San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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lunes, 3 de noviembre de 2014

La Ofrenda a los Muertos y su Origen Pagano.

Extraído del libro: La Ciudad Antigua de Fustel de Coulanges, ed. Porrúa, México 1989, pp. 5-14.

Para conocer el origen de las ofrendas a los muertos que aún perduran tan arraigadas en el pueblo mejicano y que son una reminiscencia del culto pagano a los muertos que es el culto más inmemorial que existe en la historia de la humanidad.









LIBRO PRIMERO

CREENCIAS ANTIGUAS

CAPITULO PRIMERO

CREENCIAS SOBRE EL ALMA Y SOBRE LA MUERTE.


Hasta los últimos tiempos de la historia de Grecia y de Roma se vio persistir entre el vulgo un conjunto de pensamientos y usos, que indudablemente, procedían de una época remotísima. De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formó al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte.

Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indoeuropea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya creído jamás que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre. Las generaciones más antiguas, mucho antes de que hubiera filósofos, creyeron en una segunda existencia después de la actual. Consideraron la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida.

Pero ¿en qué lugar y de qué manera pasaba esta segunda existencia? ¿Se creía que el espíritu inmortal después de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro? No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espíritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinión más antigua de los arios de oriente, pues los himnos de los Vedas están en oposición con ella. ¿Se creía que el espíritu ascendía al cielo, a la región de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansión celestial pertenece en Occidente a una época relativamente próxima; la celeste morada sólo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad. Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era un mundo extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.[1]

También se creyó durante mucho tiempo que en esta segunda existencia el alma permanecía asociada al cuerpo. Nacida con él, la muerte no los separaba y con él se encerraba en la tumba.

Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han quedado testimonios auténticos. Estos testimonios son los ritos de la sepultura que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que habían seguramente nacido con ellas y pueden hacérnoslas comprender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se colocaba un muerto en un sepulcro, se creía que era algo viviente lo que allí se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisión y escrúpulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los funerales de Polidoro con estas palabras: “Encerramos su alma en la tumba.” La misma expresión se encuentra en Ovidio y en Plinio el Joven, y no es que respondiese a las ideas que estos escritores se formaban del alma, sino que desde tiempo inmemorial estaba perpetuada en el lenguaje, atestiguando antiguas y vulgares creencias.[2]

Era costumbre al fin de la ceremonia fúnebre, llamar tres veces al alma del muerto por el nombre que había llevado. Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le decía: “Que te encuentres bien.” Se añadía: “Que la tierra te sea ligera”.[3] ¡Tanto se creía que el ser iba a continuar viviendo bajo tierra y que conservaría el sentimiento del bienestar y del sufrimiento! Se escribía en la tumba que el hombre reposaba allí; expresión que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros. Todavía la empleamos aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se creía en la antigüedad que un hombre vivía allí, que jamás se prescindía de enterrar con él los objetos de que, según se suponía, tenía necesidad: vestidos, vasos, armas. [4] Se derramaba vino sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satisfacer su hambre. [5] Se degollaban caballos y esclavos en la creencia de que estos seres encerrados con el muerto le servirían en la tumba como le habían servido durante su vida. [6] Tras la toma de Troya, los griegos vuelven a su país; cada cual lleva su bella cautiva pero Aquiles que está bajo tierra, reclama también a su esclava y le dan a Polixena. [7]

Un verso de Píndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a salir de Grecia y huyó hasta Cólquida. En este país murió; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia. Se apareció pues a Pelias ordenándole que fuese a la Cólquida para transportar su alma. Sin duda esta alma sentía la añoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no podía separarse sin ellos de la Cólquida. [8]

De esta creencia primitiva se derivó la necesidad de la sepultura. Para que el alma permaneciese en esta morada subterránea que le convenía para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra. El alma que carecía de tumba no tenía morada. Vivía errante. En vano aspiraba al reposo, que debía anhelar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tenía que errar siempre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jamás las ofrendas y los alimentos que le hacían falta. Desgraciada, se convertía pronto en malhechora. Atormentaba a los vivos, les enviaba enfermedades, les asolaba las cosechas, les espantaba con operaciones lúgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella misma. De aquí procede la creencia en los aparecidos. [9] La antigüedad entera estaba persuadida de que sin la sepultura el alma era miserable, y que por la sepultura adquiría la eterna felicidad. No con la ostentación del dolor quedaba realizada la ceremonia fúnebre, sino con el reposo y la dicha del muerto. [10]

Adviértase bien que no bastaba con que el cuerpo se depositara en la tierra. También era preciso observar ritos tradicionales y pronunciar determinadas fórmulas. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: [11] es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido enterrado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calígula sin que se realizara la ceremonia fúnebre, su alma anduvo errante y se apareció a los vivos, hasta el día en que se decidieron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura según las reglas. [12] Estos dos ejemplos demuestran que efecto se atribuía a los ritos y a las fórmulas de la ceremonia fúnebre. Puesto que sin ellos las almas permanecían errantes y se aparecían a los vivos, es que por ellos se fijaban y encerraban en las tumbas. Y así como había fórmulas que poseían esta virtud, los antiguos tenían otras con la virtud contraria: la de evocar a las almas y hacerlas salir momentáneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cuánto atormentaba al hombre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era esta una fuente de agudas inquietudes.[13]

Se temía menos a la muerte que a la privación de sepultura, ya que se trataba del reposo y de la felicidad eterna. No debemos de sorprendernos mucho al ver que, tras una victoria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que habían descuidado el enterrar a los muertos. Estos generales, discípulos de los filósofos, quizá diferenciaban el alma del cuerpo, y como no creían que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, habían puesto que importaba muy poco que un cadáver se descompusiese en la tierra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cumplir la vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos. Pero la muchedumbre que, aun en Antenas, permanecía afecta a las viejas creencias, acusó de impiedad a sus generales y los hizo morir. Por su victoria salvaron a Atenas; por su negligencia perdieron millares de almas. Los padres de los muertos, pensando en el largo suplicio que aquellas almas iban a sufrir, se acercaron al tribunal vestidos de luto para exigir venganza. [14]

En las ciudades antiguas la ley infligía a los grandes culpables un castigo reputado como terrible: la privación de sepultura. [15] Así se castigaba al alma misma y se le infligía un suplicio casi eterno.

Hay que observar que entre los antiguos se estableció otra opinión sobre la mansión de los muertos. Se figuraron una región, también subterránea, pero infinitamente mayor que la tumba, donde todas las almas, lejos de su cuerpo, vivían juntas, y donde se les aplicaban penas y recompensas, según la conducta que el hombre había observado durante su existencia. Pero los ritos de la sepultura, tales como los hemos descrito, están en manifiesto desacuerdo con esas creencias: prueba cierta de que en la época en que se establecieron esos ritos, aún no se creía en el Tártaro u en los Campos Elíseos. La primera opinión de esas antiguas generaciones fue que el ser humano vivía en la tuba, que el alma no se separaba del cuerpo, y que permanecía fija en esa parte del suelo donde los huesos estaban enterrados. Por otra parte, el hombre no tenía que rendir ninguna cuenta de su vida anterior. Una vez en la tumba, no tenía que esperar recompensas ni suplicios. Opinión tosca, indudablemente, pero que es la infancia de la noción de una vida futura.

El ser que vivía bajo tierra no estaba lo bastante emancipado de la humanidad como para no tener necesidad de alimento. Así, en ciertos días del año se llevaba comida a cada tumba. [16]

Ovidio y Virgilio nos han dejado la descripción de esta ceremonia, cuyo empleo se había conservado intacto hasta su época, aunque las creencias ya se hubiesen transformado. Dícennos que se rodeaba la tumba de grandes guirnaldas de hierba y flores, que se depositaban tortas, frutas, sal, y que se derramaba leche, vino y a veces sangre de víctimas. [17]

Nos equivocaríamos grandemente si creyéramos que esta comida fúnebre sólo era una especie de conmemoración. El alimento que la familia llevaba era realmente para el muerto, para él exclusivamente. Prueba esto que la leche y el vino se derramaban sobre la tierra de la tumba; que se abría un agujero para que los alimentos sólidos llegasen hasta el muerto; que, si se inmolaba una víctima, toda la carne se quemaba para que ningún vivo participase de ella; que se pronunciaban ciertas fórmulas consagradas para invitar al muerto a comer y beber; que si la familia entera asistía a esta comida, no por eso tocaba los alimentos; que, en fin, al retirarse, se tenía gran cuidado de dejar una poca de leche y algunas tortas en los vasos, y que era gran impiedad en un vivo tocar esta pequeña provisión destinada a las necesidades del muerto.

