San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












Website counter Visitas desde 27/06/10



free counters



"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





Link para escuchar la radio aqui

miércoles, 17 de septiembre de 2014

RESPUESTA A UNA OBSESIÓN ANTISEDEVACANTISTA (R.P. Basilio Méramo)




(NOTA DEL EDITOR AL FINAL DE LA EPÍSTOLA)


     Sin darse por aludido, desde su atalaya invulnerable, Mons. Williamson prosigue
impertérrito, dale que dale con su tema, obsesivamente, identificando liberales y
sedevacantistas como las dos caras de una misma moneda; parece que no le entran
balas y no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no
quiere ver y podemos añadir de nuestra propia cosecha; ni peor eunuco que el que
a sí mismo se castra, como de paso le aconteció al famoso y desdichado Orígenes,
que convirtió las Sagradas Escrituras en un cúmulo de alegorías, pues claro, si
seguía interpretándolas en su sentido literal, pero que para él era el craso o crudo,
evidentemente hubiera terminado decapitándose.

Decimos que insiste y persiste Mons. Williamson sin darse por enterado, sin
distinguir, cuando habla del sedevacantismo quiere anular, suprimir, de un solo
plumazo, todo sedevacantismo y seguir reconociendo a Roma apóstata una
legitimidad que no tiene, a pesar y por encima de todo.

Muy lamentablemente Mons. Williamson obliga a que se le tenga que refutar, ante
su obsesión antisedevacantista, ya que no solamente comete el grave error de no
distinguir de qué sedevacantismo habla al equipararlo con el liberalismo como la
otra cara de la misma moneda, sino que menosprecia toda consideración teológica
sobre la sede vacante negando que pueda condensarse en una conclusión teológica
cierta y evidente, no quoad ómnibus (para todos) sino quoad sapientes (para los
entendidos). Como resultado final avala y respalda la autoridad de una pretendida
jerarquía que pontifica no sólo en el error, sino aun en el cisma (en ruptura con el
pasado y la tradición católica), en la herejía y la apostasía renegando del dogma de
la fe. En definitiva se legitima a la Roma Modernista y Apóstata por encima y a
pesar de todo el Misterio de Iniquidad y la abominación de la desolación en Lugar
Santo (la Iglesia) ya presentes.

Mons. Williamson es recurrente sobre el tema y sin embargo no se da (quizás jamás
se dé) por aludido, pues lo que al fin y al cabo le interesa, es respaldar la
legitimidad de una autoridad que pontifica no sólo en el error, sino aún en la
herejía, el cisma y hasta la misma apostasía.

Si bien se mira, la Consideración Teológica sobre la Sede Vacante, es la única que
puede darnos una respuesta teológica y doctrinal ante los hechos consumados que
hoy vemos, de una autoridad que conculca la fe.

Decir reiteradamente que liberales y sedevacantistas se identifican, es equiparar el
sedevacantismo que es una cuestión teológica, (que es posible al no ir contra la fe)
con el Liberalismo que es una magna herejía, como lo atesta entre otros Sarda y
Salvany.

Lo menos que podría hacer Mons. Williamson, es distinguir sapiencialmente
(puesto que es del sabio ordenar y para esto se requiere distinguir) entre un
sedevacantismo visceral, categórico, apodíctico, radical, dogmático y un
sedevacantismo teológico, conclusivo (pues se trata de una conclusión teológica y
por lo mismo, cierta y evidente quoad sapientes, sin que lo sea sin embargo quoad
2

ómnibus –para todos–, metiendo a todos en un mismo saco, para desacreditarlos
de un solo y mismo plumazo).

Mons. Williamson no es más, en el mejor de los casos, que una víctima del tabú y
de los prejuicios que sobre el tema, dialécticamente se han forjado, pues a la Roma
modernista y anticristo (como la denominaba Mons. Lefebvre afirmando además
que estaba en la apostasía) lo único que le interesa y teme perder, es la impunidad
que le da el poder obrar bajo el manto de una supuesta legitimidad. Por eso lo que
más le duele y le dolería, es que se le niegue o al menos se le ponga en duda la
legitimidad de su autoridad. Todo lo demás, lo puede más o menos tolerar.
Estamos ante un falso y dialéctico análisis con el cual se pretende anular toda
posición que impugne la legitimidad de las pretendidas autoridades romanas
actuales y quizás sobre todo, imposibilitar, quitándole todo valor a la posibilidad
de la Sede Vacante, es decir, negar su misma posibilidad y así poder legitimar a
ultranza, dicha autoridad. Por eso no distingue ni quiere distinguir, luego es claro,
que desde su falsa resistencia, sirve a los intereses de Roma apóstata y de la Nueva
Iglesia Conciliar. Aparentemente en contra y opuesto a Mons. Fellay por su
acuerdismo, pero llegando a lo mismo sin ningún acuerdo, ya que legitima por
derecho propio la autoridad de aquella.

Mons. Williamson gusta de señalar que se sobrevalora a la persona y se subvalora
la institución, y no se percata que la Iglesia, como institución divina, impugna por
su propia esencia la conducta de un Papa y de toda la jerarquía oficial que se desvía
de la fe; no se quiere dar cuenta que hay un incompatibilidad radical, esencial y
doctrinal entre la herejía y el Papado. Un Papa hereje y que siga siendo Papa, es
incompatible, puesto que la institución divina de la Iglesia eyecta de su seno al
miembro que se vuelve hereje. Si un Papa se desvía en la fe, pública y
notoriamente, es evidente que deja ipso facto de ser miembro de la Iglesia y por lo
mismo no puede ser su cabeza; esto es lo que decía San Roberto Belarmino,
haciéndose eco de toda la tradición de la Iglesia.

De otra parte, no hay una primacía doctrinal entre el magisterio universal solemne
(extraordinario) y el magisterio universal ordinario. Ambos son igualmente
infalibles y por lo mismo definen dogmas de fe tanto este como aquel (la diferencia
está en la formulación), puesto que tanto el uno como el otro tienen la misma
fuente: la Revelación (la oral que es la Tradición y la escrita, las Sagradas
Escrituras). Claro que todo esto no anula para nada esa gran verdad que Mons.
Williamson afirma, que la infalibilidad del Papa proviene de la Iglesia y no a la
inversa.
De otra parte, no es lo mismo hablar de disparates que de herejías, y que un Papa al
no hablar ex cathedra sea falible y por lo tanto nada impide el que diga disparates,
que poco importarían si fueran disparates de orden natural, como si dijera que un
círculo es cuadrado que un triángulo es bilátero o que dos más dos son cinco, pues
en nada esos disparates vulneran la fe, pero si son algo más que disparates, es
decir, que atingen a la fe, vulnerándola, entonces hay que llamar a las cosas por su
nombre; no se trata de meros disparates, se trata de herejías. Y no es compatible un
3
Papa que diga herejías, objetiva, pública y manifiestamente con la permanencia de
su pontificado.

Hay una contradicción entre la herejía y el Papa. Un Papa no puede ser hereje y
seguir siendo Papa. Eso es evidente bajo el prisma de la fe. Lo que no es de fe es la
conclusión a la que se llegue, o si se quiere, dicha conclusión es materialmente de
fe, pero no formalmente de fe, como lo es toda conclusión teológica cierta y
verdadera, hasta que la Iglesia así lo enseñe y defina.
Parece que Mons. Williamson no supera su recuerdo anglicano-protestante (que
impugna la Iglesia y el Papado) que no le deja libre para su nuevo amanecer ya
convertido al catolicismo; pareciera no poder superar la terrible pesadilla como si
le siguiera afectando. Y eso, parece que produce una parálisis neuronal que puede
esclerotizar el cerebro, pues hay que estar bastante desfasado para no poner al
menos en duda la legitimidad de una autoridad como la actual que raya en la
desfachatez. Cómo no se va a dar cuenta a quién beneficia con sus pretendidas
elucubraciones teológicas, y cómo paraliza cualquier juicio sobre la herejía de los
actuales jerarcas.

Su oposición a Mons. Fellay es accidental; ambos esperan ser convocados y
certificados por Roma, sin lo cual les parece que no serían católicos; ambos
reconocen la legitimidad de Roma apóstata y la única diferencia es que el uno
quiere un acuerdo (Mons. Fellay) y el otro no (Mons. Williamson), pero con o sin
acuerdo, están los dos reconociendo la autoridad aunque esta vaya en detrimento
de la fe y de la Iglesia.

Ambos no reconocen tampoco el carácter apocalíptico de esta crisis, que de
prolongarse y no ser abreviada, nos recuerda las palabras de Nuestro Señor con
ocasión de su segunda venida o Parusía preguntándose si encontraría si
encontraría aún fe cuando vuelva.


P. Basilio Méramo



Bogotá, Septiembre 17 de 2014


Nota del Editor:

   Pese a las reiteradas ocasiones en las que hemos intentado aclarar, que en estas ulteriores épocas, en las que No cabe una Sede Vacante,  en virtud de que ROMA PERDIÓ LA FE Y ES SEDE DEL ANTICRISTO,  Parece ser que los resabios dialécticos del mundo actual que ya acostumbró a las masas,  a  escoger entre un mal y otro en todos  y cada uno de los  menesteres cotidianos, también afecta incluso, a los mas ortodoxos,  sacerdotes que incluso, son doctos en teología, (esto sin menoscabo y sin mención específica de los doctorsetes  sacamuelas que pretenden pontificar con una embarrada en la materia, y que de una u otra forma arrastran con heréticas teorias incluso a quienes se pretenden conservadores cat´licos, por esa misma  estupidez voluntaria por pereza intelectual);  En este orden de ideas,  desde las etimologías  mismas  para el particular en el asunto de marras,  es  forzoso comenzar por entender el real significado de VACANTE, que implica,  desocupada y disponible,  cosas que ni de asomo se actualizan en el problema de la Roma ocupada por los adlateres del anticristo. dando paso de una postura o problema TEOLOGICOS,  a un simple problema de asequibilidad por costumbre,  toda vez, que no existiría el problema TEOLÓGICO del SEDEVACANTISMO, O ANTISEDEVACANTISMO,  si  se entendiera que su origen es una mas de las semillas  sembradas por la hiper revolución anticristiana,  no  fue exenta la  Neo Frater del problema, y de tragarse  las cuestiones antes descritas,  y  no  es poco  común, que aun los mas  ortodoxos conservadores pretendan jugar en el Tablero del otro, con las reglas del otro,  y con la dialéctica del otro.
   

Y si a esto sumamos  las  Falsas resistencias de "Absipos" Británicos   con la ayuda de "bien ordenados presbíteros fornicadores con la gran ramera,   unicamente quedaría para el pequeño rebaño,  una especie de reducto,  también controlado,  por los platenses,  (comienza a parecer que todo esta perdido).  No  fueron coincidencias  ni la  bomba de humo mediatica del Abispo Willy,  con  su "negacionismo"  fue una implotación,  y tampoco nos parece que sea otra "coincidencia"  que el saca muelas  meologo  Brillantemente haya incoado un par de herejías y logrado hacer sucumbir a la verdadera resistencia apologética que hace  poco mas de un lustro, se lograba en los debates de la  hoy  "Radio Ceriandad"  para dar paso,  a poesia improvisada y columna hueca sin efectos reales,  Muy  similar implotación que además regula y controla a presbíteros bien intencionados, al estar subordinados al neoherecirca disfrazado  de piedad.  y controlando en ese otrora reducto a las "masas del pequeño rebaño"o que podría alguien explicar racionalmente el motivo por el cual  el Obispo Willy,  me escribió pidiendo que retirara  las acusaciones denunciadas en su momento,  al cómplice implotador Ceriani?
SEA PARA GLORIA DE DIOS.
Alberto González 

domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo el evangelio nos recuerda y nos exhorta a buscar, primero el reino de Dios, las cosas de Dios; todo lo demás se nos dará por añadidura, para que no hagamos de lo que no requerimos, que puede ser incluso muy necesario, el fin último de nuestra vida, para que no hagamos de ello nuestro falso dios.

