San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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domingo, 1 de noviembre de 2015

La Ofrenda a los Muertos y su Origen Pagano.

Extraído del libro: La Ciudad Antigua de Fustel de Coulanges, ed. Porrúa, México 1989, pp. 5-14.

Para conocer el origen de las ofrendas a los muertos que aún perduran tan arraigadas en el pueblo mejicano y que son una reminiscencia del culto pagano a los muertos que es el culto más inmemorial que existe en la historia de la humanidad.



LIBRO PRIMERO

CREENCIAS ANTIGUAS

CAPITULO PRIMERO

CREENCIAS SOBRE EL ALMA Y SOBRE LA MUERTE.


Hasta los últimos tiempos de la historia de Grecia y de Roma se vio persistir entre el vulgo un conjunto de pensamientos y usos, que indudablemente, procedían de una época remotísima. De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formó al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte.

Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indoeuropea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya creído jamás que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre. Las generaciones más antiguas, mucho antes de que hubiera filósofos, creyeron en una segunda existencia después de la actual. Consideraron la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida.

Pero ¿en qué lugar y de qué manera pasaba esta segunda existencia? ¿Se creía que el espíritu inmortal después de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro? No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espíritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinión más antigua de los arios de oriente, pues los himnos de los Vedas están en oposición con ella. ¿Se creía que el espíritu ascendía al cielo, a la región de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansión celestial pertenece en Occidente a una época relativamente próxima; la celeste morada sólo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad. Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era un mundo extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.[1]

También se creyó durante mucho tiempo que en esta segunda existencia el alma permanecía asociada al cuerpo. Nacida con él, la muerte no los separaba y con él se encerraba en la tumba.

Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han quedado testimonios auténticos. Estos testimonios son los ritos de la sepultura que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que habían seguramente nacido con ellas y pueden hacérnoslas comprender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se colocaba un muerto en un sepulcro, se creía que era algo viviente lo que allí se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisión y escrúpulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los funerales de Polidoro con estas palabras: “Encerramos su alma en la tumba.” La misma expresión se encuentra en Ovidio y en Plinio el Joven, y no es que respondiese a las ideas que estos escritores se formaban del alma, sino que desde tiempo inmemorial estaba perpetuada en el lenguaje, atestiguando antiguas y vulgares creencias.[2]

Era costumbre al fin de la ceremonia fúnebre, llamar tres veces al alma del muerto por el nombre que había llevado. Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le decía: “Que te encuentres bien.” Se añadía: “Que la tierra te sea ligera”.[3] ¡Tanto se creía que el ser iba a continuar viviendo bajo tierra y que conservaría el sentimiento del bienestar y del sufrimiento! Se escribía en la tumba que el hombre reposaba allí; expresión que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros. Todavía la empleamos aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se creía en la antigüedad que un hombre vivía allí, que jamás se prescindía de enterrar con él los objetos de que, según se suponía, tenía necesidad: vestidos, vasos, armas. [4] Se derramaba vino sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satisfacer su hambre. [5] Se degollaban caballos y esclavos en la creencia de que estos seres encerrados con el muerto le servirían en la tumba como le habían servido durante su vida. [6] Tras la toma de Troya, los griegos vuelven a su país; cada cual lleva su bella cautiva pero Aquiles que está bajo tierra, reclama también a su esclava y le dan a Polixena. [7]

Un verso de Píndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a salir de Grecia y huyó hasta Cólquida. En este país murió; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia. Se apareció pues a Pelias ordenándole que fuese a la Cólquida para transportar su alma. Sin duda esta alma sentía la añoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no podía separarse sin ellos de la Cólquida. [8]

De esta creencia primitiva se derivó la necesidad de la sepultura. Para que el alma permaneciese en esta morada subterránea que le convenía para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra. El alma que carecía de tumba no tenía morada. Vivía errante. En vano aspiraba al reposo, que debía anhelar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tenía que errar siempre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jamás las ofrendas y los alimentos que le hacían falta. Desgraciada, se convertía pronto en malhechora. Atormentaba a los vivos, les enviaba enfermedades, les asolaba las cosechas, les espantaba con operaciones lúgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella misma. De aquí procede la creencia en los aparecidos. [9] La antigüedad entera estaba persuadida de que sin la sepultura el alma era miserable, y que por la sepultura adquiría la eterna felicidad. No con la ostentación del dolor quedaba realizada la ceremonia fúnebre, sino con el reposo y la dicha del muerto. [10]

Adviértase bien que no bastaba con que el cuerpo se depositara en la tierra. También era preciso observar ritos tradicionales y pronunciar determinadas fórmulas. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: [11] es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido enterrado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calígula sin que se realizara la ceremonia fúnebre, su alma anduvo errante y se apareció a los vivos, hasta el día en que se decidieron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura según las reglas. [12] Estos dos ejemplos demuestran que efecto se atribuía a los ritos y a las fórmulas de la ceremonia fúnebre. Puesto que sin ellos las almas permanecían errantes y se aparecían a los vivos, es que por ellos se fijaban y encerraban en las tumbas. Y así como había fórmulas que poseían esta virtud, los antiguos tenían otras con la virtud contraria: la de evocar a las almas y hacerlas salir momentáneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cuánto atormentaba al hombre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era esta una fuente de agudas inquietudes.[13]

Se temía menos a la muerte que a la privación de sepultura, ya que se trataba del reposo y de la felicidad eterna. No debemos de sorprendernos mucho al ver que, tras una victoria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que habían descuidado el enterrar a los muertos. Estos generales, discípulos de los filósofos, quizá diferenciaban el alma del cuerpo, y como no creían que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, habían puesto que importaba muy poco que un cadáver se descompusiese en la tierra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cumplir la vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos. Pero la muchedumbre que, aun en Antenas, permanecía afecta a las viejas creencias, acusó de impiedad a sus generales y los hizo morir. Por su victoria salvaron a Atenas; por su negligencia perdieron millares de almas. Los padres de los muertos, pensando en el largo suplicio que aquellas almas iban a sufrir, se acercaron al tribunal vestidos de luto para exigir venganza. [14]

En las ciudades antiguas la ley infligía a los grandes culpables un castigo reputado como terrible: la privación de sepultura. [15] Así se castigaba al alma misma y se le infligía un suplicio casi eterno.

Hay que observar que entre los antiguos se estableció otra opinión sobre la mansión de los muertos. Se figuraron una región, también subterránea, pero infinitamente mayor que la tumba, donde todas las almas, lejos de su cuerpo, vivían juntas, y donde se les aplicaban penas y recompensas, según la conducta que el hombre había observado durante su existencia. Pero los ritos de la sepultura, tales como los hemos descrito, están en manifiesto desacuerdo con esas creencias: prueba cierta de que en la época en que se establecieron esos ritos, aún no se creía en el Tártaro u en los Campos Elíseos. La primera opinión de esas antiguas generaciones fue que el ser humano vivía en la tuba, que el alma no se separaba del cuerpo, y que permanecía fija en esa parte del suelo donde los huesos estaban enterrados. Por otra parte, el hombre no tenía que rendir ninguna cuenta de su vida anterior. Una vez en la tumba, no tenía que esperar recompensas ni suplicios. Opinión tosca, indudablemente, pero que es la infancia de la noción de una vida futura.

El ser que vivía bajo tierra no estaba lo bastante emancipado de la humanidad como para no tener necesidad de alimento. Así, en ciertos días del año se llevaba comida a cada tumba. [16]

Ovidio y Virgilio nos han dejado la descripción de esta ceremonia, cuyo empleo se había conservado intacto hasta su época, aunque las creencias ya se hubiesen transformado. Dícennos que se rodeaba la tumba de grandes guirnaldas de hierba y flores, que se depositaban tortas, frutas, sal, y que se derramaba leche, vino y a veces sangre de víctimas. [17]

Nos equivocaríamos grandemente si creyéramos que esta comida fúnebre sólo era una especie de conmemoración. El alimento que la familia llevaba era realmente para el muerto, para él exclusivamente. Prueba esto que la leche y el vino se derramaban sobre la tierra de la tumba; que se abría un agujero para que los alimentos sólidos llegasen hasta el muerto; que, si se inmolaba una víctima, toda la carne se quemaba para que ningún vivo participase de ella; que se pronunciaban ciertas fórmulas consagradas para invitar al muerto a comer y beber; que si la familia entera asistía a esta comida, no por eso tocaba los alimentos; que, en fin, al retirarse, se tenía gran cuidado de dejar una poca de leche y algunas tortas en los vasos, y que era gran impiedad en un vivo tocar esta pequeña provisión destinada a las necesidades del muerto.

