San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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martes, 14 de abril de 2009

Carta a Monseñor Fellay en respuesta a mi expulsión

Acabo de recibir, el 7 de abril, en mano propia, como era de esperar, ateniéndose a la lógica
consecuencia de las cosas, después de dos amonestaciones canónicas, la notificación de mi
expulsión, que es desde luego injusta e inválida, jurídica y teológicamente considerada, pues las
moniciones eran de suyo inconsistentes siendo así repelidas inmediatamente, como consta en mis dos cartas en respuesta a las mismas.

De todos modos apelo a Roma Eterna interponiendo recurso contra el decreto de mi expulsión, a
tenor del derecho canónico (canon 647 § 2 n° 4), lo cual tiene efecto suspensivo y así, jurídicamente la expulsión queda en suspenso, sin efecto jurídico, hasta tanto el recurso esté
pendiente, y esto de modo indefinido, pues la Roma Eterna está hoy invadida por indignos
prelados que no cumplen con su deber, ex officio, confirmando a los fieles en la fe, sino que hacen
todo lo contrario, para corromper, prostituir la fe, el culto y la moral, violando la verdad, cuyo
imperio detestan, cual anticristos; y esto para colmo, como si fueran Dios, es decir, en el nombre
de Dios, de la santa obediencia a la autoridad y a la jerarquía de la Iglesia. Habrase visto mayor
abominación y desolación en lugar santo, haciéndose además adorar como si fueran Dios,
invocando la potestad divina, la cual pervierten e invierten. Y por esto Monseñor Lefebvre dijo que «Roma está ocupada por anticristos» en su declaración del 30 de junio de 1988. Y por irónico que suene el asunto queda como quien dice, pendiente hasta la Parusía de Cristo.

No obstante me toca soportar (sufrir) con paciencia e integridad la injuria recibida, permaneciendo firme en el combate frontal, como sacerdote católico, apostólico y romano, permaneciendo firme contra el modernismo de Roma anticristo, como una vez más Monseñor Lefebvre designa en la misma declaración mencionada a la Roma modernista y liberal que persigue a muerte la sacrosanta e infalible Tradición Católica, ante la cual hoy Usted junto con toda la cúpula directiva de la Fraternidad y los otros tres obispos de la misma, impune y cobardemente claudican entregándonos bajo apariencia de bien en los brazos del “magnánimo y paternal” Benedicto XVI que ha logrado seducirlos con hábil y sutil manipulación haciéndolos caer en la trampa.

Ahora, si Usted me lo permite, paso a hacer el descargo, de sus fulminantes (aunque absurdas)
acusaciones, al menos de las más relevantes y graves, dado el contexto teológico-doctrinal del
problema. Se me acusa de falsas y graves acusaciones contra el Superior General, de daño grave
por asumir una posición contraria, obstinación, rebelión contra la autoridad, escándalo, etc.

Quisiera saber, estimado y reverendísimo Monseñor, cuáles son las acusaciones falsas contra
Usted, graves sí, pero falsas no, si hay falsedad no es precisa y justamente de mi parte, sino (y
perdóneme) Usted, de la suya, dado que tiene un doble lenguaje, desde hace mucho tiempo y no
es porque Usted sea bilingüe, sino por su gran dilema, como llevarnos a un acuerdo sin que se
note la traición, encubierta bajo una falsa apariencia de bien.

Cómo es posible aceptar, lo que Usted mismo dijo hace ocho años, (en una entrevista al diario
valesano La Liberté, el 11 de mayo de 2001, y publicada en DICI n° 8, el 18 de mayo del mismo
año): «que nosotros guardamos en un 95% el Concilio Vaticano II», sin ser liberal y modernista; cuando hasta los mismos liberales y modernistas reconocen que el Concilio Vaticano II fue, como dice el Cardenal Suenens: «El Concilio es 1789 en la Iglesia», es decir, la Revolución Francesa de 1789 dentro de la misma Iglesia, o también como afirmó el entonces Cardenal Ratzinger y hoy Benedicto XVI: «El problema del Concilio fue asimilar los valores de dos siglos de cultura liberal» (Le destronaron, Monseñor Marcel Lefebvre, en la introducción).

Luego es claro y evidente que cualquiera que guarde o acepte el Concilio Vaticano II en un 95%
acepta en un 95% la Revolución Francesa dentro de la Iglesia, que asimila dos siglos de cultura
liberal en la Iglesia. Un 95% es un porcentaje altísimo estadística o matemáticamente considerado.

Entonces la gran pregunta es ¿que nos quiere decir? ¿qué pretende hacernos creer?, al decir que van a dialogar o a discutir con Roma doctrinalmente, ¿qué van a discutir, el 5% que resta? Esto
sólo prueba fehacientemente la parodia, el engaño, la mentira y la falsedad objetivamente
hablando, y esto por etapas con gran aparato de seriedad, mientras que de hecho todo se pudre
aceleradamente más.

Por si fuera poco, qué queda de la Fraternidad, de la resistencia ante el modernismo si se guarda, tiene, mantiene o acepta el 95% del nefasto y atípico Concilio Vaticano II, adogmático y por lo
mismo, absurdo, como el concebir un círculo cuadrado o un triángulo bilátero, un matrimonio
católico no indisoluble, pues como hace ver el teólogo dominico Marín Solá (sucesor en la cátedra
del eminente teólogo tomista en Friburgo, el Padre Norberto del Prado): «Está revelado que “todo Concilio ecuménico es infalible”, o lo que es lo mismo, está revelado que “todo Concilio es infalible si es ecuménico”.» (La Evolución Homogénea del Dogma Católica, Marín Sola, ed. BAC, Madrid 1963, p. 435); libro elogiado en 1923 cuando apareció por el Cardenal Merry del Val, quien fue Secretario de Estado de San Pío X, para combatir la herejía modernista que pretendía una evolución transformista y heterodoxa del dogma católico, tal cual hoy la concibe Benedicto XVI cuando dijo siendo Cardenal que «pone en duda que haya un magisterio que sea permanente y definitivo en la Iglesia» que «ya no hay una verdad permanente en la Iglesia, verdades de Fe, dogmas en consecuencia, se acabaron los dogmas en la Iglesia, esto es radical. Evidentemente esto es herético, está claro, es horroroso, pero es así». Tal como lo aseveró Monseñor Lefebvre en una de sus últimas conferencias espirituales en Ecône del 8 y 9 de febrero de 1991, pues murió el 25 de marzo de 1991.

Pero claro, ahora es según Usted “magnánimo”, “valiente”, “paternal”, le inspira confianza, es
conservador, y aún criticado por el ultraprogresismo como favorable a la Tradición, en resumen
casi un tradicionalista ante el cual Usted va a Roma «casi corriendo» y lo admira con ingenua
sonrisa como se puede apreciar en algunas fotografías en una de sus entrevistas, donde aparece
también el Cardenal Castrillón Hoyos y que adjunto para más pruebas de su inopinado y
comprometido proceder.

Monseñor Lefebvre denuncia un pacto de no agresión entre la Iglesia y la masonería, y Usted está dispuesto a pactar con él. «Un pacto de no agresión ha sido concertado entre la Iglesia y la masonería», A esto se lo ha encubierto con el nombre de «aggiornamento» de «apertura al
mundo»
, de «ecumenismo». (Un Évèque Parle, p. 97). «En adelante, la Iglesia acepta no ser ya la única religión verdadera, único camino de salvación eterna». (Ibid. p. 97).

Por esto, el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, llega a reconocer a las otras falsas
religiones como un camino o vías extraordinarias de salvación como se puede apreciar en este
texto de corte conservador pero profundamente y solapadamente herético: «…se ha llegado a
poner un énfasis excesivo en los valores de las religiones no cristianas, que algún teólogo llega a presentar no como vías extraordinarias de salvación, sino incluso como caminos ordinarios».
(Informe sobre la Fe, Ed. BAC Popular, Madrid 1985, p. 220 última página).
Por si fuera poco, Monseñor Lefebvre señala que: «Este concilio representa, tanto a los ojos de
las autoridades romanas como a los nuestros, una nueva Iglesia que ellos laman por otra parte “Iglesia Conciliar”.»
(Ibid. p. 97).

Monseñor Lefebvre afirma que es un Concilio cismático, y Usted guarda el 95%, es decir que es
cismático en un 95%, magnífico nivel, citemos el texto: «Creemos poder afirmar, ateniéndonos a la crítica interna y externa de Vaticano II, es decir analizando los textos y estudiando los pormenores de este Concilio, que éste, al dar la espalda a la Tradición y al romper con la Iglesia del pasado, es un Concilio cismático. Se juzga el árbol por sus frutos.» (Ibid. p. 97). Así tenemos paradójica y absurdamente que Usted acepta el 95% de la Nueva Iglesia postconciliar, cismática y apóstata, por lo cual, tendríamos en Usted, a un cismático y apóstata en un 95% (no está mal el porcentaje), que dice ser el fiel y digno sucesor de Monseñor Lefebvre, si esto no es una falsedad y una traición ¿dígaseme qué es?

Monseñor Lefebvre considera que: «Todos los que cooperan en la aplicación de este
trastrocamiento, aceptan y adhieren a esta nueva “Iglesia conciliar”… entran en el cisma»
(Ibid. p. 98). Y Usted hoy pretende obtener un acuerdo con esta nueva Iglesia conciliar cismática.

Por si fuera poco, Usted pretende un reconocimiento oficial o regularización de la Fraternidad con Roma modernista y su ecumenismo apóstata, tal como lo señaló Monseñor Lefebvre: «Los que estiman un deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas, no pueden sino condenar a estos dos obispos y así confirman su cisma y su separación de Nuestro Señor y su reino, a causa de su laicismo y su ecumenismo apóstata.» (Itinéraire Spirituel, p.9).

Sí, ecumenismo apóstata, porque eso es, en lenguaje moderno lo que las Escrituras llaman Gran
Apostasía, es decir la apostasía universal o ecuménica. Y a esta apostasía ecuménica o
ecumenismo apóstata Usted nos quiere acercar. Luego, nos quiere hacer unos adúlteros,
cismáticos, puesto que como dijo Monseñor Lefebvre: «Esta apostasía convierte a estos miembros en adúlteros y en cismáticos opuestos a toda tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia, y por lo tanto, con la Iglesia de hoy en la medida en que permanece fiel a la Iglesia de Nuestro Señor. Todo lo que sigue siendo fiel a la verdadera Iglesia es objeto de persecuciones salvajes y continuas.» (Ibid. p. 70-71).

En la carta a los Obispos del 10 de marzo de 2009, Benedicto XVI afirma, después de hacer
alusión a la “remisión de la excomunión”, como un gesto de bondadosa y paternal misericordia,
para invitar al retorno (del hijo pródigo) a los cuatro obispos de la Fraternidad, pero recordando
clara y explícitamente que «no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia», puesto que no tienen misión o posición canónica, ya que siguen suspensos a divinis hasta tanto su situación se regularice aceptando, después de las discusiones doctrinales, el Concilio Vaticano II, lo cual expresa en estos términos (mostrando con el dedo la luna llena de la Pascua): «con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. (…) No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año de 1962, lo cual debe quedar claro a la Fraternidad». Con esto se ve cual es el objetivo de Roma modernista y apóstata, y Usted y los otros tres Obispos de la Fraternidad nos dicen que van a Roma para predicar la verdad, para convertirlos, etc. Esto es engañarse y engañarnos a todos estulta e ingenuamente, como el tonto que se queda mirando el dedo cuando le señalan la luna con la mano. Pero para colmo, Usted mismo reconoce casi con las mismas palabras de Benedicto XVI, y en respuesta, que: «Lejos de querer parar la Tradición en 1962, nosotros deseamos considerar el Concilio Vaticano II y la enseñanza postconciliar» (Carta del 12 de marzo de 2009) con lo cual Usted responde prontamente (dos días después) al mensaje de Benedicto XVI, cuando le señala claramente la luna. Esto sólo muestra y demuestra, y perdóneme Monseñor, su doble lenguaje modernista y liberal, manifestándose su falsedad y traición.

Luego Monseñor, es absurdo e injusto que por resistirle pública y abiertamente a su siniestra
política de reintegración en el marco oficial de la Nueva Iglesia conciliar con su ecumenismo
cismático y apóstata, Usted se atreva, en el ejercicio abusivo de su autoridad, comprometida y
claudicante con los peores y principales enemigos de la Iglesia, expulsarme, acusándome falsa e
injuriosamente de rebeldía, insumisión, desobediencia, obstinación, escándalo, sublevación, falto
de enmienda, perjudicial o dañino para con el bien común de la Fraternidad, acusaciones todas
que muy fácilmente se las puedo endosar y restregárselas en la cara, pero de esto se encargará el Divino Juez cuando venga a juzgar a vivos y a muertos, en él pongo la suerte de mi causa y allí
nos veremos, y entre tanto pido por Usted, que Dios lo perdone, porque no sabe lo que hace, ni
con la Fraternidad, ni conmigo que me defenestra como a un vil delincuente a la calle, sin
recursos, con 55 años (al igual que aconteció con muchos sacerdotes reticentes a las innovaciones en la época del Concilio), y esto después de haber dado todo de mí con total y generosa entrega al servicio de la Fraternidad, a la que pertenecí durante 29 años, dejando todo, renunciando a todo para servir a la Santa Madre Iglesia en la Fraternidad, resistiendo y combatiendo contra el modernismo herético y apóstata, al cual hoy Usted nos conduce suave, dulce, pero seguramente.

