San Juan Apocaleta
Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.
"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.
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domingo, 25 de octubre de 2026
FIESTA DE CRISTO REY (ultimo domingo de Octubre, vigésimo segundo domingo después de Pentecostés)
domingo, 18 de octubre de 2026
DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En este domingo vigésimo primero después de Pentecostés, el Evangelio nos ofrece una parábola que podemos denominar parábola del deudor desaforado. Comenta San Jerónimo que en Siria y Palestina, de modo particular en la provincia de Siria, lugar donde nació Nuestro Señor, la gente era muy dada a comprender las cosas más que por la enunciación de un precepto, por comparaciones con imágenes de la vida real; por eso Nuestro Señor, para demostrar el principio que quiere enseñar a sus discípulos y a todos aquellos que lo seguían, en vez de formularlo, relata esa parábola que al conocerla queda grabada en la mente del pueblo por su fácil comprensión.
El precepto consiste en perdonar a nuestros deudores, así como nosotros tenemos necesidad de ser perdonados por Dios. Es sencillamente lo que pedimos en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; seremos perdonados en la medida en que perdonemos y no seremos perdonados en la medida en que no perdonemos. Eso es lo que Nuestro Señor quiere mostrar en esta parábola. La desproporción entre la cantidad inmensa de los diez mil talentos que este hombre adeudaba al rey y el rey por pura misericordia le perdona toda la deuda y lo deja libre. Y éste a su vez al consiervo, que le debía una pequeña suma, casi lo estrangula y lo manda apresar para que le pague.
Esa es la moraleja: la imagen muestra la misma situación de cada uno de nosotros con respecto a Dios cuando no perdonamos a nuestros hermanos que nos adeudan poca cosa. Por mucho que consideremos se nos ha hecho en contra, de palabra, obra o como fuere, no sería nada comparado con la inmensa deuda que tenemos con Dios. Deuda inmensa contraída por nuestros pecados y que tiene que ser pagada. Y lo que Dios nos pide es la cancelación de la mínima deuda que tengamos con nuestros posibles acreedores, nuestros prójimos. ¡Qué sencillo es ser perdonado! Y, sin embargo, que difícil es que perdonemos de corazón a los demás, sin rencores, sin que guardemos en el repliegue de nuestra alma el recelo, el resentimiento, y hasta el odio hacia los demás. Esos sentimientos conculcan incluso la paz social, la paz familiar y la convivencia de la sociedad; todo el mal se podría centrar allí en ese odio, en ese resentimiento, en esa falta de perdón; y ¿cómo pretendemos ser perdonados, si no perdonamos? Es absolutamente imposible, porque tendríamos la misma actitud ruin de este deudor desaforado.
Hay que ser ruin para no perdonar al que nos debe poco, cuando nosotros debemos mucho más a Dios y le pedimos clemencia y misericordia. Este es el estado del alma de este deudor que no quiso perdonar a su hermano, y ese estado de ruindad lo ejercemos nosotros cuando guardamos rencor, cuando guardamos odio, cuando no perdonamos de corazón. Y hay que aclarar una cosa: el perdón no es no ver la injusticia; sino el perdonar el mal cometido, lo que se perdona es al pecador, lo que se perdona no es el error, es a quien yerra; se perdona al pecador pero no se hace desaparecer la injusticia ni el pecado ni el mal. Es cosa muy distinta. Y como todos somos pecadores, entonces todos debemos perdonar para merecer en retribución el perdón. Dicho sea de paso, con respecto a la traducción del "Padrenuestro" al español, que expresa con claridad, lo cual por cierto carece el francés, ya que nuestra lengua es mucho más rica y, por tanto, más precisa, cuando en español decimos "perdónanos nuestras deudas" y que ahora erróneamente,
contraviniendo la precisión de una verdad teológica, se reemplaza por "ofensas"; esta nueva versión no especifica con exactitud el sentido que tiene la deuda. Una deuda es un débito que hay que retribuir y la ofensa se perdona pero si no se retribuye el débito queda, aunque la ofensa sea perdonada queda el débito y por eso en la sana teología de la Iglesia siempre se ha distinguido entre la culpa y la deuda, entre la culpa o la ofensa y el débito o deuda que queda. Una persona que muere en estado de gracia, ¿por qué va al purgatorio si están perdonadas sus ofensas? Porque le quedan todas las deudas contraídas por los pecados mortales y veniales; a esto se atribuye la existencia del purgatorio, porque no se ha saldado la deuda, no se es digno todavía de entrar en el cielo, se necesita purificar en el purgatorio la deuda, no la ofensa, a no ser la ofensa de los pecados veniales no perdonados aún.
