San Juan Apocaleta
Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.
"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.
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domingo, 23 de noviembre de 2025
DOMINGO VIGÉSIMO CUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
domingo, 16 de noviembre de 2025
DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
11 de noviembre de 2001
domingo, 9 de noviembre de 2025
DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Esa es la hipocresía, y la peor de las desgracias es acostumbrarse a ella, hablar distinto de lo que se siente en el corazón, mostrar estima y en el fondo destilar veneno, no tener la capacidad de ser veraz y decir al pan, pan y al vino, vino, adular con la boca y odiar y despreciar con el corazón, todo esto forma parte de la actitud del hipócrita. Y los judíos estaban llenos de tal falsedad; por eso nuestro Señor, que no era farsante, se los dice en la cara sin resquemor: ¡Hipócritas! Nosotros no conocemos la intención de corazón como bien la conocía nuestro Señor, pero quizás hubiese menos fingimiento en el mundo y haríamos un favor si detectásemos en alguien esa actitud, decírselo, para que esa persona, por lo menos no se engañe a sí misma, creyendo engañarnos.
Esa farsa se oculta con la adulación: “Sabemos, Maestro, que tú eres bueno y que llevas a la verdad”. Si sabían todo eso ¿para qué le tentaban? Si saben que es bueno, que es veraz, ¿para qué le preguntan? Pues con el ánimo de sorprenderlo en algo y condenarlo con justa causa. Cosa distinta sería si ellos preguntasen simplemente por querer conocer y saber lo que debía hacerse.
La pregunta era sobre algo muy crucial. Judea estaba bajo el Imperio Romano y debía tributo al César y quien se oponía al César cometía prácticamente un pecado por no saber distinguir bien, entre obedecer al César como gobierno temporal u obedecerle como a divinidad, por eso había que distinguir claramente en qué se le podía rendir tributo y honor al César y en qué no. En todo, menos como a Dios en lo de orden temporal; por eso nuestro Señor les pide la moneda con la que se pagaba el tributo y les responde a su vez, con otra pregunta: “¿De quién es la imagen?”. A lo que seguiría una sabia respuesta: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Esas dos espadas, esos dos órdenes: el temporal y el espiritual están separados porque Dios los quiso distinguir; lo que no quiere decir que no tenga nada que ver uno con el otro y que no haya una subordinación del orden temporal al orden espiritual. Por eso nuestro Señor les dice “...al César lo que es del César...”. Todo lo que es de orden temporal, como emperador que es, que tiene por deber proveer el bien común temporal, en eso le deben tributo y le deben sumisión y obediencia, pero no en el orden espiritual, que compete a la Iglesia. Por eso debemos dar a Dios lo que como a Dios corresponde, ya que nuestra alma es su imagen y semejanza; es espiritual y se debe a Él.
No es que Dios deje de ejercer su poder, mejor dicho, no es que no tenga poder sobre el orden temporal, es sencillamente que Dios nuestro Señor no quiere ejercerlo directamente, por eso los distinguió. ¿No es lo que quiere el laicismo, negar que Dios tenga ese poder sobre el orden temporal? De hecho se le niega, se le sustrae, corrompiendo la sumisión que se pretende debe tener el orden temporal a la Iglesia y a Dios. Laicismo que se introduce en la misma Iglesia, produciendo ese fenómeno de secularización que está destruyendo a la religión católica hoy mundanizada, secularizada en sus órdenes, en sus sacerdotes y en sus instituciones. Todo eso muestra que no se está dando ni al César lo que corresponde al César ni a Dios lo que es de Dios, sino que impera una gran confusión y un desequilibrio social, mundial, que afecta de modo directo los mismos fundamentos de la Iglesia católica.
No nos confundamos, no caigamos en el laicismo que le niega a Dios la subordinación del orden temporal y el origen y la fuente de toda autoridad, como la democracia moderna, que hace arbitrariamente al pueblo el origen de toda autoridad, el pueblo y no Dios, lo cual es una herejía; porque el pueblo puede designar la autoridad y ahí habría una verdadera democracia que sería una de las tres formas legítimas de gobierno, pero una cosa es que la designe, y otra muy distinta es que sea la fuente del poder, que sea el principio del mando. En ese pecado hemos caído casi todos, por eso hoy cuando se habla de democracia, más allá de que seamos o no democráticos, debemos aclarar que con la democracia moderna ningún católico puede estar de acuerdo, porque no es el pueblo el soberano sino Dios; algo muy diferente es que el pueblo designe al gobernante, pero no es el que le da la autoridad, pues de él no dimana como de su origen, esto es una herejía, porque atenta contra el derecho soberano de Dios. De ahí que las democracias modernas sean anticristianas, anticatólicas, usurpen la soberanía de Dios y proclamen los derechos del hombre. Dicho sea de paso y sin hacer propaganda comercial, a ese libro que habla de los derechos de Dios, escrito por una feligresa, se le abona el mérito de hablar de los derechos de Dios cuando todo el mundo está idiotizado argumentando los cacareados derechos del hombre, desconociendo los de Dios.
