San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 23 de noviembre de 2014

DOMINGO VIGÉSIMO CUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este último domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos recuerda, reafirma siempre al cerrar el año litúrgico con el mismo evangelio que nos vaticina la Parusía de nuestro Señor viniendo a la tierra en gloria y majestad con todas las calamidades, abominación y gran tribulación cual no se ha visto ni se verá jamás. Y debe servirnos esto para recapacitar en el espíritu de la Iglesia católica que es un espíritu parusíaco, apocalíptico, aunque ello no nos guste por deformación espiritual y por falta de predicación, por falta de énfasis y descuido de aquellos que tienen el deber de apacentar a los fieles. Sin embargo, la Iglesia quiere cada año concluir, terminar, finalizar el año litúrgico recordándonos la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia es y está siempre expectante hacia la Parusía de nuestro Señor, hacia el Apocalipsis que es el último y el único libro del Nuevo Testamento que tiene por objeto específico la segunda venida de nuestro Señor; por eso mismo es un libro de esperanza. Esperanza que tuvieron viva en la primitiva Iglesia aquellos primeros cristianos, manteniéndose en el fervor. Y sabrá Dios si es que no se ha perdido el fervor a lo largo de los siglos por no tener esa expectación y esa presencia apocalíptica que la Iglesia quiere que tengamos.

Tanto es así, que no sólo quiere terminar, culminar el año litúrgico con el Apocalipsis, con la Parusía de nuestro Señor que quiere decir su presencia, su manifestación, sino que al comenzar el año litúrgico con el primer domingo de Adviento vuelve a recalcar sobre el mismo tema. Entonces, el deseo de la Iglesia no solamente es finalizar, sino también comenzar el año litúrgico recordándonos la Parusía. Y eso teniendo en cuenta que el año litúrgico comienza con el primer domingo de Adviento que nos recuerda y nos prepara para la Natividad de nuestro Señor, su primera venida, la cual venida inconclusa sin la segunda y eso establece la armonía y la relación entre ambas.

Desdichadamente se ha olvidado tener en cuenta estas verdades, estas revelaciones de fe expresadas en la liturgia de la Iglesia. Y nos asombramos cuando oímos que los judíos teniendo las profecías de la revelación divina no hayan entendido, no hayan comprendido. Pero, ¿acaso no nos pasa peor que a ellos, teniendo nosotros todas las Escrituras completas y sin embargo no entendemos absolutamente nada? Peor aún, se calumnia, se condena y se tilda de loco a quien trata de hacer énfasis en esto. ¡Qué abominación!

Vemos cómo la epístola de hoy en consonancia con el evangelio nos habla de tener la inteligencia de las cosas de Dios. Es que la fe no es la ignorancia, las tinieblas y la oscuridad, sino que es la luz de la verdad sobrenatural; es la ciencia y la sabiduría de Dios; es la iluminación verdadera. Por eso es ignominioso un católico ignorante de su religión; es un indigno católico porque él debe ser luz del mundo y cada uno de nosotros debe serlo porque si no, seremos hijos de las tinieblas.

Esa es la gran abominación de la cual hoy se nos advierte; esa aberración espantosa de la cual habló por tres veces consecutivas el profeta Daniel y al cual se remite el evangelio de hoy. Y ¿qué nos dice el profeta Daniel cuando nos habla de la gran abominación de la desolación en el lugar santo en los capítulos IX, XI y XII? Allí, por tres veces consecutivas, él relaciona esa abominación desoladora, espantosa y repulsiva a los ojos de Dios, con la profanación del templo y la cesación del sacrificio perpetuo. Éste es la santa Misa Tridentina. Y si por tres veces Daniel relaciona esa abominación, ¿qué no diríamos hoy cuando vemos profanado el culto católico? Dicen los Padres de la Iglesia, que está relacionada con el culto de idolatría y por eso es detestable; por eso se profana el templo ya más de una vez con la imagen de Júpiter, con la del César, con la de Adriano, imágenes que son ídolos y no Dios.

Hoy se ve cómo se puso hace algún tiempo sobre el tabernáculo en Asís, en la Iglesia de San Pedro, el ídolo detestable de Buda, hecho de oro, sobre el tabernáculo, mucho peor que esa abominación de idolatría del Antiguo Testamento ¡mucho peor!

Observamos cómo hoy se está realizando ante nuestros ojos toda esa profanación de lo sagrado, de lo más sacro y de ahí la necesidad de estar vigilantes para no claudicar y para que no dejemos corromper la religión, el culto. Porque el culto católico, con la nueva misa y la nueva liturgia, corrompe el sacrificio perpetuo de la Cruz. Es un hecho evidente que tenemos que comprender a los ojos del misterio de la fe y si no comprendemos, no seremos católicos, seremos una pantalla, una apariencia, pero no católicos. Y ese dogma de fe encerrado en la fórmula de la consagración del cáliz ha sido desechado por la nueva liturgia profanadora, como han sido desechadas las palabras sagradas que constituían la esencia del sacrificio de la misa.

Esa adulteración no es impune, no puede quedar impune. No puede pasar desapercibida y por eso la necesidad de permanecer fieles a la Misa Tridentina, a la Misa de San Pío V, a la Misa Romana, so pena de no claudicar, de no apostatar, de no participar en un culto sacrílego, porque son sacrilegios los que hoy se cometen y todo esto en el nombre de Dios.

Pero, ¿de cuál dios? El dios de los judíos, el de los musulmanes, el de los budistas, pero no el Dios católico de la revelación católica, apostólica y romana que excluye los falsos dioses de los gentiles. Éstas son cosas que debemos manejar y recordar para no transigir y poder defender la verdad hoy, en medio de esta gran tribulación que, como recuerda Santo Tomás en el comentario al evangelio de hoy, “esa gran tribulación es una gran crisis doctrinal donde se claudica en la profesión de la doctrina católica”. La única manera de reconocer la doctrina católica, como dice San Agustín, es que ella es la misma en todas partes y es públicamente profesada y guarda la armonía, la concordancia con lo que siempre se ha dicho desde el origen.

Y ¿qué concordancia hay con lo que hoy se nos enseña como si fuese la religión católica y no lo es? Porque el ecumenismo no lo es, la libertad religiosa no es católica, los derechos del hombre no son católicos, el negar el infierno no es católico, el negar el pecado no es católico, son todos errores y herejías, uno detrás de otro. La misa no es una cena, es un sacrificio. Lutero fue quien quiso reducir la misa a una cena, Satanás es el que quiere reducir el santo sacrificio de la misa porque le recuerda su derrota.

Entonces no dejemos socavar la religión católica en la que hemos nacido y en la que tenemos que morir para salvarnos. Por eso la gran abominación de la que habla el evangelio de hoy, esa gran tribulación que si no se abrevian estos tiempos y su duración en honor a los elegidos, hasta estos caerán. ¡Terrible! ¿No es eso lo que está pasando hoy? Pues claro que está sucediendo. ¿Quiénes son los pocos obispos que se mantienen fieles, verticales en la verdad y en la santa intransigencia que no tolera el error? Distinto es tolerar al miserable pecador, pero no su error, no su pecado, es diferente y hay que saber analizar.