Vemos, pues, cómo se van borrando en esas malas traducciones las verdades esenciales de la fe católica, se va quitando precisión y no por simple descuido, que ya sería una estupidez, sino porque en el fondo también la nueva teología niega el purgatorio y hasta el infierno. ¡Qué les va a importar ya hablar de deudas! ¿Cuáles deudas? Si "todos somos libres", nadie le debe nada a nadie, si con "la dignidad del hombre", "la libertad del hombre", "el hombre es soberano", "los derechos del hombre", "el hombre con su libertad", ¿qué deudas? Ninguna deuda, toda deuda quedó cancelada. Eso es lo que enseña la teología liberal; barre con las deudas, con el débito que nos obliga a pedirle a Dios, para que a través de los sacrificios, la abnegación y las penalidades, purguemos en la tierra y purifiquemos nuestras almas aquí y no en el purgatorio que será mucho peor. Pero como el mundo de hoy es sordo a lo que no sea confort, goce, sensualidad; nada que comporte sacrificio, abnegación, renuncia; ese es el ideal del hombre moderno: "vivir para gozar", tal es el ideal pagano, ideal del renacimiento, que se llamó Renacimiento porque era el
paganismo que renacía después de la Edad Media; cuando el ideal del cristiano, del católico, es todo lo contrario: merecer el cielo a través del sacrificio, un programa muy distinto.
Para que paguemos, pues, nuestras deudas con Dios, perdonemos las ofensas y las deudas de nuestro prójimo y seremos perdonados. Así cumpliremos con el Padrenuestro, para rezarlo verdaderamente en paz, porque si dejamos esa ruina en el alma y guardamos ese egoísmo, esa falta de perdón, esa falta de generosidad, no podemos rezar en paz con Dios y dignamente el Padrenuestro.
Roguémosle a Nuestra Señora, la Virgen María, que nos dé la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y que así Dios perdone nuestros pecados.
PADRE BASILIO MERAMO
5 de noviembre de 2000
martes, 13 de octubre de 2026
El milagro del Sol en Fátima, conmemoración de 108 años
domingo, 11 de octubre de 2026
VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Ellos, los judíos, conocían las Escrituras, las profecías, los Profetas que anunciaban al Mesías que iba a venir, al Hijo de Dios, al Enviado de Dios, y por eso el tono de la respuesta en primera instancia de nuestro Señor que nos puede parecer un poco duro o chocante. Sin embargo, ante la insistencia de este oficial que le pide que vaya a su casa para que cure a su hijo, nuestro Señor le dice que se quede tranquilo, que su hijo está sano, que vaya en paz a su casa. En efecto, este buen hombre creyó en la palabra de nuestro Señor, creyó en Él sin necesidad de que fuese con él a su casa para que obrase allí el milagro, creyó en este milagro a distancia, a lo lejos y se encaminó; cuando sus siervos ven llegar le comunican con alegría que su hijo está sano y él pregunta a qué hora sanó, y vio que era la misma en la cual nuestro Señor le había dicho que su hijo estaba sano. Nos demuestra la fe de este oficial del Rey que confió en la palabra de nuestro Señor.
No así los judíos; duros de corazón no creyeron en nuestro Señor. Ese es el gran drama existencial, si así se lo quiere llamar, de todo hombre nacido, aquí, en la China, en el Japón, o en la selva. Ese es el drama de cada hombre, creer o no creer en Cristo, en nuestro Señor.
Dice por eso Santo Tomás que Dios no niega a nadie los medios para salvarse, y para salvarse son necesarias la gracia y la fe, no basta una buena voluntad en un orden puramente natural que sería simplemente una condición, una preparación del terreno, sino que hace falta, además de esa buena voluntad natural, la fe. Porque si no, caeríamos en el naturalismo, como de hecho caen algunos predicadores y teólogos cuando dicen que para salvarse no hace falta nada más que ser un hombre de buena voluntad; eso es mentira y es absurdo; hace falta además la fe, la gracia que Dios da al que tiene buena voluntad, que es muy distinto. No se salvan porque tengan buena voluntad.
Santo Tomás afirma que como Dios no niega a nadie lo necesario para salvarse, si éste no pone obstáculo a Dios, Dios le da lo necesario y para eso hace falta la buena voluntad, para no poner trabas a la gracia de Dios pero no para salvarse por su propia voluntad. Eso sería el más aberrante naturalismo herético, porque en materia de fe no hay términos medios; sí, sí, no, no, es verdad o es mentira, no caben medias tintas ante Dios. Y de ahí la tragedia de cada hombre de querer la verdad primera que es Dios por encima de todo y que ese es el objeto de la fe; la Verdad Primera que es Dios, no cualquier verdad o la verdad en general, sino la Verdad Primera que es Dios, objeto de la fe sobrenatural sin la cual no se salva nadie.
A este respecto dice también Santo Tomás que si una persona sin culpa ninguna no conocía la revelación porque, supongamos, estuviera metida en una selva o en una cueva, perdida, Dios mismo le enviaría a un ministro suyo, a un misionero para que lo adoctrine en la fe o le enviaría un ángel del cielo o Él mismo le revelaría eso en lo profundo de su corazón, para que así, aceptando libremente a Dios se salve, o libremente también rechazándolo se condene.
