San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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viernes, 12 de diciembre de 2014

12 Diciembre Solemnidad de la fiesta de la Santísima Virgen María de Guadalupe, Reina de México Emperatriz de América

Et signum magnum paruit in caelo mulier amicta sole et luna sub  Apocalipsis 12:1

Non fecit taliter omni nationi"
El 25 de mayo de 1754, el Papa Benedicto XIV, confirmó el Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre la Nueva España, y promulgó una Bula que aprobó a la Virgen de Guadalupe como Patrona de México, concediéndole misa y oficio propios. Estas gracias que el Papa le concedió a la Virgen de Guadalupe se dieron gracias a este hecho: El Papa, después de contemplar extasiado una copia auténtica de la Guadalupana, pintada por Don Miguel Cabrera, fue llevada como regalo a Su Santidad por el padre Juan Francisco López. En esa ocasión luego de examinarla con atención, con lágrimas en los ojos pronunció una frase del salmo 147, 20 que se ha perennizado: “non fecit taliter omni nationi” NO HIZO COSA IGUAL CON OTRA NACIÓN.

REINA DE MÉXICO Y EMPERATRIZ DE AMERICA
ora pro nobis




RELATO DE LAS APARICIONES DE LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA
SEGUN EL NICAN MOPUA:
En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

PRIMERA APARICIÓN

Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.
Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: "Juanito, Juan Dieguito".

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.
Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?" Él respondió: "Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor".

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: "Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.
Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo".

Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: "Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo" Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito; y le respondió: "Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido".

Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

SEGUNDA APARICIÓN

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.
Al verla se postró delante de ella y le dijo: "Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo por cierto, me dijo: "Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido..."
Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.
Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía". Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.
Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.
Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”. Respondió Juan Diego: ”Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.
Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”.
Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver enseguida al prelado.
Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.
Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo.
Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

TERCERA APARICIÓN

Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.
Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.
Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

CUARTA APARICIÓN

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.
La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.
Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.
Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.
(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.
Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.
Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.
Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.
Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.
Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.
Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.
Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.
Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.
Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.
Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.
Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.
También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.
El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.
La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.
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jueves, 11 de diciembre de 2014

ET NE NOS INDÚCAS....

O Acotaciones a las homilías y escritos del R. P. Basilio Méramo.


     "AVE MARIA PURISSIMA"


     De los Evangelios de las 10 vírgenes las imprudentes sin duda alguna son aquellas que no mantienen la gracia,     de la mitad agraciada que es candidato a las bodas del Cordero, podría darse el caso que entren "sin el vestido" para la ocasión (verdadera caridad) y escuchar del Pater familias la terrible sentencia:  "AMIGO, ¿COMO HAS ENTRADO SIN EL VESTIDO DE BODAS?" (verdadera caridad) y esto específicamente porque el único que puede ver las intenciones es el CREADOR, luego sin el vestido de la verdadera caridad aunque a las bodas se hubiere colado alguna virgen con aparente gracia, solo quien todo lo sabe determinará si el vestido le permite mantenerse en el convite o será arrojado a las tinieblas eternas.

     No hay que soslayar en consecuencia que no solo tiene que ser virgen, sino virgen prudente y con vestido de caridad, nadie que no se hubiere negado a sí mismo, tomado su cruz y le hubiera seguido participará en las bodas del Cordero.


     ¿Como pues podría una doncella esperar fecundidad de quien se sabe, declara y nomina a sí mismo como impotente?

     Reverendo Padre Méramo, el solo nombre de Non Possumus debería bastar para saber que es mas sano predicarle a los peces, máxime cuando enarbola la bandera del anglicano oxfordiano y ahora cínicamente rosacruz hijo de Willy.    Toda esta facción usurpadora y devastadora del pequeño rebaño que no solo YA PERDIÓ SU VIRGINIDAD APOCALÍPTICA, sino que la HA HECHO PERDER AMUCHOS, los más tontos y débiles, que dicho sea de paso, como demostré con antelación, con nexos y apologías al "ODONTEOLOGO" de radio ceriandad no han logrado sino cuasi exterminar a las posibles vírgenes en la Fe y Esperanza pura, y ¿Usted espera que DIOS obre milagros devolviendo "la virginidad" a quienes dejaron de serlo?

     Le recuerdo que una sola mancha en el vestido de las bodas es suficiente para ser expulsado del convite, ¿Que más es menester mencionar acerca de los falsos aceites de las falsas vírgenes que inundan el orbe?.

     El precepto de no volver ni por la túnica, es para el real pequeño rebaño, no para presbíteros y falsos sacerdotes que fornican con el mundo y el anticristo;    Ni para presbíteros y falsos sacerdotes que aunque despotriquen en contra de Pedro romano, (el simple humano actual vinculado a la gloria del olivo en persecución extrema de San Malaquías), que empero, postulan heréticas posiciones como el ex teodontologo de la reja, con su falsa humildad y sus heréticas posturas, vestidos con falsos trajes de piedad (aunque le sirvan de difusión a su paternidad).

     No señor, ya casi empieza a parecer todo perdido, es casi inminente el retorno anunciado del Divino Cordero, y cada vez más pequeña la grey;   si bien es cierto que es obligación del verdadero cristiano anunciarlo y proclamarlo, no menos cierto es que la primera obligación para estas épocas es resistir guardando.

      Quien dejó de ser virgen, no recuperará la virginidad.

     SEA PARA GLORIA DE DIOS
     Alberto González.

Escrito del R.P. Basilio Méramo

¿QUÉ PENSAR DE “NON POSSUMUS”?
Antimilenarismo Judaizante o Ignorancia Supina.

Non Possumus se aferra a cualquier texto que encuentren para publicarlo sin
analizar su contenido, denotando que tiene grandes falencias exegéticas que han
sido refutadas.

El papel judáico que juegan, queda vislumbrado con estos textos del P. Castellani y
se hace prácticamente manifiesto al desplegar con furibunda tenacidad visceral su
fobia antiapocalíptico-milenarista y que tienen un gran trasfondo de supina
ignorancia. Pero como no hay peor sordo que el que no quiere oír ni ver, Non
Possumus confirma el nombre que caracteriza su miserable impotencia ante lo que
le supera, y todo en aras de una hipotética, ilusoria y falsa restauración que esperan
sin Parusía, tanto Mons. Williamson y compañía, quedando evidenciado su
judaizante proceder: “Pero ¿qué cosa más judaizante que esperar un gran triunfo
terreno de la Iglesia antes de la Segunda Venida de Cristo? (Etudes 1919, Sobre el
Apokalypsis, tomos 159 y 160). El actual socialismo comunista, por ejemplo, es
netamente milenista carnal (y ateo), es decir ‘judaizante’ ” (El Apokalypsis de San
Juan, ed. Paulinas, Buenos Aires 1963, p.87).