El Evangelio comienza advirtiéndonos que nadie puede servir a dos señores porque amará a uno y detestará al otro, o servirá al otro y no al primero. No se puede servir a Dios y a las riquezas, o se sirve a Dios o se sirve a al dinero, pero servir a ambos al mismo tiempo es imposible. Sin embargo, eso es lo que hoy el mundo predica, el catolicismo liberal: tener a Dios con una vela y a las riquezas con otra; éstas, que representan o sintetizan todos los bienes de esta tierra, de este mundo y por eso nuestro Señor es categórico, es radical, es vertical, o lo uno o lo otro, y eso lo hace para la salvación de nuestras almas, para que no nos engañemos. No es que el patrimonio sea en sí malo, lo nefasto es hacer de él nuestro señor, nuestro dios; lo funesto es ser y vivir esclavos de esas riquezas de ese patrimonio, de lo que ellos proporcionan, como fama, poder, bienestar, influencias, honores y todo lo demás. Debemos vivir para Dios y Él nos dará lo que necesitamos por añadidura.

Y mal se podría interpretar este evangelio de hoy, con la comparación que hace nuestro Señor de mostrarnos cómo las aves del campo no hilan, no tejen, no tienen graneros y son alimentadas por Dios, y cómo un lirio del campo viste mejor que Salomón en toda su opulencia. ¿Y cómo no se va a preocupar más Dios por nuestras almas que por las aves y los lirios del campo? Mucho más vale nuestra alma que es espiritual, con lo cual nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena, esa preocupación desmedida por los bienes de este mundo que se adquieren y aseguran a través de las riquezas.

No es que nuestro Señor esté predicando la imprudencia, la pereza, la dejadez. Porque hay también esa tentación; las Escrituras mal entendidas nos llevan a herejías, y éstas tienen dos polos: los ebionitas, por ejemplo, predicaban que sólo se salvaban los pobres, en la Iglesia primitiva; los calvinistas predican que los que se salvan son los ricos y que las riquezas son una señal de la predestinación al cielo. Dos herejías que se identifican; ni ricos ni pobres, lo que quiere decir nuestro Señor no es que los pobres o los ricos se salvan o se condenan, no somos ni ebionitas ni calvinistas, como calvinistas son gran parte de los Estados de Europa y de los Estados Unidos. Por eso ese afán de poder y de éxitos en esta tierra como una garantía de la predestinación al cielo.

Sencillamente, nuestro Señor quiere mostrar que lo que interesa es la virtud, el desapego. Porque se puede ser pobre y ser tan miserable como un rico avaro apegado al poder y a las riquezas, que aunque no las posea, las desea en el corazón como a un dios omnipotente. Y Dios sabrá si no saldrán de ahí errores como la lucha de clases que ha sido agitada por el marxismo. Y al revés, tampoco quiere decir nuestro Señor, que los ricos se salvan o se condenan, porque se puede ser tan rico como un rey, el rey David, el rey san Luis, el rey San Fernando y no vivir apegados a esas riquezas sino que las utilizan para el bien de las almas y su salvación. También se puede ser rico y utilizar esas riquezas para el mal. Nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena y que no invirtamos los términos, que no nos preocupemos demasiado ni aun por aquello que nos es necesario; que tengamos a Dios por Señor y no las riquezas de este mundo.

¿Cuánta gente, lamentablemente, ha vendido su alma al demonio haciendo pactos por ser grandes artistas, grandes millonarios, muy poderosos? No vendamos el alma al diablo, haciendo de los bienes de este mundo nuestro dios, nuestro fin último. Debemos buscar el reino de Dios en primer lugar y lo demás se nos dará por añadidura.

Otro error sería el de caer en la pereza, en la despreocupación, en la dejadez, en la falta de empeño o de trabajo, pensando que por rezar y orar no tengo que trabajar para ganarme el sustento, porque me va a caer del cielo, interpretando mal esa comparación que hace la Escritura con los lirios del campo y las aves del cielo. Y hay mucha gente inclinada a caer en ese error, ese es un extremo; el otro, diametralmente opuesto, que nuestro Señor quiere combatir, es la solicitud terrena. No podemos caer en la dejadez o en el abandono total esperando que todo nos llueva del cielo. Las Escrituras hay que interpretarlas correctamente, para eso está la santa madre Iglesia, para darnos el sentido a través de su Magisterio y de los Padres de la Iglesia.

De ahí la necesidad de leer la Biblia con abundantes comentarios. ¿Cuánta gente no saca errores sin malicia, y concepciones erróneas de las Escrituras por leerlas imprudentemente sin preguntarse antes qué dice la Iglesia, qué dicen los santos padres? No más por recordar, ¿cuántos errores sacados del Génesis? Por ejemplo, al interpretar quiénes son los hijos de los buenos, de los santos y quiénes son los de los malos. Algunos llegan hasta decir y creer que Eva concibió otros hijos, además de los que tuvo con Adán, con la serpiente; y de ahí siguen sacando cuentos y cuentos típicos de toda una gnosis cabalística que no es de hoy, sino tan vieja como el mundo. Y así se hace de las Escrituras una mitología, una fábula. Por nombrar un aspecto, un detalle de cómo es fácil que el error haga presa de nosotros si no nos preguntamos siempre qué es lo que nos dice la Iglesia, qué es lo que nos enseñan los santos Padres, qué es lo que dice la teología.

Por eso, del evangelio de hoy han nacido muchas herejías, cuando nuestro Señor lo que quiere es mostrarnos cuál es el camino para salvarnos, y sabiendo Él que necesitamos vestido, comida y los bienes que Él mismo ha creado para nuestro sustento, no quiere que esos recursos mal encaminados, mal queridos, mal deseados, sean un obstáculo para nuestra salvación, sean un impedimento para que consigamos el reino de los cielos, el reino de Dios que debe ser el primero y único de nuestros objetivos y todo lo demás es secundario, accidental. Y esto es difícil entenderlo en el mundo de hoy, porque es pagano, está judaizado; donde todo es dinero. Todavía aquí en Colombia nos salvamos porque gracias a la pobreza no tenemos esa contaminación del materialismo que se ve en Europa; es aterrador, trabajar para adquirir, para poseer, para vivir bien, pero se olvidan de vivir conforme a Dios. Así, entonces, tienen por señor no a Dios sino a las riquezas.

Por eso la gran tentación que hay de querer ver realizado en este mundo el paraíso, que es lo que promete falazmente el comunismo; éste no es más que el ideal judío, convertir esta tierra en un paraíso de bienes materiales donde ellos, por supuesto, sean los que gobiernen y manden. No en vano Marx era judío y por ende no hay una oposición entre el capitalismo liberal y el comunismo; son dos versiones de un mismo ideal que se pelean en la manera en que se va a producir, pero el objetivo final es siempre esta tierra, los bienes, el poder y las riquezas terrenales.

En cambio, la Iglesia nos dice: ¡no; es Dios, el reino de Dios! Y eso fue lo que le pasó a Maritain, casado con Raiza, una judía. Él fue un inteligente filósofo, al principio muy purista y a quien el gran padre Garrigou-Lagrange, teólogo en Roma, lo defendía y estimaba; el padre Meinvielle trató de abrirle los ojos a Garrigou-Lagrange en el Angélico, pues Maritain, queriendo instaurar un cristianismo terrestre, cae en la herejía de Lamennais, en esa gran herejía condenada, y él es así, el instigador del Vaticano II, amigo íntimo de Pablo VI y el padre de la libertad religiosa, para que todos trabajasen y viviesen en paz en medio de los bienes de este mundo sin importar que fuesen católicos, judíos, musulmanes o lo que fueran; ese es el humanismo integral, esa concepción católica reducida a esta tierra, en definitiva a buscar el ideal judío del paraíso perdido aquí y encontrado en esta tierra, olvidándonos del paraíso celestial del reino de los cielos.

Y de ahí todo el progresismo que comportan todas estas nociones, que todo lo que viene es mejor; ¿por qué? Porque aumenta la técnica, la ciencia, y entonces, eso debe hacer que los hombres vivan en un mundo mejor, con más bienes de consumo. Falso, eso es buscar primero lo de este mundo, las riquezas y no a Dios; en consecuencia vemos el gran error de Maritain y de todo el modernismo, que se infiltró en el Concilio Vaticano II y que sigue campeando hoy en la teología de la liberación y en toda la evangelización que, según vemos, se predica en las iglesias; por eso las monjas dejan la clausura y salen a la calle, los curas se vuelven como los demás hombres. Es la misma mentalidad y es la de un apostata del reino de Dios, la gran herejía del modernismo y el progresismo actual, impulsada por católicos de talla como Maritain.

Debemos tener esa vigilancia, para que realmente vivamos el espíritu del evangelio, y del evangelio correctamente interpretado, porque de él es muy fácil sacar herejías; el error es múltiple y diverso mientras la verdad es una. Es mucho más fácil, entonces, la propagación del mal que la del bien y por eso es más difícil el bien, porque el mal es como un cáncer. Todo esto quedaría lejos de nuestro corazón si tenemos en primer lugar el reino de Dios, si buscamos el reino de Dios y lo demás lo subordinamos. Ese es el mensaje que nos quiere dejar nuestro Señor en el Evangelio de hoy, para que no nos condenemos con los bienes y las riquezas de este mundo que Dios ha puesto para nuestro sustento y no para reemplazarlo a Él.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a buscar el reino de Dios, el de su divino Hijo en primer lugar, para que así impere en nuestros corazones, si es que no puede imperar más en la ciudad.+


PADRE BASILIO MERAMO
25 de agosto de 2002

domingo, 7 de septiembre de 2014

DOMINGO DECIMOTERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el evangelio de hoy vemos la curación de los diez leprosos y el reproche que nuestro Señor hace ante la ausencia de los otros nueve, dado que sólo uno de los diez vino a agradecerle y a reconocerle como Dios. Todos los santos padres interpretan, como señala el padre Castellani, que es el evangelio de la gratitud y la ingratitud, y por eso nuestro Señor en cierta forma reprocha esa ingratitud de los otros nueve que no vinieron a presentarse.

No obstante, queda la dificultad, ya que fue nuestro Señor mismo quien les dijo que fueran a los sacerdotes, cumpliendo ellos lo que Él mismo les dijo y por lo cual el padre Castellani dice que además de ingratitud hay otro plano que apunta a la religión, a la conversión, a la fe; y ante ella no hay otro mandato, otro precepto, otro afán, otra obligación, nada. Porque a Dios no se le puede anteponer ninguna otra relación, ningún otro fin, ningún otro interés. Y por eso no es solamente la ingratitud lo que reprocha nuestro Señor, sino el no reconocer que el bien lo habían recibido a través de la mano de Dios.

