San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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domingo, 23 de agosto de 2026

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

      


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el evangelio de hoy vemos la curación de los diez leprosos y el reproche que nuestro Señor hace ante la ausencia de los otros nueve, dado que sólo uno de los diez vino a agradecerle y a reconocerle como Dios. Todos los santos padres interpretan, como señala el padre Castellani, que es el evangelio de la gratitud y la ingratitud, y por eso nuestro Señor en cierta forma reprocha esa ingratitud de los otros nueve que no vinieron a presentarse.

No obstante, queda la dificultad, ya que fue nuestro Señor mismo quien les dijo que fueran a los sacerdotes, cumpliendo ellos lo que Él mismo les dijo y por lo cual el padre Castellani dice que además de ingratitud hay otro plano que apunta a la religión, a la conversión, a la fe; y ante ella no hay otro mandato, otro precepto, otro afán, otra obligación, nada. Porque a Dios no se le puede anteponer ninguna otra relación, ningún otro fin, ningún otro interés. Y por eso no es solamente la ingratitud lo que reprocha nuestro Señor, sino el no reconocer que el bien lo habían recibido a través de la mano de Dios.

El único leproso que se dio cuenta fue el que regresó a darle gracias y a adorar a Dios, por eso se postró sobre sus pies; es el gesto de adoración a Dios en Oriente y como antiguamente se estilaba, y es ese el otro aspecto que recalca y hace notar el padre Castellani, completando la exegesis común que hacen todos los padres refiriendo este milagro de hoy a la agradecimiento y desagradecimiento. ¿Y por qué es tan importante la gratitud? Porque todo lo que recibimos de Dios en el orden sobrenatural es gratis, no es debido. Y el mundo de hoy en su impiedad, en su herejía, hace de la gracia algo exigido por el hombre, por la dignidad del hombre, he ahí el Concilio Vaticano II.

Y todo es gracia, todo es regalado en el orden sobrenatural, y en el orden natural la vida, la existencia, etcétera; también son gratis, como muchas cosas que Dios nos da, no hay una exigencia, no hay una obligación de Dios, es completamente de balde, y eso hay que reconocerlo delante de Dios. No nos es debido, no hay una exigencia, y si la hubiera, entonces ya no sería gracia, ya no sería reconocimiento, gratitud.

Eso es lo que el hombre de hoy exige a Dios en su orgullo cuando reconoce la gracia, porque cuando no la reconoce simplemente le da la espalda. Teólogos como el cardenal de Lubac, honrado con ese título cardenalicio, fue quizás uno de los primeros herejes en ese sentido, en hacer de la gracia una cosa debida a la exigencia de la dignidad del hombre, eso es lo que enseña el Vaticano II. Luego rompe esa relación de lo gratuito de todo el orden sobrenatural, de lo gratuito de la gracia. Y por eso la importancia del reconocimiento; Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Nada atrae tanto las gracias de Dios como el ser agradecido”. Y el mundo de hoy es desagradecido, nadie da las gracias, todo le es debido al dios hombre: mis derechos, y eso comenzando desde los niños; los derechos de los niños que ya no le dan el asiento a un mayor, que no se saben retirar ante la conversación de un mayor si no se los llama, que no saben estar en su puesto, todo les es debido, y se convierten para colmo en las mascotas del papá o la mamá.

Por eso la mala educación del mundo moderno y toda la falta del principio de autoridad. El niño o el hijo no es agradecido con sus padres, con sus mayores, con sus maestros. No, es el rey, todo le es debido y es poco. Es un hecho palpable, y así no solamente con la juventud y los niños, sino también con los mayores, nosotros mismos creemos que todo se nos debe, nuestros derechos, sin deberes. Y ante Dios también estamos exigiéndole, y nos asemejamos así a la oración del fariseo y no a la del publicano que se reconoce indigno pecador.

Los Santos Padres interpretan y relacionan el Evangelio de hoy con la gratitud y la ingratitud, porque la ingratitud seca la simiente de donde emanan los bienes. ¿Cómo alguien va a dar a otro algo si al dárselo el otro piensa que le es debido y no que es simplemente una merced, una gracia? Y mucho más, si el que nos da es Dios, ¿cómo le vamos a exigir? Es un orgullo profundo.

Y el otro aspecto del que habla el padre Castellani, es el de la religión. ¿Por qué no vinieron los otros nueve sino nada más que uno sólo? Es el reproche que hace nuestro Señor, porque es mucho más importante que ir y tener el certificado legal que los incorporaba a la sociedad, pues los leprosos eran excluidos del comercio social con los demás, vivían por las afueras con una campanilla para que nadie se les acercase si no se daban cuenta de su proximidad; vivían excluidos, como excomulgados.

La lepra se podía sanar al comienzo (también podía haber falsa lepra), y si así sucedía, eran los sacerdotes los que certificaban que esos individuos podían volver a vivir en sociedad; pero nuestro Señor hace ver que todo eso queda de lado porque a Dios sólo hay que reconocerlo como tal y adorarlo, amarlo. A Dios se le alaba reconociendo sus beneficios, ¿y cómo se van a considerar sus beneficios, si los reconocemos como una exigencia? He ahí la contradicción; por eso es absurdo que el hombre moderno exija a Dios un beneficio, eso rompe toda alabanza; no puede alabar a Dios porque no lo puede reconocer como un beneficio sino como una obligación.

Eso es lo que hoy enseña la falsa religión instaurada dentro de la Iglesia, con ropaje de cordero, de oveja, para que el pueblo fiel no se dé cuenta y así el error circule; pero si vemos las cosas como son, deberíamos darnos cuenta. Debemos tener presente esa necesidad de reconocer con gratitud los beneficios de Dios para alabarlo reconociendo los beneficios que Él nos prodiga y así verdaderamente adorarlo. No como hoy que es un falso culto, es el hombre el que prima y no Dios; por eso la insistencia que vemos en la enseñanza de Juan Pablo II cuando va a todas partes diciéndole a la gente que Cristo vino para revelar al hombre, para mostrar lo que es el hombre, cuando es todo lo contrario. ¿Quién dice algo, quién osa decir que esa doctrina no es evangélica, no es de Cristo, no es de Dios, no es de la santa madre Iglesia? Cristo no viene a revelar al hombre ni a señalarle su dignidad, viene a mostrar la miseria del hombre, y viene a evidenciarnos su divinidad para que le adoremos y para que adorándole una vez convertidos, nos salvemos.

Hay una tergiversación profunda del mensaje evangélico y solamente se puede explicar en lo que éste anuncia, la pérdida de la fe, la gran apostasía, la falta de religión y la adulteración de la Iglesia católica. Hay una verdadera adulteración y por eso la necesidad de guardar el testimonio fiel de la sacrosanta tradición católica, apostólica, romana. Aunque muchos fieles, desgraciadamente, no se dan cuenta hasta dónde llega la lógica consecuencia, pero hay que insistir en ello, para mantenernos con una fe pura, inteligente para no caer en el error. Porque si los tiempos no son abreviados, aun los que poseen la buena doctrina caerían; tal es la presión. Y ésta es grandísima; es necesario advertir y alertar a los fieles.

No es que yo hable mal del Papa, como algunos fieles han pensado y no han tenido la valentía de decírmelo. Un católico jamás está en contra del Papa ni en contra del papado, pero también hay que tener claro que puede haber una usurpación, una inversión, una infiltración. El Apocalipsis habla de un pseudoprofeta que tiene la apariencia de cordero pero que habla como el dragón. Es más, si nos remitimos a lo que dice el venerable Holzhauser, gran exegeta reconocido por la Iglesia, que ya en los siglos XV y XVI, cuando escribió el comentario al Apocalipsis, advierte que hacia el final de los tiempos habrá un falso Papa; misterio, pero así habla él.

Ahora bien, no es a mí a quien toca determinar esas cosas, pero sí advertir, como lo han hecho los grandes exegetas que han vislumbrado la posibilidad de que haya un antipapa en la Iglesia; es lo único que trato de advertir sin hacer ningún juicio sobre la persona, prevenir para cuidarnos porque no es posible pontificar en el error. Eso lógicamente no es posible, la Iglesia es infalible en su enseñanza, en su fe y yo como católico, apostólico, romano, no puedo admitir que desde la cátedra de Pedro se pontifique en la herejía.

Ahora, ¿cuál es la explicación? ¿cuál es la solución? Yo no lo sé. Si al verdadero lo mataron y pusieron a otro, si hay un sosias o lo que sea, o un infiltrado; muchas son las posibilidades y es muy difícil saberlo, pero lo que sí tengo que saber como católico es que un Papa verdadero no puede pontificar en el error, tergiversando el evangelio y la palabra de Dios. Su misión es la de confirmar a sus hermanos en la fe y no en el error. En consecuencia, el gran desconcierto de los fieles es qué hacer ante esa patraña. Es muy difícil. Pero ahí está la sacrosanta Tradición, lo que siempre la Iglesia en materia de fe ha enseñado, lo que siempre enseñó, la fidelidad a sus dogmas. Dogmas que hoy están negados, cuando no puestos en duda y la Iglesia excluye la sospecha. Dudar de un dogma de fe ya es ser hereje; Dios es absoluto, no permite el recelo, no permite ese relativismo.

Por eso nuestro Señor hace ese reproche a los otros nueve: ¿dónde están? Como diciendo, ¿por qué no han venido también ellos a adorarme y agradecerme como tú lo has hecho? De ahí el significado, el sentido del evangelio de hoy. Nos demuestra, entonces, la responsabilidad de cada uno ante Dios: el cielo o el infierno. Porque de acuerdo con esa respuesta categórica se definirá por siempre nuestra existencia y hoy vemos que hasta al infierno se lo pone en duda o se lo niega, como se lo ha rechazado diciendo que es simplemente un estado del alma, pero que no es un lugar donde hay fuego.

