San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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jueves, 25 de marzo de 2010

San Claudio de la Colombiére


El Abandono confiado a la
Divina Providencia




I. Verdades consoladoras.
a) Confiemos en la sabiduría de Dios.
b) Cuando Dios nos prueba.
c) Arrojarse en los brazos de Dios.
d) Práctica del abandono confiado.

II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores
a) Hay que confiar en la Providencia.
b) Ventajas inesperadas de las pruebas.
c) Ocasiones de méritos y de la salvación.
III. Recurso a la oración
a) Para obtener bienes.
b) Para apartar los males.
c) No se pide bastante.
d) Perseverancia en la oración
e) Una confianza obstinada.

I. Verdades consoladoras.

Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal.
Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos atribuirlo a Dios? Sí, también le podéis acusar a Él del mal que sufrís. Pero no es la causa del pecado que comete vuestro enemigo al maltrataros, y sí es la causa del mal que os hace este enemigo mientras peca.
No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la perversa voluntad que tiene de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder. No dudéis, si recibís alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido. Aunque todas las criaturas se aliaran contra vosotros, si el Creador no lo quiere, si Él no se une a ellas, si Él no les da la fuerza y los medios para ejecutar sus malos designios, nunca llegarán a hacer nada: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto, decía el Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo podemos decir a los demonios y a los hombres, incluso a las criaturas privadas de razón y de sentimiento. No, no me afligiríais, ni me incomodaríais como hacéis si Dios no lo hubiera ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os da el poder de tentarme y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si no os fuera dado de lo Alto.
Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este artículo de nuestra fe, no se necesitaría más para ahogar todas nuestras murmuraciones en las pérdidas, en todas las desgracias que nos suceden. Es el Señor quien me había dado los bienes, es Él mismo quien me los ha quitado; no es ni esta partida, ni este juez, ni este ladrón quien me ha arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha envenenado con sus medicamentos; si este hijo ha muerto... todo esto pertenecía a Dios y no ha querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.

CONFIEMOS EN LA SABIDURÍA DE DIOS

Es una verdad de fe que Dios dirige todos los acontecimientos de que se lamenta el mundo; y aún más, no podemos dudar de que todos los males que Dios nos envía nos sean muy útiles: no podemos dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la luz para discernir lo que nos conviene.
Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve mejor que nosotros lo que nos es útil, ¿no será una locura pensar que nosotros vemos las cosas mejor que Dios mismo, que Dios que está exento de las pasiones que nos ciegan, que penetra en el porvenir, que prevé los acontecimientos y el efecto que cada causa debe producir? Vosotros sabéis que a veces los accidentes más importunos tienen consecuencias dichosas, y que por el contrario los éxitos más favorables pueden acabar finalmente de manera funesta. También es una regla que Dios observa a menudo, de ir a sus fines por caminos totalmente opuestos a los que la prudencia humana acostumbra escoger.
En la ignorancia en que estamos de lo que debe acaecernos posteriormente, ¿cómo osaremos murmurar de lo que sufrimos por la permisión de Dios? ¿No tememos que nuestras quejas conduzcan a error, y que nos quejamos cuando tenemos el mayor motivo para felicitamos de su Providencia? José es vendido, se le lleva como esclavo, y se le encarcela; si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de su felicidad, pues son otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta el trono de Egipto. Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario irlas a buscar muy lejos e inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto; pero si esta pena le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto que todo esto estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle de parte del Señor, para que sea el rey de su pueblo.
¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a pesar nuestro! He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad: ¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal. No he podido consolarme de la ruptura de este matrimonio: Si Dios hubiera permitido que se hubiera realizado, habría pasado mis días en el duelo y la miseria. Debo treinta o cuarenta años de vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta impaciencia. Debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. Mi alma se hubiera perdido de no perder este dinero. ¿De qué nos molestamos?... ¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos abandonamos a la buena fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su profesión; él manda que se os hagan las operaciones más violentas, alguna vez que os abran el cráneo con el hierro; que se os horade, que os corten un miembro para detener la gangrena, que podría llegar hasta el corazón. Se sufre todo esto, se queda agradecido y se le recompensa liberalmente, porque se juzga que no lo haría si el remedio no fuera necesario, porque se piensa que hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos el mismo honor a Dios! Se diría que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos miedo de que nos descaminara. ¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que puede equivocarse y cuyos menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis someteros a la dirección del Señor?
Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente todo lo que Él quiere; se nos vería pedirle con lágrimas las mismas aficiones que procuramos apartar por nuestros votos y nuestras oraciones. A todos nos dice lo que dijo a los hijos del Zebedeo: Nescítis quid petatis; hombres ciegos, tengo piedad de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís; dejadme dirigir vuestros intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor que vosotros lo que necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración a vuestros sentimientos y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin recurso.

CUANDO DIOS NOS PRUEBA

¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos! ¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí!¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? ¡Me hace caminar por un camino espinoso! ¿Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto corno lo hace, ¿podría trataros con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde esta vida.

ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS

Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.
Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.
Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.
Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.
En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.
De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.

PRÁCTICA DEL ABANDONO CONFIADO

Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz sumisión. Un camino seguro para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta virtud. Pero como las grandes ocasiones de practicarla son bastante raras, es necesario aprovechar las pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos prepara en seguida para soportar los mayores reveses, sin conmovernos. No hay nadie a quien no sucedan cien cosillas contrarias a sus deseos e inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por la inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del azar o del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias. Toda nuestra vida está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen bajo nuestras pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil movimientos involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de impaciencia, mil enfados pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil turbaciones que alteran la paz de nuestra alma al menos por un momento. Se nos escapa por ejemplo una palabra que no quisiéremos haber dicho o nos han dicho otra que nos ofende; un criado sirve mal o con demasiada lentitud, un niño os molesta, un importuno os detiene, un atolondrado tropieza con vosotros, un caballo os cubre de lodo, hace un tiempo que os desagrada, vuestro trabajo no va como desearíais, se rompe un mueble, se mancha un traje o se rompe. Sé que en todo esto no hay que ejercitar una virtud heroica, pero os digo que bastaría para adquirirla infaliblemente si quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado para ofrecer a Dios tolas estas contrariedades y aceptarlas como dadas por su Providencia, y si además se dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima con Dios, será capaz en poco tiempo de soportar los más tristes y funestos accidentes de la vida.
A este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan útil para nosotros y tan agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir también otro. Pensad todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda sucederos de molesto a lo largo del día. Podría suceder que en este día os trajeran la nueva de un naufragio, de una bancarrota, de un incendio; quizá antes de la noche recibiréis alguna gran afrenta, alguna confusión sangrante; tal vez sea la muerte la que os arrebatará la persona más querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir vosotros mismos de una manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males en caso de que quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en este sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a querer o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.
En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto sentir, en lugar de perder el tiempo quejándose de los hombres o de la fortuna, id a arrojaros a los pies de vuestro divino Maestro, para pedirle la gracia de soportar este infortunio con constancia. Un hombre que ha recibido una llaga mortal, si es prudente no correrá detrás del que le ha herido, sino ante todo irá al médico que puede curarle. Pero si en semejantes encuentros, buscarais la causa de vuestros males, también entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el causante de vuestro mal.
Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea éste el primero de todos vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo, el trato que os ha dado, el azote de que se ha servido para probaros. Besad mil veces las manos de vuestro Maestro crucificado, esas manos que os han herido, que han hecho todo el mal que os aflige. Repetid a menudo aquellas palabras que también Él decía a su Padre, en lo más agudo de su dolor: Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía; Fiat voluntas tua. Sí mi Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre, en el cielo y en la tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la tierra como se cumple en el cielo.


II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores

Ved a esta madre amante que con mil caricias mira de apaciguar los gritos de su hijo, que le humedece con sus lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego; desde el momento en que esta dolorosa operación se hace ante sus ojos y por su mandato, ¿quién va a dudar de que este remedio violento debe ser muy útil a este hijo que después encontrará una perfecta curación o al menos el alivio de un dolor más vivo y duradero?
Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la adversidad. Os quejáis de que se os maltrate, os ultrajen, os denigren con calumnias, que os despojen injustamente de vuestros bienes: Vuestro Redentor; este nombre es aún más tierno que el de padre o madre, vuestro Redentor es testigo de todo lo que sufrís, Él os lleva en su seno, y ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a Él mismo en la niña del ojo; sin embargo. Él mismo permite que seáis atravesado, aunque pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis que esta prueba pasajera no os procure las más sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no hubiera llamado bienaventurados a los que sufren aquí abajo, aunque todas las páginas de la Escritura no hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos que son el pago más corriente de los amigos de Dios, no dejaría de creer que nos son infinitamente ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha preferido sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha podido inventar en las torturas más horribles, antes de yerme condenado a los menores suplicios de la otra vida; basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara, quien me presenta el cáliz de amargura que debo beber en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto para impedirme sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de hacerme sufrir ahora.

HAY QUE CONFIAR EN LA PROVIDENCIA

Para mí, cuando veo a un cristiano abandonarse al dolor en las penas que Dios le envía, digo en primer lugar: «He aquí un hombre que se aflige de su dicha; ruega a Dios que le libre de la indigencia en que se encuentra y debería darle gracias de haberle reducido a ella. Estoy seguro que nada mejor podría acaecerle que lo que hace el motivo de su desolación; para creerlo tengo mil razones sin réplica. Pero si viera todo lo que Dios ve, si pudiera leer en el porvenir las consecuencias felices con las que coronará estas tristes aventuras, ¿cuánto más no me aseguraría en mi pensamiento?
En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los designios de la Providencia, es seguro que desearíamos con ardor los males que sufrimos con tanta repugnancia.
¡Dios mío!, si tuviéramos un poco más de fe, si supiéramos cuánto nos amáis, cómo tenéis en cuenta nuestros intereses, ¿cómo miraríamos las adversidades? Iríamos en busca de ellas ansiosamente, bendeciríamos mil veces la mano que nos hiere.
«¿Qué bien puede proporcionarme esta enfermedad que me obliga a interrumpir todos mis ejercicios de piedad?», dirá tal vez alguien. «¿Qué ventaja puedo obtener de la pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el desespero, de esta confusión que abate mi valor y que lleva la turbación a mi espíritu?» Es cierto que estos golpes imprevistos, en el momento en que hieren acaban algunas veces con aquellos sobre quienes caen y les sitúan fuera del estado de aprovecharse inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y veréis que es por allí por donde Dios os prepara para recibir sus favores más insignes. Sin este accidente, es posible que no hubierais llegado a ser peor, pero no hubierais sido tan santo. ¿No es cierto que desde que os habéis dado a Dios, no os habíais resuelto a despreciar cierta gloria fundada en alguna gracia del cuerpo o en algún talento del espíritu, que os atraía la estima de los hombres? ¿No es cierto que teníais aún cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es cierto que no os había abandonado el deseo de adquirir riquezas, de educar a vuestros hijos con los honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto, alguna amistad poco espiritual disputaba aún vuestro corazón a Dios. Sólo os faltaba este paso para entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no hubierais podido hacer aún este último sacrificio; sin embargo, ¿ de cuántas gracias no os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada que cueste tanto al alma cristiana como el romper este último lazo que le liga al mundo o a ella misma; sólo en esta situación siente una parte de su enfermedad; pero le espanta el pensamiento de su remedio, porque el mal está tan cerca del corazón que sin el socorro de una operación violenta y dolorosa, no se le puede curar; por esto ha sido necesario sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una mano hábil haya llevado el hierro adelante en la carne viva, para horadar esta úlcera oculta en el fondo de vuestras entrañas; sin este golpe, duraría aún vuestra languidez. Esta enfermedad que se detiene, esta bancarrota que os arruina, esta afrenta que os cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que lloráis, todas estas desgracias harán en un instante lo que no hubieran hecho todas vuestras meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran intentado inútilmente.





