San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












Website counter Visitas desde 27/06/10



free counters



"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





Link para escuchar la radio aqui

domingo, 15 de agosto de 2021

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (domingo décimo segundo después de Pentecostés)

  


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En esta fecha la Iglesia católica festeja el dogma solemnemente proclamado por el papa Pío XII en 1950. Dogma de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma, al final de su vida terrena, sin determinar más, sino sencillamente, que nuestra Señora después de su vida terrena fue asunta a los cielos en cuerpo y alma, es decir gloriosa.
Hoy, pues, festejamos esa proclamación solemne del dogma de la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso al cielo y digo resucitada, porque si bien el Papa no quiso hablar en la definición dogmática si había resucitado o no, en la misma bula hace alusión a la muerte de nuestra Señora, muerte que no debe sorprendernos. Aunque algunos teólogos dicen que no murió, otros, como Santo Tomás, dicen que murió no por causa del pecado, porque Ella era toda pulcra e inmaculada, sino para asociarse a la muerte de nuestro Señor, que tampoco tuvo ningún pecado y, sin embargo, murió; y por ser Ella corredentora al pie de la cruz, murió de amor, pero no sufrió corrupción.

Fue entonces una resurrección anticipada para ser glorificada en los cielos. Aunque esto de la muerte claramente no está definido, es una opinión teológica muy fundada y la más conveniente, pero quede claro que el mismo papa Pío XII sin comprometerse en definirlo, dice que los fieles no tenían inconveniente en admitir la muerte, para identificarse con nuestro Señor que también murió y padeció por nosotros. De todos modos, con este dogma se proclama solemnemente la Asunción, la traslación de nuestra Señora en cuerpo glorioso, en cuerpo y alma a la gloria de los cielos.

No creamos que es un dogma nuevo; hay muchos dogmas en la Iglesia que se creen con verdadera fe sin ser proclamados solemnemente; ya esta verdad era creída, casi práctica y unánimemente desde el siglo VII y creída por haber sido enseñada por el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia quien también define dogmas pero no solemnemente. El Magisterio Ordinario de la Iglesia define, determina, por lo menos, el sentido y así se creen muchas verdades y ellas pueden ser solemnizadas con fórmulas precisas y con una determinación más exacta que lo acaba, que lo circunscribe, si podemos decir así, de una manera que no se pueda vulnerar ni mejorar. Hay otras verdades que también están implícitamente contenidos en los dogmas; el de la Asunción está contenido en el dogma de la plenitud de gracia que nos trae la Inmaculada Concepción, plena de gracia, llena de gracia. Al ser llena de gracia no podía tener Ella ninguna mancha que borrar, ni el pecado original ni ningún otro pecado actual, ni venial ni mortal. Y esa plenitud de gracia desde el primer instante de su Inmaculada Concepción es una gracia que nosotros no nos podemos imaginar.

Para tener una idea, pensemos que la gracia de todos los santos y de todos los ángeles no llega a la inicial de nuestra Señora en el momento de su concepción; y esa plenitud de gracia inicial, después se acrecienta con la concepción del Verbo, cuando pronunció Ella su fiat y luego se acrecentó más, cuando fue asunta a los cielos; entonces ya esa gracia inicial es mayor que la de todos los santos y todos los ángeles juntos.

Vemos entonces cuán horroroso es que los protestantes nieguen esto por el perverso y sacrílego error de Satanás, que los tiene sujetos y obnubilados; pero lo digo para que se vea por contraste la depravación satánica del protestantismo y para que defendamos nuestra religión poniendo a la Santísima Virgen por delante, como un buen hijo que pone a su madre en alto y no se avergüenza de Ella como si fuese una mujer cualquiera. Esa plenitud de la gracia inicial que fue aumentando hasta la Asunción de nuestra Señora, es la consecuencia del privilegio de la maternidad divina, de la maternidad de nuestra Señora; de ahí deriva porqué es la Madre de Dios, deriva toda la plenitud de gracia y de gloria que Ella tiene mucho más excelsa que la de todos los santos y todos los ángeles juntos y deriva, también, todo su poder. Por la grande y sencilla razón de que Ella es la criatura que Dios más amó y ama. Por todo esto y por ser la más amada de Dios es la predilecta, y de ese privilegio que Ella tiene en su Inmaculada Concepción, de esa gloria que tiene en su Asunción, nosotros participamos en alguna medida como miembros de la Iglesia católica, teniéndola a Ella por nuestra Madre.

Ella es la antítesis de Eva, y cosa curiosa, Eva al revés es ave, ¡Ave María! Eva fue maldecida y por eso volvió a la tierra, volvía al origen de su procedencia por el pecado, por la mancha. Nuestra Señora es la antítesis, es el culmen de las bendiciones. La maldición de Eva entraña la muerte, porque Dios hizo al hombre naturalmente defectible y por lo mismo mortal, aunque fue elevado a la inmortalidad. Perdió esa eternidad por el pecado original de Adán y Eva. Hay dos linajes, el de Eva: un linaje maldito; y el de la Santísima Virgen: un linaje bendecido. En el linaje de Ella, están todos aquellos que la reconocen como madre, que pertenecen al seno de la Iglesia y más aún, aquellos que se consagran a Ella, que rezan el rosario y que llevan el escapulario, que la veneran de un modo especial por esa plenitud de gracia, por esa exaltación, por esa bendición, y porque también está profetizado que Ella aplastaría la cabeza de Satanás y del linaje de Ella saldría nuestro Señor que es Dios, que triunfa contra el mal.

Por lo mismo la Iglesia, aunque sufra, es una Iglesia llena de esperanza aun en medio del padecimiento, porque si la tenemos a Ella por Madre y somos de su linaje, vamos a ser odiados por el otro linaje antítesis de Ella. Los hijos de Eva, los que no reconocen a nuestra Señora, no reconocen a nuestro Señor, no reconocen a la Iglesia. Hay una enemistad hasta el fin de los tiempos, no nos extrañemos de que haya persecución, de que haya guerra religiosa, de que haya oposición; y no que ahora nos vengan a hacer bajar la guardia en el falso ecumenismo donde no hay enemigos, porque es mentira, el demonio existe y el mal existen, igual los malos hijos y combaten a los buenos, a los del linaje de nuestra Señora, como combatieron y mataron a nuestro Señor.

No hay peor ignorancia que la de ignorar el enemigo, y no hay peor burla del enemigo, que la de hacernos creer que no existe; por eso Satanás ríe haciéndole creer al mundo moderno que no existe y es hoy más satánico que nunca; los juguetes de los niños son diabólicos, esas figuras monstruosas, esos dibujos animados en la televisión también monstruosos, inculturizando a los niños para que cuando vean volar a los demonios los tengan por sus ídolos y sus héroes. No entiendo cómo hay padres de familia que les compran un juguete monstruoso a sus hijos; realmente no se piensa, eso demuestra hasta qué punto se nos enceguece con la propaganda, el bombardeo, la desfiguración del arte, la destrucción de la realidad que Dios ha creado y eso viene del odio del infierno. Desgraciadamente los secuaces de carne y hueso, los hombres que no pertenecen y no quieren pertenecer al linaje de nuestra Señora y que sí son del linaje de Eva, maldecida, corrupta. Nuestra Señora es la antítesis y en Ella están todas las bendiciones.
“Bendita eres entre todas las mujeres”. ¿Por qué esa bendición? Por ser la Madre de Dios, porque es “Bendito el fruto de tu vientre”, que es Jesús, Dios. Así que hoy, con la Asunción, nosotros podemos proclamar con gozo, con regocijo, que tenemos una madre en el cielo, coronada en el cielo, venerada por todos los ángeles, omnipotente ante los ángeles, omnipotente por participación porque sólo Dios es omnipotente absoluto; pero a Ella por ser la Madre de Dios, nuestro Señor le da todo ese poder de su gracia para que Ella sea el canal por el cual esas gracias nos lleguen, así como el agua nos llega a través del acueducto. Ella es así, el canal, el conducto por el cual nos llega esa agua pura del cielo, que nos salva y nos asemeja a Dios.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, ser sus verdaderos hijos, no como muchos que siguen falsas devociones, como lo dice San Luis María Grignión de Montfort, sino que seamos de los verdaderos y que podamos tenerle en nuestro corazón un altar privilegiado, para que Ella sea nuestro socorro y nuestro auxilio, sobre todo a la hora de nuestra muerte. +

