San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 5 de marzo de 2017

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA




Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Nos encontramos en este primer domingo de Cuaresma que nos prepara de un modo intenso a la fiesta de la Pascua y esa fiesta tiene durante todo este tiempo, esa preparación espiritual a través del ayuno, la mortificación, la penitencia, la oración, la limosna. Para que dejemos nuestros malos hábitos, que se convierten en vicios y en cambio adquiramos la virtud, que son los hábitos buenos; que dejemos todo lo malo a lo cual la misma naturaleza nos inclina, haciéndonos agradable y fascinante lo malo, y desagradable y rechazable lo arduo, lo difícil, que es lo bueno. Tengamos en consideración esto para que nos preparemos santamente durante toda la Cuaresma y podamos disponer nuestras almas para festejar espiritualmente la Resurrección de nuestro Señor, la Pascua.

En este domingo el Evangelio nos relata la tentación que hace Satanás, el demonio, a nuestro Señor en el desierto, después de haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches. Esa penitencia ancestral que se practicaba antaño, Moisés lo hizo y esa tradición se ha ido perdiendo, pero todavía los paganos conservan ese recuerdo y más aún, Mahoma instituyó el Ramadán justamente basado en esta costumbre, con lo cual vemos cómo los católicos nos hemos alejado tanto del espíritu de abstinencia; y se nos hace como algo imposible, cuando eso era del orden natural; claro está que ofrecido por Dios y para Dios, cobra un valor sobrenatural.

No nos extrañe que los faquires o cualquiera de esos que no tienen fe practiquen o tengan esa sabiduría natural de estos ayunos que eran, además, un medio de curación de muchas enfermedades que hoy parecen incurables, pero que son producidas por el exceso de la comida que va quedando y de la que necesitan purificarse el cuerpo y la sangre y se manifiesta a través de múltiples males que serían corregidos o atenuados con este santo ayuno.

El demonio aprovecha la ocasión para tentar a nuestro Señor en el desierto en el momento más crucial, después de esos cuarenta días de ayuno cuando su cuerpo se encontraba debilitado al máximo; esa es la ocasión que aprovecha Satanás para quitarse la duda que le carcomía las entrañas por saber si era o no el Hijo de Dios, si era el Mesías, duda que tenía, porque él no es ningún tonto ni bobo, conoce bien las Escrituras. Había visto la adoración de los pastores, la de los tres reyes magos, también en el bautismo de San Juan, cómo Dios lo nombra como su Hijo bien amado. Pero, sin embargo, él no podía creer, no podía tener fe, porque es un espíritu condenado y allí no cabe la fe, puede caber la conjetura y él podía concluir por los hechos que veía, que era Dios, pero no podía creer que era Dios, y eso originaba una gran duda que le impedía tener la certeza de que sus conclusiones o sospechas fueran o no ciertas.

Ese fue el motivo por el cual se aventura a tentar a nuestro Señor, para descubrir a través de ella si era o no Dios y por eso, en la primera tentación, que parece muy connatural y muy humana, le ofrece de comer: “Si tienes hambre di a estas piedras que se conviertan en panes”, milagro que solamente puede hacer Dios; y entonces éste le podría manifestar al Demonio que nuestro Señor era Dios, y Él le responde con palabras de la Escritura: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios”. Lo vence con la palabra de Dios, no con el pan que nutre al hambriento, sino con su palabra que nutre el alma del que desea a Dios; lo vence con la fe.

Al demonio hay que vencerlo con la palabra de Dios, con el nombre de Dios, con la fe en Dios, y no con el pan de este mundo. No pudiendo el Demonio saciar su curiosidad, atrevidamente lo coge y lleva al pináculo del templo, osa levantarlo en brazos, si así pudiéramos decir, porque un espíritu como el ángel no tiene brazos pero sí la potencia de mover las cosas y desde allí le dice: “Escrito está, si te tiras desde aquí arriba hacia abajo los ángeles no dejarán que tus pies tropiecen contra las piedras”. Conocía bien las Escrituras y en nombre de las ellas le tienta.

Así nos inducen los protestantes en nombre de las Escrituras falsamente interpretadas y manipuladas, como hace todo vano profeta, todo falso predicador, manipular las Escrituras. Y nuestro Señor, ni lerdo ni perezoso le responde también: “Escrito está, no tentarás al Señor tu Dios”; porque no hay que tentar a Dios con absurdos milagros, o pidiéndoselos imprudentemente, “si yo hago tal cosa, Dios tiene que ayudarme”, “si yo hago tal otra, Dios tiene que socorrerme”; no señor, no hay que tentar a Dios. Él me va a socorrer y ayudar siempre que no sea imprudente, porque si me pongo al borde del precipicio a mirar para abajo y digo: si me caigo, Dios me salva, eso es tentar a Dios, exigirle algo fuera de lo establecido; por eso, le responde nuestro Señor: “No tentarás al Señor tu Dios”.

Esas tentaciones son pecado, Ahí está el pecado, tentarle. Cuando no nos esforzamos en hacer bien las cosas y aun haciéndolas bien sabemos que pueden resultar bien o mal, porque esa es la condición humana en este mundo, aunque sí pedirle a Dios que nos ayude, pero después de habernos dispuesto prudentemente, y así y todo no por una obligación, un derecho, una exigencia. ¿Por qué se murió tal niño inocente? ¿Por qué las personas sufren, acaso Dios no ayuda?

Son todas tentaciones que el Demonio utilizó en el segundo intento con nuestro Señor, y que las vemos a diario. Sintiéndose derrotado Satanás y viendo ya que no podía sacarle a nuestro Señor aquello que quería, tiene la idea diabólica y perversa de volverlo a tomar y llevarlo a un monte alto y prodigarle todas las riquezas y tesoros del mundo. Según San Agustín, el mundo está regido por Satanás, porque él era uno de los ángeles de Dios, al cual Dios encomendó el gobierno del universo o por lo menos de esta Tierra o de esta galaxia. Él es el príncipe natural del mundo, el que lo gobierna y podía decir con propiedad, sin engaño que este mundo le pertenecía en cierto modo ya que él lo regía, cosa que no podemos olvidar. Por eso al católico debe importarle un comino la gloria de este mundo gobernado por Satanás; debe sí importarle la gloria de Dios, porque no vivimos para este mundo ni por su reino. No lo olvidemos.

Entonces Satanás le pide que le adore; ese atrevimiento de la criatura espiritual caída queriéndose hacer honrar y adorar como si fuese Dios; el pecado de soberbia de los ángeles malditos. Esa presunción que está detrás de cada pecado; ese orgullo que al fin y al cabo impide que adoremos y amemos de todo corazón a Dios, pero sí hace que nos amemos a nosotros mismos y por eso nos condenamos al igual que Satanás, porque nos ponemos en el lugar de Dios, nos erigimos en dioses, gran pecado de arrogancia, en el grado último de lo diabólico, aunque a veces sin darnos cuenta. Por eso San Agustín decía que hay dos amores: del desprecio de sí mismo hasta al aprecio y al amor de Dios, y el amor hacia sí mismo hasta hacia el desprecio y el odio de Dios. Esas son las dos grandes constantes en las que vivimos y de las cuales muchas veces no nos percatamos.

Todo pecado mortal es muy grave y uno solo es suficiente para llevarnos al infierno, porque en definitiva lo que nos hace pecar es ese amor hacia nosotros mismos que nos lleva al desprecio de Dios. Péquese de lo que se peque, lujuria o lo que fuera, pero ahí está el amor de sí mismo que lleva a despreciar a Dios. Nuestro Señor está ante esa osadía satánica, diabólica, perversa del demonio de querer ser adorado como si fuese Dios, ya que no había conseguido saber si era o no el Mesías; entonces quiere hacerse adorar por aquella criatura, aunque fuera para satisfacer su diabólico orgullo. Nuestro Señor le responde con las Escrituras: “Sólo a tu Dios adorarás y a Él sólo servirás”, y Satanás desaparece derrotado y sin poder salirse con la suya. Vienen entonces los ángeles y le dan alimento a nuestro Señor. O sea que lo mismo que el demonio le había propuesto, lo traen los ángeles del cielo, lo mismo que el diablo nos propone para que caigamos, Dios nos lo da.

Eso de querer ser dioses, Dios nos lo da por la gracia, por una participación; nos asemeja a Él comunicándonos la gracia, la visión beatífica que tendremos después como premio; nos eleva a ese endiosamiento sin dejar de ser criaturas y sin ser Dios pero sí nos hace de algún modo dioses, pero a través de los caminos de Dios y no de los caminos nuestros. Toda tentación tiene una cierta connaturalidad y fascina, porque hay algo de verdad, pero una verdad mal planteada, mal propuesta; el demonio es astuto, y por eso tenemos que conocer esa sgacidad y esa malicia para derrotarlo con fe y con inteligencia y no caer como lo hizo Eva y con ella Adán.

Vemos cómo ha sido derrotado el demonio y nuestro Señor nos lo muestra. Pero esas tres tentaciones que sufrió nuestro Señor y que le propinó el demonio, le serán y nos serán propuestas, le serán propuestas a la Iglesia, al Cuerpo Místico de Cristo para que caigan sus ministros en esa prueba; si nosotros hacemos un paralelo y miramos lo que ha acontecido después del Concilio Vaticano II, vemos cómo se ha caído en las dos primeras tentaciones y estamos a punto de que se caiga en la tercera.

La primera, convertir las piedras en pan para dar de comer a los pobres, procurar los bienes y riquezas de este mundo, la economía del mundo. ¿Acaso no se ha hecho así? Pablo VI vendió su tiara, símbolo del poder papal para dar de comer con eso a los pobres destronándose simbólicamente, despojando a la Iglesia, preocupada por el hambriento, cuando nuestro Señor nos dice que no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra de Dios. Olvida el clero la palabra de Dios preocupado por la economía del mundo, y si no ¿por qué hay curas que se hacen guerrilleros, o alcaldes, o lo que fuera? Es una realidad, los ministros de hoy en su mayoría han caído en la primera tentación, procurar los bienes de la tierra, dándole el pan al hambriento pero olvidándose de la palabra de Dios, de la fe, eso es un hecho.