Por eso, es una gracia permanecer fieles a la única y auténtica Iglesia católica, apostólica y romana, esa Iglesia que no puede ser secular ni se puede secularizar en sus instituciones; es la única manera de perseverar en medio de esta destrucción, de esta revolución anticristiana directamente dirigida por Satanás desde el infierno, y que tiene hombres como lacayos que en este mundo no hacen la obra de Cristo, sino la obra del demonio, la obra del anticristo; de ahí, que más que nunca debemos tener presente cuál es la verdadera faz de la Iglesia, para no caer en ese escándalo, porque es un escándalo público, que en vez de una Iglesia veamos a una ramera pretendiendo ser la esposa de Dios. Es inadmisible y perdónenme mis estimados hermanos el ejemplo: es como si una prostituta se hiciese pasar por señora, como la reina, esposa del rey. La Iglesia católica, apostólica y romana es inmaculada en sus instituciones, en su moral, en su doctrina, en su evangelio. Otra cosa es que dentro de la Iglesia haya buenos y malos; santos y pecadores; píos e impíos; pero eso es en el ámbito personal que cada uno cumpla o no los mandatos y los preceptos de la Iglesia. Pero la Iglesia como institución divina, como obra de Dios, que no puede ser sino inmaculada y pura y verdadera Iglesia, es aquella que es una, santa, católica y apostólica aunque haya miembros que no sean puros ni inmaculados, porque caeríamos en el error de los jansenistas. Pero la Iglesia como institución es inmaculada. Una Iglesia que se presente en sus instituciones, en su doctrina y en el evangelio secularizada, prostituida por estar en connivencia con los reyes de esta tierra, esa no sería la Iglesia católica.
Nuestro Señor dice, y lo recuerdo con insistencia, que no todo el que dice “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos; que quién es mi hermana o mi hermano, sino el que hace mi voluntad, el que guarda mi doctrina, el que guarda mi palabra, el que es fiel; por lo mismo, la incertidumbre de si cuando Él venga encontrará fe sobre esta tierra, y menciona la gran apostasía, corrupción generalizada, institucionalizada.
Preocupémonos de pertenecer a la verdadera Iglesia conformada por todos los que dispersos por el mundo permanecen fieles a Cristo. Por eso San Agustín decía que la Iglesia la conforman todos los fieles a Cristo, dispersos por el mundo entero y los que no son fieles a Cristo no pertenecen a la Iglesia, como no pertenecen a ella ni los herejes, ni los cismáticos, ni los excomulgados.
¿Y qué pensar de una Iglesia que excomulga a la Tradición y se abraza con el mundo? Eso es muy significativo; es imposible que se excomulgue a la Tradición, porque si se excomulga a la Tradición se está excomulgando a los apóstoles, a los Padres de la Iglesia y a todos los Santos. Más que nunca debemos tener cuidado de pertenecer no sólo de alma, sino también de cuerpo a la única y verdadera Iglesia inmaculada de Cristo nuestro Señor y dar con justicia al César aquello que es del César y a Dios lo que le pertenece y es de Dios. +
12 de noviembre de 2000
lunes, 3 de noviembre de 2025
2 de Noviembre: Festividad de los fieles Difuntos
Nota del Editor: La fiesta de los Fieles Difuntos, se traslada al Lunes siguiente, porque prima el vigésimo primer Domingo después de Pentecostés
Tomado del MISAL DIARIO COMPLETO por el P. Luis Ribera CMF, España 1954:
domingo, 2 de noviembre de 2025
DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo vigésimo primero después de Pentecostés, el Evangelio nos ofrece una parábola que podemos denominar parábola del deudor desaforado. Comenta San Jerónimo que en Siria y Palestina, de modo particular en la provincia de Siria, lugar donde nació Nuestro Señor, la gente era muy dada a comprender las cosas más que por la enunciación de un precepto, por comparaciones con imágenes de la vida real; por eso Nuestro Señor, para demostrar el principio que quiere enseñar a sus discípulos y a todos aquellos que lo seguían, en vez de formularlo, relata esa parábola que al conocerla queda grabada en la mente del pueblo por su fácil comprensión.
El precepto consiste en perdonar a nuestros deudores, así como nosotros tenemos necesidad de ser perdonados por Dios. Es sencillamente lo que pedimos en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; seremos perdonados en la medida en que perdonemos y no seremos perdonados en la medida en que no perdonemos. Eso es lo que Nuestro Señor quiere mostrar en esta parábola. La desproporción entre la cantidad inmensa de los diez mil talentos que este hombre adeudaba al rey y el rey por pura misericordia le perdona toda la deuda y lo deja libre. Y éste a su vez al consiervo, que le debía una pequeña suma, casi lo estrangula y lo manda apresar para que le pague.
