San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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martes, 11 de febrero de 2014

ANSIEDAD DE LA VERDAD. Sobre la Sede Vacante


En su último número Eleison del 1 de Febrero del 2014, titulado “Ansiedad
Sedevacantista II”, Monseñor Williamson, equipara, en extremos contrarios, a los
liberales y sedevacantistas, como dos posturas erróneas opuestas a evitar. Esto
constituye una falsa oposición pues se trata no de extremos contrarios, sino de dos
cosas completamente distintas, siendo el liberalismo una herejía y el
sedevacantismo una consideración teológica posible y verdadera. Es un craso
desacierto y error pretender equiparar el sedevacantismo con el liberalismo como
un error a evitar.

La cuestión de la Sede Vacante, es algo eminentemente teológico, cuya posibilidad
siempre fue admitida en la Iglesia, hasta que el flamenco (holandés) Alberto Pighi,
dijera lo contrario, cuando, siendo uno de los favorecido en la corte vaticana por el
Papa Adriano VI, igualmente flamenco, sostuvo la tesis contraria a la de todos los
teólogos de la Edad Media. Así tenemos que era doctrina común, tanto de teólogos
como de juristas, que un Papa podía desviarse de la fe, como lo admitía por ejemplo
el mismo Inocencio III, al decir en su Sermón 2° de Consecratione Sua: “In tantum
fides nihi necessaria est, ut cum de ceteris peccatis solum Deum iudicem habeam,
propter solum peccatum quod in fide committerem possem ab Ecclesia iudicare”.
(Palmieri Trac. de Rom. Pont. , p. 631). (En tanto en cuanto la fe no sea conculcada,
ya que sólo a Dios tengo por Juez del resto de mis pecados, únicamente por el
pecado que contra la fe cometiere, puede juzgarme la Iglesia).

Pighi fue refutado por dos de los eminentes teólogos del Concilio de Trento:
Melchor Cano y Domingo Soto, como también por Bañez por ejemplo, entre otros.

Los antisedevacantistas, que retoman la tesis de Pighi, no se percatan que ésta fue
equiparada, en el extremo opuesto, con el error de Lutero y Calvino por San
Alfonso María de Ligorio, como se puede ver: “Muchas opiniones están aquí en
presencia: 1°. Aquella de Lutero y Calvino quienes enseñan esta doctrina herética,
que el Papa es falible, incluso cuando habla como Doctor universal y de acuerdo
con el Concilio. 2°. La segunda, que es precisamente lo opuesto de la primera, es
aquella de Alberto Pighius que sostiene que el Papa no puede errar, incluso
cuando el habla como doctor privado. 3°. La tercera es aquella de ciertos autores
que sostienen que el Papa es falible en las enseñanzas dadas fuera del Concilio. 4°.
La cuarta opinión que es la opinión común y a la que nosotros adherimos es la
siguiente: Bien que el Pontífice Romano pueda errar como simple particular o
Doctor privado, así como en las puras cuestiones de hecho que dependen
principalmente del testimonio de los hombres, sin embargo cuando el Papa habla
como Doctor universal definiendo ex cathedra, es decir, en virtud del poder
supremo trasmitido a Pedro de enseñar la Iglesia, decimos que él es
absolutamente infalible en las decisiones y controversias relativas a la fe y a las
costumbres. Esta opinión es defendida por Santo Tomás, Torquemada, de Soto,
Cayetano, Alejandro de Hales, San Buenaventura, (…) San Francisco de Sales
 (…)”. (Oeuvres Completes de S. Alphonse de Liguori, Traduites per le P. Jules
Jacques. Extrait du Tome IX, Traités sur le Pape et sur le Concile, p.286-287-292).

El mismo hecho de la disputa de los teólogos entre sí, aunque discordes en la
solución de cómo y cuándo perdería la jurisdicción el Papa por cisma, herejía u
apostasía, prueba que no es contrario al dogma ni a la fe que un Papa pueda
desviarse de la fe, como podemos ver con el Cardenal san Roberto Belarmino, que
muestra (evidencia) la posibilidad teológica, aunque de hecho históricamente no se
hubiere dado.

También lo prueba el hecho que los Concilios Ecuménicos VI y VIII, los Papas San
León II, Adriano II e Inocencio III, que aunque hayan juzgado basados en textos
adulterados, aceptaban la posibilidad de que un Papa se desvíe de la fe.

“El III Concilio de Constantinopla, VI Ecuménico, declara que analizó epístolas
dogmáticas del Patriarca Sergio, así como una carta escrita por Honorio I al
mismo Patriarca. Y prosigue: ‘habiendo verificado que ellas están en entero
desacuerdo con los dogmas apostólicos y las definiciones de los santos Concilios y
todos los Padres dignos de aprobación, y por el contrario que siguen las falsas
doctrinas de los herejes, nosotros las rechazamos de modo absoluto y las
execramos como nocivas a las almas’. Después de anatemizar a los principales
heresiarcas monotelitas, el Concilio condena a Honorio: ‘juzgamos que,
juntamente con ellos, fue lanzado fuera de la Santa Católica Iglesia de Dios y
anatemizado, también Honorio, otrora Papa de Roma, pues verificamos por sus
escritos enviados a Sergio, en todos siguió el pensamiento de este último y
confirmó sus principios impíos” (Da Silveira, Implicaciones Teológicas y Morales
del Nuevo Ordo Missae, obra mimeografiada, Sao Paulo - Brasil, 1971, p.148.) Ver
Ds. 550 - 552.

San León II (682-683) en una carta de agosto de 682 al Emperador Constantino
IV le dice: “Anatematizamos también a los inventores del nuevo error: Teodoro
Obispo de Pharan, Ciro de Alejandría, Sergio, Pirro… y también Honorio, que no
ilustró esta Iglesia apostólica, sino que permitió, por una traición sacrílega, que
fuese maculada la fe inmaculada”. (Ibídem, p. 148). Ver Ds. 563.
“En carta a los Obispos de España, el mismo San León II declara que Honorio fue
condenado porque: ‘(…) no extinguió, como convenía a su autoridad apostólica, la
llama incipiente de la herejía, sino que la fomentó por su negligencia’. Y en una
carta a Ervigio, rey de España, San León repitió que, con los heresiarcas citados
fue condenado: ‘(…) Honorio de Roma, que consintió que fuese maculada la fe
inmaculada de la tradición apostólica que recibiera de sus predecesores’ ”.
(Ibídem, p.148). Ver Ds. 563- 561.