Estas antiguas creencias perduraron mucho tiempo y su expresión se encuentra todavía en los grandes escritores de Grecia. “Sobre la tierra de la tumba, dice Ifigenia en Eurípides, derramo la leche, la miel, el vino, pues con esto se alegran los muertos.” [18] -“Hijo de Peleo, dice Neptolemo, recibe el brebaje grato a los muertos; ven y bebe de esta sangre.” [19] Electra vierte las libaciones y dice: “El brebaje ha penetrado en la tierra, mi padre lo ha recibido.” [20] Véase la oración de Orestes a su padre muerto: “¡Oh, padre mío, si vivo, recibirás ricos banquetes; pero si muero, no tendrás tu parte en las comidas humeantes de que los muertos se nutren!” [21] Las burlas de Luciano atestiguan que estas costumbres aún duraban en su tiempo: “Piensan los hombres que las almas vienen de lo profundo por la comida que se les trae, que se regalan con el humo de las viandas y que beben el vino derramado sobre la fosa”. [22] Entre los griegos había ante cada tumba un emplazamiento destinado a la inmolación de las víctimas y a la cocción de su carne. [23] La tumba romana también tenía su culina, especie de cocina de un género particular y para el exclusivo uso de los muertos. [24] Cuenta Plutarco que tras la batalla de Platea los guerreros muertos fueron enterrados en el lugar de combate, y los plateos se comprometieron a ofrecerles cada año el banquete fúnebre. En consecuencia, en el día del aniversario, se dirigían en gran procesión, conducidos por sus primeros magistrados, al otero donde reposaban los muertos. Ofrecíanles leche, vino, aceite, perfumes y les inmolaban una víctima. Cuando los alimentos estaban ya sobre la tumba, los plateos pronunciaban una fórmula invocando a los muertos para que acudiesen a esta comida. Todavía se celebraba esta ceremonia en tiempo de Plutarco, que pudo ver el 600º aniversario. [25] Luciano nos dice cuál es la opinión que ha engendrado todos esos usos: “Los muertos, escribe, se nutren de los alimentos que colocamos en su tumba y beben el vino que sobre ella derramamos; de modo que un muerto al que nada se ofrece está condenado a hambre perpetua”. [26]

He ahí creencias muy antiguas y que nos parecen bien falsas y ridículas. Sin embargo, han ejercido su imperio sobre el hombre durante gran número de generaciones. Han gobernado las almas, y muy pronto veremos que han regido las sociedades, y que la mayor parte de las instituciones domésticas y sociales de los antiguos emanan de esa fuente.


CAPITULO II

EL CULTO DE LOS MUERTOS.


Estas creencias dieron muy pronto lugar a reglas de conducta. Puesto que el muerto tenía necesidad de alimento y bebida, se concibió que era un deber de los vivos el satisfacer esta necesidad. El cuidado de llevar a los muertos los alimentos no se abandonó al capricho o a los sentimientos variables de los hombres: fue obligatorio. Así se instituyó toda una religión de la muerte, cuyos dogmas han podido extinguirse muy pronto, pero cuyos ritos han durado hasta el triunfo del cristianismo.

Los muertos pasaban por seres sagrados. [27] Los antiguos les otorgaban los más respetuosos epítetos que podían encontrar: llamábanles buenos, santos, bienaventurados. [28] Para ellos tenían toda la veneración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme. En su pensamiento cada muerto era un dios. [29]

Esta especie de apoteosis no era el privilegio de los grandes hombres; no se hacía distinción entre los muertos. Cicerón dice: “Nuestros antepasados han querido que los hombres que habían salido de esta vida se contasen en el número de los dioses.” [30] Ni siquiera era necesario haber sido un hombre virtuoso; el malo se convertía en dios como el hombre de bien: sólo que en esta segunda existencia conservaba todas las malas tendencias que había tenido en la primera. [31]

Los griegos daban de buen grado a los muertos el nombre de dioses subterráneos. En Esquilo, un hijo invoca así a su padre muerto: “¡Oh tú, que eres un dios bajo tierra!” Eurípides dice, hablando de Alcestes: “Cerca de su tumba el viajero se detendrá para decir: Ésta es ahora una divinidad bienaventurada.” [32] Los romanos daban a los muertos el nombre de dioses manes. “Dad a los dioses manes lo que les es debido, dice Cicerón; son hombres que han dejado la vida; tenedles por seres divinos.” [33]

Las tumbas eran los templos de estas divinidades. Por eso ostentaban la inscripción sacramental Dis Manibus, y en griego . Significaba esto que el dios vivía allí enterrado, Manesque Sepulti dice Virgilio. [34] Ante la tumba había un altar para los sacrificios, como ante los templos de los dioses. [35]

Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, entre los latinos, entre los sabinos,[36] entre los etruscos; se le encuentra también entre los arios de la India. Los himnos del Rig Veda hacen de él mención. El libro de las leyes de Manú habla de ese culto como del más antiguo que los hombres hayan profesado. En este libro se advierte ya que la idea de la metempsicosis, subsiste viva e indestructible la religión de las almas de los antepasados, obligando al redactor de las Leyes de Manú a contar con ella y a mantener sus prescripciones en el libro sagrado. No es la menor singularidad de este libro tan extraño el haber conservado las reglas referentes a esas antiguas creencias, si se tiene en cuenta que evidentemente fue redactado en una época en que dominaban creencias del todo opuestas. Esto prueba que si se necesita mucho tiempo para que las creencias humanas se transformen, se necesita todavía más para que las prácticas exteriores y las leyes se modifiquen. Aún ahora, pasados tantos siglos y revoluciones, los indos siguen tributando sus ofrendas a los antepasados. Estas ideas y estos ritos son lo que hay de más antiguo en la raza indoeuropea, y son también lo que hay de más persistente.

Este culto era en la india el mismo que en Grecia e Italia. El indo debía suministrar a los manes la comida llamada sraddha. “Que el jefe de la casa haga el sraddha con arroz, leche, raíces, frutas, para atraer sobre sí la benevolencia de los manes.” El indo creía que en el momento de ofrecer esta comida fúnebre, los manes de los antepasados venían a sentarse a su lado y tomaban el alimento que se les presentaba. También creía que este banquete comunicaba a los muertos gran regocijo: “Cuando el sraddha se hace según los ritos, los antepasados del que ofrece la comida experimentan una satisfacción inalterable.” [37]

Así, los arios de Oriente pensaron, en un principio, igual que los de Occidente a propósito del misterio del destino tras la muerte. Antes de creer en la metempsicosis que presuponía una distinción absoluta entre el alma y el cuerpo, creyeron en la existencia vaga e indecisa del ser humano, invisible pero no inmaterial, que reclamaba de los mortales alimento y bebida.

El indo, cual el griego, consideraba a los muertos como seres divinos que gozaban de una existencia bienaventurada. Pero existía una condición para su felicidad: era necesario que las ofrendas se les tributasen regularmente por los vivos. Si se dejaba de ofrecer el sraddha a un muerto, el alma huía de su apacible mansión y se convertía en alma errante que atormentaba a los vivos; de suerte que si los manes eran verdaderamente dioses, sólo lo eran mientras los vivos les honraban con su culto. [38]

Los griegos y romanos profesaban exactamente las mismas opiniones. Si se cesaba de ofrecer a los muertos la comida fúnebre, los muertos salían en seguida de sus tumbas; sombras errantes, se les oía gemir en la noche silenciosa, acusando a los vivos de su negligencia impía; procuraban castigarles, y les enviaban enfermedades o herían el suelo de esterilidad. En fin, no dejaban ningún reposo a los vivos hasta el día en que se reanudaban las comidas fúnebres. [39] El sacrificio, la ofrenda del sustento y la libación, los hacían volver a la tumba y les devolvían el reposo y los atributos divinos. El hombre quedaba entonces en paz con ellos. [40]

Si el muerto al que se olvidaba era un ser malhechor, aquél al que se honraba era un dios tutelar, que amaba a los que le ofrecían el sustento. Para protegerlos seguía tomando parte en los negocios humanos, y en ellos desempeñaba frecuentemente su papel. Aunque muerto, sabía ser fuerte y activo. Se le imploraba; se solicitaban su ayuda y sus favores. Cuando pasaba ante una tumba, el caminante se paraba y decía: “¡Tú, que eres un dios bajo tierra, seme propicio!” [41]

Puede juzgarse de la influencia que los antiguos atribuían a los muertos por esta súplica que Electra dirige a los manes de su padre: “¡Ten piedad de mi y de mi hermano Orestes; hazle volver a este país; oye mi ruego, oh padre mío, atiende mis votos al recibir mis libaciones!” Estos dioses poderosos no sólo otorgan los bienes materiales, pues Electra añade: “Dame un corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras.” [42] También el indo pide a los manes “que se acreciente en su familia el número de los hombres de bien, y que haya mucho para dar”.

Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonios o héroes. [43] Los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes,[44] Genios. “Nuestros antepasados, dice Apuleyo, han creído que cuando los manes eran malhechores debía de llamárseles larvas, y los denominaban lares cuando eran benévolos y propicios.”[45] En otra parte se lee: “Genio y lar son el mismo ser; así lo han creído nuestros antepasados[46] y en Cicerón: “Lo que los griegos llamaban demonios, nosotros los denominamos lares.”[47]

Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. Por ahí parece que ha comenzado el sentimiento religioso. Quizá en presencia de la muerte ha sentido el hombre por primera vez la idea de lo sobrenatural y ha querido esperar en algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio, y puso al hombre en el camino de los demás misterios. Le hizo elevar su pensamiento de lo visible o lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino.



El culto católico a los muertos nada tiene que ver con ofrendas de comidas, sino con sufragios u obras buenas que se procuren para la pronta liberación de las penas del purgatorio, como misas, rosarios, oraciones, indulgencias parciales o plenarias, sacrificios y limosnas. No hay que caer en un sincretismo religioso (mezcla de catolicismo con paganismo) bajo apariencia de piedad religiosa.

Orizaba, 2 de noviembre de 2007.
Festividad de los Fieles Difuntos
Basilio Méramo Pbro.