BASILIO MERAMO PBRO.
15 de agosto de 2001.

domingo, 8 de agosto de 2021

UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo vemos el milagro que hizo nuestro Señor con el sordomudo; en otras ocasiones nuestro Señor hizo milagros e incluso curó a un mudo sin hacer ningún gesto, como vemos que lo hace según el relato de hoy; lo lleva aparte, le introduce los dedos en los oídos, le toca la lengua con su saliva, gime, y dice además “éphetha” que quiere decir abríos o ábrete. Y nos podemos preguntar por qué nuestro Señor hace todo esto, esa especie de curanderismo, podríamos incluso pensar o creer, para qué todo este ritual, si como en otras ocasiones ya lo había hecho, bastaba con una simple palabra o un gesto, sin hacer tanto aspaviento y, más aún, después de hacerlo le pide que no lo comunique, que no lo propague, aunque más se dan a conocer milagros.

Nuestro Señor claramente quiere acentuar un símbolo, una enseñanza con estos ademanes, tanto es así, que en el rito del bautismo que nos da la fe, se toman casi todos estas señas que hizo nuestro Señor en este milagro. Y ¿cuál es la razón? Dejarnos una lección, no tanto con la palabra sino con los actos, porque los milagros de nuestro Señor también son parábolas o enseñanzas en acción, como han dicho y hecho ver muchos santos. Así quiere mostrar la génesis, el origen de la fe, que es tan importante, que es esencial en la vida sobrenatural, en la de la Iglesia, en la nuestra, en la del mundo. El mundo sin fe sería diferente y de ahí la necesidad de ella para salvarnos.

Así que nuestro Señor quiere mostrar cómo esa fe se origina en nosotros por medio de la intervención de Dios, porque es un dony una gracia de Dios; viene por el oído, el oído de la palabra de Dios.

Por eso la urgencia de la predicación de la palabra de Dios, del Evangelio, para que oyendo el relato de la vida de nuestro Señor, creamos en Él, que es Dios, el Mesías, el Hijo de Dios, y no seamos infieles.

Por eso hizo todas estas señales, estas gesticulaciones y ordenó que no se dijera, porque la fe no es una cuestión de propaganda, de publicidad, como se vende cualquier producto, sino que es una conversión interior del alma que se transforma y se adhiere a Dios; la fe es un don sobrenatural que nos hace unir nuestra inteligencia a la verdad revelada, a la verdad primera que es Dios bajo el influjo de la voluntad que con la gracia de Él nos mueve.
Por ello hay un acto libre, y el que no tiene fe, libremente la repudia, la rechaza, no quiere someterse, no quiere que su inteligencia se adhiera a la verdad revelada; de ahí el choque frontal del rechazo de la fe, del repudio de nuestra inteligencia a aceptar la verdad revelada por Dios, que es el mismo nuestro Señor, es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, su revelación y manifestación hecha carne. Eso es lo que el mundo no acepta, se opone y de ahí el estado de permanente lucha, oposición y contradicción mientras exista, no solamente de cada alma frente a Dios sino de todo el mundo frente a Él y su Iglesia.

Por eso la gravedad de la hora presente en la cual el hombre moderno por decisión propia no busca la adhesión a la verdad y mucho menos primera revelada que es Dios; lo que quiere es sumarse a lo terrenal y por eso aplica la inteligencia a la técnica, al progreso y a las riquezas materiales, al poder y al dominio, pero no busca lo de Dios. Al buscar a Dios todo lo demás vendrá por añadidura; hasta la misma política no puede prescindir de Dios y si lo hace es mundana, y es lo que está pasando, cuando los intereses políticos, económicos y sociales no son los del amor a la verdad. Hay que buscarla y encontrarla y una vez que la hallemos unirnos a ella y amarla.

Siempre ha sido lo misma, el maldito naturalismo, esa rebelión de la criatura y del hombre contra Dios, aún más, de la natura angélica que se rebela, que no se somete y que por eso no acepta otra verdad que el hombre; hoy se predica la dignidad y libertad del hombre y sus derechos, la persona humana; el culto y la religión giran en torno a esa maldita y apostática libertad del individuo. Esa es lo detestable del mundo moderno y será la condenación de cada uno de nosotros si apostatamos de ese sacrosanto deber como criaturas, de adorar, de conocer y de rendir culto al verdadero y único Dios de la revelación, y no confundirlo miserable y diabólicamente con cualquier fetiche o ídolo de nuestra imaginación. Es un absurdo y es en el fondo una apostasía que culminará con el rechazo pública y oficialmente de Cristo instaurado dentro de la Iglesia que es el anticristo, el que se opone y disuelve a Cristo; que no quiere someterle, ligarle ni subyugarle su corazón. Es por lo mismo que San Juan dice que el anticristo es el espíritu que se desune y se aleja de Cristo, que quiere estar libre de Él.

Y ¿qué libertad no vemos hoy en nombre del hombre, de los derechos humanos, de las naciones unidas en contra de Cristo y de la Iglesia? Maldito y condenado mundo y por eso camina al suicidio; ese será el trágico final del hombre ensoberbecido que no quiere adorar y aceptar a su único y verdadero Dios. Ya no son solamente los reyes de esta tierra, los poderosos, los gobernantes, las naciones que se oponen a Cristo, sino que de la misma Iglesia la jerarquía, sus cardenales, sus obispos, sus sacerdotes, sus religiosos, sus religiosas, sus monjes y monjas en la gran mayoría o totalidad, excepto un pequeño rebaño copulan, fornican con los reyes de la tierra, bebiéndose la sangre de los mártires. ¿Habrase visto mayor postración y desolación en el templo sacrosanto de Dios?

Pues eso es lo que está sucediendo, eso es lo que quiere el cardenal Castrillón Hoyos, que ceda ese pequeño rebaño, la tradición liderada por monseñor Lefebvre y por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que fornique así con los reyes de la tierra, de este mundo, para sojuzgar la Iglesia, y que el poder espiritual quede en las manos de los poderosos de este mundo. Y eso lo harán no a través de una persecución violenta que generaría mártires, sino de la locuacidad del pseudoprofeta, la bestia de la tierra, que con su lengua diabólica y perversa habla como el dragón pero tiene imagen de cordero, y llevará a los fieles a la apostasía.

Es mi deber, sobre todo ahora, cuando me voy, que por lo menos les quede eso de recuerdo, para que cada uno de ustedes sepa defender su fe, a pesar de la jerarquía que nos va querer hacer apostatar, claudicar. Por eso es deber de cada fiel conocer su religión para poder sostenerse cuando no haya quien predique, cuando no haya sacerdotes valientes, obispos o cardenales que así lo hagan, porque hoy no vemos ni un solo cardenal, y obispos muy pocos.

De cinco obispos tradicionalistas quedan cuatro; esos cinco eran los sucesores de monseñor Lefebvre y de monseñor De Castro Mayer. No hay que olvidar que los sucesores de monseñor De Castro Mayer en Brasil claudicaron; el cardenal Castrillón les endulzó el oído, les compró la conciencia y los amedrentó bajo excomunión, bajo herejía, bajo cisma. ¿Cuál excomunión, cuál herejía, cuál cisma? Si los hay, son ellos quienes los producen en la Iglesia miserablemente, y somos nosotros, los fieles a la Tradición de la Iglesia, los que preservamos la verdadera autoridad, la verdadera jerarquía, la verdadera obediencia, el verdadero amor a la verdad y no en lo que están convirtiendo a la Iglesia, en un lupanar de corrupción.

