San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 7 de enero de 2018

PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA Fiesta de la Sagrada Familia


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este primer domingo después de la fiesta de Epifanía, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia, es decir de San José, de la Santísima Virgen María y del Niño Jesús.
Esa Sagrada Familia, toda divina, la Iglesia nos la muestra como ejemplo de la sociedad y de la cristiandad, es decir, de los pueblos y naciones que se rigen por el Evangelio. Y digo que se guiaban, o se guían, porque hoy ya no hay oficialmente ningún Estado que se dirija por la Ley de Dios y el Evangelio, por lo cual la cristiandad como tal ha sido abolida; lo que se tiene es una cultura católica más o menos de acuerdo con la penetración que tuvo ese espíritu católico en los pueblos que antaño reconocían a Cristo Rey, a la Iglesia, pero que hoy ya no lo hacen.


Hay que recordarlo aunque sea para que reaccionemos y por lo menos lo tengamos presente, que nuestra sociedad ya prácticamente no es nuestra porque no es de Dios. Y, ¿de quién va a ser si no es de Dios? No hay término medio, será de Satanás. Si la ciudad no es de Dios será del demonio. Por eso nos va como nos va y por eso no nos asombremos cuando veamos que a los niños les gustan esas figuras y esos juguetes demoniacos; y qué decir de ese pequeño mago Harry Potter o como se llame. Todo eso produce la fascinación de la serpiente y los padres deben saberlo.

El “Halloween” es toda una cultura pagana anticristiana y los niños, junto con los papás, muchas veces inocentemente, por confites y dulces, le hacen el juego al demonio. Y quién sabe cuántas criaturas son inmoladas en esas misas negras en la que se consume la sangre de un inocente o de una virgen, porque eso existe. Debemos tener entonces sumo cuidado.


La Iglesia quiere ponernos ante el ejemplo de la Sagrada Familia. La familia que es el núcleo, el centro. La célula de la sociedad no es el hombre, no es el individuo como nos ha enseñado el liberalismo teológico o religioso, es la familia y por eso si ésta se destruye se acaba la sociedad; y vaya si no se está abatiendo hoy la sociedad al destruir la familia; si no es verdad, qué es eso de permitir el concubinato público con los matrimonios civiles entre católicos y después con el divorcio. Eso es un atentado criminal contra la santidad de la familia, de la sociedad basada en ésta y eso por culpa de una política antirreligiosa; eso es lo que hoy se ha impuesto.

Los romanos, que eran paganos, se casaron sacramente respetando el matrimonio indisoluble; conservaron todo el vigor de ese pueblo y raza, eran los nobles, los paterfamilia, la gens romana; pero cuando se empezó a corromper ese concepto sagrado aun en el paganismo, se destruyó Roma, se acabó y esa fue toda la lucha entre nobles y esclavos que penosamente a veces nos transmiten en las películas en sus historias. Era la pugna de dos ideales, los nobles basaban su linaje en el matrimonio sacro, los demás vivían en la unión libre o concubinato.

Si los nobles romanos tenían la noción del matrimonio sagrado, cuánto más la debiéramos tener nosotros los católicos y valorar así la familia sacramentalmente instituida por la Iglesia, para que todo lo que hagan los esposos sea bueno y santo y no como creyeron algunos herejes, que traer hijos al mundo era obra del pecado. Pecado es lo que hacen hoy, cuando utilizan el matrimonio simplemente para satisfacer la concupiscencia, no queriendo procrear; eso es una falta, usar anticonceptivos y todo lo que permita el libre placer sin querer engendrar la vida que Dios como Creador da y que los padres como instrumento prodigan; de ahí viene a su vez el respeto hacia los padres por ser los progenitores, porque tienen esa autoridad de Dios y de ahí la dignidad que deben tener los padres y la familia.

La santidad del hogar católico hoy está proscrita, porque se nos pone de modelo el ideal de vida americano, de quienes tienen una cultura protestante, donde cada uno hace lo que se le da la gana. Por eso nosotros debemos conservar la tradición católica basada en la familia y en el respeto a los ancianos; no para que los metan allí en esos lugares que llaman geriátricos o lo que sea. Esa es una aberración peor que la de los infieles, porque en la antigüedad se veneraban las canas, el anciano era el sabio; hoy, por la estupidez de la sociedad, al anciano se le tiene por un imbécil que nadie quiere. Ya no sabe la juventud apreciar la experiencia de los años de una vida llevada conforme Dios manda. ¡Qué desgracia!

Que todo eso nos sirva para que reaccionemos y nos demos cuenta en medio de qué mundo estamos viviendo. Todo lo opuesto a lo que la Iglesia siempre ha enseñado, y eso sin hablar de la Iglesia en sí misma, que también se ha corrompido, se ha degenerado por no permanecer fiel a la doctrina de nuestro Señor, por culpa del clero. Por ello la Sagrada Familia es ejemplo de santidad y aun de virginidad en el matrimonio de la cual no nos debemos asombrar, porque ha habido otros santos matrimonios que se han conservado vírgenes, como el de San Eduardo rey de Inglaterra, San Enrique emperador, que fueron soberanos que por mutuo consentimiento permanecieron castos dentro del matrimonio.

Que lo anterior nos sirva de ejemplo y para que los herejes de hoy no digan estupideces en contra de la virginidad de nuestra Señora y del santo matrimonio que tuvo con San José, porque fue verdadera esposa, pero virgen. De ahí la grandeza de San José, custodio de esa flor de castidad, de esa inocencia y por eso es el guardián de la Iglesia que debe permanecer y ser siempre pura, pero que hoy quieren violar porque eso es lo que se está haciendo, mancillar la pureza de la santa Iglesia.

Todos aquellos herejes que se digan sacerdotes u obispos, pero que no defienden la moral ni la doctrina católica, que están con el modernismo, con el progresismo, con el liberalismo doctrinal teológico, están al unísono con todas las falsas religiones. Eso es violar la Iglesia y por eso es nuestro deber conservar la virginidad de la Santa Madre Iglesia católica, apostólica y romana. Eso fue lo que hizo monseñor Marcel Lefevbre, un hombre que conservó la pureza de la Iglesia; él nunca lo dijo, pero la conservó y murió santamente, pero atacado por la judeomasonería que está dentro del Vaticano y quiere manipular a los cardenales y a los obispos, y qué no hará en el próximo cónclave; por eso debemos estar prevenidos, porque no sabemos lo que pueda pasar.

Nuestro deber es el de conservar la virginidad de la Iglesia católica, su pureza, pues es nuestra madre, porque nos engendra en la fe, en la que los protestantes no aceptan, no quieren, por eso no la admiten como institución divina; no reconocen a la Santísima Virgen y sin embargo se les llena la boca hablando de Cristo y del Señor. Es un cristo falsificado el que pregona el protestantismo en cualquiera de sus múltiples facetas y de la cual Colombia hoy está imbuida; antaño eran contados con los dedos los protestantes, era incluso mal visto, ¿quién iba a visitar a un protestante? Nadie. Hoy casi media Colombia es protestante y la otra mitad lo es sin saberlo. ¿Por qué sin saberlo? Por la protestantización de la Iglesia; ya no hace falta para serlo salir de ella; basta aceptar la nueva misa, el nuevo culto, la nueva liturgia, bailar y danzar, no creer en el Santo Sacrificio de la Misa, comulgar en la mano como si fuese un pedazo de pan y si todo esto no es una herejía pura, entonces, ¿qué es?

¿Cómo es que la gente va a comulgar sin confesión, sin estar en estado de gracia? ¿Cómo va a recibir a nuestro Dios sin adorarle? Todo eso es efecto entonces de un protestantismo dentro de la Iglesia. Por eso nosotros nos esmeraremos hasta la muerte en mantener el culto sacrosanto de la Iglesia católica como siempre ha sido; esa garantía es la Tradición católica, apostólica, romana, la Misa Romana; la Misa de San Pío V, la tridentina, no es más que la Misa Romana, la que fue custodiada por todos los Papas de Roma y por eso el odio satánico contra ella.

Roguemos a la Sagrada Familia, a nuestra Señora, a San José y al Niño Jesús. No debemos olvidar qué importancia le dio el Niño Jesús a los asuntos de su Padre, pues les dijo: “¿Por qué me buscabais? Podría parecer un poco chocante y, sin embargo, como dice el sabio padre Castellani, no les avisó simplemente porque no pudo. Con la respuesta que dio a su Madre les quiso mostrar que si no lo habían encontrado lo que debieron haber pensado era que estaba en el templo ocupándose de las cosas de su Padre, de Dios; no del mundo. Y, ¿por qué no pudo avisarles? porque Él se entretuvo con los escribas, con los fariseos, con los peritos, con los doctores de la sinagoga, porque fue una pregunta tras otra, y así pasaron tres días, maravillados de la sabiduría de ese Niño que era Dios.

