San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 23 de octubre de 2016

DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en este evangelio el relato de los dos milagros que hace nuestro Señor Jesucristo, el de la mujer que padecía flujo después de muchos años y el de la resurrección de una niña. Muestra ese poder que tiene incluso sobre la muerte, Él mismo que ha dicho que resucitaría y que nos prometió la resurrección universal de todos los hombres; que resucitaríamos con nuestros propios cuerpos, unos para bien y otros para mal, manifestando así el poder sobre la misma muerte, mostrando así que Él es el camino, la verdad y la vida. La vida tanto natural como eterna, tanto del orden natural como sobrenatural, la del alma, la resurrección del alma que revive cada vez que arrepentida se confiesa; hay una resurrección sobrenatural de esa alma a la gracia de Dios y por eso nuestro Señor hizo tres milagros de resurrección y con la de Él, el cuarto.

Resucitó a la niña de la que la tradición dice que era hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím, un joven, y la de Lázaro, un hombre mayor, y con estas tres resurrecciones dice San Agustín que muestra así los tres grandes estadios de la vida espiritual, los que comienzan como niños, las que continúan como adolescentes o jóvenes y la de los que culminan como hombres ya maduros.

Así invita nuestro Señor a que tengamos en Él esa fe que, como vemos, a veces pedía para hacer sus milagros y a veces no; en ocasiones la exigía como una concausa o causa moral para hacer el milagro, pero otras no. A Lázaro no le preguntó si quería ser resucitado o no, si tenía fe o no, sino que lo resucitó, tampoco al hijo de la viuda de Naím. Pero la fe siempre está implícita, sea antes, cuando la pide, o si no después, para que creyendo vean y tengan fe y crean que Él es el Cristo, el Mesías. Pero lo que más le importaba a nuestro Señor no era tanto hacer el milagro sino la predicación del evangelio, y los prodigios que hacía eran como para que a aquella gente le fuera más fluida su conversión y creyeran así en su predicación del Evangelio. El Evangelio que fue predicado por los apóstoles y que será enseñado hasta el fin del mundo; de ahí lo esencial en la Iglesia, la exhortación que no puede faltar; podrán faltar los milagros, pero no la predicación de la palabra de Dios y esa es la obra misionera de la Iglesia.

En la resurrección que hace nuestro Señor de esta niña nos muestra que Él tiene ese poder sobre la vida y sobre la muerte. La hora suprema que no podemos olvidar; nacemos para morir pero morimos para vivir eternamente en Dios si fallecemos en su gracia. Que la pereza carnal no nos impida pensar en la muerte, nos haga tenerla allá, alejada, sino que cada día estemos conscientes de ella; es más, aun sabiendo que vamos a morir tener presente esa inmolación de cada día, ofreciéndosela a Dios y así sacrificando nuestra vida y no viviendo como aquellos a los cuales alude San Pablo que su dios es el vientre, el placer, que son enemigos de la Cruz de Cristo y que sufren pero no saben inmolarse ofreciendo ese sufrimiento.

El cristianismo nos enseña a ofrecer los padecimientos y esa ofrenda es justamente la inmolación que hizo nuestro Señor de su propia vida, la que nos deja su testamento en la Santa Misa, la que tenemos que hacer nosotros voluntariamente cada día y así vivir católicamente, no como vive el mundo que quiere alejar la muerte a todo precio; no se quiere hablar de ella, se la quiere apartar, hacer desaparecer, ocultarla; no se quiere velar un muerto en su casa, les da miedo, asco, pánico, cuando es saludable despedirse de los seres queridos rezando por ellos y no que queden abandonados en esos sitios velatorios. Puede haber necesidad, pero que no sea esa la costumbre, porque nadie quiere en definitiva tener el muerto en casa cuando eso forma el espíritu cristiano, da ejemplo a toda la familia, hace recapacitar y también ayuda para implorar por el alma del ser querido.

Hoy no se entierra sino que se crema; la cremación siempre ha sido condenada por la Iglesia ya que es antinatural; el cadáver debe corromperse naturalmente, no violentamente; esa es una costumbre masónica y de paganos, todo lo demás hay que dejárselo al proceso natural de aquello que fue tabernáculo del Espíritu Santo y por eso no debemos olvidar que incluso nuestra vida en esta tierra es una lenta muerte para resucitar en Cristo nuestro Señor; sólo eso nos hace alejar de los gozos y de los placeres terrenos, del mundanal ruido, como aquellos que dice San Pablo que “viven para el vientre, para el placer y son enemigos de la Cruz de Cristo”. La gente pidiendo las cenizas de lo que no es más que un chicharrón o las cenizas del curpo que fue cremado antes, porque no se crea que le van a guardar a la familia, y dar pulcra y santamente lo que quedó allí cremado.

No reflexionamos ni razonamos como deberíamos en esas cosas es saludable pensar en la muerte y ofrecer cada día ese lento acercarnos a ella con la esperanza en la resurrección, en Jesucristo, en la de resucitar en cuerpo glorioso como nuestro Señor Jesucristo, a su imagen. Tengamos esa fe profunda en Él y en la resurrección a través de Él.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, que está en los cielos; a Ella, asunta después de su resurrección anticipada sin pasar por la corrupción cadavérica, pues su cuerpo era inmaculado por lo que se habla de una dormición, porque fueron muy breves los instantes de su muerte siendo elevada a los cielos como Reina de todo lo creado, pero queriendo asociarse a los sufrimientos y a la muerte de nuestro Señor que era inocente, inmolado, para redimirnos de la muerte.

Ella quiso ser corredentora muriendo por amor a nuestro Señor, por eso Santo Tomás y toda la escuela tomista fieles a él hablan de la muerte de nuestra Señora de una manera que la gente no se escandalice con una mala explicación o idea inexacta. Claro está que cuando Santo Tomás habla de la muerte de nuestra Señora no la asemeja en nada a nuestra muerte ya que nosotros sí sufrimos corrupción; Ella quedó incorrupta, su muerte fue breve y solamente para asociarse más a la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, demostrándonos así su amor a Dios y a nosotros como hijos suyos y también su amor a la Iglesia.


Pidamos a Ella, a nuestra Madre, que nos cobije y nos proteja bajo su manto y que podamos vivir una vida cristiana; que nos socorra en el momento culminante de nuestro paso por la tierra que será la hora y el día de nuestra muerte. +

PADRE BASILIO MERAMO
11 de noviembre de 2001

domingo, 16 de octubre de 2016

DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en el Evangelio de hoy cómo los herodianos y los fariseos que eran, por así decirlo, los personajes principales de la comunidad judía, siempre estaban al acecho para prender a nuestro Señor y poder juzgarlo, querían matarlo y tener una excusa. Si lo querían matar, ¿por qué no lo mataban de una vez? Porque el mal siempre busca un pretexto, una careta, una apariencia de justicia, de verdad, para encubrir el odio que se sacia sólo con la muerte. Mandan pues a sus discípulos, a sus lacayos, porque tampoco son capaces de ir ellos personalmente y preguntarle a nuestro Señor, hacerle la pregunta que podría ser buena si fuese hecha con recta intención, para salir de la ignorancia; pero no, era todo lo contrario. Era una pregunta dolosa, capciosa, y por eso nuestro Señor les dice: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”. Porque hipócrita, como lo eran estos fariseos, herodianos, es el que tiene en su boca una cosa distinta a la que tiene en el corazón.

Esa es la hipocresía, y la peor de las desgracias es acostumbrarse a ella, hablar distinto de lo que se siente en el corazón, mostrar estima y en el fondo destilar veneno, no tener la capacidad de ser veraz y decir al pan, pan y al vino, vino, adular con la boca y odiar y despreciar con el corazón, todo esto forma parte de la actitud del hipócrita. Y los judíos estaban llenos de tal falsedad; por eso nuestro Señor, que no era farsante, se los dice en la cara sin resquemor: ¡Hipócritas! Nosotros no conocemos la intención de corazón como bien la conocía nuestro Señor, pero quizás hubiese menos fingimiento en el mundo y haríamos un favor si detectásemos en alguien esa actitud, decírselo, para que esa persona, por lo menos no se engañe a sí misma, creyendo engañarnos.

Esa farsa se oculta con la adulación: “Sabemos, Maestro, que tú eres bueno y que llevas a la verdad”. Si sabían todo eso ¿para qué le tentaban? Si saben que es bueno, que es veraz, ¿para qué le preguntan? Pues con el ánimo de sorprenderlo en algo y condenarlo con justa causa. Cosa distinta sería si ellos preguntasen simplemente por querer conocer y saber lo que debía hacerse.