[1] Sub terra censebat reliquam vitam agi mortuorum. Cicerón. Tusc., 1, 16. Era tan fuerte esta creencia, añade Cicerón, que, aun cuando se estableció el uso de quemar los cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivían bajo tierra.-V. Eurípides, Alcestes, 163; Hécuba, passim.
[2] Virgilio, En., III, 67: animamque sepulcro condimus.-Ovidio, Fast., V, 451: tumulo fraternas condidit umbras.-Plinio, Ep., VII, 27: manes riti conditi.-La descripción de Virgilio se refiere al uso de los cenotafios: admitíase que cuando no se podía encontrar el cuerpo de un pariente se le hiciera una ceremonia que reprodujese exactamente todos los ritos de la sepultura, creyendo así encerrar, a falta del cuerpo, el alma en la tumba. Eurípides, Helena, 1061, 1240. Escoliast ad Pindar. Pit., IV, 284. Virgilio, VI, 505; XII, 214.
[3] Iliada, XXIII, 221. Eurípides, Alcestes. 479: Pausanias, II, 7, 2.-Ave atque vale. Cátulo, C. 10. Servio, ad Eneid., II, 640; III, 68; XI, 97. Ovidio, Fast., IV, 852; Metam., X, 62. Sit tibi terra levis; tenuem et sine pondere terram; Juvenal VII, 207; Marcial, I, 89: V, 35; IX, 30.
[4] Eurípides, Alcestes, 637, 638; Orestes 1416-1418. Virgilio, En., VI, 221; XI, 191-196.- La antigua costumbre de llevar dones a los muertos está atestiguada para Atenas por Tucídides, II, 34. La ley de Solón prohibía enterrar con el muerto más de tres trajes (Plutarco, Solón, 21). Luciano también habla de esta costumbre. ¡Cuántos vestidos y adornos no se han quemado o enterrado con los muertos como si hubiesen de servirles bajo tierra!”- También en los funerales de César, en época de gran superstición, se observó la antigua costumbre: se arrojó a la pira los munera, vestidos, armas, alhajas (Suetonio, César, 84). V. Tácito, An., III, 3.
[5] Eurípides, Ifig., en Táuride, 163. Virgilio, En., V, 76-80; VI, 225.
[6] Iliada, XXI. 27-28; XXIII, 164-176. Virgilio, En., X, 519-520; XI, 80-84, 197.- Idéntica costumbre en la Galia. César. B. G., V. 17.
[7] Eurípides, Hécuba, 40-41; 107-113; 637-638.
[8] Píndaro, Pit., IV. 284 edic. Heyne. V. el Escoliasta.
[9] Cicerón, Tusculanas, I, 16. Eurípides, Troad, 1085. Herodoto, V. 92. Virgilio, VI, 371, 379. Horacio, Odas, I, 23. Ovidio, Fast., V, 483. Plinio, Epist., VII, 27. Suetonio, Calig., 59. Servio, ad Æn., III, 68.
[10] Iliada, XXII, 358; Odisea, XI, 73.
[11] Plauto, Mostellaria, III, 2.
[12] Suetonio, Calig., 59; Satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodes umbris inquietatos... nullam noctem sine aliquo terrore transactam.
[13] Véase en la Iliada, XXII, 338-344. Héctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: “Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecerá en abundancia y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.” Lo mismo en Sófocles: Antígona afronta la muerte “para que su hermano no quede sin sepultura” (Sóf., Ant., 467).- El mismo sentimiento está significado en Virgilio, IX, 213: Horacio, Odas, I, 18. v. 24-36. Ovidio, Heroidas, X, 119-123; Tristes, III, 3, 45.- Lo mismo en las imprecaciones: lo que se deseaba de más horrible para un enemigo era que muriese sin sepultura. (Virg., En., IV, 620.)
[14] Jenofonte, Helénicas, I, 7.
[15] Esquilo, Siete contra Tebas, 1013. Sófocles, Antígona, 198. Eurípides, Fen., 1627-1632.- V. Lisias, Epitaf., 7-9. Todas las ciudades antiguas añadían al suplicio de los grandes criminales la privación de la sepultura.
[16] Esto se llamaba en latín inferias ferre, parentare, ferre solomnia. Cicerón, De legibus, II, 21: majores nostri mortuis parentari voluerunt. Lucrecio, III, 52: Parentant et nigras mactant pecudes et Manibus divis inferias mittunt. Virgilio, En., VI, 380: tumulo solemnia mittent; IX, 214: Absenti ferat inferias decoretque sepulcro. Ovidio, Amor., I, 13, 3: annua solemni cæde parentat avis.- Estas ofrendas, a que los muertos tenían derecho, se llamaban Manium jura. Cicerón, De legib., II, 21. Cicerón hace alusión a ellas en el Pro Fracco, 38, y en la primera Filípica, 6.- Estos usos aún se observaban en tiempo de Tácito (Hist., II, 95); Tertuliano los combate como si en su tiempo conservasen pleno vigor: Defunctis parentant, quos escam desiderate præsumant (De resurr. carnis, I): Defunctos vocas securos, si quando extra portam cum obsoniis et matteis parentans ad busta recedis (De testim, animæ, 4.)
[17] Solemnes tum forte dapes et tristia dona
Lilabat cineri Andromache manesque vocabat
Hectoreum ad tumulum.
(Virgilio, En., III, 301-303.)
-Hie duo rite mero libans carchesia Baccho,
Fundit humi, duo lacte novo, duo sanguine sacro
Purpureisque jacit flores ac talia fatur:
Salve, sancte parens, animæque umbræque paternæ
(Virgilio, En. V, 77-81.)
Est honor et tumulis animas placate paternas...
Et sparsæ fruges parcaque mica salis
inque mero mollita ceres violæque solutæ.
(Ovidio, Fast., II, 535-542.)
[18] Eurípides, Ifigenia en Táuride, 157-163.
[19] Eurípides, Hécuba, 536. Electra, 505 y sig.
[20] Esquilo, Coéforas, 162.
[21] Esquilo, Coéforas, 482-484.-En los Persas, Esquilo presta a Atosa las ideas de los griegos: “Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes que la tierra beberá, y que llegarán hasta los dioses de lo profundo.” (Persas, 610-620) .-Cuando las víctimas se habían ofrecido a las divinidades del cielo, los mortales comían la carne; pero cuando se ofrecía a los muertos, se quemaba íntegramente (Pausanías, II, 10.)
[22] Luciano, Carón, c. 22; Ovidio, Fastos, 566: possito pascitur umbra cibo.
[23] Luciano, Carón, c. 22: "Abren fosas cerca de las tumbas y en ellas cuecen la comida de los muertos¨.
[24] Festo, V, culina: culina vocatur locus in quo epulæ in funere comburuntur.
[25] Plutarco, Arístides, 21.
[26] Luciano, De luctu, c. 9.
[27] Plutarco, Solón, 21.
[28] Aristóteles, citado por Plutarco, Cuestión. roman., 52; grieg., 5.- Esquilo, Coéf., 475.
[29] Eurípides, Fenic., 1321.- Esquilo, Coef., 475; “¡Oh bienaventurados que moráis bajo la tierra, escuchad mi invocación, venid en socorro de vuestros hijos y concededles la victoria!” En virtud de esta idea, llama Eneas a su difunto padre Sancte Parens, divinus parens; Virg., En., V, 80; V. 47.- Plutarco, Cuest. rom., 14.- Cornelio Nepote, fragmentos, XII: parentabis mihi et invocabis deum parentem.
[30] Cicerón, De legibus, II, 22.
[31] San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26; IX, 11.
[32] Eurípides, Alcestes, 1015.
[33] Cicerón, De leg., II, 9. Varrón, en San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26.
[34] Virgilio, En., IV, 34.
[35] Eurípides, Troyanas, 96; Electra, 505-510.- Virgilio, En., VI, 177; Aramque sepulcri; III, 63: Stant Manibus aræ; III, 305: Et geminas cuasam lacrymis, sacraverat aras; V, 48: Divini ossa parentis condidimus terra mætasque sacravimus aras. El gramático Nonio Marcelo dice que el sepulcro se llamaba templo entre los antiguos, y en efecto, Virgilio emplea la palabra templum para designar la tumba o cenotafio que Dido erigió a su esposo (En., IV, 457). Plutarco. Cuest. rom., 14.- Sigió llamándose ara la piedra erigida sobre la tumba (Suetonio, Nerón, 50). Esta palabra se emplea en las inscripciones funerarias. Orelli. núms. 4521, 4522, 4826.
[36] Varrón, De lingua lat., V. 74.
[37] Leyes de Manú, I, 95; III, 82. 122, 127, 146, 189, 274.
[38] Este culto tributado a los muertos se expresaba en griego por las palabras . Póllux, VIII, 91. Herodoto, I, 167; Plutarco, Arístides, 21; Catón, 15; Pausanias, IX, 13, 3. La palabra se decía de los sacrificios ofrecidos a los muertos. de los que se ofrecían a los dioses del cielo; esta diferencia está bien indicada por Pausanias, II, 10, 1, y por el Escoliasta de Eurípides, Fenic., 281. V. PlutarcoÑ Cuest. rom., 34.
[39] Véase en Herodoto, I, 167, la historia de las almas de los focenses que trastornan una comarca entera hasta que se les consagra un aniversario; hay otras historias análogas en Herodoto y en Pausanias VI, 6, 7. Lo mismo en Esquilo: Clitemnestra, advertida de que los manes de Agamemnón están irritados contra ella, se apresura a depositar alimentos sobre su tumba. Véase también la leyenda romana que cuenta Ovidio, Fastos, II, 549-556: “Un día se olvidó del deber de los parentalia y las almas salieron entonces de las tumbas y se les oyó correr dando alaridos por las calles de la ciudad y por los campos del Lacio hasta que volvieron a ofrecérseles los sacrificios sobre las tumbas.” Véase también la historia que refiere Plinio el Joven, VII, 27.
[40] Ovidio, Fast., II, 518: Animas placate paternas.- Virgilio, En., VI, 579: Ossa piabunt et statuent tumulum et tumulo solemnia mittent.- Compárese el griego (Pausanias, VI, 6, 8).- Tito Livio, I, 20: Justa funebria placandosque manes.
[41] Eurípides, Alcestes, 1004 (1016). –“Créese que si no prestamos atención a estos muertos y si descuidamos su culto, nos hacen mal, y que, al contrario, nos hacen bien si nos los volvemos propicios con nuestras ofrendas.” Porfirio, De abstin., II, 37. V. Horacio, Odas, II, 23; Platón, Leyes, IX, págs. 926, 927.
[42] Esquilo, Coéforas, 122-145.
[43] Es posible que el sentido primitivo haya sido el de hombre muerto. La lengua de las inscripciones que es la vulgar y al mismo tiempo la que mejor conserva el sentido antiguo de las palabras, emplea a veces con la simple significación que damos a la palabra difunto. Boeck, Corp. inscr., números 1629, 1723, 1781, 1782, 1784, 1786, 1789, 3398; Ph. Lebas, Monum. de Morea, pág 205. Véase Teognis, ed. Welcker, v. 513, y Pausanias, VI, 6, 9. Los tebanos poseían una antigua expresión para significar morir (Aristóteles, fragmentos, edic. Heitz, tomo IV, pág 260. Véase Plutarco, Proverb. quibus Alex, usi sunt, cap. 47).- Los griegos daban también al alma de un muerto el nombre de . Eurípides, Alcestes, 1140, y el Escoliasta. Esquilo, persas, 620. Pausanias, VI, 6.
[44] Manes Virginiæ (Tito Livio, III, 58). Manes conjugis (Virgilio, VI, 119). Patris Anchisæ Manes (Id., X, 534). Manes Hectoris (Id. III, 303). Dis Manibus Martialis, Dis Manibus Acutiæ (orelli, núms. 4440, 4441, 4447, 4459, etc.). Valerii deos manes (Tito Livio, III, 19).
[45] Apuleyo, De Deo Socratis. Servio, ad Æneid., III, 63.
[46] Censorino, De die Natali, 3.
[47] Cicerón, Timeo, 11. Dionisio de Halicarnaso tradujo Lar familiaris por (Antiq, rom, IV, 2).