Incluso los que esperan un triunfo bajo un gran rey o emperador: “Desde aquí nos
separamos de Holzhauser, para quienes Sardes duraría ‘desde Carlos V y León X
hasta el Emperador Santo y el Papa Angélico’ que él esperaba vendría; por la
sencilla razón de que no vinieron; ni tenemos la menor esperanza de que vengan.
Esa leyenda medieval de que vendría un tiempo de ‘inimaginable’ esplendor y
triunfo de la Iglesia, por obra de un Gran Rey y un Pontífice comparable a un
Ángel, que inspiró numerosas profecías privadas, ni tiene fundamento
escriturístico ni de ninguna clase, es una ilusión poética. Parece ser fue inventada
den el siglo XV por el monje Petrus Galatinus en su libro ‘De arcanis Fidei
misteriis contra Iudeaeos’ ” (Ibídem, p. 56-57).

De otra parte sabemos por el P. Meinvielle, que Pedro Galatino, era uno de los
grandes cabalistas de su tiempo en la edad de oro de la cábala que penetró en el
cristianismo en Italia, como se puede ver: “Con Pico de la Mirándola y Reuchlín, a
quienes no es posible separar, la Cábala entra triunfalmente en la Cristiandad.
Pero con el De arte cabalística estamos ya en 1517, cuando Italia conoce la
extraordinaria generación de Galatino (1460-1540), Justiniano (1470-1536),
Jorge de Venecia (1460-1540), Pablo Ricci (+1541), card. G. P. De Viterbo (1465-
1532), para no citar sino a los más eminentes representantes de la Cábala
cristiana” (P. Julio Meinvielle, De la Cábala al Progresismo, ed. Calchaquí, Salta,
1970, p.219).

El siguiente texto del P, Castellani, nos sirve para redondear la idea: “Doctores de
la Fe se pretenden estos, y son tenidos de muchos por tales; incluso publican libros
con aprobaciones episcopales, en gran peligro de ser engañados andan los fieles.
Uno de ellos muy famoso del siglo XIX (y muchos dellos hoy día) enseñó que la
Iglesia antes del Juicio Universal tiene que llegar a un triunfo y prosperidad
completos, en que no quedará sobre el haz de la tierra un solo hombre por
convertir (‘un solo rebaño y un solo Pastor’) y sin más ni más se cumplirán todas
las exuberantes profecías viejotestamentarias. De acuerdo a algunas profecías
privadas, se imaginan al Papa (al ‘Pastor Angélico’ que debería haber sido Pío
XII) reinando sobre todo el mundo apoyado en un Monarca Católico vencedor
(que los franceses dicen será francés ¡Enrique V! o ¡Luis Carlos I! pues hasta el
nombre le saben; los alemanes que será alemán, etc.) el cual sin embargo,
mandará menos que el Papa, pues el Papa mandará en todo el mundo y así en las
Santas Pascuas y grandes fiestas ¡hasta la resurrección de la carne! Y después a
mayores fiestas… Es el mismo sueño carnal de los judíos que los hizo engañarse
respecto a Cristo. Estos son milenaristas al revés. Niegan acérrimamente el
Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un
Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea
una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos ‘progresistas’
como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención
sobrenatural de Dios en la Historia; y en el fondo, la misma inspiración divina de
la Sagrada Escritura” (Ibídem, p. 366-367).

Ante todo esto el remedio nos lo da el Apocalipsis como hace ver el P. Castellani:
“El Apokalypsis es el único antídoto actual contra esos ‘pseudoprofetas’ ” (Ibídem,
p.367).

Así a Mons. Williamson y a Non Possumus les está pasando lo mismo que a los
progresistas, tal como se puede verificar por lo dicho aquí: “Hoy día muchísimos
católicos, incluso escritores, incluso predicadores, incluso sabios como Berdaieff o
Dawson, sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a
nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. En eso soñó León Bloy y Veuillot y
Hello y toda la escuela de apologistas románticos franceses comenzando por
Chateaubriand y Lammenais. En eso sueña Papini. ¿Y es otra cosa que eso el
fondo del llamado mensaje del gran orador Milanesi? ¿Y es eso otra cosa que un
milenarismo anticipado, tan imaginario y mucho menos fundado que el mío? …
Yo por lo menos no sueño en el vacío” (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed.
Dictio, Bs. As. 1978, p.387).

“No quedamos en las mismas –dijo don Benya– porque quedamos en una o en
otra condicionalmente; y tuvimos excluimos ese gran triunfo temporal de la
Iglesia antes de la Parusía, que me parece un peligroso ensueño contemporáneo…
– ¡Es un anzuelo del Anticristo! Exclamó el chileno. ¡Es él quien prometerá
realizar ese ensueño con las solas fuerzas del hombre ensoberbecido! ¡Él
prometerá la paz, la prosperidad, el nuevo Edén!, y se pondrá a edificar
sacrílegamente la nueva Babel” (Ibídem, p.398).

“Pero de un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la tierra antes de
la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales, y consistente en un
esplendor de la Iglesia también temporal…” (Ibídem, p.287).

Publica Non Possumus, el sábado 6 de Diciembre de 2014, en el artículo ¿Qué
Pensar del Milenarismo? Parte IV, un fragmento de Theologiae cursus completus,
tom. XI, Parisiis, 1838, p. 644-646, tomado ¡oh sorpresa!, del sitio sedevacantista
Amor de la Verdad (Moimunanblog) cuyo director es Antonio Moiño Munitiz; blog
éste caracterizado por un dogmatismo visceral (los extremos se unen por lo visto,
aunque espero que no caigan en esa distorsión del verdadero sedevacantismo que
es una conclusión teológica evidente quoad sapientes y que ha sido eclipsado por la
dialéctica estulta entre sedevacantismo y antisedevacantismo ultra-dogmáticosviscerales).

