Para aquellos que tanto enarbolan la visibilidad de la Iglesia pretendiendo
desvirtuar todo sedevacantismo, (sin distinción) negando su posibilidad, no se
percatan que la misma visibilidad, e incluso la indefectibilidad de la Iglesia se
tornan en contra de lo que vana y absurdamente pretenden probar a fuerza de
dogmatizar prejuicios que provienen de su escaso y miope bagaje teológico.
Es más, el hecho de la Sede Vacante, lejos de contravenir la visibilidad del primado,
de la Cátedra de Pedro y de la Iglesia, lo reafirma, si bien se mira, señalándolo,
indicándolo.
Por esto, vuelvo a desempolvar lo que ya estaba dicho en un escrito de hace más de
veinte años la Consideración Teológica sobre la Sede Vacante, y añadir los textos
(para mi desconocidos en aquel entonces) de Mons. Lefebvre sobre la visibilidad de
la Iglesia que no tiene (ni puede tener) la Nueva Iglesia Conciliar o Post- Conciliar.
Visibilidad de la Iglesia con un Papa Hereje - Cismático y/o Apóstata
Otra de las cuestiones que se presentan ante la eventualidad de un Papa hereje
cismático y/o apóstata, es la cuestión de la visibilidad de la Iglesia. ¿Qué pasa con
la Iglesia que debe ser visible con un Papa hereje? La visibilidad de la Iglesia es un
dogma de fe.
Pues bien, es la misma visibilidad de la Iglesia la que exige la profesión pública de
la fe: «Lo que constituye la visibilidad de la Iglesia es su organización exterior,
tanto más que es de derecho divino, organización manifiesta a todas las miradas y a
la cual todos los fieles deben pertenecer por el vínculo visible de la misma fe
obligatoria, exteriormente profesada, por el vínculo de la obediencia frente a una
autoridad común visible y por el vínculo de una misma comunión en la
participación a los Sacramentos establecidos por Jesucristo.» (D.T.C. Église, col.
2144). Luego es evidente que la visibilidad de la Iglesia exige en primer lugar la
profesión pública de la fe católica, pues: «la Iglesia es la sociedad de los fieles
unidos por la profesión integral de la misma fe católica, por la participación a los
Sacramentos y por la sumisión a la misma autoridad sobrenatural emanando de
Jesucristo, principalmente a la autoridad del Pontífice Romano Vicario de Cristo».
(D.T.C. Église, col. 2109-2110).
«El Cardenal Torquemada (+ 1468) define la Iglesia como la sociedad de los
católicos o la universalidad de los fieles, que sean predestinados o no, que estén o
no en la caridad, por vista que ellos profesen la fe católica integral y que no sean
separados de la Iglesia por la justa sentencia de sus pastores». (D.T.C. Église,
col.2141).
Vemos que la profesión pública e integral de la fe es el primer requisito para
pertenecer a la Iglesia visible, sin profesión pública e integral de la fe no hay visibilidad de nuestra pertenencia a la Iglesia. La visibilidad de la Iglesia pasa
primera y fundamentalmente por la profesión integral y pública de la fe católica
apostólica y romana.
La distinción teológica entre cuerpo y alma de la Iglesia, comprende los elementos
visibles e invisibles de la misma, de tal modo que la pertenencia al cuerpo de la
Iglesia es lo que constituye su visibilidad o sea que hablar de visibilidad de la
Iglesia, es considerar el cuerpo de la Iglesia, es referirse a la visibilidad de la
misma: «el cuerpo de la Iglesia comprende el elemento visible o la sociedad visible,
a la cual se pertenece por la profesión exterior de la fe católica, por la participación
a los Sacramentos y por la sumisión a los legítimos pastores, y el alma comprende
el elemento invisible o la sociedad invisible, a la cual se pertenece por el hecho que
se posean los dones interiores de la gracia». (D.T.C. Église, col. 2154).
Quede claro entonces que para pertenecer al cuerpo de la Iglesia se requiere la
profesión de la fe, en primer término, pues San Roberto Belarmino «señala tres
condiciones indispensables para pertenecer al cuerpo de la Iglesia o a la Iglesia
visible que es la única verdadera Iglesia. La primera condición (es lo que aquí más
nos interesa) la profesión de la verdadera fe, siempre requerida por la Tradición
constante y universal de la Iglesia que ha considerado sin cesar los herejes como no
pertenecientes a la Iglesia según los textos anteriormente citados y de los cuales
muchos están aquí indicados por San Roberto Belarmino ». (D.T.C. Église, col.
2160).
Quien no es miembro del cuerpo de la Iglesia, no puede ser su Cabeza, y si no se
profesa la fe, primer requisito de todo miembro del cuerpo de la Iglesia ¿cómo
puede ser Papa, es decir su Cabeza?, oigamos al mismo San Roberto Belarmino
(citado por Da Silveira, op. cit. p.172). «El Papa hereje manifiesto, deja por sí
mismo de ser Papa y Cabeza, del mismo modo que deja por sí mismo de ser
cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia; y por eso puede ser juzgado y punido
por la Iglesia. Esta es la sentencia de todos los antiguos Padres, que enseñan que
los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción, y concretamente
de San Cipriano (Lib. 4, Espist. 2) el cual así se refiere a Novaciano, que fue Papa
(antipapa) en el cisma que hubo durante el Pontificado de San Cornelio».
Notemos que al decir San Roberto Belarmino que pierde toda jurisdicción no
quiere decir que excluya una sustentación por parte de Nuestro Señor Jesucristo en
el caso del Papa hereje. Tal como hoy podría ser. Se refiere sí a la pérdida por
derecho de la jurisdicción perdiendo el Pontificado, sin que excluya la sustentación
de hecho puramente actual y (no habitual) según el bien común de la Iglesia y la
salvación de las almas.
Sin la profesión de fe pública e integral no hay pertenencia a la Iglesia, no se es
miembro del cuerpo de la Iglesia, pues la visibilidad de la Iglesia así lo exige. Un
Papa que no profesa la fe católica está fallando en el primer vínculo visible de la
unidad de fe, está fallando en la unidad visible de la fe por la carencia en la
profesión exterior de la misma. Sin la unidad de fe visible por la profesión pública e íntegra de la fe, ¿cómo se puede considerar miembro del cuerpo visible de la Iglesia
a quien falla en la profesión de la fe? Sin profesión pública de la fe integral no hay
el vínculo visible que permita afirmar que se pertenece al cuerpo de la Iglesia, esto
es claro como el agua. Y quien no es miembro del cuerpo visible de la Iglesia,
¿cómo puede ser su cabeza? O se profesa la fe públicamente o no se es miembro del
cuerpo de la Iglesia.
Como dice Melchor Cano (citado por Da Silveira) «no se puede ni siquiera concebir
que alguien sea cabeza y Papa, sin ser miembro y parte». (Op. Cit. p.173). Y ¿cómo
se puede ser miembro y parte de la Iglesia visible sin la profesión pública e íntegra
de la fe católica apostólica y romana?
La profesión de fe es un vínculo necesario para pertenecer al cuerpo de la Iglesia,
San Roberto Belarmino, así también lo confirma al referirse al hereje en un texto
que trae Da Silveira: « (...) el hereje manifiesto no es de modo alguno miembro de
la Iglesia, es decir, ni espiritualmente ni corporalmente, lo que significa que no lo
es ni por unión interna ni por unión externa. Porque inclusive los malos católicos
están unidos y son miembros espiritualmente por la fe y corporalmente por la
confesión de la fe (...)». (Op. Cit. p.173). Es evidente que la profesión (confesión) de
la fe es necesaria para pertenecer corporalmente a la Iglesia, o sea para ser
miembro del cuerpo de la Iglesia visible.
Luego un Papa que no profesa la fe católica íntegramente no puede ser miembro
del cuerpo de la Iglesia y si no puede ser corporalmente miembro, mucho menos
puede ser su cabeza. Esto es hasta de una evidencia física. El que no lo vea, es
porque no lo quiere ver, y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero al pan
pan y al vino vino, le seguiremos diciendo nosotros.
La cuestión de la visibilidad de la Iglesia está directa e íntimamente relacionada
con la pertenencia a la Iglesia como miembro. Pertenencia visible o pertenencia al
cuerpo de la Iglesia que se funda primera y principalmente en la profesión pública
de la fe católica integralmente.
Luego es la misma visibilidad de la Iglesia la que no admite al Papa hereje, pues lo
rechaza y repele como a un miembro muerto y putrefacto, lo mismo para el
cismático y/o el apóstata.
Recordemos además que la visibilidad de la Iglesia se basa en aquello que es de
constitución divina, es decir en el Papado, en la jerarquía, más que en las personas
privadas que ocupan tales cargos públicos. La visibilidad de la Iglesia dada por su
jerarquía divinamente instituida se refiere a los cargos (o investiduras) como es el
Papado, el Episcopado etc... Es la persona pública, el cargo u oficio público
divinamente instituido y no la persona privada que lo ocupa, ejerce, y desempeña.
La visibilidad de la Iglesia no se pierde porque la Sede está Vacante lo cual sucede
siempre que los Papas mueren. La misma Sede Vacante muestra la visibilidad de la
Iglesia en cuanto al Papado hasta que sea ocupada la Santa Sede por un legítimo sucesor de San Pedro. Las instituciones divinas no se destruyen por la falencia de
los hombres, por eso la Iglesia es divina a pesar de los hombres.
Por cuerpo de la Iglesia se entiende, (dice Hugon) la obligación de pertenecer a este
organismo por el carácter bautismal y por los vínculos visibles de una triple unidad:
de fe, de culto, de gobierno. (Hors de l’Eglise Point de Salut, p. XVIII).
El cuerpo visible de la Iglesia exige un triple vínculo, tres vínculos que son visibles,
y el primero de estos tres vínculos visibles es el de la profesión exterior de la fe
católica. El vínculo de la fe, no es sólo la fe interior, no basta para ser un vínculo
visible que exige por lo mismo la visibilidad de esa fe, la cual se manifiesta por su
profesión exterior.
En este sentido afirma Hugon: «La unidad, causa de vida, signo de verdad, es
visible y tangible, porque implica la profesión exterior de los mismos artículos por
todo el mundo, y que requiere un magisterio público y auténtico al cual todos están
obligados a someterse. Sin esta autoridad soberana e infalible, las controversias
serían interminables como lo son en el protestantismo». (Ibídem, p. 246).