Adriano II (867-872) leyó la frase de San Bonifacio que está en las Decretales de
Graciano: “Culpas [Rom. Pontífice] isti redarguere presumit mortalium nullus,
quia cunctos ipse judicaturus a nemine judicandus, nisi forte deprehendatur a
fides devius”. (Palmieri, Tractus de Romano Pontifici, p.631). (Que ninguno de los
mortales tenga la osadía de pensar que los errores se argüirán en contra de aquel
[el Papa] por el cual todos somos juzgados, a no ser que se le sorprendiese desviado
de la fe). “Entre los documentos escritos a propósito del caso del Papa Honorio,
ninguno goza tal vez de tanta importancia para nuestro tema, cuanto el pasaje
citado seguidamente, extraído de un discurso del Papa Adriano II dirigido al VIII
Concilio Ecuménico. Como veremos cualquiera sea el juicio que se haga sobre el
caso de Honorio I, tenemos aquí una declaración Pontificia que admite la
eventualidad que un Papa caiga en herejía. He aquí las palabras de Adriano II,
pronunciadas en la segunda mitad del siglo IX, ésto es, más de dos siglos después
de la muerte de Honorio: ‘Leemos que el Pontífice Romano siempre juzgó a los
jefes de todas las iglesias (esto es, los Patriarcas y Obispos); pero no leemos que
jamás alguien lo haya juzgado. Es verdad que, después de muerto, Honorio fue
anatemizado por los Orientales, pero se debe recordar que él fue acusado de
herejía, único crimen que torna legítima la resistencia de los inferiores a los
superiores, así como, el rechazo de sus doctrinas perniciosas’ ”. (Alloc. III lecta in
Conc. VIII, Act.7, citado por Billot, “Trac. de Eccl. Christi”, tom.1, p.611; - Da
Silveira, op. cit., p.149).

Inocencio III (1198-1216) dijo claramente reconociendo en su Sermón 2° de
Consecratione sua: “In tantum fides nihi necessaria est, ut cum de ceteris peccatis
solum Deum iudicem habeam, propter solum peccatum quod in fide committerem
possem ab Ecclesia iudicare”. (Palmieri Trac. de Rom. Pont. , p. 631). (En tanto en
cuanto la fe no sea conculcada, ya que sólo a Dios tengo por Juez del resto de mis
pecados, únicamente por el pecado que contra la fe cometiere, puede juzgarme la
Iglesia).

“Párrafo del Sermón del Papa Inocencio III: ‘La fe es para mí a tal punto
necesaria que, teniendo a Dios como único Juez en cuanto a los demás pecados,
sin embargo, solamente por el pecado que cometiese en materia de fe, podría ser
yo juzgado por la Iglesia’ ”. (Citado por Billot, “Tract. de Eccl. Christi”, tom. I, p.
610; - Da Silveira, op. cit., p. 153).

Los Canonistas como Prümer, Regatillo, Coronata y Vermeersch también dicen lo
mismo sobre el tema:

Prümmer: “Per haeresim certam en notoriam Papam amittere suam potestatem
autores quidem communiter docent, sed utrum iste casus revera possibilis sit,
merito dubitatur”. (Manuale Iuris Canonici, ed. Herder, Friburgo 1927, p.131).
(Los autores enseñan comúnmente que el Papa pierde su potestad por herejía
cierta y notoria, pero si fuese otro el caso, es de justicia dudar).

Regatillo: “Ob haeresim publicam ipso facto communior: quia non esset
membrum Ecclesiae, ergo multo minus caput”. (Institutiones Iuris Canonici, vol. I,
ed. Sal Terrae, Santander 1951, p.280). (Simplemente por el hecho de herejía
pública: como ya no fuese miembro de la Iglesia, mucho menos podría ser su
cabeza).

Coronata, sobre la cuestión de la pérdida del oficio de Papa (Amissio officii R.
Pontificis) dice: “Haeresis notoria. Quidam auctores negant suppositum: dari
nempe posse R. Pontificem haereticum. Probari tamen nequit R. Pontificem, ut
doctorem privatum, haereticum fiere non posse, e. g., si dogma antecedenter
definitum contumaciter deneget; haec impeccabilitas nullibi a Deo promissa est.
Immo Innc. III expresse admittit dare posse casum. Si vero casus accidat ipse ex
iure divino ab officio sine ulla sentencia, ne declaratoria quidem, decidit. Qui
enim haeresim palam profitetur se ipsum extra Ecclesiam ponit et non est
probabile Christum suae Primatum Ecclesiae tale indigno servare. Proinde si R.
Pontifex haeresim profiteatur ante quamqumque sententiam, quae impossibilis
est, sua autoritate privatur”. (Institutiones Iuris Canonici, vol. I ed. Marietti,
Torino p.373). (Por herejía notoria. Algunos autores niegan el supuesto: puede,
ciertamente, darse un Romano Pontífice hereje. Sin embargo, no puede probarse
que el Romano Pontífice, como doctor privado, no pueda ser hereje, por ejemplo, si
niega contumazmente un dogma definido anteriormente; esta impecabilidad no es
prometida por Dios a ninguna persona. Por cierto Inocencio III admite
expresamente el caso. Si el caso acontece en realidad, por el mismo derecho divino
sin ninguna sentencia ni declaración alguna, se separa del cargo. En efecto, quien
profesa abiertamente la herejía, él mismo se pone fuera de la Iglesia y no es
probable que Cristo conserve su Primado de la Iglesia a uno con tal indignidad. Así
pues, si el Romano Pontífice profiere una herejía, antes de cualquier sentencia, la
cual es imposible, queda privado de su autoridad).

Vermeersch sobre la cesación de la potestad del Romano Pontífice dice: “Cessat
R. Pontificis potestad morte; renuntiationen libera, quae valida est sine
cuiuspiam acceptatione (c.221); amentia certa et certo perpetua; haeresi notoria”.
(Epitome Iuris Canonici, tom. I, 1927, p.222). (La potestad del Romano Pontífice
cesa por muerte; por renuncia libre, la cual es válida sin ninguna aceptación
(c.221); por la demencia cierta y ciertamente perpetua; por la herejía notoria).