¿Dónde queda el dogma de la Iglesia que dice que es un estado y que también hay un fuego eterno? Es evidente, y sin embargo, estas cosas que antes eran comúnmente aceptadas hoy son paladinamente cambiadas, puestas en duda. Nosotros no tenemos otro recurso más que el de la fidelidad a la sacrosanta Tradición de la Iglesia, y saber que ningún Papa, ningún cardenal, ningún obispo, ningún sacerdote, ni un ángel del cielo, como dice San Pablo, puede enseñar otro evangelio, otra doctrina. Eso dijo San Pablo, aun si uno de nosotros, es decir, uno de los apóstoles o un ángel del cielo viene y les algo distinto, sea anatema, sea excomulgado, queda fuera de la Iglesia. La garantía para pertenecer a la Iglesia Católica es mantenernos en la fe y la fe me la da la Iglesia, la de siempre, la de todos los Papas, y no la nueva que ha comenzado con Vaticano II, desconociendo la sacrosanta Tradición. Y no creo que nadie deba escandalizarse porque yo hable claro y diga la verdad a la luz de la fe y si me llegase a equivocar, pues que por lo menos, en honor a la caridad, tengan a bien venir y decirlo, pero no hacer labor de zapa, de socavar cuando se trata de dar la luz para que no caigamos en el error.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, porque Ella es también la garante de la fidelidad a nuestro Señor, la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, que hasta eso el demonio trata de eclipsar, de variar, de cambiar. Aun los gnósticos, aun los de la Nueva Era también hablan de nuestra Señora, y hasta los protestantes, cosa curiosa que nunca antes habían hecho. Pero no es la verdadera devoción, es la mentira mezclada con el error, y eso es muy difícil de detectar; tenemos que pedir la luz del cielo y agradecer cuando haya un sacerdote que con valentía y con toda sinceridad hable a los fieles, porque eso también es una gracia de Dios.

Por eso Dios les dijo a sus apóstoles que cuando no sean aceptados lo que queda por hacer es sacudir el polvo de sus pies e irse, pero no claudicar en su misión, no acomodarse al mundo, ni aun al gusto o al capricho de los fieles que están peor de lo que piensan, influidos y bombardeados trágicamente por un mundo impío y adverso a Dios. Ese siempre ha sido el lenguaje de los profetas, no el que halaga sino el que dice la verdad, pero ésta es de difícil aceptación.

De diez, uno solo reconoció la verdad y los otros nueve, ¿dónde están? Esperemos que en la hora de la muerte sigamos el ejemplo de este pobre leproso, que reconozcamos a nuestro Señor para que le adoremos en espíritu de verdad, en espíritu de fe y que este mundo corrompido que ha entrado en la Iglesia no nos destruya la fe y así podamos salvar nuestras almas. Es un problema de salvación, de santificación y no como algunos creen que “esto no es conmigo; total, yo me voy a salvar si sigo tranquilamente el camino más fácil”; seguir el camino más cómodo, sí, cuando todo anda bien en la Iglesia, pero cuando todo está al revés, ya es distinto y todo cambia; estos son los tiempos difíciles que nos toca vivir y que estamos viviendo.

Tenemos que recurrir de un modo mucho más intenso a nuestra Señora para que Ella nos proteja como a hijos pequeños suyos, porque todo es por gracia de Dios, no por exigencia. Reconocer los beneficios de Dios, por ejemplo, los de tener la Santa Misa tradicional, esta capilla y eso hay que reconocerlo y agradecerlo, ¿cuántos no andan por ahí buscando sin saber a dónde ir? Agradecer que somos católicos, que hemos nacido en tierras católicas, ¿qué tal haber nacido en China o en Japón, o en Suecia? Es un privilegio que hay que reconocer y más aún, mantenernos en lo que hemos recibido y no desperdiciar la gracia de Dios, que debemos transmitirla a los demás en la medida de nuestras posibilidades, y así ser más aceptos a Dios en medio de este acrisolamiento de la Iglesia, de la verdadera Iglesia reducida a un pequeño rebaño de Dios, como dice San Lucas.

Pidámosle a nuestra Señora para que seamos los fieles hijos de la Iglesia católica, apostólica, romana y así podamos permanecer leales a Ella y a Dios nuestro Señor. +

P. BASILIO MERAMO
18 de agosto de 2002

domingo, 5 de julio de 2026

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

     


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo tenemos el relato de la segunda multiplicación de los panes que llevó a cabo nuestro Señor. Milagro que repite en dos ocasiones como también repitió la pesca. Estas reiteraciones, como lo dice el gran glosador del siglo XX, desafortunadamente no reconocido como tal, el padre Castellani, eminencia de la Compañía de Jesús y expulsado vilmente habiendo sido el doctor más eximio, si se quiere, que haya tenido esta Compañía en América, pues su diploma lo hacía predicador y exegeta sin tener que someter sus escritos a la aprobación del nihil obstat cuando ésta existía, titulo otorgado por el papa Pío XII y que pocos en un siglo tienen. El padre Castellani decía que los milagros son parábolas en acción; y cuando Cristo repetía un prodigio era porque había un contenido y un significado y por eso no era el mismo milagro; nos advierte en esta ocasión que el doble prodigio invita a mirar la proporción inversa que hay: a mayor número de gente, menos panes y más sobras; a menor gente más panes y menos sobras. En una multiplicación había siete panes y comieron cuatro mil personas y sobraron siete canastos; en la segunda había cinco panes, comieron cinco mil personas, sobrando doce canastos.

Se debe hacer la siguiente reflexión, muy justa, que muestra que con menor cantidad de materia obra mayor efecto, hace más. Sabemos que la multiplicación de los panes no sólo significa la multiplicación de la eucaristía sino también la palabra de Dios y la predicación, y que a través de esa predicación y esa eucaristía nuestro Señor incrementa humildemente su reino, acrecienta su reino y que ese reino no necesita de muchas cosas, como podemos creer los hombres para difundirlo, sino que incluso con menos y con medios más pobres Dios puede obtener una difusión mucho más amplia como la que hizo en la segunda multiplicación, en la cual comió más gente y sobraron más canastos.

Comúnmente creemos que para predicar la palabra de Dios, hacer crecer su reino y convertir almas se necesitan grandes cosas. Es todo lo contrario, menos necesita Dios. Esos medios en los que estamos tentados a pensar que necesita la Iglesia y que han hecho mella en ella, son: la astucia política, el poder, la influencia, las riquezas. Mucha gente está tentada a creer que si tuviéramos esos recursos convertiríamos al mundo, y eso es un error, porque el mundo no se transformará por la política, el poder o la influencia ni las riquezas, sino por la táctica pobre y humilde de la predicación fiel del Evangelio. Lo único que sí necesita la Iglesia para evangelizar son los sacerdotes bien formados.


Por lo mismo, el padre Castellani decía que lo primero que necesita la Iglesia son sacerdotes bien instruidos para que puedan predicar fielmente la palabra de Dios; lo demás, como el prestigio, el poder, las riquezas y la diplomacia sobran, como también sobrarían la radio y la televisión. No convertiríamos a nadie por la televisión, la radio, las revistas y los medios de comunicación, como muy tentados estaríamos a caer. Otro asunto es utilizar esos medios como católicos en la difusión de nuestra cultura religiosa; pero la religión católica, la fe y la conversión de las almas se opera por la prodigiosa multiplicación de la palabra de Dios fielmente transmitida a lo largo de la tradición. Tal es el error y la confusión con respecto a la propagación de la palabra de Dios que vemos a la Iglesia aturdida en una propaganda estéril por la fe, absolutamente estéril.


Nuestro Señor se valió de sus doce apóstoles, pobres pescadores, ignorantes, pero hombres de principios, leales y nobles, porque se puede ser pobre y pescador pero noble, la virtud del hombre de bien. Así eligió a sus discípulos para que distribuyeran la palabra de Dios. Nos muestra en estas dos multiplicaciones de los panes cómo en las manos de los apóstoles se multiplicaba el pan y cómo no solamente de pan vive el hombre sino también de toda palabra de Dios. Entonces así se difundiría la palabra de Dios, por esa transmisión fidedigna que hoy no se tiene en cuenta y por eso la gran ruptura que hay al no darle importancia a la tradición, porque no se puede dar lo que no se tiene y no se puede tener lo que no se ha recibido; si los apóstoles no hubieran obtenido el pan de las manos de nuestro Señor no se hubiese multiplicado; para dar hay que recibir, y tiene que ser de Dios para poder dar transmitiendo fielmente las cosas de Dios.

Ahí está el problema cuando se origina una ruptura, un rechazo, un corte vertical con la Tradición. Monseñor Lefebvre, cuando era vil e insidiosamente atacado por la prensa o por los obispos que le reprochaban cínicamente el cisma, lo dijo en varias ocasiones: “Si hay un cismático no soy yo, son ellos; si hay un cisma no soy yo, son ellos quienes crean el cisma porque no puede haber una ruptura, ni una escisión en la transmisión fiel de la palabra y de la doctrina de Dios y de la religión de Dios que es la religión católica; el solo hecho de no tener en cuenta la Tradición y atenerse a ella origina esa ruptura, ese cisma”. Por eso Monseñor Lefebvre siempre se sintió el fiel transmisor de lo que había recibido y en su tumba y en su lecho de muerte mandó escribir: “He transmitido lo que recibí,como un simple y humilde siervo de Dios”.

