San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 15 de abril de 2012

PRIMER DOMINGO DE PASCUA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Durante este tiempo de cuarenta días nuestro Señor, después de su Resurrección, antes de subir a los cielos, se les aparece a los suyos y consolida la Iglesia. Culmina su formación con la venida del Espíritu Santo a los cincuenta días, en el día de Pentecostés.

Y no todo lo que nuestro Señor legó a sus discípulos está en las Escrituras. Muchas de lo que hizo, como dice el evangelio de San Juan: “Si se quisiera ponerlas por escrito, una por una, creo que el mundo no bastaría para contener los libros que se podrían escribir”, lo cual combate de plano a los protestantes que quieren hacer de la Escritura todo, limitando a Dios a un libro. Cuando lo infinito es, como me dijo un fiel, imposible de limitar a un libro, y con cuánta razón. Luego la Palabra de Dios no se limita a la Biblia sino que la trasciende; en la Biblia hay solamente una parte de esa Palabra, lo mismo en los Evangelios. ¿Qué harían, pues, los protestantes que no admiten el sacramento de la confesión, con estas palabras que acabamos de leer en el Evangelio, si la misma Escritura que ellos toman como único fundamento, y eso es una herejía, les condena? Eso debe abrirnos los ojos.

Entonces nuestro Señor consolida su Iglesia: instituye todos los sacramentos, les da las consignas necesarias para afirmar la Iglesia y recibirá la culminación en Pentecostés una vez que haya ascendido al Padre y que junto con el Padre envíe el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Y todo esto es lo que forma la Tradición de la Iglesia. Por eso no es solamente la Biblia, la palabra escrita, la revelación escrita, sino también la revelación no escrita y contenida en la Tradición de la cual es maestra y señora la Iglesia que no reconocen los protestantes; esa es su herejía. Nuestra incultura religiosa es tal, que no sabemos contraponerles para derrotarlos con dos palabras como corresponde, y no lo hacemos porque nos falta estudiar el catecismo, sencillamente; pero qué se les va a pedir a los fieles, si instruirse en religión le hace falta también al clero, que ignora los elementos esenciales de nuestra doctrina.

Vemos que los apóstoles estaban reunidos escondidos, temerosos, cuando se les aparece nuestro Señor, porque todavía no tenían ese fuego que les inflamara y los consolidara en la fe por la gracia del Espíritu Santo que iba a venir en Pentecostés. Tenían miedo de los judíos porque eran temibles, pero el que tiene fe no teme ni a los judíos, ni a Satanás, ni al mundo, porque como dice la epístola de San Juan “lo que es de Dios está consolidado en Dios y lo que hace vencer sobre el mundo es la fe”. Eso es lo que hoy está en juego, la fe. Ésta es nuestra victoria sobre el mundo, y si hoy vemos que éste vence o parece vencer a la Iglesia es porque sus hombres, la jerarquía de la Iglesia con el Papa, los cardenales y los obispos, en conjunto, no tienen fe.

Por eso vemos a la Iglesia claudicar en su parte humana, y los que no la defienden con suficiente energía es porque no tienen la necesaria fe. Esa es la gran vergüenza de hoy, sacerdotes que si tienen fe no es la suficiente; los obispos igualmente con poca fe no lo hacen. Porque la victoria sobre este mundo la da la fe en nuestro Señor Jesucristo. ¿Se podrá encontrar un texto más antiecuménico que éste que condena el ecumenismo ateo idólatra y apóstata? Eso debe estar muy claro, porque si los fieles, el pequeño rebaño leal no lo tiene claro, entonces claudicará. Me atrevo a decir sin dármelas de profeta, que la garantía para mantenerse creyentes es ver claramente estas cosas, porque de otra manera sucumbiremos bajo una pseudo autoridad que nos conculcará en nombre de una falsa obediencia a abandonar a Cristo y a ser infieles.

Nuestro Señor dice a Santo Tomás “Cree y sé fiel; y dichoso aquel que sin ver creyó”, porque la fe es de lo que no se ve y en realidad Santo Tomás creyó porque no veía la divinidad, la cual confesó; veía esa humanidad pero pensó que era el Verbo de Dios.

Debemos, pues, ser fieles, pero para ello se requiere claridad doctrinal en aquellos puntos esenciales donde se agrede la religión, la doctrina católica, apostólica y romana y así venceremos al mundo, porque de hecho el mundo está desde la Cruz fulminado. Sabemos que la victoria la logró nuestro Señor, pero que nos falta sufrir para que por medio de ese penar nos configuremos en nuestro Señor y nos acrisolemos en la verdad; la victoria ya la tiene nuestro Señor por derecho y eso ya lo sabe Satanás y por eso mismo nuestro Señor se da el lujo de permitirle hoy campear dentro de la Iglesia, porque sabe que al fin y al cabo la Iglesia es divina y no puede ser destruida, pero allá el bobo que se deje engañar. Por eso se necesita claridad doctrinal, el peso teológico que da la fe, porque ésta vence al mundo.

La fe venció al mundo, como lo dice San Juan en esta epístola que es un poco difícil de entender, al decir: “Tres son los que dan testimonio en el cielo y en la tierra, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, que son uno, que son la misma cosa”, y que “el agua, el fuego y la sangre son uno”. ¿Cómo van a ser uno el fuego, el agua y la sangre y que dan testimonio de nuestro Señor? Cuando habla del agua se refiere a que en el bautismo de nuestro Señor el Padre dio testimonio de que era su Hijo muy amado: “Este es mi Hijo en quien tengo puestas todas mis complacencias”. Por la sangre es el Verbo, el mismo nuestro Señor que se muestra digno Hijo del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, y murió en la Cruz y así entonces da testimonio con la sangre. Y el Espíritu Santo por el fuego después de la resurrección, como dice la epístola, es el que da testimonio de que Cristo es la verdad y la verdad es Dios objeto de la fe, la Verdad Primera.

No hay escapatoria; la religión y los dogmas son monolíticos, se aceptan o se rechazan, pero no se pueden tomar por partes como hacen los herejes, y en eso consiste su herejía, tomar lo que a mí me agrada, me convence o me parece. Por eso en materia de fe “sí, sí, no, no”, cualquier otra palabra viene del maligno, de Satanás; ese es el lenguaje de la Iglesia católica y ese debería ser el de los doctores en la fe, que son los obispos, pero que hoy son marionetas al servicio del anticristo, de Satanás y de la sinarquía. L a globalización todo lo está estructurando para que venga a reinar en este mundo no Cristo, sino el anticristo; eso hay que saberlo, aunque no sepamos de qué modo se verificará, ni cuándo, pero cada vez se acerca más el tiempo, es evidente. Así como la higuera, que cuando reverdece es porque ya se acerca el verano, así estas calamidades dentro de la Iglesia nos anuncian y presagian todo lo que antecede a la segunda venida de nuestro Señor glorioso y majestuoso; es el objeto de nuestra esperanza, debemos tenerla, pues fue la seguridad de la Iglesia primitiva la que nos lleva a dar esos ejemplos de santidad de los cuales no seremos capaces si no poseemos lamentablemente ese fervor.

Son tres los que dan testimonio de nuestro Señor: el Padre con el agua, el Hijo con su sangre en la Cruz y el Espíritu Santo con el fuego de su amor que da testimonio de la verdad. Dice entonces nuestro Señor que todo lo que necesitarán, el Espíritu de Dios, el Espíritu de verdad, el Espíritu Santo se los dirá, se los recordará, como leemos en otros pasajes de las Escrituras, y así podemos decir que de algún modo desaparece esa aparente confusión que no podemos entender cómo sean tres los que dan testimonio en el cielo y tres en la tierra y que esos tres, agua, sangre y fuego sean una misma cosa. Pues son lo mismo porque son los tres, las tres expresiones por las cuales cada una de las Personas de la Santísima Trinidad da testimonio de nuestro Señor Jesucristo y esa es la fe que vence al mundo, esa es la fe de la Iglesia y la que niega hoy la jerarquía con su estúpido y herético ecumenismo.

El ecumenismo es lo más herético y nos hace apostatar de la fe en nuestro Señor Jesucristo, en la sacrosanta Iglesia católica, apostólica y romana. Y nosotros, estando aquí en Colombia, somos más romanos que el Papa y todos los cardenales juntos que pisotean la tumba de San Pedro; y debería haber un obispo que se lo diga en la cara, porque ya está bueno de ponerse de ruana la Iglesia y que no haya un hombre viril para que lo diga en el nombre de Dios como doctor de la Iglesia católica. Es una vergüenza que no haya ningún obispo que hable claramente; así es en la crisis que estamos atravesando, por lo que debemos consolidarnos en la fe y no tener miedo. Si hay temor es porque nuestra fe está claudicando; entonces hay que pedirle a Dios nos fortifique y consolide en ella. Para eso es el sacramento de la confirmación, por la plenitud del Espíritu Santo, para confirmar la fe del bautismo, y por eso el obispo es el ministro ordinario de la confirmación. Pero ¿qué hacen éstos? Todo lo contrario, absolutamente lo opuesto, ni confirman en la fe, ni tienen fe y qué se puede esperar entonces, sino el desastre que estamos viendo y viviendo.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, el ser fieles; que nuestra fe no sea como la viven hoy, sino que sea sincera, pura, inmaculada, que no acepte el error, que rechace, que sea intolerante, porque la fe es intolerante; la condescendencia en materia doctrinal, como lo decía el gran Marcelino, es una enfermedad de los espíritus débiles, porque la verdad es intolerante. Algo diferente es la tolerancia a nivel humano, pero eso ya no es tolerancia doctrinal, ni de principios, ni religiosa, sino simplemente de misericordia por la miseria humana que todos llevamos encima, como lastre.

Más o menos, es el fortiter y el suaviter de San Pío X; es el espíritu católico de intransigencia ante el pecado y de misericordia con el pecador que comete el mismo pecado. Pero no lo mezclemos todo, la Iglesia no es una olla donde se metan toda clase de alimañas y que subsistan como se hace hoy con el ecumenismo; eso no puede ser la Iglesia de Dios. Ésta es Inmaculada. Si no es inmaculada en su Institución divina, no es de Dios. Otra cosa es la miseria de los hombres que la integremos. Pero de allí a pontificar en el error... valerse de la autoridad de Dios y en el nombre de Él destruir la fe es demoníaco, diabólico. Por eso, lo que Juan Pablo II ha mirado con fe es demoniaco y diabólico y no me tiembla la palabra al decirlo. Y si él no quiere ser perverso pues que se arrepienta, porque va a ir al infierno con todos sus cardenales.

Al pan, pan, y al vino, vino; sí, sí, no, no. Es la verticalidad de la verdad, y el que no ama la verdad no es de Dios, eso debe ser lo que nos caracterice: el amor a la verdad, como lo dice el mismo San Juan: “Porque no amaron la verdad, los suyos no lo recibieron”. Esa es la perversión del judaísmo, no amaron la verdad, no la aceptaron ¡y ésta qué objeto de la fe puede ser!, si el ideal de la fe es la verdad primera como dice Santo Tomás. Cosa olvidada hoy por quienes deben apacentar la grey.

