San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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lunes, 6 de febrero de 2012

CARTA ABIERTA A MARCELO GONZALEZ



DIRECTOR DE PANORAMA CATÓLICO
Estimado Marcelo:

Es una lástima que queriendo hacer el bien y de buena fe usted siga fomentando la política delicuescente impuesta por Roma modernista a la Fraternidad, la cual Monseñor Fellay con toda su cúpula han seguido, prosiguiendo indefectiblemente el plan de desmantelamiento lento y suave (light) del combate firme y enérgico ante el error, la apostasía y la impostura de la Nueva Iglesia Post Conciliar. No es admisible seguir pensando y haciendo creer a los fieles (para colmo), vendiendo la idea de que Benedicto XVI es bueno, cercano a la Tradición, de buenas intenciones,
y favorable a la misma, cuando es un perfecto modernista, dialéctico, gnóstico-cabalista. Y ante el hecho (irrefutable) de Asís III, no se puede negar su pública y
manifiesta apostasía. No decirlo, no denunciarlo clara y públicamente es hacerse cómplice. Ante el error no queda otra alternativa: o se lo combate o se claudica.


Alegremente usted, en el boletín digital que dirige de Panorama Católico del 1 de Febrero, dice: "Una noticia se destaca: Mons. Fellay ha recibido la abjuración de un Archimandrita búlgaro y su ingreso a la Iglesia Universal. Lo más destacado es que Roma ha reconocido el acto y nombrado al nuevo sacerdote católico prelatus domesticus de Su Santidad. ¿Roma comienza a reconocer a la FSSPX en los hechos? ¿Fátima III comienza a manifestarse?", y con esto no hace sino seguirle el juego a la Revolución Anticristiana que triunfa dentro de la Iglesia y eso es lo que significa la divisa, “La Gloria del Olivo”: el triunfo de la sinagoga de Satanás. Además, ¿de qué vale el reconocimiento de la Roma apóstata, de qué sirven los
certificados de los herejes?; eso es tan burdo y estúpido como pedirle un
salvoconducto al diablo, para garantizar nuestra circulación y apostolado como Católicos en medio de este mundo.


Con sus comentarios favorece el desmantelamiento de la resistencia enérgica creando falsas expectativas y fomentando un tradicionalismo ligth, pseudotradicionalismo,
débil ante la apostasía; es hora de que aterrice y deje las falsas esperanzas, no dejándose ilusionar por vanas ilusiones y menos aún desvirtuando el tercer secreto de Fátima que señala la apostasía por la pérdida de la Fe. Sus comentarios preparan una reinserción o reintegración dentro del esquema de la Nueva Iglesia post Conciliar, confundiendo a los fieles.


León XIII en su carta Encíclica del 8 de diciembre de 1892 Inimica vis (fuerza
enemiga) desenmascara a la masonería como una fuerza enemiga de la Iglesia, cosa que Monseñor Lefevbre también señala en la conferencia que dio en 1978 (y que la hicieron retirar de Radio Cristiandad),incluso añadiendo que en el Vaticano hay instalada una masonería eclesiástica, lo cual ni usted con su Panorama Católico, ni Monseñor Fellay con su cúpula, ni Monseñor de Galarreta con su equipo de teólogos en los diálogos doctrinales con Roma, tienen en cuenta, yendo como gatitos mimados a conversar sentados a la mesa ante lobos y leones (aunque con piel de oveja). Por
ésto advertía León XIII que existe una fuerza enemiga, la masonería y que la
secta masónica no teme más nada, ni se echa atrás ante ningún adversario. Señalando además, cómo el ardor de antaño para la defensa de la antigua fe, se enfrió, y que no
hay término medio cuando se trata de salvarse, entre morir o combatir hasta el fin. Y por ésto recuerda citando a su predecesor el Papa San Félix (483 - 492): "El juicio de Nuestro predecesor, Félix III, acerca de ese asunto es muy grave: 'no resistir el error, es aprobarlo; no defender la verdad, es ahogarla... Quien cesa de oponerse a un crimen manifiesto, puede ser considerado como cómplice secreto del mismo'." Estas palabras del papa San Félix, retomadas por el papa León XIII, son las que juzgan tanto su conducta, como la de Monseñor Fellay y su cúpula y la del
propio Monseñor de Galarreta.


En el mismo sentido, una antigua regla del Derecho decía: "No resistir el error, es aprobarlo; no defender de algún modo la verdad, es oprimirla, negligir derribar a los malos, cuando se tiene el poder, equivale a favorecerlos. El que neglige oponerse a un crimen manifiesto, no está exento de una secreta complicidad.


Por todo lo cual, no queda más que mantener una firme y decidida condena del error, la impostura y la herejía de la Nueva Iglesia post-Conciliar o Pseudo-Iglesia.


¿De qué sirven los diálogos con Roma Apóstata, y sus reconocimientos y certificados, pretendiendo ejercer un apostolado en defensa de la Tradición Católica pero con la aprobación de los modernistas herejes y apóstatas? Absurdo y Contradictorio. Eso es por demás, avalar el error dando visos de legitimidad al no tener en cuenta las advertencias de Nuestra Señora de la Sallete que dijo "Roma perderá la Fe y será la sede del Anticristo, y que la Iglesia será eclipsada". Dicho eclipse es el que está
señalado en la anterior divisa de Juan Pablo II correspondiente a "De labore solis", pues la Iglesia es el Sol que alumbra este mundo y hoy el eclipse del sol es
total.


Por eso dijo San Cipriano: "No os deis afán por edificar templos materiales en
los cuales al fin de acabo sabéis se sentará el Anticristo. Edificad la fe en los
pechos, templos que nadie puede quemar." (El Evangelio de Jesucristo, Castellani ed. Dictio 1997, Buenos Aires p. 412). San Hilario a su vez, escribe: "Hacéis mal en amar tanto los muros, y fincar así en los edificios nuestros respetos por la Iglesia, y cubriros de este pretexto para invocar una pretendida paz. ¿Puede dudarse que el Anticristo se sentará en los mismos lugares?". (Straubinger nota 3, 2 Tes. 2)


De otra parte, está confundiendo el triunfo del Inmaculado Corazón, que no puede ser antes de la Parusía, con lo que dice el Tercer Secreto, no revelado, sobre la apostasía universal, adulterando así el mensaje mariano, para reavivar una esperanza falsa en un triunfo que no requiere la intervención directa de Cristo Rey. Pues el triunfo que todos esperamos, es con la Parusía de Nuestro Señor, por su directa e inmediata presencia que destruye el poder del mal personificado en el Anticristo tanto político como religioso, o pseudoprofeta, y no antes sin esta intervención, como quiere el modernismo progresista, de un triunfo de la Iglesia por las solas
fuerzas intrahistóricas y humanas. Y de aquí su ecumenismo de unir a los hombres sin
dogmas que dividan.


Mons. Fellay con su séquito de dirigentes, sigue más bien la línea de Juan XXIII para quien la Iglesia no tiene enemigos, y por eso ante Roma se presta al Diálogo ingenuamente, cuando están en medio de lobos rapaces y paradójicamente, al igual que Juan XXIII, quien no queriendo ser un profeta de calamidades como esos que creen próximos el fin de los tiempos apocalípticos, se decide dialogar con el mundo y
aggiornarse, configurándose a este siglo, con la falsa convicción de que si hay un largo camino todavía por recorrer, de algún modo hay que alejar las enemistades. Y
Mons. Fellay con parecido criterio al no tener en cuenta la posibilidad de entender que estamos en los últimos tiempos, busca el dialogo y el compromiso.

Que Dios le ilumine con su gracia y lo fortalezca para librar el verdadero combate por la verdad y la Tradición Católica, bajo el amparo de la Santísima Virgen María, quien aplasta la diabólica serpiente.


P. Basilio Méramo
Bogotá, Febrero 6 de 2012

domingo, 5 de febrero de 2012

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Con este domingo de Septuagésima se inicia el ciclo litúrgico de la Pascua que tiene su preparación con la Cuaresma y su antesala o preludio que comienza hoy para prepararnos a ella con sus sacrificios, penitencias, mortificaciones y a imitación de nuestro Señor en el desierto poder después festejar con gran alegría la resurrección de nuestro Señor, después de su muerte en la Cruz por nuestros pecados; a eso debemos el color morado de los ornamentos.

Y así la Iglesia nos va advirtiendo en estos domingos antes de la Cuaresma que nos vayamos disponiendo y preparando para este periodo de la Iglesia que antaño los fieles practicaban con verdadero fervor, y que nosotros, dada la debilidad del hombre actual, medio la sobrellevamos; no por eso olvidemos el espíritu de sacrificio, penitencia y oración que durante estos días de disposición comienzan hoy con la septuagésima. Setenta días para la Pascua es un número que la Iglesia tomó como motivo de preparación; los Siete Salmos Penitenciales por ejemplo; número siete que nos recuerda también el exilio del pueblo judío en Babilonia durante setenta años y que recuerda la historia de la humanidad resumida en ese destierro del pueblo elegido; por eso la Iglesia lo toma para que lo recordemos como preludio a la Pascua.

Me veo hoy penosamente obligado a tratar un tema que preferiría realmente callar, pero no puedo dejar de advertirlo, dado el hecho de la reunión del 24 de este mes en Asís, reconfirmando lo que hace varios años fue un escándalo; lo cual demuestra una pertinacia en el error y que miradas las cosas a la luz de la fe, no con sentimentalismos ni aprehensiones humanas, no se puede dejar de señalar porque son hechos que ofenden el nombre de Dios. Porque cuando hay hechos que conculcan evidentemente el honor de Dios, que son públicos, es un deber de todo católico señalarlos y lo más grave es que no se trata de cualquier prelado, de cualquier cristiano, sino de un acto de la jerarquía oficial de la Iglesia con el Sumo Pontífice a la cabeza representando a Dios, en unión con todos los otros líderes religiosos –para pedir la paz–; nosotros sabemos que la paz únicamente se puede pedir en el nombre de Cristo.

No puede haber otra paz fuera de la paz de Cristo. Sería una ilusión, un engaño, y en el peor de los casos la paz del Anticristo que ya la tenemos anunciada en las Escrituras.

Luego, yo no puedo pedir junto con los demás si no pido en Cristo porque no sería la paz de Cristo sino la del Anticristo. No hay término medio, las verdades de la religión católica son apodícticas, derechas, contundentes, definitivas, y al espíritu liberal no le gusta esa contundencia, radicalidad y verticalidad de la verdad, por eso siempre prefiere un sí que sea un no y un no que sea un sí. Y por eso nuestro Señor dice “sí sí o no no”, toda otra palabra viene del maligno. En materia de fe, en materia de verdad no cabe otro lenguaje, porque éste no les gusta, no le parece al mundo moderno ni a sus enemigos ni a los que están dentro de la Iglesia en connivencia con ese espíritu. Es un espíritu tolerante, y me refiero al liberalismo en el orden teológico y filosófico, no estoy hablando aquí de partidos políticos que por otro motivo se puedan asociar a este pensamiento. Pero es tal el reformismo de nuestra época que no nos gusta la verdad por el compromiso que ella exige y por eso un acto público como el del día 24 no se puede, a los ojos de la verdad o de la fe, dejárselo de lado o disimularlo.

