La Santa Misa es el Santo Sacrificio de
la Cruz renovado incruentamente sobre el altar, es larenovación incruenta del
Sacrificio del Calvario.
La realidad del Sacrificio de la Misa no es
sólo natural, ni únicamente sobrenatural, sino que es un tercer orden donde se
conjugan lo natural y lo sobrenatural conjunta e inseparablemente, es la
realidad sacramental que como todo sacramento es un signo sensible (natural) que
produce exopere operato (por la acción misma realizada u operada) la gracia que
significa.
La Santa Misa es una realidad sacramental, a tal punto que en
español se llegó a decir o hablar de Jesús Sacramentado para referirse a la
Sagrada Hostia consagrada.
La Santa Misa es una realidad sacramental que
consiste en un verdadero y real sacrificio
sacramentalmente realizado por la
acción sacramental del sacerdote que es alter Christus
sacramentaliter, otro
Cristo sacramentalmente por efecto de la gracia sacerdotal, que es una
participación específica de la gracia de Unión Hipostática de Cristo como
también Monseñor Lefebvre lo menciona en su Itinerario Espiritual (y que
Monseñor Tissier, dicho sea de paso, se da el lujo de refutar en el libro que
hizo sobre su biografía), y no una participación general de la gracia de Cristo
como algunos teólogos no muy lúcidamente creen.
La Santa Misa como
sacrificio real y verdadero es un sacrificio sacramentalmente realizado, es
decir no es un sacrificio natural, físico y cruento, sino sacramental e
incruento, con realidad substancial.
El vocablo cruento indica
derramamiento físico de sangre, de aquí que el término incruento significa que
no se trata de un derramamiento de sangre físico o natural, lo cual no significa
que no haya efusión de sangre sacramentalmente (no natural, sino sacramental)
que es el punto que algunos teólogos no han suficientemente captado y
considerado.
Así el padre Garrigou-Lagrange, entre otros, hablan de
efusión sacramental en la Santa Misa en el Sacrificio de la Misa, lo cual es
evidente para que se pueda hablar de verdadero y real sacrificio sacramental, ya
que no hay sacrificio pleno sin efusión o derramamiento de sangre tanto en la
Cruz como en la Misa, pero de modo distinto. Para que se pueda hablar de
Sacrificio de la Misa es evidente que tiene que haber sangre, su efusión o
derramamiento, pero con la diferencia de ser sacramental y no física o natural
como lo fue en la Cruz.
Si hay, como es así, efusión de sangre
sacramental en el Santo Sacrificio de la Misa, es claro que también tiene que
haber muerte del mismo modo, pero muerte no física y natural (cruenta) sino
muerte sacramental real y verdadera, operada por la doble consagración separada
que significa y causa el estado de efusión sacramental de la sangre y el estado
en consecuencia de muerte sacramental. Esta efusión y muerte sacramental es lo
que se realiza (renueva) en el Santo Sacrificio de la Misa, lo cual significa
que la Santa Misa es la renovación sacramental de la Muerte de Cristo en la Cruz
representada (vuelve a hacerse presente, hace presente) sobre el altar. De aquí
que algunos teólogos hablan de muerte mística, aunque por la expresión misma el
término místico no es muy contundente y preciso dada su amplitud.
En
la Santa Misa no hay muerte física (natural, sensible, visible), pero sí hay
muerte
sacramental (o estado de muerte sacramental), hay inmolación
sacramental, hay efusión de sangre sacramentalmente derramada (separada).En la
Santa Misa hay inmolación sacramental por la destrucción de la víctima que está
muerta (cuerpo sin sangre) con muerte sacramental, o estado de muerte que se ha
renovado sacramentalmente. Hay muerte sacramental realizada por la separación
sacramental del Cuerpo y la Sangre. Hay efusión de sangre derramada
sacramentalmente por la separación sacramental del Cuerpo y la Sangre
consagrados separadamente. Hay sacrificio sacramentalmente realizado por la
representación sacramental que renueva el Sacrificio del Calvario bajo las
especies separadas del pan y del vino. Hay representación sacramental (por la
renovación sacramental) de la muerte (física, natural) de Cristo en la Cruz por
la separación sacramental del Cuerpo y de la Sangre operada por la doble
consagración.