En dicho artículo se pretende aplastar el milenarismo al decir: “Las sentencias
sobre el reino milenario de Cristo con sus santos ni siempre, ni en cualquier lugar,
ni por todos ha sido dada en la tradición en los primeros tres siglos de la Iglesia”,
lo cual es un error que contradice la historia, pues en la Iglesia primitiva esa era la
exégesis común de los tres primeros siglos de la Iglesia como muestra el P. Alcañiz
con su, tesis doctoral que fue traducida por el P. Castellani y enmarcada con sus
comentarios bajo el título La Iglesia Patrística y la Parusía, diciéndolo así el P.
Castellani en el prefacio: “El joven castellano recorrió los escritos de los Santos
Padres y Doctores de los cinco primeros siglos y encontró … lo que encontrarán
ustedes: todos los santos Padres primitivos son milenistas; con las
pequeñas especificaciones de exactitud que hallarán ustedes en la tabla sinóptica
del fin del librito” (ed. Paulinas, Bs. As. 1962, p.9).
“El milenismo espiritual por el contrario no ha sido condenado, ni jamás lo será:
la Iglesia no va a serruchar la rama donde está sentada; es decir, la Tradición”
(Ibídem, p.350).

“El milenarismo real no enseña otra cosa sino que Apokalypsis XX y I Corintios
15, pueden ser interpretados literalmente sin quiebra de la fe ni inconveniente
alguno; que así lo entendieron los Padres apostólicos…” (Los Papeles de Benjamín
Benavides, p.418).

“El milenarismo ingenuo, aún no teológico, fue la opinión de la primitiva Iglesia,
como se puede colegir de sus expositores primeros, ‘de grandes varones de Iglesia
y numerosos mártires’, para usar la fórmula de su mismo encarnizado adversario
San Jerónimo” (Ibídem, p.413).

“En el siglo primero todos los testimonios que se refieren a los últimos días hablan
milenísticamente: en este tiempo no aparece ningún antimilenismo” (La Iglesia
Patrística y la Parusía, p. 303).

“Siglo segundo. Más rico en testimonios acerca de la Parusía que el primero. En el
surge a escena el Apokalipsi y suministra nuevos elementos al milenio mismo”
(Ibídem, p.304).

“Así entendieron ese capítulo casi todos los padres de los cuatro primeros siglos,
desde el primer siglo en que todavía vivían los Apóstoles. Creían tranquilamente
que iba a haber un Reino de Mil Años; y que la Iglesia va a ser en él sumamente
próspera y va a ser regida de hecho por Jesucristo, después de la Parusía, o sea
después de que Jesucristo haya bajado a vencer el Anticristo” (P. Castellani,
Catecismo para Adultos, ed. Patria Grande, Bs. As. 1979, p.176).

Más adelante el P, Castellani refiriéndose al Padre Florentino Alcañiz dice: “Hizo
su tesis en Roma de Doctor en Escritura Sacra sobre ‘La Iglesia Patrística y la
Parusía’, a la cual ya me referí, y la traduje al castellano porque él me pidió que lo
hiciera y me regaló su libro, lo modifiqué un poco, lo amplié y está impreso. Ahí él
hizo un trabajo minuciosísimo sobre todos los Padres de los primeros siglos de la
Iglesia, hasta el siglo V y resulta que en el siglo I, todos sin excepción, eran
milenistas y después en el siglo II, III, IV, V, fueron disminuyendo, sobre todo
después de la exégesis de San Agustín muchos abandonaron la idea milenista y se
hicieron alegoristas. Al final hace un esquema donde pone a los Santos Padres por
orden, por siglos y por fechas, donde uno ve que la tradición de la Iglesia entonces
era el milenismo espiritual que dicen ahora. Por eso digo yo que jamás va a
condenar la Iglesia el milenismo espiritual, porque eso sería cortar la rama donde
está sentada; porque ella está sentada sobre la Tradición” (Ibídem, p. 180-181).
“Pero hoy día hay una especia de conjura que impide la exégesis antigua y vuelve
de hecho obligatoria la alegórica de San Agustín por medio de castigos o
amenazas” (Ibídem, p. 179-180).

“Pero el Milenarismo y antimilenarismo representan en la realidad histórica
hodierna dos espíritus, dos modos de leer la Escritura y de ver en consecuencia la
Iglesia y el mundo, De ahí la lucha” (Los Papeles. p. 412).

Y así, poniendo el dedo en la llaga, el P, Castellani expresa: “! Dios mío! En suma:
es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo
teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días; que tiene
como raíz el no pensar en la Parusía ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin
negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad
hacia el foco del ‘progresismo mennesiano* ’ ” (Ibídem p.312).

P. Basilio Méramo

Bogotá, 1o de diciembre de 2014

lunes, 8 de diciembre de 2014

FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En esta fecha la Iglesia se regocija de tener el dogma de la Inmaculada Concepción definido solemnemente por S.S. Pío IX en 1854 y con el cual proponía como verdad de fe revelada por Dios en el depósito divino: que la Santísima Virgen es la única criatura que tiene la exclusividad y el privilegio de ser concebida sin pecado original desde el primer instante de su concepción.

Sabemos que todos irremisiblemente nacemos con el pecado original, pecado de la naturaleza que se transmite de generación en generación; de ahí el significado del bautismo en el Antiguo Testamento; con la circuncisión, todo hijo de Adán nace con este pecado y he allí el gran misterio: que nuestra Señora, como hija de Adán, fue concebida sin pecado original por una intervención de Dios, por un decreto de Dios. Derivándose en consecuencia el conflicto que teológicamente fue objeto de disputas en la Edad Media, que hicieron malparar al mismo Santo Tomás de Aquino; incluso hoy en día aún se ignora al decir que Santo Tomás negó en un momento de su vida la Inmaculada Concepción. Es tal la equivocación que ni siquiera los sabios judíos ignoraban eso; ellos reconocían esa verdad tanto que fue de allí de donde la tomó Duns Scoto por vía judaica.

¿Cómo iba Santo Tomás, mucho más sabio que los judíos, a negar o desconocer esto? Pero el problema teológico consistía en cómo sostener no solamente el privilegio exclusivo de la Inmaculada Concepción, ante todo otro privilegio de otros santos; sino principal y fundamentalmente el cómo ( la vía o el camino) que fue lo que advirtió Santo Tomás.