domingo, 25 de octubre de 2015

FIESTA DE CRISTO REY



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
La Providencia divina ha querido que sin estar debidamente acabada esta capilla y a pesar de los trabajos, contratiempos y dificultades se pudiera realizar la ceremonia de hoy, se lleven a cabo estas primeras comuniones y también se celebre el aniversario de los diez años del Colegio en esta fiesta tan importante de Cristo Rey.

Festividad que proclama la realeza social de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en el mundo actual que da la espalda a la Iglesia, a Cristo y a Dios. Por eso su Santidad Pío XI, en 1925, la instituyó a instancias de los cardenales y de otros prelados, viendo la necesidad de concluir prácticamente el año litúrgico con una fiesta que proclamase la realeza de nuestro Señor en el mundo moderno, a pesar de la oposición de la Revolución francesa, de la protestante, de la comunista. Y no era que antaño no se festejara la realeza de nuestro Señor, el seis de enero en el día de la Epifanía de los Reyes magos. Pero era necesario darle más relevancia y por eso la necesidad de hacer una fiesta aparte y así fue que Pío XI quiso, como quien dice, hacer concluir el año litúrgico con esta celebración a nuestro Señor Jesucristo como a Cristo Rey en el último domingo del mes de octubre.

La divina Providencia ha querido que hoy esta capilla tradicional, apostólica y romana hasta los tuétanos y no protestante, no cismática como muchos enemigos quieren hacer ver sino católica, apostólica y romana, realice esa gran fiesta de la proclamación de la primacía universal de nuestro Señor Jesucristo, hoy combatida a la par que es atacada la Iglesia.

Porque la civilización moderna no quiere que Cristo impere, no quiere reconocer que Cristo es Rey del Universo y de las Naciones y ese es el Imperio que Satanás y sus secuaces que no quieren admitirlo; de ahí la pugna, la lucha, el combate que no se ha iniciado hoy sino que comenzó con la primera apostasía de los ángeles malos que no quisieron reconocer a nuestro Señor; esto lo dice el cardenal Pie resumiendo a los santos Padres de la Iglesia, porque les fue manifestado que nuestro Señor se encarnaría y la segunda persona del Verbo se haría hombre y eso fue lo que no pudo admitir Satanás, humillarse ante un hombre que también es Dios.

Ese combate continuó al rebelarse los hombres contra la revelación primitiva y por eso cayeron en el paganismo. Suscita entonces Dios un pueblo tenaz como el judío para que se mantenga esa promesa que sin embargo los judíos traicionan condenando a nuestro Señor y matándolo en la Cruz. Y la lucha continúa a través de los siglos: los mártires de la Iglesia primitiva y todas las revoluciones que se han sucedido con todas sus herejías, hasta la última, la gran apostasía para los últimos tiempos en los cuales ciertamente estamos viviendo y que por eso se da un combate tan atroz contra todo lo que se proclame verdaderamente católico, verdaderamente de Dios.

De ahí también, como lógica consecuencia, la batalla contra la Tradición de la Iglesia católica y contra nosotros, contra monseñor Lefebvre, que no hizo sino guardar el testimonio fiel de la Santa Misa, de la Santa Tradición de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana aunque les pese a muchos obispos, a muchos cardenales y a muchos prelados que se dicen católicos pero que no profesan la doctrina de la religión católica. Uno de los dogmas de la religión católica que no profesan es precisamente el de la realeza universal y social de nuestro Señor Jesucristo. Por eso no quieren que las naciones se confiesen católicas y a eso se debe la libertad religiosa y el ecumenismo. Por lo mismo la igualdad con las falsas religiones; todo esto es una herejía, una apostasía a los ojos de la fe católica, apostólica y romana. Tengámoslo muy en cuenta, mis estimados hermanos, y no claudiquemos en la fe, para defender a Cristo, a la Iglesia, para ser los fieles testigos de nuestro Señor.

Nuestro Señor es aclamado también en el día de ramos, pero en el de la crucifixión fue incluso abandonado hasta por sus apóstoles más queridos; solamente estaban con Él nuestra Señora con algunas mujeres que la rodeaban y acompañaban junto con San Juan; pero nuestro Señor estaba allí solo.

Es muy fácil estar con la Iglesia y con nuestro Señor cuando todo va bien, cuando todo es gloria, pero cuando viene el combate, la lucha, la oposición, la contradicción y sobre todo la proclamación y la confesión íntegra de la fe rechazando todos los errores, entonces ¡ay, oh escándalo fariseo!, desaparecen los amigos, el clero, desgraciadamente para asociarse al mundo impío que reniega de nuestro Señor, que no quiere pertenecer a Cristo y no quiere pertenecer a Dios. Esa es obra de la judeomasonería, por eso las Naciones Unidas no quieren proclamar la realeza de nuestro Señor sino que están auspiciando el reinado del anticristo y eso hay que decirlo para que nosotros no nos añadamos a esas filas de apostasía que terminarán en el reinado del anticristo; por eso todos los gobiernos del mundo y de las grandes potencias no quieren ya ser el brazo de la Iglesia; peor aún, esos reyes y poderosos del mundo quieren que la Iglesia se haga su cómplice.

He ahí el drama, la división, la oposición que el mundo, que Satanás, que es el príncipe de este mundo gane para su causa al clero, a los ministros de la Iglesia y logre socavar desde dentro la Iglesia católica, apostólica y romana. De allí la gran importancia de defender la fe. La misma en la que hemos sido confirmados, la de la Iglesia. No creer como hoy se cree, que uno se salva en cualquier religión, que ya no hay infierno, que la Iglesia católica no es la única arca de salvación y tantas otras cosas que hoy parecieran dogmas comúnmente admitidos por todos, pero que son verdaderas herejías que conculcan la infalibilidad de la fe católica, apostólica y romana.

Por eso nosotros conservamos la santa liturgia tradicional, la Santa Misa de siempre, porque allí donde hay culto hay sacrificio y eso fue aun hasta en el paganismo, y ese sacrificio, ese verdadero culto es el de la Cruz, renovado sobre los altares; no es una synaxis, no es una cena, por eso sacaron el altar y colocaron una mesa, sino el sacrificio de la Cruz renovado incruentamente, sacramentalmente bajo las especies del pan y del vino, que es el mismo de nuestro Señor en la Cruz.

Eso no puede cambiar y si sucede, es porque se ha alterado la Iglesia y la fe; se han renovado Cristo y Dios. Estos son inamovibles, son eternos. Por eso la Iglesia, aunque está en este mundo, vive en la eternidad de la verdad de Dios y de las cosas de Dios y en esa realidad debemos vivir y morir nosotros para ser de Dios. Por eso, estos niños que hoy van a hacer su primera comunión deben estar bien preparados sabiendo que reciben el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad; no hay que olvidarlo, porque si uno sabe que cuando comulga recibe al Rey de los cielos y de la tierra, el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo es posible que le recibamos de pie, en la mano o en pecado mortal o viviendo en concubinato o creyendo que con el matrimonio civil se está casado? Eso es absurdo.

Todo esto pasa porque se está perdiendo la fe, mis estimados hermanos, la fe en las cosas esenciales de nuestra santa religión, de nuestra santa madre la Iglesia. Y eso es lo que nosotros queremos mantener y proclamar para seguir siendo fieles a nuestro Señor y a la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana; no es más, simplemente eso. Y quizás nos cueste el martirio, porque proclamarlo y no callar ante un mundo como el de hoy no es posible sin que haya que verter la sangre. Por lo que todo católico fiel a nuestro Señor debe tener esa entrega de corazón a imitación de Él que dio su sangre en la Cruz por nosotros, y si es necesario, nosotros la demos para no claudicar en la fe y proclamar la realeza universal y primacía de nuestro Señor Jesucristo sobre todo el Universo.