VENTAJAS INESPERADAS DE LAS PRUEBAS

Y si la aflicción en que estáis por voluntad de Dios, os hastía de todas las criaturas, si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador, estoy seguro que le estaréis más agradecidos por lo que os ha afligido, que por lo que le hubierais ofrecido en vuestros votos si os evitaba la aflicción; los demás favores que habéis recibido de Él, comparados con esta desgracia, no serán a vuestros ojos más que pequeños favores. Siempre habéis mirado las bendiciones temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra familia como los efectos de su bondad hacia vosotros; pero entonces veréis claramente que nunca os amó tanto como cuando trastornó todo lo que había hecho para vuestra prosperidad, y que si había sido liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la salud, ha sido pródigo al quitaros todos estos bienes.
No hablo de los méritos que se adquieren por la paciencia; por lo general, es cierto que se gana más para el cielo en un día de adversidad que durante varios años pasados en la alegría, por santo que sea el uso que se haga de ella.
Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y es mucho cuando un hombre dichoso, según el mundo, se toma la pena de pensar en el Señor una o dos veces por día; las ideas de los bienes sensibles que le rodean ocupan tan agradablemente su espíritu que olvida con mucho lodo lo demás. Por el contrario la adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al cielo, para, mediante esta visión, suavizar la amarga impresión de nuestros males. Sé que se puede glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de honrarle la vida de un cristiano que le sirve en una alegre fortuna; pero ¡quién asegura que este cristiano le honra tanto como el hombre que le bendice en los sufrimientos! Se puede decir que el primero es semejante a un cortesano asiduo y regular, que no abandona nunca a su príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es como un valiente capitán, que toma las ciudades para su rey, que le gana las batallas, a través de mil peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria de las armas de su señor y los límites de su imperio.
Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud robusta, que posee grandes riquezas, que vive en honor, que tiene la estima del mundo, si este hombre usa como debe de todas estas ventajas, si las recibe con agradecimiento, si las refiere a Dios como a su divino Maestro por una conducta tan cristiana; pero si la Providencia le despoja de todos estos bienes, si le consume de dolores y de miserias y si en medio de tantos males, persevera en los mismos sentimientos, en las mismas acciones de gracias, si sigue al Señor con la misma prontitud y la misma docilidad, por un camino tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones, entonces es cuando publica las grandezas de Dios y la eficacia de su gracia, del modo más generoso y brillante.

OCASIONES DE MÉRITOS Y DE SALVACIÓN

Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de Jesucristo las personas que le habrán glorificado en un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios, dándonos las ocasiones de merecer una recompensa tan abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra felicidad; de haber gemido, de haber suspirado, cuando deberíamos habernos alegrado; de haber dudado de la bondad de Dios, cuando nos daba las señales más seguras. Si un día han de ser así nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde hoy en una disposición tan feliz? ¿Por qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta vida, si estoy seguro que en el cielo le daré gracias eternas?
Todo esto nos hace ver que sea cuál sea el modo como vivamos deberíamos recibir siempre toda adversidad con alegría. Si somos buenos, la adversidad nos purifica y nos vuelve mejores, nos llena de virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos corrige y nos obliga a ser virtuosos.


III. Recurso a la oración

Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quaecumque Orantes petitis credite quia accipietis (creed que obtendréis cuanto pidiereis por la oración). Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit accipit (quien pide, recibe). ¿De dónde puede venir que tantas oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.
Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos todo, incluso las cosas mas pequeñas; pero nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.

PARA OBTENER BIENES

No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores.
He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le había dado la libertad de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de concederle la sabiduría, que necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de la realeza. No hizo ninguna mención ni de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que haciéndole Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes considerables. Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía. Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos, nec divitias..., ecce feci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec quae non postulasti, divitias scilicet et gloriam.
Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las criaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.
Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario así es; he aquí por qué somos rechazados. Murmuramos, acusamos al Cielo de dureza, de poca fidelidad en sus promesas. Pero nuestro Dios es un Padre lleno de bondad, que prefiere sufrir nuestras quejas y nuestras murmuraciones, antes que apaciguarías con presentes que nos serían funestos.

PARA APARTAR LOS MALES

Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se contentaría con salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han reducido; deja la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía tan sólo evitar el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en fin, puede pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar; desde hace tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere suavizarlos; pero le encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males secretos mucho mayores que los males de que os quejáis, sin embargo son males de los que no pedís ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad de las oraciones que habéis hecho para ser curados de los males exteriores, haría ya mucho tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no sería amaros, sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las virtudes que no tenéis. Si el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin dilación y no sería necesario pedir el resto.

NO SE PIDE BASTANTE

Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales sin ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que para rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta con pedirlas con la condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.
¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal, método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a su vez, la fuente más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis dejármela, sin que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema; podéis hacer, que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de refrigerio, como lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio más gloria a vuestro nombre quedará estaré aún más reconocido.
He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano. Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar, no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis perdido, sino que ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el disfrute de las riquezas; y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os inspirará a la vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y además os dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se puede desear algo más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa es digna de ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con insistencia. Pues la razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide poco, es también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.

PERSEVERANCIA EN LA ORACIÓN

¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar digo que no hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos.
Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido; ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mi el creer que seré pagado liberalmente.
En efecto, la. conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de diez y seis años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en los límites del matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de castidad evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera cristiano, y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.
En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía y Dios hizo de él la columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo. Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza había añadido la avaricia y la ambición; silo hubiera abandonado todo entonces por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué agravio no hubiera hecho a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!

UNA CONFIANZA OBSTINADA

Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en vernos pedir. Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las cosas mundanas, almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis para ser librados de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de amar a Dios y de servirle como los santos le han servido y usted que solicita la conversión de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechaza hoy, mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.
Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia: La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve para inflamar más vuestro fervor. Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo rehúsa verla y oírla, cómo la trata de extranjera y más duramente aún. ¿No diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo, dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por esto la rechaza. ¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaos de dejaros sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois rechazados.
Haced como la Cananea, servios contra Dios mismo de las razones que pueda tener para rechazaros. Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros el pan de los hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se me conceda por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor. Si, Señor, debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de vuestros beneficios, os seria menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! dichoso de ti que has comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le agrada la violencia que le hacéis, quiere ser vencida. Haceos notar por vuestra importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia; forzad a Dios a dejar el disfraz y a deciros con admiración:
Magna est fides tua, fiat tibi sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo resistirte más; vete, tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.








III. EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON LA DIVINA PROVIDENCIA

La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia, a causa de las preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo realizan bien.

1. Actos de fe, de esperanza y de caridad

I. En primer lugar se hace un acto de fe en la Providencia divina. Se intenta penetrarse bien de esta verdad de que Dios toma un cuidado continuo y muy atento, no solamente de todas las cosas en general, sino también de cada una en particular, de nosotros sobre todo, de nuestra alma, de nuestro cuerpo, de todo lo que nos interesa; que su solicitud, a la que nada escapa, se extiende a nuestra reputación, a nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a nuestra salud como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte y hasta al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.
II. Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza. Entonces, se excita uno a una firme confianza en que esta Providencia divina proveerá a todo lo que nos concierne, que nos dirigirá, nos defenderá con una vigilancia y una afección más que paternal y nos gobernará de tal modo que suceda lo que suceda, si nos sometemos a su dirección, todo nos será favorable y volverá en bien nuestro, incluso las cosas que parezcan más contrarias.
III. A estos dos actos hay que añadir el de la caridad. Se testimonia a la divina Providencia el más vivo afecto, el amor más tierno, como un niño lo testimonia a su buena madre refugiándose en sus brazos; se hacen protestas de un amor absoluto por todos sus designios, por impenetrables que sean, sabiendo que son el fruto de una sabiduría infinita que no puede equivocarse y de una bondad soberana que no puede querer más que la perfección de sus criaturas; se hace de tal modo que este aprecio sea bastante práctico para disponemos a hablar de buena gana de la Providencia e incluso a tomar su defensa altamente contra los que se permitan negarla o criticaría.

2. Acto de filial abandono a la Providencia

Después de haber renovado muchas veces estos actos y de haberse penetrado bien de ellos, el alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das seguridad (Sal. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo profeta: El Señor es mi Pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor de su nombre y por mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y cubierto por vuestra protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso, en medio de mis enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado son mi consuelo. Tú pones ante mi una mesa, enfrente de mis enemigos. Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida, y estaré en la casa del Señor por muy largos años (Sal. 22).
Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con respeto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud. Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.

3. Utilidad de este ejercicio

¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma dispuesta de este modo!
Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una criatura tan apegada a su Providencia, tan dependiente de su conducta, llena de una esperanza tan firme y disfrutando de un reposo de espíritu tan profundo en espera de lo que tenga a bien enviarle. Y también, ¡cuánto cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela sobre las menores cosas que le interesan: Inspira a los hombres establecidos para gobernarla todo lo que es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo que sea, esos hombres quisieran obrar en relación con ella de un modo que le fuera perjudicial, Él haría surgir obstáculos a sus designios por caminos secretos e inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para esta alma querida.
El Señor guarda a cuantos le aman (Sal. 144,20). Si la Escritura da ojos a este Dios de bondad, es para velar por ellos; si le atribuye orejas es para escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien les toque, toca al Señor en la niña de los ojos. Los niños serán llevados a la cadera, dice el Señor por boca del profeta Isaías, y serán acariciados sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo, así os consolaré yo a vosotros (Is. 66, 12-13). En Oseas: Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé en brazos (Os. 11,3). Mucho tiempo antes Moisés había dicho: En el desierto has visto como te ha llevado el Señor, tu Dios, como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar (Deut. 1, 31). También dice Dios en Isaías: Mamarás a los pechos de los reyes, recibirás un alimento delicioso y divino, y sabrás, mediante una dulce experiencia, con qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador (Is. 60, 16). ¡ Oh! ¡ dichosa situación para un alma!
En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de la felicidad que gusta el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba en reposo y en paz en el arca con los leones, los tigres, los osos porque Dios le conducía mientras que las espantosas lluvias caían del cielo y en medio del trastorno general de los elementos y de toda la naturaleza. Por el contrario, los demás estaban en la más extraña confusión de cuerpo y de espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus hijos y hasta ellos mismos se perdían, tragados despiadadamente por las olas. Del mismo modo el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab. 17, 1-2) están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.
Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.

miércoles, 24 de febrero de 2010

LA NUEVA PERSPECTIVA DE LA TRADICIÓN

Después de 19 años de la muerte de Monseñor Lefebvre, el viraje de los superiores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, es notorio para los que permanecen firmes, con los ojos bien abiertos y analizan los hechos; viraje que comienza a evidenciarse públicamente a partir del Jubileo del año 2000, el cual fue el primer paso visible de la combinación (contubernio) entre la Fraternidad y la Roma apóstata, como resultado de dos años de preparación (oculta) como incluso fue reconocido, al decir que el Jubileo había costado dos años de preparativos; y lo que hoy acontece viene a ser el fruto de esa labor, como lo deja ver Monseñor Fellay al decir: “Es también por esto que queremos continuar el camino comenzado en el año 2000 con Usted.” (Carta del 15 de diciembre de 2005 al Cardenal Castrillón).

El mismo Monseñor Fellay declara que a partir del año 2001, se tomó una línea directriz de acuerdo con los otros tres Obispos: Monseñor Williamson, Monseñor Tissier y Monseñor de Galarreta, que condujo al Motu Proprio y al levantamiento de las susodichas ex comuniones; “En enero de 2001 establecimos de acuerdo con todos los obispos y los miembros del consejo general una línea de conducta…”
(Carta de Monseñor Fellay a los Sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el 31 de enero de 2009).