La segunda tentación: tírate hacia abajo; total, si eres divino, nada te pasará. La Iglesia lanzada al abismo; pues si es divina no sucumbirá. Y ¿no se ha tirado al abismo la Iglesia destronando a nuestro Señor del centro del altar para confinarlo a un rincón? Lanzando las imágenes, las estatuas, como los peores iconoclastas, peores que Lutero, vaciando la Iglesia; total, si es divina nada le pasará. Despójese de todo lo que es honroso para Dios, de los ornamentos y de las cosas más preciosas para Él; ya no hay necesidad de eso ¿para qué? Vaciada la Iglesia; total, si es divina, qué importa, nada le pasará; ¿ha incurrido en esa tentación? Pues claro que sí, mis estimados hermanos, ha caído y recaído. La segunda tentación es un hecho, está vaciada la Iglesia, despojada de todo aquello que simbolizaba, que significaba su divinidad y la mayor gloria de Dios.

Y por eso el ultraje al culto, a la Santa Misa y a todo lo que era de orden sacro y que tenía un gran esplendor en su manifestación. Quítense las sotanas, los hábitos; total, si son puros y son religiosos ¿qué va a pasar?, nada; tírense abajo y ¿no lo han hecho los sacerdotes? ¿cuál sacerdote anda con sotana? Y las monjas, que andan con su vestido, poco les falta para que anden con minifalda. Quítense los hábitos, y eso las que vemos vestidas, cuántas no habrá que no van vestidas. Quizás en Colombia no sea el caso, pero en Europa a ver si uno ve una religiosa vestida de monja por la calle y si la ve es colombiana o chilena que anda por ahí dando vueltas en Roma. ¿No es eso tirarse desde el pináculo del templo? Exactamente lo mismo.

Y la tercera y gran tentación en la que estamos a punto de sucumbir, es adorando a Satanás a través del culto del hombre, a través de todas las religiones reunidas en el nombre de Dios. ¿De cuál dios? El dios de los ateos, de los judíos, de los musulmanes, de los budistas, de los animistas. Ese no es el Dios Uno y Trino de la Revelación; no es el Dios de la fe, el Dios verdadero. ¿Eso no es ya adorar a Satanás? Pues claro que sí, por eso es abominable ese acto de Asís repetido; es odioso a los ojos de la fe y es un deber repudiarlo públicamente y preguntarse con qué autoridad la jerarquía actual realiza esos actos, porque no es con la autoridad del Dios Uno y verdadero sino con la autoridad del poder que le dará Satanás al Anticristo.

No me cansaré de repetir mil veces esa gran advertencia de nuestra Señora en La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo”; el demonio va hasta allá; se quiso hacer adorar por Cristo y ¿no lo va a querer lograr con todos nosotros? Pero, lógico que sí; tonto e ingenuo sería pensar otra cosa ; por eso nuestro Señor nos deja esa triple advertencia como ejemplo.

Que la gracia de Dios nos proteja y no nos deje caer en estas tentaciones. +

Padre Basilio Méramo.
17 de febrero de 2002

miércoles, 1 de marzo de 2017

Miércoles de Ceniza, MEMENTO HOMO



Extracto del Sermón del R.Padre Méramo del Domingo de Quincuagésima en febrero de 2001.

...Con los domingos de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima, la Iglesia nos prepara para la Cuaresma que comienza con el Miércoles de Ceniza y que nos conduce, nos lleva al misterio de los misterios, la Pascua de Resurrección. Y para prepararnos bien a la Resurrección, a ese misterio fundamental de nuestra fe, la Iglesia nos invita a la oración, al sacrificio y a que vivamos también la Pasión de nuestro Señor y su crucifixión antes de resucitar. Este es el significado y simbolismo de la Cuaresma que con el preludio de estos tres domingos nos vayamos adentrando en ese espíritu de sacrificio de la Pasión de nuestro Señor que debemos tener presente a todo lo largo de nuestra vida.
La religión católica es inconcebible sin sacrificio, sin la Pasión de nuestro Señor. Lamentablemente el mundo pagano festeja para estas fechas todo lo opuesto, el carnaval, que es un festival pagano de la carne, es una fiesta antiquísima que ha sido imposible erradicar, ni siquiera con todos los siglos de cristianismo, por lo que en muchos lugares se hace durante estos días reparación ante el Santísimo, por los desmanes que se cometen en estos días cuando debiera ser lo opuesto, una preparación para la Cuaresma. Eso nos demuestra cuán opuesto es el espíritu católico al espíritu del mundo, son antagónicos y esos dos espíritus están en nosotros, el espíritu del mundo y de la carne simbolizados por el viejo hombre, y el espíritu católico simbolizado por el nuevo hombre.
Ese es el combate permanente que sostendremos durante toda nuestra vida, de ahí que debamos estar alertas para que no venza en nosotros el espíritu de la carne, el espíritu del viejo hombre. Ese es el ejemplo que nos han dado los Santos, la lucha y la victoria sobre la carne, y ese es el espíritu que se intensifica en la Cuaresma. No es que la religión pida que seamos masoquistas; simplemente la religión católica es una religión con espíritu de sacrificio, el sacrificio de nuestro Señor, su inmolación al Padre Eterno por nuestros pecados, la víctima inocente. Ese es el significado del sufrimiento cristiano católico y aun el de las víctimas inocentes como pueden ser los niños sin uso de razón, como el sacrificio de los Santos Inocentes y eso explica lo que el mundo no entiende por no tener la fe y la concepción católica de las cosas; cuando le reprocha a Dios el sufrimiento de personas inocentes, juzgan de acuerdo al mundo para reprocharle. De ahí la necesidad de que sepamos ofrecer los sufrimientos a imagen de nuestro Señor, por nuestros pecados y también por los de los demás. Los grandes Santos no sufrían solamente por sí, sino también por los demás, por la Iglesia.
Hoy, como nunca, hay que sufrir por la Iglesia, por todo lo que está aconteciendo dentro de ella, por la pérdida de fe, por la apostasía, por la corrupción de la religión, por la corrupción del orden social católico, por la destrucción de la familia y de las naciones católicas, por el mal ejemplo, los escándalos, el pecado institucionalizado. Siempre hubo pecados y maldad, pero nunca hubo el pecado como hoy, proclamado e institucionalizado con el descaro que se ve.
Antiguamente el pecador reconocía que lo era, que era miserable, que estaba conculcando la ley de Dios; hoy es todo lo contrario, esa ley de Dios ya no se proclama, ya no existe, lo que existe es la ley del hombre, la libertad del hombre, la dignidad del hombre, los derechos del hombre, la religión del hombre y por eso es una religión que no implica sacrificio, que no tiene la noción de la Santa Misa sino de una cena al estilo protestante, porque, en definitiva, es una religión del hombre, que utiliza el título de católica, se sirve de la reputación de la religión católica y se encubre bajo ese nombre, pero no es la religión católica, es la religión del hombre, no es la religión por Dios, por lo cual se la hace fácil, sin sacrificio, que “cada cual haga lo que quiera, es su conciencia la que determinará si está bien, si está mal”.
Y así se conculcan los derechos más sagrados de Dios y se destruye todo principio de orden, de felicidad y de bienestar, por eso el mal y la gran amenaza que hay sobre el mundo, el castigo de Dios que tarde o temprano vendrá, esa purificación que tendrán el mundo y la humanidad. De ahí que nosotros debemos purificarnos sufriendo con paciencia estos males que afectan a la Iglesia, que afectan a la religión y que hacen que la Iglesia sufra en carne propia la Pasión de nuestro Señor y que así, sufriendo el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, salgamos acrisolados, purificados, como el metal que se purifica al contacto con el fuego.
Aprovechemos esta Cuaresma para que se intensifique el deseo de reparación, de purificación, de sacrificio, de inmolación; que dispongamos bien nuestras almas para poder regocijarnos después con la resurrección de nuestro Señor, esa resurrección que también es promesa para todos aquellos que somos sus fieles. De ahí la importancia de la fidelidad a la gracia divina, la fidelidad a nuestro Señor...

Nota del Editor, hace algunos años:
Posterior al doble rayo sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro hoy sede del Anticristo,  perfectamente consumada del legado profético  de Daniel el santo profeta,  con  sus también consumados y  pomposos; Un tiempo, ( Paulo 6),  Dos tiempos de  JP p´s,  y  el  Medio tiempo más  de la  rata cantantante,  Acaecidos que fueran,  dando por parte del Cielo,  la señal de la finalización del periodo de los 7 reyes apocalípticos,  con el rayo sucedáneo sobre el corcovado,  lugar en el que tendría efecto   el festival de la carne encabezado por "El Pedro Romano" (Un simple Humano) de  San  Malaquías, (Similar a la forma en  la que los festines al  ente de la carne, por parte de antiteos y paganos, siempre precedieron a la Santa cuaresma)  y preanunciando la recta final, "ASÍ COMO EL RAYO CAE EN ORIENTE Y ES VISIBLE EN OCCIDENTE"  preparusiaco.  Da  Inicio  de manera  formal con este Miércoles de ceniza,  La cuaresma pre crucifixión de la Inmaculada esposa del Divino cordero,  con Los cuarenta días, (léanse meses) de tiempo de mortificación, para  la pusylus,  ( o los 1200 y tantos días del mismo Daniel Santo Profeta: (1290 desde la elección del falso Prometeo o Francisquito, que tienen "causalmente, su exacta cumplimentación, el 28 de Diciembre del 2016 ligeramente posterior al 2 de Octubre de ese año, en el que se cumplimentan  los 6000 años de la creación,  con la cumplimentación también  el siguiente 11 de febrero del 2017 Día de la festividad de Lourdes, los 1335 días también del Santo Profeta Daniel)),  cuaresma que justo culmina con el periodo del tiempo extra, posterior al medio tiempo Rat...zingereano,  Real profeta del  anticristo, que fue anunciado por el libro de la Revelación como  anterior pero posterior,  al  propio  JP2,  La bestia que fue,  que volvió a ser  y  que  ahora  sin  ser  sigue siendo, (como  emérito papa de la iglesia del AntiCristo), y que apegado al Mismo evangelio eterno,  será arrojado vivo  al  abismo, que también "Causalmente"  converge en el centenario de Fátima,  (indicio de que el "Dies Ire"  acontecerá en vida de la rata cantante,  bestia de la tierra, que hizo adorar con el falso milagro de la sangre incoagulada (criterio médico que significa vida)  de  JP 2, y con la presencia de su imagen parlante,  en aquél nefasto día, en donde se juntaron los águilas).