La pregunta era sobre algo muy crucial. Judea estaba bajo el Imperio Romano y debía tributo al César y quien se oponía al César cometía prácticamente un pecado por no saber distinguir bien, entre obedecer al César como gobierno temporal u obedecerle como a divinidad, por eso había que distinguir claramente en qué se le podía rendir tributo y honor al César y en qué no. En todo, menos como a Dios en lo de orden temporal; por eso nuestro Señor les pide la moneda con la que se pagaba el tributo y les responde a su vez, con otra pregunta: “¿De quién es la imagen?”. A lo que seguiría una sabia respuesta: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Esas dos espadas, esos dos órdenes: el temporal y el espiritual están separados porque Dios los quiso distinguir; lo que no quiere decir que no tenga nada que ver uno con el otro y que no haya una subordinación del orden temporal al orden espiritual. Por eso nuestro Señor les dice “...al César lo que es del César...”. Todo lo que es de orden temporal, como emperador que es, que tiene por deber proveer el bien común temporal, en eso le deben tributo y le deben sumisión y obediencia, pero no en el orden espiritual, que compete a la Iglesia. Por eso debemos dar a Dios lo que como a Dios corresponde, ya que nuestra alma es su imagen y semejanza; es espiritual y se debe a Él.

No es que Dios deje de ejercer su poder, mejor dicho, no es que no tenga poder sobre el orden temporal, es sencillamente que Dios nuestro Señor no quiere ejercerlo directamente, por eso los distinguió. ¿No es lo que quiere el laicismo, negar que Dios tenga ese poder sobre el orden temporal? De hecho se le niega, se le sustrae, corrompiendo la sumisión que se pretende debe tener el orden temporal a la Iglesia y a Dios. Laicismo que se introduce en la misma Iglesia, produciendo ese fenómeno de secularización que está destruyendo a la religión católica hoy mundanizada, secularizada en sus órdenes, en sus sacerdotes y en sus instituciones. Todo eso muestra que no se está dando ni al César lo que corresponde al César ni a Dios lo que es de Dios, sino que impera una gran confusión y un desequilibrio social, mundial, que afecta de modo directo los mismos fundamentos de la Iglesia católica.

No nos confundamos, no caigamos en el laicismo que le niega a Dios la subordinación del orden temporal y el origen y la fuente de toda autoridad, como la democracia moderna, que hace arbitrariamente al pueblo el origen de toda autoridad, el pueblo y no Dios, lo cual es una herejía; porque el pueblo puede designar la autoridad y ahí habría una verdadera democracia que sería una de las tres formas legítimas de gobierno, pero una cosa es que la designe, y otra muy distinta es que sea la fuente del poder, que sea el principio del mando. En ese pecado hemos caído casi todos, por eso hoy cuando se habla de democracia, más allá de que seamos o no democráticos, debemos aclarar que con la democracia moderna ningún católico puede estar de acuerdo, porque no es el pueblo el soberano sino Dios; algo muy diferente es que el pueblo designe al gobernante, pero no es el que le da la autoridad, pues de él no dimana como de su origen, esto es una herejía, porque atenta contra el derecho soberano de Dios. De ahí que las democracias modernas sean anticristianas, anticatólicas, usurpen la soberanía de Dios y proclamen los derechos del hombre. Dicho sea de paso y sin hacer propaganda comercial, a ese libro que habla de los derechos de Dios, escrito por una feligresa, se le abona el mérito de hablar de los derechos de Dios cuando todo el mundo está idiotizado argumentando los cacareados derechos del hombre, desconociendo los de Dios.

Por eso, es una gracia permanecer fieles a la única y auténtica Iglesia católica, apostólica y romana, esa Iglesia que no puede ser secular ni se puede secularizar en sus instituciones; es la única manera de perseverar en medio de esta destrucción, de esta revolución anticristiana directamente dirigida por Satanás desde el infierno, y que tiene hombres como lacayos que en este mundo no hacen la obra de Cristo, sino la obra del demonio, la obra del anticristo; de ahí, que más que nunca debemos tener presente cuál es la verdadera faz de la Iglesia, para no caer en ese escándalo, porque es un escándalo público, que en vez de una Iglesia veamos a una ramera pretendiendo ser la esposa de Dios. Es inadmisible y perdónenme mis estimados hermanos el ejemplo: es como si una prostituta se hiciese pasar por señora, como la reina, esposa del rey. La Iglesia católica, apostólica y romana es inmaculada en sus instituciones, en su moral, en su doctrina, en su evangelio. Otra cosa es que dentro de la Iglesia haya buenos y malos; santos y pecadores; píos e impíos; pero eso es en el ámbito personal que cada uno cumpla o no los mandatos y los preceptos de la Iglesia. Pero la Iglesia como institución divina, como obra de Dios, que no puede ser sino inmaculada y pura y verdadera Iglesia, es aquella que es una, santa, católica y apostólica aunque haya miembros que no sean puros ni inmaculados, porque caeríamos en el error de los jansenistas. Pero la Iglesia como institución es inmaculada. Una Iglesia que se presente en sus instituciones, en su doctrina y en el evangelio secularizada, prostituida por estar en connivencia con los reyes de esta tierra, esa no sería la Iglesia católica.

Nuestro Señor dice, y lo recuerdo con insistencia, que no todo el que dice “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos; que quién es mi hermana o mi hermano, sino el que hace mi voluntad, el que guarda mi doctrina, el que guarda mi palabra, el que es fiel; por lo mismo, la incertidumbre de si cuando Él venga encontrará fe sobre esta tierra, y menciona la gran apostasía, corrupción generalizada, institucionalizada.

Preocupémonos de pertenecer a la verdadera Iglesia conformada por todos los que dispersos por el mundo permanecen fieles a Cristo. Por eso San Agustín decía que la Iglesia la conforman todos los fieles a Cristo, dispersos por el mundo entero y los que no son fieles a Cristo no pertenecen a la Iglesia, como no pertenecen a ella ni los herejes, ni los cismáticos, ni los excomulgados.

¿Y qué pensar de una Iglesia que excomulga a la Tradición y se abraza con el mundo? Eso es muy significativo; es imposible que se excomulgue a la Tradición, porque si se excomulga a la Tradición se está excomulgando a los apóstoles, a los Padres de la Iglesia y a todos los Santos. Más que nunca debemos tener cuidado de pertenecer no sólo de alma, sino también de cuerpo a la única y verdadera Iglesia inmaculada de Cristo nuestro Señor y dar con justicia al César aquello que es del César y a Dios lo que le pertenece y es de Dios. +

BASILIO MERAMO PBRO.
12 de noviembre de 2000

domingo, 9 de octubre de 2016

VIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

En este domingo vigésimo primero después de Pentecostés, el Evangelio nos ofrece una parábola que podemos denominar parábola del deudor desaforado. Comenta San Jerónimo que en Siria y Palestina, de modo particular en la provincia de Siria, lugar donde nació Nuestro Señor, la gente era muy dada a comprender las cosas más que por la enunciación de un precepto, por comparaciones con imágenes de la vida real; por eso Nuestro Señor, para demostrar el principio que quiere enseñar a sus discípulos y a todos aquellos que lo seguían, en vez de formularlo,
relata esa parábola que al conocerla queda grabada en la mente del pueblo por su fácil comprensión.

El precepto consiste en perdonar a nuestros deudores, así como nosotros tenemos necesidad de ser perdonados por Dios. Es sencillamente lo que pedimos en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; seremos perdonados en la medida en que perdonemos y no seremos perdonados en la medida en que no perdonemos. Eso es lo que Nuestro Señor quiere mostrar en esta parábola. La desproporción entre la cantidad inmensa de los diez mil talentos que este hombre adeudaba al rey y el rey por pura misericordia le perdona toda la deuda y lo deja libre. Y éste a su vez al consiervo, que le debía una pequeña suma, casi lo estrangula y lo manda apresar para que le pague.

Esa es la moraleja: la imagen muestra la misma situación de cada uno de nosotros con respecto a Dios cuando no perdonamos a nuestros hermanos que nos adeudan poca cosa. Por mucho que consideremos se nos ha hecho en contra, de palabra, obra o como fuere, no sería nada comparado con la inmensa deuda que tenemos con Dios. Deuda inmensa contraída por nuestros pecados y que tiene que ser pagada. Y lo que Dios nos pide es la cancelación de la mínima deuda que tengamos con nuestros posibles acreedores, nuestros prójimos. ¡Qué sencillo es ser perdonado! Y, sin embargo, que difícil es que perdonemos de corazón a los demás, sin rencores, sin que guardemos en el repliegue de nuestra alma el recelo, el resentimiento, y hasta el odio hacia los demás. Esos sentimientos conculcan incluso la paz social, la paz familiar y la convivencia de la sociedad; todo el mal se podría centrar allí en ese odio, en ese resentimiento, en esa falta de perdón; y ¿cómo pretendemos ser perdonados, si no perdonamos? Es absolutamente imposible, porque tendríamos la misma actitud ruin de este deudor desaforado.