Renovar es hacer algo de nuevo, realizarlo de nuevo;
es hacer nuevamente lo mismo, hacer de nuevo algo del pasado, y en este caso,
hacer de nuevo el hecho histórico de la muerte de Cristo en la Cruz, de modo
incruento sacramental. Representación (representar) es hacer presente, se hace
presente nuevamente lo acontecido en la Cruz, el estado de muerte que hubo en la
Cruz por el derramamiento (efusión) de la Sangre que se separó del Cuerpo. La
representación puede ser por sí mismo o por otro gramaticalmente hablando, pero
hay que tomar el término representar en su sentido clásico y no moderno, y mucho
menos modernista. Representación hay que tomarlo en sentido teológico según
Santo Tomas y según el Concilio de Trento.
Cuando se habla de
símbolo se refiere a las apariencias o las especies, accidentes del pan y del
vino, pero bajo estas especies (apariencias o accidentes) hay una realidad
presente
substancialmente: el Cuerpo y la Sangre separados sacramentalmente,
que representa también sacramental y substancialmente la Pasión y Muerte de
Cristo sobre la Cruz. Los símbolos (signos simbólicos) señalan o se refieren a
las especies (accidentes) del pan y del vino, que son signos de las especies, es
un símbolo de la realidad sacramental. La inmolación (sacramental) operada por
la doble consagración que separa la Sangre y el Cuerpo (ex vi sacramenti), es la
separación sacramental que constituye la esencia del sacrificio sacramental
realizado en la Misa, y no hay que confundirla con el símbolo.
Sin
inmolación no hay sacrificio de la Cruz, ni de la Misa, y esa inmolación se
realiza con la
muerte. Sin muerte no hay sacrificio de la Cruz. Así, en la
Misa para que sea un real y verdadero sacrificio, el mismo de la Cruz, tiene que
haber muerte, no cruenta sino incruenta o sacramental;pues sin muerte
sacramental no hay sacrificio de la Misa. No basta la presencia substancial,
sino que debe haber, además, la separación del Cuerpo y de la Sangre, lo cual se
realiza sacramentalmente por la doble consagración por separado. Esto es lo que
la Misa representa y renueva sacramental y substancialmente como Sacrificio
propiciatorio real y verdadero.
Pero el estado de muerte sacramental
requiere no sólo la presencia real del Cuerpo o de la
Sangre de Cristo bajo
las especies, sino además la efusión sacramental sin la cual no hay muerte, ni
sacrificio, ni inmolación en la Misa, y esta efusión es la que se realiza por la
doble consagración sacramental que separa el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En la
Cruz hubo efusión física, en la Misa hay, cada vez, efusión sacramental. Ambas
efusiones son reales, la una con realidad física, natural, la otra con realidad
sacramental, tan real la una como la otra, cada una en su orden.
De
nada vale decir que en la Misa hay sacrificio real y verdadero, luego que hay
inmolación, si no se tiene claro y se concibe que se trata de una efusión
sacramental y de una muerte sacramental, y esto es lo que permite afirmar que la
Misa es un verdadero y real sacrificio, una verdadera y real inmolación
incruenta. Sólo así puede haber el mismo y único sacrificio de la Cruz
representado y renovado sacramentalmente sobre el altar, con lo cual se
representa y se renueva la misma muerte de la Cruz sobre el altar de modo
sacramental o incruento.
