Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este noveno domingo después de Pentecostés vemos en el evangelio que nuestro Señor Jesucristo llora al ver la ciudad de Jerusalén. Y es admirable saber, por la narración que hace el Evangelio, que por lo menos dos veces lloró nuestro Señor. En esta ocasión sobre Jerusalén, y la otra por la muerte de Lázaro. Sin embargo, jamás dice el Evangelio que reía, y aquí un paréntesis, ¿por qué? No quiere decir que no estuviese alegre o que no sonriese, pero no ríe como el mundo, a carcajadas, alocadamente, que lo menos que demuestra es un alma superficial que no está equilibrada y por eso prorrumpe en esa risotada, en esa desfachatez de la inestabilidad espiritual y psicológica; de ahí la gravedad en el rostro de nuestro Señor. Así mismo le siguieron los santos con alegría, sin tristeza, pero sin esas carcajadas estrepitosas.
El Evangelio hoy nos muestra a nuestro Señor llorando. No es que no lo hagan; claro que sí, pero no tan prontamente, tan rápidamente, tan sentimentalmente como a veces por su sensibilidad lo suelen hacer las mujeres. Y cuando un hombre se conduele es terrible, es grave, es serio. Por eso lloró nuestro Señor ante la ciudad sabiendo lo que le iba a ocurrir por su idolatría, por su abominación, por no haber estado a la altura del Mesías que profetizaban las Escrituras, los profetas y la Revelación del Antiguo Testamento. Llega el Mesías y Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de Dios no estaba preparada para recibirlo.
Por eso Él llora viendo lo que cuarenta años más tarde iba a ocurrir. La divina Providencia se valió de los romanos, de Tito y de Vespasiano para destruirla sin dejar piedra sobre piedra. Y el muro de las lamentaciones es un dique de contención, no es un paredón del templo propiamente dicho sino de un barrancón, de una cañada que hay allí, formando parte de las bases; por eso no se derrumbó, porque del otro lado hay tierra, hay una planicie.
Puede extrañarnos que haya ese muro, si lo que nos imaginamos es uno normal, mientras que las Escrituras dicen que no quedaba piedra sobre piedra y así ocurrió; fue atroz ese asedio de los romanos, muchas mujeres llegaron a matar a sus hijos y a comérselos, o a alimentarse de cosas podridas. Eso lo cuenta Flavio Josefo, gran historiador judío, ante el terror de ese asedio, de esa devastación de la ciudad santa en castigo por no reconocer y recibir al Mesías.
Llora nuestro Señor de lástima, de conmiseración, de dolor, al ver la gran catástrofe que estos ni sospechaban, ni se imaginaban. Esto nos debe servir para que no nos ocurra, para que no le suceda a la Iglesia de Dios, para que no nos caiga esa desgracia por no estar a la altura y no ya de la primera venida sino de la segunda de nuestro Señor; para que no nos acontezca lo mismo que a los judíos, que a los doctores, que a los escribas, que a los fariseos, grandes peritos de las Escrituras, pero para invertirlas, adulterarlas, mal interpretarlas.
Sólo Dios sabrá si eso no pasa hoy con las Escrituras, el Apocalipsis y el Nuevo Testamento, y en todos aquellos pasajes donde está anunciada claramente su venida gloriosa y toda la hecatombe que la antecede; hay apostasía, manipulación, abominación en el lugar santo; está el anticristo, el pseudoprofeta, porque entre los dos forman el anticristo total, es decir, el poder político y el religioso, todo eso está anunciado, prefigurado. Que no nos pase igual que a los judíos, que no nos demos cuenta y nos caigan el desastre y la catástrofe encima. Esa desgracia es parte de esa gran apostasía anunciada, de esa gran tribulación, de esa gran confusión, de esa persecución que más que material y física es espiritual, porque es contra contra la Iglesia en su espíritu de verdad, de vida sobrenatural, en su religión, en sus dogmas, en sus principios, en su culto, en su moral.
No es tanto el acoso físico como ocurría antaño que producía tantos mártires y acrisolaba a la Iglesia y era simiente de cristianos; la gran persecución que está anunciada es destruir toda verdad de Cristo y de su Iglesia y no tanto el encarcelamiento o la muerte, ya que eso no haría más que que avivar, atizar el fervor. En cambio, del otro modo lo que se procura es diluir, destruir corrompiendo desde adentro sin que se den cuenta, como un cáncer que cuando se manifiesta ya es tarde, y ya no hay nada qué hacer. Esto que digo de este mal ya lo mencionaba San Agustín, para que no crean los científicos modernos, que son unos ignorantes, que el cáncer es una enfermedad de los siglos XX y XXI.
En sus homilías, en sus narraciones dice San Agustín, para mostrar con una imagen, que es el cáncer en el orden físico, lo que era en el orden espiritual la corrupción de un alma, y eso que pensamos que hoy lo conocemos todo. No sabemos, muchas veces, ni dónde estamos parados y si lo estamos es en la luna; allí donde se concentró todo el poderío para ir y quedarse, sin tener los pies puestos en la tierra. Así nos pasará inadvertidamente, alegremente, tontamente, al igual que a Jerusalén, ciudad santa, la Iglesia de Dios del Antiguo Testamento; vean lo que sucedió, por eso nuestro Señor lloró de dolor y de pena de ver la ceguera de su pueblo tan querido y lo que les esperaba, y nos puede esperar.
No estoy inventando nada, la misma epístola de hoy nos dice que todo lo que se prefiguró en el Antiguo Testamento es figura de lo que va a venir. Dice San Pablo que no caigamos en la idolatría como lo hicieron los judíos en el desierto, que fueron exterminados más de veintitrés mil en un solo día por no permanecer fieles. Murieron por las mordeduras de las serpientes, y de ahí el símbolo de la medicina y de las farmacias, aunque también por la imagen de este reptil fueron curados los otros.
El mismo San Pablo se refiere a que todo esto era signo de lo que iba a venir; o sea, que también está apuntando a una gran idolatría por no permanecer fieles; he ahí lo que se ve y el consabido castigo que no será sino la confusión, la pérdida de la luz sobrenatural de la fe, las tinieblas donde reina el error, produciéndose la abominación en el Templo, es decir, en la Iglesia. El Templo de Dios no es el muro o los cuatro muros de la iglesia sino el cuerpo místico de Cristo conformado, configurado por todos los fieles a Cristo nuestro Señor; esa es la Iglesia.
Entonces vemos cómo las Escrituras son apocalípticas, aunque esa connotación es tergiversada sistemáticamente por una exegesis y teología que impera desde hace algún tiempo, más de doscientos años, para que cuando todo esto ocurra no las tengamos presentes y la gente no se dé cuenta, no reaccione; para que entonces los que hablen de eso sean los “Testigos de Jehová”, los protestantes, y lo hagan torcidamente y se produzca el círculo vicioso. Aquel que ose poner las cosas en claro es un loco o un protestante, igual que los judíos y que los fariseos.
Eso ya lo advirtió hace varios siglos el padre Lacunza que murió desterrado en Italia. Era un hombre que hacía cinco horas de oración diaria, postrado cabeza en tierra. Pero que por hablar claro incluyeron su libro en el Índice, porque era intolerable que él hablara con esa libertad y con esa franqueza. O sea que la eliminación viene desde lejos, insensiblemente, como el error del judaísmo, y muy pocos fueron los que realmente tuvieron un corazón puro por estar vigilando y esperando al Señor. Así pasará al final de los tiempos que estamos viendo y viviendo.
¿Acaso no se ve la corrupción del clero, de la verdad, del culto, de la moral? El que no lo vea está cegado y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La persecución es abominable y desastrosa contra todo aquel que quiera seguir a nuestro Señor. Es el mismo acoso insidioso, diabólico contra monseñor Lefebvre y monseñor De Castro Mayer. Ese acosamiento continúa, no ha acabado ni acabará, por eso todos los intentos de la Roma moderna para tratar de homologar, de reducir, de absorber a la Fraternidad San Pío X y de querer excluir, dentro de ella a aquellas personas que representan un obstáculo a ese acercamiento paulatino y engañador.
Nos puede pasar lo que a Sansón, que cuando estemos bien amarrados ya no tengamos fuerzas para reaccionar. Esa es la peor corrupción y por eso me ha tocado denunciarlo más de una vez y escribir algunas cartas a monseñor Castrillón y a Juan Pablo II. Esta correspondencia muchas veces no ha sido bien recibida por el entorno eclesiástico aun tradicionalista.