De lo contrario sería un malcriado nuestro Señor, ¿cómo se va a ausentar sin pedir permiso?, ¿cómo le va a contestar así a su mamá? Por eso San Lucas dice que nuestra Señora guardaba y meditaba todo esto en su corazón, y por eso lejos de ser un motivo de escándalo la respuesta de nuestro Señor nos muestra la importancia que tienen las cosas de Dios. Y éstas están en el templo, en la Iglesia, no en otra parte; de allí la necesidad de la santa Iglesia como institución divina y de nosotros de pertenecer a ella siendo fieles; hay que pedir esa lealtad a nuestro Señor, a nuestra Señora, a San José, a la Sagrada Familia. +

BASILIO MERAMO PBRO.
12 de Enero de 2003


sábado, 6 de enero de 2018

EPIFANÍA DEL SEÑOR

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Esta fiesta de precepto es una de las grandes celebraciones de la Iglesia, de nuestro Señor mismo, a tal punto que antaño la Natividad de nuestro Señor se celebraba  y no el 25 de diciembre y fue en el siglo IV cuando por orden de Roma, del Papa, se obligó a que se celebrase el 25 de diciembre y no en la fiesta de la Epifanía; esto nos muestra que la fiesta de hoy era en la Iglesia primitiva de mucha mayor resonancia que la del 25 de diciembre, que no existía en muchos lugares. Y ¿por qué esta repercusión? Porque nuestro Señor se manifiesta al mundo, a los gentiles el día de hoy. Él nació el 25 a media noche, en el silencio, en el abandono, en la oscuridad de un mundo que no lo quiso recibir, que no le dio albergue ni posada.

En cambio, hoy, con la presencia de los Reyes que no eran ciertamente magos, ni brujos, sino Magos en el sentido de astrónomos, con cierto prestigio en su país porque escudriñaban el cielo; por eso les llamó la atención esa estrella que vieron en Oriente y la fueron siguiendo hasta llegar a Belén para adorar a nuestro Señor.

Los Magos, sabios astrónomos que venían de Persia según dice el patrono de los predicadores San Juan Crisóstomo, se convirtieron en los primeros padres de la Iglesia llevando de nuevo  la fe allá; esa estrella que ciertamente vieron mucho tiempo antes del nacimiento de nuestro Señor, como el mismo San Juan Crisóstomo dice, fue para que así pudieran llegar en esta fecha 6 de enero poco después de haber nacido nuestro Señor; de otra forma hubiera sido imposible hacer ese largo viaje en unos trece días y menos en aquel entonces. Por eso Herodes pregunta exactamente, como dice el Evangelio, por la aparición del tiempo de la estrella y por lo mismo no es de extrañar que mande matar a todos los niños menores de dos años, tomando las debidas precauciones para que no se le escape ninguno y para que aquel Rey no fructique, no viva.

Así, estos padres de la gentilidad que vieron la estrella en Oriente, un astro del todo milagroso porque era extraña toda su conducta, su presencia; su movimiento fue lo que les llamó la atención, su resplandor, su tamaño, alumbraba de día y de noche, les señalaba el camino, hasta que les indicó el lugar exacto en que estaba el niño con su madre. Estrella que ya había sido anunciada por los profetas, y así, cuando llegan los Magos a Belén preguntan por el Niño y le manifiestan a los judíos lo que ellos ya sabían por las profecías: que había una estrella, lo cual inquieta a Jerusalén y al mismo Herodes que tenía miedo de perder su poder si venía al mundo un rey judío y manda preguntar dónde iba a nacer ese monarca; todos unánimemente responden que en Belén de Judá; de allí saldrá el Rey de los judíos, el Salvador, el Mesías que ellos no quisieron aceptar.

Ahora bien, no es de extrañar que los Magos, viniendo desde tan lejos, hayan tenido esa fe para adorar a Dios, como lo dice San Juan Crisóstomo; fueron a lo largo del camino instruidos por Dios, por el Espíritu Santo, poco a poco, para que así después de engendrar en ellos esa fe adoraran a Dios, no a un niño sino a Dios Encarnado en Él, habiéndoseles revelado a ellos por el mismo Dios esos misterios insondables de nuestra fe.

Herodes pide hablar con ellos en secreto porque tenía miedo de que los judíos se dieran cuenta de sus intenciones; jamás pensaría que ellos no le irían a aceptar; creía, al contrario, que lo defenderían y por eso el miedo y la encuesta, que en secreto, les hace, y aun el tiempo que esperó para dictaminar su orden criminal; nuestro Señor permaneció en Belén cuarenta días y por lógica consecuencia, se ve en el evangelio que nuestra Señora, a los cuarenta días, fue al templo para la purificación y fue después de la huída a Egipto. También el pánico que tenía Herodes de ser descubierto en sus malas intenciones y su justificación al verse ya definitivamente burlado por los Magos que habían sido instruidos por Dios y por los ángeles para que volvieran por otro camino.

Vemos así cómo en este día, en la persona de estos tres Magos, está representada toda la gentilidad. Así como también por tres ramas de Noé se engendró todo el resto de lo que se salvó del diluvio. Por eso quizás a uno de ellos lo pintan un poco moreno, o negro, para mostrar en la variedad cómo los reyes de la tierra vinieron a adorar a nuestro Señor y al darle oro, incienso y mirra no hicieron más que mostrar el misterio que se escondía en ese Niño recién nacido. Con el oro se veneraba la realeza divina de nuestro Señor; con el incienso se le reconocía que era Dios, pues solamente a Él se le quemaba incienso, incluso en los ritos paganos quemar unos granos de incienso bastaba para salvarse de la muerte cuando las persecuciones en la Iglesia primitiva; con la mirra reverenciaban la humanidad de nuestro Señor, a ese hombre que iba a morir en la Cruz por nuestros pecados.

Por si fuera poco, no solamente en este día se celebra la Epifanía, que es la aparición, la manifestación de nuestro Señor cumpliéndose así la plenitud de los tiempos, la Teofanía, como dicen los griegos, sino que también como muestra Santo Tomás, nuestro Señor fue bautizado a los treinta años un seis de enero y las bodas de Caná fueron  un año después, en esa misma fecha. Entonces en este día se dieron en distintos años tres grandes misterios de nuestro Señor: su Epifanía recién nacido, a los treinta años su bautismo en el Jordán y un año después las bodas de Caná, que como lo dice Santo Tomás fueron las bodas de San Juan evangelista; día también en que nuestro Señor lo llama para que sea su discípulo, siendo el muy amado que dejó el lecho nupcial para seguir a nuestro Señor.

Por esta razón el amor de San Juan es sublime y lo convierte en el  más apreciado; él respondió al llamado de nuestro Señor, renunció al legítimo matrimonio, como lo dice Santo Tomás siguiendo a San Jerónimo, lo que a muchos fieles, oído por primera vez, les puede sonar y parecer raro; esto por la ignorancia y la poca preparación de los sacerdotes que no leen lo que han dicho los padres de la Iglesia y los Santos.

Personalmente me da pena, pero hay que señalarlo porque no se puede seguir entre tanta incultura, ocupados más en los chismes y en estupideces que en investigar lo de Dios o por lo menos la opinión de los Santos. En el peor de los casos, si uno se equivoca con un Santo Tomás, un San Jerónimo, un San Crisóstomo o un San Agustín, por lo menos estamos respaldados por esa autoridad no para decir tonterías en los sermones o inventar anécdotas y que la gente salga vacía; en los sermones no se trata de idear nada sino de repetir lo que otros, mucho más santos y más sabios y reconocidos en la Iglesia, han pensado, han dicho y han predicado. Esa es la importancia de la patrística que es la que nos pone en ese contacto, en ese conocimiento con lo que antaño se sabía y que hoy lo tenemos demasiado olvidado.

Hoy es un día tan solemne e importante que absorbió durante cuatro siglos la misma Navidad; fue en un seis de enero también en el siglo IV cuando el emperador arriano Valente se convirtió, asistiendo a la Santa Misa que San Basilio el Grande decía en ese entonces combatiendo al arrianismo. El emperador se acercó al altar temblando de miedo por la magnificencia, por la suntuosidad de la ceremonia y por la concentración de ese santo obispo que no atendió  a su presencia sino solamente a Dios y a su culto; casi cae desmayado si no lo hubieran sostenido y así fue, con toda esa majestad y solemnidad la ceremonia en que el emperador se convirtió y dejó de perseguir a los católicos y de favorecer a los arrianos.

Eso nos da una pálida idea, de cómo se celebraban antaño las ceremonias que eran manifestación de la fe, de esa fe que quizás nosotros no tenemos, porque si tuviéramos más confianza moveríamos montañas, no estaríamos dormidos, no aceptaríamos tantos errores y estaríamos más dispuestos a morir por la verdad. Nuestra fe está como una mecha que se apaga, porque vivimos más pendientes del mundo y del qué dirán, cuando no del gobierno y de la economía; ¡a la porra! ¿Qué política puede haber sin Cristo Rey? Ninguna. ¿Entonces cuál es la estupidez del hombre que quiere hacerla sin Dios? Por puro orgullo, por pura vanidad o puro fariseísmo y como castigo de todo eso vendrá entonces a gobernar el anticristo, porque si no reconocemos la realeza de nuestro Señor y que es Él el Rey de reyes sobre todo el universo, como lo aceptaron los tres Magos, entonces lo que va a admitir el mundo es el anticristo y su falsa paz, su falsa iglesia y su falsa religión. Eso debemos recordarlo hoy más que nunca porque cada vez nos acercamos más a ese lamentable hecho.