La muerte de Cristo en la Cruz es hoy un
hecho pretérito (el Jueves Santo día de la Cena antes de la Pasión, sería un
hecho futuro). La Misa en tanto sacrificio real y verdadero renueva el mismo
hecho pretérito sobre el altar por la representación sacramental no natural, ni
física, ni violenta ni cruentamente, sino incruentamente por la separación
sacramental del Cuerpo y de la Sangre que expresan substancialmente la muerte;
realizan actualmente el estado de muerte que aconteció en la Cruz. El estado de
muerte es producido por la doble transubstanciación produciendo la separación
del Cuerpo y de la Sangre de Cristo por la fuerza o virtud del sacramento, que
están real y substancialmente presentes bajo las especies (apariencias
accidentales) del pan y del vino. Las especies o accidentes son signos o
símbolos de la Pasión y Muerte en la Cruz. Esta separación sacramental renueva,
reproduce y representa real y verdaderamente la muerte, de modo sacramental e
incruento. Hay entonces muerte sacramental, inmolación sacramental y efusión
sacramental de la sangre, sin lo cual no habría ni podría haber real y verdadero
sacrificio de la Santa Misa.
Al definir la Misa como la renovación
incruenta del Sacrificio de la Cruz, se vuelve lógico y
evidente señalar que
la Misa es la renovación incruenta de la muerte de Cristo sobre la Cruz, pues el
Sacrificio de la Cruz es justamente de la muerte en la Cruz donde derramó su
Sangre por nosotros. Luego esta muerte y efusión de sangre que caracteriza la
Muerte en el Calvario tienen que darse en la Misa pero de modo sacramental,
incruento, por lo cual en la Misa se renueva la efusión de sangre
incruentamente, sacramentalmente.
La muerte simbólica es lo visible,
lo que se ve de las especies del pan y del vino separados, pero esta muerte no
agota la realidad sacramental, pues la muerte sacramental por la separación del
Cuerpo y de la Sangre es la que representa la Muerte en la Cruz, el estado de
muerte sobre la Cruz, donde murió Cristo física y naturalmente derramando su
Sangre. Esta misma Sangre separada del Cuerpo representa sacramentalmente la
Muerte de Cristo en la Cruz, su Pasión y su Muerte. No es sólo el símbolo de las
apariencias (accidentes) del pan y del vino (muerte aparente), si no la realidad
substancial del Cuerpo y de la Sangre de Cristo separados por la doble
consagración y causados por la doble transubstanciación, lo cual representa la
muerte sacramental de Cristo. La muerte simbólica (visible) o muerte aparente
(lo que aparece, es decir los accidentes) no es la muerte sacramental, la cual
no se ve, pues la substancia del Cuerpo separado y de la Sangre derramada de
Cristo no se ven.
No hay que confundir inmolación, sacrificio,
efusión y muerte simbólica por las especies (visible por las apariencias o
accidentes del pan y del vino), con la inmolación, sacrificio, efusión y muerte
real sacramental, de la realidad substancialmente presente en estado de muerte
sacramental. La Misa es un misterio sacramental y el misterio sacramental más
grande que existe (mysterium fidei). Cristo no muere como persona (Divina) que
es, si no como hombre cuya Alma se separó de su Cuerpo muriendo en la Cruz,
muerte que aconteció por la efusión de su Sangre separada del Cuerpo; por eso
algunos, fijándose más en la Persona Divina y en el estado actual de su Cuerpo
glorioso hablan de muerte aparente pensando más en esto que en la humanidad de
Cristo al referirse a la Misa. Pero hablar de muerte aparente implica que todo
es también aparente: el sacramento, el sacrificio, la inmolación, y esto es puro
protestantismo y modernismo. Lo sacramental es tan real como lo natural
(material o espiritual) y lo sobrenatural.
Nuestro Señor no vuelve a
morir, ni vuelve a sacrificarse de nuevo en cada Misa, como si
volviese a
morir otra vez, y así para evitar este error algunos hablan de muerte aparente.