Esa es la moraleja: la imagen muestra la misma situación de cada uno de nosotros con respecto a Dios cuando no perdonamos a nuestros hermanos que nos adeudan poca cosa. Por mucho que consideremos se nos ha hecho en contra, de palabra, obra o como fuere, no sería nada comparado con la inmensa deuda que tenemos con Dios. Deuda inmensa contraída por nuestros pecados y que tiene que ser pagada. Y lo que Dios nos pide es la cancelación de la mínima deuda que tengamos con nuestros posibles acreedores, nuestros prójimos. ¡Qué sencillo es ser perdonado! Y, sin embargo, que difícil es que perdonemos de corazón a los demás, sin rencores, sin que guardemos en el repliegue de nuestra alma el recelo, el resentimiento, y hasta el odio hacia los demás. Esos sentimientos conculcan incluso la paz social, la paz familiar y la convivencia de la sociedad; todo el mal se podría centrar allí en ese odio, en ese resentimiento, en esa falta de perdón; y ¿cómo pretendemos ser perdonados, si no perdonamos? Es absolutamente imposible, porque tendríamos la misma actitud ruin de este deudor desaforado.
Hay que ser ruin para no perdonar al que nos debe poco, cuando nosotros debemos mucho más a Dios y le pedimos clemencia y misericordia. Este es el estado del alma de este deudor que no quiso perdonar a su hermano, y ese estado de ruindad lo ejercemos nosotros cuando guardamos rencor, cuando guardamos odio, cuando no perdonamos de corazón. Y hay que aclarar una cosa: el perdón no es no ver la injusticia; sino el perdonar el mal cometido, lo que se perdona es al pecador, lo que se perdona no es el error, es a quien yerra; se perdona al pecador pero no se hace desaparecer la injusticia ni el pecado ni el mal. Es cosa muy distinta. Y como todos somos pecadores, entonces todos debemos perdonar para merecer en retribución el perdón. Dicho sea de paso, con respecto a la traducción del "Padrenuestro" al español, que expresa con claridad, lo cual por cierto carece el francés, ya que nuestra lengua es mucho más rica y, por tanto, más precisa, cuando en español decimos "perdónanos nuestras deudas" y que ahora erróneamente,
contraviniendo la precisión de una verdad teológica, se reemplaza por "ofensas"; esta nueva versión no especifica con exactitud el sentido que tiene la deuda. Una deuda es un débito que hay que retribuir y la ofensa se perdona pero si no se retribuye el débito queda, aunque la ofensa sea perdonada queda el débito y por eso en la sana teología de la Iglesia siempre se ha distinguido entre la culpa y la deuda, entre la culpa o la ofensa y el débito o deuda que queda. Una persona que muere en estado de gracia, ¿por qué va al purgatorio si están perdonadas sus ofensas? Porque le quedan todas las deudas contraídas por los pecados mortales y veniales; a esto se atribuye la existencia del purgatorio, porque no se ha saldado la deuda, no se es digno todavía de entrar en el cielo, se necesita purificar en el purgatorio la deuda, no la ofensa, a no ser la ofensa de los pecados veniales no perdonados aún.
Vemos, pues, cómo se van borrando en esas malas traducciones las verdades esenciales de la fe católica, se va quitando precisión y no por simple descuido, que ya sería una estupidez, sino porque en el fondo también la nueva teología niega el purgatorio y hasta el infierno. ¡Qué les va a importar ya hablar de deudas! ¿Cuáles deudas? Si "todos somos libres", nadie le debe nada a nadie, si con "la dignidad del hombre", "la libertad del hombre", "el hombre es soberano", "los derechos del hombre", "el hombre con su libertad", ¿qué deudas? Ninguna deuda, toda deuda quedó cancelada. Eso es lo que enseña la teología liberal; barre con las deudas, con el débito que nos obliga a pedirle a Dios, para que a través de los sacrificios, la abnegación y las penalidades, purguemos en la tierra y purifiquemos nuestras almas aquí y no en el purgatorio que será mucho peor. Pero como el mundo de hoy es sordo a lo que no sea confort, goce, sensualidad; nada que comporte sacrificio, abnegación, renuncia; ese es el ideal del hombre moderno: "vivir para gozar", tal es el ideal pagano, ideal del renacimiento, que se llamó Renacimiento porque era el
paganismo que renacía después de la Edad Media; cuando el ideal del cristiano, del católico, es todo lo contrario: merecer el cielo a través del sacrificio, un programa muy distinto.
Para que paguemos, pues, nuestras deudas con Dios, perdonemos las ofensas y las deudas de nuestro prójimo y seremos perdonados. Así cumpliremos con el Padrenuestro, para rezarlo verdaderamente en paz, porque si dejamos esa ruina en el alma y guardamos ese egoísmo, esa falta de perdón, esa falta de generosidad, no podemos rezar en paz con Dios y dignamente el Padrenuestro.