Es evidente que se trata de un plan debidamente trazado que se iría realizando (en la práctica) suave y lentamente pero con firme decisión y próposito. El cambio de perspectiva y de lenguaje es notorio, baste ver lo que decía Monseñor Lefebvre frente a lo que dice Monseñor Fellay hoy. Para él he aquí algunos textos para que se pueda comprobar lo afirmado:
Sobre el Concilio Vaticano II y la Nueva Iglesia post-conciliar, Monseñor Lefebvre decía:
“Este Concilio representa tanto a los ojos de las autoridades romanas, como a los nuestros, una Nueva Iglesia a la que por otra parte llaman ´Iglesia conciliar´. Creemos poder afirmar ateniéndonos a la critica interna y externa del Concilio Vaticano II, es decir, analizando los textos y estudiando los pormenores de este Concilio, que este al dar la espalda a la Tradición y al romper con la Iglesia del pasado es un Concilio cismático, se juzga el árbol por sus frutos.”
(La Nueva Iglesia, p. 124, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 97).
“Todos los que cooperan en la aplicación de este trastrocamiento aceptan y adhieren a esta nueva ´Iglesia post-conciliar´…entran en el cisma.” (La Nueva Iglesia, p. 125, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 98).

“¿Cómo podríamos nosotros por obediencia servil y ciega hacerle el juego a esos cismáticos que nos piden que colaboremos en su empresa de destrucción de la Iglesia?”(La Nueva Iglesia, p. 125, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 98).

“Esta apostasía convierte a estos miembros en adúlteros y en cismáticos opuestos a toda Tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia y, por lo tanto, con la Iglesia de hoy, en la medida en que permanece fiel a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo. Todo lo que sigue siendo fiel a la verdadera Iglesia es objeto de persecuciones salvajes y continuas.” (Itinerario Espiritual, p. 78). Pasaje suprimido en la edición argentina a cargo del Padre Guillermo Deviller, cuando era profesor del Seminario de La Reja en Buenos Aires.

Sobre el Papa, Monseñor Lefebvre afirmaba:
“Para que el Papa represente a la Iglesia y sea su imagen, no solamente debe estar unido a ella en el espacio sino también en el tiempo, por ser la Iglesia esencialmente una Tradición viviente.”(La Nueva Iglesia, p. 123, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 96).
“En la medida en que el Papa se aleja de esta Tradición, se volvería cismático, rompería con la Iglesia.” (La Nueva Iglesia, p. 124, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 196).
“La verdad no nos pertenece, no le pertenece más al Papa que a mí. Él es el servidor de la Verdad, como yo debo ser el servidor de la Verdad. Y si llegara a suceder que el Papa no fuese ya el servidor de la Verdad, ya no sería Papa.”

(La Nueva Iglesia, p.150, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 119).
“En la medida en que no nos transmite la Fe de sus predecesores, Ya no es el sucesor de Pedro. Entonces se convierte en una persona que se separa de su cargo, que reniega de su cargo, que no cumple con su cargo.”

(La Nueva Iglesia, p. 177, segundo tomo de “Un Évêque Parle”, p. 143).
Monseñor Lefebvre llegó a decir incluso en su sermón de Pascua del 30 de marzo de 1986:
“Pero no es imposible que estemos obligados a creer que este Papa no sea Papa. No quiero todavía decirlo de una manera solemne y formal, pues bien parece (a primera vista) que sea imposible que un Papa sea herético pública y formalmente. Nuestro Señor le ha prometido estar con él, guardarlo en la Fe, y sin que él pueda errar en la Fe, pero ¿puede ser al mismo tiempo herético y públicamente casi apóstata? He aquí un problema que no me concierne únicamente a mí, sino que les concierne a todos ustedes.” (Fideliter nº 51, mayo-junio de 1986).

Sobre las ex comuniones Monseñor Lefebvre afirmaba, refiriéndose a él y a Monseñor de Castro Mayer:
“Los que estiman un deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas, no pueden sino condenar a estos dos Obispos y así confirman su cisma y su separación de Nuestro Señor y su reino, a causa de su laicismo y ecumenismo apóstata.” (Itinerario Espiritual, p. 14).
Mientras que hoy Monseñor Fellay expresa:
“Vemos con mucha esperanza, una renovación.” (Carta a los Amigos y Bienhechores, 23 de octubre de 2008). O también esto: “Estamos muy interesados en obtener una situación habitable en la Iglesia.” (Ibíd.), como si se hubiese estado alguna vez fuera, y además, como si tratase de lograr una coexistencia pacífica con el Modernismo. Incluso parece que tuviera una especie de complejo de inferioridad, al manifestar que se mira a los Tradicionalistas como especímenes de zoológico, al decir: “Basta decir ´Ecône´ o´ Monseñor Lefebvre´ para ser inmediatamente descalificados o satanizados.” (Nouvelles de Chrétienté, nº 11, mayo-junio de 2008). “Por consiguiente no queremos en absoluto ser considerados como un zoológico.” (Nouvelles de Chrétienté, nº 75, junio de 2002).

Monseñor Fellay y los otros tres Obispos consideran hoy la excomunión de Monseñor Lefebvre y de Monseñor de Castro Mayer y la de ellos mismos, como un estigma, como una mancha, como una infamia:
“Es así como juntos los cuatro Obispos consagrados hace veinte años, hemos saludado el acto a la vez paternal y valeroso de Benedicto XVI…”
(Carta de Monseñor Fellay a los Sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, del 31 de enero de 2009).
“Gracias a este gesto, los católicos del mundo entero apegados a la Tradición, ya no serán mas injustamente estigmatizados y condenados por haber sostenido la Fe de sus padres. La Tradición Católica ya no está mas excomulgada.” (Carta a los Fieles de Monseñor Fellay, del 24 de enero de 2009).

Obsérvese que habla además de apego a la Tradición como si fuera algo sentimental o de pura sensibilidad, (como el Cardenal Castrillón en más de una ocasión lo expresa) y no como algo que concierne a la Fe y a la Doctrina.

“La etiqueta infamante que se había puesto sobre nuestras espaldas pedía, para ser levantada, un acto fuerte y valeroso de parte del Papa…” (Carta de Monseñor Fellay a los Sacerdotes de la Fraternidad San Pio X del 31 de enero de 2009).
“…ellas [las excomuniones] eran por lo menos un obstáculo a nuestro apostolado. Esto era el motivo por el cual no queríamos perder la ocasión de lavar esta iniquidad, verdadero insulto dado a nuestro combate tanto como a nuestro honor.” (Carta de Monseñor Fellay a los Sacerdotes de la Fraternidad San Pio X del 31 de enero de 2009).

Mientras que para Monseñor Lefebvre las excomuniones lejos de ser un estigma infamante, un deshonor y un obstáculo para el apostolado, eran un signo de ortodoxia, de garantía, de incontaminación y de no colaboración con el error de los modernistas:
“Todos estos espíritus que son modernistas están excomulgados por San Pio X. Esas personas imbuidas de los principios modernistas, son lo que nos excomulgan, mientras que son ellos los excomulgados por el Papa San Pio X. Y ¿por qué nos excomulgan? Porque nosotros queremos permanecer católicos, porque no queremos seguirlos en ese espíritu de demolición de la Iglesia. Puesto que, ustedes no quieren estar con nosotros para contribuir a la demolición de la Iglesia, nosotros los excomulgamos. Muy bien: gracias. Nosotros preferimos ser excomulgados. No queremos participar en esta obra desastrosa que se realiza después de veinte años en la Iglesia.”
(Sermón de Monseñor Lefebvre del 10 de julio de 1988, en la Misa solemne cantada por el Padre Bernard Lorber en la escuela L`Etoi Etoile du Matin, Fideliter nº 65 septiembre-octubre de 1988).

“Nosotros jamás hemos querido pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de Iglesia conciliar (…) no tenemos nada que ver con el panteón de las religiones de Asís, nuestra propia excomunión por un decreto de vuestra eminencia no seria sino la prueba irrefutable. Nada mejor pedimos que ser declarados ´ex-comunione´ del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace 25 años: de ser excluidos de la comunión impía con los infieles.” (Fideliter nº 64 p. 11-12).
Después de semejante y contundente afirmación, ¿cómo Monseñor Fellay se atreve hoy a decir lo contrario? Estamos frente a dos lenguajes distintos, dos maneras de pensar distintas y opuestas, que se comienza a percibir públicamente a partir de el Jubileo del año 2000, dándose un viraje lento y firme que culminó con las dos condiciones previas para entrar en un dialogo claudicante, cuya finalidad es diluir desapercibidamente toda resistencia firme y heroica ante la Abominación instalada con la Roma apóstata.

Hay un acuerdo (encubierto), pues Monseñor Fellay así lo reconoce al afirmar: “En cuanto a la excomunión, seria levantada en el momento del acuerdo.” (Carta de Monseñor Fellay a los Amigos y Bienhechores del 23 de octubre de 2008). Y varios años antes decía lo mismo: “El Cardenal Castrillón nos comunicó (…) en cuanto al levantamiento de la excomunión, nos esta prometida para el día del acuerdo.” (Carta de Monseñor Fellay a los Amigos y Bienhechores nº 62 del 7 de junio de 2002).

Si la excomunión fue levantada es porque hubo dicho acuerdo, y es un hecho consumado que las susodichas excomuniones fueron levantadas y remitidas con el decreto de Roma del 21 de enero de 2009. Con esto se obtuvo el segundo presupuesto o condición previa. Son hechos y contra los hechos no valen argumentos, y hoy Monseñor Fellay se congratula y alegra diciendo: “Expresamos nuestra gratitud filial al Santo Padre por este acto (…) además de nuestro reconocimiento al Santo Padre y a todos los que le ayudaron a realizar este valeroso acto, nos congratulamos…” (Comunicado del Superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 24 de enero de 2009).

Presupuestos (o condiciones previas) sugeridos por la misma Roma, como el mismo Monseñor Fellay lo deja entre ver cuando responde a la siguiente pregunta del periodista que lo entrevistaba: ¿Usted esperaba, Excelencia, este levantamiento de las ex comuniones? “Lo esperaba desde el 2005, después de la primera carta pidiendo el levantamiento de las ex comuniones que había enviado siguiendo el consejo de la misma Roma. Era claro que no se pedía esta carta para luego negarse a levantar las excomuniones.” (Entrevista concedida por Monseñor Fellay a la revista “Monde e Vie” nº 806 p. 17, del 31 de enero de 2009). Después de largas discusiones el Cardenal Castrillón dijo: “Compruebo que todo eso que usted expone no lo pone fuera de la Iglesia luego usted está en la Iglesia.” y él continuó diciendo: “Le pido escribir al Papa para pedirle que levante las excomuniones”. (Sermón de Monseñor Fellay en Flavigny del 2 de febrero de 2006). O también en este otro texto se refleja lo mismo: “No tenemos ninguna noticia después del 15 de noviembre, fecha en la cual, se nos pidió escribir una carta pidiendo el levantamiento de estas excomuniones.“ (Sermón de Monseñor Fellay en Saint Nicolás- du- Chardonnet del 14 de mayo de 2006).

Se evidencia así que se actuó bajo la aspiración de los consejos de Roma, y de la Roma apóstata; pues Monseñor Lefebvre, no hay que olvidarlo, así la calificó, justamente después de haber hablado en Roma con el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI: “Lo que les interesa a todos ustedes es conocer mis impresiones después de la entrevista con el Cardenal Ratzinger el 14 de julio último. Lamentablemente debo decir que Roma ha perdido la Fe, Roma esta en la Apostasía, estas no son palabras en el aire, es la verdad: Roma esta en
la Apostasía.” (Conferencia dada durante el retiro sacerdotal en Ecône el 4 de septiembre de 1987). Lo cual nos recuerda lo que dijo Nuestra Señora en La Salette: “Roma perderá la Fe y será la sede del Anticristo.”