Hoy se exalta la libertad como si fuese una varita mágica, sin darnos cuenta de esa ambivalencia terrible, de esa libertad defectible como la nuestra, que puede no elegir el bien que debe, sino el mal que no debe y el mal ante Dios es el rechazo de Él y el este rechazo es el infierno. He ahí el gran drama, el gran misterio y la necesidad de que la Iglesia se propague y sea misionera, manteniendo la verdadera doctrina, la Verdad Primera que es Dios.
No nos debemos olvidar de que la fe es una relación trascendental de adhesión a la Verdad Primera, que no es un sentimiento, que no es una pasión ni es un capricho, es una adhesión del hombre a través de su inteligencia, movido por la voluntad libre a Dios, conocido como Verdad Primera, como Verdad Suma, como única verdad, sin lo cual se destruye toda otra apariencia de verdad o de divinidad; se destruye toda otra creencia o credo.
Por eso el ecumenismo de hoy es aberrante, es contra Dios, contra la verdad, porque no se excluye el error que pueda haber en el hombre al no identificarse con la verdad que es Dios y que tome algún ídolo, garabato o lo que sea y lo tome por Dios, como el dios de los budistas, de los musulmanes, de los judíos, o de cualquier brujo o hechicero; eso es inadmisible. La verdad suma no admite esa posibilidad de error y por eso lo excluye al igual como la luz a las tinieblas y por eso la religión católica, apostólica y romana es la única que detenta con exclusividad la verdad de Dios y es ese el dogma de fe negado y conculcado por casi todos, tanto en la jerarquía, es decir, en el clero, como en los fieles. No se proclama la exclusividad de la verdad religiosa como patrimonio de la Iglesia, sino como de la humanidad o de cada hombre y eso es un error porque Dios se reveló a su Iglesia y esa revelación nos es transmitida por ella, no por los protestantes, no por los judíos, no por los musulmanes o los budistas. Aunque en un momento, a través de los judíos, Dios se manifestó en el Antiguo Testamento y los que verdaderamente eran buenos judíos se convirtieron al cristianismo como los apóstoles y todos los primeros cristianos y quedaron como malos judíos los que conocemos hoy que son los descendientes de los que no aceptaron a los Profetas ni a las Escrituras, que no aceptaron la Ley de Moisés y que por eso crucificaron a nuestro Señor. De ahí la importancia de la fe, de reconocer a nuestro Señor como a Dios. Y a nadie, absolutamente a nadie le falta lo necesario para ese conocimiento, aunque no sepamos el cómo o el medio de que Dios se valga; si no le llega es porque pone obstáculo a Dios.
Es así entonces, que cuando nos preguntamos cómo se salva fulano, que no conoce, que nació en el error. Pues si él no opone resistencia a la gracia de Dios, Él le dará absolutamente todo lo necesario para que crea y se salve y eso en nombre de la Iglesia, de Cristo, no en nombre de cualquier falsa religión sino de la única verdadera, la revelada por Dios mismo que se la revelaría a esa persona a través de un misionero, de un ángel o de Dios mismo en lo profundo de su corazón.
Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, el conservar esa fe, de ser fieles perseverando en la verdadera doctrina y que de este modo podamos dar mayor gloria a Dios y poder también ayudar a que los demás se salven. +
BASILIO MERAMO PBRO.
21 de octubre de 2001
miércoles, 7 de octubre de 2026
Conmemoración de Fiesta de Nuestra Señora del Rosario
Un creciente número de hombres se unió a la obra apostólica de Domingo y, con la aprobación del Santo Padre, Domingo formó la Orden de Predicadores. Con gran celo predicaban, enseñaban y los frutos de conversión crecían. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen.
El rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos. Cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció a Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción. La Virgen le dijo también que se necesitarían volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del rosario y reiteró las promesas dadas a Sto. Domingo referentes al rosario.
Promesas de Nuestra Señora, Reina del Rosario, tomadas de los escritos del Beato Alano:
1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
REFLEXIONES DE SOR LUCÍA SOBRE EL SANTO ROSARIO:
Creo que, después de la oración litúrgica del Santo Sacrificio de la Misa, la oración del Santo Rosario, por el origen y sublimidad de las oraciones que lo componen y por los misterios de nuestra redención que recordamos y meditamos en cada decena, es la oración más agradable a Dios que podemos ofrecer y de mayor provecho para nuestras almas. Si así no fuese, Nuestra Señora no la habría recomendado con tanta insistencia.
La oración del Santo Rosario es la que más ha sido recomendada por todos los Sumos Pontífices que en los últimos siglos, sirvieron a la Iglesia, comenzando por Gregorio X_111, que en la Bula "Monete Apostolos", lo llama "Salterio de la Santísima urgen que rezamos para aplacar la ira de Dios e implorar la intercesión de la Santísima Virgen" (1 de abril de 1573). También Sixto V, en la Bula "Dum ineffabilis", el 30 de enero de 1586, llama al Rosario "el Salterio de la Gloriosa y siempre Virgen María, Madre de Dios, instituido por inspiración del Espíritu Santo".
