San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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miércoles, 22 de octubre de 2014

Del R.Padre Basilio Méramo: UNA VISION TRASNOCHADA DE FATIMA


Lamentablemente, y muy lamentablemente, bajo aspectos de cierta piedad, pero sin
doctrina, lo cual es una falsa piedad, o lo que podríamos llamar: pietismo, se enfocan
muchas veces mal, grandes verdades; y esto es al parecer el problema, desdichadamente, de Mons. Williamson con su último Eleison n°379 del 18 de Octubre
del 2014, en el cual peca por un doble o triple error, valiéndose de lo que Nuestra
Señora manifestó en Fátima: “Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará” y la consagración de Rusia, al punto de afirmar la necesidad de que Mons. Fellay debe
realizar una Cruzada del Rosario, para que Francisco (el Grande) consagre a Rusia y se
acaben los males y toda esta crisis.

La expresión “al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”, si se mira bien, es incondicional, como incluso en su momento, el mismo Mons. Fellay afirmaba con cierta lucidez; y digo cierta, pues quizás el mismo no medía la envergadura que sus palabras cobijaban. Si es incondicional, no depende ese triunfo, de ninguna consagración, lo cual vendría a estar reflejado en lo que también por otra parte dice
Michel de la Sainte Trinité en su obra en tres tomos que fueron resumidos en uno solo
por el Hermano François de Marie des Anges, bajo el título “Fátima, Joie intimes,
evénémant mondiale, e de CRC, Francia 1993; Nos dice: “La locución temporal ‘por
fim’ en portugués, que significa ‘al final’, o también ‘finalmente’, ‘por fin’…” (Ibídem,
p.430).

“Igualmente, cuando el P. McGlynn quería saber si la promesa de la conversión de
Rusia era absoluta o condicional, Lucía responde: ‘Al fin, en el texto del secreto,
significa que es absoluta” (Ibídem, p.435).

Evidentemente se está asociando indebidamente en la pregunta, el triunfo del
Inmaculado Corazón con la conversión de Rusia, identificándolas, y la verdad que este
es un error, porque textualmente “al fin”, se refiere al triunfo del Inmaculado Corazón,
que no está necesariamente supeditado ni condicionado a la conversión de Rusia, sino
que está por encima de la conversión de Rusia. Y la conversión de Rusia sí es lo que
estaba supeditado a la consagración al Inmaculado Corazón, para que se diera un
tiempo de paz (cierto tiempo).

El triunfo del Inmaculado Corazón, no puede ser efímero, pasajero, transitorio,
circunscrito a un período de algunos años (25 o más), sino a un triunfo pleno y total
que se identifica con el triunfo total de Cristo Rey y esto sólo y únicamente se puede
dar, después de su gloriosa Parusía, no antes.

Esto sería además como confundir una merienda o tentempié con una cena y peor aún
con un banquete, un gran banquete de bodas incluso con octava; con el agravante que
ese reino, además de efímero, sería pisoteado, vilipendiado por el reino del Anticristo,
lo cual sería prácticamente hasta blasfemo si se quiere, además de absurdo.

Y todo el problema viene por no tener una contextualización conforme con la hora
presente, en la cual nos encontramos en una crisis de dimensiones verdadera y
exclusivamente apocalípticas, tanto por la intensidad, cuanto por la universalidad del
mal que sacude a la Iglesia y a sus cimientos (la fe y los sacramentos) sobre los cuales está fundada. Pero a esto lleva esa alergia, tirria y hasta odium theologicum
antiapocalíptico.

Para decirlo de una vez por todas, hay que ser muy estulto para no entrever por lo
menos, si es que no se ve por rudeza mental, que después del año 1948, la diáspora se
termina creándose el Estado de Israel, el cual fue inaugurado por David ben Gurión el
14 de Mayo de ese mismo año, lo cual fue el fruto de la II Guerra Mundial.

Negar esto es negar la historia, así como la exégesis cual interpretan todos los exégetas,
estando de acuerdo sobre el texto de San Lucas 21, 24 que dice: “Y caerán a filo de
espada, y serán deportados a todas la naciones y Jerusalén será pisoteada por los
gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido”. Y esto siempre fue
interpretado que acontecerá hacia el fin de los últimos tiempos apocalípticos, próximos
y antesala de la misma Parusía. Y esto es lo que en la nota al pie de la página
correspondiente a este pasaje, Mons. Straubinger indica: “El tiempo de los gentiles
(v.24) va a cumplirse, ésto es, va a terminar con la conversión de Israel (Rom. 11,24),
y el advenimiento del supremo Juez”.

Mons. Williamson se aferra a que toda esta crisis descomunal, donde si no son
abreviados los tiempos –como dice Nuestro Señor– prácticamente no encontraría fe
cuando Él vuelva; y para colmo piensa con ingenuidad anglosajona que todo se
arreglaría con la consagración de Rusia hoy. Esto es un desfase de una mente algo
trasnochada y responde a una mala interpretación (lectura) de Fátima; como si no
estuviéramos viviendo, desde la II Guerra Mundial y hasta ahora, los errores de Rusia
esparcidos por el mundo. Eso es como querer parar la bala después de que ya se
disparó con un acto de arrepentimiento del criminal que accionó el gatillo; es decir,
que todo lo que estamos tragando es crema chantillí y toda la atmósfera excremental
que respiramos es perfume francés. Al buen entendedor pocas palabras.

Que la segunda Guerra Mundial fue consecuencia del castigo ya iniciado por no
haberse consagrado a tiempo Rusia, lo dice el Hermano Michel: “En 1929-1931, todo
dependía del Papa, si Rusia hubiera sido consagrada al Corazón Inmaculado de
María, ella se habría convertido y ni la Segunda Guerra Mundial, ni la
relampagueante expansión del comunismo se habrían producido. Pero como esto no
se había hecho, en lugar de las promesas, fueron los castigos que comenzaron a
realizarse” (Ibídem, p.217).

Debe quedarnos claro que hoy, si se hace la consagración, ella no podría impedir los
efectos, las consecuencias de todo lo que estamos viviendo y sufriendo, mirado a la luz
de la doctrina y de la fe. Incluso si la consagración se hubiese hecho en el mismo año
1938, habiéndose cumplido el signo (la llamada aurora boreal del 25 de enero de ese
año), ya era tarde, pues justamente cuando éste se diera, sería la señal de que los males
anunciados comenzarían irremediablemente. Luego, a partir de esa fecha, la consagración ya sería tardía y por lo tanto, no podría impedir los efectos desencadenados por los motivos que no fueron quitados a tiempo, como era lo que
pretendía nuestra Señora con la advertencia de Fátima, es decir, que por una gracia
exclusiva de la Madre de Dios, Nuestro Señor, en virtud de la devoción del Inmaculado
Corazón de María, impediría el mal que se había enquistado en su forma satánica, a
través del comunismo ateo y humanista que muchos confundían estultamente con los
cañones rusos.

El signo que marcaba el comienzo de los males anunciados, si no se cumplía la
voluntad divina expresada en el llamado Tercer Secreto de Fátima, que consistió en
una noche esclarecida por una luz desconocida (que se le llamó o asoció a una aurora
boreal inusitada) era la advertencia de que los males irremediablemente comenzarían,
por no haber acatado la voluntad divina. Luego, la consagración sería tardía, pues ha
debido ser antes, y no después de esa fecha, para que se cumpliera el efecto prometido
en aras de que el mundo entero se percatara del poder glorioso del Inmaculado
Corazón de María, es decir, que en virtud de su santo nombre y a través de Ella, Dios,
el Verbo Eterno, diera un tiempo de paz impidiendo que se expandieran por el mundo
los errores del comunismo ruso, lo cual es hoy un hecho más que consumado.

Pero esta paz, jamás se puede confundir, con la paz plena y total que sólo podía venir
después de la Parusía. Entonces no había que confundir un tiempo de paz efímero, en
honor al Inmaculado Corazón de María, con la paz de la Iglesia reunida bajo un solo
pastor, formando un solo rebaño en el reino de Cristo Rey aquí en la tierra, después de
la Parusía, que es el que pedimos muy inconscientemente sin darnos cuenta cada día
que rezamos el Padre Nuestro diciendo Adveniat Regnum Tuum, –Venga a nos el tu
Reino– y que se haga la voluntad del Padre Eterno aquí en la tierra como en el cielo.