Hay que ser ruin para no perdonar al que nos debe poco, cuando nosotros debemos mucho más a Dios y le pedimos clemencia y misericordia. Este es el estado del alma de este deudor que no quiso perdonar a su hermano, y ese estado de ruindad lo ejercemos nosotros cuando guardamos rencor, cuando guardamos odio, cuando no perdonamos de corazón. Y hay que aclarar una cosa: el perdón no es no ver la injusticia; sino el perdonar el mal cometido, lo que se perdona es al pecador, lo que se perdona no es el error, es a quien yerra; se perdona al pecador pero no se hace desaparecer la injusticia ni el pecado ni el mal. Es cosa muy distinta. Y como todos somos pecadores, entonces todos debemos perdonar para merecer en retribución el perdón. Dicho sea de paso, con respecto a la traducción del "Padrenuestro" al español, que expresa con claridad, lo cual por cierto carece el francés, ya que nuestra lengua es mucho más rica y, por tanto, más precisa, cuando en español decimos "perdónanos nuestras deudas" y que ahora erróneamente, contraviniendo la precisión de una verdad teológica, se reemplaza por "ofensas"; esta nueva versión no especifica con exactitud el sentido que tiene la deuda. Una deuda es un débito que hay que retribuir y la ofensa se perdona pero si no se retribuye el débito queda, aunque la ofensa sea perdonada queda el débito y por eso en la sana teología de la Iglesia siempre se ha distinguido entre la culpa y la deuda, entre la culpa o la ofensa y el débito o deuda que queda. Una persona que muere en estado de gracia, ¿por qué va al purgatorio si están perdonadas sus ofensas? Porque le quedan todas las deudas contraídas por los pecados mortales y veniales; a esto se atribuye la existencia del purgatorio, porque no se ha saldado la deuda, no se es digno todavía de entrar en el cielo, se necesita purificar en el purgatorio la deuda, no la ofensa, a no ser la ofensa de los pecados veniales no perdonados aún.

Vemos, pues, cómo se van borrando en esas malas traducciones las verdades esenciales de la fe católica, se va quitando precisión y no por simple descuido, que ya sería una estupidez, sino porque en el fondo también la nueva teología niega el purgatorio y hasta el infierno. ¡Qué les va a importar ya hablar de deudas! ¿Cuáles deudas? Si "todos somos libres", nadie le debe nada a nadie, si con "la dignidad del hombre", "la libertad del hombre", "el hombre es soberano", "los derechos del hombre", "el hombre con su libertad", ¿qué deudas? Ninguna deuda, toda deuda quedó cancelada. Eso es lo que enseña la teología liberal; barre con las deudas, con el débito que nos obliga a pedirle a Dios, para que a través de los sacrificios, la abnegación y las penalidades, purguemos en la tierra y purifiquemos nuestras almas aquí y no en el purgatorio que será mucho peor. Pero como el mundo de hoy es sordo a lo que no sea confort, goce, sensualidad; nada que comporte sacrificio, abnegación, renuncia; ese es el ideal del hombre moderno: "vivir para gozar", tal es el ideal pagano, ideal del renacimiento, que se llamó Renacimiento porque era el
paganismo que renacía después de la Edad Media; cuando el ideal del cristiano, del católico, es todo lo contrario: merecer el cielo a través del sacrificio, un programa muy distinto.

Para que paguemos, pues, nuestras deudas con Dios, perdonemos las ofensas y las deudas de nuestro prójimo y seremos perdonados. Así cumpliremos con el Padrenuestro, para rezarlo verdaderamente en paz, porque si dejamos esa ruina en el alma y guardamos ese egoísmo, esa falta de perdón, esa falta de generosidad, no podemos rezar en paz con Dios y dignamente el Padrenuestro.

Roguémosle a Nuestra Señora, la Virgen María, que nos dé la capacidad de perdonar a nuestros hermanos y que así Dios perdone nuestros pecados.

PADRE BASILIO MERAMO 
5 de noviembre de 2000

domingo, 2 de octubre de 2016

VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

El Evangelio de hoy nos muestra el milagro que nuestro Señor hace a este oficial del Rey. No debe sorprendernos esa respuesta que al principio parece un poco áspera: “Si no veis milagros y prodigios, no habéis de creer”; sin embargo, nuestro Señor, viendo la insistencia y la buena fe de este hombre, de este militar, le sana a su vástago y él cree en la palabra de nuestro Señor; va y comprueba al preguntar y saber a qué hora se había curado el muchacho, que fue en el mismo momento en que nuestro Señor le había dicho que estaba sano.

 A nuestro Señor no le gustaban los milagros por los milagros, si bien los estos eran la manera de atraer a los infieles, mientras que a los judíos, al pueblo elegido, era a través de las Escrituras y de los profetas. No le gustaban los milagros nada más porque sí, como medio de propaganda; quería que por creer la gente en Él, por la fe en Él, se cumpliese aquello que ellos pedían. Nuestro Señor siempre hace resaltar la fe, que es el fundamento de toda nuestra santa religión, de la santa Iglesia, que tiene por doble objeto tanto material como formal a Dios; como verdad primera, porque toda nuestra vida como seres inteligentes es una relación con la verdad y Dios se la propone como verdad primera sobrenatural.

Creemos en lo que Dios nos dice de Sí mismo, en su pureza divina, en su palabra. Por eso el doble objeto como verdad primera sobrenatural de la fe; como objeto material todos los misterios y cosas de Dios, y objeto formal porque creemos por el testimonio divino y en sí mismo. De allí la certeza de la fe y la adhesión, el asentimiento de parte nuestra a esa palabra de Dios, a esa revelación de Dios, que no da lugar a la duda. Hay una certeza, una convicción.

De ahí la necesidad de meditar el objeto de la fe y nuestra adhesión sin duda, con plena certeza en la palabra de Dios. Por eso es un pecado de infidelidad aceptar positivamente una duda contra la fe. Por eso no se puede no ya negar sino ni siquiera dudar de los dogmas de fe.

Y hoy la fe está siendo socavada a tal punto que es difícil reconocer la fe de la Iglesia católica, apostólica y romana, porque la mayor parte de los fieles que se dicen o se creen católicos profesan objetivamente el error, dudan de las verdades esenciales y esa no es la fe de la Iglesia que no puede cobijar el error; no digo la herejía, es que ni siquiera el error. No lo admite porque sería admitir el equívoco en Dios, lo cual es blasfemo y absurdo, y hoy es moneda corriente; verdades que antes cualquier católico conocía, hoy son puestas en duda, cuando no negadas, como la exclusividad de la Iglesia como medio de salvación, y por eso se aceptan las demás religiones como medios alternos que pueden conducir a la salvación eterna; eso es lo que profesan el ecumenismo y la libertad religiosa, como negar el infierno o la existencia del fuego eterno del cual el Evangelio hace explícita mención. Todo esto conculca la verdad conocida y por eso son verdaderos pecados contra el Espíritu Santo. Impugnar, conculcar la verdad conocida.

No son inventos, basta preguntar a cualquier fiel en qué cree, para que nos demos cuenta de todas estas atrocidades que se cometen en el nombre de Dios y de la Iglesia, porque esto que piensan los fieles es lo que ellos han escuchado de sus pastores, de los sacerdotes, del clero, de los obispos, de Roma; es la doctrina común que hoy se imparte, la evangelización opuesta y contradictoria a la fe de la Iglesia.

Esa fue una de las razones por las cuales monseñor Lefebvre, en un acto heroico, cual Atanasio del siglo XX, no dudó ni un instante, como deber esencial de todo católico, defender la fe, su fe, sin ninguna otra preocupación sino la de presevarla al precio que costara, aun el de la propia vida, y por eso tampoco tuvo ningún temor en desobedecer porque no hay obediencia que valga en contra de la fe. No tuvo ningún temor ante las amenazas de excomunión, porque no puede haber excomuniones por defender la fe y menos cuando aquellos que anatematizan ensalzan a los destructores de la fe y, peor aún, los canonizan, como muy lamentablemente hoy acaba de ocurrir con Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y gran precursor de Vaticano II. Él funda una congregación que no tenía estamento jurídico en la Iglesia, así reconocido en libros de sus mismos miembros, esperando la hora oportuna para que se les abrieran las puertas y conseguir jurídicamente el respaldo del cual hoy gozan. Gran precursor del ecumenismo, de la libertad religiosa, de la igualdad, de la fraternidad que lo proclama hoy como santo de la Iglesia Católica, ¡es terrible!

El único consuelo que me puede quedar al ver cómo Dios permite todo esto es dejar, para aquellos que quieran ver, claramente expresada la gran contradicción que hoy desde Roma se está propagando con escándalo de la fe y de los fieles, el poderío económico del Opus Dei que cuenta en sus haberes con una docena de productoras de cine y televisión; ¿cuáles son las películas de santos que hacen? Cuando hoy, dos de los elementos más corrompidos son el cine y la televisión y estos no tienen una o dos sino doce agencias de información; y ¿de qué se informa, de la verdad de Dios?, ¿o de toda esta bazofia y porquería de noticias que no hacen más que engañar a la gente? Para no hablar del poder financiero y económico que detentan con los bancos en plena comunión con las finanzas internacionales que se manejan desde Nueva York.

Los verdaderos santos renunciaban a su dignidad de nobleza, de títulos y de realezas para hacerse siervos de Dios, y este hombre se cambia el apellido y compra un título para ser noble. Nada de raro tiene que el ecumenismo a través de Juan Pablo II haya llegado a canonizar en el día de hoy a Escrivá de Balaguer, es una lógica consecuencia, y tan lógica que se puede ver en el folleto que habla del Opus Dei que se publicó para que estuviera al alcance de los fieles. Si tienen a bien releer la conclusión final, escrita hace diez años bajo un pseudónimo ya que entonces era Superior en España y no quería comprometer a la Hermandad, como dicen allá, a la Fraternidad. Y allí está el pensamiento laico de (“san”) Escrivá de Balaguer, su ecumenismo que se había adelantado al Concilio Vaticano II. Que hoy sea promovido como santo de altar para seguir su ejemplo e ir al cielo... Eso por hablar apenas de la doctrina, de su pensamiento, como lo reflejan los mismos miembros del Opus, porque en ese opúsculo no hay sino puras citas de lo que ellos mismos dicen, de modo que no son invenciones personales.