Del mismo modo, el Cardenal Juan de Torquemada, (tío del Primer Gran
Inquisidor de España), de quien Da Silveira trae la siguiente cita muy
esclarecedora: “(…) El cardenal español Juan Torquemada es el vigoroso y más
influyente paladín del primado pontificio en el siglo XV, en cuyos escritos todos
los futuros defensores del primado fueron a buscar sus argumentos: desde
Doménico Jacobazzi y Cayetano, pasando por Melchor Cano, Suarez, Gregorio de
Valencia y Belarmino, hasta los teólogos del primer Concilio Vaticano. (…) Para
demostrar que el Papa puede ilícitamente separarse de la unidad de la Iglesia y
de la obediencia a la cabeza de la Iglesia, y por lo tanto caer en cisma, el cardenal
Torquemada usa tres argumentos: ‘1° (…) por la desobediencia el Papa puede
separarse de Cristo que es la cabeza principal de la Iglesia y en relación a quien la
Iglesia primariamente se constituye. Puede hacer eso desobedeciendo a la ley de
Cristo u ordenando lo que es contrario al derecho natural o divino. De ese modo
se separaría del cuerpo de la Iglesia, en cuanto está sujeta a Cristo por la
obediencia. Así, el Papa podría sin duda caer en cisma. 2° El Papa puede
separarse sin ninguna causa razonable, sino por pura voluntad propia, del
cuerpo de la Iglesia y del colegio de los sacerdotes. Hará eso si no observa aquello
que la Iglesia universal observa con base en la tradición de los Apóstoles, según el
c.‘Ecclesiasticarum’, d.11, o si no observase aquello que fue, por los Concilios
universales o por la autoridad de la Sede Apostólica, ordenando universalmente
sobre todo en cuanto al culto divino. Por ejemplo, no queriendo personalmente
observar lo que se relaciona con las costumbres universales de la Iglesia o con el
rito universal del culto eclesiástico. (…) Apartándose de tal modo y con pertinacia
de la observancia universal de la Iglesia, el Papa podría incidir en cisma. (…) Por
eso, Inocencio dice: ‘De Consue.’ Que en todo se debe obedecer al Papa en cuanto
este no se vuelva contra el orden universal de la Iglesia, pues en tal caso el Papa
no debe ser seguido, a menos que haya para eso causa razonable. 3° Supongamos
que más de una persona se considere Papa y que una de ellas sea verdadero Papa,
aunque tenido por algunos como probablemente dudoso. Supongamos que ese
Papa verdadero se comporte con tanta negligencia y obstinación en la búsqueda
de la unión de la Iglesia, que no quiera hacer cuanto pueda para el
establecimiento de la unidad, en tal hipótesis, el Papa sería tenido por fomentador
del cisma, conforme muchos argumentaban, aun en nuestros días, a propósito de
Benedicto XIII y de Gregorio XII’ ”. (Summa de Ecclesia, pars. I, lib. IV cap. 11,
p.369 vuelta. Citado por Da Silveira, op. cit. p.186-187).

Así como también, Melchor Cano, uno de los grandes teólogos del Concilio de
Trento que combatió la posición de Pighi como una opinión además de errónea,
innovadora, en contra de lo que hasta entonces se había pensado en la Iglesia,
como Dublanchy lo reconoce citándolo: “Todos admiten sin dificultas que el Papa
puede caer en la herejía como en toda otra falta grave; ellos se preocupaban
solamente de buscar por qué y dentro de cuáles condiciones, él puede en ese caso
ser juzgado por la Iglesia”. (Infaillibilité du Pape, col. 1715). Y continúa más
adelante Dublanchy: “En los comienzos del siglo XVI la opinión del cardenal
Torquemada es reproducida por Cayetano (…). Al encuentro de esta afirmación,
Pighi afirma que según las promesas de Jesucristo, tomadas en toda su extensión,
Mt. 16,18, es imposible que el Papa sea herético porque, el fundamento de la
Iglesia cesando de estar unido a Jesucristo sería verdad que las puertas del
infierno han prevalecido contra la Iglesia (…). Esta afirmación de Pighi fue
pronto combatida por Melchor Cano, quién, después de haber rechazado la
mayor parte de las explicaciones dadas por Pighi para justificar a varios Papas
con respecto a la fe, concluye que no se puede negar que el soberano Pontífice
pueda ser herético, porque en efecto hay un ejemplo o quizás dos. Cano fue
seguido por Domingo Soto, Gregorio de Valencia y Bañez”. (DTC. Infaillibilité du
Pape, col. 1715-1716).

Es evidente, que insistir en la imposibilidad de defección en la fe de un Papa, es un
prejuicio basado en la ignorancia, que quiere tomar la primacía sobre el asunto, no
basada en documentos sino en las ideas que hoy hacen circular publicitariamente
como si fueran la verdad.

Es por esto que desde un principio, la Roma modernista, con el entonces cardenal
Ratzinger y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con el por aquella época Superior
General, Padre Franz Schmidberger, tenían que rotular con el tabú, que cual
espantapájaros, hoy esgrimen por doquier, para diluir cualquier posición firme y
contundente que se oponga al error.

Claro está que a la Roma apóstata, modernista y anticristo, lo único que le puede
doler y temer es que se le impute de frente y claramente, o al menos se cuestione,
su legitimidad, puesto que la Revolución anticristiana, a través de la cual se
instaurará en la sede de Pedro hasta el mismo anticristo religioso o pseudo profeta,
no tolera que se desenmascare la usurpación que hace, y pretende imponer el error,
la herejía y la apostasía, por la vía de una presunta legitimidad y legalidad que le
darían el peso de la autoridad de que carece.

Así podemos decir que la Consideración Teológica sobre la Sede Vacante, sin ser un
dogma de fe, es una conclusión teológica evidente quoad sapientes, (para los
entendidos) y no quoad ómnibus (para todos).

Tanto el sedevacantismo visceral y categórico, como el antisedevacantismo emotivo
y sentimental, parten de un mismo falso principio, del que hacen dogma, y es el de
no aceptar la posibilidad de que un Papa verdadero y legítimo pueda desviarse de la
fe y así sumirse en el error, la herejía, el cisma y/o la apostasía.

Queda todavía la objeción de quienes sostienen que se requiere una declaración
oficial de la Iglesia (o de parte de ella) para que el Papa hereje sea depuesto;
objeción que se salva, con la fórmula planteada por Monseñor de Castro Mayer,
según la cual, cuando el Papa es un hereje manifiesto, pierde ipso facto el
pontificado y queda ocupando la Sede de Pedro solamente de hecho, no de derecho;
de manera que sería Papa sólo putativamente, sólo aparentemente; y su
jurisdicción es suplida directamente por Cristo, cabeza invisible de la Iglesia, para
todas aquellas acciones que la requieran y que sean justas para el bien común de las
almas. (Para profundizar más sobre este concepto, véase aquí mi escrito
Consideración Teológica sobre la Sede Vacante, p. 28-29-30).
http://www.meramo.net/AmigosdeMeramo/Opusculos_files/SedeVacanteCo.pdf