Los falsos profetas, ¿quiénes son?, ¿los marcianos? ¡No señor! Los falsos profetas son los obispos y los cardenales, los sacerdotes y el clero, quienes no son fieles; no son los chinos, ni los japoneses, ni los comunistas; son ellos, los malos prelados de la jerarquía de la Iglesia católica; es fuerte la comparación pero es nuestro Señor quien la prodiga, y ¡ay del que no la pregone así!; ese es el gran problema: que son muy pocos quienes hoy predican como debieran hacerlo. Porque no se trata de difundir sino aquello que está en el Evangelio, lo que es doctrina de la Iglesia, lo que es necesario para que nosotros perseveremos en la verdad y para que así podamos profesar públicamente la fe católica, apostólica y romana, sin innovación, sin cambio.

Ahora bien, nuestro Señor mismo nos da el ejemplo de la higuera, para que así, cuando se ve le reverdecer, se sabe, se conoce que el verano está cerca, lo mismo nosotros, cuando viéramos todas estas cosas, estos signos, para aquellos que tienen fe e inteligencia: “Sabed que Mi venida está pronta, está a las puertas mismas”; para que no lo olvidemos y para que eso sea el objeto de nuestra esperanza, de nuestra fortaleza, para que no claudiquemos ante la gran persecución. De ahí debemos sacar nosotros, mis estimados hermanos, la fuerza sobrenatural, la perseverancia y el espíritu verdaderamente católico y combativo en estos últimos tiempos que nos toca vivir y que no sabemos hasta cuándo se prolongarán porque la crisis dura y perdura y la carne se fatiga, el hombre se cansa.

Fue esto lo que pasó a los padres de Campos; creían que pronto todo se tendría que arreglar y al ver que pasaban los años y no era así entonces viene el desastre, o el contubernio, la componenda y a cuántos de los tradicionalistas no les pasa lo mismo, ¿“cuándo se arreglará esto, cuando se acabará esto”?; cuando Dios quiera. Lo importante es que si yo tengo que morir sin ver el cuándo y por defender la fe, lo haga como soldado de Cristo, sin cansarme a mitad del camino, ni estar creando falsas expectativas.

Pues así es, mis estimados hermanos, y los fieles que vengan deben tener muy claro que es un compromiso. Que cada uno debe defender la Tradición católica, apostólica y romana. Que fuera de ésta no hay fe ni Iglesia católica, y que no creamos a los falsos profetas y más aún, que no vamos a ser reconocidos; como dicen los Padres de la Iglesia: “Los mártires de los últimos tiempos serán mayores que los del principio por la sencilla razón de que tendrán que luchar directamente con Satanás”. San Agustín dice que: “Peor aún porque no serán ni siquiera reconocidos como mártires sino que serán despreciados”, a tal punto llegará la corrupción dentro de la Iglesia católica, no como Institución divina, sino en su parte humana que es vulnerable.

Esa es la advertencia apocalíptica con la cual finaliza la Iglesia el año litúrgico pero que nos invita a la esperanza de ver de nuevo aparecer a nuestro Señor, verlo venir en gloria y majestad; esa será la única consolación del verdadero católico en nuestros tiempos.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, a Ella, que está íntimamente asociada a esa gloria, a esa presencia, a esa manifestación de nuestro Señor; será esa la verdadera victoria de los Sagrados Corazones de Jesús y de María cuando nuestro Señor vuelva glorioso y majestuoso. 

P. BASILIO MERAMO 

27 de noviembre de 2002.

domingo, 16 de noviembre de 2014

DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en este evangelio el relato de los dos milagros que hace nuestro Señor Jesucristo, el de la mujer que padecía flujo después de muchos años y el de la resurrección de una niña. Muestra ese poder que tiene incluso sobre la muerte, Él mismo que ha dicho que resucitaría y que nos prometió la resurrección universal de todos los hombres; que resucitaríamos con nuestros propios cuerpos, unos para bien y otros para mal, manifestando así el poder sobre la misma muerte, mostrando así que Él es el camino, la verdad y la vida. La vida tanto natural como eterna, tanto del orden natural como sobrenatural, la del alma, la resurrección del alma que revive cada vez que arrepentida se confiesa; hay una resurrección sobrenatural de esa alma a la gracia de Dios y por eso nuestro Señor hizo tres milagros de resurrección y con la de Él, el cuarto.

Resucitó a la niña de la que la tradición dice que era hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím, un joven, y la de Lázaro, un hombre mayor, y con estas tres resurrecciones dice San Agustín que muestra así los tres grandes estadios de la vida espiritual, los que comienzan como niños, las que continúan como adolescentes o jóvenes y la de los que culminan como hombres ya maduros.

Así invita nuestro Señor a que tengamos en Él esa fe que, como vemos, a veces pedía para hacer sus milagros y a veces no; en ocasiones la exigía como una concausa o causa moral para hacer el milagro, pero otras no. A Lázaro no le preguntó si quería ser resucitado o no, si tenía fe o no, sino que lo resucitó, tampoco al hijo de la viuda de Naím. Pero la fe siempre está implícita, sea antes, cuando la pide, o si no después, para que creyendo vean y tengan fe y crean que Él es el Cristo, el Mesías. Pero lo que más le importaba a nuestro Señor no era tanto hacer el milagro sino la predicación del evangelio, y los prodigios que hacía eran como para que a aquella gente le fuera más fluida su conversión y creyeran así en su predicación del Evangelio. El Evangelio que fue predicado por los apóstoles y que será enseñado hasta el fin del mundo; de ahí lo esencial en la Iglesia, la exhortación que no puede faltar; podrán faltar los milagros, pero no la predicación de la palabra de Dios y esa es la obra misionera de la Iglesia.

En la resurrección que hace nuestro Señor de esta niña nos muestra que Él tiene ese poder sobre la vida y sobre la muerte. La hora suprema que no podemos olvidar; nacemos para morir pero morimos para vivir eternamente en Dios si fallecemos en su gracia. Que la pereza carnal no nos impida pensar en la muerte, nos haga tenerla allá, alejada, sino que cada día estemos conscientes de ella; es más, aun sabiendo que vamos a morir tener presente esa inmolación de cada día, ofreciéndosela a Dios y así sacrificando nuestra vida y no viviendo como aquellos a los cuales alude San Pablo que su dios es el vientre, el placer, que son enemigos de la Cruz de Cristo y que sufren pero no saben inmolarse ofreciendo ese sufrimiento.

El cristianismo nos enseña a ofrecer los padecimientos y esa ofrenda es justamente la inmolación que hizo nuestro Señor de su propia vida, la que nos deja su testamento en la Santa Misa, la que tenemos que hacer nosotros voluntariamente cada día y así vivir católicamente, no como vive el mundo que quiere alejar la muerte a todo precio; no se quiere hablar de ella, se la quiere apartar, hacer desaparecer, ocultarla; no se quiere velar un muerto en su casa, les da miedo, asco, pánico, cuando es saludable despedirse de los seres queridos rezando por ellos y no que queden abandonados en esos sitios velatorios. Puede haber necesidad, pero que no sea esa la costumbre, porque nadie quiere en definitiva tener el muerto en casa cuando eso forma el espíritu cristiano, da ejemplo a toda la familia, hace recapacitar y también ayuda para implorar por el alma del ser querido.