Por eso está aquí en Colombia ese grupo que quiere destruir y que se asocia con la Fraternidad San Pedro, y quiere ahora aprovechar mi partida para estar a sus anchas; pues más difícil lo van a tener porque lo que hago aquí en Colombia lo haré desde Portugal y desde la China y desde donde esté. La palabra y la espada de la verdad no tienen dimensión cuantitativa como ellos se creen; ya amenazaron pensando que les va a quedar el campo libre, pues se equivocan. Y para que se den cuenta ustedes, incluso hasta vienen, y es un elogio para mí. No les gustan mis sermones, sin embargo los graban y saben a la hora lo que he dicho; por eso lo hago ahora a propósito; yo sé bien lo que hago y es públicamente; que le llegue a aquel que le debe llegar y si no les quedó claro se los repito para que se den por enterados, porque a los supósitos del demonio hay que irles de frente. Eso se los comento, mis estimados hermanos, para que ustedes también paguen su cuota de sufrimiento, de combate y de defensa por la verdad.
Escuchamos también en este Evangelio cómo nuestro Señor Jesucristo después de llorar entra al templo y a latigazos saca a los mercaderes ladrones y enseguida lo limpia. Ese gesto lo hace dos veces, al comenzar y al finalizar su vida pública, para mostrarnos que el mal hay que combatirlo de raíz, ir a su esencia, aunque la iniquidad no la tiene, pero sí ir a su fundamento, a su causa y no quedarse por las ramas como quien coge el perro por la cola. Por ello hay toda una figura de falso tradicionalismo que ataca solamente el follaje, las ramas, pero no va a la raíz y esas personas se encuentran dentro de la Fraternidad y fuera de ella; por eso han caído, porque no atacan la causa del mal, no van al templo como nuestro Señor y a latigazo limpio sacan toda la porquería que hay dentro. Por eso a azote limpio hay que sacar toda la podrido que hay en el Vaticano.
No soy ningún hereje, porque lo que digo es en el nombre de Dios y sino que me fulmine ya mismo, y a ver si ellos son capaces de hacer lo mismo. Ellos, con toda esa porquería que ha invadido la Iglesia prostituyéndola, corrompiéndola de todas las mil y una formas; ese es un hecho.
Por eso, debemos tener presente esa actitud viril de nuestro Señor, que fue al templo, no a otra parte, y allí señaló y eyectó el mal para que eso nos quedara de ejemplo. Ese mal en la Iglesia está imperando y reinando a causa de ese pseudoconcilio, porque no quisieron que allí reinara el Espíritu Santo. ¡Qué abominación, qué contradicción! Un Concilio ecuménico no infalible, porque no querían que lo fuera. De allí toda la persecución a todo aquel que como monseñor Lefebvre con el látigo en la mano fustigó contra el Vaticano II, contra la nueva misa, contra el ecumenismo, contra la corrupción de la Iglesia, y así le fue y así le irá a todo aquel que tenga y mantenga el mismo espíritu.
El cardenal colombiano Castrillón actuó con toda astucia, y quién sabe si sea un paisa judío, porque la sagacidad hebraica la tiene en las venas y en la sangre. ¿Acaso no fue él quien concertó la entrega del narcotraficante más grande del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo entre el gobierno y ese personaje? Fue él, quien lo supo lo recuerda y el que no, que lo sepa; ese es el hombre que hoy en nombre de la Iglesia invita a monseñor Fellay, Superior de la Fraternidad para dialogar.
Por eso hay que tener mucho cuidado, hay que ser prudentes como la serpiente y sencillos como la paloma. Por ello se los digo, estimados fieles, no puede haber en las circunstancias históricas actuales ningún acuerdo con Roma modernista. Es un engaño, porque para que haya un acuerdo tendría que haber un cambio y para éste se realice tendría que haber conversión y arrepentimiento y eso está muy lejos de los que representan hoy la autoridad de la Iglesia en Roma, muy lejos. Y es más, es imposible que se conviertan, podrá ser uno que otro, pero en bloque no es posible. Y ¿por qué? Sencillamente porque le faltaría un brazo al anticristo, al poder político le faltaría el brazo religioso, sencillamente.
Entonces, en este orden asuntos, que se irán agravando, jamás se podrá llegar a un acuerdo, a menos que se caiga estúpidamente, tontamente, ingenuamente, en ese error. Yo estaría dispuesto a dar mi vida para gritar que hay un error, y si el caso llegara a ocurrir, se acordarán de lo que hoy estoy diciendo, si Dios me da vida; porque hay conversaciones secretas que no se publican, que no se dicen y que yo no las puedo mencionar, aquí pero que sé por qué lo hago; en eso no hay nada gratuito. Pero si no me creen, por lo menos crean a los evangelios, a nuestro Señor, a San Pablo, a las Escrituras y limpien el templo, porque hay muy pocas personas que realmente quieran hacerlo; de no suceder así va a pasarle lo mismo que a Jerusalén.
Es bueno tener presente todo esto y estar vigilantes, muy cautos. Sé que hay fieles que han criticado una que otra vez mis sermones y eso me ha dolido muy profundamente, pero espero que se arrepientan, porque mi intención no ha sido la de atacar a nadie sino sencillamente hacerlos ver y que sean verdaderos católicos y no monigotes de figuritas; más vale oficiar la Misa con cuatro fieles firmes y no con diez mil que son una baba, que no saben dónde están parados, que oyen al uno y al otro, escuchan a Dios y al diablo; eso no puede ser. Y si en alguna predicación me he excedido, estaré siempre dispuesto a reconocerlo; si he dicho algún error lo reconozco y de antemano pido me perdonen. Recordemos entonces la gran lección que tenemos sobre todo para estos tiempos, la del llanto de nuestro Señor sobre Jerusalén y la limpieza del templo a latigazos, lo que hizo al iniciar su vida pública y al terminar; por ahí comenzó y por ahí terminó.
Pidamos a la Santísima Virgen María esa fortaleza, esa fe para que podamos soportar el sufrimiento crucificante de esta pasión, no ya de Jesucristo sino de su cuerpo místico, la Iglesia, y saber que por encima de todo dominará. Eso es lo que significa “al final triunfará mi Inmaculado Corazón”, al final vencerán los Corazones de Jesús y de María. Esa es la advocación de esta capilla, los Sagrados Corazones de Jesús y de María; tiene esa connotación con Fátima. Por eso veo muy providencial que yo vaya a Portugal, el único país, nación o pueblo que no apostatará de la fe, como lo dice allí en el tercer mensaje. Éste así comienza: “Portugal conservará el dogma de la fe”. Es una bendición, para mí, personalmente viéndolo, considerarlo sobrena-turalmente, no humanamente. Debemos por eso tenerlo presente y pedirle a nuestra Señora que nos ayude a conservar el dogma de la fe y su fortaleza. Pero tenemos que estar siempre vigilantes y dispuestos a morir por la verdad, por la Iglesia y por nuestro Señor Jesucristo. +
R.P. BASILIO MERAMO
10 de agosto de 2003
San Juan Apocaleta
Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.
"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.
Link para escuchar la radio aqui
domingo, 11 de agosto de 2019
domingo, 4 de agosto de 2019
OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
El Evangelio de este domingo ha presentado cierta dificultad a los exegetas y a los predicadores, aun el mismo padre Castellani también así lo dice, dándole la mejor explicación y la más conveniente. Sin embargo, se debe hacer resaltar que esa dificultad viene porque, aparentemente, nuestro Señor estaría poniéndonos como ejemplo a un ladrón, lo cual sería completamente absurdo; si vemos que nuestro Señor alaba la actitud de este mayordomo, de alguna manera quiere decir que hay un ejemplo a seguir; la moraleja de hoy es ser más sagaces que los hijos de este mundo.
Entonces, ¿qué es en realidad lo que nos quiere proponer nuestro Señor? Sin hacerle decir estupideces y perdonen que lo diga, porque si se le considera al acto de este mayordomo como un robo, como algo que no podía hacer, ya que él no tenía poder, jurisdicción o permiso en sus funciones de gerente o de administrador, sería un hurto, y eso nuestro Señor no lo puede alabar. Ni aun como muchos así lo dicen. Lo que quiere ensalzar es la sagacidad, pero no el fraude en sí. Entonces, ¿para qué va a ponerles ese ejemplo tontamente en lugar de buscar otro con el cual se viera muy claramente que eso no puede ser?
Y ¿qué es luego, lo que aprueba nuestro Señor de lo que hizo este mayordomo llamado infiel, que más que desleal, podríamos decir avispado, vivo o pícaro si se quiere, pero no ladrón? De hecho, los deudores aceptaron la rebaja del débito con escritura; y es de ver que de cierto modo el administrador podía y tenía facultades de hacer una rebaja como quien hace un descuento, y la viveza está en que lo hizo en beneficio propio y no en el de su amo, sino que se aprovechó de la circunstancia ya que se iba a encontrar en la calle y no servía para trabajar, y mendigar le daba vergüenza.