Estas antiguas creencias perduraron mucho tiempo y su expresión se encuentra todavía en los grandes escritores de Grecia. “Sobre la tierra de la tumba, dice Ifigenia en Eurípides, derramo la leche, la miel, el vino, pues con esto se alegran los muertos.” [18] -“Hijo de Peleo, dice Neptolemo, recibe el brebaje grato a los muertos; ven y bebe de esta sangre.” [19] Electra vierte las libaciones y dice: “El brebaje ha penetrado en la tierra, mi padre lo ha recibido.” [20] Véase la oración de Orestes a su padre muerto: “¡Oh, padre mío, si vivo, recibirás ricos banquetes; pero si muero, no tendrás tu parte en las comidas humeantes de que los muertos se nutren!” [21] Las burlas de Luciano atestiguan que estas costumbres aún duraban en su tiempo: “Piensan los hombres que las almas vienen de lo profundo por la comida que se les trae, que se regalan con el humo de las viandas y que beben el vino derramado sobre la fosa”. [22] Entre los griegos había ante cada tumba un emplazamiento destinado a la inmolación de las víctimas y a la cocción de su carne. [23] La tumba romana también tenía su culina, especie de cocina de un género particular y para el exclusivo uso de los muertos. [24] Cuenta Plutarco que tras la batalla de Platea los guerreros muertos fueron enterrados en el lugar de combate, y los plateos se comprometieron a ofrecerles cada año el banquete fúnebre. En consecuencia, en el día del aniversario, se dirigían en gran procesión, conducidos por sus primeros magistrados, al otero donde reposaban los muertos. Ofrecíanles leche, vino, aceite, perfumes y les inmolaban una víctima. Cuando los alimentos estaban ya sobre la tumba, los plateos pronunciaban una fórmula invocando a los muertos para que acudiesen a esta comida. Todavía se celebraba esta ceremonia en tiempo de Plutarco, que pudo ver el 600º aniversario. [25] Luciano nos dice cuál es la opinión que ha engendrado todos esos usos: “Los muertos, escribe, se nutren de los alimentos que colocamos en su tumba y beben el vino que sobre ella derramamos; de modo que un muerto al que nada se ofrece está condenado a hambre perpetua”. [26]

He ahí creencias muy antiguas y que nos parecen bien falsas y ridículas. Sin embargo, han ejercido su imperio sobre el hombre durante gran número de generaciones. Han gobernado las almas, y muy pronto veremos que han regido las sociedades, y que la mayor parte de las instituciones domésticas y sociales de los antiguos emanan de esa fuente.


CAPITULO II

EL CULTO DE LOS MUERTOS.


Estas creencias dieron muy pronto lugar a reglas de conducta. Puesto que el muerto tenía necesidad de alimento y bebida, se concibió que era un deber de los vivos el satisfacer esta necesidad. El cuidado de llevar a los muertos los alimentos no se abandonó al capricho o a los sentimientos variables de los hombres: fue obligatorio. Así se instituyó toda una religión de la muerte, cuyos dogmas han podido extinguirse muy pronto, pero cuyos ritos han durado hasta el triunfo del cristianismo.

Los muertos pasaban por seres sagrados. [27] Los antiguos les otorgaban los más respetuosos epítetos que podían encontrar: llamábanles buenos, santos, bienaventurados. [28] Para ellos tenían toda la veneración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme. En su pensamiento cada muerto era un dios. [29]

Esta especie de apoteosis no era el privilegio de los grandes hombres; no se hacía distinción entre los muertos. Cicerón dice: “Nuestros antepasados han querido que los hombres que habían salido de esta vida se contasen en el número de los dioses.” [30] Ni siquiera era necesario haber sido un hombre virtuoso; el malo se convertía en dios como el hombre de bien: sólo que en esta segunda existencia conservaba todas las malas tendencias que había tenido en la primera. [31]

Los griegos daban de buen grado a los muertos el nombre de dioses subterráneos. En Esquilo, un hijo invoca así a su padre muerto: “¡Oh tú, que eres un dios bajo tierra!” Eurípides dice, hablando de Alcestes: “Cerca de su tumba el viajero se detendrá para decir: Ésta es ahora una divinidad bienaventurada.” [32] Los romanos daban a los muertos el nombre de dioses manes. “Dad a los dioses manes lo que les es debido, dice Cicerón; son hombres que han dejado la vida; tenedles por seres divinos.” [33]

Las tumbas eran los templos de estas divinidades. Por eso ostentaban la inscripción sacramental Dis Manibus, y en griego . Significaba esto que el dios vivía allí enterrado, Manesque Sepulti dice Virgilio. [34] Ante la tumba había un altar para los sacrificios, como ante los templos de los dioses. [35]

Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, entre los latinos, entre los sabinos,[36] entre los etruscos; se le encuentra también entre los arios de la India. Los himnos del Rig Veda hacen de él mención. El libro de las leyes de Manú habla de ese culto como del más antiguo que los hombres hayan profesado. En este libro se advierte ya que la idea de la metempsicosis, subsiste viva e indestructible la religión de las almas de los antepasados, obligando al redactor de las Leyes de Manú a contar con ella y a mantener sus prescripciones en el libro sagrado. No es la menor singularidad de este libro tan extraño el haber conservado las reglas referentes a esas antiguas creencias, si se tiene en cuenta que evidentemente fue redactado en una época en que dominaban creencias del todo opuestas. Esto prueba que si se necesita mucho tiempo para que las creencias humanas se transformen, se necesita todavía más para que las prácticas exteriores y las leyes se modifiquen. Aún ahora, pasados tantos siglos y revoluciones, los indos siguen tributando sus ofrendas a los antepasados. Estas ideas y estos ritos son lo que hay de más antiguo en la raza indoeuropea, y son también lo que hay de más persistente.

Este culto era en la india el mismo que en Grecia e Italia. El indo debía suministrar a los manes la comida llamada sraddha. “Que el jefe de la casa haga el sraddha con arroz, leche, raíces, frutas, para atraer sobre sí la benevolencia de los manes.” El indo creía que en el momento de ofrecer esta comida fúnebre, los manes de los antepasados venían a sentarse a su lado y tomaban el alimento que se les presentaba. También creía que este banquete comunicaba a los muertos gran regocijo: “Cuando el sraddha se hace según los ritos, los antepasados del que ofrece la comida experimentan una satisfacción inalterable.” [37]

Así, los arios de Oriente pensaron, en un principio, igual que los de Occidente a propósito del misterio del destino tras la muerte. Antes de creer en la metempsicosis que presuponía una distinción absoluta entre el alma y el cuerpo, creyeron en la existencia vaga e indecisa del ser humano, invisible pero no inmaterial, que reclamaba de los mortales alimento y bebida.

El indo, cual el griego, consideraba a los muertos como seres divinos que gozaban de una existencia bienaventurada. Pero existía una condición para su felicidad: era necesario que las ofrendas se les tributasen regularmente por los vivos. Si se dejaba de ofrecer el sraddha a un muerto, el alma huía de su apacible mansión y se convertía en alma errante que atormentaba a los vivos; de suerte que si los manes eran verdaderamente dioses, sólo lo eran mientras los vivos les honraban con su culto. [38]

Los griegos y romanos profesaban exactamente las mismas opiniones. Si se cesaba de ofrecer a los muertos la comida fúnebre, los muertos salían en seguida de sus tumbas; sombras errantes, se les oía gemir en la noche silenciosa, acusando a los vivos de su negligencia impía; procuraban castigarles, y les enviaban enfermedades o herían el suelo de esterilidad. En fin, no dejaban ningún reposo a los vivos hasta el día en que se reanudaban las comidas fúnebres. [39] El sacrificio, la ofrenda del sustento y la libación, los hacían volver a la tumba y les devolvían el reposo y los atributos divinos. El hombre quedaba entonces en paz con ellos. [40]

Si el muerto al que se olvidaba era un ser malhechor, aquél al que se honraba era un dios tutelar, que amaba a los que le ofrecían el sustento. Para protegerlos seguía tomando parte en los negocios humanos, y en ellos desempeñaba frecuentemente su papel. Aunque muerto, sabía ser fuerte y activo. Se le imploraba; se solicitaban su ayuda y sus favores. Cuando pasaba ante una tumba, el caminante se paraba y decía: “¡Tú, que eres un dios bajo tierra, seme propicio!” [41]

Puede juzgarse de la influencia que los antiguos atribuían a los muertos por esta súplica que Electra dirige a los manes de su padre: “¡Ten piedad de mi y de mi hermano Orestes; hazle volver a este país; oye mi ruego, oh padre mío, atiende mis votos al recibir mis libaciones!” Estos dioses poderosos no sólo otorgan los bienes materiales, pues Electra añade: “Dame un corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras.” [42] También el indo pide a los manes “que se acreciente en su familia el número de los hombres de bien, y que haya mucho para dar”.

Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonios o héroes. [43] Los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes,[44] Genios. “Nuestros antepasados, dice Apuleyo, han creído que cuando los manes eran malhechores debía de llamárseles larvas, y los denominaban lares cuando eran benévolos y propicios.”[45] En otra parte se lee: “Genio y lar son el mismo ser; así lo han creído nuestros antepasados[46] y en Cicerón: “Lo que los griegos llamaban demonios, nosotros los denominamos lares.”[47]

Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. Por ahí parece que ha comenzado el sentimiento religioso. Quizá en presencia de la muerte ha sentido el hombre por primera vez la idea de lo sobrenatural y ha querido esperar en algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio, y puso al hombre en el camino de los demás misterios. Le hizo elevar su pensamiento de lo visible o lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino.



El culto católico a los muertos nada tiene que ver con ofrendas de comidas, sino con sufragios u obras buenas que se procuren para la pronta liberación de las penas del purgatorio, como misas, rosarios, oraciones, indulgencias parciales o plenarias, sacrificios y limosnas. No hay que caer en un sincretismo religioso (mezcla de catolicismo con paganismo) bajo apariencia de piedad religiosa.

Orizaba, 2 de noviembre de 2007.
Festividad de los Fieles Difuntos
Basilio Méramo Pbro.

[1] Sub terra censebat reliquam vitam agi mortuorum. Cicerón. Tusc., 1, 16. Era tan fuerte esta creencia, añade Cicerón, que, aun cuando se estableció el uso de quemar los cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivían bajo tierra.-V. Eurípides, Alcestes, 163; Hécuba, passim.
[2] Virgilio, En., III, 67: animamque sepulcro condimus.-Ovidio, Fast., V, 451: tumulo fraternas condidit umbras.-Plinio, Ep., VII, 27: manes riti conditi.-La descripción de Virgilio se refiere al uso de los cenotafios: admitíase que cuando no se podía encontrar el cuerpo de un pariente se le hiciera una ceremonia que reprodujese exactamente todos los ritos de la sepultura, creyendo así encerrar, a falta del cuerpo, el alma en la tumba. Eurípides, Helena, 1061, 1240. Escoliast ad Pindar. Pit., IV, 284. Virgilio, VI, 505; XII, 214.
[3] Iliada, XXIII, 221. Eurípides, Alcestes. 479: Pausanias, II, 7, 2.-Ave atque vale. Cátulo, C. 10. Servio, ad Eneid., II, 640; III, 68; XI, 97. Ovidio, Fast., IV, 852; Metam., X, 62. Sit tibi terra levis; tenuem et sine pondere terram; Juvenal VII, 207; Marcial, I, 89: V, 35; IX, 30.
[4] Eurípides, Alcestes, 637, 638; Orestes 1416-1418. Virgilio, En., VI, 221; XI, 191-196.- La antigua costumbre de llevar dones a los muertos está atestiguada para Atenas por Tucídides, II, 34. La ley de Solón prohibía enterrar con el muerto más de tres trajes (Plutarco, Solón, 21). Luciano también habla de esta costumbre. ¡Cuántos vestidos y adornos no se han quemado o enterrado con los muertos como si hubiesen de servirles bajo tierra!”- También en los funerales de César, en época de gran superstición, se observó la antigua costumbre: se arrojó a la pira los munera, vestidos, armas, alhajas (Suetonio, César, 84). V. Tácito, An., III, 3.
[5] Eurípides, Ifig., en Táuride, 163. Virgilio, En., V, 76-80; VI, 225.
[6] Iliada, XXI. 27-28; XXIII, 164-176. Virgilio, En., X, 519-520; XI, 80-84, 197.- Idéntica costumbre en la Galia. César. B. G., V. 17.
[7] Eurípides, Hécuba, 40-41; 107-113; 637-638.
[8] Píndaro, Pit., IV. 284 edic. Heyne. V. el Escoliasta.
[9] Cicerón, Tusculanas, I, 16. Eurípides, Troad, 1085. Herodoto, V. 92. Virgilio, VI, 371, 379. Horacio, Odas, I, 23. Ovidio, Fast., V, 483. Plinio, Epist., VII, 27. Suetonio, Calig., 59. Servio, ad Æn., III, 68.
[10] Iliada, XXII, 358; Odisea, XI, 73.
[11] Plauto, Mostellaria, III, 2.
[12] Suetonio, Calig., 59; Satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodes umbris inquietatos... nullam noctem sine aliquo terrore transactam.
[13] Véase en la Iliada, XXII, 338-344. Héctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: “Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecerá en abundancia y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.” Lo mismo en Sófocles: Antígona afronta la muerte “para que su hermano no quede sin sepultura” (Sóf., Ant., 467).- El mismo sentimiento está significado en Virgilio, IX, 213: Horacio, Odas, I, 18. v. 24-36. Ovidio, Heroidas, X, 119-123; Tristes, III, 3, 45.- Lo mismo en las imprecaciones: lo que se deseaba de más horrible para un enemigo era que muriese sin sepultura. (Virg., En., IV, 620.)
[14] Jenofonte, Helénicas, I, 7.
[15] Esquilo, Siete contra Tebas, 1013. Sófocles, Antígona, 198. Eurípides, Fen., 1627-1632.- V. Lisias, Epitaf., 7-9. Todas las ciudades antiguas añadían al suplicio de los grandes criminales la privación de la sepultura.
[16] Esto se llamaba en latín inferias ferre, parentare, ferre solomnia. Cicerón, De legibus, II, 21: majores nostri mortuis parentari voluerunt. Lucrecio, III, 52: Parentant et nigras mactant pecudes et Manibus divis inferias mittunt. Virgilio, En., VI, 380: tumulo solemnia mittent; IX, 214: Absenti ferat inferias decoretque sepulcro. Ovidio, Amor., I, 13, 3: annua solemni cæde parentat avis.- Estas ofrendas, a que los muertos tenían derecho, se llamaban Manium jura. Cicerón, De legib., II, 21. Cicerón hace alusión a ellas en el Pro Fracco, 38, y en la primera Filípica, 6.- Estos usos aún se observaban en tiempo de Tácito (Hist., II, 95); Tertuliano los combate como si en su tiempo conservasen pleno vigor: Defunctis parentant, quos escam desiderate præsumant (De resurr. carnis, I): Defunctos vocas securos, si quando extra portam cum obsoniis et matteis parentans ad busta recedis (De testim, animæ, 4.)
[17] Solemnes tum forte dapes et tristia dona
Lilabat cineri Andromache manesque vocabat
Hectoreum ad tumulum.
(Virgilio, En., III, 301-303.)
-Hie duo rite mero libans carchesia Baccho,
Fundit humi, duo lacte novo, duo sanguine sacro
Purpureisque jacit flores ac talia fatur:
Salve, sancte parens, animæque umbræque paternæ
(Virgilio, En. V, 77-81.)
Est honor et tumulis animas placate paternas...
Et sparsæ fruges parcaque mica salis
inque mero mollita ceres violæque solutæ.
(Ovidio, Fast., II, 535-542.)
[18] Eurípides, Ifigenia en Táuride, 157-163.
[19] Eurípides, Hécuba, 536. Electra, 505 y sig.
[20] Esquilo, Coéforas, 162.
[21] Esquilo, Coéforas, 482-484.-En los Persas, Esquilo presta a Atosa las ideas de los griegos: “Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes que la tierra beberá, y que llegarán hasta los dioses de lo profundo.” (Persas, 610-620) .-Cuando las víctimas se habían ofrecido a las divinidades del cielo, los mortales comían la carne; pero cuando se ofrecía a los muertos, se quemaba íntegramente (Pausanías, II, 10.)
[22] Luciano, Carón, c. 22; Ovidio, Fastos, 566: possito pascitur umbra cibo.
[23] Luciano, Carón, c. 22: "Abren fosas cerca de las tumbas y en ellas cuecen la comida de los muertos¨.
[24] Festo, V, culina: culina vocatur locus in quo epulæ in funere comburuntur.
[25] Plutarco, Arístides, 21.
[26] Luciano, De luctu, c. 9.
[27] Plutarco, Solón, 21.
[28] Aristóteles, citado por Plutarco, Cuestión. roman., 52; grieg., 5.- Esquilo, Coéf., 475.
[29] Eurípides, Fenic., 1321.- Esquilo, Coef., 475; “¡Oh bienaventurados que moráis bajo la tierra, escuchad mi invocación, venid en socorro de vuestros hijos y concededles la victoria!” En virtud de esta idea, llama Eneas a su difunto padre Sancte Parens, divinus parens; Virg., En., V, 80; V. 47.- Plutarco, Cuest. rom., 14.- Cornelio Nepote, fragmentos, XII: parentabis mihi et invocabis deum parentem.
[30] Cicerón, De legibus, II, 22.
[31] San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26; IX, 11.
[32] Eurípides, Alcestes, 1015.
[33] Cicerón, De leg., II, 9. Varrón, en San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26.
[34] Virgilio, En., IV, 34.
[35] Eurípides, Troyanas, 96; Electra, 505-510.- Virgilio, En., VI, 177; Aramque sepulcri; III, 63: Stant Manibus aræ; III, 305: Et geminas cuasam lacrymis, sacraverat aras; V, 48: Divini ossa parentis condidimus terra mætasque sacravimus aras. El gramático Nonio Marcelo dice que el sepulcro se llamaba templo entre los antiguos, y en efecto, Virgilio emplea la palabra templum para designar la tumba o cenotafio que Dido erigió a su esposo (En., IV, 457). Plutarco. Cuest. rom., 14.- Sigió llamándose ara la piedra erigida sobre la tumba (Suetonio, Nerón, 50). Esta palabra se emplea en las inscripciones funerarias. Orelli. núms. 4521, 4522, 4826.
[36] Varrón, De lingua lat., V. 74.
[37] Leyes de Manú, I, 95; III, 82. 122, 127, 146, 189, 274.
[38] Este culto tributado a los muertos se expresaba en griego por las palabras . Póllux, VIII, 91. Herodoto, I, 167; Plutarco, Arístides, 21; Catón, 15; Pausanias, IX, 13, 3. La palabra se decía de los sacrificios ofrecidos a los muertos. de los que se ofrecían a los dioses del cielo; esta diferencia está bien indicada por Pausanias, II, 10, 1, y por el Escoliasta de Eurípides, Fenic., 281. V. PlutarcoÑ Cuest. rom., 34.
[39] Véase en Herodoto, I, 167, la historia de las almas de los focenses que trastornan una comarca entera hasta que se les consagra un aniversario; hay otras historias análogas en Herodoto y en Pausanias VI, 6, 7. Lo mismo en Esquilo: Clitemnestra, advertida de que los manes de Agamemnón están irritados contra ella, se apresura a depositar alimentos sobre su tumba. Véase también la leyenda romana que cuenta Ovidio, Fastos, II, 549-556: “Un día se olvidó del deber de los parentalia y las almas salieron entonces de las tumbas y se les oyó correr dando alaridos por las calles de la ciudad y por los campos del Lacio hasta que volvieron a ofrecérseles los sacrificios sobre las tumbas.” Véase también la historia que refiere Plinio el Joven, VII, 27.
[40] Ovidio, Fast., II, 518: Animas placate paternas.- Virgilio, En., VI, 579: Ossa piabunt et statuent tumulum et tumulo solemnia mittent.- Compárese el griego (Pausanias, VI, 6, 8).- Tito Livio, I, 20: Justa funebria placandosque manes.
[41] Eurípides, Alcestes, 1004 (1016). –“Créese que si no prestamos atención a estos muertos y si descuidamos su culto, nos hacen mal, y que, al contrario, nos hacen bien si nos los volvemos propicios con nuestras ofrendas.” Porfirio, De abstin., II, 37. V. Horacio, Odas, II, 23; Platón, Leyes, IX, págs. 926, 927.
[42] Esquilo, Coéforas, 122-145.
[43] Es posible que el sentido primitivo haya sido el de hombre muerto. La lengua de las inscripciones que es la vulgar y al mismo tiempo la que mejor conserva el sentido antiguo de las palabras, emplea a veces con la simple significación que damos a la palabra difunto. Boeck, Corp. inscr., números 1629, 1723, 1781, 1782, 1784, 1786, 1789, 3398; Ph. Lebas, Monum. de Morea, pág 205. Véase Teognis, ed. Welcker, v. 513, y Pausanias, VI, 6, 9. Los tebanos poseían una antigua expresión para significar morir (Aristóteles, fragmentos, edic. Heitz, tomo IV, pág 260. Véase Plutarco, Proverb. quibus Alex, usi sunt, cap. 47).- Los griegos daban también al alma de un muerto el nombre de . Eurípides, Alcestes, 1140, y el Escoliasta. Esquilo, persas, 620. Pausanias, VI, 6.
[44] Manes Virginiæ (Tito Livio, III, 58). Manes conjugis (Virgilio, VI, 119). Patris Anchisæ Manes (Id., X, 534). Manes Hectoris (Id. III, 303). Dis Manibus Martialis, Dis Manibus Acutiæ (orelli, núms. 4440, 4441, 4447, 4459, etc.). Valerii deos manes (Tito Livio, III, 19).
[45] Apuleyo, De Deo Socratis. Servio, ad Æneid., III, 63.
[46] Censorino, De die Natali, 3.
[47] Cicerón, Timeo, 11. Dionisio de Halicarnaso tradujo Lar familiaris por (Antiq, rom, IV, 2).