Hoy Usted me excluye de la Nueva Fraternidad reciclada a los pies de la Nueva Iglesia conciliar,
Nueva Fraternidad y Nueva Iglesia a las cuales jamás pertenecí ni quiero pertenecer nunca, yo
seguiré perteneciendo a la verdadera Iglesia y a la verdadera Fraternidad. Usted me expulsa,
mejor dicho me excomulga de su Nueva Fraternidad, poco me importa, como poco le importó a
Monseñor Lefebvre que lo excomulgaran de la Nueva Iglesia, siendo ello, lejos de un estigma, de
una afrenta, una verdadera condecoración inmarcesible y una prueba de su ortodoxia, y no como Ustedes, los cuatro obispos, que avergonzados pedís que se os quite tal afrenta ante los ojos del
mundo, no queriendo seguir soportando la Cruz, considerándola ignominiosa, como sí Cristo
hubiera bajado de la Cruz (instrumento de máximo oprobio y sufrimiento), pero no lo hizo, prefirió morir crucificado, vejado, escupido, azotado y despojado de su vestimenta y por todos
abandonado, para fundar su divina Iglesia entregándole el testamento de su Sangre derramada
sobre la Cruz. Y este testamento firmado con su divina sangre, su cuerpo todo inmolado, es la
Santa Misa, que hoy Usted de algún modo desconoce como única y exclusiva, al aceptar la Nueva Misa espuria y bastarda (como la llamó Monseñor Lefebvre al igual que a todos los nuevos
sacramentos y a los sacerdotes) como rito principal (ordinario) y legítimo mientras que la Misa
Tridentina pasa a ser un rito ocasional (extraordinario) en la Nueva Iglesia, que es (o será) la sede del Anticristo-Pseudoprofeta, pues como dijo Nuestra Señora en la Salette: «Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo». El que tenga ojos que vea, y el que tenga oídos que oiga.

Por irónico que parezca, pero así son las cosas, Usted hoy me decapita, sin quizás recordarse que
gracias a mí, Usted aceptó el cargo de Superior General, dada mi intervención en el Capítulo
General de 1994, impidiendo así la reelección del Padre Schmidberger, que desde dos años antes
comenzó a disponerlo todo para ser reelegido y que casi lo logra, pues sorpresivamente Usted fue el elegido, en contra de sus planes, y que gracias a mi intervención al levantar mi voz para decirle que aceptara el cargo como una cruz, a imagen de San Pío X, que aceptó con pesar y hasta con
lágrimas el ser elegido milagrosamente en el cónclave, y así Usted después de retirarse unos
momentos a solas con el Padre Schmidberger en la habitación contigua (sala de grabaciones), a lo cual me opuse levantándome en medio de la concurrencia impávida y muda de los asistentes,
incluidos los otros tres obispos, para dirigirme al Padre Aulagnier, el entonces superior de Francia, y pedirle que interviniera impidiendo estos secretos, pero sin obtener ningún resultado; y así Usted al retornar a la gran sala aceptó su elección, concluido el breve entendimiento con el Padre Schmidberger.

Y para colmo de ironías después de saber esto, viendo como me trata (maltrato) algún ladino (cual abogado del diablo) podrá decir: «así paga el diablo a quien bien le sirve».

Todo este drama apocalíptico que vive la Iglesia está contenido proféticamente en toda la liturgia de la Cuaresma, de manera espacialísima y solemne en la Semana Santa y el Triduo Sacro que
nos muestra la Iglesia desolada, el altar desmantelado y el tabernáculo vacío, clara imagen de lo
acontecido no sólo hace 2000 años con la Pasión y muerte de Cristo en la Cruz, sino también de
lo que sucedería a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo al fin de los últimos tiempos apocalípticos,
antes de su gloriosa Parusía, que todos debemos esperar y que pedimos incesantemente quizás
muchas veces sin darnos cuenta al pedir en el Padrenuestro, venga nos el tu reino (adveniat
regnum tuum), o como dice también San Juan Evangelista al finalizar el libro del Apocalipsis: Ven Señor Jesús, Maranatá.

Que Dios lo perdone, Monseñor, con todo su Capítulo, que cual concilio sanedrita me condena y
excluye, recordándome lo que hiciera con Nuestro Señor Jesucristo quien fuera el pueblo elegido, pero después corrompido, resonando en mis oídos las palabras de la liturgia: «Dijeron los impíos
oprimamos al varón justo porque es contrario a nuestras obras.» (5ª antífona de Laudes de Martes Santo). Pero también vienen a mi mente las reconfortantes palabras del Profeta: «El Señor Dios es mi protector, por eso no seré avergonzado; y así he presentado mi rostro como una piedra durísima, y sé que no quedaré confundido». (Is. 50, 7).
Así pues no quedándome otra alternativa que la de callar y claudicar en el vil silencio ante lo que
veo, o la de hablar claro y firmemente al precio de la exclusión, he cumplido con mi deber
sacerdotal sin traicionar a Dios ni a mi conciencia. Ahora no me queda sino deambular con la
cabeza entre las manos cual aconteció a San Dionisio cuando le decapitaron, antes de caer y
morir.

Me despido de Usted en este patético y significativo Triduo Sacro de la solemne Semana Mayor,
lleno de profética alusión a lo que acontecería con la Iglesia en los últimos tiempos apocalípticos,
pero que es el necesario preludio para la futura y gloriosa Pascua de Resurrección.

Basilio Méramo Pbro.
Orizaba, Jueves Santo, 9 de abril de 2009




sábado, 4 de abril de 2009

Sobre el libro del P. Barbará (La Bergerie du Christ et le Loup dans la Bergerie)

Índice.
Introducción.
Magisterio e Infalibilidad mal entendidos.
Un solo Magisterio Infalible del Papa solo.
El Papismo no es Católico.
Las Tres modalidades infalibles del Magisterio.
Falsa Noción de Obediencia.
Conclusión.
Anexo.


Al leer el libro del Padre Barbará hemos visto la necesidad de aclarar y precisar algunos conceptos de orden teológico que no podemos dejar pasar de largo.

En primer lugar no se trata de refutar la tesis sobre la Sede Vacante, la cual es defendible teológicamente, sino de evitar el error (o los errores) sobre el cual el P. Barbará se basa para defender esta tesis.

Se trata en consecuencia de corregir los fundamentos en los cuales se basa el P. Barbará para defender (o apoyar) una tesis como la Sede Vacante que por otro camino (medio) es teológicamente defendible.

Básicamente toda la argumentación sobre la Sede Vacante se funda para el P. Barbará en la noción que tiene sobre el Magisterio y la Infalibilidad de la Iglesia.

Pues bien, nosotros trataremos de analizarlos, para luego mostrar el defecto de la argumentación sobre el cual el P. Barbará se apoya para probar (o demostrar) la Sede Vacante.

Toda la prueba de la Sede Vacante se reduce para el Padre Barbará a la falsa noción que él tiene sobre lo que es el Magisterio Infalible de la Iglesia, y en consecuencia del Magisterio del Papa y de la obediencia al mismo.

Veamos algunas de las afirmaciones que tienen por base un error en la noción de Magisterio e Infalibilidad.

«El Vicario de Cristo no puede equivocarse cuando enseña la religión» (Ibid p. 184). «...se ha enseñado siempre que el Papa es infalible para todo lo que concierne a la religión» (Ibid. p. 184).

El P. Barbará no hace ninguna distinción entre Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia y el Magisterio extraordinario del Papa (solo) o ex cathedra.

Si bien el Magisterio Infalible de la Iglesia es uno solo, no obstante hay dos modos (vías) de realizarse: el uno el Magisterio Ordinario Universal; el otro, el Magisterio Extraordinario o Solemne. A su vez el Magisterio Extraordinario tiene una doble versión: la de los Concilios Ecuménicos y la del Papa solo cuando habla ex cathedra.

Pero para el P. Barbará el Papa (solo) es infalible tanto en su Magisterio extraordinario cuando habla ex cathedra, como en su Magisterio Ordinario, confundiendo ambos modos, en una sola cosa, diciendo categórica e irreflexivamente que: «la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa es una doctrina de fe definida con el mismo título que su magisterio extraordinario». (Ibid p. 195).

En primer lugar esto es falso, es no distinguir entre Magisterio Ordinario del Papa y Magisterio Universal Ordinario de la Iglesia, y por tanto no del Papa, ni de tal o cual obispo, sino de la Iglesia ( toda la Jerarquía docente) es decir todos los obispos con el Papa a la cabeza, enseñando unánimemente acerca de la fe y la moral, pues la Iglesia no puede equivocarse.

El Magisterio ordinario infalible es el Magisterio Universal de la Iglesia y no el Magisterio del Papa solo.

El Magisterio infalible del Papa solo, es el Magisterio Extraordinario o solemne del Papa cuando habla ex cathedra. Pues únicamente siendo cabeza de la Iglesia goza de la misma infalibilidad, tal como fue definido, cuando habla ex cathedra.

Sería un grave error de óptica confundir entonces Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia toda, que es infalible, con Magisterio Ordinario del Papa solo, que no es infalible. Tan claro es que ni siquiera la Iglesia lo menciona en la definición que da del Magisterio del Papa cuando se pronuncia ex cathedra, es decir el Magisterio Extraordinario o Solemne del Papa cuando habla de fe y moral.

El P. Barbará confunde Magisterio infalible de la Iglesia con Magisterio Ordinario del Papa solo, por el hecho de que se equipara en la definición de Vaticano I la infalibilidad de que goza el Papa con la misma prerrogativa de infalibilidad de la Iglesia y como ésta, en definitiva, puede ser infalible tanto en su Magisterio Ordinario Universal como en su Magisterio Extraordinario, el P. Barbará (y no es el único) concluye simplístamente que el Papa también es infalible en su magisterio ordinario como en el extraordinario, cuando en realidad la definición del dogma de la infalibilidad del Papa equipara la infalibilidad del Papa a la infalibilidad de la Iglesia únicamente cuando habla ex cathedra (desde la catedra de Pedro) solemne o extraordinariamente, cuando reúne las tres o cuatro condiciones según se las clasifique.

De tal modo que el Papa solo es infalible cuando de modo extraordinario (y no ordinario) habla ex cathedra (desde lo alto de la Catedra o Sede de San Pedro), es decir: 1) como Pastor y Doctor de los católicos, 2) en virtud de su suprema autoridad apostólica, 3) definiendo una doctrina, 4) sobre la fe o la moral, que debe ser sostenida por la Iglesia Universal.

Si se considera la infalibilidad (tal como Umberto Betti señala) en relación al sujeto, al objeto y al modo, entonces tenemos: en cuanto al sujeto, cuando el Romano Pontífice habla como Doctor Universal y Supremo de toda la Iglesia; en cuanto al objeto, cuando tiene que ver con las cosas concernientes a la fe y la moral; y en cuanto al modo, cuando define lo que debe ser retenido por la Iglesia Universal. Definición que puede ser respecto al sentido (significado) o en cuanto al sentido y a las palabras o fórmulas. Aquí conviene hacer una pequeña aclaración con respecto al concepto de definición, pues es muy común que para muchos autores o teólogos la definición se reduzca únicamente al Magisterio Extraordinario quedando como excluido del Magisterio Ordinario Universal. Esto es un error, pues tanto el uno como el otro (ambos) definen. Esta definición puede ser de diversos grados, total o parcial, es decir con respecto al significado (ó sentido) de las palabras únicamente, o en cuanto al significado y las palabras (o términos). Sírvanos como prueba de lo que decimos, lo que sobre el tema dice el gran teólogo y maestro Marín-Sola: «Determinar o fijar infaliblemente el verdadero sentido del depósito revelado es lo que se llama definición de fe por la Iglesia. Pero este magisterio o definiciones de Fe pueden ejercerse, y de hecho se ejercen, por la Iglesia de dos modos: primero, por Magisterio Solemne, sea del Concilio Ecuménico, sea del Papa sólo hablando ex cathedra; segundo, por Magisterio Ordinario, esto es, por la enseñanza o predicación ordinaria de la Iglesia Universal. Ambos medios de ejercer el magisterio sobre el contenido y sentido del depósito revelado son de igual valor dogmático y ambas son verdaderas definiciones de fe. (...) Conviene tener muy presente estos dos modos diferentes de ejercer el magisterio doctrinal o de definir la verdad revelada, pues con frecuencia, cuando se habla de definiciones de fe, la mente tiende a fijarse solamente en las definiciones por magisterio solemne, sin fijarse suficientemente en que hay también definiciones por magisterio ordinario» (La Evolución Homogénea del Dogma, Católico, BAC 1963 p.p. 257-258).

Así tenemos que hay una doble definición (o determinación), la una que define el sentido (o significado) de las palabras, es decir, versa sobre el concepto o la idea, sin más; la otra que define el sentido e incluso determina (o fija) los términos mismos, esto es con palabras o fórmulas precisas e irreformables.

El Padre Barbará, entonces, se basa erróneamente en la definición de la Infalibilidad Papal, tomando las palabras que dicen que el Papa tiene la misma infalibilidad de la Iglesia sin más. Cuando en realidad la definición dice explícitamente dentro de qué límites el Papa es infalible.