El único leproso que se dio cuenta fue el que regresó a darle gracias y a adorar a Dios, por eso se postró sobre sus pies; es el gesto de adoración a Dios en Oriente y como antiguamente se estilaba, y es ese el otro aspecto que recalca y hace notar el padre Castellani, completando la exegesis común que hacen todos los padres refiriendo este milagro de hoy a la agradecimiento y desagradecimiento. ¿Y por qué es tan importante la gratitud? Porque todo lo que recibimos de Dios en el orden sobrenatural es gratis, no es debido. Y el mundo de hoy en su impiedad, en su herejía, hace de la gracia algo exigido por el hombre, por la dignidad del hombre, he ahí el Concilio Vaticano II.

Y todo es gracia, todo es regalado en el orden sobrenatural, y en el orden natural la vida, la existencia, etcétera; también son gratis, como muchas cosas que Dios nos da, no hay una exigencia, no hay una obligación de Dios, es completamente de balde, y eso hay que reconocerlo delante de Dios. No nos es debido, no hay una exigencia, y si la hubiera, entonces ya no sería gracia, ya no sería reconocimiento, gratitud.

Eso es lo que el hombre de hoy exige a Dios en su orgullo cuando reconoce la gracia, porque cuando no la reconoce simplemente le da la espalda. Teólogos como el cardenal de Lubac, honrado con ese título cardenalicio, fue quizás uno de los primeros herejes en ese sentido, en hacer de la gracia una cosa debida a la exigencia de la dignidad del hombre, eso es lo que enseña el Vaticano II. Luego rompe esa relación de lo gratuito de todo el orden sobrenatural, de lo gratuito de la gracia. Y por eso la importancia del reconocimiento; Santa Teresita del Niño Jesús decía: “Nada atrae tanto las gracias de Dios como el ser agradecido”. Y el mundo de hoy es desagradecido, nadie da las gracias, todo le es debido al dios hombre: mis derechos, y eso comenzando desde los niños; los derechos de los niños que ya no le dan el asiento a un mayor, que no se saben retirar ante la conversación de un mayor si no se los llama, que no saben estar en su puesto, todo les es debido, y se convierten para colmo en las mascotas del papá o la mamá.

Por eso la mala educación del mundo moderno y toda la falta del principio de autoridad. El niño o el hijo no es agradecido con sus padres, con sus mayores, con sus maestros. No, es el rey, todo le es debido y es poco. Es un hecho palpable, y así no solamente con la juventud y los niños, sino también con los mayores, nosotros mismos creemos que todo se nos debe, nuestros derechos, sin deberes. Y ante Dios también estamos exigiéndole, y nos asemejamos así a la oración del fariseo y no a la del publicano que se reconoce indigno pecador.

Los Santos Padres interpretan y relacionan el Evangelio de hoy con la gratitud y la ingratitud, porque la ingratitud seca la simiente de donde emanan los bienes. ¿Cómo alguien va a dar a otro algo si al dárselo el otro piensa que le es debido y no que es simplemente una merced, una gracia? Y mucho más, si el que nos da es Dios, ¿cómo le vamos a exigir? Es un orgullo profundo.

Y el otro aspecto del que habla el padre Castellani, es el de la religión. ¿Por qué no vinieron los otros nueve sino nada más que uno sólo? Es el reproche que hace nuestro Señor, porque es mucho más importante que ir y tener el certificado legal que los incorporaba a la sociedad, pues los leprosos eran excluidos del comercio social con los demás, vivían por las afueras con una campanilla para que nadie se les acercase si no se daban cuenta de su proximidad; vivían excluidos, como excomulgados.

La lepra se podía sanar al comienzo (también podía haber falsa lepra), y si así sucedía, eran los sacerdotes los que certificaban que esos individuos podían volver a vivir en sociedad; pero nuestro Señor hace ver que todo eso queda de lado porque a Dios sólo hay que reconocerlo como tal y adorarlo, amarlo. A Dios se le alaba reconociendo sus beneficios, ¿y cómo se van a considerar sus beneficios, si los reconocemos como una exigencia? He ahí la contradicción; por eso es absurdo que el hombre moderno exija a Dios un beneficio, eso rompe toda alabanza; no puede alabar a Dios porque no lo puede reconocer como un beneficio sino como una obligación.

Eso es lo que hoy enseña la falsa religión instaurada dentro de la Iglesia, con ropaje de cordero, de oveja, para que el pueblo fiel no se dé cuenta y así el error circule; pero si vemos las cosas como son, deberíamos darnos cuenta. Debemos tener presente esa necesidad de reconocer con gratitud los beneficios de Dios para alabarlo reconociendo los beneficios que Él nos prodiga y así verdaderamente adorarlo. No como hoy que es un falso culto, es el hombre el que prima y no Dios; por eso la insistencia que vemos en la enseñanza de Juan Pablo II cuando va a todas partes diciéndole a la gente que Cristo vino para revelar al hombre, para mostrar lo que es el hombre, cuando es todo lo contrario. ¿Quién dice algo, quién osa decir que esa doctrina no es evangélica, no es de Cristo, no es de Dios, no es de la santa madre Iglesia? Cristo no viene a revelar al hombre ni a señalarle su dignidad, viene a mostrar la miseria del hombre, y viene a evidenciarnos su divinidad para que le adoremos y para que adorándole una vez convertidos, nos salvemos.

Hay una tergiversación profunda del mensaje evangélico y solamente se puede explicar en lo que éste anuncia, la pérdida de la fe, la gran apostasía, la falta de religión y la adulteración de la Iglesia católica. Hay una verdadera adulteración y por eso la necesidad de guardar el testimonio fiel de la sacrosanta tradición católica, apostólica, romana. Aunque muchos fieles, desgraciadamente, no se dan cuenta hasta dónde llega la lógica consecuencia, pero hay que insistir en ello, para mantenernos con una fe pura, inteligente para no caer en el error. Porque si los tiempos no son abreviados, aun los que poseen la buena doctrina caerían; tal es la presión. Y ésta es grandísima; es necesario advertir y alertar a los fieles.

No es que yo hable mal del Papa, como algunos fieles han pensado y no han tenido la valentía de decírmelo. Un católico jamás está en contra del Papa ni en contra del papado, pero también hay que tener claro que puede haber una usurpación, una inversión, una infiltración. El Apocalipsis habla de un pseudoprofeta que tiene la apariencia de cordero pero que habla como el dragón. Es más, si nos remitimos a lo que dice el venerable Holzhauser, gran exegeta reconocido por la Iglesia, que ya en los siglos XV y XVI, cuando escribió el comentario al Apocalipsis, advierte que hacia el final de los tiempos habrá un falso Papa; misterio, pero así habla él.

Ahora bien, no es a mí a quien toca determinar esas cosas, pero sí advertir, como lo han hecho los grandes exegetas que han vislumbrado la posibilidad de que haya un antipapa en la Iglesia; es lo único que trato de advertir sin hacer ningún juicio sobre la persona, prevenir para cuidarnos porque no es posible pontificar en el error. Eso lógicamente no es posible, la Iglesia es infalible en su enseñanza, en su fe y yo como católico, apostólico, romano, no puedo admitir que desde la cátedra de Pedro se pontifique en la herejía.

Ahora, ¿cuál es la explicación? ¿cuál es la solución? Yo no lo sé. Si al verdadero lo mataron y pusieron a otro, si hay un sosias o lo que sea, o un infiltrado; muchas son las posibilidades y es muy difícil saberlo, pero lo que sí tengo que saber como católico es que un Papa verdadero no puede pontificar en el error, tergiversando el evangelio y la palabra de Dios. Su misión es la de confirmar a sus hermanos en la fe y no en el error. En consecuencia, el gran desconcierto de los fieles es qué hacer ante esa patraña. Es muy difícil. Pero ahí está la sacrosanta Tradición, lo que siempre la Iglesia en materia de fe ha enseñado, lo que siempre enseñó, la fidelidad a sus dogmas. Dogmas que hoy están negados, cuando no puestos en duda y la Iglesia excluye la sospecha. Dudar de un dogma de fe ya es ser hereje; Dios es absoluto, no permite el recelo, no permite ese relativismo.

Por eso nuestro Señor hace ese reproche a los otros nueve: ¿dónde están? Como diciendo, ¿por qué no han venido también ellos a adorarme y agradecerme como tú lo has hecho? De ahí el significado, el sentido del evangelio de hoy. Nos demuestra, entonces, la responsabilidad de cada uno ante Dios: el cielo o el infierno. Porque de acuerdo con esa respuesta categórica se definirá por siempre nuestra existencia y hoy vemos que hasta al infierno se lo pone en duda o se lo niega, como se lo ha rechazado diciendo que es simplemente un estado del alma, pero que no es un lugar donde hay fuego.

¿Dónde queda el dogma de la Iglesia que dice que es un estado y que también hay un fuego eterno? Es evidente, y sin embargo, estas cosas que antes eran comúnmente aceptadas hoy son paladinamente cambiadas, puestas en duda. Nosotros no tenemos otro recurso más que el de la fidelidad a la sacrosanta Tradición de la Iglesia, y saber que ningún Papa, ningún cardenal, ningún obispo, ningún sacerdote, ni un ángel del cielo, como dice San Pablo, puede enseñar otro evangelio, otra doctrina. Eso dijo San Pablo, aun si uno de nosotros, es decir, uno de los apóstoles o un ángel del cielo viene y les algo distinto, sea anatema, sea excomulgado, queda fuera de la Iglesia. La garantía para pertenecer a la Iglesia Católica es mantenernos en la fe y la fe me la da la Iglesia, la de siempre, la de todos los Papas, y no la nueva que ha comenzado con Vaticano II, desconociendo la sacrosanta Tradición. Y no creo que nadie deba escandalizarse porque yo hable claro y diga la verdad a la luz de la fe y si me llegase a equivocar, pues que por lo menos, en honor a la caridad, tengan a bien venir y decirlo, pero no hacer labor de zapa, de socavar cuando se trata de dar la luz para que no caigamos en el error.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, porque Ella es también la garante de la fidelidad a nuestro Señor, la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, que hasta eso el demonio trata de eclipsar, de variar, de cambiar. Aun los gnósticos, aun los de la Nueva Era también hablan de nuestra Señora, y hasta los protestantes, cosa curiosa que nunca antes habían hecho. Pero no es la verdadera devoción, es la mentira mezclada con el error, y eso es muy difícil de detectar; tenemos que pedir la luz del cielo y agradecer cuando haya un sacerdote que con valentía y con toda sinceridad hable a los fieles, porque eso también es una gracia de Dios.

Por eso Dios les dijo a sus apóstoles que cuando no sean aceptados lo que queda por hacer es sacudir el polvo de sus pies e irse, pero no claudicar en su misión, no acomodarse al mundo, ni aun al gusto o al capricho de los fieles que están peor de lo que piensan, influidos y bombardeados trágicamente por un mundo impío y adverso a Dios. Ese siempre ha sido el lenguaje de los profetas, no el que halaga sino el que dice la verdad, pero ésta es de difícil aceptación.

De diez, uno solo reconoció la verdad y los otros nueve, ¿dónde están? Esperemos que en la hora de la muerte sigamos el ejemplo de este pobre leproso, que reconozcamos a nuestro Señor para que le adoremos en espíritu de verdad, en espíritu de fe y que este mundo corrompido que ha entrado en la Iglesia no nos destruya la fe y así podamos salvar nuestras almas. Es un problema de salvación, de santificación y no como algunos creen que “esto no es conmigo; total, yo me voy a salvar si sigo tranquilamente el camino más fácil”; seguir el camino más cómodo, sí, cuando todo anda bien en la Iglesia, pero cuando todo está al revés, ya es distinto y todo cambia; estos son los tiempos difíciles que nos toca vivir y que estamos viviendo.