Así debe ser todo sacerdote y todo obispo, todo el que ocupe un lugar en la jerarquía de la Iglesia para que así se multipliquen el reino y la palabra de Dios, la santa Eucaristía. Porque si estoy en ruptura con la tradición, con la concepción católica de la santa Misa, ¿cómo se consagraría?, ¿con qué intención?, si no es la santa Misa sino una cena donde se reúnen los amigos, y Dios está presente allí donde hay dos o tres reunidos en su nombre; eso no es la misa. Aquí estamos reunidos y sin embargo hasta que no se pronuncien las palabras de la consagración no hay misa, no hay presencia real y sin embargo aquí está presente Dios porque estamos más de dos o tres reunidos o en cualquier otro grupo, en la calle o en una plaza; pero esa presencia universal de nuestro Señor allí donde están sus discípulos no es la presencia sustancial que hay en su cuerpo eucarístico.


Ahí está el riesgo de invalidez de la nueva misa, que no es otra opción como creeríamos; hay riesgo porque no hay la garantía de la confesión sacramental justamente por tener otro concepto distinto al de la Tradición sobre la Misa y sobre el sacrificio. Tanto es así que no se lo ha querido definir como un sacrificio propiciatorio sino de alabanza, eucarístico, pero no donde hay inmolación.

La Misa se define como la renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario, la inmolación, pero no realizada físicamente sino incruenta y sacramentalmente. Acerca de esa tercera dimensión podríamos así decir: la dimensión natural, la dimensión sobrenatural y la tercera que es la sacramental, que conjuga esas otras dos dimensiones y que están en todos los sacramentos; por eso hay elementos del orden natural y elementos del orden sobrenatural que están conjugados en el sacramento; por eso se bautiza con agua, se consagra con pan y vino, pero también está la gracia del bautismo; pero asimismo está la presencia real y substancial de nuestro Señor en las especies del pan y del vino que ya no lo son sino que se convierten en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, junto con su alma y divinidad.

Es importante recordarlo para no dejarse llevar por el error y caer en cisma, en el cual automáticamente se cae si me sustraigo de la Tradición católica que es la que hace que la Iglesia de hoy sea la de mañana y no que haya una nueva Iglesia y una nueva religión que adulteran la palabra y el nombre de Dios, pues se valen de Dios para destruir su reino. Eso es lo satánico, lo terrible y lo difícil de entender y discernir; solamente a los ojos y a la luz de la fe se pueden sopesar y ver esto. Si no las vemos es porque nuestra fe es poca. Misterio de fe, hay que vivirlo, y éste se resume y sintetiza en la santa Misa y por eso esas palabras que estuvieron desde el principio, desde los apóstoles, han sido quitadas de la santa Misa –misterio de fe– ,por eso estaban incluidas dentro de las palabras de la consagración del vino, para expresar, para manifestar esa realidad.


Nuestro Señor necesita esa fidelidad de los apóstoles para que el reino de Dios se propague por su palabra y por su sacrificio. Esa es la explicación del doble milagro de la multiplicación de los panes, para que no creamos que necesitamos grandes cosas, sino que con las más humildes, con las más pequeñas se puede convertir al mundo si éste y los hombres quieren y si los apóstoles son fieles. Lo que se necesita es la fidelidad de los apóstoles bien instruidos; pero hoy falta educación religiosa, formación teológica y dogmática en el clero y, por tanto, pulula el error por doquier.


Desde luego que el pueblo se confunde si no hay doctores en la fe que por oficio son los obispos, los catedráticos de Dios. Los sacerdotes son auxiliares, ayudantes de esos doctores y catedráticos en la fe. El que predica en nombre propio es el obispo, mientras que el sacerdote, con su permiso, lo hace como un auxiliar. Faltan esa luz, esos doctores, esos obispos; por eso vemos el mundo que se cree católico sin esa luz de la fe, porque no hay doctores.


Son cuatro o cinco obispos fieles (cuatro, pues ya claudicó monseñor Lisinio quien era el quinto obispo consagrado junto con los cuatro de la Fraternidad); cuatro obispos para dar luz al mundo en la fe. Peor que la época de San Atanasio, porque este santo no estaba tan solo, se encontraba con San Hilario, San Basilio, San Gregorio y otros. Y es mucho peor que la herejía arriana que negaba la divinidad de nuestro Señor; hoy se refuta la santidad de la Iglesia católica, eso es lo que hace el ecumenismo, al colocarla en igualdad con las otras religiones. Es un nuevo arrianismo, mucho peor porque contamos con menos defensores de la fe y es mucho más universal el mal porque ahora abarca todo el mundo.


No por eso debemos claudicar en la multiplicación del reino y de la palabra de Dios, sino seguir siendo fieles a la sacrosanta tradición católica y propagar el reino de Dios y procurar no sólo nuestra salvación sino la de todas las almas.


Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, mantenernos fieles a la Tradición, salvar nuestras almas y las de todos los demás. +

PADRE BASILIO MERAMO
30 de junio de 2002

domingo, 3 de mayo de 2026

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

 

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este cuarto domingo después de Pascua de Resurrección, tiempo que es de consolidación de la Iglesia, antes de la Ascensión de nuestro Señor, después de los cuarenta días de su Resurrección, los apóstoles y la Iglesia reciben la consolidación que culminará con la venida del Espíritu Santo.

En el Evangelio de hoy veremos, pues, que los apóstoles están tristes porque nuestro Señor ya los estaba instruyendo sobre su Pasión, su muerte, su agonía. Y les anuncia la conveniencia de que Él se vaya al Padre para enviar al Espíritu Santo, al Espíritu de Verdad, al Paráclito, el consolador. Pero con esta palabra no está exactamente expresado el término, ni lo que quiere decir paráclito, que más que consolador, como dice el venerable padre Castellani, quiere decir: el que sostiene, nos reafirma, nos consolida desde adentro.

O sea, que no es ese sentido sentimental de consolación, de paño de lágrimas, sino de esa fortificación interna, espiritual, de solidez, firmeza de afianzamiento interior; eso es lo que traduce el término paráclito, la verdad, la palabra de Dios y que se manifestará en el Espíritu Santo.  Nuestro Señor quiere disipar esa tristeza pasajera de los apóstoles ante todo lo que Él les había anunciado. Pesar que de paso es inútil y malo, sobre todo cuando es profundo; la única aflicción buena y que viene de Dios es por el pecado, el dolor, el arrepentimiento de haberlo ofendido; toda otra viene del demonio y es mala, como la producida por cosas de este mundo, por no poseer bienes materiales, y una tristeza honda puede llegar a la misma muerte.

Debemos entender esta lección para no dejarnos llevar en este mundo por cosas inútiles, por el mismo demonio que nos vuelve tristes y nos deprime; y vaya si el diablo no aprovecha las depresiones para desequilibrar a la gente; de allí la necesidad de esa consolidación y afianzamiento interior más que consolación sentimental, que el hombre necesita y que Dios nos promete a través del Espíritu Santo, y con esa garantía darnos la alegría no solamente a los apóstoles sino también a nosotros.

Porque mucho más que decir nuestro Señor, pero no las dice, sino que las señalará a través del Espíritu Santo; por eso la urgencia de la Iglesia. No es como los protestantes, que cuentan solamente con la Biblia, pero no todo está en ella, en el Evangelio, sino también lo que se dirá a través del tiempo por medio del Magisterio infalible de la Iglesia, no para que nos hablen de lo que no es de la competencia de la Iglesia, sino de la Palabra de Dios y de allí la infalibilidad de la Iglesia cuando la transmite y para eso ha sido instituida en ese Espíritu de verdad, como dice Santiago apóstol en la epístola de hoy: “Nos ha engendrado con la palabra de la verdad”, la palabra divina.

Por eso el católico es verdadero, tiene que serlo, tiene que ir con la verdad por delante y por eso la mentira es odiosa a Dios y aun la venial porque falsifica la veracidad y nos prepara para que seamos de un espíritu falso como lo es el mundo, el demonio.

Antaño, un hombre se caracterizaba por ser una persona de honor, es decir, que se sostenía en la exactitud de su palabra, porque era palabra de hombre. Hoy eso no existe porque no hay verdaderos hombres, todo el mundo miente, disimula y eso no puede ser. Es faltar a la verdad y lo que es peor, cuando esos que mienten y disimulan son los investidos con la autoridad de Dios, como el clero, los curas, los sacerdote. Entonces, ¿qué se va a esperar de los fieles? Por eso no es admisible la mentira, ni aun la pequeña, descartando la mal llamada mentira piadosa, que no existe; distinto es que uno no pueda decir toda la verdad y entonces haga una restricción mental sin mentir. No dice todo o dice algo que es ambiguo, pero no una mentira que falsea la relación humana y la relación con Dios. Porque hemos sido engendrados en el Espíritu y en la palabra de verdad y por eso la asistencia y la necesidad del Espíritu Santo.

Pero para que viniera el Espíritu Santo nuestro Señor tenía que marchar, ascender de nuevo a los cielos, subir al Padre llevando su naturaleza humana en estado glorioso. El Evangelio nos dice que así el mundo se convencerá de la injusticia, o mejor dicho, de la justicia, porque va al Padre, porque Él es justo, es decir, es santo. Y los judíos no querían reconocer esa santidad, esa equidad de nuestro Señor. Entonces se convencerá el mundo de ello, porque va al Padre y lo que está con el Padre es justo y santo como el Padre eterno. Se convencerá de su pecado, de su iniquidad por no haber creído en nuestro Señor, por no haberlo aceptado, por no haberlo reconocido.

Ese es el pecado del mundo, el de los judíos, la perfidia judaica, el asesinato más grande, el de deicidio, matar a Dios por no haberlo reconocido. Y por ese yerro Satanás ya está juzgado. Muestra así nuestro Señor la victoria sobre el maligno, aunque a nosotros nos toque sufrir los coletazos diabólicos del infierno, pero sabemos que la victoria ya la obtuvo nuestro Señor.