Hoy no se entierra sino que se crema; la cremación siempre ha sido condenada por la Iglesia ya que es antinatural; el cadáver debe corromperse naturalmente, no violentamente; esa es una costumbre masónica y de paganos, todo lo demás hay que dejárselo al proceso natural de aquello que fue tabernáculo del Espíritu Santo y por eso no debemos olvidar que incluso nuestra vida en esta tierra es una lenta muerte para resucitar en Cristo nuestro Señor; sólo eso nos hace alejar de los gozos y de los placeres terrenos, del mundanal ruido, como aquellos que dice San Pablo que “viven para el vientre, para el placer y son enemigos de la Cruz de Cristo”. La gente pidiendo las cenizas de lo que no es más que un chicharrón o las cenizas del curpo que fue cremado antes, porque no se crea que le van a guardar a la familia, y dar pulcra y santamente lo que quedó allí cremado.

No reflexionamos ni razonamos como deberíamos en esas cosas es saludable pensar en la muerte y ofrecer cada día ese lento acercarnos a ella con la esperanza en la resurrección, en Jesucristo, en la de resucitar en cuerpo glorioso como nuestro Señor Jesucristo, a su imagen. Tengamos esa fe profunda en Él y en la resurrección a través de Él.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, que está en los cielos; a Ella, asunta después de su resurrección anticipada sin pasar por la corrupción cadavérica, pues su cuerpo era inmaculado por lo que se habla de una dormición, porque fueron muy breves los instantes de su muerte siendo elevada a los cielos como Reina de todo lo creado, pero queriendo asociarse a los sufrimientos y a la muerte de nuestro Señor que era inocente, inmolado, para redimirnos de la muerte.

Ella quiso ser corredentora muriendo por amor a nuestro Señor, por eso Santo Tomás y toda la escuela tomista fieles a él hablan de la muerte de nuestra Señora de una manera que la gente no se escandalice con una mala explicación o idea inexacta. Claro está que cuando Santo Tomás habla de la muerte de nuestra Señora no la asemeja en nada a nuestra muerte ya que nosotros sí sufrimos corrupción; Ella quedó incorrupta, su muerte fue breve y solamente para asociarse más a la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, demostrándonos así su amor a Dios y a nosotros como hijos suyos y también su amor a la Iglesia.


Pidamos a Ella, a nuestra Madre, que nos cobije y nos proteja bajo su manto y que podamos vivir una vida cristiana; que nos socorra en el momento culminante de nuestro paso por la tierra que será la hora y el día de nuestra muerte. +
PADRE BASILIO MERAMO
11 de noviembre de 2001

miércoles, 12 de noviembre de 2014

P. BASILIO MERAMO: UN OBISPO INSISTENTE Y PERSISTENTE.


   Insistente y persistente Monseñor Williamson hace pasar su visión desvirtuando la realidad y haciéndose partícipe de diseminar confusión y error cual eco de apariciones que no pueden ser sino falsas dentro del contexto histórico y apocalíptico de la hora presente.

    La consagración de Rusia era para antes de 1938, fecha límite en que se dio la señal del comienzo de los males que presagiaba Nuestra Señora de Fátima si no se le escuchaba y se ponían en práctica sus advertencias celestiales.

    La segunda Guerra Mundial y los errores del humanismo ateo esparcidos por Rusia a todo el mundo y la Iglesia, fueron el resultado del desacato.

    Proponer una cruzada de Rosarios para conversión de Rusia, como fin o solución de los males de la crisis que afecta a la Iglesia y al mundo es ya tarde y desfasado.

    Es crear una falsa e ineficaz esperanza desviando la solución que únicamente puede venir de la intervención divina de Cristo Rey con el poder de su gloria y majestad el día de su Parusía y no por mano humana.

    Es crear una falsa esperanza en una consagración muy tardía por la actual jerarquía de la Nueva Iglesia Conciliar, Sinagoga de Satanás o Contra-Iglesia del Anticristo;  cosa profetizada (y hoy realizada) por Nuestra Señora de la Sallette cuando dijo que Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo, y que la Iglesia será eclipsada.

   Es hacerse cómplice pasivo (cuando menos) de esta pseudo Iglesia al seguir dando a entender que son legítimos y que se trata de Papas católicos como Benedicto XVI y Francisco, aún después de que este último llega a negar que existe un Dios católico.

    En verdad Mons. Williamson no puede hacerle un mejor y más sutil juego a la Roma modernista y Anticristo, como la llamó Mons. Lefebvre a causa de su apostasía, al decir sin reparos, después de hablar el 14 de Julio de 1987, con el entonces Cardenal Ratzinger y hoy el segundo Papa de abordo, como Papa emérito: “Lamentablemente debo decir que Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: Roma está en la apostasía” (Conferencia dada en Ecône durante el retiro sacerdotal el 4 de Septiembre de 1987).

P. Basilio Méramo
Bogotá, 12 de Noviembre de 2014



domingo, 9 de noviembre de 2014

DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Vemos en este evangelio cómo los fariseos no perdían la ocasión ni el tiempo para ver en qué podían apresar a nuestro Señor para reprenderle y juzgarle. Pero no solamente los fariseos sino también los herodianos. Eso hay que tenerlo muy en cuenta hoy día, sobre todo cuando se nos quiere decir que la Iglesia, que Jesucristo, pues la Iglesia no es más que el Cuerpo Místico de Cristo, que nuestro Señor no tiene enemigos; eso es absolutamente falso. Negar que hay enemigos es renunciar y dejar libres todas las puertas al demonio y sus secuaces. Desgraciadamente hay que decirlo, sí hay enemigos en esta tierra dirigidos en última instancia por Satanás en contra de la Iglesia católica, en contra de la religión católica, en contra de nuestro Señor Jesucristo.

Esa enemistad es la que ha producido las grandes herejías. Por nombrar una de las primeras, la del judío Arrio, sacerdote de Alejandría; el protestantismo con todas sus divisiones: luteranos en Alemania, anglicanos en Inglaterra, calvinistas en Francia, esparcidos por todo el mundo, son la consecuencia de esa rivalidad, de esa oposición a la verdad, a la luz, a la fe, a la Iglesia, a nuestro Señor Jesucristo. Está el judaísmo, en primer lugar, con el poder de la masonería que es uno de sus tentáculos y que hoy ya no necesita ocultarse porque prácticamente todo el mundo aunque se diga católico piensa como masón, que si cree en un Dios, es un deísmo, cuando no se lo niega rotundamente como hacen los ateos. No se considera, ni se concibe que hay un culto y una religión y nada más, y que ese único culto, esa única religión, esa única verdad la tiene en exclusividad la Iglesia católica.

Es lo que la judeomasonería no ha querido aceptar: que la Iglesia se proclamase como la única poseedora con exclusividad de toda la verdad que salva, a eso se debe la predicación de tolerancia, para que se consienta el error y para que consintiéndolo entonces nos corrompamos. La tolerancia en sí misma es absurda, porque la posesión de la verdad nos hace intransigentes, intolerantes ante el error. Algo diferente es la caridad con las personas, con el pecador, con el hombre de carne y hueso, que es distinto a ser intolerante con el error o ser tolerante con el individuo, con la persona.

Por eso la Iglesia siempre ha dicho: “Odiar al pecado y amar al pecador”; es decir, odiar el error y al mal y amar al pecador. Pero que jamás se tolere el error, porque es una contradicción ya que la fe en la que se basa la verdad de nuestra religión es firme y excluye todo error y da una certeza; luego el que tiene certidumbre de la posesión de la verdad no es tolerante con lo que se opone a esa verdad, eso es absurdo. Por eso, los que hablan de transigencia que den ellos el primer ejemplo, y no su intolerancia anticatólica y anticristiana. Que no nos quieran debilitar para que sucumbamos ante el error.