Ahí está, por decirlo así, la malicia indígena, la astucia, la perspicacia o la sagacidad de este mayordomo, y no en un acto malo en sí, que lo llevase a ser un ladrón robándole a su amo. Nuestro Señor nos dio ese ejemplo que, como ven, lleva su enseñanza.
Nuestro Señor alaba la perspicacia, la sagacidad, la viveza de ese mayordomo que piensa, con prudencia, qué iba a pasar con él en el futuro. Y por eso nos lo pone como ejemplo a seguir, y he ahí la moraleja, para que no seamos bobos, ni tontos, ni lerdos, ni perezosos, para que los hijos de este mundo no nos aventajen; es lo mínimo que nos pide nuestro Señor. Así como son de perspicaces, de sagaces, de avispados los hombres de este mundo para los negocios terrenales, que lo sean así por lo menos los hijos de la luz, los hijos de Dios. Con lo cual nuestro Señor quiere mostrarnos muy bien que la religión no es de bobos beatos sino de lúcidos y santos, ni de viejitas ignorantes, sino de mujeres fuertes y de hombres viriles. Esa imagen tonta, estúpida, caduca, mediocre de la Iglesia y de la religión, no la quiere Dios. Él quiere águilas y no cerdos, gente inteligente que piense con prudencia lo que va a hacer en beneficio de la salvación de su alma y de la Iglesia; que los hijos de este mundo no sean más sagaces que los de la luz; esa es la gran lección y no en lo que han convertido desgraciadamente los curas ignorantes a la Iglesia, dando consejos de tontos, cayéndoseles la baba.
La Iglesia es de mártires, de vírgenes, no de ingenuos ni de mentecatos. Y por eso debemos tener presente esta parábola de hoy, porque Dios no quiere toda esa bobería, toda esa tontería vuelta santidad falsamente; cubierta con un velo como quien blanquea un sepulcro en cuyo interior hay un cadáver podrido. Por ello mucha gente a veces se ha alejado de la Iglesia, por tanta necedad, estupidez o sandez dentro de la Iglesia; los hombres en el mundo son más sagaces, más enérgicos, más profesionales, más aguerridos, y lo peor es que si se llegan a convertir, se vuelvan tarados y torpes. Lo que la religión me prohíbe es hacerle el juego al demonio y lo que quiere es la virtud, la virilidad, la fortaleza, tanto en los hombres como en las mujeres; por eso Santa Teresa fue admirada, porque era fuerte como un hombre. Isabel la católica cabalgaba toda una noche y a veces encinta, bajo la lluvia, a pesar del frío y la tormenta, para madrugar temprano allí donde tenía una reunión con sus nobles. Eran mujeres viriles y si eso eran las mujeres, ¿qué se les puede pedir a los hombres? Que por lo menos sean iguales o mucho más por su condición de ser más fuertes y más aptos para todo lo que es un esfuerzo físico y que exige un temple aguerrido.
Porque falta esa fortaleza que viene de mucho tiempo atrás, porque los seminarios se han convertido en casas de tontos, por no decir otra cosa, en casas de invertidos o cuando no, de afeminados. Esa no es la imagen de la Iglesia de Cristo sino todo lo contrario, y es por lo mismo que falta tesón para poder permanecer fieles a la Iglesia de nuestro Señor, para combatir el error, para no dejarnos llevar por Satanás. Si lo que queremos es vivir cómoda y afemina-damente como señoritas, ¿entonces quién va a defender a la Iglesia de los lobos, del enemigo?
Por eso estamos como estamos, por eso la Iglesia pasa hoy esa pasión, que Dios la permite para acrisolar a sus verdaderos predilectos, a sus verdaderos elegidos, a sus verdaderos fieles y por eso hay que pedir, mis estimados hermanos, esa gracia de la fidelidad. Esa lealtad se gana luchando a brazo partido contra Raimundo y todo el mundo que se oponga a la voluntad de Dios; así nacieron las cruzadas y así lo han hecho los mártires, prefiriendo morir antes que claudicar. Esta crisis profunda y última de la Iglesia que, no hay que olvidarlo, no es pasajera, no es una más, sino que es la enfermedad terminal de la última gran dificultad, de la gran tribulación y de la gran apostasía antes de la venida de nuestro Señor.
Esto no tiene solución humana, ésta es divina y por eso requiere la intervención de Dios, no lo olvidemos. Mientras tanto, debemos sufrir con valentía, con honor, con nobleza y si es necesario tener que morir antes que vivir indigna y miserablemente, como lo hace el mundo hoy. Por ello el llamado a la santidad es crucial, porque requiere una gran dosis de heroísmo sobrenatural, de virtud, y esa valentía en la virtud es lo que hace la santidad. Todo eso lo vemos y debemos recordarlo para que no transijamos y para que los hijos de este mundo no sean más sagaces que nosotros, o, para invertir la cuestión, para que no seamos bobos y que sean más inteligentes los de este mundo; eso es lo que nos quiere decir nuestro Señor.
La otra gran moraleja, en la que también hay un enigma y una dificultad, es al decir que no nos ganemos amigos con el dinero inicuo, ¿y cuál es este dinero?; si es robado, tengo que devolverlo en estricta justicia, no me corresponde, no me puedo granjear con el dinero robado un beneficio cualquiera que sea, no puede ser el obtenido por el robo, por la rapiña, por la violencia. Entonces, ¿cuál es el dinero injusto con el cual yo puedo procurarme un bien y en este caso un bien sobrenatural? Eso es lo que quiere nuestro Señor.
Haciendo limosna, ¿cuál es ese dinero inicuo? Todo aquel que sin ser hurtado, ha sido obtenido de una manera pecaminosa o ilícita pero sin vulnerar la estricta justicia, como puede ser el dinero mal habido de la prostitución, de los latrocinios, de los casinos y hoy diríamos de toda la pornografía en la televisión, en el radio, en la prensa; los productos que conculcan la procreación y que se prodigan por doquier en las farmacias, la riqueza obtenida en las obras de teatro o de cine que van contra la moral.
Todo eso es dinero injusto y sin embargo no ha habido hurto, no hay que restituir, pero es mal ganado. Todo el efectivo que produce la droga, todo eso inicuo; y habría muchos más ejemplos que cada uno de ustedes podría imaginar siguiendo los parámetros de lo que acabo de decir. Entonces, con ese dinero, ¿qué se puede hacer? No se le tiene que regresar a nadie porque a nadie se le debe; es propio, pero mal habido, mal obtenido. ¡Qué peso, qué lastre, qué miseria, qué hago con él si me quiero convertir, si quiero salvar mi alma, si quiero agradar a Dios! Comprarme el cielo haciendo limosna.
He ahí lo que nos quiere indicar también nuestro Señor con el evangelio de hoy, porque la caridad se da de lo que es de uno, de lo que a uno le pertenece, no de lo robado; y así, al dar de eso que es mío, pero que fue obtenido de alguna mala manera, de alguna forma hubo pecado en la adquisición.
No obstante, si lo miro bien, Dios me abre las puertas indicándome el camino para que así en vez de comprarme una casita, un techo en esta tierra, adquiera una casita en el cielo con la limosna. Hasta eso nos permite nuestro Señor, que compremos el cielo, no con orgullo, no con vanidad, sino con limosna y cuánto más si esa caridad ya no es de dinero inicuo sino de uno bien ganado y sudado con honradez, mucho más.
Eso ha hecho decir a muchos santos que el óbolo es a los pecados como el agua al fuego: apaga la deuda. Esa limosna hoy se ha perdido, se ha olvidado, no se tiene en cuenta por el espíritu de egoísmo que hay y, sin embargo, es un camino para comprarnos una casa en el cielo, aunque sea un palmo, un lugarcito donde quepa nuestra alma. Eso es lo que nuestro Señor nos quiere hacer ver en el evangelio de hoy para que lo retengamos y así nos procuremos la salvación de nuestras almas y lleguemos al paraíso.
Me olvidaba decirles que de todos modos mi partida no tendrá lugar sino hasta mediados de octubre. En el ínterin, como ya había programado, iré a Europa para hacer el retiro en Ecône y de paso tomar de una vez unas vacaciones; entonces eso hace que el tiempo se acorte. No obstante quiero avisarles cuando será mi salida y si Dios quiere el domingo anterior podremos hacer la misa de despedida, y para que ustedes vayan adaptándose al nuevo prior.