Precisamente este Magisterio infalible que dirime las controversias y define los
Dogmas es el que actualmente es negado por los modernistas, sean en las
apariencias progresistas o conservadores, como el Cardenal Ratzinger Prefecto de
la Congregación para la Fe (que vela por la fe) sobre quien Mons. Lefebvre lo dijo
poco antes de morir haciendo alusión a la revista Sí Sí, No No (Ed. Italiana del 15
de Enero 1991): «Os invito a leer el denso artículo de fondo de «Sí Sí No No» que
ha aparecido hoy sobre el Cardenal Ratzinger. ¡Es aterrador! El autor del artículo
no sé quién es, pues ponen siempre seudónimos, y no se sabe entonces quien es.
Pero en fin, el artículo está muy bien documentado y concluye que el Cardenal es
hereje. El Cardenal Ratzinger es hereje. No solamente, se enfrenta a los decretos y
declaraciones dogmáticas según él ha afirmado. Se puede incluso discutir, si es
infalible, si no es infalible: «Quanta Cura», «Pascendi Dominici Gregis», el Decreto
«Lamentabili» etc.., se puede discutir. No es esto lo que es grave en el cardenal
Ratzinger, sino que pone en duda la realidad misma del Magisterio de la Iglesia.
Pone en duda que hay un Magisterio que sea permanente y definitivo en la Iglesia.
Esto no es posible. Se acomete contra la raíz misma de la enseñanza de la Iglesia.
Ya no hay una verdad permanente en la Iglesia, verdades de fe, Dogmas en
consecuencia. No hay más Dogmas en la Iglesia ¡Esto es radical! Evidentemente es
herético, está claro. Es horrible, pero es así». (Última conferencia espiritual de
Mons. Lefebvre en Ecône, 8 y 9 de Febrero 1991).
Si esto dijo Mons. Lefebvre poco antes de morir en su última conferencia espiritual
a los seminaristas de Ecône, la herejía no se puede negar, existe en las personas
más encumbradas en la Iglesia y en Roma mismo. El Cardenal Ratzinger es el brazo
derecho de Juan Pablo II en las cuestiones teológicas y piensan igual, de eso no
cabe duda, tal para cual, la conclusión se impone, pero de esto hablaremos más
adelante. Queda asentado por todo lo expuesto que sin la profesión de la fe no se
puede pertenecer al cuerpo de la Iglesia visible. Un Papa que no profesa la fe ¿cómo va a transmitirla?, es imposible por esto Mons. Lefebvre dijo refiriéndose al Papa,
en aquel entonces Pablo VI: «Y como sucesor de Pedro debe transmitir la fe de sus
predecesores. En la medida que no nos transmita la fe de sus predecesores, ya no es
el sucesor de Pedro. Entonces se volvería una persona que se separa de su cargo,
que reniega de su cargo, que no se dedica a su cargo. No puedo hacer nada, no es
mi culpa». (La Condamnation... p. 262).
Así pues, el argumento de la visibilidad de la Iglesia, se torna en contra de aquellos
que lo invocan para negar la posibilidad de la hipótesis de la Sede Vacante, y de
hecho refutar la Conclusión Teológica sobre la misma.
El argumento de la visibilidad, les cae como rocío sobre el rostro, como aquel que
para defenderse, escupe para arriba.
La visibilidad de la Iglesia, no puede ser jamás la de una jerarquía que pontifica en
el error, dado que la indefectibilidad de la Iglesia, estaría evidenciando dicho error;
ya no se diga cuando ese error está en flagrante ruptura con la Tradición, lo cual
evidencia una escisión o cisma, conculcando incluso el dogma, lo cual es una
herejía; o se llega además a subvertir la fe, proponiendo otra, lo cual sería ya una
flagrante apostasía.
Por esto, Monseñor Lefebvre pudo decir y dijo acerca de la visibilidad de la Iglesia,
con respecto a la Nueva Iglesia Conciliar (o Post- Conciliar) :
“Pero este último tiempo se nos ha dicho que era necesario que la Tradición
entrase en le Iglesia visible. Pienso que se comete allí un error muy grave.
No que no haya Iglesia fuera nosotros; no se trata de eso. Pero este último tiempo,
se nos ha dicho que era necesario que la Tradición entrase en la Iglesia
visible.
¿Dónde es la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que
siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica.
Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están más en la
Iglesia oficial (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial)
o en nosotros, en lo que representamos, lo que somos?
Queda claro que somos nosotros quienes conservamos la unidad de la fe, que
desapareció de la Iglesia oficial.
(…) La unidad de la fe realizada en el mundo entero es la catolicidad. Ahora
bien, esta unidad de la fe en todo el mundo no existe ya, no hay pues más de
catolicidad prácticamente.
(…) ¿La apostolicidad? Rompieron con el pasado. Si hicieron algo, es bien éso.
No quieren saber más del pasado antes del Concilio Vaticano II.
(…) La apostolicidad: nosotros estamos unidos a los Apóstoles por la
autoridad. Mi sacerdocio me viene de los Apóstoles; vuestro sacerdocio les viene de los Apóstoles. Somos los hijos de los que nos dieron el episcopado. Mi
episcopado desciende del santo Papa Pío V y por él nos remontamos a los
Apóstoles. En cuanto a la apostolicidad de la fe, creemos la misma fe que los
Apóstoles. No cambiamos nada y no queremos cambiar nada.
Y luego, la santidad. No vamos a hacernos cumplidos o alabanzas. Si no
queremos considerarnos a nosotros mismos, consideremos a los otros y
consideremos los frutos de nuestro apostolado, los frutos de las vocaciones, de
nuestras religiosas, de los religiosos y también en las familias cristianas. De
buenas y santas familias cristianas germinan gracias a vuestro apostolado. Es un
hecho, nadie lo niega. Incluso nuestros visitantes progresistas de Roma
constataron bien la buena calidad de nuestro trabajo.
(…) Todo eso pone de manifiesto que somos nosotros quienes tenemos las notas de
la Iglesia visible.
Si hay aún una visibilidad de la Iglesia hoy, es gracias ustedes. Estas señales no se
encuentran ya en los otros.
No hay ya en ellos la unidad de la fe; ahora bien es la fe que es la base de toda
visibilidad de la Iglesia.
La catolicidad, es la fe una en el espacio.
La apostolicidad, es la fe una en el tiempo.
La santidad, es el fruto de la fe, que se concreta en las almas por la gracia del
Buen Dios, por la gracia de los Sacramentos.
Es totalmente falso considerarnos como si no formáramos parte de la Iglesia
visible. Es increíble.
(…) Pienso que es necesario que tengamos esta convicción para no caer en los
errores que se está extendiéndose ahora”.
Por supuesto, se podrá objetársenos: ‘¿Es necesario, obligatoriamente, salir de la
Iglesia visible para no perder el alma, salir de la sociedad de los fieles unidos al
Papa?’
No somos nosotros, sino los modernistas quienes salen de la Iglesia.
En cuanto a decir ‘salir de la Iglesia visible’, es equivocarse asimilando Iglesia
oficial a la Iglesia visible.
(…) ¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!,
obviamente.
(…) Si nos alejamos de esta gente, es absolutamente de la misma manera que con
las personas que tienen el SIDA. No se tiene deseo de atraparlo. Ahora bien,
tienen el SIDA espiritual, enfermedades contagiosas. Si se quiere guardar la
salud, es necesario no ir con ellos”. (Extractos de la Conferencia dada por S. Exc. Mgr Lefebvre en Ecône el 9 de septiembre de 1988, después del Retiro Sacerdotal.
Fideliter n°66, noviembre- diciembre de 1988).
Y en una entrevista a Mons. Lefebvre, un año después de las consagraciones, volvió
a manifestar lo mismo:
“Fideliter - Algunos dicen: sí pero Monseñor tendría que haber aceptado un
acuerdo con Roma, porque una vez que la Fraternidad hubiese sido reconocida y
las sanciones levantadas, habría podido actuar de una manera más eficaz dentro
de la Iglesia, mientras que ahora se colocó afuera.
Monseñor: Son cosas que son fáciles de decir. Ponerse dentro de la Iglesia,
¿qué es lo que eso quiere decir? Y en primer lugar, ¿de qué Iglesia se habla? Si es
de la Iglesia conciliar, sería necesario que nosotros, quienes luchamos contra
ella durante veinte años porque queremos la Iglesia Católica, volviésemos a
entrar en esta Iglesia conciliar para supuestamente volverla católica. ¡Es una
ilusión total!’.
(…) Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible en relación a la Iglesia
conciliar y en oposición con la Iglesia Católica que nosotros intentamos
representar y seguir.
(…) Somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible: la unidad,
la catolicidad, la apostolicidad, la santidad. Es eso lo que constituye la Iglesia
visible.
(…) Somos nosotros quienes estamos con la infalibilidad, no la Iglesia
conciliar. Ella está en contra de la infalibilidad, es absolutamente cierto.
(…) Obviamente estamos en contra de la Iglesia conciliar, que es prácticamente
cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica es una Iglesia virtualmente
excomulgada, porque es una Iglesia modernista”. (Fideliter n° 70, julio- agosto
de 1989).
Por todo esto, no se puede excluir teológicamente, como se pretende, ni que un
Papa pueda caer en herejía, el cisma o la apostasía, ni que por el mismo hecho la
Sede de Pedro quede vacante; salvo que se pretenda que es un dogma de fe, como
en el fondo pareciera ser, para aquellos que excluyen la posibilidad de la Sede
Vacante argumentando con la visibilidad de la Iglesia.
Y para acabar con esta historia baste solamente este texto para dejar de insistir y
pretender aplastar refutando, negando toda posibilidad de Sede Vacante:
“Nos encontramos verdaderamente frente a un dilema gravísimo, que creo no se
planteó jamás en la Iglesia: que quien está sentado en la Sede de Pedro participe
en cultos de falsos dioses; creo que esto no sucedió jamás en toda la historia de la
Iglesia. ¿Qué conclusión deberemos quizás sacar dentro de algunos meses ante
estos actos repetidos de comunión con falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto.
Pero es posible que estemos en la obligación de creer que este Papa no es Papa. No
quiero decirlo aún de una manera solemne y formal, pero parece, sí, a primera vista, que es imposible que un Papa sea hereje pública y formalmente”. (Sermón
del Domingo de Pascua del 30 de marzo de 1986 en Ecône).
Y quince días después en Ecône, en la conferencia a los seminaristas, dijo Mons.
Lefebvre refiriéndose a lo dicho el Domingo de Pascua:
“Queridos amigos, ¡pudieron, durante las vacaciones, reflexionar sobre el sermón
del Domingo de Pascua…
El papa no está sobre las leyes divinas.