Debemos, pues, pedir en esta Misa de primeras comuniones por estas almas tiernas que tienen la fe, para que conserven la pureza, para que no se manchen por el pecado, como lo deseó San Pío X cuando permitió que todo niño que tuviese entendimiento comulgara no un pedazo de pan sino el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, e hiciese la primera comunión para que antes de caer víctima de Satanás por el pecado, fuese primeramente nuestro Señor quien reinara en esa alma pura.

Si nosotros hemos perdido esa pureza, debemos encontrarla a través de la oración, de la penitencia, del sacrificio y no vivamos de placer en placer como quisiera el mundo de hoy, en que todo es sensual; para eso están la técnica, la televisión, el cine, la radio, los dineros, todo conspira para que vivamos como paganos pensando en la comodidad y no como católicos que estamos en esta tierra de paso para merecer el cielo a través del sacrificio, la oración, la abnegación; para eso es que vivimos aquí, no para ser artistas, no para ser grandes personajes, no para ser ricos, millonarios, famosos o poderosos o lo que fuere, sino para ser buenos hijos de Dios; eso es lo que siempre ha predicado y predicará la Iglesia católica.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos proteja, que nos conserve en el amor divino, en el verdadero y no en la falsa caridad filantrópica masónica que hoy se nos quiere imponer y que es un puro sentimentalismo pero que no es verdadero amor de Dios, al punto de sacrificar la vida si es necesario por nuestros amigos. Que sea nuestra Señora la gran protectora, porque Ella permaneció de pie en la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y estará de pie en esta segunda crucifixión de nuestro Señor en su Cuerpo Místico, la Iglesia hoy perseguida, combatida; será Ella entonces nuestro sostén y nuestra abogada. A la hora de la muerte, será también Ella la que nos procure la gracia de la perseverancia final que es lo que rezamos todos los días al decir el Avemaría y al decir el santo Rosario. Supliquemos entonces a Ella que nos mantenga en ese fervor y en esa verdadera caridad y amor de Dios. +

P. Basilio Méramo
26 Octubre de 2002

domingo, 18 de octubre de 2015

DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos cómo en la epístola San Pablo nos exhorta a mantenernos prevenidos ante el combate que toca librar a todo católico en esta tierra, recordándonos que no solamente es una batalla en la carne y la sangre contra nuestra propia sangre, contra nuestra propia carne por los malos deseos, instintos y concupiscencias que afloran desde adentro y que por eso aspiramos a la virtud, sino también que es lucha contra las potestades de los espíritus malos, de los demonios, de Satanás.

Nos exhorta a mantenernos en la fe, en la verdad y en la palabra de Dios. Y es curioso que la Iglesia ponga esta epístola ya aproximándose el final del ciclo litúrgico que culmina con la Parusía. Vemos cómo en su sabiduría la Iglesia, con estos domingos que anteceden al vigésimo cuarto y último domingo después de Pentecostés, nos va llevando hacia la segunda venida gloriosa de nuestro Señor y a todo lo que le antecede. Quienes tienen el misal de Pérez de Urbel verán cómo él, sabio benedictino, en su comentario al misal de los fieles, muestra la preparación a los feligreses encaminándoles hacia la Parusía de nuestro Señor y por eso la advertencia de San Pablo que la Iglesia trae en el domingo presente y en los otros que nos hablan del día del Señor, del día de nuestro Señor Jesucristo.

Y hoy más que nunca debemos tener presente esta exhortación de San Pablo, porque hoy la lucha es titánica y debemos consolidarnos confirmándonos en la fe, que está a punto de desaparecer de la faz de la tierra, la católica, apostólica y romana que es hoy perseguida por aquellos mismos que debieran defenderla y reafirmarnos en ella; eso es lo terrible y angustioso, tener que defender la fe a pesar de aquellos que debieran afianzarnos en ella. Y ¿quiénes deben ratificarnos en la fe? Los sacerdotes, los obispos y de modo especial el mismo Papa. Pero, desgraciadamente, hay que decirlo, ocurre todo lo contrario; en vez de confirmarnos en la fe nos llevan camino hacia el error, hacia la herejía y hacia la apostasía.

Y para colmo se nos propone como a santo de altar el ejemplo de alguien que es todo lo contrario a un santo de la Iglesia católica. El domingo pasado se canonizó a Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y preconizador de todos los ideales revolucionarios que cuajaron en el Concilio Vaticano II.

Ya desde los años treintas, cuando España todavía era católica y antes de que hubiera miles de mártires, cuando la embestida judeocomunista de la cual salió victoriosa en el año treinta y seis, ahí en Paracuellos hay miles de personas que murieron mártires, sin claudicar uno solo por defender la fe y la Iglesia contra el judeocomunismo internacional. En esa España católica ya monseñor Escrivá tenía esos ideales ecumenistas: la libertad religiosa, los derechos y la dignidad del hombre, todo lo que el ecu-menismo y el modernismo enseñan. Por eso lo han canonizado, porque es el santo del ecumenismo que está destruyendo a la Iglesia.

Que nos lo propongan como santo es absurdo e ilógico, cuando los santos han renunciado a títulos a los cuales tenían derecho como Francisco Borja, Grande de España, títulos de nobleza envidiables para cualquier noble, deja todo para hacerse siervo de Dios, mientras que monseñor Escrivá no sólo se cambia el apellido para que no se lo relacione con los escribas de las Escrituras y se lo tilde de judío como probablemente lo es y por eso cambia la B por V, sino que también compra el título de Marqués de Peralta, para engrandecer su alma miserable con la nobleza que no tenía, porque un alma virtuosa aunque pobre, es noble en virtud y eso viene a colmar una demostración del ecumenismo proclamando a su primer santo.

Hay que decirlo con dolor, pero decirlo; de lo contrario claudicamos, porque no se puede proponer como santo a alguien de las “cualidades” de monseñor Escrivá de Balaguer del cual el padre Meinvielle hace muchos años decía que para judaizar a España había bastado el Opus Dei.
Poseen más de una docena de productoras de cine y televisión; díganme entonces cuáles son esas películas piadosas de santos que esta docena de productoras de cine del Opus hacen, cuando lo más corrompido es el cine y la televisión. Tienen agencias de información, bancos que los relacionan con el poder financiero que oprime y destruye a la Iglesia, más los crímenes del Vaticano por la lucha intestina, como se lee en esos libros publicados y conocidos por todos los fieles que nos muestran cómo hay crímenes en el Vaticano por esa lucha entre la masonería, por decirlo así, clásica, enquistada en el Vaticano, y el Opus Dei como nueva masonería que quiere dominar a la otra. Por eso, esa muerte del jefe de la guardia suiza, miembro del Opus Dei, haciéndolo pasar por un crimen pasional. Hay todavía más, como el escándalo de la logia P2, el caso Marcinkus con sus respectivas muertes donde el dinero del Opus Dei fue el que salvó las finanzas del Vaticano y con su dinero calló e hizo callar todas las conciencias. Estos son los hechos.
Por todo lo anterior, más que nunca debemos reafirmar nuestra fe, nuestra adhesión a la Tradición católica, para no sucumbir ante estos malos ejemplos, ante estos falsos santos y que no caigamos bajo el peso de una indebida pero muy esgrimida obediencia para que claudiquemos en la defensa de la verdad. Saber que detrás del mal que hacen los hombres están Satanás y los malos espíritus; por eso San Pablo habla de que el combate no es sólo contra la carne y la sangre sino contra los malos espíritus que gobiernan las tinieblas, que envuelven al mundo y que lo cubrirán de una manera peor hacia el final y antes de la Parusía.

Por eso, la Iglesia, en estos domingos que anteceden al último domingo del ciclo litúrgico, nos ordena prepararnos para que no durmamos y para que seamos verdaderos soldados de Cristo como lo es todo confirmado en la fe de su bautismo, para lo cual ha recibido la plenitud de la gracia septiforme del Espíritu Santo. Para quedar así confirmados, consolidados, fortificados en la fe del bautismo que será agredida a tal punto, que desaparecerá hacia los últimos tiempos, como son los actuales pero que el mundo impío y descreído no tiene en cuenta, y eso facilita la labor de los enemigos de Dios, de la Iglesia que penetran dentro de ella con piel de oveja pero que son lobos rapaces, mercenarios que se valen de esas argucias para destruirla desde dentro.

San Pío X, ya al alborear el siglo XX, dijo que los enemigos de la Iglesia estaban no fuera sino dentro y que el anticristo estaba pronto a aparecer, porque lo único que faltaría sería que naciera, pues todo preparaba su advenimiento. Qué diría hoy, un siglo después, si eso lo dijo hace un siglo el último Papa santo canonizado; qué diría hoy; hay que recordarlo, iba a ser electo en aquella época el cardenal Rampolla, quien era masón, como después de su muerte se descubrió. Ese iba a ser el Papa, pero fue vetado por el cardenal del Imperio austro húngaro. Y vean cómo le cobraron a este Imperio el veto a la judeomasonería, matando al que iba a ser el rey. ¿Qué originó aquello? La Primera Guerra Mundial. Son hechos que la gente no relaciona a la luz de la fe para ver la verdad, la malicia y el poder del adversario.