Reino claro está, incoado por la Iglesia militante en este mundo, pero que será única y
exclusivamente plenificado en el reino de Cristo después de su Parusía y de que haya
sido destruido el Anticristo en su doble aspecto: la versión política, la Bestia del Mar
con siete cabezas (lo que indicaría una gran coalición política universal de las
naciones), y la versión religiosa, la Bestia de la Tierra con dos cuernos de cordero, pero
que habla como el Dragón, siendo esta mucho peor que la otra y que hasta nombre
propio tiene, pues se le llama pseudo profeta y no es como la otra que mata el cuerpo
sino que llega hasta matar el alma, por la perfidia, el error, el engaño, la falsificación y
la apostasía, y así se precipiten en el infierno condenándose eternamente.

He aquí lo que decía el mensaje de Fátima al respecto: “Habéis visto el infierno, a
donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer
en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir,
se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de
ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche
alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la grande señal que Dios os da de
que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y
de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la
consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los
primeros sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si
no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la
Iglesia, los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho,
varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El
Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo
algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre la doctrina de la Fe, etc.
Esto no se lo digáis a nadie, a Francisco si podéis decírselo” (Memorias de la hermana
Lucía, 3 ed. Octubre de 1988, ed. Vice-postulação, Fátima Portugal, p.165).
Esto prueba y comprueba que después de ese signo luminoso excepcional,
comenzarían irremisiblemente los castigos anunciados y la segunda Guerra Mundial,
que, aunque comenzó con Pío XII, de hecho, ya estaba iniciada en sus causas, bajo el
reinado de Pío XI, como lo afirman los fatimólogos y entre ellos el mismo Michel de la
Sainte Trinité.

Hay que precisar también, ateniéndonos a la lengua del escrito original en portugués,
que en esta traducción al español hay dos fallas (o errores): una que no dice doctrina
sino dogma; la otra, que no dice que se consagrará a Rusia indefectiblemente en un
futuro, sino que se ha traducido mal, pues el texto dice: “O Santo Padre consagrar me
á a Russia que se convertirá e será concedido ao mundo algum tempo de páz”. Como
se ve, no dice que indefectiblemente se consagrará a Rusia por un Papa, sino que
deberá consagrarme Rusia, para que se otorgue ese tiempo de paz que es muy distinto,
es decir, que si no se consagra a Rusia, no habrá ese tiempo de paz, pero aun así, al fin
y al cabo, con consagración o sin consagración y todo lo que pase, mi Inmaculado
Corazón triunfará por encima y a pesar de todo.

Entonces queda claro, que es: ha de consagrarme, deberá de consagrarme, y no como
erróneamente interpretan y traducen: me consagrará. He ahí la pequeña y gran
diferencia.

Además, como lo hace ver Michel de la Sainte Trinité, el triunfo es universal: “Así está
claro, cuando Nuestra Señora anuncia solemnemente: ‘Mi Corazón Inmaculado
triunfará’, se trata de un triunfo universal” (Fátima, Frére Francoise de Maríe des
Angels. Joie intime evénément mundial, ed. Contre-reforme Catholique, France, 1993,
p.438).

A la objeción que se puede hacer que la guerra comenzó, no con Pío XI, sino en la
época de Pío XII, en el mismo libro vemos: “Es notable que la Virgen haya anunciado
que la guerra comenzaría bajo el reino de Pío XI y no bajo el de Pío XII. El P. Jongen
interroga a Sor Lucía sobre esta sorprendente anomalía: ‘la Santísima Virgen María,
ha verdaderamente pronunciado el nombre de Pío XI?’ – ‘Sí. Nosotros no sabíamos
entonces lo que era un Papa o un rey. Pero la Santísima Virgen habló de Pío XI’ -
‘Pero la guerra no comenzó bajo Pío XI?’ –‘La anexión de Austria fue la ocasión.
Cuando el acuerdo de Múnich fue concluido, las hermanas jubilosas se alegraban
porque la paz se había salvado. Yo sabía mejor, por desgracia’ –‘Pero ese Padre
jesuita [Dhanis] hizo notar que la ocasión de una guerra no es la misma cosa que su
comienzo’. Esta observación no hizo ninguna impresión sobre la hermana”. “Esta
respuesta de sor Lucía, no tiene nada de sutileza verbal para salirse con la suya.
Puesto que los historiadores han a menudo señalado el hecho: ‘La segunda Guerra
Mundial había ya comenzado mucho antes que ella fuese declarada sobre el papel’ ”
(Ibídem, p.227-228).

Podrá además parecer curioso y contradictorio afirmar que la consagración sería
tardía, habiendo puesto sor Lucía por escrito con fecha posterior en sus memorias, que
después de la luz misteriosa de la noche del 25 de Enero de 1938, de ese signo, ya
comenzarían los males; pero hay que aclarar que una cosa es poner el mensaje por
escrito y otra cosa es haber advertido la necesidad de la consagración como lo había
hecho mucho antes en 1930.

“Después de la Teofanía de Tuy, al inicio del año 1930, Nuestro Señor hace saber a la
vidente que las dos peticiones de la consagración de Rusia y de la devoción
reparatriz, debían ser dirigidas conjuntamente al Santo Padre mismo” (Ibídem,
p.206).

Por otra parte, cuando se le interroga a sor Lucía por qué no dijo lo del secreto antes,
por qué no fue publicado antes, ella responde, porque nadie se lo había pedido, como
podemos ver: Es lamentable, decía el P. Jongen a Lucía en 1946, que el Secreto no
había sido publicado antes de la guerra. Así la predicción hubiera tenido más valor.
Por qué no lo había hecho conocer antes? –‘Porque nadie me lo había pedido’. En
efecto, sus confesores no le habían todavía autorizado a revelar el Secreto. La vidente
de Fátima no le escribirá sino en una carta al Papa Pío XII, en 1940, después de
haber recibido la orden expresa de su confesor. Sin embargo, en este año de 1938, sor
Lucía hará todo lo posible de sí, para prevenir a quien corresponda de la inminencia
del castigo” (Ibídem, p.225).

Es evidente, para los que no tengan alergia ni tirria antiapocalíptica, que Fátima se
refiere a un contexto eminentemente apocalíptico, a tal punto que nuestro autor
subtitula: “Un apocalipsis para el siglo XX” y dice: “Nosotros sabemos de fuentes
seguras, que sor Lucía, interrogada sobre el contenido del tercer Secreto por una de
sus parientes, dio un día esta respuesta: ‘Está en el Evangelio y en al Apocalipsis,
leedlos’. Y la vidente indica incluso en otra ocasión, los capítulos VIII a XIII del
Apocalipsis. El último secreto se sitúa luego en el cuadro apocalíptico de la lucha final
entre la Virgen Inmaculada y el Dragón infernal, tal como se nos describe en el
Apocalipsis…” (Ibídem, p.422).

Y en la página siguiente puntualiza: “El combate apocalíptico entablado entre la
virgen María y el Dragón, constituye la textura dramática de las tres partes del
secreto de Fátima” (Ibídem, p.423).

De otra parte, conviene señalar que una de las grandes razones por la que quizás no se
publicó en tiempo de Pío XII el Tercer Secreto y que además no se realizara
debidamente la consagración de Rusia, fue porque instintivamente se percibía que ya
había sido demasiado tarde, pues la segunda Guerra Mundial había comenzado cual lo
había anunciado Nuestra Señora, si no se hacía lo que pedía y se había dado el signo
infalible del comienzo de los males del castigo de la misteriosa luz de la noche del 25 al
26 de enero de 1938.

Vemos como Mons. Williamson es poco apocalíptico exegéticamente hablando de una
parte, y muy aparicionista de otra. Es evidente que cuando no se tiene como referencia
principal la Palabra de Dios manifiesta en las Escrituras, y particularmente en materia
de profecías neotestamentarias, el libro del Apocalipsis, no queda más que recurrir a
un desmedido aparicionismo por falta de teología exegética. Porque aunque fueran
verdad, en el mejor y supuesto de los casos, toda profecía privada debe interpretarse
conjugándose armónicamente con la Revelación pública y su Apocalipsis.

De todos modos vemos como Mons. Williamson en el fondo está muy de acuerdo con
Mons. Fellay y lo incita a que continúe con la farsa cubierta de piedad, bajo las
cruzadas del Rosario y seguir de manera muy sutil haciéndole ver a los fieles que hay
que esperar algo de estos apóstatas y herejes que ocupan Roma, volviéndola la sede del
Anticristo y que así, por esperar la conversión de Rusia efectuada por esta autoridad
deslegitimizada, se afloje la verdadera resistencia, táctica sutil que no puede provenir
sino en el fondo de la luz negra de Satanás que ha convertido a Roma en apóstata y en
cátedra de pestilencia.

Estamos en pleno y definitivo plano apocalíptico, y Mons. Williamson sigue con sus
ilusiones aparicionistas y antiapocalípticas, pleno de un quijotismo restaurador, no hay
derecho a despreciar las Escrituras ni el Apocalipsis, que es la gran revelación profética
del Nuevo Testamento.