(…) Entonces el problema se plantea.
Primer problema: la communicatio en sacris.
Segundo problema: la cuestión de la herejía.
Tercer problema: ¿el Papa es aún Papa cuando es hereje?
¡Yo no sé, no zanjo! Pero pueden plantearse la cuestión ustedes mismos. Pienso
que todo hombre juicioso debe plantearse la cuestión. No sé. Entonces, ahora, ¿es
urgente hablar de esto?...
Se puede no hablar, obviamente… Podemos hablar entre nosotros, privadamente,
en nuestras oficinas, en nuestras conversaciones privadas, entre seminaristas,
entre sacerdotes… ¿Es necesario hablar a los fieles? Muchos dicen: -No, no habléis
a los fieles. Van a escandalizarse. Eso va a ser terrible, eso va a ir lejos…
Bien. Yo dije a los sacerdotes, en París, cuando los reuní, y luego a vosotros
mismos, ya os había hablado, les dije: pienso que, muy suavemente, es necesario,
a pesar de todo, esclarecer un poco a los fieles…No digo que sea necesario hacerlo
brutalmente y lanzar eso como condimento a los fieles para asustarlos… No. Pero
pienso que, a pesar de todo, es una cuestión precisamente de fe. Es necesario que
los fieles no pierdan la fe. Somos encargamos de guardar la fe de los fieles, de
protegerla.
Van a perder la fe… incluso nuestros tradicionalistas. Incluso nuestros
tradicionalistas no tendrán ya la fe en Nuestro Señor Jesucristo. ¡Ya que esta fe se
pierde! Se pierde en los sacerdotes, se pierde en los obispos.
(…) Y se dice: Monseñor va a hacer cisma. ¿Pero quién hace cisma? ¡No soy yo!
Para hacer cisma es necesario dejar la Iglesia. Y dejar la Iglesia, es dejar la fe, en
primer lugar.
¿Quién deja la fe de la Iglesia? La autoridad está al servicio de la fe. Si ella
abandona la fe, es ella quien hace cisma. Entonces no somos nosotros quienes
hacemos cisma”. (Conferencia en Ecône del 15 de abril de 1986).
P. Basilio Méramo
Bogotá, Enero 18 de 2016.
San Juan Apocaleta
Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.
"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.
Link para escuchar la radio aqui
martes, 19 de enero de 2016
domingo, 17 de enero de 2016
SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA
En este segundo domingo después de Epifanía, cuyo tiempo litúrgico corresponde a los domingos después de Epifanía vemos en el evangelio de hoy el primer milagro que hace nuestro Señor Jesucristo en Caná.
Primer prodigio, con lo cual se descartan todos esos escritos apócrifos que hablan de los anteriores que nuestro Señor Jesucristo hiciera desde pequeño. La Iglesia siempre ha desechado esos apócrifos de los cuales la literatura barata quiere hacer misterio y propaganda, aunque cuenten cosas que nos parezcan buenas; de todas formas al tener errores no son libros inspirados, luego no son la palabra de Dios, que es precisamente lo que nos interesa de las Escrituras, que sí son la palabra de Dios. Y lo que nos dice este evangelio de Dios, es que es el primer milagro que hace nuestro Señor, que Él no quiere hacer, pues le da una respuesta a nuestra Señora, que aparentemente puede ser áspera, como quien dice qué nos importa a ti y a mí, si no ha llegado mi hora, si no es lo mío, no me incumbe; sin embargo lo hace a instancias del pedido de nuestra Señora que se aflige porque falta vino para los convidados en esas nupcias.
Que si nos atenemos a Santo Tomás eran las nupcias de San Juan Evangelista, familiar de nuestro Señor, y por lo mismo, nuestra Señora tomó a pecho esa carencia porque se trataba de sus familiares; por eso entonces Ella no dudó en invocar a su hijo para que hiciera el milagro que no estaba en los planes ordinarios de nuestro Señor; de allí su respuesta: qué nos va a ti y a mí, mujer, si no ha llegado mi hora.
Su hora era la culminante de la obra de la Redención, de su sacrificio en la Cruz. Y sin embargo es por una ficción de caridad que siente nuestra Señora ante los familiares que no podían satisfacer con el vino que faltaba. Eso nos demuestra entonces, cómo nuestro Señor aun cuando Él no lo tenga previsto, por decirlo así, no solamente este milagro, sino todo lo que se le pida o se le invoque a través de su Santísima Madre. La Virgen María tiene ese poder sobre la voluntad de su Hijo, por ser la Madre de Él, de Dios, y ¿qué hijo que quiere a su madre no va a querer lo que Ella le pida? Por eso le hace este regalo, este obsequio y hace su primer milagro a instancias de las súplicas de nuestra Señora en las bodas de Caná.
Bodas de San Juan Evangelista. Es de suponer además que nuestro Señor lo llamó en esas bodas para que fuera su discípulo y que aun virgen, conservara esa virginidad permanentemente a lo largo de toda su vida.
Gran sacrificio de San Juan que en pleno matrimonio, en plenas bodas recibe el llamado de nuestro Señor, para mostrarnos cómo Él nos llama en cualquier momento; lo importante es que respondamos a ese llamado en el momento preciso en que nos interpela, porque es Dios, Rey de cielos y tierra, Señor del Universo y Señor nuestro y por eso la santidad está en hacer su voluntad.
Quien hace la voluntad de Dios no puede pecar, por eso dice San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque, quien ama verdaderamente a Dios, quien hace su voluntad no puede pecar. Cuando erramos es porque nos separamos de ese querer Divino y preferimos el nuestro; pensamos en nuestro propio provecho y no en beneficio de Dios o de las cosas que son de Él. El llamado que Dios hace a cada uno debe tener una respuesta para que no contravengamos la palabra de Dios, su voluntad, sus deseos, que lo común es hacer el deseo de la persona que se ama y por eso para el que ama a Dios no es una tortura, un peso, un tormento hacer su voluntad. Cuando la voluntad de Dios se nos hace un peso, una carga, una dificultad, es porque hay algo en nuestra voluntad que pone obstáculo, que ofrece dificultad o que no cuenta con la suficiente fe y esperanza en recibir los sus auxilios.
Debemos pedir para que nuestra fe aumente cada día, para que nuestra esperanza esté en Dios y poder corresponder al amor Divino. Eso nos explica por qué San Pablo nos pide en la Epístola de hoy, que vivamos en armonía, en paz, que hay múltiples dones, que uno tiene el don de profecía, el otro de enseñar, el otro del ministerio y que cada cual homenajee al otro y se conforme con lo que es más humilde.
Es justamente para que no haya envidia, celos, calumnias, maledicencia. Esta última la cometemos a cada instante hablando mal del prójimo; los chismes y los comentarios negativos que revelan los defectos del prójimo son murmuración, salvo cuando se revelan o se habla de ellos para corregir, amonestar, o por el bien común. Por eso toda palabra ociosa, no ya la habladuría sino la palabra inútil, será castigada. Cuánto más la maledicencia, que es hablar mal, desacreditar al prójimo. Debemos vivir en armonía, sin envidias, sin celos, eso engendra la paz social. No puede haberla aquí ni en la China si no se fundamenta en la virtud y principalmente la católica.
La virtud católica es sobrenatural, pero requiere como toda gracia y don sobrenatural un soporte natural, pues las virtudes no están en el aire, requieren un auxilio auténtico que hacen al hombre de bien, honesto; el hombre tiene estas virtudes sobre las cuales se inserta la gracia y se apoya todo el orden sobrenatural, y por eso flaqueamos aun con la gracia recuperada y con toda la corte dones que da la gracia, porque nos falta ese soporte y solidez en la adquisición sacrificada de las fuerzas naturales; la gracia supone la naturaleza y la naturaleza humana ya que Dios no la da a un perro, a una hormiga; ellos son incapaces de la gracia porque no tienen una naturaleza humana, es decir, racional, inteligente.
Pero esa naturaleza debe existir, por eso en medio del salvajismo no puede subsistir la virtud. De ahí deriva la necesidad de una cultura y civilización que haga al hombre naturalmente honesto, para que pueda apoyarse la gracia sobre esa naturaleza y elevarla hacia Dios, para que viva de Dios y sea de Dios. Y ese es el trabajo que a cada uno nos compete, para poder vivir realmente como católicos y no como fariseos, pues nos creemos dueños o depositarios de la verdad y sin embargo, escandalizamos con nuestras acciones.
Lo que más llama la atención al infiel, al pagano, al hereje, al ateo, es el mal ejemplo de aquellos que nos decimos católicos y desdecimos con nuestras obras.
Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que Ella nos ayude a adquirir la virtud, crecer en la gracia de Dios y corresponder al amor divino haciendo su santísima voluntad. +
BASILIO MERAMO PBRO.
20 de enero de 2002
domingo, 10 de enero de 2016
PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA Fiesta de la Sagrada Familia
En este primer domingo después de la fiesta de Epifanía, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia, es decir de San José, de la Santísima Virgen María y del Niño Jesús.
Esa Sagrada Familia, toda divina, la Iglesia nos la muestra como ejemplo de la sociedad y de la cristiandad, es decir, de los pueblos y naciones que se rigen por el Evangelio. Y digo que se guiaban, o se guían, porque hoy ya no hay oficialmente ningún Estado que se dirija por la Ley de Dios y el Evangelio, por lo cual la cristiandad como tal ha sido abolida; lo que se tiene es una cultura católica más o menos de acuerdo con la penetración que tuvo ese espíritu católico en los pueblos que antaño reconocían a Cristo Rey, a la Iglesia, pero que hoy ya no lo hacen.
Hay que recordarlo aunque sea para que reaccionemos y por lo menos lo tengamos presente, que nuestra sociedad ya prácticamente no es nuestra porque no es de Dios. Y, ¿de quién va a ser si no es de Dios? No hay término medio, será de Satanás. Si la ciudad no es de Dios será del demonio. Por eso nos va como nos va y por eso no nos asombremos cuando veamos que a los niños les gustan esas figuras y esos juguetes demoniacos; y qué decir de ese pequeño mago Harry Potter o como se llame. Todo eso produce la fascinación de la serpiente y los padres deben saberlo.
El “Halloween” es toda una cultura pagana anticristiana y los niños, junto con los papás, muchas veces inocentemente, por confites y dulces, le hacen el juego al demonio. Y quién sabe cuántas criaturas son inmoladas en esas misas negras en la que se consume la sangre de un inocente o de una virgen, porque eso existe. Debemos tener entonces sumo cuidado.