Roguémosle a Nuestra Señora, la Virgen María, que nos dé la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y que así Dios perdone nuestros pecados.
PADRE BASILIO MERAMO
5 de noviembre de 2000
sábado, 1 de noviembre de 2025
viernes, 31 de octubre de 2025
Rito Satánico del "Dia de las Brujas o Halloween"
Para Los WICAS, los Druidas, los Celtas, Las Brujas, Hechiceros y Satánicos. Esta es la noche más importante de sus sectas, debido a que es donde se Hacen Sacrificios específicos para Lucifer, ¿Que casualidad que sea precisamente en vísperas de una de las Fiestas Más importantes de la Iglesia Católica Apostólica Y Romana (Todos los Santos y Fieles Difuntos) y justo a unos días de la Fiesta de CRISTO REY (Ultimo domingo de Octubre)?
El enemigo, nunca a dejado la oportunidad (y así lo ha hecho por siglos) de inspirar a las gentes para que se celebren "festividades" que opaquen la Gloria de la Iglesia.
Si regalas dulces, decoras tu casa, disfrazas a tus hijos; en general das cabida a que "sin quererlo" estés participando de un algo, que puede ser de trascendencia Eterna y No precisamente para la salvación del alma, de un rito Satánico.
El truco o Trato, es una forma de "conciliar con el error" Si hay trato con Satanás para que no haga un daño menor (maldiga la casa, lance un hechizo o aviente huevos) es tanto como "vender el alma". Ese Desgraciado, algún día pretenderá cobrar el Favor del TRATO.
Y sus días están Contados, así que está ávido de más almas, porque ya esta condenado.
Alberto González
Editor
domingo, 26 de octubre de 2025
FIESTA DE CRISTO REY (ultimo domingo de Octubre, vigésimo domingo después de Pentecostés)
domingo, 19 de octubre de 2025
DOMINGO DECIMONOVENO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Vemos cuántas veces en las Escrituras aparece la imagen de las bodas, de las fiestas, de los convites, y nos podemos preguntar el por qué pareciera que a Dios le place tomar esa imagen, aunque aquí en ésta vemos también lo desmesurado de la parábola, y el fin, diciendo: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”, que presenta bastante dificultad para interpretarla. Pues bien, no olvidemos que en los convites, en las bodas, se manifiesta la alegría, la caridad, la amistad, la generosidad de compartir un momento crucial de la vida con el prójimo, con los conocidos, con los familiares, y esa es la razón por la cual se toma muchas veces esa imagen de los festines y de las bodas.
También recuerdan las bodas esa unión de nuestro Señor como Verbo Encarnado en la naturaleza humana, unión entre el Verbo y la naturaleza humana, la unión que hay de nuestro Señor con el alma, entre nuestro Señor y su Iglesia y entre la Iglesia y nosotros; todo eso asemeja esa unión de las bodas.
Y vemos cómo los invitados no acuden, no hacen caso. El rey manda a buscar por las calles, buenos y malos, y cómo se escandaliza, se enoja porque uno solo es hallado sin vestidura nupcial y lo manda afuera, donde es el llanto y el rechinar de dientes. Nos asombra, pero hay algo de ello referido al pueblo judío quien fue el primero, el llamado en primer lugar y no aceptó, es más, ultrajó y mató a nuestro Señor. Y los llamados después, buenos y malos, son los gentiles, los otros pueblos distintos al pueblo judío; así que en la significación de la parábola es clara la alusión. Vemos además en otros pasajes donde dice que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros”. Pero lo que más asombra es cómo el rey saca de entre todos estos convidados a uno solo; termina rematando la parábola “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.
Es quizás uno de los pasajes más difíciles de interpretar por los errores a que ha dado lugar, y el primer gran error cometido por la predicación común es el de decir enseguida que se refiere a que no todos se salvan porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, siendo los que se salvan pocos. Esa es la interpretación común, de la que desgraciadamente los jesuitas han hecho una bandera, con el ánimo bueno de querer convertir a la gente, pero yo no puedo convertir a la gente con cosas que no son ciertas, ni reales ni verdaderas.
Puede ser que se salven pocos o que se salven muchos, en realidad y con exactitud nadie sabe si se salvan los muchos, otra cosa es que presumamos por los hechos y acontecimientos que vemos. Cuánta gente vive en el pecado y si muere en ese estado se condena; pero de allí a hacer de este texto la palabra infalible de que son pocos los que se salvan, es una tontería exegética, porque sencillamente si se toma de modo literal sería un grave error, ya que muchos no son los llamados, sino que son absolutamente todos. Entonces ya vemos que esa interpretación al pie de la letra no se puede aplicar, pues el evangelio estaría cometiendo un error gravísimo.