Bástenos al respecto lo que dice Dublanchy en el Diccionario de Teología Católico cuando responde al siguiente interrogante: «¿Debemos concluir de esto que la infalibilidad del Papa es una infalibilidad absoluta y separada? Si, por la expresión infalibilidad absoluta se quiere únicamente decir que la infalibilidad pontifical no está en su ejercicio subordinada de ningún modo a la autoridad de un concilio general o a una aprobación ulterior de la Iglesia Universal, nada se opondría a que la expresión sea empleada. Pero es más justo decir, con Mons. Gasser, reportador de la Comisión de la Fe en el Concilio Vaticano, que la infalibilidad pontifical no es, en ningún sentido, absoluta, porque la infalibilidad absoluta pertenece sólo a Dios. Toda otra infalibilidad tiene sus límites y sus condiciones. La infalibilidad pontifical está restringida en su sujeto, que es el Papa enseñando a la Iglesia Universal en virtud de su poder supremo; está restringida en su objeto, que debe relacionarse con la fe y la moral; está restringida también en su ejercicio, porque supone una definición de lo que todos los fieles están obligados a creer, a tener o a rechazar» (D.T.C. Infaillibilité du Pape col. 1696).

Sólo la infalibilidad de Dios es sin limites y absoluta, toda otra infalibilidad es participada y por lo mismo limitada. La Iglesia es infalible en las cosas de fe y moral, por eso su Magisterio Universal Ordinario es infalible, igualmente lo es en su Magisterio Extraordinario cuando los obispos que están dispersos por el Mundo en sus diócesis, se reúnen en Concilio Ecuménico bajo la autoridad del Papa.

Con lo cual la definición de la infalibilidad del Papa viene a precisar que el Papa solo, también tiene en su Magisterio la misma infalibilidad de la Iglesia, cuando reúne las condiciones ya mencionadas y que se refieren bajo el nombre de Magisterio del Papa ex cathedra. Esto y solo esto es lo definido y nada más. De lo contrario es hacer del Papa un semidios infalible sin límites o condiciones en todo momento, como pretende en última instancia el P. Barbará
.
Así, el P. Barbará afirma refiriéndose al Concilio Vaticano I: «Según el concilio, el Pontífice Romano es en efecto infalible, él también, tanto en su enseñanza ordinaria como en su enseñanza solemne extraordinaria. (Ibid p. 194).

Con la cual el P. Barbará hace de fe una cosa que no es tal, diciendo: «la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa es una doctrina de Fe definida con el mismo título que su magisterio extraordinario». (Ibid. p. 195), lo cual es un absurdo si se reflexiona un poco.

Esta afirmación es teológicamente inaceptable pues es contradictoria, ya que habla de dos magisterios infalibles bajo el mismo título (condiciones) pero que en realidad se ejercen en condiciones diferentes.

Si el magisterio ordinario del Papa es infalible, a igual título que el Magisterio Extraordinario, entonces se identificarían ambos magisterios, pues no serían sino uno solo, el magisterio infalible del Papa solo, cuando habla ex cathedra, es decir, como doctor universal y juez supremo, habla sobre fe y moral, definiendo (estableciendo) lo que debe ser tenido o rechazado por todos los fieles.

Además para qué distinguir dos magisterios infalibles del Papa solo, si en realidad corresponden a uno solo cuando habla ex cathedra.

Por otra parte no sería lícito deducir la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa solo, del magisterio extraordinario o solemne definido por el concilio Vaticano I, invocando el mismo título pero dándole otras condiciones. Pues si es lo mismo que el Papa solo, es infalible con la misma infalibilidad de la Iglesia, con las tres o cuatro condiciones señaladas bajo la expresión ex cathedra, con que fin se va a distinguir este Magisterio infalible con dos nombres distintos cuando en realidad son la misma cosa, teniendo las mismas condiciones ya definidas por la Iglesia.

Error sería, como hace el P. Barbará, que atribuye una infalibilidad (que no ha sido definida) al magisterio ordinario del Papa solo, sin las condiciones o límites del magisterio ex cathedra. No verlo es inventarse una infalibilidad que no existe, o de llamar con dos nombres distintos la misma realidad, lo cual es inútil y se presta a equívocos.

Hablar de la infalibilidad personal del Papa, requiere distinguir entre la persona privada y la persona pública (la función). Es esta última, la persona pública ejerciendo su oficio quien es infalible cuando habla ex cathedra.

Así distingue Dublanchy: «Si por infalibilidad personal se quiere expresar la infalibilidad que pertenece a la persona pública del Papa, en tanto que Pastor Supremo enseñando a toda la Iglesia, la expresión puede ser empleada. Esta expresión es de hecho aprobada en este sentido por muchos teólogos para oponerse a la distinción galicana entre Sede de Roma y el ocupante de esta Sede; (...). Pero la infalibilidad pontifical, al menos para lo que concierne al dogma definido por la Iglesia, no puede ser llamada personal en el sentido que pertenece al Papa considerado como persona privada.» (D.T.C. Infaillibilité du Pape col. 1696).

Por eso se pregunta Umberto Betti O.F.M. : «¿En qué sentido la infalibilidad es inherente a la persona del Papa? Decimos enseguida que no tiene nada que ver con la inmunidad del error en cuanto persona privada, por cuya virtud sería impecable de derecho, (impecabilidad) o de hecho (santidad). Como persona privada est{a sujeto a las debilidades de todos los hombres y si bien repugna al pío sentir de los fieles, no es una exigencia de la fe excluir que en esta condición puede caer aún en herejíía, porque no sería otra cosa que mantener al Papa impecable en este genero de culpa» (la Constituziones Dommatica ´Pastor Aeternus´del Concilio Vaticano I, ed. Pontificio Ateneo ‘Antonianum’, Roma 1961, p.. 630).

Hablar de Magisterio Ordinario infalible del Papa solo, es extender la infalibilidad extraordinaria y solemne del Papa solo, al Magisterio Ordinario Pontificial y equipararlo al Magisterio Ordinario Universal, es decir, el Magisterio infalible de la Iglesia de toda la Iglesia y no del Papa solo.

Umberto Betti dice al respecto: Se puede ser tentado de responder prontamente que el Romano Pontífice es infalible también en el magisterio ordinario,... Creemos poder decir que esta solución representa propiamente el ceder a una tentación. El concilio Vaticano, asimilando la infalibilidad pontificia a aquella de la Iglesia, ha querido solamente proclamar la identidad de naturaleza y de objeto, pero no del modo de ejercicio: aquella de la Iglesia puede ejercerse también en el magisterio ordinario, si es universal, la del Romano Pontífice solamente en el magisterio extraordinario o solemne. Con esto no se debe pensar que el Papa sea infalible únicamente si usa una forma de enseñanza de particular solemnidad exterior. Lo esencial es que se verifiquen las tres condiciones recordadas. En todo documento que las posea, cualquiera sea su forma, no se tiene magisterio ordinario, sino extraordinario, y solamente este está garantízado de infalibilidad». (Ibid. p.p. 646 - 647)

Las tres condiciones a que se refiere Betti, son: «El Romano Pontífice es infalible todas las veces y sólamente cuando se verifican conjuntamente las tres condiciones o requisitos establecidos por el Concilio con respecto al sujeto, al objeto y al modo de la enseñanza. Esto es: que él hable como cabeza de la Iglesia Universal; que su enseñanza verse sobre una doctrina acerca de la fe o las costumbres; y que quiera pronunciar sobre ellas un juicio definitivo.» (Ibid. p. 645).

De tal forma que con la definición de la infalibilidad del Papa, la Iglesia vino a dar la siguiente precisión: «A la precedente enseñanza vaticana que preveía dos expresiones del magisterio eclesiástico infalible, el solemne y el ordinario universal, la definición de la infalibilidad pontificia ha aportado unicamente este complemento y precisión: el magisterio solemne o extraordinario, distinto del colegialmente da toda la Iglesia docente, es ejercido también personalmente por el Papa solo.» (Ibid. p. 647).

La infalibilidad es la misma en cuanto a su naturaleza, la diferencia radica en el modo de recibirla el sujeto (Papa-Obispo) para ejercerla. El Papa solo recibe la infalibilidad cuando habla ex cathedra (magisterio Pontifical extraordinario o solemne); la Iglesia (todos los Obispos con el Papa a la cabeza) es infalible tanto en su Magisterio Ordinario Universal como en su Magisterio Extraordinario, es decir, sea que estén reunidos en Concilio Ecuménico o dispersos por el mundo.

Tenemos entonces «un triple modo de ejercicio de la infalibilidad: del Papa con los obispos en el concilio, del Papa con los obispos fuera del concilio, del papa solo» (Ibid. p. 410).

Lamentablemente la concepción del P. Barbará es la de un papismo radical, error que también cometen los liberales, con consecuencias distintas, pero el principio es el mismo: el Papa es infalible siempre, sea en su magisterio ordinario, sea en su magisterio extraordinario, luego, dicen unos, se equivocó, entonces no es Papa; lo dejó de ser y por eso cayó en el error y la herejía, no hay que obedecer. Los otros dicen, como es infalible no se puede equivocar, lo que dice no es herético, y hay que obedecer. Como vemos, estos dos errores opuestos se tocan en los extremos.

El P. Barbará llega así a afirmar: «Infalible para confirmar a sus hermanos, el Papa está preservado del error cada vez que enseña lo que los fieles deben creer o practicar. Y esto lo hace cotidianamente» (Ibid. p. 176). Esto va más allá de lo definido por la Iglesia. Es quitar todo límite a la infalibilidad del Papa, equiparándolo casi a Dios, es decir, infalibilidad sin ninguna limitación, sin ninguna condición. Significa además confundir el Magisterio del Papa solo, con el Magisterio de la Iglesia (Papa y Obispos). El Papa no es la Iglesia, ni es tampoco Cristo, sino que es cabeza visible de la Iglesia, y Vicario de Cristo. Cada cosa en su lugar. La papolatría y el papismo no son católicos.


El P. Barbará para apoyar su papismo, cita un texto en el cual se ve claramente la confusión teológica que tiene con respecto al Magisterio Universal de la Iglesia y al Magisterio del Papa solo, ex cathedra. El texto dice así: «El Magisterio de la Iglesia, establecido aquí abajo según el designio de Dios para guardar perpetuamente intacto el depósito de las verdades reveladas y de asegurar el conocimiento a los hombres, se ejerce cada día por el pontífice romano (Mortalium animos)». (Ibid. p. 176.). Si el texto de Pío XI dice esto sin más, el Padre Barbará tendría toda la razón, pero el texto está recortado, mal citado, el mismo P. Barbará más adelante cita el texto en su significado completo con las siguientes palabras: «...Y los obispos en comunión con él» (Ibid p. 194). Entonces el texto de Pío XI hace referencia no al magisterio infalible cotidiano del Papa solo, sino al Magisterio infalible cotidiano de la Iglesia (Papa y Obispos) esto es el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia.

Pero de esto no se da cuenta el P. Barbará, pues para él es todo igual, gracias a su ceguera causada por el papismo que ultranza predica.

Lo que el P. Barbará no puede comprender y con el todos los papistas, sean liberales o intransigentes, es precisamente lo que observa Umberto Betti en su tratado sobre la encíclica Pastor Aeternus: «...se afirma que la infalibilidad del Romano Pontífice es personal en el sentido que esta prerrogativa compete a todos y cada uno de los sucesores de Pedro por la promesa de Cristo. No compete sin embargo al Papa como persona privada ni aún como doctor privado; puesto que en cuanto tal, es igual a todos los otros doctores privados y, encontrándose de igual a igual, no tiene sobre ellos una autoridad obligante. La infalibilidad le pertenece en efecto, en cuanto es sumo Pontífice, persona pública, cabeza de la Iglesia, por consiguiente en su relación con la Iglesia universal. No es por esto infalible simplemente por fuerza del papado, sino únicamente cuando lo ejerce definiendo con solemne juicio cosas de fe y de moral válidas para toda la Iglesia.» (Ibid. p. 373).

Queda claro, entonces, que el Papa no es infalible por el hecho mismo del papado, sino solamente cuando ejerce el papado hablando ex cathedra.

Esto es lo que el P. Barbará y muchos con él, o contra él, no entienden. Es el problema del papismo o de la papolatría.

El papismo (exceso de infalibismo papal) anula la infalibilidad de la Iglesia, pues reduce o identifica esta con la infalibilidad del Papa. Llega incluso al extremo de equiparar la Iglesia al Papa, y de aquí se deriva necesariamente el hecho de negar, de una parte, que el Papa pueda ser hereje, cismático o apóstata; de otra parte y como reacción opuesta y extrema, afirmar a priori por la misma razón o principio la Sede Vacante; para ambas actitudes extremas y opuestas el principio es el mismo: el Papa es infalible tanto en su Magisterio Extraordinario (ex cathedra), como en su magisterio ordinario, luego no puede equivocarse y hay que obedecer siempre bajo pena de condenación eterna, salvo que no sea Papa por el cisma, la herejía o la apostasía.

Así, para el P. Barbará solamente se puede ( y debe) desobedecer porque en definitiva no es Papa, el Pontífice reinante.

Tenemos que para el P. Barbará no es una enseñanza formal y explícita la infalibilidad del Magisterio Extraordinario del Papa, lo cual viene a ser una herejía pues en el Concilio Vaticano I se definió la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra, o sea, en su Magisterio Extraordinario; pero por increíble que parezca oigamos al P. Bárbara quien dice: «Convengo, la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa no está enseñada formal y explícitamente. Pero nótese bien que la infalibilidad de su magisterio extraordinario no lo es tampoco». (Ibid. p. 205).