La fiesta de hoy debe recordar la importancia que tiene para nuestra fe y, por ende, para nuestra salvación y para la Iglesia católica, apostólica y romana ya que será al final de los tiempos sacudida por Satanás y éste, a través de sus supósitos se sentará en el Vaticano como lo dice la antigua fórmula del exorcismo, que después se quitó, y en la cual se pedía incluso para que Satanás no se sentara en la cátedra de Pedro.

Por eso es tan difícil ser hoy católico, apostólico y romano, aunque muchas veces tengamos que decir no a la Roma modernista ya que hay una infiltración que debe ser denunciada como católicos, apostólicos y romanos que somos y saber que Satanás se valdrá de obispos, cardenales e incluso hasta de un Papa, para destruir la Iglesia de Dios. Esa es la gran apostasía de los últimos tiempos, el misterio de iniquidad, la abominación de la desolación en el lugar santo. Y se necesitan obispos que así lo vean, que así lo digan y que así lo señalen. Es un dolor ver que no hay obispos ni buenos ni malos ni de la Tradición ni de los otros que viendo esto lo digan; y pensar que siendo yo un simple cura lo tenga que señalar; me da pena, pero es así y me veo obligado a indicarlo.

Que la Santísima Virgen nos proteja como a hijos indefensos en medio de un mundo que nos devora si no tenemos vigilancia y cuidado. Pidámosle a Ella que nos haga adorar en nuestros corazones, en nuestras almas, a nuestro Dios, a nuestro Señor y que así podamos vivir como verdaderos cristianos. +

P.BASILIO MÉRAMO.
    
6 de enero de 2003

lunes, 1 de enero de 2018

Octava de Navidad, La Cincucisión de Nuestro Señor, Fiesta de Nuestra Señora, (fiesta de precepto)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:Con la festividad de nuestro Señor unida a la Maternidad Divina de Nuestra Señora que es la Teotocos, la Deípara, la Madre de Dios, la que dio su carne al Verbo, se festeja también la Circuncisión de nuestro Señor que en el Antiguo Testamento tenía lugar a los ocho días de haber nacido; circuncisión a la cual nuestro Señor se quiso someter como de hecho se sujetaba a todo para mostrar la continuidad que Él llegaba a a perfeccionar. No venía a destruir sino a completar. Aprovechaba también para ofrecer ese primer sacrificio de su sangre, sacrificio que por sí mismo hubiera bastado para redimir mundos y universos y sin embargo, Él no escatimó el derramarla toda en la Cruz.

La circuncisión que en nuestras mentes modernas y occidentales no tiene mayor significado pero que en los pueblos orientales sí lo tiene; se circuncidan allí incluso los mahometanos, por ejemplo, a imitación del Antiguo Testamento ya que es, como sabemos, una herejía judeocristiana y más judía que cristiana. El significado de esa circuncisión es el signo de fe de los hijos de Abraham, de los que descendían de su linaje y que de él debía nacer el Salvador. El desprendimiento del prepucio, de la carne, significaba, figurativamente, el despojo del pecado original; de hecho, Santo Tomás dice que con la circuncisión se borraba el pecado original de los niños.

Dios daba la gracia, aunque no era un sacramento como los de la nueva ley, pero borraba el pecado original; tenía ese efecto y nos ponemos a pensar qué pasaba entonces con las niñas, y con los niños que morían antes de los ocho días. Hay que tener claro que siempre, para la salvación de todo hombre, era necesario creer de algún modo en el Cristo venidero y así se manifestaba o expresaba esa fe que después se fue concretando en un signo bien determinado de esa fe, como la circuncisión.

Entonces estaba ese otro medio de la fe en el Cristo venidero que salvaba a los hombres y por ende también a las niñas hebreas y a todo aquel que de algún modo creía en nuestro Señor Jesucristo, que vendría y del cual la circuncisión era un signo concluyente de esa fe que Dios impuso al linaje de Abraham, pero Él ya era el padre espiritual de todos los que tenían o tendrían la fe; porque Él, antes de circuncidarse, fue gran patriarca de la fe y de todos los que tendrían la fe como nosotros; por eso podemos decir con justo título “nuestro padre Abraham”, aunque no estemos circuncidados al igual que en el Antiguo Testamento.

Vemos cómo se prefiguraba así la expoliación del pecado original que se transmitía y se transmite por vía de generación; entonces hay un significado y una conveniencia en esta figura, en este signo de la circuncisión que había en el Antiguo Testamento y que ahora ya es innecesario porque está el sacramento del bautismo que produce la gracia ex opere operato; es decir, por la misma acción que se realiza, ese símbolo significa la gracia que produce.
Los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. Esa es la definición de los sacramentos y que no debemos confundir con la magia; no es brujería, son símbolos instituidos por nuestro Señor Jesucristo que producen la gracia que significan. El Bautismo es un lavado, quiere decir que limpia y para eso se utiliza el agua; expresa entonces que lava la mancha del pecado original y de cualquier otro pecado si lo hubiera, y borra además toda la deuda por esos pecados, cosa que no pasaba, por ejemplo, con la circuncisión.

Si bien Santo Tomás dice que borraba el pecado original no obstante no lo hacía con toda la deuda que se debía pagar por el pecado. Esa es una gran diferencia y vemos cómo se perfecciona entonces en la nueva ley, eso que estaba prefigurado o expresado de algún modo en el Antiguo Testamento. Todos esos ritos que eran emblema, prefiguraban lo que hoy se realiza sacramentalmente y quedan abolidos porque desaparece la figura cuando está la realidad. Válganos un ejemplo aunque imperfecto: ¿de qué nos vale mirar el retrato de una persona que tengo frente a mi cara, faz a faz? Sirve cuando la persona está lejos; pero cuando la tengo presente miro a la persona. La foto sería inútil como lo serían todos aquellos ritos que prefiguraban lo que realizan realmente los siete Sacramentos del Nuevo Testamento que nos imparten la gracia con alguna peculiaridad, con alguna especialidad correspondiente a la necesidad del sacramento en cuestión.

Se le asignó un nombre a Jesús, ya que en el bautismo se da un nombre al niño, que debería ser católico, es decir, que corresponda a un santo para que sea su santo patrón, le guíe y proteja; así, a nuestro Señor se le impuso el nombre de Jesús, Yesua, salud (dador, salvador, el que da la salvación), no la salud como aquel que la recibe sino quien la da; como el origen, el principio de esa salud de donde proviene nuestra salvación. De ahí la correcta traducción de llamar Salvador a nuestro Señor; eso significa Yesua o Jesús y no hay ningún otro nombre bajo el cual el hombre pueda salvarse sino el de Él.

Eso era característico en la Iglesia primitiva. Se bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar el valor de ese nombre lo cual ahora sería inválido, pero en aquel entonces por una permisión divina se podía y se bautizaba y, de hecho, así lo hacían los apóstoles; San Pedro primero bautizaba en el nombre de Jesús para mostrar cuán importante era ese divino nombre de nuestro Señor; se bautizaba, pues, en el nombre de la Santísima Trinidad y en el nombre de nuestro Señor. Ahora sería nulo sencillamente porque Dios quiso en un principio mostrar esa relevancia del nombre Salvador de nuestro Señor; permitió por un tiempo bautizar como si fuese la misma fórmula de la invocación de la Santísima Trinidad. Eso nos da una idea, una muestra de la relación que hay con respecto al nombre de nuestro Señor como origen de la salvación de los hombres.

No hay ningún otro nombre por el cual nos podamos salvar. Y muchas veces detrás de esos grandes hombres la humanidad busca la salvación erróneamente, llámese el gran caudillo: Mahoma, Hitler, Mussolini, Franco, como quiera que se llame, buscando, pidiendo la salvación o esperándola de un miserable hombre; igual que cuando la gente atosigada pide la salvación de un ser querido al doctor como si fuese dueño de la vida, a lo que un buen médico respondería: No señor, yo soy simplemente un instrumento, hago lo que puedo; la vida la da Dios y no le puedo garantizar eso, porque yo no soy Dios, mi deber es simplemente coadyuvar a encontrar la salud. Es una muestra del actuar irracional el que esperemos la salvación y la vida de los hombres y no de Dios.

Invoquemos a lo largo de este año que se inicia hoy, pidiéndole a nuestro Señor la salvación nuestra, del mundo y que no la esperemos de ningún otro, y menos del Anticristo que vendrá a suplantar a Cristo dentro de la Iglesia. Debemos estar muy preparados contra ese engaño, contra esa usurpación. El Anticristo se hará pasar por el Cristo, gobernará en nombre de Dios y será el gran perseguidor de la verdadera religión mostrando un falso culto, que ya está instaurado con la nueva misa, con toda la parodia litúrgica de la Iglesia modernista. Eso es un remedo, y el que no lo vea así, que le pida la fe a Dios porque hay que verlo y sentirlo así; es un simulacro de misa, de culto, una profanación gravísima, cultual y religiosa, terrible.