En cada Misa vuelve a reproducirse, a realizarse nuevamente el mismo sacrificio,
la misma inmolación y la misma muerte pretérita (de la Cruz), luego hay en cada
Misa sacrificio, inmolación y muerte sacramental, y en este sentido se reproduce
lo mismo, se realiza lo mismo una vez más. Por esto la Misa es la renovación
incruenta del Sacrificio de la Cruz. La Misa es la efusión sacramental de la
Sangre de Cristo. La Misa es la representación sacramental de la muerte de
Cristo. En la Santa Misa se renueva sacramentalmente el estado de muerte que
Cristo tuvo sobre la Cruz hace 2000 años. Sin efusión de sangre no hay remisión
de los pecados: “Sine sanguinis effusione non fit remissio, Hebr.” (S. Th. III,
q.69, a.1, ad 2), como tampoco hay aplicación de esa remisión de los pecados sin
efusión sacramental de la Santa Misa, es evidente.
Debe quedar claro
que en el Santo Sacrificio de la Misa no hay muerte aparente sino muerte real
sacramental, o estado de muerte real sacramental, no una nueva muerte, otra
muerte, sino la misma de la Cruz reproducida, repetida o renovada sacramental y
substancialmente. Citamos el siguiente texto de Santo Tomás de Aquino, que basta
y es suficiente: “Eucharistia est sacramentum passionis Christi” (S. Th. III, q.
73, a.3, ad 3). La Misa es el sacramento de la Pasión de Cristo, luego de la
muerte, es evidente. Por esto la Misa es la representación sacramental de la
Muerte de Cristo, es la renovación sacramental de la Muerte de Cristo. La Misa
es la representación sacramental real y verdadera del drama de la Cruz, de la
inmolación de Cristo en la Cruz, de la efusión de la Sangre derramada en la
Cruz, de la muerte de Cristo en la Cruz, de la Pasión y Muerte de Cristo en el
Calvario.
Es más que un símbolo que se ve, es el misterio
sacramental que no se ve cuya substancia si bien no se ve está presente bajo las
especies, apariencias, accidentes del pan y del vino; la presencia substancial
no se ve, pero está ahí en estado de inmolación, de sacrificio, de efusión de
sangre y de muerte sacramentales. En la Misa hay Sacrificio y Muerte sacramental
pero no hay deicidio. El sacerdote sacrifica pero no es deicida al renovar
sacramentalmente en cada Misa el Sacrificio del Calvario. No hay deicidio al
realizar el sacrificio sacramentalmente, es un sacrificio puramente sacramental.
Por esto no hay que confundir Sacrificio natural cruento de Cristo y Sacrificio
Eucarístico de Cristo.
La Misa es un sacrificio sacramental que
renueva y representa la muerte en la Cruz; la Misa es el sacramento de la Muerte
de Cristo, pero Nuestro Señor Jesucristo no está en la Misa
nuevamente
muriendo aparentemente, ni realmente tampoco, pues no vuelve a morir otra vez.
El cuerpo de Cristo está en estado de muerte sacramental lo cual representa la
muerte física en la Cruz, de modo sacramental, incruento, renovándose así la
muerte sacramental, por lo cual en cada Misa se realiza y se causa la muerte
substancialmente. Hay muerte sacramental o estado de muerte sacramental sin que
vuelva de nuevo a morir una segunda o enésima vez. Cristo no vuelve a morir de
nuevo (nuevamente), lo que se realiza de nuevo es el estado de muerte que tuvo
en la Cruz. Cristo no se sacrifica, ni se inmola, ni muere de nuevo; en la Misa
se vuelve a reproducir el sacrificio, la inmolación, la efusión y la muerte de
Cristo que hubo en la Cruz de modo sacramental. Tenemos, así, el mismo
sacrificio, la misma inmolación, la misma efusión, la misma muerte
substancialmente que hubo en la Cruz, renovándose la muerte y representándose de
nuevo de modo sacramental, incruentamente.
Es gracias a la realidad
substancial, sacramental (no puramente simbólica), que se puede
realizar la
misma realidad de orden físico o natural, pero de modo sacramental.
La Misa es la representación de la muerte en la Cruz, la misma
muerte pretérita del Calvario, renovada, representada, vuelta presente,
presentada nuevamente sin sufrir ni morir. La muerte está producida
substancialmente, es decir, se renueva sacramentalmente la efusión o
derramamiento de la sangre, substancialmente presente por la transubstanciación.