También llegó a decir que eran unos bandidos o bribones: “Al llegar a Roma, no
hay ya hombres, no hay coraje. Lo que pasa es que allí nos las tenemos que ver con bandidos. Para pesar sobre ellos, hay que oponerse con determinación, entonces ellos así respetan”. (Entrevista con Monseñor Lefebvre, Revista “Le Choc du Mois” nº 10 de septiembre de 1988).
Incluso Monseñor Lefebvre los señaló como anticristos que ocupan Roma: “Estando ocupados, la cátedra de Pedro y los puestos de Roma, por anticristos, la destrucción del reino de Nuestro Señor, se prosigue rápidamente en el interior del
Cuerpo Místico…”
(Carta a los futuros Obispos del 28 de agosto de 1987, antes de las consagraciones de 1988).
Monseñor Fellay de una parte reconoce el carácter apocalíptico de la hora presente pero por otro lado lo desconoce olímpicamente con su actuar, al querer revertir la crisis, que esta en su fase última y final, y de toda la Revolución Anticristiana que ha invadido la misma Iglesia; y de hecho descalifica internamente cualquier connotación apocalíptica de la crisis actual. He aquí el texto:
“Pues vivimos en tiempos muy especiales. Si ustedes quieren podemos arriesgar esta palabra: Vivimos en tiempos apocalípticos, no por complacernos en lo fantástico, sino simplemente porque esto que estamos viviendo corresponde a eso que ha sido descrito, en ese libro de la Escritura Santa, que es el Apocalipsis.” (Sermón de Monseñor Fellay en Saint Malo, 15 de agosto de 2008).
Sin embargo no se atreve a afirmar hoy, lo que Monseñor Lefebvre decía clamando en el desierto:“Roma esta en la apostasía.” Pues Monseñor Fellay afirma: “No osamos decir hoy Roma ha perdido la Fe.“ (Ibíd.). Y por si fuera poco Monseñor Lefebvre aseveraba: “Roma está en las tinieblas. Roma no quiere más actualmente oír la voz de la verdad. (…)La apostasía anunciada por las Escrituras llega. La venida del Anticristo se acerca. Esto es de una clara evidencia.”
(Homilía en Ecône del 29 de junio de 1987, Fideliter nº 58, julio-agosto de 1987).

Monseñor Fellay con suma ingenuidad (pues es lo menos que se puede decir) exclama ante el Motu Proprio: “Y es para nosotros causa de una gran alegría, pues vemos con mucha esperanza una renovación para todo el Cuerpo Místico.” (Carta a los Amigos y Bienhechores del 23 de octubre de 2008).Pues se ha: “Levantado el oprobio que pesaba, mas allá de las personas sobre toda la Tradición.” (Carta a los Sacerdotes de La Fraternidad San Pío X, 31 de enero de 2009), afirmando además que esto ha sido logrado “sin ninguna contraparte” (Ibíd.). La contraparte va de suyo, implícitamente, se quiera o no, y consiste en reconocer con el Motu Proprio que la Nueva Misa bastarda es legítima y es por lo tanto expresión genuina del culto Romano, y por si fuera poco la norma, regla, conducta (ordinaria) mientras que la Misa de siempre queda relegada a un plano extraordinario (excepcional, esporádico, inusual, ocasional). Con esto se legitima (bautiza) toda la reforma litúrgica modernista en su punto neurálgico, pues esto va de suyo como el efecto implica la causa. Además se reconoce que se estuvo excomulgado, como el mismo Monseñor Fellay lo deja entrever al decir: “Nosotros habíamos pedido, claro esta, el retiro del Decreto de la excomunión, su anulación; pero decir ´anular´, quiere de suyo decir que se reconoce alguna cosa”. (Sermón de Monseñor Fellay en Flavigny, el 2 de febrero de 2006).

Sobre las supuestas conversaciones por etapas, que desarticulan toda posible resistencia firme y eficaz, hay que tener en cuenta lo que Benedicto XVI afirma claramente para que no quede lugar a dudas al respecto: “Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio post conciliar de los Papas.” Y más adelante afirma: “No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad.” (Carta de Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia sobre la remisión de la ex comunión de los cuatro Obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009). Monseñor Fellay retoma casi las misma palabras al decir en respuesta: “Tras la reciente ´avalancha de protestas´ agradecemos vivamente al Santo Padre el haber devuelto el debate a la altura donde debe estar, el de la Fe (…) lejos de querer detener la Tradición a 1962 deseamos considerar el Concilio Vaticano II a la luz de esta Tradición que San Vicente de Lerins definió…”. (Comunicado del Superior General de la Fraternidad, del 12 de marzo de 2009). Claro que para nada le sirve escudarse en San Vicente de Lerins si ya admitió, desde hace tiempo que del Vaticano II “guardamos el 95%”. (Entrevista de Monseñor Fellay publicada por la Fraternidad en “DICI” nº 8 el 18 de mayo del 2001 y que apareció a la luz pública el 11 de mayo en el periódico suizo valesano “La Liberté”). Por esto pudo decir antes sin ningún inconveniente Monseñor Fellay “Si me llama voy enseguida y aun corro“ en respuesta a la pregunta del periodista: ¿Y si el Papa lo llamase?” (Treinta Giorni nº 9 del 2000).

Nada nos debe entonces sorprender de lo que estamos viendo, pues todo está siendo cocinado a fuego lento, para reintegrar la Fraternidad San Pío X paulatinamente a la Roma anticristo y apóstata. Por esto es Cardenal Castrillón puede afirmar sin titubear: “Benedicto XVI no ha caminado ni caminara de cualquier manera o expresión, en una trayectoria que sea diferente a la indicada por el Concilio.” Para luego rematar diciendo: “Con este Motu Proprio, la puerta se abre extensamente para una vuelta de la Fraternidad San Pío X a la comunión completa. Si después de este acto, la vuelta no ocurre, no podré en verdad comprender.” (Precisiones del Cardenal Castrillón sobre el Summorum Pontificum, publicado por Radio Cristiandad el 9 de julio de 2007).

Como ya advirtió Monseñor Lefebvre refiriéndose al entonces Cardenal Ratzinger: “No tenemos la misma manera de concebir la reconciliación, el Cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de llevarnos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. (…) No es una cosa pequeña lo que nos opone. No es suficiente que se nos diga: Ustedes pueden decir la misa antigua pero hay que aceptar esto otro [el Concilio]. No, no es esto (la Misa) lo que nos opone, es la doctrina. Esta claro.” (Fideliter nº 66 septiembre-octubre 1988 p. 12-14).

Con qué cara se nos habla hoy de diálogos, cuando Monseñor Lefebvre dijo muy claro:
“Mientras que no hayan aceptado reformar el Concilio, considerando la doctrina de los Papas que los han precedido, no hay dialogo posible.”
(Fideliter, nº 66, p. 12-14, septiembre-octubre de 1988). La etapa del dialogo iniciado después del levantamiento de las excomuniones no es otra cosa que el dialogo de la cándida Eva con la diabólica Serpiente.

Refiriéndose a Don Gerard y a su Monasterio Benedictino del Barroux, Monseñor Lefebvre dijo: “Pero él cae en la trampa puesto que los otros no han cedido en los falsos principios.” Tal cual hoy sucede con Monseñor Fellay arrastrando a la Fraternidad tras de él, al igual que Dom Gerard que arrastró a toda la comunidad. Monseñor Fellay no es capaz de decir hoy lo que Monseñor Lefebvre exclamó refiriéndose a la excomunión: “Que nosotros seamos excomulgados, ¡Magnifico!” (“La Messe de Toujours” p. 62-63), sino que piensa todo lo contrario, pues para él es una infamia, un oprobio, un insulto, una satanización, un impedimento, un estigma, un deshonor, etc. Y según él ahora la “Tradición Católica no está más excomulgada.” (Carta de Monseñor Fellay a los Sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 31 de agosto de 2009), ¡como si realmente lo hubiese estado alguna vez!, o si pudiese ser en verdad excomulgada.

Que todo esto sirva a los fieles para ver más claro en medio de la hecatombe religiosa, cual no se ha visto nunca ni jamás se vera, y permanezcan como un pequeño rebaño (disperso por el mundo) fiel a la Tradición Católica de la Iglesia, frente a la impostura de la Nueva Religión, tal como lo señaló Monseñor Lefebvre en su última conferencia a los Seminaristas, el 11 de febrero de 1991, poco antes de morir:

“… la situación de la Iglesia es más grave que sí se tratara de la pérdida de la fe. Es la instalación de otra Religión, de otros principios que no son católicos.”

Basilio Méramo Pbro.
Bogotá, 25 de febrero de 2010

lunes, 1 de febrero de 2010

LA INCONGRUENCIA TEOLÓGICA AL CONSIDERAR UN MAGISTERIO AUTÉNTICO Y A LA VEZ ERRÓNEO

Es una incongruencia teológica hablar (o reconocer) a la vez que un Concilio Ecuménico sea auténtico y erróneo, como acontece con el Concilio Vaticano II. Tal incongruencia está contenida en el libro del Padre Calderón “La Lámpara bajo el Celemín”, quien se expresa así: “Queda entonces valorar el Concilio como magisterio simplemente auténtico…” (pág. 209), y para colmo después de reconocer que no tiene ninguna autoridad, pero admitiendo su autenticidad, lo pone al mismo nivel de los doctores o teólogos privados, al decir: “En la medida en que el magisterio simplemente auténtico no está asistido por el Espíritu Santo, en esa misma medida debe ser juzgado según los criterios con que se juzgan los doctores privados…” (pág. 210). No cabe en sana lógica ni en sana teología, equivalencia entre lo auténtico y lo erróneo, y menos en lo referente al Magisterio Universal de la Iglesia indefectible, como luz del mundo y cathedra universal, única, exclusiva e infalible de la verdad revelada.

No cabe autenticidad cuando hay error, falsificación, impostura y sobre todo ruptura con la Tradición Católica y la Iglesia del pasado. Auténtico es algo legítimo, legal, verdadero, original, genuino, nada tiene que ver con lo falso, lo erróneo ni aun con lo equívoco y ambiguo. La autenticidad implica y conlleva veracidad, sin la veracidad no puede haber autenticidad. Un Magisterio erróneo no es auténtico. Hay un error de fondo al considerar un Concilio Ecuménico como únicamente auténtico si no es infalible. Aunque hay Concilios no infalibles y solamente auténticos como el caso de los Concilios regionales, provinciales o nacionales, sin embargo un Concilio Ecuménico órgano y expresión del Magisterio universal extraordinario y solemne de la Iglesia, no puede ser única y simplemente auténtico (en su categoría) sin ser infalible. Un Concilio Ecuménico verdadero y legítimo es por propia definición institución divina, Magisterio extraordinario y solemne, infalible y por lo mismo auténtico en su rango. Es un ex abrupto teológico considerar que pueda darse un Concilio Ecuménico verdadero y auténtico como no infalible, y aún más, esto en el fondo implica una herejía, pues la Iglesia quedaría en su máximo órgano magisterial universal al arbitrio del error, pudiéndose afectar así la pureza de la Fe de toda la Iglesia tanto “indocendo” (infalibilidad activa) e “indicendo”(infalibilidad pasiva), es decir la Iglesia docente y la Iglesia discente o enseñada. Con lo cual, además se vulneraria el mismo concepto de la Iglesia divina posibilitándose el error, pues una Iglesia divina que se equivoque en materia de Fe dejaría por lo mismo de serlo. La Iglesia Católica única y verdadera es indefectible e infalible porque es divina. La gran anomalía ha sido tener un Concilio Ecuménico como el de Vaticano II no infalible, y esto por sí mismo impugna la legitimidad, autenticidad y veracidad de dicho Concilio quedando relegado en el mejor de los casos a una gran reunión social eclesiástica o en el peor de los casos a un Concilio ilegítimo por defecto constitucional al no querer ejercer infaliblemente el Magisterio universal, extraordinario y solemne de la Iglesia, posibilitándose cabida al error en materia de Fe, con la vulneración de la misma. En vano es considerar o admitir autenticidad magisterial o autoridad magisterial a un Concilio Ecuménico no infalible como el Concilio Vaticano II. No hay más alternativa, un Concilio es ecuménico y legítimo Concilio y por lo tanto infalible, o no es infalible y por lo tanto no es Concilio ecuménico legítimo y verdadero. Un Concilio Ecuménico órgano magisterial extraordinario y solemne de la Iglesia universal divina no puede ser falible (no infalible), pues esto conllevaría una contradicción interna, contradiciéndose su misma esencia y naturaleza, al contradecirse su definición misma; pues esto sería tan absurdo e ilógico conceptualmente como concebir un circulo cuadrado, un triangulo bilátero o un hombre irracional. Una Iglesia que falla en la verdad divinamente revelada no es divina, luego la Nueva Iglesia postconciliar que viene pontificando en el error y teniendo como fundamento el Concilio Vaticano II en ruptura con la Tradición, no es la Iglesia verdadera, ni la legítima esposa de Cristo, que es pura y santa en materia de Fe.