Es ridículo que Mons. Williamson nos dé ahora, como solución de esta crisis de fe, que
hay que pedir y esperar de la Gran Ramera o prostituta babilónica (asentada sobre la
Roma que ha perdido la fe, convirtiéndose en la sede del Anticristo, como ya nos
advirtió Nuestra Señora en la Sallette), de esa cátedra de error y pestilencia, la
consagración de Rusia, para que todo se restablezca, cuando son ellos mismos los
responsables y artífices de esta crisis apocalíptica de la cual sólo Cristo el día de su
Parusía nos puede sacar.

La verdad es que Roma Apóstata y el Príncipe de este Mundo, no podrán encontrar hoy
un mejor aliado. Creo que está de más anotar, que Mons. Fellay podrá decir hoy
también que están los cuatro Obispos perfectamente de acuerdo. ¡Eureka!

No, Mons. Williamson, esta crisis es total, última y definitiva, es apocalíptica, es la
Gran Tribulación, cual nunca se ha visto ni jamás se verá y la Gran Apostasía de las
Naciones de los Gentiles anunciada para los últimos tiempos apocalípticos, a tal punto
que si Dios no abrevia estos días, nadie se salvaría, todos caerían seducidos y
arrastrados por el error hecho cátedra desde la Sede de Pedro, convertida como lo
advirtió Nuestra Señora en La Sallette, en Sede del Anticristo por haber perdido la fe.

No queda más que decir al unísono, todos los fieles del pequeño rebaño disperso por el
mundo y casi prácticamente sin pastores, pues esto ya no tiene remedio humanamente
hablando: ¡Ven Señor Jesús!

P. Basilio Méramo

Bogotá, 22 de Octubre de 2014

domingo, 12 de octubre de 2014

DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio cómo nuestro Señor hace el milagro del paralítico en presencia de todos y cómo los judíos siempre estaban protestando, al asecho, en oposición a nuestro Señor, mientras que el pueblo de algún modo le era favorable y le pedía sus favores y sus milagros.

Según algunos buenos predicadores y exegetas, con este milagro nuestro Señor manifiesta por primera vez implícitamente su divinidad, porque ¿quién sino sólo Dios puede perdonar los pecados? Y eso fue lo que hizo nuestro Señor habiéndoles dicho que era muy fácil decir, “levántate y anda” o decir “tus pecados te son perdonados”, pero lo difícil es hacerlo. Nuestro Señor demostró al curar al paralítico que podía decirlo y hacerlo. Por eso los judíos le impugnan de blasfemo, porque solamente Dios podía perdonar los pecados, y ellos ante lo que veían y oían, en vez de ser cautos y prudentes, acusándolo, hacían, hacen todo lo contrario. 

Podemos preguntarnos la razón por la cual nuestro Señor no afirma su divinidad de una manera explícita desde el primer instante de su vida pública, y en vez, hace esta revelación implícita, gradual, progresiva. Sencillamente debemos recordar que en el mundo pagano los dioses eran moneda corriente, las divinidades que bajo formas humanas se vengaban de los hombres o traficaban con los hombres. Nuestro Señor no podía de primer momento ser confundido con ninguno de esos dioses de la mitología y mucho menos cuando el pueblo judío luchaba encarniza-damente contra esos dioses paganos.

Nuestro Señor va revelándose poco a poco para ir preparando así las mentes y los corazones y no ser confundido con uno de esos dioses paganos del Olimpo que eran asiduamente combatidos. Esa es la razón por la cual nuestro Señor se va manifestando poco a poco, va mostrando su divinidad hasta que después, al fin, lo dice claramente, explícitamente, para que creyesen tanto los judíos como los paganos.

Y esa relación trascendental del pecado, como nuestro Señor al perdonarle los pecados al paralítico nos muestra, nos hace ver nuestra condición pecaminosa, condición que tiene toda criatura por el hecho de haber sido hijos de Adán. El pecado que es delante de Dios, el pecado contraviene el orden de las cosas, el orden que Dios ha establecido según su sabiduría; el mal moral no es malo porque Dios lo diga por un acto de su voluntad, sino que es malo porque no corresponde a la naturaleza de las cosas que están en consonancia con su sabiduría. Por eso el pecado es contra Dios, delante de Dios.

Conculcamos ese orden, aunque muchas veces, cuando se peca, no se piensa en eso, y aquí podríamos decir que ese grave error de una moral o de una concepción que ya Santo Tomás tildaba de herética, era atribuir a la voluntad de Dios y no a la sabiduría divina lo bueno y lo malo. Un gran filósofo como Occam –que es un desastre– decía: “Si Dios me manda a adorar una burra como si fuera Él, yo tendría que obedecer y agradaría a Dios”; decía él, el muy burro; imposible que Dios me mande adorar a una burra, es absurdo, pues el voluntarismo consistía en eso, en hacer depender toda la moral, el orden de las cosas, de la voluntad de Dios, porque Dios era libre y todo se sometía a su libertad y a su voluntad. Ya Santo Tomás había dicho que era una herejía y no sólo una impiedad atribuir estas cosas a la voluntad y no a la sabiduría de Dios que es el que le da peso y medida a todas las cosas, el que les da una naturaleza, y que el orden moral se basa en esa relación que hay entre la naturaleza de esa cosa y su fin.

Dios entonces prohíbe algo no porque dictamine que sea malo, sino porque es malo en ese orden de cosas conforme a la naturaleza, según su sabiduría. Y por eso todo pecado vulnera esa relación de las cosas entre sí y relacionadas con Dios, con la sabiduría de Dios, con el orden impuesto por Dios. El pecador es un disociador y esa es nuestra condición, lamentable, al ser pecadores. Cada vez que pecamos vulneramos el orden de la sabiduría divina impuesto a las cosas; de ahí el gran error del indiferentismo de quitar esa idea, esa noción del pecado, cuando se piensa que uno puede salvarse en cualquier religión, creer que todas las religiones son buenas y otro, afirmar que todas son malas.

Finalmente dicen que no hay pecado. Como hoy acontece, eso es una realidad, la gente hoy se besuquea en la calle, , como si fuera lo más normal del mundo, y así otros pecados que se cometen en la vida pública y ¡ay del que diga algo!, ¡ay del que recrimine!, porque se ha perdido la noción de pecado. “Yo hago lo que me da la gana”, en definitiva esa es mi voluntad, no la voluntad de Dios; lo cual es un error como lo acabamos de ver. Tenemos así la voluntad del hombre, entonces es bueno o malo de acuerdo con mi voluntad, o a mi parecer, y si tengo ganas de salir desnudo, así salgo, porque la gente sale hoy desnuda a la calle; no me digan que va vestida una mujer con el ombligo al aire o con medio seno afuera o como fuese, porque si eso es andar vestido... ¡Válgame Dios!

No es una exageración ni una consideración de un cura beatongo, porque yo no soy tal, ni me voy a escandalizar por ver una mujer desnuda; pero sí me doy cuenta de que eso no es acorde con la naturaleza decaída... que tenemos, porque no es normal que el hombre vea a una mujer en cueros y no tenga tentaciones; ; las cosas como son. Debe haber un poder social, una moral, y que eso hoy se conculque es la prueba de que no hay noción de pecado, que no existe, está abolido.

¿Y si no existe el pecado qué queda? No hay orden, no hay sabiduría, mejor dicho, se destruye todo el orden que Dios ha puesto en las cosas. De ahí la gran revolución que hay en la sociedad moderna con toda esta inmoralidad pública que vemos y que corresponde a ideas falsas y nociones falsas y que atentan contra la religión, contra Dios. De ahí la gravedad de todo esto, porque se vicia toda nuestra relación con Dios, que debe ser una relación ordenada y debida como Él lo ha querido según su divina sabiduría.

En definitiva, en este estado de las cosas se conculca, se ofende la sabiduría divina, el orden que Dios ha impuesto a todas las cosas y el hombre se convierte en un revolucionario; así nos demos o no cuenta, el hecho es objetivo. Con este milagro del paralítico, queda establecida esa relación de pecado afirmada por el evangelio y que nosotros no debemos olvidar hoy día viviendo en un mundo donde reina el indiferentismo.



Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a perseverar y aunque seamos pecadores no pequemos tanto o por lo menos no gravemente para que nuestra vida sea más de santidad que de pecado. +

P. BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2001


domingo, 5 de octubre de 2014

DOMINGO DECIMOSEPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:En primer lugar quiero saludar a todos los fieles, tanto a aquellos que me conocen como a los nuevos, y manifestarles la alegría de volverme a encontrar de paso por aquí, en Madrid.