Es para mí una obligación decirlo, aunque me freno para no decir todo lo que pienso y lo que en consecuencia se seguiría por simple lógica, porque no quiero escandalizar ni asustar a nadie, pero sí es mi deber advertir a los fieles, para que no se dejen llevar por el falso concepto del peso de la autoridad. ¿Cómo se va a pedir una paz sin invocar el sacrosanto nombre de nuestro Señor Jesucristo?, si Él siempre dice: “Pax Vobis”, Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Porque Él sabe que todos los bienes se condensan en la paz, que es la tranquilidad en el orden y en el divino, en el natural pues eso será adulterado hacia el fin de los tiempos para promover una falsa paz que culminará en el Anticristo; y cómo se le va a pedir a Dios si no se le pide al verdadero y único Dios Uno y Trino, al Dios de la revelación.

Yo no le puedo pedir a cualquier dios, no puedo invocar en la oración a un falso dios. Entonces, ¿cómo voy a reunirme en el nombre de Dios y de la Iglesia con los líderes de las falsas religiones para pedir una paz que no es la de Cristo y a un Dios en el que ellos no creen? Los dejo en el error, la infidelidad y confundo a los católicos, eso es desastroso y apocalíptico. Un Papa no tiene poder ni derecho para hacer eso.

La infalibilidad de la Iglesia y de la cual goza el Papa no es para anunciar una nueva doctrina sino para confirmar a sus hermanos en la fe, contenida en el depósito de la revelación católica. Esto no las debería decir yo, un simple sacerdote, sino los doctores de la Iglesia, que por oficio son los obispos; es deber de los obispos católicos advertir a los fieles dispersos por el mundo en esta hora crítica de crisis en que la Iglesia está reducida, y siendo limitada para alertar no sólo a la humanidad sino a los fieles de no dejarse seducir por una falsa unión, por una falsa paz. Ese es el deber de los obispos, consolidar en toda doctrina, profesar y sostener en esta crisis la fe y la doctrina de la Iglesia y sostener a los fieles; para eso son pastores hasta dar la vida por sus ovejas. Y si no lo hacen no cumplen con su deber y no valen acciones sucedáneas, cuando la verdad está públicamente conculcada, eso exige una denuncia.

Eso fue lo que ocasionó a los mártires la profesión de la fe y no se puede claudicar, soslayar, ocultar. Es trágica la hora presente; la verdad tiene sus derechos y por eso no puede uno hacerse el tonto. A mí me gustaría no tener que hablar más de ello y abrigo además el temor de escandalizar a alguien y, si se diese el caso, pido que por favor me lo haga saber para quitar ese escándalo; pero mucho más indignante es el acto que Juan Pablo II hace en nombre de la Iglesia como sumo Pontífice y Vicario de Cristo. Un acto que no es de Dios ni para Dios. ¡Es tremendo! Y por eso considero un deber advertir a los fieles sobre la legitimidad con la cual Juan Pablo II y todos los cardenales en comunión con él ejercen en nombre de Dios y de la Iglesia católica haciendo eso que acaban de realizar.

Porque como sacerdote católico, apostólico, romano, tengo que decir que ese evento no es católico, ni apostólico ni romano, ni de la Iglesia católica sino digno de la iglesia de Satanás; así de claro, de duro y con todo el dolor de mi alma pero es la profesión de fe pública que tengo que dar, porque está en juego la salvación de mi alma y de las almas de todos los fieles porque, repito, esto no lo debiera decir yo, sino los obispos que son los doctores de la Iglesia y en nombre de Dios manifestarlo. Porque no puede ser que el error, el engaño circulen en el nombre de Dios, eso no puede ser. Un Papa no tiene autoridad para ello, ninguno, y si hace un evento de esos con toda la jerarquía en comunión con él, tengo todo el derecho y el deber de poner en duda la legitimidad de ese evento. Es lo menos que puedo decir, y creo que es lo menos que debieran decir aquellos prelados que se estimen católicos si no quieren pecar de cobardía, de ignorancia o de lo que fuese. ¡Es terrible! Pero es así.

La fe así lo exige, es lo formidable de Dios, pero no nos percatamos porque la anemia espiritual se nos ha ido tan suavemente dosificando que ya ni cuenta nos damos, y Dios permite que el hecho abominable de Asís se repita, como para ver si los que no supieron reaccionen, pero nadie responde, nadie musita, nadie chista. ¿Por qué? ¿Es que no existen hombres viriles, sobrenaturales, que puedan defender la Iglesia? Si no los hay entonces ya se hubiera acabado la Iglesia, luego los tiene que haber que clamen desde el desierto; es una obligación, así nos cueste la cabeza.

Lo terrible no es que los musulmanes, azuzados por judíos, tumben las torres de Nueva York que bien se las harán pagar con el seguro porque estúpidos no son; lo grave no es que ese país esté agobiado con la violencia, mucho más grave es lo que pasa en la Iglesia católica, eso es lo peligroso: que se pudra la religión, que se pudran los prelados, que se pudra el clero. Eso es gravísimo y lo peor es que no nos demos cuenta de ese estado de putrefacción, de adulteración y que no haya paladines que adviertan al pueblo para que permanezca fiel a la fe en esta apostasía. Por eso, mis estimados hermanos, desde todo punto de vista, teológico y jurídico, es lícito dudar de la legitimidad de Juan Pablo II cuando ejerce un acto en el nombre de Dios para destruir la Iglesia.

Es lo menos, sinceramente lo menos, las soluciones no son nuestras, no las podemos dar; la conclusión la dará Dios; el buen médico es el que diagnostica la enfermedad, aunque muchas veces no puede dar la salud, porque la salud y la vida vienen de Dios, pero sí el diagnosticar, para que no nos dejemos arrastrar. Eso haría yo si fuera obispo, me vería obligado a hacerlo delante de Dios, poner en duda pública la legitimidad ante la gravedad de esos actos que está realizando; perdónenme las expresiones, porque sencillamente un Papa no se puede poner de ruana la Iglesia, no es su bien propio, es la Iglesia de Cristo, son las almas de Cristo y la autoridad la tiene para gobernar dentro de los cánones de las leyes, tanto divinas como eclesiásticas.

El Papa no es un gurú o un mandarín caprichoso que puede hacer con la Iglesia y sus leyes lo que le dé la gana; ese no es el concepto católico de la autoridad, ni en el orden natural ni en el sobrenatural.

Ya en España, la madre patria, un rey podía ilegitimizarse por la falta de ejercicio, cuando claudicaba en el deber de procurar el bien común. El poder no está para hacer con él lo que se quiera, sino para gobernar llevando a los súbditos hacia el fin, y ¿hacia dónde nos lleva Juan Pablo II? Hacia ese abrazo con las falsas religiones para pedir una paz que no es la de Cristo a un dios anónimo, que no es el Dios Uno y Trino de la revelación; y si lo es ¿por qué no lo dice? ¿por qué no lo proclama? ¿por qué no lo profesa? No hay término medio, sí o no, no hay excusa, no hay ignorancia que valga, son los hechos, los terribles hechos.

Por eso tenemos que rezar más que nunca, para perseverar en la fidelidad a la Iglesia que está siendo reducida. No todo el que diga ¡Señor, Señor!, se salvará; no todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios; no todo el que dice ¡Señor, Señor!, es católico. Esta jerarquía oficial no es católica, no pueden ser católicos, no profesan la fe católica, eso es evidente; la fe no se profesa en el baño ni en la cocina de la casa, se ejerce públicamente. Y lo que hemos visto es una anti-profesión de fe, de una anti-iglesia digna de un Anticristo. “Roma perderá la fe y será sede del Anticristo”, dijo nuestra Señora en La Salette.

¿Quieren ver más claro? ¿Qué falta para ver más claro? Amor a la verdad, es lo único que nos puede hacer ver, el amor a la verdad, a esa verdad que invoca San Juan Evangelista; amor a esa verdad que es el Verbo de Dios, que es la que ilumina toda inteligencia, pero que los suyos no la recibieron, que los suyos no la aceptaron prefiriendo las tinieblas, pues son hijos de las tinieblas. Eso es lo que le pasa al pueblo judío por su perfidia y eso es lo que nos va a pasar si no tenemos el amor a la verdad, y éste lleva a la inmolación de la propia vida como lo hizo nuestro Señor Jesucristo en la Cruz; eso es ser católico, esa es la espiritualidad católica, eso es lo que anima la devoción católica, eso es lo que ha hecho a los Santos. No una masa, una fe , una doctrina amorfa, equívoca, sino la luz de la verdad que es nuestro Señor.

Perdónenme si he sido un poco duro, pero es así y si no puedo hablar, si voy a escandalizar, ganas no me faltan de irme al desierto y no tener que decirlo. Pero si tengo la cura de almas es mi deber entonces decir las cosas como las veo en conciencia delante de Dios. Pero no callar por miedo, el que fuese, y sí pedir la gracia para que todos podamos tener ese mismo entendimiento, y así poder ser fieles a la verdad, porque eso que ha ocurrido se va a agudizar, no queda allí, no para allí, la globalización del mundo con la Iglesia y todas las religiones, la unión fuera de Cristo que realizará el Anticristo; hacia eso vamos y por eso si los tiempos no se abrevian, nadie se salvaría, por eso debemos ser lúcidos en la fe, con la lucidez del Espíritu Santo y pedirle a Dios que nos sostenga, porque por nosotros mismos no podemos nada, somos miseria, barro. Entonces es Dios en nosotros y por la Gloria de Dios es que debemos mantener la fe en medio de estas densas tinieblas que seguirán apretando y que nos absorberán si no tenemos cuidado y si no tenemos vigías que mantengan despierto al pueblo de Dios, a los fieles.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, para que Ella sea nuestro sostén, para que nos sostenga como a niños indefensos bajo su manto. +

P. BASILIO MERAMO
27 de enero de 2002

domingo, 13 de noviembre de 2011

DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en este relato del evangelio cómo los fariseos permanentemente asechan y se confabulan contra nuestro Señor. Le mandan personas para que le pregunten, no con ánimo de saber la verdad sino de buscarle una caída y así tener justificación para acusarlo. Son muy insidiosos, capciosos, astutos, tal es el talante de ese pueblo. Y vemos cómo le preguntan a nuestro Señor si se debe o no pagar tributo, habiéndole antes reconocido que era verdad que llevaba con su palabra hacia el camino de Dios.