Imploremos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, que nos ayude a mantenernos fieles y puros en medio de esta crisis; que podamos de algún modo reparar esos dolores, que deben ser terribles, del Sagrado Corazón de Jesús, del Inmaculado Corazón de María; vemos cómo la humanidad está yéndose al infierno precipitadamente y no hay nadie que ponga freno; que las almas no se condenen; en eso consiste el verdadero apostolado, en impedir que las almas se pierdan tratando de darles la luz de la verdad, para que reconozcan a nuestro Señor. Eso es lo que debemos pedir en estos días y en esta Pascua, para que tengamos nuestra mirada puesta en el cielo y en las cosas de Dios, no apegados como animales en cuatro patas mirando apenas la tierra, mientras que el hombre en dos pies puede mirar hacia el cielo. Que miremos las cosas de Dios y nos desapeguemos de las terrenas, es el mensaje de la Pascua, como nos lo recuerda la Escritura en los textos pascuales, y así se alegren verdaderamente nuestros corazones manteniendo esa fe en nuestro Señor resucitado. +

P. BASILIO MERAMO
7 de abril de 2002

domingo, 8 de abril de 2012

DOMINGO DE PASCUA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Este Domingo de Resurrección, Domingo de Pascua, es el día más solemne, la fiesta más importante de todo el año litúrgico; aunque quizás no sea la más popular como lo es la Navidad, pero en sí misma es la principal y por eso está rodeada de la octava, de las pocas octavas que han quedado, dado el recorte litúrgico que hacía de las éstas el esplendor de la fiesta, pero con la modernización se fueron recortando.

Por eso este día queda aún, a pesar de todo, con su octava, es decir, el festejo reiterado durante ocho días consecutivos. Es una lástima, dicho sea de paso, ver que aquí en Colombia y sobre todo en Santander la Pascua no tiene ninguna impronta familiar, no hay una reunión, un agasajo, una comida, nada que de modo un poco más ordinario y explícitamente así lo demuestre, como sí lo hay en Europa y me duele decirlo, a mí, que me ha tocado pasar muchos años la Pascua en el viejo continente. Allí, en Francia, en Italia, en España, existe la costumbre, muy arraigada, de festejar la Pascua. Claro está que aquí la gente vive la Semana Santa, pero ésta queda trunca sin el Domingo de Resurrección. Toda nuestra religión quedaría en el vacío sin la Resurrección de nuestro Señor. Toda su divinidad queda consignada, afirmada, proclamada, evidenciada y demostrada con la Resurrección.

Nadie es capaz de resucitar de la muerte; por eso el Único que podía decir que iba a morir y a resucitar por sus propios y exclusivos medios es Cristo nuestro Señor, porque es el Dios Encarnado, hecho carne, hecho hombre; por eso es verdadero Dios y verdadero hombre.

Toda su persona es divina, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad la que se ha encarnado y, por eso, no obstante el estar muerto como hombre, separándose su alma de su cuerpo, Él es y sigue siendo el Dios vivo; porque ese cuerpo humanamente muerto, sin alma, era sustentado por la persona divina, por eso no era un cadáver como acontece con nosotros; no era un cuerpo en estado de putrefacción sino que en ese cuerpo estaba presente la divinidad aun en la tumba durante los tres días, y por eso su alma también estaba sustentada en su existir por el Verbo. Si bajó a los infiernos, es decir, al seno de Abraham, allí donde iban los justos del Antiguo Testamento para abrirle las puertas del cielo que estaban cerradas, su alma tenía la presencia de la divinidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; misterio que no entendemos pero que conocemos por la revelación, por la fe.

Por eso en el Domingo de Resurrección de nuestro Señor, es el día más importante de la semana, justamente, y por eso se le llama al domingo día del Señor, porque fue el día en que se reúne su alma nuevamente con su cuerpo, con la manifestación y el esplendor del cuerpo glorioso. Sin embargo, nuestro Señor resucita y se queda durante un tiempo, cuarenta días, instruyendo a sus discípulos, adoctrinando a sus apóstoles, instituyendo las bases de su Iglesia católica, consolidándola, dándole toda su estructura sobrenatural hasta que venga a coronarla, a completarla, a perfeccionarla la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el día de Pentecostés a los cincuenta días de la Resurrección de nuestro Señor. Díez días después de su Ascensión a los cielos, porque para que bajara el Espíritu Santo, tenía que enviarlo nuestro Señor junto con el Padre Eterno y por eso tenía que elevarse a la gloria.

Es muy importante que lo tengamos, porque la Iglesia católica no está en el aire; está fundada sobre la piedra angular que es nuestro Señor y por eso no todo está en las Escrituras sino que la Revelación está también en esa transmisión oral y por tanto ésta no puede ser desechada, pues es la mitad de la verdad revelada, si así se puede decir. Esto lo hacen los protestantes, que tienen una revelación amputada por la mitad porque desprecian la Tradición, y sin ésta, la revelación escrita queda mal interpretada, distorsionada, por lo que ellos predican un Cristo mutilado, cercenado.

Debemos, pues, hoy más que nuca, meditar siempre en estos principios, en estas verdades, porque están siendo sacudidas al igual que Iglesia, como no lo ha sido nunca ni lo será jamás. Por tanto, para mantenernos firmes en la fe y en los fundamentos de la doctrina católica, apostólica y romana, tenemos que instruirnos y meditar en la oración, para que vivamos de estas verdades sobrenaturales como católicos y cristianos que somos.

Aunque también los protestantes han usurpado el nombre de cristianos, no lo son; protestan contra la enseñanza de la Iglesia; ese es su nombre, no lo olvidemos. La meditación de estos principios fundamentales, de estas verdades, nutre nuestras almas para que vivamos de la fe y la esperanza sobrenatural, bajo la coronación de la caridad sobrehumana; que no que sea filantrópica, masónica, terrena, como una cruz roja, un Gandhi, unas Naciones Unidas o Unesco, que no sirve para nada, porque esa es una parodia de altruismo, ya que la única caridad entre los hombres está fundamentada en el amor a Dios. No hay amor entre los hombres si no lo hay a Dios; ese es un principio categórico.

Por lo tanto, fuera de la religión católica no hay amor entre los hombres como no lo hay entre los judíos, entre los musulmanes, entre los protestantes, entre los budistas, ni entre ningún miembro de esas falsas creencias y religiones que ni lo son, porque religión es lo que religa, lo que une a Dios; el error de esas falsas creencias no puede jamás unir al hombre con Dios.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen, que tengamos presente el significado de la Resurrección para que nosotros, con la mirada puesta en lo de arriba, en lo de Dios, podamos transitar a lo largo de esta corta o larga vida que nos toque a cada uno, sin perder la finalidad y el motivo de ella, que no está aquí en la tierra sino en Dios, que es Cristo nuestro Señor resucitado. +

P.BASILIO MÉRAMO
20 de abril de 2003

sábado, 7 de abril de 2012

SANTA NOCHE DE PASCUA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Esta es la noche más solemne de las festividades de la Iglesia. La Resurrección de nuestro Señor es la fiesta de las fiestas, es la manifestación de su divinidad y, como dice San Pablo, “si nuestro Señor no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe”.

Todo el testimonio de la fe en nuestro Señor se apoya en su Resurrección, que demuestra su divinidad, no obstante haberse anonadado asumiendo una carne pasible, susceptible de morir, por un deseo propio, porque de lo contrario, ese cuerpo hubiera sido glorioso desde el primer instante de la Encarnación. Pero Él quería nacer para sufrir y morir y redimirnos. Por eso impidió esa gloria de su cuerpo y así se abatió como un vil siervo para morir en la Cruz y luego resucitar al tercer día. Esa es la gran fiesta de la Pascua, el gran paso de nuestro Señor de la muerte a la vida. De esta manera nos invita a todos a que nos regocijemos en Él ya que hemos muerto con Él en el bautismo, que de una parte simboliza la muerte en nuestro Señor Jesucristo; y así ahora resucitar con Él. Esa es la gran esperanza, la gran promesa.

Por lo mismo, el evangelio de hoy nos invita a mirar lo de arriba y no lo de aquí abajo, lo efímera de la tierra que no tiene sentido ni duración; que no nos dejemos distraer en nuestro camino y así tengamos nuestra mirada puesta en Dios nuestro Señor. Ese es el mensaje que se nos debe quedar grabado toda nuestra vida para que transitemos como peregrinos por este mundo; eso significan las procesiones, para que nos demos cuenta de que estamos de paso y que nuestra verdadera patria está en los cielos, allá, con Cristo resucitado.

Guardemos así este breve pero profundo mensaje y que no se nos olvide para que no perdamos nuestra finalidad, nuestro objetivo, nuestro fin y podamos vivir aquí en esta tierra santamente, aunque esté llena de calamidades y de muerte. Esa es la santificación, la gracia del Espíritu Santo, la santidad de la Iglesia que nos la participa nuestro Señor para que seamos santos como lo es nuestro Padre que está en los cielos.

Pidamos a la Santísima Virgen María que guarde en nuestra alma el recuerdo de esta santa noche y el sublime fin al cual nos llaman Cristo y su Iglesia. +

P. BASILIO MÉRAMO
19 de abril de 2003

domingo, 1 de abril de 2012

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos pone ante los ojos el gran misterio de nuestra fe, en la Santísima Trinidad, que especifica nuestra religión, nuestra fe, el fundamento de nuestra salvación, que no se puede desconocer, que hace ser a la Iglesia misionera: “Id y predicad y bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a observar todo cuanto os he mandado”.

Sin el misterio de la Santísima Trinidad no habría fe ni Iglesia y por eso debemos tenerlo presente para que no quede diluido, que no se pierda nuestra fe en un concepto natural de Dios. No es suficiente este concepto de la divinidad, de la deidad o concepto natural de Dios que aun los paganos tenían y que solamente este mundo impío concibe, el ateísmo. Nuestra fe es sobrenatural y lo es porque cree en el misterio de la Santísima Trinidad, que junto con el de la Encarnación son los fundamentales de la religión católica que están a punto de desaparecer.

Por eso se oponía San Atanasio cuando se negaba la divinidad de nuestro Señor por no admitir la Trinidad de las personas, en la cual había caído el arrianismo, justamente porque sin la trinidad de personas no puede haber Encarnación del Verbo. De allí el famoso símbolo atanasiano que decía que la fe católica consistía en creer en la trinidad de personas, en la unidad de la sustancia o la esencia o naturaleza divina sin confundir las personas y sin separar la sustancia de Dios porque no hay tres dioses, hay tres personas y un solo Dios verdadero, un solo eterno, un solo omnipotente. No hay tres eternos, tres omnipotentes, tres infinitos, sino un solo Dios, pero en tres personas; esto es un misterio que ni la inteligencia creada, ni aun la angélica puede entender ni podrá jamás , lo cual será el objeto de nuestra beatitud eterna, la contemplación de ese dogma revelado por Dios, por el Verbo de Dios, por nuestro Señor Jesucristo.

Debemos pues tenerlo muy presente para que no se diluya nuestra religión con las demás creencias y falsas religiones que tienen a Satanás por autor, su inspirador y que es lo que hoy patrocina el aberrante y herético ecumenismo que flagela la fe de la Iglesia y de los fieles con el patrocinio de los pastores. Esa es la realidad, esos son los hechos y por eso debemos afianzar nuestra fe en ese misterio, para no olvidar nuestra identidad como católicos, para que no quedemos amalgamados con un mundo apóstata que no acepta a la Iglesia, a nuestro Señor, a la fe.

Si el mundo aceptara el misterio de la Santísima Trinidad de la fe católica no habría judaísmo, budismo ni todas esas falsas religiones; habría una sola religión, la católica, apostólica y romana como será en el cielo y como de hecho lo es. De allí la gran herejía del ecumenismo aberrante de hoy que trata de diluir este misterio de la Santísima Trinidad. Con ésta se especifica nuestra fe y así nos hace cristianos por Cristo. No como los protestantes, que no quieren ser llamados o nombrados de esa manera y que usurpan hasta el nombre de cristianos, y no lo son porque no aceptan a Cristo en su conjunto y la totalidad de nuestro Señor Jesucristo llega hasta la Iglesia que Él nos ha legado como medio de salvación.

Por eso ellos no son cristianos; dividen a Cristo y todo aquel que fracciona a Cristo es un anticristo y por eso detrás del ecumenismo actual está el anticristo que lo divide. No nos debe sorprender porque así tiene que ser, lamentablemente, pero ¡ay de aquel por cuya culpa vengan el escándalo y la apostasía!