Los que nacieron sin pecado como San Jeremías, San Juan Bautista (podemos presumirlo también con todo el rigor teológico, aunque de ello no digan nada las Sagradas Escrituras), San José, fueron santificados en el seno materno y nacieron sin pecado original; no obstante no fueron concebidos sin pecado original desde el momento en que Dios infundía el alma , como pasó en el caso de nuestra Señora. El problema grave era que había que salvar la Redención Universal de nuestro Señor Jesucristo, pues mientras que a nosotros nos liberó con una redención liberativa, a la Virgen María se le redimió por una redención especial, preservativa, la protegió por los méritos de su Pasión y su muerte. 

Era lo que Santo Tomás también quería salvar para que no quedara en la oscuridad, al proclamar ese dogma, que era por los méritos de la Cruz. Es decir, que nuestra Señora fue redimida del pecado no como nosotros, sino preservada de él por los méritos de la Redención de nuestro Señor en la Cruz. Era lo que otros teólogos no querían admitir; los judíos con sus cábalas fantasiosas, pensaban que Dios había apartado una porción de carne de Adán o de su semen sin pecado, para que después de allí se engendrara a la Virgen María, y cosas parecidas, por supuesto absurdas, y lo que decía Duns Scoto (bastante ponderado, lo cual no sería malo si no fuera para aplastar a Santo Tomás y dejarlo malparado, como hacen algunos), era insuficiente, pues afirmaba que por ser la Madre de Dios ya tenía ese privilegio y que eso bastaba.

Por ser Madre de Dios Ella fue preservada, porque todas las gracias de nuestra Señora le vienen por su maternidad divina, por el privilegio de ser la Madre de Dios, por estar íntimamente asociada a la hipóstasis del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Sin embargo, no basta, aún no explica el cómo, y era lo que Santo Tomás quería resaltar, porque si decía como Duns Scoto que por ser la Madre ya eso bastaba, entonces quedaba en la oscuridad ese otro dogma de la Redención Universal de nuestro Señor para todo hijo de Adán, y nuestra Señora era hija de Adán. Por una intervención divina esa transmisión del pecado se detuvo en el proceso de su generación.

Nosotros los humanos procedemos de nuestros padres por vía de generación y por ella se transmite a la carne el pecado de nuestros padres, y en el momento de infundir el alma en esa carne queda manchada. Pues bien, eso era lo que decía Santo Tomás: que esa carne, que esa generación que venía manchada por vía generativa no tuvo lugar por una intervención de Dios que paró, que previno, para que en el momento de infundir el alma que es cuando se constituye la persona, no se manchara esa alma por esa carne que venía sucia de pecado y así entonces no contrajera como todos nosotros el pecado original.

Claro está, en esta explicación de Santo Tomás existe una cuestión filosófica que hay que conocer y es la animación retardada, es decir: que Dios no infunde el alma en el mismo instante en que los padres generan o procrean al hijo, sino que hay una generación producto de sucesivos cambios, hasta que se da esa organización biológica adecuada para que el organismo pueda recibir su forma, que es el alma. De allí viene justamente el nombre de organismo, quiere decir, una materia organizada.

El alma del hombre no se infunde a una piedra, a un poco de agua o pedazo de pan, sino en una materia organizada, y se produce por vía de generación. Por eso Santo Tomás hablaba de la generación retardada, que hoy se ignora; también se estima que Dios infunde el alma en el mismo momento en que podríamos decir que se unen las células femeninas y masculinas cuando todavía no hay esa organización. La prueba biológica de que eso no es así, es la de los mellizos monocigóticos, en los que hay una sola célula masculina y una sola  célula femenina que se unen y que debiera ser un solo ser y producen dos; sería un absurdo que en una sola porción de materia hubiera dos formas, dos almas, dos seres, lo que me indica que debe haber un tiempo de gestación, de maduración, de generación, de preparación, para que después se divida y allí en cada porción haya un alma perteneciente a cada uno de esos mellizos. Esa es una prueba biológica a posteriori, pero que a veces no se tiene en cuenta y eso le daría razón a Santo Tomás de Aquino cuando hablaba de la animación  retardada.

El único que no tuvo esa animación retardada, por obra de un milagro, fue nuestro Señor en su Encarnación. Por eso Santo Tomás así lo dice. Pero también en la Encarnación sabemos que no hubo esa relación de hombre y mujer que hay en todo ser humano, sino que Dios tomó del seno virginal de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo una porción de su carne e infundió allí, no solamente el alma de nuestro Señor, sino toda la Encarnación del Verbo.

Queda entonces muy clara la explicación de Santo Tomás, que lejos de ser errónea, es la que mejor explica y, de hecho, es la única que expone teológicamente sin eclipsar ningún otro dogma como el de la Redención Universal. Es quien mejor describe la Inmaculada Concepción y cómo, de hecho, en ella se basó o queda consignada en la bula Inefabilis Deus con la cual Pío IX la proclamó, haciéndola pasar por la Cruz, no como toca a nosotros por liberación, sino por una prevención, una preservación del pecado. Y así Ella es toda pulcra, sin mancha de pecado original y sin mancha de ningún pecado actual, sea mortal, sea venial, por insignificante que sea.

Eso nos da una idea de la pureza de nuestra Señora; nunca jamás cometió el menor pecado venial, ni deliberada o indeliberadamente como nosotros que cometemos a diario tantos pecados veniales, ya sean voluntarios o no, pero los cometemos. Por eso dice en las Escrituras que hasta el justo peca siete veces al día; pues nuestra Señora jamás tuvo ni la menor sombra, y todo por ser Ella la privilegiada, Madre de Dios, desde toda eternidad concebida para Madre de Dios, pero pasando por la Cruz; es decir, por los méritos de Cristo fue preservada por ser la Madre de Dios.

También la epístola de esta fiesta y todas las fiestas de nuestra Señora que hablan de Ella, dicen que ya estaba concebida antes de que las cosas fueran, que Ella ya estaba en Dios. Pero ¿cómo? ¿Acaso Ella no nació de Santa Ana y de San Joaquín? ¿Cómo es que iba a estar antes de todo lo creado, que iba a juguetear en los pensamientos de Dios, si todavía no había sido creado el Universo ni los hombres? Pues bien,


Ella ya estaba concebida en ese decreto divino (en la mente de Dios), en el mismo decreto de la Encarnación del Verbo Divino estaba acordada la Maternidad divina de la Santísima Virgen; Ella ya estaba concebida en el pensamiento de Dios, en los designios de Dios antes de crear todo el Universo. Y es más, Ella participaba como artífice, pues artífice también era el Primogénito, y así nuestro Señor es el paradigma de toda la creación, resume toda la creación y todo fue creado por Él y para Él.