Vemos en el evangelio de hoy cómo los fariseos van hacia nuestro Señor para tentarlo. Uno de ellos, que era doctor de la ley, teólogo podríamos decir nosotros, jurisconsulto, que no le pregunta para aprender, para instruirse, para disipar las tinieblas de la ignorancia en la cual todos nacemos, sino precisamente para tentarlo, no porque les interesase la verdad ni cuál era, sino para buscar una excusa y así tener con qué reprender a Jesús. Nuestro Señor le responde interpretando, como en el Antiguo Testamento, que el mandamiento más grande era el amor a Dios, y el del prójimo.

Esa es la importancia de la caridad, entendida como siempre nos ha enseñado la Iglesia católica, la de hacer el bien a los demás. Por eso dice que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, es decir, del mismo modo, que nosotros nos amamos, procurándonos el bien. Y el mayor bien es la salvación de nuestras almas; el amor al prójimo consiste en querer lo mejor de los demás, aun de los pequeños y la salvación de sus almas y eso por amor a Dios sobre todas las cosas.
Por tal razón, se da la santificación, por la caridad, el amor; de otra manera sería la perversión de la religión católica, la corrupción de todas las Sagradas Escrituras y de toda la Iglesia católica. Lamentablemente hoy se nos predica una falsa caridad y un falso amor. Y la prueba está en que los pecados más aberrantes se cometen en nombre del amor, del amor adulterado y mal entendido, o ¿qué se hace en la mayoría de las películas y de las novelas? En nombre del amor toda una juventud pervertida, manoseándose en las calles, como si eso fuese lo más natural y normal de este mundo.

Y en nombre del amor, peor todavía, se niega el infierno, diciendo ¿cómo será posible que exista si Dios es amor? Y en nombre del amor, Jacques Maritain, el gran filósofo francés, llegó a afirmar que el averno estaría vacío, ¿y qué es un averno vacío? Pues directamente, como si no existiera. Desocupado, decía él, porque incluso podría redimirse hasta a Satanás, y no en vano Maritain fue el padre de la libertad religiosa del Concilio Vaticano II. En nombre del amor, de la caridad, se nos predica otra religión y el ecumenismo que quiere mancomunar a todos los hombres sin dogmas que dividan. Y en nombre del amor, falsear el amor; el anticristo llegará a esta tierra para promover un paraíso terrenal bajo una falsa paz y un falso amor. Hay que estar prevenidos, mis estimados hermanos; nos toca estar vigilantes, porque en nombre del amor, de la caridad, hoy se va camino hacia la apostasía.

Si se niega al enemigo, se niega el combate y vemos cómo en el evangelio de hoy los fariseos, los judíos, a cada paso, las veinticuatro horas del día, acechan para combatir a nuestro Señor. Y en nombre de un falso amor se niega a los enemigos de la Iglesia, al judaísmo, a la masonería, que son los tentáculos y el instrumento de Satanás para destruir la Iglesia que sufre hoy su pasión como la sufrió nuestro Señor en manos de los hebreos. Y de ahí la necesidad de tener espíritu de combate, de vigilancia en esta tierra, porque es una lucha permanente, primero contra nosotros mismos, contra nuestras pasiones, nuestros apetitos y también contra todo aquello que no quiere aceptar que reine nuestro Señor.

Entonces, cómo se va a hablar de verdadero ecu-menismo cuando no se quiere aceptar al verdadero amor a Dios para que le reconozcamos como al Dios Único y Trino. El Dios de la religión católica y de la revelación no es el dios del judaísmo ni el de los musulmanes; ni tampoco es el dios de los budistas ni de cuanta religión hay por ahí, sino el Dios de la revelación católica, de la Iglesia católica, y ese es el gran vaciamiento que estamos viviendo hoy; por eso la gran crisis y la necesidad de recordar el combate, de combatir para defender nuestra religión. Por lo mismo, en defensa de la fe, monseñor Lefebvre fue quien hizo todo lo que hemos visto y continúa haciéndolo a través de la Fraternidad San Pío X por defender la fe; eso es lo que explica toda su actitud, ese es el principio, el motor, el deber que tiene cada católico de preservar su fe ante todos los enemigos de la Iglesia, tanto externos como internos, que se proponen destruir la santa madre Iglesia.

Ahora bien, sin fe se vacía también la caridad, porque ésta supone tanto la esperanza como la fe; pero una caridad sin fe, como la que predica el modernismo actual, el ecumenismo actual, es una falsa caridad. En consecuencia, es la falsificación de toda la doctrina, de toda la religión cuando se nos predica la caridad sin la fe. Y la fe es una adhesión de nuestra inteligencia a la verdad primera revelada que es Dios; es una relación con la verdad primera y ésta me dice: Dios Trino, que es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, cuya segunda persona se encarnó, murió en la Cruz y fundó la Iglesia con unos sacramentos, con una jerarquía, con un sacerdocio. Todo eso hace a la institución divina de la Iglesia que no se puede cambiar ni socavar como se está haciendo por vía de la autoridad, porque hoy la revolución ha llegado a destruir las organizaciones por la autodemolición, es decir, la autodestrucción, socavando la jerarquía en sí misma, de modo que vemos el padecimiento tan terrible y cruel que vivimos y la gran tentación de sucumbir a la presión.

La prueba de esa presión la tenemos con la reciente caída y traición, porque así hay que decirlo, de los padres de Campos, que se han dejado engatusar por el cardenal Castrillón, que me duele decir, es colombiano, mucho más sutil y sagaz que otros antecesores suyos. Si no tenemos cuidado también nosotros sucumbiremos, y no podemos aceptar entrar en el panteón de las religiones aunque nos den todos los derechos y privilegios como el de la santa Misa, porque será un altar más en el panteón. No lo olvidemos, no podemos creer como algunos han querido pensar, que Roma está cambiando. Sí, está cambiando, pero de táctica como la serpiente, que muda de piel pero sigue siendo la misma. Y es un misterio de iniquidad, porque Roma debiera ser la luz de la verdad, la cátedra de la infalibilidad, y ¿qué vemos hoy? Está convertida en tinieblas, en confusión, lo cual nos hace pensar en la profecía de La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del anticristo”. Eso nos dice la Santísima Virgen María.

No puede haber cosa más terrible y dolorosa para un católico, que ver que de allí, de donde debiera salir la luz de la verdad, pulula el error, el engaño, la mentira, la confusión, como de ese reencuentro de Asís renovado y aun el mismo Vaticano con todas las religiones, sin respetar la tumba del primer Papa, San Pedro, que allí se encuentra. ¿No basta eso para hacer abrir los ojos a los fieles que todavía se creen católicos, pero que no lo son? Porque la Iglesia católica no puede predicar el error, la confusión y las tinieblas, no digo ya la herejía, pero ni aun el error.

No puede haber una fe errónea como la que hoy vemos en la gran mayoría de los que se siguen diciendo católicos. Les han robado, vaciado su fe, y les proponen una nueva y falsa caridad, un falso amor a Dios. Por eso hoy es ineludible de nuestra parte mantenernos firmes en la fe, porque el demonio anda como un león rugiente a nuestro alrededor, para ver a quién va a devorar, como dice san Pedro en una de sus epístolas. No podemos olvidar, no debemos dormir y permitir que nos dé la anemia espiritual y perdamos la capacidad de combate, que no es más que la capacidad del martirio, ya que a eso estamos llamados cada uno de nosotros si Dios así lo requiere, ser testigos, es decir, mártires de Cristo, de la Iglesia de nuestro Señor; para eso tenemos el sacramento de la confirmación, que nos afianza en la fe como soldados de Cristo, no como mercenarios, ni como traidores.

Pero vaya si no hay un pecado contra ese santo sacramento de la confirmación en el cual se nos da la plenitud de la gracia del Espíritu Santo. Si hay un sacramento que podríamos decir del Espíritu Santo, es ese, en el cual se nos da la infusión plena de la gracia y el vigor para consolidarnos como soldados fuertes y aguerridos en la fe recibida en las fuentes bautismales. Eso precisamente falta hoy, hay una claudicación y un verdadero pecado contra el Espíritu Santo; no somos capaces de defender nuestra religión con el tesón que se nos exige sacramentalmente.

¿Dónde están los obispos, los cardenales y los sacerdotes católicos? Sobran los dedos de la mano, porque estábamos seguros de por lo menos cinco obispos católicos fieles: los cuatro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y monseñor Lisinio, sucesor de monseñor de Castro Mayer que acaba de claudicar, para tener en su lugar ahora al susodicho monseñor Rifán. Digo esto con toda firmeza, porque no es de hoy, desde hace dos años en el jubileo, la última vez que lo vi le increpé frente a la Escala Santa, para decirle, advirtiéndole que él no era fiel transmisor de lo que decía monseñor de Castro Mayer y que hacía pasar sus ideas (buenas o malas, en eso no me meto), como si lo fuesen. Ahora, dos años después, me da la razón la Historia, cuando claudican treinta sacerdotes que eran la gloria de monseñor de Castro Mayer. Transigen engañados, sin malicia, como cede una doncella de quince años en las manos de su seductor.