Ese es el gran escándalo que hay y la gran persecución contra aquellos que, como nosotros, nos esforzamos humildemente en querer acatar la verdad, en querer obedecer a la Iglesia, en querer ser fieles a nuestro Señor. Por eso se nos acosa inmisericordemente mientras que el resto vive sin problemas, sin hostigamiento; porque pareciera que no hay peor cuña que la del mismo palo.

Eso lo tienen que tener presente, mis estimados fieles, si quieren salvar sus almas, porque lo más fácil es seguir la corriente, dejarse arrastrar y pintarlo todo con el rótulo de obediencia que es una traición a Dios. Primero hay que someterse a Dios. ¿Con qué derecho un padre puede corromper a sus hijos en nombre de la obediencia, en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo sería porque el acatamiento exige la autoridad y ésta reclama que sea participada de Dios que es el Creador de todo.

Luego, para demandar subordinación hay que tener esa autoría de Dios, en su nombre y no para combatirlo. Eso es lo que hace legítima la autoridad y la obediencia que se pide en consecuencia, y sin eso no hay acatamiento sino obsecuencia o servilismo; y donde hay sumisión no hay subordinación, porque no hay virtud allí donde no hay libertad. Las piedras y los animales no son libres, no obedecen, cumplen con instintos la ley de la vida, pero en el hombre, que tiene libertad, es todo lo contrario y esa es la verdadera libertad que nos hace independiente, la libertad en la verdad; por eso la fe (dice Santo Tomás de Aquino), tiene por objeto la verdad primera que es Dios revelado y por eso el deber trascendental de cada uno de nosotros, de cada hombre, de cada criatura inteligente de adherirse a esa verdad, reconocerla, aceptarla y no liberarse de ella y negarla para autoafirmarse como lo hizo Satanás con su “non serviam”, no serviré, no me someto, no me adhiero a la verdad en nombre de mi naturaleza, de mi excelencia, de mi personalidad, de mis derechos.

He ahí el primero y gran pecado de herejía, de apostasía, del naturalismo que va cambiando de nombre pero que es en esencia siempre lo mismo y por eso tenemos que estar muy atentos para que no nos engañen, para que no nos dejemos estafar y para que podamos defender nuestra religión como lo hicieron tantos mártires en la soledad, en el abandono, en el arrinconamiento, cuando lo más fácil era seguir a los demás.

Por eso, todo verdadero católico y más hoy día, es un mártir, en potencia al menos, y eso es lo que exige nuestro Señor, esa capacidad de inmolación; es decir, que si es su voluntad estemos dispuestos a morir por la verdad, así como Él lo hizo en la Cruz. Nuestra religión es de sacrificio, eso significa la Cruz y por eso nos la quieren quitar para que haya una religión sin Cruz. Ésta nos la recuerda la Santa Misa, por eso la gravedad de la nueva aunque muchos fieles no se den cuenta, porque justamente se trata de camuflar, de disfrazar, que es lo que en realidad está pasando.

Debemos pedirle a nuestro Señor cada día la fe, para permanecer firmes en ella, porque el diablo anda a nuestro alrededor viendo a quién va a devorar y por eso hay que permanecer de pie, como nuestra Señora en el Calvario. Mientras los apóstoles huyeron despavoridos, cobardemente, Ella se quedó allí con algunas piadosas mujeres y San Juan, pero ninguno por mérito propio, sino por estar al lado de la Santísima Virgen María.

De allí la necesidad imperiosa y categórica, sobre todo en estos últimos tiempos, de recurrir a la Santísima Virgen María, para que no transijamos y podamos subir al Calvario como Ella, en esta segunda crucifixión de nuestro Señor en su cuerpo místico, que es la Iglesia. Por eso la Iglesia sufre hoy una verdadera pasión, un desgarramiento profundo que se quiere ocultar, pero que vemos con toda la corrupción existente en el mundo y dentro de la Iglesia, en sus ministros. Esta perversión nos puede afectar si no nos mantenemos alertas y vigilantes a buena distancia y en la humildad que es en el reconocimiento de la verdad. Santa Teresa decía que la humillación está en la verdad, sin ésta no la hay, no hay la virtud, no hay fe y, desde luego, sin fe no puede haber esperanza ni caridad.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos conserve en esa fe pura de la Iglesia, in-contaminada, sin error, porque así es la fe de la Iglesia, y en esa pureza poder vivir y en la medida de lo posible transmitirla a los demás para la salvación nuestra y la del prójimo y de esta forma hacer verdaderamente la voluntad de Dios auxiliados por nuestra Señora, la Santísima Virgen, que también es nuestra Madre, porque es Madre de la Iglesia. Roguémosle siempre a Ella para que nos mantenga en ese fervor y así podamos responder con verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo. +

P. BASILIO MERAMO
24 de agosto de 2003

domingo, 1 de agosto de 2021

DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 



Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
En el Evangelio de hoy tenemos la parábola que Nuestro Señor dirige a esos hombres que se tenían a sí mismos por buenos creyéndose mejores que todos los demás; se tenían por muy religiosos. Es la parábola del fariseo y el publicano y que nos viene muy bien para que no cometamos el mismo pecado de soberbia religiosa.

Los fariseos eran la élite social y religiosa del pueblo judío, que encarnaba el ideal nacional en contra del helenismo y del dominio romano. Defendían, por decirlo así, el patrimonio del pueblo elegido, sintiéndose los sucesores del espíritu de los Macabeos quienes defendieron en un momento crucial el honor y la gloria de Dios, el culto verdadero, ante la profanación, y por esto murieron mártires cuando el emperador colocó una imagen, un ídolo, en el templo;
pálida imagen de lo hecho en Asís con la imagen de Buda sobre el sagrario, de modo que si aquello fue profanación esto ya es apostasía.

Pues bien, los fariseos eran los guardianes del culto y de la religión, de las cosas de Dios y por eso se dedicaban a escudriñar las Escrituras y todo lo concerniente al culto. El publicano, un recaudador de impuestos, un "traidor" al servicio del César para recolectar los impuestos y así beneficiarse. Ser publicano entonces era lo más detestable que podían tener los judíos entre ellos y sin embargo, Nuestro Señor muestra que la oración del fariseo no es escuchada y la del publicano sí.

El fariseo que en apariencia era excelente, "gracias te doy"; qué cosa mejor que dar gracias a Dios, pero, "... porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros"; "ni como este miserable publicano", o "como esta rata", le faltaba decir. Sin embargo, Nuestro Señor mismo nos dice que no le escuchó; daba el diezmo (que eso es lo que de limosna eclesiástica por ley siempre se ha estipulado y que la Iglesia no ha urgido), o sea la décima parte o dividendos, o rentas que tenía, y ayunaba dos veces a la semana y no un ayuno mitigado, un ayuno a medias como el que hoy se hace y que ni aun así se cumple, porque nos cuesta no comer carne, hacer abstinencia, ayunar dos o tres veces al año, y es un ayuno mitigado por la debilidad nuestra.

Antes el ayuno era riguroso: absolutamente nada durante todo el día, y dos veces por semana, es lo que hace el fariseo; aparentemente era muchísimo mejor que cualquiera de nosotros, qué ejemplo. Sin embargo, nada de eso le servía, su oración carecía de valor porque todas sus buenas acciones quedaban anuladas, sin valor sobrenatural por estar viciadas de soberbia, ¡la maldita soberbia! El maldito orgullo que todos llevamos dentro y peor, no cualquier soberbia, sino la peor soberbia que puede haber, la soberbia religiosa, la soberbia de los religiosos y de los fieles religiosos.

La palabra soberbia viene del latín superbia, supra, creerse por encima de los demás, mientras que humilde humihtas, humus del humus de la tierra, el humilde es aquel que se rebaja, que se siente poco, que se siente tierra porque venimos de la tierra, del limo de la tierra, del barro. Ese es nuestro origen material al cual Dios infunde el alma, y por eso la humildad es la verdad, reconocer lo que somos, criaturas hechas de barro, luego no tenemos nada de qué enorgullecemos con respecto a los demás. Esa es la verdadera humildad y la verdadera oración: "Señor, soy un miserable pecador", sea rico o sea pobre, rey o basurero; "soy un miserable pecador", un hombre hecho de barro, de tierra. En cambio, el fariseo era soberbio religioso.