Y ¿por qué es un misterio inconmensurable al cual la razón no puede llegar por sí misma? Porque justamente este dogma tan difícil de expresar, de explicar, no puede concebirse naturalmente, dado que hay dos conceptos, dos nociones antagónicas como son lo absoluto y lo relativo y eso está conjugado en Dios y no lo podrá jamás explicar ningún intelecto creado. Nos podemos imaginar un Dios absoluto como de hecho lo conciben y lo concibieron los paganos y todas esas falsas religiones que creen en algún Dios vagamente; pero decir que ese absoluto está relativizado y justamente esa correlación en lo absoluto es lo que llamamos la persona o las tres personas divinas; eso ya no hay quién lo pueda explicar. Todo en este mundo quieren hacerlo condicional e introducir la relatividad en Dios es inconcebible porque todo relativo hace alusión a lo accidental, a lo circunstancial, a lo efímero, pero jamás a lo eterno, a lo absoluto; y, sin embargo, en Dios hay esa pertenencia personal que no es un accidente, que no es una circunstancia sino una persona, y por eso no hay inteligencia que lo pueda explicar. Lo que no quiere decir que sea absurdo sino incomprensible y por eso San Agustín, que meditaba a la orilla del mar queriendo escudriñar el misterio de la Santísima Trinidad, encuentra a un niño que llevaba agua a un pozo hecho en la arena y el santo le preguntó qué quería hacer, y el niño contesta “quiero verter el agua del mar en este pozo”. Replica el santo: “Imposible, ¿cómo vas a verter toda el agua de la inmensidad del mar en ese hueco tan pequeño”?; y el niño concluye: “pues mucho más imposible es meter en tu cabeza la inmensidad del misterio de la Santísima Trinidad”.

Nos podemos preguntar ¿por qué podemos hablar de relatividad en lo absoluto? Porque es la relación de origen lo único que distingue a las personas divinas, porque en todo lo demás son iguales, pero solamente en esa afinidad de Origen es que se produce la trinidad de personas. Por eso el Hijo es originado del Padre, como su pensamiento, como su Verbo y en eso se distingue de Él; y el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo es espiración de mutuo amor entre ambos, que originan al Espíritu Santo. Y más no se puede escudriñar, aunque se podrían decir muchísimas cosas pero todas ellas no bastarían para que nos hiciéramos apenas un barrunto de lo que es la Trinidad. Y no hay palabra ni mente que pueda abarcar ni expresar ese inefable misterio que es básico en nuestra religión, porque sin él no hubo ni hay fe.

Porque aun en el Antiguo Testamento los Padres de antaño, que tenían fe, conocían la Trinidad, solamente que el pueblo no lo sabía de modo explícito sino implícito en la fe que tenían en los mayores; dice Santo Tomás que esos mayores eran los profetas y patriarcas y por eso Moisés pudo desear ver el día de nuestro Señor como Él mismo lo dice y por eso es la misma fe del Nuevo y Antiguo Testamento.

La diferencia consistía en la universalidad de la explicitación que todavía no había llegado hasta que el Verbo se encarnase y así con este hecho se produce la plenitud de los tiempos y por eso ahora sí debe ser público y explícito ese misterio que antes no lo era por todos y para todos. Eso es lo que explica Santo Tomás de Aquino, pero que lamentablemente los teólogos y, sobre todo, los modernos, y no lo digo refiriéndome a modernistas sino a los que están más próximos a nuestros tiempos, no han sabido decir, explicar y comprender yendo a esa luminaria que es Santo Tomás.

Por eso llegan muchos a pensar que se desconocía en absoluto el misterio de la Trinidad en el Antiguo Testamento, lo cual es un flagrante error que va contra el texto de las Escrituras y que si bien se ve sería una herejía; pero eso sirve para mostrar cuán desapercibidos estamos a veces en las cosas de Dios, aun aquellos que tienen la obligación de dar la luz de la doctrina a los fieles.

Debemos, pues, guardar en nuestros corazones estas verdades esenciales, sobre todo hoy, cuando son profundamente atacadas y no de frente sino sutilmente, lo que es peor, cuando se socava sin que nos apercibamos del daño que corre la fe.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, conservar una fe inmaculada como inmaculada fue Ella para que así podamos seguir tributando un verdadero culto a Dios. +

PADRE BASILIO MERAMO
26 de mayo de 2002

jueves, 29 de marzo de 2012

UNA CARTA MELIFLUOMALÉFICA


La carta que Don Nicola Bux, consultor de la Congregación para la Doctrina de la fe
(antiguo Santo Oficio de la Inquisición), dirigía a Monseñor Fellay y a toda la
Fraternidad S. Pío X el 19 de Marzo de 2012, es el colmo de fariseísmo clerical
presumiendo de bondad y de verdad.

Es increíble como los herejes e impostores se arrogan los privilegios de la verdad
para destruir toda resistencia a su apostasía pública y manifiesta, pero que
revestida de autoridad y poder se reclaman legítimos, y a los cuales hay que
obedecer, so pena de cisma, división y tinieblas de definitiva separación.
La única garantía religiosa, teológica, jurídica y moral es la verdad. Dios es la
Verdad y por eso es también la Caridad.

Dios es objeto de la fe en tanto y cuanto es la Verdad Primera como enseña
egregiamente Santo Tomás. Dios es objeto de la fe, reduplicativamente o de un
doble modo, pues es tanto objeto material y como objeto formal de la fe, por ser la
Verdad Primera bajo un doble aspecto, tanto material, como formal.

Dios es objeto de la fe porque como dice Dionisio: “La fe es acerca de la simple y
siempre existente verdad” (S. Th. q.1, a.1 Sed Contra), y esto es la Verdad Primera
como dice Santo Tomás, lo cual se da de una doble manera, es decir material y
formalmente considerada.

Dios es objeto material de la fe en cuanto es lo conocido, la cosa u objeto conocido
(id quod). Dios es objeto formal de la fe en cuanto medio por lo cual se conoce (per
quod). Pues: “Si se considera en la fe el objeto formal, no es otro que la verdad
primera; puesto que no se asiente a la fe de la cual hablamos sino es revelada por
Dios”. (S. Th. II, q.1 , a.1).

O como también dice Santo Tomás: “La razón formal del objeto en la fe es la verdad
primera, manifestada por la doctrina de la Iglesia”. Tenemos, así, que el objeto
(motivo) formal por el cual creemos, es la palabra de Dios enseñada por la doctrina
de la Iglesia: “El que tiene las cosas que son de la fe, pero no las asiente por la
autoridad de la doctrina católica, no tiene la virtud de la fe. Mientras quién asientealgo por la doctrina católica, asiente a todo lo que la doctrina católica contiene”.(De Caritate, q. un., a. 13, ad 6).

Dios revelante (por la palabra, testimonio, autoridad divina) es el objeto formal de
la fe simpliciter; pero el objeto formal de nuestra fe (quoad nos) es la Iglesia que enseña la doctrina católica. Luego es evidente que sin la doctrina católica, no hay fe ni hay religión ni hay Iglesia Católica.

Sin la Veritas Prima, la Verdad Primera, que es Dios, no hay nada ni fe, ni Iglesia
ni doctrina católica.

Sin la verdad primera no hay Iglesia Católica apostólica y romana, luego es preciso
mantener la doctrina católica enseñada por la Iglesia Católica para tener la fe y
pertenecer a ella.

Sin la verdad de la doctrina católica no se puede pertenecer a la Iglesia Católica ni
se tiene fe. Y las cosas que sabe acerca de la fe, las posee como opinión, no como
certeza sobrenatural de la virtud de la fe como enseña Santo Tomás: “Es patente
que quién defecciona en un artículo pertinazmente, no tiene fe en los otros
artículos, digo de aquella fe es un hábito infuso; pero aquellas cosas que son de fe,
las puede tener como una opinión”. (De Caritate q. un. , a.13, ad 6).

Es una aberración teológica y una degeneración mental pretender ser de Iglesia, y
aún peor, ser autoridad doctrinal, jurídica y moral de la Iglesia cuando se profesa
pública y manifiestamente el error en materia de doctrina católica, en materia de
fe y moral, y no se diga ya de la herejía.

El propósito melifluo de Don Nicola, por no decir baboso “para no ser
políticamente incorrecto” (como se estila, usa y abusa hoy en día bajo la diosa
democracia), deja mucho que desear como teólogo consultor, pues carece del
principio y fundamento de todo, que es la Verdad Primera: Dios, y no la autoridad
vicaria del Papa de turno que puede errar en materia de fe, ya que no está inmune
de desviarse de la fe, no esta provisto de impecabilidad contra la fe, puesto que la
única promesa divina de no pecar contra la fe, de no desviarse de la fe, de ser
infalible, es cuando habla ex cáthedra como Sumo Pontífice y Pastor Universal de
la Iglesia en cosas que son materia de fe o de moral, definiéndolas como reveladas.

Ya que como cabeza goza de la misma prerrogativa de infalibilidad de la Iglesia de
modo unilateral, personal: él sólo, sin el séquito (colegio episcopal) de todos los
obispos, del cual es la cabeza.

Tan es así, que por eso se dice: “Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el
Espíritu Santo para que por revelación suya manifestara una nueva doctrina, sino
para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la
revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe”. (Denz.
1836).

Y por esto todo Papa legítimo confirma a sus hermanos cumpliéndose aquella
afirmación: “La primera salvación es guardar la regla de la recta fe”. (Denz. 1833).

No hay ni puede haber infalibilidad para la innovación doctrinal ni para cambiar la
doctrina, ni para adulterar la fe.

“Por lo cual instituyó Jesucristo en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y
juntamente perenne, al que dotó de su propia autoridad, le proveyó del espíritu de
verdad, (…) Este es consiguientemente sin duda alguna el deber de la Iglesia:
conservar la doctrina de Cristo y propagarla íntegra e incorrupta”. (Denz. 1957).

El ecumenismo modernista está condenado: “Nada más excelente ha sido dado por
Dios a los hombres que la autoridad de la fe Divina (…) ésta nos es necesaria
absolutamente para la Salvación, pues sin la fe… es imposible agradar a Dios
(Hebreos 11, 6) y : El que no creyere se condenará (Mc. 16,16)”. (Denz. 1645).
“(…) queremos excitar vuestra solicitud y vigilancia pastoral, para que, con cuanto
esfuerzo podáis, arrojéis de la mente de los hombres aquella a par impía y funesta
opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la eterna
salvación”. (Denz. 1646).

Podemos ver igualmente condenado el ecumenismo en esta otra sentencia del Papa
Gregorio XVI: “El indiferentismo, es decir, aquella perversa opinión que por
engaño de hombres malvados, se ha propagado por todas partes, de que la eterna
salvación del alma puede conseguirse con cualquier profesión de fe, con tal que las
costumbres se ajusten a la norma de lo recto y de lo honesto... y de esta de todo
punto pestífera fuente del indiferentismo, mana aquella sentencia absurda y
errónea, o más bien, aquel delirio de que la libertad de conciencia ha de ser
afirmada y reivindicada para cada uno”. (Denz. 1643).

Lo mismo reafirma Pío IX: “Es menester recordar y reprender nuevamente el
gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que
hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica
pueden llegar a la eterna salvación”. (Denz. 1677).

Vemos, también, en esta otra afirmación de Pío IX la misma doctrina: “Partiendo
de esta idea, totalmente falsa, del régimen social, no temen favorecer la errónea
opinión, sobremanera perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas,
calificada de ‘delirio’ por nuestro antecesor Gregorio XVI, de feliz memoria, de que
‘la libertad de conciencia y de cultos es derecho propio de cada hombre, que debe
ser proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida, y que los
ciudadanos tienen derecho a una omnímoda libertad, que no debe ser coartada por
ninguna autoridad eclesiástica o civil, por el que puedan manifestar y declarar a
cara descubierta y públicamente cualesquiera conceptos suyos, de palabra o por
escrito, o de cualquier otra forma”. (Denz. 1690).