La Iglesia quiere ponernos ante el ejemplo de la Sagrada Familia. La familia que es el núcleo, el centro. La célula de la sociedad no es el hombre, no es el individuo como nos ha enseñado el liberalismo teológico o religioso, es la familia y por eso si ésta se destruye se acaba la sociedad; y vaya si no se está abatiendo hoy la sociedad al destruir la familia; si no es verdad, qué es eso de permitir el concubinato público con los matrimonios civiles entre católicos y después con el divorcio. Eso es un atentado criminal contra la santidad de la familia, de la sociedad basada en ésta y eso por culpa de una política antirreligiosa; eso es lo que hoy se ha impuesto.
Los romanos, que eran paganos, se casaron sacramente respetando el matrimonio indisoluble; conservaron todo el vigor de ese pueblo y raza, eran los nobles, los paterfamilia, la gens romana; pero cuando se empezó a corromper ese concepto sagrado aun en el paganismo, se destruyó Roma, se acabó y esa fue toda la lucha entre nobles y esclavos que penosamente a veces nos transmiten en las películas en sus historias. Era la pugna de dos ideales, los nobles basaban su linaje en el matrimonio sacro, los demás vivían en la unión libre o concubinato.
Si los nobles romanos tenían la noción del matrimonio sagrado, cuánto más la debiéramos tener nosotros los católicos y valorar así la familia sacramentalmente instituida por la Iglesia, para que todo lo que hagan los esposos sea bueno y santo y no como creyeron algunos herejes, que traer hijos al mundo era obra del pecado. Pecado es lo que hacen hoy, cuando utilizan el matrimonio simplemente para satisfacer la concupiscencia, no queriendo procrear; eso es una falta, usar anticonceptivos y todo lo que permita el libre placer sin querer engendrar la vida que Dios como Creador da y que los padres como instrumento prodigan; de ahí viene a su vez el respeto hacia los padres por ser los progenitores, porque tienen esa autoridad de Dios y de ahí la dignidad que deben tener los padres y la familia.
La santidad del hogar católico hoy está proscrita, porque se nos pone de modelo el ideal de vida americano, de quienes tienen una cultura protestante, donde cada uno hace lo que se le da la gana. Por eso nosotros debemos conservar la tradición católica basada en la familia y en el respeto a los ancianos; no para que los metan allí en esos lugares que llaman geriátricos o lo que sea. Esa es una aberración peor que la de los infieles, porque en la antigüedad se veneraban las canas, el anciano era el sabio; hoy, por la estupidez de la sociedad, al anciano se le tiene por un imbécil que nadie quiere. Ya no sabe la juventud apreciar la experiencia de los años de una vida llevada conforme Dios manda. ¡Qué desgracia!
Que todo eso nos sirva para que reaccionemos y nos demos cuenta en medio de qué mundo estamos viviendo. Todo lo opuesto a lo que la Iglesia siempre ha enseñado, y eso sin hablar de la Iglesia en sí misma, que también se ha corrompido, se ha degenerado por no permanecer fiel a la doctrina de nuestro Señor, por culpa del clero. Por ello la Sagrada Familia es ejemplo de santidad y aun de virginidad en el matrimonio de la cual no nos debemos asombrar, porque ha habido otros santos matrimonios que se han conservado vírgenes, como el de San Eduardo rey de Inglaterra, San Enrique emperador, que fueron soberanos que por mutuo consentimiento permanecieron castos dentro del matrimonio.
Que lo anterior nos sirva de ejemplo y para que los herejes de hoy no digan estupideces en contra de la virginidad de nuestra Señora y del santo matrimonio que tuvo con San José, porque fue verdadera esposa, pero virgen. De ahí la grandeza de San José, custodio de esa flor de castidad, de esa inocencia y por eso es el guardián de la Iglesia que debe permanecer y ser siempre pura, pero que hoy quieren violar porque eso es lo que se está haciendo, mancillar la pureza de la santa Iglesia.
Todos aquellos herejes que se digan sacerdotes u obispos, pero que no defienden la moral ni la doctrina católica, que están con el modernismo, con el progresismo, con el liberalismo doctrinal teológico, están al unísono con todas las falsas religiones. Eso es violar la Iglesia y por eso es nuestro deber conservar la virginidad de la Santa Madre Iglesia católica, apostólica y romana. Eso fue lo que hizo monseñor Marcel Lefevbre, un hombre que conservó la pureza de la Iglesia; él nunca lo dijo, pero la conservó y murió santamente, pero atacado por la judeomasonería que está dentro del Vaticano y quiere manipular a los cardenales y a los obispos, y qué no hará en el próximo cónclave; por eso debemos estar prevenidos, porque no sabemos lo que pueda pasar.
Nuestro deber es el de conservar la virginidad de la Iglesia católica, su pureza, pues es nuestra madre, porque nos engendra en la fe, en la que los protestantes no aceptan, no quieren, por eso no la admiten como institución divina; no reconocen a la Santísima Virgen y sin embargo se les llena la boca hablando de Cristo y del Señor. Es un cristo falsificado el que pregona el protestantismo en cualquiera de sus múltiples facetas y de la cual Colombia hoy está imbuida; antaño eran contados con los dedos los protestantes, era incluso mal visto, ¿quién iba a visitar a un protestante? Nadie. Hoy casi media Colombia es protestante y la otra mitad lo es sin saberlo. ¿Por qué sin saberlo? Por la protestantización de la Iglesia; ya no hace falta para serlo salir de ella; basta aceptar la nueva misa, el nuevo culto, la nueva liturgia, bailar y danzar, no creer en el Santo Sacrificio de la Misa, comulgar en la mano como si fuese un pedazo de pan y si todo esto no es una herejía pura, entonces, ¿qué es?
¿Cómo es que la gente va a comulgar sin confesión, sin estar en estado de gracia? ¿Cómo va a recibir a nuestro Dios sin adorarle? Todo eso es efecto entonces de un protestantismo dentro de la Iglesia. Por eso nosotros nos esmeraremos hasta la muerte en mantener el culto sacrosanto de la Iglesia católica como siempre ha sido; esa garantía es la Tradición católica, apostólica, romana, la Misa Romana; la Misa de San Pío V, la tridentina, no es más que la Misa Romana, la que fue custodiada por todos los Papas de Roma y por eso el odio satánico contra ella.
Roguemos a la Sagrada Familia, a nuestra Señora, a San José y al Niño Jesús. No debemos olvidar qué importancia le dio el Niño Jesús a los asuntos de su Padre, pues les dijo: “¿Por qué me buscabais? Podría parecer un poco chocante y, sin embargo, como dice el sabio padre Castellani, no les avisó simplemente porque no pudo. Con la respuesta que dio a su Madre les quiso mostrar que si no lo habían encontrado lo que debieron haber pensado era que estaba en el templo ocupándose de las cosas de su Padre, de Dios; no del mundo. Y, ¿por qué no pudo avisarles? porque Él se entretuvo con los escribas, con los fariseos, con los peritos, con los doctores de la sinagoga, porque fue una pregunta tras otra, y así pasaron tres días, maravillados de la sabiduría de ese Niño que era Dios.
De lo contrario sería un malcriado nuestro Señor, ¿cómo se va a ausentar sin pedir permiso?, ¿cómo le va a contestar así a su mamá? Por eso San Lucas dice que nuestra Señora guardaba y meditaba todo esto en su corazón, y por eso lejos de ser un motivo de escándalo la respuesta de nuestro Señor nos muestra la importancia que tienen las cosas de Dios. Y éstas están en el templo, en la Iglesia, no en otra parte; de allí la necesidad de la santa Iglesia como institución divina y de nosotros de pertenecer a ella siendo fieles; hay que pedir esa lealtad a nuestro Señor, a nuestra Señora, a San José, a la Sagrada Familia. +
BASILIO MERAMO PBRO.
12 de Enero de 2003
miércoles, 6 de enero de 2016
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Amados
hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Esta
fiesta de precepto es una de las grandes celebraciones de la Iglesia, de
nuestro Señor mismo, a tal punto que antaño la Natividad de nuestro Señor se
celebraba y no el 25 de diciembre y fue
en el siglo IV cuando por orden de Roma, del Papa, se obligó a que se celebrase
el 25 de diciembre y no en la fiesta de la Epifanía; esto nos muestra que la
fiesta de hoy era en la Iglesia primitiva de mucha mayor resonancia que la del
25 de diciembre, que no existía en muchos lugares. Y ¿por qué esta repercusión?
Porque nuestro Señor se manifiesta al mundo, a los gentiles el día de hoy. Él
nació el 25 a media noche, en el silencio, en el abandono, en la oscuridad de
un mundo que no lo quiso recibir, que no le dio albergue ni posada.
En
cambio, hoy, con la presencia de los Reyes que no eran ciertamente magos, ni
brujos, sino Magos en el sentido de astrónomos, con cierto prestigio en su país
porque escudriñaban el cielo; por eso les llamó la atención esa estrella que
vieron en Oriente y la fueron siguiendo hasta llegar a Belén para adorar a
nuestro Señor.
Los
Magos, sabios astrónomos que venían de Persia según dice el patrono de los
predicadores San Juan Crisóstomo, se convirtieron en los primeros padres de la
Iglesia llevando de nuevo la fe allá;
esa estrella que ciertamente vieron mucho tiempo antes del nacimiento de
nuestro Señor, como el mismo San Juan Crisóstomo dice, fue para que así
pudieran llegar en esta fecha 6 de enero poco después de haber nacido nuestro
Señor; de otra forma hubiera sido imposible hacer ese largo viaje en unos trece
días y menos en aquel entonces. Por eso Herodes pregunta exactamente, como dice
el Evangelio, por la aparición del tiempo de la estrella y por lo mismo no es
de extrañar que mande matar a todos los niños menores de dos años, tomando las
debidas precauciones para que no se le escape ninguno y para que aquel Rey no
fructique, no viva.
Así,
estos padres de la gentilidad que vieron la estrella en Oriente, un astro del
todo milagroso porque era extraña toda su conducta, su presencia; su movimiento
fue lo que les llamó la atención, su resplandor, su tamaño, alumbraba de día y
de noche, les señalaba el camino, hasta que les indicó el lugar exacto en que
estaba el niño con su madre. Estrella que ya había sido anunciada por los
profetas, y así, cuando llegan los Magos a Belén preguntan por el Niño y le
manifiestan a los judíos lo que ellos ya sabían por las profecías: que había
una estrella, lo cual inquieta a Jerusalén y al mismo Herodes que tenía miedo
de perder su poder si venía al mundo un rey judío y manda preguntar dónde iba a
nacer ese monarca; todos unánimemente responden que en Belén de Judá; de allí
saldrá el Rey de los judíos, el Salvador, el Mesías que ellos no quisieron
aceptar.