Esa soberbia religiosa la podemos tener todos nosotros y entre más religiosos peor aún, como en el clero; soberbia religiosa aun dentro del clero tradicionalista, y en los fieles; nosotros como tradicionalistas, en cierta forma como los fariseos detentores del verdadero culto, podríamos hacer esa comparación a muy justo título. Porque los fariseos no eran malos en su principio, degeneraron después; eso mismo nos puede acontecer a nosotros, grave peligro.

Dentro de la Tradición Dios ha permitido la caída terrible de sacerdotes y de fieles para que no nos enorgullezcamos. Que si defendemos el verdadero culto y somos celosos de las cosas de Dios con santo celo, reconozcamos que no es por mérito propio sino que somos frágiles vasos de barro que guardan un tesoro, el tesoro de la liturgia, de la doctrina, de la fe, pero que somos barro; somos poca cosa, la verdad no nos pertenece. La verdad es para el bien común, como lo dice la epístola de hoy: la diversidad de espíritus, unos de profecía, otros de milagros, de doctrina, de interpretación, pero es el mismo espíritu para el bien común, para la verdad, no para que nos creamos los mejores, los santos; la verdad no está para que nos sirvamos nosotros de ella, sino para que sirvamos nosotros a la verdad.

Este es el pecado del fariseísmo religioso, convertir la religión en un medio de poder, de ambición de riquezas, de política; todo lo cual es costumbre en Colombia; politizar hasta la religión; ver la jerarquía de la Iglesia convertida al servicio de la política y peor, de la mala política, porque no sirve al bien común, y no es justa porque no tiene en cuenta los principios del Evangelio que deben iluminar y dirigir toda verdadera política y aún más aquella que se estime como una política católica.

De ahí que si yo me sirvo de la religión para tener poder, riqueza y prestigio, estoy cometiendo el pecado de la soberbia religiosa, del fariseo, sea rico o pobre, pues se puede ser pobre y soberbio.

Aunque es mucho más fácil ser humilde siendo pobre, porque los mismos golpes de la vida nos hacen sentir que somos poca cosa y si tenemos resignación nos vamos por el camino de la humildad; en cambio es mucho más difícil ser humilde siendo rico, porque la riqueza me sitúa en un nivel superior, más difícil despegarme de esa riqueza, de utilizar esa riqueza para el bien común, por eso Nuestro Señor deliberadamente decidió vivir pobre y no rico en un palacio, para darnos el ejemplo. Lo que no quiere decir que ya en la pobreza sea humilde, porque puedo seguir siendo muy soberbio; así pues, si este país ha caído en la desgracia y aunque es un país potencialmente rico, somos pobres; aprovechemos esa penuria para despegarnos de cosas y así ayudamos en la humildad, sentirnos poca cosa.

Hay un cosa lamentable que debo decir, porque muchas veces la gente nueva que viene, se siente rechazada ya que los fieles más antiguos en vez de hacer un verdadero apostolado y explicarles, lo primero que hacen es mirarlos de arriba a abajo para ver quién es, qué hace éste, como si fuera publicano. No señor; y si viene mal vestido, con paciencia explicarle, que entre, que conozca, que vea, que si llegó aquí por pura curiosidad o por lo que fuera, Dios escribe derecho sobre líneas torcidas; no cerrar la puerta, ese es el verdadero apostolado, la verdadera predicación. No olvidar que llevamos más de treinta años de errores y confusiones que se agravan y que no todos tienen la suerte de haberlo visto desde un principio, sin contar la gracia que se necesita. Entonces sepamos acoger a los demás y allá ellos si perseveran o no, pero que no sea nuestra actitud la que aleje a la gente para después quejamos de que somos pocos.

Por muchos que seamos, siempre seremos pocos; por la misma situación de crisis, por el paganismo atroz del mundo; no nos hagamos ilusiones, nunca seremos multitud sino un pequeño rebaño fiel y en la medida que nos acerquemos al fin de los tiempos ese pequeño rebaño se irá reduciendo. "¿Acaso encontraré fe cuando vuelva?". Es lo que dice Nuestro Señor, y "Las puertas del infierno no prevalecerán". Dos afirmaciones aparentemente contradictorias; la Iglesia no será destruida, pero "¿cuando yo vuelva encontraré fe?". ¿Cómo es eso? sencillamente: gran apostasía, un pequeño rebaño fiel, a eso se reducirá la Iglesia y por eso no prevalecerá el infierno sobre la Iglesia, porque la Iglesia no es una cuestión de números ni de cantidad, no es una democracia, no es la mitad más uno ni lo que piense el pueblo, ni el rey, ni nadie.

La Iglesia es Dios, su santa doctrina, la jerarquía que El instituyó y los fieles. Es más, decía San Agustín: "Allí donde haya un fiel, allí habrá Iglesia", y no importa que sea cura, obispo o un simple fiel, es decir, un bautizado que tenga la fe, allí estará la Iglesia. Y dice con mayor razón Nuestro Señor: "Allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré yo, allí estará mi Iglesia". No interpretemos eso como definición de la Misa, porque una cosa es la presencia de Nuestro Señor, allí donde dos o tres estén reunidos en su nombre, y otra cosa es la presencia sacramental de Nuestro Señor en el tabernáculo, son dos cosas distintas.

Aunque estemos en la Tradición de la Iglesia, en medio de una apostasía como la que nos toca vivir, y aunque no sea evidente para todos y sí para nosotros, pues ¿Qué es si no todo lo que hoy se vive en detrimento de la moral, de la fe, del culto, es decir, de la religión católica? Si bien se mira no queda ya nada en pie, nada es santo, nada es sagrado, todo profanado, la religión adulterada, del culto no quedan más que las formas, las cáscaras, no hay contenido.

¿Cuánta gente no va de buena fe a la nueva misa? Si es que rinde culto a Dios verdaderamente, si comulga, ¿estará comulgando a Nuestro Señor? No hay una mínima seguridad ni garantía de que esté rindiendo el verdadero culto a Dios, aun comulgando.

Y si nos atenemos a la definición de la Santa Misa que para ellos ya no es ni santa ni misa, ni tampoco un sacrificio, considerando que es simplemente un memorial, un recuerdo, y no el mismo sacrificio del calvario renovado sobre el altar sacramentalmente, pensando que es una reunión o conmemoración, como cuando yo festejo un cumpleaños: eso no es misa.

Y si consagro pensando que en la consagración no hay transubstanciación, no hay entonces la presencia real, no tengo la intención de la Iglesia. Todas estas cosas no me las garantiza la liturgia moderna, porque es una liturgia revolucionaria, contra la Tradición, y yo no puedo ir contra la Tradición sin caer por el mismo hecho en un cisma, en una ruptura. Hay un cisma en la Iglesia Católica, nos guste o no. No todo lo que se dice Iglesia Católica es católica; la Iglesia Católica no puede estar dividida. Entonces, quien separándose de la Tradición por seguir la revolución, aunque piense que no está en estado de cisma y de ruptura con la Iglesia Católica, se divide. Esa es la teología, ser o no ser, otra cosa es que por ignorancia no me dé cuenta, sea o no sea culpable, esa es otra historia, si me doy cuenta o no, si tengo o no tengo la suficiente luz para ver las cosas como hay que verlas bajo la luz de la fe, sobrenaturalmente.

El simple hecho de oponerme a la Tradición de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, crea un estado de cisma y ese estado de cisma quedó formal y objetivamente confirmado, cuando Pablo VI firmó todos los decretos del Concilio Vaticano II. Los errores del Vaticano II no son de interpretación, sino que son errores de principios, y un Papa no puede firmar, rubricar como Pontífice de la Iglesia Católica algo que en principio se oponga a la Tradición de la Iglesia: es inadmisible. Eso debería estar claro después de más de treinta años, si no fue claro en su momento.