¿Por qué se habla o debe hablar de muerte en la Misa? Porque en
virtud de las palabras sacramentales o forma del sacramento se consagra (ex vi
sacramenti) el Cuerpo y la Sangre separados, y esto constituye la muerte
sacramental realmente y no aparentemente, pues tenemos sacramentalmente el
Cuerpo sin Sangre y la Sangre separada del Cuerpo, por efecto directo de la
transubstanciación. Aunque por concomitancia, allí donde está el Cuerpo está la
Sangre y viceversa, junto con el Alma y Divinidad, pues está Cristo todo entero.
No hay que confundir lo real natural con lo real sacramental. Hay que distinguir
como hace Santo Tomas entre ex vi sacramenti y ex naturale concomitantia, lo uno
pertenece a la realidad sacramental y lo otro a la realidad natural, física.
Lo real no excluye lo sacramental ni la muerte real a la muerte
sacramental; lo real excluye el no ser; real es lo que es, y lo no real es lo
que no es: la nada; todo lo sacramental tiene un ser sacramental, una realidad
substancial, de lo contrario no se podría hablar de presencia real, verdadera y
substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Hostia. Negarlo es una
herejía.
Cuando San Pedro Eymard o algún otro dice que no hay muerte
real esto quiere decir que no hay muerte física, natural; y cuando habla de
muerte mística quiere decir más exactamente muerte sacramental; pero esta muerte
es real según la realidad sacramental, representativa, significativa y causal.
Si la Sangre está separada del Cuerpo es porque por lo menos en
algún momento o instante se separó del Cuerpo, y en esta separación consiste el
derramamiento o efusión de sangre, sea física o sea sacramental, y esta
separación producida sacramentalmente por las palabras de la consagración,
constituyen la efusión sacramental.
La transubstanciación (la conversión
de la substancia) del pan y del vino en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo
termina directamente en el Cuerpo sin Sangre y sin Alma, ni Divinidad, y de la
Sangre derramada, sin el Cuerpo ni Alma, ni Divinidad. Es la substancia
únicamente del Cuerpo y de la Sangre sin más, lo causado por la
transubstanciación. Todo lo demás viene a estar por natural concomitancia, es
decir, lo que esta naturalmente unido, actualmente, ahora (la realidad física
actual).
El Cuerpo y la Sangre están separados sacramental y
realmente, y está mal decir que están
separados sacramentalmente pero no
realmente; lo sacramental y lo real no se oponen, lo que se opone o distingue es
lo natural y lo sacramental. Negar la realidad sacramental es
protestantismo
puro y herejía modernista.
Hay tres realidades o tres órdenes
distintos de la realidad: la natural, la sobrenatural y la
sacramental. El
orden sacramental nace del matrimonio indisoluble entre el orden natural y el
orden sobrenatural. La Encarnación es el matrimonio indisoluble de lo natural
creado con la Divinidad increada unidos en Cristo por toda la eternidad.
Lo místico y lo simbólico pueden referirse y aplicarse a cualquiera
de estos tres órdenes de lo real, que son el natural, el sobrenatural y el
sacramental. Lo sacramental es tan real como lo es lo natural y lo sobrenatural.
La muerte sacramental de Cristo en la Eucaristía, en el Sacrificio
Eucarístico, o Sacrificio de la Santa Misa, es una muerte real, no física ni
natural, sino sacramental, incruenta, es un estado de muerte real sacramental,
pues el Cuerpo de Cristo y su Sangre están realmente presentes y separados
substancialmente por la doble consagración por fuerza y efecto causal de las
palabras sacramentales de la forma sobre la materia, no están en la propia y
natural especie (cuerpo vivo, sangre viva circulando por las venas) sino en
estado de muerte, de separación sacramental. Por estado natural Cristo está vivo
en el cielo, por estado sacramental está muerto, en estado de muerte
sacramental. Su Cuerpo está separado de su Sangre sobre el altar, aunque por
natural concomitancia el Cuerpo está vivo y glorioso y así tenemos Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad bajo cada especie consagrada, pero esto no es por
efecto causal de la transubstanciación, que termina directa y únicamente en la
substancia del Cuerpo exangüe, muerto, y la substancia de la
Sangre
derramada, por efecto causal sacramental: ex vi sacramenti.