Esto es una herejía a la cual llega el P. Barbará por equiparar el Magisterio Extraordinario infalible del Papa con el magisterio ordinario (no infalible) del Papa.

Es una herejía porque la Iglesia definió formal y explícitamente: «enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra —esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que, una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia Universal—, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor Divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por si mismas y no por el consentimiento de la Iglesia» (Dz. n° 1839).

Que no diga entonces el P. Barbará que la infalibilidad del Magisterio Extraordinario del Papa no es enseñada formal y explícitamente como una verdad de fe.

Y como ya dijimos al hablar de la «misma infalibilidad de la Iglesia» referida al Papa, se afirma no la doble infalibilidad de ejercicio del Papa (ejercicio del magisterio extraordinario y ejercicio del magisterio ordinario), sino la identidad de naturaleza y de objeto. Recordemos el texto ya citado de Umberto Betti: «El Concilio Vaticano, asimilando la infalibilidad pontificia a aquella de la Iglesia, ha querido solamente proclamar la identidad de naturaleza y de objeto, pero no del modo de ejercicio: la de la Iglesia puede ejercerse también en el magisterio ordinario, si es universal, la del Romano Pontífice solamente en el magisterio extraordinario o solemne.» (Ibid. p. 646-647).

Si el P. Barbará no ve en la expresión ex cathedra el magisterio extraordinario (solemne) del Papa, entonces el Papa siempre que habla por su magisterio sea ordinario, sea extraordinario, es infalible; es decir que siempre que enseñe, que ejerza el magisterio, es infalible por definición; lo cual es una vez más el error del papismo: el Papa es siempre infalible sin límites ni condiciones.

Contra este error la misma Iglesia enseña y advierte que: «No se ha de tener por declarada o definida dogmáticamente ninguna verdad mientras eso no conste manifiestamente» (Derecho Canónico de 1917 can. 1323§3). Esto se aplica también al Papa, luego para que el Papa sea infalible cuando enseñe, ello debe constar manifiestamente, de lo contrario no es infalible. Y únicamente consta la infalibilidad del Papa solo, cuando habla ex cathedra según la enseñanza de la Iglesia.

Además para que el P. Barbará vea que cuando la Iglesia habla de magisterio ex cathedra lo identifica al magisterio extraordinario (o solemne), citaremos el siguiente canon del Derecho Canónico 1917: «Hay que creer con fe divina y católica todo lo que se contiene en la palabra de Dios escrita o en la tradición divina y que la Iglesia, por definición solemne o por su magisterio ordinario y universal, propone como divinamente revelado.» Cannon 1323 §1. Precisando que: «El dar definiciones solemnes pertenece tanto al concilio Ecuménico como al Romano Pontífice cuando habla ex cathedra» Canon 1323 §2. Con lo cual queda claro que el Papa al hablar ex cathedra (pronunciando definiciones solemnes) lo hace según Magisterio Extraordinario del Papa solo, equiparado al Magisterio Extraordinario de la Iglesia en Concilio Ecuménico.

«El magisterio ordinario y universal de la Iglesia es ejercido por todos los Obispos del mundo en sus diócesis bajo la dependencia del Romano Pontífice», tal como dice la nota o comentario del canon 1323 del Derecho Canónico, señalando además que: «Las enseñanzas del magisterio ordinario tienen igual valor que las del solemne», entendiendo por Magisterio Ordinario el Magisterio Universal al cual se refiere el canon.

Luego queda muy claramente reflejado que hay dos grandes divisiones (clasificaciones) del Magisterio de la Iglesia: el Magisterio Ordinario Universal y el Magisterio Extraordinario, el cual a su vez se subdivide en: Magisterio Extraordinario de la Iglesia (en el Concilio Ecuménico) y Magisterio Extraordinario Pontificio del Papa solo, cuando habla ex cathedra.

Queda establecido entonces que hay tres modalidades del magisterio infalible de la Iglesia como ya habíamos visto.

Cuando se habla de la fe indefectible del Papa para confirmar a sus hermanos en la fe, se trata de la fe que confirma, de la fe infalible que puede confirmar a sus hermanos. Es la fe de Pedro en cuanto Pedro, cargo u oficio de su persona pública, no de su persona privada; oigamos al respecto el comentario de Da Silveira: «En cuanto al sentido exacto del texto de San Lucas, numerosos teólogos constatan que para el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor basta que no existan errores en los documentos infalibles. Así, concluyen que no hay razón suficiente para juzgar que la confirmación de los hermanos postule también la indefectibilidad de la fe del Papa como persona privada. He aquí como Palmieri, por ejemplo, expone este argumento: ‘...no es necesario que la fe indefectible sea en realidad distinta de la confirmación de los hermanos, basta que se distinga por la razón, pues si la predicación de la fe auténtica y solemne es infalible, puede confirmar a los hermanos, por eso, una única es la fe infalible y la que confirma; siendo infalible, goza ella también del poder de confirmar. La indefectibilidad del Pontífice en la fe fue pedida para que él confirmase a sus hermanos; luego de las palabras de Cristo, sólo se puede inferir como necesaria aquella indefectibilidad que es necesaria y suficiente para la consecución de ese fin; y tal es la infalibilidad de la predicación auténtica.’ « (Implicaciones Teológicas y Morales del Nuevo Ordo Missae, obra Mimeografiada en Sao Paulo - Brasil, Junio 1971. p. 147).
El Diccionario de Teología Católica reconoce lo mismo en el artículo «Infaillibilité du Pape» escrito por Dublanchy: «Ninguna de las pruebas invocadas en favor de la infalibilidad pontificia demuestra el privilegio en cuestión. Los dos textos escriturarios Mat. 16,18 y Luc. 22, 32, según la argumentación precedentemente establecida y según la interpretación constante de los teólogos, prueban únicamente la infalibilidad del Papa enseñando como pastor y doctor de la Iglesia entera, eso que los fieles están obligados a creer o admitir. Igualmente esto es todo lo que prueba, según nuestra exposición, el testimonio de la tradición católica.» (D.T.C. col 1717).

Entonces, nadie puede pretender basarse en la fe indefectible del Papa para confirmar a sus hermanos en la fe, según el texto de San Lucas 22, 22, para probar teológicamente la infalibilidad del Papa fuera del contexto preciso y definido de su magisterio ex cathedra.

Salaverri en su tratado De Ecclesia Christi dice lo mismo: «In virtute orationis suae, Christus promittit soli Petro indefectibilitatem in fide, ad hoc ut Petrus confirmet frates suos. Atqui talis promissio: a) est absoluta et eficax; b) importat infallibilitatem; c) fit Petro ut supremo Ecclesiae Capiti. Ergo apud Lc 22, 31s, Christus promittit supremo Ecclesiae Capitit infabillbilitatem.» (Sacrae Theologiae Summa vol 1. ed. B.A.C. Madrid 1962 p. 689).

Aclarando además: «Importat infallibilitatem, quia absoluta indefectibilitas in fide, et simpliciter efficax ad confirmados fratres virtus intelligi nequeunt nisi supposita infallibilitate.» (Ibid. p. 689).

Así también se lee en el Denzinger que la fe indefectible es la misma fe infalible que confirma únicamente cuando habla ex cathedra, pues poco antes de la definición de la infalibilidad del Romano Pontífice dice: «no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe. (...) esta sede de Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro Divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por tí, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc. 22, 32). Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos...» (Dz. n° 1836 - 1837).

Luego la fe indefectible del Papa, es la fe en el ejercicio de su cátedra enseñando (confirmando) la fe de modo infalible es decir cuando habla ex cathedra.

Todo lo demás son pías suposiciones que no son pruebas teológicas. De las pías suposiciones debemos recordar lo que tantas veces se dice sobre las buenas intenciones: que de pias intenciones está lleno el infierno. La teología es una ciencia divina, su fundamento es la fe, no bastan intenciones pías; para afirmar o negar, requiere de argumentos, de lo contrario dejaría de ser ciencia de Dios.

Por lo expuesto, resulta teológicamente infundando afirmar como lo hace el P. Barbará: «que la enseñanza del Papa, en su función de Papa, es igualmente infalible como lo es la Iglesia, cualquiera que sea el modo, ordinario o extraordinario» (Ibid. p. 206). Una afirmación como esta, corresponde a un error teológico, pues identifica totalmente el ejercicio de la infalibilidad de la Iglesia, de toda la Iglesia en pleno, es decir, todos los Obispos del mundo incluyendo al Obispo de Roma, por supuesto, (unánimemente concordes), con el ejercicio de la infalibilidad del Papa solo, unilateralmente. Resulta evidente además que si la Iglesia es infalible con un doble modo o ejercicio de infalibilidad, el Papa solo, sin tener en cuenta para nada los obispos del mundo entero para ejercer la misma infalibilidad de la Iglesia, debe efectuar un acto solemne o extraordinario de magisterio, pues un acto ordinario no bastaría ya que debería en tal caso ser un acto del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia (todos los Obispos) y no del Papa solo.

El Papa solo no puede realizar un acto del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia, pues este, por definición, exige el concurso de todos los Obispos unánimemente concordes, y no el acto de un solo obispo, aunque sea el Obispo de Roma.

Es por eso que la definición de la infalibilidad del Papa habla de ex cathedra, es decir, de un acto extraordinario o solemne del Papa solo, para que sea infalible.

Un acto del Papa solo, no puede abarcar (ser) la Iglesia Universal si está desprovisto del carácter extraordinario o solemne, no existe un acto del Papa solo, (sin los otros obispos) que sea Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia, pues el Papa no es la Iglesia sino parte de la Iglesia: su cabeza visible. El hecho que se llame universal exige a todos los obispos y no a uno solo, aunque sea el Obispo de Roma.


Como consecuencia de su error el P. Barbará habla de una obediencia absoluta al Papa como si fuera Dios en persona. Una obediencia absoluta solo se tributa a Dios, al Ser Absoluto, jamás a una criatura, por muy representante que sea de Dios, porque aunque el Papa sea el Vicario de Cristo en la tierra, no es Dios, ni es un representante absoluto (aunque si supremo) de Dios, solo Dios es Absoluto, todo lo demás por muy sublime que sea, está condicionado a ciertos límites o restricciones. Además, la obediencia como virtud moral que es, no es absoluta, como si pueden serlo las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, pues tienen a Dios mismo, por objeto, que es Absoluto.

Se podría hablar de obediencia absoluta al Papa cuando está en relación directa con la Fe, con la garantía de la infalibilidad. Obediencia absoluta no en si misma, sino por tratarse de la Fe infaliblemente expuesta. La Fe que tiene a Dios por autor.

Si el P. Barbará no hace ninguna distinción al predicar una obediencia absoluta al Papa, las afirmaciones de algunos santos serían un error evidente y manifiesto.

Por ejemplo, San Roberto Belarmino al decir: «...así como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, así también es lícito resistir al que agrede las almas, o que perturba el orden civil, o sobre todo a aquel que tratase de destruir a la Iglesia. Digo que es lícito resistirle no haciendo lo que manda e impidiendo la ejecución de su voluntad,...» (Da Silveira Op. Cit. p. 213).

El futuro Calixto II, Guido arzobispo de Vienne y legado de la Santa Sede para convocar el Concilio de Vienne (Francia) en 1112, junto con otros Obispos, entre ellos San Hugo de Grénoble y San Godofredo de Amiens, escribieron al Papa Pascual II la siguiente carta que entre otras cosas dice: «...pero si tomáis otro camino, cosa que de ninguna manera creemos, seríais vos, Dios nos libre, quien nos alejaríais de vuestra obediencia.» Rohrbacher Histoire Universelle de l’Eglise Catholique, 1903 T, VIII p. 38.

Basten estos ejemplos para rechazar la absurda y antihistórica afirmación del P. Barbará, respecto a la obediencia absoluta al Papa sin más.

La cita que el P. Barbará hace (p. 208) de Bonifacio VIII, quien dice: «Ahora bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo decimos, definimos y pronunciamos como toda necesidad de salvación para toda humana criatura» (Dz. 469) es lógico y evidente para el católico, pues quien la niegue, está negando el Primado de Pedro, está negando el Papado. Pero esta cita en nada afecta lo dicho, pues una cosa es que se debe sumisión al Papa, cosa que ningún católico puede negar sin dejar de ser cismático y herético, y otra es hablar de una obediencia absoluta al Papa en contra de la prudencia, de la fe y de la moral.

El P. Barbará no deja de esgrimir el mismo argumento sin distinguirlo: «Porque, cuando se trata del Vicario de Cristo, infalible para todo lo que concierne a lo que hay que creer y practicar, la fe nos asegura que no puede jamás, en su dominio, ordenar el pecado» (Ibid. p. 211). Esto es cierto cuando el Papa habla ex cathedra, cuando ejerce la infalibilidad en su dominio, tal como ha sido definido. Pero extender el dominio infalible del Papa más allá de lo expresa y formalmente definido, es quitar los límites (condiciones) inherentes a la infalibilidad Pontifical. Este es el error del P. Barbará.

Tal error lleva al P. Barbará a confundir entre obediencia al Papa y obediencia al Magisterio infalible de la Iglesia, todo es para él lo mismo sin ningún matiz, sin ninguna distinción, así trae la cita de San Pío X quien dice: «El primero y más grande criterio de la fe, la regla suprema e inquebrantable de la ortodoxia, es la obediencia al magisterio siempre vivo e infalible de la Iglesia establecido por Cristo, la columna y el sostén de la verdad» (Ibid p. 213).