Lo lamentable es que esto no lo diga quien debiera decirlo, al menos los obispos, pues tienen la responsabilidad de apacentar el rebaño con la verdad y no pueden tolerar un estado de ruptura con la Tradición y no decirlo. Ya es hora de hablar claro -al pan, pan y al vino, vino- y que adoptemos una postura de verdad, de integridad y de fe delante de Dios, que la religión no es una cuestión de sentimientos y de pareceres; yo no voy a la iglesia para sentirme bien, yo voy a la iglesia por un acto de fe para adorar a Dios en espíritu y verdad. No se viene a Misa para cumplir con una rutina o para ser niños buenos. Asistamos a Misa en un acto de profesión de fe Católica, Apostólica y Romana de la única fe, de la fe sobrenatural, objetiva, y no de una fe subjetiva, sentimental, que nada tiene que ver con la adhesión de la inteligencia, movida por la voluntad bajo la acción de la gracia, a la verdad primera.

Pues bien, la Fraternidad enarbola la custodia de la Tradición y todos los que venimos aquí queremos mantenerla, pero no por eso somos mejores que los demás. Dios nos exigirá más en la medida en que nos dé mayores gracias y la cuota de cada uno es la fidelidad como respuesta a esa verdad y respuesta categórica. No es una respuesta a medias tintas, no es un "sí" con un "no" ni es un "no" con un "sí". "Sí sí, no no", hay una decantación y en esa decantación de la fe, en la respuesta y en la fidelidad está la prueba por la cual cada uno de nosotros pasa y por la que esta pasando la Iglesia en sus miembros, en sus fieles; ese prueba tan terrible de la cual Dios sacará un gran beneficio. Por eso permite el mal, porque como Él es todopoderoso, del mal puede hacer surgir el bien, como triunfo del bien sobre el mal; ese es el ejemplo que nos da Nuestro Señor en la Cruz, muriendo nos da ejemplo de vida, muriendo en la Cruz. De ahí la gran derrota del demonio, por derecho, porque todavía él sigue haciendo estragos hasta que Dios venga a ajustarle cuentas y por eso nosotros debemos aprovechar todas estas circunstancias y todos estos males.

Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen, nos dé la humildad con esa oración del publicano. Que esta misma crisis sea un medio que Dios nos da para que nos santifiquemos y crezcamos en la fe. Dar verdadero testimonio de Dios con toda fidelidad y que esa fidelidad a la verdad, nos haga libres. "La verdad os hará libres", somos libres, no en la democracia sino en la verdad, y la verdad es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la verdad en Nuestro Señor Jesucristo, sintiéndonos como somos, pecadores, pero que llevamos un gran tesoro, el tesoro de la fe; dispuestos a defenderlo cueste lo que cueste sin caer en la soberbia del fariseo creyéndonos mejores. Sea Nuestra Señora ejemplo de humildad a imitar, Ella, que se consideró la sirvienta, la sierva de Dios y fue enaltecida por su profunda humildad. Sigamos su ejemplo de humildad y seamos fieles a Dios y a su Santa Iglesia.

BASILIO MERAMO PBRO.
12 de agosto de 2001

domingo, 25 de julio de 2021

NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 


Amados Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este Evangelio vemos llorar a Nuestro Señor, llora ante lo que Él veía que le ocurriría a la Ciudad Santa a Jerusalén, esa ciudad que Él tanto quería. Y nos puede asombrar el hecho de que un hombre llore, por que equivocadamente creemos que son únicamente las mujeres las que lloran, no quizá como las mujeres por fragilidad, por sentimentalismo, sino por una realidad dura y cruel. Realidad dura de lo que le iba a acontecer a Jerusalén, por no haber aceptado y reconocido al Mesías Prometido, por no haber visto la presencia de Dios para abrirle sus puertas y, ante ese pecado, ante esa dureza del pueblo judío, Nuestro Señor con la sentencia que Él tenía y el don de ver tanto lo pasado como lo futuro, vio esa destrucción de la Ciudad como castigo a la incredulidad del pueblo judío; La ciudad Santa, ahí donde había el pueblo verdadero, único templo donde se adoraba verdaderamente a Dios en toda la tierra.

Por eso llora Nuestro Señor, con ese dolor, ese llanto de misericordia, de conmiseración por lo que luego aconteció con Vespaciano y Tito que destruyeron completamente la ciudad; del templo no quedó piedra sobre piedra y lo que queda del muro de las lamentaciones es la hondonada, como cuando alguien construye el borde de un precipicio y hace en ese borde un muro de contención, pero sobre la explanada no queda ni quedo piedra sobre piedra. Cumpliéndose literalmente lo anunciado por Nuestro Señor como castigo por no haber reconocido al Mesías, por eso lloró Nuestro Señor.

No podemos imaginar a las mujeres que se comieron a sus hijos para poder sobrevivir cuando Jerusalén fue sitiada por los romanos para obligarlos a rendirse o a morir, durante meses en los cuales se agotaba el alimento, como se lee en la historia de Flavio Josefo. Eso nos da una idea del horror de la situación como justo castigo por no haber reconocido a Nuestro Señor y eso le arrancó lágrimas de dolor, de conmiserción, de compasión ante esa dureza que caracteriza al pueblo elegido, los judíos, pueblo de dura cerviz.

El otro razgo que también nos puede sorprender es la actitud de Nuestro Señor cando entra al templo y con un látigo, a fuete limpio, sacuda a esas alimañas, los ladrones que profanaban su templo convirtiéndolo en cueva de ladrones en lugar de ser una casa de oración. Esto que Nuestro Señor hace al comenzar y al finalizar su vida publica, esta es la segunda expulsión que nos relata San Lucas y San Juan, nos relata poco después de las bodas de Caná antes de iniciase la vida pública de Nuestro Señor. No tengamos un imagen muy pueril de Nuestro Señor, muy boba, muy de mejillas coloradas, ojos azules y cara de niño bonito, No; Nuestro Señor es la virilidad; Esas imágenes medio afeminadas no son la expresión de la virtud, de la virilidad de la hombría de Nuestro Señor, por eso no nos debe sorprender ese gesto como de gladiador, de domador de leones con un látigo sacando a fuete del templo a esos personajes que se valían del templo para hacer negocios corrompiendo el lugar Santo.

No tengo nada en contra del arte, pero este debe expresar la realidad y desgraciadamente a los Santos los pintan muy mujeriles y afeminados, ellos no son señoritas de salón. San Juan el Bautista no era una caña que llevaba el viento, para mostrarnos que era gente aguerrida, firme, viril y aun las mismas mujeres la virilidad de Santa Teresa o de una Santa Teresita que jamás se apoyó al respaldo de una silla por hacer mortificación; No nos dejemos engañar con esas imágenes todas coloreteadas que no expresan verdaderamente eso que los santos internaron y que desgraciadamente muchas veces, hasta los curas quieren imitar para parecer buenos, hablando suave como si fuesen niñas de quince años y de pura apariencia. Por eso no nos debe asombrar el gesto incluso violento de Nuestro Señor llorando, pero también por otro lado dando fuete; este es el celo que Él tiene por las cosas de Dios

¡Qué no haría hoy! Nos sacaría a todos zumbando a latigazos por lo mal que anda el clero en la Iglesia, y los fieles que son los menos culpables por que siguen el mal ejemplo que dan los sacerdotes, los monjes, los prelados, la jerarquía; Todo se deteriora, todo se corrompe, se convierten los templos en Museos (En Europa se pueden ver los grandes templos convertidos en museos donde incluso ay que pagar para entrar a ver la parte donde están los tesoros, es decir, donde esta las cosas pertenecientes al culto debido a Dios (Nota del editor del libro))

Dios destronado del altar para colocarlo en un rincón, son todas cosas que muestran el grado de deterioro que padece actualmente la religión y no nos damos cuenta.