Es absurdo hablar de un magisterio auténtico cuando este está plagado de errores, ni se diga ya de herejías. Un magisterio auténtico aunque no sea infalible (magisterio no universal), exige la veracidad pues no hay autenticidad magisterial sin verdad, la autenticidad magisterial reclama y exige la veracidad. Un Magisterio erróneo lleno de falsedad no puede ser auténtico. Hablar de autenticidad en el error y la falsedad es incongruente, pues auténtico es lo veraz, lo legítimo, no hay legitimidad para lo falso, para lo erróneo, ni aun para lo equívoco expresamente buscado y querido, en términos de Fe y de verdad sobrenatural.

Una Iglesia que no es indefectible, no es divina y la Iglesia Católica Apostólica y Romana es indefectible en su constitución divina y en su Magisterio doctrinal universal, sino lo fuera, sería defectible y no sería por lo tanto divina. Aquí está en juego la misma divinidad de la Iglesia Católica, y no hay término medio o es divina y por lo tanto indefectible en su ser y existencia, como en su enseñanza magisterial (infalibilidad); o no es divina, luego sería humana, defectible en su ser y en su Magisterio sería falible, pareciera que estuviéramos ante un nuevo arrianismo dentro de las filas del tradicionalismo además del de los modernistas, un neo arrianismo eclesiológico que niega la divinidad de Cristo en su cuerpo místico, la divinidad de la Iglesia Católica. Con el ecumenismo modernista, se niega la divinidad exclusiva de la Iglesia Católica como esposa única y exclusiva de Cristo. Así el ecumenismo modernista rebaja la Iglesia al nivel de las otras falsas religiones (y la Iglesia ya no sería divina), o asciende al nivel de la Iglesia a las otras religiones divinizándolas. Por esto se ha redefinido la esencia de la Iglesia diciendo que la Iglesia de Dios subsiste en la Iglesia Católica y no como antes que se decía que la Iglesia de Dios es la Iglesia Católica.

Hay además algunos puntos que se deben dilucidar, pues forman el substrato teológico erróneo del libro en cuestión. No se debe confundir Magisterio Universal del Papa cuando habla (él solo) ex cathedra, con Magisterio Universal de los Concilios Ecuménicos aunque ambos sean Magisterios extraordinarios universales. Pues es el Papa (según lo definido por la Iglesia) el que goza de la prerrogativa de la infalibilidad de la Iglesia, cuando habla ex cathedra y no la Iglesia la que goza de la infalibilidad del Papa cuando está reunida en Concilio, pues de lo contrario se están invirtiendo las cosas y peor aún la misma definición dada por la Iglesia. Tampoco se debe confundir Magisterio Extraordinario con Magisterio Ordinario Universal aunque ambos sean Magisterio Universal de la Iglesia y por lo mismo infalibles. No se debe tampoco confundir Magisterio Extraordinario, sea del Papa solo cuando habla ex cathedra, sea de todos los Obispos, incluido el Obispo de Roma (como su cabeza), reunidos en Concilio, con el Magisterio Universal Ordinario de la Iglesia, aunque todos sean igualmente universales e infalibles. Es un grave error no detectado hacer depender la infalibilidad de un Concilio Ecuménico de la voluntad tanto del Papa como de la de todos los demás obispos, pues esta depende de la constitución misma del Concilio Ecuménico legítimamente realizado. Otra cosa muy distinta es cuando el Papa sólo (aisladamente por prerrogativa personal de su suprema investidura como sumo pontífice romano) sea infalible cuando habla ex cathedra, y el ejercerlo sí depende de su soberana voluntad.

La Iglesia divina y verdadera no puede ser falible en su Magisterio Universal Extraordinario y solemne. La Iglesia divina no puede darse el lujo de permitir la posibilidad del error, no se diga ya de la herejía, en cosas de la Fe y la salvación de las almas, pues si esto fuera posible dejaría de ser la Iglesia verdadera y divina que todo católico para ser tal, debe reconocer y profesar. Conviene aclarar además que no es la repetición del Papa ni de los demás obispos lo que hace o constituye la infalibilidad del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia; es la unanimidad (concordes) magisterial de los obispos dispersos por el mundo incluido el obispo de Roma (el Papa) quien es su cabeza.

Como conclusión un Concilio Ecuménico (legítimo) es por su esencia y propia constitución divina infalible. Por esto Marín Sola O. P. puede afirmar: “Está revelado que ´todo Concilio ecuménico es infalible´, o lo que es lo mismo, está revelado ´todo Concilio es infalible si es Ecuménico´”. (La Evolución Homogénea del Dogma Católico, BAC Madrid 1963, p. 435).

Negar esto equivaldría a negar la indefectibilidad y la infalibilidad de la Iglesia Católica. Es negar un dogma fundamental de Fe, cual es el creer en la Iglesia que nos da la Fe, como consta en el rito del bautismo. ¿Qué pides a la Iglesia? La Fe. ¿Qué te da la Fe? La vida eterna. Nuestra Fe pasa por la Iglesia que es la condición sin la cual (sine qua non) no habría Fe. Esta es toda la gran y crucial diferencia con el protestantismo para quienes la Fe no viene a través de la Iglesia sino directamente de Dios, negándose así la Fe como dogma, es decir, el dogma de la Fe. Esto explicaría porque en Fátima se habla de la Fe como dogma:” En Portugal se conservara el dogma de la Fe”.

Tras de toda esta cuestión, hay que decirlo se oculta una especie de neo-herejía neo-arriana que consiste en negar la divinidad de Cristo (no ya en su cuerpo físico como antaño) sino en su cuerpo místico: la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Desgraciadamente, por paradójico que parezca, esta es la idea o concepción que inconscientemente tienen no pocos católicos, que se dicen tradicionalistas, frente al modernismo reinante e imperante de la Nueva Iglesia postconciliar. Esta es la nueva y solapada neo herejía que circula en el ámbito tradicionalista sin percatarse que al igual que los modernistas, niegan la divinidad de la Iglesia, al admitir un Concilio Ecuménico como legítimo y auténtico, y que no sea infalible, posibilitando el error en la Fe, que es pura, virginal e inmaculada.

Que la Santísima Inmaculada Madre de Dios, la bienaventurada Virgen María, aplaste esta nueva herejía que hoy se insinúa por doquier. Amén.


Basilio Méramo, Pbro.
Bogotá, 2 de febrero de 2010
Fiesta de la Purificación

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Carta abierta a Monseñor Fellay

¿Con qué derecho y justicia Usted (la Nueva Fraternidad del Motu Proprio) y sus seguidores clericales van a seguir difamándome ante los fieles, diciendo que fui expulsado por desobediencia y falta de respeto al Superior General? Esto es una mentira e infame calumnia, pues Usted me expulsó por no guardar silencio y por decir abiertamente sin tapujos las cosas como son, después de que Usted y los otros tres obispos han caído en la trampa del Motu Proprio y de la remisión de las excomuniones que fueron sugeridos por la Roma apóstata y anticristo tal como Mons. Lefebvre la denominaba.
Lo que usted y la cúpula que gobierna la Fraternidad Sacerdotal San Pio X hizo no es más, que una solapada traición a la obra de Monseñor Lefebvre, a la Tradición Católica, al combate y a la defensa de la Fe.
Usted ha permitido que Roma prostituida cual gran Ramera del Apocalipsis (si nos remitimos a la exégesis del Padre Castellani) se salga con la suya logrando destruir el último baluarte que quedaba con envergadura a nivel mundial frente a la apostasía de la Roma modernista y de la nueva iglesia postconciliar.
Usted ha provocado la atomización de la resistencia heroica que enarbolaron Monseñor Lefevbre y Mons. de Castro Mayer. E igual que los Padres de Campos que claudicaron, Usted sigue el mismo camino, como también mucho antes cayeron Dom Augustin (convento Benedictino de Flavigny), Dom Gerard (convento benedictino de Le Barroux) y ahora tras de sí Usted arrastra a los monjes franciscanos de Morgon, a los dominicos de Avrillé, que de Canes Domini se convierten en perros guardianes de su reverencia, Canes Fellay.
Usted tiene un discurso para la Fraternidad, negando esta claudicación y otro discurso para la Roma cismática, un doble lenguaje que se evidencia públicamente como se puede observar en el articulo del jueves 29 de octubre de 2009, del Redactor en Jefe del blog Osservatore Vaticano, Vini Ganimara, intitulado “Fuerzas y Debilidades de la Diplomacia de Monseñor Fellay”, en el que se puede leer lo siguiente:
« Monseñor Fellay… supo adoptar progresivamente un lenguaje medido, que hace olvidar sus declaraciones del pasado por todos lados, así como también los discursos agresivos de los otros obispos de la FSSPX, y que retira las armas a la “opinión pública” episcopal (en Alemania por ejemplo) que pretende obstaculizar la buena voluntad del Papa. Este tercer punto – decisivo ya que no hay negociación sin “dame que te doy” - muestra sus capacidades diplomáticas, al mismo tiempo que la debilidad de su margen de maniobra. Tomo un ejemplo: después del levantamiento de las excomuniones, envió por fax a todos los prioratos del mundo una “Carta a los fieles” (24 de enero 2009), conteniendo la cita de su propia carta al cardenal Castrillón (de 15 de diciembre de 2008) que había permitido el levantamiento de las censuras “Aceptamos y hacemos nuestros todos los concilios hasta Vaticano II, a propósito del cual emitimos reservas”. Esta formulación causó tal enérgica oposición que algunos días más tarde, una nueva versión de esta carta del 24 de enero citaba así la carta al cardenal: “Aceptamos y hacemos nuestros todos los concilios hasta Vaticano I. Pero no podemos sino emitir reservas con respecto al Concilio Vaticano II”. Por supuesto, es la primera versión la que recibió el cardenal Castrillón. La segunda versión no es, propiamente hablando, una falsificación: es una traducción para la opinión pública de la FSSPX. »
Tenga al menos la honestidad moral e intelectual de afrontar las cosas como son, diciendo la verdad.
Deje de seguir denigrando a través de sus subalternos, llámese Padre Bouchacourt (o el que fuera), quienes con celo amargo acusan y persiguen a todo el que no este de acuerdo con la Nueva Fraternidad del Motu Proprio, que en nada difiere (si bien se mira) de la Fraternidad San Pedro, del Instituto del Buen Pastor o de los Padres de Campos, quienes claudicadiron ante Roma modernista.
No hay tampoco diferencia esencial entre la Misa del Indulto y la misa del Motu Proprio, pues en ambos casos se reconoce a la Misa Nueva como buena y legitima expresión ordinaria del rito romano y católico. Mientras que Monseñor Lefebvre decía que la Nueva Misa era mala y bastarda y por lo mismo sin ninguna legitimidad.
Disculpe la franqueza, pero callar seria claudicar y hacerle el juego vil e impunemente, y es eso lo que Usted con su autoridad y poder, desviado de la verdad pretende, silenciando a todo el mundo, defenestrando a quien se le opone y le contradice, echando a los fieles más firmes y antiguos que saben bien como son las cosas y le resisten. Ejemplos hay por todas partes pero para referirme solo a América Latina basta ver lo que están haciendo en Argentina, echando a todo fiel que se opone, incluso a directoras de escuelas de la Fraternidad (como el caso de Buenos Aires) o de comunidades aliadas como la de las Hermanas dominicas en Altagracia, Córdoba. Se les dice a los fieles sin ningún reparo, que al que no le guste o que no esté de acuerdo se vaya, sin tener en cuenta la caridad ni la verdad en la cual esta se basa. Mandan a todo el mundo afuera, a la calle si no se someten, sin tener en cuenta ni siquiera que con el esfuerzo de los fieles y sus donaciones la Fraternidad ha adquirido todos los bienes que posee. Discúlpeme Monseñor pero esto es un vil engaño y robo.
Además Usted cree ser bueno y virtuoso porque es el Superior y por lo mismo todo lo que hace está bien y es justo, y más ahora que tiene el respaldo de la Roma apóstata y adúltera. Si miento tenga el valor de decírmelo en la cara y públicamente, pero no lo haga tratando de desacreditarme ante los sacerdotes y los fieles como suele ser la costumbre.
Esto se ha dicho en toda caridad la cual consiste solo en la verdad.
Que Dios lo ilumine (sin que lo fulmine) con su gracia, que es lo mejor que le puedo desear en estas santas navidades.
Padre Basilio Méramo
Bogotá, 31 de Diciembre de 2009