Antes de estos dos Papas gobernó la iglesia San Pío V. Éste atribuyó a la oración del Rosario la victoria de Lepanto, obtenida por los cristianos contra los turcos, el 7 de octubre de 1571. En acción de gracias, mandó celebrar anualmente, en ese día, la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, fiesta que su sucesor vino a designar como Nuestra Señora del Rosario.
Cerca de trescientos años después de esta guerra, servía a la Iglesia el Papa Pío IX. Éste, en su lecho de muerte dijo a los que lo rodeaban: "El Rosario es un evangelio compendiado y dará a los que lo recen aquellos ríos de paz de que nos habla la Escritura; es la más hermosa devoción, la rnás abundante en gracias, y agradabilísima al Corazón de María. Sea éste, hijos míos, mi testimonio para que os acordéis de mi en la tierra" (febrero de 1878). Es maravilloso cómo el gran Pontífice unió la oración del Rosario al Corazón Inmaculado de María. ¡O no fue, acaso, él, el Pontífice de la Inmaculada que hiciera la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción de María por la Bula "Ineffabilis Deus", en 1854!
León XIII, en la Encíclica "Fidentem plumque", de 20 de septiembre de 1896 dice: "En la devoción del Rosario, Cristo ocupa el lugar principal (...) por medio de las oraciones vocales de que está formado, podemos expresar- profesar la fe en Dios, nuestro Padre providentísimo, en la vida eterna, en el perdón de los pecados, -y también en los misterios de la Augusta Trinidad, del Verbo Encarnado, de la maternidad divina, y en otros. Ahora bien, nadie ignora el gran valor y mérito de la fe. La fe, efectivamente, no es otra cosa que una escogida simiente que, en el presente, produce flores de todas las virtudes que nos vuelven agradables a Dios y dan frutos que duran hasta la vida eterna: puesto que «conocerte es justicia consumada y el reconocer Tu justicia y virtud, es la raíz de la inmortalidad» (la cita es del Libro de la Sabiduría, 15, 3)".
Admirable es la afirmación del Papa León XIII según la cual la Santísima Trinidad es la obra de salvación realizada por Cristo que está en el centro de esta gran oración que es el Rosario, constituyendo éste una gran profesión de fe en aquellos misterios centrales de la Doctrina Católica. Es de gran valor espiritual la fe que en la referida oración profesamos y ejercitamos. Por eso el mismo Pontífice valiéndose de las palabras del Apóstol San Pablo dice: "Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confesa la fe perra la salvación " (Romanos, 10, 10). Por eso, el Rosario nos ofrece la oportunidad para esta profesión externa de fe.
Su Santidad Pío XI nos dijo en la Encíclica "lngravescentibus malis". del 9 de septiembre de 1937: "El Santo Rosario no es solamente arma para derrotar tilos enemigos de Dios v de la Religión. sino. sobretodo. promueve y fomenta las virtudes evangélicas. Yen primer lugar, reanima la fe católica con la contemplación de los divinos misterios .y eleva el entendimiento al conocimiento de leas verdades reveladas por Dios" Y se dignó conceder la indulgencia plenaria para el rezo del Rosario delante del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. El Santo Padre Pío XII, el 16 de octubre de 1940. dijo: "El Rosario es, por el significado de su nombre, un collar de rosas; no de aquellas roscas con las cuales los impíos se adornan con petulancia, según la palabra de la Escritura -«Coronémonos de rosas antes de que se marchiten» (Sab. 2. 8)-. sino de rosas cuya frescura es incesantemente renovada en las manos de los devotos de María" (...)
A los que dicen que el Rosario es una oración anticuada y monótona debido a la repetición de las oraciones que lo componen yo les pregunto si hay alguna cosa que viva sin ser por la repetición continuada de los mismos actos.
Dios creó todo lo que existe de modo que se conserva por la, repetición continuada e ininterrumpida de los mismos actos. Así, para conservar la vida natural, inspiramos y expiramos siempre del mismo modo; el corazón golpea continuamente siguiendo siempre el mismo ritmo; los astros como el sol, la luna los planetas, la tierra, siguen siempre la misma ruta que Dios les marcó. El día sucede a la noche, año tras año, siempre del mismo modo_ La luz del sol nos alumbra y calienta siempre de la misma forma. En tantas plantas, brotan las hijas de la primavera, se visten después de flores, dan fruto y vuelven a perder las hojas en el otoño o invierno. Y, así, todo lo demás sigue la ley que Dios le marcó y todavía a nadie se le ocurrió decir que era monótono. y por lo tanto prescindible: ¡es que necesitamos de eso para vivir! Pues bien, en la vida espiritual tenemos la misma necesidad de repetir continuamente las mismas oraciones, los mismos actos de fe, de esperanza y de caridad, para tener vida, visto que nuestra vida es una participación continuada de la vida de Dios.