Tenemos que recurrir de un modo mucho más intenso a nuestra Señora para que Ella nos proteja como a hijos pequeños suyos, porque todo es por gracia de Dios, no por exigencia. Reconocer los beneficios de Dios, por ejemplo, los de tener la Santa Misa tradicional, esta capilla y eso hay que reconocerlo y agradecerlo, ¿cuántos no andan por ahí buscando sin saber a dónde ir? Agradecer que somos católicos, que hemos nacido en tierras católicas, ¿qué tal haber nacido en China o en Japón, o en Suecia? Es un privilegio que hay que reconocer y más aún, mantenernos en lo que hemos recibido y no desperdiciar la gracia de Dios, que debemos transmitirla a los demás en la medida de nuestras posibilidades, y así ser más aceptos a Dios en medio de este acrisolamiento de la Iglesia, de la verdadera Iglesia reducida a un pequeño rebaño de Dios, como dice San Lucas.


Pidámosle a nuestra Señora para que seamos los fieles hijos de la Iglesia católica, apostólica, romana y así podamos permanecer leales a Ella y a Dios nuestro Señor. +
P. BASILIO MERAMO
18 de agosto de 2002

sábado, 6 de septiembre de 2014

El. R.P. Basilio Méramo envía una carta...

   Le reenvío para su publicación, la siguiente carta del Padre Eugène Robin, que
apareció ayer 5 de Septiembre en el Blog La Sapinière, desconocido para mí hasta
ahora, pero que es un excelente e insuperable escrito por su concisión y
contundencia, dado el momento en que se escribió y además con una óptica
eminentemente apocalíptica que resume mi pensamiento. Esta carta es la que
habría que de nuevo reescribir y enviársela a “Francisquito” y hacerla suya, todo
fiel íntegro, verdadero católico, sin resabios liberales, que acaban por aceptar las
premisas del enemigo.
Sin más, un abrazo en Cristo.

(He aquí el artículo de La Sapinière: http://www.lasapiniere.info/archives/1996)



En 2012, el Papa Benedicto XVI reconoció las “virtudes heroicas” de Pablo VI. El 19
de octubre de 2014 Francisco procederá a su 'beatificación' a raíz de la
canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, el 27 de abril. Mientras que la secta
conciliar celebra a los héroes que abrieron “la Iglesia a otras religiones y la
sociedad”, las autoridades de la Fraternidad San Pío X, que tratan de llegar a un
acuerdo canónico...
En este contexto de abandono de la batalla de la fe y de su testimonio, es bueno
leer y releer la "Carta a Pablo VI escrita por el padre Eugène Robin, fiel sacerdote
de Deux-Sèvres quien murió en Saint Maixent en 1979.
Este sencillo cura de aldea es un ejemplo de fuerza, fe y de sentido común.
Entonces, como ahora, puede fortalecernos y consolarnos en nuestra lucha
agotadora de la fe. Fue un sacerdote del Señor, desprendido de todo, con "el bastón
de la cruz y la honda del Santo Rosario en la mano para derribar a todos los
enemigos de Dios. Lúcido y celoso, él escribió:
"En la tormenta actual de la Iglesia, sólo los héroes y santos desobedecen... Los
sacerdotes que arrullan la misa judía y pagana de Pablo VI están marcados con el
hierro candente por el diablo. "
"Es preciso ahora y siempre hasta la muerte, amar a Dios más que todo, más que a
los superiores, más que al pecado, más que a nosotros mismos. Resistir, hacerse
matar en el acto, puede convertirse en el simple, banal y oscuro deber del riesgo
cotidiano, para los tiempos que vivimos, que son los últimos y que veremos muy
pronto peores... se tiene raramente en ésta vida la ocasión de ser bravos, pero
todos los días tenemos la de no ser laxos; peor aún, rara vez hay una oportunidad
única para ser valiente, pero cada día hay una para no ser un cobarde”.
"Evitar los problemas, combinar, huir, desertar, traicionar, qué horrible destino
para el que deberá pagar su bajeza en el otro mundo, donde sólo el coraje será
recompensado, si el soldado ha combatido del lado del vencedor definitivo, del lado
del Eterno”.
“El católico liberal, adoptando las palabras y las formas del adversario, acaba
ordinariamente por aceptar para sí y para los otros el sentido y los principios
mismos del adversario… El Católico liberal siembra la división. Desintegra junto
con la doctrina, las filas de los que la defienden, sin remordimientos”.
Este valiente luchador también ha escrito dos libros bajo el seudónimo de Marie
Michel: "El Cisma de Los Eunucos” y “Liberalismo, Mentalidad Liberal y
Duplicidad en el Padre Georges de Nantes”. Es en el segundo que encontramos su
carta a Pablo VI y algunas citas que hacemos.
Su estilo combativo es remarcable. Incluso si todos los argumentos que utiliza no
son del mismo peso, las palabras son claras, la fe está protegida y la Iglesia
continúa. Podremos marchar sobre sus trazos.
Carta del Padre Eugene Robin a Pablo VI
El 3 de septiembre de 1976, la Fiesta de San Pío X.
Santo Padre,
Tengo el honor de solicitar de vuestra rareza, la gracia infinita de ser excomulgado
con Monseñor Lefebvre, a fin de poder ir directamente al cielo.
Fundador de una capilla de San Pío V, no llevará a cabo ninguna cuenta de su
excomunión tomado de la tesorería del infierno. Soy un sacerdote para la
eternidad.
Conocemos demasiado sus transgresiones más sacrílegas contra la Sagrada
Escritura revelada (su religión del hombre), (“maldito el varón que confía en el
hombre” Jer. XVII, 5), contra el Catecismo dogmático reducido a casi nada, y sobre
todo contra el Santo Sacrificio de la Misa, a pesar de las reglas inmutables de San
Pío V. La verdadera Iglesia sólo puede ser fiel a estos papas canonizados.
Puesto que de estas Verdades inalienables se trata. Su cena protestante fue
anunciada 700 años antes de Cristo por el profeta Isaías: “En el tiempo del
Anticristo, a causa de los pecados de los hombres, se le dará al diablo el poder de
atacar el Santo Sacrificio y de destruir su Lugar Santo” (Is. VII, 10-12). ¡Ya está
hecho! Y es Vuestra Santidad destronada quién es el único responsable ante el
Juez eterno.
Por vuestra magia, los fieles inconscientes e ignorantes del mundo entero han
pasado al protestantismo sin ni siquiera darse cuenta. Vuestros sacerdotes,
vaciados de su sustancia sacerdotal, ya no ofrecen el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
No es por ignorancia, sino por complacer a los poderes fácticos, que ellos han
perjurado. Vos habíais confiado en su temor. Allí, teníais razón... Pero el castigo
será terrible.
Así pues, pisoteando el Santo Sacrificio de la Cruz en la Misa, habéis ido a tomar
vuestro modelo sobre el de Lutero, monje que colgó los hábitos, insultador de
Cristo del Calvario y su Santísima Madre, concubinario notorio manteniendo cinco
esposas a la vez, y venimos de descubrir por los escritos de dos testigos (1552), que
este miserable inventor del protestantismo se ahorcó en su cama, después de que lo
habían llevado y acostado como de costumbre cada noche, borracho como una
cuba. Obligados al secreto bajo la coacción de amenazas, estos dos testigos libraron
su conciencia sobre un pergamino, seis años después de la muerte de Lutero
(1546).
Mezclar la religión de un hombre, y ¡qué hombre! con la del Hijo de Dios, es un
crimen de apostasía. El Papa Pablo VI murió en vos, si alguna vez lo fue, porque
erais un hereje antes de ser Papa, y además sois un judío, de ahí la
incompatibilidad jurídica, según las decisiones a perpetuidad de Pablo III y de
Pablo IV. Ya que portáis sobre vuestro pecho el efod que portaba Caifás al condenar
a Jesús, probáis que no sois más que un falso converso y que habéis tenido siempre
el odio judío contra Cristo. Es por eso que atacáis todos los sacramentos con el fin
de destruir la Iglesia. De todos modos, os habéis depuesto vos mismo, según la
enseñanza de San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, por vuestras herejías
después de vuestra elevación desastrosa al Soberano Pontificado. La Iglesia sigue
sin vos, en el único pequeño rebaño fiel, seguro de la realización de la promesa de
Cristo: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. “No temas pequeño
rebaño”. “¿Pero cuando el hijo del hombre regrese sobre la tierra, encontrará aún la
fe?” (Palabras del Evangelio).
El Espíritu Santo no podría cambiar al revés La Iglesia después de dos mil años. Él
no puede contradecirse, porque Él no puede ni engañarse ni engañarnos. Vuestro
nuevo ecumenismo o melaza de todas las religiones es la negación de la revelación,
a la que vos deberíais ser el primer y más sumiso. Citadme una sola palabra de la
Biblia o de los Evangelios recomendando éste género de reconciliación con el
diablo. "Debemos juzgar el árbol por sus frutos." Es muy sencillo! Frutos de muerte
espiritual por miles de millones! Algunos quieren hacernos creer, como Courier
Roma, que vos no lo sabéis porque estaríais mal informado. Mal argumento, la
única injuria que podríamos todavía ahorraros, es la de creeros iletrado…
El obispo de Poitiers, Rozier Pigalle, predica con la primera serpiente del Génesis,
la sexualidad abierta, así los pocos sacerdotes que le quedan no se privan de esto.
Muy pronto en la Iglesia de Pablo VI, inexistente en teología, excepto para el Padre
de Nantes, no habrá más que obispos sin sacerdotes… ¿A esto es a lo cual también
vos queréis llegar?... Pero en la Iglesia de Cristo, Monseñor Marcel Lefebvre
contará con muchos verdaderos sacerdotes sacrificadores, religados a San Pedro y a
Nuestro Señor Jesucristo, Cabeza invisible de la Iglesia, por encima de la cabeza de
Pablo, perseguidor de los cristianos.
Que Santa Juana de Chantal, que vivió desde sus 15 a sus 20 años en éste lugar
bendito donde habito me dé la fuerza de guardar y de defender mi Fe hasta el
martirio, con Monseñor Marcel Lefebvre despedazado por los tigres.
Le ruego acepte, Su Santidad, la expresión de mi profunda conmiseración!
Eugène Robin + Sacerdote

domingo, 31 de agosto de 2014

Domingo Decimo Segundo después de Pentecostés

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El evangelio de hoy nos relata cómo nuestro Señor le dice al pueblo que le escuchaba que muchos habían deseado ver lo que ellos veían y oír lo que ellos oían y no lo vieron ni lo oyeron, como algunos reyes y profetas del Antiguo Testamento. Reyes entre los que podíamos contar al Rey David, que quizás fue el que mejor vaticinó de nuestro Señor. Profetas que conocían por revelación al Mesías ya que el pueblo no lo entendía explícitamente, sino los profetas, los mayores, como dice Santo Tomás, que comprendían los dogmas de la Santísima Trinidad y de la Encarnación porque sustancialmente es la misma fe, aunque no por todos explícitamente conocidos pero sí por aquellos que tenían a cargo instruir al pueblo religiosamente pero que no había llegado la hora de la manifestación pública de ese misterio que hacía la esencia de la fe del Antiguo Testamento. Por eso nuestro Señor les dice que muchos hubieran deseado ver lo que ellos veían y oían. Ver y oír al Verbo de Dios encarnado, a nuestro Señor Jesucristo, al Mesías esperado por todos.