Esa es la razón de nuestra existencia. Mantener la Pureza de la fe, de la religión, de la Iglesia, de la santidad, y que la Iglesia no se nos convierta en una cueva de ladrones, en un lugar de comercio,sino que sea un lugar santo, la casa de Dios, donde se reactualiza el Santo Sacrificio de la Misa, no una cena, una ágape, no la conmemoración de la pascua, SINO LA RENOVACION INCRUENTA DEL SACRIFICIO DE NUESTRO SEÑOR EN EL CALVARIO PRODUCIDO SACRAMENTALMENTE SOBRE EL ALTAR; y a eso comulgamos no un pedazo de pan, no a una galleta, sino AL CUERPO Y LA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, PRESENTES BAJO LA APARIENCIA DEL PAN Y DEL VINO, al cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor junto con su Alma y Divinidad.

Por lo mismo, no se puede comulgar de cualquier forma ni tampoco se lo recibe de cualquier modo, como quien reparte pan sino con un acto de adoración, de rodillas, en la boca, en estado de gracia, con el ayuno debido, ; y que recuerdo el ayuno, lo ha repetido Monseñor Lefebvre, debe ser de tres horas y no de una, por respeto a Nuestro Señor; esa es la norma que nos debe regir. Otra cosa es que por una hora; nadie, después de haber comido, ha hecho la digestión en una hora, entonces va a recibir de postre a Nuestro Señor. Hasta donde llegan la profanación y la desacralización, la pérdida del sentido de lo sagrado que que hasta los paganos tenían; peor que pagano esta el mundo hoy, no hay sentido ni sentimiento de lo sagrado, de lo sacro, de lo Divino, todo es el hombre.

¡Maldito y condenado hombre que te vas a pudrir en el infierno! "Humanidad condenada", decía San Agustín. Esa es nuestra condición ; Si Nuestro Señor no hubiera muerto en la cruz estaríamos irremisiblemente y eternamente condenados en el infierno, no lo olvidemos y veamos esa misericordia, ese amor, esa caridad.

Pero no olvidemos, no nos creamos más de lo que somos; delante de Dios somos nada, la criatura es nada delante de Dios; no tenemos ningún derecho delante de Dios y Él tiene todos los derechos. Entonces dejémonos de estupideces con Dios, de proclamar nuestra dignidad, nuestra libertad, debemos proclamar nuestro estado de criaturas, de siervos inútiles delante de la Divina Majestad; esa es la humildad y dejemos de ser pavo reales, pura pluma en la cola y pavoneando estúpidamente mientras el tiempo transcurre y no lo aprovechamos para la eternidad. Así como Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén, ha llorado Nuestra Señora en Siracusa; No ha hecho más que llorar viendo el estado de la humanidad y de la Iglesia y no hoy sino desde hace cincuenta años. De Nuestra Señora de Siracusa, en Sicilia, poco se habla, pero esa fue la realidad, durante tres o cuatro días lloró ininterrumpidamente verdaderas lágrimas, analizadas, reconocido por el obispo del lugar y el Papa Pio XII.

No hagamos llorar más a Nuestra Señora, no obliguemos a Nuestro Señor a sacarnos a fuetazos. Eso sería lo menos que hiciera, porque en aquel templo todavía no estaba su presencia real como lo debería estar en los templos católicos, en las iglesias Católicas donde está la presencia real, el verdadero culto que es el que los modernistas han destruido con la nueva misa. Por eso la nueva misa no se define, no se considera, no se reputa como un sacrificio, sino como una syntaxis, como una cena, como un ágape, como un recuerdo, no ya de la pasión sino de la pascua y aleluya. "No todo el que dice ¡Señor, Señor, Aleluya!" Aleluya quiere decir alabado sea Dios. Pero "no todo el que dice ¡Señor, Señor entrará en los cielos!", no todo el que dice "aleluya" entrará en los cielos.

Supliquemos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María,que conservemos por lo menos nosotros la fe, la religión, el verdadero culto; que no perdamos el sentido de lo sacro, de la divinidad de Dios y de la miseria y la indigencia que nos caracteriza a nosotros como seres humanos y como criaturas. Para que asi, en esa verdadera humildad, podamos invocar santamente el nombre de Dios, salvarnos y salvar a los demás, ayudándolos a que salven sus almas con la gracia de Dios. Pidamos todas estas cosas a Nuestra Señora y que comprendamos, manteniéndonos firmes en la Tradición de la Iglesia, que no es facultativa; no se viene a esta capilla por que sea bonita o fea, sino por que se viene a adorar a Dios, a Nuestro Señor, no de cualquier manera. Venimos a pedierle a Él esa ayuda, para así santificarnos y que nos salvemos en la hora de nuestra muerte.+

BASILIO MÉRAMO PBRO.
5 de Agosto de 2001.

domingo, 18 de julio de 2021

OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Se nos muestra hoy en el Evangelio al mayordomo infiel. Parábola que no deja de presentar cierta dificultad. Por un lado –aparentemente– hay una acción mala y sin embargo, nuestro Señor alaba esa perspicacia del administrador desleal. A primera vista podríamos pensar que se trata de un robo, de una falsificación que hace el trabajador hipócrita al rebajar la cuenta y estaríamos muy mal parados porque sencillamente nuestro Señor no podría alabar algo que fuese en sí malo, con un ejemplo malo, de robo o de falsificación, como desgraciadamente algunos predicadores ligeramente se han aventurado a decir; y por eso el padre Castellani, eminente exegeta, esclarece estos puntos.

Y así otra cosa es que el mayordomo tenga facultad en nombre de su amo, para hacer y deshacer dentro de ciertos límites, como pasa con un administrador de amplias facultades, que se aprovecha abusando, estira un  poco más la manga y así se beneficia. Era lo que hacía este mayordomo, que sin robar, sin falsificar, aprovechaba, como aquel que parte y reparte se queda con alguna parte. Pudo de esta manera condonar parcialmente su deuda, porque si no, no sería válida esa escritura, ese papel, si no hubiera tenido esa facultad. La cuestión está en que lo hizo no en beneficio de su amo, sino para el suyo propio, para granjearse la amistad cuando no tuviera ya aquel trabajo. 

Por eso alaba nuestro Señor la sagacidad de ese mayordomo infiel, en el sentido que acabo de decir, y lo pone de ejemplo para que los hijos de la luz seamos más perspicaces que los hijos de este mundo, los hijos de las tinieblas.


Vemos cómo nuestro Señor excluye la estulticia, que en lenguaje vulgar es la estupidez. Mucha gente cree que la religión nos vuelve tontos, imbéciles. ¡No señor! La religión nos dignifica, nos cultiva todas las potencias del alma, entre ellas la inteligencia, y tanto es así que hay un don de inteligencia, un don de sabiduría, un don de ciencia. Lejos entonces de la religión y de la Iglesia esa santa bobería, esa estupidez que no es característica de la sabiduría divina ni de la de la Iglesia, ni de la sabiduría de los santos.

Otra cosa es la mansedumbre, la bondad, la paciencia, pero un santo jamás será un tonto, un bobo o estúpido, un estulto. En eso quieren convertir la religión los enemigos, Satanás. El católico no es un castrado espiritual, que no ve, que no oye, ¡No señor! Tiene la luz de la fe y los dones del Espíritu Santo, para que combata al mal y sea más sagaz, más perspicaz que los hombres de este mundo en sus negocios. Y es una vergüenza que esto suceda. Pero nuestro Señor sabía que iba a pasar y por eso nos pone el ejemplo, para que no nos dejemos sacar ventajas.