Cuando los discípulos pidieron a Jesucristo que les enseñase a orar, Él les enseñó la bella fórmula del Padrenuestro, diciendo: "Cuando oréis, decid: Padre..." (San Lucas, 11, 4). El Señor nos mandó rezar así, sin decirnos que, pasado un cierto número de años, buscásemos nueva fórmula de oración, porque ésta habría pasado a ser monótona. Cuando los enamorados se encuentran, pasan horas seguidas repitiendo la misma cosa: "Te amo!" Lo que les falta a los que hallan la oración del Rosario monótona es Amor; y todo lo que no está hecho por amor no tiene valor. Por eso, nos dice el Catecismo que los diez mandamientos de la Ley de Dios se encierran en uno sólo, que es amar a Dios sobre todas las cosas Y al prójimo como a nosotros mismos.
Los que rezan diariamente su Rosario son como los hijos que todos los días disponen de algunos momentos para ir junto a su padre, para hacerle compañía, manifestarle su agradecimiento, prestarle sus servicios, recibir sus consejos y su bendición. Es el intercambio y el cambio de amor del padre para con el hijo y de éste para con el padre, es la dádiva mutua.
HERMANA LUCÍA (Tomado de su libro "Llamadas del Mensaje de Fátima")
REVELACION DE NUESTRA SEÑORA A SANTO DOMINGO DE GUZMAN:
Historia de la festividad:
domingo, 4 de octubre de 2026
DOMINGO DECIMONOVENO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Vemos cuántas veces en las Escrituras aparece la imagen de las bodas, de las fiestas, de los convites, y nos podemos preguntar el por qué pareciera que a Dios le place tomar esa imagen, aunque aquí en ésta vemos también lo desmesurado de la parábola, y el fin, diciendo: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”, que presenta bastante dificultad para interpretarla. Pues bien, no olvidemos que en los convites, en las bodas, se manifiesta la alegría, la caridad, la amistad, la generosidad de compartir un momento crucial de la vida con el prójimo, con los conocidos, con los familiares, y esa es la razón por la cual se toma muchas veces esa imagen de los festines y de las bodas.
También recuerdan las bodas esa unión de nuestro Señor como Verbo Encarnado en la naturaleza humana, unión entre el Verbo y la naturaleza humana, la unión que hay de nuestro Señor con el alma, entre nuestro Señor y su Iglesia y entre la Iglesia y nosotros; todo eso asemeja esa unión de las bodas.
Y vemos cómo los invitados no acuden, no hacen caso. El rey manda a buscar por las calles, buenos y malos, y cómo se escandaliza, se enoja porque uno solo es hallado sin vestidura nupcial y lo manda afuera, donde es el llanto y el rechinar de dientes. Nos asombra, pero hay algo de ello referido al pueblo judío quien fue el primero, el llamado en primer lugar y no aceptó, es más, ultrajó y mató a nuestro Señor. Y los llamados después, buenos y malos, son los gentiles, los otros pueblos distintos al pueblo judío; así que en la significación de la parábola es clara la alusión. Vemos además en otros pasajes donde dice que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros”. Pero lo que más asombra es cómo el rey saca de entre todos estos convidados a uno solo; termina rematando la parábola “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.
Es quizás uno de los pasajes más difíciles de interpretar por los errores a que ha dado lugar, y el primer gran error cometido por la predicación común es el de decir enseguida que se refiere a que no todos se salvan porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, siendo los que se salvan pocos. Esa es la interpretación común, de la que desgraciadamente los jesuitas han hecho una bandera, con el ánimo bueno de querer convertir a la gente, pero yo no puedo convertir a la gente con cosas que no son ciertas, ni reales ni verdaderas.
Puede ser que se salven pocos o que se salven muchos, en realidad y con exactitud nadie sabe si se salvan los muchos, otra cosa es que presumamos por los hechos y acontecimientos que vemos. Cuánta gente vive en el pecado y si muere en ese estado se condena; pero de allí a hacer de este texto la palabra infalible de que son pocos los que se salvan, es una tontería exegética, porque sencillamente si se toma de modo literal sería un grave error, ya que muchos no son los llamados, sino que son absolutamente todos. Entonces ya vemos que esa interpretación al pie de la letra no se puede aplicar, pues el evangelio estaría cometiendo un error gravísimo.
Las Escrituras y nuestro Señor no han querido decir nada explícitamente, luego es un error interpretarlo de ese modo, quizás con buenas intenciones, y puede ser que muchos nos condenemos, pero lo que no puede decirse es que esa afirmación es normal, y está basada en las Sagradas Escrituras, porque cuál no sería la desesperación si el mismo Señor misericordioso nos dice que vamos a ser pocos los que nos salvamos realmente, y sobre todo viendo el mundo cómo anda se haría más pesada nuestra cruz, por eso es un error grave. Está bien que el miedo al infierno sea una espuela, un acicate, un aguijón para que no pequemos, pero otra cosa es que hagamos decir a las Escrituras tonterias en el nombre de la palabra de Dios y que eso campee como cátedra normal dentro de la Iglesia y que los predicadores, como vedettes de turno, se repitan unos a otros sin profundizar en las Escrituras y lanzándose a predicar sin pensar en lo que dicen, sin suficiente preparación.