   Así pues, dispongámonos "In Nomine DOMINE"  para los cuarenta meses de Penitencia (expulsiones calumnias difamaciones y vejaciones)  de Ayuno (Sin pastores, sin sacramentos),  de  abstinencia, de meditación y de oración, SIN PERDER DE VISTA EL MAPA,  con los  indispensables prerequisitos,  menesteres imperiosos, para quienes pretendamos por inmerecida gracia, participar en las bodas del cordero, como Vírgenes (Sin haber fornicado, con  el mundo Cristiano moderno o modernizado,  y sus visibles posibles elecciones, (El Cristo No esta en el desierto,  Ni está en el fondo de la casa)),  pero vírgenes prudentes, ( con el aceite de la gracia),  Y  asegurados, de que sea con el exacto y perfecto vestido para las bodas, (LA VERDADERA CARIDAD),   de lo contrario, aun estando en el convite podemos ser expulsados a las tinieblas eternas,  Y  con La marca de Cristiano En la Frente, símbolo y figura de la cruz de cenizas con la que acompañamos al inicio de la cuaresma que comienza hoy con todas sus implicaciones.    Teniendo presente mas que  Nunca,  que  el rezo de los quince misterios del Santo Rosario,  "SON EL ÚLTIMO RECURSO, QUE EL CIELO DIO AL HOMBRE",  Que  en la  Crucifixión del Divino Cordero, Única y exclusivamente estuvieron presentes, San Juan (Apocalipsis),  Y la  Santísima  Virgen María, (EN PORTUGAL ("El portus calus",  el puerto hermoso,  en la devoción a la Santísima virgen María)  SE CONSERVARA  LO QUE SE DEBE CREER DE LA  VERDADERA FE".

SEA PARA GLORIA DE DIOS
Alberto González.

domingo, 26 de febrero de 2017

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA



Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Este domingo de Quincuagésima es el preludio de Cuaresma. Con los domingos de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima, la Iglesia nos prepara para la Cuaresma que comienza con el Miércoles de Ceniza y que nos conduce, nos lleva al misterio de los misterios, la Pascua de Resurrección. Y para prepararnos bien a la Resurrección, ese misterio fundamental de nuestra fe, la Iglesia nos invita a la oración, al sacrificio y a que vivamos también la Pasión de Nuestro Señor y su crucifixión antes de resucitar. Este el significado y simbolismo de la Cuaresma que con el preludio de estos tres domingos nos vayamos adentrando en ese espíritu de sacrificio de la Pasión de Nuestro Señor que debemos tener presente a todo lo largo de nuestra vida.

La religión católica es inconcebible sin sacrificio, sin Pasión de Nuestro Señor. Lamentablemente el mundo pagano festeja para estas fechas todo lo opuesto, el carnaval que es un festival pagano de la carne, es una fiesta antiquísima que ha sido imposible erradicar, ni siquiera con todos los siglos de cristianismo, por lo que en muchos lugares se hace durante estos días reparación ante el Santísimo, por los desmanes que se cometen en estos días cuando debiera ser lo contrario, una preparación para la Cuaresma. Eso nos demuestra cuan opuesto es el espíritu católico al espíritu del mundo, son antagónicos y esos dos espíritus están en nosotros, el espíritu del mundo y de la carne simbolizados por el viejo hombre, y el espíritu católico simbolizado por el nuevo hombre.

Ese es el combate permanente que sostendremos durante toda nuestra vida, de ahí que debamos estar alerta para que no venza en nosotros el espíritu de la carne, espíritu del viejo hombre. Ese es el ejemplo que nos han dado los Santos, la lucha y la victoria sobre la carne, y ese es el espíritu que se intensifica en la Cuaresma. No es que la religión pida que seamos masoquistas; simplemente la religión católica es una religión con espíritu de sacrificio, el sacrificio de Nuestro Señor, su inmolación al Padre Eterno por nuestros pecados, la víctima inocente. Ese es el significado del sufrimiento cristiano católico y aun el de las víctimas inocentes como pueden ser los niños sin uso de razón, como el sacrificio de los Santos Inocentes y eso explica lo que el mundo no entiende por no tener la fe y la concepción católica de las cosas; cuando le reprocha a Dios el sufrimiento de personas inocentes, juzgan de acuerdo al mundo para reprocharle. De ahí la necesidad de que sepamos ofrecer los sufrimientos a imagen de Nuestro Señor, por nuestros pecados y también por los de los demás. Los grandes Santos no sufrían solamente por sí, sino también por los demás, por la Iglesia.

Hoy, como nunca, hay que sufrir por la Iglesia, por todo lo que está aconteciendo dentro de la Iglesia, por la pérdida de fe, por la apostasía, por la corrupción de la religión, por la corrupción del orden social católico, por la destrucción de la familia y de las naciones católicas, por el mal ejemplo, los escándalos, el pecado institucionalizado. Siempre hubo pecados y maldad, pero nunca hubo el pecado como hoy, proclamado e institucionalizado con el descaro que se ve.

Antiguamente el pecador reconocía que era pecador, que era miserable, que estaba conculcando la ley de Dios; hoy es todo lo contrario, esa ley de Dios ya no se proclama, ya no existe, lo que existe es la ley del hombre, la libertad del hombre, la dignidad del hombre, los derechos del hombre, la religión del hombre y por eso es una religión que no implica sacrificio, que no tiene la noción de la Santa Misa sino de una cena al estilo protestante, porque, en definitiva, es una religión del hombre, que utiliza el título de católica, se sirve de la reputación de la religión católica y se encubre bajo ese nombre, pero no es la religión católica, es la religión del hombre, no es la religión por Dios, por lo cual se la hace fácil, sin sacrificio, que "cada cual haga lo que quiera, es su conciencia la que determinará si está bien, si está mal".

Y así se conculcan los derechos más sagrados de Dios y se destruye todo principio de orden, de felicidad y de bienestar, por eso el mal y la gran amenaza que hay sobre el mundo, el castigo de Dios que tarde o temprano vendrá, esa purificación que tendrán el mundo y la humanidad. De ahí que nosotros debemos purificarnos sufriendo con paciencia estos males que afectan a la Iglesia, que afectan a la religión y que hacen que la Iglesia sufra en carne propia la Pasión de Nuestro Señor y que así, sufriendo el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, salgamos acrisolados, purificados, como el metal que se purifica al contacto con el fuego.

Aprovechemos esta Cuaresma para que se intensifique el deseo de reparación, de purificación, de sacrificio, de inmolación; que dispongamos bien nuestras almas para poder regocijarnos después con la resurrección de Nuestro Señor, esa resurrección que también es promesa para todos aquellos que somos sus fieles. De ahí la importancia de la fidelidad a la gracia divina, la fidelidad a Nuestro Señor. Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que Ella nos ayude a permanecer siempre fieles a Cristo Nuestro Señor.

BASILIO MERAMO PBRO.
 25 de febrero de 2001

domingo, 19 de febrero de 2017

Domingo de Sexagésima



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el domingo de Sexagésima, con el cual nos vamos acercando a la Cuaresma. La Iglesia nos prepara a disponer bien nuestro espíritu y nuestro cuerpo en la oración, el sacrificio, la abnegación, la limosna. Prepararnos santamente durante la Cuaresma para después festejar la gran fiesta de la Pascua; este es un tiempo de introducción a la Cuaresma y ésta en sí misma es una preparación para la Resurrección de nuestro Señor. No olvidemos que así como Él resucitó, también resucitaremos nosotros, de ahí que nuestra estancia en este mundo, en esta tierra, no deja de ser una Cuaresma, una preparación para el cielo.

En este domingo consideramos la parábola del sembrador, parábola que nuestro Señor mismo les explica a sus apóstoles; esa semilla que es la palabra de Dios, la palabra que salva, que debe caer en terreno fértil para que produzca fruto, este es su mensaje. Es muy extraño que un sembrador riegue la semilla a diestra y siniestra, absurdo por naturaleza, pero justamente nuestro Señor quiere mostrar que la palabra de Dios Él la esparce por todas partes, a derecha e izquierda, a lo largo del camino, a través de toda esta vida, el problema es que no cae siempre en terreno adecuado, y que nosotros estamos allí estereotipados en alguno de esos sectores en los que cae la semilla y que divide la parábola.

Una semilla cae a la vera del camino, donde están los que oyen la palabra pero que después se las arrebata el demonio para que, no se salven. No hace falta solamente oír, hay que oír con atención, hay que escuchar, prestar atención a esa palabra de Dios y no tomarla distraídamente, Alegremente , porque así no da fruto; por eso la arrebata el demonio; eso pasa en muchas personas que oyen la palabra pero se las arrebata el demonio y yo no sé si en ese sector están incluidos todos aquellos que como en Colombia, siendo católicos, naciendo católicos, hoy forman una legión, una manada –son como animales en manada– de protestantes, de todos los matices. Oyeron la palabra de Dios, pero el demonio se las robó; se dedican a predicar un evangelio que no es el de la Iglesia, que no es el de Dios.