Y entonces con esto no solamente anima a los apóstoles sino a nosotros durante todo el transcurso de este peregrinar, porque es un viaje. Ese el significado de las procesiones, no es dar el paseo por ahí para salir con banderas, sino para manifestar la fe en que vive el católico en este mundo, en esta tierra, porque la verdadera patria está en el cielo, donde está el Padre eterno, donde está nuestro Señor Jesucristo.

Nuestro caminar en la tierra tiene que estar entonces en consonancia con Dios, con su palabra, que hoy está siendo tergiversada, adulterada, profanada, violada y he ahí el gran drama de estos tiempos. Pero la verdadera Iglesia, el católico auténtico, conserva el espíritu de la verdad en el cual fue engendrado, como nos lo recuerda Santiago apóstol hoy en la epístola. Por eso hay que meditar, hay que leer el Evangelio, las Escrituras, o, por lo menos, reflexionar sobre  esos trozos o pasajes que corresponden a la Santa Misa, para que así nuestra espiritualidad se afiance y nos afirmemos en la verdad y no en la bobería, en la tontería; que tengamos legítimo espíritu conforme al Evangelio porque allí está la Palabra de Dios y así podamos atravesar este largo peregrinar que nos parecerá corto cuando haya acabado, cuando hayamos llegado al término.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen, que nos conserve hoy y siempre en este espíritu de verdad, en ese espíritu de Dios, en el Espíritu Santo que es el alma que vivifica a la auténtica Iglesia. +

P. BASILIO MERAMO
18 de mayo de 2003

domingo, 22 de febrero de 2026

Primer Domingo de Cuaresma

    


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con este primer domingo de Cuaresma comienza solemnemente el tiempo de sacrificio, de oración, de penitencia y de ayuno para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua de resurrección de nuestro Señor; por eso la Iglesia lo ha solemnizad, porque es especialmente sagrado. Por eso el demonio renueva sus ataques para que la gente y los fieles se disuadan de los ejercicios de oración, de ayuno, de penitencia y de sacrificios, pero los católicos estamos obligados a hacerlos para que nos asimilemos a los sufrimientos de nuestro Señor y para que la Cuaresma no se convierta, como en muchas partes, en un carnaval, en una parranda como si fuésemos animales que sin uso de razón vivimos según la carne y lo que la halaga. Maldita sea si esa es nuestra opinión de ser católicos porque otra muy distinta es la de la Iglesia.

La Iglesia misma en este día expone ante nosotros la tentación de nuestro Señor en el desierto, es decir, en la soledad, en una montaña no lejos de Jericó; no nos imaginemos un yermo como el Sahara sino una montaña solitaria; lo digo porque cuando conocí ese lugar me extrañó mucho, pero efectivamente sí es un desierto en la montaña, en la soledad y eso es lo que significa en definitiva, sobre todo espiritualmente; ese alejamiento que buscó nuestro Señor antes de comenzar su vida pública, preparándose con ese gran ayuno de cuarenta días y de cuarenta noches, no era ningún misterio, porque antaño ya lo habían hecho Moisés, San Elías y muchos otros.

Hoy que se ha perdido esa sabiduría sacerdotal y pareciera imposible, haciéndole decir tonterías a grandes exegetas como Salmerón o Ricciotti, quien desgraciadamente se apoyó en San Ambrosio. Sin embargo, de allí, de esos cuarenta días Mahoma sacó el Ramadán, atenuándolo, pero es muy probable que él haya hecho ese ayuno, porque naturalmente es posible, sin que se necesite un milagro.

Dice el padre Castellani, que es sin duda uno de los más grandes exegetas del siglo XX, aunque desconocido por la gran mayoría y despreciado por sus mismos compañeros y sacerdotes; pero ha sido una luz de exegesis sobre la cual debiéramos apoyarnos, sobre todo hoy. Al hablar de eso, menciona que si era una cuestión puramente divina él sería Dios porque ya lo había hecho, lo que dejaba en ridículo a otros exegetas por la ignorancia que a veces pulula y campea aun entre aquellos de mayor sabiduría y prestigio teológico en la Iglesia; porque la ignorancia desgraciadamente no respeta a nadie y por eso debemos cuidarnos de ella porque es atrevida y, entonces, nos hace decir estupideces.

También dice el padre Castellani, para explicar esta triple tentación de nuestro Señor, que no solamente el demonio quería hacerlo caer y pecar, sino que principalmente quería sacarse la gran duda que tenía de saber si era o no el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, porque eso significa Cristo. El demonio, como vemos en el evangelio de hoy, conocía las Escrituras al dedillo, como lo hacen los protestantes, pero sin fe y por eso no creía; tenía esa gran duda, aunque ya lo había visto, no solamente en el desierto sino cuando fue la hora del bautismo en el Jordán por San Juan Bautista, cuando el Padre Eterno dice que Jesús es el Hijo amado en el cual ha puesto todas sus complacencias. El mismo San Juan Bautista había dicho “yo no soy digno de atar la correa de su sandalia”, y lo había señalado como al Cordero de Dios, al Agnus Dei.

Satanás sabía todo esto, por ello podemos preguntarnos por qué no creía, si nosotros con lo mismo o menos lo sabemos. La diferencia abismal es que el demonio no puede creer, no puede tener fe, está condenado. Y es más, los ángeles o creían, en un solo acto libre de amor a Dios, o se pervertían; esa fue su gran tragedia, sin que haya para ellos la posibilidad de la redención por la misma excelencia de su naturaleza angélica y espiritual que ve todo el bien y todo el mal de un solo golpe, y no como nosotros, de a poquito. Por eso Dios nos permite que podamos echarnos atrás y arrepentirnos viendo el mal y reconociéndolo aun después de haber pecado libremente.

Como hace ver el padre Castellani, Satanás tentó a nuestro Señor, no de sensualidad como dice la gran mayoría de los exegetas modernos, eso sería un desatino, inducir a un gran hombre religioso del desierto sensiblemente, sino que había que hacerlo espiritualmente con la soberbia, con el orgullo que es mucho peor que lo sensible, que lo sensual, que la concupiscencia de la carne; lo provocó con el orgullo, con la soberbia que no se ve, que no se manifiesta, que no se palpa pero que es peor; así, entonces, a través de esa triple tentación, de ese triple ataque quiere ver si en definitiva era el Mesías, el Enviado, el Ungido de Dios y por eso lo tienta con el pan, después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, en el momento neurálgico y más crítico en que debía romper el ayuno se lo ofrece. Le dice que convierta las piedras en pan y nuestro Señor le responde magistralmente: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios”.

El verdadero alimento es la palabra de Dios. Derrotado entonces en este intento Satanás, como dueño y amo del mundo o del universo, o por lo menos de esta tierra, atrevidamente, lo transporta de esa montaña cerca de Jericó a Jerusalén, a una distancia que puede ser de veinte o treinta kilómetros; lo lleva y lo pone encima del pináculo del templo y le dice que se tire porque escrito está que “los ángeles no dejarán que tropiece tu pie”, sino que ellos Le recogerían antes de que se hiciera daño al llegar abajo.

Pero nuestro Señor, ni lento ni perezoso, le responde y le replica: “También escrito está, no tentarás a Dios”; porque pedir milagros imprudentemente, indiscretamente, precipitadamente, es tentar a Dios. Cuántos no lo hacen, diciendo: “¿Por qué Dios no hace que me gane la lotería si estoy en la miseria”, “por qué Dios no cura a mi hijo que tiene cáncer o a mi madre o a mi padre”, o lo que sea. Y porque no les hace ese favor se ponen en contra de Dios y de la Iglesia por orgullo, cuando la enfermedad, la calamidad debiera acercarnos a Dios suplicantes y si Él quiere y nos conviene para la salvación de nuestra alma, entonces que se produzca la sanación si fuere el caso. Pero, ¿qué haría yo con ganarme la lotería?, ¿para malgastarla en un casino; para prostituirme en prostíbulos, para holgazanear en el mundo, para hacer maldad creyéndome todopoderoso, o abusar de la salud? Dios no obra muchos milagros que podría hacer porque sencillamente no nos convendría o a nosotros o a esa persona a la que queremos que se le haga.

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios”, “no tentarás a tu Dios” le responde nuestro Señor. Queda Satanás por segunda vez destrozado, derrotado. Pero el muy pérfido vuelve insidiosamente, no se da por derrotado, sino como una mujer; por eso dicen los Santos Padres que es peor la mala mujer que el mal hombre.

Vuelve Satanás una tercera vez para quitarse la duda y si no para hacerse adorar; lo toma y lo lleva a un monte muy alto y le muestra todas las riquezas, pompas, glorias y poderes de este mundo y le dice que todo eso se lo daría si él le adorase. ¡Qué atrevido, qué sinvergüenza! Y eso que era una de las criaturas más excelsas, más inteligentes, quizás como dicen algunos Santos que era el ángel de luz por encima de todos y por eso su nombre Luzbel, luz bella, y quien sin embargo claudicó por la soberbia.

Podemos preguntarnos cómo tenía tanto poder al ofrecerle esas riquezas, cómo fue que nuestro Señor no lo desmintió ni le dijo ¡mentiroso, eso no es tuyo sino que es de Dios!, sin necesidad de haberle dicho que era suyo, porque en cierta forma, como dicen los Padres de la Iglesia, el mundo, el universo, o por lo menos esta tierra, este planeta, este sistema solar, o esta galaxia pertenece de algún modo a Satanás que fue predestinado para que fuera él quien gobernara esta maquinaria terrenal y por eso es el príncipe de este mundo, por eso tiene poder material físico, ese espíritu sobre las cosas, sobre la naturaleza. Por eso se dan las infestaciones, las posesiones demoniacas, diabólicas y de ahí también entonces la necesidad de los exorcismos y las bendiciones.