Estas cosas a veces quedan ocultas, no quedan suficientemente expresadas y forman parte de los misterios de Dios, por eso es el primogénito de la creación en ese sentido; Él era la causa ejemplar. Dios Padre, cuando creaba concibió el Universo y el mundo teniendo la imagen de su Hijo que se iba a encarnar y teniendo presente a nuestra Señora. Eso nos da una idea de la grandeza de nuestro Señor y de nuestra Señora que están tan íntimamente ligados y por lo cual Ella tiene la plenitud de la gracia, mucho mayor que la de todos los santos juntos en el cielo, y es a su vez nuestro más seguro refugio.

Ella es nuestra abogada, debemos recurrir siempre a Ella, no porque la endiosemos como piensan tontamente los protestantes no divinizamos a la Santísima Virgen María porque no es Dios, pero es la criatura más excelsa, más íntimamente unida a Dios, tan unida a Él que está en relación Hipostática , en relación personal con el Hijo que Ella dio a luz, que es el Verbo de Dios Encarnado. ¡Qué misterio! Es la razón de que nosotros también podemos llamarla Madre, al ser Madre de nuestro Señor y nosotros al asociarnos a nuestro Señor en la Iglesia, nos apropiamos de algún modo esa maternidad de nuestra Señora; por eso Ella es Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Así podemos recurrir a Ella como nuestra Santa Madre de los cielos para que nos ayude y nos salvemos.

Que Ella, la Inmaculada, nos ayude a salvar nuestras almas, a llevar una vida menos manchada de pecado, menos inmoral y corrompida, y ser dignos hijos de María y vivir en esa santidad a la cual la Iglesia y Dios invitan. +

PADRE BASILIO MERAMO
8 de diciembre de 2001

domingo, 7 de diciembre de 2014

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:


La liturgia de este domingo quiere prepararnos como siempre para la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. Es una especie de Cuaresma, como bien se explica en los misales de Dom Gaspar Lefebvre, gran liturgista. Y la Iglesia nos presenta en este tiempo de Adviento a San Juan Bautista, ese gran profeta que señaló el advenimiento de nuestro Señor en persona: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, “Yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”, señalando el Bautista con el dedo al Mesías anunciado, los tiempos de salvación, este Mesías que haría milagros evangelizando a los pobres, resucitando a los muertos, haciendo ver a los ciegos, caminar a los cojos; que por eso nuestro Señor les dice a los discípulos para que le dijeran eso a San Juan, para que ellos se dieran cuenta de que el Mesías estaba allí, que Él era el anunciado.


Pero surge un inconveniente, porque el Evangelio nos dice que San Juan Bautista, estando en la cárcel próximo ya al martirio (por recriminar y no aceptar el contubernio a Herodes con la esposa de su hermano), mandó a preguntar quién es Él. ¿Cómo, pues, va a mandar él a sus discípulos a preguntar quién es, si él sabía muy bien quién era? Y tanto lo sabía que desde el vientre de su madre, a los seis meses, fue santificado, es decir, quitado el pecado original, y que por eso saltó de gozo. ¿Cómo es que ahora va a mandar a sus discípulos a que le pregunten quién es? Pues sencillamente para que ellos supieran quién era Él, pues San Juan lo sabía muy bien, para que sus discípulos ya se destetasen de él y siguieran a nuestro Señor, puesto que San Juan gozaba de gran autoridad.


Tanto así, que nuestro Señor le pidió que lo bautizara, a lo que San Juan responde que quién era él para bautizarlo, que Él no tiene necesidad. Y nuestro Señor le dice con el gesto: “Calla y haz lo que te digo”, para mostrar la autoridad religiosa de la tradición, que aunque nuestro Señor no lo necesitaba, pero sí para que el pueblo viera, los discípulos y la gente supieran que nuestro Señor no era un advenedizo y que había una continuidad religiosa.


Así, entonces, San Juan, sabiendo próxima su muerte, quería que por fin sus discípulos dejaran de ser los suyos para que siguiesen al Señor y la mejor manera era mandándolos a que preguntasen y entonces entendieran por la respuesta; más que para San Juan, era para los discípulos. Y nuestro Señor comienza después a elogiar a San Juan: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña mecida por el viento? ¿Un hombre que viste fina y delicadamente?”. Todo lo contrario, un hombre que vive en el desierto, que viste sencillamente, que come poco, un hombre que se sacrifica, no un burgués que está en un palacio cómodamente, sino alguien que como buen profeta lleva una vida de sacrificio y penitencia, tan elevado que ha sido puesto como un ángel delante de nuestro Señor para que vaya señalando el camino. Esa es la grandeza de San Juan el Bautista como profeta del Nuevo Testamento, que señala al Señor en su primera venida, mientras que San Juan Evangelista, como profeta del Nuevo Testamento, señala la segunda venida de nuestro Señor en gloria y majestad. Dos Juanes que señalan los dos eventos de nuestro Señor, el de su primera y el de su segunda venida.


Y al decir nuestro Señor que “no hubo hombre más grande que él”, se refiere a los hombres del Antiguo Testamento, pues a continuación dice: “Y el más pequeño en el reino de los cielos es mayor”, con lo cual nuestro Señor balancea esa grandeza de San Juan Bautista, es decir, que lo pone como el santo más grande del Antiguo Testamento, nada más. De allí han salido muchas discusiones, una de eññas es si San Juan Bautista era el santo más grande de todos. Como dice el padre Castellani, es inútil discutir sobre ello, pero sí queda muy difícil dejar eclipsar la imagen de San José como santo del Nuevo Testamento.