El dinero, el tributo, lo material, que en cierto modo tiene derecho, pero a Dios lo que es de Dios y nosotros tenemos en nuestra alma grabada la imagen de Dios; entonces, si yo doy la moneda que tiene grabada la imagen del César al César, tengo que darle mi alma que tiene grabada la imagen de Dios a Dios; ese es el significado de esta respuesta tan inteligente, tan sabia y tan astuta en el buen sentido, porque también, por otro lado, existe en las acciones humanas una mala astucia, la de usar la malicia indígena para el mal y no para el bien. Por eso nuestro Señor dice: “Sed prudentes como la serpiente y sencillos como las palomas”, porque la religión no quiere la ignorancia, la imbecilidad ni la estupidez, quiere que apliquemos esa misma sagacidad, esa misma astucia que tienen los hombres para sus negocios terrenales, que los tengamos nosotros como espirituales para las cosas de Dios, para defenderlo, para defender la Iglesia con inteligencia y con capacidad.

Para eso se nos dan las virtudes, los dones del Espíritu Santo; no olvidemos esos tres dones del Espíritu Santo que son ciencia, inteligencia y sabiduría y como San Pablo lo dice en la epístola, ahondemos en la luz de la inteligencia que él aplicó para defender el Evangelio con la exhortación y confirmarlo en los corazones de los fieles. En eso consiste la predicación, en defender la verdad con audacia y confirmar el evangelio en los fieles. Evangelio que hoy ya no se aconseja y eso hasta el día de nuestro Señor, hasta que Él venga, cuando sea la hora de su segunda venida, como lo dice San Pablo a los fieles de hoy.

Luego no olvidemos que si debemos dar al César lo que es del César, demos a Dios lo que es de Dios, no sea que lo que debemos a Dios se lo demos al diablo, a Satanás, porque él desea la condenación del alma por el odio que tiene a Dios, que nos tiene a todos. Así que no hagamos el juego al demonio; no dejemos que como una sirena con apariencia de belleza nos seduzca, nos haga sucumbir, esa es la tentación y el pecado.

Por lo tanto debemos saber resistir a los halagos con que se nos presenta en mil formas la insinuación al mal; no olvidemos que la televisión es el gran instrumento técnico para que ese mal y ese poder de seducción llegue a todos los rincones del mundo: en la choza más pobre o en el Amazonas hay un televisor; los indígenas andan con guayuco pero ven televisión. No nos dejemos halagar falsamente, busquemos las cosas de Dios y démosle nuestra alma porque ahí esta grabada su imagen, “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, que con su ayuda e intercesión no olvidemos que somos de Dios. +

PADRE BASILIO MERAMO
4 de noviembre de 2001

domingo, 6 de noviembre de 2011

VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este domingo vigésimo primero después de Pentecostés, el Evangelio nos ofrece una parábola que podemos denominar parábola del deudor desaforado. Comenta San Jerónimo que en Siria y Palestina, de modo particular en la provincia de Siria, lugar donde nació Nuestro Señor, la gente era muy dada a comprender las cosas más que por la enunciación de un precepto, por comparaciones con imágenes de la vida real; por eso Nuestro Señor, para demostrar el principio que quiere enseñar a sus discípulos y a todos aquellos que lo seguían, en vez de formularlo,
relata esa parábola que al conocerla queda grabada en la mente del pueblo por su fácil comprensión.

El precepto consiste en perdonar a nuestros deudores, así como nosotros tenemos necesidad de ser perdonados por Dios. Es sencillamente lo que pedimos en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; seremos perdonados en la medida en que perdonemos y no seremos perdonados en la medida en que no perdonemos. Eso es lo que Nuestro Señor quiere mostrar en esta parábola. La desproporción entre la cantidad inmensa de los diez mil talentos que este hombre adeudaba al rey y el rey por pura
misericordia le perdona toda la deuda y lo deja libre. Y éste a su vez al consiervo, que le debía una pequeña suma, casi lo estrangula y lo manda apresar para que le pague.

Esa es la moraleja: la imagen muestra la misma situación de cada uno de nosotros con respecto a Dios cuando no perdonamos a nuestros hermanos que nos adeudan poca cosa. Por mucho que consideremos se nos ha hecho en contra, de palabra, obra o como fuere, no sería nada comparado con la inmensa deuda que tenemos con Dios. Deuda inmensa contraída por nuestros pecados y que tiene que ser pagada. Y lo que Dios nos pide es la cancelación de la mínima deuda que tengamos con nuestros posibles acreedores, nuestros prójimos. ¡Qué sencillo es ser perdonado! Y, sin embargo, que difícil es que perdonemos de corazón a los demás, sin rencores, sin que guardemos en el repliegue de nuestra alma el recelo, el resentimiento, y hasta el odio hacia los demás. Esos sentimientos conculcan incluso la paz social, la paz familiar y la convivencia de la sociedad; todo el mal se podría centrar allí en ese odio, en ese resentimiento, en esa falta de perdón; y ¿cómo pretendemos ser perdonados, si no perdonamos? Es absolutamente imposible, porque tendríamos la misma actitud ruin de este deudor desaforado.

Hay que ser ruin para no perdonar al que nos debe poco, cuando nosotros debemos mucho más a Dios y le pedimos clemencia y misericordia. Este es el estado del alma de este deudor que no quiso perdonar a su hermano, y ese estado de ruindad lo ejercemos nosotros cuando guardamos rencor, cuando guardamos odio, cuando no perdonamos de corazón. Y hay que aclarar una cosa: el perdón no es no ver la injusticia; sino el perdonar el mal cometido, lo que se perdona es al
pecador, lo que se perdona no es el error, es a quien yerra; se perdona al pecador pero no se hace desaparecer la injusticia ni el pecado ni el mal. Es cosa muy distinta. Y como todos somos pecadores, entonces todos debemos perdonar para merecer en retribución el perdón. Dicho sea de paso, con respecto a la traducción del "Padrenuestro" al español, que expresa con claridad, lo cual por cierto carece el francés, ya que nuestra lengua es mucho más rica y, por tanto, más precisa, cuando en español decimos "perdónanos nuestras deudas" y que ahora erróneamente,
contraviniendo la precisión de una verdad teológica, se reemplaza por "ofensas"; esta nueva versión no especifica con exactitud el sentido que tiene la deuda. Una deuda es un débito que hay que retribuir y la ofensa se perdona pero si no se retribuye el débito queda, aunque la ofensa sea perdonada queda el débito y por eso en la sana teología de la Iglesia siempre se ha distinguido entre la culpa y la deuda, entre la culpa o la ofensa y el débito o deuda que queda. Una persona que muere en estado de gracia, ¿por qué va al purgatorio si están perdonadas sus ofensas? Porque le quedan todas las deudas contraídas por los pecados mortales y veniales; a esto se
atribuye la existencia del purgatorio, porque no se ha saldado la deuda, no se es digno todavía de entrar en el cielo, se necesita purificar en el purgatorio la deuda, no la ofensa, a no ser la ofensa de los pecados veniales no perdonados aún.

Vemos, pues, cómo se van borrando en esas malas traducciones las verdades esenciales de la fe católica, se va quitando precisión y no por simple descuido, que ya sería una estupidez, sino porque en el fondo también la nueva teología niega el purgatorio y hasta el infierno. ¡Qué les va a importar ya hablar de deudas! ¿Cuáles deudas? Si "todos somos libres", nadie le debe nada a nadie, si con "la dignidad del hombre", "la libertad del hombre", "el hombre es soberano", "los derechos del hombre", "el hombre con su libertad", ¿qué deudas? Ninguna deuda, toda deuda
quedó cancelada. Eso es lo que enseña la teología liberal; barre con las deudas, con el débito que nos obliga a pedirle a Dios, para que a través de los sacrificios, la abnegación y las penalidades, purguemos en la tierra y purifiquemos nuestras almas aquí y no en el purgatorio que será mucho peor. Pero como el mundo de hoy es sordo a lo que no sea confort, goce, sensualidad; nada que comporte sacrificio, abnegación, renuncia; ese es el ideal del hombre moderno: "vivir para gozar", tal es el ideal pagano, ideal del renacimiento, que se llamó Renacimiento porque era el
paganismo que renacía después de la Edad Media; cuando el ideal del cristiano, del católico, es todo lo contrario: merecer el cielo a través del sacrificio, un programa muy distinto.

Para que paguemos, pues, nuestras deudas con Dios, perdonemos las ofensas y las deudas de nuestro prójimo y seremos perdonados. Así cumpliremos con el Padrenuestro, para rezarlo verdaderamente en paz, porque si dejamos esa ruina en el alma y guardamos ese egoísmo, esa falta de perdón, esa falta de generosidad, no podemos rezar en paz con Dios y dignamente el Padrenuestro.

Roguémosle a Nuestra Señora, la Virgen María, que nos dé la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y que así Dios perdone nuestros pecados.

PADRE BASILIO MERAMO
5 de noviembre de 2000

domingo, 4 de septiembre de 2011

DUODÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Escuchamos en este evangelio cómo les dice nuestro Señor a los que estaban allí presentes que muchos desearon ver lo que ellos veían u oír lo que ellos oían y no lo vieron ni lo oyeron, muchos profetas y reyes.

Cómo es posible que muchos profetas y reyes del Antiguo Testamento hayan deseado ver y oír lo que ellos oían y veían, es decir, a nuestro Señor Jesucristo, al Mesías, y no sería porque de algún modo conocieran el misterio de la Encarnación, el Mesías encarnado y para conocer eso, también conocer el misterio de la Santísima Trinidad sin el cual es imposible la Encarnación de nuestro Señor como Hijo de Dios hecho hombre. Nos puede asombrar, porque hay un grave error muy extendido en medio del ámbito clerical y de los fieles; hay muchos predicadores y teólogos que afirman –y esto no es la primera vez que lo digo, pero lo repito para que se quede grabado–, hay, dicen, un error descomunal: que la diferencia entre nosotros, es decir entre el Nuevo y el Antiguo Testamento consiste en que nosotros conocemos la Encarnación y la Santísima Trinidad y en el Antiguo no se conocían.

Vemos, sin embargo, que nuestro Señor habla de muchos profetas y reyes que quisieron ver “lo que vosotros veis y oís y no lo vieron y no lo oyeron” y ¿cómo van a desear ver y oír sino es porque lo conocen de algún modo? Ese modo es la fe sobrenatural en la Santísima Trinidad y la Encarnación; entonces la diferencia no está, no consiste en un desconocimiento de esos dos misterios básicos para que haya la fe, si no en el modo de conocerlos. Es más, no sería la misma fe; una fe que no crea en la Trinidad y en la Encarnación no es la fe de nuestra religión, sencillamente no sería nuestra misma fe que la de Abraham, Isaac y Jacob. Para que sea la misma fe tiene que haber el mismo objeto. Pero por no seguir la explicación simple y profunda de Santo Tomás y sí seguir a veces modas teológicas que se imponen, o el prestigio errado de una comunidad, y que se hacen ley, moneda corriente y así pensamos que en el Antiguo Testamento no se había revelado la Santísima Trinidad. Sí se había revelado, lo que pasa es que no era una revelación explícita y pública para todos sino, como dice Santo Tomás, para los mayores, los patriarcas y los profetas, o como el rey David que escribió los Salmos directamente describiendo hechos de la vida de nuestro Señor, y que tenían la obligación de adoctrinar y de catequizar al pueblo. Ellos conocían el misterio de la Encarnación y por eso desearon ver lo que ellos veían y oían pero que no lo vieron ni lo oyeron.