Con este acto, Juan Pablo II mancha su hoja de vida, si así se puede decir, como Sumo Pontífice de la Iglesia y quizás Dios lo permitió por eso, para dejar una constancia histórica de su nefasto pontificado, porque si viene un buen Papa, no le queda más remedio que contravenir esto que hoy se ha hecho. Porque un hombre de esa talla no puede ser santo; era soberbio, vanidoso y otros defectos impropias de un santo; pero basta con lo que él decía y lo que sus discípulos expresan de él para mostrar sus ideas progresistas, modernistas y ecumenistas. Por eso hoy es proclamado santo de la Iglesia, no católica, porque no lo puede ser, sino de la iglesia modernista ecuménica, porque los enemigos de la Iglesia están dentro de la Iglesia, decía San Pío X.

Juan Pablo II cuenta entre sus mejores amigos a los judíos, eso tampoco es una calumnia, dice un inglés autor del libro “El Papa oculto”, publicado con fotos tomadas junto a su amigo judío Jurek, a quien recibió en primer lugar en audiencia privada una vez elegido Pontífice y que con él hicieron el reconocimiento por parte del Vaticano del Estado de Israel; esas no son historias sino realidad escrita. Tampoco debe extrañarnos que se sospeche además del posible origen judío de Escrivá y que por eso cambie en su apellido la B por V para que no se le tome por los fariseos y escribas del Antiguo Testamento. Y aunque no hubiese sido judío todos sus hechos han llevado a judaizar la España católica como lo dice el padre Menvielle en uno de sus libros. Luego, no debemos asombrarnos sino estar alertas para no claudicar en la fe, para que sepamos resguardar la fe católica, y poder ser fieles a nuestro Señor y a su santa Iglesia.

Pidamos a la Santísima Virgen que nos ayude a mantenernos firmes en la fe, tal cual Ella al pie de la Cruz. +

PADRE BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2002

domingo, 18 de septiembre de 2016

DOMINGO DECIMOCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio cómo nuestro Señor hace el milagro del paralítico en presencia de todos y cómo los judíos siempre estaban protestando, al asecho, en oposición a nuestro Señor, mientras que el pueblo de algún modo le era favorable y le pedía sus favores y sus milagros.

Según algunos buenos predicadores y exegetas, con este milagro nuestro Señor manifiesta por primera vez implícitamente su divinidad, porque ¿quién sino sólo Dios puede perdonar los pecados? Y eso fue lo que hizo nuestro Señor habiéndoles dicho que era muy fácil decir, “levántate y anda” o decir “tus pecados te son perdonados”, pero lo difícil es hacerlo. Nuestro Señor demostró al curar al paralítico que podía decirlo y hacerlo. Por eso los judíos le impugnan de blasfemo, porque solamente Dios podía perdonar los pecados, y ellos ante lo que veían y oían, en vez de ser cautos y prudentes, acusándolo, hacían, hacen todo lo contrario. 

Podemos preguntarnos la razón por la cual nuestro Señor no afirma su divinidad de una manera explícita desde el primer instante de su vida pública, y en vez, hace esta revelación implícita, gradual, progresiva. Sencillamente debemos recordar que en el mundo pagano los dioses eran moneda corriente, las divinidades que bajo formas humanas se vengaban de los hombres o traficaban con los hombres. Nuestro Señor no podía de primer momento ser confundido con ninguno de esos dioses de la mitología y mucho menos cuando el pueblo judío luchaba encarnizadamente contra esos dioses paganos.

Nuestro Señor va revelándose poco a poco para ir preparando así las mentes y los corazones y no ser confundido con uno de esos dioses paganos del Olimpo que eran asiduamente combatidos. Esa es la razón por la cual nuestro Señor se va manifestando poco a poco, va mostrando su divinidad hasta que después, al fin, lo dice claramente, explícitamente, para que creyesen tanto los judíos como los paganos.

Y esa relación trascendental del pecado, como nuestro Señor al perdonarle los pecados al paralítico nos muestra, nos hace ver nuestra condición pecaminosa, condición que tiene toda criatura por el hecho de haber sido hijos de Adán. El pecado que es delante de Dios, el pecado contraviene el orden de las cosas, el orden que Dios ha establecido según su sabiduría; el mal moral no es malo porque Dios lo diga por un acto de su voluntad, sino que es malo porque no corresponde a la naturaleza de las cosas que están en consonancia con su sabiduría. Por eso el pecado es contra Dios, delante de Dios.

Conculcamos ese orden, aunque muchas veces, cuando se peca, no se piensa en eso, y aquí podríamos decir que ese grave error de una moral o de una concepción que ya Santo Tomás tildaba de herética, era atribuir a la voluntad de Dios y no a la sabiduría divina lo bueno y lo malo. Un gran filósofo como Occam –que es un desastre– decía: “Si Dios me manda a adorar una burra como si fuera Él, yo tendría que obedecer y agradaría a Dios”; decía él, el muy burro; imposible que Dios me mande adorar a una burra, es absurdo, pues el voluntarismo consistía en eso, en hacer depender toda la moral, el orden de las cosas, de la voluntad de Dios, porque Dios era libre y todo se sometía a su libertad y a su voluntad. Ya Santo Tomás había dicho que era una herejía y no sólo una impiedad atribuir estas cosas a la voluntad y no a la sabiduría de Dios que es el que le da peso y medida a todas las cosas, el que les da una naturaleza, y que el orden moral se basa en esa relación que hay entre la naturaleza de esa cosa y su fin.

Dios entonces prohíbe algo no porque dictamine que sea malo, sino porque es malo en ese orden de cosas conforme a la naturaleza, según su sabiduría. Y por eso todo pecado vulnera esa relación de las cosas entre sí y relacionadas con Dios, con la sabiduría de Dios, con el orden impuesto por Dios. El pecador es un disociador y esa es nuestra condición, lamentable, al ser pecadores. Cada vez que pecamos vulneramos el orden de la sabiduría divina impuesto a las cosas; de ahí el gran error del indiferentismo de quitar esa idea, esa noción del pecado, cuando se piensa que uno puede salvarse en cualquier religión, creer que todas las religiones son buenas y otro, afirmar que todas son malas.

Finalmente dicen que no hay pecado. Como hoy acontece, eso es una realidad, la gente hoy se besuquea en la calle, , como si fuera lo más normal del mundo, y así otros pecados que se cometen en la vida pública y ¡ay del que diga algo!, ¡ay del que recrimine!, porque se ha perdido la noción de pecado. “Yo hago lo que me da la gana”, en definitiva esa es mi voluntad, no la voluntad de Dios; lo cual es un error como lo acabamos de ver. Tenemos así la voluntad del hombre, entonces es bueno o malo de acuerdo con mi voluntad, o a mi parecer, y si tengo ganas de salir desnudo, así salgo, porque la gente sale hoy desnuda a la calle; no me digan que va vestida una mujer con el ombligo al aire o con medio seno afuera o como fuese, porque si eso es andar vestido... ¡Válgame Dios!

No es una exageración ni una consideración de un cura beatongo, porque yo no soy tal, ni me voy a escandalizar por ver una mujer desnuda; pero sí me doy cuenta de que eso no es acorde con la naturaleza decaída... que tenemos, porque no es normal que el hombre vea a una mujer en cueros y no tenga tentaciones; ; las cosas como son. Debe haber un poder social, una moral, y que eso hoy se conculque es la prueba de que no hay noción de pecado, que no existe, está abolido.

¿Y si no existe el pecado qué queda? No hay orden, no hay sabiduría, mejor dicho, se destruye todo el orden que Dios ha puesto en las cosas. De ahí la gran revolución que hay en la sociedad moderna con toda esta inmoralidad pública que vemos y que corresponde a ideas falsas y nociones falsas y que atentan contra la religión, contra Dios. De ahí la gravedad de todo esto, porque se vicia toda nuestra relación con Dios, que debe ser una relación ordenada y debida como Él lo ha querido según su divina sabiduría.

En definitiva, en este estado de las cosas se conculca, se ofende la sabiduría divina, el orden que Dios ha impuesto a todas las cosas y el hombre se convierte en un revolucionario; así nos demos o no cuenta, el hecho es objetivo. Con este milagro del paralítico, queda establecida esa relación de pecado afirmada por el Evangelio y que nosotros no debemos olvidar hoy día viviendo en un mundo donde reina el indiferentismo.



Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a perseverar y aunque seamos pecadores no pequemos tanto o por lo menos no gravemente para que nuestra vida sea más de santidad que de pecado. +

P. BASILIO MERAMO
6 de octubre de 2001

domingo, 11 de septiembre de 2016

DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en este evangelio la permanente dialéctica, la permanente disputa entre la élite religiosa del pueblo elegido, los doctores de la Ley y nuestro Señor. Cómo estos doctores siempre estaban al asecho buscando a través de preguntas capciosas argumentos para apresarlo. Este doctor de la Ley le pregunta a nuestro Señor para tentarlo, cuál es el mandamiento más importante. Y nuestro Señor le responde: “¿Qué está escrito en la Ley?”. Este hombre, que conocía muy bien la Ley como perito, respondió magistralmente diciendo: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todo tu corazón”; es decir, con todo tu ser “y al prójimo como a ti mismo”. La respuesta fue excelente, nada más que los judíos entendían por prójimo a los suyos, a los familiares, a los allegados, pero no al resto de los hombres, y así todo lo echan a perder.

Y como la caridad exige la fe, vemos entonces la importancia de la fe como fundamento de todo el orden sobrenatural que tiene la virtud. Porque, podrá haber virtudes naturales, necesarias, para que sean el soporte de la gracia y sobre naturalicen toda nuestra vida, pero si no hay virtudes sobrenaturales, si no hay fe, nos quedamos en el orden pura y meramente natural. Se socava el fundamento sobrenatural de la caridad viniendo a ser una caridad adulterada, profanada, viciada como la que se predica hoy, no ya en el nombre de Dios sino en el nombre del hombre. La caridad exige la fe, exige la verdad; porque la fe, como lo define Santo Tomás de Aquino, tiene por objeto la verdad primera que es Dios, luego todo el orden sobrenatural consiste en esa relación trascendental ante Dios como verdad primera y que conculcada esa verdad primera, constituye lo que es el pecado contra el Espíritu Santo, la impugnación de la verdad conocida.

Por lo mismo nuestra relación está fundamentada en la verdad. No lo olvidemos, sobre todo hoy, cuando el combate es cruel, duro, tenaz y prolongado. Si no nos sostenemos en el orden trascendental de la verdad y digo trascendental, porque es directamente con Dios y ante Dios que nos juzgará a todos y a cada uno de acuerdo con esa respuesta y conformidad de nosotros con la verdad. Sin esa relación trascendental con la verdad no hay fe, no hay esperanza, no hay caridad, no hay virtud sobrenatural y eso, desgraciadamente, lo tenemos olvidado. Y esa es la causa por la que claudican todos aquellos que de algún modo se dejan llevar de falsos espejismos, por no centrarse en esa relación de verdad sin la cual no hay caridad, no hay orden sobrenatural. Porque las virtudes morales, las virtudes cardinales sobrenaturales, no se pueden dar sin el fundamento sobrenatural de la fe y sin la caridad que las corona, las nutre y las vivifica a todas.

La fe no es un sentimiento, no es un deseo, es una adhesión de nuestra inteligencia movida por la voluntad bajo la gracia de Dios, del Espíritu Santo a esa verdad primera, a Dios como Él se conoce, como Él se nos revela. De ahí la necesidad de la revelación para tener el cabal conocimiento de Dios dentro de lo que cabe en el orden humano en el que nos encontramos. No es pues una cuestión de sentimiento, ni de deseos ni de capricho y aun me atrevería a decir, ni de los piadosos, de los cuales está lleno el infierno.
Ser católico implica esa postura doctrinal, de respuesta a Dios como verdad primera de nuestra fe. Porque Dios se nos manifiesta a través del conocimiento que podamos tener y ese entendimiento se adquiere por inteligencia de la verdad, sentido de inteligencia que no tienen los seres que no son racionales y por no ser racionales no tienen libertad ni son susceptibles del orden sobrenatural de la gracia y de la virtud. Una piedra, un perro, un gato, no tienen el privilegio que tenemos como seres racionales capaces de poder conocer a Dios como se nos manifiesta y se nos ha manifestado. Por eso precisamente, se nos enseña en el catecismo que hemos nacido para conocer, amar y servir a Dios y para verle y gozar de Él después, eternamente, en el cielo.

Ese es el gran error, el grave error, la gran confusión, no solamente del mundo, que ya de por sí ha ido lejos de Dios, de los principios del Evangelio, de la verdad primera, de la verdad suprema y por eso lejos de la moral, sino que lo peor de esa confusión y de ese error, campea hoy dentro del ámbito de la Iglesia. El misterio de iniquidad de los hombres de Iglesia que no tienen esa respuesta ante la verdad primera, por lo que la fe se pierde cada vez más camino de la gran apostasía a la que nos dirigimos.


Vemos que la única manera de protegernos de ese error es permanecer firmes en la fe, como dice san Pedro, “porque el diablo anda a nuestro alrededor como león rugiente buscando a quién devorar”; de ahí la necesidad de esa adhesión a la verdad de la fe sobrenatural. Ser testimonios como un faro, como una antorcha en medio de esta oscura tempestad y del gran peligro que es Roma invadida por el  error y la confusión.

Personalmente me avergüenza que un cardenal colombiano, el cardenal Castrillón, zorro viejo, sea el encargado actualmente de homologarnos al error que hoy campea dentro de la Iglesia en contra de la fe y de los derechos de Dios. Digo que es un zorro viejo porque él tuvo a su cargo servir de intermediario entre el gobierno de entonces y el narcotraficante más poderoso del mundo, Pablo Escobar, para llegar a un acuerdo, con el que se entregara protegiéndole su integridad y su vida y lo logró, claro está; la cárcel fue hecha enteramente por él y donde quisiera, más bien fue un búnker de protección para él y en esa entrega mediaba nuestro cardenal, que si lo veo se lo digo en la cara porque si engaña a los españoles y a los europeos, a mí no, ni como católico ni mucho menos como colombiano, porque es más astuto de lo que parece.

Tampoco nos debe extrañar que se nos halague por todos los medios para que dejemos de ser esa antorcha de luz, de fe y de verdad; debemos tener muy claro cuál es la misión fundamental: ser los testigos fieles a Dios, a la Iglesia católica, apostólica y romana. Aunque por otra parte se nos tilde de lo peor, de herejes, de cismáticos o de lo que fuese, sabiendo que somos los hijos más sumisos, más obedientes y más fieles de la Iglesia católica, apostólica y romana. Somos más romanos que ellos mismos que están en Roma. O ¿qué habrá más de romano que la Misa tridentina, la llamada Misa de San Pío V, que es la Misa romana, la de todos los Papas, el misal romano que ellos han desterrado? Somos mucho más romanos que ellos. Ellos usurpan el nombre de romanos porque si lo fueran verdaderamente dejarían no solamente que la Misa romana se diga por todo el mundo, sino que dejarían de perseguirnos.

Nos persiguen por no claudicar, por no abandonar la verdad, por no perder la fe sin la cual no hay caridad, no hay amor ni a Dios ni al prójimo. Por tanto, lo que se predica hoy es una falsa caridad, cuando no una filantropía filosófica de corte masón, pero no ese amor sobrenatural a Dios y a nuestro prójimo. De ahí la gran obra misionera de amor, de convertir a los infieles, a los herejes,a los cismáticos, a todos aquellos que están en el error porque no conocen ni aman a Dios. Por esto la ley de la caridad que corona todo el orden sobrenatural y que hace a la santidad de la Iglesia y de nuestras vidas, no puede existir sin esa conexión a la verdad primera de la fe, sin esa sujeción a Dios.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que manifestemos firmes nuestra fe como Ella la sostuvo al pie de la Cruz viendo al Hijo muerto, como hoy podríamos nosotros ver a la Iglesia. Aunque la Iglesia jamás morirá, sí sufrirá su pasión y cruel reducción. Que no perdamos la fe en la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación. Que podamos ser testigos de la Iglesia, los testigos de nuestro Señor, de la fe, como lo fueron los mártires si fuese necesario. Esa adhesión a la verdad implica tal pasión, ser capaces de dar generosamente nuestra sangre si Dios así lo exige; eso hicieron los primeros cristianos, esa fue la simiente de la sangre de los mártires.

Tenemos que estar preparados doctrinal y moralmente, porque cualquier cosa puede pasar. Quien está con Dios nada teme porque vive de la fe, vive de la esperanza y vive de la caridad, esas tres grandes virtudes teologales, y así podemos marchar mientras dure nuestra vida en esta tierra con la vista puesta en el cielo, y no aburguesarnos, no aflojar, no desesperanzarnos, y con ánimo siempre valiente como guerreros hacer de nuestra vida una cruzada espiritual por Dios y la Iglesia hasta que Él quiera y como quiera. De ahí entonces, poder vivir para la verdad, vivir de la fe, por la fe y con el misterio de fe.

Pidamos a nuestra Señora que haga enriquecer en nuestras almas y en nuestros corazones esas cosas elementales para que nosotros las valoremos y vivamos de ellas y sean nuestro sagrado tesoro, la fe en Dios, la fe en la Iglesia. +

PADRE BASILIO MERAMO
30 de septiembre de 2001

domingo, 4 de septiembre de 2016

Domingo décimo sexto después de Pentecostés.


Tomado del MISAL DIARIO COMPLETO por el P. Luis Ribera CMF, España 1954:

Directorio de la misa.-
1. Domingo menor, pagina 86, Doble. Verde.
2. Admite una sola conmemoración. OCM (49.I.)