Después, vemos que la semilla cae entre piedras; nuestro Señor explica que no echa raíces, es decir, que la palabra de Dios no se arraiga, no se enraíza, no tiene raíces, no tiene profundidad, cae superficialmente y así tampoco produce fruto, porque la palabra de Dios tiene que caer en lo hondo, en lo profundo de nuestra alma, penetrarla, vivificarla, que la fe arraigue, que no quede a flor de piel, que no quede sin raíces hondas y profundas; la estabilidad de un árbol depende de lo hondo de sus raíces, con lo cual nuestro Señor muestra cómo esa semilla también deja sin frutos a quienes la escuchan, porque no echa raíces.

Otra parte de la semilla cae entre espinas; nuestro Señor nos dice que queda sofocada por los placeres, los deleites de esta vida y los halagos del mundo.

Una cuarta parte cae en terreno fértil y da fruto. Por otra parábola sabemos lo que nuestro Señor dice de ese fruto, que unos dan treinta, otros sesenta y otros dan el cien por cien, incluso el fruto no es parejo aun cayendo en terreno fértil, eso nos muestra el misterio. Como Dios predica para todos los hombres, para eso instituyó su Iglesia, para que enseñe la palabra de Dios y, oyéndola, el hombre se salve. Sin embargo, la semilla no cae en terreno fértil y ese terreno es el de nuestras almas, porque oímos sin prestar atención no echa raíces; los halagos y apetencias de este mundo sofocan esa semilla, por falta de virtud, por falta de abnegación; por eso entre las condiciones esenciales y para que la semilla, la palabra de Dios, produzca fruto, se requiere que se oiga, que se preste atención, que se escuche, que arraigue en nuestra alma, que ahonde, la penetre, la vivifique y después, tener cuidado y solicitud para que los vicios de este mundo no nos hagan sucumbir. Debemos entonces, estar alertas, diligentes, vigilantes, para que así dé fruto y salvemos nuestras almas.

No debe extrañarnos que en esta parábola nuestro Señor haya dicho, después de haberles advertido, que oigan, que escuchen, que entiendan, que hablaba en parábolas para que no entendieran; a simple vista sería una gran contradicción y la única explicación es el sentido irónico en el cual nuestro Señor se sitúa, al decir que hablaba en parábolas para que no entendieran, es como el ejemplo de una madre que manda al hijo a llevar un vaso o un plato a la cocina y en lugar de decirle que tenga cuidado para que no se le rompa le dice “que se te rompa”. La ironía se usa como estilo indirecto, pero a veces es mucho más preciso para decir verdades, mucho más breve; es un llamado de atención que sitúa en el plano de la reflexión para que pongamos cuidado y prestemos atención.

Nuestro Señor habla en parábolas, ejemplificando con imágenes sensibles de orden cotidiano que nos ayuden a comprender una realidad sobrenatural desconocida; por eso no hay ninguna contradicción y queda esclarecida esa aparente oposición que pudiéramos encontrar en la interpretación del evangelio de hoy. De ahí la necesidad de explicar el evangelio, de la exhortación por parte de los ministros de la Iglesia siguiendo a los Padres de la Iglesia, siguiendo el juicio y el veredicto de la Iglesia y no inventándose por su cuenta explicaciones que no tienen un respaldo en la Iglesia y en sus Santos, aunque a veces entre ellos haya discrepancia, pero no como interpretan los protestantes, cada uno a su gusto desconociendo olímpicamente la autoridad de la Iglesia, de allí su pecado y su error.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nuestra alma sea tierra fértil abonada con muy buenas disposiciones para que la semilla, la palabra de Dios, fructifique en nuestras almas y así podamos salvarnos y con el buen ejemplo ayudar a salvar a los demás. +

BASILIO MERAMO PBRO.
18 de febrero de 2001


domingo, 12 de febrero de 2017

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Con este domingo de Septuagésima, se inicia el ciclo de la Pascua: segundo ciclo de la Pascua que gira alrededor de la Resurrección de nuestro Señor, y que es la fiesta más solemne, más importante del año litúrgico aunque no la más popular, como la Navidad. La fiesta más importante de todo el año litúrgico es el domingo de Pascua, el domingo de Resurrección y nos preparamos a esa Resurrección, a esa Pascua, con la Cuaresma: cuarenta días de ayuno, penitencia y oración. Con la Septuagésima nos introducimos levemente en esa preparación: mortificación del cuerpo como dice San Pablo, “yo someto mi cuerpo, mortifico mi carne para que después de haber predicado no sea yo inducido en tentación y sea réprobo”.

Todo católico debe mortificar su cuerpo, sus sentidos, sus apetitos y el mundo de hoy enseña lo opuesto totalmente: placer, gozo, diversión. Mientras que el cristianismo nos dice sujeción, represión, mortificación del cuerpo con todos sus sentidos, el mundo de hoy predica lo contrario. Lo que demuestra una vez más el carácter y el sello anticristiano de la civilización moderna. Mucho menos entonces se comprenderá el significado de la Semana Santa, de la Cuaresma y de este preludio a la preparación de la Cuaresma con estos domingos iniciados hoy con la Septuagésima, o setenta días de preparación antes de la Resurrección.

Así como setenta años estuvo el pueblo de Dios en el cautiverio de Babilonia, lo mismo estamos nosotros, como cautivos a lo largo de este mundo hasta que se produzca la Pascua de Resurrección de todos nosotros, cuando nuestro Señor venga a juzgar y culmine todas las cosas para la mayor gloria de aquellos que Él ama; esa es la motivación y la esperanza que tenemos: vamos a resucitar al igual que nuestro Señor y resucitar como bienaventurados, no como réprobos. El sentido de la Septuagésima y después de la Cuaresma es, pues, la mortificación y la penitencia simbolizadas con el color morado.

En el evangelio de hoy vemos la parábola de los obreros que reciben todos un denario. Esta parábola pertenece al género simbólico. Un símbolo es una cosa real que representa otra cosa real. Las imágenes de las parábolas a través de un ejemplo que podemos ver o entender representan, muestran, una realidad sobrenatural, espiritual de las cosas de Dios, que no son tan fáciles de inteligir, que son verdaderamente un misterio. En apariencia, si juzgamos por la parábola parecería injusto lo que hace este Paterfamilias, quien les paga a todos por igual, cuando unos habían trabajado todo el día y los últimos apenas un rato, y, sin embargo, no fue injusto, porque lo convenido había sido que por todo el día pagaría un denario.

No comprendemos la bondad de Dios y no comprendemos la gran moraleja de esta parábola llena de esperanza, para que no desesperen aquellos que son llamados al último momento, a la última hora, y no se enorgullezcan los que son llamados desde el primer instante. Ese denario en definitiva vendría a ser el cielo igual para todos, convertidos desde el primer instante o en el último. Qué gran esperanza nos transmite la parábola de hoy, que al mismo tiempo es una lección contra el orgullo. Aquellos que han sido convertidos desde la primera hora y aquellos que sean llamados tarde, si oyen el llamado de Dios se salvan igual que los otros que fueron llamados desde el principio. Vemos que la bondad de Dios está muy lejos de una interpretación puramente material, igual a como en apariencia se puede juzgar si miramos las cosas así, como juzgaron los obreros que trabajaron todo el día en la viña.

Esta parábola tiene una gran dificultad. Algunos, yo no lo creo así, dicen que es una “extrapolación”, para en cierta forma esquivar la dificultad que tiene al terminar: “Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros; muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Que los primeros sean los últimos y los últimos sean los primeros, no habría mayor dificultad, viendo lo que aconteció con el pago igual para todos, la salvación igual para todos sin importar si fueron contratados temprano o tarde; en ese sentido quedaron igualados y así es la igualación de la vida eterna, el cielo de la salvación tanto para los primeros como para los últimos, todos quedan equiparados. Pero la dificultad sigue al decir que: “muchos son los llamados y pocos los escogidos”, y la mayoría tiende a mal interpretar diciendo que son pocos los que se salvan, cuando de eso precisamente nuestro Señor no quiso jamás manifestar ni una palabra. Respecto a la salvación, si son muchos o pocos quienes se salvan y quienes se condenan, es un gran misterio de Dios.

Aquellos exegetas y predicadores, que los hay muchos y no de ahora sino desde mucho antes de que se produjera esta crisis, la mayoría interpretaba que eran pocos los que se salvaban, y no se dan cuenta que por interpretar estas palabras tomadas al pie de la letra, caen en el error de la predestinación protestante, que dice que: Dios llama a unos para el cielo y a otros, para condenación, al infierno; es el gran error de la justificación protestante y calvinista. Dios no llama a la salvación a muchos, nos llama a todos y todos no son muchos; Dios llama al cielo a todos los hombres y por eso murió por todos los hombres. La obra de la Redención es para todos los hombres, aunque a la hora de la salvación ya no sean todos sino muchos, como cuando se dice en la consagración del cáliz “pro vobis et pro multis”, no son pocos, aunque eso tampoco nos permita decir que son muchos, sencillamente no hay que tomar al pie de la letra “muchos los llamados y pocos los escogidos” como si fueran muchos los llamados (no todos) y pocos los que se salvan, lo que sería un grave error.

Lo que nuestro Señor quiere hacernos ver es que son muy pocos los escogidos de Dios en el sentido de la perfección, de la santidad. Son pocos los que hacen buenas obras y esa es la interpretación que da Santo Tomás; dentro de ese número de hombres que hacen buenas obras pocos son los santos, pocos son los píos, pocos son los virtuosos. Hay una gradación en la perfección cristiana, una cosa es ser virtuoso, otra cosa es ser pío y otra cosa es ser santo, porque el camino que lleva al cielo es estrecho, pero es ancho el que lleva al infierno; así entonces, nuestro Señor pudo decir “muchos los llamados y pocos los escogidos”; pocos, muy pocos los que siguen esa vida de virtud, menos aún esa vida de piedad y mucho menos esa vida de santidad a la cual Dios nos llama.