Los antisedevacantistas que no quieren ni admitir aún la posibilidad de la Sede
Vacante, es decir, no el hecho sino su eventualidad, como me lo señaló un día el P.
Schmidberger, basado en una mala interpretación del pasaje de las Sagradas
Escrituras donde dice: “las puertas del infierno no prevalecerán”, al creer
erróneamente que esto imposibilitaría la herejía de un Papa, pues de lo contrario
las puertas del infierno prevalecerían sobre la Iglesia, y haciendo de esto un dogma
(cuasi dogma de fe), cuando el significado real es que a pesar de las herejías y aún
de un Papa que se desvíe de la fe, las puertas del infierno no prevalecerán, porque
la Iglesia es indefectible, pero la Iglesia no es el Papa. Una cosa es que la Iglesia sea
indefectible y otra creer que el Papa sea indefectible con la misma extensión de la
Iglesia. Para ver esto, hay que remitirse a la definición de la indefectibilidad del
Papa en materia de fe, es decir, cuando habla ex cathedra, con los límites
específicos que este término encierra, pero que como parte de la herejía que estaba
por venir y que señalara el P. Le Floch, extienden ilegítimamente su infalibilidad,
exagerando también el respeto debido al Papa.

Así afirmaba en 1926 el P. Le Floch: “La herejía que viene será la más peligrosa de
todas; ella consiste en la exageración del respeto debido al Papa y la extensión
ilegítima de su infalibilidad”.

Además se olvida lo que ya dijo Mons. Lefebvre en su momento: “Nos encontramos
verdaderamente frente a un dilema gravísimo, que creo no se planteó jamás la
Iglesia; que quien está sentado en la Sede de Pedro, participe en los cultos de los
falsos dioses; creo que esto no sucedió jamás en la historia dela Iglesia: ¿Qué
conclusión deberemos quizás sacar dentro de unos meses ante estos actos
repetidos de comunión con los falsos cultos? No lo sé, me lo pregunto; pero es
posible que estemos en la obligación de creer que este Papa no es Papa. No quiero
declararlo aún de una manera solemne y formal, pero parece, sí a primera vista,
que es imposible que un Papa sea hereje, pública y formalmente”. (Sermón del
Domingo de Pascua del 30 de Marzo de 1988 en Ecône).

Y dos años antes en una conferencia dada en Ecône el 15 de Abril de 1986, había
dicho en este sentido: “¿El Papa es Papa cuando es hereje? ¡Yo no lo sé, no zanjo!
Pero pueden plantearse la cuestión ustedes mismos. Pienso que todo hombre
juicioso puede plantearse la cuestión. No sé, entonces ahora, ¿es urgente hablar
de esto? Se puede no hablar, obviamente… podemos hablar entre nosotros,
privadamente, en nuestras oficinas, en nuestras conversaciones privadas, entre
seminaristas, entre sacerdotes. ¿Es necesario hablar a los fieles? Muchos dicen no,
no habléis a los fieles, van a escandalizarse, eso va a ser terrible, eso va a ir lejos.
Bien, les dije a los sacerdotes en París cuando los reuní y luego a vosotros mismos
ya os había hablado, les dije: pienso que muy suavemente, es necesario, a pesar
de todo, esclarecerle un poco a los fieles. No digo que sea necesario hacerlo
brutalmente y lanzar eso como un condimento a los fieles para asustarlos, no,
pero pienso que a pesar de todo, es una cuestión de fe, en necesario que los fieles
no pierdan la fe”.

Y como Roma ha perdido la fe y ha caído en la apostasía y la Iglesia verdadera es
indefectible, Mons. Lefebvre distinguía claramente: “Es totalmente falso
considerarnos como si no formáramos parte de la Iglesia visible. Es increíble (…)
no somos nosotros sino los modernistas quienes salen de la Iglesia. En cuanto a
decir ‘salir de la Iglesia visible’, es equivocarse asimilando Iglesia Oficial a Iglesia
visible, (…) ¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!,
obviamente”. (Fideliter, n° 66, Noviembre-Diciembre 1988).

No se diga, de otra parte, que los Papas Liberio y Honorio, nunca cayeron en la
herejía y que los textos fueron falsificados o adulterados, cuando se les acusa de
herejía, pues aún en tal caso queda vigente y patente que se admitía que un Papa
podía desviarse de la fe: “De cualquier manera, sin embargo el Cardenal Billot no
niega –ni podía negar-que la Iglesia haya siempre dejado abierta la cuestión de
la posibilidad de herejía en la persona del Papa. Ahora bien, ese hecho, por sí
mismo, constituye un argumento de peso en la evaluación de los datos de la
Tradición, es lo que pone de relieve San Roberto Belarmino en el siguiente pasaje,
en el cual refuta, con tres siglos de antecedencia a su futuro hermano en el
cardenalato y en la gloriosa milicia ignaciana: ‘sobre esto se debe observar,
aunque sea probable que Honorio no haya sido hereje, y que el Papa Adriano II,
engañado por documentos falsificados del VI Concilio, haya errado al juzgar a
Honorio como hereje, no podemos sin embargo negar que Adriano, juntamente
con el Sínodo Romano e inclusive con todo el VII Concilio General, consideró que
en caso de herejía el Pontífice Romano puede ser juzgado’ ”. (Da Silveira, Ibídem,
p. 154).

El argumento teológico de peso (y de hecho durante la Edad Media) es el que:
“Todos admitían sin dificultad que el Papa pueda caer en la herejía como en
cualquier otra falta grave; preocupándose únicamente de buscar por qué y en
cuáles condiciones podía el Papa en tal caso ser juzgado por la Iglesia”. (D.T.C.
Infaillibilité du Pape, col. 1715).

Los textos de las Sagradas Escrituras Mt. 16,18 y Lc. 22,32 sólo prueban la
infalibilidad del Papa enseñando como supremo Pastor y Doctor de la Iglesia, es
decir cuando habla ex-cathedra, tal como lo recalca el D.T.C. Infaillibilité du Pape
col.1717, no lo olvidemos.

Tenemos un texto pontificio de suma importancia como recalca Da Silveira: “Como
veremos, cualquiera que sea el juicio que se haga sobre el caso de Honorio I,
tenemos aquí una declaración pontificia que admite la eventualidad de que un
Papa caiga en herejía. He aquí las palabras de Adriano II, pronunciadas en la
segunda mitad del Siglo IX, esto es, más de dos siglos después de la muerte de
Honorio: Leemos que el pontífice Romano siempre juzgó a los jefes de todas las
Iglesias (esto es, los Patriarcas y Obispos); pero no leemos que jamás alguien lo
haya juzgado. Es verdad que, después de muerto, Honorio fue anatematizado por
los Orientales; pero se debe recordar que él fue acusado de herejía, único crimen
que torna legítima la resistencia de los inferiores a los superiores, así como el
rechazo de sus doctrinas perniciosas’ ”. (Da Silveira, op. cit. p. 149).