¿Cómo es posible que el avaro piense y gaste más su tiempo contando las monedas de su negocio que nosotros, por lo menos lo mismo, en los negocios y en las cosas de Dios? Le pone mucho más amor el hombre de este mundo a sus negocios, en los que tiene puestas la fe y su esperanza, que el católico en Dios y en la Iglesia. Nuestro Señor nos advierte, para que tengamos, por lo menos, esa misma sagacidad e intuición, y así poder defender el patrimonio divino de la Iglesia y la fe contra los enemigos, contra todo aquello que ataca a la Iglesia. Lo vemos hoy de una manera más evidente; faltan esos hombres sagaces que defiendan a la santa madre Iglesia para no dejarnos aventajar por el enemigo que está muy bien organizado y muy bien guiado, porque hay una gran inteligencia en los misterios del mal, y esa gran inteligencia es la de Satanás, la de Lucifer, uno de los ángeles más poderosos y brillantes que había creado Dios, y que le dio la espalda por puro orgullo.

Y si la Iglesia y la santa religión están en situación tan calamitosa, no es tanto por la culpa del maligno, de los malos hombres de este mundo, sino por la culpa de aquellos que nos decimos católicos y que no tenemos esa inteligencia, esa agudeza para defendernos de los malos, para defendernos del mal. Es una actitud que claudica, es como el cuerpo que no tiene vigor para repeler el virus, la enfermedad, y toda enfermedad hace mella en el cuerpo que no es vigoroso; entonces, si el mal entra en la Iglesia es por la falta de fuerza de sus miembros, de ingenio, de inteligencia, de espíritu de combate, y éste ha sido viciado por el pecado del liberalismo; por eso San Ezequiel Moreno Díaz, patrono de este Priorato, hizo escribir en el sarcófago ese epitafio magnífico con letras grandes, para que quedara definido cuál era el problema: “El liberalismo es pecado”.

Y ese liberalismo es el que nos hace claudicar, no ver enemigos, no ver el mal que nos quita la energía de combatir como un organismo sano y nos hace tolerantes, pacifistas, para que así el virus encuentre facilidad en destruir el organismo; eso pasa en la Iglesia. Y todo aquel que de algún modo lo combate es automáticamente puesto en un rincón, desechado; por eso hoy abundan en la Iglesia esos obispos y cardenales tolerantes, pacíficos, sin espíritu de combate por la verdad y el amor a la santa Iglesia.

Entonces, no es de extrañar que estemos en esta situación, con la religión en flagrante decadencia; pero Dios permite todo eso para mostrar que aun así su Iglesia es divina, aunque sufra acrisolada, como el oro en el fuego, para que se purifique. Permite que haya esa angostura, esa estrechez que nos toca sufrir si somos fieles y perseverantes en nuestro Señor y en la santa Iglesia, en la Iglesia católica, apostólica y romana, aunque de Roma nos vengan hoy la herejía y el error por vía de autoridad.

Ese es el gran misterio de iniquidad anunciado mil y una veces por tantas profecías, por nuestra Señora en La Salette, en Fátima, en Siracusa, donde no hizo más que llorar, llorar y llorar. ¿Y cuándo una madre llora sin parar, sin decir palabra? Cuando ve el estado infeliz de sus queridos hijos; pues bien, ese estado triste fue el que Ella manifestó con un llanto incesante durante tres o cuatro largos días, en 1953, durante el pontificado del papa Pío XII.

 ¿Y qué no diría hoy cuando ya han pasado cincuenta años y la cosa es mucho más grave? Debemos por eso ser sagaces también en las cosas de Dios, como por lo menos lo son los hombres con los asuntos de este mundo. Esa es una parte de la moraleja de esta parábola que encontramos en el evangelio de hoy.


La otra parte es que ese dinero inicuo, no robado, no ha sido obtenido según la moral, porque yo puedo hacer que un objeto sea mío, pero de un modo moralmente aceptable.

Cuánta gente hace dinero con trabajos que hacen daño, como lo puede hacer un farmacéutico vendiendo drogas abortivas, o como lo puede hacer una gran empresa haciendo películas malas; no está robando, pero sí está obteniendo un dinero, aunque propio, mal habido, dinero inicuo, de iniquidad. El dinero ganado con la prostitución, clásico ejemplo del dinero mal habido. Sin embargo, no es robado, le pertenece en justicia a la persona, por eso no debe reintegrarlo. ¿Qué hacer con ese dinero? Granjearme el favor de Dios haciendo limosna con él, porque si fuera dinero hurtado debería restituirlo en justicia a su legítimo dueño y si no lo puedo hacer para no delatarme, sí debo darlo de limosna a los pobres, pero eso es otra tema.


Lo que quiere decir nuestro Señor es que con todo ese dinero mal habido, si nos arrepentimos de haberlo obtenido de un modo inmoral y si hacemos limosna con él, nos ganamos el cielo. Qué esperanza se nos abre ante un mundo que no hace más que pensar en ganar dinero sin importar de qué manera. Y así, entonces, tenemos la segunda parte que nos ofrece nuestro Señor, para que con ese dinero mal habido, una vez arrepentidos, aunque nos pertenezca, se nos abran las puertas del cielo si lo empleamos bien dándolo al necesitado.

Esa es la enseñanza que nuestro Señor nos deja en este pasaje del evangelio de hoy, en esta parábola que nos ayuda a tener más confianza en Dios y a ser más generosos, sabiendo que ese altruismo será retribuido con la gloria del cielo.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que tengamos esas disposiciones de corazón, para poder ganarnos el cielo a pesar de los dineros mal habidos y que no nos dejemos aventajar por los hombres de este mundo, que no sean más sagaces en sus negocios que nosotros en defender nuestra santa religión y la santa madre Iglesia. +

P. BASILIO MERAMO
14 de julio de 2002

domingo, 11 de julio de 2021

SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el Evangelio de hoy vemos la advertencia que nuestro Señor hace a la Iglesia, a sus discípulos y a sus fieles. Advertencia que debe ser criterio de discernimiento para conocer a los verdaderos pastores. Criterio de verdad y de doctrina que hoy es más necesario que nunca, en medio de esta confusión espantosa de orden religioso, teológico y doctrinal con el consiguiente coletazo de derrumbe moral que no es más que la expresión de la corrupción doctrinal y conceptual que hoy impera.

Hay que hacer hincapié en esta advertencia de nuestro Señor, porque desde la Revolución francesa el liberalismo imperante en los corazones no ha hecho más que debilitar la capacidad de reacción y de combate del católico; es como un sida espiritual que destruye el aparato inmunológico del espíritu católico para combatir el error y la herejía. Lo típico del liberalismo es diluir toda capacidad de resistencia y de combate, de verticalidad y de ahí el odio entrañable a todo aquello que sea dogmático y vertical, tajante, porque se quiere vivir en un espíritu de acomodamiento al mundo, configurándose con él; la divisa de San Pablo era “no os configuréis con este siglo”, con este mundo, hacer entonces desaparecer el antagonismo entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, ese es el espíritu del cual estamos imbuidos.

La gran diferencia está en querer combatirlo; el liberal propiamente dicho es el que no quiere contender en sí mismo ese espíritu, que es el arma de Satanás para poder así dispersar el rebaño. Ese es el mal que afecta a la jerarquía de hoy, a los pastores; por eso monseñor Lefebvre insistía contra el liberalismo que desgraciadamente aquí en Colombia se convierte en un tema político, y antes de ser un tema político o de partido, es una concepción teológica y filosófica en contra de Dios que reivindica la libertad del hombre ante Dios y ante la Iglesia, ante los principios que limitan al hombre y que por eso tergiversan la libertad. Vemos, por tanto, al hombre de hoy queriendo ser libre sin que nada lo limite en el sentido de restricciones de los apetitos, sean cuales fueran las exigencias; por eso cada uno pretende hacer lo que le dé la gana y no hay principio de autoridad en la sociedad ni en la Iglesia; está destruido.

Y la advertencia de nuestro Señor es que se juzgue al árbol por sus frutos. El mal árbol no puede dar buenos frutos y el bueno no los puede dar malos. Eso nos lo dice para que juzguemos dentro de la misma Iglesia quiénes son los falsos profetas; es una realidad que nuestro Señor quiere poner en evidencia, la prueba que habrá y que hay en la Iglesia por los fingidos pastores. ¿Qué es un profeta dentro del contexto de la Iglesia?, pues un hombre que habla en lugar de Dios y da luz. Y un falso profeta es justamente lo contrario, aquel que usurpa el nombre de Dios no para dar luz sino para confundir y destruir; eso acontece hoy de un modo excepcional, porque lo general es que haya verdaderos profetas, doctores, prelados que defiendan la verdad y a las ovejas y no como el lobo rapaz disfrazado de oveja.