Además el P. Barbará confunde paladinamente entre obediencia al Papa en general y obediencia al Magisterio Infalible del Papa cuando habla ex cathedra, lo cual se identifica con la obediencia al Magisterio Infalible de la Iglesia. Todo esto demuestra una idea obsesiva que es además errónea teológicamente.

Hay afirmaciones que deben precisarse para no engendrar confusión y caer en el error, por ejemplo cuando el P. Barbará declara: «Porque, cuando se trata del Vicario de Cristo, infalible para todo lo que concierne a lo que hay que creer y practicar, la fe nos asegura que no se puede jamás, en su dominio, ordenar el pecado» (Ibid p. 211).

Esto es verdad cuando el Papa habla ex cathedra, pero nada más. La fe nos asegura y afirma que el Papa es infalible en su dominio cuando habla ex cathedra, pero no afirma que es infalible en su dominio cuando no habla ex cathedra, como pretende a toda costa el P. Barbará, alegando la infabilidad para el Magisterio Ordinario del Papa, que no es ex cathedra

Además el P. Barbará sostiene que para resistir al Papa (o a cualquier superior) es necesario que el Papa (o ese superior), o bien no esté en su dominio, o que ordene el pecado, de lo contrario no se puede resistir o desobedecer (cf. Ibid. p. 210).

Una vez más hay que decir que el Papa es en su dominio infalible cuando habla ex cathedra, si no reúne las condiciones para hablar ex cathedra, no es infalible por más que esté en su dominio. A menos que por dominio del Papa se entienda exclusivamente cuando habla ex cathedra.

Otra de las afirmaciones que hay que sopesar es la siguiente: «Lo que siempre y en todas partes ha sido recibido por todos en la Iglesia de Cristo, quiere decir que el Papa reinante es la regla próxima y viviente de la fe» (Ibid. p. 174).

Afirmar que el Papa es la regla próxima y viviente de la fe, requiere o supone que se esté hablando del Papa cuando habla ex cathedra, de lo contrario el Papa solo, no podría ser regla (infalible) de la fe, pues no sería infalible.

Además el viejo adagio «Ubi Petrus ibi ecclesia» (donde está Pedro está la Iglesia) es válido siempre que el Papa se comporte como tal; es el mismo Cardenal Journet quien dice siguiendo al Cardenal Cayetano: «En cuanto al axioma ‘dónde está el Papa está la Iglesia’, vale cuando el Papa se comporta como Papa y Jefe de la Iglesia; en caso contrario ni la Iglesia está en él ni él en la Iglesia». (Da silveira, Implicaciones teológicas y Morales del Nuevo Ordo Missae, trabajo Mimeografiado en San Pablo, Brasil 1971, p. 185).


Teológicamente no podemos estar de acuerdo con los principios sobre los cuales el P. Barbará basa su Sedevacantismo. Son los mismos principios de los papistas. Él mismo en una entrevista en Madrid se confesó papista. El criterio es ser católico, apoyándonos en el Magisterio de la Iglesia y en la sana teología sublimemente expuesta y condensada por el Doctor Común de la Iglesia Católica, el Angélico Doctor, Santo Tomás de Aquino.
La cuestión teológica de la Sede Vacante es un problema que se plantea hoy más que nunca. El tema debe ser tratado teológica y doctrinalmente, como corresponde ser tratada toda cuestión teológica en la Iglesia.

No se puede tener la actitud del avestruz de esconder la cabeza para no ver, ni cerrar los ojos por miedo a la verdad. Debe rechazarse toda posición que al no enfrentar y asumir con inteligencia y sabiduría un asunto delicado, genera una gran confusión y crea un tabú que oculta la verdad e induce al error.

Hay que decirlo con toda firmeza y verdad. El Pontificado de Juan Pablo II (aunque no sea el único) plantea un grave interrogante como cabeza visible de la Iglesia, como Vicario de Cristo, que no se puede ocultar, eludir o esquivar.

Desde el punto de vista católico, es incompatible (repugna en los términos) que un Papa sea tal y que al mismo tiempo sea el principal destructor o demoledor de la Iglesia de la cual es cabeza.

Un Papa no puede ir de modo continuo y permanente contra el Bien Común de la Iglesia. No puede ir de modo habitual contra la Tradición (infalible) de la Iglesia. No puede ir contra la Doctrina, el Culto y la Moral. No puede, en definitiva, destruir la Fe Católica.

Tales obras y acciones son más bien de un antipapa que de un verdadero Papa. Conste que ha habido en la historia de la Iglesia más de 40 antipapas.

Teológicamente es posible que un «Papa», no lo haya sido nunca o que haya podido dejar de serlo. El Cisma, la Herejía y la Apostasía son causas que pueden explicarlo.

Personalmente hice un trabajo (tengo que decirlo por honestidad intelectual) sobre el tema, titulado: «Consideración Teológica sobre la Sede Vacante!» (en 1994) y en vez de haber sido refutado o aprobado fue estigmatizado y confinado en el archivo del silencio.

No se quiere hablar del tema como corresponde entre los que dicen que sirven y aman la verdad.
La Iglesia es esencialmente doctrinal y teológica y ante un problema teológico siempre hubo estudio y debate, la famosa «disputatio» de los medievales, y del Angélico.

Pero hoy el mundo se debate por todo, menos por Dios y la verdad.

Es para mí muy triste tener que decir estas cosas, pero sería más triste aún si dejara de decirlas, convencido y persuadido de que son así.

La verdad nos hará libres, dijo Nuestro Señor Jesucristo, luego toda libertad que no se funde en la verdad es falsa.

La verdad nos libera del error, de la ignorancia, del miedo, disipa las tinieblas, nos da luz y nos hace ser hijos de Dios, por eso Jesucristo dijo: «Yo soy la verdad, el camino y la vida».

Luego que el hombre no venga con su pequeñez y mediocridad a querer impedir el conocimiento de la verdad, por miedo, ignorancia o cobardía.

Si hay una cuestión que teológicamente se plantea, hay que abordarla con caridad y sabiduría, lo demás es cerrar los ojos a la verdad.


Para disipar cualquier duda o confusión acerca del Magisterio Infalible de la Iglesia nos remitiremos a lo expuesto por Salaverri en su tratado De Ecclesia Christi en el volumen I de Sacrae Theologiae Summa Ed. B.A.C. Madrid, 1962.

«Thesis: Christus Dominus instituit in Apostolis Magisterium: authenticum, perpetuo duraturum et infallibile» (Ibid p. 654).

Magisterium authecticum (ab á 9 íô á = auctoritas) est munus tradendi doctrinam a legitima autoritate institutum. (...) Magisterium, authenticum stricte dictum est illud quod talem se ipso vim habet ad doctrinam imponendam,...» (Ibid. p. 655).
«Magisterium infallibile es illud quod summum auctoritatis gradum obtinet. Infallibilitas enim est, ingenere, immunitas ab errore, quae disntingui solet duplex: a) Infabillibilitas facti, seu mera inerrantia, est simplex factum immunitatis ab errore; b) Infabillibitas iuris est impossibilitas errandi,...» (Ibid. p. 655).

«Magisterium dividi tandem solet in scriptum et vivum. (...) Vivum dicitur magisterium quod vitalibus et consciis hominum actibus exercetur, sive ope utatur magister dividi ultra potest in traditionale et non traditionale seu inventivum. (...) Traditionale vero est magisterium quod obiective clausum veritatum depositum custodire, declarare, explicare et tueri tatummodo debet.» (Ibid p. 656)

«Episcopi, Apostolorum successores, infallibiles sunt, quando concordes sub Romano Pontifice doctrinam definitive tenendam fidelibus imponunt, sive in Concilio sive extra Concilium.» (Ibid. p. 665).

«Modus exercendi magisterium alius est extraordinarius alius vero ordinarius. Extraordinarius est modus quo magisterium excercent Episcopi coadunati in Concilio sub Romano Pontifice. Ordinarius vero modus est quo Episcopi, in communione cum Romano Pontifice perseverantes, magisterium exercent per orbem dispersi in suis Diocesibus.» (Ibid. p. 666).

«Modi igitur exercendi Magisterium oecumenicum ordinarius, seu extra Concilium, et extraordinarius, seu in Concilio, essentialiter conveniunt in eo, quod uterque est actus universae Ecclesiae docentis sub Romano Pontifice;...» (Ibid. p. 667).

«In condicionibus, quas assignat thesis, Episcopi docent a) ut collegium, quia concordes sub Romano Pontifice, b) summo autoritatis doctrinalis gradu, quia definitive docent, c) obligatione imposibilita sub salutis discrimine, quia doctrinam omnino tenendam imponunt, d) universum fidelium gregem, quia Episcopi omnes residentiales sunt qui docent.» (Ibid. p. 670).

P. BASILIO MERAMO
SANTA FE DE BOGOTA, ABRIL 7 DE 1996
Fiesta de Pascua
2da Impresión, Diciembre de 2.000 Santa Fe de Bogotá

lunes, 30 de marzo de 2009

Carta Abierta a Monseñor de Galarreta que sofísticamente nos quiere hacer claudicar

Estimado Monseñor de Galarreta:

Su sermón en el Seminario de La Reja del 15 de marzo de 2009, me obliga a tener que darle una respuesta, máxime por el tema que usted aborda con el objetivo de dar una explicación y justificación a los fieles apelando a la inteligencia y a la capacidad de saber distinguir y reflexionar, con el fin de proporcionar una explicación congruente y veraz llevando el agua a su molino.

En nombre de la verdad y de la inteligencia que usted mismo invoca, aquí va mi reflexión para desenmascarar su sutil sofisma que no es más que una claudicación.

Si en España se dice que cuando se señale la luna el tonto se queda mirando el dedo, ejemplo al cual usted alude, ¿quién es pues el tonto? Porque Roma modernista nos está señalando la luna; está diciendo claramente que la Misa Nueva es tan legítima, buena y valedera (o más) pues para ellos, es el rito ordinario (principal), mientras que la Misa Tridentina que es el rito extraordinario (el ocasional) y hay que aceptarlos (a ambos) como expresiones genuinas, validas y legítimas del culto de la Iglesia.

Pero los Superiores y los Obispos de la Fraternidad se quedan mirando el dedo, pues dicen: Roma reconoció (al fin) que la Misa Tridentina nunca fue abrogada, que ahora la Misa Tridentina puede libremente ser dicha por cualquier sacerdote, que los fieles pueden ahora venir a la Fraternidad sin obstáculos, que se nos abren las puertas para un mejor apostolado, etc.

Roma Modernista señala la luna diciendo claramente en el decreto del 21 de enero de 2009 por boca del Cardenal Re, que se remitió la censura de excomunión a los cuatro obispos que volvían a solicitar el levantamiento de la excomunión al «magnánimo, paternal, valiente» (y casi tradicionalista) Benedicto XVI, (ante el cual, la sonrisa de Monseñor Fellay lo dice todo cuando está frente a él, como se puede ver en algunas fotografías que delatan el acuerdo) quien
directamente señala la luna diciendo: «La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro obispos al retorno.» Que fue «un gesto discreto de misericordia hacia los cuatro obispos ordenados válidamente pero no legítimamente» y por lo tanto queda claro que «hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia.» El dedo de Roma apóstata y de Benedicto XVI hereje y modernista consumado en la gnosis-cabalística que domina el pensamiento germánico Kant-Fichte-Hegel, señala la luna y usted se queda paladina y estultamente mirando el dedo; pretendiendo con su sofística apología hacernos también mirar el dedo. Para colmo y remate todo esto lo dice como el nuevo director o responsable del seminario que por obra y gracia de su intervención lúcida e inteligente con visos de firmeza viril convertirá en semiasnario, si nos atenemos al lenguaje del venerable y genial Padre Castellani, que por cierto, mucho no se lo aprecia y quiere en dicho seminario.

Los Superiores y Obispos de la Fraternidad se quedan mirando el dedo: no hemos pedido el levantamiento (remisión) de las excomuniones sino el levantamiento del decreto que declaraba las excomuniones (distinción que es antijurídica e ilógica pues hay reciprocidad causal), para reafirmar que están agradecidos por ello, pues ya no estamos estigmatizados infamemente con las excomuniones, la Tradición que representamos no está excomulgada, etc.

Roma señala la luna: no tienen posición canónica, ni tienen ministerio legítimo alguno en la Iglesia, mientras que los Superiores miran el dedo: no estamos excomulgados, la gente puede venir a los prioratos y capillas, podemos hacer más apostolado sin estar estigmatizados, ser mal visto, se nos abrirán las puertas, etc.

Roma señala la luna: No hay plena comunión (admisión en la Iglesia) hasta que acepten el Concilio y el magisterio postconciliar de los Papas y es lo que vamos a discutir doctrinalmente. Los Superiores miran el dedo: vamos a Roma, allí donde debe y puede resolverse la crisis, estamos dispuestos a una confrontación doctrinal con Roma.

Y peor que quedarse mirando el dedo, es chupárselo y que le sepa a luna de miel, y que todos hagan lo mismo como mansos corderos, sumisos, dóciles, y obedientes, ante la impostura, la mentira y el error que clama al cielo.

