se está diciendo nada que un fiel medianamente instruido no sepa. Lo que pasa es que a veces la verdad duele porque no nos gusta que nos la digan, queremos que nos  hablen lo que nos siga manteniendo en el letargo y en la anemia espiritual como viven los católicos hoy día y por eso el mundo y la Iglesia están como están.

La Iglesia católica y su culto se están volviendo protestantes. ¿Por qué creen que la gente comulga en la mano, si eso es sacrílego? Reciben la comunión de pie y sin ningún signo de adoración al Rey de reyes y al Señor de los señores. ¿Por qué han sacado el altar y lo han convertido en una mesa? Pues para hacerlo una cena protestante, para que los infieles se sientan en su casa. Por todo lo anterior se inventa una nueva misa, y por eso la persecución de todo lo que es Tradición, de todo lo que es verdad, y a esos dos santos obispos, monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer, los únicos que osaron decir públicamente la verdad.

Nosotros, por tanto, no podemos continuar en ese orden alterado y creer que somos católicos. La única manera de ser católicos, apostólicos y romanos es conservando la Misa Romana, la Tridentina, que es la misma que los Papas de Roma celebraron desde cuando se formó ese rito y que ahora después de más de dos mil años se la tira a la basura, porque hay que pedir permiso, cuando tiene la Bula de un Papa Santo como San Pío V. Todos absurdos, como lo fue el proceso farisaico que los judíos le infligieron a nuestro Señor y ahora esa historia se repite; la desgracia es que el gran verdugo o anfitrión, hoy en día elegido para destruir la Tradición, sea el cardenal colombiano Castrillón Hoyos.

Pidámosle a nuestra Señora el saber distinguir quién es el buen Pastor y quién el mercenario, para que haya luz. El que viene aquí por primera vez, aunque sea distraídamente, pero que entró, ya Dios le dio una gracia, pero depende de que ella fructifique de acuerdo con el terreno en el que cae la semilla, ya sea a la vera del camino, entre espinas o  en tierra fértil. He ahí el problema, el dilema del por qué mucha gente no está en la verdad, no la defiende, porque la semilla, la gracia de Dios cae en un mal terreno. Roguemos a nuestra Señora que nos ayude a ser tierra fértil. Es un signo de verdad, de salvación y aun de predestinación la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, porque a través de Ella vino nuestro Señor, se encarnó y Ella nos lleva a Él como una buena madre que ama a sus hijos y los protege, esa es su misión. Invoquemos esa protección de nuestra Señora porque Ella es la Madre de Dios. +

P. BASILIO MERAMO