Por todo esto, ya decía el glorioso San Agustín: “¿Qué muerte peor para el alma que
la libertad del error?”. (Denz. 1614).

Asís I, II y III son la contradicción palmaria, pública y manifiesta de lo dicho y
condenado por los Papas y la Iglesia.

¿Cómo es posible que Don Nicola y todos los que como él piensan, no tengan en cuenta
que no hay autoridad que no venga de Dios, único autor-creador de todas las cosas
visibles e invisibles, y por lo tanto no hay autoridad para enseñar el error y no se diga, la herejía? Pues: “La fe es el principio de la humana salvación; el fundamento y raíz de toda justificación; sin ella es imposible agradar a Dios (Hebr. 11, 16) y llegar al consorcio de sus hijos”. (Denz. 801).

Por esto decía León XIII: “Lo primero que este deber nos exige, es profesar abierta
y constantemente la doctrina católica y, en cuanto cada uno pudiere,
propagarla…”. (Denz. 1936 c).

Si Roma está en la apostasía, como lo afirmó rotunda y claramente Monseñor
Lefebvre, ¿cómo es que don Nicola invita a ir a ella confiada y filialmente, y bajo la advertencia al no hacerlo, de producir un cisma, acrecentando las tinieblas como si fuera en la Roma Católica?

Esto prueba que no se puede tener otro lenguaje que el decirles que son ellos los
cismáticos, al romper con la Tradición, mantenida por todos los Papas anteriores al
Concilio Vaticano II, que son ellos los herejes que niegan la fe y la doctrina católica,que son ellos los apóstatas de Asís I (1986), II (2002) y III (2011).

San Pío X, ya había condenado el modernismo que había penetrado en la Iglesia:
“Ya no es necesario buscar a los fabricantes de errores, entre los enemigos
abiertos, sino que, con grande y angustioso dolor, los vemos introducidos en el
seno mismo de la Iglesia (…) nos referimos, venerables hermanos, a tantos seglares
y , lo que es más lastimoso, a tantos sacerdotes que con un falso amor a la Iglesia,
sin ningún sólido fundamente filosófico ni teológico, incluso impregnado de
doctrinas envenenadas, que inoculan hasta la médula de los huesos de la Iglesia, se
alzan como reformadores (…). Pues, como hemos dicho, no desde afuera, sino
dentro mismo de la Iglesia, llevan a cabo su perversa actividad; por eso el peligro se encuentra metido en las venas y en las entrañas de la Iglesia; con mucha mayor
eficacia dañina, puesto que conocen tan íntimamente a la Iglesia. A todo esto se
añade que no atacan las ramas o los retoños, sino las raíces mismas: la fe y sus más
profundas fibras. Y una vez dañada esta raíz de inmortalidad, intentan propagar el
virus por todo el árbol, de tal manera, que no hay aspecto de la verdad católica en
donde no pongan su mano y que no traten de corromper”. (Encíclica Pascendi 8 de
septiembre 1907).

La comunión es el primer lugar en la fe y la verdad, una solidaridad y una
comunión que no tienen la fe y la verdad por fundamento, es falsa como pretende
el modernismo, condenado una vez más por San Pío X en Notre Charge
Apostholique: “La doctrina Católica nos enseña que el primer deber de la caridad
no está en la tolerancia de las convicciones erróneas, por muy sinceras que sean, ni
en la indiferencia teórica o práctica, el error o el vicio en el cual vemos sumergidos a nuestros hermanos, sino en el celo para su mejoramiento intelectual y moral, así como por su bienestar material. (…) No hay verdadera fraternidad fuera de la caridad Cristiana que por amor a Dios y a su Hijo Jesucristo Nuestro Señor, abraza
a todos los hombres para aliviarlos a todos, y para llevarlos a todos a la misma fe y
a la misma dicha del cielo. Separando la fraternidad de la caridad cristiana así
entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso
desastroso para la civilización. Pues en efecto si se quiere llegar, y le decimos con
toda el alma, a la más grande cima del bienestar posible para la sociedad y para
cada uno de sus miembros por la fraternidad, o como se dice aún por la solidaridad
universal, es necesario la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las
voluntades en la moral, la unión de lo corazones en el amor de Dios y de su hijo,
Jesucristo”. (nº 24).

Es mas, en el mismo documento, San Pío X pulveriza las superreligión universal (o
ecumenista de Vaticano II), al condenar el sillonismo: “Una religión (puesto que el
sillonismo, sus jefes lo han dicho, es una religión) más universal que la Iglesia
Católica, reuniendo a todos los hombres vueltos al cabo hermanos y camaradas en
el reino de Dios: “no se trabaja para la Iglesia, se trabaja para la humanidad”. (nº
39). Con lo cual se pretende una Ciudad futura con una Iglesia universal, sin
dogmas, ni jerarquía .

Todo esto pertenece, como hace ver y lo denuncia condenándolo el gran Papa San
Pío X, a : “Un gran movimiento de apostasía, organizado, en todos los países, para
el establecimiento de una Iglesia universal que no tendrá ni dogmas ni jerarquía,
ni regla para el espíritu, ni freno para las pasiones, y que, bajo el pretexto de
libertad y de dignidad humana, traería al mundo, si pudiera triunfar, el reino legal
de la astucia y de la fuerza y la opresión de los débiles, de los que sufren y
trabajan”. (nº 40).

Esto es exactamente la Nueva Religión y la Nueva Iglesia postconciliar, salida,
promulgada y oficializada por el Concilio Vaticano II, ni mas ni menos.

A esta parodia de Iglesia: Sinagoga de Satanás, invita ir Don Nicola, ¿habrase visto
la estupidez, erigida en consejera doctrinal?, emulando sapiencia paternal al invitar
a la plena comunión eclesial. Es el colmo de la impostura y de la estulticia.

El gran Domingo de Soto, uno de los teólogos españoles del Concilio de Trento,
llegó a decir que la Iglesia sería liquidada, extinguida, como hace ver el P.
Castellani, claro que esto hay que entenderlo en su aspecto oficial y humano.

El P. Castellani trae unos pasajes muy interesantes y oportunos para nosotros: “San
Victorino, mártir, continuamente dice que la Iglesia será quitada: ‘El coelum
recessit tamquam liber qui involvitur’ ; y el intérprete interpreta: ‘el cielo es
plegado, es decir, la Iglesia es quitada’; ‘de medio fiet’ - escribe Victorino en su bajo latín- que en latín significa más todavía: ‘La Iglesia liquidada’”. Y aclara el P. Castellani ante la idea de que esto pueda parecer una herejía enorme dice:
“Domingo Soto defendió que la Iglesia ‘desaparecería’. Yo no lo sigo conste. Pero
quiero decir que esa opinión no fue condenada…”. (Los Papeles de Benjamín
Benavides, ed. Dictio Bs. As. 1963, p. 273).

“San Pablo lo dice y Nuestro Señor mismo afirmó: ‘¿Cuándo Yo vuelva ¿creéis que
hallaré fe en la tierra?’ ¿Creen ustedes que una apostasía general sería posible si la Iglesia estuviera vigente, llena de pureza, de justicia, de claridad y de luz? Es
imposible. La gran apostasía hace concebible la gran persecución; pero la gran
apostasía no es concebible sin una contaminación…”. (Los Pap. p.273-274).

“(…) la Iglesia cederá en su armazón externo; y los fieles ‘tendrán que refugiarse’
volando ‘en el desierto’ de la Fe. Sólo algunos contados, ‘los que han comprado’,
con la renuncia a todo lo terreno, ‘colirio para los ojos y oro puro afinado’
mantendrán inmaculada su Fe (…)”. (Los Pap. p. 292-293). Tal como hoy se
percibe, el hecho es innegable.

En otra parte el P. Castellani aclara completando la idea: “(…) llegará un día en que
serán solamente un puñado de hombres, porque ‘cuando vuelva el Hijo del Hombre
¿creéis que encontrará fe sobre la tierra?’, porque fe habrá, aunque sean pocos y
perseguidos, en los últimos tiempos. Pero la fe en este sentido significa la fe
organizada, es decir, la Iglesia. La Iglesia -dice el teólogo Domingo Soto- ‘será
quitada del medio’ ”. (Catecismo para Adultos, ed. Grupo Patria Grande. Bs. As.
1979, p. 35-36).

Con todo esto se puede pensar que en su parte humana la Iglesia puede sufrir un
revés mortal, es decir, en una parte de su componente humano, como por ejemplo,
la jerarquía oficial, o la Iglesia oficial (los prelados de la jerarquía de la Iglesia).

Que por un misterio de inefable iniquidad (las profundidades de Satanás), la Iglesia
oficial corrompa la fe; se desvíe y caiga en la herejía y la apostasía, tal cual, vemos desde el conciliábulo Vaticano II, pues no se le puede llamar de otra forma al
constituirse como un Concilio Universal no infalible de la Iglesia.

Por todo esto, Monseñor Lefebvre dijo: “Este Concilio representa, tanto a los ojos
de las autoridades romanas, como a las nuestras, una nueva Iglesia a la que por
otra parte llaman ‘la Iglesia conciliar’. Creemos poder afirmar, ateniéndonos a la
crítica interna y externa del Vaticano II, es decir, analizando los textos y estudiando los pormenores de este Concilio, que este, al dar la espalda a la Tradición y romper con la Iglesia del pasado, es un Concilio cismático. Se juzga el árbol por sus frutos”. (La Nueva Iglesia, ed. Iction Bs. As. 1983, p. 124).

Y más adelante recalca: “Todos los que cooperan en la aplicación de este
trastocamiento, aceptan y adhieren a esta nueva ‘Iglesia conciliar’ –como la designa
Su Excelencia Monseñor Benelli en la carta que me dirige en nombre del Santo
Padre, el 25 de Julio último-, entran en el cisma”. (Ibid. p. 125).

Esto le cae como anillo al dedo (a la medida) a Don Nicola Bux, en respuesta a su
empalagosa, por no decir babosa carta, invitando a Monseñor Fellay y a todos los
miembros de la Fraternidad San Pío X, a ir a Roma confiada y filialmente, para
entrar en la plena comunión, mientras, advierte a su vez, que un rechazo no haría
sino aumentar las tinieblas de un cisma irreparable.

Monseñor Lefebvre, hace una distinción que nunca jamás hay que olvidar y
siempre tener en cuenta, y quizás sea la afirmación más importante ante la Roma
apóstata: “Pero este último tiempo, se nos ha dicho que era necesario que la
Tradición entrase en la Iglesia visible. Pienso que se comete allí un error muy, muy
grande. ¿Dónde está la Iglesia visible?. La Iglesia visible se reconoce por las
señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica. Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia?. ¿Están más en la Iglesia oficial? (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial) o en nosotros, en lo que representamos, en lo que somos?. Queda claro, que somos nosotros quienes conservamos la unidad de la fe, que desapareció de la Iglesia oficial”. (Fideliter nº 66 noviembre - diciembre 1988).

Sí, Monseñor Lefebvre afirmó categóricamente que la Iglesia visible no es la Iglesia
oficial actual, y lo podemos ver además en este otro pasaje: “Por supuesto, se podrá
objetársenos: ‘¿Es necesario, obligatoriamente, salir de la Iglesia visible para no
perder el alma, salir de la sociedad de los fieles unidos al Papa?’. No somos
nosotros, sino los modernista quienes salen de la Iglesia. En cuanto a decir ‘salir de la Iglesia visible’, es equivocarse asimilando Iglesia oficial, a Iglesia visible. (…) ¿Salir, por lo tanto de la Iglesia oficial?. En cierta medida, sí, obviamente”. (Fideliter nº 66 noviembre- diciembre 1988).