Si me hubieran preguntado a quién convenía que enviaran, hubiera sugerido al padre Pablo; pero no se me consultó cuando se tomó la decisión. Se los menciono para que vean ustedes que quedan en buenas manos. Y lo importante, repito, es que ustedes mantengan un corazón unido en torno al Priorato, a la capilla y que la defiendan, porque va a ser atacada inmisericordemente por todos lados, principalmente por Satanás que se valdrá de la gente tonta, boba, estúpida, y más que nada sirviéndose de algún tonto que le hace el juego. Digo de algún inocente porque a veces es sin malicia. Pasa como con las vírgenes necias o tontas, que se condenan por la bobería. El único baluarte es entonces mantenerse unidos para mantener así la fidelidad a la Iglesia católica, apostólica, romana, a la Iglesia verdadera, la única arca de salvación en la Santa Misa.
Y creo que está de más decirlo, pero me corresponde en lo que a mí, como persona, con mis actos, con mis palabras haya podido ofender a alguien, o dar algún mal ejemplo que ciertamente los habré dado, disculparme y pedir que tengan esa misericordia de perdonarme y de olvidarlo y que se queden con lo bueno. Esa debe ser siempre nuestra actitud con todas las cosas y todas las personas. Entonces creo que no tengo más que decir, sino que siempre estaré pendiente para poder ayudar, en lo que de mí dependa, en el progreso del Priorato. Ahora recemos para que las dos imágenes que están pendientes, se hagan prontamente y poder verlas antes de irme y si no, que de todos modos se hagan para que así ustedes tengan ya prácticamente la capilla terminada, aunque siempre faltará algo.
Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que nos ayude para que podamos así perseverar en ese santo deseo, y podamos salvarnos todos nosotros y con nuestro ejemplo redimir a las demás almas. +
PADRE BASILIO MERAMO
3 de agosto de 2003
domingo, 28 de julio de 2019
SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En el Evangelio de hoy vemos la advertencia que nuestro Señor hace a la Iglesia, a sus discípulos y a sus fieles. Advertencia que debe ser criterio de discernimiento para conocer a los verdaderos pastores. Criterio de verdad y de doctrina que hoy es más necesario que nunca, en medio de esta confusión espantosa de orden religioso, teológico y doctrinal con el consiguiente coletazo de derrumbe moral que no es más que la expresión de la corrupción doctrinal y conceptual que hoy impera.
Pidamos a la Santísima Virgen María nos dé esa fe y ese amor a la verdad para, si es necesario, morir por la verdad, poder ofrecer en holocausto de expiación por nuestros pecados y los de los demás esa sangre como lo hizo nuestro Señor en la Cruz. Ese es el espíritu católico y cristiano, esa es la verdadera devoción. Tengamos presente todo esto para profesar a nuestro Señor Jesucristo, unidos en la verdad. +
PADRE BASILIO MERAMO
7 JULIO 2002
7 JULIO 2002
domingo, 21 de julio de 2019
SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo nos relata el Evangelio la segunda multiplicación de los panes, que como dice sabiamente ese gran exegeta desconocido y despreciado por los suyos, el padre Castellani, cuando nuestro Señor repite un milagro, una acción, tiene un significado distinto al primero porque si no, hubiera bastado una sola vez. ¿Y cuál sería el significado de esta segunda multiplicación de los panes, es que el Señor la hace por medio de las manos de sus discípulos, para que la muchedumbre que le seguía desde hacía tres días no desfalleciere al retornar a la casa en ayunas, sin comer? Y la respuesta, si vemos bien, es que hay una proporción inversa entre la primera y la segunda multiplicación de los panes. En la primera había cinco panes y cinco mil personas comieron y sobraron doce cestos o canastas; en la segunda hay siete panes, sobran siete cestos, sobra menos y hay menos personas que comen, cuatro mil.
De ahí entonces, de esa proporción inversa, nuestro Señor quería significar en esta multiplicación de los panes que no necesita de muchos sino de pocos y sobre todo quería además mostrar el desarrollo, propagación y crecimiento de la Iglesia a través del pan de la palabra divina, de la doctrina, de la palabra de Dios y del pan eucarístico de su cuerpo. A través de estos dos medios se propaga, se desarrolla, crece en manos de sus discípulos, de sus apóstoles y del clero de la Iglesia católica. Y no se necesitan muchas cosas, así como con menos panes produce más. El desarrollo y la difusión de la Iglesia, la expansión de la fe no depende de los medios humanos y mucho menos de que sean muchos y numerosos; al contrario, entre menos, más se sacian y más sobra, como los panes.
Por eso es una tentación que la Iglesia quiera en su expansión utilizar demasiados medios. Si bien se mira, el único es el de la palabra predicada sabiamente y la multiplicación de las misas, que eso es la Eucarístia, que de allí sale la comunión, que allí se opera la Transubstanciación, y allí crece la Iglesia y no con medios políticos, diplomáticos, de influencia y de poder, de grandeza. Todos estos son medios humanos para los reinos del mundo, pero no para la Iglesia y mucho menos el dinero que todo lo puede.
Cuán sabia lección nos deja nuestro Señor para que los ministros y los fieles no caigan en ese grave error de querer difundir la fe a costa de política, de diplomacia, de influencia, de poder y de dinero, porque eso es lo que ha hecho sucumbir más de una vez a regiones enteras en la fe, cuando la Iglesia perdía la libertad de la predicación de la palabra a instancias del emperador, no lo olvidemos. Constantino el Grande abrió las puertas a la Iglesia, la apoyó, la defendió y, sin embargo, miserablemente se dejó seducir por una corte arriana y persiguió a San Atanasio, lo desterró y apoyó a sus enemigos; él fue en gran parte culpable de que el arrianismo no hubiera sido desterrado en el Imperio Romano recién convertido a la Iglesia. Constantino, con el clero y los obispos, por no provocar la ira del emperador no se lo decían, pero hubo un San Atanasio, un San Basilio, unos cuantos, santos, aunque la gran mayoría apoyaba la voluntad del emperador y así fue como se difundió la herejía arriana que había sido condenada en el Concilio de Nicea que él mismo Constantino convocó para ayudar a la Iglesia.
Y ese mismo error, sacado como un perro por la puerta, entra por la ventana. Así se multiplican los yerros cuando se utilizan los medios inadecuados. Por ejemplo, en Inglaterra, ¿Enrique VIII no era acaso el gran defensor de la fe ? ése era el tétulo que tenía; y después ¿no fue acaso por su propia culpa que toda esa nación cayó en el protestantismo anglicano hasta el día de hoy?
La Iglesia y la fe no crecen ni por la política, ni por la diplomacia, ni por las influencias, ni por el dinero; pueden necesitar el apoyo y la ayuda de todos ellos pero no son su primer elemento. El primero es la predicación de la doctrina, de la palabra de Dios y la difusión de la Santa Misa y de la eucaristía, del cuerpo de nuestro Señor y de su sangre; eso es lo que convierte; eso es lo que hace crecer y desarrollar a la Iglesia. Por eso, la Iglesia se basta de instrumentos pobres, mínimos, como los panes, y entre menos panes, más gente come y más son las sobras. Eso es una gran lección y por eso es un error creer que la fe se propaga a través de la televisión y del radio, de las revistas y de los periódicos; esto es mentira y engaño.
Para difundir la fe se necesitan en primer lugar sacerdotes preparados y no monigotes al servicio del poder secular, llámese rey o gobierno, presidente o lo que fuere. Para predicar con la libertad del Espíritu Santo la palabra divina de Dios, es para lo que la Iglesia necesita a presbíteros íntegros y no a curas bastardos, miserables vende patrias y vende iglesias. Por eso, la urgencia de buenos seminarios basados en la teología de Santo Tomás, en la sapiencia de los Santos Padres, en la tradición de la Iglesia y no en algo diferente. La Iglesia necesita apóstoles dóciles que reparten el pan de la palabra de Dios y el de la eucaristía y no la política, no el poder, no el dinero, no la diplomacia.
Hay acciones triviales que mundanizan a la Iglesia, al clero; por eso se ha caído tan bajo porque se ha frivoliza la Iglesia en la parte humana, en sus ministros y en sus cardenales; de ahí viene esa expresión en Italia de bocatto di cardinale, comida de cardenal, de lujo de cardenal, gran pompa, gran banquete, cuando nuestro Señor hacía todo lo contrario. Decía el gran San Juan Crisóstomo, en el siglo V, que el lastre de los bienes materiales llevaba a la Iglesia a su corrupción; esto lo mencionaba para mostrar ese gran peligro si se confunden los medios. Esto se dio también por culpa de los fieles que, faltos de caridad, dejaban de ayudar generosamente cada uno con lo que podía y tenía; y ante esa falta de caridad y de generosidad espontánea, la Iglesia tuvo que atesorar, que guardar bienes materiales para poder satisfacer sus necesidades. De ahí vino el gran mal, ya que acaparando y acaparando se corrompen las conciencias, e igual sucedió al clero; decae la moral y se pierde la predicación de la palabra.