Sobre ese culto ya instaurado irá a pontificar el Anticristo en el nombre de Dios, no lo olvidemos; la Navidad tiene un carácter esjatológico y la prueba está en que la Epístola de hoy bien lo dice: que esperemos el día del Señor. Esas cosas hay que enseñarlas, hablarlas, decirlas; es un deber de los sacerdotes, que si no lo hacen es porque están mal formados, mal orientados, mal ubicados. Hay que alertar, el sacerdote no puede dormirse, tiene que estar vigilante y más en esta época desastrosa en la que faltan verdaderos sacerdotes que sean vigías, que no duerman, que adviertan, que sacudan a la gente para sacarla de ese letargo mortífero, de esa epidemia, de esa insensibilidad, de esa anemia espiritual; para que podamos con fe, con verdadera fe y esperanza permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir y vendrá como juez; aunque el día y la hora no los sepamos, sí podemos saber su proximidad como cuando está pronto el verano, que lo sabemos cuando comienzan a reverdecer los árboles.
El ejemplo de la higuera que nos da nuestro Señor se aplica a la apostasía que estamos viendo dentro del Vaticano. O, ¿qué se creen?, ¿qué no impera la apostasía en el Vaticano? Eso es evidente, mis estimados hermanos, para todo aquel que tenga un mínimo de fe.

¿Por qué estamos donde estamos?
¿Por qué somos perseguidos? ¿Qué es lo que pasa en el mundo? ¿Qué pasa en la Iglesia? Ocurre que con la televisión, la comodidad y los viajes, se nos hace olvidar lo esencial, como a tontos que con un juguete olvidamos el resto del mundo que nos rodea y sólo nos interesa el juguetito.
Estamos grandes para que nos engañemos con el juguete de la televisión, con el de los placeres, la fornicación, y la pornografía, que no hacen más que envilecernos, estupidizarnos, enceguecernos para que cuando surja alguien que diga la verdad como es, entonces parezca loco. Pues aun a riesgo de parecer loco como Don Quijote, hay que defender el ideal cristiano de la verdad. En eso consiste el verdadero significado del Quijote. Es preferible pasar por demente, que poco importa, o por haber perdido la cordura en nombre de la verdad y el ideal de la justicia de Dios, pues esa sería la locura de la cruz de San Pablo y no andar muy cuerdos con el mundo, que eso hoy sería un signo negativo.

Que la Iglesia y un Papa tengan buena prensa es signo negativo, porque ésta está en manos del demonio, del judaísmo que quiere atacar lo que sea católico, y si no lo agrede y lo alaba es porque ese personaje es todo lo contrario, lo mismo para todo lo que ensalzan los medios de difusión. En cambio, monseñor Lefebvre fue desacreditado y difamado hasta el último momento, condenado por el judaísmo internacional en nombre de los derechos humanos.

No olvidemos todas estas cosas para que permanezcamos fieles; afrontemos este año que ya comenzó, no claudicando a la mitad del camino, y si nos tocara morir, hacerlo de pie, con altura, con honor, en defensa de la verdad, de Cristo Rey y de la Iglesia, la Santa Madre Iglesia.
Pidámosle a nuestra Señora que nos ayude a ver con claridad todas estas cosas y a permanecer fieles a la Santa Iglesia y a nuestro Señor Jesucristo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
1 de enero de 2002



domingo, 31 de diciembre de 2017

DOMINGO EN LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este domingo de la Infraoctava de Navidad, que quiere decir dentro de la octava, de los ocho días siguientes a la Natividad de Nuestro Señor, el Evangelio nos relata la presentación del Niño Jesús en el templo junto con la purificación legal de Nuestra Señora.

Antiguamente estaba muy marcada en el pueblo elegido la convicción de que el primogénito pertenecía a Dios, era de Dios, como deben ser todas las primicias, para Dios, con lo cual se manifiesta su señorío, su dominio sobre todo lo creado. Por los primogénitos, entonces, había que pagar como un rescate en el templo y cada uno lo hacía de acuerdo con sus posibilidades. Los ricos ofrecían el sacrificio de un cordero o de un ternero, mientras que los pobres ofrecían una paloma o alguna otra ave, animales de menor valor que en este caso fue lo que ofrecieron San José y la Virgen María, quienes eran pobres. Pobres, mas no miserables. Porque la miseria no es buena para nada, la pobreza es buena para vivir cristianamente en la humildad y en el ejercicio de las demás virtudes, cosa que hoy no se aprecia y se confunde muchas veces con la miseria. También este siglo de tanto progreso depara esa miseria que no es buena para la vida virtuosa ni para la vida cristiana, y sin embargo nos gloriamos de un siglo que genera desastres sociales que
descompensan la convivencia humana, política y social de las naciones y del mundo
entero.

San José y la Virgen María fueron, pues, al Templo a presentar al Niño y de paso Nuestra Señora también fue a purificarse. La purificación legal era porque quedaba un resabio de la condición pecaminosa por la cual venimos al mundo, transmitiéndose el pecado original; de ahí que la mujer de alguna forma debiera purificarse. Lo que demuestra que no nacemos buenos. Ni tan buenos, ni tan puros, como piensa hoy el mundo, sino que nacemos bajo la impronta del pecado original que se transmite por la generación. Con una salvedad, en este caso maravilloso, la Virgen Santísima no tenía por qué hacer ninguna purificación legal; no obstante, quiso someterse a la Ley. Ella no tenía ninguna necesidad de ello porque lo nacido de sus entrañas era obra del Espíritu Santo y no de procreación humana en la cual interviniese un hombre; sino directamente de la mano de Dios en el seno virginal y puro de la Santísima Virgen María.

Y vemos cómo San Simeón, sacerdote del templo, al llegarle el turno a la Sagrada Familia, reconoció al Mesías y le profetizó a su madre y al pueblo que sería signo de contradicción, y para Ella también sería como una espada que traspasaría su corazón. Ya es la Virgen dolorosa con los sufrimientos profetizados a causa de este niño que iba después a morir en una cruz. Asombra cómo este Niño recién nacido, que era el Salvador y Mesías, fuese signo de contradicción.

He ahí todo el misterio ante Cristo Nuestro Señor, ante El no puede haber término medio, a Nuestro Señor hay que reconocerlo y aceptarlo o rechazarlo. Es en ese sentido que El está constituido como signo de contradicción: para salvación de unos y para condenación de otros, como respuesta fundamental de cada ser, de cada hombre, de cada criatura ante Nuestro Señor, si correspondemos a Dios en el nombre de Cristo o si le rechazamos. Este es el misterio de la condenación del infierno que hoy se le niega, o se le pone en duda, sobre todo cuando se dice que el infierno es un simple estado del alma y no un lugar.

Yo quisiera entonces saber en qué lugar estarán los cuerpos de aquellos que se han condenado; si tienen un cuerpo tienen un lugar, luego el infierno también es un lugar. Y ningún Papa tiene derecho a conculcar esta doctrina de fe y si lo hace es un hereje; lo lamento mucho, mis estimados hermanos, pero Juan Pablo II lo ha dicho, y es una herejía. El infierno no es simplemente un estado, además de ser el estado del alma separada de Dios, y esa es la pena de daño, la pena terrible; también hay la pena de sentido que es el fuego eterno, que reivindica la justicia de Dios en aquellos que libremente han impugnado el nombre de Dios y le han rechazado; esa es la doctrina Católica, Apostólica y Romana, y pobre de aquel que no la defienda; en el cumplimiento de mi deber como sacerdote católico lo digo, porque no se puede tolerar impunemente la herejía en contra de la sacrosanta doctrina de la Iglesia Católica.

La Iglesia Católica no es una cueva de ladrones, ni el panteón de todas las religiones ni de todas las falsas creencias como quiere hacer creer el Concilio Vaticano II; eso es inadmisible, es intolerable y quien lo tolere y admita, no tiene la fe católica. No hay término medio; lo que puede haber es ignorancia, eso es otra cosa, pero a la ignorancia hay que combatirla con la predicación de la verdad y la verdad no tolera el error. Si Nuestro Señor es signo de contradicción para salvación de unos y condenación de otros, es justamente por esto, porque aquel que no le responde en el fuero íntimo de su alma a Nuestro Señor, sino que le rechaza y muere en ese estado, se condena eternamente. Pero hoy alegremente, dando muestras del protestantismo que profesan, de cualquier persona que se muere, "Aleluya, alabado sea el Señor", "ya se salvó, está en el cielo". Ni siquiera el purgatorio. Otro dogma de fe católico negado o puesto en duda, como pasa con los curas modernos que no tienen fe, que han perdido la noción del dogma católico; es tanta la imbecilidad, que ya no saben ni dónde están parados.

Esa es la obra de destrucción de la Iglesia Católica, la crisis que atravesamos, apenas digna de los últimos tiempos y anterior a la segunda venida gloriosa de Nuestro Señor y lo que tendremos que soportar hasta la manifestación del Anticristo. Esa es también la necesidad de tener una Iglesia con apariencia verdadera, pero sin ser la Iglesia Católica y esa es la obra de los enemigos de Dios, de Satanás, el judaísmo y la masonería: prostituir la Iglesia, para que dentro de ella se alojen todas las falsas religiones y poder Satanás salirse con la suya, lograr entronizar en la Iglesia la cátedra del error.