Igual que a ellos, se nos engaña en Asís; por eso es un deber que cada sacerdote advierta a los fieles, porque cada uno de nosotros tiene que dar cuenta ante Dios, por eso tenemos ese sacramento, no lo olvidemos, la confirmación. Para que si es necesario y si Dios así lo quiere, muramos y demos nuestra vida en buena hora, con el mejor acto de inmolación. Pero, ¿qué inmolación va a haber si no hay capacidad de combate, de sacrificio, de lucha y de entrega, de amor a la verdad? Se hace cualquier cosa en nombre de la verdad y así volvemos a lo mismo, a un falso amor y por eso tenemos una falsa Iglesia, una falsa religión que culminará en esa gran apostasía y de lo cual nos daremos cuenta demasiado tarde, cuando tengamos al anticristo sobre nuestras cabezas.

Entonces quedaría la Iglesia reducida a un pequeño rebaño que será excluido, maltratado, perseguido, pero que está y huye al desierto, allí donde el dragón querrá matarlo pero no podrá por la intervención de la mano de Dios.

Por lo mismo, no debemos olvidar que no es un combate contra el hombre sino contra los espíritus, contra los demonios, de allí también el cuidarnos del tiempo que nos desgasta, no escandalizarnos cuando vemos incluso a algún sacerdote de la Fraternidad ir por malos pasos porque se deja engañar o se cansa con el transcurso del tiempo. Debemos anclarnos no en el tiempo que pasa y que fluye sino en la eternidad de la verdad católica que está en la Tradición católica, apostólica, romana. Esto nos hace mucho más romanos que todos los cardenales que están en Roma vendiendo la Iglesia; duele decirlo pero hay que hablar y pedirle a la Santísima Virgen María que nos ayude a mantenernos de pie como Ella lo estaba frente a la Cruz y como, gracias a Ella, lo estuvo también San Juan mientras que los demás apóstoles cobardemente huían. La cobardía y el miedo.

Todo lo contrario, se necesitan soldados de Cristo, valientes, y si tenemos miedo como a veces es legítimo, no sucumbir ante él teniendo la esperanza puesta en Dios y sabiendo que nuestra Madre nos protegerá; por eso debemos acudir siempre a Ella, ser sus hijos fieles y asimismo así serlo de la Iglesia católica, apostólica y romana.

Pidámosle a Dios y a la Santísima Virgen, a través de su ayuda, esa gracia para no claudicar en la hora presente. +

P. BASILIO MERAMO
15 de septiembre de 2002

viernes, 3 de octubre de 2014

El R.P. Basilio Méramo escribe RESPUESTA SOBRE LA PROFECÍA DEL PADRE PEL

Se trata del último Comentario Eleison de Monseñor Williamson del 27 de Septiembre de 2014.

Es muy común mal interpretar por mal saber o no ver, tal como le ocurre al enano que ve y juzga todo desde la pequeñez de su ser, a menos que se pare sobre los hombros de un gigante y pueda así ver más que éste.
Claro que para esto hay que tener la humildad de Saqueo (medio enano o petizo) y subirse a un sicomoro, para poder ver desde arriba del árbol a Nuestro Señor Jesucristo.

Se confunde normalmente (mejor dicho anormalmente) fin de los últimos tiempos apocalípticos con el fin del mundo (el fin de los tiempos o de todo el tiempo).

Ya lo advirtió Melania, la vidente de La Salette, cuando decía: “Es un gran error si se quiere identificar el fin del mundo con el fin del Anticristo. Después de la caída temporal, o corporal, del Anticristo, la Iglesia florecerá más radiante que nunca: todos los Judíos que permanezcan vivos, abrazarán la Fe; todos los Cristianos que permanezcan vivos, serán renovados en una fe viva; y no habrá ya fuera de la Iglesia Católica, ninguna otra religión ni secta, y la paz, la más bella, la más universal, reinará durante siglos, y después de esto, la Fe de nuevo se enfriará...” (Pour Servir á l’histoire réelle de la Sallette, Lettres de Mélanie, Bergére de la Sallette, au Chanoine de Brand, n° 450, p. 320). 

Y es esto lo que constituirá la esencia del Milenio de Paz, donde habrá un solo rebaño bajo un Pastor, cumpliéndose así la gran profecía que trasunta toda la Sagrada Escritura.

Tanto que le gustan las profecías privadas modernas (recientes) a Mons. Williamson, hay una más antigua que trae un Padre de la Iglesia como San Agustín y que remonta a mucho antes que a su propia época, la cual se compagina con lo que el Padre Pel dice.

Pero Mons. Williamson enfoca mal el texto del Padre Pel, ya que es un acérrimo antiapocalíptico, y no se diga ya del Milenio, pues eso derrumba su ingenua (ilusa) restauración de la Iglesia antes de la Parusía, es decir, sin la intervención directa de Cristo y por las solas fuerzas del hombre. Si nos atenemos a la lógica dentro de su óptica, tendríamos el Reino del Inmaculado Corazón de María, que de inmaculado
quedaría poco o casi nada, pues el Anticristo, al venir lo pisotearía.

A Monseñor Williamson por su restauracionismo reconquistador de un triunfo de la Iglesia bajo el estandarte del Inmaculado Corazón de María, antes de la Parusía y por ende del Anticristo, cae en el mismo error de los judaizantes y progresistas como podemos ver en estos dos textos del P. Castellani: “Doctores de la Fe se pretenden estos, y son tenidos de muchos por tales; incluso publican libros con aprobaciones episcopales, en gran peligro de ser engañados andan hoy los fieles. 

Uno de ellos muy famoso del siglo XIX (muchos de ellos hoy día) enseñó que la Iglesia antes del Juicio Universal tiene que llegar a un triunfo y prosperidad completos, en que no quedará sobre el haz de la tierra, un solo hombre por convertir (un solo rebaño y un solo Pastor) y sin más ni más se cumplirán todas las exuberantes profecías viejotestamentarias. (…) Es el mismo sueño carnal de los judíos que los hizo engañarse respecto a Cristo. Estos son milenistas al revés, niegan acérrimamente el milenio metahistórico, después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea una solución infrahistórica de la Historia, lo mismo que los impíos ‘progresistas’, como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la Historia; y en el fondo, la misma inspiración divina de la Sagrada Escritura”. (El Apokalypsis, Ediciones Paulinas, Bs.As., 1963, p. 366, 367). 

Y este es el otro texto: “Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida de Cristo? (Ibídem, p.87).  Muy distinto es si se deja ese Reino de María y de los Sagrados Corazones, para después de la Parusía, durante el Milenio de Paz de Cristo Rey, una vez que juzgue a las Naciones y destruya al Anticristo tanto Político, como el Anticristo Religioso.

A este último, por ser más peligroso y fatal, se le denomina con nombre propio, el Pseudoprofeta; ambos son representados simbólicamente en las dos bestias del Apocalipsis, la Bestia del Mar de siete cabezas (lo cual simboliza una gran coalición internacional universal, plena o total) y la Bestia de la Tierra con dos cuernos como de cordero (lo cual simboliza la mitra del obispo) y como sabemos, el obispo de obispos es el Obispo de Roma, el Papa, que es el Obispo por antonomasia. 

Claro está que se trataría de un falso o Pseudo-Papa cabeza de una falsa o Pseudo- Iglesia pero que goza del prestigio y de la apariencia de la única verdadera Iglesia de Cristo usurpando su autoridad, la investidura del cargo y del poder jerárquico.

Entre tanto la verdadera Iglesia está reducida a un pequeño rebaño (pusillus grex) dispersa por el mundo y sin pastores prácticamente, pero manteniéndose fiel a Cristo firmes en la fe de siempre.

Por todo esto es que Nuestra Señora, en La Salette nos advirtió del eclipse de la Iglesia y de que Roma perdería la fe y se convertiría en la sede del Anticristo (religioso o Pseudo-Profeta).

Además Nuestro Señor mismo nos advirtió, cuando dijo si acaso encontraría fe en la tierra cuando vuelva el día de su Parusía o Segunda Venida bajando de los cielos con todo el poder de su gloria y majestad.