Es un deber prepararse para predicar pues la gran crisis que vivimos hoy, esa degeneración en el clero, es por falta de instrucción doctrinal y espiritual, instrucción moral porque lo uno va con lo otro.
Querer interpretar este pasaje literalmente es absurdo, además, porque no son muchos los que son llamados, son y somos todos los hombres, sin excepción. Dios no llama a unos a salvarse y a otros a condenarse, esa es la herejía del protestantismo de Lutero, el mismo error que cometió Calvino con la predestinación, según la cual unos son determinados al cielo y otros al infierno. “Los que tienen dinero y son ricos y poderosos como los gringos y los pueblos anglosajones del norte; esos se salvan y los pobres del sur, los colombianos, los latinoamericanos y pueblos del sur, esos son unos bobos que se condenan porque la gracia de Dios y la predestinación de Dios se ve en las riquezas; es el poder que Dios les da en este mundo”; esa es la mentalidad protestante derivada del judaísmo.
La famosa historia del Santo Job, “tú eres culpable porque has perdido las riquezas, luego Dios te ha castigado porque eres un maldito”, y el Santo Job decía: “Puedo ser pobre y, sin embargo, no ser un maldito”, porque la gracia de Dios no se palpa en las riquezas ni en el poder de este mundo como creen los judíos y las naciones judaizadas; error gravísimo porque solamente se predestina al cielo y no al infierno; entonces no son muchos los llamados al cielo, a la vida eterna sino que somos todos, aunque no todos desgraciadamente respondamos.
Vemos entonces que la interpretación al pie de la letra, no cabe en este pasaje; es más, el mismo contexto nos dice que uno solo fue el que se condenó, no fueron pocos, fue uno solo de tantos convidados; luego salta a la vista la contradicción de aplicar ese “pocos” a los que se salvan porque el que se condenó, según la parábola, fue uno solo. Queda claro que esa no es la exegesis correcta aunque sea la más predicada, la más difundida y eso conviene tenerlo en cuenta para que veamos cómo el error se introduce por inadvertencia, por falta de preparación, por no profundizar y predicar sin estudio previo. Vale más decir no entiendo y con eso no me meto a dar explicaciones erróneas, porque aunque el fin sea bueno, no justifica como medio una explicación si no es buena, si no es correcta, si no está basada en el texto, porque el mismo ejemplo y el mismo texto me dicen otra cosa.
En otros pasajes no se dice si son muchos o pocos los condenados sino la mitad exactamente, como en el caso de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes; cinco se salvan y cinco se condenan. Entonces vemos que tampoco son muchos ni pocos sino exactamente la mitad, y quedamos así en que en esta parábola uno solo se condena, y en la de las diez vírgenes, la mitad se condena; luego no se le puede hacer decir al texto lo que el él por sí mismo no dice. Hay más, en otro pasaje de San Mateo se habla, en el capítulo 20, 16, anterior a este pasaje, haciendo alusión a las mismas palabras de “muchos los llamados y pocos los escogidos”, hablando de lo difícil que es encontrar el camino angosto que va al cielo –“ancho es el camino de la perdición”–; y de lo mismo en otro pasaje, también, se hace alusión.
Por eso, Santo Tomás en su comentario al evangelio de San Mateo dice que estas palabras, “muchos los llamados y pocos los escogidos”, se refieren a que los escogidos son los pocos que hacen buenas obras, los pocos que encuentran el camino angosto que lleva al cielo; en consonancia con esto que dice Santo Tomás haciendo alusión a los dos pasajes anteriores, el padre Castellani dice que en la elección divina hay muchos planos: los electos por antonomasia que son los santos, como diría Santo Tomás, los que hacen buenas obras pero de un modo heroico; después están los píos, los buenos, hay toda una gradación.
Esos pocos elegidos o escogidos no significa, necesaria ni literalmente que son los que se salvan, los elegidos de Dios en sus diferentes planos de bondad, de santidad, de perfección, que no son muchos sino pocos; pues muy pocos son los que “huyen del mundanal ruido para seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Es la historia de la lucha entre el bien y el mal; es mucho más fácil hacer el mal, pero es mucho más difícil vivir haciendo el bien, incluyendo a quienes nos hacen el mal, sabiendo perdonar y olvidar dejando el juicio a Dios. Esa sería una interpretación en sentido verdaderamente espiritual, sabiendo que todos estamos llamados, pero que dice “muchos”, justamente para no caer en esa interpretación rigorista y literal que toma escogidos y elegidos por salvados y que pensásemos que Dios afirma que son pocos; lo cual ya nos obliga a matizar y ese matiz lo damos tomando elegidos no por salvados, sino por los grados de elección divina que hay siendo varios planos y siendo los elegidos por antonomasia los santos, los que hacen buenas obras, que son pocos, los que encuentran el camino que lleva a la vida eterna, que es angosto y difícil. Pocos son los verdaderos santos.