Queda claro que jurídica y teológicamente ha sido admitido en la Iglesia y en la
Edad Media que el Papa puede caer en la herejía y por lo mismo perder el
Pontificado, “Un Papa que cayera en la herejía y que se obstinase cesaría por el
mismo hecho de ser miembro de la Iglesia y en consecuencia de ser Papa, se
depondría él mismo” (D.T.C. Déposition et Dégradation des Clercs, col.520).
Por eso Mons. Lefebvre no titubeaba al afirmar luego de su entrevista con el
Cardenal Ratzinger del 4 de Julio de 1987: “Lamentablemente debo decir que
Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía. Estas no son palabras en el
aire, es la verdad: Roma está en la apostasía. Uno no puede tener más confianza
con esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Estoy seguro”. (Conferencia dada
durante el retiro sacerdotal en Ecône, el 4 de Septiembre de 1987).

Contraponer como errores opuestos y a evitar, Liberalismo y Sedevacantismo, es
seguir el juego a la Roma apóstata y anticristo (expresiones de Mons. Lefebvre) y
fomentar el estigma, el tabú que favorece el error, la confusión y desarticula
cualquier reacción contundente y firme ante la mentira, el engaño y la impostura
que se benefician bajo los ropajes de la autoridad, la legitimidad, la jurisdicción de
la que tanto necesitan los modernistas para corromper la fe y seguir pontificando
en el error, la herejía el cisma y la apostasía que es hoy moneda corriente y sonante.

Esperamos que esta aclaración no sea mal interpretada, ni tildada o considerada
con los epítetos descalificatorios y estigmatizadores, tales como amargo o furioso, y
se vea la verdad que se quiere mostrar, para que por lo menos no se caiga
consciente o inconscientemente en una postura beligerante, antisedevacantista que
le haría el juego a la Roma apóstata y anticristo, pues lo que más le afecta es
precisamente que se le cuestione, impugne o al menos se le ponga en duda.

Si hay algo que hoy cuestiona la legitimidad de los ocupantes de Roma, es el
descaro con que se piensa y actúa pontificando en el más craso error y en la más
impune de las herejías que son hoy prácticamente el pan de cada día, a tal punto
que el más despreocupado y distraído de los fieles puede percibir.

La Nueva Iglesia postconciliar ya ha dejado de imperar desde el anómalo, atípico y
contradictorio, así llamado, Concilio Vaticano II, dejando de ser maestra infalible
de la Verdad para convertirse en la Gran Ramera apocalíptica, engalanada con la
púrpura regia y las gemas que manifiestan el poder y prestigio de Gran Señora,
permitiéndole fornicar con los reyes y príncipes de esta tierra; y así se hace la
progenitora del error, el cisma, la herejía y aún de la apostasía (de las Naciones de
los gentiles), cual abominación de la desolación jamás vista en el Lugar Santo.

He ahí el abismo infernal del misterio de la iniquidad, cual no se ha visto, ni jamás
se verá. Todo esto ya ha sido señalado concisa y terriblemente por Nuestra Señora
de La Sallette, cuando dijo que la Iglesia sería eclipsada y que Roma perdería la fe y
sería la sede del Anticristo (religioso o Pseudoprofeta).

P. Basilio Méramo
Bogotá, 11 de Febrero de 2014

Fiesta de la Aparición de la Santísima Virgen en Lourdes.

domingo, 9 de febrero de 2014

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Escuchamos en el Evangelio de hoy una de las parábolas de nuestro Señor. Las parábolas son semejanzas, comparaciones que hace de una realidad espiritual, sobrenatural, difícil de discernir, y que a través de un ejemplo con una imagen concreta de la vida real, podemos de algún modo inteligir y sacar provecho para nuestra alma. Esa es la razón de las parábolas, ayudarnos a entender las cosas de Dios, la realidad espiritual que a veces cuesta comprender.

Vemos, pues, en la parábola de hoy, la explicación del origen del mal en el mundo, y si se quiere en la Iglesia misma. Aunque los predicadores toman el campo como el mundo, sin embargo también es la Iglesia, pues la Iglesia está en el mundo. Además, dice la parábola al iniciar, “semejante al reino de los cielos” y más semejante al reino de los cielos que el mundo es la Iglesia, entonces, es la explicación del mal ya sea en el mundo o bien en la Iglesia, porque también la Iglesia está conformada por hombres tanto en su parte jerárquica como en el resto de la comunidad de los fieles.

El mal siempre ha sido una de las grandes objeciones filosóficas y metafísicas. Y cuando digo metafísica, hablo en sentido filosófico, no en el que se le quiere hoy aplicar en Colombia a la gnosis, que usurpa este nombre de metafísica para engatusar a la gente. El maniqueísmo estaba basado en ese error, al no saber explicar el motivo del mal, le atribuyen principio, un origen tal como sí lo tiene el bien; estableciendo luego, que existe un doble origen o principio, uno para el bien y otro para el mal, iguales de poderosos los dos.

Y es un error, porque el bien puede existir sin el mal, pero el mal no puede existir sin el bien, porque el mal es un defecto del bien, es una corrupción del bien, es una deficiencia del bien, es una deficiencia del Ser; pero para que haya esa deficiencia del bien tiene que existir el Ser y el Ser en sí mismo es bueno. Ese principio filosófico da luz sobre el origen del mal; así como no puede existir un cáncer si no es en un ser vivo, y muriendo el paciente se acaba el cáncer y cualquier otra enfermedad, se acaba juntamente con el sujeto, porque el mal requiere la vida, requiere el Ser y el Ser y la vida los da Dios, luego es absurdo que haya un doble principio, uno bueno y otro malo en igualdad de condiciones, como pensaban los maniqueos.

Entonces, como el mal es una deficiencia del Ser en cualquiera de sus manifestaciones como es la misma vida, la salud y la felicidad, no debe escandalizarnos al punto de querer erradicarlo intolerantemente. Como lo muestra la parábola de hoy, vemos que si Dios sembró el bien y viene alguien y siembra el mal, ese es el demonio, el maligno, y nosotros mismos, cuando seguimos las inspiraciones del mal y de la maldad; ese es el origen del mal y del pecado en el mundo. Del mal aun dentro de la Iglesia, en los fieles, y éste es también el origen del fariseísmo, cuando aun predicando la sana doctrina o defendiendo la verdad, no se viva conforme a ella sino que al contrario, sirva de escudo para encubrir el mal y, peor aún, perseguir el bien. Qué mayor maldad que perseguir la verdad en nombre de la verdad; he ahí la cizaña. Qué otra cosa peor que utilizar la obediencia, la misma autoridad para el mal y no para el bien, no para la verdad, no para Dios en definitiva y eso en todos los órdenes, tanto en el natural como en el sobrenatural.