P. Basilio Méramo
Bogotá, 2 de Octubre de 2014

domingo, 21 de septiembre de 2014

DOMINGO DECIMOQUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En el evangelio de hoy vemos la compasión de nuestro Señor por una mujer viuda a quien se le acaba de morir su único hijo. Conmovido ante el dolor de una madre, sin que nadie se lo pida, solamente por presenciar aquella escena, nuestro Señor le resucita a su hijo para consolarla, ya que siendo viuda perdía todo y lo único que tenía en el mundo; porque los hijos, no como mal se piensa ahora, son el único tesoro de una familia; en los hijos está la riqueza de una familia y el perdurar a través del tiempo la garantía de la ancianidad. Aunque también ahora, desgraciadamente, a los ancianos los encierran en las sociedades de la tercera edad para no ocuparse de ellos, lo cual muestra cuán bajo es nuestro nivel de cultura que desprecia a los ancianos, a los padres que nos han dado la vida. Nos preciamos de vivir en un siglo de ciencia y avance y lamentablemente es todo lo contrario.

Esa compasión de nuestro Señor, ese amor, esa caridad, nos hace recordar la deuda de amor que tenemos con Él que vino al mundo para redimirnos y que no escatimó su sangre para morir por nosotros. Ese amor se revela de manera concreta en la compasión que siente hacia esta pobre mujer resucitándole a su hijo, al único tesoro que tenía la viuda de Naím; por eso nuestro Señor le remedia su dolor volviéndole a la vida y manifestando con ese milagro su divinidad. ¿Por qué manifestando su divinidad? Porque dijo en nombre propio: “Yo te lo ordeno, Yo te lo digo”. Ese carácter personal es propio solamente de Dios, porque ningún enviado lo podría hacer sino invocando a Dios y no atribuyéndose poder divino como evidentemente lo hace nuestro Señor; así nos manifiesta su divinidad, en la cual debemos creer como católicos, porque siendo verdadero Hombre es verdadero Dios, y así ese Ser que es divino y que es humano, que se encarnó para salvarnos, para redimirnos del pecado, consuela a esta pobre mujer. La misericordia, el amor de Dios compadecido ante la miseria humana. Todos debemos tener ese amor, esa indulgencia con el prójimo y no faltar al mandamiento de la caridad que supera incluso al de la justicia; el de la estricta justicia que obliga en conciencia a retribuir a cada uno lo debido según el bien común; pero la caridad va mucho más allá, porque está por encima de la justicia.

También San Pablo, en la epístola de hoy, nos exhorta a hacer el bien a todos y en especial a los hermanos en la fe. Que no nos cansemos de hacer el bien y que no tengamos esa avidez, esa avaricia de vanagloria, de pretender y creernos mejores que los demás; eso es origen de disputas, de peleas y de odios. Que nos soportemos mutuamente es la Ley de Cristo. Y San Pablo nos dice que la Ley de la caridad, que es la Ley de Cristo, consiste concretamente en soportarnos mutuamente, y porque no nos toleramos, somos incapaces de tolerar a los demás que están a nuestro alrededor, porque de nada vale soportar a un chino, o a un japonés que está al otro lado del mundo que no nos afecta para nada, sino al que está viviendo bajo el mismo techo, al que vive al lado, al vecino de en frente, al que está próximo a nosotros.

De ahí viene la palabra prójimo, soportarnos y en ese soportarse mutuamente se ejerce la caridad, la Ley de Cristo, sabiendo que debemos tolerar los defectos inherentes a la miseria humana que tienen los que nos rodean, porque nosotros tenemos los mismos o quizá mayores o peores que ellos. Esto es un imperativo, no es facultativo, no es si me cae bien, si me hace un favor; no es si es agradable esa persona; es sin distinción, por encima de lo bueno o de lo malo que tenga, por encima de la simpatía o de la antipatía natural; la caridad no es un encanto natural, es, si pudiéramos decir, si quisiéramos usar la palabra simpatía, una simpatía sobrenatural por amor a nuestro Señor, por amor a Dios, porque Él murió en la cruz por todos y todos estamos obligados a amar al prójimo y en especial a los hermanos en la fe, es decir, a los católicos en primer lugar, en primer orden. Y veremos el fruto de la buena acción si no desfallecemos. De ahí surge la necesidad de la perseverancia, que es como una paciencia prolongada en el tiempo, para que veamos los frutos de las buenas obras hechas por amor a Dios.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos cumplir con ese precepto de caridad, de amor, de compasión con el prójimo, soportándonos mutuamente y haciendo el bien a todos. +

PADRE BASILIO MERAMO
24 de septiembre de 2000

miércoles, 17 de septiembre de 2014

RESPUESTA A UNA OBSESIÓN ANTISEDEVACANTISTA (R.P. Basilio Méramo)




(NOTA DEL EDITOR AL FINAL DE LA EPÍSTOLA)


     Sin darse por aludido, desde su atalaya invulnerable, Mons. Williamson prosigue
impertérrito, dale que dale con su tema, obsesivamente, identificando liberales y
sedevacantistas como las dos caras de una misma moneda; parece que no le entran
balas y no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no
quiere ver y podemos añadir de nuestra propia cosecha; ni peor eunuco que el que
a sí mismo se castra, como de paso le aconteció al famoso y desdichado Orígenes,
que convirtió las Sagradas Escrituras en un cúmulo de alegorías, pues claro, si
seguía interpretándolas en su sentido literal, pero que para él era el craso o crudo,
evidentemente hubiera terminado decapitándose.

Decimos que insiste y persiste Mons. Williamson sin darse por enterado, sin
distinguir, cuando habla del sedevacantismo quiere anular, suprimir, de un solo
plumazo, todo sedevacantismo y seguir reconociendo a Roma apóstata una
legitimidad que no tiene, a pesar y por encima de todo.

Muy lamentablemente Mons. Williamson obliga a que se le tenga que refutar, ante
su obsesión antisedevacantista, ya que no solamente comete el grave error de no
distinguir de qué sedevacantismo habla al equipararlo con el liberalismo como la
otra cara de la misma moneda, sino que menosprecia toda consideración teológica
sobre la sede vacante negando que pueda condensarse en una conclusión teológica
cierta y evidente, no quoad ómnibus (para todos) sino quoad sapientes (para los
entendidos). Como resultado final avala y respalda la autoridad de una pretendida
jerarquía que pontifica no sólo en el error, sino aun en el cisma (en ruptura con el
pasado y la tradición católica), en la herejía y la apostasía renegando del dogma de
la fe. En definitiva se legitima a la Roma Modernista y Apóstata por encima y a
pesar de todo el Misterio de Iniquidad y la abominación de la desolación en Lugar
Santo (la Iglesia) ya presentes.

Mons. Williamson es recurrente sobre el tema y sin embargo no se da (quizás jamás
se dé) por aludido, pues lo que al fin y al cabo le interesa, es respaldar la
legitimidad de una autoridad que pontifica no sólo en el error, sino aún en la
herejía, el cisma y hasta la misma apostasía.

Si bien se mira, la Consideración Teológica sobre la Sede Vacante, es la única que
puede darnos una respuesta teológica y doctrinal ante los hechos consumados que
hoy vemos, de una autoridad que conculca la fe.

Decir reiteradamente que liberales y sedevacantistas se identifican, es equiparar el
sedevacantismo que es una cuestión teológica, (que es posible al no ir contra la fe)
con el Liberalismo que es una magna herejía, como lo atesta entre otros Sarda y
Salvany.

Lo menos que podría hacer Mons. Williamson, es distinguir sapiencialmente
(puesto que es del sabio ordenar y para esto se requiere distinguir) entre un
sedevacantismo visceral, categórico, apodíctico, radical, dogmático y un
sedevacantismo teológico, conclusivo (pues se trata de una conclusión teológica y
por lo mismo, cierta y evidente quoad sapientes, sin que lo sea sin embargo quoad
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ómnibus –para todos–, metiendo a todos en un mismo saco, para desacreditarlos
de un solo y mismo plumazo).

Mons. Williamson no es más, en el mejor de los casos, que una víctima del tabú y
de los prejuicios que sobre el tema, dialécticamente se han forjado, pues a la Roma
modernista y anticristo (como la denominaba Mons. Lefebvre afirmando además
que estaba en la apostasía) lo único que le interesa y teme perder, es la impunidad
que le da el poder obrar bajo el manto de una supuesta legitimidad. Por eso lo que
más le duele y le dolería, es que se le niegue o al menos se le ponga en duda la
legitimidad de su autoridad. Todo lo demás, lo puede más o menos tolerar.
Estamos ante un falso y dialéctico análisis con el cual se pretende anular toda
posición que impugne la legitimidad de las pretendidas autoridades romanas
actuales y quizás sobre todo, imposibilitar, quitándole todo valor a la posibilidad
de la Sede Vacante, es decir, negar su misma posibilidad y así poder legitimar a
ultranza, dicha autoridad. Por eso no distingue ni quiere distinguir, luego es claro,
que desde su falsa resistencia, sirve a los intereses de Roma apóstata y de la Nueva
Iglesia Conciliar. Aparentemente en contra y opuesto a Mons. Fellay por su
acuerdismo, pero llegando a lo mismo sin ningún acuerdo, ya que legitima por
derecho propio la autoridad de aquella.