domingo, 2 de noviembre de 2014

DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos cómo en la epístola San Pablo nos exhorta a mantenernos prevenidos ante el combate que toca librar a todo católico en esta tierra, recordándonos que no solamente es una batalla en la carne y la sangre contra nuestra propia sangre, contra nuestra propia carne por los malos deseos, instintos y concupiscencias que afloran desde adentro y que por eso aspiramos a la virtud, sino también que es lucha contra las potestades de los espíritus malos, de los demonios, de Satanás.

Nos exhorta a mantenernos en la fe, en la verdad y en la palabra de Dios. Y es curioso que la Iglesia ponga esta epístola ya aproximándose el final del ciclo litúrgico que culmina con la Parusía. Vemos cómo en su sabiduría la Iglesia, con estos domingos que anteceden al vigésimo cuarto y último domingo después de Pentecostés, nos va llevando hacia la segunda venida gloriosa de nuestro Señor y a todo lo que le antecede. Quienes tienen el misal de Pérez de Urbel verán cómo él, sabio benedictino, en su comentario al misal de los fieles, muestra la preparación a los feligreses encaminándoles hacia la Parusía de nuestro Señor y por eso la advertencia de San Pablo que la Iglesia trae en el domingo presente y en los otros que nos hablan del día del Señor, del día de nuestro Señor Jesucristo.

Y hoy más que nunca debemos tener presente esta exhortación de San Pablo, porque hoy la lucha es titánica y debemos consolidarnos confirmándonos en la fe, que está a punto de desaparecer de la faz de la tierra, la católica, apostólica y romana que es hoy perseguida por aquellos mismos que debieran defenderla y reafirmarnos en ella; eso es lo terrible y angustioso, tener que defender la fe a pesar de aquellos que debieran afianzarnos en ella. Y ¿quiénes deben ratificarnos en la fe? Los sacerdotes, los obispos y de modo especial el mismo Papa. Pero, desgraciadamente, hay que decirlo, ocurre todo lo contrario; en vez de confirmarnos en la fe nos llevan camino hacia el error, hacia la herejía y hacia la apostasía.

Y para colmo se nos propone como a santo de altar el ejemplo de alguien que es todo lo contrario a un santo de la Iglesia católica. El domingo pasado se canonizó a Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y preconizador de todos los ideales revolucionarios que cuajaron en el Concilio Vaticano II.

Ya desde los años treintas, cuando España todavía era católica y antes de que hubiera miles de mártires, cuando la embestida judeocomunista de la cual salió victoriosa en el año treinta y seis, ahí en Paracuellos hay miles de personas que murieron mártires, sin claudicar uno solo por defender la fe y la Iglesia contra el judeocomunismo internacional. En esa España católica ya monseñor Escrivá tenía esos ideales ecumenistas: la libertad religiosa, los derechos y la dignidad del hombre, todo lo que el ecu-menismo y el modernismo enseñan. Por eso lo han canonizado, porque es el santo del ecumenismo que está destruyendo a la Iglesia.

Que nos lo propongan como santo es absurdo e ilógico, cuando los santos han renunciado a títulos a los cuales tenían derecho como Francisco Borja, Grande de España, títulos de nobleza envidiables para cualquier noble, deja todo para hacerse siervo de Dios, mientras que monseñor Escrivá no sólo se cambia el apellido para que no se lo relacione con los escribas de las Escrituras y se lo tilde de judío como probablemente lo es y por eso cambia la B por V, sino que también compra el título de Marqués de Peralta, para engrandecer su alma miserable con la nobleza que no tenía, porque un alma virtuosa aunque pobre, es noble en virtud y eso viene a colmar una demostración del ecumenismo proclamando a su primer santo.