¡Qué ironía parece todo esto! pues usted invoca y convoca la inteligencia (el intus legere o leer dentro, captar la esencia o substancia de las cosas) y se queda mirando el dedo, y pretende hacer que nos quedemos como tontos mirando el dedo con su explicación, cuando Roma nos señala la luna.

Discúlpeme estimado Monseñor pero todo conduce a pensar que además de mirar el dedo y de hacernos mirar el dedo cuando Roma modernista, neoprotestante y apóstata nos señala la luna, usted pretende como dicen por aquí en México darnos atole con el dedo, o si gusta más a la española que nos chupemos el dedo con sabor a caramelo, cuando Roma anticristo (expresión de Monseñor Lefebvre) nos señala la luna, y el tonto se queda mirando el dedo.

Creo que no es hora de tanto chupete, que miremos la luna, sin perder el equilibrio mental y que de otra parte no haga tanto alarde de virilidad y firmeza de las que manifiestamente carece en esta lucha titánica y batalla final entre la Revolución Anticristiana y la Tradición Católica, la última batalla de la que Sor Lucía habló.

Ahora entiendo porqué me dijo el año pasado aquí, en el Priorato de Orizaba y en presencia de mi vicario, con ocasión de su visita a México para las confirmaciones que «no entendía por qué no me iba de la Fraternidad, pensando como pienso, pues al no estar de acuerdo lo mejor es irse en silencio.» A lo cual le respondí: ¿por qué no se van los otros? (pensando en los traidores y en usted mismo). Además, si me echan, mi partida jamás sería en silencio, pues lo que se quiere es precisamente silenciar a cualquiera que ose oponerse a toda esta claudicación de una nueva Fraternidad, reciclada, reintegrada con la Nueva Iglesia Postconciliar, con la Antiiglesia.

Por esto Monseñor Lefebvre hablaba de Roma Anticristo, de Nueva Iglesia, y advertía de no confundir la Iglesia Oficial con la Iglesia Visible: «¿Dónde está la Iglesia visible? La Iglesia visible por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica. Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están más en la Iglesia oficial (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial) o en nosotros, lo que representamos, en lo que somos? Queda claro que somos nosotros que conservamos la unidad de la fe que desapareció de la Iglesia oficial. (…) ¿La apostolicidad? Rompieron con el pasado. Si hicieron algo, es bien éso. No quieren saber más del pasado antes del Concilio Vaticano II. (…) Todo eso pone de manifiesto que somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible. Si hay una visibilidad en la Iglesia hoy es gracias a ustedes. Estas señales no se encuentran ya en los otros. (…) No somos nosotros, sino los modernistas los que salen de la Iglesia. En cuanto a decir “salir de la Iglesia Visible”, es equivocarse asimilando Iglesia oficial a la Iglesia visible, (…) ¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!, obviamente.» (Conferencia de Monseñor Lefebvre en Ecône
el 9 de septiembre de 1988, Fideliter n°. 66, noviembre-diciembre 1988). «Son cosas que son fáciles de decir. Ponerse dentro de la Iglesia ¿qué es lo que eso quiere decir? Y en primer lugar, ¿de qué Iglesia se habla? Sí es de la Iglesia conciliar, sería necesario que nosotros, quienes luchamos contra ellos durante veinte años, porque queremos la Iglesia Católica, volviésemos a entrar en esa Iglesia conciliar para supuestamente volverla católica. ¡Es una ilusión total!
(…) Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible en relación a la Iglesia conciliar y en oposición con Iglesia Católica, que nosotros intentamos representar y seguir. (…) Somos nosotros los que tenemos las notas de la Iglesia visible, la unidad, la catolicidad, la apostolicidad, la santidad. Eso es lo que constituye la Iglesia visible. (…) Obviamente estamos en contra de la Iglesia conciliar, que es prácticamente cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica, es una Iglesia virtualmente excomulgada, porque es una Iglesia modernista.»
(Entrevista con Monseñor Lefebvre un año después de las consagraciones episcopales, Fideliter n°. 70, julio-agosto 1989).

Discúlpeme la franqueza pero es la hora de la verdad y únicamente de la verdad, en medio de las tinieblas y confusión que todo hoy invaden y que cual golpe maestro del maligno, se gesta con todo esto el reciclar (amalgamar) la Fraternidad Sacerdotal San Pío X con la Roma conciliar y la Antiiglesia.

Que Dios lo ilumine y fortalezca en la verdad que es lo único que nos hace verdaderamente libres.

Basilio Méramo Pbro.
Orizaba, 29 de marzo de 2009
Primer Domingo de Pasión

Roma Católica y Roma Pagana

La Roma pagana imperial y señora del universo logró su apogeo y hegemonía universal gracias a su política ecuménica al tener lazos religiosos con todas las divinidades y cultos más importantes del mundo antiguo, que eran el único vínculo entre los antiguos pueblos. No había otros lazos que los religiosos y Roma se aprovecha de esto para su expansión y gloria, es la primera en hacer de la religión, del vínculo religioso un factor (el principal) para el dominio político, por curioso y extraño que nos parezca hoy, pero que era normal según la mentalidad del hombre antiguo.
Baste sólo recordar que en las guerras eran invocados los dioses, los oráculos, etc. El mundo pagano era religioso por asombroso que nos parezca. El pagano no es un ateo, de aquí el culto tan prolífico en divinidades, que intervenían en toda la vida de la sociedad pagana de la antigüedad.

Por esto decía el gran historiador Fustel de Coulanges: «Uno de los rasgos notables de la política de Roma consistía en atraer hacia sí todos los cultos de las ciudades vecinas, se preocupaba tanto de conquistar a los dioses como a las ciudades» (La Ciudad Antigua, Ed. Porrúa, México 1989, p. 270). La táctica de Roma es muy importante tenerla en cuenta pues esto le permitió fundar el imperio más poderoso en toda la historia de la humanidad.

Roma como dice Fustel: «era la única que se servía de la religión para su engrandecimiento. Mientras que la religión aislaba a las otras ciudades, Roma tuvo la habilidad o la buena fortuna de emplearla para absorberlo todo y todo dominarlo» (p. 271). El ecumenismo de Roma pagana la llevó a forjar el imperio más grande del mundo: «Pues era costumbre de Roma –dice un antiguo- el introducir en ella las religión de las ciudades vencidas.» (Ibidem, p. 270). «Quería poseer más cultos y más dioses titulares que cualquier otra ciudad». (Ibidem, p. 270). «Por otra parte, como
la mayoría de esos cultos y dioses se tomaba a los vencidos, Roma estaba en comunión religiosa, por medio de ellos, con todos los pueblos». (Ibidem, p. 270). Aquí se ve con claridad la política y el genio romano que le permitió ser el mayor imperio del universo gracias a la modalidad religiosa ecuménica, y de su espíritu ecuménico.

Esto es importantísimo considerarlo y retenerlo pues la Roma católica al perder la fe que la llevó al apogeo espiritual universal, como lo expresó San León Magno: « Roma maestra del error se hizo discípula de la verdad» (Maitines, Lectura IV, 29 de junio Fiesta de San Pedro y San Pablo), y por un misterio de profunda iniquidad hoy cae en su ancestral barbarie pero sin perder su característica de la cual se valió para forjar su imperio universal, que será la gloria del Anticristo-Pseudoprofeta para propagar su falsa paz ecuménica religiosa, como está anunciado en las
Escrituras.

Para poder entender y ver esto es necesario recordar lo que ya decía el Papa San León: «Esta ciudad ignorando al autor de su elevación, mientras dominaba por sobre casi todas las naciones, servía los errores de todas ellas, y por eso creía tener una gran religión puesto que no había rechazado ningún error. » (Ibidem, Maitines, Lectura VI). Roma pagana así, reputábase grande cual Babilonia asumiendo toda religión, pues no rechazaba ninguna.

El Panteón representaba bien este espíritu ecuménico de Roma pagana, reuniendo en un magnífico e inmenso templo todas las religiones más importantes, cada una con su altar. Y retornará a esto cuando deje de imperar la verdad como luz del mundo y de su Iglesia.

Roma modernista y Apóstata sede del Anticristo como dijo Nuestra Señora en La Salette, se caracterizará por aglutinar, cual Panteón, todas las falsas religiones en su seno, y su poder será el absorber todos los cultos no rechazando ninguno, como la Antigua Roma Pagana, poniendo en ello su grandeza y señorío; ésta será la gran obra del Pseudoprofeta (el Anticristo religioso) y la Gloria del Olivo, el triunfo de la Sinagoga de Satanás en la Iglesia, triunfo que nadie sospechaba que llegaría incluso a destruir, reabsorbiendo maquiavélicamente, la resistencia tradicionalista aglutinada alrededor de Monseñor Lefebvre, al punto de desactivar magistralmente a la Fraternidad por él fundada, con un «abrazo paternal y magnánimo».

Luego ante tal situación fina y sutilmente orquestada, no queda otra cosa que seguir el consejo de San Jerónimo: «huir de la perversión judaica y refugiarnos en las montañas eternas, de lo alto de las cuales Dios hace brillar su admirable luz» al hablar de la «abominación de la desolación que se puede entender también de toda doctrina perversa. Pues si vemos el error establecerse en lugar santo, es decir en la Iglesia, y hacerse pasar por Dios, debemos huir de Judea hacia las montañas, es decir abandonar la letra que mata y la perversidad judaica y refugiarnos sobre las montañas eternales. » (Maitines, Lectura IX, Domingo XXIV y último después de Pentecostés), esto es de la Verdad Eterna, o con palabras del Apocalipsis de San Juan invitando a salir de Roma convertida en una Babilonia: «Babilonia la grande, la madre de los fornicarios y de las abominaciones de la tierra.» (Ap. 17,5); pues «Ha caído, ha caído Babilonia la grande, y ha venido a ser albergue de demonios y refugio de todo espíritu inmundo y refugio de toda ave impura y aborrecible… Salid de ella, pueblo mío, para no ser solidario de sus pecados y no participar en sus plagas.» (Ap. 18, 2 y 4).

Y nadie puede dudar cual sea esta Babilonia apocalíptica, pues San Pedro mismo lo dice cuando desde Roma envía sus saludos junto con San Marcos su discípulo: «Os saluda la (Iglesia) que está en Babilonia, partícipe de vuestra elección, y Marcos, mi hijo.» (1 Pedr. 5, 13), al igual que así lo entienden también los exégetas: «Por Babilonia se entiende Roma que constituía el centro del paganismo. La Roma pagana significaba para los cristianos el mismo peligro antes Babilonia para los judíos.» (Monseñor Straubinger, nota 13).

Esta es hoy, la astuta maniobra de la dialéctica vaticana, cual Roma pagana, que con el pretexto de los dos presupuestos falsos: el motu proprio sobre la Misa, y la remisión (levantamiento) de las excomuniones, se reabsorbe en magnífica y magistral coagulación sintética o amalgama, insertando la Tradición con su altar en el gran Panteón Universal (ecuménico) cual la Roma anticristo, tal como la designa Monseñor Lefebvre en su famosa carta del 29 de junio de 1988 a los cuatro candidatos al episcopado. Pues con el motu proprio se enmascara la escisión (ruptura)
reconociendo que la Misa Tridentina nunca fue abrogada, y la Nueva Misa es el desarrollo homogéneo (evolución homogénea y no heterogénea como pretende el modernismo) de la liturgia antigua, y ambos ritos, tanto el tradicional como el modernista, son dos expresiones válidas, legítimas y genuinas del culto romano de la Iglesia, siendo la Misa Tradicional el rito extraordinario (el ocasional) y la Misa Nueva el rito ordinario (el principal); lo cual es el culmen
genial, sutil y perverso (diabólico) de la síntesis dialéctica gnóstico cabalística que nutre el ser y el pensar del mundo moderno, y con la remisión de la censura (pena) de las excomuniones a los cuatro obispos, que así lo pidieron con muestra filial y reconocimiento de la magnánima y benigna paternidad de Benedicto XVI, desistiendo por lo mismo de su pertinacia, y como lógica y natural consecuencia, se levantan las excomuniones (exclusiva y solamente a ellos que así lo solicitaron), aunque sin embargo no están total e íntegramente aceptados pues siguen suspensos (al igual que
todos los sacerdotes de la Fraternidad), sin «posición canónica», y sin «ejercer legítimamente ministerio alguno en la Iglesia» (Carta de Benedicto XVI a los Obispos de la Iglesia del 10 de marzo de 2009), hasta tanto se limen (superen) las asperezas y reticencias aceptando el Concilio Vaticano II, aunque esto será gradual y paulatinamente mediante el diálogo doctrinal que al fin y al cabo dará el deseado resultado que espera pacientemente Roma modernista y apóstata, tal como lo afirma Benedicto XVI en la carta ya citada: «Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas».

Así se llega incluso a hablar reconociendo, como lo hace Monseñor Fellay, que la situación de la Fraternidad si se mira según el derecho de la Iglesia es imperfecta, o también cuando se refiere a las necesarias conversaciones (diálogo) referentes al Concilio Vaticano II y sus novedades (Carta del 24 de marzo de 2009), del cual acepta el 95% (Entrevista a Monseñor Fellay publicada en Dici n°. 8). Ante todo lo cual se olvida la espantosa advertencia de Nuestra Señora de La Salette cuando afirma que: «Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo», quedando con esto la
Iglesia totalmente eclipsada, como luz del mundo, ya que ha acontecido el eclipse del sol cual fue el significado de la divisa, de San Malaquías, del anterior pontificado «De Labore Solis» bajo Juan Pablo II, y ahora tenemos el triunfo de la Sinagoga de Satanás en la Iglesia, con la divisa del actual pontificado de Benedicto XVI «De Gloria Olivae».