¿Por qué otras causas creen que anda mal el mundo? Porque hay malos gobernantes que buscan sólo su propio beneficio; lo mismo ocurre en todas las profesiones: malos médicos, malos abogados, que no cumplen con sus deberes, con aquello que se predica; y cuánto más grave será si lo trasladamos a una institución divina como es la Iglesia; un sacerdote que utilice el confesionario para corromper, un obispo que utilice su rango para abusar de la Iglesia y no para predicar el evangelio, y lo mismo que se dice de un obispo, qué decir de un cardenal, e incluso de un Papa. Ejemplos tenemos que colman la medida, que son extraordinarios, pero se dan. Hay entonces una ley superior que lleva a decir a San Pedro: “Antes que obedecer a los hombres hay que obedecer a Dios”. Dios es la verdad, es el bien.

No se puede, pues, so pretexto de quien ordena, detenta y ejerce la autoridad, obedecer al mal, obedecer al error, porque entonces estaríamos obedeciendo a los hombres y desobedeciendo a Dios y la obediencia como virtud sobrenatural exige que esté al servicio de Dios. Esta prioridad debe entenderse muy bien; en el caso de la Iglesia muchas veces se nos echará en cara, como lo hicieron con monseñor Lefebvre, el reproche de que desobedece al Papa, desobedece a la Iglesia, a la jerarquía. Nos puede pasar, y se les puede decir a ustedes: ¿Somos acaso desobedientes? No. Porque hay el deber de obedecer para el bien y la verdad, mas no para el error, y no hay jerarquía en la Iglesia, y en ninguna institución humana autoridad para mandar obedecer al mal: un padre que quiera violar o prostituir a una hija ¿tendría ella que obedecerle en nombre del cuarto mandamiento? Absurdo. Y ¿en nombre de la obediencia tendríamos entonces que obedecer a los obispos, a la jerarquía y aun al mismo Papa en contra de lo que la Iglesia siempre ha dicho, en contra de lo que los otros Papas, incluso santos, han dicho? Absurdo.

Es una situación anormal, extraordinaria, pero a los males extraordinarios se aplican soluciones extraordinarias y por esa solución optó monseñor Lefebvre encabezando la Santa Tradición: mantenernos fieles a lo que desde antaño los Papas anteriores han recomendado; permanecer fieles a lo que siempre se ha enseñado; alejar toda innovación aunque se quiera imponer obediencia por vía de autoridad y mantener así la estructura de la Iglesia, no queriendo hacer otra Iglesia paralela sino manteniéndola hasta que se aclare la situación, hasta que vuelvan las cosas a su cauce.

Pongamos el caso de quien va conduciendo un automóvil y tiene mareo o infarto; si quien va al lado pierde tiempo y no toma el timón, se mata. Lo mismo que un automóvil puede ser un avión o simplemente una nave, un barco en plena mar. Si el capitán muere por infarto o lo que sea, ¿se dejará ir a la deriva? Aquel más capaz tiene que tomar el timón y llevar la embarcación a buen puerto. De otro modo, sucumbe. Algo parecido está pasando en la Iglesia, si desaparece la buena orientación, la buena doctrina, si el capitán del barco que es el Papa no cumple con ello por el motivo que sea, si por un misterio de iniquidad no cumple con su deber, ¿no hay que tomar el timón y llevarlo a buen término para que no zozobre, no se hunda la embarcación? Pues simplemente eso es lo que ha hecho monseñor Lefebvre en beneficio de la Iglesia, de las almas, no dejarlas a la deriva, no dejarlas sin Dios, sin religión, no dejarlas llevar por mal camino y esas son verdades fáciles de evidenciar.

Si hoy se obedece, ¿qué pasaría? Dejaríamos de decir primero la Santa Misa de siempre para decir una misa querida por el enemigo, por los protestantes, comenzar a decir que ya el infierno no es tal infierno porque no es un lugar, ni hay llamas allí; que prácticamente no hay infierno, que el pecado ya no es tal porque cada uno buenamente según su conciencia sabrá qué es lo bueno y qué es lo malo y lo que para uno es bueno para otro es malo y poco importa; que todas las religiones salvan, que en todas las religiones se rinde un culto debido a Dios ¡mejor dicho! Suficiente para ser no solamente un hereje, sino un apóstata. Evidentemente, no se puede obedecer en contra de las Escrituras y de la Tradición.

En el Antiguo Testamento vemos cuán celoso es Dios con su culto, que reprueba y abomina los otros cultos y que recrimina a su pueblo con palabras duras cuando se asocia a ellos. Y entonces comparando a esa Israel la considera una mala mujer que fornica con otras liturgias; cuántas veces hasta el cansancio podremos ver en el Antiguo Testamento ese trato, para que nos demos cuenta del celo que tiene Dios por las cosas que atañen al culto divino, que no es cualquiera, no es cualquier oración o sacrificio el que pide Dios.La ofrenda de Abel no era la misma que la ofrecida por Caín y la nueva misa que se asemeja al sacrifico de Caín no es igual a la Misa de siempre que es la ofrenda de Abel; y eso es lo menos que podemos decir, porque si nos ponemos a comparar, no acabaríamos. Por otra parte, ¿dónde está la santidad sacerdotal?, ¿cómo andan los sacerdotes?, ¿qué Iglesia representan? De la santidad de los religiosos, ¿qué ejemplo se da?, ¿y a todo eso le vamos a decir que es Iglesia y que es de Dios y que hay que obedecer? No señor. Nuestra respuesta es una santa intransigencia, una santa desobediencia aparente, para obedecer a una verdad superior, y que no nos debe escandalizar el mal que vemos, ya que tiene por autor a Satanás.