Queda claro con esto, que el oficialismo no es legitimismo, lo oficial no es
necesariamente lo legitimo, la legitimidad. El cisma queda claro que lo producen los modernistas, no nosotros los tradicionalistas; los cismáticos son ellos, es más,
son apóstatas, con y por su ecumenismo. Esto lo afirma Monseñor Lefebvre en su
último libro Itinerario Espiritual al denunciar el ecumenismo apóstata: “Los que
estiman un deber minimizar estas riquezas, incluso negarlas, no pueden sino
condenar a estos dos Obispos y así confirman su cisma y su separación de Nuestro
Señor y su Reino, a causa de su laicismo y ecumenismo apóstata”. (Itinéraire
Spirituel. Séminaire Internationale Saint Pie X, Ecône, 1990, p. 9).

Y no se diga que Monseñor Lefebvre no los señalaba como cismáticos y apóstatas,
pues este texto, que fue suprimido en la edición hecha en el Seminario de La Reja,
por el Padre Guillaume Devillers, así lo demuestra: “Esta apostasía, hace de sus
miembros unos adúlteros, unos cismáticos, opuestos a toda tradición, en ruptura
con el pasado de la Iglesia y luego con la Iglesia de hoy en día, en la medida en la
cual ella permanezca fiel a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo. (Ibíd. p. 70).

Recordemos además lo que Monseñor Lefebvre dijo en una de sus conferencias
durante el retiro sacerdotal en Ecône, el 4 de septiembre de 1987, después de su
entrevista con el entonces Cardenal Ratzinger, del 14 de julio de ese mismo año:
“Lo que les interesa a todos ustedes, es conocer mis impresiones después de la
entrevista con el Cardenal Ratzinger el 14 de julio último. Lamentablemente debo
decir que Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía. Estas no son palabras
en el aire, es la verdad: Roma está en la apostasía”.

Y en la misma conferencia más adelante, no titubea en darles el mote bien
merecido de anticristos: “Pienso que podemos hablar de descristianización y que
estas personas que ocupan Roma hoy, son anticristos. No he dicho ante Cristos, he
dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera carta: ‘ya el Anticristo
hace estragos en nuestro tiempo’. El Anticristo, los anticristos; ellos lo son, es
absolutamente cierto”.

Esto que dijo Monseñor Lefebvre hacia el final de su vida, en su último libro:
Itinerario Espiritual, que nos deja como herencia y testimonio, Monseñor Fellay, y
tras él, el nefasto Padre Franz Schmidberger (cual cerebro gris) y un grupito que les
entornan, adulteran el testamento espiritual del fundador en su afán de ser
reconocidos por Roma modernista y apóstata.

¿Qué se puede esperar?, no quedan sino dos caminos: o la afirmación de la fe,
condenando a su vez el error y la herejía, o la claudicación, ya sea solapada sin
acuerdo, o declarada con acuerdo, pero claudicación, al fin y al cabo.

P. Basilio Méramo
Bogotá, Marzo 29 de 2012

domingo, 25 de marzo de 2012

PRIMER DOMINGO DE PASIÓN 1 de abril de 2001

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:


En este primer domingo de Pasión entramos en la etapa más profunda de la Cuaresma: la etapa de la Pasión de Nuestro Señor; por eso se velan las imágenes como signo del luto, signo de que se oculta Nuestro Señor, tal como lo expresa el Evangelio de hoy: Nuestro Señor huye, se esconde de los judíos que querían apedrearlo por haber afirmado que El era Dios. Es el modo de ocultarse Nuestro Señor, quien ciertamente pasó entre ellos haciéndose invisible para evitar se anticipase la hora que El tenía prevista, en la cual moriría por nosotros.

Deducimos entonces cuan encarnizada es la lucha, la antítesis entre los judíos perversos, pérfidos y apóstatas, ante Nuestro Señor; es una lucha ineludible, una lucha que no se puede desmentir como se hace hoy, que el judaísmo se opone intrínseca y categóricamente a la religión católica, a la divinidad de Nuestro Señor y esa oposición los hace llevarlo a sufrir la Pasión hasta su muerte. Y esa oposición no dejará de existir hasta que ellos se conviertan. Y no será para que como hoy digan desde Roma o toda la jerarquía desde el Vaticano, falseando la religión católica, queriendo hacer ver que no hay tal oposición entre cristianismo y judaísmo, y quien lo niegue, no será católico. Esto lo creerá un católico imbécil que no conozca su religión, y los imbéciles se condenan en el infierno, porque la estupidez culpable tiene su castigo.

La oposición debida al odio a la verdad y a la Verdad Encarnada que es Nuestro Señor, es un pecado contra el Espíritu Santo, porque Nuestro Señor se les proclama como Dios que conoce al Padre, enviado del Padre, que Abraham deseó ver su día; el día de Aquél: "Yo soy el que soy", Jehová, Yahvé, que significa eso precisamente y que en esa palabra de cuatro letras sin las vocales (ya que los judíos no las escribían), esas cuatro consonantes que nosotros decimos Yahvé o Jehová, las cuales contienen el misterio de la Trinidad y de la Encarnación.

Ese es el misterio de la Trinidad que conocían los mayores, como explica Santo Tomás, pero que el pueblo creía solamente de un modo implícito; entre esos mayores estaba Abraham, por eso dijo Nuestro Señor que: "Abraham deseó ver su día", porque evidentemente conocía la Encamación y para conocer la Encarnación hay que conocer la Trinidad.

No es como erróneamente dicen muchos catequistas, teólogos y predicadores, que el misterio de la Santísima Trinidad es exclusivo del Nuevo Testamento; esa es una torpeza teológica; la fe es una y la misma y para que la fe sea la misma, tiene que estar basada en los mismos misterios fundamentales, y éstos, en la religión católica son: la Santísima Trinidad y la Encarnación; si es la misma fe la del Antiguo Testamento, tenían que conocer de algún modo esos dos misterios. Pero vemos cuánta es la ignorancia, pues Santo Tomás lo enseña; pero, claro, si la gran mayoría de los teólogos no conoce a Santo Tomás y se dedican a repetir como maestras de primaria, sin profundizar, predicando tonterías acerca de lo que no saben.

Sería imposible que Nuestro Señor dijera que Abraham deseo ver su día si éste no conociese el misterio de la Trinidad y de la Encarnación; sería negar las palabras explícitas del Evangelio, que es inspirado e infalible.

Verificamos una vez más cuan esparcida está la ignorancia en aquellos que debieran ser luz del mundo, porque el primer deber de la Iglesia es dar luz, el primer deber del sacerdote es dar la luz de la fe, de los misterios de Dios, de la Revelación de Dios y no llenar de errores a la gente, no dedicarse a un apostolado que más tiene de turismo, paseo y diversión que de estudio, para poder llevarles luz a los fieles y cultivarles esa fe y que crezcan en la esperanza y puedan vivir en caridad, conociendo la Santa religión y defendiéndola. Definitivamente hay una claudicación que viene de siglos atrás y que se manifiesta en la mala formación del clero como lo demuestra la ignorancia aberrante del pueblo que por no saber ni conocer su religión cae en el fetichismo o en una religión de charlatanes y estafadores, como las que hoy pululan; santerías donde se vende desde la cruz hasta perfumes con poderes "mágicos". ¡Qué vergüenza!

Más bajo no puede decaer la luz espiritual cuando debería brillar en el mundo a través de la Iglesia, de los sacerdotes; pero, ¿cómo va a enseñar alguien si no aprende primero?; y por eso
la jerarquía ha claudicado su misión pues, ¿qué se puede esperar de un obispo que ha tenido
una mala formación sacerdotal, si es un ignorante? Nada justifica el ser bruto, es contradictorio y aberrante un sacerdote en estas condiciones, ya que se exige un mínimo de inteligencia y capacidad para poder instruir al pueblo y para que instruyéndolo en las cosas de Dios se santifique; porque la santificación de los fieles no es beatería, consiste primero en el conocimiento de la verdad que lleva a amarla hasta convertirse en una devoción y no en beaterías sentimentales, que no nutren, ni llegan al alma y nos engañan.

La verdadera devoción, la verdadera piedad está basada en una sólida doctrina de la verdad, en Dios, y aumenta la fe y nos hace vivir de las tres excelentes virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; así se vive en el amor de Dios.

Eso es lo que quiere la Iglesia durante esta Cuaresma, que nos preparemos para la Pascua, viviendo sobrenaturalmente la Pasión de Nuestro Señor. De modo que si se habla de Pasión de Nuestro Señor, es porque alguien lo llevó a padecerla hasta matarlo; fue su mismo pueblo judío, deicida, que no quiso convertirse y en cambio conculcó la verdad; porque odiaban la luz pecaron contra el Espíritu Santo. A esto los llevó el odiar la verdad, impugnar la verdad, y no aceptar la verdad, la luz, a ser hijos de las tinieblas del infierno. Eso es el infierno hoy negado por Juan Pablo II, negación que sólo haría un hereje, ya que no se puede negar el infierno, diluirlo ni dudarlo, ya que es un dogma de fe y eso, que lo diga el Papa, es inadmisible.

Pues esa contradicción nos hace pensar que también esto forma parte, no solamente de la Pasión de Cristo sino también de la Iglesia, que a imitación de Nuestro Señor, su Cuerpo Místico sufrirá y está sufriendo su pasión y su agonía; por eso hoy, no debemos dudarlo, sufrimos la pasión de la Iglesia de la mano de la misma jerarquía así como fueron los jerarcas de la sinagoga, de la Iglesia del Antiguo Testamento los que crucificaron a Nuestro Señor; la Historia se repite en ese sentido, por mano de la misma jerarquía que vuelve a crucificar a Nuestro Señor en su Cuerpo Místico.

Con decir esto no invento nada nuevo, pues ya es tema ventilado en libros, incluso en idioma español hay uno titulado "La Pasión de la Iglesia", que narra lo que muy brevemente he dicho. Y es el mismo Nuestro Señor quien lo deja consignado en palabras de las Sagradas Escrituras... ¡misterio de iniquidad!

Imploremos, entonces, a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, poder permanecer de pie ante la crucifixión de Nuestro Señor y ante la crucifixión de la Iglesia hoy.

BASILIO MERAMO PBRO.

domingo, 18 de marzo de 2012

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo debemos recordar especialmente el significado de la Cuaresma para que no pasemos de largo sin percatarnos del gran misterio que se celebra durante todo este periodo, como preparación para la Pascua. Preámbulo solemne de la Iglesia y por eso ella lo reviste de tan alta relevancia. Abre sus puertas para que se llene de pecadores para aque allí, una vez dentro, se purifiquen, para que la humanidad, los hombres, hagan penitencia, oración, ayuno, abstinencia y sacrificio. Por eso la Iglesia la solemniza de un modo muy especial. Sería un gran error no considerarlo así, no tenerlo en cuenta y no practicarlo como hijos que somos de ella.

La Iglesia se regocija en la misericordia de Dios para con el pecador, que somos todos, para que hagamos una verdadera reconciliación con Dios Padre y tomemos conciencia de nuestra maldad, de nuestros pecados, de nuestras miserias; para que así, con ese saco lleno de tanta podredumbre entremos en la Iglesia y allí lo dejemos al pie del sagrario, al pie del confesionario, y no sigamos odiando, siendo orgullosos, soberbios, vanidosos, y no seamos adúlteros, fornicarios. Eso es lo que quiere la Iglesia.