Las Escrituras y nuestro Señor no han querido decir nada explícitamente, luego es un error interpretarlo de ese modo, quizás con buenas intenciones, y puede ser que muchos nos condenemos, pero lo que no puede decirse es que esa afirmación es normal, y está basada en las Sagradas Escrituras, porque cuál no sería la desesperación si el mismo Señor misericordioso nos dice que vamos a ser pocos los que nos salvamos realmente, y sobre todo viendo el mundo cómo anda se haría más pesada nuestra cruz, por eso es un error grave. Está bien que el miedo al infierno sea una espuela, un acicate, un aguijón para que no pequemos, pero otra cosa es que hagamos decir a las Escrituras tonterias en el nombre de la palabra de Dios y que eso campee como cátedra normal dentro de la Iglesia y que los predicadores, como vedettes de turno, se repitan unos a otros sin profundizar en las Escrituras y lanzándose a predicar sin pensar en lo que dicen, sin suficiente preparación.
Es un deber prepararse para predicar pues la gran crisis que vivimos hoy, esa degeneración en el clero, es por falta de instrucción doctrinal y espiritual, instrucción moral porque lo uno va con lo otro.
Querer interpretar este pasaje literalmente es absurdo, además, porque no son muchos los que son llamados, son y somos todos los hombres, sin excepción. Dios no llama a unos a salvarse y a otros a condenarse, esa es la herejía del protestantismo de Lutero, el mismo error que cometió Calvino con la predestinación, según la cual unos son determinados al cielo y otros al infierno. “Los que tienen dinero y son ricos y poderosos como los gringos y los pueblos anglosajones del norte; esos se salvan y los pobres del sur, los colombianos, los latinoamericanos y pueblos del sur, esos son unos bobos que se condenan porque la gracia de Dios y la predestinación de Dios se ve en las riquezas; es el poder que Dios les da en este mundo”; esa es la mentalidad protestante derivada del judaísmo.
La famosa historia del Santo Job, “tú eres culpable porque has perdido las riquezas, luego Dios te ha castigado porque eres un maldito”, y el Santo Job decía: “Puedo ser pobre y, sin embargo, no ser un maldito”, porque la gracia de Dios no se palpa en las riquezas ni en el poder de este mundo como creen los judíos y las naciones judaizadas; error gravísimo porque solamente se predestina al cielo y no al infierno; entonces no son muchos los llamados al cielo, a la vida eterna sino que somos todos, aunque no todos desgraciadamente respondamos.
Vemos entonces que la interpretación al pie de la letra, no cabe en este pasaje; es más, el mismo contexto nos dice que uno solo fue el que se condenó, no fueron pocos, fue uno solo de tantos convidados; luego salta a la vista la contradicción de aplicar ese “pocos” a los que se salvan porque el que se condenó, según la parábola, fue uno solo. Queda claro que esa no es la exegesis correcta aunque sea la más predicada, la más difundida y eso conviene tenerlo en cuenta para que veamos cómo el error se introduce por inadvertencia, por falta de preparación, por no profundizar y predicar sin estudio previo. Vale más decir no entiendo y con eso no me meto a dar explicaciones erróneas, porque aunque el fin sea bueno, no justifica como medio una explicación si no es buena, si no es correcta, si no está basada en el texto, porque el mismo ejemplo y el mismo texto me dicen otra cosa.
En otros pasajes no se dice si son muchos o pocos los condenados sino la mitad exactamente, como en el caso de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes; cinco se salvan y cinco se condenan. Entonces vemos que tampoco son muchos ni pocos sino exactamente la mitad, y quedamos así en que en esta parábola uno solo se condena, y en la de las diez vírgenes, la mitad se condena; luego no se le puede hacer decir al texto lo que el él por sí mismo no dice. Hay más, en otro pasaje de San Mateo se habla, en el capítulo 20, 16, anterior a este pasaje, haciendo alusión a las mismas palabras de “muchos los llamados y pocos los escogidos”, hablando de lo difícil que es encontrar el camino angosto que va al cielo –“ancho es el camino de la perdición”–; y de lo mismo en otro pasaje, también, se hace alusión.
Por eso, Santo Tomás en su comentario al evangelio de San Mateo dice que estas palabras, “muchos los llamados y pocos los escogidos”, se refieren a que los escogidos son los pocos que hacen buenas obras, los pocos que encuentran el camino angosto que lleva al cielo; en consonancia con esto que dice Santo Tomás haciendo alusión a los dos pasajes anteriores, el padre Castellani dice que en la elección divina hay muchos planos: los electos por antonomasia que son los santos, como diría Santo Tomás, los que hacen buenas obras pero de un modo heroico; después están los píos, los buenos, hay toda una gradación.