También dice Santo Tomás que el camino espiritual es oculto porque es mucho más fácil el camino de la carne, del mal, de la pasión, mientras que las cosas espirituales son más difíciles y en ese sentido las Escrituras hablan de un camino o de una vía oculta; así quedaría resuelta esa gran dificultad que presenta este pasaje y el otro paralelo a éste cuando manifiestan las Escrituras que muchos son los llamados y pocos los escogidos o los elegidos.
Estaría en consonancia también con San Luis María Grignión de Montfort, como Santa Teresa, como San Juan de la Cruz, que muestran que son pocos los que llegan a esa perfección, a esa vida de unión con Dios, a esa santidad; que son pocos también los que sin llegar a ser santos son buenos. La interpretación de este pasaje nos muestra el interés que debe despertar en nosotros esa vida de santidad, esa vida de buenas obras, esa vida de unión con Dios a la cual Él nos llama como a unas bodas, pero que pocos, muy pocos consiguen y logran, porque realmente pocos son los que abandonan todo, los que desprecian todo para amar a Dios sobre todas las cosas y tenerlo a Él como su todo.
Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que como ninguna otra criatura estuvo más unida a Dios, a su Hijo que era Dios y al cual Ella dio la naturaleza humana, que tiene su carne, su sangre, sus huesos, y así unida por esa maternidad divina Ella estaba íntimamente ligada a Dios nuestro Señor; que Ella nos ayude para que podamos encontrar esa vía de la santidad y perfección y llegar a esa unión a la cual Dios nos llama. +
P. BASILIO MERAMO
14 de octubre de 2001
domingo, 27 de septiembre de 2026
DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
6 de octubre de 2001
domingo, 20 de septiembre de 2026
DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Vemos en este evangelio la permanente dialéctica, la permanente disputa entre la élite religiosa del pueblo elegido, los doctores de la Ley y nuestro Señor. Cómo estos doctores siempre estaban al asecho buscando a través de preguntas capciosas argumentos para apresarlo. Este doctor de la Ley le pregunta a nuestro Señor para tentarlo, cuál es el mandamiento más importante. Y nuestro Señor le responde: “¿Qué está escrito en la Ley?”. Este hombre, que conocía muy bien la Ley como perito, respondió magistralmente diciendo: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todo tu corazón”; es decir, con todo tu ser “y al prójimo como a ti mismo”. La respuesta fue excelente, nada más que los judíos entendían por prójimo a los suyos, a los familiares, a los allegados, pero no al resto de los hombres, y así todo lo echan a perder.
martes, 15 de septiembre de 2026
Nuestra Señora de los Dolores
Nuestra Santísima madre la Virgen María manifestó a Sta. Brígida que concedía siete gracias a quienes diariamente le honrasen considerando sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías:
* Pondré paz en sus familias.
* Serán iluminados en los Divinos Misterios.
* Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
* Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la voluntad adorable de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.
* Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y protegeré en todos los instantes de su vida.
* Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte; verán el rostro de su Madre.
* He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría.
(Rezar despacio, meditando estos dolores)
1º Dolor
La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús.
Virgen María: por el dolor que sentiste cuando Simeón te anunció que una espada de dolor atravesaría tu alma, por los sufrimientos de Jesús, y ya en cierto modo te manifestó que tu participación en nuestra redención como corredentora sería a base de dolor; te acompañamos en este dolor. . . Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos hijos tuyos y sepamos imitar tus virtudes.
Ave María,…
2º Dolor
La huida a Egipto con Jesús y José.
Virgen María: por el dolor que sentiste cuando tuviste que huir precipitadamente tan lejos, pasando grandes penalidades, sobre todo al ser tu Hijo tan pequeño; al poco de nacer, ya era perseguido de muerte el que precisamente había venido a traernos vida eterna; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos huir siempre de las tentaciones del demonio.
Ave María,…
3º Dolor
La pérdida de Jesús.
Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al perder a tu Hijo; tres días buscándolo angustiada; pensarías qué le habría podido ocurrir en una edad en que todavía dependía de tu cuidado y de San José; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que los jóvenes no se pierdan por malos caminos.
Ave María,…
4º Dolor
El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario.
Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver a tu Hijo cargado con la cruz, como cargado con nuestras culpas, llevando el instrumento de su propio suplicio de muerte; Él, que era creador de la vida, aceptó por nosotros sufrir este desprecio tan grande de ser condenado a muerte y precisamente muerte de cruz, después de haber sido azotado como si fuera un malhechor y, siendo verdadero Rey de reyes, coronado de espinas; ni la mejor corona del mundo hubiera sido suficiente para honrarle y ceñírsela en su frente; en cambio, le dieron lo peor del mundo clavándole las espinas en la frente y, aunque le ocasionarían un gran dolor físico, aún mayor sería el dolor espiritual por ser una burla y una humillación tan grande; sufrió y se humilló hasta lo indecible, para levantarnos a nosotros del pecado; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos vasallos de tan gran Rey y sepamos ser humildes como Él lo fue.