Podemos resumir así: San Juan Bautista como hombre es el más grande santo del Antiguo Testamento, mientras que como profeta se inserta en el Nuevo Testamento tocando con el dedo a nuestro Señor en su primera venida. Luego sigue siendo como profeta del Antiguo Testamento Moisés, mientras que San Juan Evangelista es el profeta más grande del Nuevo Testamento al señalar la segunda venida de nuestro Señor o Parusía. San José sería el santo más grande del Nuevo Testamento por su virtud y pureza. Por eso la Iglesia nos presenta a San Juan Bautista como ejemplo de santidad, de abnegación, de sacrificio, de firmeza, para que nos preparemos en esta pequeña Cuaresma a festejar santamente la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.
Por otra parte, en la epístola San Pablo nos exhorta a recibirnos los unos a los otros con caridad, sabiéndonos soportar, perdonándonos, aceptando los defectos del prójimo para que no caigamos en lo mismo o quizás en un defecto peor; que tengamos esa armonía tratando de ser mejores, corrigiéndonos, no pensando que somos así y que así seguiremos. Es un grave error pensar que Dios nos ha hecho como somos, pues traemos el lastre del pecado original, toda la maldad, la miseria, los defectos que nos quedan después del bautismo, que Dios deja para con su gracia adquirir la virtud combatiendo esas miserias; esa es la obra de santidad que cada uno tiene que realizar a lo largo de toda la vida: lograr la virtud y la verdadera santidad.


Debemos leer las Escrituras, que son objeto de consolación y de esperanza, para que no vivamos distraídos con tanto periódico y televisión, que no hacen más que fomentar lo impúdico, pues la inmoralidad no es normal, como ver novelas en las que se estén besando; dos esposos que se besen en la vía pública pecan aunque sean esposos, porque hay cosas que son lícitas pero en privado (nadie hace una necesidad en la vía pública a menos que esté loco), y porque lo veamos en la televisión y en la calle, ya lo aceptemos como costumbre y pensemos que no pecamos.
En pecado no podríamos comulgar; y si creemos que sí podemos hacerlo es porque hemos perdido la sensibilidad frente a lo malo, a lo impúdico, indecente, pecaminoso, por el bombardeo permanente que nos cambia el pensamiento de cristiano a pagano.


Nuestro entretenimiento no debe ser pecaminoso, lujurioso; si se ven durante horas esas cosas, cómo van a decir que no hay complacencia y por placer se peca aunque no se lo quiera. Y eso que no me refiero a las atrocidades que salen en televisión y en los medios de comunicación, que dan vergüenza, ofenden la moral y la inocencia de los niños. Porque, ¿cómo los vamos a educar? Por cierto hoy que ya no se educa a los niños en la virtud, sino en el capricho, que haga lo que quiera: --le compro esto para que esté entretenido, contento--. Debe ser todo lo contrario, hay que enderezar al niño como a un animalito, al principio domesticarlo, que aprenda a no alimentar el su egoísmo, su voluntad, su capricho.


Qué virtud se le puede enseñar si es un caprichoso que se cree un Napoleón, que todo se somete a su voluntad y a su imperio y si no, llora, les hacen una caricia y lloran y el papá se ofende; es un niño que no está de acuerdo con el medio ambiente y la culpa es de los padres y el niño, pobrecito; porque estamos muy lejos de la virtud; totalmente sumergidos en un mundo adverso y contrario a Dios y a la Iglesia. Por eso los consejos de San Pablo, la lectura de la Sagradas Escrituras, objeto de consolación y de esperanza, para que el Dios de la esperanza nos proteja y así poder vivir cristianamente en un medio que cada vez es más anticatólico y demoníaco.
A propósito de demoníaco, hoy, para ser un buen literato hay que ser brujo, como la tonta que hizo los libros de “Harry Potter”, vendidos por millones. Así, que si me convierto en bruja como ella, iniciada en los misterios de la magia y de cuanta cosa hubo en el paganismo y en la gnosis, soy la persona más rica de Inglaterra y que gana más premios y vendo más libros, literatura que los niños devoran porque hay un encantamiento, una sugestión del demonio. No creamos que hay cosas que porque atraen son buenas; el demonio tiene también su seducción; así que si un libro de cuatrocientas páginas no le aburre y sí le aburre leer una página de cualquier texto más o menos decente y no nos damos cuenta, es una prueba de lo demoníaco hecho obra de literatura, de alabanza y de riqueza.


Tengamos en cuenta esto para no caer y saber explicarles a los niños y a los no tan niños, porque también los jóvenes y los adultos caen. Lo peor es que los niños quedan iniciados en la magia, en la brujería, en el misterio de lo satánico. Esta mujer quién sabe qué pacto ha hecho con el demonio para que le dé toda esa ciencia del mal o es que es boba y deja inspirar su pluma directamente por el demonio, lo que también puede ser. Pues bien, en vez de tener ese tipo de lectura literatura, tengamos cosas buenas, santas y empecemos por la Sagrada Biblia, la palabra de Dios que consuela y da esperanza.


Pidamos a nuestra Señora para que Ella nos asista, nos ayude a perseverar en el bien y la verdad y lograr así la santidad. +


PADRE BASILIO MERAMO.
9 de diciembre de 2001

sábado, 6 de diciembre de 2014

Escrito del R.P. Basilio Méramo:




ADVERTENCIA PARA “NON POSSUMUS”

La ignorancia es atrevida e infinito el número de los estultos, esto último dicen las Sagradas Escrituras.

Ya está bueno que Non Possumus con tanta ignorancia antiapocalíptico-milenarista y antisedevacantista impugne la verdad, destilando su acerba posición al respecto, aunque estos son los frutos de los desvaríos de Mons. Williamson, reforzados por algunos sacerdotes que quizás bien intencionados, pero muy briosos y de cortas luces, como el P. René Trincado (que parece hacerle honor a su apellido por lo intrincado que es, al menos con este tema) y que no da la cara amparándose bajo la directora del Blog, Ana Teresa De Valle.
Si el coordinador de la llamada Resistencia, el P. Faure, no interviene y deja fluir el veneno antiapocalíptico-milenarista y antisedevacantista, es responsable y se hace cómplice, y esto permite que se vuelva a replantear la pregunta, ¿a quién sirven?, pues todo esto no hace sino desintegrar poco a poco, lo que de verdadera resistencia tradicional queda, cual pequeño rebaño esparcido por el mundo y viéndose favorecidos así los intereses judeomasónicos y rosacruces de los Illuminati.
“Guerra avisada, no mata soldado”.