Es un hecho comprobable al que le debemos el estar confinados aquí, recluidos como en las catacumbas, sin poder decir la Santa Misa en una iglesia o en una catedral, porque ya no se le permite a la verdad ser predicada ni a la Santa Misa de siempre ser ofrecida. Lo que exige de nosotros, mis estimados fieles, tener esa plena conciencia de nuestra santa religión y la razón de nuestra existencia. Porque no es normal lo que hacemos, ni lo que está pasando. O ¿es acaso normal que la Misa esté perseguida, que se tenga que decir en este recinto y no en una parroquia, con la anuencia y el beneplácito del obispado, de la jerarquía? Tampoco es normal que pululen dentro de la Iglesia herejías como la de negar el infierno; se niega además el purgatorio, se niega el pecado, se niega la exclusividad de salvación que tiene la Iglesia Católica; se rodea a Nuestro Señor de heresiarcas como Lutero, se le coloca en plano de igualdad con Buda o Confucio.

¿Acaso la Iglesia Católica es una olla podrida donde se alojan toda clase de ideas sin importar la gloria y majestad de Dios? Ya Nuestro Señor advirtió que antes de su segunda venida habrá una gran tribulación y una gran apostasía; y esa gran tribulación y esa gran apostasía, es la que se vive y que no sabemos cuánto tiempo durará y Dios quiera pronto acortar estos días, porque aun nosotros, los que queremos conservar la fe inmaculada, la verdad, seremos también inducidos al error si Dios no abrevia este tiempo, porque tanta es la presión, que son muy pocos los sacerdotes capaces de referirse a estas cosas aun dentro de la Fraternidad. No se piense que todos los sacerdotes de la Fraternidad hablan a los fieles tan claramente; no lo hacen.

¿Por qué? Por la presión, por el miedo, por el qué dirán, por no asustar, o porque a veces no ven con suficiente claridad. Es un privilegio cuando se cuenta con alguien que dice sencillamente las cosas como son y pone todo en las manos de Dios; porque quien predica no lo hace para predicarse a sí mismo, o tener éxito y ser alabado, sino para glorificar a Dios, para decir la verdad y combatir el error, cosa que no hace la jerarquía hoy; falta ese espíritu de verdadero combate y de verdadero apostolado.

Hay un cansancio, un desgaste, y por eso el peligro de ese desgaste en los sacerdotes y en los fieles. La única manera de mantener esa llama encendida es justamente estando alertas, con los ojos abiertos, con espíritu crítico para apropiarse lo bueno y rechazar y condenar lo malo; a Dios rogando y con el mazo dando, es la única manera de salir ilesos en medio de tanta confusión, herejía y apostasía. Sin dejar de encomendarnos a Nuestra Señora, que Ella nos proteja bajo su manto porque somos indefensos; el mundo en cualquier esquina nos devora, y no podemos sucumbir ante el error, ante el mal, ante el pecado. Debemos pedirle a Ella cada día, a cada instante, para no dejarnos arrastrar por el torrente de fango que todo lo destruye.

Hoy, en cambio, se predica y hay de hecho libertad para todo, menos para el bien y para la verdad; todo se puede pensar, todo se puede creer, todo es permitido, menos una sola cosa: Predicar el bien y la verdad y de ahí la gran persecución en contra nuestra, cosa que no debemos temer. Al contrario, jamás hay que tener miedo cuando se está con Dios y eso es quizá lo que santifica ese combate espiritual, porque es un combate de fe, por la fe y en defensa de Nuestro Señor Jesucristo, signo de contradicción, pues para unos es salvación y para otros será reprobación, condenación eterna.

Ante el Nombre de Nuestro Señor no hay término medio, cada hombre con entera libertad le responde con un sí, o con un no, y por eso renovamos el sí que hemos dado en el bautismo, que volvemos a dar en la confirmación y en la recepción de los sacramentos, que nos da la gracia de Dios para que no le neguemos como muchas veces le negamos. Cada vez que pecamos, cada vez que no hacemos su santa voluntad, hay que pedirle, por lo menos, no tener la desgracia de pecar mortalmente, de ofenderle mortalmente; y que los pecados veniales no sean deliberados, que sean por nuestra inconsistencia, nuestra fragilidad, pero no por una malicia calculada, aunque sea venial. Porque el pecado venial deliberado lleva al pecado mortal y el pecado mortal nos separa eternamente de Dios.

Que este Niño recién nacido sea para nosotros manantial de salvación, no de condenación. Que Nuestro Señor, signo de contradicción, sea para el mundo la salvación. Pedir a Dios y ayudar a que se convierta la gente, a que le reconozca, ya que la Iglesia es misionera y el apostolado consiste en atraer a la gente a la conversión en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y no en afirmarles su budismo, mahometismo o judaísmo, sino que adviertan su perdición eterna al no aceptar a Cristo, al no hacerse bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esa es la misión de la Iglesia; eso fue lo que hicieron los apóstoles y eso es lo recomendado hasta el fin del mundo; no el falso apostolado de hoy.

Pidamos a la Santísima Virgen María nos consolide en estas verdades esenciales para mantenernos fieles a la Iglesia Católica, fieles a Nuestro Señor, y así festejar santamente las Navidades y también poder concluir un año más con el propósito de que el próximo sea mejor en virtud y santidad; que las penalidades que vengan sean sobrellevadas con verdadero espíritu de fe y de amor a Dios sobre todas las cosas.

BASILIO MERAMO PBRO.
31 de diciembre de 2000

lunes, 25 de diciembre de 2017

NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO 25 de Diciembre


Amados Hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
La Misa de medianoche es una de las tres que se pueden celebrar en este día con motivo de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo un Dios infinito, eterno, omnipotente, se encarna en el seno virginal de la Santísima Virgen, haciéndose hombre, tomando nuestra naturaleza humana? Ese es el gran misterio inefable que no se comprende ni se entiende, pero que se cree porque Dios así mismo nos lo revela y la Santa Madre Iglesia así lo propone y enseña. Secretos de Dios que se creen única y exclusivamente por fe sobrenatural. Y esa es la fe que nos debe animar, esa fe en Dios que se hace hombre, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios, del Padre, que se hace humano para redimirnos del pecado.


La Navidad, pues, debe ser un motivo más para convertirnos a Dios, para que renunciemos al pecado, para que vivamos sobria y santamente como pide la Epístola que acabamos de leer: que no vivamos de los deseos mundanos conforme a sus placeres sino a los gozos celestiales puestos en Dios. Y por eso, mal haríamos si festejáramos esta Navidad como lo hace la mayoría, en diversiones, borracheras, lujurias, violencias y todas esas cosas que provienen de la pasión y falta de virtud. El ejercicio de la virtud refrena las malas inclinaciones, nuestros malos deseos y eso debe ser la Navidad para nosotros: un motivo de conversión y de mayor fe en nuestro Señor que nace pobremente en Belén, abandonado de los hombres, no teniendo posada en ninguna parte y naciendo en el fondo de una cueva.

Nadie, ningún ser humano nace así por pobre que sea y el Rey de Reyes y el Señor de Señores quiso nacer en la más absoluta pobreza y mayor olvido de los hombres para mostrarnos ese camino real de la carencia, que no es miseria porque en la ésta no puede haber virtud como sí la hay en la pobreza. Así, nuestro Señor pudo nacer en un palacio; sin embargo, no lo hizo, para mostrarnos la ventaja de la humildad como virtud. Y es ésta la que ennoblece al hombre, aunque hoy desgraciadamente se cree todo lo contrario, se piensa que es el dinero, el poder y las riquezas.

Es la virtud la que hace a los reales caballeros, y por eso hasta los ricos, si quieren ser verdaderamente nobles y virtuosos deben, aun en medio de las riquezas, vivir en el desapego de lo material y del poder, como dieron ejemplo grandes reyes de la Edad Media que llegaron a ser santos, como San Luis de Francia, San Fernando de España, San Enrique de Alemania y otros modelos de virtud y de santidad.

Y viendo a nuestro Señor abandonado de los hombres aprendamos el camino de la renuncia, del retiro, para que no sigamos los principios que rigen al mundo y nos hacen paganos; vale más estar aislados y vivir en la unión con Dios que vivir junto a los otros hombres en el pecado; que nos acordemos de nuestro Señor cuando sufrimos y padecemos persecución, hambre, abandono; que Él vino al mundo en medio de esa desolación, de esa pobreza; que vivió así toda su vida y que murió en la Cruz para que nosotros nos asociemos a los sufrimientos de nuestro Señor y no sucumbamos ante los padecimientos pasajeros; que podamos tolerarlos y que no se turbe nuestra alma o se ofusque y rechace o reniegue de esos males sino que los aprovechemos como un medio de santificación.

Veamos a la Santísima Virgen y a San José con qué resignación aceptaron todo lo que les aconteció, sin tener la mano ni la ayuda de nadie y teniendo así que recurrir a una sencilla cueva para que allí naciera nuestro Dios.