Y no hay pecado ni pecador arrepentido con un corazón contrito y humillado, al que Dios no lo perdone. Él no absuelve al soberbio, como no pudo perdonar a Satanás por ese orgullo diabólico; pero si nosotros, por muy culpables que seamos, nos acercamos con un corazón contrito y humillado, nos exonerará. Nos dejó el ejemplo de la Magdalena, la gran pecadora, la gran prostituida y que ha sido quizás una de las mujeres más santas y ciertamente una de las pocas que más cerca estuvieron de nuestro Señor.

Así como el apóstol virgen, San Juan evangelista, era el discípulo amado, se puede decir que María Magdalena fue entre las mujeres privilegiada, la discípula amada a pesar de haber sido una gran pecadora. Con eso, ¿qué nos muestra nuestro Señor? Justamente su gran misericordia. Y esa clemencia es la que la Iglesia prodiga a los hombres para que en este tiempo de la Cuaresma todos entremos en la Iglesia y nos santifiquemos, corrijamos nuestras vidas, que vivamos como católicos y no como paganos que es como lo propone la tecnología actualmentecon la radio y la televisión; estos son dos medios poderosos de fomentar el paganismo, la corrupción, la prostitución; ni aun las noticias a veces se pueden ver ¿por qué? Por todo el contexto.

No nos engañemos, seamos conscientes; hay toda una maquinaria a través de los medios de comunicación y no solamente la radio y la televisión, también las revistas, los periódicos, toda propaganda tiende a vender el ideal de vida pagano que es carnal, a hacernos hijos de la esclava, de la Jerusalén de aquí abajo, hijos de la carne, adúlteros, bastardos. Y la Iglesia no quiere hijos espurios, esclavos, infames, los quiere libres en Cristo, hijos legítimos de la Iglesia, de la promesa.

Significativa y muy fuerte es la comparación y, sin embargo, se aplica a la Iglesia que hoy se está volviendo ilegítima con sus hijos y no con hijos libres en Cristo, en la promesa. Debemos, por tanto, tener mucho cuidado, no solamente con todo aquello con que el mundo, por natural consecuencia, digámoslo así, trata de degenerarnos, de hacernos prostituir; si nos descuidamos nos absorbe, y para colmo de males la misma jerarquía de la Iglesia ha pactado explícita o implícitamente, poco importa, con ese ideal de paganismo, con el mundo, con la Jerusalén de aquí abajo, con los hijos de la carne; de allí deriva la falsificación de la doctrina y de la religión católica, haciéndola bastarda.

La nueva Misa, acerca de la cual monseñor Lefebvre no se equivocaba al calificarla de falsa por la unión adúltera de los hombres de Iglesia en nombre de Dios con los protestantes. De esa cópula cultual ideológica y religiosa nació una misa ilegítima, la nueva y por eso monseñor Lefebvre la calificó con ese término tan fuerte y tan duro, para mostrar que era producto de una cópula adúltera en el orden religioso. ¿Qué mayor profanación puede haber? A menos que no tengamos fe, que no tengamos ojos, que no tengamos inteligencia y sapiencia de las cosas de Dios es que podríamos no darnos cuenta, lo que sería grave.

Y ustedes que vienen aquí deben tenerlo muy claro ya que no venimos porque “sea mejor” o “porque me gusta”, no es facultativo, sino, simplemente para conservar la verdad del culto católico y para que no nos prostituyamos con uno bastardo y adúltero. Eso es lo que también tenemos que predicar a los demás con caridad, con paciencia pero con firmeza. Ahora bien, desafortunadamente aquí viene todo tipo de personas, pues no siempre todos lo comprenden y lo que quieren hacer entonces es un término medio, pero no lo hay con Dios, “Sí, sí; No, no”. Todo lo que excede a esto viene del maligno.

Todos aquellos que han conocido la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, a Monseñor Lefebvre, la Santa Misa de siempre, sean sacerdotes, fieles extranjeros y colombianos porque también los hay, y que se han ido, es porque no han resistido con integridad teológica y doctrinal la sugestión de esa fascinación adúltera que nos propone la nueva Iglesia y que se instituyó con el Concilio Vaticano II; como ellos tienen el respaldo del poder y la autoridad los utilizan, desde luego, para destruir a la Iglesia y en eso consiste la gran victoria de Satanás, en llevar a la desobediencia a Dios y a su Iglesia por el acatamiento a una jerarquía que claudica en su sacro deber.

Ahora bien, si hacemos una leve observación teológica, hay que reconocer que es una aberración el que un concilio ecuménico no sea “ipso facto”, por su propia esencia, infalible y, de hecho, teológicamente no puede existir un concilio verdaderamente ecuménico que no sea inequívoco, y si se quiso hacer un concilio ecuménico de esta forma, no es verdadero sino una simple reunión eclesiástica, aunque muy solemne, y eso es grave, muy grave. Para que nos hagamos una idea, es como si alguien se quiere casar y no quiere que ese matrimonio sea indisoluble; por el mismo hecho de quererse casar tiene que ser perdurable y si no quiere que lo sea no hay matrimonio; pues lo mismo pasa con un concilio ecuménico: o es infalible por su propia esencia y constitución, o no lo es y, peor aún, si seguimos con el rigor teológico.

¿Qué es entonces si no es un verdadero concilio ecuménico infalible? No es concilio y, entonces, ¿qué es? Precisamente podemos decir, una reunión eclesiástica. Y esto no queda allí. Si de ese concilio supuesto hay errores que conculcan los fundamentos de la Iglesia, de la fe, eso ya más que una reunión eclesiástica, es un verdadero conciliábulo; es decir, en verdad, una reunión totalmente opuesta a lo que debiera ser y en vez de estar allí el Espíritu Santo, quien está es Satanás; por lo que Pablo VI con toda la perfidia judaica (porque parece que era de origen judío), llegó a decir como la burra de Balaam, que el humo del infierno había entrado por alguna grieta en la Iglesia, y ese humo es el que están respirando la humanidad, los fieles, a través de todo lo que se predica en el nombre del Concilio; he ahí esos gases mortíferos que están matando la fe porque hoy no la hay; son muy pocos los que la conservan la fe católica, apostólica y romana.

La Iglesia es la reunión de todos los fieles en Cristo que profesan la fe católica y, díganme ustedes, ¿quién la profesa hoy íntegramente? Ni los cardenales, ni los obispos, ni aun Juan Pablo II; por eso tenemos que desobedecer, porque si nos subordinamos caemos en errores contra la fe y ni qué se diga de los fieles, al punto de que incluso lo más querido, a lo cual la gente tiene mucho sentimiento, ya empieza a tomar un matiz pagano; en la vida social se vuelve infiel el matrimonio con los concubinatos bajo una fórmula de enlace civil, cuando no de libre unión sin vínculo formalmente constituido y que da lo mismo. La cremación de los muertos, igual que los budistas, igual que los masones, sin respeto a ese cuerpo que es templo del Espíritu Santo; se lo quema violentamente en vez de dejar que naturalmente se destruya y se vuelva tierra porque: “a la tierra volverás”, no a las cenizas. Pero así, estúpidamente, la gente no se da cuenta.

En cambio en la Iglesia antiguamente quedaba excomulgado y no tenía sepultura eclesiástica quien dictaminara la cremación después de su muerte, porque hay que respetar ese cuerpo que fue templo y sagrario del Espíritu Santo; pero así es la estupidez que impera, y para colmo de males se agrega el pretexto del problema económico; claro, es más barato, pues muy bien lo saben los zorros judíos y masones y con ese propósito lo hacen para que cueste más caro el no incinerarlos. Por lo menos tengámoslo claro.

Entonces ese humo del infierno que ya Pablo VI lo señaló, es el que está matando la fe y por eso vemos las consecuencias trágicas de su pérdida y la consecuencia y desmoralización de la sociedad. No hay moral, no hay vergüenza y la mujer sin pudor se prostituye; se puede hablar de un hombre público, pero si se habla de una mujer pública, ¿en qué se piensa? Es de orden natural y por eso la mujer debe venir a Misa con el cabello y la cabeza cubiertos para mostrar sumisión y pudor y no la imagen de una mujer liberada que hace lo que le da la gana.

Las mujeres liberales no son católicas, aunque así se llamen. Y pena debería darnos el saber que es más pudorosa una mujer musulmana siendo pagana e infiel, que una católica, porque todavía no he visto a ninguna mujer musulmana con el pecho o con el ombligo al aire, o con minifalda; ¡qué vergüenza, maldita sea! No es posible que nos sigamos llamando católicos y nos comportemos peor que los musulmanes y los paganos. Debe haber siempre alguien en la Iglesia que lo diga, y me importa un comino si a alguien no le gusta; la verdad hay que señalarla y aceptarla con humildad y no rechazarla con orgullo y soberbia.

Ahora bien, si llega una mujer por primera vez a esta capilla vestida inadecuadamente no se debe cometer la estupidez de reprocharle; hay que ir también con suavidad y no con celo amargo como ha pasado con las personas más antiguas, que por su afán, no saben conducir a otra mujer a que poco a poco cambie el pantalón por la falda y se ponga velo. Quienes así actúan hacen el papel de brujas, y lo mismo algunos hombres. No se trata de criticar al recién venido, sino de ayudarlo con caridad y con paciencia y poco a poco se dará la transformación; pero si los antiguos no lo entienden, ¿cómo van a hacerlo los otros?

Estimados hermanos, aprovechemos, pues, esta Cuaresma para que rectifiquemos nuestra alma, nuestras acciones, nuestros sentimientos, nuestros corazones, porque de allí es de donde brota o todo el bien o todo el mal que hagamos y eso es lo que quiere la Iglesia, que éste sea un santo tiempo para todos, para seamos libres en Cristo y no en los derechos del hombre, ni en la ONU, ni en lo que sea, sino únicamente en Cristo, en la Iglesia, en la verdad. Esto es lo que nos hace libres, la verdad que es Cristo nuestro Señor y ante el cual todo el universo se arrodilla, en los cielos, en la tierra y en los mismos infiernos.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos acerque más a nuestro Señor y a la Iglesia para que así seamos verdaderos hijos de Dios. +

P. Basilio Méramo
20 de marzo de 2003

domingo, 4 de marzo de 2012

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA




Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el segundo domingo de Cuaresma. Durante todo este tiempo la Iglesia quiere que nos preparemos con ayunos, sacrificios, penitencias, mortificaciones y limosnas. Que nos alistemos bien para festejar la Resurrección de nuestro Señor el día de Pascua, de ahí el carácter penitencial de toda esta época que es una antesala, una purificación, una enmienda y corrección de nuestros defectos, de nuestros pecados, para ser más gratos a Dios. Si esto parece difícil es por la poca fe y el escaso fervor, ya que Dios siempre da la gracia para aquello que es necesario para la salvación. De allí que en este tiempo cuaresmal se debe intensificar la oración para prepararnos bien y purificarnos.



El Evangelio relata la transfiguración de nuestro Señor; poco antes, Él había manifestado a sus apóstoles su Pasión y ellos quedaron sin entender; mucho después de oírlo de boca de nuestro Señor, quedaron inquietos y por eso Él, de algún modo entresacó a los preferidos, para que cuando llegara la hora estos se acordaran de su gloria, y fortalecidos pudieran sostener a los otros. Sin embargo, sabemos que los apóstoles abandonaron a nuestro Señor, habiendo tenido San Pedro esta visión de la transfiguración de nuestro Señor.