También en otro pasaje dice: “Moisés deseó ver mi día”, entonces conocieron aquellos personajes esos dos misterios y el pueblo creía en ellos de un modo implícito, con lo cual la diferencia entre el Antiguo y Nuevo Testamento consiste en que en el Nuevo hay la explicitación para todos de lo que en el Antiguo no era para todos sino para unos pocos, puesto que el pueblo no estaba suficientemente preparado; era rudo y de difícil condición y así, entonces, se tergiversarían esos dogmas que no eran del conocimiento público y explícito para todos. Pues tan duros eran, que en cuarenta días de ausencia de Moisés los encontró adorando al becerro de oro; el mismo becerro que simboliza el espíritu judaico que anima al judaísmo y que debemos tener cuidado de no caer en él y resultar adorando el becerro de oro, el dinero; ambicionando el poder y las riquezas y las glorias de este mundo y no la gloria de Dios.

Por eso nuestro Señor les decía con estas palabras que eran privilegiados, que somos privilegiados, porque hemos visto a nuestro Señor, le hemos oído; en cambio ellos no, lo desearon pero no podían verlo ni oírlo.

Sale al paso un doctor y perito en la ley, y le pregunta a nuestro Señor qué tenía que hacer para salvarse y nuestro Señor le responde con otra pregunta: ¿Qué está escrito en la ley? Y aquel responde magistralmente como doctor que era: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu corazón, con todo tu espíritu” (no es que el alma sea distinta al espíritu, sino que es el alma espiritual, porque los animales también tienen alma, que es el principio de vida pero no es espiritual, es un alma material y por eso no son inmortales como es inmortal el alma del hombre. Los vegetales tienen alma vegetal y los animales alma animal y nosotros tenemos alma espiritual y por lo mismo inmortal).

Que adoremos entonces a Dios con todo nuestro ser y amemos al prójimo como a nosotros mismos, en eso se resumen los diez mandamientos de la Ley de Dios, pero este doctor, como buen judío y fariseo que conocía las Escrituras, las que no solamente hace falta conocerlas, sino interpretarlas rectamente, la destruía porque tenía un concepto errado de lo que era el prójimo, “¿y quién es mi prójimo?”. Porque para ellos el prójimo era sólo la familia, los amigos, los allegados, los conocidos y los seres queridos; pero el resto, los demás, no; esos no son mi prójimo y no me importan. Así entonces, aun con el conocimiento de esa ley de amor la destruían por no tener de ésta una correcta interpretación.

Por eso nuestro Señor les quiere mostrar que el prójimo es todo hombre con el que yo me encuentre en esta vida, y le relata el caso del hombre que es asaltado y lo dejan medio muerto en el camino y por allí pasa un sacerdote que debiera ser el primero en reconocer allí a su prójimo pero sigue de largo; pasa también un levita y sigue de largo y un “maldito” samaritano, como eran considerados los samaritanos para los judíos, que no eran judíos, ya que el concepto de “judío” viene desde la división de las diez tribus del norte, Samaria incluida, con las dos del sur, de Judá. De allí viene el nombre de judíos y samarios, los que fueron pisoteados y llevados al exilio y por eso los judíos los consideraban como réprobos, pero eran la misma Israel de Dios y, sin embargo, los consideraban como a lo peor.

Y este buen samaritano se compadece, lo ayuda, lo cura, lo lleva a la posada, le ofrece todo el auxilio que necesita y nuestro Señor le pregunta: “¿Quién de éstos crees que fue el verdadero prójimo?”. Y el doctor le responde: “El hombre que le ayudó”. A lo cual agregó Jesús: “Bueno, ve y haz tú otro tanto”. Hagamos nosotros otro tanto. Mi prójimo no es solamente mi familia, mis hermanos, mis seres queridos, o mis amigos, dice Jesús; sino todo hombre con el cual yo me tope y que esté en necesidad, que ocupe de mí y que yo le pueda ayudar, a eso me lleva el amor al prójimo sin el cual no hay el verdadero amor a Dios; este amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo que es su efecto y por eso no hay mayor expresión de amor que dar la vida por los demás, por la verdad, por Dios.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, conservar ese amor a Dios y al prójimo en nuestros corazones para estar en condiciones de corresponder al amor que Dios nos tiene. +


Padre Basilio Méramo
26 de agosto de 2001

viernes, 2 de septiembre de 2011

¿DINOSCOPINO O VIPERINO? ¿A QUE JUEGA MONSEÑOR?


Es sorprendente la actitud y el lenguaje de Monseñor Williamson quien aparenta no estar muy conforme con los diálogos con Roma, manifestando cierto desacuerdo con ellos, pero, sin embargo, todo lleva a pensar que actúa como la pared del frontón para que rebote la pelota sin la cual no habría juego, pues de otro modo no se entiende cómo después de desviar hábilmente la atención en relación con la desactivación de la Fraternidad San Pío X y de toda la reacción y resistencia fiel a la Tradición Católica frente a la Roma modernista y apóstata, con sus declaraciones “políticamente no correctas”, que alborotaron el avispero, ahora con visos de resistencia y cierta oposición desmantela con lenguaje viperino, una categórica y firme oposición ante los acercamientos acuerdistas que se gestan, justo en estos momentos que se vería el
resultado o consecuencia de ellos en la próxima entrevista de Monseñor Fellay con sus dos asistentes adláteres, quienes integran la cúpula visible oficialmente de la Fraternidad.


Es evidente que la Roma liberal y modernista quiera absorber sin destruir toda resistencia que se oponga a su abominable apostasía, ya que sólo se destruye lo que se substituye, para lo cual ha esgrimido ladinamente conceptos tales como la obediencia, la autoridad y la legitimidad, ésta última que es lo que a todo precio y sobre todo quiere ostentar.

No hay nada que esté más en tela de juicio que la legitimidad de una autoridad que se prostituye cada vez más en el ejercicio de su gobierno y magisterio, los cuales están por el suelo ya que están puestos al mismo nivel de las falsas religiones, las que tienen por autor al Demonio (Salmo 95) príncipe de este mundo, al que subyuga bajo su imperio inspirando además a la Contra-Iglesia.

En la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, no hay obediencia ni autoridad, ni legitimidad que valgan para enseñar el error, ni mucho menos la herejía y la apostasía pontificando en contra de la Verdad Eterna de la Fe y del Dogma Católicos.


La Iglesia Católica es indefectible en su ser y en su enseñar por ser Divina, y no puede convertirse en madriguera de ratas voraces que conculcan y violan la verdad, lo cual es
el culmen del pecado contra el Espíritu Santo.

El lenguaje de Monseñor Williamson aunque aparenta otra cosa favorece sutilmente todo esto, al no decir claramente las cosas como son, e incluso al afirmar en su Eleison N° 215 (sin el Kyrie que es lo esencial, otra paradoja más del Dinóscopus) que en la Roma apóstata tienen buena fe y buenas intenciones, y por esta razón son simpáticos, amables y agradables.

La misma caricaturización que Monseñor Williamson adopta, con la singular y proverbial excentricidad inglesa, con forma de dinosaurio –Dinóscopus-, se presta para ridiculizar a la Tradición como un conglomerado desfasado de prehistóricos picapiedras trogloditas, cual fantástica historia de los legendarios y descomunales lagartos.


Claro está que sólo un desfasado troglodita, picapiedra, cual dinosaurio puede hablar de buenas intenciones de los enemigos de la religión y de la verdad, que como sabemos no interesan ni de ello se ocupa ni juzga la Iglesia (pues lo que se juzga son los hechos no las intenciones, que además, como dice el refrán: de buenas intenciones está lleno el infierno), y aunque estos enemigos tengan capa y mitra, ya que la tiara hace rato que no funciona ni aún simbólicamente con Benedicto XVI que la hizo desaparecer de su emblema pontifical sustituyéndola por una mitra cual un simple obispo más dentro del contexto democrático, lo cual no cambia las cosas sino que las agrava mucho más.


La sinceridad y la buena fe que les atribuye el Obispo Dinóscopus, (claro está que no goza de la vista de águila que caracteriza a San Juan Evangelista y Apocalepta) los hace simpáticos, agradables y amables, puesto que hacen el mal convencidos de hacer el bien (cosa típica de todo hereje modernista que aún se estime), llegando así al colmo de la contradicción característica de la mentalidad liberal anglo-protestante, como si fuera gente del común de la calle y no de altos prelados y jerarcas encumbrados de la actual cúpula vaticana.


¿A qué juega Monseñor Williamson?, pues su lenguaje tiende a favorecer una simpatía hacia aquellos que son los principales y peores enemigos de la Iglesia, aunque revestidos de autoridad y de poder. Todo el lenguaje que utiliza Monseñor Williamson favorece a la Pseudo-Iglesia que usurpa los Derechos de Dios, y que él de algún modo reconoce como verdadera y legítima.


Con todo su lenguaje y actitud por más que aparente una cierta disconformidad no se opone real ni contundentemente, sino que entreabre la puerta preparando las mentes a una simpática, amable y agradable apertura hacia aquellos con quienes se negocia un posible acuerdo legitimador.


P. Basilio Méramo
Bogotá , 1 de Septiembre de 2011

Defensa del Padre Castellani ante sus ignaros detractores.


A los indoctos e incultos que vilmente desprecian al Padre Castellani, con la
consabida apocaliptofobia, conviene recordarles lo que el reconocido escritor
Rubén Calderón Bouchet, dice en su prólogo al libro Las Canciones de Militis
del Padre Castellani, ya que es archisabido que la ignorancia es atrevida, y
peor aún cuando se la detenta desde el poder y con autoridad.

Quede claro lo que afirma don Rubén en su prólogo, del Padre Castellani: su
condición de teólogo y ortodoxia doctrinal, ante aquellos que hoy quieren
negarlo o ponerlo en duda al punto de encontrar oposición y alejamiento ante
los Padres de la Iglesia.

Aunque muy lamentablemente toca señalarlo, su hijo, el Padre Alvaro
Calderón, no lo sigue en ésto, como digno discipulo de su venerable padre,
que admiraba al P. Castellani.

Basilio Méramo Pbro.
























domingo, 28 de agosto de 2011

DOMINGO DECIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS




Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:



Escuchamos en esta parábola el relato del milagro que nuestro Señor hace al sordomudo, lo cual está también consignado en el rito del bautismo, cuando recibimos la fe, imitando el sacerdote el gesto que hace nuestro Señor con el sordomudo para que oiga y hable.



Vemos cómo nuestro Señor no era un buscador de la fama, haciendo milagros para ganársela, como lo haría cualquier brujo de hoy, o cualquier charlatán. En consecuencia, nuestro Señor lo lleva aparte, fuera del gentío, del tumulto y pide que no lo cuente, que no lo diga a nadie; pero era en vano, porque entre más hacía esa recomendación, más se divulgaba ese milagro que había sorprendido al pueblo. Y con este milagro del que la Iglesia toma parte para el rito del bautismo, nuestro Señor quiere mostrar la génesis de la fe, el origen de la fe, cómo la fe entra por el oído, por la palabra de Dios.