Hay que decirlo con dolor, pero decirlo; de lo contrario claudicamos, porque no se puede proponer como santo a alguien de las “cualidades” de monseñor Escrivá de Balaguer del cual el padre Meinvielle hace muchos años decía que para judaizar a España había bastado el Opus Dei.
Poseen más de una docena de productoras de cine y televisión; díganme entonces cuáles son esas películas piadosas de santos que esta docena de productoras de cine del Opus hacen, cuando lo más corrompido es el cine y la televisión. Tienen agencias de información, bancos que los relacionan con el poder financiero que oprime y destruye a la Iglesia, más los crímenes del Vaticano por la lucha intestina, como se lee en esos libros publicados y conocidos por todos los fieles que nos muestran cómo hay crímenes en el Vaticano por esa lucha entre la masonería, por decirlo así, clásica, enquistada en el Vaticano, y el Opus Dei como nueva masonería que quiere dominar a la otra. Por eso, esa muerte del jefe de la guardia suiza, miembro del Opus Dei, haciéndolo pasar por un crimen pasional. Hay todavía más, como el escándalo de la logia P2, el caso Marcinkus con sus respectivas muertes donde el dinero del Opus Dei fue el que salvó las finanzas del Vaticano y con su dinero calló e hizo callar todas las conciencias. Estos son los hechos.
Por todo lo anterior, más que nunca debemos reafirmar nuestra fe, nuestra adhesión a la Tradición católica, para no sucumbir ante estos malos ejemplos, ante estos falsos santos y que no caigamos bajo el peso de una indebida pero muy esgrimida obediencia para que claudiquemos en la defensa de la verdad. Saber que detrás del mal que hacen los hombres están Satanás y los malos espíritus; por eso San Pablo habla de que el combate no es sólo contra la carne y la sangre sino contra los malos espíritus que gobiernan las tinieblas, que envuelven al mundo y que lo cubrirán de una manera peor hacia el final y antes de la Parusía.

Por eso, la Iglesia, en estos domingos que anteceden al último domingo del ciclo litúrgico, nos ordena prepararnos para que no durmamos y para que seamos verdaderos soldados de Cristo como lo es todo confirmado en la fe de su bautismo, para lo cual ha recibido la plenitud de la gracia septiforme del Espíritu Santo. Para quedar así confirmados, consolidados, fortificados en la fe del bautismo que será agredida a tal punto, que desaparecerá hacia los últimos tiempos, como son los actuales pero que el mundo impío y descreído no tiene en cuenta, y eso facilita la labor de los enemigos de Dios, de la Iglesia que penetran dentro de ella con piel de oveja pero que son lobos rapaces, mercenarios que se valen de esas argucias para destruirla desde dentro.

San Pío X, ya al alborear el siglo XX, dijo que los enemigos de la Iglesia estaban no fuera sino dentro y que el anticristo estaba pronto a aparecer, porque lo único que faltaría sería que naciera, pues todo preparaba su advenimiento. Qué diría hoy, un siglo después, si eso lo dijo hace un siglo el último Papa santo canonizado; qué diría hoy; hay que recordarlo, iba a ser electo en aquella época el cardenal Rampolla, quien era masón, como después de su muerte se descubrió. Ese iba a ser el Papa, pero fue vetado por el cardenal del Imperio austro húngaro. Y vean cómo le cobraron a este Imperio el veto a la judeomasonería, matando al que iba a ser el rey. ¿Qué originó aquello? La Primera Guerra Mundial. Son hechos que la gente no relaciona a la luz de la fe para ver la verdad, la malicia y el poder del adversario.

Y hoy esos enemigos están dentro de la Iglesia, por eso exigen la obediencia, para que los fieles, bajo la apariencia de la virtud del sometimiento, sigan en el error. Muy pocos son los que se dan cuenta de la argucia y por eso la gran santidad de monseñor Lefebvre. Morir excomulgado por los enemigos de la Iglesia mientras canonizan a Escrivá de Balaguer. Monseñor Lefebvre no tuvo miedo a desobedecer, porque primero hay que seguir a Dios antes que a los hombres cuando estos quieren hacernos desobedecer a Dios. Por eso nosotros debemos acatar a Dios manteniendo la palabra del Evangelio, la palabra de Dios, conservando la fe sin perderla, por obra y gracia de la verdad divina; ese es el mensaje de San Pablo.

Este santo nos insta al combate, a la lucha. Y cuidado con el desaliento porque ese es el peligro; el desánimo ante lo arduo y prolongado del combate y por eso muy pocos serán los que permanezcan firmes y fieles. Aun caerían si los tiempos no fuesen acortados, como lo advierten las Sagradas Escrituras. No debe, pues, importarnos si somos muchos o pocos, lo que interesa es ser de Cristo, de la Iglesia, guardar la fe, la fidelidad para no caer en el error, la herejía y la apostasía a la cual se va hoy campantes y alegres, desapercibidamente, con el ecumenismo que iguala a la Iglesia católica con todas las falsas religiones que tienen por autor a Satanás, como lo dice el Salmo 95.

Invoquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que podamos guardar esa fidelidad y ese fiat como Ella, esa ofrenda que hizo al pie de la Cruz, al ver a su Hijo inmolado, sabiendo que era Dios y viéndolo morir como hombre. Había que tener mucha fe para saber que nuestro Señor era Dios muriendo en una Cruz y renovar así ese “sí” de adhesión a nuestro Señor que es el fundador de la Iglesia católica. Por eso, fuera de ella no hay salvación, porque no la hay fuera de Cristo y de la Cruz aunque el ecumenismo nos diga todo lo contrario, que también las otras religiones son de algún modo la expresión del Espíritu Santo y llevan a la salvación. Eso es lo que dice el Opus Dei: “Sé buen judío y te salvas, sé buen musulmán y te salvas en tu religión”. ¡Qué gran contradicción, qué gran herejía! Pero pocos la percibimos por la gran confusión y tinieblas que imperan hoy.

Pidamos entonces a nuestra Señora esa fidelidad, siguiendo su ejemplo y su amor hacia su divino Hijo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
13 de octubre de 2002

domingo, 26 de octubre de 2014

FIESTA DE CRISTO REY

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
La Providencia divina ha querido que sin estar debidamente acabada esta capilla y a pesar de los trabajos, contratiempos y dificultades se pudiera realizar la ceremonia de hoy, se lleven a cabo estas primeras comuniones y también se celebre el aniversario de los diez años del Colegio en esta fiesta tan importante de Cristo Rey.

Festividad que proclama la realeza social de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en el mundo actual que da la espalda a la Iglesia, a Cristo y a Dios. Por eso su Santidad Pío XI, en 1925, la instituyó a instancias de los cardenales y de otros prelados, viendo la necesidad de concluir prácticamente el año litúrgico con una fiesta que proclamase la realeza de nuestro Señor en el mundo moderno, a pesar de la oposición de la Revolución francesa, de la protestante, de la comunista. Y no era que antaño no se festejara la realeza de nuestro Señor, el seis de enero en el día de la Epifanía de los Reyes magos. Pero era necesario darle más relevancia y por eso la necesidad de hacer una fiesta aparte y así fue que Pío XI quiso, como quien dice, hacer concluir el año litúrgico con esta celebración a nuestro Señor Jesucristo como a Cristo Rey en el último domingo del mes de octubre.

La divina Providencia ha querido que hoy esta capilla tradicional, apostólica y romana hasta los tuétanos y no protestante, no cismática como muchos enemigos quieren hacer ver sino católica, apostólica y romana, realice esa gran fiesta de la proclamación de la primacía universal de nuestro Señor Jesucristo, hoy combatida a la par que es atacada la Iglesia.

Porque la civilización moderna no quiere que Cristo impere, no quiere reconocer que Cristo es Rey del Universo y de las Naciones y ese es el Imperio que Satanás y sus secuaces que no quieren admitirlo; de ahí la pugna, la lucha, el combate que no se ha iniciado hoy sino que comenzó con la primera apostasía de los ángeles malos que no quisieron reconocer a nuestro Señor; esto lo dice el cardenal Pie resumiendo a los santos Padres de la Iglesia, porque les fue manifestado que nuestro Señor se encarnaría y la segunda persona del Verbo se haría hombre y eso fue lo que no pudo admitir Satanás, humillarse ante un hombre que también es Dios.

Ese combate continuó al rebelarse los hombres contra la revelación primitiva y por eso cayeron en el paganismo. Suscita entonces Dios un pueblo tenaz como el judío para que se mantenga esa promesa que sin embargo los judíos traicionan condenando a nuestro Señor y matándolo en la Cruz. Y la lucha continúa a través de los siglos: los mártires de la Iglesia primitiva y todas las revoluciones que se han sucedido con todas sus herejías, hasta la última, la gran apostasía para los últimos tiempos en los cuales ciertamente estamos viviendo y que por eso se da un combate tan atroz contra todo lo que se proclame verdaderamente católico, verdaderamente de Dios.