De allí deriva la promulgación judaica masónica dentro de la Iglesia del ecumenismo que equipara todas las religiones a un mismo nivel. Por eso se habla de libertad religiosa, para hacer creer falsamente que el hombre tiene albedrío para adherirse o no a la verdad, sea ella cual fuere, siguiendo los caprichos de su conciencia, como si la ésta fuese quien dictamina quién o qué es la verdad. Todo lo contrario, la conciencia debe seguir a la verdad que se impone desde afuera y que en un acto de sumisión uno acepta. No al revés, que la verdad gira alrededor de mi conciencia.

Hoy ese error es moneda corriente. El pecado y el mal son admitidos, dependen de la conciencia de cada uno, “para mí tal cosa no es pecado y lo hago porque me da la gana”; así cada uno con lo suyo, y si no, ¿cómo explicar todo ese desastre moral? Ya no hay honestidad pública ni pudor y lo que es peor, en la mujer, cuando lo esencial al sexo femenino es el recato; sin embargo, hasta eso se ha perdido. Por eso vivimos en una sociedad de salvajes paganos y por eso las modas andan como andan; está el bombardeo de la miserable televisión, la pornografía no ya escondida sino pública; todo a capricho de lo que justamente quieren Satanás y los enemigos de la Iglesia para corromper todo lo que sea católico.

Debemos recordar que sí hay enemigos visibles, como en el evangelio de hoy los fariseos y los herodianos que acechan a nuestro Señor y Él les enrostra su hipocresía. Si hay que decirle a alguien en la cara que es un  hipócrita, que alguno de nosotros se atreva a decirlo, pues nuestro Señor lo hizo y lo dijo, les cantó en la cara; tal es la contundencia, la tenacidad de sus enemigos que insisten para ver cómo lo hacen caer, cómo le buscan la vuelta. ¿Es lícito pagar tributo al César, o no? Porque si decía que sí, dirían entonces que no es un buen judío porque reconoce al César quien es justamente el que oprime al pueblo elegido y si dice que no, entonces no respeta la autoridad, no lo respeta y lo acusamos ante él para que lo liquide.

Eran perversos y astutos, pero nuestro Señor, que no era bobo ni lelo ni perezoso, les replica enseguida: ¿De quién son la figura e inscripción que están en la moneda? Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Qué ejemplo para no sucumbir ante la autoridad terrenal, en reconocer o sin dejar de hacerlo la que viene de Dios porque todo mando, incluso el del César viene de Dios y no del pueblo, como dice heréticamente la democracia moderna; diferente es que el pueblo elija o dictamine en quién recaiga ese gobierno, pero la autoridad soberana viene del único Rey que es Dios y no del pueblo ni de nadie, sea éste rey, presidente o lo que fuera. Esa es la doctrina católica.

Nuestro Señor muestra también que hay que darle a Dios lo que es de Dios. Y ¿qué es lo que es de Dios? Es toda nuestra alma, todo nuestro ser. Al César se le da su tributo, lo material, lo que exija como impuesto, como retribución por mantener el orden público y los bienes temporales, esa es la misión de todo gobierno, pero por encima está Dios. Por eso es aberrante hacer girar la religión alrededor de la política; a eso se le llamó cesaropapismo o regalismo. Porque es la política y no sólo ésta sino todo, como la economía, como la sociedad, quienes deben girar alrededor de la religión, servir a Dios en última instancia. Todos esos conceptos hoy son desconocidos, negados. Y ¿cómo queremos que haya orden, prosperidad, paz?, ¡pues no tendremos nada de eso! Lo advierte nuestro Señor, porque primero hay que buscar el reino de Dios y lo demás viene por añadidura. Hay que buscarlo y no buscarnos a nosotros mismos, sea en las riquezas, en el poder o en el prestigio, en el mando o en lo que fuese. Dar a Dios lo que es de Dios.

No olvidar esa imagen de Dios que hay en nosotros. Estaba impresa la figura del César en la moneda y por eso Jesús dijo que hay que dar al César lo que es del César. Porque en nuestra alma, está la imagen de Dios  y en toda criatura hay un vestigio de Él; por eso se nos enseña que San Francisco de Asís veía en los animales, en la naturaleza, esa bondad de Dios y ¿cómo se producían esos milagros?, ¿para qué?, ¿para que creyéramos que San Francisco era un tonto o un bobo que hablaba a los pájaros como una niña? ¡No señor!, para dejarnos esa imagen patente de que esos animales reproducían de alguna forma la gloria de Dios y mucho más nosotros; entonces ya no es un vestigio de Dios sino una imagen y debemos conservarla para no degradarnos en la abyección en la que está hoy el mundo impío que reniega de Dios y de su Iglesia.

Pidamos a nuestra Señora que sepamos entonces dar a Dios lo que es de Dios y que podamos así ayudar a redimir muchas almas. Si no podemos hacer otra cosa, por lo menos salvar nuestras almas con la ayuda y la gracia divina y por la intercesión de nuestra Señora como abogada para que nos ayude a comparecer el día del juicio y de nuestra muerte ante su Hijo y que podamos así ser aceptos por Él y no que nos rechace.


Tengamos presente todas estas consideraciones para poder perseverar en medio de un mundo atroz que no quiere, y por eso es cruel, porque no quiere ni tiene en cuenta la salvación de nuestras almas. +



P. BASILIO MERAMO
20 de octubre de 2002

lunes, 3 de noviembre de 2014

La Ofrenda a los Muertos y su Origen Pagano.

Extraído del libro: La Ciudad Antigua de Fustel de Coulanges, ed. Porrúa, México 1989, pp. 5-14.

Para conocer el origen de las ofrendas a los muertos que aún perduran tan arraigadas en el pueblo mejicano y que son una reminiscencia del culto pagano a los muertos que es el culto más inmemorial que existe en la historia de la humanidad.









LIBRO PRIMERO

CREENCIAS ANTIGUAS

CAPITULO PRIMERO

CREENCIAS SOBRE EL ALMA Y SOBRE LA MUERTE.


Hasta los últimos tiempos de la historia de Grecia y de Roma se vio persistir entre el vulgo un conjunto de pensamientos y usos, que indudablemente, procedían de una época remotísima. De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formó al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte.

Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indoeuropea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya creído jamás que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre. Las generaciones más antiguas, mucho antes de que hubiera filósofos, creyeron en una segunda existencia después de la actual. Consideraron la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida.

Pero ¿en qué lugar y de qué manera pasaba esta segunda existencia? ¿Se creía que el espíritu inmortal después de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro? No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espíritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinión más antigua de los arios de oriente, pues los himnos de los Vedas están en oposición con ella. ¿Se creía que el espíritu ascendía al cielo, a la región de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansión celestial pertenece en Occidente a una época relativamente próxima; la celeste morada sólo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad. Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era un mundo extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.[1]

También se creyó durante mucho tiempo que en esta segunda existencia el alma permanecía asociada al cuerpo. Nacida con él, la muerte no los separaba y con él se encerraba en la tumba.

Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han quedado testimonios auténticos. Estos testimonios son los ritos de la sepultura que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que habían seguramente nacido con ellas y pueden hacérnoslas comprender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se colocaba un muerto en un sepulcro, se creía que era algo viviente lo que allí se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisión y escrúpulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los funerales de Polidoro con estas palabras: “Encerramos su alma en la tumba.” La misma expresión se encuentra en Ovidio y en Plinio el Joven, y no es que respondiese a las ideas que estos escritores se formaban del alma, sino que desde tiempo inmemorial estaba perpetuada en el lenguaje, atestiguando antiguas y vulgares creencias.[2]

Era costumbre al fin de la ceremonia fúnebre, llamar tres veces al alma del muerto por el nombre que había llevado. Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le decía: “Que te encuentres bien.” Se añadía: “Que la tierra te sea ligera”.[3] ¡Tanto se creía que el ser iba a continuar viviendo bajo tierra y que conservaría el sentimiento del bienestar y del sufrimiento! Se escribía en la tumba que el hombre reposaba allí; expresión que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros. Todavía la empleamos aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se creía en la antigüedad que un hombre vivía allí, que jamás se prescindía de enterrar con él los objetos de que, según se suponía, tenía necesidad: vestidos, vasos, armas. [4] Se derramaba vino sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satisfacer su hambre. [5] Se degollaban caballos y esclavos en la creencia de que estos seres encerrados con el muerto le servirían en la tumba como le habían servido durante su vida. [6] Tras la toma de Troya, los griegos vuelven a su país; cada cual lleva su bella cautiva pero Aquiles que está bajo tierra, reclama también a su esclava y le dan a Polixena. [7]

Un verso de Píndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a salir de Grecia y huyó hasta Cólquida. En este país murió; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia. Se apareció pues a Pelias ordenándole que fuese a la Cólquida para transportar su alma. Sin duda esta alma sentía la añoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no podía separarse sin ellos de la Cólquida. [8]

De esta creencia primitiva se derivó la necesidad de la sepultura. Para que el alma permaneciese en esta morada subterránea que le convenía para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra. El alma que carecía de tumba no tenía morada. Vivía errante. En vano aspiraba al reposo, que debía anhelar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tenía que errar siempre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jamás las ofrendas y los alimentos que le hacían falta. Desgraciada, se convertía pronto en malhechora. Atormentaba a los vivos, les enviaba enfermedades, les asolaba las cosechas, les espantaba con operaciones lúgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella misma. De aquí procede la creencia en los aparecidos. [9] La antigüedad entera estaba persuadida de que sin la sepultura el alma era miserable, y que por la sepultura adquiría la eterna felicidad. No con la ostentación del dolor quedaba realizada la ceremonia fúnebre, sino con el reposo y la dicha del muerto. [10]

Adviértase bien que no bastaba con que el cuerpo se depositara en la tierra. También era preciso observar ritos tradicionales y pronunciar determinadas fórmulas. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: [11] es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido enterrado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calígula sin que se realizara la ceremonia fúnebre, su alma anduvo errante y se apareció a los vivos, hasta el día en que se decidieron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura según las reglas. [12] Estos dos ejemplos demuestran que efecto se atribuía a los ritos y a las fórmulas de la ceremonia fúnebre. Puesto que sin ellos las almas permanecían errantes y se aparecían a los vivos, es que por ellos se fijaban y encerraban en las tumbas. Y así como había fórmulas que poseían esta virtud, los antiguos tenían otras con la virtud contraria: la de evocar a las almas y hacerlas salir momentáneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cuánto atormentaba al hombre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era esta una fuente de agudas inquietudes.[13]

Se temía menos a la muerte que a la privación de sepultura, ya que se trataba del reposo y de la felicidad eterna. No debemos de sorprendernos mucho al ver que, tras una victoria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que habían descuidado el enterrar a los muertos. Estos generales, discípulos de los filósofos, quizá diferenciaban el alma del cuerpo, y como no creían que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, habían puesto que importaba muy poco que un cadáver se descompusiese en la tierra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cumplir la vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos. Pero la muchedumbre que, aun en Antenas, permanecía afecta a las viejas creencias, acusó de impiedad a sus generales y los hizo morir. Por su victoria salvaron a Atenas; por su negligencia perdieron millares de almas. Los padres de los muertos, pensando en el largo suplicio que aquellas almas iban a sufrir, se acercaron al tribunal vestidos de luto para exigir venganza. [14]

En las ciudades antiguas la ley infligía a los grandes culpables un castigo reputado como terrible: la privación de sepultura. [15] Así se castigaba al alma misma y se le infligía un suplicio casi eterno.

Hay que observar que entre los antiguos se estableció otra opinión sobre la mansión de los muertos. Se figuraron una región, también subterránea, pero infinitamente mayor que la tumba, donde todas las almas, lejos de su cuerpo, vivían juntas, y donde se les aplicaban penas y recompensas, según la conducta que el hombre había observado durante su existencia. Pero los ritos de la sepultura, tales como los hemos descrito, están en manifiesto desacuerdo con esas creencias: prueba cierta de que en la época en que se establecieron esos ritos, aún no se creía en el Tártaro u en los Campos Elíseos. La primera opinión de esas antiguas generaciones fue que el ser humano vivía en la tuba, que el alma no se separaba del cuerpo, y que permanecía fija en esa parte del suelo donde los huesos estaban enterrados. Por otra parte, el hombre no tenía que rendir ninguna cuenta de su vida anterior. Una vez en la tumba, no tenía que esperar recompensas ni suplicios. Opinión tosca, indudablemente, pero que es la infancia de la noción de una vida futura.

El ser que vivía bajo tierra no estaba lo bastante emancipado de la humanidad como para no tener necesidad de alimento. Así, en ciertos días del año se llevaba comida a cada tumba. [16]

Ovidio y Virgilio nos han dejado la descripción de esta ceremonia, cuyo empleo se había conservado intacto hasta su época, aunque las creencias ya se hubiesen transformado. Dícennos que se rodeaba la tumba de grandes guirnaldas de hierba y flores, que se depositaban tortas, frutas, sal, y que se derramaba leche, vino y a veces sangre de víctimas. [17]

Nos equivocaríamos grandemente si creyéramos que esta comida fúnebre sólo era una especie de conmemoración. El alimento que la familia llevaba era realmente para el muerto, para él exclusivamente. Prueba esto que la leche y el vino se derramaban sobre la tierra de la tumba; que se abría un agujero para que los alimentos sólidos llegasen hasta el muerto; que, si se inmolaba una víctima, toda la carne se quemaba para que ningún vivo participase de ella; que se pronunciaban ciertas fórmulas consagradas para invitar al muerto a comer y beber; que si la familia entera asistía a esta comida, no por eso tocaba los alimentos; que, en fin, al retirarse, se tenía gran cuidado de dejar una poca de leche y algunas tortas en los vasos, y que era gran impiedad en un vivo tocar esta pequeña provisión destinada a las necesidades del muerto.