Pidámosle a nuestra Señora, a la Santísima Virgen, que esta crisis que desola a la Iglesia nos sea provechosa en sus efectos purificadores. Así como los metales se purifican y como el oro se acrisola en el fuego, así nosotros y la Iglesia misma conformada por hombres se purifique con el fuego de esta crisis, ya que bien mirada y sobrenaturalmente llevada es una crisis purificadora para aquellos pocos escogidos que quieren seguir el buen camino, mientras la mayoría va por el ancho de las malas obras. Que sea Ella, la Santísima Virgen María, quien nos ayude a mantenernos firmes, de pie, sin escandalizarnos de lo que acontece con los hombres de Iglesia dentro de la Iglesia, con su jerarquía, y del peligro que corremos por la presión que se ejerce sobre ese residuo fiel ante la prostitución de los demás.

Hago referencia a las dos mujeres de las que habla San Juan en el libro del Apocalipsis: la mujer vestida de sol que pare en el dolor y que por eso no es la Santísima Virgen María, como creen muchos erróneamente, con falsa piedad y poco seso. La Virgen no alumbra en el dolor; otra cosa es que esta imagen de la mujer parturienta que representa la religión fiel y perseguida en los últimos tiempos sea un símbolo que se pueda aplicar a nuestra Señora, no textualmente, porque sería herejía pensar que nuestra Señora dio a luz en el dolor a nuestro Señor. Y la otra mujer, la ramera o prostituta que cabalga sobre la bestia, que es la misma bestia que salió del mar, el Anticristo, y vestida de color púrpura, llevando en la frente la palabra “misterio” y que asombró a San Juan, esa mujer ramera es la religión, esta mujer en el Antiguo Testamento ha sido el Israel de Dios, como buena esposa o como mala mujer, pura o adúltera, es toda la historia del Antiguo Testamento.

Por eso la mujer significa la religión y estas dos mujeres significan el estado de la religión y la Iglesia en esos dos polos, el de la corrupción, la prostitución y el de la fidelidad. De ahí la gran persecución de esa religión prostituida, la gran ramera que cabalga montada sobre el poder de este mundo bebiendo el cáliz de su prostitución, de su profanación, el cáliz lleno con la sangre de los santos y de los mártires, como acontece hoy con la Roma modernista, progresista, que se ha prostituido, que persigue a la Roma eterna, a la Roma fiel, a la Roma que representa la Tradición Católica y que enarboló monseñor Lefebvre; esa Roma prostituida, corrompida, quiere destruir a la que es fiel. Ese es el peligro que corremos dejándonos seducir y esa obra de seducción –hay que decirlo–, la lleva a cabo el cardenal monseñor Darío Castrillón, colombiano zorro; lo que los europeos no pudieron hacer con monseñor Lefebvre, lo encargan hoy a un colombiano.

Colombia da para lo bueno y lo malo y de ahí la insistencia con que este cardenal está llevando a cabo su tarea, hacernos sucumbir, no me cabe la menor duda. Quien se acerca a una mujer corrompida, si no es para convertirla como lo hizo nuestro Señor con la Magdalena, cae bajo su seducción, pagando el precio de la apostasía; por tal razón monseñor Fellay ha pedido que se rece durante un mes la oración de la consagración de la Fraternidad al Corazón Doloroso e Inmaculado de la Virgen María para que acelere su triunfo, el mismo que Ella prometió en Fátima, triunfo que no podrá darse sin la intervención de Dios; no será un triunfo por mano de elemento humano, será una intervención de Dios, que tenemos profetizada con el segundo advenimiento de nuestro Señor. Sobre esto hay gran confusión y poca luz.

Sin embargo, los Padres de la Iglesia, durante los primeros cuatro o cinco siglos, tenían estas cosas como predicación común, por lo cual San Pablo, como todos recordamos, les dice que todavía no es el advenimiento de nuestro Señor, les da los signos y les habla de un obstáculo que nosotros no sabemos cuál es concretamente, pero conjeturamos esto, para estar alertas, ya que vivimos un tiempo extraordinario, una situación extraordinaria. Pero la verdadera expresión, la verdadera palabra no es esa, esa expresión tiene validez en un lenguaje común, pero en el lenguaje exegético, bíblico y profético, quiere decir que vivimos tiempos apocalípticos, últimos tiempos; así denominan las Escrituras a esta época anunciada, y que lo menos que podríamos decir es que es sorprendente, pero que bien mirada es apocalíptica, es una situación completamente anormal, fuera de los cánones de la Iglesia. Nos toca vivirla, purificarnos y esperar el triunfo de nuestro Señor, el triunfo del Inmaculado Corazón cuando Él venga a juzgar, por su aparición y por su reino, como dice San Pablo.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen, que nos ayude a comprender todas estas cosas que se van aclarando a medida que los tiempos se van cumpliendo y que permanezcamos fieles a la Iglesia católica, apostólica y romana para salvar nuestras almas. +

BASILIO MERAMO PBRO
11 de febrero de 2001

domingo, 5 de febrero de 2017

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en el Evangelio de hoy una de las parábolas de nuestro Señor. Las parábolas son semejanzas, comparaciones que hace de una realidad espiritual, sobrenatural, difícil de discernir, y que a través de un ejemplo con una imagen concreta de la vida real, podemos de algún modo inteligir y sacar provecho para nuestra alma. Esa es la razón de las parábolas, ayudarnos a entender las cosas de Dios, la realidad espiritual que a veces cuesta comprender.

Vemos, pues, en la parábola de hoy, la explicación del origen del mal en el mundo, y si se quiere en la Iglesia misma. Aunque los predicadores toman el campo como el mundo, sin embargo también es la Iglesia, pues la Iglesia está en el mundo. Además, dice la parábola al iniciar, “semejante al reino de los cielos” y más semejante al reino de los cielos que el mundo es la Iglesia, entonces, es la explicación del mal ya sea en el mundo o bien en la Iglesia, porque también la Iglesia está conformada por hombres tanto en su parte jerárquica como en el resto de la comunidad de los fieles.

El mal siempre ha sido una de las grandes objeciones filosóficas y metafísicas. Y cuando digo metafísica, hablo en sentido filosófico, no en el que se le quiere hoy aplicar en Colombia a la gnosis, que usurpa este nombre de metafísica para engatusar a la gente. El maniqueísmo estaba basado en ese error, al no saber explicar el motivo del mal, le atribuyen principio, un origen tal como sí lo tiene el bien; estableciendo luego, que existe un doble origen o principio, uno para el bien y otro para el mal, iguales de poderosos los dos.

Y es un error, porque el bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien, porque el mal es un defecto del bien, es una corrupción del bien, es una deficiencia del bien, es una deficiencia del Ser; pero para que haya esa deficiencia del bien tiene que existir el Ser y el Ser en sí mismo es bueno. Ese principio filosófico da luz sobre el origen del mal; así como no puede existir un cáncer si no es en un ser vivo, y muriendo el paciente se acaba el cáncer y cualquier otra enfermedad, se acaba juntamente con el sujeto, porque el mal requiere la vida, requiere el Ser y el Ser y la vida los da Dios, luego es absurdo que haya un doble principio, uno bueno y otro malo en igualdad de condiciones, como pensaban los maniqueos.

Entonces, como el mal es una deficiencia del Ser en cualquiera de sus manifestaciones como es la misma vida, la salud y la felicidad, no debe escandalizarnos al punto de querer erradicarlo intolerantemente. Como lo muestra la parábola de hoy, vemos que si Dios sembró el bien y viene alguien y siembra el mal, ese es el demonio, el maligno, y nosotros mismos, cuando seguimos las inspiraciones del mal y de la maldad; ese es el origen del mal y del pecado en el mundo. Del mal aun dentro de la Iglesia, en los fieles, y éste es también el origen del fariseísmo, cuando aun predicando la sana doctrina o defendiendo la verdad, no se viva conforme a ella sino que al contrario, sirva de escudo para encubrir el mal y, peor aún, perseguir el bien. Qué mayor maldad que perseguir la verdad en nombre de la verdad; he ahí la cizaña. Qué otra cosa peor que utilizar la obediencia, la misma autoridad para el mal y no para el bien, no para la verdad, no para Dios en definitiva y eso en todos los órdenes, tanto en el natural como en el sobrenatural.

¿Por qué otras causas creen que anda mal el mundo? Porque hay malos gobernantes que buscan sólo su propio beneficio; lo mismo ocurre en todas las profesiones: malos médicos, malos abogados, que no cumplen con sus deberes, con aquello que se predica; y cuánto más grave será si lo trasladamos a una institución divina como es la Iglesia; un sacerdote que utilice el confesionario para corromper, un obispo que utilice su rango para abusar de la Iglesia y no para predicar el evangelio, y lo mismo que se dice de un obispo, qué decir de un cardenal, e incluso de un Papa. Ejemplos tenemos que colman la medida, que son extraordinarios, pero se dan. Hay entonces una ley superior que lleva a decir a San Pedro: “Antes que obedecer a los hombres hay que obedecer a Dios”. Dios es la verdad, es el bien.

No se puede, pues, so pretexto de quien ordena, detenta y ejerce la autoridad, obedecer al mal, obedecer al error, porque entonces estaríamos obedeciendo a los hombres y desobedeciendo a Dios y la obediencia como virtud sobrenatural exige que esté al servicio de Dios. Esta prioridad debe entenderse muy bien; en el caso de la Iglesia muchas veces se nos echará en cara, como lo hicieron con monseñor Lefebvre, el reproche de que desobedece al Papa, desobedece a la Iglesia, a la jerarquía. Nos puede pasar, y se les puede decir a ustedes: ¿Somos acaso desobedientes? No. Porque hay el deber de obedecer para el bien y la verdad, mas no para el error, y no hay jerarquía en la Iglesia, y en ninguna institución humana autoridad para mandar obedecer al mal: un padre que quiera violar o prostituir a una hija ¿tendría ella que obedecerle en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo. Y ¿en nombre de la obediencia tendríamos entonces que obedecer a los obispos, a la jerarquía y aun al mismo Papa en contra de lo que la Iglesia siempre ha dicho, en contra de lo que los otros Papas, incluso santos, han dicho? Absurdo.