De ahí también, como lógica consecuencia, la batalla contra la Tradición de la Iglesia católica y contra nosotros, contra monseñor Lefebvre, que no hizo sino guardar el testimonio fiel de la Santa Misa, de la Santa Tradición de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana aunque les pese a muchos obispos, a muchos cardenales y a muchos prelados que se dicen católicos pero que no profesan la doctrina de la religión católica. Uno de los dogmas de la religión católica que no profesan es precisamente el de la realeza universal y social de nuestro Señor Jesucristo. Por eso no quieren que las naciones se confiesen católicas y a eso se debe la libertad religiosa y el ecumenismo. Por lo mismo la igualdad con las falsas religiones; todo esto es una herejía, una apostasía a los ojos de la fe católica, apostólica y romana. Tengámoslo muy en cuenta, mis estimados hermanos, y no claudiquemos en la fe, para defender a Cristo, a la Iglesia, para ser los fieles testigos de nuestro Señor.

Nuestro Señor es aclamado también en el día de ramos, pero en el de la crucifixión fue incluso abandonado hasta por sus apóstoles más queridos; solamente estaban con Él nuestra Señora con algunas mujeres que la rodeaban y acompañaban junto con San Juan; pero nuestro Señor estaba allí solo.

Es muy fácil estar con la Iglesia y con nuestro Señor cuando todo va bien, cuando todo es gloria, pero cuando viene el combate, la lucha, la oposición, la contradicción y sobre todo la proclamación y la confesión íntegra de la fe rechazando todos los errores, entonces ¡ay, oh escándalo fariseo!, desaparecen los amigos, el clero, desgraciadamente para asociarse al mundo impío que reniega de nuestro Señor, que no quiere pertenecer a Cristo y no quiere pertenecer a Dios. Esa es obra de la judeomasonería, por eso las Naciones Unidas no quieren proclamar la realeza de nuestro Señor sino que están auspiciando el reinado del anticristo y eso hay que decirlo para que nosotros no nos añadamos a esas filas de apostasía que terminarán en el reinado del anticristo; por eso todos los gobiernos del mundo y de las grandes potencias no quieren ya ser el brazo de la Iglesia; peor aún, esos reyes y poderosos del mundo quieren que la Iglesia se haga su cómplice.

He ahí el drama, la división, la oposición que el mundo, que Satanás, que es el príncipe de este mundo gane para su causa al clero, a los ministros de la Iglesia y logre socavar desde dentro la Iglesia católica, apostólica y romana. De allí la gran importancia de defender la fe. La misma en la que hemos sido confirmados, la de la Iglesia. No creer como hoy se cree, que uno se salva en cualquier religión, que ya no hay infierno, que la Iglesia católica no es la única arca de salvación y tantas otras cosas que hoy parecieran dogmas comúnmente admitidos por todos, pero que son verdaderas herejías que conculcan la infalibilidad de la fe católica, apostólica y romana.

Por eso nosotros conservamos la santa liturgia tradicional, la Santa Misa de siempre, porque allí donde hay culto hay sacrificio y eso fue aun hasta en el paganismo, y ese sacrificio, ese verdadero culto es el de la Cruz, renovado sobre los altares; no es una synaxis, no es una cena, por eso sacaron el altar y colocaron una mesa, sino el sacrificio de la Cruz renovado incruentamente, sacramentalmente bajo las especies del pan y del vino, que es el mismo de nuestro Señor en la Cruz.

Eso no puede cambiar y si sucede, es porque se ha alterado la Iglesia y la fe; se han renovado Cristo y Dios. Estos son inamovibles, son eternos. Por eso la Iglesia, aunque está en este mundo, vive en la eternidad de la verdad de Dios y de las cosas de Dios y en esa realidad debemos vivir y morir nosotros para ser de Dios. Por eso, estos niños que hoy van a hacer su primera comunión deben estar bien preparados sabiendo que reciben el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad; no hay que olvidarlo, porque si uno sabe que cuando comulga recibe al Rey de los cielos y de la tierra, el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo es posible que le recibamos de pie, en la mano o en pecado mortal o viviendo en concubinato o creyendo que con el matrimonio civil se está casado? Eso es absurdo.

Todo esto pasa porque se está perdiendo la fe, mis estimados hermanos, la fe en las cosas esenciales de nuestra santa religión, de nuestra santa madre la Iglesia. Y eso es lo que nosotros queremos mantener y proclamar para seguir siendo fieles a nuestro Señor y a la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana; no es más, simplemente eso. Y quizás nos cueste el martirio, porque proclamarlo y no callar ante un mundo como el de hoy no es posible sin que haya que verter la sangre. Por lo que todo católico fiel a nuestro Señor debe tener esa entrega de corazón a imitación de Él que dio su sangre en la Cruz por nosotros, y si es necesario, nosotros la demos para no claudicar en la fe y proclamar la realeza universal y primacía de nuestro Señor Jesucristo sobre todo el Universo.

Debemos, pues, pedir en esta Misa de primeras comuniones por estas almas tiernas que tienen la fe, para que conserven la pureza, para que no se manchen por el pecado, como lo deseó San Pío X cuando permitió que todo niño que tuviese entendimiento comulgara no un pedazo de pan sino el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, e hiciese la primera comunión para que antes de caer víctima de Satanás por el pecado, fuese primeramente nuestro Señor quien reinara en esa alma pura.

Si nosotros hemos perdido esa pureza, debemos encontrarla a través de la oración, de la penitencia, del sacrificio y no vivamos de placer en placer como quisiera el mundo de hoy, en que todo es sensual; para eso están la técnica, la televisión, el cine, la radio, los dineros, todo conspira para que vivamos como paganos pensando en la comodidad y no como católicos que estamos en esta tierra de paso para merecer el cielo a través del sacrificio, la oración, la abnegación; para eso es que vivimos aquí, no para ser artistas, no para ser grandes personajes, no para ser ricos, millonarios, famosos o poderosos o lo que fuere, sino para ser buenos hijos de Dios; eso es lo que siempre ha predicado y predicará la Iglesia católica.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos proteja, que nos conserve en el amor divino, en el verdadero y no en la falsa caridad filantrópica masónica que hoy se nos quiere imponer y que es un puro sentimentalismo pero que no es verdadero amor de Dios, al punto de sacrificar la vida si es necesario por nuestros amigos. Que sea nuestra Señora la gran protectora, porque Ella permaneció de pie en la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y estará de pie en esta segunda crucifixión de nuestro Señor en su Cuerpo Místico, la Iglesia hoy perseguida, combatida; será Ella entonces nuestro sostén y nuestra abogada. A la hora de la muerte, será también Ella la que nos procure la gracia de la perseverancia final que es lo que rezamos todos los días al decir el Avemaría y al decir el santo Rosario. Supliquemos entonces a Ella que nos mantenga en ese fervor y en esa verdadera caridad y amor de Dios. +

P. Basilio Méramo
26 Octubre de 2002

miércoles, 22 de octubre de 2014

Del R.Padre Basilio Méramo: UNA VISION TRASNOCHADA DE FATIMA


Lamentablemente, y muy lamentablemente, bajo aspectos de cierta piedad, pero sin
doctrina, lo cual es una falsa piedad, o lo que podríamos llamar: pietismo, se enfocan
muchas veces mal, grandes verdades; y esto es al parecer el problema, desdichadamente, de Mons. Williamson con su último Eleison n°379 del 18 de Octubre
del 2014, en el cual peca por un doble o triple error, valiéndose de lo que Nuestra
Señora manifestó en Fátima: “Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará” y la consagración de Rusia, al punto de afirmar la necesidad de que Mons. Fellay debe
realizar una Cruzada del Rosario, para que Francisco (el Grande) consagre a Rusia y se
acaben los males y toda esta crisis.

La expresión “al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”, si se mira bien, es incondicional, como incluso en su momento, el mismo Mons. Fellay afirmaba con cierta lucidez; y digo cierta, pues quizás el mismo no medía la envergadura que sus palabras cobijaban. Si es incondicional, no depende ese triunfo, de ninguna consagración, lo cual vendría a estar reflejado en lo que también por otra parte dice
Michel de la Sainte Trinité en su obra en tres tomos que fueron resumidos en uno solo
por el Hermano François de Marie des Anges, bajo el título “Fátima, Joie intimes,
evénémant mondiale, e de CRC, Francia 1993; Nos dice: “La locución temporal ‘por
fim’ en portugués, que significa ‘al final’, o también ‘finalmente’, ‘por fin’…” (Ibídem,
p.430).