Finalmente, nuestro Señor le responde: “¡Vade retro, Satana!”, ¡retírate!, ¡hacia atrás, Satanás!, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás.” Nuestro Señor tampoco le responde ni le dice: “Yo soy ese Dios”, sino que le contesta con esta otra parte de la Escritura que afirma que solamente a Dios se le debe adoración.

Vemos que en esta triple tentación, la primera, que nos queda a nosotros, a la Iglesia, a la parte humana de la Iglesia, a los hombres, procurarse bienes materiales a través de la religión. Primera tentación en la que vemos ya ha caído la jerarquía actual, preocupada por los bienes terrenales, por el pan, creando la dialéctica, interpretando el Evangelio en esta forma; de allí la teología de la liberación y todos los comunistas que han salido del seno de la Iglesia, los curas, los jesuitas y digo los estos, no porque los dominicos o los franciscanos no lo sean, sino porque ellos, siendo más poderosos, fueron pregoneros de la revolución en América como en Chile, Colombia, Guatemala donde usan la religión para procurar bienes materiales.

Segunda tentación: procurarse el prestigio y el poder, el imperio, el mando a través de la religión; y ¿no vemos eso hoy? Los obispos pavoneándose como grandes sabios cuando viven en el error; los sacerdotes, las monjas, todo consecuencias del Concilio Vaticano II, cambiando la faz de la Iglesia aprovechándose de la religión; la misma jerarquía, en países laicos y masones como Francia, como ver al cardenal Lustiger amigo de ese gobierno masón ha impedido que todos los bienes que los fieles han donado a su muerte para la Fraternidad de San Pío X pudiese recibirlos. Son hechos.
Y así, cuántos otros usando el poder, el prestigio, la fama en provecho propio, se procuran poder a través de la religión. Por ello mucha gente se aleja de la Iglesia escandalizada y muchos se vuelven protestantes, ateos, o comunistas.

Y, ¿no es en el mismo orden en que utilizan el poder desde el Vaticano para destruir a un obispo fiel como monseñor Lefevbre y para someterlo bajo una falsa obediencia a que sea como ellos? Porque hasta eso le propusieron: comprarle un palacete para que viviera como un cardenal, o mejor quizás, y se quedase tranquilo viviendo de vacaciones; eso le pidieron cuando era Superior de los padres del Espíritu Santo para que no predicara la verdad. ¿Eso no es acaso utilizar el poder en contra de la religión y de la verdad? ¿No es en gran parte lo que San Pablo en la epístola de hoy ha dicho, “consideraos como últimos, como si nada tuviésemos, como castigados cuando todo lo tenemos”?, cuando estamos en la verdad; eso nos pasa a los fieles que continuamos firmes en la Tradición. Y no se olviden: cuando se sientan tentados, lean la epístola de hoy para que se vean en cierta forma reflejados en esta gran persecución de Satanás, que en definitiva ha entrado en la Iglesia, como lo dijo Pablo VI, y hoy estamos viendo los frutos.

Tercera tentación. En las anteriores ya ha caído la gran parte de la jerarquía oficial porque nadie se atreve a decir y a predicar lo contrario; la tercera tentación diabólica, perversa, de adorar a Satanás, ¿lo logrará? He ahí el gran misterio de iniquidad. He ahí la abominación de la desolación en el lugar santo, ¿logrará hacer que la Iglesia en su contexto humano adore a Satanás? Tal vez esté por producirse, por verificarse. Y no me hago el profeta, sino que sencillamente sigo la exegesis de la Iglesia, lo que nuestro Señor dice en los evangelios: “Cuando vuelva, ¿encontraré fe...?”.
¿Qué hará el anticristo que se sentará en Roma?, porque así lo dice nuestra Señora en La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del anticristo”. ¿Para qué? Para hacer adorar en definitiva a Satanás, y por eso la gran apostasía, la gran tribulación de los últimos tiempos en los cuales vivimos y en los que, lejos de aterrarnos, con fe y esperanza debemos enfrentar. Hay que enfocar esa realidad que nos está tocando vivir y no pasárnoslas viendo televisión y leyendo revistas que por muy buenas y muy verdaderas no dejan de ser estupideces en comparación con todo lo que está involucrando a la Iglesia a punto de caer, en su parte humana, en esa terrible y demoniaca tercera tentación.

Que no nos demos cuenta es el colmo, porque no hay quien lo predique, quien lo diga, quien lo clame. ¿Por qué? Por cobardía, ignorancia, estupidez humana, o lo que fuera. Por eso el padre Castellani ha sido uno de los grandes exegetas del siglo XX, porque lo avizoró, lo dijo y lo anunció y por ello fue desterrado de la Compañía de Jesús cuando era el teólogo, el doctor sacro bulado por Pío XII.

Para que nos hagamos una idea, eso le permitía predicar y escribir sin el nihil obstat, como doctor sacro de la Iglesia universal. Y, ¿cómo murió? Recluido en un apartamento de dos habitaciones llenas de libros, pero aislado, difamado; se le había prohibido decir la Misa durante muchos años, casi lo vuelven loco en Manresa. Así trataron a este doctor por señalar con el dedo lo que ahora les estoy diciendo y por eso, mis estimados hermanos, esta triple tentación debemos meditarla hoy más que nunca, y tener cuidado porque Satanás no llegará a hacerse adorar de golpe, necesitará primero quitar la esencia a la religión católica. Por eso vaciará el culto de la Santa Misa, de los sacramentos, de la doctrina, de las verdades católicas, de los dogmas. Lo que se viene haciendo desde el Concilio Vaticano II, con toda la innovación revolucionaria de la liturgia y de la teología.
Satanás necesita un culto falso, vaciado de su contenido para lograr que le adoren, que la Iglesia en su contexto humano caiga en la tercera tentación y le alabe.

Pidamos a nuestra Señora que nos ayude a meditar y tener presente todo esto para que permaneciendo siempre fieles adoremos a nuestro Señor Jesucristo y no a otro. +

PADRE BASILIO MERAMO
9 de marzo de 2003

domingo, 7 de diciembre de 2025

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

La liturgia de este domingo quiere prepararnos como siempre para la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. Es una especie de Cuaresma, como bien se explica en los misales de Dom Gaspar Lefebvre, gran liturgista. Y la Iglesia nos presenta en este tiempo de Adviento a San Juan Bautista, ese gran profeta que señaló el advenimiento de nuestro Señor en persona: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, “Yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”, señalando el Bautista con el dedo al Mesías anunciado, los tiempos de salvación, este Mesías que haría milagros evangelizando a los pobres, resucitando a los muertos, haciendo ver a los ciegos, caminar a los cojos; que por eso nuestro Señor les dice a los discípulos para que le dijeran eso a San Juan, para que ellos se dieran cuenta de que el Mesías estaba allí, que Él era el anunciado.

Pero surge un inconveniente, porque el Evangelio nos dice que San Juan Bautista, estando en la cárcel próximo ya al martirio (por recriminar y no aceptar el contubernio a Herodes con la esposa de su hermano), mandó a preguntar quién es Él. ¿Cómo, pues, va a mandar él a sus discípulos a preguntar quién es, si él sabía muy bien quién era? Y tanto lo sabía que desde el vientre de su madre, a los seis meses, fue santificado, es decir, quitado el pecado original, y que por eso saltó de gozo. ¿Cómo es que ahora va a mandar a sus discípulos a que le pregunten quién es? Pues sencillamente para que ellos supieran quién era Él, pues San Juan lo sabía muy bien, para que sus discípulos ya se destetasen de él y siguieran a nuestro Señor, puesto que San Juan gozaba de gran autoridad.

Tanto así, que nuestro Señor le pidió que lo bautizara, a lo que San Juan responde que quién era él para bautizarlo, que Él no tiene necesidad. Y nuestro Señor le dice con el gesto: “Calla y haz lo que te digo”, para mostrar la autoridad religiosa de la tradición, que aunque nuestro Señor no lo necesitaba, pero sí para que el pueblo viera, los discípulos y la gente supieran que nuestro Señor no era un advenedizo y que había una continuidad religiosa.

Así, entonces, San Juan, sabiendo próxima su muerte, quería que por fin sus discípulos dejaran de ser los suyos para que siguiesen al Señor y la mejor manera era mandándolos a que preguntasen y entonces entendieran por la respuesta; más que para San Juan, era para los discípulos. Y nuestro Señor comienza después a elogiar a San Juan: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña mecida por el viento? ¿Un hombre que viste fina y delicadamente?”. Todo lo contrario, un hombre que vive en el desierto, que viste sencillamente, que come poco, un hombre que se sacrifica, no un burgués que está en un palacio cómodamente, sino alguien que como buen profeta lleva una vida de sacrificio y penitencia, tan elevado que ha sido puesto como un ángel delante de nuestro Señor para que vaya señalando el camino. Esa es la grandeza de San Juan el Bautista como profeta del Nuevo Testamento, que señala al Señor en su primera venida, mientras que San Juan Evangelista, como profeta del Nuevo Testamento, señala la segunda venida de nuestro Señor en gloria y majestad. Dos Juanes que señalan los dos eventos de nuestro Señor, el de su primera y el de su segunda venida.

Y al decir nuestro Señor que “no hubo hombre más grande que él”, se refiere a los hombres del Antiguo Testamento, pues a continuación dice: “Y el más pequeño en el reino de los cielos es mayor”, con lo cual nuestro Señor balancea esa grandeza de San Juan Bautista, es decir, que lo pone como el santo más grande del Antiguo Testamento, nada más. De allí han salido muchas discusiones, una de ellas es si San Juan Bautista era el santo más grande de todos. Como dice el padre Castellani, es inútil discutir sobre ello, pero sí queda muy difícil dejar eclipsar la imagen de San José como santo del Nuevo Testamento.