Ave María,…
5º Dolor
La crucifixión y la agonía de Jesús.
Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la crueldad de clavar los clavos en las manos y pies de tu amadísimo Hijo, y luego al verle agonizando en la cruz; para darnos vida a nosotros, llevó su pasión hasta la muerte, y éste era el momento cumbre de su pasión; Tú misma también te sentirías morir de dolor en aquel momento; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, no permitas que jamás muramos por el pecado y haz que podamos recibir los frutos de la redención.
Ave María,…
6º Dolor
La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto.
Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la lanzada que dieron en el corazón de tu Hijo; sentirías como si la hubieran dado en tu propio corazón; el Corazón Divino, símbolo del gran amor que Jesús tuvo ya no solamente a Ti como Madre, sino también a nosotros por quienes dio la vida; y Tú, que habías tenido en tus brazos a tu Hijo sonriente y lleno de bondad, ahora te lo devolvían muerto, víctima de la maldad de algunos hombres y también víctima de nuestros pecados; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos amar a Jesús como El nos amo.
Ave María,…
7º Dolor
El entierro de Jesús y la soledad de María.
Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al enterrar a tu Hijo; El, que era creador, dueño y señor de todo el universo, era enterrado en tierra; llevó su humillación hasta el último momento; y aunque Tú supieras que al tercer día resucitaría, el trance de la muerte era real; te quitaron a Jesús por la muerte más injusta que se haya podido dar en todo el mundo en todos los siglos; siendo la suprema inocencia y la bondad infinita, fue torturado y muerto con la muerte más ignominiosa; tan caro pagó nuestro rescate por nuestros pecados; y Tú, Madre nuestra adoptiva y corredentora, le acompañaste en todos sus sufrimientos: y ahora te quedaste sola, llena de aflicción; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, concédenos a cada uno de nosotros la gracia particular que te pedimos…
Ave María,…
Gloria al Padre .
LOS SIETE DOLORES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Era menester que el Cristo padeciese
y así entrase en la gloria.
(Lucas, 24, 26).
Esta fiesta la celebraban con gran pompa los Servitas ya en el siglo XVII y fue extendida por el Papa Pío VII en 1817 a toda la Iglesia, en memoria de los sufrimientos infligidos a la Iglesia y a su jefe visible por Napoleón I, y en acción de gracias a la Madre de Dios, cuya intercesión les había dado fin. El Evangelio de la misa nos recuerda el momento más doloroso de la vida de María, así como su inquebrantable firmeza: junto a la cruz de Jesús está de pie María, su Madre.
MEDITACIÓN LA VISTA DE LA CRUZ ES EL CONSUELO DEL CRISTIANO
I. Nada hay más consolador para un cristiano que poner sus ojos en la cruz; ella es quien le enseña a sufrir todo, a ejemplo de Jesucristo. Esta cruz anima su fe, fortifica su esperanza y abrasa su corazón de amor divino. Los sufrimientos, las calumnias, la pobreza, las humillaciones parecen agradables a quien contempla a Jesucristo en la cruz. La vista de la serpiente de bronce sanaba a los israelitas en el desierto, y la vista de vuestra cruz, oh mi divino Maestro, calrna nuestros dolores. No pienses en tus aflicciones ni en lo que sufres, sino en lo que ha sufrido Jesús. (San Bernardo)
II. ¡Qué dulce debe ser para un cristiano, en el trance de la muerte, tomar entre sus manos el crucifijo y morir contemplándolo! ¡Qué gozo no tendré, entonces, si he imitado a mi Salvador crucificado, viendo que todos mis sufrimientos han pasado! ¡Qué confianza no tendré en la cruz y en la sangre que Jesucristo ha derramado por mi amor! ¡Qué dulce es morir besando la cruz! El que contempla a Jesús inmolado en la cruz, debe despreciar la muerte. (San Cipriano)
III. Qué consuelo para los justos, cuando vean la señal de la cruz en el cielo, en el día del juicio y qué dolor, en cambio, para los impíos que habrán sido sus enemigos. Penetra los sentimientos de unos y otros. Que pesar para los malos por no haber querido, durante los breves instantes que han pasado en la tiera, llevar una cruz ligera que les hubiera procurado una gloria inmortal, y estar ahora obligados, en el infierno, a llevar una cruz agobiadora, sin esperanza de ver alguna vez el fin de sus sufrimientos.
El amor a la cruz
Orad por la conversión de los infieles.
ORACIÓN
Oh Dios, durante cuya Pasión, según la profecía de Simeón, una espada de dolor atravesó el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre, concédenos, al venerar sus dolores, que consigamos los bienaventurados efectos de vuestra Pasión. Vos que con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por los siglos le los siglos. Amén.