Y hoy esos enemigos están dentro de la Iglesia, por eso exigen la obediencia, para que los fieles, bajo la apariencia de la virtud del sometimiento, sigan en el error. Muy pocos son los que se dan cuenta de la argucia y por eso la gran santidad de monseñor Lefebvre. Morir excomulgado por los enemigos de la Iglesia mientras canonizan a Escrivá de Balaguer. Monseñor Lefebvre no tuvo miedo a desobedecer, porque primero hay que seguir a Dios antes que a los hombres cuando estos quieren hacernos desobedecer a Dios. Por eso nosotros debemos acatar a Dios manteniendo la palabra del Evangelio, la palabra de Dios, conservando la fe sin perderla, por obra y gracia de la verdad divina; ese es el mensaje de San Pablo.

Este santo nos insta al combate, a la lucha. Y cuidado con el desaliento porque ese es el peligro; el desánimo ante lo arduo y prolongado del combate y por eso muy pocos serán los que permanezcan firmes y fieles. Aun caerían si los tiempos no fuesen acortados, como lo advierten las Sagradas Escrituras. No debe, pues, importarnos si somos muchos o pocos, lo que interesa es ser de Cristo, de la Iglesia, guardar la fe, la fidelidad para no caer en el error, la herejía y la apostasía a la cual se va hoy campantes y alegres, desapercibidamente, con el ecumenismo que iguala a la Iglesia católica con todas las falsas religiones que tienen por autor a Satanás, como lo dice el Salmo 95.

Invoquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que podamos guardar esa fidelidad y ese fiat como Ella, esa ofrenda que hizo al pie de la Cruz, al ver a su Hijo inmolado, sabiendo que era Dios y viéndolo morir como hombre. Había que tener mucha fe para saber que nuestro Señor era Dios muriendo en una Cruz y renovar así ese “sí” de adhesión a nuestro Señor que es el fundador de la Iglesia católica. Por eso, fuera de ella no hay salvación, porque no la hay fuera de Cristo y de la Cruz aunque el ecumenismo nos diga todo lo contrario, que también las otras religiones son de algún modo la expresión del Espíritu Santo y llevan a la salvación. Eso es lo que dice el Opus Dei: “Sé buen judío y te salvas, sé buen musulmán y te salvas en tu religión”. ¡Qué gran contradicción, qué gran herejía! Pero pocos la percibimos por la gran confusión y tinieblas que imperan hoy.

Pidamos entonces a nuestra Señora esa fidelidad, siguiendo su ejemplo y su amor hacia su divino Hijo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
13 de octubre de 2002

domingo, 11 de octubre de 2015

VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
El Evangelio de hoy nos muestra el milagro que nuestro Señor hace a este oficial del Rey. No debe sorprendernos esa respuesta que al principio parece un poco áspera: “Si no veis milagros y prodigios, no habéis de creer”; sin embargo, nuestro Señor, viendo la insistencia y la buena fe de este hombre, de este militar, le sana a su vástago y él cree en la palabra de nuestro Señor; va y comprueba al preguntar y saber a qué hora se había curado el muchacho, que fue en el mismo momento en que nuestro Señor le había dicho que estaba sano.

 A nuestro Señor no le gustaban los milagros por los milagros, si bien los estos eran la manera de atraer a los infieles, mientras que a los judíos, al pueblo elegido, era a través de las Escrituras y de los profetas. No le gustaban los milagros nada más porque sí, como medio de propaganda; quería que por creer la gente en Él, por la fe en Él, se cumpliese aquello que ellos pedían. Nuestro Señor siempre hace resaltar la fe, que es el fundamento de toda nuestra santa religión, de la santa Iglesia, que tiene por doble objeto tanto material como formal a Dios; como verdad primera, porque toda nuestra vida como seres inteligentes es una relación con la verdad y Dios se la propone como verdad primera sobrenatural.

Creemos en lo que Dios nos dice de Sí mismo, en su pureza divina, en su palabra. Por eso el doble objeto como verdad primera sobrenatural de la fe; como objeto material todos los misterios y cosas de Dios, y objeto formal porque creemos por el testimonio divino y en sí mismo. De allí la certeza de la fe y la adhesión, el asentimiento de parte nuestra a esa palabra de Dios, a esa revelación de Dios, que no da lugar a la duda. Hay una certeza, una convicción.

De ahí la necesidad de meditar el objeto de la fe y nuestra adhesión sin duda, con plena certeza en la palabra de Dios. Por eso es un pecado de infidelidad aceptar positivamente una duda contra la fe. Por eso no se puede no ya negar sino ni siquiera dudar de los dogmas de fe.

Y hoy la fe está siendo socavada a tal punto que es difícil reconocer la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque la mayor parte de los fieles que se dicen o se creen católicos profesan objetivamente el error, dudan de las verdades esenciales y esa no es la fe de la Iglesia que no puede cobijar el error; no digo la herejía, es que ni siquiera el error. No lo admite porque sería admitir el equívoco en Dios, lo cual es blasfemo y absurdo, y hoy es moneda corriente; verdades que antes cualquier católico conocía, hoy son puestas en duda, cuando no negadas, como la exclusividad de la Iglesia como medio de salvación, y por eso se aceptan las demás religiones como medios alternos que pueden conducir a la salvación eterna; eso es lo que profesan el ecumenismo y la libertad religiosa, como negar el infierno o la existencia del fuego eterno del cual el Evangelio hace explícita mención. Todo esto conculca la verdad conocida y por eso son verdaderos pecados contra el Espíritu Santo. Impugnar, conculcar la verdad conocida.

No son inventos, basta preguntar a cualquier fiel en qué cree, para que nos demos cuenta de todas estas atrocidades que se cometen en el nombre de Dios y de la Iglesia, porque esto que piensan los fieles es lo que ellos han escuchado de sus pastores, de los sacerdotes, del clero, de los obispos, de Roma; es la doctrina común que hoy se imparte, la evangelización opuesta y contradictoria a la fe de la Iglesia.

Esa fue una de las razones por las cuales monseñor Lefebvre, en un acto heroico, cual Atanasio del siglo XX, no dudó ni un instante, como deber esencial de todo católico, defender la fe, su fe, sin ninguna otra preocupación sino la de presevarla al precio que costara, aun el de la propia vida, y por eso tampoco tuvo ningún temor en desobedecer porque no hay obediencia que valga en contra de la fe. No tuvo ningún temor ante las amenazas de excomunión, porque no puede haber excomuniones por defender la fe y menos cuando aquellos que anatematizan ensalzan a los destructores de la fe y, peor aún, los canonizan, como muy lamentablemente hoy acaba de ocurrir con Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y gran precursor de Vaticano II. Él funda una congregación que no tenía estamento jurídico en la Iglesia, así reconocido en libros de sus mismos miembros, esperando la hora oportuna para que se les abrieran las puertas y conseguir jurídicamente el respaldo del cual hoy gozan. Gran precursor del ecumenismo, de la libertad religiosa, de la igualdad, de la fraternidad que lo proclama hoy como santo de la Iglesia Católica, ¡es terrible!
El único consuelo que me puede quedar al ver cómo Dios permite todo esto es dejar, para aquellos que quieran ver, claramente expresada la gran contradicción que hoy desde Roma se está propagando con escándalo de la fe y de los fieles, el poderío económico del Opus Dei que cuenta en sus haberes con una docena de productoras de cine y televisión; ¿cuáles son las películas de santos que hacen? Cuando hoy, dos de los elementos más corrompidos son el cine y la televisión y estos no tienen una o dos sino doce agencias de información; y ¿de qué se informa, de la verdad de Dios?, ¿o de toda esta bazofia y porquería de noticias que no hacen más que engañar a la gente? Para no hablar del poder financiero y económico que detentan con los bancos en plena comunión con las finanzas internacionales que se manejan desde Nueva York.

Los verdaderos santos renunciaban a su dignidad de nobleza, de títulos y de realezas para hacerse siervos de Dios, y este hombre se cambia el apellido y compra un título para ser noble. Nada de raro tiene que el ecumenismo a través de Juan Pablo II haya llegado a canonizar en el día de hoy a Escrivá de Balaguer, es una lógica consecuencia, y tan lógica que se puede ver en el folleto que habla del Opus Dei que se publicó para que estuviera al alcance de los fieles. Si tienen a bien releer la conclusión final, escrita hace diez años bajo un pseudónimo ya que entonces era Superior en España y no quería comprometer a la Hermandad, como dicen allá, a la Fraternidad. Y allí está el pensamiento laico de (“san”) Escrivá de Balaguer, su ecumenismo que se había adelantado al Concilio Vaticano II. Que hoy sea promovido como santo de altar para seguir su ejemplo e ir al cielo... Eso por hablar apenas de la doctrina, de su pensamiento, como lo reflejan los mismos miembros del Opus, porque en ese opúsculo no hay sino puras citas de lo que ellos mismos dicen, de modo que no son invenciones personales.

Con este acto, Juan Pablo II mancha su hoja de vida, si así se puede decir, como Sumo Pontífice de la Iglesia y quizás Dios lo permitió por eso, para dejar una constancia histórica de su nefasto pontificado, porque si viene un buen Papa, no le queda más remedio que contravenir esto que hoy se ha hecho. Porque un hombre de esa talla no puede ser santo; era soberbio, vanidoso y otros defectos impropias de un santo; pero basta con lo que él decía y lo que sus discípulos expresan de él para mostrar sus ideas progresistas, modernistas y ecumenistas. Por eso hoy es proclamado santo de la Iglesia, no católica, porque no lo puede ser, sino de la iglesia modernista ecuménica, porque los enemigos de la Iglesia están dentro de la Iglesia, decía San Pío X.