Pidámosle a la Santísima Virgen María que Ella nos consolide en la fe y en la virtud, para que podamos seguir ese ejemplo que nuestro Señor nos dio y poder así ser verdaderos católicos. +

BASILIO MERAMO PBRO.
25 de diciembre de 2001




domingo, 24 de diciembre de 2017

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO Y VIGILIA DE NAVIDAD


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento. Estos cuatro domingos presagian los cuatro mil años que van desde la creación de Adán y su contiguo pecado, a la espera y venida del Salvador. Digo cuatro mil años, porque eso es lo que poco más o menos atribuye la Tradición de la Iglesia, desechando las fábulas, mitos y estupideces, como decía San Juan Crisóstomo, el patrón de los predicadores, que desde aquella época ya refutaba esa idea infundada de atribuirle miles y millones de años al universo y la creación del hombre. Cuatro domingos que nos preparan para la Natividad de nuestro Señor.

Por lo mismo, la Iglesia en su liturgia durante este tiempo de Adviento nos presenta la figura de San Juan Bautista, precursor del Señor, comparado a los ángeles no porque fuese un ángel en su naturaleza sino por la misión que tuvo; porque ángel es aquel que tiene la misión de anunciar a los hombres las cosas de Dios. Y él fue quien anunció y más que anunciar, señaló con el dedo la presencia de nuestro Señor, el Verbo Encarnado del cual él “no era digno ni aun de atar la correa de sus sandalias”. Figura que nos prepara para ese espíritu de Navidad tal como él preparó para que el pueblo elegido aceptara la predicación de nuestro Señor Jesucristo y a nuestro Señor mismo ya que era su precursor, el gran pregonero y la voz de aquel que clamaba en el desierto, que era nuestro Señor Jesucristo en persona y San Juan su portavoz. Predicaba el bautismo de mortificación, es decir, la penitencia, la conversión de corazón hacia Dios y la negación de todo aquello que se opone a Dios, y que se cifra en el pecado.

El pecado está arraigado en una triple raíz, en una triple concupiscencia y de ahí provienen todas las malas inclinaciones, que si no las atacamos a tiempo, se convierten en perversión; eso es lo que genera los crímenes y abominaciones que vemos y que con un espíritu a veces impío, se le atribuye a Dios ese mal, cuando Él es la Bondad Suma, la Misericordia Infinita. El corazón perverso del hombre no se convierte y se sede no sólo por la triple concupiscencia, sino también como ministro del demonio que siempre trama el mal, por ser el gran enemigo del hombre y de Dios; el demonio nos odia como imagen y semejanza de Dios. Por tal razón quiere destruirnos y que nos condenemos eternamente en el infierno. Esa es la obra de Satanás, el maldito, por no querer servir a Dios; esa es su desgracia, ese fue el primer pecado y la primera apostasía y Dios le quitó la sabiduría pero no el poder, ese poder que ostenta porque Dios se lo ha dejado justamente para que sirva de acicate, de espuela para el bien, para la virtud, para la santidad.
El mal coadyuva para aquellos que aman a Dios, quien saca del mal un bien para aquellos que son de Él, para los que se transforman a Dios. Esa es la conversión, el bautismo de penitencia que predicaba San Juan Bautista.

Y la Iglesia presenta al Bautista en este tiempo de Adviento para que nos convirtamos a Dios. La conversión tiene muchas etapas en nuestra vida y si no nos decidimos, cada vez retrocederemos más en la vida espiritual; si no se avanza se retrocede; y esa transformación culmina en la santidad sublime de la cual nos han dado ejemplo los santos. Por eso requiere y tiene muchas etapas. No creamos entonces que se trata simplemente del cambio del infiel, del ateo, del que odia y se opone a Dios, sino también la transfiguración del cristiano, del bautizado, del fiel, para que quite todo escollo u obstáculo, todo aquello que imposibilita la gracia para fructificar o producir sus efectos.

Por eso hay que allanar todo monte que dificulta en nuestra alma esa acción de la gracia. Nuestra soberbia, orgullo, vanidad, odio, rencor, envidia, todas esas pasiones que hacen que no nos adhiramos a Dios totalmente porque impiden que la gracia produzca plena en nuestro corazón y nos impide de verdad amar de todo corazón a Dios.

Insiste pues el Evangelio con el ejemplo de San Juan Bautista para que alise todos esos repliegues de nuestra alma, del corazón y que habite plenamente Dios en nosotros como templos sagrados del Espíritu Santo, como tabernáculo que es nuestra alma en estado de gracia; teniendo así esa participación; no lo olvidemos, la gracia como una colaboración de la Naturaleza Divina y por eso nos asemeja a Dios.

Esa fue la gran tentación del Paraíso: que el hombre quiso procurársela por sí mismo dictaminando qué era lo bueno y lo malo para sí, como acontece hoy. El mal y el bien ya no son una cosa objetiva, sino que en este modernismo apóstata cada uno es doctor y maestro de su moral, de lo bueno y de lo malo; por eso ya nadie se avergüenza de besuquearse y de amancebarse en público, porque cada uno determina en el fuero de su conciencia si está bien o está mal; una libertad absurda, de pecado.

Esa es la moral del mundo moderno y la que desgraciadamente predican hoy los falsos profetas que invaden la Iglesia Sacrosanta de Cristo. Tragedia por la cual no debemos claudicar; todo lo contrario, nuestro deber es recordar que el bien y el mal son cosas objetivas en sí mismas. Tan objetivas que por eso se va al cielo o al infierno eterno. Tan objetivo es que si para ir al cielo hay que creer con fe, para irse al infierno no hace falta la fe; de ahí el peligro, la facilidad y la puerta ancha para condenarse, porque para salvarnos necesitamos la e y ésta con la gracia santificante; pero para condenarnos no la necesitamos; por eso es ancho el camino que lleva al infierno, camino adornado hoy con flores, perfumes y halagos para que la gente se deslice tontamente y Satanás se salga con la suya.

Es necesario recordar estas cosas por el bien de nuestras almas y que ese bien lo tengamos presente en esta Navidad; para eso ha venido el Señor, para eso se Encarnó. No echemos a perder el fruto de su Encarnación y Redención que es el de salvarnos, no condenarnos, y así amemos eternamente a Dios en el cielo después del transcurso de esta vida una vez que hayamos muerto en estado de gracia. Ese es el propósito de la verdadera Iglesia. No la falsa Iglesia de los pseudoprofetas, de los anticristos, sino la Iglesia de Cristo y ya sabemos que la verdadera Iglesia se reconoce por la fidelidad a la Sacrosanta Tradición, a la revelación de hoy. Por eso en la Epístola San Pablo dice que lo que se requiere de los dispensadores de las cosas de Dios, de los Ministros de Dios es la fidelidad y no sólo a sus ministros sino también a los fieles.

De ahí viene el nombre de fieles, fidelidad a nuestro Señor, a su Palabra, al Verbo de Dios y a la Iglesia de Dios. Luego ese es el signo infalible para detectar la verdad y distinguirla del error: la fidelidad, esa es nuestra misión y por eso la gran persecución de todo lo que no es la Iglesia de Cristo contra los que son de Cristo por fidelidad.

Seamos fieles y pidámosla a Dios nuestro Señor en estas Navidades. Tengamos presente la lealtad de la cual Nuestra Señora dio prueba al pie de la Cruz; que Ella sea nuestra sustentadora, nuestra fortificadora para permanecer siempre devotos en ese amor del cual Ella nos dio ejemplo. Pidámosle entonces a Ella ese apego y ese amor hacia su amado Hijo. +

BASILIO MERAMO PBRO.
23 de diciembre de 2001




Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este domingo festejamos la Vigilia de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, y narra el Evangelio la duda que embarga a San José ante el gran misterio de la Encarnación, misterio que él desconocía; por tanto, tenía el propósito de abandonar secretamente a su legítima esposa, abandonarla en secreto porque los judíos acostumbraban repudiar a la mujer adúltera y para evitar ese escándalo, pensaba, sin difamarla, dejarla en silencio, viéndola encinta y sabiendo por demás, que era una santa mujer y que se habían casado prometiéndose mutua virginidad.

La ley natural nos dice que si una mujer está encinta, es porque ha tenido relación marital con un hombre; la Santísima Virgen no podía revelar lo acontecido en Ella porque era a Dios a quien correspondía anunciarle a su esposo; Ella debía guardar silencio sabiendo que Dios proveería lo que fuese necesario, incluso, el hecho de advertir al casto, puro y virtuoso San José, quien según la Tradición de la Iglesia era primo hermano de la Virgen María. San José, pues, ante aquel misterio decide abandonarla en secreto para no hacerle daño, para que los judíos no la lapidasen;
no difamarla, pues le constaba que era pura y santa; sin embargo, ya que no puede entender, con virilidad decide distanciarse, hasta que un ángel del cielo le aclara el misterio anunciándole que aquello era obra del Espíritu Santo y que recibiese a la Virgen en su casa como a su legítima esposa.

Esta actitud de San José, que nos puede extrañar, incluso escandalizar, si somos piadosos en apariencia, porque la verdadera piedad es viril (fuerte) también en la mujer, como la piedad de Santa Teresa la grande, porque la virtud da esa fortaleza de espíritu tanto en el hombre como en la mujer; la misma palabra virtud quiere decir fuerza, vigor, uirtus. San José, entonces, en lugar de hacer consideraciones aparentemente piadosas "... como es una santa mujer, eso será hinchazón, será inflamación u otra cosa...", no entiende y decide tomar distancia.