Pero cómo van a tener fe si no oyen, y cómo van a oír si no predican. De ahí la esencia de la predicación del evangelio en manos de los apóstoles, de los obispos y de los sacerdotes como ministros auxiliares del obispo, que para eso están los obispos, para eso está la jerarquía de la Iglesia, para predicar la palabra de Dios que engendra la fe. Por tal motivo los predicadores de la Iglesia primitiva eran considerados padres de la Iglesia, porque engendraban en la fe, que no es primeramente algo natural, una creencia natural, tampoco es un sentimiento religioso natural que tengo en el fondo del corazón, no.



No es un sentimiento como pensaban los protestantes, un sentimiento vuelto confianza; ni como piensan los modernistas que es un sentimiento religioso del cual se tiene experiencia en el corazón, no. Tampoco es el sentimiento de la falsa beatería. Es una adhesión firme de la inteligencia a la verdad revelada. De ahí su importancia. Hay una relación de nuestro ser con la verdad. Por lo que Santo Tomás define el objeto de la fe diciendo que es la verdad primera, que es Dios, en cuanto Él es la verdad suma y primera. Esa adhesión de nuestro ser, de nuestra inteligencia a la verdad que es Dios veritas prima, a esa verdad primera de Dios, no natural sino sobrenatural, claro está, esa adhesión se opera por el movimiento de la voluntad guiado por la gracia, y es un misterio. Hay esa adhesión de la inteligencia a la verdad movida por la voluntad pero por la gracia de Dios, y es un misterio.



Mas no porque sea un misterio vamos a tener un concepto erróneo, como el de los protestantes que confunden fe con confianza, que a lo sumo sería esperar, pero la esperanza sobrenatural es otra virtud; tampoco se puede confundir con un falso sentimiento religioso que se experimenta en el fondo del corazón, sino que es una relación trascendental con Dios como verdad primera; ese es el objeto material de la fe. Y ¿por qué adherirnos?, ¿cuál es el motivo formal por el cual adherirnos? La autoridad misma de Dios que revela, que así lo dice, que así lo manifiesta realmente, testimonio de Dios, en cuanto es veraz y sabemos que es sabio.



Hoy en día, cuánta gente al hablar de la fe manifiesta un concepto protestante, la pierde volviéndose ateo teórico o práctico, o indiferente; hace de la fe una cuestión de sentimiento y como cada uno tiene lo suyo, entonces cada uno tiene su fe y qué grave error es eso. Si desobjetivizamos la fe, ya no es la verdad Dios, no se puede olvidar esa relación trascendental con Dios como verdad primera, suma, a la cual nos adherimos movidos por la gracia; por eso es un don infuso, un don sobrenatural, un regalo de Dios, que debemos conservar, mantenerlo siempre vivo, adhiriéndonos a Dios y creyendo en su palabra.



¿Y qué viene entonces a ser la Iglesia? La Iglesia viene a ser el criterio sin el cual no hay fe, viene a ser la condición sin la cual no hay fe; condición esencial para que haya la fe, pero no el motivo formal, que es Dios dando testimonio de sí mismo; ni el motivo material que viene a ser el objeto material que es Dios proponiéndose como la verdad primera sobrenatural y esa verdad primera incluye todos los misterios que atañen a Dios directamente: la Santísima Trinidad, la Encarnación, todos los dogmas que se incluyen implícita y explícitamente en la Revelación. La Iglesia es como el faro, como la brújula, infalible de esa fe; el medio necesario por el que recibimos la fe, y por eso si se la rechaza no hay fe, no se tiene fe, no creemos a Dios que nos revela.



Y aquí hay también algo que aclarar: no se trata de la revelación externa simplemente contenida en la Tradición y en la Biblia, que eso sería condición también para que nuestra inteligencia, nuestro intelecto, conociendo suficientemente esa revelación externa hecha por Dios a la Iglesia, que nos la transmite infaliblemente y por eso es criterio, condición sin la cual, no obstante, debo reconocerlo, se debe adherir, asentir a esa palabra interior que se revela en mí. Entonces no es tanto la revelación exterior, el oído externo, sino el oído interno, reconocer en mi corazón, en lo profundo de mi alma que es Dios quien está diciendo “aquí estoy”. Por eso hay tanta gente que conoce la revelación externa y sin embargo no tiene fe.



Tenemos el ejemplo de San Pablo, que creyó en nuestro Señor cuando Él le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y Saulo le responde: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Esa es la respuesta interna, íntima, interior, de aceptación, de adhesión a la autoridad, al testimonio, a la palabra de Dios, que es Él quien me está diciendo: “Soy Yo, ¿crees en mí?”. La otra respuesta es el rechazo, se cierra la puerta y no se quiere oír.

¡Maldito sea, entonces! Por eso la gente se condena, rechaza a Dios y hay que ver cuántos tienen bien trancado su corazón.
De ahí el misterio y la gracia de que nosotros tengamos la fe y que no la perdamos, que reconozcamos ese tesoro, que se mantenga en nuestro corazón, en nuestra inteligencia, esa verdad revelada y ese testimonio a la palabra de Dios y si no lo conservamos, en vano habremos creído, como dice San Pablo. Gran drama de la hora presente, en que no hay fe, en que la jerarquía de la Iglesia no profesa la fe católica, apostólica y romana; sencillamente no hay profesión de la fe, ni conservación ni custodia de la misma, porque para eso creó nuestro Señor a la Iglesia, para que ese tesoro sea guardado, custodiado, defendido y profesado, para que la Iglesia nos instruya en la fe, la proponga suficientemente y se adhiera a la autoridad divina de Dios.



Hay una verdadera claudicación de la jerarquía en esta misión sacrosanta de custodiar y conservar para transmitir infaliblemente la verdad revelada, y esto ha sido posible solamente por un misterio de iniquidad digno de los últimos tiempos, próximos a la venida de nuestro Señor Jesucristo. Ese solo hecho basta para mostrar los tiempos apocalípticos que se viven, sin saber si serán de corta o larga duración, pero que son apocalípticos a la luz de la fe, y de otro modo no se entiende, ni se acepta ni se tiene el espíritu de combate contra el error. Por eso, la claudicación de aquellos que debieran defender la verdad, porque no están a tono con los signos de los tiempos, porque en definitiva, y da vergüenza decirlo, no saben dónde están parados, perdieron el horizonte, el norte, la brújula, no saben, ¡qué ignorancia!



Son culpables, porque se tendría que saber, porque todo está por suceder, todo está profetizado, lo que pasa es que hay que saber, primero creer y ver, pero hoy ya ni se ve ni se cree y he ahí el drama de la pérdida de fe, hasta que culmine la gran apostasía anunciada por nuestro Señor: “Cuando venga, ¿acaso encontraré fe sobre la tierra?”.



Y en esa fe conservada en pocos corazones representando la verdadera Iglesia de Dios, dispersa por el mundo, en esas pocas almas fieles a Dios, allí estarán el testimonio y la visión y el verdadero amor a nuestro Señor; de ahí la importancia de esa fidelidad, de pertenecer a esa Iglesia reducida a un pequeño rebaño. Lo estamos viendo hoy cada vez más. ¿Qué es la Tradición? Un pequeño rebaño de fieles perseguidos, tildados de lo peor, excomulgados como rebeldes. Pidamos a Nuestra Señora su intercesión para permanecer siempre fieles a Cristo. +






Padre Basilio Méramo.
19 de agosto de 2001

lunes, 22 de agosto de 2011

LA MISA SACRAMENTO DE LA PASION Y MUERTE DE CRISTO RENOVACION DE LA MUERTE EN LA CRUZ



La Santa Misa es el Santo Sacrificio de la Cruz renovado incruentamente sobre el altar, es larenovación incruenta del Sacrificio del Calvario.

La realidad del Sacrificio de la Misa no es sólo natural, ni únicamente sobrenatural, sino que es un tercer orden donde se conjugan lo natural y lo sobrenatural conjunta e inseparablemente, es la realidad sacramental que como todo sacramento es un signo sensible (natural) que produce exopere operato (por la acción misma realizada u operada) la gracia que significa.

La Santa Misa es una realidad sacramental, a tal punto que en español se llegó a decir o hablar de Jesús Sacramentado para referirse a la Sagrada Hostia consagrada.

La Santa Misa es una realidad sacramental que consiste en un verdadero y real sacrificio
sacramentalmente realizado por la acción sacramental del sacerdote que es alter Christus
sacramentaliter, otro Cristo sacramentalmente por efecto de la gracia sacerdotal, que es una participación específica de la gracia de Unión Hipostática de Cristo como también Monseñor Lefebvre lo menciona en su Itinerario Espiritual (y que Monseñor Tissier, dicho sea de paso, se da el lujo de refutar en el libro que hizo sobre su biografía), y no una participación general de la gracia de Cristo como algunos teólogos no muy lúcidamente creen.

La Santa Misa como sacrificio real y verdadero es un sacrificio sacramentalmente realizado, es decir no es un sacrificio natural, físico y cruento, sino sacramental e incruento, con realidad substancial.

El vocablo cruento indica derramamiento físico de sangre, de aquí que el término incruento significa que no se trata de un derramamiento de sangre físico o natural, lo cual no significa que no haya efusión de sangre sacramentalmente (no natural, sino sacramental) que es el punto que algunos teólogos no han suficientemente captado y considerado.

Así el padre Garrigou-Lagrange, entre otros, hablan de efusión sacramental en la Santa Misa en el Sacrificio de la Misa, lo cual es evidente para que se pueda hablar de verdadero y real sacrificio sacramental, ya que no hay sacrificio pleno sin efusión o derramamiento de sangre tanto en la Cruz como en la Misa, pero de modo distinto. Para que se pueda hablar de Sacrificio de la Misa es evidente que tiene que haber sangre, su efusión o derramamiento, pero con la diferencia de ser sacramental y no física o natural como lo fue en la Cruz.


Si hay, como es así, efusión de sangre sacramental en el Santo Sacrificio de la Misa, es claro que también tiene que haber muerte del mismo modo, pero muerte no física y natural (cruenta) sino muerte sacramental real y verdadera, operada por la doble consagración separada que significa y causa el estado de efusión sacramental de la sangre y el estado en consecuencia de muerte sacramental. Esta efusión y muerte sacramental es lo que se realiza (renueva) en el Santo Sacrificio de la Misa, lo cual significa que la Santa Misa es la renovación sacramental de la Muerte de Cristo en la Cruz representada (vuelve a hacerse presente, hace presente) sobre el altar. De aquí que algunos teólogos hablan de muerte mística, aunque por la expresión misma el término místico no es muy contundente y preciso dada su amplitud.