Hoy vemos cuán confundido está todo y por eso vemos decaer la fe. Y no la vamos a recuperar con ninguno de esos medios sino con el de siempre, con la predicación de la palabra, ese simple soplo que no es nada pero que es mucho y es todo si viene de Dios, como debe serlo la doctrina enseñada e impartida en la Iglesia y la propagación del Santo Sacrificio de la Misa. Pero hoy vemos cómo esos dos métodos han sido corrompidos, igual la palabra de la doctrina con el ecumenismo, con el modernismo, con el progresismo, ya que es adulterada; y el otro medio, la eucaristía, también pervertida por la nueva misa.
Entonces, ¿de qué nos vamos a extrañar?, ¿cómo vamos a querer que haya fe, que crezca la Iglesia si se corrompen, a propósito, a instancias de Satanás, esos dos medios de la propagación de la Iglesia, de la de la fe, de los medios de conversión de las almas; esa es la triste realidad. Y por eso hay que ser fieles a la Misa tridentina, a la Misa Romana, católica, apostólica, porque es ésta la que San Pío V codificó para que nadie osara tocarla ni mancharla, canonizándola para siempre, exenta de todo error y de toda profanación, y no la nueva misa que es protestantizante, que no es romana, que no es católica sino ecuménica para atraer a los demás que no la aceptan, como los protestantes. Esa es la gran diferencia, y por eso se necesitan verdaderos sacerdotes, valientes y bien instruidos, bien formados para que puedan así propagar la Iglesia y la fe con la palabra de la doctrina, con el pan de la doctrina, con el de la verdadera eucaristía, el de la verdadera misa y no de una nueva rubricada a gusto y placer de los protestantes que odian a la Iglesia católica y que rechazan el sacrificio incruento del altar, la Santa Misa.
Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que podamos retener en nuestra memoria todo esto y así difundir la fe y se salven las almas. +
PADRE BASILIO MERAMO
20 de julio de 2003
martes, 16 de julio de 2019
CONMEMORACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En la festividad de nuestra Señora del Monte Carmelo, debemos recordar la importancia de la Santísima Virgen María en la historia de la humanidad y en la de la Iglesia. No olvidar el regalo que nos hace Dios dándonos a esta Madre que es de todos nosotros y es la Reina del cielo. La advocación de la Virgen del Carmen, que viene del Monte Carmelo, es prehistórico, ya que allí San Elías redujo a un sinnúmero de idólatras de falsos dioses y de falsos sacerdotes aniquilados por Dios. Y en ese monte justamente nace la advocación de nuestra Señora del Carmen, remontándose así al Antiguo Testamento para mostrar cómo Ella sigue la historia de los hombres en el camino de su salvación.
Por eso nuestro Señor la deja como una garantía de nuestra redención, y la tenemos en el rezo del Santo Rosario que sabemos desde Fátima, aparición que ha sido ratificada por un milagro que no solamente vieron allí en Fátima miles de personas sino después el papa Pío XII, tres veces en el Vaticano. Lo curioso es cómo él no quiso publicar el tercer secreto y parece que aun ni leerlo e instituir la fiesta de una manera solemne. Claro que ya entonces había toda una conspiración contra Fátima, contra nuestra Señora aun dentro del Vaticano, en aquella época, cuando reinaba Pío XII; es inimaginable, pero así sucedió. Qué diremos ahora.
Y sabemos que desde Fátima el rezo del Santo Rosario, que es una síntesis del Evangelio, contiene los quince misterios, no son cinco, cinco es la tercera parte. El Rosario completo son los quince misterios más relevantes e importantes de la vida de nuestro Señor. Y con esta práctica, como dice nuestra Señora en Fátima, a través de Sor Lucía, no hay ningún problema ni material ni espiritual que no tenga solución; lo que debemos tener presente sobre todo para las dificultades espirituales, cuando no haya, cuando no tengamos misa, cuando no tengamos sacramentos, cuando seamos perseguidos, cuando llegue esa terrible hora en la soledad y que tengamos que dar testimonio so pena de claudicar.
También otra perla de garantía de nuestra salvación la tenemos con el escapulario que fue prometido a San Simón Stock en 1251, en pleno siglo XIII, siendo General de la Orden de los Carmelitas, lo cual le da ese privilegio, no solamente a los de su congregación que llevasen este distintivo, sino también a todos los demás. Por eso el escapulario es un hábito defensa, de lana. Y lo nombra de esta forma para que no lo confundamos con esas pastas de plástico que no son escapulario; es más, esta insignia no debe superar la mitad de la parte impresa que tiene el dibujo, tiene que ser menos de la mitad, según las normas de la confección del escapulario que es una miniatura de ese hábito que llevan los religiosos por detrás y por delante.
La única excepción es la medalla a la que San Pío X también le dio el mismo valor para las personas que tenían inconveniente por la debilidad, por la pérdida o rotura, por la fragilidad de esa pequeña tela. Entonces no nos dejemos engañar con cualquier escapulario, hecho de cualquier manera.
La promesa de ese escapulario es que nadie que siempre lo lleve irá al infierno, es decir, que no se condenará, está garantizada la salvación, que no es poca cosa. Pero hay que llevarlo dignamente con fe y cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios. No como muchos, como un escudo, pero vulnerando la Ley dddivina, como hacen muchos hampones, sicarios, que he conocido personalmente con revólver en mano para matar y le piden a uno que les imponga el escapulario para que cuando les disparen no les alcance la bala. Pero aún así parece que tuvieran más fe esos sicarios que nosotros y créanme que muchas veces se han salvado llevando el distintivo carmelita. Pero claro que eso no va a ser así siempre. Es simplemente para que vean cómo a veces los bandidos tienen más fe que nosotros.
Por si fuera poco, esa promesa que hizo en aquel entonces nuestra Señora al superior de los carmelitas, se complementó con el privilegio sabatino; es decir, que nuestra Señora incluso sacaría del purgatorio a las almas al sábado siguiente después de su muerte, según nuestra manera de contar. Entonces hay esa doble promesa, la de salvarnos y la de sacarnos del purgatorio si morimos con el escapulario puesto, que hemos llevado durante nuestra vida como buenos católicos; porque si lo portamos como malos creyentes esas promesas difícilmente, por lo menos la segunda, tendrán lugar; es decir, la de sacarnos prontamente del purgatorio si es que nos salvamos.
Así nuestro Señor deja entonces a través de nuestra Señora esas dos prendas, para tener una garantía de nuestra salvación y por eso no debemos olvidarlo y tenerlo en cuenta. Simplemente, basta haber recibido una sola vez la imposición del escapulario y las otras se cambia, se renueva, y ya quedamos inscritos en ese libro que pide el ritual y que hoy no se hace porque casi todo eso está abolido, pero entonces hacerlo en el libro que tiene Dios.
Pidamos a nuestra Señora del Monte Carmelo, a nuestra Señora del Carmen, que nos proteja sobre todo en estos tiempos tan difíciles para el verdadero católico, para el que quiere ser buen católico y seguir en todo la virtud que nos señalan los diez mandamientos. Eso no es fácil; es muy difícil, ¿por qué? Simplemente por la moda; la mujer que viste a la costumbre de hoy ciertamente no es buena católica aunque no se dé cuenta; ni quien ve la televisión, quien lo hace, con toda la porquería e inmundicia que se observa allí, no puede ser buen católico.
Peor si a eso le seguimos sumando lo que piensa la gente: que nada es pecado, que todo es permitido, que se puede hacer lo que cada uno quiere. En la familia, los que se divorcian, los que se casan por el matrimonio civil, eso no es ser católico; no se diga ya de los contraceptivos, de los abortos, todo eso es no ser católico. Las revistas pornográficas son exhibidas públicamente, ya no escondidas como antaño. No se puede ir a una farmacia porque cuando no hay una revista inmunda, hay algún otro artículo de igual forma asqueroso. Y ni qué decir de la educación sexual en los niños, se los corrompe por ley de la nación. Y así seguimos viendo una cosa tras otra; díganme si así no es difícil ser buen católico.