Epístola de San Pablo a los Efesios, 3, 13-21.- Hermanos: Os ruego que no os desaniméis en cuanto yo tengo que sufrir por vosotros, porque gloria vuestra es.  Por esta causa doblo mis rodillas ante el acatamiento del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual toma su nombre toda la familia en el Cielo y en la tierra, para que os conceda, según las riquezas de su gloria, que estéis, firmes por la acción de su Espíritu en lo interior del hombre;   que habite Cristo por la fe en vuestros corazones,  arraigados y cimentados en la caridad;    para que podáis comprender qué cosa sea la anchura y longitud, la profundidad y alteza de la caridad de Cristo, que sobrepuja todo conocimiento, para que conociéndola, seáis colmado de ella hasta su plenitud en DIOS.    Al que es poderoso para hacer todas las cosas mas cumplidamente de lo que pedimos o entendemos, según el poder con que obra en nosotros;;  a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús para siempre. Amén.

+Evangelio según San Lucas, 14, 1-11.-  En aquel tiempo, al entrar nuestro Señor Jesucristo en casa de cierto príncipe de los fariseos a comer en día de sábado, ellos  le estaban asechando.  Y he aquí que se presentó delante de Él un hombre hidrópico.  Nuestro Señor Jesucristo, vuelto a los doctores de la ley y los fariseos, les dijo:  ¿Es lícito curar en día de sábado?  Mas ellos callaron.  Él, pues, habiendo tomado al hidrópico, le curó.    Y les dijo entonces: ¿Quién de vosotros, si su asno o su buey cae en algún pozo, no le sacará luego, aunque sea en día de sábado?  Y a esto no sabían que contestar.
      Y viendo como los convidados iban escogiendo los primeros puestos en la mesa, les propuso esta parábola:  Cuando fueres invitado a las bodas, no te pongas en primer puesto, no sea que haya otro convidado más distinguido que tú, y viniendo el que a ti y s él convidó, te diga:  Amigo, haz lugar a este;   y entonces con sonrojo te veas obligado a ponerte en el último.   Ahora bien, cuando fueres convidado, vete a poner en el último lugar, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:  Amigo, sube más arriba.  Esto te arrancará mucha gloria delante de los comensales.   Así es que cualquiera que se ensalza, será humillado;  y cualquiera que se humillare, será ensalzado. - Credo.

-Laus tibi Christe

domingo, 28 de agosto de 2016

DOMINGO DECIMOQUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En el Evangelio de hoy vemos la compasión de nuestro Señor por una mujer viuda a quien se le acaba de morir su único hijo. Conmovido ante el dolor de una madre, sin que nadie se lo pida, solamente por presenciar aquella escena, nuestro Señor le resucita a su hijo para consolarla, ya que siendo viuda perdía todo y lo único que tenía en el mundo; porque los hijos, no como mal se piensa ahora, son el único tesoro de una familia; en los hijos está la riqueza de una familia y el perdurar a través del tiempo la garantía de la ancianidad. Aunque también ahora, desgraciadamente, a los ancianos los encierran en las sociedades de la tercera edad para no ocuparse de ellos, lo cual muestra cuán bajo es nuestro nivel de cultura que desprecia a los ancianos, a los padres que nos han dado la vida. Nos preciamos de vivir en un siglo de ciencia y avance y lamentablemente es todo lo contrario.

Esa compasión de nuestro Señor, ese amor, esa caridad, nos hace recordar la deuda de amor que tenemos con Él que vino al mundo para redimirnos y que no escatimó su sangre para morir por nosotros. Ese amor se revela de manera concreta en la compasión que siente hacia esta pobre mujer resucitándole a su hijo, al único tesoro que tenía la viuda de Naím; por eso nuestro Señor le remedia su dolor volviéndole a la vida y manifestando con ese milagro su divinidad. ¿Por qué manifestando su divinidad? Porque dijo en nombre propio: “Yo te lo ordeno, Yo te lo digo”. Ese carácter personal es propio solamente de Dios, porque ningún enviado lo podría hacer sino invocando a Dios y no atribuyéndose poder divino como evidentemente lo hace nuestro Señor; así nos manifiesta su divinidad, en la cual debemos creer como católicos, porque siendo verdadero Hombre es verdadero Dios, y así ese Ser que es divino y que es humano, que se encarnó para salvarnos, para redimirnos del pecado, consuela a esta pobre mujer. La misericordia, el amor de Dios compadecido ante la miseria humana. Todos debemos tener ese amor, esa indulgencia con el prójimo y no faltar al mandamiento de la caridad que supera incluso al de la justicia; el de la estricta justicia que obliga en conciencia a retribuir a cada uno lo debido según el bien común; pero la caridad va mucho más allá, porque está por encima de la justicia.

También San Pablo, en la epístola de hoy, nos exhorta a hacer el bien a todos y en especial a los hermanos en la fe. Que no nos cansemos de hacer el bien y que no tengamos esa avidez, esa avaricia de vanagloria, de pretender y creernos mejores que los demás; eso es origen de disputas, de peleas y de odios. Que nos soportemos mutuamente es la Ley de Cristo. Y San Pablo nos dice que la Ley de la caridad, que es la Ley de Cristo, consiste concretamente en soportarnos mutuamente, y porque no nos toleramos, somos incapaces de tolerar a los demás que están a nuestro alrededor, porque de nada vale soportar a un chino, o a un japonés que está al otro lado del mundo que no nos afecta para nada, sino al que está viviendo bajo el mismo techo, al que vive al lado, al vecino de en frente, al que está próximo a nosotros.

De ahí viene la palabra prójimo, soportarnos y en ese soportarse mutuamente se ejerce la caridad, la Ley de Cristo, sabiendo que debemos tolerar los defectos inherentes a la miseria humana que tienen los que nos rodean, porque nosotros tenemos los mismos o quizá mayores o peores que ellos. Esto es un imperativo, no es facultativo, no es si me cae bien, si me hace un favor; no es si es agradable esa persona; es sin distinción, por encima de lo bueno o de lo malo que tenga, por encima de la simpatía o de la antipatía natural; la caridad no es un encanto natural, es, si pudiéramos decir, si quisiéramos usar la palabra simpatía, una simpatía sobrenatural por amor a nuestro Señor, por amor a Dios, porque Él murió en la cruz por todos y todos estamos obligados a amar al prójimo y en especial a los hermanos en la fe, es decir, a los católicos en primer lugar, en primer orden. Y veremos el fruto de la buena acción si no desfallecemos. De ahí surge la necesidad de la perseverancia, que es como una paciencia prolongada en el tiempo, para que veamos los frutos de las buenas obras hechas por amor a Dios.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que podamos cumplir con ese precepto de caridad, de amor, de compasión con el prójimo, soportándonos mutuamente y haciendo el bien a todos. +

PADRE BASILIO MERAMO
24 de septiembre de 2000

lunes, 22 de agosto de 2016

FIESTA DEL INMACULADO CORAZON DE LA SANTISIMA VIRGEN MARIA


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Esta fiesta del Inmaculado Corazón de María debería ser de primera clase, pero tal era la oposición alrededor de su santidad Pío XII, que no llegó a proclamarla de primera clase en honor a lo que nuestra Señora había pedido a sor Lucía en Fátima. Sin embargo, Pío XII manda a que se celebre la fiesta del Inmaculado Corazón de María, en plena guerra mundial, en el año 1944; guerra que no era más que el cumplimiento de lo anunciado por Fátima, si no se consagraba Rusia comunista al Inmaculado Corazón.

El comunismo es el humanismo ateo, hay que tenerlo claro. El comunismo no son los rusos ni sus cañones como le han hecho creer a Occidente, al ejército, a los militares y a todos los que se creen de derecha, sino que es el humanismo ateo. Y éste, ese antropocentrismo endiosa al hombre negando la divinidad de Dios. Es el materialismo más aberrante esparcido por el mundo, por eso ya no eran necesarios ni el muro de Berlín ni la U.R.S.S. o Unión Soviética. Porque el enemigo sabe muy bien que el comunismo hoy pulula por doquier, tanto en las izquierdas como en las derechas, falsas izquierdas y falsas derechas, y lo reinante es un ateísmo humanista.

No nos equivoquemos y caigamos en el error que se ha difundido por el mundo por no haber escuchado la voz del cielo. Es lamentable que Pío XII no llegase a enfatizar ni a ver esto; él, que había visto tres veces el milagro de Fátima reproducirse en el Vaticano y que a raíz de ello se movió a proclamar el dogma de la Asunción de nuestra Señora a los cielos, en cuya revelación se encontraba entre los obispos de aquel entonces monseñor Lefebvre, y su nombre permanece grabado en la piedra de una de las puertas de la entrada a San Pedro.

Era tal la presión, y hay que decirlo, de los jesuitas, que, como el padre Dhanis quien se oponía con todo el apoyo de la Compañía a que se le diera esa importancia a Fátima, para mantener así en la oscuridad ese mensaje del cielo, que no era el primero sino que vendría a ser parte de la sucesión de mensajes que se iniciaron en el siglo XIX en la Francia apóstata por la Revolución francesa.