Y un doctor de la Iglesia de aquel entonces, es decir, doctor de la Sinagoga, le pregunta para tentarlo, no para saber, que es muy distinto, interrogar para conocer la verdad para la cual hemos sido hechos, es el primer deber de cada hombre y por eso los niños cuestionan, son preguntones, porque están ávidos de la verdad. Pero muy distinto es interpelar para tentar. Y nuestro Señor contestándole a su cuestionamiento de qué era lo necesario para salvarse, le hace a su vez la pregunta en consonancia con su estatus: “¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley?”. Doctor de la Ley que parece que se la conociera al dedillo porque no titubeó en contestar prontamente con esa sentencia: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo”, en eso se resumían los diez mandamientos.

Sin embargo, teniendo ese conocimiento al pie de la letra no comprendían su significado porque enseguida replica como doctor pero también como ignorante: ¿Quién es mi prójimo? Para los judíos que se habían convertido prácticamente en una secta y para los fariseos, elite de la secta, el prójimo eran los amigos, los familiares, los allegados, en definitiva todo aquel que podía formar parte o de la familia, o de la estima de uno, pero no todo el mundo, mucho menos los demás hombres; con lo cual destruían ese mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Por eso, como lo dice la segunda epístola de San Pablo a los Corintios, “La letra mata y el espíritu vivifica”.

Casi todos los domingos vemos esa concordancia entre la epístola y el evangelio, y en este caso es patente, ¿qué quiere decir en la epístola cuando se menciona que “La letra mata y el espíritu vivifica”? Pues tenemos un ejemplo en el evangelio, como el doctor de la ley que conocía y responde bien y sin embargo no conocía el significado, la extensión, la profundidad, la aplicación de eso que él sabía y por eso la letra mata; de nada me sirve conocer el decálogo, toda la teología, todas las verdades, toda la ciencia habida y por haber como la tuvo Adán por un privilegio especial, si todo eso no está vivificado por el espíritu de Dios, por el Espíritu Santo, por el amor de Dios, por la verdad.

Dios es amor y es verdad, y si eso pasa con las cosas de Dios como la revelación divina, como son las Sagradas Escrituras, ¿qué no pasará con todos aquellos preceptos humanos legales civiles que hacen la convivencia de los pueblos? La letra mata mientras que el espíritu vivifica.

Discernir que esa letra, esa ley, esa norma, ese decálogo o lo que sea debe estar animado del espíritu de Dios, del espíritu de fe, del espíritu de verdad, porque sin ese espíritu de fe no hay nada y eso es justamente lo que el mundo hoy ha perdido en su incredulidad, en su neopaganismo, en su impiedad, bajo una falsa civilización. No queda nada de la verdadera civilización en la cual se cultiva todo aquello que da cultura al pueblo, a los hombres y a las cosas del espíritu. Pero hoy eso es nulo completamente, en las escuelas, en las universidades, en los púlpitos hay el vacío de luz, por falta del espíritu de fe, del espíritu de la verdad y eso aun en hombres de Iglesia. Por eso, monseñor Lefebvre insistía siempre en sus conferencias espirituales ante los semi-naristas, en que es el espíritu de fe quien anima toda la doctrina, toda la verdad, todo el evangelio, todo el decálogo y si no se tiene ese espíritu, esa letra mata. Y mata doblemente porque nos hace culpables de aquello que sabemos pero que no cumplimos.

Por lo mismo en el Antiguo Testamento se le llamaba ley de muerte, porque le mostraba al pueblo su pecado pero todavía no le manifestaba de un modo explícito su redención, su salvación. En cambio, en el Nuevo Testamento que es el testamento del amor de Dios, se nos muestra el pecado pero también en el mismo momento se nos manifiesta la obra de misericordia, la obra de la redención, la obra de la salvación y por eso es más perfecta y completa al primero.

Por eso también se puede decir que todo el Antiguo Testamento, sin el nuevo, es letra muerta, que mata; de allí que el judaísmo sea una religión muerta, porque se queda con el Antiguo Testamento sin el nuevo; con la pura letra sin el Espíritu. Para colmo con un Antiguo Testamento que ya no corresponde tampoco a la interpretación según Moisés y los patriarcas sino a la obra de aquellas entelequias que tergiversaron las revelaciones antiguas y de allí fueron a dar a esos libros que son para los judíos mucho más importantes, como la Cábala y el Talmud, al no tener el verdadero espíritu; aun aquello que tienen de verdad lo tienen con otro espíritu y ese espíritu malo es lo que ha dado la Cábala y el Talmud; por tanto, tampoco son fieles, ni aun en cuanto a la letra, a Moisés y al Antiguo Testamento.

Ahora bien, lo mismo nos puede pasar, y de hecho está pasando hoy en la Iglesia, por no tener ni guardar ese espíritu de fe y de verdad y quedarnos con una palabra, con una moral, con una religión muertas y de ahí la necesidad de la sacrosanta Tradición católica, apostólica y romana que nos da y nos transmite el verdadero espíritu de fe, el verdadero espíritu de verdad para que nos salvemos; de ahí su importancia.

No es facultativo; uno puede al principio venir atraído por la capilla o por una Misa, o por lo que fuere, pero después que se pasa de ese primer contacto ya no se es libre de darle la espalda a Dios, a la Tradición, o decir que eso no es conmigo, porque si Dios me muestra cuál es la verdad y yo la desdeño, cometo un pecado contra el Espíritu Santo impugnando la verdad conocida.

Y cuánta gente pasa, se emociona y sigue de largo y creen que así se van a salvar; claro está que la misericordia de Dios es muy grande pero hay una responsabilidad por parte de cada uno y Dios nos pedirá cuentas a cada uno de nosotros.

Por eso la exigencia de perseverar y no ser aves de paso. La necesidad de profundizar en ese espíritu de fe, de verdad que nos lega la Santa Madre Iglesia, contenido en la Tradición sacrosanta de la Iglesia católica, y esa Tradición que ha sido hoy desdeñada, desechada, tirada por la borda; la barca de Pedro bota, tumbada, repudiada esa Tradición; esa es la imagen que nos podríamos hacer si queremos calcular qué pasaría en la Iglesia sin la Tradición. Pues dejaría de ser sencillamente la Iglesia; eso es lo grave, lo tremendo, que al dar la espalda a la sacrosanta Tradición apostólica y romana se tiene una nueva Iglesia que usurpa el nombre, el prestigio y la fama de la verdadera pero que ya no lo es.

Eso es lo terrible que estamos viendo y viviendo y por eso “no todo aquel que dice ¡Señor, Señor! se salva”. De ahí la necesidad del verdadero culto, de la verdadera misa, del verdadero catecismo, de los verdaderos sacramentos, de la verdadera doctrina católica; esto no es un juego, no es un pasatiempo y menos un club ni de lectores ni de lo que fuere. Es responsabilidad de cada uno de nosotros responder a la verdad y responder al amor de Dios y por eso es necesario conservar ese espíritu para que la letra no mate y así el espíritu nos vivifique y nos salve.

No limitemos, como los fariseos, el concepto de prójimo a lo que a ellos les convenía. Nuestro Señor muestra que el prójimo es cualquiera con el que yo me tope en la calle, lo conozca o no lo conozca, lo distinga o no lo distinga15, así que es todo aquel con el cual me tope, lo conozca o no, y a él lo tengo que amar como a mí mismo por amor a Dios; eso es lo que nos pide el Señor al contestarle así a este doctor de la ley que le preguntó para tentarle.

No le tentemos entonces cuando destruimos el término de prójimo aplicándolo a aquellos que nos conviene porque son nuestros amigos y el resto como si no existiera. Reconozcamos como prójimo a todo hombre que esté a nuestro alrededor (que, entre más cerca, más prójimo). +

Padre Basilio Méramo
11 Agosto de 2002

domingo, 24 de agosto de 2014

DOMINGO DECIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en esta parábola el relato del milagro que nuestro Señor hace al sordomudo, lo cual está también consignado en el rito del bautismo, cuando recibimos la fe, imitando el sacerdote el gesto que hace nuestro Señor con el sordomudo para que oiga y hable.

Vemos cómo nuestro Señor no era un buscador de la fama, haciendo milagros para ganársela, como lo haría cualquier brujo de hoy, o cualquier charlatán. En consecuencia, nuestro Señor lo lleva aparte, fuera del gentío, del tumulto y pide que no lo cuente, que no lo diga a nadie; pero era en vano, porque entre más hacía esa recomendación, más se divulgaba ese milagro que había sorprendido al pueblo. Y con este milagro del que la Iglesia toma parte para el rito del bautismo, nuestro Señor quiere mostrar la génesis de la fe, el origen de la fe, cómo la fe entra por el oído, por la palabra de Dios.

Pero cómo van a tener fe si no oyen, y cómo van a oír si no predican. De ahí la esencia de la predicación del evangelio en manos de los apóstoles, de los obispos y de los sacerdotes como ministros auxiliares del obispo, que para eso están los obispos, para eso está la jerarquía de la Iglesia, para predicar la palabra de Dios que engendra la fe. Por tal motivo los predicadores de la Iglesia primitiva eran considerados padres de la Iglesia, porque engendraban en la fe, que no es primeramente algo natural, una creencia natural, tampoco es un sentimiento religioso natural que tengo en el fondo del corazón, no.

No es un sentimiento como pensaban los protestantes, un sentimiento vuelto confianza; ni como piensan los modernistas que es un sentimiento religioso del cual se tiene experiencia en el corazón, no. Tampoco es el sentimiento de la falsa beatería. Es una adhesión firme de la inteligencia a la verdad revelada. De ahí su importancia. Hay una relación de nuestro ser con la verdad. Por lo que Santo Tomás define el objeto de la fe diciendo que es la verdad primera, que es Dios, en cuanto Él es la verdad suma y primera. Esa adhesión de nuestro ser, de nuestra inteligencia a la verdad que es Dios veritas prima, a esa verdad primera de Dios, no natural sino sobrenatural, claro está, esa adhesión se opera por el movimiento de la voluntad guiado por la gracia, y es un misterio. Hay esa adhesión de la inteligencia a la verdad movida por la voluntad pero por la gracia de Dios, y es un misterio.

Mas no porque sea un misterio vamos a tener un concepto erróneo, como el de los protestantes que confunden fe con confianza, que a lo sumo sería esperar, pero la esperanza sobrenatural es otra virtud; tampoco se puede confundir con un falso sentimiento religioso que se experimenta en el fondo del corazón, sino que es una relación trascendental con Dios como verdad primera; ese es el objeto material de la fe. Y ¿por qué adherirnos?, ¿cuál es el motivo formal por el cual adherirnos? La autoridad misma de Dios que revela, que así lo dice, que así lo manifiesta realmente, testimonio de Dios, en cuanto es veraz y sabemos que es sabio.