En la Santa Misa no hay muerte física (natural, sensible, visible), pero sí hay muerte
sacramental (o estado de muerte sacramental), hay inmolación sacramental, hay efusión de sangre sacramentalmente derramada (separada).En la Santa Misa hay inmolación sacramental por la destrucción de la víctima que está muerta (cuerpo sin sangre) con muerte sacramental, o estado de muerte que se ha renovado sacramentalmente. Hay muerte sacramental realizada por la separación sacramental del Cuerpo y la Sangre. Hay efusión de sangre derramada sacramentalmente por la separación sacramental del Cuerpo y la Sangre consagrados separadamente. Hay sacrificio sacramentalmente realizado por la representación sacramental que renueva el Sacrificio del Calvario bajo las especies separadas del pan y del vino. Hay representación sacramental (por la renovación sacramental) de la muerte (física, natural) de Cristo en la Cruz por la separación sacramental del Cuerpo y de la Sangre operada por la doble consagración.


Renovar es hacer algo de nuevo, realizarlo de nuevo; es hacer nuevamente lo mismo, hacer de nuevo algo del pasado, y en este caso, hacer de nuevo el hecho histórico de la muerte de Cristo en la Cruz, de modo incruento sacramental. Representación (representar) es hacer presente, se hace presente nuevamente lo acontecido en la Cruz, el estado de muerte que hubo en la Cruz por el derramamiento (efusión) de la Sangre que se separó del Cuerpo. La representación puede ser por sí mismo o por otro gramaticalmente hablando, pero hay que tomar el término representar en su sentido clásico y no moderno, y mucho menos modernista. Representación hay que tomarlo en sentido teológico según Santo Tomas y según el Concilio de Trento.


Cuando se habla de símbolo se refiere a las apariencias o las especies, accidentes del pan y del vino, pero bajo estas especies (apariencias o accidentes) hay una realidad presente
substancialmente: el Cuerpo y la Sangre separados sacramentalmente, que representa también sacramental y substancialmente la Pasión y Muerte de Cristo sobre la Cruz. Los símbolos (signos simbólicos) señalan o se refieren a las especies (accidentes) del pan y del vino, que son signos de las especies, es un símbolo de la realidad sacramental. La inmolación (sacramental) operada por la doble consagración que separa la Sangre y el Cuerpo (ex vi sacramenti), es la separación sacramental que constituye la esencia del sacrificio sacramental realizado en la Misa, y no hay que confundirla con el símbolo.


Sin inmolación no hay sacrificio de la Cruz, ni de la Misa, y esa inmolación se realiza con la
muerte. Sin muerte no hay sacrificio de la Cruz. Así, en la Misa para que sea un real y verdadero sacrificio, el mismo de la Cruz, tiene que haber muerte, no cruenta sino incruenta o sacramental;pues sin muerte sacramental no hay sacrificio de la Misa. No basta la presencia substancial, sino que debe haber, además, la separación del Cuerpo y de la Sangre, lo cual se realiza sacramentalmente por la doble consagración por separado. Esto es lo que la Misa representa y renueva sacramental y substancialmente como Sacrificio propiciatorio real y verdadero.


Pero el estado de muerte sacramental requiere no sólo la presencia real del Cuerpo o de la
Sangre de Cristo bajo las especies, sino además la efusión sacramental sin la cual no hay muerte, ni sacrificio, ni inmolación en la Misa, y esta efusión es la que se realiza por la doble consagración sacramental que separa el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En la Cruz hubo efusión física, en la Misa hay, cada vez, efusión sacramental. Ambas efusiones son reales, la una con realidad física, natural, la otra con realidad sacramental, tan real la una como la otra, cada una en su orden.


De nada vale decir que en la Misa hay sacrificio real y verdadero, luego que hay inmolación, si no se tiene claro y se concibe que se trata de una efusión sacramental y de una muerte sacramental, y esto es lo que permite afirmar que la Misa es un verdadero y real sacrificio, una verdadera y real inmolación incruenta. Sólo así puede haber el mismo y único sacrificio de la Cruz representado y renovado sacramentalmente sobre el altar, con lo cual se representa y se renueva la misma muerte de la Cruz sobre el altar de modo sacramental o incruento.


La muerte de Cristo en la Cruz es hoy un hecho pretérito (el Jueves Santo día de la Cena antes de la Pasión, sería un hecho futuro). La Misa en tanto sacrificio real y verdadero renueva el mismo hecho pretérito sobre el altar por la representación sacramental no natural, ni física, ni violenta ni cruentamente, sino incruentamente por la separación sacramental del Cuerpo y de la Sangre que expresan substancialmente la muerte; realizan actualmente el estado de muerte que aconteció en la Cruz. El estado de muerte es producido por la doble transubstanciación produciendo la separación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo por la fuerza o virtud del sacramento, que están real y substancialmente presentes bajo las especies (apariencias accidentales) del pan y del vino. Las especies o accidentes son signos o símbolos de la Pasión y Muerte en la Cruz. Esta separación sacramental renueva, reproduce y representa real y verdaderamente la muerte, de modo sacramental e incruento. Hay entonces muerte sacramental, inmolación sacramental y efusión sacramental de la sangre, sin lo cual no habría ni podría haber real y verdadero sacrificio de la Santa Misa.


Al definir la Misa como la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, se vuelve lógico y
evidente señalar que la Misa es la renovación incruenta de la muerte de Cristo sobre la Cruz, pues el Sacrificio de la Cruz es justamente de la muerte en la Cruz donde derramó su Sangre por nosotros. Luego esta muerte y efusión de sangre que caracteriza la Muerte en el Calvario tienen que darse en la Misa pero de modo sacramental, incruento, por lo cual en la Misa se renueva la efusión de sangre incruentamente, sacramentalmente.


La muerte simbólica es lo visible, lo que se ve de las especies del pan y del vino separados, pero esta muerte no agota la realidad sacramental, pues la muerte sacramental por la separación del Cuerpo y de la Sangre es la que representa la Muerte en la Cruz, el estado de muerte sobre la Cruz, donde murió Cristo física y naturalmente derramando su Sangre. Esta misma Sangre separada del Cuerpo representa sacramentalmente la Muerte de Cristo en la Cruz, su Pasión y su Muerte. No es sólo el símbolo de las apariencias (accidentes) del pan y del vino (muerte aparente), si no la realidad substancial del Cuerpo y de la Sangre de Cristo separados por la doble consagración y causados por la doble transubstanciación, lo cual representa la muerte sacramental de Cristo. La muerte simbólica (visible) o muerte aparente (lo que aparece, es decir los accidentes) no es la muerte sacramental, la cual no se ve, pues la substancia del Cuerpo separado y de la Sangre derramada de Cristo no se ven.


No hay que confundir inmolación, sacrificio, efusión y muerte simbólica por las especies (visible por las apariencias o accidentes del pan y del vino), con la inmolación, sacrificio, efusión y muerte real sacramental, de la realidad substancialmente presente en estado de muerte sacramental. La Misa es un misterio sacramental y el misterio sacramental más grande que existe (mysterium fidei). Cristo no muere como persona (Divina) que es, si no como hombre cuya Alma se separó de su Cuerpo muriendo en la Cruz, muerte que aconteció por la efusión de su Sangre separada del Cuerpo; por eso algunos, fijándose más en la Persona Divina y en el estado actual de su Cuerpo glorioso hablan de muerte aparente pensando más en esto que en la humanidad de Cristo al referirse a la Misa. Pero hablar de muerte aparente implica que todo es también aparente: el sacramento, el sacrificio, la inmolación, y esto es puro protestantismo y modernismo. Lo sacramental es tan real como lo natural (material o espiritual) y lo sobrenatural.

Nuestro Señor no vuelve a morir, ni vuelve a sacrificarse de nuevo en cada Misa, como si
volviese a morir otra vez, y así para evitar este error algunos hablan de muerte aparente. En cada Misa vuelve a reproducirse, a realizarse nuevamente el mismo sacrificio, la misma inmolación y la misma muerte pretérita (de la Cruz), luego hay en cada Misa sacrificio, inmolación y muerte sacramental, y en este sentido se reproduce lo mismo, se realiza lo mismo una vez más. Por esto la Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz. La Misa es la efusión sacramental de la Sangre de Cristo. La Misa es la representación sacramental de la muerte de Cristo. En la Santa Misa se renueva sacramentalmente el estado de muerte que Cristo tuvo sobre la Cruz hace 2000 años. Sin efusión de sangre no hay remisión de los pecados: “Sine sanguinis effusione non fit remissio, Hebr.” (S. Th. III, q.69, a.1, ad 2), como tampoco hay aplicación de esa remisión de los pecados sin efusión sacramental de la Santa Misa, es evidente.


Debe quedar claro que en el Santo Sacrificio de la Misa no hay muerte aparente sino muerte real sacramental, o estado de muerte real sacramental, no una nueva muerte, otra muerte, sino la misma de la Cruz reproducida, repetida o renovada sacramental y substancialmente. Citamos el siguiente texto de Santo Tomás de Aquino, que basta y es suficiente: “Eucharistia est sacramentum passionis Christi” (S. Th. III, q. 73, a.3, ad 3). La Misa es el sacramento de la Pasión de Cristo, luego de la muerte, es evidente. Por esto la Misa es la representación sacramental de la Muerte de Cristo, es la renovación sacramental de la Muerte de Cristo. La Misa es la representación sacramental real y verdadera del drama de la Cruz, de la inmolación de Cristo en la Cruz, de la efusión de la Sangre derramada en la Cruz, de la muerte de Cristo en la Cruz, de la Pasión y Muerte de Cristo en el Calvario.


Es más que un símbolo que se ve, es el misterio sacramental que no se ve cuya substancia si bien no se ve está presente bajo las especies, apariencias, accidentes del pan y del vino; la presencia substancial no se ve, pero está ahí en estado de inmolación, de sacrificio, de efusión de sangre y de muerte sacramentales. En la Misa hay Sacrificio y Muerte sacramental pero no hay deicidio. El sacerdote sacrifica pero no es deicida al renovar sacramentalmente en cada Misa el Sacrificio del Calvario. No hay deicidio al realizar el sacrificio sacramentalmente, es un sacrificio puramente sacramental. Por esto no hay que confundir Sacrificio natural cruento de Cristo y Sacrificio Eucarístico de Cristo.


La Misa es un sacrificio sacramental que renueva y representa la muerte en la Cruz; la Misa es el sacramento de la Muerte de Cristo, pero Nuestro Señor Jesucristo no está en la Misa
nuevamente muriendo aparentemente, ni realmente tampoco, pues no vuelve a morir otra vez. El cuerpo de Cristo está en estado de muerte sacramental lo cual representa la muerte física en la Cruz, de modo sacramental, incruento, renovándose así la muerte sacramental, por lo cual en cada Misa se realiza y se causa la muerte substancialmente. Hay muerte sacramental o estado de muerte sacramental sin que vuelva de nuevo a morir una segunda o enésima vez. Cristo no vuelve a morir de nuevo (nuevamente), lo que se realiza de nuevo es el estado de muerte que tuvo en la Cruz. Cristo no se sacrifica, ni se inmola, ni muere de nuevo; en la Misa se vuelve a reproducir el sacrificio, la inmolación, la efusión y la muerte de Cristo que hubo en la Cruz de modo sacramental. Tenemos, así, el mismo sacrificio, la misma inmolación, la misma efusión, la misma muerte substancialmente que hubo en la Cruz, renovándose la muerte y representándose de nuevo de modo sacramental, incruentamente.