Para los interesados sobre estos temas, he aquí algunos de los escritos:



P. Basilio Méramo
Bogotá, 4 de Diciembre de 2014





domingo, 30 de noviembre de 2014

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con este primer domingo de Adviento se inicia el año litúrgico alrededor del ciclo de Navidad. Es la preparación, una especie de Cuaresma para la Natividad de nuestro Señor; corresponde al color morado de penitencia y de oración que caracteriza este tiempo, para prepararnos a festejar la Navidad. Puede asombrarnos que comience el año litúrgico con el evangelio que hace alusión al fin de los tiempos, al Apocalipsis, a la segunda venida de nuestro Señor; no solamente que comience el año litúrgico con esta visión apocalíptica, sino que también termine cada año con la misma visión, con el texto paralelo de San Lucas que leemos hoy en San Mateo. Esto nos da una idea de hacia dónde debe dirigirse la mirada durante nuestra vida aquí en la tierra y no creer como sucede, que no hay que pensar en el Apocalipsis, porque esas son cosas que están más allá de nuestra comprensión, y debemos dejarlas de lado; mientras, la Iglesia nos incita a ello con este inicio del año litúrgico apocalíptico, e igual remata con la misma idea, con el mismo concepto, con la misma noción.

La Iglesia es una Iglesia esjatológica, apocalíptica. Digo esjatológica y no escatológica porque como explica el padre Castellani, escatológico sería lo pornográfico, lo inmundo, lo sucio y no lo último, como quiere decir esjatón. Hasta en eso el error paladinamente se ha filtrado y universalizado, pues no es de extrañar que en todo lo que forma parte de lo apocalíptico, del último libro del Nuevo Testamento y el único libro profético que es el Apocalipsis, haya tanto error, haya tanta confusión y haya tanto pánico, cuando es otra la realidad para el católico. En realidad es de esperanza, no de miedo, no de confusión.

Para los malditos, para los que no son hijos de Dios, para los que han rechazado a la Iglesia y a Dios nuestro Señor, sí serán días de calamidad y de miseria, pero para aquel que sufre persecución por ser fiel a nuestro Señor, esa es su esperanza: que venga nuestro Señor en gloria y majestad a liberarnos del maligno y que venga su reino. Como lo dice el Evangelio, cuando veamos estas cosas es porque el reino de Dios está cerca; el reino que pedimos en el Padrenuestro, que venga a nosotros su reino, es el objeto de nuestra redención y la de todo el universo sometido al pecado. Porque el mundo, tal como lo vemos hoy, no es como lo concibió Dios en su inicio; fue modificado profundamente por el pecado de los ángeles y el de Adán más todos los nuestros.

De ahí el gran mal, y todo lo malo que podamos ver y que escandaliza a tanta gente. ¿Cómo un Dios tan bueno permite el mal? Éste fue introducido por el pecado de apostasía de los ángeles, por la de Adán, por la nuestra, sin olvidar la gran apostasía y deicidio de los judíos.

Tenemos esa tara y de ahí todos los males, todas las enfermedades y aun la misma muerte. Pero Dios es tan poderoso que lo permite y a pesar de todo termina haciendo lo que Él quiere y hacia eso nos encaminamos. La historia de la Iglesia recorre una persecución permanente con épocas más o menos agudas, hasta la última de todas, que será la peor. Dios las permite para purificar a los que verdaderamente lo aman y la gran purificación final, la cual estamos viviendo ya, no hace más que recordarnos la pronta venida de nuestro Señor. Se evoca la imagen de la higuera y de todos los árboles que cuando ya comienzan a retoñar y a dar frutos es porque el verano está cerca.

Si reparamos en los acontecimientos dentro y fuera de la Iglesia, vemos cómo todas aquellas cosas no hacen más que acelerar la pronta venida de nuestro Señor que debemos tener siempre presente. Por eso la Iglesia la presenta en el primer domingo de Adviento, que nos prepara para la Navidad de nuestro Señor y complementa la primera con la segunda venida de Él, sin la cual la primera quedaría truncada; el plan primigenio de Dios quedaría truncado y eso no puede ser. Por tal razón, el evangelio de hoy habla de que está próximo el reino de Dios. Y no es que haya contradicción cuando se dice que el reino ya está en esta tierra y que comienza con la gracia, con la Iglesia.

Evidentemente ese reino todavía no está en todo su esplendor como debiera ser, porque no es nuestro Señor el que reina sino el príncipe de este mundo que es Satanás. Pero el reino de Dios tendrá que venir, para que culmine en esa plenitud y todo quede sumiso a Él como Rey de la creación. Vendrá en gloria y majestad, no como en su primera venida en la humillación, en esa profunda humildad, sino ya como Rey y juez del Universo.

Ese debe ser el objeto de nuestra esperanza, como lo fue para la Iglesia primitiva y en eso consistía el resorte de su espiritualidad y de su santidad para no caer en el pecado, para no caer en un mundo rodeado de paganismo como el que nos toca vivir. Por eso Satanás es contrario a todo aquello que evoca la Parusía de nuestro Señor, cuando es la misma liturgia de la Iglesia la que nos coloca frente a este hecho, pero que desgraciadamente –hay que decirlo–, por error o por ignorancia, por dejadez del clero y de los teólogos, estas realidades no son puestas en evidencia sino que se dejan de lado; es otro el espíritu de la Iglesia y de la liturgia, como podemos ver en los dos evangelios, el del comienzo y el del final de cada año litúrgico.

Es más, podemos preguntarnos: ¿tiene algo que ver la Navidad con la Parusía? Sí, tiene mucho que ver, porque son dos venidas las de nuestro Señor. La primera venida, cuando se encarnó y nació, quedaría incompleta, trunca, sin la Parusía, sin la segunda venida en gloria y majestad. No se nos puede olvidar que nuestro Señor es Rey y que el pecado distorsionó el plan divino y no puede quedar así distorsionado por siempre. Luego, algún día, tarde o temprano, ese anhelo de la humanidad toda, una, reunida no en un falso Cristo, sino en el verdadero, esté formando un solo rebaño y bajo un solo pastor y Él será reconocido y aclamado como el Rey de todos, por todos y de todas las naciones. Sin esa segunda venida quedaría trunca, chueca, no solamente la historia, sino la misma realeza de nuestro Señor Jesucristo.