Esos pocos elegidos o escogidos no significa, necesaria ni literalmente que son los que se salvan, los elegidos de Dios en sus diferentes planos de bondad, de santidad, de perfección, que no son muchos sino pocos; pues muy pocos son los que “huyen del mundanal ruido para seguir la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Es la historia de la lucha entre el bien y el mal; es mucho más fácil hacer el mal, pero es mucho más difícil vivir haciendo el bien, incluyendo a quienes nos hacen el mal, sabiendo perdonar y olvidar dejando el juicio a Dios. Esa sería una interpretación en sentido verdaderamente espiritual, sabiendo que todos estamos llamados, pero que dice “muchos”, justamente para no caer en esa interpretación rigorista y literal que toma escogidos y elegidos por salvados y que pensásemos que Dios afirma que son pocos; lo cual ya nos obliga a matizar y ese matiz lo damos tomando elegidos no por salvados, sino por los grados de elección divina que hay siendo varios planos y siendo los elegidos por antonomasia los santos, los que hacen buenas obras, que son pocos, los que encuentran el camino que lleva a la vida eterna, que es angosto y difícil. Pocos son los verdaderos santos.
También dice Santo Tomás que el camino espiritual es oculto porque es mucho más fácil el camino de la carne, del mal, de la pasión, mientras que las cosas espirituales son más difíciles y en ese sentido las Escrituras hablan de un camino o de una vía oculta; así quedaría resuelta esa gran dificultad que presenta este pasaje y el otro paralelo a éste cuando manifiestan las Escrituras que muchos son los llamados y pocos los escogidos o los elegidos.
Estaría en consonancia también con San Luis María Grignión de Montfort, como Santa Teresa, como San Juan de la Cruz, que muestran que son pocos los que llegan a esa perfección, a esa vida de unión con Dios, a esa santidad; que son pocos también los que sin llegar a ser santos son buenos. La interpretación de este pasaje nos muestra el interés que debe despertar en nosotros esa vida de santidad, esa vida de buenas obras, esa vida de unión con Dios a la cual Él nos llama como a unas bodas, pero que pocos, muy pocos consiguen y logran, porque realmente pocos son los que abandonan todo, los que desprecian todo para amar a Dios sobre todas las cosas y tenerlo a Él como su todo.
Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que como ninguna otra criatura estuvo más unida a Dios, a su Hijo que era Dios y al cual Ella dio la naturaleza humana, que tiene su carne, su sangre, sus huesos, y así unida por esa maternidad divina Ella estaba íntimamente ligada a Dios nuestro Señor; que Ella nos ayude para que podamos encontrar esa vía de la santidad y perfección y llegar a esa unión a la cual Dios nos llama. +
P. BASILIO MERAMO
14 de octubre de 2001
lunes, 13 de octubre de 2025
El milagro del Sol en Fátima, conmemoración de 108 años
domingo, 12 de octubre de 2025
DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉSDE PENTECOSTÉS
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En el evangelio de esta Misa vemos la continua y permanente disputa, oposición y rechazo hacia nuestro Señor Jesucristo por parte de los dirigentes del pueblo elegido, de de los judíos que eran los fariseos, los escribas, los doctores de la Ley y quienes en primer lugar tenían que informar al pueblo para que reconociesen en nuestro Señor al Mesías anunciado por los profetas a través de todo el Antiguo Testamento. Este permanente rechazo los lleva a cambiar el sentido de las Escrituras claudicando su misión; es así como finalmente acaban condenando y crucificando a nuestro Señor. Ese hecho perdura hasta el día de hoy, cada judío al llegar al uso de razón en que se adhiere al judaísmo, rechaza a nuestro Señor Jesucristo y se convierte en su enemigo personal. Y no nos asombre esto sobre todo hoy, cuando se trata de disipar la oposición entre las falsas religiones y con los judíos en particular, siendo ellos los promotores de tantas herejías, instrumentos de Satanás y los destructores principales de la Iglesia y del reino de Dios.
Es una falta de atención no reconocer al enemigo, y no al nuestro, sino al de Dios, pues desconociendo al contrario difícilmente se escapará de sus garras. La Iglesia está siendo judaizada, entregada en manos de los judíos a través de todas las ideologías que han promovido la revolución y la masonería. La famosa Revolución francesa fue producto de la masonería, del judaísmo, y todas las constituciones de los Estados modernos se basaron en esa revolución anticatólica, anticristiana. Es el judaísmo quien ha promovido el protestantismo de Calvino, con toda esa teología protestante de la predestinación; es el judaísmo el que ha promovido en el Vaticano II la libertad religiosa y el ecumenismo para que la Iglesia pierda su identidad y caiga en manos del traidor. Y eso con la anuencia de los pastores, de la jerarquía, con lo cual se llega a repetir la historia en el tiempo, la historia de cuando vino nuestro Señor y encontró que los pastores y la misma jerarquía de la sinagoga, en vez de adoctrinar al pueblo, lo hicieron sucumbir en la apostasía que culminó con la crucifixión de nuestro Señor. Por eso la Iglesia no se cansa de mostrar a través del evangelio esa oposición y esa asechanza permanente.