domingo, 27 de diciembre de 2009

Replica al comentario eleison numero 127

Eludir cuando no se puede combatir, parece ser la táctica del autor, en su comentario Eleison 127, cuando no se quiere abordar el tema, ni reconocer la impugnación teológica de lo que se le esta haciendo ver, no le queda otra táctica que la de sepultar con artilugios la impugnación teológica, pues sigue no dándose por aludido, que una cosa es la intención del ministro y otra es la significación del rito de la nueva misa tal como ha sido elaborado y que no cumple con los requisitos de los sacramentos, que exigen sin error ni dudas, para ser sacramentos validos, producir la gracia que significa y en esto no cabe ni equívocos ni dudas, se es o no se es, ser o no ser. Pues un rito (formula sacramental) que no significa de modo univoco y determinado la gracia que significa, no cumple la definición infalible de la Iglesia que corresponde a los sacramentos. El no querer entenderlo o verlo es signo de que no hay peor sordo que el que no quiere oír o el ciego que no quiere ver y esto es inadmisible en un teólogo.
Quizá eso también explique, porque le falta el Kyrie y se queda solo con el eleison, al buen entendedor pocas palabras
Padre Basilio Méramo
Bogotá 28 de diciembre de 2009

domingo, 29 de noviembre de 2009

Respuesta al comentario Eleison 124

En su comentario Eleison nº 124 del 21 noviembre de 2009 el autor trata o pretende responder a la objeción de un lector que cuestionaba los ritos equívocos de la Nueva Iglesia post conciliar.
Es increíble que con su inteligencia británica, de supuesta superioridad intelectual, no distinga o no vea la diferencia entre intención y significación sacramental identificándolas, lo cual debería ser evidente para cualquier intelecto medianamente normal.
Es sorprendente que con apariencia de verdad y artilugio de razonamiento ponderado, con todo el peso de su dignidad episcopal, se pretenda dar una respuesta eludiendo el punto fundamental, cual si se tratara de desviar el tiro del blanco, pues no es lo mismo hablar de la significación que de la intención. Si la intención del ministro puede ser afectada, es porque la significación del rito esencial (forma sacramental) ha sido afectada.
La objeción, apunta a la significación sacramental esencial, que no puede ser ni ambigua, ni equívoca, ni indeterminada, pues los ritos católicos deben producir ex opere operato la gracia que significan. Un rito ambiguo en su significación no puede producir ex opere operato la gracia que significa dada su ambigüedad.
Quede claro, la significación sacramental de la forma debe de ser determinada, inequívoca, es decir exclusiva y unívoca; no puede ser equívoca, imprecisa, ambigua, pues es evidente, que para cumplir la definición de todo sacramento, que dice que los sacramentos son signos sensibles que producen ex opere operato (por la acción misma realizada) la gracia que significan. La significación no puede ser ambigua ni equívoca pues tiene que significar determinadamente la gracia que debe producir, pues un rito equivoco por su misma equivocidad o ambigüedad no puede producir la gracia que debe estar determinada.
Claro está, que esto a su vez afecta la intención del ministro, al punto que si se rige por el texto de la fórmula y de su significación ambigua no puede (al menos sin corrección o rectificación explícita) significar la gracia que debe producir un sacramento, equivoco en su significación; no puede producir ex opere operato la gracia que significa dada su misma ambigüedad; puesto que la significación al ser equivoca o ambigua no significa lo que debe de producir. La Iglesia no puede dar, ni tener, ritos sacramentales ambiguos en su significación sacramental para producir la gracia. En este orden queda excluida la ambigüedad o la equivocidad sacramental que atenta contra la definición misma de todo sacramento católico.
Los ritos ambiguos, en la significación esencial son falsos y vienen de la Nueva Iglesia post conciliar.
Como decía mi tío el cura, mente superior domina mente inferior, lo cual sería lo mismo que decir que los argumentos tienen su peso en las razones en que se fundan, y no en quien los diga, aunque éste sea un Obispo y el otro un simple cura. De aquí el adagio “Amicus Plato sed magis amica veritas”.
Padre Basilio Méramo
Córdoba – 30 de Noviembre de 2009

lunes, 16 de noviembre de 2009

Comentario al polémico Eleison 121

Es lamentable que en su comentario sobre las Consagraciones Episcopales según el nuevo rito, se eluda prácticamente la cuestión crucial sobre la determinación inequívoca de la significación de todo Sacramento, puesto que los Sacramentos producen ex opere operato la Gracia que significan, con lo cual queda excluida la significación indeterminada o equívoca que está excluida de la definición sacramental. Un rito no puede ser equívoco en la significación sacramental, pues no cumpliría la definición dada por la Iglesia, con lo cual un rito equívoco en la parte esencial contradice la definición de la Iglesia; y esto sin entrar en las intenciones de los ministros de hacer lo que la Iglesia exige. Luego, reconocer una significación suficientemente ambigua o equívoca en lo esencial del rito, y afirmar a la vez que es válido sería una contradicción. Esto parece que Mons. Williamson no lo considera o no lo quiere tener en cuenta, contentándose con hablar de “ritos suficientemente válidos” pero que a su vez “son suficientemente ambiguos”; cuando en realidad la definición de la Iglesia excluye un rito ambiguo, los ritos católicos por definición no pueden ser ambiguos en su significación sacramental. Un sacramento válido tiene que ser determinado o inequívoco en su significación sacramental para ser válido. En caso contrario, es inválido por la misma definición de la Iglesia, que así lo exige.

Padre Basilio Méramo, 16 de noviembre de 2009

miércoles, 28 de octubre de 2009

LA GRAN TRAGEDIA DESAPERCIBIDA

Muy pocos se dan cuenta de la nueva maniobra de disolución y reabsorción de la Tradición por el modernismo apóstata de la Nueva Iglesia postconciliar.

La gran tragedia que pasa prácticamente desapercibida, es la caída de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X, cual último baluarte organizado de envergadura mundial, en manos de la Roma apóstata que lleva a la desactivación del combate y de la resistencia, contra el modernismo imperante, desarticulando la Tradición.

Después del Motu proprio y el levantamiento del decreto de las excomuniones, como pre requisitos para entrar en diálogo con los modernistas que ocupan Roma, principales responsables de la crisis de la Fe y los peores enemigos de la Tradición Católica, llegan al sofisma de los diálogos doctrinales (lentos y por etapas) con que se enmascara la claudicación.

Además, ¿de cuál diálogo se trata? Si el mismo Mons. Fellay declaró hace ya 8 años que aceptaba el 95 % del Concilio Vaticano II, concilio atípico e irregular que se declara ecuménico y no infalible, lo cual es una contradicción esencial y conceptual, como un círculo cuadrado o un triángulo bilátero.

Todo concilio ecuménico verdadero y legítimo, es por definición (y no por voluntad del Sumo Pontífice, ni de los obispos) infalible, pues la Iglesia por divina institución no puede permitirse el lujo de errar en materia de Fe, en su función magisterial extraordinaria y solemne cual es la de todo verdadero, auténtico y legítimo Concilio Ecuménico de la Iglesia divina, incapaz de errar por ser divina.

La Iglesia Católica es infalible por ser divina, si yerra en materia de fe no sería divina, sino puramente humana y esto es contrario a la Fe, al dogma de Fe que dice y proclama que la Iglesia Católica es infalible por ser divina.

Todo el esfuerzo del combate de la Tradición Católica ante el Modernismo innovador en flagrante ruptura con la Iglesia Católica, que es por definición Tradición divina, ha sido desvitalizado por la hábil maniobra de pseudo restauración conservadora de Benedicto XVI, característica de un pseudo profeta , pues en nombre de Dios contradice a Dios, en nombre de Cristo destruye a Cristo (disuelve o diluye a Cristo), en nombre de la Iglesia fomenta la contra Iglesia aggiornada (puesta al día) es decir, en connivencia con el Mundo y la Revolución Anticristiana; la inversión dialéctica es total, la religión está invertida, no religa al hombre con Dios sino con el mundo.
Todo el esfuerzo del combate y de la resistencia heroica está siendo abandonado, adulterado con la parsimonia y la nueva orientación de Mons. Fellay que dialoga con Roma modernista, buscando un rincón en el Panteón de las falsas religiones, donde cohabitan en pacifica armonía todas la creencias sin dogmas que dividan, en el más puro y acabado sincretismo ecumenista.
Cómo conciliar sin claudicar, sin traicionar lo que ya señalo Monseñor Lefebvre, con lo que hoy hace y dice Monseñor Fellay.

Mons. Lefebvre dijo:

«Lo que les interesa a todos ustedes es conocer mis impresiones después de la entrevista con el Cardenal Ratzinger el 14 de Julio último. Lamentablemente debo decir que ROMA HA PERDIDO LA FE, ROMA ESTA EN LA APOSTASIA. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: ROMA ESTA EN LA APOSTASIA.
Uno no puede tener más confianza en esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Esto es seguro.
No es fácil trazar rápidamente el cuadro de toda la situación. Así se lo he dicho en pocas palabras al Cardenal: Vea Eminencia, aun si usted nos acuerda un obispo, aun si usted nos consiente una cierta autonomía en relación a los obispos, aun si usted nos acuerda el uso de la liturgia de 1962 y el continuar con nuestros seminarios y la Fraternidad como lo estamos haciendo ahora, nosotros no podremos colaborar. Es imposible.


Para nosotros, Nuestro Señor Jesucristo es toda nuestra vida. La iglesia es Nuestro Señor Jesucristo, es su esposa mística. El sacerdote es otro Cristo y su Misa es el sacrificio y el triunfo de Jesucristo por la Cruz.

En Ecône y en nuestros otros seminarios aprendemos a amar a Cristo, a tender todos nuestros esfuerzos hacia el reino de Nuestro Señor Jesucristo. El objetivo de nuestro apostolado es el reino de Nuestro Señor. Esto es lo que nosotros somos.

Ustedes hacen lo contrario. Usted acaba de decirme que la sociedad no debe ni puede ser cristiana, que esta contra su naturaleza. Usted ha querido demostrarme que Nuestro Señor no debe ni puede reinar en las sociedades. Ha querido probarme que la conciencia humana es libre en relación a Nuestro Señor Jesucristo. Hay que dejar en libertad a los hombres y, según su expresión, un espacio social autónomo. Esto es la descristianización. Nosotros no podemos comprendernos. No estamos con la descristianización. Es todo. Nosotros no podemos, entonces, entendernos. Esto es, en resumen, lo que le dije al Cardenal y nos vemos obligados a constatar que nosotros no podemos seguirlos.

Porque esto es la apostasía. Ellos no creen más en la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Quien debe reinar. ¿Por qué? Porque nuestra concepción del Reino de Nuestro Señor Jesucristo va contra la libertad religiosa y contra el ecumenismo.
La libertad religiosa y el ecumenismo se tocan, al punto que uno puede decir que es la misma cosa.

(…) Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy son anticristos. No he dicho ante Cristos, he dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera carta: “Ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos; ellos lo son, es absolutamente cierto.
Entonces, ante esta situación tal como nosotros la conocemos, no debemos preocuparnos por sus reacciones. Ellos están necesariamente contra nosotros. Le dije al Cardenal Ratzinger: Nosotros estamos en todo por Cristo y ellos están contra Cristo. ¿Cómo quiere que podamos entendernos? Ellos nos condenan porque nosotros no queremos seguirlos.