Juan Pablo II cuenta entre sus mejores amigos a los judíos, eso tampoco es una calumnia, dice un inglés autor del libro “El Papa oculto”, publicado con fotos tomadas junto a su amigo judío Jurek, a quien recibió en primer lugar en audiencia privada una vez elegido Pontífice y que con él hicieron el reconocimiento por parte del Vaticano del Estado de Israel; esas no son historias sino realidad escrita. Tampoco debe extrañarnos que se sospeche además del posible origen judío de Escrivá y que por eso cambie en su apellido la B por V para que no se le tome por los fariseos y escribas del Antiguo Testamento. Y aunque no hubiese sido judío todos sus hechos han llevado a judaizar la España católica como lo dice el padre Menvielle en uno de sus libros. Luego, no debemos asombrarnos sino estar alertas para no claudicar en la fe, para que sepamos resguardar la fe católica, y poder ser fieles a nuestro Señor y a su santa Iglesia.

Pidamos a la Santísima Virgen que nos ayude a mantenernos firmes en la fe, tal cual Ella al pie de la Cruz. +

PADRE BASILIO MERAMO6 de octubre de 2002

domingo, 27 de septiembre de 2015

DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio cómo nuestro Señor hace el milagro del paralítico en presencia de todos y cómo los judíos siempre estaban protestando, al asecho, en oposición a nuestro Señor, mientras que el pueblo de algún modo le era favorable y le pedía sus favores y sus milagros.

Según algunos buenos predicadores y exegetas, con este milagro nuestro Señor manifiesta por primera vez implícitamente su divinidad, porque ¿quién sino sólo Dios puede perdonar los pecados? Y eso fue lo que hizo nuestro Señor habiéndoles dicho que era muy fácil decir, “levántate y anda” o decir “tus pecados te son perdonados”, pero lo difícil es hacerlo. Nuestro Señor demostró al curar al paralítico que podía decirlo y hacerlo. Por eso los judíos le impugnan de blasfemo, porque solamente Dios podía perdonar los pecados, y ellos ante lo que veían y oían, en vez de ser cautos y prudentes, acusándolo, hacían, hacen todo lo contrario. 

Podemos preguntarnos la razón por la cual nuestro Señor no afirma su divinidad de una manera explícita desde el primer instante de su vida pública, y en vez, hace esta revelación implícita, gradual, progresiva. Sencillamente debemos recordar que en el mundo pagano los dioses eran moneda corriente, las divinidades que bajo formas humanas se vengaban de los hombres o traficaban con los hombres. Nuestro Señor no podía de primer momento ser confundido con ninguno de esos dioses de la mitología y mucho menos cuando el pueblo judío luchaba encarniza-damente contra esos dioses paganos.

Nuestro Señor va revelándose poco a poco para ir preparando así las mentes y los corazones y no ser confundido con uno de esos dioses paganos del Olimpo que eran asiduamente combatidos. Esa es la razón por la cual nuestro Señor se va manifestando poco a poco, va mostrando su divinidad hasta que después, al fin, lo dice claramente, explícitamente, para que creyesen tanto los judíos como los paganos.

Y esa relación trascendental del pecado, como nuestro Señor al perdonarle los pecados al paralítico nos muestra, nos hace ver nuestra condición pecaminosa, condición que tiene toda criatura por el hecho de haber sido hijos de Adán. El pecado que es delante de Dios, el pecado contraviene el orden de las cosas, el orden que Dios ha establecido según su sabiduría; el mal moral no es malo porque Dios lo diga por un acto de su voluntad, sino que es malo porque no corresponde a la naturaleza de las cosas que están en consonancia con su sabiduría. Por eso el pecado es contra Dios, delante de Dios.

Conculcamos ese orden, aunque muchas veces, cuando se peca, no se piensa en eso, y aquí podríamos decir que ese grave error de una moral o de una concepción que ya Santo Tomás tildaba de herética, era atribuir a la voluntad de Dios y no a la sabiduría divina lo bueno y lo malo. Un gran filósofo como Occam –que es un desastre– decía: “Si Dios me manda a adorar una burra como si fuera Él, yo tendría que obedecer y agradaría a Dios”; decía él, el muy burro; imposible que Dios me mande adorar a una burra, es absurdo, pues el voluntarismo consistía en eso, en hacer depender toda la moral, el orden de las cosas, de la voluntad de Dios, porque Dios era libre y todo se sometía a su libertad y a su voluntad. Ya Santo Tomás había dicho que era una herejía y no sólo una impiedad atribuir estas cosas a la voluntad y no a la sabiduría de Dios que es el que le da peso y medida a todas las cosas, el que les da una naturaleza, y que el orden moral se basa en esa relación que hay entre la naturaleza de esa cosa y su fin.

Dios entonces prohíbe algo no porque dictamine que sea malo, sino porque es malo en ese orden de cosas conforme a la naturaleza, según su sabiduría. Y por eso todo pecado vulnera esa relación de las cosas entre sí y relacionadas con Dios, con la sabiduría de Dios, con el orden impuesto por Dios. El pecador es un disociador y esa es nuestra condición, lamentable, al ser pecadores. Cada vez que pecamos vulneramos el orden de la sabiduría divina impuesto a las cosas; de ahí el gran error del indiferentismo de quitar esa idea, esa noción del pecado, cuando se piensa que uno puede salvarse en cualquier religión, creer que todas las religiones son buenas y otro, afirmar que todas son malas.

Finalmente dicen que no hay pecado. Como hoy acontece, eso es una realidad, la gente hoy se besuquea en la calle, , como si fuera lo más normal del mundo, y así otros pecados que se cometen en la vida pública y ¡ay del que diga algo!, ¡ay del que recrimine!, porque se ha perdido la noción de pecado. “Yo hago lo que me da la gana”, en definitiva esa es mi voluntad, no la voluntad de Dios; lo cual es un error como lo acabamos de ver. Tenemos así la voluntad del hombre, entonces es bueno o malo de acuerdo con mi voluntad, o a mi parecer, y si tengo ganas de salir desnudo, así salgo, porque la gente sale hoy desnuda a la calle; no me digan que va vestida una mujer con el ombligo al aire o con medio seno afuera o como fuese, porque si eso es andar vestido... ¡Válgame Dios!

No es una exageración ni una consideración de un cura beatongo, porque yo no soy tal, ni me voy a escandalizar por ver una mujer desnuda; pero sí me doy cuenta de que eso no es acorde con la naturaleza decaída... que tenemos, porque no es normal que el hombre vea a una mujer en cueros y no tenga tentaciones; ; las cosas como son. Debe haber un poder social, una moral, y que eso hoy se conculque es la prueba de que no hay noción de pecado, que no existe, está abolido.

¿Y si no existe el pecado qué queda? No hay orden, no hay sabiduría, mejor dicho, se destruye todo el orden que Dios ha puesto en las cosas. De ahí la gran revolución que hay en la sociedad moderna con toda esta inmoralidad pública que vemos y que corresponde a ideas falsas y nociones falsas y que atentan contra la religión, contra Dios. De ahí la gravedad de todo esto, porque se vicia toda nuestra relación con Dios, que debe ser una relación ordenada y debida como Él lo ha querido según su divina sabiduría.

En definitiva, en este estado de las cosas se conculca, se ofende la sabiduría divina, el orden que Dios ha impuesto a todas las cosas y el hombre se convierte en un revolucionario; así nos demos o no cuenta, el hecho es objetivo. Con este milagro del paralítico, queda establecida esa relación de pecado afirmada por el evangelio y que nosotros no debemos olvidar hoy día viviendo en un mundo donde reina el indiferentismo.



Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a perseverar y aunque seamos pecadores no pequemos tanto o por lo menos no gravemente para que nuestra vida sea más de santidad que de pecado. +

P. BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2001

domingo, 20 de septiembre de 2015

DOMINGO DECIMOSEPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En primer lugar quiero saludar a todos los fieles, tanto a aquellos que me conocen como a los nuevos, y manifestarles la alegría de volverme a encontrar de paso por aquí, en Madrid.

Vemos en el evangelio de hoy cómo los fariseos van hacia nuestro Señor para tentarlo. Uno de ellos, que era doctor de la ley, teólogo podríamos decir nosotros, jurisconsulto, que no le pregunta para aprender, para instruirse, para disipar las tinieblas de la ignorancia en la cual todos nacemos, sino precisamente para tentarlo, no porque les interesase la verdad ni cuál era, sino para buscar una excusa y así tener con qué reprender a Jesús. Nuestro Señor le responde interpretando, como en el Antiguo Testamento, que el mandamiento más grande era el amor a Dios, y el del prójimo.

Esa es la importancia de la caridad, entendida como siempre nos ha enseñado la Iglesia católica, la de hacer el bien a los demás. Por eso dice que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, es decir, del mismo modo, que nosotros nos amamos, procurándonos el bien. Y el mayor bien es la salvación de nuestras almas; el amor al prójimo consiste en querer lo mejor de los demás, aun de los pequeños y la salvación de sus almas y eso por amor a Dios sobre todas las cosas.
Por tal razón, se da la santificación, por la caridad, el amor; de otra manera sería la perversión de la religión católica, la corrupción de todas las Sagradas Escrituras y de toda la Iglesia católica. Lamentablemente hoy se nos predica una falsa caridad y un falso amor. Y la prueba está en que los pecados más aberrantes se cometen en nombre del amor, del amor adulterado y mal entendido, o ¿qué se hace en la mayoría de las películas y de las novelas? En nombre del amor toda una juventud pervertida, manoseándose en las calles, como si eso fuese lo más natural y normal de este mundo.