Las tres primeras apariciones del siglo XIX fueron en Francia, una en París, capital de la diosa razón y de la revolución donde se profanó el altar en Notredame con una misa sacrílega. La apostasía del clero en aquel entonces hizo depurar a los sacerdotes y a los pocos que no aceptaron la constitución revolucionaria, quienes murieron mártires. En Francia tenemos la aparición de la Rue de Bac, en París; la aparición de Lourdes; la de La Salette y después vienen la de Fátima y la de Siracusa en 1953, en pleno pontificado de Pío XII, reconocida por el Arzobispo de Siracusa y por el mismo Pío XII, quien en un mensaje radial decía que no había de que extrañarse si nuestra Señora prodigara su misericordia en Siracusa, convirtiéndose así, comunistas y protestantes a granel. Así que hay toda una secuencia y advertencia del cielo por parte de nuestra Señora, y que no es por azar.

Por eso san Luis María Grignón de Montfort dijo que así como Dios vino a través de la Santísima Virgen María y que a través de Ella nos vino la salvación, así llegará hacia el final de los tiempos en su segunda venida, a través de Ella para consumar su reino: “Al fin mi corazón triunfará”. Al fin, indica después de todo el desbarajuste, la apostasía, el cisma, la traición. ¿Por qué? Porque “las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia”, aunque ésta quede reducida a su mínima expresión; pero también quedará acrisolada, purificada por esa crisis que hará a los santos de los últimos tiempos mucho más grandes que los cedros del Líbano, en comparación con los otros santos.

No invento absolutamente nada, porque lo que estoy diciendo lo ha dicho incluso un monseñor colombiano, monseñor Cadavid, quien escribió sobre Siracusa y expresa mucho más de lo que yo podría decir aquí explicando y mostrando la importancia de nuestra Señora para los últimos tiempos, de los cuales, estos, los de ahora, que él mismo decía, ya eran parte. Es decir, que ya habían comenzado. Hacía resaltar que la aparición o la manifestación de ese cuadro que lloró durante tres y cuatro días ininterrumpidamente sin decir una palabra, en medio de un barrio de comunistas y protestantes, y no ya en medio de niños inocentes, con advertencias, sino llorando. Como para decir que no hay más nada que hacer sobre este mundo impío que no quiere oír la voz de Dios, y dentro de esa impiedad está involucrado el clero, porque es él en su conjunto, en primer lugar, quien no quiere que se hable.

Y los sacerdotes que cincuenta o sesenta años atrás hablaban, fueron perseguidos. Eso lo relata el padre Castellani; grandes sacerdotes jesuitas, como él mismo lo fue, perseguidos. Y uno de esos perseguidores es hoy cardenal en Roma, para que veamos hasta dónde llegan las cosas y no debemos extrañarnos de absolutamente nada. Pero como dice monseñor Cadavid, todo eso es el preludio del triunfo del Inmaculado Corazón, que podríamos así representarlo como la otra cara del Sagrado Corazón y mucho más cuando es la misma carne.

Nuestro Señor tomó toda su naturaleza humana, toda su carne, toda su sangre, todos sus huesos de las entrañas purísimas y virginales de la Santísima Virgen María. Y por eso, no hay mejor advocación que la conjugación de esos dos Corazones, que son los Sagrados Corazones, el de Jesús y el de María, como se llama esta capilla y que al hacer la nueva como verdadera capilla, conservará ese nombre. Y éste es muy importante, no es uno más, no es una advocación más, todo ello tiene una connotación apocalíptica. Repito: no lo digo yo, lo dice el mismo monseñor Cadavid. Lo dijo hace cincuenta años, no es de hoy ni de ayer.

El tiempo transcurre, pero la humanidad sigue su derrotero infiel, y nosotros, los que queremos de algún modo honrar a Dios, también vamos muy distraídos, demasiado distraídos y cuando nos pegan el sacudón chillamos. Hay demasiada televisión, por eso monseñor Lefebvre estipuló para la Tercera orden, como un requisito básico, que no hubiese televisión en la casa de sus miembros. Lo recuerdo porque hay una degeneración que se está introduciendo poco a poco. Diferente es que yo viva en casa ajena o en donde no poseo el poder y la potestad, pero si los poseo no puedo pertenecer a la Tercera orden teniendo allí la televisión. Monseñor Lefebvre ha prohibido terminantemente que haya la televisión en cada Priorato. ¿Por qué? Porque todo eso no solamente nos distrae, sino que nos corrompe, gústenos o no. Y después ¿de qué nos vamos a extrañar si perdemos el tiempo que Dios da para la eternidad, si por toda palabra ociosa seremos juzgados?, ¿cómo no vamos a ser juzgados por el tiempo perdido tan estúpidamente? Y así, después no hallamos medio para la oración, para la contemplación ni la meditación; leemos veinte mil periódicos y revistas y no somos capaces de leer una página de la Sagrada Biblia.

Entonces, todo esto debemos tenerlo en cuenta si queremos perseverar. Si nos cuesta mucho es porque tenemos demasiado mundo en nuestro corazón, por eso nos es difícil; por la comodidad, el mundo de hoy nos quita la capacidad de sacrificio, de abnegación, de penitencia. Nos gusta la vía ancha, fácil, pero no el rigor de la inclemencia del tiempo, del frío, del calor, del hambre, de la desnudez y mucho menos de la injuria y la calumnia. Debemos, si queremos realmente honrar a nuestra Señora y consolar de algún modo su Corazón doloroso, por lo menos tratar de ser un poquito mejores, un poquito más fieles y con menos mundo en nuestro corazón. Y así estar más dispuestos a las cosas y a la palabra de Dios para no ser arrollados por la actual apostasía de las naciones de los gentiles que terminarán adorando al anticristo.

Es una gracia que el cielo nos da al poder tener el verdadero culto, la verdadera Misa, la verdadera doctrina, la verdadera fe católica, apostólica, romana. Pero eso tiene un precio, y ese precio es la oración, el sacrificio, la renuncia a todo lo que no sea Dios. No le pongamos una vela a Dios y otra al diablo, por eso hay tantas falsas devociones, como anuncia el mismo san Luis María Grignón de Montfort, que utilizan la devoción a nuestra Señora como un escudo, una pantalla, una máscara, un disfraz para pasar por muy católicos cuando en el fondo no lo somos, porque no queremos comprometernos con las exigencias mínimas del evangelio. Y eso nos cae muy duro, pero es así, más cruel será el día del juicio, así que conviene que nos vayamos preparando, porque seremos juzgados tarde o temprano. Debemos tomar las precauciones para que no nos dejemos distraer en el camino hacia Dios, hacia la eternidad y podamos así verdaderamente comprender algo del misterio insondable de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y poder perseverar y salvar nuestras almas y las de los demás.

Pío XII quiso instituir la fiesta de hoy para la paz de las naciones, para la libertad de la Iglesia y para el amor, la pureza y la virtud. Porque el mundo de hoy es impuro y vicioso, o si no díganme qué van a ver en el cine y en la televisión, ¿vidas de santos? La impureza y el vicio, pero no visto como tales, sino como lo más natural y lo más normal, sin el menor pudor, como animales.
Debemos recordar en la fiesta de hoy cuáles fueron las intenciones, entre otras, de ese gran pontífice, que aún no se sabe si fue asesinado o no. Y esto lo digo no para mencionar algo nuevo, sino simplemente para mostrar hasta dónde llega la corrupción; que deseen asesinar un sumo pontífice no es nada nuevo. A San Pío V también lo quisieron asesinar envenenando los pies del crucifijo que él besaba con devoción todos los días. Por eso en su estampita San Pío V sale arrodillado con un crucifijo entre las manos, con los pies de éste un poco corridos, porque fue nuestro Señor quien corrió los pies para que él no muriera envenenado. Y de eso hace ya más de quinientos años, nada nuevo hay bajo el sol.

Así que aprovechemos para pedirle a nuestra Señora configurarnos a su Corazón, para estar más cerca del Sagrado Corazón de su divino Hijo. Tengamos estas intenciones, para que la Santísima Virgen nos proteja como nuestra madre, lo dice el evangelio de hoy, dándole a San Juan como hijo, y en él estaba toda la Iglesia y, por ende, todos nosotros también, y dándole a este santo, de igual forma, a la Santísima Virgen como madre. Y por eso el que quiera tener a Dios por padre debe tener a María por madre. Que Ella sea nuestra madre y que nosotros podamos ser verdaderos y fieles hijos suyos. +

BASILIO MERAMO PBRO.
22 AGOSTO DE 2002

domingo, 21 de agosto de 2016

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS




Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo el Evangelio nos recuerda y nos exhorta a buscar, primero el reino de Dios, las cosas de Dios; todo lo demás se nos dará por añadidura, para que no hagamos de lo que no requerimos, que puede ser incluso muy necesario, el fin último de nuestra vida, para que no hagamos de ello nuestro falso dios.