Vemos cómo a nuestro Señor lo tildan de blasfemo, porque, quién si no sólo Dios puede decir que perdona los pecados. Ellos sabían y conocían que sólo Dios puede perdonar los pecados, entonces, una de dos, o nuestro Señor era un blasfemo o era Dios. Sin embargo, aun mostrándoles a través de un milagro que tenía el poder de Dios y que perdonaba al paralítico, en vez de concluir que era Dios, lo rechazan. Por eso nuestro Señor les replica: ¿Qué es más fácil decir: Perdonados te son tus pecados, o bien: Levántate y anda? Lo difícil no es decirlo, es hacerlo, y nuestro Señor hizo las dos cosas, lo hizo levantar y le perdonó los pecados, con lo cual afirmaba implícitamente que era Dios; porque solamente Dios puede perdonar los pecados, y solamente un blasfemo podía decir yo te perdono los pecados, si no era Dios, o si no lo hacía en el nombre de Dios, como los sacerdotes en el sacramento de la penitencia. Quedaba claro, patente, para los judíos, que nuestro Señor sí se atrevió a decir que perdonaba y curó al paralítico; la conclusión era que Él era Dios, era el Mesías.
Se puede preguntar ¿por qué nuestro Señor no lo afirmaba abiertamente? ¿Por qué no decía abiertamente que era Dios? Hay que tener en cuenta que el mundo estaba imbuido de paganismo, y la prueba de ello es que su gente quiso idolatrar a San Bernabé y a San Pablo cuando vio la majestad de sus personas hablando de Dios. Lo mismo hubiera ocurrido con nuestro Señor, le hubieran tomado por uno de esos dioses de la mitología griega, pero no lo hubieran tomado por el verdadero Dios. Los judíos rechazaban ese paganismo y estaban opuestos a esa idolatría, entonces nuestro Señor no podía decirlo, ni para que los judíos por un lado tuvieran piedra de escándalo, ni para que los paganos lo tomaran por uno de esos dioses de la citada mitología griega. Por eso la revelación tenía que hacerse paulatina, pausada, indirecta e implícitamente al principio, para decirlo después de modo explícito; para que lo reconocieran como al verdadero Dios.
Pero nada de todo lo anterior hizo que los judíos, excepto unos pocos, una minoría, lo aceptasen, mientras que el pueblo siguiendo a sus dirigentes condenó y crucificó a nuestro Señor. Por lo mismo, no nos debe extrañar que si eso pasó en la sinagoga que era la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento, pase ahora en la Iglesia que es la Iglesia de Dios, dirigidos al igual que los judíos, por dirigentes que tergiversan la palabra de Dios, que le cambian el sentido y que conducen al pueblo, desgraciadamente, al error y a la apostasía. Hay que recordarlo, mis estimados hermanos, la Iglesia es infalible, es indefectible, no puede haber error en ella. Y esa que hoy se presenta como Iglesia católica jerárquicamente, oficialmente, públicamente, está llena de errores, no hace falta que sean herejías, sino simplemente errores y éstos no pueden tener cabida en la Iglesia, que es inmaculada. Como institución no puede predicar el error y los fieles no pueden tener una fe errónea porque habría claudicado Dios, habría claudicado la Iglesia. Es lamentable; ni aun puede permitirse teológicamente el error porque la Iglesia es infalible, los fieles no pueden creer en errores tales como ese de que todas las religiones salvan; no pueden creer que lo que antes era pecado ya no lo es; eso es destruir el concepto de pecado por una subjetivación del bien y del mal, de la moral. No se puede creer en la libertad religiosa, no se puede creer en el ecumenismo aunando a todos los hombres “sin dogmas que dividan”; no se puede pretender una paz que no esté fundamentada en Cristo Rey; y no hace falta decir que sean herejías, sino simplemente errores, porque el error no puede tener cabida y mucho menos la herejía.
Entonces, una Iglesia que se diga católica no puede albergar en su seno ni en la jerarquía ni en sus fieles una concepción errónea del dogma y de la fe católica, y si los presentan, mis estimados hermanos, desgraciadamente hay que decirlo, es porque hay una escisión dentro de la Iglesia; y aquellos que profesan el error, no digo una herejía, el simple error en lo concerniente a la fe, no pueden ser la Iglesia Católica que es una, es santa, y es verdadera. Es un problema muy grave, pero la infalibilidad, la indefectibilidad, la santidad de la Iglesia así lo exige, o si no, ¿qué pasaría? Sencillamente, que no todo aquel que dice ¡Señor, Señor! pertenece a Dios. Hay que conservar la pureza de la fe, y la Iglesia existe allí donde está la fe pura e inmaculada. No se trata solamente de los pecados de los miembros de la Iglesia como hombres pecadores, sino que se trata de la doctrina, que es una cosa muy distinta. Por eso, lamentablemente, hay una reducción de la Iglesia que nos cuesta admitir; pero por nuestro propio bien, no puede haber equivocación en la Iglesia, y si se diera, es porque allí, en esa parte, se ha desgajado de la verdad, se ha separado de nuestro Señor.