Y en nombre del amor, peor todavía, se niega el infierno, diciendo ¿cómo será posible que exista si Dios es amor? Y en nombre del amor, Jacques Maritain, el gran filósofo francés, llegó a afirmar que el averno estaría vacío, ¿y qué es un averno vacío? Pues directamente, como si no existiera. Desocupado, decía él, porque incluso podría redimirse hasta a Satanás, y no en vano Maritain fue el padre de la libertad religiosa del Concilio Vaticano II. En nombre del amor, de la caridad, se nos predica otra religión y el ecumenismo que quiere mancomunar a todos los hombres sin dogmas que dividan. Y en nombre del amor, falsear el amor; el anticristo llegará a esta tierra para promover un paraíso terrenal bajo una falsa paz y un falso amor. Hay que estar prevenidos, mis estimados hermanos; nos toca estar vigilantes, porque en nombre del amor, de la caridad, hoy se va camino hacia la apostasía.

Si se niega al enemigo, se niega el combate y vemos cómo en el evangelio de hoy los fariseos, los judíos, a cada paso, las veinticuatro horas del día, acechan para combatir a nuestro Señor. Y en nombre de un falso amor se niega a los enemigos de la Iglesia, al judaísmo, a la masonería, que son los tentáculos y el instrumento de Satanás para destruir la Iglesia que sufre hoy su pasión como la sufrió nuestro Señor en manos de los hebreos. Y de ahí la necesidad de tener espíritu de combate, de vigilancia en esta tierra, porque es una lucha permanente, primero contra nosotros mismos, contra nuestras pasiones, nuestros apetitos y también contra todo aquello que no quiere aceptar que reine nuestro Señor.

Entonces, cómo se va a hablar de verdadero ecu-menismo cuando no se quiere aceptar al verdadero amor a Dios para que le reconozcamos como al Dios Único y Trino. El Dios de la religión católica y de la revelación no es el dios del judaísmo ni el de los musulmanes; ni tampoco es el dios de los budistas ni de cuanta religión hay por ahí, sino el Dios de la revelación católica, de la Iglesia católica, y ese es el gran vaciamiento que estamos viviendo hoy; por eso la gran crisis y la necesidad de recordar el combate, de combatir para defender nuestra religión. Por lo mismo, en defensa de la fe, monseñor Lefebvre fue quien hizo todo lo que hemos visto y continúa haciéndolo a través de la Fraternidad San Pío X por defender la fe; eso es lo que explica toda su actitud, ese es el principio, el motor, el deber que tiene cada católico de preservar su fe ante todos los enemigos de la Iglesia, tanto externos como internos, que se proponen destruir la santa madre Iglesia.

Ahora bien, sin fe se vacía también la caridad, porque ésta supone tanto la esperanza como la fe; pero una caridad sin fe, como la que predica el modernismo actual, el ecumenismo actual, es una falsa caridad. En consecuencia, es la falsificación de toda la doctrina, de toda la religión cuando se nos predica la caridad sin la fe. Y la fe es una adhesión de nuestra inteligencia a la verdad primera revelada que es Dios; es una relación con la verdad primera y ésta me dice: Dios Trino, que es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, cuya segunda persona se encarnó, murió en la Cruz y fundó la Iglesia con unos sacramentos, con una jerarquía, con un sacerdocio. Todo eso hace a la institución divina de la Iglesia que no se puede cambiar ni socavar como se está haciendo por vía de la autoridad, porque hoy la revolución ha llegado a destruir las organizaciones por la autodemolición, es decir, la autodestrucción, socavando la jerarquía en sí misma, de modo que vemos el padecimiento tan terrible y cruel que vivimos y la gran tentación de sucumbir a la presión.

La prueba de esa presión la tenemos con la reciente caída y traición, porque así hay que decirlo, de los padres de Campos, que se han dejado engatusar por el cardenal Castrillón, que me duele decir, es colombiano, mucho más sutil y sagaz que otros antecesores suyos. Si no tenemos cuidado también nosotros sucumbiremos, y no podemos aceptar entrar en el panteón de las religiones aunque nos den todos los derechos y privilegios como el de la santa Misa, porque será un altar más en el panteón. No lo olvidemos, no podemos creer como algunos han querido pensar, que Roma está cambiando. Sí, está cambiando, pero de táctica como la serpiente, que muda de piel pero sigue siendo la misma. Y es un misterio de iniquidad, porque Roma debiera ser la luz de la verdad, la cátedra de la infalibilidad, y ¿qué vemos hoy? Está convertida en tinieblas, en confusión, lo cual nos hace pensar en la profecía de La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del anticristo”. Eso nos dice la Santísima Virgen María.

No puede haber cosa más terrible y dolorosa para un católico, que ver que de allí, de donde debiera salir la luz de la verdad, pulula el error, el engaño, la mentira, la confusión, como de ese reencuentro de Asís renovado y aun el mismo Vaticano con todas las religiones, sin respetar la tumba del primer Papa, San Pedro, que allí se encuentra. ¿No basta eso para hacer abrir los ojos a los fieles que todavía se creen católicos, pero que no lo son? Porque la Iglesia católica no puede predicar el error, la confusión y las tinieblas, no digo ya la herejía, pero ni aun el error.

No puede haber una fe errónea como la que hoy vemos en la gran mayoría de los que se siguen diciendo católicos. Les han robado, vaciado su fe, y les proponen una nueva y falsa caridad, un falso amor a Dios. Por eso hoy es ineludible de nuestra parte mantenernos firmes en la fe, porque el demonio anda como un león rugiente a nuestro alrededor, para ver a quién va a devorar, como dice san Pedro en una de sus epístolas. No podemos olvidar, no debemos dormir y permitir que nos dé la anemia espiritual y perdamos la capacidad de combate, que no es más que la capacidad del martirio, ya que a eso estamos llamados cada uno de nosotros si Dios así lo requiere, ser testigos, es decir, mártires de Cristo, de la Iglesia de nuestro Señor; para eso tenemos el sacramento de la confirmación, que nos afianza en la fe como soldados de Cristo, no como mercenarios, ni como traidores.

Pero vaya si no hay un pecado contra ese santo sacramento de la confirmación en el cual se nos da la plenitud de la gracia del Espíritu Santo. Si hay un sacramento que podríamos decir del Espíritu Santo, es ese, en el cual se nos da la infusión plena de la gracia y el vigor para consolidarnos como soldados fuertes y aguerridos en la fe recibida en las fuentes bautismales. Eso precisamente falta hoy, hay una claudicación y un verdadero pecado contra el Espíritu Santo; no somos capaces de defender nuestra religión con el tesón que se nos exige sacramentalmente.

¿Dónde están los obispos, los cardenales y los sacerdotes católicos? Sobran los dedos de la mano, porque estábamos seguros de por lo menos cinco obispos católicos fieles: los cuatro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y monseñor Lisinio, sucesor de monseñor de Castro Mayer que acaba de claudicar, para tener en su lugar ahora al susodicho monseñor Rifán. Digo esto con toda firmeza, porque no es de hoy, desde hace dos años en el jubileo, la última vez que lo vi le increpé frente a la Escala Santa, para decirle, advirtiéndole que él no era fiel transmisor de lo que decía monseñor de Castro Mayer y que hacía pasar sus ideas (buenas o malas, en eso no me meto), como si lo fuesen. Ahora, dos años después, me da la razón la Historia, cuando claudican treinta sacerdotes que eran la gloria de monseñor de Castro Mayer. Transigen engañados, sin malicia, como cede una doncella de quince años en las manos de su seductor.

Igual que a ellos, se nos engaña en Asís; por eso es un deber que cada sacerdote advierta a los fieles, porque cada uno de nosotros tiene que dar cuenta ante Dios, por eso tenemos ese sacramento, no lo olvidemos, la confirmación. Para que si es necesario y si Dios así lo quiere, muramos y demos nuestra vida en buena hora, con el mejor acto de inmolación. Pero, ¿qué inmolación va a haber si no hay capacidad de combate, de sacrificio, de lucha y de entrega, de amor a la verdad? Se hace cualquier cosa en nombre de la verdad y así volvemos a lo mismo, a un falso amor y por eso tenemos una falsa Iglesia, una falsa religión que culminará en esa gran apostasía y de lo cual nos daremos cuenta demasiado tarde, cuando tengamos al anticristo sobre nuestras cabezas.

Entonces quedaría la Iglesia reducida a un pequeño rebaño que será excluido, maltratado, perseguido, pero que está y huye al desierto, allí donde el dragón querrá matarlo pero no podrá por la intervención de la mano de Dios.

Por lo mismo, no debemos olvidar que no es un combate contra el hombre sino contra los espíritus, contra los demonios, de allí también el cuidarnos del tiempo que nos desgasta, no escandalizarnos cuando vemos incluso a algún sacerdote de la Fraternidad ir por malos pasos porque se deja engañar o se cansa con el transcurso del tiempo. Debemos anclarnos no en el tiempo que pasa y que fluye sino en la eternidad de la verdad católica que está en la Tradición católica, apostólica, romana. Esto nos hace mucho más romanos que todos los cardenales que están en Roma vendiendo la Iglesia; duele decirlo pero hay que hablar y pedirle a la Santísima Virgen María que nos ayude a mantenernos de pie como Ella lo estaba frente a la Cruz y como, gracias a Ella, lo estuvo también San Juan mientras que los demás apóstoles cobardemente huían. La cobardía y el miedo.

Todo lo contrario, se necesitan soldados de Cristo, valientes, y si tenemos miedo como a veces es legítimo, no sucumbir ante él teniendo la esperanza puesta en Dios y sabiendo que nuestra Madre nos protegerá; por eso debemos acudir siempre a Ella, ser sus hijos fieles y asimismo así serlo de la Iglesia católica, apostólica y romana.

Pidámosle a Dios y a la Santísima Virgen, a través de su ayuda, esa gracia para no claudicar en la hora presente. +

P. BASILIO MERAMO
15 de septiembre de 2002