Luego, podemos resumir así la situación: “Si usted hace Obispos, será excomulgado”.
Sí, seré excomulgado. ¿Excomulgado por quién y por qué? Excomulgado por aquellos que son anticristos, que no tienen más el espíritu católico. Y nosotros somos condenados ¿por qué?, porque queremos permanecer católicos. Esa es la verdadera razón por la cual somos perseguidos; y es porque queremos permanecer católicos, porque queremos guardar la Misa católica y el Sacerdocio católico. Es a causa de esto que somos perseguidos».

Si esto dijo Mons. Lefebvre en 1987, durante el retiro sacerdotal en Ecône el 14 de septiembre, cómo conciliarlo sin claudicar, sin traicionar, con lo que dice y hace hoy Mons. Fellay, para quien Benedicto XVI es un conservador favorable a la Tradición; casi un “tradicionalista” bien dispuesto, en quien tiene gran confianza y esperanzas. Es inconcebible, más aún cuando el mismo Benedicto XVI reafirma y reconfirma su pertinacia en el error y la herejía del Concilio Vaticano II como algo irreversible. Evidentemente, estamos siendo traicionados todos los fieles de la Tradición, aunque los efectos no se manifiesten inmediatamente; de aquí la necesidad de prolongar el tiempo, con los diálogos, cuyo paso termina por ablandar y aflojar toda posible reacción.-

Padre Basilio Méramo
28 de octubre de 2009


sábado, 24 de octubre de 2009

CRISTO REY 29 de octubre de 2000

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Su Santidad Pío XI, en los años de su pontificado -1925, hace ya más de 75 años-, viendo la situación en la que se hallaba el mundo, en decadencia espiritual y laicismo reinante por doquier, un mundo apóstata, quiso instaurar y proclamar al mundo entero la fiesta de Cristo Rey, los derechos de Dios.

Un hecho verificable y una realidad son los derechos de Dios conculcados por todas las naciones del universo. Nuestro Señor es Rey del universo y porque es Dios ejerce su realeza en todos los órdenes; esa es una verdad que debe ser proclamada por todo hombre, lo cual quiere decir que el universo debe ser católico, las naciones católicas. Judíos, musulmanes y paganos no tienen derecho a erigir Estado o nación sin antes reconocerse y proclamarse deudos de Cristo Rey. Este principio forjó toda la cristiandad, forjó todos los Estados católicos y hoy lo vemos claudicar, no ya a nombre de las naciones, sino de la misma jerarquía de la Iglesia que no proclama la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Lo que proclama es la libertad religiosa que contradice paladinamente a la realeza social de Nuestro Señor. Y se contradice, porque son dos principios que se excluyen mutuamente, por eso no se puede proclamar ni en una familia, ni en una nación, ni en un Estado la libertad religiosa (ese es el caso de los Estados Unidos) como principio de civilización, de cultura, de nación y de patria, porque este principio debe basarse y tener por ley fundamental la proclamación de los derechos de Dios; luego, si Nuestro Señor es Dios, se impone
la proclamación de Cristo Rey.

Por eso, al no proclamar a Cristo Rey y proclamar la libertad religiosa -que fue como se constituyó Estados Unidos-, no erigiendo los estados sobre la base de una religión unificada para que no hubiese división, ese mismo principio, que es aceptado e impuesto a las naciones católicas, no lo aceptan los musulmanes que a destajo profesan una falsa religión, como el mahometismo; a ellos no les convencen con el "argumento" de la libertad religiosa y sí a los estados católicos, para que sucumban sin el principio fundamental de reconocimiento a Nuestro Señor Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre; como Rey, porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se encarnó; no tiene una personalidad humana sino divina y por eso es Dios, es Rey y Señor del universo y por lo mismo garante de todas las naciones. Ese es el gran drama, no reconocerle como tal, no querer reconocerlo y claudicar; es la apostasía porque se reniega de
Nuestro Señor Jesucristo, se le proscribe de la vida pública, de la vida social de los pueblos y de los gobiernos de las naciones. Gobiernos apóstatas no podrán tener paz; la paz no se puede establecer sobre el error y la apostasía, sino sobre la verdad y la realeza de Cristo Rey; cualquier otra paz que se proclame no será más que el presagio de la gran falsa paz del Anticristo. Además de la vida pública de las naciones, también han destronado a Nuestro Señor de las iglesias, profanando todo aquello que garantizaba el verdadero culto a Nuestro Señor Jesucristo; la verdadera Misa de siempre transformada en una cena o sinapsis protestante; una reunión
donde el sacrificio se convierte en ágape y el sacerdote en presidente frente a los convidados, no frente a Dios y al Sagrario para pedir a Dios Padre y a la Santísima Trinidad que por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo derramada sobre el altar incruentamente, perdonen los pecados de la humanidad.

Esa es otra concepción, otro concepto y otro culto muy aceptos a los protestantes y, sin embargo, ellos no aceptan la Santa Misa de siempre. Pero, para medir la dimensión de estas cosas hay que tener fe y una fe sólida, formada, no la fe del carbonero, no una fe inculta, sino la fe de un católico que por lo menos conoce bien su santo catecismo y no espera ser catequizado por la turba de "pastores", tarados que arrasan las calles con su protestantismo herético, como acontece en esta pobre Colombia, que la invaden las sectas protestantes, con la permisividad declinante de
sacerdotes, párrocos y obispos que no defienden la fe, ni la saben, ni la quieren defender, porque son unos mercenarios que buscan la prebenda, la merced, no buscan la verdad; porque no son hijos de la verdad. He ahí el gran mal. La Iglesia sin verdaderos pastores que apacienten a las ovejas del rebaño con la predicación de la verdad, con los dogmas de la fe Católica, Apostólica y Romana, que prediquen a Nuestro Señor y disipen las tinieblas del error.

No se puede predicar a Cristo Rey y aceptar falsas religiones, sus ídolos, sus cultos y sus creencias producto de las tinieblas y el error. Por eso el papa Pío XI al proclamar esta fiesta hacia fines del año litúrgico, quiso coronar con la fiesta de Cristo Rey todos los misterios de Nuestro Señor y de la religión católica, en contraposición a un mundo que rechaza a Nuestro Señor, que rechaza su Iglesia. De ahí la necesidad de proclamar, al menos en nuestros corazones, esas verdades, para no caer en el error ni en la apostasía y para que haya un verdadero espíritu
apostólico y misionero de convertir a todos los hombres, a todas las naciones al Imperio de Nuestro Señor Jesucristo; no dejarlos en el error con respecto a Dios, que es el peor de los errores. Por eso es misionera la Iglesia, para predicar a Nuestro Señor y a Nuestro Señor Crucificado, que murió en la cruz. Esa es la misión de la Iglesia, es la obra santificadora de la Iglesia; pero vemos cuan replegadas están todas estas cosas y qué Iglesia tan distinta se está presentando hoy, una adulteración, una falsificación propia de los últimos tiempos, que ya Nuestro Señor mismo profetizó.

Rogar a Nuestra Señora la Santísima Virgen María, que por lo menos nosotros podamos adorar a Nuestro Señor y entronizarlo en nuestra casa, en nuestras familias y si no podemos en la familia, porque allí está la división, por lo menos que reine en nuestras almas, para que algún día Él pueda reinar sobre todo el universo, que le sea sumiso como a su dueño y Señor. Pedir a Nuestra Señora la fidelidad a Nuestro Señor y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana para perseverar en la verdad y proclamando la divinidad de Nuestro Señor y de su Iglesia, salvar nuestras
almas.

BASILIO MERAMO PBRO.

sábado, 17 de octubre de 2009

Respuesta ante las advertencias del Prior de Córdoba

El Padre Conte, Prior de Córdoba, y ciertamente bajo las directivas del Superior de Distrito, el Padre Bouchacourt, se ha atrevido creyéndose poseedor de la verdad, y en nombre de Dios, cual fariseo (que impugna la verdad conocida), advertir a los fieles (durante el sermón del Domingo) de no tener ni aceptar ningún contacto con el Padre Basilio Méramo, que ha abandonado la FSSPX; y recordando la actitud de Mons. Lefebvre de no tener ninguna relación ni contacto con quienes dejaban la FSSPX.
En primer lugar, no me fui sino que me fueron o mejor dicho me expulsaron, por no estar de acuerdo con los acuerdos con la Roma modernista y apóstata. Por denunciar la nueva orientación del Superior General Mons. Fellay, y tras de él la del Padre Schmidberger, quien desde hace mucho tiempo, y aún en vida de Mons. Lefebvre, comenzó a desviar insensiblemente la resistencia y el combate que encabezaba ante el mundo la FSSPX.
Este largo e insensible proceder da hoy sus resultados, lográndose desactivar y anular el glorioso y heroico combate de la Tradición contra el modernismo apóstata de los anticristos que ocupan Roma, como ya lo señaló en su momento el mismo Mons. Lefebvre. Si de alguien Mons. Lefebvre dijo que es un hereje con nombre y apellido fue del entonces Cardenal Ratzinger, con quien el Padre Schmidberger, siendo Superior General de la FSSPX, guardaba estrechos contactos manteniendo al margen al mismo Mons. Lefebvre (quien me lo confió de viva voz cuando era seminarista de Ecône), de las conversaciones entre ellos mantenidas en su lengua maternal, el alemán; y cuánto más ocupando hoy la Sede de Pedro.
Si esto pasaba en vida del fundador de la FSSPX, no es de extrañar que después de dieciocho años de muerto se llegue a la actual situación ante la cual los sacerdotes y los fieles quedan perplejos, sin capacidad de reacción ante la absorción enmascarada y la entrada el gran Panteón de las religiones que nos abre la Roma modernista con el ecumenismo sincretista y dialéctico, que el hoy Benedicto XVI con paternal sensibilidad nos prodiga.
No es el Padre Basilio Méramo el que traiciona y abdica, sino que es Mons. Fellay con toda su cúpula directiva quien hoy lo hace camufladamente. Y así acepta el Motu Proprio, que con el anzuelo de reconocerse que la Misa Tradicional nunca fue abolida (pues esto evidenciaría la ruptura y el cisma modernista), se admite que la nueva misa bastarda, como Mons. Lefebvre la calificaba, es un rito legítimo, y aún más la norma (es decir, el rito ordinario), mientras que la Misa Tridentina es algo inusual o esporádico (es decir, el rito extraordinario). Así el Motu Proprio legitima la nueva misa como culto y expresión del rito romano.
Además, el levantamiento del Decreto de las excomuniones pedido y aceptado por parte de los supuestamente “excomulgados” por la Nueva Iglesia posconciliar es reconocer y admitir que se estaba realmente excomulgado. Dejándose ver en estas falsas excomuniones el sello de garantía de no tener ninguna parte con el error y la herejía de la Nueva Iglesia posconciliar, como así Mons. Lefebvre lo decía y mantenía.
A los fieles se los ha llevado insensible y paulatinamente a un estado de anemia espiritual que no les permite la pronta y enérgica reacción ante el desvío de los superiores que dirigen y gobiernan la FSSPX, que era el último baluarte a nivel internacional que quedaba frente a la Roma anticristo, que hoy se manifiesta, como profética y apocalípticamente lo anunció Nuestra Señora de la Salette al decir “la Iglesia será eclipsada” y “Roma perderá la Fe y será la Sede del Anticristo”.
El golpe es mortal aunque los efectos no se evidencien inmediatamente pues al igual que un gran barco petrolero no se detiene inmediatamente sino que primero se desacelera, después se ponen marcha atrás las turbinas para seguir un largo recorrido de unos 40 kilómetros más hasta detenerse totalmente.
Hoy le llega el turno a la FSSPX después de una lenta y firme recuperación de los que resistían al modernismo, como pasó con Don Augustin (Flavigny), Don Gérard (Barroux), los Padres de Campos, por nombrar a los más conocidos en el mundo de la Tradición; y ahora como es lógico, le toca el turno a la misma FSSPX, pero como es un hueso más difícil de roer, hay que hacerlo por etapas mediante preámbulos sugeridos por la misma Roma y diálogos supuestamente doctrinales (aunque ya Mons. Fellay acepta el 95% del Concilio), que permiten el transcurso del tiempo mientras todo sigue su curso, favoreciendo el modernismo, perdiéndose la Fe, y reabsorbiendo dialécticamente a la Tradición.
Cuando todo sea claro ya será demasiado tarde.
Padre Basilio Méramo
Córdoba, 18 de Noviembre de 2009

sábado, 3 de octubre de 2009

DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En el Evangelio de esta Misa vemos la continua y permanente disputa, oposición y rechazo hacia Nuestro Señor Jesucristo por parte de los dirigentes del pueblo elegido, de los judíos que eran los fariseos, los escribas, los doctores de la Ley y quienes en primer lugar tenían que informar al pueblo para que reconociesen en Nuestro Señor al Mesías anunciado por los profetas a través de todo el Antiguo Testamento. Este permanente rechazo los lleva a cambiar el sentido de las
Escrituras claudicando su misión; es así como finalmente acaban condenando y crucificando a Nuestro Señor. Ese hecho perdura hasta el día de hoy, cada judío al llegar al estado de razón en que se adhiere al judaísmo, rechaza a Nuestro Señor Jesucristo y se convierte en su enemigo personal. Y no nos asombre esto sobre todo hoy, cuando se trata de disipar la oposición entre las falsas religiones y con los judíos en particular, siendo ellos los promotores de tantas herejías y los
destructores principales de la Iglesia y del reino de Dios, instrumentos de Satanás.