Estas antiguas creencias perduraron mucho tiempo y su expresión se encuentra todavía en los grandes escritores de Grecia. “Sobre la tierra de la tumba, dice Ifigenia en Eurípides, derramo la leche, la miel, el vino, pues con esto se alegran los muertos.” [18] -“Hijo de Peleo, dice Neptolemo, recibe el brebaje grato a los muertos; ven y bebe de esta sangre.” [19] Electra vierte las libaciones y dice: “El brebaje ha penetrado en la tierra, mi padre lo ha recibido.” [20] Véase la oración de Orestes a su padre muerto: “¡Oh, padre mío, si vivo, recibirás ricos banquetes; pero si muero, no tendrás tu parte en las comidas humeantes de que los muertos se nutren!” [21] Las burlas de Luciano atestiguan que estas costumbres aún duraban en su tiempo: “Piensan los hombres que las almas vienen de lo profundo por la comida que se les trae, que se regalan con el humo de las viandas y que beben el vino derramado sobre la fosa”. [22] Entre los griegos había ante cada tumba un emplazamiento destinado a la inmolación de las víctimas y a la cocción de su carne. [23] La tumba romana también tenía su culina, especie de cocina de un género particular y para el exclusivo uso de los muertos. [24] Cuenta Plutarco que tras la batalla de Platea los guerreros muertos fueron enterrados en el lugar de combate, y los plateos se comprometieron a ofrecerles cada año el banquete fúnebre. En consecuencia, en el día del aniversario, se dirigían en gran procesión, conducidos por sus primeros magistrados, al otero donde reposaban los muertos. Ofrecíanles leche, vino, aceite, perfumes y les inmolaban una víctima. Cuando los alimentos estaban ya sobre la tumba, los plateos pronunciaban una fórmula invocando a los muertos para que acudiesen a esta comida. Todavía se celebraba esta ceremonia en tiempo de Plutarco, que pudo ver el 600º aniversario. [25] Luciano nos dice cuál es la opinión que ha engendrado todos esos usos: “Los muertos, escribe, se nutren de los alimentos que colocamos en su tumba y beben el vino que sobre ella derramamos; de modo que un muerto al que nada se ofrece está condenado a hambre perpetua”. [26]

He ahí creencias muy antiguas y que nos parecen bien falsas y ridículas. Sin embargo, han ejercido su imperio sobre el hombre durante gran número de generaciones. Han gobernado las almas, y muy pronto veremos que han regido las sociedades, y que la mayor parte de las instituciones domésticas y sociales de los antiguos emanan de esa fuente.


CAPITULO II

EL CULTO DE LOS MUERTOS.


Estas creencias dieron muy pronto lugar a reglas de conducta. Puesto que el muerto tenía necesidad de alimento y bebida, se concibió que era un deber de los vivos el satisfacer esta necesidad. El cuidado de llevar a los muertos los alimentos no se abandonó al capricho o a los sentimientos variables de los hombres: fue obligatorio. Así se instituyó toda una religión de la muerte, cuyos dogmas han podido extinguirse muy pronto, pero cuyos ritos han durado hasta el triunfo del cristianismo.

Los muertos pasaban por seres sagrados. [27] Los antiguos les otorgaban los más respetuosos epítetos que podían encontrar: llamábanles buenos, santos, bienaventurados. [28] Para ellos tenían toda la veneración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme. En su pensamiento cada muerto era un dios. [29]

Esta especie de apoteosis no era el privilegio de los grandes hombres; no se hacía distinción entre los muertos. Cicerón dice: “Nuestros antepasados han querido que los hombres que habían salido de esta vida se contasen en el número de los dioses.” [30] Ni siquiera era necesario haber sido un hombre virtuoso; el malo se convertía en dios como el hombre de bien: sólo que en esta segunda existencia conservaba todas las malas tendencias que había tenido en la primera. [31]

Los griegos daban de buen grado a los muertos el nombre de dioses subterráneos. En Esquilo, un hijo invoca así a su padre muerto: “¡Oh tú, que eres un dios bajo tierra!” Eurípides dice, hablando de Alcestes: “Cerca de su tumba el viajero se detendrá para decir: Ésta es ahora una divinidad bienaventurada.” [32] Los romanos daban a los muertos el nombre de dioses manes. “Dad a los dioses manes lo que les es debido, dice Cicerón; son hombres que han dejado la vida; tenedles por seres divinos.” [33]

Las tumbas eran los templos de estas divinidades. Por eso ostentaban la inscripción sacramental Dis Manibus, y en griego . Significaba esto que el dios vivía allí enterrado, Manesque Sepulti dice Virgilio. [34] Ante la tumba había un altar para los sacrificios, como ante los templos de los dioses. [35]

Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, entre los latinos, entre los sabinos,[36] entre los etruscos; se le encuentra también entre los arios de la India. Los himnos del Rig Veda hacen de él mención. El libro de las leyes de Manú habla de ese culto como del más antiguo que los hombres hayan profesado. En este libro se advierte ya que la idea de la metempsicosis, subsiste viva e indestructible la religión de las almas de los antepasados, obligando al redactor de las Leyes de Manú a contar con ella y a mantener sus prescripciones en el libro sagrado. No es la menor singularidad de este libro tan extraño el haber conservado las reglas referentes a esas antiguas creencias, si se tiene en cuenta que evidentemente fue redactado en una época en que dominaban creencias del todo opuestas. Esto prueba que si se necesita mucho tiempo para que las creencias humanas se transformen, se necesita todavía más para que las prácticas exteriores y las leyes se modifiquen. Aún ahora, pasados tantos siglos y revoluciones, los indos siguen tributando sus ofrendas a los antepasados. Estas ideas y estos ritos son lo que hay de más antiguo en la raza indoeuropea, y son también lo que hay de más persistente.

Este culto era en la india el mismo que en Grecia e Italia. El indo debía suministrar a los manes la comida llamada sraddha. “Que el jefe de la casa haga el sraddha con arroz, leche, raíces, frutas, para atraer sobre sí la benevolencia de los manes.” El indo creía que en el momento de ofrecer esta comida fúnebre, los manes de los antepasados venían a sentarse a su lado y tomaban el alimento que se les presentaba. También creía que este banquete comunicaba a los muertos gran regocijo: “Cuando el sraddha se hace según los ritos, los antepasados del que ofrece la comida experimentan una satisfacción inalterable.” [37]

Así, los arios de Oriente pensaron, en un principio, igual que los de Occidente a propósito del misterio del destino tras la muerte. Antes de creer en la metempsicosis que presuponía una distinción absoluta entre el alma y el cuerpo, creyeron en la existencia vaga e indecisa del ser humano, invisible pero no inmaterial, que reclamaba de los mortales alimento y bebida.