Es una situación anormal, extraordinaria, pero a los males extraordinarios se aplican soluciones extraordinarias y por esa solución optó monseñor Lefebvre encabezando la Santa Tradición: mantenernos fieles a lo que desde antaño los Papas anteriores han recomendado; permanecer fieles a lo que siempre se ha enseñado; alejar toda innovación aunque se quiera imponer obediencia por vía de autoridad y mantener así la estructura de la Iglesia, no queriendo hacer otra Iglesia paralela sino manteniéndola hasta que se aclare la situación, hasta que vuelvan las cosas a su cauce.

Pongamos el caso de quien va conduciendo un automóvil y tiene mareo o infarto; si quien va al lado pierde tiempo y no toma el timón, se mata. Lo mismo que un automóvil puede ser un avión o simplemente una nave, un barco en plena mar. Si el capitán muere por infarto o lo que sea, ¿se dejará ir a la deriva? Aquel más capaz tiene que tomar el timón y llevar la embarcación a buen puerto. De otro modo, sucumbe. Algo parecido está pasando en la Iglesia, si desaparece la buena orientación, la buena doctrina, si el capitán del barco que es el Papa no cumple con ello por el motivo que sea, si por un misterio de iniquidad no cumple con su deber, ¿no hay que tomar el timón y llevarlo a buen término para que no zozobre, no se hunda la embarcación? Pues simplemente eso es lo que ha hecho monseñor Lefebvre en beneficio de la Iglesia, de las almas, no dejarlas a la deriva, no dejarlas sin Dios, sin religión, no dejarlas llevar por mal camino y esas son verdades fáciles de evidenciar.

Si hoy se obedece, ¿qué pasaría? Dejaríamos de decir primero la Santa Misa de siempre para decir una misa querida por el enemigo, por los protestantes, comenzar a decir que ya el infierno no es tal infierno porque no es un lugar, ni hay llamas allí; que prácticamente no hay infierno, que el pecado ya no es tal porque cada uno buenamente según su conciencia sabrá qué es lo bueno y qué es lo malo y lo que para uno es bueno para otro es malo y poco importa; que todas las religiones salvan, que en todas las religiones se rinde un culto debido a Dios ¡mejor dicho! Suficiente para ser no solamente un hereje, sino un apóstata. Evidentemente, no se puede obedecer en contra de las Escrituras y de la Tradición.

En el Antiguo Testamento vemos cuán celoso es Dios con su culto, que reprueba y abomina los otros cultos y que recrimina a su pueblo con palabras duras cuando se asocia a ellos. Y entonces comparando a esa Israel la considera una mala mujer que fornica con otras liturgias; cuántas veces hasta el cansancio podremos ver en el Antiguo Testamento ese trato, para que nos demos cuenta del celo que tiene Dios por las cosas que atañen al culto divino, que no es cualquiera, no es cualquier oración o sacrificio el que pide Dios.La ofrenda de Abel no era la misma que la ofrecida por Caín y la nueva misa que se asemeja al sacrifico de Caín no es igual a la Misa de siempre que es la ofrenda de Abel; y eso es lo menos que podemos decir, porque si nos ponemos a comparar, no acabaríamos. Por otra parte, ¿dónde está la santidad sacerdotal?, ¿cómo andan los sacerdotes?, ¿qué Iglesia representan? De la santidad de los religiosos, ¿qué ejemplo se da?, ¿y a todo eso le vamos a decir que es Iglesia y que es de Dios y que hay que obedecer? No señor. Nuestra respuesta es una santa intransigencia, una santa desobediencia aparente, para obedecer a una verdad superior, y que no nos debe escandalizar el mal que vemos, ya que tiene por autor a Satanás.

Dios nos pide tener paciencia para no arrancar incluso el trigo queriendo erradicar el mal, y esperar el juicio de Dios, la hora de la siega. Ese es el juicio que debemos esperar, no debe importarnos el juicio de las autoridades actuales que representan a la Iglesia –y vaya cuán mal la representan–, sino el juicio de Dios. Es allí donde quisiera ver a todos aquellos que nos tratan de herejes, de desobedientes. Quiero ver a esos cardenales, obispos y sacerdotes que hoy nos escupen, quiero verlos allí, delante del juicio de Dios, allí donde se verán las acciones.

Ahí será la hora de la verdad y esa debe ser nuestra garantía, actuar dando testimonio de la verdad y no de cualquier verdad, sino de la verdad sobrenatural que es Cristo y dejar todo a ese juicio de Dios, soportar el mal de la hora presente por terrible que sea, sin escandalizarnos, y esperar la siega y que ese sufrimiento nos santifique, nos acrisole y nos fortifique en el dolor, para que seamos virtuosos, santos. La santidad y la virtud sólo se forjan en el sufrimiento, en el dolor, eso es la cruz y no hay santidad ni santificación posible sin la cruz, esto es lo que nos enseña nuestro Señor crucificado.

Pidámosle a nuestra Señora, a Ella, que fue la única que se mantuvo de pie ante la crucifixión de nuestro Señor para que nosotros podamos tener ese valor y esa fe que tuvo Ella, y que sostenidos por Ella, soportemos esta segunda crucifixión de nuestro Señor Jesucristo en su Iglesia, que es su cuerpo místico. +

P. BASILIO MERAMO.
4 de febrero de 2001

domingo, 29 de enero de 2017

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este cuarto domingo después de Epifanía el Evangelio nos relata el milagro de Nuestro Señor en el mar: hay una fuerte borrasca, la barca está a punto de hundirse y los discípulos con miedo le piden a nuestro Señor que los socorra. Él les reprocha: “¿Por qué sois tan tímidos y de tan poca fe?”. Como diciéndoles cobardes. Inmediatamente, después de que nuestro Señor ordena al mar que se aquiete, viene una gran bonanza.

Este milagro es llevado a cabo en el mar por Nuestro Señor después de haber realizado muchos en tierra firme, como para dejar claro que Él es el dueño del universo, que impera tanto en la tierra como en el mar y que todo el cosmos le obedece.

Sabemos que la Iglesia es representada por una barca. La barca de Pedro simboliza la Iglesia. La moraleja ilustra una situación que concierne a la Iglesia, a la barca que parece sucumbir ante el furor de las olas y la tempestad, el miedo y la poca fe de los apóstoles mientras nuestro Señor duerme en medio del peligro.

Nuestro Señor estaba realmente dormido, no es como dicen muchos predicadores –que les estaba probando, que fingía dormir–, cuando lo que prueba es la pura realidad de la vida, la verdad y no la ficción. Sería apenas, como dice el padre Castellani –propio de un mal maestro de novicios que prueba con ficciones, cuando hay de sobra ocasiones para probar, que se presentan en el contacto diario con la realidad misma de la vida sin necesidad de estar fingiéndolas y lo que es peor, atribuírselas a nuestro Señor– otorgarle nuestra estupidez al Señor.

¡Pues no! Nuestro Señor dormía, ¿cómo?, ¿cuántas veces en cualquier lugar se queda dormido un niño porque le vence el sueño? Así nuestro Señor, como un niño y mucho más inocente, dormía simplemente por estar fatigado, cansado, pero también aprovecha la ocasión de ese cansancio, para que mientras Él dormía, les quedase más grabado el milagro que iba a ejecutar y mostrarles a sus discípulos, y a nosotros, que debemos permanecer íntegros porque el miedo ante el peligro de naufragar, y de que se hunda la Iglesia, viene de la poca fe.

Es una luz para estos tiempos en que realmente la Iglesia parece que va a ser tragada por las olas. El mar siempre ha designado en las Escrituras el mundo, porque es a través del mar como se ejercía el comercio y se traficaba de un continente a otro trayendo mercancías de Oriente. El mundo siempre ha sido representado por el mar, mientras que la tierra firme significaba y significa la religión. Entonces, es la Iglesia en medio del mar, en medio del mundo, y está a punto de sucumbir, de zozobrar, de hundirse, de naufragar tal cual lo vemos hoy, mucho más que los apóstoles podían haberlo visto en aquel entonces, cuando la Iglesia apenas comenzaba.

Es de gran utilidad para que no temamos ante la crisis que parece hacer naufragar a la Iglesia y que Cristo, aunque parece estar dormido sin hacer nada, está allí, y que confiemos en su presencia, despierto o dormido poco importa; Él es Dios y está en su Iglesia y es Él quien mantiene a su Iglesia. “Hombres de poca fe”, ¿acaso nuestro Señor, dormido como estaba, no podía salvarlos sin que lo despertasen? Por eso el fuerte reproche que les hace. Es más, Santo Tomás dice que también les pudo decir hombres de poca fe porque aun ellos mismos, si hubiesen tenido suficiente fe, hubieran mandado aplacar la tempestad.

Nosotros, hoy, viendo a la Iglesia, la barca de Pedro a punto de naufragar, si somos conscientes y tenemos fe y vemos la situación religiosa del mundo y de la Iglesia, concluimos que es un desastre. Pareciera que va a naufragar, pareciera que la Iglesia va a sucumbir en medio de las olas de la tempestad del mar, de esa tempestad demoníaca, que nos toca sufrir. Y digo demoníaca porque ya no es el simple mundo, los pecados del mundo, sino que excede a lo que siempre hubo; cochina pornografía a través de la televisión, de las revistas, del cine, que antes tenía el nombre distintivo de cine rojo que lo catalogaba como inmoral o impúdico; ahora no tiene nombre, como si hubiese dejado de serlo por estar a la orden del día; se utiliza el adelanto de la técnica también para exacerbar las pasiones del hombre a tal punto que ya no lo satisface ni el mismo pecado; tal desenfreno es demoníaco; utilizar el poder de la técnica para excitar todo aquello que aleja al hombre de Dios, jamás se vio tal perversión.

Lo que hace a la televisión actual demoníaca, no es simplemente un aparato, un instrumento inofensivo, como bien podría serlo si estuviera sanamente encaminado, pero lo está maliciosamente para separar al hombre de Dios y llevarlo al infierno. La música rock y el arte moderno son diabólicos. Son la destrucción del Ser y el Ser lo hace Dios, eso es querer destruir a Dios. No se puede hablar de que sea simplemente sensualidad, lujuria o carne, sino una corrupción total del Ser y vemos a la gente caer en la droga, en la desesperación, en el asesinato, en el suicidio, como algo generalizado, jamás visto; todo eso es demoníaco y no quisiera seguir enumerando para no alargarme.