Hasta dónde llega nuestro Señor para que no pequemos de bobería, de estulticia, porque vienen con apariencia de oveja, con la zamarra, es decir que no se presentan como irreligiosos impíos o abominables degenerados, sino como muy piadosos, religiosos, bondadosos, hablándonos en forma halagüeña y fácil para hacer vibrar el corazón sentimental que cada uno tiene y por eso a veces a la gente se le cae la baba por puro sentimentalismo. Por eso nuestro Señor advierte la gran argucia y astucia de ese cinismo terrible, ocultarse bajo la piel de oveja, de cordero, que simbolizan la mansedumbre, sobre todo a la hora del holocausto, de la ofrenda, por eso representa a nuestro Señor inmolado, que se deja sacrificar sin rechistar. Con esa apariencia de Cristo opera el mal. Hay que tenerlo presente en las actuales circunstancias de la Iglesia y de Roma; es un hecho.

Nuestro Señor habla de los frutos, de los hechos y no de las palabras pues éstas se dicen pero son las acciones las que demuestran cuál es el buen y cuál el mal pastor, el buen y el mal prelado. Porque dice Santo Tomás que esos malos pastores, esos falsos profetas son los doctores, los prelados, los obispos, los que tienen prelatura, es decir, un cargo importante en la Iglesia: monseñor, obispo y cardenal. A eso se refiere nuestro Señor, a que habrá obispos y cardenales, prelados que son falsos profetas. Podrían hasta citarse los nombres, pero “ante las circunstancias, abstente”, pues hay gente que se hace una imagen errónea de alguien en particular y aceptan la cuestión en abstracto, pero cuando se les apunta con el dedo afinando la puntería hasta el caso concreto hasta allí se llega, se resiste y se cierra el oído a la verdad buscando aquellos falsos doctores que dicen cosas halagüeñas, como la sirena que susurra al oído.

Es muy distinta la actitud católica y piadosa. Se trata de una santa intransigencia, santa intolerancia del organismo sano que rechaza los virus deletéreos de la enfermedad; sólo en un organismo viciado, corrompido, hace mella la enfermedad, porque no la resiste, no la combate, no la expulsa. Ya decía Menéndez y Pelayo que la intolerancia era lo propio del católico sano y es justamente el liberalismo masón el que nos habla de tolerancia para todo menos para el bien y la verdad y, por tanto, el mundo de hoy no gusta de aquellos que hablan un poco duro, porque sólo quieren palabras aduladoras. Esa es la dificultad, no se quiere oír y mucho menos pensar.

Impera, por tanto, lo “light”, lo suave, lo dulce, cuando es tan otra la realidad; nuestro Señor mismo advierte que no todo aquel que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, que quienes den malos frutos entrarán al fuego del infierno, que hoy ha sido públicamente negado.

Nadie se debe asombrar. Ha sido el cardenal Castrillón quien ha publicado una carta escrita al superior de la Fraternidad, monseñor Fellay, con una apariencia de autoridad bondadosa, en la que impugna en el fondo la actitud de la Fraternidad. Eso exige una respuesta porque es un gran ingenuo o un falso profeta con apariencia de oveja, para desgracia, colombiano; hay que leer la carta ya que él mismo la hizo pública y al ser tal abre tema al debate también público. Cualquiera, en defensa de la verdad y honor de la Iglesia, está facultado para responder, porque no es mal de una sola persona, cardenal o fiel, sino que es un mal que está afectando a la Iglesia universal y ella es inconsútil, no tiene remiendos, costuras, divisiones, es una y santa; su doctrina es una y es santa, luego no se puede pontificar en el error. Vaya si lo hay tanto en prelados como en fieles que se dicen todavía católicos.

La fe de la Iglesia no puede claudicar en el error; iría contra el dogma de la indefectibilidad doctrinal de la Iglesia. Eso debe hacernos reaccionar, reflexionar, pues no es la primera vez que se cae en error y herejía. Casi todo el Imperio romano cayó en el arrianismo y algo igual ocurrió con Inglaterra y el protestantismo, y la mitad de Europa apostató con la Reforma Protestante y ¿acaso no advierte Nuestra Señora en Fátima que se perderá la fe no ya de una nación o un continente sino en el mundo? ¿Entonces qué pasará?, ¿o es que no se es capaz de intuir para poder encontrar el contexto que nos da la luz para seguir la verdad?, porque el verdadero católico, hijo de la luz, posee la fe y por eso no puede vivir en la duda; tiene que vivir en la verdad y el fiel que duda no lo es, puede dudar un momento pero no puede vivir en la duda, tiene que vivir en la certeza de la verdad poseída por la fe. Ese es el dogma católico y no el relativismo doctrinal predicado hoy por doquier.

Si verdaderamente somos católicos tenemos que saber dónde está la verdad y con certeza de fe doctrinal; y si vemos que algún fiel no la tiene, se le ayuda, pero no por eso se va a dejar arrastrar en esa duda que es claudicar en la posesión de la verdad, de esa veracidad que posee íntegra y totalmente la Iglesia católica, única arca de salvación. Este es un dogma negado hoy por el ecumenismo, negada la exclusividad de la Iglesia como arca de salvación y como poseedora exclusiva de la verdad sobrenatural.

Es un nuevo arrianismo el que niega la divinidad del cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Antaño el arrianismo negaba la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, admitía que era un buen profeta y un gran hombre, pero no Dios y hoy se niega la divinidad de la Iglesia, su exclusividad, y se la coloca en plano de igualdad con falsas religiones que tienen por autor a Satanás, como reza el Salmo 95, “Los dioses de los gentiles son demonios”, es la palabra de Dios, todo ello perpetrado por falsos profetas imperantes y gobernantes dentro de la Iglesia. Por tanto, hay que contestar esta carta al cardenal Castrillón porque esto no es posible, si realmente es un verdadero pastor, que no siga en el error, o que no use la zamarra de oveja. Cosa difícil.

Por tanto, atenernos a los frutos para poder discernir la verdad del error, el bien del mal y dentro de la Iglesia. Misterio de iniquidad. Uno de los cinco grandes misterios de los cuales habla San Pablo, como lo advierte monseñor Straubinger, el misterio de iniquidad que en general es el mal, el pecado, pero de modo particular es la gran apostasía que culminará con el anticristo, que pisoteará a Roma y se sentará en la cátedra de Pedro. Ya la Virgen, en La Salette, dijo: “Roma perderá la fe y será sede del anticristo”. Si esto es mentira, entonces tampoco es verdad La Salette; pero si lo de La Salette es cierto, entonces hay que abrir los ojos para no sucumbir bajo las doctrinas deletéreas de los falsos profetas.

Eso es lo que nuestro Señor en todo tiempo dice y se aplica hoy como nunca, para no transigir en la fe, para permanecer fiel a su depósito, al revelado y que no se diluya en medio de las falsas doctrinas y falsos credos, como lo quiere el ecumenismo. Esa es la realidad. Hay que pedir, pues, a nuestra Señora de La Salette y de Fátima nos dé la fe profunda para permanecer fieles a la verdad y no flaquear en nombre de Dios y de la autoridad.

Pidamos a la Santísima Virgen María nos dé esa fe y ese amor a la verdad para, si es necesario, morir por la verdad, poder ofrecer en holocausto de expiación por nuestros pecados y los de los demás esa sangre como lo hizo nuestro Señor en la Cruz. Ese es el espíritu católico y cristiano, esa es la verdadera devoción. Tengamos presente todo esto para profesar a nuestro Señor Jesucristo, unidos en la verdad. +
 
PADRE BASILIO MERAMO
7 JULIO 2002