¿Por qué elige a estos tres apóstoles? A San Pedro lo elige porque era quien más amaba a nuestro Señor y por esto mismo fue elegido como piedra de la Iglesia, como Sumo Pontífice, como Papa; a Santiago lo elige porque había demostrado tanto valor como para ser llamado hijo del trueno, y a San Juan porque era el discípulo amado por su virginidad angelical que lo hacía grato a nuestro Señor. Los lleva entonces a un monte alto, no se sabe qué monte es, se dice que el Tabor, otros dicen que no sino el Hermón, porque en griego dice Epsilón katidian, es decir un monte alto y solitario y el Tabor tiene 400 metros aproximadamente desde la planicie, mientras que el otro tiene unos dos mil metros. Y como la Escritura no dice el nombre, y la mayoría dice que es el Tabor, conviene hacer la aclaración porque es bueno saber que hay otra opinión válida basada en la letra del texto griego de la Escritura, según el padre Castellani.



Les manifiesta nuestro Señor esa redundancia de su divinidad sobre la carne, sobre su humanidad; en eso consiste esa transfiguración, dejar traslucir la superabundancia de divinidad en su cuerpo, que era como debía ser desde el mismo momento de su Encarnación; el cuerpo glorioso, radiante, impasible, ligero, bello, luminoso, pero Él reprimió esos efectos para que ese cuerpo pudiese servir de materia al sacrifico en la Cruz. Es por eso justamente que se anonadó y no como dicen lamentablemente muchos teólogos y exégetas, que se anonadó porque al Encarnarse se rebajó; eso es absurdo. Dios no se rebaja al hacerse hombre ni mucho menos; la Encarnación manifiesta el esplendor de su omnipotencia divina; no es ningún sobajamiento, sino que consiste en no dejar que ese cuerpo se glorifique por el contacto divino y que sea así pasible de sufrimiento y muerte; pero eso ya no es la Encarnación sino que es reprimir esa redundancia de la gloria divina a la humanidad, a la carne para que sea posible padecer y morir.



No es pues la Encarnación un hecho de anonadamiento sino de poder de Dios. Del mismo modo que Dios no está prisionero en el sagrario como muy devotamente dicen incluso los santos, esa expresión es una alegoría para mover los corazones, pero teológicamente no es cierto; lo que la presencia real de nuestro Señor en el sagrario manifiesta es el poder de su divinidad. Él no está prisionero como un reo en una cárcel esperando la liberación, sino que está ahí mostrando el esplendor de su poder que es muy distinto; que por eso debemos cuidar las emociones, porque como una mujer enamorada dice tonterías por amor, esas cosas no serían teología sino delirios de amor y como tales se entienden.



Nuestra devoción debe fundarse en la teología, en la doctrina que nos muestra el esplendor y la grandeza de Dios y, por ende, nuestra miseria. Eso nos debe hacer humildes y prontos a rendir culto a Dios. Otra cosa es que en un arrebato de locura digamos cosas por amor, pero eso es diferente.



Nuestro Señor se transfigura, deja relucir eso que debió ser su cuerpo, para mostrar a los apóstoles su gloria y que así en el momento de su Pasión no sucumbieran, no desfallecieran. Les daba con eso una esperanza de su triunfo a pesar de esa derrota tremenda, humana y naturalmente vista. En la aparición de la transfiguración están a su lado los representantes sublimes de todo el Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Moisés como el representante de la Ley y Elías como garantía de los profetas y las profecías del Antiguo Testamento, con lo cual se les muestra a los judíos su continuidad con él y que culmina en nuestro Señor. Por eso, los judíos tampoco siguen a Moisés, ni a Elías, sólo al Talmud, a la Cábala, que son la tergiversación de los preceptos de la Ley; ellos no son fieles al Antiguo Testamento, he allí su pecado: no aceptan a nuestro Señor.



Entonces, con la presencia de Moisés y Elías garantiza nuestro Señor todo el Antiguo Testamento, el cual culmina en Él y muestra esa continuación que Él viene a completar y a perfeccionar. Lo mejora, porque todas las cosas de este Testamento que prefiguraban, desaparecen ante la realidad. Nadie está mirando la foto de la novia cuando ella está presente, y si lo está, desaparece la foto; del mismo modo se esfuman todas esas prefiguraciones, sobre todo cultuales y de ceremonias del Antiguo Testamento que se perfeccionaron y completaron con los sacramentos y el culto de la liturgia de la Iglesia.



Da ánimo nuestro Señor a estos discípulos predilectos para que no sucumban en la hora de la prueba. Transfiguración que en esta hora de la prueba de la Iglesia y de nosotros como parte integrante de ella, no nos deja desfallecer. A pesar de los curas, del clero y del mismo Papa, la Iglesia es divina. Ningún hombre debe eclipsar la divinidad de la Iglesia aunque caiga en la más tremenda apostasía, como ya se nos tiene anunciado; no perder la fe en la Iglesia católica, apostólica y romana. Aunque la Roma de hoy esté en la apostasía, como lo dice monseñor Lefebvre, como dijo hace mucho tiempo, trece, catorce o quince años al regreso de un viaje después de hablar con el cardenal Ratzinger. (Esa conferencia dictada por monseñor está a disposición de los fieles para leerla y meditarla). Así, aunque veamos esos males, la Iglesia, que antaño era esplendorosa como la vid en verano, con follaje y fruto, la vemos ahora reducida, como la vid en invierno, un tallo sin verdor, esperando el florecer; así será reducida la Iglesia a un pequeño rebaño regado por el mundo.



Pero no por eso se debe perder la concepción católica de la Iglesia y del papado, aunque el Papa sea hereje, o antipapa; yo no digo que lo sea, pero se han dado cuarenta y tantos antipapas en la historia de la Iglesia y para los últimos tiempos están señalados algunos más.

En el Apocalipsis aparecen dos bestias que configuran el anticristo, la bestia de la tierra y la del mar. Pero la de la tierra tiene apariencia de cordero, se parece a él, a Nuestro Señor. No solamente tiene apariencia religiosa sino poder, los dos cuernos de Moisés, los dos cuernos de la mitra que llevan los obispos. Qué más obispo que el obispo de los obispos, el de Roma, el Papa, al cual el demonio apunta, porque él no va a elegir a cualquier obispo sino que va a la cabeza; eso ya lo tenía presente León XIII al decir en el exorcismo que Satanás intentará apoderarse de la cátedra de Pedro y que hay que rezar para que eso no acontezca; ese pedacito ha sido suprimido hace tiempo, con lo cual se hace evidente y cabe la posibilidad que un Papa caiga y se convierta en agente del demonio; es una probabilidad teológica que nadie puede negar.



Luego hay que estar atentos, vigilantes, muy alertas, no claudicar bajo el peso de la autoridad que sabotea su misión, su oficio. El mismo derecho canónico contempla que el papado se puede perder no solamente por la muerte física del romano Pontífice, sino también por la muerte espiritual, por la herejía, el cisma, o la apostasía y estas no son cosas que quedan en la pura teoría como antaño, sino que parecen hacerse realidad. Por eso hay que predicarlas y decirlas para que el pueblo esté vigilante, no sea un pueblo dormido, e ignorante de la situación que le toca vivir, para defender la fe, la Iglesia, para protegerse de los falsos pastores, de los falsos cristos.



Lamentablemente son pocos los sacerdotes que predican así lo que sucede; pero es hora de clamar en voz alta aunque se grite desde el desierto, para que no se pierda la fe y saber que todo esto ha sido profetizado, más aún, vislumbrado por la teología; que antaño no se veía todavía venir, no era patente, luego no era preocupante, como nadie hace su testamento en plena juventud, pero luego, cuando ya se acerca a viejo piensa en él.



Pues así mismo estas cosas tan difíciles y duras, debemos tenerlas presentes para no claudicar tontamente como han claudicado los sucesores de Monseñor de Castro Mayer, que se debe estar retorciendo en su santa tumba con lo que ha hecho el padre Rifan en representación de todos ellos, bajo el peso de argumentos de autoridad y de jurisdicción. Todo eso nada vale si no está sustentado por el bien común, por la verdad. La obediencia y la autoridad no tienen valor cuando no son para el bien; es una falsa obediencia, una falsa autoridad. Es lamentable que no haya obispos a la altura de las circunstancias para que denuncien estos problemas, y quien quiera oír que oiga; pero este atropello no puede pasar sin que salga un doctor de la Iglesia, que al menos con su autoridad episcopal lo advierta.



Los obispos de la Tradición aunque buenos, parecen no dar la talla, tal vez por culpa nuestra, por ser nosotros unos tradicionalistas comodones, aburguesados en nuestras costumbres; quizás por eso falta esa categoría de obispos como monseñor Lefebvre, o como monseñor De Castro Mayer, que si había que golpear con el báculo en la mano lo hacían. No digo que estos sean malos; son muy buenos, pero les falta tenacidad, combatividad para sostener el pequeño rebaño diseminado por el mundo; el obispo es el ministro ordinario de la confirmación en la fe, y cómo es posible entonces confirmar en la fe, si no defiende a los fieles como un león con báculo y mitra de aquello que está destruyendo la fe.



Debemos rezar y ser católicos consecuentes, a no ser que sigamos por el ancho camino de todos aquellos que se creen católicos sin serlo. Si somos católicos de veras, asumamos todo y no sólo aquello que nos gusta. Dejemos la tibieza; quizás sea así como dice el adagio que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”; si es aplicable a la Iglesia no sé, pero tenemos los gobernantes que nos merecemos y aun en la Tradición católica.



Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen, ser consecuentes, firmes, tal como Ella demostró serlo al pie de la Cruz, para reasumir esa fe, ese ardor y celo sobrenatural, y ser dignos discípulos de nuestro Señor Jesucristo. +

PADRE BASILIO MERAMO
24 de febrero de 2002

domingo, 26 de febrero de 2012

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con este primer domingo de Cuaresma comienza solemnemente el tiempo de sacrificio, de oración, de penitencia y de ayuno para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua de resurrección de nuestro Señor; por eso la Iglesia lo ha solemnizad, porque es especialmente sagrado. Por eso el demonio renueva sus ataques para que la gente y los fieles se disuadan de los ejercicios de oración, de ayuno, de penitencia y de sacrificios, pero los católicos estamos obligados a hacerlos para que nos asimilemos a los sufrimientos de nuestro Señor y para que la Cuaresma no se convierta, como en muchas partes, en un carnaval, en una parranda como si fuésemos animales que sin uso de razón vivimos según la carne y lo que la halaga. Maldita sea si esa es nuestra opinión de ser católicos porque otra muy distinta es la de la Iglesia.

La Iglesia misma en este día expone ante nosotros la tentación de nuestro Señor en el desierto, es decir, en la soledad, en una montaña no lejos de Jericó; no nos imaginemos un yermo como el Sahara sino una montaña solitaria; lo digo porque cuando conocí ese lugar me extrañó mucho, pero efectivamente sí es un desierto en la montaña, en la soledad y eso es lo que significa en definitiva, sobre todo espiritualmente; ese alejamiento que buscó nuestro Señor antes de comenzar su vida pública, preparándose con ese gran ayuno de cuarenta días y de cuarenta noches, no era ningún misterio, porque antaño ya lo habían hecho Moisés, San Elías y muchos otros.

Hoy que se ha perdido esa sabiduría sacerdotal y pareciera imposible, haciéndole decir tonterías a grandes exegetas como Salmerón o Ricciotti, quien desgraciadamente se apoyó en San Ambrosio. Sin embargo, de allí, de esos cuarenta días Mahoma sacó el Ramadán, atenuándolo, pero es muy probable que él haya hecho ese ayuno, porque naturalmente es posible, sin que se necesite un milagro.

Dice el padre Castellani, que es sin duda uno de los más grandes exegetas del siglo XX, aunque desconocido por la gran mayoría y despreciado por sus mismos compañeros y sacerdotes; pero ha sido una luz de exegesis sobre la cual debiéramos apoyarnos, sobre todo hoy. Al hablar de eso, menciona que si era una cuestión puramente divina él sería Dios porque ya lo había hecho, lo que dejaba en ridículo a otros exegetas por la ignorancia que a veces pulula y campea aun entre aquellos de mayor sabiduría y prestigio teológico en la Iglesia; porque la ignorancia desgraciadamente no respeta a nadie y por eso debemos cuidarnos de ella porque es atrevida y, entonces, nos hace decir estupideces.