Mons. Williamson gusta de señalar que se sobrevalora a la persona y se subvalora
la institución, y no se percata que la Iglesia, como institución divina, impugna por
su propia esencia la conducta de un Papa y de toda la jerarquía oficial que se desvía
de la fe; no se quiere dar cuenta que hay un incompatibilidad radical, esencial y
doctrinal entre la herejía y el Papado. Un Papa hereje y que siga siendo Papa, es
incompatible, puesto que la institución divina de la Iglesia eyecta de su seno al
miembro que se vuelve hereje. Si un Papa se desvía en la fe, pública y
notoriamente, es evidente que deja ipso facto de ser miembro de la Iglesia y por lo
mismo no puede ser su cabeza; esto es lo que decía San Roberto Belarmino,
haciéndose eco de toda la tradición de la Iglesia.

De otra parte, no hay una primacía doctrinal entre el magisterio universal solemne
(extraordinario) y el magisterio universal ordinario. Ambos son igualmente
infalibles y por lo mismo definen dogmas de fe tanto este como aquel (la diferencia
está en la formulación), puesto que tanto el uno como el otro tienen la misma
fuente: la Revelación (la oral que es la Tradición y la escrita, las Sagradas
Escrituras). Claro que todo esto no anula para nada esa gran verdad que Mons.
Williamson afirma, que la infalibilidad del Papa proviene de la Iglesia y no a la
inversa.
De otra parte, no es lo mismo hablar de disparates que de herejías, y que un Papa al
no hablar ex cathedra sea falible y por lo tanto nada impide el que diga disparates,
que poco importarían si fueran disparates de orden natural, como si dijera que un
círculo es cuadrado que un triángulo es bilátero o que dos más dos son cinco, pues
en nada esos disparates vulneran la fe, pero si son algo más que disparates, es
decir, que atingen a la fe, vulnerándola, entonces hay que llamar a las cosas por su
nombre; no se trata de meros disparates, se trata de herejías. Y no es compatible un
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Papa que diga herejías, objetiva, pública y manifiestamente con la permanencia de
su pontificado.

Hay una contradicción entre la herejía y el Papa. Un Papa no puede ser hereje y
seguir siendo Papa. Eso es evidente bajo el prisma de la fe. Lo que no es de fe es la
conclusión a la que se llegue, o si se quiere, dicha conclusión es materialmente de
fe, pero no formalmente de fe, como lo es toda conclusión teológica cierta y
verdadera, hasta que la Iglesia así lo enseñe y defina.
Parece que Mons. Williamson no supera su recuerdo anglicano-protestante (que
impugna la Iglesia y el Papado) que no le deja libre para su nuevo amanecer ya
convertido al catolicismo; pareciera no poder superar la terrible pesadilla como si
le siguiera afectando. Y eso, parece que produce una parálisis neuronal que puede
esclerotizar el cerebro, pues hay que estar bastante desfasado para no poner al
menos en duda la legitimidad de una autoridad como la actual que raya en la
desfachatez. Cómo no se va a dar cuenta a quién beneficia con sus pretendidas
elucubraciones teológicas, y cómo paraliza cualquier juicio sobre la herejía de los
actuales jerarcas.

Su oposición a Mons. Fellay es accidental; ambos esperan ser convocados y
certificados por Roma, sin lo cual les parece que no serían católicos; ambos
reconocen la legitimidad de Roma apóstata y la única diferencia es que el uno
quiere un acuerdo (Mons. Fellay) y el otro no (Mons. Williamson), pero con o sin
acuerdo, están los dos reconociendo la autoridad aunque esta vaya en detrimento
de la fe y de la Iglesia.

Ambos no reconocen tampoco el carácter apocalíptico de esta crisis, que de
prolongarse y no ser abreviada, nos recuerda las palabras de Nuestro Señor con
ocasión de su segunda venida o Parusía preguntándose si encontraría si
encontraría aún fe cuando vuelva.


P. Basilio Méramo



Bogotá, Septiembre 17 de 2014


Nota del Editor:

   Pese a las reiteradas ocasiones en las que hemos intentado aclarar, que en estas ulteriores épocas, en las que No cabe una Sede Vacante,  en virtud de que ROMA PERDIÓ LA FE Y ES SEDE DEL ANTICRISTO,  Parece ser que los resabios dialécticos del mundo actual que ya acostumbró a las masas,  a  escoger entre un mal y otro en todos  y cada uno de los  menesteres cotidianos, también afecta incluso, a los mas ortodoxos,  sacerdotes que incluso, son doctos en teología, (esto sin menoscabo y sin mención específica de los doctorsetes  sacamuelas que pretenden pontificar con una embarrada en la materia, y que de una u otra forma arrastran con heréticas teorias incluso a quienes se pretenden conservadores cat´licos, por esa misma  estupidez voluntaria por pereza intelectual);  En este orden de ideas,  desde las etimologías  mismas  para el particular en el asunto de marras,  es  forzoso comenzar por entender el real significado de VACANTE, que implica,  desocupada y disponible,  cosas que ni de asomo se actualizan en el problema de la Roma ocupada por los adlateres del anticristo. dando paso de una postura o problema TEOLOGICOS,  a un simple problema de asequibilidad por costumbre,  toda vez, que no existiría el problema TEOLÓGICO del SEDEVACANTISMO, O ANTISEDEVACANTISMO,  si  se entendiera que su origen es una mas de las semillas  sembradas por la hiper revolución anticristiana,  no  fue exenta la  Neo Frater del problema, y de tragarse  las cuestiones antes descritas,  y  no  es poco  común, que aun los mas  ortodoxos conservadores pretendan jugar en el Tablero del otro, con las reglas del otro,  y con la dialéctica del otro.
   

Y si a esto sumamos  las  Falsas resistencias de "Absipos" Británicos   con la ayuda de "bien ordenados presbíteros fornicadores con la gran ramera,   unicamente quedaría para el pequeño rebaño,  una especie de reducto,  también controlado,  por los platenses,  (comienza a parecer que todo esta perdido).  No  fueron coincidencias  ni la  bomba de humo mediatica del Abispo Willy,  con  su "negacionismo"  fue una implotación,  y tampoco nos parece que sea otra "coincidencia"  que el saca muelas  meologo  Brillantemente haya incoado un par de herejías y logrado hacer sucumbir a la verdadera resistencia apologética que hace  poco mas de un lustro, se lograba en los debates de la  hoy  "Radio Ceriandad"  para dar paso,  a poesia improvisada y columna hueca sin efectos reales,  Muy  similar implotación que además regula y controla a presbíteros bien intencionados, al estar subordinados al neoherecirca disfrazado  de piedad.  y controlando en ese otrora reducto a las "masas del pequeño rebaño"o que podría alguien explicar racionalmente el motivo por el cual  el Obispo Willy,  me escribió pidiendo que retirara  las acusaciones denunciadas en su momento,  al cómplice implotador Ceriani?
SEA PARA GLORIA DE DIOS.
Alberto González 

domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo el evangelio nos recuerda y nos exhorta a buscar, primero el reino de Dios, las cosas de Dios; todo lo demás se nos dará por añadidura, para que no hagamos de lo que no requerimos, que puede ser incluso muy necesario, el fin último de nuestra vida, para que no hagamos de ello nuestro falso dios.

El Evangelio comienza advirtiéndonos que nadie puede servir a dos señores porque amará a uno y detestará al otro, o servirá al otro y no al primero. No se puede servir a Dios y a las riquezas, o se sirve a Dios o se sirve a al dinero, pero servir a ambos al mismo tiempo es imposible. Sin embargo, eso es lo que hoy el mundo predica, el catolicismo liberal: tener a Dios con una vela y a las riquezas con otra; éstas, que representan o sintetizan todos los bienes de esta tierra, de este mundo y por eso nuestro Señor es categórico, es radical, es vertical, o lo uno o lo otro, y eso lo hace para la salvación de nuestras almas, para que no nos engañemos. No es que el patrimonio sea en sí malo, lo nefasto es hacer de él nuestro señor, nuestro dios; lo funesto es ser y vivir esclavos de esas riquezas de ese patrimonio, de lo que ellos proporcionan, como fama, poder, bienestar, influencias, honores y todo lo demás. Debemos vivir para Dios y Él nos dará lo que necesitamos por añadidura.