Esa actitud tendríamos que tenerla en cuenta estimados hermanos, a lo largo de toda nuestra vida, para esas ocasiones difíciles, sobre todo en épocas como en la que nos ha tocado vivir. Cuando no entendamos y estemos ante una contradicción o un misterio, y más aún, cuando estemos ante un misterio de iniquidad como el que realmente se vive, nos sirve ser viriles y adoptar el ejemplo de San José: ante el error introducido en la Iglesia -preñada de errores cuando no de herejías-, siendo un contrasentido, ya que la Iglesia es santa, es pura e inmaculada, pasando por alto los errores personales que tengan sus miembros. Los errores doctrinales que afectan a la institución en sí misma constituyen un misterio de iniquidad en la Iglesia. El católico, si ama a Nuestro Señor debe tomar distancia, alejarse en silencio para conservar la fe y no excusar el error ni aceptarlo, como desgraciadamente hacen muchas personas encubiertas con apariencia de piedad, como les pasa a muchos sacerdotes que justifican el error y la contradicción.

Y este ejemplo de San José: él, que no podía pensar mal de la Santísima Virgen María; él, que sabía que era una mujer inmaculada, la ve encinta y decide dejarla, y lo hubiera hecho, pero el ángel le retiene. Entonces, ¿cómo es que nosotros - católicos- que sabemos que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, como institución divina no puede enseñar el error y menos la herejía?, aceptemos esa contradicción, esa infamia, esa blasfemia, la de cohonestar con una Iglesia que no es ni pura ni santa ni inmaculada. Hay que imitar a San José.

Y esa fue la actitud que asumió Monseñor Lefebvre: tomó distancia, no aceptó bajo ningún concepto el error y la contradicción, se adhirió a la Tradición para mantenerse fiel y fundó una asociación de sacerdotes fieles a la verdadera Iglesia, porque la verdadera y única Iglesia no puede como institución albergar ni enseñar el error en su doctrina, en sus sacramentos y en su moral. Otra cosa son los errores humanos de sus miembros, pero ya no es la institución quien falla sino los hombres, la parte humana. Nosotros no podemos aceptar lo que actualmente se presenta ante nuestros ojos como Iglesia oficial henchida de errores y herejías. Por esto, la valentía de San José viene a servirnos de ejemplo para mantenernos fieles al Evangelio, para que Nuestro Señor Jesucristo reine en su Iglesia y en nuestros corazones; aunque nos consideren cismáticos, o como ellos quieran considerarnos, ya que "cisma", como decía Monseñor Lefebvre, "si es que lo hay, no soy yo el cismático sino aquellos que no son fieles a la Tradición de la Iglesia siendo la innovación la que posibilita, y de hecho así lo ha sido, el error, llevando a los fieles a
la apostasía".

Por lo mismo, debemos cuidarnos de organizaciones que parecieran responder a mensajes del cielo y que pueden no ser verdad, porque son susceptibles de adulteración en el camino; me refiero al Movimiento Mariano del padre Gobbi, Movimiento Sacerdotal Mariano, suscitado aparentemente por Nuestra Señora quien revela cosas muy ciertas con las cuales estoy de acuerdo, salvo en un punto que me parece esencial, fundamental: ¿cómo es que Nuestra Señora no diga nada de la Santa Misa? Que ellos se mancomunen en concelebraciones y celebraciones de la nueva misa, teológicamente es absurdo. Entonces, ese es un punto clave. Otro es el siguiente: ¿cómo es posible que reconociendo, por ejemplo, que en la Iglesia hay una gran confusión, desobediencia, error y herejía, incluso apostasía, cubra las espaldas a los principales responsables de esa apostasía? Eso no puede ser.

Necesitamos más que nunca manejar un concepto sobrenatural claro de lo que es la Iglesia y su doctrina y necesitamos también el virtuosismo de San José ante el error que la invade y que bajo el peso de la obediencia a la jerarquía y a la autoridad, quieren hacer prevalecer por encima de la verdad. Ese es el gran misterio de iniquidad y por eso digo que Nuestra Señora no puede ocultarlo.

Pablo VI firmó todos los decretos y declaraciones del Concilio Vaticano II, no se le puede eludir la responsabilidad que le corresponde; o también a Juan Pablo II, que no ha hecho más que favorecer el error difundiendo el Vaticano II, mientras que reprime y estrangula la verdad y la tradición de la Iglesia. No puede haber plena unión en la verdad en aquellas cosas que parecen correctas y con las que podríamos estar muy de acuerdo, si no se dice toda la verdad y, más aún, cuando se encubre con el manto de la Virgen a los culpables. La autoridad tiene una obligación y se peca no solamente por acción sino también por omisión; la autoridad que no reprime al mal se convierte en su cómplice, hace que el mal se vuelva impune y, así, es más condenable que el mismo criminal. Y si eso acontece en el orden natural, cuánto más en el orden sobrenatural de la Iglesia, estando la autoridad para combatir el error y para enseñar y afianzar la verdad infaliblemente y si eso no lo hace un Papa, peca con un pecado de lesa majestad contra la Iglesia y la verdad, que es Dios, y eso no lo puede encubrir Nuestra Señora.

Monseñor Lefebvre, ese santo Obispo, y santo no solamente por decirlo para significar una gran vida de santidad, sino santo con todas las características de aquellos santos dignos del altar, porque incluso por su intercesión se han hecho algunos milagros, pero que ha sido vilmente atacado por haber cometido el gran pecado de ser fiel a la Santa Madre Iglesia Católica, siguiendo él ese ejemplo de firmeza y de virilidad de San José al no querer aceptar el error.

En estos momentos de la Vigilia de Navidad, en que esperamos nazca nuevamente Nuestro Señor, esperamos también su segunda venida. La Navidad carecería de sentido si no tuviésemos presente cada año en esta fecha la segunda aparición de Nuestro Señor glorioso y majestuoso con la cual completa y corona su primera venida y toda la obra de la Redención.

Pidámosle a la Santísima Virgen María que nos ayude a festejar una Navidad en paz con Dios y con los que están a nuestro alrededor si eso es posible, manteniendo la fe pura, la fe inmaculada cual pura e inmaculada fue la Santísima Virgen María que albergó la palabra de Dios en su seno.



BASILIO MERAMO PBRO.
24 de diciembre de 2000

domingo, 17 de diciembre de 2017

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO ( o Domingo de Gaudete)


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Nos encontramos en el tercer domingo de Adviento, también conocido con el nombre de GAUDETE* –alégrate–, en el cual la Iglesia permite en razón del Introito, una especie de mitigación, en medio de la oración, el sacrificio, la penitencia y el ayuno del tiempo de preparación a la Navidad, manifestando ese descanso con la presencia de flores en el altar y el uso de ornamentos de color rosado, una ventilación en medio de estos cuatro domingos, que son como una Cuaresma de Navidad.

El sentir de la Iglesia es que nos preparemos para la Natividad de nuestro Señor; que dispongamos nuestras almas para imitar a nuestro Señor Jesucristo; que la Navidad nos conduzca a realizar un recuento de nuestra vida para pedir a Dios perdón por nuestros pecados, y con la ayuda de la gracia ir destruyendo al viejo hombre que está demasiado enraizado e impide la santidad, nos impide volar hacia Dios, nos impide la virtud, y todo aquello que hay de bueno y de santo. Destruir en especial el orgullo, el amor propio, la vanidad.

El orgullo es el pecado más difícil de erradicar, porque es el más sutil, el más espiritual, los pecados de la carne son evidentes; el orgullo se esconde, se enmascara bajo la apariencia de religión, como fue el gran pecado de los fariseos, que en eso consiste el fariseísmo, y de allí provino la gran calamidad del rechazo a nuestro Señor Jesucristo por parte del pueblo elegido. Y de allí también puede provenir nuestra calamidad: rechazar a nuestro Señor por la falsedad que todos llevamos, tal vez escondida bajo capa de religiosidad, y que lleva a muchos a no creer, a rechazar la palabra de Dios; eso es en parte lo que escandaliza a todos aquellos que no pertenecen o que no están cerca de Dios y que podrían estarlo, pero por nuestro mal ejemplo no entran en la casa de Dios; es el caso de comunistas, revolucionarios, protestantes y de sectas que por su debilidad se escandalizan y combaten a Dios o lo rechazan.

El evangelio de este domingo se refiere a la figura de San Juan Bautista; tanta y tal era su reputación que algunos de los judíos pensaban pudiera ser el Cristo y por eso le envían emisarios a preguntarle quién es y él responde que no es el Cristo.

¿Entonces quién, Elías? Uno de los grandes profetas que no ha muerto, pero no es Elías. Entonces, ¿el profeta? Pensando ellos en Eliseo, el gran profeta discípulo de San Elías, y él responde que no; ¿entonces, quién dices tú que eres?, “soy la voz del que clama en el desierto”. Vox clamántis in desérto; ese clamántis, como dice Santo Tomás, se puede interpretar de dos formas: que él es la voz que clama en el desierto o mejor aún, que él es la voz de Aquel que clama en el desierto; es decir, que no es Juan el Bautista, sino nuestro Señor Jesucristo clamando en el desierto de esa Jerusalén desolada por el judaísmo, por los fariseos que no estaban dispuestos a recibir al Mesías; la voz de Aquel que clama en el desierto y él era su pregonero. Aquel que les señalaba a los demás como él mismo lo señaló con el dedo diciendo que él no era digno siquiera de desatar la correa de su zapato, que era lo que hacían los esclavos, amarrarle las sandalias o el cordón de los zapatos a su amo; y él no se reputaba ni aún digno de ese gesto del esclavo, para mostrar la grandeza de nuestro Señor que era Dios.