Claro que ser “católico” protestante como la mayoría lo es hoy, sí es muy fácil: el libre examen, el libre hacer y querer, eso es ser cismático y por eso la Iglesia se está convirtiendo en otra religión, y sus fieles se están protestantizando sin salir de la Iglesia; por eso se piensa y se obra como verdaderos infieles sin darse cuenta de ello y paro aquí de contar porque sería larga la lista. Lo he dicho sencillamente para mostrar que es muy difícil pero sin embargo no es imposible, eso requiere un esfuerzo de virtud heroica para cada minuto, para cada segundo, a lo largo de las horas, de los días y de los años hasta la muerte, para que podamos vivir en estado de gracia. Se necesita un permanente control y freno que no hay, que no existe en el mundo moderno, ni el social de antaño; por eso vivimos una verdadera Babilonia, peor que Sodoma y Gomorra, porque si es verdad lo que se dice, por dar un ejemplo, que hace unos días en Alemania hombres y mujeres en cueros estaban revueltos. Eso, ¿no es peor que Sodoma y Gomorra? Claro que sí, y peor en ese país que se le tiene por culto, por avanzado.
Por eso debemos pedirle a nuestra Señora que nos ayude a ser buenos católicos, porque ya ni cristianos se puede decir, ya que los protestantes han usurpado este nombre; no son de Cristo, porque no son de la Santísima Virgen María. Así de sencillo, son herejes, son protestantes y nosotros nos estamos volviendo como ellos sin darnos cuenta, por el modernismo que ha cambiado prácticamente la estructura de la misma Iglesia. Pero ahora no voy a hablar de eso para no alargarme. Debemos por lo menos recordarlo, para que nos haga abrir los ojos, y pidamos a Dios la luz y a la Santísima Virgen María la protección de la Iglesia que está hoy peor que nunca; no la Iglesia en su esencia, pero sí en su parte humana y material, en sus hombres, en sus integrantes tan corrompidos, tan prostituidos y eso de un modo oficial, no privado.
Siempre hubo la corrupción privada pero la putrefacción instaurada oficialmente, hecha ley, eso ya es diferente; cambia todo porque ya no se combate el mal, el vicio y ¿qué moral e Iglesia puede haber? Por eso se insiste en el matrimonio de los sacerdotes. Porque, es cierto, es muy difícil ser un sacerdote célibe si se es modernista y progresista; es imposible. Si es difícil siendo aun en la verdad y en la Tradición de la Iglesia porque hay que luchar, pero se tienen las armas; y si no se tienen es imposible luchar. Por ello vemos esa corrupción en el clero, en los religiosos, porque no es posible sin virtud, sin espiritualidad verdadera resistir al mal que hoy impera pública y socialmente dentro y fuera de la Iglesia, eso es un hecho.
Y solamente si no queremos ver no lo veremos, sino que hay que estar muy obcecado para no admitirlo. Tenemos que aprovechar ese auxilio que nos da nuestro Señor a través de su Santísima Madre para que Ella nos proteja y nos facilite en cierto modo las cosas; que nos evite el mal y la fatal caída y que podamos así avanzar en el bien y en la verdad guiados de su santa mano. +
PADRE BASILIO MÉRAMO
16 de julio de 2003
domingo, 14 de julio de 2019
QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
El Evangelio de hoy nos muestra el reproche que hace nuestro Señor a los escribas y fariseos, impugnadores y enemigos. Nos dice a los presentes que si nuestra justicia no es más acabada que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos. Reproche que nos atañe a cada uno de nosotros si queremos entrar al reino de los cielos.
Que nuestra justicia no sea mera apariencia de moral, de virtud, de santidad, de perfección, como la que tenían los fariseos; la justicia resume la santidad, la perfección. El hombre justo es, por antonomasia, santo.
Que nuestra justicia no sea mera apariencia de moral, de virtud, de santidad, de perfección, como la que tenían los fariseos; la justicia resume la santidad, la perfección. El hombre justo es, por antonomasia, santo.
Nuestro Señor nos incita a no ser como la orgullosa elite de los fariseos del pueblo elegido que se creía santa y perfecta cuando en realidad era todo lo contrario, solamente apariencia, follaje, exteriorización de virtud, de santidad, de justicia, de perfección. Eso no lo quiere nuestro Señor. Dios quiere la sinceridad de corazón frente a Dios y a los hombres; que no seamos hipócritas, de doble faz, que no guardemos una apariencia de virtud cuando en el fondo nuestra alma está corrompida. Esa es la recriminación de nuestro Señor a los escribas pero que también nos cae a nosotros.
Dios sabe si toda esta crisis la ha permitido por causa de esa falsa apariencia y falta de virtud pero disimulada en el exterior; por eso consiente el flagelo de todos los errores que ahora vemos; puede ser un justo castigo por la exteriorización de la religión católica quedando en mera apariencia pero desvirtuada de su verdadero contenido religioso. Hasta el rigor con el cual muchos fueron criados o educados, pero ahora se ve todo lo contrario, de un extremo se pasó al otro. La virtud es un equilibrio entre dos extremos y por encima, como la cima de una montaña a cuyos lados puede haber grandes abismos, y es claro que desde la cúspide sería peor la caída si se perdiese el equilibrio.
No debe sorprendernos lo que pasa en el mundo y la Iglesia vaciada de su contenido si no obramos bien como lo dice San Pedro en su epístola: huir del mal y hacer el bien; no devolver maldición por maldición sino bendecir; no maldecir aunque nos maldigan. En eso también consiste la virtud y la santidad cristiana, católica, y no en ser un baúl lleno de rencor, odio y venganza; todo eso se traduce y genera violencia física que es la manifestación de la furia interior, del encono y recelo llevados en el corazón. Y nuestro Señor lo advierte. No presentar el sacrificio y mucho menos comulgar si tenemos algo contra uno de nuestros hermanos, primero reconciliarnos y después ofrecer el sacrificio, ese es el ejemplo que debemos dar.
De qué sirve ir a Misa y comulgar si me peleo con el vecino, lo detesto y lo odio, o con cualquier familiar o conocido. No sirve de absolutamente nada, por eso quizás la ineficacia de tantas Misas mal oídas y comuniones mal hechas. A todo eso se refiere nuestro Señor en el Evangelio, para que verdaderamente vivamos el espíritu católico y cristiano, la verdadera virtud, no la de sepulcros blanqueados por fuera y con la podredumbre del alma y del corazón por dentro. A la virtud y no a la apariencia de religiosidad que podamos tener o que hubo antaño, no solamente en Colombia sino en el mundo, adorando a Dios con la boca y no con el corazón.
Es, entonces, una invitación a obrar realmente una interiorización, a un balance económico del alma delante de Dios; que recapacitemos para que nuestra alma sea cristiana, no infiel, para que tengamos un corazón cristiano. Un corazón que no sabe perdonar y que guarda rencor es pagano, no cristiano. Que el corazón no esté imbuido de paganismo al no obrar en consecuencia con lo que nuestro Señor nos pide, con lo que nos pide San Pedro en su epístola para ser un poco mejores y salvar nuestra alma y la de otros dando buen ejemplo.
Es, entonces, una invitación a obrar realmente una interiorización, a un balance económico del alma delante de Dios; que recapacitemos para que nuestra alma sea cristiana, no infiel, para que tengamos un corazón cristiano. Un corazón que no sabe perdonar y que guarda rencor es pagano, no cristiano. Que el corazón no esté imbuido de paganismo al no obrar en consecuencia con lo que nuestro Señor nos pide, con lo que nos pide San Pedro en su epístola para ser un poco mejores y salvar nuestra alma y la de otros dando buen ejemplo.
Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a reflexionar todo esto como Ella las conservaba y meditaba en su corazón, para que a imagen de Ella nos santifiquemos y correspondamos cada vez más al amor de nuestro Señor. +
P.BASILIO MERAMO
23 de junio de 2002
23 de junio de 2002
domingo, 7 de julio de 2019
CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en Nuestro Señor JesuCristo:
El evangelio de hoy nos relata la primera pesca milagrosa. Nuestro Señor realiza este milagro en dos ocasiones como la multiplicación de los panes; cada uno de ellos tiene su propio significado; por esta razón es doble. En la primera pesca milagrosa, que hoy vemos, nos muestra la iglesia militante, mientras que la segunda pesca milagrosa, que relata San Juan, se refiere a la iglesia triunfante. Nuestro Señor le dice a San Pedro que tire la red hacia la derecha que significa los elegidos, y no se rompen las redes, Él está en la orilla y no en la barca con ellos. En la primera pesca la barca parece zozobrar, sucumbir por el peso de la cantidad de peses.