Dios nos pide tener paciencia para no arrancar incluso el trigo queriendo erradicar el mal, y esperar el juicio de Dios, la hora de la siega. Ese es el juicio que debemos esperar, no debe importarnos el juicio de las autoridades actuales que representan a la Iglesia –y vaya cuán mal la representan–, sino el juicio de Dios. Es allí donde quisiera ver a todos aquellos que nos tratan de herejes, de desobedientes. Quiero ver a esos cardenales, obispos y sacerdotes que hoy nos escupen, quiero verlos allí, delante del juicio de Dios, allí donde se verán las acciones.
Ahí será la hora de la verdad y esa debe ser nuestra garantía, actuar dando testimonio de la verdad y no de cualquier verdad, sino de la verdad sobrenatural que es Cristo y dejar todo a ese juicio de Dios, soportar el mal de la hora presente por terrible que sea, sin escandalizarnos, y esperar la siega y que ese sufrimiento nos santifique, nos acrisole y nos fortifique en el dolor, para que seamos virtuosos, santos. La santidad y la virtud sólo se forjan en el sufrimiento, en el dolor, eso es la cruz y no hay santidad ni santificación posible sin la cruz, esto es lo que nos enseña nuestro Señor crucificado.

Pidámosle a nuestra Señora, a Ella, que fue la única que se mantuvo de pie ante la crucifixión de nuestro Señor para que nosotros podamos tener ese valor y esa fe que tuvo Ella, y que sostenidos por Ella, soportemos esta segunda crucifixión de nuestro Señor Jesucristo en su Iglesia, que es su cuerpo místico. +

P. BASILIO MERAMO.
4 de febrero de 2001

domingo, 2 de febrero de 2014

Fiesta de la Presentación del Niño Jesus en el templo, o Purificación de la Santísima Virgen María o de las Candelas



La presente fiesta prima sobre el 4° Domingo de epifanía.

Tomado del MISAL DIARIO COMPLETO por el P. Luis Ribera CMF, España 1954:

    Esta fiesta nos recuerda la escena Evangélica de la Presentación de María en el Templo a los cuarenta días del alumbramiento, como ordenaba la ley a toda madre que daba a luz a un hijo.   El origen de la procesión es de las mas remota antigüedad  pero la bendición de las candelas es de época más posterior, o sea del siglo X.

EPÍSTOLA:

      De Malaquias Profeta 3, 1-4- Esto dice el Señor DIOS:  He aquí que yo envío a mi Ángel para preparar el camino delante de mi.    Y luego vendrá a su tiempo el dominador que vosotros buscáis, y el Ángel tan deseado de vosotros. Vedle ahí que viene, dice el Señor de los Ejércitos;    Y ¿Quien podrá pensar en lo que sucederá el día de su venida?, Y ¿Quien podrá pararse a mirarle?  Porque Él será como fuego que derrite y como la hierba jabonera de los bataneros.    Y sentarse ha como el que funde y purifica la plata;   Y de este modo purificará a los hijos de Leví, y los acrisolará como el oro y la plata;  Y así ofrecerán al Señor sacrificios con Santidad    Y entonces será grato al Señor el sacrificio de Judá y de Jersusalén.   Como en los siglos pasados y en los años antiguos:  dice DIOS omnipotente.

EVANGELIO:

      + Evangelio según San Lucas 2, 22-32.-  Cumplido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor:  todo primogénito varón serpa consagrado al Señor;   Y para presentar la ofrenda de un par de tórtolas, o dos palominos, como está ordenado en la Ley del Señor.   Había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo moraba en él.   Él Espíritu Santo le había revelado que no había de morir antes de ver al Cristo.   Así vino inspirado de Él al templo.    Y al entrar con el Niño Jesús sus padres, para practicar con Él lo prescrito por la Ley, tománmdole Simeón en sus brazos, bendijo a DIOS, diciendo:  Ahora, Señor, sacad en paz de este mundo a vuestro siervo, según vuestra promesa, porque ya mis ojos han visto al Salvador que nos has dado, para que, expuesto a la vista de todos los hombres, sea luz que ilumine a los gentiles, y gloria de Israel, vuestro pueblo.-

    

domingo, 26 de enero de 2014

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este tercer domingo de Epifanía tenemos el doble milagro que relata el Evangelio, el de la curación del leproso y del centurión. La del enfermo, como el más miserable de todos, peor que un mendigo, porque quedaba excluido del trato y de la convivencia social, y la del centurión, como quien diría de un general del Imperio romano; dos extremos de la escala social. Vemos cómo nuestro Señor no hace distinción de clases, ni de ricos ni de pobres, porque es Dios de todos los hombres y de todas las criaturas. Y así le hace el milagro a ese pobre leproso que le pide, si Él quiere, que le cure; nuestro Señor extiende su mano y lo sana y le recomienda que no le diga a nadie; ¡qué pudor! Porque solamente por un miramiento religioso quería nuestro Señor ocultar como todo verdadero hombre, que no se anda pavoneando como una “vedette”, sino todo lo contrario, oculta su religiosidad, su santidad, su virtud, por pudor, para no mostrar lo mejor que tiene de Sí porque es para Dios y no para los hombres.


Qué gran lección, para que no nos ufanemos como pavos reales cuando entremos a la iglesia. Dicho sea de paso, no digo que todos, pero algunos fieles creen que el templo es para estar saludando al amigo o al conocido, o al íntimo; dejen eso para cuando salgan y no dentro de la iglesia. Aquí se reverencia a Dios con una genuflexión; no venimos a saludar a nadie más, para eso está la calle y lo digo con dolor porque es chocante y muy tonto, porque no es ninguna forma de educación; es todo lo contrario. ¿Y todo para qué?, ¿para ser admirados de los demás?
Por eso nuestro Señor en este grado de profunda humildad y de decoro manda a que no lo diga a nadie, que calle aquello que acaba de acontecer. No obstante le indica, según la ley de Moisés, que vaya a los sacerdotes para que sirva de testimonio y así también pueda regresar a la sociedad sin quedar excomulgado de ella y pueda tener ese contacto social del cual estaban excluidos todos los leprosos ya que se les consideraba peor que cualquier mendigo.


Vemos también el otro milagro, el del centurión, ese hombre que tenía a su mando hombres, pide por un criado suyo, paralítico. Le ruega a nuestro Señor que lo sane y Él le dice que irá a curarlo; cuánta fe tendrá este centurión que le dice que no hace falta, que solamente basta con que Él dé una orden, tomando como ejemplo su caso, ya que en su ejército, con dar una orden van, y da otra y vienen. Mucho más entonces nuestro Señor, que con una sola disposición suya bastaba para que su criado fuese curado. Nuestro Señor no dejó de expresar admiración por esa gran fe que no había visto en todo Israel, en todo el pueblo de Dios, sino en un pagano; ¡qué ejemplo! ¡Cómo un infiel tenía más fe que todos los hijos de Israel! Nuestro Señor cura en aquel instante a ese siervo del centurión y hace el gran reproche.