Podemos resumir así: San Juan Bautista como hombre es el más grande santo del Antiguo Testamento, mientras que como profeta se inserta en el Nuevo Testamento tocando con el dedo a nuestro Señor en su primera venida. Luego sigue siendo como profeta del Antiguo Testamento Moisés, mientras que San Juan Evangelista es el profeta más grande del Nuevo Testamento al señalar la segunda venida de nuestro Señor o Parusía. San José sería el santo más grande del Nuevo Testamento por su virtud y pureza. Por eso la Iglesia nos presenta a San Juan Bautista como ejemplo de santidad, de abnegación, de sacrificio, de firmeza, para que nos preparemos en esta pequeña Cuaresma a festejar santamente la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Por otra parte, en la epístola San Pablo nos exhorta a recibirnos los unos a los otros con caridad, sabiéndonos soportar, perdonándonos, aceptando los defectos del prójimo para que no caigamos en lo mismo o quizás en un defecto peor; que tengamos esa armonía tratando de ser mejores, corrigiéndonos, no pensando que somos así y que así seguiremos. Es un grave error pensar que Dios nos ha hecho como somos, pues traemos el lastre del pecado original, toda la maldad, la miseria, los defectos que nos quedan después del bautismo, que Dios deja para con su gracia adquirir la virtud combatiendo esas miserias; esa es la obra de santidad que cada uno tiene que realizar a lo largo de toda la vida: lograr la virtud y la verdadera santidad.

Debemos leer las Escrituras, que son objeto de consolación y de esperanza, para que no vivamos distraídos con tanto periódico y televisión, que no hacen más que fomentar lo impúdico, pues la inmoralidad no es normal, como ver novelas en las que se estén besando; dos esposos que se besen en la vía pública pecan aunque sean esposos, porque hay cosas que son lícitas pero en privado (nadie hace una necesidad en la vía pública a menos que esté loco), y porque lo veamos en la televisión y en la calle, ya lo aceptemos como costumbre y pensemos que no pecamos.

En pecado no podríamos comulgar; y si creemos que sí podemos hacerlo es porque hemos perdido la sensibilidad frente a lo malo, a lo impúdico, indecente, pecaminoso, por el bombardeo permanente que nos cambia el pensamiento de cristiano a pagano.

Nuestro entretenimiento no debe ser pecaminoso, lujurioso; si se ven durante horas esas cosas, cómo van a decir que no hay complacencia y por placer se peca aunque no se lo quiera. Y eso que no me refiero a las atrocidades que salen en televisión y en los medios de comunicación, que dan vergüenza, ofenden la moral y la inocencia de los niños. Porque, ¿cómo los vamos a educar? Por cierto hoy que ya no se educa a los niños en la virtud, sino en el capricho, que haga lo que quiera: --le compro esto para que esté entretenido, contento--. Debe ser todo lo contrario, hay que enderezar al niño como a un animalito, al principio domesticarlo, que aprenda a no alimentar el su egoísmo, su voluntad, su capricho.

Qué virtud se le puede enseñar si es un caprichoso que se cree un Napoleón, que todo se somete a su voluntad y a su imperio y si no, llora, les hacen una caricia y lloran y el papá se ofende; es un niño que no está de acuerdo con el medio ambiente y la culpa es de los padres y el niño, pobrecito; porque estamos muy lejos de la virtud; totalmente sumergidos en un mundo adverso y contrario a Dios y a la Iglesia. Por eso los consejos de San Pablo, la lectura de la Sagradas Escrituras, objeto de consolación y de esperanza, para que el Dios de la esperanza nos proteja y así poder vivir cristianamente en un medio que cada vez es más anticatólico y demoníaco.

A propósito de demoníaco, hoy, para ser un buen literato hay que ser brujo, como la tonta que hizo los libros de “Harry Potter”, vendidos por millones. Así, que si me convierto en bruja como ella, iniciada en los misterios de la magia y de cuanta cosa hubo en el paganismo y en la gnosis, soy la persona más rica de Inglaterra y que gana más premios y vendo más libros, literatura que los niños devoran porque hay un encantamiento, una sugestión del demonio. No creamos que hay cosas que porque atraen son buenas; el demonio tiene también su seducción; así que si un libro de cuatrocientas páginas no le aburre y sí le aburre leer una página de cualquier texto más o menos decente y no nos damos cuenta, es una prueba de lo demoníaco hecho obra de literatura, de alabanza y de riqueza.

Tengamos en cuenta esto para no caer y saber explicarles a los niños y a los no tan niños, porque también los jóvenes y los adultos caen. Lo peor es que los niños quedan iniciados en la magia, en la brujería, en el misterio de lo satánico. Esta mujer quién sabe qué pacto ha hecho con el demonio para que le dé toda esa ciencia del mal o es que es boba y deja inspirar su pluma directamente por el demonio, lo que también puede ser. Pues bien, en vez de tener ese tipo de lectura literatura, tengamos cosas buenas, santas y empecemos por la Sagrada Biblia, la palabra de Dios que consuela y da esperanza.

Pidamos a nuestra Señora para que Ella nos asista, nos ayude a perseverar en el bien y la verdad y lograr así la santidad. +


PADRE BASILIO MERAMO.
9 de diciembre de 2001

domingo, 19 de octubre de 2025

DOMINGO DECIMONOVENO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

   


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Vemos cuántas veces en las Escrituras aparece la imagen de las bodas, de las fiestas, de los convites, y nos podemos preguntar el por qué pareciera que a Dios le place tomar esa imagen, aunque aquí en ésta vemos también lo desmesurado de la parábola, y el fin, diciendo: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”, que presenta bastante dificultad para interpretarla. Pues bien, no olvidemos que en los convites, en las bodas, se manifiesta la alegría, la caridad, la amistad, la generosidad de compartir un momento crucial de la vida con el prójimo, con los conocidos, con los familiares, y esa es la razón por la cual se toma muchas veces esa imagen de los festines y de las bodas.

También recuerdan las bodas esa unión de nuestro Señor como Verbo Encarnado en la naturaleza humana, unión entre el Verbo y la naturaleza humana, la unión que hay de nuestro Señor con el alma, entre nuestro Señor y su Iglesia y entre la Iglesia y nosotros; todo eso asemeja esa unión de las bodas.

Y vemos cómo los invitados no acuden, no hacen caso. El rey manda a buscar por las calles, buenos y malos, y cómo se escandaliza, se enoja porque uno solo es hallado sin vestidura nupcial y lo manda afuera, donde es el llanto y el rechinar de dientes. Nos asombra, pero hay algo de ello referido al pueblo judío quien fue el primero, el llamado en primer lugar y no aceptó, es más, ultrajó y mató a nuestro Señor. Y los llamados después, buenos y malos, son los gentiles, los otros pueblos distintos al pueblo judío; así que en la significación de la parábola es clara la alusión. Vemos además en otros pasajes donde dice que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros”. Pero lo que más asombra es cómo el rey saca de entre todos estos convidados a uno solo; termina rematando la parábola “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Es quizás uno de los pasajes más difíciles de interpretar por los errores a que ha dado lugar, y el primer gran error cometido por la predicación común es el de decir enseguida que se refiere a que no todos se salvan porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, siendo los que se salvan pocos. Esa es la interpretación común, de la que desgraciadamente los jesuitas han hecho una bandera, con el ánimo bueno de querer convertir a la gente, pero yo no puedo convertir a la gente con cosas que no son ciertas, ni reales ni verdaderas.

Puede ser que se salven pocos o que se salven muchos, en realidad y con exactitud nadie sabe si se salvan los muchos, otra cosa es que presumamos por los hechos y acontecimientos que vemos. Cuánta gente vive en el pecado y si muere en ese estado se condena; pero de allí a hacer de este texto la palabra infalible de que son pocos los que se salvan, es una tontería exegética, porque sencillamente si se toma de modo literal sería un grave error, ya que muchos no son los llamados, sino que son absolutamente todos. Entonces ya vemos que esa interpretación al pie de la letra no se puede aplicar, pues el evangelio estaría cometiendo un error gravísimo.

Las Escrituras y nuestro Señor no han querido decir nada explícitamente, luego es un error interpretarlo de ese modo, quizás con buenas intenciones, y puede ser que muchos nos condenemos, pero lo que no puede decirse es que esa afirmación es normal, y está basada en las Sagradas Escrituras, porque cuál no sería la desesperación si el mismo Señor misericordioso nos dice que vamos a ser pocos los que nos salvamos realmente, y sobre todo viendo el mundo cómo anda se haría más pesada nuestra cruz, por eso es un error grave. Está bien que el miedo al infierno sea una espuela, un acicate, un aguijón para que no pequemos, pero otra cosa es que hagamos decir a las Escrituras tonterias en el nombre de la palabra de Dios y que eso campee como cátedra normal dentro de la Iglesia y que los predicadores, como vedettes de turno, se repitan unos a otros sin profundizar en las Escrituras y lanzándose a predicar sin pensar en lo que dicen, sin suficiente preparación.

Es un deber prepararse para predicar pues la gran crisis que vivimos hoy, esa degeneración en el clero, es por falta de instrucción doctrinal y espiritual, instrucción moral porque lo uno va con lo otro.

Querer interpretar este pasaje literalmente es absurdo, además, porque no son muchos los que son llamados, son y somos todos los hombres, sin excepción. Dios no llama a unos a salvarse y a otros a condenarse, esa es la herejía del protestantismo de Lutero, el mismo error que cometió Calvino con la predestinación, según la cual unos son determinados al cielo y otros al infierno. “Los que tienen dinero y son ricos y poderosos como los gringos y los pueblos anglosajones del norte; esos se salvan y los pobres del sur, los colombianos, los latinoamericanos y pueblos del sur, esos son unos bobos que se condenan porque la gracia de Dios y la predestinación de Dios se ve en las riquezas; es el poder que Dios les da en este mundo”; esa es la mentalidad protestante derivada del judaísmo.