De allí que antiguamente se le pintaba como el gran Señor, el Pantocrator, el Omnipotente o el Cristo glorioso, cuando se tenían más vivas esas realidades postreras y últimas que están relatadas en el Apocalipsis y que no hacen más que anunciarnos la segunda venida de nuestro Señor, sin la cual la primera quedaría entonces maltrecha, sin coronación, sin perfección. Por eso la Iglesia en su sabiduría la asocia con el primer domingo de Adviento no un evangelio conforme a la primera venida, a la Natividad del Señor, sino a la segunda, a la Parusía, para que quede así el contraste patente.

Tengamos siempre presente esto y no caigamos en el error, en la confusión, en visiones parciales de las cuales surgen herejías como la del progresismo.

Progresismo que consiste en procurar esa gran unión de la humanidad, pero no en Cristo, sino en el hombre. Todo lo que Dios promete a través de Él, el diablo lo quiere prometer a través no de Cristo, sino del Anticristo y he ahí la explicación profunda de por qué ese rechazo a todo lo apocalíptico, esa ignorancia, esa falta de exegesis.

Aquellos sacerdotes venerables que han hablado, que han estudiado, han sido perseguidos cruelmente como lo fue el padre Castellani, acosado hasta volverlo casi loco, en Manresa, poniéndole inyecciones que se les aplican a los demente, cuando era el único doctor sacro en Teología que ha habido en toda América durante los quinientos años de su existencia. Fue acechado, incluso por un obispo que hoy es cardenal, Jorge Mejía, argentino, judío, uno de los principales enemigos del padre Castellani, eyectado de la Compañía. ¿Por qué? Porque había dedicado su vida a interpretar el Apocalipsis de acuerdo con los Padres de la Iglesia y no solamente él, sino también el padre Florentino Alcañiz que murió casi loco y perseguido por iguales motivos y así mismo otros padres, prácticamente todos jesuitas, pero perteneciendo a una Compañía donde ya no reinaba el espíritu de San Ignacio, sino el espíritu de Satanás.

Ese espíritu antiexegético, antiapocalíptico, es el que desgraciadamente impera en la teología anormal que podríamos decir está en boga, no de ahora sino desde hace unos cuantos siglos, porque el error viene de larga data, pero cada vez insinuándose más y por eso la alergia muchas veces, de hablar de estas cosas, cuando la Iglesia en su verdadero espíritu nos pone frente a ellas.

Y nos pone como objeto de nuestra esperanza, de nuestra redención, como dice el evangelio de este día, “levantad la mirada porque está cerca vuestra redención”. Son palabras que hay que sopesar, meditar, que están en las Escrituras, en los evangelios y que requieren una exégesis, una interpretación, una fuente, para no caer en un puro alegorismo, que no es más que hacer de los evangelios o del Apocalipsis un libro de mala fantasía, porque hasta a eso se ha llegado. Pregúntenle a un sacerdote por cualquier pasaje del Apocalipsis y van a ver qué es lo que contesta.

Lo peor es que en el fondo hay una gran ignorancia. La Iglesia no es ignorante, es sabia, por tanto, hay necesidad de predicar estas cosas y que los fieles las tengan presentes, porque es el espíritu católico, el de la Iglesia; más en estos tiempos cuando presenciamos esos inicios de gran confusión, de esa gran apostasía que presagia el pronto advenimiento de la segunda venida de nuestro Señor y que la Iglesia quiere que cada año lo asociemos a la primera, a la Navidad de nuestro Señor y que por eso le trae tanto al finalizar como al comenzar el año litúrgico, para que de la meditación de estas cosas saquemos provecho espiritual. Que vivamos de esa verdadera esperanza sabiendo que todos esos males, por terribles que sean, no hacen sino acercar ese gran bien que es nuestro Señor apareciendo glorioso y majestuoso, volviendo a la tierra como lo vieron los apóstoles y sus discípulos el día de la Ascensión.

Ese es el objeto de nuestra esperanza para que podamos también sobrellevar esta dura crisis, esta persecución que excluye a nuestro Señor de la Iglesia para entronizar al Anticristo dentro de Ella; ese es el mensaje de Fátima, que no se ha querido revelar, es el mensaje que dice La Salette explícitamente: “Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo, el clero estará en la depravación más atroz, cloacas de corrupción serán los monasterios, las casas religiosas”. Ese es el mensaje también del tercer secreto de Fátima, por eso nuestra Señora en todas las verdaderas apariciones hace recordar esto; en una de ellas, sin palabras, como en Siracusa, no hizo más que llorar durante cuatro días consecutivos, como una madre que ve que sus hijos se pierden y no puede hacer otra cosa más que llorar. Hay que ver si un hijo al ver llorar a su madre no se regenera (porque ya es lo último que puede hacer una madre por un mal hijo), al condolerse del llanto de una madre. Por eso nuestra Señora llora para ver si queda alguno de buen corazón en esta humanidad que viéndola en ese estado se convierta y así poder salvar sus almas.

No debemos olvidar, mis estimados hermanos, que esta asociación apocalíptica que hace la Iglesia es objeto de nuestra fe y de nuestra esperanza y así no caigamos en ese error de exegesis, de teología, de interpretación, que ha relegado el Apocalipsis a un cuento de fantasías sin realidad, que lo hacen inescrutable, que no tiene sentido, como desgraciadamente ha ocurrido dentro de la Iglesia.

Hoy vemos un falso culto, una falsa misa como la nueva; yo espero, mis estimados fieles, que todos los que vienen se convenzan de la necesidad de guardar la verdadera Misa, porque la nueva es falsa, no es la católica, apostólica y romana; es una adulteración, una corrupción muy sutilmente realizada. Pero esa es la realidad, la degradación del culto de la religión, porque Satanás no quiere las verdaderas Misas que le recuerdan su derrota, el día en que nuestro Señor murió en la Cruz.

Tengamos presentes todo esto cosas para que podamos prepararnos a la pronta Natividad de nuestro Señor y también recordar su segunda venida gloriosa y que sea ese el objeto de nuestra esperanza y así seamos más fieles a Dios nuestro Señor y a la santa Iglesia a través de la mediación de nuestra Señora, la Santísima Virgen María. +

PADRE BASILIO MERAMO
2 de diciembre de 2001