Es una falta de atención no reconocer al enemigo -y no al enemigo nuestro-, al enemigo de Dios, pues desconociendo al enemigo difícilmente se escapará de sus garras. La Iglesia está siendo judaizada, entregada en manos de los judíos a través de todas las ideologías que han promovido la revolución y la masonería. La famosa Revolución francesa fue producto de la masonería, del judaísmo, y todas las constituciones de los Estados modernos se basaron en esa revolución anticatólica, anticristiana. Es el judaísmo quien ha promovido el protestantismo de Calvino, con
toda esa teología protestante de la predestinación; es el judaísmo el que ha promovido en el Vaticano II la libertad religiosa y el ecumenismo para que la Iglesia pierda su identidad y caiga en manos del enemigo y eso con la anuencia de los pastores, de la jerarquía, con lo cual se llega a repetir la historia en el tiempo, la historia de cuando vino Nuestro Señor y encontró que los pastores y la misma jerarquía de la sinagoga, en vez de adoctrinar al pueblo, lo hicieron sucumbir en la apostasía que culminó con la crucifixión de Nuestro Señor. Por eso la Iglesia no se cansa de mostrar a través del Evangelio esa oposición y esa asechanza permanente.

Vemos cómo a Nuestro Señor lo tildan de blasfemo, porque, quién si no sólo Dios puede decir que perdona los pecados. Ellos sabían y conocían que sólo Dios puede perdonar los pecados, entonces, una de dos, o Nuestro Señor era un blasfemo o era Dios. Sin embargo, aun mostrándoles a través de un milagro que tenía el poder de Dios y que perdonaba al paralítico, en vez de concluir que era Dios, lo rechazan. Por eso Nuestro Señor les replica: ¿Qué es más fácil decir: Perdonados te son tus pecados, o bien: Levántate y anda? Lo difícil no es decirlo, es hacerlo, y Nuestro Señor hizo las dos cosas, lo hizo levantar y le perdonó los pecados, con lo cual afirmaba implícitamente que era Dios; porque solamente Dios puede perdonar los pecados, y solamente un blasfemo podía decir yo te perdono los pecados, si no era Dios, o si no lo hacía en el nombre de Dios, como los sacerdotes en el sacramento de la penitencia. Quedaba claro, patente, para los judíos, que Nuestro Señor sí se atrevió a decir que perdonaba y curó al paralítico; la conclusión era que El era Dios, era el Mesías.

Se puede preguntar ¿por qué Nuestro Señor no lo afirmaba abiertamente? ¿Por qué no decía abiertamente que era Dios? Hay que tener en cuenta que el mundo estaba imbuido de paganismo, y que los paganos eran idólatras y la prueba de ello es que quisieron idolatrar a San Bernabé y a San Pablo cuando vieron la majestad de sus personas hablando de Dios. Lo mismo hubiera ocurrido con Nuestro Señor, le hubieran tomado por uno de esos dioses de la mitología griega, pero no lo hubieran tomado por el verdadero Dios. Los judíos rechazaban ese paganismo y estaban opuestos a esa idolatría, entonces Nuestro Señor no podía decirlo, ni para que los judíos por un lado tuvieran piedra de escándalo, ni para que los paganos lo tomaran por uno de esos dioses de la mitología griega. Por eso la revelación tenía que hacerse paulatina, pausada, indirecta e implícitamente al principio, para decirlo después de modo explícito; para que lo reconocieran como al verdadero Dios.

Pero nada de todo lo anterior hizo que los judíos, excepto unos pocos, una minoría, lo aceptasen, mientras que el pueblo siguiendo a sus dirigentes condenó y crucificó a Nuestro Señor. Por lo mismo, no nos debe extrañar que si eso pasó en la sinagoga que era la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento, pase ahora en la Iglesia que es la Iglesia de Dios, dirigidos al igual que los judíos, por dirigentes que tergiversan la palabra de Dios, que le cambian el sentido y que conducen al pueblo, desgraciadamente, al error y a la apostasía. Hay que recordarlo, mis estimados
hermanos, la Iglesia es infalible, es indefectible, no puede haber error en la Iglesia.

Y esa que hoy se presenta como Iglesia Católica jerárquicamente, oficialmente, públicamente, está llena de errores, no hace falta que sean herejías, sino simplemente errores y éstos no pueden tener cabida en la Iglesia, que es inmaculada. Como institución no puede predicar el error y los fieles no pueden tener una fe errónea porque habría claudicado Dios, habría claudicado la Iglesia. Es lamentable; ni aun puede permitirse teológicamente el error porque la Iglesia es infalible, los fieles no pueden creer en errores tales como ese de que todas las
religiones salvan; no pueden creer que lo que antes era pecado ya no lo es; eso es destruir el concepto de pecado por una subjetivación del bien y del mal, de la moral.

No se puede creer en la libertad religiosa, no se puede creer en el ecumenismo aunando a todos los hombres "sin dogmas que dividan"; no se puede pretender una paz que no esté fundamentada en Cristo Rey; y no hace falta decir que sean herejías, sino simplemente errores, porque el error no puede tener cabida y mucho menos la herejía.

Entonces, una Iglesia que se diga católica no puede albergar en su seno ni en la jerarquía ni en sus fieles una concepción errónea del dogma y de la fe católica, y si los presentan, mis estimados hermanos, desgraciadamente hay que decirlo, es porque hay una escisión dentro de la Iglesia; y aquellos que profesan el error, no digo una herejía, el simple error en lo concerniente a la fe, no pueden ser la Iglesia Católica que es una, es santa, y es verdadera. Es un problema muy grave, pero la infalibilidad de la Iglesia, la indefectibilidad de la Iglesia, la santidad de la Iglesia
así lo exige, o si no, ¿qué pasaría? Sencillamente, que no todo aquel que dice ¡Señor, Señor! pertenece a Dios. Hay que conservar la pureza de la fe, y la Iglesia existe allí donde está la fe pura e inmaculada. No se trata solamente de los pecados de los miembros de la Iglesia como hombres pecadores, sino que se trata de la doctrina, que es una cosa muy distinta. Por eso, lamentablemente, hay una reducción de la Iglesia que nos cuesta admitir; pero para nuestro propio beneficio, no puede haber error en la Iglesia, y si se profesa el error, es porque allí, esa parte, se ha desgajado de la verdad, se ha separado de Nuestro Señor.

Por eso dice San Pablo en la epístola de hoy, epístola eminentemente apocalíptica porque hace alusión a la segunda venida de Nuestro Señor: "De todo estáis ricos a causa de El, en toda palabra y en toda ciencia, por haber establecido firmemente en vosotros el testimonio de Cristo. De manera que nada os falta en ninguna gracia, ya que esperáis la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo. Él os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día del advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo". Nos ha dado toda la verdad y toda la ciencia para que perseveremos en su testimonio y así El nos mantendrá hasta que venga para que tengamos viva
nuestra esperanza, ¿en qué? En la segunda venida de Nuestro Señor, y esa debe ser nuestra esperanza. Él es el único que puede ordenarlo todo, porque estamos ante una Iglesia llena de errores y eso es un contrasentido.

Quiero decir, entonces, que no todo aquello que hoy se dice Iglesia Católica lo es; no todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino del cielo. Iglesia Católica no es un nombre; yo no puedo ser católico si no profeso la fe de siempre y dejo de serlo si profeso la fe modernista que se profesa hoy. Esto que se nos presenta como la Iglesia, no puede serlo porque está llena de errores, porque la Iglesia es infalible, indefectible y de ahí que Nuestro Señor nos advirtiera acerca de la gran apostasía, de la pérdida de fe para estos tiempos apocalípticos, próximos a su segunda venida y del pequeño rebaño al que quedará reducida la Iglesia, la verdadera Iglesia. Pues, como dice San Agustín, que la Iglesia de Dios está allí donde están los verdaderos fieles de Cristo, los verdaderos fieles, esa es la Iglesia. La Iglesia no puede ser infiel y por eso debemos pedirle a Dios y a Nuestra Señora como la Madre de Dios, que nos asista en esta hora tan dura, tan cruel, en esta pasión de la Iglesia, para que no claudiquemos en la fe que nos viene de la Santa Madre Iglesia, y para que no nos dejemos llevar de una Iglesia falsificada, judaizada.

Y esta petición que hacemos a Dios es porque sabemos que en Roma impera el judaismo, y a eso se deben los crímenes por poder y por dinero aun dentro de la misma guardia suiza que es la guardia personal del Papa. La intriga, esa lucha entre la masonería y el Opus Dei, que es otra masonería dentro del Vaticano -basta leer para enterarse-. Desgraciadamente, algunos libros no muestran sino lo sucio, como quien mira un basurero, en eso se ha convertido el Vaticano, en un lugar donde no solamente se cometen asesinatos, sino donde también se ventilan entre cardenales vergonzosas intrigas de homosexualidad. ¿Y todo esto por qué y para qué? Para que
no tengan el valor de hablar como yo lo estoy haciendo, porque les enrostrarían sus delitos, "usted es así". Últimamente se han editado dos libros, uno intitulado "Los crímenes en el Vaticano", que comenta por qué se mató al capitán de la guardia suiza, a otro suizo y a su mujer; y otro libro anterior que también hablaba del Vaticano; nada de eso es bueno para la Iglesia.

Pero desgraciadamente pasa, ¿y por qué no darnos cuenta de la miseria que ha entrado en el Vaticano? Ya lo anunció la Santísima Virgen María. Ella lo dijo: "Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo".

Y ¿qué pasará entonces con la Iglesia?, ¿será destruida? No, señores, porque la Iglesia es indefectible hasta el fin de los tiempos. Serán dos, una legítima y otra falsa que aparentará ante el público y el mundo que es la verdadera Iglesia, pero la conoceréis por los frutos y los frutos son malos. La verdadera Iglesia, la perseguida, la Iglesia del silencio, es fiel a la Tradición Católica, Apostólica y Romana. Estos conceptos se deben manejar claramente para no sucumbir ante el error y sobre todo no claudicar en la fe. Tengamos en cuenta las profecías, seamos católicos despiertos, vigilantes, no seamos idiotas útiles ni dormidos, no seamos perezosos. A
Dios rogando y con el mazo dando, dispongámonos a dar la vida, la sangre, por amor a Dios y a la Iglesia Católica aunque hoy la veamos convertida en cueva de ladrones. Esa podredumbre inocultable en razón de crímenes donde están en juego millones de dólares dentro del mismo Vaticano, son los hechos. Que después pretexten pasiones meramente personales, es ocultar la verdad, es otra cosa. No debemos escandalizamos... "porque no puede menos de haber escándalos: pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo!".

PBRO. BASILIO MERAMO
15 de octubre de 2000