El indo, cual el griego, consideraba a los muertos como seres divinos que gozaban de una existencia bienaventurada. Pero existía una condición para su felicidad: era necesario que las ofrendas se les tributasen regularmente por los vivos. Si se dejaba de ofrecer el sraddha a un muerto, el alma huía de su apacible mansión y se convertía en alma errante que atormentaba a los vivos; de suerte que si los manes eran verdaderamente dioses, sólo lo eran mientras los vivos les honraban con su culto. [38]

Los griegos y romanos profesaban exactamente las mismas opiniones. Si se cesaba de ofrecer a los muertos la comida fúnebre, los muertos salían en seguida de sus tumbas; sombras errantes, se les oía gemir en la noche silenciosa, acusando a los vivos de su negligencia impía; procuraban castigarles, y les enviaban enfermedades o herían el suelo de esterilidad. En fin, no dejaban ningún reposo a los vivos hasta el día en que se reanudaban las comidas fúnebres. [39] El sacrificio, la ofrenda del sustento y la libación, los hacían volver a la tumba y les devolvían el reposo y los atributos divinos. El hombre quedaba entonces en paz con ellos. [40]

Si el muerto al que se olvidaba era un ser malhechor, aquél al que se honraba era un dios tutelar, que amaba a los que le ofrecían el sustento. Para protegerlos seguía tomando parte en los negocios humanos, y en ellos desempeñaba frecuentemente su papel. Aunque muerto, sabía ser fuerte y activo. Se le imploraba; se solicitaban su ayuda y sus favores. Cuando pasaba ante una tumba, el caminante se paraba y decía: “¡Tú, que eres un dios bajo tierra, seme propicio!” [41]

Puede juzgarse de la influencia que los antiguos atribuían a los muertos por esta súplica que Electra dirige a los manes de su padre: “¡Ten piedad de mi y de mi hermano Orestes; hazle volver a este país; oye mi ruego, oh padre mío, atiende mis votos al recibir mis libaciones!” Estos dioses poderosos no sólo otorgan los bienes materiales, pues Electra añade: “Dame un corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras.” [42] También el indo pide a los manes “que se acreciente en su familia el número de los hombres de bien, y que haya mucho para dar”.

Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonios o héroes. [43] Los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes,[44] Genios. “Nuestros antepasados, dice Apuleyo, han creído que cuando los manes eran malhechores debía de llamárseles larvas, y los denominaban lares cuando eran benévolos y propicios.”[45] En otra parte se lee: “Genio y lar son el mismo ser; así lo han creído nuestros antepasados[46] y en Cicerón: “Lo que los griegos llamaban demonios, nosotros los denominamos lares.”[47]

Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. Por ahí parece que ha comenzado el sentimiento religioso. Quizá en presencia de la muerte ha sentido el hombre por primera vez la idea de lo sobrenatural y ha querido esperar en algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio, y puso al hombre en el camino de los demás misterios. Le hizo elevar su pensamiento de lo visible o lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino.



El culto católico a los muertos nada tiene que ver con ofrendas de comidas, sino con sufragios u obras buenas que se procuren para la pronta liberación de las penas del purgatorio, como misas, rosarios, oraciones, indulgencias parciales o plenarias, sacrificios y limosnas. No hay que caer en un sincretismo religioso (mezcla de catolicismo con paganismo) bajo apariencia de piedad religiosa.

Orizaba, 2 de noviembre de 2007.
Festividad de los Fieles Difuntos
Basilio Méramo Pbro.