De esta manera, San Juan Bautista es mucho más que un profeta, porque no sólo habla de nuestro Señor sino que dice: “Éste es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”; lo señaló con el dedo, no lo profetizó como los demás, como algo lejano por venir, sino que lo señaló, puntualizó, dijo: “Éste es y vosotros no le conocéis”, entonces es verdaderamente el gran profeta de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque señala no al Mesías que está por venir, sino al Mesías que ya vino y ya está entre nosotros. En ese sentido, San Juan Bautista es el hombre más grande que mujer haya dado a luz, como en una ocasión nuestro Señor lo describe en otro pasaje de las Escrituras.

Sigamos el ejemplo de San Juan Bautista, personaje que durante este tiempo de Adviento nos presenta la Iglesia por su sencillez, humildad, y por su penitencia en el desierto, en la soledad a la cual el hombre moderno es ajeno, no está acostumbrado al retiro ni a la penitencia. Estamos acostumbrados a la bulla, a la televisión, al radio; cuánta gente no puede trabajar sin un radio prendido porque no saben vivir y estar en el silencio de Dios, por eso no podemos vivir en paz y ese parece ser el propósito del mundo moderno, no dejar vivir en paz, sin mencionar el teléfono, el Internet y cuanta cosa nos perturba el sosiego que se requiere para recogernos en Dios.

Por eso vivimos disipados; el hombre moderno es un hombre que evade la realidad de Dios; a eso nos lleva la técnica, las comunicaciones, la agitación frenética del mundo que desquicia a las personas; de allí tanto locos sueltos, desequilibrados y deprimidos, porque ese asedio quebranta los nervios, el equilibrio psicológico y de allí también la variedad de neurosis. Debemos entonces, por un mínimo de higiene mental, protegernos con la oración, refugiarnos en Dios para que ese mundo no nos socave, no nos aplaste, no nos destruya, no nos desquicie. Pero eso exige un esfuerzo que no estamos acostumbrados a hacer; de allí la necesidad de recurrir a la ayuda de la Santísima Virgen María, de los santos, para que nos protejan, que sean nuestro escudo, y así escapar de este mundo moderno impío, y en el fondo demoníaco porque afecta al hombre en sus acciones y lo condiciona

Cómo entonces actuaría la gracia si está fallando la naturaleza humana, sobre la cual reposa. La gracia supone la naturaleza, pero si llegamos a diluir, a desquiciar, a tal punto que se volatiliza esa naturaleza, difícilmente actuaría la gracia, eso es lo que pasa en el hombre actualmente. Se requiere un mínimo de soporte para que la gracia actúe y pueda aun corregir los defectos inherentes a nuestra naturaleza humana, caída a consecuencia del pecado original. Esta es la insistencia en la oración, el sacrificio y la penitencia que regeneran nuestra naturaleza, y de todo aquello que, lejos de entenderlo, prescinden el hombre y la sociedad moderna.

La grandeza de San Juan estaba, pues, encaminada a señalar a nuestro Señor Jesucristo como el verdadero y único Mesías, y el pueblo judío, habiendo farisaicamente tergiversado las profecías, no podía estar preparado y no solamente preparados, sino dispuestos a reconocer a nuestro Señor; por lo que conculcando la verdad, terminan crucificándolo, dándole muerte en la cruz. Gran lección para la segunda venida de nuestro Señor, las profecías que son tergiversadas, el no estar preparados para recibirlo.

Por eso la Iglesia, en este tiempo de Navidad, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar el año litúrgico, es decir, el último domingo anterior, lo finaliza con las profecías apocalípticas del Segundo advenimiento, porque la Natividad tiene su acabamiento, su perfección y su coronación, con este Segundo advenimiento de nuestro Señor. La gran apostasía, la venida del Anticristo, su reinado antes de que venga nuestro Señor en gloria y majestad aunque nadie conozca el día ni la hora. Nuestro Señor Jesucristo mismo lo advierte: “Ved la higuera y todos los árboles: cuando producen ya de sí el fruto, sabéis está cerca el verano, así también cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios”. Debemos pues cuidarnos de no caer en exageraciones, pero tampoco en el rechazo del contenido profético.

Se impone, por tanto, una labor de verdadera exegesis, conocimiento teológico de las Escrituras y no perder la esperanza en la venida de nuestro Señor, esperarlo tal cual Él ha prometido, sin caer en el falso profetismo en que han caído todos aquellos que pertenecen a sectas, que predican un falso reino y que quieren, malentendiendo al igual que los judíos, con las solas fuerzas de la Historia, y sin la intervención de Dios, un reino del paraíso aquí en la tierra. A todo eso también apunta el triunfo del Inmaculado Corazón de María, que es el triunfo de los sagrados corazones de Jesús y de María.

El triunfo supone primero la venida de nuestro Señor a ordenar, desde dentro, su Iglesia, vilmente adulterada con herejías a la orden del día, lo cual es la abominación de la desolación en el lugar santo, las grandes advertencias de nuestra Señora, en apariciones fuera de toda duda como Lourdes, la Medalla Milagrosa, Siracusa, Fátima, La Salette; todas convergen en que hay una corrupción doctrinal espantosa en el mismo clero, en la misma jerarquía de la Iglesia, hasta el punto de pronosticar que: “Roma perderá la fe y se convertirá en sede del Anticristo”. ¡Terrible, pero cierto! Entonces, debemos oponer a este aviso una sana doctrina exegética que nos evite caer en errores a diestra y siniestra, como quien va por el filo de la cumbre de una montaña con abismos a ambos lados; solamente aquel que vaya con cuidado y humildad, puede llegar a la cima sin caer ni a izquierda ni a derecha, donde el abismo sería la perdición.

Por eso, debemos pedir a la Santísima Virgen María nos ayude a perseverar en la fe y festejar estas Navidades en un verdadero espíritu de fe, devoción y amor a Dios, en medio de un mundo que ya no es católico sino pagano, con una Iglesia sacudida en sus fundamentos: la fe, los sacramentos y la doctrina. Si esto perdura, aun nosotros, que queremos permanecer firmes, que queremos guardar la sana doctrina, caeremos, lo dice Santo Tomás, si los tiempos no fueran abreviados. Entonces, pedir a Dios, sin tregua, que abrevie esa gran tribulación por la que Él acrisola su Iglesia, reducida, como dice San Lucas, a “pequeño rebaño”, mientras que el resto ha caído en la apostasía. Se cae en el perjurio al no seguir fielmente la sacrosanta tradición de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque cualquier otra doctrina que se oponga a la santa tradición como son el modernismo, el progresismo, como es todo lo que hoy se enseña en nombre de Dios –pero que no es de Dios–, lleva hacia la apostasía y lleva hacia el reinado del Anticristo, que tendrá su aparición y que gobernará y sojuzgará al mundo durante tres años y medio, los más crueles de esta gran tribulación.

Tenemos entonces que estar preparados, encomendándonos a los Sagrados Corazones. En estas Navidades acerquémonos más a nuestro Señor Jesucristo, que siendo un Rey nació en un pesebre, un establo donde viven animales, no personas, en medio de un burro y de un buey, allí nació nuestro Señor, en esa pobreza, desolación y abandono del género humano.

Pero, ¿cómo podremos imitar a nuestro Señor, cuando no somos capaces de seguir ni a medias ese ejemplo de humillación, de pobreza, si no nos gusta, nos aterra? Por eso la Navidad debe ser un motivo para recapacitar y dejar de lado nuestro orgullo, tratar de ser buenos, santos, acercarnos más a nuestro Señor y a la Santísima Virgen María para que haya verdadera paz, si no en el mundo, por lo menos en nuestros corazones, la paz que da el estar con Dios. Preparemos bien la Navidad, que no sea profanada por el paganismo, que aprovecha cualquier día santo para festejar libidinosamente y emborracharse en la concupiscencia de la carne, como por desgracia acontece en Colombia con las fiestas de los santos en los pueblos (lo ocurrido en Popayán en aquella Semana Santa). La Navidad debe ser un motivo de acercamiento a Dios para hacer el balance de nuestras vidas con el propósito de mejorar y santificarnos; ese y no otro es el verdadero significado de la Navidad.

Pidamos a San Juan Bautista, precursor de nuestro Señor, quien lo señaló con el dedo, que podamos imitarlo viviendo la santidad a la cual Dios nos llama. Prepararnos de un modo especial para que esta Navidad no sea una más, sino que nos haga realmente un poquito más buenos y santos. +


BASILIO MERAMO PBRO.
17 DICIEMBRE 2000


* En el texto original se aprecia "Laudete" (error de impresión) lo correcto es Gaudete