Este es el famoso misterio de Roma que «de maestra del error se convirtió en discípula de la verdad» como señala el papa San León Magno (Ibidem, Maitines, Lectura VI), pero que por su apostasía como señala Nuestra Señora en La Salette retornará, evidentemente, al error del que fuera antaño liberada. Este es el misterio de la Gran Ramera escarlata, cabalgando sobre la bestia, el Anticristo, que estremeció al puro y virginal San Juan Evangelista, el discípulo más amado, y por esto el apóstol San Judas en su epístola (17, 21) advertía: «Vosotros empero, carísimos, acordaos de lo que ha sido preanunciado por los apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo que os decían: en los últimos tiempos vendrán impostores que se conducirán según sus impías pasiones, éstos son los que disocian, hombres naturales, que no tienen el Espíritu. Vosotros, empero, carísimos, edificandoos sobre el fundamento de la santísima fe vuestra, orando en el Espíritu Santo, permaneced en el amor de Dios, esperando la misericordia de Nuestro Señor
Jesucristo, para la vida eterna.»

Basilio Méramo Pbro.
Orizaba, 25 de marzo de 2009
Fiesta de la Anunciación

viernes, 20 de marzo de 2009

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA 25 de marzo de 2001

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este cuarto domingo de Cuaresma, el Introito, que comienza con el Laetáre, "alégrate", permite en razón de su liturgia las flores en el altar y los ornamentos rosados si los hubiere, como una mitigación del espíritu riguroso de la Cuaresma: el ayuno, la abstinencia, el sacrificio. Es como un refrigerio litúrgico, espiritual, invitación a cierta alegría antes del paso final hacia la Pasión y Muerte de Nuestro Señor; eso quiere decir Laetáre.

El Evangelio nos presenta en este domingo la multiplicación de los panes, cómo Nuestro Señor se retira a la soledad y la muchedumbre le sigue con curiosidad para ver qué va a hacer ese hombre admirado por sus obras y milagros. Se retira tanto al principio como al final para hablar con Dios porque la verdadera espiritualidad está en el retiro, en la soledad, porque los hombres somos bulla, ruido, inquietud y Dios no está en el ruido, sino en la soledad, en la calma, en la paz. Buscar esa soledad para estar con Dios, porque los hombres no hacemos sino desparramar, hablar, por lo que nos perdemos en el mundanal ruido, como bien lo decía en verso el poeta Fray Luis de León: "¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!".

Esa añoranza por la soledad en compañía de Dios, la soledad que el hombre de hoy no quiere, no soporta, no entiende; el hombre moderno tiene miedo a la soledad porque tiene miedo de sí mismo, al no tener a Dios encuentra el vacío de su existencia y trata de compensarla con el vicio, el juego, el alcohol, la prostitución, la diversión o lo que fuere, hasta la misma televisión. Por eso la gente ve tanta televisión, por el vacío interior, porque si estuviéramos verdaderamente llenos de Dios, la televisión nos molestaría, nos fastidiaría, sería un martirio, un suplicio y ese debe ser el termómetro para marcar nuestro grado de espiritualidad y por ende de nuestra unión verdadera con Dios.

De qué nos sirve tener la gracia santificante, que es una participación de la naturaleza divina de Dios, si no la vamos a dejar florecer en nuestra alma, marchitándola, reduciéndola a su mínima expresión, hasta que la perdemos por culpa de la televisión. Eso nos debe hacer reflexionar; no seamos tan vacíos, tan vacuos, tratemos de llenamos de Dios y guardarlo en nuestra alma; para eso comulgamos, para eso recibimos los sacramentos, para vivir de la gracia y no para vivir del mundo ni de las cosas del mundo ni de la televisión.

La muchedumbre sigue a Nuestro Señor en la soledad y después de tres días aquella gente se encuentra en medio del campo, sin nada quE comer. Pero Nuestro Señor, que es delicado, pregunta a sus discípulos qué hay para comer. Sus discípulos responden que ni doscientos denarios servirían para dar medio bocado a cada uno; entonces recurre a los cinco panes y a dos peces que tenía por allí un muchacho y hace acomodar a la multitud, cinco mil hombres, como algunos Padres dicen, sin contar las mujeres ni los niños, y bendice esos panes y esos peces y comienza a repartirlos en signo de humildad con la ayuda de sus apóstoles.

Así, todo el mundo come y se sacia y no solamente se sacia, sino que sobran doce canastos que Nuestro Señor hace recoger. ¡Qué signo de hombre pobre, recoger lo que sobra! Santo Tomás dice que también lo hizo para que vieran que no se trataba de una fantasía, una fantasmagoría, sino que el milagro hecho era una realidad la multiplicación de los panes y de los peces; les acentúa sobre los panes, porque eso nos recuerda el pan de vida, la Eucaristía.

Cómo Nuestro Señor multiplica su cuerpo, que es nuestro pan celestial, y lo multiplica en esa
forma milagrosa, estando allí presente. Este milagro, es una prefiguración del milagro Eucarístico, la multiplicación del cuerpo de Nuestro Señor en la Eucaristía, que es el centro
de los sacramentos; porque los otros sacramentos dan la gracia, pero este sacramento es la
misma gracia, es Nuestro Señor en persona, con su sustancia, y que a veces lo olvidamos.

Esa Eucaristía es la Santa Misa, porque la comunión es la consecuencia, es la participación en esa Eucaristía, en esa multiplicación del cuerpo de Nuestro Señor, junto con su sangre, alma y divinidad, no lo olvidemos. De ahí lo necesario de la verdadera Santa Misa, que garantiza esa multiplicación, porque la nueva deja muchas dudas y es más, teológicamente, aunque no lo digan otros sacerdotes, yo lo puedo decir basado en la opinión de Santo Tomás de Aquino a la cual me remito: que la nueva misa, por la adulteración en la fórmula de la consagración del vino, es inválida, y aquel que crea saber más que Santo Tomás de Aquino, que venga y lo refute. Porque las cosas hay que decirlas tales como son, y allá que digan lo que quieran; pero basado en Santo Tomás de Aquino, la nueva misa es inválida por la adulteración de la fórmula consagratoria del vino y si no, estudien, porque los fieles también deben estudiar; la Teología no es atributo únicamente del clero, como erróneamente creen algunos curas clericales, que quieren absorber toda ciencia.

La Teología es para todo aquel que es capaz y tiene la fe; y todos, en cierto modo, somos capaces, aunque en diverso sentido, porque hasta el catecismo es una Teología, muy incipiente, muy rudimentaria, pero es Teología; así que los fieles que tienen capacidad, deben estudiar.

La importancia de la Santa Misa es pues la multiplicación del cuerpo de Nuestro Señor. Y por eso este milagro que El repite en dos ocasiones, nos prefigura esa Eucaristía, esa multiplicación, para darse como pan de vida, pan celestial para ser comido; pero en vez nosotros asimilar ese pan a nuestra sustancia, se produce lo inverso, es para que El, recibido, nos transforme en El mismo. La comunión nos debe llevar a la transformación de nuestro ser, de nuestra alma, a semejanza del Ser Divino y del alma de Nuestro Señor; esa alma que tiene existencia humana, pero que está sostenida en el Ser Divino y no es como creen muchos por la falta de filosofía; niegan la existencia del alma de Nuestro Señor, por no distinguir entre el ser y la existencia, pero eso es ya una lección de filosofía.

Sin embargo, la existencia se ve por la realidad histórica, existencia humana pero con Ser Divino. Ese es el misterio de Nuestro Señor y de ese Ser Divino; El nos quiere hacer partícipes dándonos su cuerpo, su sustancia, su persona en la Sagrada Hostia consagrada en la Santa Misa, porque de la nueva no hay garantía alguna.

Dice Santo Tomás, basándose en los Santos Padres, que El tomó esos cinco panes para hacer el milagro y también para demostrar que la materia no era producto del demonio como creían los maniqueos que dividían en igualdad de prioridades el bien y el mal, el principio de lo bueno y el principio de lo malo y todo lo que era espiritual pertenecía a Dios y todo lo que era material al demonio; luego, la carne y el mundo son del demonio. Eso creían los maniqueos, gnósticos; y por esta razón Nuestro Señor se vale de esa materia sensible para demostrar que si El obraba una acción divina, Dios no iba a obrar algo con materia que fuese del demonio; refutaba así al maniqueísmo al cual perteneció San Agustín en su juventud; después se convirtió.

Pero, para que veamos cuan arraigado estuvo ese concepto, hoy palpamos las secuelas cuando escuchamos decir: tener hijos en el matrimonio es pecado; error de origen maniqueo; se oponen al matrimonio porque ven en él pecado, por no aceptar las cosas tal como las propone la Santa Madre Iglesia sin sacar cabalas de falsas filosofías, concepciones que conculcan el dogma y la fe.

Nuestro Señor mismo sin reparos se vale de esa poca materia, para mostrar que El sin necesitar de ella, pudiéndose valer de su divinidad, la utiliza. Y cuando lo vemos orar nos podemos preguntar el porqué unas veces ora para hacer los milagros como si no fuera Dios y otras veces no ora y lo hace imperativamente. Al respecto, dice Santo Tomás que justamente cuando unas veces ora, es para mostrar su humanidad y cuando no ora, es para mostrar su divinidad y así en esas dos fases muestra que El es verdadero hombre y verdadero Dios.

Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos conceda meditar todas estas cosas en provecho de nuestra vida espiritual y prepararnos mejor en esta Santa Cuaresma identificándonos con la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

BASILIO MERAMO PBRO.

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA 4 de marzo de 2001

Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

Con este domingo se inicia la Cuaresma, habiendo sido precedido por el tiempo de la Septuagésima, tiempo en el cual la Iglesia nos recuerda y nos invita a asociarnos espiritualmente y a disponer nuestras almas para la obra de la Redención llevada a cabo por Nuestro Señor Jesucristo. El tiempo de Septuagésima es un preludio que nos prepara, que nos dispone interiormente, espiritualmente, para que participemos de ella. Con la Cuaresma, cuyo nombre indica una cuarentena, cuarenta días que nos separan de la Pascua de Resurrección, la Iglesia no solamente nos invita a prepararnos espiritualmente, sino a que de un modo efectivo y práctico nos asociemos durante estos cuarenta días a la obra de la Redención de Nuestro Señor.

Esa asociación práctica quiere la Iglesia que sea a través de las obras de penitencia, ayuno, abstinencia, privaciones voluntarias, sacrificios y tribulaciones con las cuales nos asemejamos y nos identificamos con la cruz para poder asociarnos, ser socios de Nuestro Señor en su obra Redentora, para redimir del pecado a la humanidad. Esa es la idea de la Cuaresma y en eso consiste la preparación durante todo este tiempo, durante esta cuarentena. El miércoles de Ceniza es una transposición del espíritu de penitencia pública, de penitencia colectiva por los pecados graves y públicos. Durante esos cuarenta días se imponía penitencia a los pecadores públicos, para que hubiese una reparación pública y pudieran ser admitidos, después de reconciliados, el jueves Santo; el Obispo bendecía las cenizas y los instrumentos de mortificación, los cilicios, para que esas personas hicieran penitencia durante cuarenta días, con cilicio y ceniza.
Posteriormente se difundió a todos los fieles, una extensión y una transposición, porque antiguamente era sólo para los pecados y los pecadores públicos. Penitencia que tanta falta nos hace hoy, porque los pecados manifiestos hay que repararlos públicamente ya que el mal ejemplo queda en la sociedad cuando notoriamente se peca de un modo grave y escandaloso.

Hoy vemos que es todo lo contrario, el pecado público está a la orden del día proclamado en las calles, la prostitución; pues qué otra cosa son esas manifestaciones de "gays", para no decir la palabra más chocante en castellano, que valdría la pena decirla, para que nos dé asco y repugnancia.

Pero hasta allá llegamos, hasta la entronización pública del pecado y no de un pecado público grave natural, sino peor, antinatural y por eso nefando, para dar un simple ejemplo de cuan pervertida está nuestra sociedad, que ya no es una sociedad católica, sino una sociedad impía, pagana, que ha renegado de Dios.

La sociedad y el mundo constitucionalmente ya no son católicos, sino impíos y peor aún, han renegado de Cristo, de la Redención de su Creador. De ahí la gravedad, de ahí los castigos que vienen y vendrán para que se purifique este mundo y por eso en este tiempo de Cuaresma nosotros deberíamos acentuar más, por lo menos de corazón, con el espíritu, esa oposición entre el mundo de hoy y el mundo católico.

Lo que nos pide la Iglesia, el Evangelio, como otrora, cuando los pueblos se guiaban por Evangelio, que era el paradigma de las leyes, de los Estados, de los pueblos y de los reinos; eso tuvo un nombre mal denominado como Edad Media, pero que fue en realidad una edad de esplendor espiritual y de santidad, aunque hubo pecados, porque siempre habrá pecados mientras estemos en esta tierra, pero el pecado no era erigido como hoy, con derecho de
ciudadanía.