También dice el padre Castellani, para explicar esta triple tentación de nuestro Señor, que no solamente el demonio quería hacerlo caer y pecar, sino que principalmente quería sacarse la gran duda que tenía de saber si era o no el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, porque eso significa Cristo. El demonio, como vemos en el evangelio de hoy, conocía las Escrituras al dedillo, como lo hacen los protestantes, pero sin fe y por eso no creía; tenía esa gran duda, aunque ya lo había visto, no solamente en el desierto sino cuando fue la hora del bautismo en el Jordán por San Juan Bautista, cuando el Padre Eterno dice que Jesús es el Hijo amado en el cual ha puesto todas sus complacencias. El mismo San Juan Bautista había dicho “yo no soy digno de atar la correa de su sandalia”, y lo había señalado como al Cordero de Dios, al Agnus Dei.

Satanás sabía todo esto, por ello podemos preguntarnos por qué no creía, si nosotros con lo mismo o menos lo sabemos. La diferencia abismal es que el demonio no puede creer, no puede tener fe, está condenado. Y es más, los ángeles o creían, en un solo acto libre de amor a Dios, o se pervertían; esa fue su gran tragedia, sin que haya para ellos la posibilidad de la redención por la misma excelencia de su naturaleza angélica y espiritual que ve todo el bien y todo el mal de un solo golpe, y no como nosotros, de a poquito. Por eso Dios nos permite que podamos echarnos atrás y arrepentirnos viendo el mal y reconociéndolo aun después de haber pecado libremente.

Como hace ver el padre Castellani, Satanás tentó a nuestro Señor, no de sensualidad como dice la gran mayoría de los exegetas modernos, eso sería un desatino, inducir a un gran hombre religioso del desierto sensiblemente, sino que había que hacerlo espiritualmente con la soberbia, con el orgullo que es mucho peor que lo sensible, que lo sensual, que la concupiscencia de la carne; lo provocó con el orgullo, con la soberbia que no se ve, que no se manifiesta, que no se palpa pero que es peor; así, entonces, a través de esa triple tentación, de ese triple ataque quiere ver si en definitiva era el Mesías, el Enviado, el Ungido de Dios y por eso lo tienta con el pan, después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, en el momento neurálgico y más crítico en que debía romper el ayuno se lo ofrece. Le dice que convierta las piedras en pan y nuestro Señor le responde magistralmente: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios”.

El verdadero alimento es la palabra de Dios. Derrotado entonces en este intento Satanás, como dueño y amo del mundo o del universo, o por lo menos de esta tierra, atrevidamente, lo transporta de esa montaña cerca de Jericó a Jerusalén, a una distancia que puede ser de veinte o treinta kilómetros; lo lleva y lo pone encima del pináculo del templo y le dice que se tire porque escrito está que “los ángeles no dejarán que tropiece tu pie”, sino que ellos Le recogerían antes de que se hiciera daño al llegar abajo.

Pero nuestro Señor, ni lento ni perezoso, le responde y le replica: “También escrito está, no tentarás a Dios”; porque pedir milagros imprudentemente, indiscretamente, precipitadamente, es tentar a Dios. Cuántos no lo hacen, diciendo: “¿Por qué Dios no hace que me gane la lotería si estoy en la miseria”, “por qué Dios no cura a mi hijo que tiene cáncer o a mi madre o a mi padre”, o lo que sea. Y porque no les hace ese favor se ponen en contra de Dios y de la Iglesia por orgullo, cuando la enfermedad, la calamidad debiera acercarnos a Dios suplicantes y si Él quiere y nos conviene para la salvación de nuestra alma, entonces que se produzca la sanación si fuere el caso. Pero, ¿qué haría yo con ganarme la lotería?, ¿para malgastarla en un casino; para prostituirme en prostíbulos, para holgazanear en el mundo, para hacer maldad creyéndome todopoderoso, o abusar de la salud? Dios no obra muchos milagros que podría hacer porque sencillamente no nos convendría o a nosotros o a esa persona a la que queremos que se le haga.

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios”, “no tentarás a tu Dios” le responde nuestro Señor. Queda Satanás por segunda vez destrozado, derrotado. Pero el muy pérfido vuelve insidiosamente, no se da por derrotado, sino como una mujer; por eso dicen los Santos Padres que es peor la mala mujer que el mal hombre.

Vuelve Satanás una tercera vez para quitarse la duda y si no para hacerse adorar; lo toma y lo lleva a un monte muy alto y le muestra todas las riquezas, pompas, glorias y poderes de este mundo y le dice que todo eso se lo daría si él le adorase. ¡Qué atrevido, qué sinvergüenza! Y eso que era una de las criaturas más excelsas, más inteligentes, quizás como dicen algunos Santos que era el ángel de luz por encima de todos y por eso su nombre Luzbel, luz bella, y quien sin embargo claudicó por la soberbia.

Podemos preguntarnos cómo tenía tanto poder al ofrecerle esas riquezas, cómo fue que nuestro Señor no lo desmintió ni le dijo ¡mentiroso, eso no es tuyo sino que es de Dios!, sin necesidad de haberle dicho que era suyo, porque en cierta forma, como dicen los Padres de la Iglesia, el mundo, el universo, o por lo menos esta tierra, este planeta, este sistema solar, o esta galaxia pertenece de algún modo a Satanás que fue predestinado para que fuera él quien gobernara esta maquinaria terrenal y por eso es el príncipe de este mundo, por eso tiene poder material físico, ese espíritu sobre las cosas, sobre la naturaleza. Por eso se dan las infestaciones, las posesiones demoniacas, diabólicas y de ahí también entonces la necesidad de los exorcismos y las bendiciones.

Finalmente, nuestro Señor le responde: “¡Vade retro, Satana!”, ¡retírate!, ¡hacia atrás, Satanás!, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás.” Nuestro Señor tampoco le responde ni le dice: “Yo soy ese Dios”, sino que le contesta con esta otra parte de la Escritura que afirma que solamente a Dios se le debe adoración.

Vemos que en esta triple tentación, la primera, que nos queda a nosotros, a la Iglesia, a la parte humana de la Iglesia, a los hombres, procurarse bienes materiales a través de la religión. Primera tentación en la que vemos ya ha caído la jerarquía actual, preocupada por los bienes terrenales, por el pan, creando la dialéctica, interpretando el Evangelio en esta forma; de allí la teología de la liberación y todos los comunistas que han salido del seno de la Iglesia, los curas, los jesuitas y digo los estos, no porque los dominicos o los franciscanos no lo sean, sino porque ellos, siendo más poderosos, fueron pregoneros de la revolución en América como en Chile, Colombia, Guatemala donde usan la religión para procurar bienes materiales.

Segunda tentación: procurarse el prestigio y el poder, el imperio, el mando a través de la religión; y ¿no vemos eso hoy? Los obispos pavoneándose como grandes sabios cuando viven en el error; los sacerdotes, las monjas, todo consecuencias del Concilio Vaticano II, cambiando la faz de la Iglesia aprovechándose de la religión; la misma jerarquía, en países laicos y masones como Francia, como ver al cardenal Lustiger amigo de ese gobierno masón ha impedido que todos los bienes que los fieles han donado a su muerte para la Fraternidad de San Pío X pudiese recibirlos. Son hechos.
Y así, cuántos otros usando el poder, el prestigio, la fama en provecho propio, se procuran poder a través de la religión. Por ello mucha gente se aleja de la Iglesia escandalizada y muchos se vuelven protestantes, ateos, o comunistas.

Y, ¿no es en el mismo orden en que utilizan el poder desde el Vaticano para destruir a un obispo fiel como monseñor Lefevbre y para someterlo bajo una falsa obediencia a que sea como ellos? Porque hasta eso le propusieron: comprarle un palacete para que viviera como un cardenal, o mejor quizás, y se quedase tranquilo viviendo de vacaciones; eso le pidieron cuando era Superior de los padres del Espíritu Santo para que no predicara la verdad. ¿Eso no es acaso utilizar el poder en contra de la religión y de la verdad? ¿No es en gran parte lo que San Pablo en la epístola de hoy ha dicho, “consideraos como últimos, como si nada tuviésemos, como castigados cuando todo lo tenemos”?, cuando estamos en la verdad; eso nos pasa a los fieles que continuamos firmes en la Tradición. Y no se olviden: cuando se sientan tentados, lean la epístola de hoy para que se vean en cierta forma reflejados en esta gran persecución de Satanás, que en definitiva ha entrado en la Iglesia, como lo dijo Pablo VI, y hoy estamos viendo los frutos.

Tercera tentación. En las anteriores ya ha caído la gran parte de la jerarquía oficial porque nadie se atreve a decir y a predicar lo contrario; la tercera tentación diabólica, perversa, de adorar a Satanás, ¿lo logrará? He ahí el gran misterio de iniquidad. He ahí la abominación de la desolación en el lugar santo, ¿logrará hacer que la Iglesia en su contexto humano adore a Satanás? Tal vez esté por producirse, por verificarse. Y no me hago el profeta, sino que sencillamente sigo la exegesis de la Iglesia, lo que nuestro Señor dice en los evangelios: “Cuando vuelva, ¿encontraré fe...?”.
¿Qué hará el anticristo que se sentará en Roma?, porque así lo dice nuestra Señora en La Salette: “Roma perderá la fe y será la sede del anticristo”. ¿Para qué? Para hacer adorar en definitiva a Satanás, y por eso la gran apostasía, la gran tribulación de los últimos tiempos en los cuales vivimos y en los que, lejos de aterrarnos, con fe y esperanza debemos enfrentar. Hay que enfocar esa realidad que nos está tocando vivir y no pasárnoslas viendo televisión y leyendo revistas que por muy buenas y muy verdaderas no dejan de ser estupideces en comparación con todo lo que está involucrando a la Iglesia a punto de caer, en su parte humana, en esa terrible y demoniaca tercera tentación.

Que no nos demos cuenta es el colmo, porque no hay quien lo predique, quien lo diga, quien lo clame. ¿Por qué? Por cobardía, ignorancia, estupidez humana, o lo que fuera. Por eso el padre Castellani ha sido uno de los grandes exegetas del siglo XX, porque lo avizoró, lo dijo y lo anunció y por ello fue desterrado de la Compañía de Jesús cuando era el teólogo, el doctor sacro bulado por Pío XII.

Para que nos hagamos una idea, eso le permitía predicar y escribir sin el nihil obstat, como doctor sacro de la Iglesia universal. Y, ¿cómo murió? Recluido en un apartamento de dos habitaciones llenas de libros, pero aislado, difamado; se le había prohibido decir la Misa durante muchos años, casi lo vuelven loco en Manresa. Así trataron a este doctor por señalar con el dedo lo que ahora les estoy diciendo y por eso, mis estimados hermanos, esta triple tentación debemos meditarla hoy más que nunca, y tener cuidado porque Satanás no llegará a hacerse adorar de golpe, necesitará primero quitar la esencia a la religión católica. Por eso vaciará el culto de la Santa Misa, de los sacramentos, de la doctrina, de las verdades católicas, de los dogmas. Lo que se viene haciendo desde el Concilio Vaticano II, con toda la innovación revolucionaria de la liturgia y de la teología.
Satanás necesita un culto falso, vaciado de su contenido para lograr que le adoren, que la Iglesia en su contexto humano caiga en la tercera tentación y le alabe.

Pidamos a nuestra Señora que nos ayude a meditar y tener presente todo esto para que permaneciendo siempre fieles adoremos a nuestro Señor Jesucristo y no a otro. +

PADRE BASILIO MERAMO
9 de marzo de 2003