[1] Sub terra censebat reliquam vitam agi mortuorum. Cicerón. Tusc., 1, 16. Era tan fuerte esta creencia, añade Cicerón, que, aun cuando se estableció el uso de quemar los cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivían bajo tierra.-V. Eurípides, Alcestes, 163; Hécuba, passim.
[2] Virgilio, En., III, 67: animamque sepulcro condimus.-Ovidio, Fast., V, 451: tumulo fraternas condidit umbras.-Plinio, Ep., VII, 27: manes riti conditi.-La descripción de Virgilio se refiere al uso de los cenotafios: admitíase que cuando no se podía encontrar el cuerpo de un pariente se le hiciera una ceremonia que reprodujese exactamente todos los ritos de la sepultura, creyendo así encerrar, a falta del cuerpo, el alma en la tumba. Eurípides, Helena, 1061, 1240. Escoliast ad Pindar. Pit., IV, 284. Virgilio, VI, 505; XII, 214.
[3] Iliada, XXIII, 221. Eurípides, Alcestes. 479: Pausanias, II, 7, 2.-Ave atque vale. Cátulo, C. 10. Servio, ad Eneid., II, 640; III, 68; XI, 97. Ovidio, Fast., IV, 852; Metam., X, 62. Sit tibi terra levis; tenuem et sine pondere terram; Juvenal VII, 207; Marcial, I, 89: V, 35; IX, 30.
[4] Eurípides, Alcestes, 637, 638; Orestes 1416-1418. Virgilio, En., VI, 221; XI, 191-196.- La antigua costumbre de llevar dones a los muertos está atestiguada para Atenas por Tucídides, II, 34. La ley de Solón prohibía enterrar con el muerto más de tres trajes (Plutarco, Solón, 21). Luciano también habla de esta costumbre. ¡Cuántos vestidos y adornos no se han quemado o enterrado con los muertos como si hubiesen de servirles bajo tierra!”- También en los funerales de César, en época de gran superstición, se observó la antigua costumbre: se arrojó a la pira los munera, vestidos, armas, alhajas (Suetonio, César, 84). V. Tácito, An., III, 3.
[5] Eurípides, Ifig., en Táuride, 163. Virgilio, En., V, 76-80; VI, 225.
[6] Iliada, XXI. 27-28; XXIII, 164-176. Virgilio, En., X, 519-520; XI, 80-84, 197.- Idéntica costumbre en la Galia. César. B. G., V. 17.
[7] Eurípides, Hécuba, 40-41; 107-113; 637-638.
[8] Píndaro, Pit., IV. 284 edic. Heyne. V. el Escoliasta.
[9] Cicerón, Tusculanas, I, 16. Eurípides, Troad, 1085. Herodoto, V. 92. Virgilio, VI, 371, 379. Horacio, Odas, I, 23. Ovidio, Fast., V, 483. Plinio, Epist., VII, 27. Suetonio, Calig., 59. Servio, ad Æn., III, 68.
[10] Iliada, XXII, 358; Odisea, XI, 73.
[11] Plauto, Mostellaria, III, 2.
[12] Suetonio, Calig., 59; Satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodes umbris inquietatos... nullam noctem sine aliquo terrore transactam.
[13] Véase en la Iliada, XXII, 338-344. Héctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: “Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecerá en abundancia y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.” Lo mismo en Sófocles: Antígona afronta la muerte “para que su hermano no quede sin sepultura” (Sóf., Ant., 467).- El mismo sentimiento está significado en Virgilio, IX, 213: Horacio, Odas, I, 18. v. 24-36. Ovidio, Heroidas, X, 119-123; Tristes, III, 3, 45.- Lo mismo en las imprecaciones: lo que se deseaba de más horrible para un enemigo era que muriese sin sepultura. (Virg., En., IV, 620.)
[14] Jenofonte, Helénicas, I, 7.
[15] Esquilo, Siete contra Tebas, 1013. Sófocles, Antígona, 198. Eurípides, Fen., 1627-1632.- V. Lisias, Epitaf., 7-9. Todas las ciudades antiguas añadían al suplicio de los grandes criminales la privación de la sepultura.
[16] Esto se llamaba en latín inferias ferre, parentare, ferre solomnia. Cicerón, De legibus, II, 21: majores nostri mortuis parentari voluerunt. Lucrecio, III, 52: Parentant et nigras mactant pecudes et Manibus divis inferias mittunt. Virgilio, En., VI, 380: tumulo solemnia mittent; IX, 214: Absenti ferat inferias decoretque sepulcro. Ovidio, Amor., I, 13, 3: annua solemni cæde parentat avis.- Estas ofrendas, a que los muertos tenían derecho, se llamaban Manium jura. Cicerón, De legib., II, 21. Cicerón hace alusión a ellas en el Pro Fracco, 38, y en la primera Filípica, 6.- Estos usos aún se observaban en tiempo de Tácito (Hist., II, 95); Tertuliano los combate como si en su tiempo conservasen pleno vigor: Defunctis parentant, quos escam desiderate præsumant (De resurr. carnis, I): Defunctos vocas securos, si quando extra portam cum obsoniis et matteis parentans ad busta recedis (De testim, animæ, 4.)
[17] Solemnes tum forte dapes et tristia dona
Lilabat cineri Andromache manesque vocabat
Hectoreum ad tumulum.
(Virgilio, En., III, 301-303.)
-Hie duo rite mero libans carchesia Baccho,
Fundit humi, duo lacte novo, duo sanguine sacro
Purpureisque jacit flores ac talia fatur:
Salve, sancte parens, animæque umbræque paternæ
(Virgilio, En. V, 77-81.)
Est honor et tumulis animas placate paternas...
Et sparsæ fruges parcaque mica salis
inque mero mollita ceres violæque solutæ.
(Ovidio, Fast., II, 535-542.)
[18] Eurípides, Ifigenia en Táuride, 157-163.
[19] Eurípides, Hécuba, 536. Electra, 505 y sig.
[20] Esquilo, Coéforas, 162.
[21] Esquilo, Coéforas, 482-484.-En los Persas, Esquilo presta a Atosa las ideas de los griegos: “Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes que la tierra beberá, y que llegarán hasta los dioses de lo profundo.” (Persas, 610-620) .-Cuando las víctimas se habían ofrecido a las divinidades del cielo, los mortales comían la carne; pero cuando se ofrecía a los muertos, se quemaba íntegramente (Pausanías, II, 10.)
[22] Luciano, Carón, c. 22; Ovidio, Fastos, 566: possito pascitur umbra cibo.
[23] Luciano, Carón, c. 22: "Abren fosas cerca de las tumbas y en ellas cuecen la comida de los muertos¨.
[24] Festo, V, culina: culina vocatur locus in quo epulæ in funere comburuntur.
[25] Plutarco, Arístides, 21.
[26] Luciano, De luctu, c. 9.
[27] Plutarco, Solón, 21.
[28] Aristóteles, citado por Plutarco, Cuestión. roman., 52; grieg., 5.- Esquilo, Coéf., 475.
[29] Eurípides, Fenic., 1321.- Esquilo, Coef., 475; “¡Oh bienaventurados que moráis bajo la tierra, escuchad mi invocación, venid en socorro de vuestros hijos y concededles la victoria!” En virtud de esta idea, llama Eneas a su difunto padre Sancte Parens, divinus parens; Virg., En., V, 80; V. 47.- Plutarco, Cuest. rom., 14.- Cornelio Nepote, fragmentos, XII: parentabis mihi et invocabis deum parentem.
[30] Cicerón, De legibus, II, 22.
[31] San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26; IX, 11.
[32] Eurípides, Alcestes, 1015.
[33] Cicerón, De leg., II, 9. Varrón, en San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26.
[34] Virgilio, En., IV, 34.
[35] Eurípides, Troyanas, 96; Electra, 505-510.- Virgilio, En., VI, 177; Aramque sepulcri; III, 63: Stant Manibus aræ; III, 305: Et geminas cuasam lacrymis, sacraverat aras; V, 48: Divini ossa parentis condidimus terra mætasque sacravimus aras. El gramático Nonio Marcelo dice que el sepulcro se llamaba templo entre los antiguos, y en efecto, Virgilio emplea la palabra templum para designar la tumba o cenotafio que Dido erigió a su esposo (En., IV, 457). Plutarco. Cuest. rom., 14.- Sigió llamándose ara la piedra erigida sobre la tumba (Suetonio, Nerón, 50). Esta palabra se emplea en las inscripciones funerarias. Orelli. núms. 4521, 4522, 4826.
[36] Varrón, De lingua lat., V. 74.
[37] Leyes de Manú, I, 95; III, 82. 122, 127, 146, 189, 274.
[38] Este culto tributado a los muertos se expresaba en griego por las palabras . Póllux, VIII, 91. Herodoto, I, 167; Plutarco, Arístides, 21; Catón, 15; Pausanias, IX, 13, 3. La palabra se decía de los sacrificios ofrecidos a los muertos. de los que se ofrecían a los dioses del cielo; esta diferencia está bien indicada por Pausanias, II, 10, 1, y por el Escoliasta de Eurípides, Fenic., 281. V. PlutarcoÑ Cuest. rom., 34.
[39] Véase en Herodoto, I, 167, la historia de las almas de los focenses que trastornan una comarca entera hasta que se les consagra un aniversario; hay otras historias análogas en Herodoto y en Pausanias VI, 6, 7. Lo mismo en Esquilo: Clitemnestra, advertida de que los manes de Agamemnón están irritados contra ella, se apresura a depositar alimentos sobre su tumba. Véase también la leyenda romana que cuenta Ovidio, Fastos, II, 549-556: “Un día se olvidó del deber de los parentalia y las almas salieron entonces de las tumbas y se les oyó correr dando alaridos por las calles de la ciudad y por los campos del Lacio hasta que volvieron a ofrecérseles los sacrificios sobre las tumbas.” Véase también la historia que refiere Plinio el Joven, VII, 27.
[40] Ovidio, Fast., II, 518: Animas placate paternas.- Virgilio, En., VI, 579: Ossa piabunt et statuent tumulum et tumulo solemnia mittent.- Compárese el griego (Pausanias, VI, 6, 8).- Tito Livio, I, 20: Justa funebria placandosque manes.
[41] Eurípides, Alcestes, 1004 (1016). –“Créese que si no prestamos atención a estos muertos y si descuidamos su culto, nos hacen mal, y que, al contrario, nos hacen bien si nos los volvemos propicios con nuestras ofrendas.” Porfirio, De abstin., II, 37. V. Horacio, Odas, II, 23; Platón, Leyes, IX, págs. 926, 927.
[42] Esquilo, Coéforas, 122-145.
[43] Es posible que el sentido primitivo haya sido el de hombre muerto. La lengua de las inscripciones que es la vulgar y al mismo tiempo la que mejor conserva el sentido antiguo de las palabras, emplea a veces con la simple significación que damos a la palabra difunto. Boeck, Corp. inscr., números 1629, 1723, 1781, 1782, 1784, 1786, 1789, 3398; Ph. Lebas, Monum. de Morea, pág 205. Véase Teognis, ed. Welcker, v. 513, y Pausanias, VI, 6, 9. Los tebanos poseían una antigua expresión para significar morir (Aristóteles, fragmentos, edic. Heitz, tomo IV, pág 260. Véase Plutarco, Proverb. quibus Alex, usi sunt, cap. 47).- Los griegos daban también al alma de un muerto el nombre de . Eurípides, Alcestes, 1140, y el Escoliasta. Esquilo, persas, 620. Pausanias, VI, 6.
[44] Manes Virginiæ (Tito Livio, III, 58). Manes conjugis (Virgilio, VI, 119). Patris Anchisæ Manes (Id., X, 534). Manes Hectoris (Id. III, 303). Dis Manibus Martialis, Dis Manibus Acutiæ (orelli, núms. 4440, 4441, 4447, 4459, etc.). Valerii deos manes (Tito Livio, III, 19).
[45] Apuleyo, De Deo Socratis. Servio, ad Æneid., III, 63.
[46] Censorino, De die Natali, 3.
[47] Cicerón, Timeo, 11. Dionisio de Halicarnaso tradujo Lar familiaris por (Antiq, rom, IV, 2).