Hoy en día, cuánta gente al hablar de la fe manifiesta un concepto protestante, la pierde volviéndose ateo teórico o práctico, o indiferente; hace de la fe una cuestión de sentimiento y como cada uno tiene lo suyo, entonces cada uno tiene su fe y qué grave error es eso. Si desobjetivizamos la fe, ya no es la verdad Dios, no se puede olvidar esa relación trascendental con Dios como verdad primera, suma, a la cual nos adherimos movidos por la gracia; por eso es un don infuso, un don sobrenatural, un regalo de Dios, que debemos conservar, mantenerlo siempre vivo, adhiriéndonos a Dios y creyendo en su palabra.

¿Y qué viene entonces a ser la Iglesia? La Iglesia viene a ser el criterio sin el cual no hay fe, viene a ser la condición sin la cual no hay fe; condición esencial para que haya la fe, pero no el motivo formal, que es Dios dando testimonio de sí mismo; ni el motivo material que viene a ser el objeto material que es Dios proponiéndose como la verdad primera sobrenatural y esa verdad primera incluye todos los misterios que atañen a Dios directamente: la Santísima Trinidad, la Encarnación, todos los dogmas que se incluyen implícita y explícitamente en la Revelación. La Iglesia es como el faro, como la brújula, infalible de esa fe; el medio necesario por el que recibimos la fe, y por eso si se la rechaza no hay fe, no se tiene fe, no creemos a Dios que nos revela.

Y aquí hay también algo que aclarar: no se trata de la revelación externa simplemente contenida en la Tradición y en la Biblia, que eso sería condición también para que nuestra inteligencia, nuestro intelecto, conociendo suficientemente esa revelación externa hecha por Dios a la Iglesia, que nos la transmite infaliblemente y por eso es criterio, condición sin la cual, no obstante, debo reconocerlo, se debe adherir, asentir a esa palabra interior que se revela en mí. Entonces no es tanto la revelación exterior, el oído externo, sino el oído interno, reconocer en mi corazón, en lo profundo de mi alma que es Dios quien está diciendo “aquí estoy”. Por eso hay tanta gente que conoce la revelación externa y sin embargo no tiene fe.

Tenemos el ejemplo de San Pablo, que creyó en nuestro Señor cuando Él le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y Saulo le responde: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Esa es la respuesta interna, íntima, interior, de aceptación, de adhesión a la autoridad, al testimonio, a la palabra de Dios, que es Él quien me está diciendo: “Soy Yo, ¿crees en mí?”. La otra respuesta es el rechazo, se cierra la puerta y no se quiere oír. 

¡Maldito sea, entonces! Por eso la gente se condena, rechaza a Dios y hay que ver cuántos tienen bien trancado su corazón.
De ahí el misterio y la gracia de que nosotros tengamos la fe y que no la perdamos, que reconozcamos ese tesoro, que se mantenga en nuestro corazón, en nuestra inteligencia, esa verdad revelada y ese testimonio a la palabra de Dios y si no lo conservamos, en vano habremos creído, como dice San Pablo. Gran drama de la hora presente, en que no hay fe, en que la jerarquía de la Iglesia no profesa la fe católica, apostólica y romana; sencillamente no hay profesión de la fe, ni conservación ni custodia de la misma, porque para eso creó nuestro Señor a la Iglesia, para que ese tesoro sea guardado, custodiado, defendido y profesado, para que la Iglesia nos instruya en la fe, la proponga suficientemente y se adhiera a la autoridad divina de Dios.

Hay una verdadera claudicación de la jerarquía en esta misión sacrosanta de custodiar y conservar para transmitir infaliblemente la verdad revelada, y esto ha sido posible solamente por un misterio de iniquidad digno de los últimos tiempos, próximos a la venida de nuestro Señor Jesucristo. Ese solo hecho basta para mostrar los tiempos apocalípticos que se viven, sin saber si serán de corta o larga duración, pero que son apocalípticos a la luz de la fe, y de otro modo no se entiende, ni se acepta ni se tiene el espíritu de combate contra el error. Por eso, la claudicación de aquellos que debieran defender la verdad, porque no están a tono con los signos de los tiempos, porque en definitiva, y da vergüenza decirlo, no saben dónde están parados, perdieron el horizonte, el norte, la brújula, no saben, ¡qué ignorancia!

Son culpables, porque se tendría que saber, porque todo está por suceder, todo está profetizado, lo que pasa es que hay que saber, primero creer y ver, pero hoy ya ni se ve ni se cree y he ahí el drama de la pérdida de fe, hasta que culmine la gran apostasía anunciada por nuestro Señor: “Cuando venga, ¿acaso encontraré fe sobre la tierra?”.

Y en esa fe conservada en pocos corazones representando la verdadera Iglesia de Dios, dispersa por el mundo, en esas pocas almas fieles a Dios, allí estarán el testimonio y la visión y el verdadero amor a nuestro Señor; de ahí la importancia de esa fidelidad, de pertenecer a esa Iglesia reducida a un pequeño rebaño. Lo estamos viendo hoy cada vez más. ¿Qué es la Tradición? Un pequeño rebaño de fieles perseguidos, tildados de lo peor, excomulgados como rebeldes. Pidamos a Nuestra Señora su intercesión para permanecer siempre fieles a Cristo. +

Padre Basilio Méramo. 
19 de agosto de 2001

viernes, 22 de agosto de 2014

Fiesta del Inmaculado Corazón de María

La Santísima Virgen María, dijo a Santa Lucía de Fátima: 
Nuestro Señor quiere que se establezca en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado. Si se hace lo que te digo se salvarán muchas almas y habrá paz; terminará la guerra... Quiero que se consagre el mundo a mi Corazón Inmaculado y que en reparación se comulgue el primer sábado de cada mes... Si se cumplen mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz... Al final triunfará mi Corazón Inmaculado y la humanidad disfrutará de una era de paz.
El 4 de marzo de 1944, con el decreto Cultus liturgicus, el Papa Pio XII extendió a toda la Iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, y asigno como día propio el 22 de agosto, que es la octava de la Asunción, y elevándola a rito doble de segunda clase.



AQUI EL SERMON DEL PADRE MERAMO
PARA LA FIESTA DE ESTE DÍA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En esta fiesta del Inmaculado Corazón de María, instituida por el papa Pío XII en plena guerra, después de consagrar la humanidad al Inmaculado Corazón, quiso que en la Octava después de la fiesta de la Asunción se celebrase la fiesta del Inmaculado Corazón de María.

La devoción al Inmaculado Corazón de María, como nosotros sabemos según San Juan Eudes, es la misma al Sagrado Corazón de Jesús; son dos devociones que expresan una misma realidad, el amor de nuestro Señor por nosotros y el amor de nuestra Señora que ama a su Hijo y nos ama a nosotros como a hijos suyos también. Lo vemos en el evangelio de San Juan: Ella es recibida por San Juan como Madre y Ella recibe a lo recibe a él y a todos nosotros como hijos suyos.

Aquí quiero hacer una observación, y es que no hay porqué enmendarle la plana al Ave María agregando “Madre nuestra”, también como en otras ocasiones lo he mencionado y, es más, cuando digo una cosa e insisto en ella, me baso teológicamente para decirlo, con lo cual no importa que cualquier otro padre o cualquier otro obispo así lo diga, porque así pierde, por no seguir la teología de la Iglesia. Me refiero a que no se dice “por nosotros los pecadores”, porque los pecadores no son los unos como si los otros no lo fueran, es un artículo relativo y aquí no hay ninguna relatividad; todos sin excepción somos pecadores, entonces no son los pecadores y los no pecadores. Sin agregarle además “Señora”, porque en latín no decimos en el Ave María “dómina”, son colombianismos, mejicanismos, argentinismos, que se le agregan.

Entonces ciñámonos a la liturgia romana. Lo mismo ocurre en el Padrenuestro, le colocan un “Señor” donde no lo lleva, entonces las personas que dirigen el Rosario, por favor no cometan esos errores, porque quienes vienen por primera vez lo aprenden mal y eso es lamentable; en el colegio las profesoras no han podido aprender, porque el sacerdote anterior les enseñó así y el anterior también, y se termina por no decirles más porque da pena, pues no entienden, pero en esta capilla sí deben entender y espero que se comprenda que no es un capricho, es por una concesión que se convierte en error teológico introducido por agregar artículos que no hay y una palabra puede convertirse en un error.

En la Iglesia es así: una simple “y” (en latín “que”) en el “Filioque” que no admiten los ortodoxos constituye una herejía, una “i” de más que se le agrega al homoiousios, en vez de homoousios en griego, la herejía de Arrio. Ni una iota. No quiere decir que no sea verdad que es Madre nuestra, es muy Madre nuestra como ya lo acabamos de ver en el evangelio, que es Madre de la Iglesia; es entonces Madre nuestra, pero si les vamos a agregar a las oraciones todas las verdades, no acabaríamos nunca. También en otras oraciones como la Salve. En el Credo agregamos un segundo creo, “creo en Dios Padre y creo en Jesucristo”, etcétera. Nos acostumbramos a agregarle y por eso cuando nos cambian en el Padrenuestro “deudas” por “ofensas”, por esa mala costumbre nos tragamos el cuento.

Nuestra Señora, primera garantía de salvación. La epístola de esta fiesta, tomada de uno de los libros Sapienciales, el Eclesiástico, y que la Iglesia le aplica a nuestra Señora, como a Madre de la Sabiduría, que es nuestro Señor, la Sabiduría Eterna, increada; Ella, Madre de Dios, Madre de la Sabiduría Eterna, Madre de nuestro Señor Jesucristo, predestinada desde toda eternidad, ab initio, ante ómnia saécula. Todos esos pasajes que parecieran ininteligibles, no se entienden si no los situamos dentro de la predestinación, ab aeterno, de la Santísima Virgen en el mismo decreto de la Encarnación, en el mismo decreto que desde toda la eternidad Dios promulgó, para que el Verbo se hiciera carne; en ese mismo decreto se promulgó que nuestra Señora sería la Madre de Dios y de esa predestinación brota toda la gloria y todo el honor de nuestra Señora, por ser la predestinada desde siempre a ser la Madre de Dios y de ahí todos los privilegios, por su maternidad divina.

De ahí todo su poderío, todo su señorío, toda su realeza y el triunfo bajo la impronta de su Inmaculado Corazón; de ahí tantas promesas en ese triunfo muchas veces mal interpretado, mal entendido, mal situado. Bástenos por lo menos saber sobre todo en la hora presente, que después de todo esto, de esta apostasía, de esta pérdida de la fe, de esta pasión de la Iglesia, tendrá lugar el triunfo del Inmaculado Corazón, que no forma sino el mismo y único triunfo de nuestro Señor Jesucristo.

Todo colabora al bien de aquellos que Dios ama, esta es la importancia de ser, de pertenecer a aquellos que Dios ama y todos somos amados de Dios, el problema está en que nos excluimos de ese amor divino voluntariamente y por eso se forman dos bandos, dos genealogías, dos razas: la raza de los benditos en nuestra Señora y la raza de los malditos en Eva y la serpiente. De ahí viene el odio irreconciliable y por eso es un signo, como decía San Luis María Grignión de Montfort, un signo de la predestinación el que nosotros veneremos a nuestra Señora, seamos sus fieles y verdaderos devotos, porque hay infieles y falsos devotos. Siendo entonces, sus fieles y verdaderos devotos pertenecemos a esa raza de los hijos de María y tenemos así la garantía de nuestra Salvación.

No es, por tanto, una devoción más o que yo le rece a San Pedro, o a San Juan, o a San Pablo, o al Santo que más me guste, porque nuestra Señora está por encima de todos los santos y ángeles del cielo, está al lado de Dios y es nuestro escudo, nuestra abogada y nuestra protectora y bajo todos esos títulos tenemos que invocarla para que Ella aplaste a la serpiente, la cabeza de Satanás.