Si vemos, entonces, en medio de ese mundo a la Iglesia a punto de sucumbir, no temamos y afrontémoslo con fe, sabiendo que nuestro Señor está en su Iglesia aunque no lo veamos, aunque aparentemente no haga nada, pues su sola presencia basta, Él salvará a la Iglesia, es Él quien conminará el mal.

Y viene muy al caso, y no es la primera vez que se menciona al pie de esta crisis sin igual, sin par -no será obtenida la victoria sin la intervención de Dios– aunque no todo el mundo la vea, no será por los pactos, los arreglos, los convenios; tampoco por palabras de hombre ni por mano de hombre –será por el poder de Dios que esta crisis acabará–. De ahí la necesidad de que Él venga. Pero la segunda venida la tenemos muy acallada, demasiado en la sombra, y actualmente es imprescindible entenderla, porque en la Edad Media, en pleno apogeo espiritual y florecimiento de la Iglesia ¡qué importaba!, lo revelado en el Apocalipsis no los implicaba directamente, pero ahora cuando han pasado tantos años y siglos, y cuando vemos realizarse las profecías anunciadas por nuestro Señor, no nos queda más que pedir su segunda venida para que Él venga y restaure su Iglesia, para que nos juzgue por su segunda venida, por su aparición y por su reino.

Tenemos muy acallada la petición del Padrenuestro: “venga a nosotros tu reino”, ese reino aquí en la tierra lo tenemos muy confuso, y por eso en todas las verdaderas apariciones de nuestra Señora, Ella ha tratado de aclararnos la inminencia del peligro, el castigo y el triunfo final de su Corazón, que es el triunfo de Cristo Rey. Ese triunfo tiene que coincidir con la destrucción de la apostasía, del gran misterio de iniquidad y con la destrucción del anticristo, y ese triunfo requiere su venida. Por eso San Pablo, en la epístola de las Misas dedicadas a los doctores, quienes hoy brillan por su ausencia (los doctores en la Iglesia son los obispos), habla de la venida de nuestro Señor y de cómo Él viene a juzgarnos por su segundo advenimiento, y su reino.

Es Él, entonces, quien nos salvará de la situación actual, no es el hombre, no somos nosotros, y de ahí la urgencia de recurrir, de pedir que Él venga, como lo pide San Juan: “Ven, Señor Jesús”; como termina el Apocalipsis, en el cual se nos muestra toda la Historia hasta el final de los tiempos y por lo mismo es el último libro del Nuevo Testamento y también su única profecía (el Antiguo está lleno de ellas), porque es la gran profecía próxima al segundo advenimiento de nuestro Señor y de los acontecimientos en su Iglesia; nos muestra la situación al fin de los tiempos que son los nuestros, como lo evidenciamos por doquier con una mínima instrucción religiosa, además de la fe y de la gracia de Dios, porque si no, tampoco se vería.

Por lo que a la religión respecta, la representación misteriosa de las dos mujeres en el Apocalipsis, la gran ramera y la mujer santa y pura, la parturienta vestida de sol. Qué significan esas dos mujeres sino el Israel de Dios, la religión, y cuántas veces en el Antiguo Testamento Dios trata al pueblo elegido, al Israel de Dios, como una mujer y cuando se porta mal, como una mujer infiel que ha fornicado y adulterado. Pues eso significa la fornicación en lenguaje sacro, la adulteración de la religión, eso es la abominación, por lo que esas dos mujeres están mostrándonos al fin de los tiempos, el estado de la religión; dos polos, la religión fiel, la mujer vestida de sol, la parturienta que alumbra (se puede asociar en la santidad a esta mujer y la Virgen María, mas no en su parto como muchos tratan de verlo, pues sería un error teológico ya que la Santísima Virgen no parió con dolor y en la persecución). Ya muchos santos Padres lo han tratado de exponer para que no se haga una falsa exegesis según el capricho de teólogos modernos anteriores a esta crisis; pero, con respecto a las profecías de Dios y su primer advenimiento que muy pocos vieron y se percataron de que ya el Señor se había hecho hombre, cuando ellas Lo identificaban; así estamos ahora en la Iglesia respecto no ya a la primera, sino a su segunda venida, la Parusía.

La otra mujer, el polo corrompido de la religión, el otro extremo, el de corrupción y no el de fidelidad, lo representa la gran ramera, meretriz, esa mujer sobre la bestia y que en su frente lleva la palabra “misterio” lo cual asombró a San Juan, porque es la misma bestia que sale del mar, el anticristo, la mujer sobre el anticristo y vestida de rojo, púrpura, color por excelencia de los cardenales, y bebiendo el cáliz de la sangre de los mártires, aprovechando en su favor la sangre de los mártires y de los santos, para corromper.

A San Juan le llamó la atención el estado de postración de la religión, cabalgando sobre el anticristo, bebiendo la sangre de los mártires. El símbolo de esa ramera nos previene a cuidarnos de las seducciones de esta mujer que no es una bestia pero que está sentada sobre la bestia, peor todavía, tal como está pasando hoy, la religión oficial corrompida, vestida de púrpura, llevando el misterio de su iniquidad en la frente, bebiendo el cáliz de su abominación, aprovechando en beneficio propio la sangre de los mártires y prostituyendo, corrompiendo, adulterando la religión; esa es la Roma que hoy con sus halagos y encantos quiere seducir a la Iglesia fiel, a la religión que ha permanecido fiel. Por eso debemos pedir no ser engañados, para no caer en la atracción de esa gran ramera que lo único que quiere es que forniquemos con ella, que bebamos, embriagándonos con la sangre de los santos mártires. ¡Misterio de iniquidad! Pero ahí lo tenemos y nos toca sufrirlo hasta que culmine y sea la hora de la segunda venida de nuestro Señor.

En ese momento, el mal parecerá haber vencido al bien y la Iglesia verdadera vencida por la falsa, la religión prostituida, y utilizando el nombre de católico, de Dios, y de Roma, pero ya San Pedro siendo Papa de Roma lo escribía; no dice Roma, dice Babilonia, capital de la corrupción, de la prostitución religiosa y moral y, desde aquí, desde Babilonia. ¡Cuidado! Sabiendo interpretar las Escrituras sirvámonos de ellas para conservar nuestra fe, que también según está significado en el Apocalipsis, cada vez más es reducida a su mínima expresión, la elección de las ciento cuarenta y cuatro mil vírgenes es decir, las que no fornicaron con la gran ramera, no corrompieron su fe; por eso son vírgenes.

Pidamos a nuestra Señora que acelere su triunfo que será el triunfo de Cristo Rey y que seamos fieles testigos de nuestro Señor en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, porque no hay otra Iglesia, aunque el anticristo se siente sobre la cátedra de Pedro, como de hecho lo dice claramente nuestra Señora en La Salette con la cara entre las manos llorando; no está riendo, está derramando lágrimas por todo lo que hoy está pasando. Su triunfo será nuestra gloria y de ahí la gran persecución, de una parte, y por otra, seducción y promesas como el obispado o el cardenalato para aquellos sacerdotes imbéciles.

Monseñor Castrillón fue premiado con el cardenalato por haber sido uno de los tres canonistas que propugnaron la libertad religiosa en Colombia, vestido ahora de púrpura e invitándonos a que bebamos de esa profanación del cáliz de sus abominaciones. Imploremos a nuestra Señora luz y fe en estos tiempos terribles. Roma está siendo hoy prostituida; hace lo indecible por absorbernos y Dios nos dé la cohesión y la firmeza, para no dejarnos engañar. Los europeos son ingenuos, ellos no tienen la malicia indígena nuestra, o la oriental, por lo que a veces los gringos, incluso los alemanes, los suizos y los franceses nos parecen, a veces, tontos; el latino tiene esa malicia indígena (gracias a Dios) es una ventaja cuando se la utiliza para el bien, pues crea frutos de santidad: por oposición, es un peligro que un colombiano sea hoy en Roma la voz cantante, el contacto para reducirnos y envolvernos en la abominación en la cual ellos están, porque no tenemos absolutamente nada que pedir, ya que no estamos haciendo nada que no sea conforme a la sacrosanta tradición romana y apostólica.

Entonces, ¿qué nos pueden dar? y ¿a qué precio?, porque una ramera no da nada si no se le paga. El precio será la apostasía, por eso en el fondo no hay nada de qué hablar, simplemente dar testimonio íntegro de la verdad y ese es nuestro deber y para eso tenemos que prepararnos.

Que la Santísima Virgen, como a niños indefensos, nos cubra con su manto, porque el resistir no será producto del esfuerzo humano; es imposible resistir sin la ayuda de Dios, sin la ayuda de nuestra Madre del cielo y a Ella debemos invocar, tal cual como inspirado del cielo Monseñor Fellay pide en estos momentos, se rece esa oración a la Santísima Virgen María, durante un mes, comenzando a partir del día 16 de enero, que también se llevará a cabo la consagración de la Fraternidad al Corazón doloroso e Inmaculado de la Santísima Virgen María, con la intención expresa de que acelere su triunfo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
28 de enero de 2001


domingo, 22 de enero de 2017

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este tercer domingo de Epifanía tenemos el doble milagro que relata el Evangelio, el de la curación del leproso y del centurión. La del enfermo, como el más miserable de todos, peor que un mendigo, porque quedaba excluido del trato y de la convivencia social, y la del centurión, como quien diría de un general del Imperio romano; dos extremos de la escala social. Vemos cómo nuestro Señor no hace distinción de clases, ni de ricos ni de pobres, porque es Dios de todos los hombres y de todas las criaturas. Y así le hace el milagro a ese pobre leproso que le pide, si Él quiere, que le cure; nuestro Señor extiende su mano y lo sana y le recomienda que no le diga a nadie; ¡qué pudor! Porque solamente por un miramiento religioso quería nuestro Señor ocultar como todo verdadero hombre, que no se anda pavoneando como una “vedette”, sino todo lo contrario, oculta su religiosidad, su santidad, su virtud, por pudor, para no mostrar lo mejor que tiene de Sí porque es para Dios y no para los hombres.