“Igualmente, cuando el P. McGlynn quería saber si la promesa de la conversión de
Rusia era absoluta o condicional, Lucía responde: ‘Al fin, en el texto del secreto,
significa que es absoluta” (Ibídem, p.435).

Evidentemente se está asociando indebidamente en la pregunta, el triunfo del
Inmaculado Corazón con la conversión de Rusia, identificándolas, y la verdad que este
es un error, porque textualmente “al fin”, se refiere al triunfo del Inmaculado Corazón,
que no está necesariamente supeditado ni condicionado a la conversión de Rusia, sino
que está por encima de la conversión de Rusia. Y la conversión de Rusia sí es lo que
estaba supeditado a la consagración al Inmaculado Corazón, para que se diera un
tiempo de paz (cierto tiempo).

El triunfo del Inmaculado Corazón, no puede ser efímero, pasajero, transitorio,
circunscrito a un período de algunos años (25 o más), sino a un triunfo pleno y total
que se identifica con el triunfo total de Cristo Rey y esto sólo y únicamente se puede
dar, después de su gloriosa Parusía, no antes.

Esto sería además como confundir una merienda o tentempié con una cena y peor aún
con un banquete, un gran banquete de bodas incluso con octava; con el agravante que
ese reino, además de efímero, sería pisoteado, vilipendiado por el reino del Anticristo,
lo cual sería prácticamente hasta blasfemo si se quiere, además de absurdo.

Y todo el problema viene por no tener una contextualización conforme con la hora
presente, en la cual nos encontramos en una crisis de dimensiones verdadera y
exclusivamente apocalípticas, tanto por la intensidad, cuanto por la universalidad del
mal que sacude a la Iglesia y a sus cimientos (la fe y los sacramentos) sobre los cuales está fundada. Pero a esto lleva esa alergia, tirria y hasta odium theologicum
antiapocalíptico.

Para decirlo de una vez por todas, hay que ser muy estulto para no entrever por lo
menos, si es que no se ve por rudeza mental, que después del año 1948, la diáspora se
termina creándose el Estado de Israel, el cual fue inaugurado por David ben Gurión el
14 de Mayo de ese mismo año, lo cual fue el fruto de la II Guerra Mundial.

Negar esto es negar la historia, así como la exégesis cual interpretan todos los exégetas,
estando de acuerdo sobre el texto de San Lucas 21, 24 que dice: “Y caerán a filo de
espada, y serán deportados a todas la naciones y Jerusalén será pisoteada por los
gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido”. Y esto siempre fue
interpretado que acontecerá hacia el fin de los últimos tiempos apocalípticos, próximos
y antesala de la misma Parusía. Y esto es lo que en la nota al pie de la página
correspondiente a este pasaje, Mons. Straubinger indica: “El tiempo de los gentiles
(v.24) va a cumplirse, ésto es, va a terminar con la conversión de Israel (Rom. 11,24),
y el advenimiento del supremo Juez”.

Mons. Williamson se aferra a que toda esta crisis descomunal, donde si no son
abreviados los tiempos –como dice Nuestro Señor– prácticamente no encontraría fe
cuando Él vuelva; y para colmo piensa con ingenuidad anglosajona que todo se
arreglaría con la consagración de Rusia hoy. Esto es un desfase de una mente algo
trasnochada y responde a una mala interpretación (lectura) de Fátima; como si no
estuviéramos viviendo, desde la II Guerra Mundial y hasta ahora, los errores de Rusia
esparcidos por el mundo. Eso es como querer parar la bala después de que ya se
disparó con un acto de arrepentimiento del criminal que accionó el gatillo; es decir,
que todo lo que estamos tragando es crema chantillí y toda la atmósfera excremental
que respiramos es perfume francés. Al buen entendedor pocas palabras.

Que la segunda Guerra Mundial fue consecuencia del castigo ya iniciado por no
haberse consagrado a tiempo Rusia, lo dice el Hermano Michel: “En 1929-1931, todo
dependía del Papa, si Rusia hubiera sido consagrada al Corazón Inmaculado de
María, ella se habría convertido y ni la Segunda Guerra Mundial, ni la
relampagueante expansión del comunismo se habrían producido. Pero como esto no
se había hecho, en lugar de las promesas, fueron los castigos que comenzaron a
realizarse” (Ibídem, p.217).

Debe quedarnos claro que hoy, si se hace la consagración, ella no podría impedir los
efectos, las consecuencias de todo lo que estamos viviendo y sufriendo, mirado a la luz
de la doctrina y de la fe. Incluso si la consagración se hubiese hecho en el mismo año
1938, habiéndose cumplido el signo (la llamada aurora boreal del 25 de enero de ese
año), ya era tarde, pues justamente cuando éste se diera, sería la señal de que los males
anunciados comenzarían irremediablemente. Luego, a partir de esa fecha, la consagración ya sería tardía y por lo tanto, no podría impedir los efectos desencadenados por los motivos que no fueron quitados a tiempo, como era lo que
pretendía nuestra Señora con la advertencia de Fátima, es decir, que por una gracia
exclusiva de la Madre de Dios, Nuestro Señor, en virtud de la devoción del Inmaculado
Corazón de María, impediría el mal que se había enquistado en su forma satánica, a
través del comunismo ateo y humanista que muchos confundían estultamente con los
cañones rusos.

El signo que marcaba el comienzo de los males anunciados, si no se cumplía la
voluntad divina expresada en el llamado Tercer Secreto de Fátima, que consistió en
una noche esclarecida por una luz desconocida (que se le llamó o asoció a una aurora
boreal inusitada) era la advertencia de que los males irremediablemente comenzarían,
por no haber acatado la voluntad divina. Luego, la consagración sería tardía, pues ha
debido ser antes, y no después de esa fecha, para que se cumpliera el efecto prometido
en aras de que el mundo entero se percatara del poder glorioso del Inmaculado
Corazón de María, es decir, que en virtud de su santo nombre y a través de Ella, Dios,
el Verbo Eterno, diera un tiempo de paz impidiendo que se expandieran por el mundo
los errores del comunismo ruso, lo cual es hoy un hecho más que consumado.

Pero esta paz, jamás se puede confundir, con la paz plena y total que sólo podía venir
después de la Parusía. Entonces no había que confundir un tiempo de paz efímero, en
honor al Inmaculado Corazón de María, con la paz de la Iglesia reunida bajo un solo
pastor, formando un solo rebaño en el reino de Cristo Rey aquí en la tierra, después de
la Parusía, que es el que pedimos muy inconscientemente sin darnos cuenta cada día
que rezamos el Padre Nuestro diciendo Adveniat Regnum Tuum, –Venga a nos el tu
Reino– y que se haga la voluntad del Padre Eterno aquí en la tierra como en el cielo.

Reino claro está, incoado por la Iglesia militante en este mundo, pero que será única y
exclusivamente plenificado en el reino de Cristo después de su Parusía y de que haya
sido destruido el Anticristo en su doble aspecto: la versión política, la Bestia del Mar
con siete cabezas (lo que indicaría una gran coalición política universal de las
naciones), y la versión religiosa, la Bestia de la Tierra con dos cuernos de cordero, pero
que habla como el Dragón, siendo esta mucho peor que la otra y que hasta nombre
propio tiene, pues se le llama pseudo profeta y no es como la otra que mata el cuerpo
sino que llega hasta matar el alma, por la perfidia, el error, el engaño, la falsificación y
la apostasía, y así se precipiten en el infierno condenándose eternamente.

He aquí lo que decía el mensaje de Fátima al respecto: “Habéis visto el infierno, a
donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer
en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir,
se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de
ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche
alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la grande señal que Dios os da de
que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y
de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la
consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los
primeros sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si
no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la
Iglesia, los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho,
varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El
Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo
algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre la doctrina de la Fe, etc.
Esto no se lo digáis a nadie, a Francisco si podéis decírselo” (Memorias de la hermana
Lucía, 3 ed. Octubre de 1988, ed. Vice-postulação, Fátima Portugal, p.165).
Esto prueba y comprueba que después de ese signo luminoso excepcional,
comenzarían irremisiblemente los castigos anunciados y la segunda Guerra Mundial,
que, aunque comenzó con Pío XII, de hecho, ya estaba iniciada en sus causas, bajo el
reinado de Pío XI, como lo afirman los fatimólogos y entre ellos el mismo Michel de la
Sainte Trinité.