Por eso dice San Pablo en la epístola de hoy, epístola eminentemente apocalíptica porque hace alusión a la segunda venida de nuestro Señor: “De todo estáis ricos a causa de Él, en toda palabra y en toda ciencia, por haber establecido firmemente en vosotros el testimonio de Cristo. De manera que nada os falta en ninguna gracia, ya que esperáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día del advenimiento de nuestro Señor Jesucristo”. Nos ha dado toda la verdad y toda la ciencia para que perseveremos en su testimonio y así Él nos mantendrá hasta que venga para que tengamos viva nuestra esperanza, ¿en qué? En la segunda venida de nuestro Señor, y esa debe ser nuestra esperanza. Él es el único que puede ordenarlo todo, porque estamos ante una Iglesia llena de errores y eso es un contrasentido.
Quiero decir, entonces, que no todo aquello que hoy se dice Iglesia católica lo es; no todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino del cielo. Iglesia católica no es un nombre; yo no puedo ser católico si no profeso la fe de siempre y dejo de serlo si profeso la fe modernista de hoy. Esto que se nos presenta como la Iglesia, no puede serlo porque está llena de errores, porque la Iglesia es infalible, indefectible y de ahí que nuestro Señor nos advirtiera acerca de la gran apostasía, de la pérdida de fe para estos tiempos apocalípticos, próximos a su segunda venida y del pequeño rebaño al que quedará reducida la Iglesia, la verdadera Iglesia. Pues, como dice San Agustín, que la Iglesia de Dios está allí donde están los verdaderos fieles de Cristo, los verdaderos fieles, esa es la verdadera. La Iglesia no puede ser infiel y por eso debemos pedirle a Dios y a nuestra Señora como la Madre de Dios, que nos asista en esta hora tan dura, tan cruel, en esta pasión de la Iglesia, para que no claudiquemos en la fe que nos viene de la Santa Madre Iglesia, y para que no nos dejemos llevar de una Iglesia falsificada, judaizada.
Y esta petición que hacemos a Dios es porque sabemos que en Roma impera el judaísmo, y a eso se deben los crímenes por poder y por dinero aun dentro de la misma guardia suiza que es la guardia personal del Papa. La intriga, esa lucha entre la masonería y el Opus Dei, que es otra masonería dentro del Vaticano –basta leer para enterarse–. Desgraciadamente, algunos libros no muestran sino lo sucio, como quien mira un basurero, en eso se ha convertido el Vaticano, en un lugar donde no solamente se cometen asesinatos, sino donde también se ventilan entre cardenales vergonzosas intrigas de homosexualidad. ¿Y todo esto por qué y para qué? Para que no tengan el valor de hablar como yo lo estoy haciendo, porque les enrostrarían sus delitos, tales como “usted es así” u otros más. Últimamente se han editado dos libros, uno intitulado “Los crímenes en el Vaticano”, que comenta por qué se mató al capitán de la guardia suiza, a otro suizo y a su mujer; y otro libro anterior que también hablaba del Vaticano; nada de eso es bueno para la Iglesia. Pero desgraciadamente pasa, ¿y por qué no darnos cuenta de la miseria que ha entrado en el Vaticano? Ya lo anunció la Santísima Virgen María. Ella lo dijo: “Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo”.
Y ¿qué pasará entonces con la Iglesia?, ¿será destruida? No, señores, porque la Iglesia es indefectible hasta el fin de los tiempos. Serán dos, una legítima y otra falsa que aparentará ante el público y el mundo que es la verdadera, pero la conoceréis por los frutos y los frutos son malos. La verdadera Iglesia, la perseguida, la del silencio, es fiel a la tradición católica, apostólica y romana. Estos conceptos se deben manejar claramente para no sucumbir ante el error y sobre todo no claudicar en la fe. Tengamos en cuenta las profecías, seamos católicos despiertos, vigilantes, no seamos idiotas útiles ni dormidos, no seamos perezosos. A Dios rogando y con el mazo dando, dispongámonos a dar la vida, la sangre, por amor a Dios y a la Iglesia católica aunque hoy la veamos convertida en cueva de ladrones. Esa podredumbre inocultable en razón de crímenes donde están en juego millones de dólares dentro del mismo Vaticano, son los hechos. Que después pretexten pasiones meramente personales, es ocultar la verdad, es otra cosa. No debemos escandalizarnos... “porque no puede menos de haber escándalos: pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo!”. +
BASILIO MERAMO PBRO.
15 de octubre de 2000


