En esta primera pesca milagrosa Nuestro Señor confía esa misión a los apóstoles que le siguen, dejando, abandonándolo todo, familia, hijos, mujer, no tener más trato con las cosas familiares y de este mundo. La generosidad de los apóstoles y que tendrían que observar también todos aquellos que tienen un ministerio en el nombre de la Iglesia y de Nuestro Señor JesuCristo, y esa capacidad de abandonarlo y dejarlo todo, por lícito bueno que sea. Porque no es como cree el mundo que quien entra en religión, hombre o mujer, es debido a una desilusión o amargura; todo lo contrario, es dejar lo bueno por algo que es mucho mejor que es DIOS Nuestro Señor, y si hay gente que ha entrado a un convento, en religión, o lo que fuere por una desventura, tendría que ser no por eso en sí, sino porque eso mismo le haya hecho ver lo poco que vale el mundo, y si lo hiciera para huir de esa amargura, mal haría, porque no deja el mundo en lo que pueda tener de bueno y lícito para buscar a Dios, sino que busca consolar su pena y eso sería falta de vocación.
Nuestro Señor muestra la generosidad de los apóstoles, la humildad de ellos que no eran ni príncipes ni reyes, que bien los hubiera podido elegir, eran hombre humildes, de pueblo, gente sencilla que vive a la buena de DIOS. Que más que vivir a la buena de DIOS. Y elije a sus discípulos dentro de los pescadores por que así lo que ellos hicieran no sería atribuido a la grandeza que pudiesen haber en esos hombres sino a la palabra y asistencia de DIOS.
Por la palabra Nuestro Señor, Simón Pedro obedece y echa las redes después de haber pasado toda la noche, sin pescar absolutamente nada, para mostrar que es por la palabra de DIOS, por la palabra de Nuestro Señor que se pescan los hombres y no por otra cosa. Esa es la importancia de mantener fielmente la palabra de DIOS para la Evangelización, sin que se adultere, distorsione y cambie con el fin de acomodarse al mundo suavizando de algún modo, cuando no cambiando totalmente el significado y, por tanto, el contenido de la Palabra Divina. Y ese es el problema actual, cuando se adultera la palabra de DIOS, el evangelio, tan sutilmente que es difícil darse cuenta sin tener una preparación filosófica y teológica correctas. Peligro que corren los fieles por este cambio de la palabra divina, por querer estar en conformidad con el mundo, con el pensamiento, y con las costumbres de hoy, opuestas a la Iglesia.
Es una lucha descomunal y desproporcionada con un mundo alejado de DIOS y que acepta a un DIOS rebajado a la altura del hombre, no es el hombre quien quiere ascender a DIOS en sus brazos para llegar a Él, sino que quiere un dios rebajado a su capricho, a su modo de pensar y de ser, creando una religión mundana. Esto es desdichadamente el acontecer de las iglesias de parroquias con las predicaciones; ofrecer la religión católica no con lo sublime excelso que ya tiene por su carácter Divino sino de humano y rebajado, proponiendo una moral laxa corrupta, donde prácticamente ya no hay pecado, y si esto es mentira, entonces como se explica que la pornografía sea moneda corriente en los medios de comunicación, y por que la degradación del pudor reflejado en la moda de la mujer y que nadie dice nada por ser la moda, lo que se impone, y loco aquel que se oponga. Estos hechos palpables demuestran que hoy queremos una religión y una moral que satisfaga nuestros caprichos y deseos que no son los más puros; eso explica que pulule la impureza por doquier. Aquellos que quieren presentar una moral como la exige DIOS no tiene eco, no se les escucha, se prefiere lo otro.
Es exactamente lo que acontece hoy; y las personas que asisten a esta capilla deben comprender que esta no es una capilla común y corriente. Se exige el respeto a DIOS debido, que está en el sagrario y en el centro del altar, no sobre una mesa donde se celebra una cena, sino un altar donde se sacrifica, se inmola a Nuestro Señor como se inmoló en la Cruz pero realizado de un modo Sacramental e Incruento; donde se trata de adorar a DIOS en espíritu y verdad, manteniendo así la fe católica, apostólica y romana, y no una fe que se dice católica sin serlo, como en las otras capillas e iglesias.
Esa es la importancia de guardar el testimonio de la palabra, de la buena nueva, del Evangelio, que haya apóstoles generosos que lo dejen todo para predicar la palabra de DIOS y en el nombre de DIOS salvar las almas que están en el mundo como están los peces en el mar; así en el nombre de DIOS lograr su salvación. Esa es la misión de la Iglesia y la importancia de que la Iglesia guarde la verdad, guardar la verdad que la hace ser el cuerpo místico de Nuestro Señor JesuCristo.
Pidamos a la Santísima Virgen María meditar estas cosas para no ser católicos a medias, mundanos, sino de verdad tratar de reformarnos para no dejarnos llevar por el mundo que cada vez nos quiere absorber y en esa medida volvernos menos católicos y menos de DIOS. Imploremos a Ella que nos ayude a ser fieles testigos de DIOS y fieles transmisores de la palabra de Nuestro Señor JesuCristo para la salvación de las almas+
P. Basilio Méramo
16 de junio del 2002
domingo, 30 de junio de 2019
TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
La Iglesia nos propone en el Evangelio de este día la misericordia de Dios. Nuestro Señor aprovecha la presencia de los escribas y los fariseos que, como letrados, son los más celosos religiosos del pueblo de Israel; estos murmuran por ver que la gente común y corriente, los pecadores y los publicanos, se acercan a nuestro Señor, que no era ningún príncipe remilgado, ningún señorito bonito que no permitiera a la gente más humilde acercarse a Él; esto era inadmisible para esta elite religiosa cuyo pecado de soberbia llegaba al punto de despreciar al pueblo y a todos los demás creyéndose únicos y privilegiados, buenos, santos. Nuestro Señor entonces aprovecha para hacerles ver que es otra la idea que se debe tener de Él, quien ha venido por los pecadores, o sea por absolutamente todos.
A excepción de nuestra Señora la Inmaculada, únicamente Ella, por una gracia especialísima que la preservó de la corrupción de todo yerro, el resto, todo hombre que viene a este mundo, es un pecador. Por eso viene Dios, para remediar el pecado, el mal y toda la miseria que conlleva. Somos débiles, una raza deteriorada después de la caída de nuestros primeros padres, quienes fueron creados en estado de perfección. Pero después del pecado nacemos ya con el lastre que se va acrecentando a través y en el transcurso del tiempo por la suma de todas las faltas.
El peligro del naturalismo consiste precisamente en olvidar, como lo hace Rousseau, al decir que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. El hombre nace malo a raíz del pecado original y por eso un niño que no tiene uso de razón se inclina a lo malo; ven sus padres que toma las cosas sin permiso, dice mentiras y todavía no es capaz de pecar porque aún no tiene suficiente juicio; ese capricho que vemos es a causa del pecado original, mal que queda aun después del bautismo, afectando nuestro cuerpo y nuestra carne. Esto explica que el hombre no nace bueno ni es la sociedad la que lo corrompe, porque si fuera bueno la sociedad lo sería también y ésta no es buena porque el hombre no lo es, y no somos buenos porque no luchamos contra nuestras malas inclinaciones y pasiones.
Nuestro Señor muestra en estas dos parábolas lo que Él viene a hacer: buscar la oveja descarriada, la perdida, dejando al resto, y esta oveja somos todos nosotros. Que hay mucha más alegría en el cielo por un pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos, nos muestra la misericordia de Dios. Misericordia que no es más que el amor sobre las miserias nuestras ya que normalmente se ama lo bello, lo bueno, lo puro, lo perfecto; y, ¿cómo va a amar Dios en nosotros esa belleza, esa pureza que no tenemos? Es entonces un amor que reposa sobre las desdichas humanas. Dios hace todo lo posible por buscarnos, por encontrar al pecador para que se convierta y se arrepienta. Pero ¡ay, si no nos arrepentimos! Se torna en un drama porque Dios ya no puede seguir siendo misericordioso, no nos puede seguir amando y cuando en la hora de la muerte le rechacemos, ese es el estado de las almas que se condenan eternamente en el infierno.
Dios hace todo durante la vida que tengamos pero ¡ay de aquel que no corresponda!, porque ya Dios no puede hacer más, con todo su poder infinito no puede obligar a que un alma le ame si ella no quiere. Ese es el precio de la libertad, tanto humana como la de los ángeles.
Hoy se pregona la libertad para todo menos para recordar que ese albedrío en primer lugar lo tenemos para corresponder voluntariamente al amor divino que Dios nos tiene. De ahí se desprende todo lo demás; dice San Agustín: “Ama a Dios y haz lo que quieras”, porque ya no puede hacer otra cosa sino corresponder con ese amor a Dios. Y no el amor que el mundo entiende como tal, por libertad; esa es una concepción pagana y antinatural, desenfreno para los hombres de vestir como mujeres, con aretes y colas y las mujeres vestidas como hombres, comportándose como ellos. No sigo enumerando, pero cada uno podrá incrementar la lista. No es para eso la libertad, para nuestros caprichos ni para nuestros egoísmos sino para corresponder al amor de Dios y encaminar todos los actos de la vida a esa correspondencia del amor divino y más aún, cuando Él se ha Encarnado y muere en la Cruz. Lo terrible es no darnos cuenta de ello.