Y mal se podría interpretar este evangelio de hoy, con la comparación que hace nuestro Señor de mostrarnos cómo las aves del campo no hilan, no tejen, no tienen graneros y son alimentadas por Dios, y cómo un lirio del campo viste mejor que Salomón en toda su opulencia. ¿Y cómo no se va a preocupar más Dios por nuestras almas que por las aves y los lirios del campo? Mucho más vale nuestra alma que es espiritual, con lo cual nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena, esa preocupación desmedida por los bienes de este mundo que se adquieren y aseguran a través de las riquezas.

No es que nuestro Señor esté predicando la imprudencia, la pereza, la dejadez. Porque hay también esa tentación; las Escrituras mal entendidas nos llevan a herejías, y éstas tienen dos polos: los ebionitas, por ejemplo, predicaban que sólo se salvaban los pobres, en la Iglesia primitiva; los calvinistas predican que los que se salvan son los ricos y que las riquezas son una señal de la predestinación al cielo. Dos herejías que se identifican; ni ricos ni pobres, lo que quiere decir nuestro Señor no es que los pobres o los ricos se salvan o se condenan, no somos ni ebionitas ni calvinistas, como calvinistas son gran parte de los Estados de Europa y de los Estados Unidos. Por eso ese afán de poder y de éxitos en esta tierra como una garantía de la predestinación al cielo.

Sencillamente, nuestro Señor quiere mostrar que lo que interesa es la virtud, el desapego. Porque se puede ser pobre y ser tan miserable como un rico avaro apegado al poder y a las riquezas, que aunque no las posea, las desea en el corazón como a un dios omnipotente. Y Dios sabrá si no saldrán de ahí errores como la lucha de clases que ha sido agitada por el marxismo. Y al revés, tampoco quiere decir nuestro Señor, que los ricos se salvan o se condenan, porque se puede ser tan rico como un rey, el rey David, el rey san Luis, el rey San Fernando y no vivir apegados a esas riquezas sino que las utilizan para el bien de las almas y su salvación. También se puede ser rico y utilizar esas riquezas para el mal. Nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena y que no invirtamos los términos, que no nos preocupemos demasiado ni aun por aquello que nos es necesario; que tengamos a Dios por Señor y no las riquezas de este mundo.

¿Cuánta gente, lamentablemente, ha vendido su alma al demonio haciendo pactos por ser grandes artistas, grandes millonarios, muy poderosos? No vendamos el alma al diablo, haciendo de los bienes de este mundo nuestro dios, nuestro fin último. Debemos buscar el reino de Dios en primer lugar y lo demás se nos dará por añadidura.

Otro error sería el de caer en la pereza, en la despreocupación, en la dejadez, en la falta de empeño o de trabajo, pensando que por rezar y orar no tengo que trabajar para ganarme el sustento, porque me va a caer del cielo, interpretando mal esa comparación que hace la Escritura con los lirios del campo y las aves del cielo. Y hay mucha gente inclinada a caer en ese error, ese es un extremo; el otro, diametralmente opuesto, que nuestro Señor quiere combatir, es la solicitud terrena. No podemos caer en la dejadez o en el abandono total esperando que todo nos llueva del cielo. Las Escrituras hay que interpretarlas correctamente, para eso está la santa madre Iglesia, para darnos el sentido a través de su Magisterio y de los Padres de la Iglesia.

De ahí la necesidad de leer la Biblia con abundantes comentarios. ¿Cuánta gente no saca errores sin malicia, y concepciones erróneas de las Escrituras por leerlas imprudentemente sin preguntarse antes qué dice la Iglesia, qué dicen los santos padres? No más por recordar, ¿cuántos errores sacados del Génesis? Por ejemplo, al interpretar quiénes son los hijos de los buenos, de los santos y quiénes son los de los malos. Algunos llegan hasta decir y creer que Eva concibió otros hijos, además de los que tuvo con Adán, con la serpiente; y de ahí siguen sacando cuentos y cuentos típicos de toda una gnosis cabalística que no es de hoy, sino tan vieja como el mundo. Y así se hace de las Escrituras una mitología, una fábula. Por nombrar un aspecto, un detalle de cómo es fácil que el error haga presa de nosotros si no nos preguntamos siempre qué es lo que nos dice la Iglesia, qué es lo que nos enseñan los santos Padres, qué es lo que dice la teología.

Por eso, del evangelio de hoy han nacido muchas herejías, cuando nuestro Señor lo que quiere es mostrarnos cuál es el camino para salvarnos, y sabiendo Él que necesitamos vestido, comida y los bienes que Él mismo ha creado para nuestro sustento, no quiere que esos recursos mal encaminados, mal queridos, mal deseados, sean un obstáculo para nuestra salvación, sean un impedimento para que consigamos el reino de los cielos, el reino de Dios que debe ser el primero y único de nuestros objetivos y todo lo demás es secundario, accidental. Y esto es difícil entenderlo en el mundo de hoy, porque es pagano, está judaizado; donde todo es dinero. Todavía aquí en Colombia nos salvamos porque gracias a la pobreza no tenemos esa contaminación del materialismo que se ve en Europa; es aterrador, trabajar para adquirir, para poseer, para vivir bien, pero se olvidan de vivir conforme a Dios. Así, entonces, tienen por señor no a Dios sino a las riquezas.

Por eso la gran tentación que hay de querer ver realizado en este mundo el paraíso, que es lo que promete falazmente el comunismo; éste no es más que el ideal judío, convertir esta tierra en un paraíso de bienes materiales donde ellos, por supuesto, sean los que gobiernen y manden. No en vano Marx era judío y por ende no hay una oposición entre el capitalismo liberal y el comunismo; son dos versiones de un mismo ideal que se pelean en la manera en que se va a producir, pero el objetivo final es siempre esta tierra, los bienes, el poder y las riquezas terrenales.

En cambio, la Iglesia nos dice: ¡no; es Dios, el reino de Dios! Y eso fue lo que le pasó a Maritain, casado con Raiza, una judía. Él fue un inteligente filósofo, al principio muy purista y a quien el gran padre Garrigou-Lagrange, teólogo en Roma, lo defendía y estimaba; el padre Meinvielle trató de abrirle los ojos a Garrigou-Lagrange en el Angélico, pues Maritain, queriendo instaurar un cristianismo terrestre, cae en la herejía de Lamennais, en esa gran herejía condenada, y él es así, el instigador del Vaticano II, amigo íntimo de Pablo VI y el padre de la libertad religiosa, para que todos trabajasen y viviesen en paz en medio de los bienes de este mundo sin importar que fuesen católicos, judíos, musulmanes o lo que fueran; ese es el humanismo integral, esa concepción católica reducida a esta tierra, en definitiva a buscar el ideal judío del paraíso perdido aquí y encontrado en esta tierra, olvidándonos del paraíso celestial del reino de los cielos.

Y de ahí todo el progresismo que comportan todas estas nociones, que todo lo que viene es mejor; ¿por qué? Porque aumenta la técnica, la ciencia, y entonces, eso debe hacer que los hombres vivan en un mundo mejor, con más bienes de consumo. Falso, eso es buscar primero lo de este mundo, las riquezas y no a Dios; en consecuencia vemos el gran error de Maritain y de todo el modernismo, que se infiltró en el Concilio Vaticano II y que sigue campeando hoy en la teología de la liberación y en toda la evangelización que, según vemos, se predica en las iglesias; por eso las monjas dejan la clausura y salen a la calle, los curas se vuelven como los demás hombres. Es la misma mentalidad y es la de un apostata del reino de Dios, la gran herejía del modernismo y el progresismo actual, impulsada por católicos de talla como Maritain.

Debemos tener esa vigilancia, para que realmente vivamos el espíritu del evangelio, y del evangelio correctamente interpretado, porque de él es muy fácil sacar herejías; el error es múltiple y diverso mientras la verdad es una. Es mucho más fácil, entonces, la propagación del mal que la del bien y por eso es más difícil el bien, porque el mal es como un cáncer. Todo esto quedaría lejos de nuestro corazón si tenemos en primer lugar el reino de Dios, si buscamos el reino de Dios y lo demás lo subordinamos. Ese es el mensaje que nos quiere dejar nuestro Señor en el Evangelio de hoy, para que no nos condenemos con los bienes y las riquezas de este mundo que Dios ha puesto para nuestro sustento y no para reemplazarlo a Él.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a buscar el reino de Dios, el de su divino Hijo en primer lugar, para que así impere en nuestros corazones, si es que no puede imperar más en la ciudad.+


PADRE BASILIO MERAMO
25 de agosto de 2002