El Evangelio comienza advirtiéndonos que nadie puede servir a dos señores porque amará a uno y detestará al otro, o servirá al otro y no al primero. No se puede servir a Dios y a las riquezas, o se sirve a Dios o se sirve a al dinero, pero servir a ambos al mismo tiempo es imposible. Sin embargo, eso es lo que hoy el mundo predica, el catolicismo liberal: tener a Dios con una vela y a las riquezas con otra; éstas, que representan o sintetizan todos los bienes de esta tierra, de este mundo y por eso nuestro Señor es categórico, es radical, es vertical, o lo uno o lo otro, y eso lo hace para la salvación de nuestras almas, para que no nos engañemos. No es que el patrimonio sea en sí malo, lo nefasto es hacer de él nuestro señor, nuestro dios; lo funesto es ser y vivir esclavos de esas riquezas de ese patrimonio, de lo que ellos proporcionan, como fama, poder, bienestar, influencias, honores y todo lo demás. Debemos vivir para Dios y Él nos dará lo que necesitamos por añadidura.

Y mal se podría interpretar este Evangelio de hoy, con la comparación que hace nuestro Señor de mostrarnos cómo las aves del campo no hilan, no tejen, no tienen graneros y son alimentadas por Dios, y cómo un lirio del campo viste mejor que Salomón en toda su opulencia. ¿Y cómo no se va a preocupar más Dios por nuestras almas que por las aves y los lirios del campo? Mucho más vale nuestra alma que es espiritual, con lo cual nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena, esa preocupación desmedida por los bienes de este mundo que se adquieren y aseguran a través de las riquezas.

No es que nuestro Señor esté predicando la imprudencia, la pereza, la dejadez. Porque hay también esa tentación; las Escrituras mal entendidas nos llevan a herejías, y éstas tienen dos polos: los ebionitas, por ejemplo, predicaban que sólo se salvaban los pobres, en la Iglesia primitiva; los calvinistas predican que los que se salvan son los ricos y que las riquezas son una señal de la predestinación al cielo. Dos herejías que se identifican; ni ricos ni pobres, lo que quiere decir nuestro Señor no es que los pobres o los ricos se salvan o se condenan, no somos ni ebionitas ni calvinistas, como calvinistas son gran parte de los Estados de Europa y de los Estados Unidos. Por eso ese afán de poder y de éxitos en esta tierra como una garantía de la predestinación al cielo.

Sencillamente, nuestro Señor quiere mostrar que lo que interesa es la virtud, el desapego. Porque se puede ser pobre y ser tan miserable como un rico avaro apegado al poder y a las riquezas, que aunque no las posea, las desea en el corazón como a un dios omnipotente. Y Dios sabrá si no saldrán de ahí errores como la lucha de clases que ha sido agitada por el marxismo. Y al revés, tampoco quiere decir nuestro Señor, que los ricos se salvan o se condenan, porque se puede ser tan rico como un rey, el rey David, el rey san Luis, el rey San Fernando y no vivir apegados a esas riquezas sino que las utilizan para el bien de las almas y su salvación. También se puede ser rico y utilizar esas riquezas para el mal. Nuestro Señor quiere erradicar la solicitud terrena y que no invirtamos los términos, que no nos preocupemos demasiado ni aun por aquello que nos es necesario; que tengamos a Dios por Señor y no las riquezas de este mundo.

¿Cuánta gente, lamentablemente, ha vendido su alma al demonio haciendo pactos por ser grandes artistas, grandes millonarios, muy poderosos? No vendamos el alma al diablo, haciendo de los bienes de este mundo nuestro dios, nuestro fin último. Debemos buscar el reino de Dios en primer lugar y lo demás se nos dará por añadidura.

Otro error sería el de caer en la pereza, en la despreocupación, en la dejadez, en la falta de empeño o de trabajo, pensando que por rezar y orar no tengo que trabajar para ganarme el sustento, porque me va a caer del cielo, interpretando mal esa comparación que hace la Escritura con los lirios del campo y las aves del cielo. Y hay mucha gente inclinada a caer en ese error, ese es un extremo; el otro, diametralmente opuesto, que nuestro Señor quiere combatir, es la solicitud terrena. No podemos caer en la dejadez o en el abandono total esperando que todo nos llueva del cielo. Las Escrituras hay que interpretarlas correctamente, para eso está la santa madre Iglesia, para darnos el sentido a través de su Magisterio y de los Padres de la Iglesia.

De ahí la necesidad de leer la Biblia con abundantes comentarios. ¿Cuánta gente no saca errores sin malicia, y concepciones erróneas de las Escrituras por leerlas imprudentemente sin preguntarse antes qué dice la Iglesia, qué dicen los santos padres? No más por recordar, ¿cuántos errores sacados del Génesis? Por ejemplo, al interpretar quiénes son los hijos de los buenos, de los santos y quiénes son los de los malos. Algunos llegan hasta decir y creer que Eva concibió otros hijos, además de los que tuvo con Adán, con la serpiente; y de ahí siguen sacando cuentos y cuentos típicos de toda una gnosis cabalística que no es de hoy, sino tan vieja como el mundo. Y así se hace de las Escrituras una mitología, una fábula. Por nombrar un aspecto, un detalle de cómo es fácil que el error haga presa de nosotros si no nos preguntamos siempre qué es lo que nos dice la Iglesia, qué es lo que nos enseñan los santos Padres, qué es lo que dice la teología.

Por eso, del evangelio de hoy han nacido muchas herejías, cuando nuestro Señor lo que quiere es mostrarnos cuál es el camino para salvarnos, y sabiendo Él que necesitamos vestido, comida y los bienes que Él mismo ha creado para nuestro sustento, no quiere que esos recursos mal encaminados, mal queridos, mal deseados, sean un obstáculo para nuestra salvación, sean un impedimento para que consigamos el reino de los cielos, el reino de Dios que debe ser el primero y único de nuestros objetivos y todo lo demás es secundario, accidental. Y esto es difícil entenderlo en el mundo de hoy, porque es pagano, está judaizado; donde todo es dinero. Todavía aquí en Colombia nos salvamos porque gracias a la pobreza no tenemos esa contaminación del materialismo que se ve en Europa; es aterrador, trabajar para adquirir, para poseer, para vivir bien, pero se olvidan de vivir conforme a Dios. Así, entonces, tienen por señor no a Dios sino a las riquezas.

Por eso la gran tentación que hay de querer ver realizado en este mundo el paraíso, que es lo que promete falazmente el comunismo; éste no es más que el ideal judío, convertir esta tierra en un paraíso de bienes materiales donde ellos, por supuesto, sean los que gobiernen y manden. No en vano Marx era judío y por ende no hay una oposición entre el capitalismo liberal y el comunismo; son dos versiones de un mismo ideal que se pelean en la manera en que se va a producir, pero el objetivo final es siempre esta tierra, los bienes, el poder y las riquezas terrenales.

En cambio, la Iglesia nos dice: ¡no; es Dios, el reino de Dios! Y eso fue lo que le pasó a Maritain, casado con Raiza, una judía. Él fue un inteligente filósofo, al principio muy purista y a quien el gran padre Garrigou-Lagrange, teólogo en Roma, lo defendía y estimaba; el padre Meinvielle trató de abrirle los ojos a Garrigou-Lagrange en el Angélico, pues Maritain, queriendo instaurar un cristianismo terrestre, cae en la herejía de Lamennais, en esa gran herejía condenada, y él es así, el instigador del Vaticano II, amigo íntimo de Pablo VI y el padre de la libertad religiosa, para que todos trabajasen y viviesen en paz en medio de los bienes de este mundo sin importar que fuesen católicos, judíos, musulmanes o lo que fueran; ese es el humanismo integral, esa concepción católica reducida a esta tierra, en definitiva a buscar el ideal judío del paraíso perdido aquí y encontrado en esta tierra, olvidándonos del paraíso celestial del reino de los cielos.

Y de ahí todo el progresismo que comportan todas estas nociones, que todo lo que viene es mejor; ¿por qué? Porque aumenta la técnica, la ciencia, y entonces, eso debe hacer que los hombres vivan en un mundo mejor, con más bienes de consumo. Falso, eso es buscar primero lo de este mundo, las riquezas y no a Dios; en consecuencia vemos el gran error de Maritain y de todo el modernismo, que se infiltró en el Concilio Vaticano II y que sigue campeando hoy en la teología de la liberación y en toda la evangelización que, según vemos, se predica en las iglesias; por eso las monjas dejan la clausura y salen a la calle, los curas se vuelven como los demás hombres. Es la misma mentalidad y es la de un apostata del reino de Dios, la gran herejía del modernismo y el progresismo actual, impulsada por católicos de talla como Maritain.

Debemos tener esa vigilancia, para que realmente vivamos el espíritu del evangelio, y del evangelio correctamente interpretado, porque de él es muy fácil sacar herejías; el error es múltiple y diverso mientras la verdad es una. Es mucho más fácil, entonces, la propagación del mal que la del bien y por eso es más difícil el bien, porque el mal es como un cáncer. Todo esto quedaría lejos de nuestro corazón si tenemos en primer lugar el reino de Dios, si buscamos el reino de Dios y lo demás lo subordinamos. Ese es el mensaje que nos quiere dejar nuestro Señor en el Evangelio de hoy, para que no nos condenemos con los bienes y las riquezas de este mundo que Dios ha puesto para nuestro sustento y no para reemplazarlo a Él.

Pidámosle a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos ayude a buscar el reino de Dios, el de su divino Hijo en primer lugar, para que así impere en nuestros corazones, si es que no puede imperar más en la ciudad.+

PADRE BASILIO MERAMO
25 de agosto de 2002