Es gracias a la realidad substancial, sacramental (no puramente simbólica), que se puede
realizar la misma realidad de orden físico o natural, pero de modo sacramental.


La Misa es la representación de la muerte en la Cruz, la misma muerte pretérita del Calvario, renovada, representada, vuelta presente, presentada nuevamente sin sufrir ni morir. La muerte está producida substancialmente, es decir, se renueva sacramentalmente la efusión o derramamiento de la sangre, substancialmente presente por la transubstanciación.


¿Por qué se habla o debe hablar de muerte en la Misa? Porque en virtud de las palabras sacramentales o forma del sacramento se consagra (ex vi sacramenti) el Cuerpo y la Sangre separados, y esto constituye la muerte sacramental realmente y no aparentemente, pues tenemos sacramentalmente el Cuerpo sin Sangre y la Sangre separada del Cuerpo, por efecto directo de la transubstanciación. Aunque por concomitancia, allí donde está el Cuerpo está la Sangre y viceversa, junto con el Alma y Divinidad, pues está Cristo todo entero. No hay que confundir lo real natural con lo real sacramental. Hay que distinguir como hace Santo Tomas entre ex vi sacramenti y ex naturale concomitantia, lo uno pertenece a la realidad sacramental y lo otro a la realidad natural, física.


Lo real no excluye lo sacramental ni la muerte real a la muerte sacramental; lo real excluye el no ser; real es lo que es, y lo no real es lo que no es: la nada; todo lo sacramental tiene un ser sacramental, una realidad substancial, de lo contrario no se podría hablar de presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Hostia. Negarlo es una herejía.


Cuando San Pedro Eymard o algún otro dice que no hay muerte real esto quiere decir que no hay muerte física, natural; y cuando habla de muerte mística quiere decir más exactamente muerte sacramental; pero esta muerte es real según la realidad sacramental, representativa, significativa y causal.


Si la Sangre está separada del Cuerpo es porque por lo menos en algún momento o instante se separó del Cuerpo, y en esta separación consiste el derramamiento o efusión de sangre, sea física o sea sacramental, y esta separación producida sacramentalmente por las palabras de la consagración, constituyen la efusión sacramental.

La transubstanciación (la conversión de la substancia) del pan y del vino en el Cuerpo y la
Sangre de Cristo termina directamente en el Cuerpo sin Sangre y sin Alma, ni Divinidad, y de la Sangre derramada, sin el Cuerpo ni Alma, ni Divinidad. Es la substancia únicamente del Cuerpo y de la Sangre sin más, lo causado por la transubstanciación. Todo lo demás viene a estar por natural concomitancia, es decir, lo que esta naturalmente unido, actualmente, ahora (la realidad física actual).


El Cuerpo y la Sangre están separados sacramental y realmente, y está mal decir que están
separados sacramentalmente pero no realmente; lo sacramental y lo real no se oponen, lo que se opone o distingue es lo natural y lo sacramental. Negar la realidad sacramental es
protestantismo puro y herejía modernista.


Hay tres realidades o tres órdenes distintos de la realidad: la natural, la sobrenatural y la
sacramental. El orden sacramental nace del matrimonio indisoluble entre el orden natural y el orden sobrenatural. La Encarnación es el matrimonio indisoluble de lo natural creado con la Divinidad increada unidos en Cristo por toda la eternidad.


Lo místico y lo simbólico pueden referirse y aplicarse a cualquiera de estos tres órdenes de lo real, que son el natural, el sobrenatural y el sacramental. Lo sacramental es tan real como lo es lo natural y lo sobrenatural.


La muerte sacramental de Cristo en la Eucaristía, en el Sacrificio Eucarístico, o Sacrificio de la Santa Misa, es una muerte real, no física ni natural, sino sacramental, incruenta, es un estado de muerte real sacramental, pues el Cuerpo de Cristo y su Sangre están realmente presentes y separados substancialmente por la doble consagración por fuerza y efecto causal de las palabras sacramentales de la forma sobre la materia, no están en la propia y natural especie (cuerpo vivo, sangre viva circulando por las venas) sino en estado de muerte, de separación sacramental. Por estado natural Cristo está vivo en el cielo, por estado sacramental está muerto, en estado de muerte sacramental. Su Cuerpo está separado de su Sangre sobre el altar, aunque por natural concomitancia el Cuerpo está vivo y glorioso y así tenemos Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo cada especie consagrada, pero esto no es por efecto causal de la transubstanciación, que termina directa y únicamente en la substancia del Cuerpo exangüe, muerto, y la substancia de la
Sangre derramada, por efecto causal sacramental: ex vi sacramenti.


Cristo, la Verdad Eterna nos dejó con su Pasión y su Muerte el testimonio del sacrificio de la Cruz y su prolongación sacramental en la Santa Misa. La verdad conocida y asumida en el amor nos lleva inexorablemente al don de sí hasta la inmolación y la muerte, que nos dejo Nuestro Señor como testamento sacramentalmente.


No hay que confundir símbolos, signos, accidentes sacramentales (apariencias de pan y vino): sacramentum tantum, con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o sea la substancia del Cuerpo y la Sangre: res et sacramentum; ni confundir la gracia: res tantum, que es el efecto sobrenatural, con el Cuerpo y la Sangre substancialmente presentes en estado de victima muerta, Christum Passum.


Tenemos, así, la doble consagración que realiza la transubstanciación, esta conversión milagrosa y sobrenatural de todo el ente (toda la substancia entitativa) del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ex vi sacramenti únicamente, y por real o natural concomitancia (lo que está realmente unido) ex naturali concomitantia, tenemos el Alma y Divinidad. La efusión de la sangre derramada (separada) sacramentalmente representa (hace presente) la victima muerta, y por eso se la menciona en la forma de la consagración de la sangre.


La muerte de Cristo consiste en la separación de su Cuerpo y de su Sangre, la cual representa (hace presente) la muerte de Cristo sacramentalmente. Es el misterio de fe del Cuerpo y de la Sangre de Cristo substancialmente presentes y sacramentalmente separados; es el misterio de fe, de la muerte substancial (del estado de muerte substancialmente) representada, renovada sacramentalmente.


Hay que notar que por la virtud del sacramento lo que se convierte es el pan en el Cuerpo y nada más, y lo mismo con el vino que se convierte en la Sangre y nada más; todo el resto está presente por real o natural concomitancia. Esta separación sacramental le confiere el estado de víctima muerta sacramentalmente, aunque esté vivo y glorioso físicamente en el cielo, ahora, actualmente; pero no fue así los tres días que estuvo su cuerpo muerto en el sepulcro.


El término de la transubstanciación del pan, es el Cuerpo (la substancia del Cuerpo) de Cristo; el término de la transubstanciación del vino, es la Sangre (la substancia de la Sangre) de Cristo, y nada más; todo lo demás que hay es por concomitancia (ex reali concomitantia o ex naturali concomitantia), pero no por la virtud del sacramento (ex vi sacramenti), y se realiza sacramentalmente, esto es según la virtud significativa (S.Th. III, q.78, a.2, ad 2).


Cuando Santo Tomas habla de pasión habla de efusión de sangre, pues la efusión pertenece
directamente a la pasión de Cristo: “Effusio sanguinis directe pertinebat ad ipsam Christi
passionem” (S. Th. III, q. 74, a.7; ad 2). La Sangre fue separada del Cuerpo por la pasión. No hay pasión de Cristo sin efusión de sangre y sin muerte.


El sacrificio de la Misa es esencialmente la representación sacramental de la Pasión de Cristo, esto es de la muerte por la separación de la Sangre, es la renovación substancial de la muerte de Cristo, es la representación sacramental y substancial de la muerte de Cristo.
Para evitar en lo posible confusiones terminológicas que alteren erróneamente los conceptos conviene recordar las siguientes observaciones o aclaraciones.


El vocablo renovar puede entenderse de una u otra forma: hacer presente o hacerse presente de nuevo, nuevamente, sea por sí mismo en persona o la cosa misma (según el caso); sea por otro u otra cosa: figura, imagen, símbolo, etc. No confundir los símbolos de muerte (accidentes) con la muerte sacramental (o estado de muerte) substancial.


El término renovar puede entenderse, también, de dos formas o maneras distintas: hacer de nuevo o nuevamente lo mismo, la misma cosa pasada (pretérita), repetir lo mismo; o hacer de nuevo, nuevamente algo una segunda o tercera o enésima vez, repetir lo mismo pero otra vez, un segundo, tercer o enésimo hecho, no el mismo hecho sino otro.


El término místico puede aplicarse a lo natural y físico, así como a lo sobrenatural, además del sacramental. El término real puede referirse al orden natural (tanto material como espiritual), y puede aplicarse al orden sobrenatural, además del orden sacramental, que es tan real como los otros dos órdenes.


A pesar de que Nuestro Señor Jesucristo está tal cual como se encuentra en el cielo con su
cuerpo vivo y glorioso en la Sagrada Hostia, pues por fe católica se debe confesar que Cristo está todo entero en este sacramento, sin embargo Santo Tomás no duda en afirmar que Cristo esta muerto: “Quantum autem ad ipsum Christum passum, aquí continetur in hoc sacramentum” (S.Th. III.q.73, a.6); se trata de Cristo muerto en la Cruz, de la muerte pasada, no de una muerte presente (nueva), es el Cristo muerto, no el Cristo mortal en la tierra, ni el Cristo inmortal en el cielo, es el Cristo muerto en la Cruz, de esto se trata.


En la Misa Nuestro Señor está en estado de víctima o victimación sacramental, en la Cruz lo estuvo como víctima o victimación natural. La victimación sacramental es la que permite la realización de la Misa como verdadero y real sacrificio, el mismo (y no otro) de la Cruz. La victimación sacramental es la muerte sacramental, la efusión sacramental sin la cual no hay ni puede haber ni sacrificio ni inmolación. La Santa Misa es el sacramento de la Pasión y Muerte de Cristo, es la representación substancial de la Muerte de Cristo en la Cruz, sacramentalmente renovada sobre el altar.



El Sacrificio de la Misa es el misterio de la Muerte de Cristo en la Cruz, esto es el Mysterium Fidei (el misterio de fe). La Santa Misa es la representación de la Muerte de Cristo en la Cruz; representación, es decir, que hace presente la Muerte de Cristo en la Cruz. Es el sacramento del triunfo de Cristo muerto en la Cruz.