Ahora
bien, no es de extrañar que los Magos, viniendo desde tan lejos, hayan tenido
esa fe para adorar a Dios, como lo dice San Juan Crisóstomo; fueron a lo largo
del camino instruidos por Dios, por el Espíritu Santo, poco a poco, para que
así después de engendrar en ellos esa fe adoraran a Dios, no a un niño sino a
Dios Encarnado en Él, habiéndoseles revelado a ellos por el mismo Dios esos
misterios insondables de nuestra fe.
Herodes
pide hablar con ellos en secreto porque tenía miedo de que los judíos se dieran
cuenta de sus intenciones; jamás pensaría que ellos no le irían a aceptar;
creía, al contrario, que lo defenderían y por eso el miedo y la encuesta, que
en secreto, les hace, y aun el tiempo que esperó para dictaminar su orden
criminal; nuestro Señor permaneció en Belén cuarenta días y por lógica
consecuencia, se ve en el evangelio que nuestra Señora, a los cuarenta días,
fue al templo para la purificación y fue después de la huída a Egipto. También
el pánico que tenía Herodes de ser descubierto en sus malas intenciones y su
justificación al verse ya definitivamente burlado por los Magos que habían sido
instruidos por Dios y por los ángeles para que volvieran por otro camino.
Vemos
así cómo en este día, en la persona de estos tres Magos, está representada toda
la gentilidad. Así como también por tres ramas de Noé se engendró todo el resto
de lo que se salvó del diluvio. Por eso quizás a uno de ellos lo pintan un poco
moreno, o negro, para mostrar en la variedad cómo los reyes de la tierra
vinieron a adorar a nuestro Señor y al darle oro, incienso y mirra no hicieron
más que mostrar el misterio que se escondía en ese Niño recién nacido. Con el
oro se veneraba la realeza divina de nuestro Señor; con el incienso se le
reconocía que era Dios, pues solamente a Él se le quemaba incienso, incluso en
los ritos paganos quemar unos granos de incienso bastaba para salvarse de la
muerte cuando las persecuciones en la Iglesia primitiva; con la mirra
reverenciaban la humanidad de nuestro Señor, a ese hombre que iba a morir en la
Cruz por nuestros pecados.
Por
si fuera poco, no solamente en este día se celebra la Epifanía, que es la
aparición, la manifestación de nuestro Señor cumpliéndose así la plenitud de
los tiempos, la Teofanía, como dicen los griegos, sino que también como muestra
Santo Tomás, nuestro Señor fue bautizado a los treinta años un seis de enero y
las bodas de Caná fueron un año después,
en esa misma fecha. Entonces en este día se dieron en distintos años tres
grandes misterios de nuestro Señor: su Epifanía recién nacido, a los treinta
años su bautismo en el Jordán y un año después las bodas de Caná, que como lo
dice Santo Tomás fueron las bodas de San Juan evangelista; día también en que
nuestro Señor lo llama para que sea su discípulo, siendo el muy amado que dejó
el lecho nupcial para seguir a nuestro Señor.
Por
esta razón el amor de San Juan es sublime y lo convierte en el más apreciado; él respondió al llamado de
nuestro Señor, renunció al legítimo matrimonio, como lo dice Santo Tomás
siguiendo a San Jerónimo, lo que a muchos fieles, oído por primera vez, les
puede sonar y parecer raro; esto por la ignorancia y la poca preparación de los
sacerdotes que no leen lo que han dicho los padres de la Iglesia y los Santos.
Personalmente
me da pena, pero hay que señalarlo porque no se puede seguir entre tanta
incultura, ocupados más en los chismes y en estupideces que en investigar lo de
Dios o por lo menos la opinión de los Santos. En el peor de los casos, si uno
se equivoca con un Santo Tomás, un San Jerónimo, un San Crisóstomo o un San
Agustín, por lo menos estamos respaldados por esa autoridad no para decir
tonterías en los sermones o inventar anécdotas y que la gente salga vacía; en
los sermones no se trata de idear nada sino de repetir lo que otros, mucho más
santos y más sabios y reconocidos en la Iglesia, han pensado, han dicho y han
predicado. Esa es la importancia de la patrística que es la que nos pone en ese
contacto, en ese conocimiento con lo que antaño se sabía y que hoy lo tenemos
demasiado olvidado.
Hoy
es un día tan solemne e importante que absorbió durante cuatro siglos la misma
Navidad; fue en un seis de enero también en el siglo IV cuando el emperador
arriano Valente se convirtió, asistiendo a la Santa Misa que San Basilio el
Grande decía en ese entonces combatiendo al arrianismo. El emperador se acercó
al altar temblando de miedo por la magnificencia, por la suntuosidad de la
ceremonia y por la concentración de ese santo obispo que no atendió a su presencia sino solamente a Dios y a su
culto; casi cae desmayado si no lo hubieran sostenido y así fue, con toda esa
majestad y solemnidad la ceremonia en que el emperador se convirtió y dejó de
perseguir a los católicos y de favorecer a los arrianos.
Eso
nos da una pálida idea, de cómo se celebraban antaño las ceremonias que eran
manifestación de la fe, de esa fe que quizás nosotros no tenemos, porque si
tuviéramos más confianza moveríamos montañas, no estaríamos dormidos, no
aceptaríamos tantos errores y estaríamos más dispuestos a morir por la verdad.
Nuestra fe está como una mecha que se apaga, porque vivimos más pendientes del
mundo y del qué dirán, cuando no del gobierno y de la economía; ¡a la porra!
¿Qué política puede haber sin Cristo Rey? Ninguna. ¿Entonces cuál es la
estupidez del hombre que quiere hacerla sin Dios? Por puro orgullo, por pura
vanidad o puro fariseísmo y como castigo de todo eso vendrá entonces a gobernar
el anticristo, porque si no reconocemos la realeza de nuestro Señor y que es Él
el Rey de reyes sobre todo el universo, como lo aceptaron los tres Magos,
entonces lo que va a admitir el mundo es el anticristo y su falsa paz, su falsa
iglesia y su falsa religión. Eso debemos recordarlo hoy más que nunca porque
cada vez nos acercamos más a ese lamentable hecho.
La
fiesta de hoy debe recordar la importancia que tiene para nuestra fe y, por
ende, para nuestra salvación y para la Iglesia católica, apostólica y romana ya
que será al final de los tiempos sacudida por Satanás y éste, a través de sus
supósitos se sentará en el Vaticano como lo dice la antigua fórmula del
exorcismo, que después se quitó, y en la cual se pedía incluso para que Satanás
no se sentara en la cátedra de Pedro.
Por
eso es tan difícil ser hoy católico, apostólico y romano, aunque muchas veces
tengamos que decir no a la Roma modernista ya que hay una infiltración que debe
ser denunciada como católicos, apostólicos y romanos que somos y saber que
Satanás se valdrá de obispos, cardenales e incluso hasta de un Papa, para
destruir la Iglesia de Dios. Esa es la gran apostasía de los últimos tiempos,
el misterio de iniquidad, la abominación de la desolación en el lugar santo. Y
se necesitan obispos que así lo vean, que así lo digan y que así lo señalen. Es
un dolor ver que no hay obispos ni buenos ni malos ni de la Tradición ni de los
otros que viendo esto lo digan; y pensar que siendo yo un simple cura lo tenga
que señalar; me da pena, pero es así y me veo obligado a indicarlo.
Que
la Santísima Virgen nos proteja como a hijos indefensos en medio de un mundo
que nos devora si no tenemos vigilancia y cuidado. Pidámosle a Ella que nos
haga adorar en nuestros corazones, en nuestras almas, a nuestro Dios, a nuestro
Señor y que así podamos vivir como verdaderos cristianos. +
P.BASILIO MÉRAMO.
6 de enero de 2003
6 de enero de 2003
domingo, 3 de enero de 2016
FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
El nombre de JESÚS fue revelado por el Ángel a María Santísima cuando se le anunció que ella había de ser su Madre. El dulcísimo nombre de JESÚS esté siempre en nuestros labios y en nuestro corazón.
Directorio de la Misa.-1 Doble de 2a clase Blanco OCM.
EPÍSTOLA.
Hechos de los Apóstoles 4, 8-12.- Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les respondió: Príncipes del pueblo, y vosotros, ancianos, escuchad: Ya que en este día se nos pide razón del bien que hemos hecho a un pobre tullido, y se quiere saber por virtud de Quién ha sido curado, declaramos a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que la curación de ha hecho en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien DIOS ha resucitado. Este Jesús es aquella piedra que vosotros desechasteis al edificar, la cual ha venido a ser la piedra angular; y fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro. Pues no se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.
+ EVANGELIO según San Lucas 2, 21.- Llegando el día en que debía ser circuncidado el Niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el Ángel antes de que fuese concebido.-
viernes, 1 de enero de 2016
1o de Enero Octava de Navidad (fiesta de precepto)
Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.
La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.
Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.
Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.
Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.
Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.
Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.
Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.
No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.
Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.
Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.
¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.
Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.
No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +
BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002
domingo, 27 de diciembre de 2015
DOMINGO EN LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD (Segunda Misa)
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Festejamos hoy la Misa de la Infraoctava de Navidad que corresponde al domingo que cae dentro de los ocho días siguientes a la Navidad. Con esta octava la Iglesia quiere mostrar la importancia de la fiesta de Navidad que se celebra el 25 de diciembre con tres Misas, con lo cual desde la tierra la Iglesia responde con tres sacrificios a la Santísima Trinidad en retribución al Padre Eterno que envía a su Hijo. Tres Misas que tienen un triple significado en el nacimiento de nuestro Señor. La primera, el nacimiento carnal; la segunda, el nacimiento en nosotros a través de la gracia; y la tercera, el nacimiento eterno, el Verbo del Padre eternamente engendrado y la manifestación inefable de la Santísima Trinidad que en mutuo amor el Padre y el Hijo se prodigan amor consubstancial en el Espíritu Santo. Y la Iglesia quiere que nosotros meditemos estos misterios, pues nuestra Redención se inicia con la Encarnación y el Nacimiento de nuestro Señor.