Pidámosle esa confianza y amor filial a Ella, para que amemos más y mejor a nuestro Señor Jesucristo a pesar de todas nuestras miserias. +

PADRE BASILIO MERAMO
22 de agosto de 2001

domingo, 17 de agosto de 2014

DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el Evangelio de hoy tenemos la parábola que Nuestro Señor dirige a esos hombres que se tenían a sí mismos por buenos creyéndose mejores que todos los demás; se tenían por muy religiosos. Es la parábola del fariseo y el publicano y que nos viene muy bien para que no cometamos el mismo pecado de soberbia religiosa.

Los fariseos eran la elite social y religiosa del pueblo judío, que encarnaba el ideal nacional en contra del helenismo y del dominio romano. Defendían, por decirlo así, el patrimonio del pueblo elegido, sintiéndose los sucesores del espíritu de los macabeos quienes defendieron en un momento crucial el honor y la gloria de Dios, el culto verdadero, ante la profanación, y por esto murieron mártires cuando el emperador colocó una imagen, un ídolo, en el templo; pálida imagen de lo hecho en Asís con la imagen de Buda sobre el sagrario, de modo que si aquello fue profanación esto ya es apostasía.

Pues bien, los fariseos eran los guardianes del culto y de la religión, de las cosas de Dios y por eso se dedicaban a escudriñar las Escrituras y todo lo concerniente al culto. El publicano, un recaudador de impuestos, un “traidor” al servicio del César para recolectar los impuestos y así beneficiarse. Ser publicano entonces era lo más detestable que podían tener los judíos entre ellos y sin embargo, nuestro Señor muestra que la oración del fariseo no es escuchada y la del publicano sí.

El fariseo que en apariencia era excelente, “gracias te doy”; qué cosa mejor que dar gracias a Dios, pero, “... porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros”; “ni como este publicano”, o “como esta rata”, le faltaba decir. Sin embargo, nuestro Señor mismo nos dice que no le escuchó; daba el diezmo (que eso es lo que de limosna eclesiástica por ley siempre se ha estipulado y que la Iglesia no ha urgido), o sea la décima parte o dividendos, o rentas que tenía, y ayunaba dos veces a la semana y no un ayuno mitigado, un ayuno a medias como el que hoy se hace y que ni aun así se cumple, porque nos cuesta no comer carne, hacer abstinencia, ayunar dos o tres veces al año, y es un ayuno templado por la debilidad nuestra. Antes el ayuno era riguroso: absolutamente nada durante todo el día, y dos veces por semana, es lo que hace el fariseo; aparentemente era muchísimo mejor que cualquiera de nosotros, qué ejemplo. Sin embargo nada de eso le servía, su oración carecía de valor porque todas sus buenas acciones quedaban anuladas, sin valor sobrenatural por estar viciadas de soberbia, ¡la maldita soberbia! El maldito orgullo que todos llevamos dentro y peor, no cualquier soberbia, sino la peor que puede haber, la religiosa, la de los religiosos y de los fieles religiosos.

La palabra soberbia viene del latín superbia, supra, creerse por encima de los demás, mientras que humilde humilitas, humus del humus de la tierra, el humilde es aquel que se rebaja, que se siente poco, que se siente tierra porque venimos de la tierra, del limo de la tierra, del barro. Ese es nuestro origen material al cual Dios infunde el alma, y por eso la humildad es la verdad, reconocer lo que somos, criaturas hechas de barro, luego no tenemos nada de que enorgullecernos con respecto a los demás. Esa es la verdadera humildad y la verdadera oración: “Señor, soy un miserable pecador”, sea rico o sea pobre, rey o basurero; “soy un miserable pecador”, un hombre hecho de barro, de tierra. En cambio, el fariseo era soberbio religioso.

Esa soberbia religiosa la podemos tener todos nosotros y entre más religiosos peor aún, como en el clero; soberbia religiosa aun dentro del clero tradicionalista, y en los fieles; nosotros como tradicionalistas, en cierta forma como los fariseos detentores del verdadero culto, podríamos hacer esa comparación a muy justo título. Porque los fariseos no eran malos en su principio, degeneraron después; eso mismo nos puede acontecer, así que es grave peligro.

Dentro de la Tradición y aun dentro de la hermandad, Dios ha permitido la caída terrible de sacerdotes y de fieles para que no nos enorgullezcamos. Que si defendemos el verdadero culto y somos celosos de las cosas de Dios con santo celo, reconozcamos que no es por mérito propio sino que somos frágiles vasos de barro que guardan un tesoro, el tesoro de la liturgia, de la doctrina, de la fe, pero que somos barro; somos poca cosa, la verdad no nos pertenece. La verdad es para el bien común, como lo dice la epístola de hoy: la diversidad de espíritus, unos de profecía, otros de milagros, de doctrina, de interpretación, pero es el mismo espíritu para el bien común, para la verdad, no para que nos creamos los mejores, los santos; la verdad no está para que nos sirvamos nosotros de ella, sino para que sirvamos nosotros a la verdad.

Este es el pecado del fariseísmo religioso, convertir la religión en un medio de poder, de ambición de riquezas, de política; todo lo cual es costumbre en Colombia; politizar hasta la religión; ver la jerarquía de la Iglesia convertida al servicio de la política y peor, de la mala política, porque no sirve al bien común, y no es justa porque no tiene en cuenta los principios del evangelio que deben iluminar y dirigir toda verdadera política y aún más aquella que se estime como una política católica.

De ahí que si yo me sirvo de la religión para tener poder, riqueza y prestigio, estoy cometiendo el pecado de la soberbia religiosa, del fariseo, sea rico o pobre, pues se puede ser pobre y soberbio. Aunque es mucho más fácil ser humilde siendo pobre, porque los mismos golpes de la vida nos hacen sentir que somos poca cosa y si tenemos resignación nos vamos por el camino de la humildad; en cambio es mucho más difícil ser humilde siendo rico, porque la riqueza me sitúa en un nivel superior, más difícil despegarse de esa riqueza, de utilizarla para el bien común, por eso nuestro Señor deliberadamente decidió vivir pobre y no rico en un palacio, para darnos el ejemplo. Lo que no quiere decir que ya en la pobreza sea humilde, porque se puede seguir siendo muy soberbio; así pues, este país ha caído en la desgracia y aunque es un país potencialmente rico, somos pobres; aprovechemos esa penuria para despegarnos de lo material y así ayudarnos en la humildad, sentirnos poca cosa.

Hay un asunto lamentable que debo decir, porque muchas veces la gente nueva que viene, se siente rechazada ya que los fieles más antiguos en vez de hacer un verdadero apostolado y explicarles, lo primero que hacen es mirarlos de arriba abajo para ver quién es, qué hace, como si fuera publicano. No señor; si viene mal vestido, con paciencia explicarle, que entre, que conozca, que vea, que si llegó aquí por pura curiosidad o por lo que fuera, Dios escribe derecho sobre líneas torcidas; no cerrar la puerta, ese es el verdadero apostolado, la verdadera predicación. No olvidar que llevamos más de treinta años de errores y confusiones que se agravan y que no todos tienen la suerte de haberlo visto desde un principio, sin contar la gracia que se necesita. Entonces sepamos acoger a los demás y allá ellos si perseveran o no, pero que no sea nuestra actitud la que aleje a la gente para después quejarnos de que somos pocos.

Por muchos que seamos, siempre seremos pocos; por la misma situación de crisis, por el paganismo atroz del mundo; no nos hagamos ilusiones, nunca seremos multitud sino un pequeño rebaño fiel y en la medida que nos acerquemos al fin de los tiempos ese pequeño rebaño se irá reduciendo. “¿Acaso encontraré fe cuando vuelva?”. Es lo que dice Nuestro Señor, y “Las puertas del infierno no prevalecerán”. Dos afirmaciones aparentemente contradictorias; la Iglesia no será destruida, pero “¿cuando yo vuelva encontraré fe?”. ¿Cómo es eso? Sencillamente: gran apostasía, un pequeño rebaño fiel, a eso se reducirá la Iglesia y por eso no prevalecerá el infierno sobre la Iglesia, porque la Iglesia no es una cuestión de números ni de cantidad, no es una democracia, no es la mitad más uno ni lo que piense el pueblo, ni el rey, ni nadie.

La Iglesia es Dios, su santa doctrina, la jerarquía que Él instituyó y los fieles. Es más, decía San Agustín: “Allí donde haya un fiel, allí habrá Iglesia”, y no importa que sea cura, obispo o un simple fiel, es decir un bautizado que tenga la fe, allí estará la Iglesia. Dice con mayor razón nuestro Señor: “Allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré yo”, allí estará mi Iglesia. No interpretemos eso como definición de la Misa, porque una cosa es la presencia de nuestro Señor, allí donde dos o tres estén reunidos en su nombre, y otra es la presencia sacramental de nuestro Señor en el tabernáculo, son dos cosas distintas.

Aunque estemos en la tradición de la Iglesia, en medio de una apostasía como la que nos toca vivir, y aunque no sea evidente para todos y sí para nosotros, pues ¿qué es si no todo lo que hoy se vive en detrimento de la moral, de la fe, del culto, es decir, de la religión católica? Si bien se mira no queda ya nada en pie, nada es santo, nada es sagrado, todo profanado, la religión adulterada, del culto no quedan más que las formas, las cáscaras, no hay contenido. ¿Cuánta gente no va de buena fe a la nueva misa?. Si es que rinde culto a Dios verdaderamente, si comulga, ¿estará comulgando a nuestro Señor? No hay una mínima seguridad ni garantía de que esté rindiendo el verdadero culto a Dios, aun comulgando.

Y si nos atenemos a la definición de la Santa Misa que para ellos ya no es ni santa ni misa, ni tampoco un sacrificio, considerando que es simplemente un memorial, un recuerdo, y no el mismo sacrificio del calvario renovado sobre el altar sacramentalmente, pensando que es una reunión o conmemoración, como cuando yo festejo un cumpleaños: eso no es misa.

Y si consagro pensando que en la consagración no hay transubstanciación, no hay entonces la presencia real, no tengo la intención de la Iglesia. Todas estas cosas no me las garantiza la liturgia moderna, porque es una liturgia revolucionaria, contra la tradición, y yo no puedo ir contra la tradición sin caer por el mismo hecho en un cisma, en una ruptura. Hay un cisma en la Iglesia católica, nos guste o no. No todo lo que se dice Iglesia católica es católica; la Iglesia católica no puede estar dividida. Entonces, quien separándose de la tradición por seguir la revolución, aunque piense que no está en estado de cisma y de ruptura con la Iglesia católica, se divide. Esa es la teología, ser o no ser; diferente es que por ignorancia no me dé cuenta, sea o no sea culpable, esa es otra historia, si me doy cuenta o no, si tengo o no tengo la suficiente luz para ver las cosas como hay que verlas bajo la luz de la fe, sobrenaturalmente.

El simple hecho de oponerme a la tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana, crea un estado de cisma y ese estado de cisma quedó formal y objetivamente confirmado, cuando Pablo VI firmó todos los decretos del Concilio Vaticano II. Los errores del Vaticano II no son de interpretación, sino que son errores de principios, y un Papa no puede firmar, rubricar como pontífice de la Iglesia católica lo que en principio se oponga a la tradición de la Iglesia: es inadmisible. Eso debería estar claro después de más de treinta años, si no fue claro en su momento.