Cristo,
la Verdad Eterna nos dejó con su Pasión y su Muerte el testimonio del sacrificio
de la Cruz y su prolongación sacramental en la Santa Misa. La verdad conocida y
asumida en el amor nos lleva inexorablemente al don de sí hasta la inmolación y
la muerte, que nos dejo Nuestro Señor como testamento sacramentalmente.
No hay que confundir símbolos, signos, accidentes sacramentales
(apariencias de pan y vino): sacramentum tantum, con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, o sea la substancia del Cuerpo y la Sangre: res et sacramentum; ni
confundir la gracia: res tantum, que es el efecto sobrenatural, con el Cuerpo y
la Sangre substancialmente presentes en estado de victima muerta, Christum
Passum.
Tenemos, así, la doble consagración que realiza la
transubstanciación, esta conversión milagrosa y sobrenatural de todo el ente
(toda la substancia entitativa) del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, ex vi sacramenti únicamente, y por real o natural concomitancia (lo que
está realmente unido) ex naturali concomitantia, tenemos el Alma y Divinidad. La
efusión de la sangre derramada (separada) sacramentalmente representa (hace
presente) la victima muerta, y por eso se la menciona en la forma de la
consagración de la sangre.
La muerte de Cristo consiste en la
separación de su Cuerpo y de su Sangre, la cual representa (hace presente) la
muerte de Cristo sacramentalmente. Es el misterio de fe del Cuerpo y de la
Sangre de Cristo substancialmente presentes y sacramentalmente separados; es el
misterio de fe, de la muerte substancial (del estado de muerte substancialmente)
representada, renovada sacramentalmente.
Hay que notar que por la
virtud del sacramento lo que se convierte es el pan en el Cuerpo y nada más, y
lo mismo con el vino que se convierte en la Sangre y nada más; todo el resto
está presente por real o natural concomitancia. Esta separación sacramental le
confiere el estado de víctima muerta sacramentalmente, aunque esté vivo y
glorioso físicamente en el cielo, ahora, actualmente; pero no fue así los tres
días que estuvo su cuerpo muerto en el sepulcro.
El término de la
transubstanciación del pan, es el Cuerpo (la substancia del Cuerpo) de Cristo;
el término de la transubstanciación del vino, es la Sangre (la substancia de la
Sangre) de Cristo, y nada más; todo lo demás que hay es por concomitancia (ex
reali concomitantia o ex naturali concomitantia), pero no por la virtud del
sacramento (ex vi sacramenti), y se realiza sacramentalmente, esto es según la
virtud significativa (S.Th. III, q.78, a.2, ad 2).
Cuando Santo
Tomas habla de pasión habla de efusión de sangre, pues la efusión pertenece
directamente a la pasión de Cristo: “Effusio sanguinis directe pertinebat ad
ipsam Christi
passionem” (S. Th. III, q. 74, a.7; ad 2). La Sangre fue
separada del Cuerpo por la pasión. No hay pasión de Cristo sin efusión de sangre
y sin muerte.
El sacrificio de la Misa es esencialmente la
representación sacramental de la Pasión de Cristo, esto es de la muerte por la
separación de la Sangre, es la renovación substancial de la muerte de Cristo, es
la representación sacramental y substancial de la muerte de Cristo.
Para
evitar en lo posible confusiones terminológicas que alteren erróneamente los
conceptos conviene recordar las siguientes observaciones o aclaraciones.