Por eso, el Evangelio de hoy está tomado de la parte de la presentación de nuestro Señor en el templo y la purificación de la Santísima Virgen María. Presentación que se hacía como rescate del hijo primogénito que pertenecía a Dios y que como le corresponde en cierta forma, se le inmolaba. Pero no como interpretaron los paganos matando muchas veces los hijos, inmolándolos a Moloc, sino que se reconocía en el primogénito ese objeto, esa cosa que le pertenecía a Dios por ser la primicia, por ser lo mejor y que se rescataba por medio de ese óbolo que se ofrecía de acuerdo a la riqueza o pobreza de los padres. Nuestro Señor, en ese acto de la presentación en el templo, fue rescatado, cumpliendo con esa ceremonia; recobrado con dos tórtolas o palomas que era lo propio de los pobres. Quiso entonces remarcar ese rescate y mostrar que las primicias son de Dios, son para Dios.
Y la purificación de nuestra Señora a los cuarenta días, que era cuando se producía la parte ritual de esa limpieza que presagiaba la mancha del pecado original, pero nuestra Señora no tenía de qué depurarse no obstante quiso cumplir con el rito religioso y ceremonial del Antiguo Testamento, en el que todas las mujeres parturientas debían purificarse ya que quedaba, de algún modo, consignada esa imagen del pecado original que se transmite por vía de generación. Vemos cómo estaba en la figura del Antiguo Testamento, en el bautismo, que como bien sabemos son éstas, prefiguraciones de lo que más adelante sería la realidad del misterio del sacramento; por eso nuestra Señora va a purificarse siendo que Ella, era la toda pura, la tota pulchra, sin mancha original y sin ningún pecado venial o mortal, como bien lo explica en la salutación angélica Santo Tomás.
Vemos en el Evangelio de hoy, además, cómo San Simeón profetiza que nuestro Señor será signo de contradicción, de salvación para unos y de condenación para otros, porque ante Dios no hay sino dos actitudes fundamentales de todo ser libre: respuesta de aceptación o de rechazo. Con Dios o contra Dios, no hay término medio y ese es el acto de la elección fundamental de nuestra vida, de nuestra libertad. Aquel que elige bien, está con Dios y el elige mal, está contra Dios. Esa elección que hace y que la hacemos cada uno de nosotros debemos renovarla para vivir siempre en adhesión libre y amorosa a Dios que es la que nutre todos nuestros actos religiosos para que no caigan en rutina, en vacío, en aburrimiento, en ceremonias sin sentido; que así esa elección de Dios sea un acto de fe, de esperanza y de amor ya que tenemos la gracia, sin la cual sería imposible pronunciar el nombre de Dios con fe, con amor. Es lo que dice la Epístola de hoy “Abba”, Padre; así, todos nuestros actos quedan vivificados por el espíritu interior y siendo un acto de la libertad, es un acto virtuoso.
Drama de cada hombre frente a esa elección trascendental, frente a Dios, frente a nuestro Señor que es signo de contradicción para aquellos que le rechazan. Que si ese rechazo dura hasta la hora de la muerte es lo que desencadena el infierno, la condenación eterna y de ahí que nosotros podamos ayudar como instrumentos a convertir a aquellos que a nuestro alrededor no quieren adherirse a Dios, que no quieren adherirse plenamente, o que retardan esa adhesión; poder ayudarles a través del ejemplo, de la profesión de la fe en la verdad y en el espíritu de Dios, con sencillez, no con violencia, no con presiones, sino con el espíritu de verdad que se impone por sí mismo, si es que aquella alma es tocada por la gracia de Dios.
En eso debe consistir no sólo el apostolado de la Iglesia, sino el de cada fiel. Que dicho sea de paso, me asombra ver cómo los fieles, no digo los recientes, sino los antiguos, cuando quieren convertir a alguien y sobre todo a la verdadera Iglesia, no los preparan, no hacen una catequesis sino que los traen como quien conduce animales llevándolos al monte, dejándole el problema al sacerdote, sin la mínima disposición de aprovechar ese conocimiento, esa amistad para evangelizarlos, sobre todo hoy, en la Tradición.
Si alguien viene a bautizarse o casarse en esta capilla que lo haga con el convencimiento de una catequesis tradicional; es un deber de cada fiel, eso es lo que significa el padrino; ese trabajo lo hace el padrino y atestigua la fe del otro, y muchos se extrañan cómo es que el padre no le da los sacramentos, y es que no se les pueden dar si no saben por qué vienen aqui; si les da lo mismo otra parroquia que esta capilla, pues que lo hagan en la otra, porque sencillamente uno tiene que saber en dónde pisa, a dónde va y cuál es la diferencia. Qué tal si una persona que se bautiza o se casa aquí , después tiene problemas con la partida de bautismo o de matrimonio; se la rechazan por los motivos de
ser quienes somos. Después nos vienen con el problema como si en este lugar estuviéramos engañando a la gente y de hecho ha pasado; no exagero, y ¿de quién es la culpa? Del sacerdote que imparte el sacramento sin suficiente catequesis y de aquellos que traen a esas personas y las dirigen a la capilla sin tomarse el trabajo de adoctrinarlos, creándose toda una situación de compromiso en la que no se gana nada y por eso Monseñor Lefebvre pedía y decía que los sacramentos son para los tradicionalistas porque se requiere un mínimo de conocimiento de lo que está pasando hoy en la Iglesia para recibir dignamente los sacramentos conforme los imparte la Iglesia y no que les dé lo mismo aquí que Allá
. Eso forma parte del apostolado que cada uno debe hacer cuando la ocasión se presenta y no pensar que ese es el trabajo exclusivo de los sacerdotes. El catecismo comienza en la casa, es deber del papá y de la mamá enseñárselo a los hijos, y el sacerdote lo que hace es reforzar, perfeccionar o corregir en el supuesto caso de que haya algún error; la educación comienza en casa y la educación católica mucho más; no lo olvidemos. Ese es el trabajo de los padres con sus hijos y de las familias con sus familiares y de los amigos con sus conocidos; es un deber de religión, es un deber de caridad.
Aprovechemos para reforzar nuestra fe en estas Navidades, para que el Niño Dios nazca, se consolide en nuestros corazones, para que nuestra fe crezca, sea lúcida, no sea la del carbonero, que sea una fe inteligente, que se ilumine en las cosas y los misterios de Dios, para que vivamos de esa fe, de esos misterios y podamos de algún modo irradiarlos a los demás y convertir las almas y llevarlas a Dios.
Que meditemos todas estas cosas como lo hacía nuestra Señora, quien conservaba y guardaba todos estos misterios en su corazón, de los cuales se nutría su alma y vivía así inmersa en la apreciación de las cosas de Dios, para que nosotros podamos también contemplarlas y no las del mundo que nos incita a la rebelión, al orgullo y al pecado. Hagamos estos votos en estas Navidades y pidámosle a nuestra Señora ser fieles a Cristo nuestro Señor. +
PADRE BASILIO MERAMO
31 DE DICIEMBRE DEL 2001
31 DE DICIEMBRE DEL 2001
viernes, 25 de diciembre de 2015
Natividad del Señor
Amados hermanos en
nuestro Señor Jesucristo:
Esta es la tercera
Misa de Navidad y corresponde a la Misa del día. La primera fue la Misa de
medianoche, de gallo; y la segunda, la Misa del alba o de la aurora. Con estas
tres Misas la Iglesia quiere manifestar lo sublime que es esta fiesta de la
Natividad de nuestro Señor Jesucristo, de la Navidad, por lo cual en esta
tercera Misa, la Iglesia ha elegido se lea el evangelio de San Juan con el que
finalizan todas las Misas.
San Juan, el
discípulo amado, es representado por el águila para simbolizar su alto vuelo,
agudeza y profunda visión al situar al Verbo desde su origen en la Trinidad.
Dice en su evangelio: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en
Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios”. Ese principio es
el Verbo que se hace hombre y: “en Él estaba la vida, y la vida era la luz de
los hombres, y la luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la han
recibido”. “Existía la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a
este mundo”. “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”. “Pero a todos
los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dioles potestad de
llegar a ser hijos de Dios”. Es taxativo, fundamental, nos sitúa directamente
en el orden sobrenatural; el concepto de Dios se adquiere por el conocimiento
natural, pero el concepto de Cristo nos introduce directamente en el plano de
lo sobrenatural, en el orden sobrenatural de la fe.
Por eso, al pronunciar
el nombre de nuestro Señor Jesucristo no queda más que arrodillarse y adorarlo
como a Dios, como al Verbo Encarnado. Es lo sublime de la religión católica que
excluye toda falsa religión, todo otro nombre, toda otra posibilidad de
salvación, cualquier otra iglesia, y eso hay que reafirmarlo hoy en medio de
tanta confusión en materia religiosa, de salvación y en materia de gracia. Por
eso San Juan es taxativo, no deja lugar a dudas, proclama esa fe y la
generación eterna de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que es lo que
quiere significar esta tercera Misa, la generación eterna en Dios del Verbo que
procede del Padre; el Padre que le engendra desde toda la eternidad, desde
siempre, y que por ese Verbo se han
hecho todas las cosas; el universo y toda la creación converge en nuestro Señor
Jesucristo. Es Rey de Reyes, Cristo Rey.
Desgraciados
aquellos hombres y pueblos que no quieren someterse al suave yugo de nuestro
Señor y no quieren reconocerle. Y ¡maldita, mil veces maldita sea la libertad
religiosa que le niega el derecho de exclusividad a nuestro Señor! Por eso, es
una herejía el ecumenismo que flagela y destruye la Iglesia, que pretende
destruir la majestad de Dios y eso el mundo no lo ve, porque no tiene fe; no se
consideran estas verdades a la luz sobrenatural de la fe y por eso la Iglesia
está siendo cada vez más reducida a un pequeño rebaño fiel a nuestro Señor.
No podemos dejar
pasar sin advertirlo, debemos estar vigilantes, que no en vano festejemos la
Natividad de nuestro Señor. Si Él no es el Cristo, si Él no es el Ungido,
¿quién es el Verbo de Dios entonces? Habría que ver qué significado tiene la
Navidad. Toda la religión católica caería por tierra. Se socavan la religión y
la Iglesia católica al permitir la posibilidad de salvación no en el nombre de
Cristo sino en cualquier falsa religión, como era lo que proclamaba esa falsa
santa: la Madre Teresa de Calcuta.