No es el Cristo mortal y pasible, no es el Cristo inmortal y glorioso, es el Cristo muerto en la Cruz que ha derramado su Sangre. Es la muerte de Cristo sobre la Cruz, su Cuerpo exangüe, sin vida, sin Alma, el Cuerpo muerto y su Sangre derramada en la Cruz. Es la representación de ese momento de la vida terrestre del Verbo Encarnado, en el que muere gloriosamente sobre la Cruz, ofreciendo su muerte al Padre. La Santa Misa es la perpetuación de la muerte de Cristo sobre la Cruz, inmolado, sacrificado sobre el Calvario, derramando su divina Sangre por el pecado, ofreciéndola al Padre y a toda la Santísima Trinidad, ofreciendo su muerte como hombre, como creatura, que se inmola, sacrifica y muere en la Cruz por amor a los hombres.


¿Qué más se puede pedir?, ¿qué más se puede hacer? Imposible, es el paroxismo del amor
crucificado y su triunfo eterno sobre el Mal y el Maligno, recapitulándolo todo en Él. Instaurare omnia in Christo, y dejándonos éste su Testamento Eterno, hasta su vuelta gloriosa el día de su majestuosa Parusía.


P. Basilio Méramo
Bogotá, Agosto 15 de 2011.
En la fiesta de la Asunción

domingo, 21 de agosto de 2011

DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro señor Jesucristo:
En este domingo leemos en el evangelio la parábola del publicano y del fariseo propuesta por nuestro Señor a esos hombres que presumían de justos y se consideraban mejores que los demás. Esta es una de las ciento veinte parábolas que hay en el evangelio, como nos lo recuerda el padre Castellani, que se tomó el trabajo de hacer la exegesis de cada una de ellas.

Con esta parábola nuestro Señor nos muestra cuál era su intención, qué se proponía al hacerse hombre. Él quería restituir el culto verdadero del pueblo de Israel, del pueblo de Dios a lo que debía ser; restablecer la religión en esa vida interior y no que quedara dispersa en multitud de acciones externas, que si no permanecen unidas al alma del verdadero espíritu de fe, de religión, a la vida interior, no obran por sí nada, sino que al contrario engendran orgullo y menosprecio, como era el caso de estos hombres que se tenían por mejores. Y por eso, nos muestra en la parábola al fariseo y al publicano; el fariseo que representaba, por decirlo así, a esa elite, a esa clase social de predominio religioso de los que se dedicaban a las cosas de Dios, que tenían el celo por las cosas de Dios, por el culto divino y también contaban con mucha influencia política; mientras, el publicano era prácticamente un vendepatrias un recaudador de impuestos al servicio del César, del Imperio Romano que subyugaba al pueblo judío.

Vemos así que ser publicano, en aquel entonces, era lo más abyecto y despreciable para el pueblo judío; peor no se podía ser. Y en esta contraposición nuestro Señor nos hace ver que el uno es perdonado y tenido en cuenta por Dios, como el publicano, que no osaba ni siquiera adentrarse en el templo, quedándose allí atrás, en el fondo, pues se reconocía vil y miserable pecador. En cambio, el fariseo, todo engreído de sí mismo, de sus buenas acciones, porque ayunaba dos veces por semana, daba el diezmo de lo que poseía, no era adúltero, no era ladrón, era un hombre de bien. Y sin embargo, no sale justificado del templo.

Es tremendo lo que nuestro Señor nos hace ver, porque de nada sirve ayunar, dar limosna, no ser ladrón, no ser adúltero, no ser injusto, todas buenas obras, si nosotros tenemos el corazón carcomido por el maldito orgullo. Gracias te doy porque no soy como esos miserables, ni aun como este vil y abyecto publicano, decía el fariseo. El contraste es tremendo, pero eso muestra cómo el orgullo anula toda obra por muy buena que sea. Y la soberbia es difícil de detectar por nosotros mismos. La persona petulante, y la mayoría lo somos, no se da cuenta, cree, creemos que actuamos bien, ¿y de qué tengo que pedir perdón, qué hice mal? ¡No, es el otro, es el otro que no me saludó, que me miró mal, que me dijo una palabra hiriente, que no me respondió, que no me hizo tal favor! Y eso nos sucede porque si no fuéramos orgullosos seríamos realmente santos.

Y es ese engreimiento que nuestro Señor quiere mostrarnos para que rectifiquemos y llevemos verdaderamente una vida en unión con Dios, agradable a Dios, que nuestra oración sea verdaderamente una oración y no una manifestación de nuestras obras. A Dios no se le va a decir, yo hice tal obra buena, limosnas, ayunos, soy bueno. No, a Dios hay que decirle, yo soy malo, soy perverso, tengo malas inclinaciones, malos sentimientos, malas tendencias. Todo esto a raíz del pecado original, a raíz de los pecados que hemos cometido, por eso no somos buenos y no nacemos buenos, como el mundo de hoy quiere hacernos creer. Nacemos malos, mal inclinados y por eso nos gusta lo malo, porque si no nos gustara no habría tentación, pero Dios dejó esa incitación para que justamente de lo malo sacáramos el bien con la ayuda de su gracia y corrigiésemos esa mala inclinación, esa perversión que hay en nuestra naturaleza y que la llevamos hasta el último día de nuestra existencia, aquí en la Tierra.

Por eso la santidad consiste en luchar, en combatir a ese viejo hombre que llevamos dentro y sin el cual ni el demonio ni el mundo harían nada si no hubiera ese cómplice, ese traicionero que somos nosotros mismos bajo ese aspecto de la naturaleza que ha quedado herida. Dios no creó al hombre así, y aun después de morir nuestro Señor en la Cruz, y de haber redimido a la naturaleza humana, al hombre, no obstante, estamos bajo esa influencia, esa tendencia hacia al mal. Por eso un niño, incapaz de cometer un pecado mortal porque no tiene uso de razón, es grosero, orgulloso, malcriado, y hay que adiestrarlo, como se hace con un animal, con un perro pequeño, hasta cuando el niño tenga uso de razón, para que cuando lo tenga ya esté domesticado; pero eso es difícil de entender hoy en día por la gran revolución que todo lo ha socavado.

Esa gran revolución me dice todo lo contrario, que yo debo ejercer mi libertad como se me dé la gana, caprichosamente, como yo quiera, que nadie me puede molestar; y no hay ningún principio que queda en pie, qué principio o autoridad va a haber, qué principio de paternidad va a haber y menos en la Iglesia, nadie puede reprender a nadie, porque me ofende, porque me insulta, porque me ultraja. Nadie acepta nada de nadie y esa es la situación social del mundo moderno. ¿Y qué queda en pie? Ni familia ni Iglesia, porque aún hay que saber aceptar el llamado de atención, la reprensión, aunque el que lo haga tenga mil y un errores; si a mí un loco o un borracho me dice que estoy demente o embriagado y es verdad, no por eso le voy a decir que no tiene ningún derecho en decírmelo porque él se encuentre en ese estado.

Y así, se podrían dar mil ejemplos, como la insumisión de la mujer, estar igualada al hombre, cuando la Iglesia predica la sumisión, la subordinación de la mujer al hombre. No es la esclavitud, no es el maltrato, pero sí la mujer sumisa; hacerle entender eso a la mujer de hoy, es casi imposible. Y esa insubordinación hace que la mujer de hoy no quiera usar la falda, sino el pantalón, porque éste le brinda esa igualdad de acción, y hay muchos otros ejemplos. Claro que hay faldas que pueden ser mucho más escandalosas que un pantalón ancho, por ejemplo.

Tenemos también la desobediencia de los hijos a los padres, a los superiores; la indisciplina en el área del trabajo y en todos los órdenes. Y justamente, lo que está detrás de todo eso es el orgullo exacerbado por principios que endiosan al hombre, y esos mlotivos son los de la libertad que proclamó la Revolución francesa, que más que francesa fue anticatólica, judeomasónica, para destruir la sociedad cristiana, católica, y convertir a cada uno de nosotros no en un católico sumiso y humilde, sino en un hombre independiente y autosuficiente. Ese es el error del naturalismo, del liberalismo, la presunción del hombre como tal y por eso es independiente de todo lo que no sea su querer y su parecer. De ahí lo complejo y difícil para que nos sometamos, no sólo a la Iglesia, sino también al orden natural, para que respetemos el orden natural sin el cual el sobrenatural no tendría soporte, porque la gracia supone la naturaleza.

Quiere, pues, nuestro Señor, en esta parábola de hoy, que veamos cómo vale mucho más la oración sencilla y humilde del más vil de los hombres que se reconoce pecador y miserable que la de aquel que presume de mucha religión, de muchas acciones buenas, pero que no reconoce su orgullo. Por eso el fariseo es el que simboliza esa arrogancia religiosa, que no es más que la corrupción específica de la religión. En consecuencia, un hombre mientras más religioso sea, más petulante podrá ser su actitud y por eso nosotros, que queremos defender la santa religión guardando la Tradición católica, estamos más cerca del pecado de orgullo que corrompe la religión, que cualquier otro hombre. Y de ahí la gravedad y la necesidad de saberlo, para que tengamos en cuenta que el diablo nos va a tentar más por la vanidad que por otros pecados más escandalosos.

Solicitemos a nuestra Señora, Maestra de humildad, permanecer modestos como el publicano y no engreídos como el fariseo, pero que sí tengamos ese celo de defender las cosas de Dios con humildad, como quiere nuestro Señor. Que defendamos la Iglesia con sumisión y no caigamos en ese pecado tan aborrecible del fariseísmo. Y Dios sabe y sabrá si no hay hoy hipocresía y que por culpa de ella es que en la Iglesia, en sus fieles, en sus miembros, en todos nosotros, estamos viviendo tan grande crisis; Dios aprovecha también de cierto modo, para que a aquellos que son humildes les sirva de purificación. La crisis actual hay que soportarla como una depuración y no debemos escandalizarnos si no vemos entre los fieles de esta capilla y demás capillas de la Tradición, ni a los más santos, ni a los mejores, ni a los más humildes. No debemos asombrarnos, ¿por qué? Porque si nosotros nos sorprendemos es porque somos peores, no tenemos esa misericordia que sabe soportar la miseria de los demás y del prójimo. Por eso Dios permite todo esto que nos puede asombrar al igual que a mucha gente cuando viene a una capilla de la Tradición. Debemos hacer esfuerzos para no alejar al que llega, al que viene y que no sabe nada, pero que se acerca con una recta intención, y no actuar como fariseos porque esa persona sea como un publicano. Eso es lo que Dios nuestro Señor no quiere, Él nos da el ejemplo de cuál debe ser la conducta y la oración, para que no caigamos en ese aberrante pecado del fariseísmo.

Invoquemos entonces a nuestra Señora para que nos ayude a ser más humildes, ya que solamente lo seremos si nos reconocemos pecadores, miserables y vanidosos. Ese orgullo lo tendremos hasta el fin de nuestra existencia pero lo debemos combatir, y la mejor manera de hacerlo es aceptando las humillaciones que nos caen sin que las preveamos y ni sospechemos el momento en el cual llegarán, y que las sepamos aceptar. Pidamos a nuestra Señora esa sumisión que Ella manifestó haciéndose la servidora de Dios, para que nosotros seamos obedientes servidores de Dios y de la verdad. +

PADRE BASILIO MERAMO
28 de julio de 2002