Pero más espantoso todavía es no recordar al mundo de hoy en su impiedad, el eterno castigo justamente merecido por no amar a Dios, porque Él no puede obligar al alma a que le ame. Lo mismo que un hombre no puede obligar a una mujer a que lo quiera, porque eso no es posible, pues mucho más imposible es que Dios nos fuerce, porque incluso un hombre puede engañar y seducir a una mujer insistiendo para lograr al fin y al cabo una respuesta según sus deseos, pero Dios no puede valerse de esas argucias porque respeta infinitamente esa decisión libre de su criatura, y el amor solamente con amor se paga.
Esa es la gravedad de conculcar y profanar y no corresponder al amor divino, a la misericordia que Dios y nuestro Señor Jesucristo nos tienen. Por lo mismo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente. Tenemos el ejemplo de la Magdalena, quien después de ser una gran pecadora, De tener cinco maridos sin ser ninguno de ellos el verdadero, llega a ser una gran santa, porque después de arrepentida vivió como una verdadera anacoreta, en una cueva, haciendo sacrificio y penitencia. María Egipciaca que desde los catorce años aproximadamente se prostituyó no por necesidad sino por placer y ya arrepentida se retiró al desierto, y quien poco antes de morir fue descubierta, cuenta su vida y pide la comunión al santo que la encontró, para morir santamente después de una vida de pecado, purificándose durante más de cuarenta años en la soledad y aridez del desierto.
Ejemplos extremos que nos sirven para saber que, por muy pecador, lo grave no es el haber pecado sino el no arrepentirse; eso es mucho más grave. Dios nos invita a la contrición para que nos salvemos. Esa es la idea de las dos parábolas y por eso hay que insistir, para que sea mucho más fuerte la misericordia del amor divino que la obstinación en el pecado cuando no nos queremos arrepentir del mal hecho. Esa es la esperanza que debemos tener porque muchos en su yerro desesperan temiendo que Dios no les conceda el perdón y es un gran error, porque nuestro Señor se muestra misericordioso y dispuesto siempre a perdonar. Nadie desespere por grave y bajo que haya caído, porque Dios no lo rechaza, ni lo detesta ni lo aleja, todo lo contrario, lo va a recibir. Eso era lo que pensaban los escribas y fariseos, que los pecadores no tenían acceso a Dios; pues todo lo contrario nos demuestra nuestro Señor.
Pidamos a la Santísima Virgen María, a la Inmaculada, que nos ayude a comprender estas cosas y tengamos siempre la esperanza en la misericordia de Dios. +
PADRE BASILIO MÉRAMO
9 de junio de 2002
sábado, 29 de junio de 2019
FIESTA DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO
Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Hoy conmemoramos la fiesta de San Pedro y San Pablo. El martirio de San Pedro y de San Pablo en Roma el mismo día. ¡Qué pérdida tan grande para la Iglesia!
Perder a San Pedro, el primer Papa, sobre quien nuestro Señor funda la Iglesia, no por la persona privada de Pedro que era Simón hijo de Jonás Barjona sino por Petrus, cambiándole el nombre como piedra fundamental de ella, por haber confesado la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Es por esta confesión que Pedro es piedra y fundamento de la Iglesia; de ahí la necesidad de la confesión, de él no solamente como sumo pontífice con poder de atar y desatar en la tierra, sino también de todos nosotros como hijos de la Iglesia, la profesión de la fe. Y de fe sobrenatural, porque la misma profesión materialmente también la hizo Natanael, exacta, idénticamente y sin embargo, no fue sobre él sino sobre Pedro. ¿Por qué? Porque Natanael lo hizo como una deducción de orden natural, como hijo adoptivo de Dios, pero no como el hijo de Dios, pues la confesión materialmente fue la misma. La una era por revelación de Dios, por vía divina, que fue la de Pedro, “eso no te lo ha revelado hombre ni carne alguna, sino mi Padre que está en los cielos”. Mientras que a Natanael se lo reveló su propio ingenio, su propia deducción, naturalmente, no sobrenaturalmente, lo cual nos muestra que aun con la misma o parecidas fórmulas, si no es por el medio sobrenatural de la fe, no tiene el mismo valor.
En el mismo día, San Pedro, cabeza de la Iglesia, fundamento de la Iglesia, muere. Sí, muere el primer Papa, y el gran apóstol de los gentiles, que no era uno de los doce. En realidad apóstoles hubo trece, no doce, de los cuales uno fue un traidor y San Pablo, que fue el último, se convirtió, por así decirlo, en el primero, el primer apóstol de los gentiles, de las naciones, el gran perseguidor convertido en gran predicador. Y estas dos eminencias de la Iglesia naciente sucumben, mueren dando testimonio de nuestro Señor el mismo día. Cuánta consternación no habría en la Iglesia, en la misma Roma, en los fieles, al ver que estos dos pilares morían el mismo día, y sin embargo, ellos sabían que “... las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”. ¿Qué quiere decir eso? Que a pesar de las persecuciones, por atroces, crueles y sangrientas que sean, siempre quedará al fin y al cabo, vencedora la Iglesia. Y es por eso que la fe de aquellos fieles crecía en esa hora de prueba, del martirio de estos dos egregios personajes cuya fiesta celebramos hoy. San Pedro fue sepultado en la Colina Vaticana cerca del circo de Nerón y San Pablo fue sepultado cerca de donde fue decapitado en la vía Ostiense y el lugar es justamente donde se encuentra la Iglesia dedicada al apóstol.
En este mismo día tradicionalmente se llevan a cabo las ordenaciones sacerdotales en Ecône, en el seminario de Suiza. Digo normalmente porque algunas veces si cae domingo, por razones de apostolado, se adelanta para poder permitir que todos los fieles puedan asistir juntos con los sacerdotes a esas ordenaciones. Hoy hubo ordenaciones en Ecône, con lo cual también debemos tenerlo presente para unirnos de todo corazón, ya que es la misma Fraternidad. Estar unidos en el mismo espíritu y en la misma fe que defendemos, la misma fe por la que murieron San Pedro y San Pablo. Los ornamentos rojos significan la sangre derramada de los mártires, que son los testigos de nuestro Señor Jesucristo en la fe y que por Él mueren dando testimonio.
Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a guardar ese testimonio de la fe y que podamos perseverar en la fe de la Iglesia, en esa fe de San Pedro, en esa fe de San Pablo, esa fe que está siendo adulterada, tergiversada, diluida como hoy se diluye todo, incluso la fe, se cambia todo. Los productos hoy día sufren una transformación en su sustancia y todo es “light”; lo mismo acontece con la fe, se la adultera en su sustancia convirtiéndola en una religión “light”. Eso no puede ser; de ahí la necesidad de recordar los principios, el fundamento, no olvidar que la Iglesia se fundamenta sobre la fe y los sacramentos, que son la base, el sostén y de allí la confesión de Pedro, por la que es elegido y se convierte en el primer Papa. Y todos los Papas que le sucedieron en su gran mayoría fueron mártires en la Iglesia primitiva y todos santos sin interrupción hasta la condena de San Atanasio por Liberio. Este fue el primer Papa no santo por condenar injustamente al gran paladín de la fe, paladín del concilio de Nicea, que nos dejó en el Credo o símbolo Atanasiano lo esencial de la fe, que debemos recordar y tener presente para no sucumbir hoy ante el ecumenismo que destruye y socava nuestra fe, la fe de la Iglesia Católica, por la cual murieron San Pedro y San Pablo y todos los mártires que hoy están en el cielo.
Y quién sabe si nos corresponda también a nosotros morir por lo mismo, si así Dios lo quiere, porque se avecinan tiempos cada vez más difíciles, tiempos eminentemente apocalípticos, de eso no hay duda. Quien dude de esto, está verdaderamente fuera del contexto histórico y religioso de la historia de la Iglesia y de los acontecimientos profetizados por las Sagradas Escrituras, por Dios mismo. Pidamos pues a nuestra Señora que nos fortifique, que nos mantenga unidos en la misma y única profesión de fe, la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que este sea el propósito, que ese sea el ejemplo que nos den los mártires en esta fiesta de San Pedro y San Pablo, dos pilares de la Iglesia primitiva que han derramado su sangre por proclamar su fe. +
P.BASILIO MERAMO
29 de junio de 2001
29 de junio de 2001
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