Y que Dios y ustedes
me perdonen, mis estimados fieles, pero es la verdad a la luz de la fe; ¿cómo
es posible que el apostolado de ella consistiera en que cada uno se puede
salvar, ya sea un buen pagano, un buen musulmán o un buen judío? Eso es
filantropía, no es la caridad de Dios que debe predicar a Cristo; el apostolado
es atraer a los infieles y a todos los hombres al nombre de nuestro Señor
Jesucristo; ese es el apostolado de la Iglesia y no lo que hoy se predica, “que
cada uno sea bueno en su creencia, según su conciencia”. ¿Cuál conciencia? La
inconsciencia que da un mundo impío y ateo que por orgullo no quiere reconocer
la sumisión y la sujeción de todos y de cada uno de nosotros a nuestro Señor
Jesucristo y proclamar que Él es el Rey de Reyes, que es la revelación del
Padre como acabamos de ver en la epístola; antaño, y como pasó en todo el
Antiguo Testamento, Dios hablaba a través de los profetas, pero después ya no
habla a través de los profetas sino a través de su Verbo mismo, de su Palabra
que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Palabra de Dios, eso
quiere decir el Verbo, el Hijo de Dios.
No es posible perder
la noción de estas verdades fundamentales, necesarias para ser católicos; es un
ejemplo de cuán diluida está la doctrina y la verdad católica, el fundamento de
nuestra sacrosanta religión; y cuán profanado el nombre de Jesús, su cruz y su
Iglesia. Debemos reanudar esos principios fundamentales de nuestra religión
para que nuestra fe se enaltezca, sea pura e inmaculada; una fe afirmativa, no
una fe diluida; una fe que ya no es fe sino un puro sentimiento religioso, eso
no es fe sobrenatural, a ese sentimiento religioso no se le puede llamar ni
considerar jamás fe, y ese es el concepto de fe de los protestantes, un
sentimiento avalado por la conciencia y la libertad del hombre; y ¿cómo es
posible que hoy se enseñen todas estas cosas, que destruyen la fe y hacen que
las tinieblas en el mundo sean más densas que cuando vino la luz, nuestro Señor
en persona, a disipar las tinieblas del mundo?
Por tanto, no hay
autoridad en la Iglesia y no la puede haber jamás si va en contra de la luz, de
la verdad y de la doctrina católica. Lo que hay, cuando no se cumple con el
sacrosanto deber, es una claudicación; caiga la piedra a quien le caiga, pero
lo debemos tener claro para seguir profesando la fe católica, apostólica y
romana, para seguir perteneciendo a la Iglesia de Dios, a la Iglesia de nuestro
Señor Jesucristo, y no que nos abracemos en un sincretismo religioso “sin
dogmas que dividan en unión con todos los hombres” en la sinagoga de Satanás,
que es la obra del judaísmo, obra de la masonería; esa no es la Iglesia
católica.
De esta tribulación,
creemos que saldrá la Iglesia acrisolada, purificada, pero hay que cuidarnos de
no ser consumidos en esa purificación; para no ser consumidos y destruidos
tenemos que permanecer con la llama de la fe encendida y que no se diluya en un
sincretismo religioso del cual la Iglesia es una de tantas creencias más; eso
es lo que propaga el ecumenismo, eso es lo que significan esas reuniones y
ceremonias inter religiosas de Asís y de la misma Roma, profanando la tumba de
San Pedro, primer Papa de la Iglesia católica. Todo esto nos hace reflexionar
para que esta Navidad sea una proclamación de fe, un acto de fe vivido y no un
sentimiento religioso o una opinión sino un dogma de fe, porque la proclamación
de la fe implica nuestra salvación.
Esta es la época de
apostasía que nos tocó sufrir: oscuridad, tinieblas, con muy poca luz,
apagándose la fe que todavía queda en los fieles que, perdidos y descarriados,
vagan como ovejas sin pastor; hay que alimentarlas con el pan de la verdad y la
verdad es Dios y Dios es nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que proclama como
un águila San Juan evangelista, el discípulo amado, el discípulo preferido y
además primo de nuestro Señor, como atestiguan los Padres de la Iglesia.
Pidámosle a nuestro
Señor esa fe en Él, que nos santifica; no puede haber obra de santificación si
no hay fe, y sin fe no puede haber caridad ni amor a Dios; por tanto, la fe es
esencial, es uno de los fundamentos de la Iglesia católica y esa fue la fe que
tuvo nuestra Señora. Ella, que creyó como ningún otro mortal en la divinidad de
su Hijo, siendo Ella una criatura, por lo que se consideraba a sí misma indigna
de tan altas grandezas a las cuales Dios la llamó, a lo que apenas supo
contestar: “Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Sierva de
Dios, como quien dice la sirvienta de Dios, eso es la criatura ante Dios, somos
siervos y Dios nos llama a ser hijos, asimilándonos a nuestro Señor Jesucristo
y que por lo mismo se nos da en el Pan Eucarístico, en la Sagrada Hostia; eso
significa la Comunión, no es un pedazo más de pan, como lo creen hoy.
¡Hasta dónde hemos
llegado y quién sabe hasta dónde llegaremos en la destrucción y demolición de
la Iglesia! por obra y mérito de los mismos pastores, de la misma jerarquía; eso
es lo terrible y doloroso. Debemos aferrarnos cada vez más a nuestra Señora
para que Ella nos proteja, nos conforte y nos consolide en la fe y en el amor a
su Santísimo Hijo. +
P. BASILIO MÉRAMO
25 de diciembre de 2000
25 de diciembre de 2000
jueves, 24 de diciembre de 2015
VIGILIA DE NAVIDAD
En este domingo festejamos la Vigilia de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, y narra el Evangelio la duda que embarga a San José ante el gran misterio de la Encarnación, misterio que él desconocía; por tanto, tenía el propósito de abandonar secretamente a su legítima esposa, abandonarla en secreto porque los judíos acostumbraban repudiar a la mujer adúltera y para evitar ese escándalo, pensaba, sin difamarla, dejarla en silencio, viéndola encinta y sabiendo por demás, que era una santa mujer y que se habían casado prometiéndose mutua virginidad.
La ley natural nos dice que si una mujer está encinta, es porque ha tenido relación marital con un hombre; la Santísima Virgen no podía revelar lo acontecido en Ella porque era a Dios a quien correspondía anunciarle a su esposo; Ella debía guardar silencio sabiendo que Dios proveería lo que fuese necesario, incluso, el hecho de advertir al casto, puro y virtuoso San José, quien según la Tradición de la Iglesia era primo hermano de la Virgen María. San José, pues, ante aquel misterio decide abandonarla en secreto para no hacerle daño, para que los judíos no la lapidasen;
no difamarla, pues le constaba que era pura y santa; sin embargo, ya que no puede entender, con virilidad decide distanciarse, hasta que un ángel del cielo le aclara el misterio anunciándole que aquello era obra del Espíritu Santo y que recibiese a la Virgen en su casa como a su legítima esposa.
Esta actitud de San José, que nos puede extrañar, incluso escandalizar, si somos piadosos en apariencia, porque la verdadera piedad es viril (fuerte) también en la mujer, como la piedad de Santa Teresa la grande, porque la virtud da esa fortaleza de espíritu tanto en el hombre como en la mujer; la misma palabra virtud quiere decir fuerza, vigor, uirtus. San José, entonces, en lugar de hacer consideraciones aparentemente piadosas "... como es una santa mujer, eso será hinchazón, será inflamación u otra cosa...", no entiende y decide tomar distancia.
Esa actitud tendríamos que tenerla en cuenta estimados hermanos, a lo largo de toda nuestra vida, para esas ocasiones difíciles, sobre todo en épocas como en la que nos ha tocado vivir. Cuando no entendamos y estemos ante una contradicción o un misterio, y más aún, cuando estemos ante un misterio de iniquidad como el que realmente se vive, nos sirve ser viriles y adoptar el ejemplo de San José: ante el error introducido en la Iglesia -preñada de errores cuando no de herejías-, siendo un contrasentido, ya que la Iglesia es santa, es pura e inmaculada, pasando por alto los errores personales que tengan sus miembros. Los errores doctrinales que
afectan a la institución en sí misma constituyen un misterio de iniquidad en la Iglesia. El católico, si ama a Nuestro Señor debe tomar distancia, alejarse en silencio para conservar la fe y no excusar el error ni aceptarlo, como desgraciadamente hacen muchas personas encubiertas con apariencia de piedad, como les pasa a muchos sacerdotes que justifican el error y la contradicción.
Y este ejemplo de San José: él, que no podía pensar mal de la Santísima Virgen María; él, que sabía que era una mujer inmaculada, la ve encinta y decide dejarla, y lo hubiera hecho, pero el ángel le retiene. Entonces, ¿cómo es que nosotros - católicos- que sabemos que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, como institución divina no puede enseñar el error y menos la herejía?, aceptemos esa contradicción, esa infamia, esa blasfemia, la de cohonestar con una Iglesia que no es ni pura ni santa ni inmaculada. Hay que imitar a San José.
Y esa fue la actitud que asumió Monseñor Lefebvre: tomó distancia, no aceptó bajo ningún concepto el error y la contradicción, se adhirió a la Tradición para mantenerse fiel y fundó una asociación de sacerdotes fieles a la verdadera Iglesia, porque la verdadera y única Iglesia no puede como institución albergar ni enseñar el error en su doctrina, en sus sacramentos y en su moral. Otra cosa son los errores humanos de sus miembros, pero ya no es la institución quien falla sino los hombres, la parte humana. Nosotros no podemos aceptar lo que actualmente se
presenta ante nuestros ojos como Iglesia oficial henchida de errores y herejías. Por esto, la valentía de San José viene a servirnos de ejemplo para mantenernos fieles al Evangelio, para que Nuestro Señor Jesucristo reine en su Iglesia y en nuestros corazones; aunque nos consideren cismáticos, o como ellos quieran considerarnos, ya que "cisma", como decía Monseñor Lefebvre, "si es que lo hay, no soy yo el cismático sino aquellos que no son fieles a la Tradición de la Iglesia siendo la innovación la que posibilita, y de hecho así lo ha sido, el error, llevando a los fieles a
la apostasía".
Por lo mismo, debemos cuidarnos de organizaciones que parecieran responder a mensajes del cielo y que pueden no ser verdad, porque son susceptibles de adulteración en el camino; me refiero al Movimiento Mariano del padre Gobbi, Movimiento Sacerdotal Mariano, suscitado aparentemente por Nuestra Señora quien revela cosas muy ciertas con las cuales estoy de acuerdo, salvo en un punto que me parece esencial, fundamental: ¿cómo es que Nuestra Señora no diga nada de la Santa Misa? Que ellos se mancomunen en concelebraciones y celebraciones de
la nueva misa, teológicamente es absurdo. Entonces, ese es un punto clave. Otro es el siguiente: ¿cómo es posible que reconociendo, por ejemplo, que en la Iglesia hay una gran confusión, desobediencia, error y herejía, incluso apostasía, cubra las espaldas a los principales responsables de esa apostasía? Eso no puede ser.