Una cosa es ser pecador y reconocerlo y otra cosa es esgrimir el pecado como una bandera a la cual se tiene derecho basándose en la libertad del hombre, en la libertad de conciencia, o en la dignidad de la persona humana. Eso ya es una subversión, es proclamar el mal impugnando el bien; hay una completa revolución y un completo trastrocamiento de todo el orden establecido por Dios y es en ese orden completamente subvertido en el que vivimos hoy y por tal motivo un verdadero católico no puede estar de acuerdo con el mundo de hoy, porque si lo está será arrollado por él, y de ahí el gran sacrificio, la gran abnegación y la gran valentía de poder permanecer fieles a Cristo en un mundo impío y apóstata. En esta santa Cuaresma, como nunca, debemos hacer sacrificios, ayunos, abstinencias, privaciones voluntarias, para poder expiar un poquito de nuestros pecados que si no los expiamos aquí los expiaremos en el purgatorio -si es que nos salvamos-; también expiar por todos esos desmanes públicos que dan escándalo y corrompen a los inocentes y los llevan al camino de la condenación.

Escuchábamos en el Evangelio de hoy la triple tentación de Nuestro Señor Jesucristo, tentación que tuvo lugar después de haber ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches, y llevado por el espíritu al desierto, a la soledad, una vez bautizado. En realidad, El no tenía ninguna necesidad de bautizarse, lo hacía para dar el ejemplo a seguir. Se va al desierto, a la soledad, para mostrarnos que después de recibir un sacramento tan grande como el bautismo no debemos de alegrarnos en las cosas del mundo, sino ir a regocijarnos en la soledad con la intimidad de Dios, ese es el desierto. No nos imaginemos que fue un desierto como el Sahara, era una montaña, una cueva en una montaña, cerca de Jericó, donde estuvo Nuestro Señor retirado y ayunando.

A los cuarenta días es tentado por el demonio, cuando retorna el hambre de una manera atroz, según dicen los sabios que antiguamente practicaban ese ayuno -práctica que ya se ha perdido-, porque ese ayuno no es que sea sobrenatural, es del todo natural y tiene su química, su técnica, que consiste en que después del tercer día cesa el hambre y el cuerpo comienza a alimentarse de sus propias reservas, pero no puede ser extendido a más de cuarenta días porque vendría la muerte. Cuarenta días es lo que aproximadamente dura vivo un glóbulo rojo, esa es la explicación de cómo naturalmente no sólo Nuestro Señor sino también Moisés y muchos en el Antiguo Testamento hicieron ese ayuno. Imitación de ese ayuno es la parodia del Ramadán de los musulmanes, que vergüenza debería darnos. Ellos, en su error, son más firmes en sus tradiciones que nosotros los católicos. Lo que ahora nos presenta la Iglesia como ayuno es muy mitigado por la misma debilidad del ser humano; entonces hagamos esos ayunos mitigados y minimizados por esa condescendencia que tiene la Iglesia con sus hijos débiles, por lo menos tratar de cumplirlo, hacer el deber ya que en ese esfuerzo espiritual Dios se complace, nos hacemos más dignos y aceptos a Dios, es como una pequeña sonrisa que le da un bebé a su madre; hagámosle ese gesto, esa pequeña sonrisa a Dios a través de esas pequeñeces, de esos sacrificios, para que seamos más aceptos a Dios.

Satanás aprovecha entonces el momento crucial para tentar a Nuestro Señor Jesucristo y El
permite la tentación para darnos un ejemplo. Él hubiera podido sacar a patadas a este sinvergüenza, pero no, aceptó el reto y la humillación, y no lo sacó a patadas, sino que lo dejó, y no solamente lo dejó sino que permitió que lo llevase volando hasta el pináculo del monte donde le mostró todo el poder del mundo.

Qué humildad la de Nuestro Señor y qué gran ejemplo quería Él darnos en esta triple tentación, que a la Iglesia y a cada uno de nosotros nos llegará el día, la Iglesia será tentada de igual modo; ¿cuál era el objeto de esa tentación?, ¿por qué Satanás quería tentar a Nuestro Señor? Hay una sola explicación, la duda infernal que tenía el demonio de saber si ese Cristo era o no era Dios; por eso le tienta, porque si él supiera que era Dios jamás lo tentaría, pavor le daría; y si supiera que era un simple hombre tampoco le hubiera tentado, era uno más del montón.

¿Por qué tenía la duda Satanás? Simplemente porque él podía conjeturar con su inteligencia angélica que era Dios, pero no podía creer que era Dios, podía conjeturar naturalmente, pero sobrenaturalmente él no podía creer, por la sencilla razón de que los demonios y las almas condenadas no tienen fe y sin la fe ni los ángeles ni los hombres ni criatura alguna puede tener la certeza de que el hombre Jesús es Dios, solamente por la fe; y si se la tiene por conjetura como la tienen los protestantes, no es fe, es conjetura natural, pero no es producto de la fe porque la fe me la da Dios a través de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, fuera de la cual no hay salvación. Ese es un dogma esencial que dicho sea de paso, es negado hoy por la jerarquía de la Iglesia.

¿Por qué negado? Negado por el ecumenismo que convalida todas las falsas religiones, en pie de igualdad, con derecho a salvación al igual que la Iglesia Católica, designio masónico judaico. Lo que la masonería y el judaísmo siempre han aborrecido ha sido que la Iglesia se proclame la única depositaría de la verdad, con absoluta exclusividad; eso no lo toleran el modernismo ni el progresismo ni la masonería judaica, ni lo tolera el liberalismo. Y de ahí el odio a la Tradición, a la Sacrosanta Tradición, de ahí el odio a la Iglesia y de ahí la grave responsabilidad de aquellos jerarcas que se asocian no a Cristo sino al Anticristo para impugnar los dogmas fundamentales de la religión Católica, Apostólica y Romana. Por eso nosotros somos los verdaderos católicos apostólicos romanos, porque guardamos la Tradición Católica, y Tradición Católica Romana con la Misa romana, con la Misa de San Pío V, que es la Misa romana, que es la Misa de los Papas de Roma; por eso el odio contra la Misa tridentina, contra la Misa llamada de San Pío V, la Misa de siempre que es la Misa romana, del rito romano y de ahí la gran persecución y el gran pecado de la jerarquía actual que se niega a reconocer eso y dicho sea de paso también, que Roma verbalmente ha negado esa condición.

La Roma actual, donde todo se permite menos ser católico, apostólico y romano íntegro y por eso la persecución a la Santa Misa romana tradicional, por parte de las más altas jerarquías de la Iglesia Católica, o lo que aparenta ser la Iglesia Católica, porque para ser Iglesia y pertenecer a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana hay que ser fieles a Nuestro Señor, fieles a la Tradición, fieles a los apóstoles y ellos son infieles, desertores encubiertos bajo el título de la autoridad y de la investidura, cosas que no utilizan para Dios, sino para Satanás, desconociendo que toda autoridad viene de Dios; eso es dogma de fe, la autoridad no viene del hombre, ni aun en el orden natural y he ahí que con el nombre de Dios crucifican a Dios; esa es la Pasión de la Iglesia, que se sirve a Satanás y se cae en esa tercera tentación.

La primera tentación fue la de ofrecer el pan para saciar el hambre haciendo un milagro y así descubrir Satanás si era o no Dios, porque solamente Dios hace milagros; eso lo sabe bien el demonio, aunque él hace parodias y no milagros, aparentes milagros, prodigios, que no hay que confundir con milagros. Nuestro Señor le dice: "No sólo de pan vive el hombre..."; no seamos pancistas, no pensemos con la barriga sino con la cabeza. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios", ese es el verdadero pan de vida y que debe ser el pan nuestro de cada día, la palabra de Dios, sin tergiversaciones, sin compromisos, sin adulteraciones, como hoy se hace, adulterando la palabra de Dios, adulterando la verdad, adulterando el pan de vida que es la palabra de Dios ¡Cuan criminales son aquellos que hacen eso!

La segunda tentación, no estando satisfecho el motivo por el cual Satanás tentó a Nuestro Señor: le toma y lleva hasta el pináculo del templo donde le desafía a que se tire, pues escrito está que "no dejará Dios que tropiece con ninguna piedra y mandará a sus ángeles..." ¡Maldito el demonio que conoce al dedillo las Escrituras! Parecido a los protestantes, que no las conocen al dedillo, pero las conocen más que algunos católicos; aunque ese conocimiento tampoco sirva porque hay que darle el verdadero significado y Satanás aquí estaba invirtiendo el sentido.

Nuestro Señor pronto le replica con otro pasaje de la Escritura: "Escrito está: no tentarás al Señor tu Dios". Porque no hay que tentar a Dios exponiéndose al peligro, ponerse al borde del abismo y decir Dios me va a salvar; ponerme en ocasión de peligro y de pecado y decir Dios me va a socorrer. Eso es tentar a Dios y eso y eso es lo que hace el demonio, por lo que Nuestro Señor, lejos de revelarle su identidad, lo confunde más a Satanás, y el bandido, ya viéndose derrotado, no pudiendo sacarle palabra, expide diabólica y maquiavélicamente el último recurso, la tercera tentación: hacerse adorar como si fuese Dios; toma a Nuestro Señor y lo lleva a un monte muy alto desde donde le muestra el poderío de este mundo, manifestándose como el príncipe.

Nuestro Señor, quien le hubiera podido decir: "Este mundo no es tuyo, no seas mentiroso",
según comentan algunos Padres antiguos, Nuestro Señor le concedió que en cierta forma fuese el dueño o el príncipe de este mundo, que tenía dominio, poder; porque cuando él fue creado como ángel de luz tenía por encargo todo el cosmos y el universo reinante o por lo menos a su cargo la vía Láctea o el sistema solar, o simplemente esta tierra. Por tanto, como príncipe de este mundo pudo ofrecerle todo aquello, por el poder que, aunque caído, ostentaba como ángel.

Nuestro Señor, lejos de dejarse tentar por el poderío, las riquezas y el oro del mundo, le ordena: "Vade, Sátana; scriptum est enim: Dóminum Deum tuum adorábis, et illi soli sérvies" (Vete de aquí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a El servirás). Y fue vencido el demonio, y los ángeles sirvieron a nuestro Señor.

Debemos tener presente esa triple tentación para no caer en ella, para que la Iglesia, al igual que Cristo, siendo el Cuerpo Místico de Cristo, no caiga tampoco en esa triple tentación, porque si miramos los acontecimientos vemos que está cayendo no ya en la primera y la segunda, sino casi en la tercera. Procurar pan, que la Iglesia sea la solución económica de los pobres, que la Iglesia sea una institución socioeconómica y no sea para proveer el pan de vida de la palabra de Dios, en eso se han convertido los progresistas; la teología de la liberación es producto ideológico de esa primera tentación.

La segunda tentación que Nuestro Señor se lance, se despoje, se tire al abismo. ¿Y es que no se ha tirado ya al abismo la Iglesia con el Concilio Vaticano II, despojando a la Iglesia de lo sacro, de lo santo, de lo sublime, para bajar al abismo del hombre y ser la religión, los derechos y la libertad del hombre? Despojar a la Iglesia de su Misa, de su culto, de sus Santos, arrojándose al abismo de lo mundano; ese es un hecho evidente para aquel que tenga un mínimo de fe.

Y la tercera tentación es la de adorar a Satanás por aceptar el imperio, el dominio, el poder, las riquezas de este mundo. ¿Acaso no vemos a la Roma de hoy embebida, maniatada con el poder del mundo sacrificando a Dios para terminar por adorar a Satanás y al Anticristo? ¿No es esa la obra que llevan a cabo hoy cuando persiguen a la Santa Tradición, cuando persiguen a Monseñor Lefebvre, y a Monseñor de Castro Mayer? Dos Obispos que quisieron permanecer fieles a Nuestro Señor.

Si yo tuviera una entrevista con el Papa o con un Cardenal, le diría: ¿A qué Iglesia pertenecen, a la de Cristo o a la del Anticristo, a la de Dios o a la de Satanás? Porque no hay término medio, mis estimados hermanos; la verdad es una y es indivisible: o se ama a Dios o se le odia; ese es el infierno, odiar a Dios. Y si ellos persiguen la Santa Misa romana y nos persiguen a nosotros, bienvenida sea esa persecución, pero sin ningún compromiso, sin componendas, para que muramos íntegros dando testimonio con nuestra sangre de la fidelidad a Nuestro Seño; allá ellos con su pecado, con su adoración a Satanás por los poderes de este mundo que da asco ver como se esgrime el poder en el Vaticano, para la gloria de este mundo y no para la gloria de Dios; por eso no sería ningún honor hoy pertenecer al cardenalato, tener grandes puestos, porque todo eso implica una corrupción, haberle vendido el alma al demonio, "todo esto te daré si de rodillas me adorares". Ellos han recibido del demonio ese poder de este mundo con sus reyes para adorarle y crucificar a Nuestro Señor.

¡Qué deicidio! Peor que el de los judíos. Eso nos lo debería hacer ver la fe y la meditación en este tiempo de Cuaresma que se inicia este domingo con la triple y fallida tentación, para que no caigamos en ella y sepamos mantenernos fieles a Cristo, a Dios y a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, el ser fieles como Ella ante la Pasión y la Crucifixión de Nuestro Señor. Mientras los demás apóstoles se fueron corriendo despavoridos, Juan estaba pegado a la falda de la Santísima Virgen María; que así estemos nosotros como San Juan, pegados a la falda de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora, para permanecer de pie y firmes ante la segunda crucifixión de Nuestro Señor en su Cuerpo Místico, la Iglesia.

BASILIO MERAMO PBRO.