El vocablo renovar puede entenderse de una u otra forma: hacer
presente o hacerse presente de nuevo, nuevamente, sea por sí mismo en persona o
la cosa misma (según el caso); sea por otro u otra cosa: figura, imagen,
símbolo, etc. No confundir los símbolos de muerte (accidentes) con la muerte
sacramental (o estado de muerte) substancial.
El término renovar
puede entenderse, también, de dos formas o maneras distintas: hacer de nuevo o
nuevamente lo mismo, la misma cosa pasada (pretérita), repetir lo mismo; o hacer
de nuevo, nuevamente algo una segunda o tercera o enésima vez, repetir lo mismo
pero otra vez, un segundo, tercer o enésimo hecho, no el mismo hecho sino otro.
El término místico puede aplicarse a lo natural y físico, así como a
lo sobrenatural, además del sacramental. El término real puede referirse al
orden natural (tanto material como espiritual), y puede aplicarse al orden
sobrenatural, además del orden sacramental, que es tan real como los otros dos
órdenes.
A pesar de que Nuestro Señor Jesucristo está tal cual como
se encuentra en el cielo con su
cuerpo vivo y glorioso en la Sagrada Hostia,
pues por fe católica se debe confesar que Cristo está todo entero en este
sacramento, sin embargo Santo Tomás no duda en afirmar que Cristo esta muerto:
“Quantum autem ad ipsum Christum passum, aquí continetur in hoc sacramentum”
(S.Th. III.q.73, a.6); se trata de Cristo muerto en la Cruz, de la muerte
pasada, no de una muerte presente (nueva), es el Cristo muerto, no el Cristo
mortal en la tierra, ni el Cristo inmortal en el cielo, es el Cristo muerto en
la Cruz, de esto se trata.
En la Misa Nuestro Señor está en estado
de víctima o victimación sacramental, en la Cruz lo estuvo como víctima o
victimación natural. La victimación sacramental es la que permite la realización
de la Misa como verdadero y real sacrificio, el mismo (y no otro) de la Cruz. La
victimación sacramental es la muerte sacramental, la efusión sacramental sin la
cual no hay ni puede haber ni sacrificio ni inmolación. La Santa Misa es el
sacramento de la Pasión y Muerte de Cristo, es la representación substancial de
la Muerte de Cristo en la Cruz, sacramentalmente renovada sobre el altar.
El Sacrificio de la Misa es el misterio de la Muerte de Cristo
en la Cruz, esto es el Mysterium Fidei (el misterio de fe). La Santa Misa es la
representación de la Muerte de Cristo en la Cruz; representación, es decir, que
hace presente la Muerte de Cristo en la Cruz. Es el sacramento del triunfo de
Cristo muerto en la Cruz.
No es el Cristo mortal y pasible, no es el
Cristo inmortal y glorioso, es el Cristo muerto en la Cruz que ha derramado su
Sangre. Es la muerte de Cristo sobre la Cruz, su Cuerpo exangüe, sin vida, sin
Alma, el Cuerpo muerto y su Sangre derramada en la Cruz. Es la representación de
ese momento de la vida terrestre del Verbo Encarnado, en el que muere
gloriosamente sobre la Cruz, ofreciendo su muerte al Padre. La Santa Misa es la
perpetuación de la muerte de Cristo sobre la Cruz, inmolado, sacrificado sobre
el Calvario, derramando su divina Sangre por el pecado, ofreciéndola al Padre y
a toda la Santísima Trinidad, ofreciendo su muerte como hombre, como creatura,
que se inmola, sacrifica y muere en la Cruz por amor a los hombres.
¿Qué más se puede pedir?, ¿qué más se puede hacer? Imposible, es el
paroxismo del amor
crucificado y su triunfo eterno sobre el Mal y el
Maligno, recapitulándolo todo en Él. Instaurare omnia in Christo, y dejándonos
éste su Testamento Eterno, hasta su vuelta gloriosa el día de su majestuosa
Parusía.
P. Basilio Méramo
Bogotá, Agosto 15 de 2011.
En la
fiesta de la Asunción