Necesitamos más que nunca manejar un concepto sobrenatural claro de lo que es la Iglesia y su doctrina y necesitamos también el virtuosismo de San José ante el error que la invade y que bajo el peso de la obediencia a la jerarquía y a la autoridad, quieren hacer prevalecer por encima de la verdad. Ese es el gran misterio de iniquidad y por eso digo que Nuestra Señora no puede ocultarlo.
Pablo VI firmó todos los decretos y declaraciones del Concilio Vaticano II, no se le puede eludir la responsabilidad que le corresponde; o también a Juan Pablo II, que no ha hecho más que favorecer el error difundiendo el Vaticano II, mientras que reprime y estrangula la verdad y la tradición de la Iglesia. No puede haber plena unión en la verdad en aquellas cosas que parecen correctas y con las que podríamos estar muy de acuerdo, si no se dice toda la verdad y, más aún, cuando se encubre con el manto de la Virgen a los culpables. La autoridad tiene una obligación y se peca no solamente por acción sino también por omisión; la autoridad que no reprime al mal se convierte en su cómplice, hace que el mal se vuelva impune y, así, es más condenable que el mismo criminal. Y si eso acontece en el orden natural, cuánto más en el orden sobrenatural de la Iglesia, estando la autoridad para combatir el error y para enseñar y afianzar la verdad infaliblemente y si eso no lo hace un Papa, peca con un pecado de lesa majestad contra la Iglesia y la verdad, que es Dios, y eso no lo puede encubrir Nuestra Señora.
Monseñor Lefebvre, ese santo Obispo, y santo no solamente por decirlo para significar una gran vida de santidad, sino santo con todas las características de aquellos santos dignos del altar, porque incluso por su intercesión se han hecho algunos milagros, pero que ha sido vilmente atacado por haber cometido el gran pecado de ser fiel a la Santa Madre Iglesia Católica, siguiendo él ese ejemplo de firmeza y de virilidad de San José al no querer aceptar el error.
En estos momentos de la Vigilia de Navidad, en que esperamos nazca nuevamente Nuestro Señor, esperamos también su segunda venida. La Navidad carecería de sentido si no tuviésemos presente cada año en esta fecha la segunda aparición de Nuestro Señor glorioso y majestuoso con la cual completa y corona su primera venida y toda la obra de la Redención.
Pidámosle a la Santísima Virgen María que nos ayude a festejar una Navidad en paz con Dios y con los que están a nuestro alrededor si eso es posible, manteniendo la fe pura, la fe inmaculada cual pura e inmaculada fue la Santísima Virgen María que albergó la palabra de Dios en su seno.
BASILIO MERAMO PBRO.
24 de diciembre de 2000
domingo, 20 de diciembre de 2015
CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento. Estos cuatro domingos presagian los cuatro mil años que van desde la creación de Adán y su contiguo pecado, a la espera y venida del Salvador. Digo cuatro mil años, porque eso es lo que poco más o menos atribuye la Tradición de la Iglesia, desechando las fábulas, mitos y estupideces, como decía San Juan Crisóstomo, el patrón de los predicadores, que desde aquella época ya refutaba esa idea infundada de atribuirle miles y millones de años al universo y la creación del hombre. Cuatro domingos que nos preparan para la Natividad de nuestro Señor.
Nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento. Estos cuatro domingos presagian los cuatro mil años que van desde la creación de Adán y su contiguo pecado, a la espera y venida del Salvador. Digo cuatro mil años, porque eso es lo que poco más o menos atribuye la Tradición de la Iglesia, desechando las fábulas, mitos y estupideces, como decía San Juan Crisóstomo, el patrón de los predicadores, que desde aquella época ya refutaba esa idea infundada de atribuirle miles y millones de años al universo y la creación del hombre. Cuatro domingos que nos preparan para la Natividad de nuestro Señor.
Por lo mismo, la Iglesia en su liturgia durante este tiempo de Adviento nos presenta la figura de San Juan Bautista, precursor del Señor, comparado a los ángeles no porque fuese un ángel en su naturaleza sino por la misión que tuvo; porque ángel es aquel que tiene la misión de anunciar a los hombres las cosas de Dios. Y él fue quien anunció y más que anunciar, señaló con el dedo la presencia de nuestro Señor, el Verbo Encarnado del cual él “no era digno ni aun de atar la correa de sus sandalias”. Figura que nos prepara para ese espíritu de Navidad tal como él preparó para que el pueblo elegido aceptara la predicación de nuestro Señor Jesucristo y a nuestro Señor mismo ya que era su precursor, el gran pregonero y la voz de aquel que clamaba en el desierto, que era nuestro Señor Jesucristo en persona y San Juan su portavoz. Predicaba el bautismo de mortificación, es decir, la penitencia, la conversión de corazón hacia Dios y la negación de todo aquello que se opone a Dios, y que se cifra en el pecado.
El pecado está arraigado en una triple raíz, en una triple concupiscencia y de ahí provienen todas las malas inclinaciones, que si no las atacamos a tiempo, se convierten en perversión; eso es lo que genera los crímenes y abominaciones que vemos y que con un espíritu a veces impío, se le atribuye a Dios ese mal, cuando Él es la Bondad Suma, la Misericordia Infinita. El corazón perverso del hombre no se convierte y se sede no sólo por la triple concupiscencia, sino también como ministro del demonio que siempre trama el mal, por ser el gran enemigo del hombre y de Dios; el demonio nos odia como imagen y semejanza de Dios. Por tal razón quiere destruirnos y que nos condenemos eternamente en el infierno. Esa es la obra de Satanás, el maldito, por no querer servir a Dios; esa es su desgracia, ese fue el primer pecado y la primera apostasía y Dios le quitó la sabiduría pero no el poder, ese poder que ostenta porque Dios se lo ha dejado justamente para que sirva de acicate, de espuela para el bien, para la virtud, para la santidad.
El mal coadyuva para aquellos que aman a Dios, quien saca del mal un bien para aquellos que son de Él, para los que se transforman a Dios. Esa es la conversión, el bautismo de penitencia que predicaba San Juan Bautista.
Y la Iglesia presenta al Bautista en este tiempo de Adviento para que nos convirtamos a Dios. La conversión tiene muchas etapas en nuestra vida y si no nos decidimos, cada vez retrocederemos más en la vida espiritual; si no se avanza se retrocede; y esa transformación culmina en la santidad sublime de la cual nos han dado ejemplo los santos. Por eso requiere y tiene muchas etapas. No creamos entonces que se trata simplemente del cambio del infiel, del ateo, del que odia y se opone a Dios, sino también la transfiguración del cristiano, del bautizado, del fiel, para que quite todo escollo u obstáculo, todo aquello que imposibilita la gracia para fructificar o producir sus efectos.
Por eso hay que allanar todo monte que dificulta en nuestra alma esa acción de la gracia. Nuestra soberbia, orgullo, vanidad, odio, rencor, envidia, todas esas pasiones que hacen que no nos adhiramos a Dios totalmente porque impiden que la gracia produzca plena en nuestro corazón y nos impide de verdad amar de todo corazón a Dios.
Insiste pues el Evangelio con el ejemplo de San Juan Bautista para que alise todos esos repliegues de nuestra alma, del corazón y que habite plenamente Dios en nosotros como templos sagrados del Espíritu Santo, como tabernáculo que es nuestra alma en estado de gracia; teniendo así esa participación; no lo olvidemos, la gracia como una colaboración de la Naturaleza Divina y por eso nos asemeja a Dios.
Esa fue la gran tentación del Paraíso: que el hombre quiso procurársela por sí mismo dictaminando qué era lo bueno y lo malo para sí, como acontece hoy. El mal y el bien ya no son una cosa objetiva, sino que en este modernismo apóstata cada uno es doctor y maestro de su moral, de lo bueno y de lo malo; por eso ya nadie se avergüenza de besuquearse y de amancebarse en público, porque cada uno determina en el fuero de su conciencia si está bien o está mal; una libertad absurda, de pecado.
Esa es la moral del mundo moderno y la que desgraciadamente predican hoy los falsos profetas que invaden la Iglesia Sacrosanta de Cristo. Tragedia por la cual no debemos claudicar; todo lo contrario, nuestro deber es recordar que el bien y el mal son cosas objetivas en sí mismas. Tan objetivas que por eso se va al cielo o al infierno eterno. Tan objetivo es que si para ir al cielo hay que creer con fe, para irse al infierno no hace falta la fe; de ahí el peligro, la facilidad y la puerta ancha para condenarse, porque para salvarnos necesitamos la e y ésta con la gracia santificante; pero para condenarnos no la necesitamos; por eso es ancho el camino que lleva al infierno, camino adornado hoy con flores, perfumes y halagos para que la gente se deslice tontamente y Satanás se salga con la suya.
Es necesario recordar estas cosas por el bien de nuestras almas y que ese bien lo tengamos presente en esta Navidad; para eso ha venido el Señor, para eso se Encarnó. No echemos a perder el fruto de su Encarnación y Redención que es el de salvarnos, no condenarnos, y así amemos eternamente a Dios en el cielo después del transcurso de esta vida una vez que hayamos muerto en estado de gracia. Ese es el propósito de la verdadera Iglesia. No la falsa Iglesia de los pseudoprofetas, de los anticristos, sino la Iglesia de Cristo y ya sabemos que la verdadera Iglesia se reconoce por la fidelidad a la Sacrosanta Tradición, a la revelación de hoy. Por eso en la Epístola San Pablo dice que lo que se requiere de los dispensadores de las cosas de Dios, de los Ministros de Dios es la fidelidad y no sólo a sus ministros sino también a los fieles.
De ahí viene el nombre de fieles, fidelidad a nuestro Señor, a su Palabra, al Verbo de Dios y a la Iglesia de Dios. Luego ese es el signo infalible para detectar la verdad y distinguirla del error: la fidelidad, esa es nuestra misión y por eso la gran persecución de todo lo que no es la Iglesia de Cristo contra los que son de Cristo por fidelidad.
Seamos fieles y pidámosla a Dios nuestro Señor en estas Navidades. Tengamos presente la lealtad de la cual Nuestra Señora dio prueba al pie de la Cruz; que Ella sea nuestra sustentadora, nuestra fortificadora para permanecer siempre devotos en ese amor del cual Ella nos dio ejemplo. Pidámosle entonces a Ella ese apego y ese amor hacia su amado Hijo. +
BASILIO MERAMO PBRO.
23 de diciembre de 2001
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