Hay que precisar también, ateniéndonos a la lengua del escrito original en portugués,
que en esta traducción al español hay dos fallas (o errores): una que no dice doctrina
sino dogma; la otra, que no dice que se consagrará a Rusia indefectiblemente en un
futuro, sino que se ha traducido mal, pues el texto dice: “O Santo Padre consagrar me
á a Russia que se convertirá e será concedido ao mundo algum tempo de páz”. Como
se ve, no dice que indefectiblemente se consagrará a Rusia por un Papa, sino que
deberá consagrarme Rusia, para que se otorgue ese tiempo de paz que es muy distinto,
es decir, que si no se consagra a Rusia, no habrá ese tiempo de paz, pero aun así, al fin
y al cabo, con consagración o sin consagración y todo lo que pase, mi Inmaculado
Corazón triunfará por encima y a pesar de todo.

Entonces queda claro, que es: ha de consagrarme, deberá de consagrarme, y no como
erróneamente interpretan y traducen: me consagrará. He ahí la pequeña y gran
diferencia.

Además, como lo hace ver Michel de la Sainte Trinité, el triunfo es universal: “Así está
claro, cuando Nuestra Señora anuncia solemnemente: ‘Mi Corazón Inmaculado
triunfará’, se trata de un triunfo universal” (Fátima, Frére Francoise de Maríe des
Angels. Joie intime evénément mundial, ed. Contre-reforme Catholique, France, 1993,
p.438).

A la objeción que se puede hacer que la guerra comenzó, no con Pío XI, sino en la
época de Pío XII, en el mismo libro vemos: “Es notable que la Virgen haya anunciado
que la guerra comenzaría bajo el reino de Pío XI y no bajo el de Pío XII. El P. Jongen
interroga a Sor Lucía sobre esta sorprendente anomalía: ‘la Santísima Virgen María,
ha verdaderamente pronunciado el nombre de Pío XI?’ – ‘Sí. Nosotros no sabíamos
entonces lo que era un Papa o un rey. Pero la Santísima Virgen habló de Pío XI’ -
‘Pero la guerra no comenzó bajo Pío XI?’ –‘La anexión de Austria fue la ocasión.
Cuando el acuerdo de Múnich fue concluido, las hermanas jubilosas se alegraban
porque la paz se había salvado. Yo sabía mejor, por desgracia’ –‘Pero ese Padre
jesuita [Dhanis] hizo notar que la ocasión de una guerra no es la misma cosa que su
comienzo’. Esta observación no hizo ninguna impresión sobre la hermana”. “Esta
respuesta de sor Lucía, no tiene nada de sutileza verbal para salirse con la suya.
Puesto que los historiadores han a menudo señalado el hecho: ‘La segunda Guerra
Mundial había ya comenzado mucho antes que ella fuese declarada sobre el papel’ ”
(Ibídem, p.227-228).

Podrá además parecer curioso y contradictorio afirmar que la consagración sería
tardía, habiendo puesto sor Lucía por escrito con fecha posterior en sus memorias, que
después de la luz misteriosa de la noche del 25 de Enero de 1938, de ese signo, ya
comenzarían los males; pero hay que aclarar que una cosa es poner el mensaje por
escrito y otra cosa es haber advertido la necesidad de la consagración como lo había
hecho mucho antes en 1930.

“Después de la Teofanía de Tuy, al inicio del año 1930, Nuestro Señor hace saber a la
vidente que las dos peticiones de la consagración de Rusia y de la devoción
reparatriz, debían ser dirigidas conjuntamente al Santo Padre mismo” (Ibídem,
p.206).

Por otra parte, cuando se le interroga a sor Lucía por qué no dijo lo del secreto antes,
por qué no fue publicado antes, ella responde, porque nadie se lo había pedido, como
podemos ver: Es lamentable, decía el P. Jongen a Lucía en 1946, que el Secreto no
había sido publicado antes de la guerra. Así la predicción hubiera tenido más valor.
Por qué no lo había hecho conocer antes? –‘Porque nadie me lo había pedido’. En
efecto, sus confesores no le habían todavía autorizado a revelar el Secreto. La vidente
de Fátima no le escribirá sino en una carta al Papa Pío XII, en 1940, después de
haber recibido la orden expresa de su confesor. Sin embargo, en este año de 1938, sor
Lucía hará todo lo posible de sí, para prevenir a quien corresponda de la inminencia
del castigo” (Ibídem, p.225).

Es evidente, para los que no tengan alergia ni tirria antiapocalíptica, que Fátima se
refiere a un contexto eminentemente apocalíptico, a tal punto que nuestro autor
subtitula: “Un apocalipsis para el siglo XX” y dice: “Nosotros sabemos de fuentes
seguras, que sor Lucía, interrogada sobre el contenido del tercer Secreto por una de
sus parientes, dio un día esta respuesta: ‘Está en el Evangelio y en al Apocalipsis,
leedlos’. Y la vidente indica incluso en otra ocasión, los capítulos VIII a XIII del
Apocalipsis. El último secreto se sitúa luego en el cuadro apocalíptico de la lucha final
entre la Virgen Inmaculada y el Dragón infernal, tal como se nos describe en el
Apocalipsis…” (Ibídem, p.422).

Y en la página siguiente puntualiza: “El combate apocalíptico entablado entre la
virgen María y el Dragón, constituye la textura dramática de las tres partes del
secreto de Fátima” (Ibídem, p.423).

De otra parte, conviene señalar que una de las grandes razones por la que quizás no se
publicó en tiempo de Pío XII el Tercer Secreto y que además no se realizara
debidamente la consagración de Rusia, fue porque instintivamente se percibía que ya
había sido demasiado tarde, pues la segunda Guerra Mundial había comenzado cual lo
había anunciado Nuestra Señora, si no se hacía lo que pedía y se había dado el signo
infalible del comienzo de los males del castigo de la misteriosa luz de la noche del 25 al
26 de enero de 1938.

Vemos como Mons. Williamson es poco apocalíptico exegéticamente hablando de una
parte, y muy aparicionista de otra. Es evidente que cuando no se tiene como referencia
principal la Palabra de Dios manifiesta en las Escrituras, y particularmente en materia
de profecías neotestamentarias, el libro del Apocalipsis, no queda más que recurrir a
un desmedido aparicionismo por falta de teología exegética. Porque aunque fueran
verdad, en el mejor y supuesto de los casos, toda profecía privada debe interpretarse
conjugándose armónicamente con la Revelación pública y su Apocalipsis.

De todos modos vemos como Mons. Williamson en el fondo está muy de acuerdo con
Mons. Fellay y lo incita a que continúe con la farsa cubierta de piedad, bajo las
cruzadas del Rosario y seguir de manera muy sutil haciéndole ver a los fieles que hay
que esperar algo de estos apóstatas y herejes que ocupan Roma, volviéndola la sede del
Anticristo y que así, por esperar la conversión de Rusia efectuada por esta autoridad
deslegitimizada, se afloje la verdadera resistencia, táctica sutil que no puede provenir
sino en el fondo de la luz negra de Satanás que ha convertido a Roma en apóstata y en
cátedra de pestilencia.

Estamos en pleno y definitivo plano apocalíptico, y Mons. Williamson sigue con sus
ilusiones aparicionistas y antiapocalípticas, pleno de un quijotismo restaurador, no hay
derecho a despreciar las Escrituras ni el Apocalipsis, que es la gran revelación profética
del Nuevo Testamento.

Es ridículo que Mons. Williamson nos dé ahora, como solución de esta crisis de fe, que
hay que pedir y esperar de la Gran Ramera o prostituta babilónica (asentada sobre la
Roma que ha perdido la fe, convirtiéndose en la sede del Anticristo, como ya nos
advirtió Nuestra Señora en la Sallette), de esa cátedra de error y pestilencia, la
consagración de Rusia, para que todo se restablezca, cuando son ellos mismos los
responsables y artífices de esta crisis apocalíptica de la cual sólo Cristo el día de su
Parusía nos puede sacar.

La verdad es que Roma Apóstata y el Príncipe de este Mundo, no podrán encontrar hoy
un mejor aliado. Creo que está de más anotar, que Mons. Fellay podrá decir hoy
también que están los cuatro Obispos perfectamente de acuerdo. ¡Eureka!

No, Mons. Williamson, esta crisis es total, última y definitiva, es apocalíptica, es la
Gran Tribulación, cual nunca se ha visto ni jamás se verá y la Gran Apostasía de las
Naciones de los Gentiles anunciada para los últimos tiempos apocalípticos, a tal punto
que si Dios no abrevia estos días, nadie se salvaría, todos caerían seducidos y
arrastrados por el error hecho cátedra desde la Sede de Pedro, convertida como lo
advirtió Nuestra Señora en La Sallette, en Sede del Anticristo por haber perdido la fe.

No queda más que decir al unísono, todos los fieles del pequeño rebaño disperso por el
mundo y casi prácticamente sin pastores, pues esto ya no tiene remedio humanamente
hablando: ¡Ven Señor Jesús!

P. Basilio Méramo

Bogotá, 22 de Octubre de 2014