La famosa historia del Santo Job, “tú eres culpable porque has perdido las riquezas, luego Dios te ha castigado porque eres un maldito”, y el Santo Job decía: “Puedo ser pobre y, sin embargo, no ser un maldito”, porque la gracia de Dios no se palpa en las riquezas ni en el poder de este mundo como creen los judíos y las naciones judaizadas; error gravísimo porque solamente se predestina al cielo y no al infierno; entonces no son muchos los llamados al cielo, a la vida eterna sino que somos todos, aunque no todos desgraciadamente respondamos.

Vemos entonces que la interpretación al pie de la letra, no cabe en este pasaje; es más, el mismo contexto nos dice que uno solo fue el que se condenó, no fueron pocos, fue uno solo de tantos convidados; luego salta a la vista la contradicción de aplicar ese “pocos” a los que se salvan porque el que se condenó, según la parábola, fue uno solo. Queda claro que esa no es la exegesis correcta aunque sea la más predicada, la más difundida y eso conviene tenerlo en cuenta para que veamos cómo el error se introduce por inadvertencia, por falta de preparación, por no profundizar y predicar sin estudio previo. Vale más decir no entiendo y con eso no me meto a dar explicaciones erróneas, porque aunque el fin sea bueno, no justifica como medio una explicación si no es buena, si no es correcta, si no está basada en el texto, porque el mismo ejemplo y el mismo texto me dicen otra cosa.

En otros pasajes no se dice si son muchos o pocos los condenados sino la mitad exactamente, como en el caso de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes; cinco se salvan y cinco se condenan. Entonces vemos que tampoco son muchos ni pocos sino exactamente la mitad, y quedamos así en que en esta parábola uno solo se condena, y en la de las diez vírgenes, la mitad se condena; luego no se le puede hacer decir al texto lo que el él por sí mismo no dice. Hay más, en otro pasaje de San Mateo se habla, en el capítulo 20, 16, anterior a este pasaje, haciendo alusión a las mismas palabras de “muchos los llamados y pocos los escogidos”, hablando de lo difícil que es encontrar el camino angosto que va al cielo –“ancho es el camino de la perdición”–; y de lo mismo en otro pasaje, también, se hace alusión.

Por eso, Santo Tomás en su comentario al evangelio de San Mateo dice que estas palabras, “muchos los llamados y pocos los escogidos”, se refieren a que los escogidos son los pocos que hacen buenas obras, los pocos que encuentran el camino angosto que lleva al cielo; en consonancia con esto que dice Santo Tomás haciendo alusión a los dos pasajes anteriores, el padre Castellani dice que en la elección divina hay muchos planos: los electos por antonomasia que son los santos, como diría Santo Tomás, los que hacen buenas obras pero de un modo heroico; después están los píos, los buenos, hay toda una gradación.

Esos pocos elegidos o escogidos no significa, necesaria ni literalmente que son los que se salvan, los elegidos de Dios en sus diferentes planos de bondad, de santidad, de perfección, que no son muchos sino pocos; pues muy pocos son los que “huyen del mundanal ruido para seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Es la historia de la lucha entre el bien y el mal; es mucho más fácil hacer el mal, pero es mucho más difícil vivir haciendo el bien, incluyendo a quienes nos hacen el mal, sabiendo perdonar y olvidar dejando el juicio a Dios. Esa sería una interpretación en sentido verdaderamente espiritual, sabiendo que todos estamos llamados, pero que dice “muchos”, justamente para no caer en esa interpretación rigorista y literal que toma escogidos y elegidos por salvados y que pensásemos que Dios afirma que son pocos; lo cual ya nos obliga a matizar y ese matiz lo damos tomando elegidos no por salvados, sino por los grados de elección divina que hay siendo varios planos y siendo los elegidos por antonomasia los santos, los que hacen buenas obras, que son pocos, los que encuentran el camino que lleva a la vida eterna, que es angosto y difícil. Pocos son los verdaderos santos.

También dice Santo Tomás que el camino espiritual es oculto porque es mucho más fácil el camino de la carne, del mal, de la pasión, mientras que las cosas espirituales son más difíciles y en ese sentido las Escrituras hablan de un camino o de una vía oculta; así quedaría resuelta esa gran dificultad que presenta este pasaje y el otro paralelo a éste cuando manifiestan las Escrituras que muchos son los llamados y pocos los escogidos o los elegidos.

Estaría en consonancia también con San Luis María Grignión de Montfort, como Santa Teresa, como San Juan de la Cruz, que muestran que son pocos los que llegan a esa perfección, a esa vida de unión con Dios, a esa santidad; que son pocos también los que sin llegar a ser santos son buenos. La interpretación de este pasaje nos muestra el interés que debe despertar en nosotros esa vida de santidad, esa vida de buenas obras, esa vida de unión con Dios a la cual Él nos llama como a unas bodas, pero que pocos, muy pocos consiguen y logran, porque realmente pocos son los que abandonan todo, los que desprecian todo para amar a Dios sobre todas las cosas y tenerlo a Él como su todo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que como ninguna otra criatura estuvo más unida a Dios, a su Hijo que era Dios y al cual Ella dio la naturaleza humana, que tiene su carne, su sangre, sus huesos, y así unida por esa maternidad divina Ella estaba íntimamente ligada a Dios nuestro Señor; que Ella nos ayude para que podamos encontrar esa vía de la santidad y perfección y llegar a esa unión a la cual Dios nos llama
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P. BASILIO MERAMO
14 de octubre de 2001

domingo, 7 de septiembre de 2025

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

     


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el evangelio de hoy vemos la curación de los diez leprosos y el reproche que nuestro Señor hace ante la ausencia de los otros nueve, dado que sólo uno de los diez vino a agradecerle y a reconocerle como Dios. Todos los santos padres interpretan, como señala el padre Castellani, que es el evangelio de la gratitud y la ingratitud, y por eso nuestro Señor en cierta forma reprocha esa ingratitud de los otros nueve que no vinieron a presentarse.

No obstante, queda la dificultad, ya que fue nuestro Señor mismo quien les dijo que fueran a los sacerdotes, cumpliendo ellos lo que Él mismo les dijo y por lo cual el padre Castellani dice que además de ingratitud hay otro plano que apunta a la religión, a la conversión, a la fe; y ante ella no hay otro mandato, otro precepto, otro afán, otra obligación, nada. Porque a Dios no se le puede anteponer ninguna otra relación, ningún otro fin, ningún otro interés. Y por eso no es solamente la ingratitud lo que reprocha nuestro Señor, sino el no reconocer que el bien lo habían recibido a través de la mano de Dios.

El único leproso que se dio cuenta fue el que regresó a darle gracias y a adorar a Dios, por eso se postró sobre sus pies; es el gesto de adoración a Dios en Oriente y como antiguamente se estilaba, y es ese el otro aspecto que recalca y hace notar el padre Castellani, completando la exegesis común que hacen todos los padres refiriendo este milagro de hoy a la agradecimiento y desagradecimiento. ¿Y por qué es tan importante la gratitud? Porque todo lo que recibimos de Dios en el orden sobrenatural es gratis, no es debido. Y el mundo de hoy en su impiedad, en su herejía, hace de la gracia algo exigido por el hombre, por la dignidad del hombre, he ahí el Concilio Vaticano II.

Y todo es gracia, todo es regalado en el orden sobrenatural, y en el orden natural la vida, la existencia, etcétera; también son gratis, como muchas cosas que Dios nos da, no hay una exigencia, no hay una obligación de Dios, es completamente de balde, y eso hay que reconocerlo delante de Dios. No nos es debido, no hay una exigencia, y si la hubiera, entonces ya no sería gracia, ya no sería reconocimiento, gratitud.

Eso es lo que el hombre de hoy exige a Dios en su orgullo cuando reconoce la gracia, porque cuando no la reconoce simplemente le da la espalda. Teólogos como el cardenal de Lubac, honrado con ese título cardenalicio, fue quizás uno de los primeros herejes en ese sentido, en hacer de la gracia una cosa debida a la exigencia de la dignidad del hombre, eso es lo que enseña el Vaticano II. Luego rompe esa relación de lo gratuito de todo el orden sobrenatural, de lo gratuito de la gracia. Y por eso la importancia del reconocimiento; Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Nada atrae tanto las gracias de Dios como el ser agradecido”. Y el mundo de hoy es desagradecido, nadie da las gracias, todo le es debido al dios hombre: mis derechos, y eso comenzando desde los niños; los derechos de los niños que ya no le dan el asiento a un mayor, que no se saben retirar ante la conversación de un mayor si no se los llama, que no saben estar en su puesto, todo les es debido, y se convierten para colmo en las mascotas del papá o la mamá.

Por eso la mala educación del mundo moderno y toda la falta del principio de autoridad. El niño o el hijo no es agradecido con sus padres, con sus mayores, con sus maestros. No, es el rey, todo le es debido y es poco. Es un hecho palpable, y así no solamente con la juventud y los niños, sino también con los mayores, nosotros mismos creemos que todo se nos debe, nuestros derechos, sin deberes. Y ante Dios también estamos exigiéndole, y nos asemejamos así a la oración del fariseo y no a la del publicano que se reconoce indigno pecador.

Los Santos Padres interpretan y relacionan el Evangelio de hoy con la gratitud y la ingratitud, porque la ingratitud seca la simiente de donde emanan los bienes. ¿Cómo alguien va a dar a otro algo si al dárselo el otro piensa que le es debido y no que es simplemente una merced, una gracia? Y mucho más, si el que nos da es Dios, ¿cómo le vamos a exigir? Es un orgullo profundo.