Lo lamentable es que esto no lo diga quien debiera decirlo, al menos los obispos, pues tienen la responsabilidad de apacentar el rebaño con la verdad y no pueden tolerar un estado de ruptura con la tradición y no decirlo. Ya es hora de hablar claro –al pan, pan y al vino, vino– y que adoptemos una postura de verdad, de integridad y de fe delante de Dios, pues la religión no es una cuestión de sentimientos y de pareceres; yo no voy a la iglesia para sentirme bien, sino por un acto de fe para adorar a Dios en espíritu y verdad. No se viene a Misa para cumplir con una rutina o para ser niños buenos. Asistamos a Misa en un acto de profesión de fe católica, apostólica y romana de la única fe, de la fe sobrenatural, objetiva, y no de una fe subjetiva, sentimental, que nada tiene que ver con la adhesión de la inteligencia, movida por la voluntad bajo la acción de la gracia, a la verdad primera.

Pues bien, la Fraternidad enarbola la custodia de la tradición y todos los que venimos aquí queremos mantenerla, pero no por eso somos mejores que los demás. Dios nos exigirá más en la medida en que nos dé mayores gracias y la cuota de cada uno es la fidelidad como respuesta a esa verdad y respuesta categórica. No es una respuesta a medias tintas, no es un “sí” con un “no” ni es un “no” con un “sí”. “Sí sí, no no”, hay una decantación y en esa desviación de la fe, en la respuesta y en la fidelidad está la prueba por la cual cada uno de nosotros pasa y por la que está pasando la Iglesia en sus miembros, en sus fieles; ese dolor tan terrible del cual Dios sacará un gran beneficio. Por eso permite el mal, porque como Él es todopoderoso, del mal puede hacer surgir el bien, como triunfo del bien sobre el mal; ese es el ejemplo que nos da nuestro Señor en la Cruz, muriendo en ella nos da ejemplo de vida. De ahí la gran derrota del demonio, por derecho, porque todavía él sigue haciendo estragos hasta que Dios venga a ajustarle cuentas y por eso nosotros debemos aprovechar todas estas circunstancias y todos estos males.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, nos dé la humildad con esa oración del publicano. Que esta misma crisis sea un medio que Dios nos permite para que nos santifiquemos y crezcamos en la fe. Dar verdadero testimonio de Dios con toda fidelidad y que esa fidelidad a la verdad, nos haga libres. “La verdad os hará libres”, somos libres, no en la democracia sino en la verdad, y la verdad es la santa Iglesia católica, apostólica y romana, la verdad en nuestro Señor Jesucristo, sintiéndonos como somos, pecadores, pero que llevamos un gran tesoro, el tesoro de la fe; dispuestos a defenderlo cueste lo que cueste sin caer en la soberbia del fariseo creyéndonos mejores. Sea nuestra Señora, ejemplo de humildad a imitar, Ella, que se consideró la sirvienta, la sierva de Dios y fue enaltecida por su profunda humildad. Sigamos su ejemplo de humildad y seamos fieles a Dios y a su santa Iglesia. +
BASILIO MÉRAMO PBRO.
12 de agosto de 2001

viernes, 15 de agosto de 2014

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En esta fecha la Iglesia católica festeja el dogma solemnemente proclamado por el papa Pío XII en 1950. Dogma de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma, al final de su vida terrena, sin determinar más, sino sencillamente, que nuestra Señora después de su vida terrena fue asunta a los cielos en cuerpo y alma, es decir gloriosa.
Hoy, pues, festejamos esa proclamación solemne del dogma de la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso al cielo y digo resucitada, porque si bien el Papa no quiso hablar en la definición dogmática si había resucitado o no, en la misma bula hace alusión a la muerte de nuestra Señora, muerte que no debe sorprendernos. Aunque algunos teólogos dicen que no murió, otros, como Santo Tomás, dicen que murió no por causa del pecado, porque Ella era toda pulcra e inmaculada, sino para asociarse a la muerte de nuestro Señor, que tampoco tuvo ningún pecado y, sin embargo, murió; y por ser Ella corredentora al pie de la cruz, murió de amor, pero no sufrió corrupción.

Fue entonces una resurrección anticipada para ser glorificada en los cielos. Aunque esto de la muerte claramente no está definido, es una opinión teológica muy fundada y la más conveniente, pero quede claro que el mismo papa Pío XII sin comprometerse en definirlo, dice que los fieles no tenían inconveniente en admitir la muerte, para identificarse con nuestro Señor que también murió y padeció por nosotros. De todos modos, con este dogma se proclama solemnemente la Asunción, la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso, en cuerpo y alma a la gloria de los cielos.

No creamos que es un dogma nuevo; hay muchos dogmas en la Iglesia que se creen con verdadera fe sin ser proclamados solemnemente; ya esta verdad era creída, casi práctica y unánimemente desde el siglo VII y creída por haber sido enseñada por el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia quien también define dogmas pero no solemnemente. El Magisterio Ordinario de la Iglesia define, determina, por lo menos, el sentido y así se creen muchas verdades y ellas pueden ser solemnizadas con fórmulas precisas y con una determinación más exacta que lo acaba, que lo circunscribe, si podemos decir así, de una manera que no se pueda vulnerar ni mejorar. Hay otras verdades que también están implícitamente contenidos en los dogmas; el de la Asunción está contenido en el dogma de la plenitud de gracia13 que nos trae la Inmaculada Concepción, plena de gracia, llena de gracia. Al ser llena de gracia no podía tener Ella ninguna mancha que borrar, ni el pecado original ni ningún otro pecado actual, ni venial ni mortal. Y esa plenitud de gracia desde el primer instante de su Inmaculada Concepción es una gracia que nosotros no nos podemos imaginar.

Para tener una idea, pensemos que la gracia de todos los santos y de todos los ángeles no llega a la inicial de nuestra Señora en el momento de su concepción; y esa plenitud de gracia inicial, después se acrecienta con la concepción del Verbo, cuando pronunció Ella su fiat y luego se acrecentó más, cuando fue asunta a los cielos; entonces ya esa gracia inicial es mayor que la de todos los santos y todos los ángeles juntos.

Vemos entonces cuán horroroso es que los protestantes nieguen esto por el perverso y sacrílego error de Satanás, que los tiene sujetos y obnubilados; pero lo digo para que se vea por contraste la depravación satánica del protestantismo y para que defendamos nuestra religión poniendo a la Santísima Virgen por delante, como un buen hijo que pone a su madre en alto y no se avergüenza de Ella como si fuese una mujer cualquiera. Esa plenitud de la gracia inicial que fue aumentando hasta la Asunción de nuestra Señora, es la consecuencia del privilegio de la maternidad divina, de la maternidad de nuestra Señora; de ahí deriva porqué es la Madre de Dios, deriva toda la plenitud de gracia y de gloria que Ella tiene mucho más excelsa que la de todos los santos y todos los ángeles juntos y deriva, también, todo su poder. Por la grande y sencilla razón de que Ella es la criatura que Dios más amó y ama. Por todo esto y por ser la más amada de Dios es la predilecta, y de ese privilegio que Ella tiene en su Inmaculada Concepción, de esa gloria que tiene en su Asunción, nosotros participamos en alguna medida como miembros de la Iglesia católica, teniéndola a Ella por nuestra Madre.

Ella es la antítesis de Eva, y cosa curiosa, Eva al revés es ave, ¡Ave María! Eva fue maldecida y por eso volvió a la tierra, volvía al origen de su procedencia por el pecado, por la mancha. Nuestra Señora es la antítesis, es el culmen de las bendiciones. La maldición de Eva entraña la muerte, porque Dios hizo al hombre naturalmente defectible y por lo mismo mortal, aunque fue elevado a la inmortalidad. Perdió esa eternidad por el pecado original de Adán y Eva. Hay dos linajes, el de Eva: un linaje maldito; y el de la Santísima Virgen: un linaje bendecido. En el linaje de Ella, están todos aquellos que la reconocen como madre, que pertenecen al seno de la Iglesia y más aún, aquellos que se consagran a Ella, que rezan el rosario y que llevan el escapulario, que la veneran de un modo especial por esa plenitud de gracia, por esa exaltación, por esa bendición, y porque también está profetizado que Ella aplastaría la cabeza de Satanás y del linaje de Ella saldría nuestro Señor que es Dios, que triunfa contra el mal.

Por lo mismo la Iglesia, aunque sufra, es una Iglesia llena de esperanza aun en medio del padecimiento, porque si la tenemos a Ella por Madre y somos de su linaje, vamos a ser odiados por el otro linaje antítesis de Ella. Los hijos de Eva, los que no reconocen a nuestra Señora, no reconocen a nuestro Señor, no reconocen a la Iglesia. Hay una enemistad hasta el fin de los tiempos, no nos extrañemos de que haya persecución, de que haya guerra religiosa, de que haya oposición; y no que ahora nos vengan a hacer bajar la guardia en el falso ecumenismo donde no hay enemigos, porque es mentira, el demonio existe y el mal existen, igual los malos hijos y combaten a los buenos, a los del linaje de nuestra Señora, como combatieron y mataron a nuestro Señor.

No hay peor ignorancia que la de ignorar el enemigo, y no hay peor burla del enemigo, que la de hacernos creer que no existe; por eso Satanás ríe haciéndole creer al mundo moderno que no existe y es hoy más satánico que nunca; los juguetes de los niños son diabólicos, esas figuras monstruosas, esos dibujos animados en la televisión también monstruosos, inculturizando a los niños para que cuando vean volar a los demonios los tengan por sus ídolos y sus héroes. No entiendo cómo hay padres de familia que les compran un juguete monstruoso a sus hijos; realmente no se piensa, eso demuestra hasta qué punto se nos enceguece con la propaganda, el bombardeo, la desfiguración del arte, la destrucción de la realidad que Dios ha creado y eso viene del odio del infierno. Desgraciadamente los secuaces de carne y hueso, los hombres que no pertenecen y no quieren pertenecer al linaje de nuestra Señora y que sí son del linaje de Eva, maldecida, corrupta. Nuestra Señora es la antítesis y en Ella están todas las bendiciones.
“Bendita eres entre todas las mujeres”. ¿Por qué esa bendición? Por ser la Madre de Dios, porque es “Bendito el fruto de tu vientre”, que es Jesús, Dios. Así que hoy, con la Asunción, nosotros podemos proclamar con gozo, con regocijo, que tenemos una madre en el cielo, coronada en el cielo, venerada por todos los ángeles, omnipotente ante los ángeles, omnipotente por participación porque sólo Dios es omnipotente absoluto; pero a Ella por ser la Madre de Dios, nuestro Señor le da todo ese poder de su gracia para que Ella sea el canal por el cual esas gracias nos lleguen, así como el agua nos llega a través del acueducto. Ella es así, el canal, el conducto por el cual nos llega esa agua pura del cielo, que nos salva y nos asemeja a Dios.


Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, ser sus verdaderos hijos, no como muchos que siguen falsas devociones, como lo dice San Luis María Grignión de Montfort, sino que seamos de los verdaderos y que podamos tenerle en nuestro corazón un altar privilegiado, para que Ella sea nuestro socorro y nuestro auxilio, sobre todo a la hora de nuestra muerte. +

BASILIO MERAMO PBRO.
15 de agosto de 2001.