Qué gran lección, para que no nos ufanemos como pavos reales cuando entremos a la iglesia. Dicho sea de paso, no digo que todos, pero algunos fieles creen que el templo es para estar saludando al amigo o al conocido, o al íntimo; dejen eso para cuando salgan y no dentro de la iglesia. Aquí se reverencia a Dios con una genuflexión; no venimos a saludar a nadie más, para eso está la calle y lo digo con dolor porque es chocante y muy tonto, porque no es ninguna forma de educación; es todo lo contrario. ¿Y todo para qué?, ¿para ser admirados de los demás?

Por eso nuestro Señor en este grado de profunda humildad y de decoro manda a que no lo diga a nadie, que calle aquello que acaba de acontecer. No obstante le indica, según la ley de Moisés, que vaya a los sacerdotes para que sirva de testimonio y así también pueda regresar a la sociedad sin quedar excomulgado de ella y pueda tener ese contacto social del cual estaban excluidos todos los leprosos ya que se les consideraba peor que cualquier mendigo.

Vemos también el otro milagro, el del centurión, ese hombre que tenía a su mando hombres, pide por un criado suyo, paralítico. Le ruega a nuestro Señor que lo sane y Él le dice que irá a curarlo; cuánta fe tendrá este centurión que le dice que no hace falta, que solamente basta con que Él dé una orden, tomando como ejemplo su caso, ya que en su ejército, con dar una orden van, y da otra y vienen. Mucho más entonces nuestro Señor, que con una sola disposición suya bastaba para que su criado fuese curado. Nuestro Señor no dejó de expresar admiración por esa gran fe que no había visto en todo Israel, en todo el pueblo de Dios, sino en un pagano; ¡qué ejemplo! ¡Cómo un infiel tenía más fe que todos los hijos de Israel! Nuestro Señor cura en aquel instante a ese siervo del centurión y hace el gran reproche.

Esa recriminación a los judíos, a quienes antecedió la manifestación de la entrada de los gentiles en el reino de Dios, “muchos vendrán de Oriente y de Occidente y estarán con Isaac, Jacob y Abraham, y los hijos del reino; esos serán echados a las tinieblas exteriores, al infierno”. El averno, que ha sido negado o por lo menos puesto en duda en la nueva predicación actual y, sin embargo, aquí nuestro Señor hace alusión a él. Y así entonces manifiesta la entrada de los gentiles y muestra la reprobación de Dios del pueblo elegido de Israel por no tener fe, la el centurión, porque si la hubieran tenido no le hubieran crucificado.

¿Cómo es posible que este centurión pagano, un soldado romano, tenga esa fe que los hijos de Israel no tenían? ¿Qué fue lo que pasó si ellos tenían las Escrituras, las profecías? ¿Por qué no reconocieron a nuestro Señor, como sí lo hizo este humilde centurión pagano? Eso da mucho que pensar. Y la razón de ello está en la corrupción religiosa. Por la deshonestidad religiosa el pueblo judío, elegido de Dios, no reconoce a nuestro Señor; ese es el gran misterio de la reprobación de los judíos y por eso anuncia el ingreso de los gentiles.

Esa putrefacción de la religión, del culto, de la palabra de Dios, fue lo que llevó al pueblo judío a negar a nuestro Señor, a no aceptarlo y a crucificarlo; y esa depravación religiosa, cultual, es lo que se llama fariseísmo, que es la peor de las corrupciones; porque no es solamente la de la moral, de una virtud, sino la de toda la religión, de todo el culto de Dios, de toda nuestra relación con Él. De ahí lo grave y la gran lección que debemos sacar, porque si la religión católica al fin de los tiempos se llegase a corromper como ciertamente lo anuncia nuestro Señor en las Escrituras, ¿qué quedará de la Iglesia?, ¿qué quedará de los fieles?, peor que el pueblo de los judíos y eso es lo que hoy está aconteciendo; estamos ante la corrupción de la religión católica y la cultual.

¿A dónde iremos a llegar? A la apostasía, en la cual culminará el anticristo en su supremo afán de querer destruir el reino de Cristo. Pero como Dios es todopoderoso permite eso porque al fin y al cabo su Sagrado Corazón triunfará, el que ya triunfó en la cruz, aunque no se hubiera evidenciado ese triunfo como rey. Por eso lo esperamos a Él en su segunda venida como rey y juez de todo el orbe. Por eso no debemos asustarnos y en cambio sí estar preparados para que teniendo las Escrituras en las manos, la Sagrada Biblia, no nos pase igual que a los judíos, que por un misterio de iniquidad se corrompa nuestra fe, nuestra religión y así nos encontremos en peor estado que los judíos. Por ello se habla de la gran tribulación para el fin de los tiempos y vemos esta corrupción no sólo de la moral, de los principios, de la familia, de los pueblos, sino dentro de la misma Iglesia; deshonestidad del clero, de sacerdotes, monjes, monjas, cardenales, obispos; por eso el enemigo aprovecha. ¡Qué escándalo abominable!, ¡contra natura! y todos los crímenes que podamos imaginar.

Todo lo anterior nos debe hacer reflexionar para que nos mantengamos incólumes en la fe, como dice nuestro Señor; esa fe admirable que tuvo este centurión pagano. Cómo, entonces, nosotros no vamos a permanecer en la fe católica, apostólica y romana si se lo pedimos a Dios de todo corazón. Y la manera más expresa de guardar la fe, en este mundo actual, en medio de este progresismo, de este modernismo que está destruyendo la religión, falseándola, adulterándola, es asistir a la Santa Misa que es el misterio de la fe, mysterium fidei; de allí se irradia todo lo demás.

Por eso la gran importancia de la Santa Misa verdadera, romana, tridentina, canonizada, apostólica, todos títulos que no tiene la nueva, que no es romana sino protestantizante, que no es apostólica sino fabricada allí bajo la supervisión de seis pastores infieles. Esa es la importancia de tener esta capilla aunque sea pequeña, modesta, pero que es un baluarte de fe, como un faro, así como el de Alejandría que era una de las siete maravillas del mundo antiguo; que así sea esta capilla, por lo menos para Colombia, un faro de fe. Así les pese al cardenal, al nuncio y a toda la jerarquía que no defiende la fe católica y que usurpa la autoridad al igual que los judíos para crucificar a nuestro Señor, para a la Iglesia que está sufriendo hoy su pasión porque esto no es más que la pasión de Cristo en su cuerpo místico que es la Iglesia, si no no se comprenderían todas estas aberraciones, no tendrían lógica ni razón de ser que es la corrupción religiosa por la falta de fe.

Debemos, pues, permanecer firmes en la fe para que el demonio no nos devore, ya que “como león rugiente gira a nuestro alrededor”, como lo dice San Pedro, el primer Papa de la Iglesia católica: “Hermanos, sed sobrios y velad porque el demonio, como un león rugiente, gira a nuestro alrededor buscando a quién devorar”.

He allí el testimonio, una sola palabra de Dios, una sola palabra de nuestro Señor basta, la fe no requiere más, no requiere pompas, riquezas ni glorias sino simplemente esa adhesión a la palabra de Dios, a la palabra divina; esa es la luz del mundo y por eso las tinieblas, el eclipse de la Iglesia del que habla nuestra Señora en La Salette. Se mencionan tantas apariciones que no sabemos ni somos capaces de sacar la inteligencia de ellas y, sin embargo, aquí en Colombia tenemos un pequeño libro de monseñor Cadavid, de 1953 o 1954, sobre Siracusa, en el que relaciona todas las verdaderas y más importantes apariciones de nuestra Señora, importancia que tienen como una advertencia para los últimos tiempos en los cuales la fe claudicará.

Por eso la necesidad de que haya un rebaño de fieles, pusillus grex, del cual habla San Lucas para que permanezcamos fieles a la Iglesia católica, apostólica y romana, a nuestro Señor y no seamos unos falsarios, traidores y, menos aún, unos corruptos investidos con la autoridad de la jerarquía para hacer el juego a Satanás corrompiendo la religión, la fe como hace la gran mayoría de la jerarquía. Por eso, tampoco debemos asombrarnos de que no seamos muchos porque más vale pocos y buenos que muchos y malos; más vale estar en la soledad con la verdad y no con el error en compañía, porque esta soledad vale mucho más. Es mejor estar en el desierto, en la soledad, en la aridez que acrisola la fe; en ese arenal por el cual pasó el pueblo judío durante cuarenta años para purificarse antes de entrar en la tierra prometida; esa es la fe de los eremitas, de los monjes del desierto.

O, ¿qué queremos nosotros?, ¿una fe en medio de los clubes que no son sino antros de corrupción social? Pues la Iglesia nos invita al desierto para que nos acrisolemos, nos purifiquemos. Por eso la religión está representada en el Apocalipsis bajo la figura de esa mujer que huye al desierto para que el dragón no la destruya, porque es allí donde tienen que ir los fieles para que no sean devorados por Satanás en los últimos tiempos que son ciertamente los nuestros, aunque no sepamos cuál sea exactamente el término o la duración ya que puede ser larga y entonces, como la mujer que huye al desierto, otro tanto haremos nosotros para purificarnos en la fe y estar, aunque solos, en la verdad y no acompañados en el error.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, a Ella que permaneció de pie ante la Cruz, para que nos dé ese valor, esa fortaleza y esa fe con la que Ella ofreció a su Hijo como víctima al Padre Eterno y ese es el sacrificio que se renueva mil y una veces sobre los altares en la Santa Misa. Pidámosle a que nos dé ese amor y esa fidelidad a Dios y a su santa religión. +


BASILIO MERAMO PBRO.
26 de enero de 2003