Y el otro aspecto del que habla el padre Castellani, es el de la religión. ¿Por qué no vinieron los otros nueve sino nada más que uno sólo? Es el reproche que hace nuestro Señor, porque es mucho más importante que ir y tener el certificado legal que los incorporaba a la sociedad, pues los leprosos eran excluidos del comercio social con los demás, vivían por las afueras con una campanilla para que nadie se les acercase si no se daban cuenta de su proximidad; vivían excluidos, como excomulgados.

La lepra se podía sanar al comienzo (también podía haber falsa lepra), y si así sucedía, eran los sacerdotes los que certificaban que esos individuos podían volver a vivir en sociedad; pero nuestro Señor hace ver que todo eso queda de lado porque a Dios sólo hay que reconocerlo como tal y adorarlo, amarlo. A Dios se le alaba reconociendo sus beneficios, ¿y cómo se van a considerar sus beneficios, si los reconocemos como una exigencia? He ahí la contradicción; por eso es absurdo que el hombre moderno exija a Dios un beneficio, eso rompe toda alabanza; no puede alabar a Dios porque no lo puede reconocer como un beneficio sino como una obligación.

Eso es lo que hoy enseña la falsa religión instaurada dentro de la Iglesia, con ropaje de cordero, de oveja, para que el pueblo fiel no se dé cuenta y así el error circule; pero si vemos las cosas como son, deberíamos darnos cuenta. Debemos tener presente esa necesidad de reconocer con gratitud los beneficios de Dios para alabarlo reconociendo los beneficios que Él nos prodiga y así verdaderamente adorarlo. No como hoy que es un falso culto, es el hombre el que prima y no Dios; por eso la insistencia que vemos en la enseñanza de Juan Pablo II cuando va a todas partes diciéndole a la gente que Cristo vino para revelar al hombre, para mostrar lo que es el hombre, cuando es todo lo contrario. ¿Quién dice algo, quién osa decir que esa doctrina no es evangélica, no es de Cristo, no es de Dios, no es de la santa madre Iglesia? Cristo no viene a revelar al hombre ni a señalarle su dignidad, viene a mostrar la miseria del hombre, y viene a evidenciarnos su divinidad para que le adoremos y para que adorándole una vez convertidos, nos salvemos.

Hay una tergiversación profunda del mensaje evangélico y solamente se puede explicar en lo que éste anuncia, la pérdida de la fe, la gran apostasía, la falta de religión y la adulteración de la Iglesia católica. Hay una verdadera adulteración y por eso la necesidad de guardar el testimonio fiel de la sacrosanta tradición católica, apostólica, romana. Aunque muchos fieles, desgraciadamente, no se dan cuenta hasta dónde llega la lógica consecuencia, pero hay que insistir en ello, para mantenernos con una fe pura, inteligente para no caer en el error. Porque si los tiempos no son abreviados, aun los que poseen la buena doctrina caerían; tal es la presión. Y ésta es grandísima; es necesario advertir y alertar a los fieles.

No es que yo hable mal del Papa, como algunos fieles han pensado y no han tenido la valentía de decírmelo. Un católico jamás está en contra del Papa ni en contra del papado, pero también hay que tener claro que puede haber una usurpación, una inversión, una infiltración. El Apocalipsis habla de un pseudoprofeta que tiene la apariencia de cordero pero que habla como el dragón. Es más, si nos remitimos a lo que dice el venerable Holzhauser, gran exegeta reconocido por la Iglesia, que ya en los siglos XV y XVI, cuando escribió el comentario al Apocalipsis, advierte que hacia el final de los tiempos habrá un falso Papa; misterio, pero así habla él.

Ahora bien, no es a mí a quien toca determinar esas cosas, pero sí advertir, como lo han hecho los grandes exegetas que han vislumbrado la posibilidad de que haya un antipapa en la Iglesia; es lo único que trato de advertir sin hacer ningún juicio sobre la persona, prevenir para cuidarnos porque no es posible pontificar en el error. Eso lógicamente no es posible, la Iglesia es infalible en su enseñanza, en su fe y yo como católico, apostólico, romano, no puedo admitir que desde la cátedra de Pedro se pontifique en la herejía.

Ahora, ¿cuál es la explicación? ¿cuál es la solución? Yo no lo sé. Si al verdadero lo mataron y pusieron a otro, si hay un sosias o lo que sea, o un infiltrado; muchas son las posibilidades y es muy difícil saberlo, pero lo que sí tengo que saber como católico es que un Papa verdadero no puede pontificar en el error, tergiversando el evangelio y la palabra de Dios. Su misión es la de confirmar a sus hermanos en la fe y no en el error. En consecuencia, el gran desconcierto de los fieles es qué hacer ante esa patraña. Es muy difícil. Pero ahí está la sacrosanta Tradición, lo que siempre la Iglesia en materia de fe ha enseñado, lo que siempre enseñó, la fidelidad a sus dogmas. Dogmas que hoy están negados, cuando no puestos en duda y la Iglesia excluye la sospecha. Dudar de un dogma de fe ya es ser hereje; Dios es absoluto, no permite el recelo, no permite ese relativismo.

Por eso nuestro Señor hace ese reproche a los otros nueve: ¿dónde están? Como diciendo, ¿por qué no han venido también ellos a adorarme y agradecerme como tú lo has hecho? De ahí el significado, el sentido del evangelio de hoy. Nos demuestra, entonces, la responsabilidad de cada uno ante Dios: el cielo o el infierno. Porque de acuerdo con esa respuesta categórica se definirá por siempre nuestra existencia y hoy vemos que hasta al infierno se lo pone en duda o se lo niega, como se lo ha rechazado diciendo que es simplemente un estado del alma, pero que no es un lugar donde hay fuego.

¿Dónde queda el dogma de la Iglesia que dice que es un estado y que también hay un fuego eterno? Es evidente, y sin embargo, estas cosas que antes eran comúnmente aceptadas hoy son paladinamente cambiadas, puestas en duda. Nosotros no tenemos otro recurso más que el de la fidelidad a la sacrosanta Tradición de la Iglesia, y saber que ningún Papa, ningún cardenal, ningún obispo, ningún sacerdote, ni un ángel del cielo, como dice San Pablo, puede enseñar otro evangelio, otra doctrina. Eso dijo San Pablo, aun si uno de nosotros, es decir, uno de los apóstoles o un ángel del cielo viene y les algo distinto, sea anatema, sea excomulgado, queda fuera de la Iglesia. La garantía para pertenecer a la Iglesia Católica es mantenernos en la fe y la fe me la da la Iglesia, la de siempre, la de todos los Papas, y no la nueva que ha comenzado con Vaticano II, desconociendo la sacrosanta Tradición. Y no creo que nadie deba escandalizarse porque yo hable claro y diga la verdad a la luz de la fe y si me llegase a equivocar, pues que por lo menos, en honor a la caridad, tengan a bien venir y decirlo, pero no hacer labor de zapa, de socavar cuando se trata de dar la luz para que no caigamos en el error.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, porque Ella es también la garante de la fidelidad a nuestro Señor, la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, que hasta eso el demonio trata de eclipsar, de variar, de cambiar. Aun los gnósticos, aun los de la Nueva Era también hablan de nuestra Señora, y hasta los protestantes, cosa curiosa que nunca antes habían hecho. Pero no es la verdadera devoción, es la mentira mezclada con el error, y eso es muy difícil de detectar; tenemos que pedir la luz del cielo y agradecer cuando haya un sacerdote que con valentía y con toda sinceridad hable a los fieles, porque eso también es una gracia de Dios.

Por eso Dios les dijo a sus apóstoles que cuando no sean aceptados lo que queda por hacer es sacudir el polvo de sus pies e irse, pero no claudicar en su misión, no acomodarse al mundo, ni aun al gusto o al capricho de los fieles que están peor de lo que piensan, influidos y bombardeados trágicamente por un mundo impío y adverso a Dios. Ese siempre ha sido el lenguaje de los profetas, no el que halaga sino el que dice la verdad, pero ésta es de difícil aceptación.

De diez, uno solo reconoció la verdad y los otros nueve, ¿dónde están? Esperemos que en la hora de la muerte sigamos el ejemplo de este pobre leproso, que reconozcamos a nuestro Señor para que le adoremos en espíritu de verdad, en espíritu de fe y que este mundo corrompido que ha entrado en la Iglesia no nos destruya la fe y así podamos salvar nuestras almas. Es un problema de salvación, de santificación y no como algunos creen que “esto no es conmigo; total, yo me voy a salvar si sigo tranquilamente el camino más fácil”; seguir el camino más cómodo, sí, cuando todo anda bien en la Iglesia, pero cuando todo está al revés, ya es distinto y todo cambia; estos son los tiempos difíciles que nos toca vivir y que estamos viviendo.

Tenemos que recurrir de un modo mucho más intenso a nuestra Señora para que Ella nos proteja como a hijos pequeños suyos, porque todo es por gracia de Dios, no por exigencia. Reconocer los beneficios de Dios, por ejemplo, los de tener la Santa Misa tradicional, esta capilla y eso hay que reconocerlo y agradecerlo, ¿cuántos no andan por ahí buscando sin saber a dónde ir? Agradecer que somos católicos, que hemos nacido en tierras católicas, ¿qué tal haber nacido en China o en Japón, o en Suecia? Es un privilegio que hay que reconocer y más aún, mantenernos en lo que hemos recibido y no desperdiciar la gracia de Dios, que debemos transmitirla a los demás en la medida de nuestras posibilidades, y así ser más aceptos a Dios en medio de este acrisolamiento de la Iglesia, de la verdadera Iglesia reducida a un pequeño rebaño de Dios, como dice San Lucas.

Pidámosle a nuestra Señora para que seamos los fieles hijos de la Iglesia católica, apostólica, romana y así podamos permanecer leales a Ella y a Dios nuestro Señor. +

P. BASILIO MERAMO
18 de agosto de 2002