Esa recriminación a los judíos, a quienes antecedió la manifestación de la entrada de los gentiles en el reino de Dios, “muchos vendrán de Oriente y de Occidente y estarán con Isaac, Jacob y Abraham, y los hijos del reino; esos serán echados a las tinieblas exteriores, al infierno”. El averno, que ha sido negado o por lo menos puesto en duda en la nueva predicación actual y, sin embargo, aquí nuestro Señor hace alusión a él. Y así entonces manifiesta la entrada de los gentiles y muestra la reprobación de Dios del pueblo elegido de Israel por no tener fe, la el centurión, porque si la hubieran tenido no le hubieran crucificado.


¿Cómo es posible que este centurión pagano, un soldado romano, tenga esa fe que los hijos de Israel no tenían? ¿Qué fue lo que pasó si ellos tenían las Escrituras, las profecías? ¿Por qué no reconocieron a nuestro Señor, como sí lo hizo este humilde centurión pagano? Eso da mucho que pensar. Y la razón de ello está en la corrupción religiosa. Por la deshonestidad religiosa el pueblo judío, elegido de Dios, no reconoce a nuestro Señor; ese es el gran misterio de la reprobación de los judíos y por eso anuncia el ingreso de los gentiles.


Esa putrefacción de la religión, del culto, de la palabra de Dios, fue lo que llevó al pueblo judío a negar a nuestro Señor, a no aceptarlo y a crucificarlo; y esa depravación religiosa, cultual, es lo que se llama fariseísmo, que es la peor de las corrupciones; porque no es solamente la de la moral, de una virtud, sino la de toda la religión, de todo el culto de Dios, de toda nuestra relación con Él. De ahí lo grave y la gran lección que debemos sacar, porque si la religión católica al fin de los tiempos se llegase a corromper como ciertamente lo anuncia nuestro Señor en las Escrituras, ¿qué quedará de la Iglesia?, ¿qué quedará de los fieles?, peor que el pueblo de los judíos y eso es lo que hoy está aconteciendo; estamos ante la corrupción de la religión católica y la cultual.
¿A dónde iremos a llegar? A la apostasía, en la cual culminará el anticristo en su supremo afán de querer destruir el reino de Cristo. Pero como Dios es todopoderoso permite eso porque al fin y al cabo su Sagrado Corazón triunfará, el que ya triunfó en la cruz, aunque no se hubiera evidenciado ese triunfo como rey. Por eso lo esperamos a Él en su segunda venida como rey y juez de todo el orbe. Por eso no debemos asustarnos y en cambio sí estar preparados para que teniendo las Escrituras en las manos, la Sagrada Biblia, no nos pase igual que a los judíos, que por un misterio de iniquidad se corrompa nuestra fe, nuestra religión y así nos encontremos en peor estado que los judíos. Por ello se habla de la gran tribulación para el fin de los tiempos y vemos esta corrupción no sólo de la moral, de los principios, de la familia, de los pueblos, sino dentro de la misma Iglesia; deshonestidad del clero, de sacerdotes, monjes, monjas, cardenales, obispos; por eso el enemigo aprovecha. ¡Qué escándalo abominable!, ¡contra natura! y todos los crímenes que podamos imaginar.


Todo lo anterior nos debe hacer reflexionar para que nos mantengamos incólumes en la fe, como dice nuestro Señor; esa fe admirable que tuvo este centurión pagano. Cómo, entonces, nosotros no vamos a permanecer en la fe católica, apostólica y romana si se lo pedimos a Dios de todo corazón. Y la manera más expresa de guardar la fe, en este mundo actual, en medio de este progresismo, de este modernismo que está destruyendo la religión, falseándola, adulterándola, es asistir a la Santa Misa que es el misterio de la fe, mysterium fidei; de allí se irradia todo lo demás.
Por eso la gran importancia de la Santa Misa verdadera, romana, tridentina, canonizada, apostólica, todos títulos que no tiene la nueva, que no es romana sino protestantizante, que no es apostólica sino fabricada allí bajo la supervisión de seis pastores infieles. Esa es la importancia de tener esta capilla aunque sea pequeña, modesta, pero que es un baluarte de fe, como un faro, así como el de Alejandría que era una de las siete maravillas del mundo antiguo; que así sea esta capilla, por lo menos para Colombia, un faro de fe. Así les pese al cardenal, al nuncio y a toda la jerarquía que no defiende la fe católica y que usurpa la autoridad al igual que los judíos para crucificar a nuestro Señor, para a la Iglesia que está sufriendo hoy su pasión porque esto no es más que la pasión de Cristo en su cuerpo místico que es la Iglesia, si no no se comprenderían todas estas aberraciones, no tendrían lógica ni razón de ser que es la corrupción religiosa por la falta de fe.


Debemos, pues, permanecer firmes en la fe para que el demonio no nos devore, ya que “como león rugiente gira a nuestro alrededor”, como lo dice San Pedro, el primer Papa de la Iglesia católica: “Hermanos, sed sobrios y velad porque el demonio, como un león rugiente, gira a nuestro alrededor buscando a quién devorar”.


He allí el testimonio, una sola palabra de Dios, una sola palabra de nuestro Señor basta, la fe no requiere más, no requiere pompas, riquezas ni glorias sino simplemente esa adhesión a la palabra de Dios, a la palabra divina; esa es la luz del mundo y por eso las tinieblas, el eclipse de la Iglesia del que habla nuestra Señora en La Salette. Se mencionan tantas apariciones que no sabemos ni somos capaces de sacar la inteligencia de ellas y, sin embargo, aquí en Colombia tenemos un pequeño libro de monseñor Cadavid, de 1953 o 1954, sobre Siracusa, en el que relaciona todas las verdaderas y más importantes apariciones de nuestra Señora, importancia que tienen como una advertencia para los últimos tiempos en los cuales la fe claudicará.


Por eso la necesidad de que haya un rebaño de fieles, pusillus grex, del cual habla San Lucas para que permanezcamos fieles a la Iglesia católica, apostólica y romana, a nuestro Señor y no seamos unos falsarios, traidores y, menos aún, unos corruptos investidos con la autoridad de la jerarquía para hacer el juego a Satanás corrompiendo la religión, la fe como hace la gran mayoría de la jerarquía. Por eso, tampoco debemos asombrarnos de que no seamos muchos porque más vale pocos y buenos que muchos y malos; más vale estar en la soledad con la verdad y no con el error en compañía, porque esta soledad vale mucho más. Es mejor estar en el desierto, en la soledad, en la aridez que acrisola la fe; en ese arenal por el cual pasó el pueblo judío durante cuarenta años para purificarse antes de entrar en la tierra prometida; esa es la fe de los eremitas, de los monjes del desierto.


O, ¿qué queremos nosotros?, ¿una fe en medio de los clubes que no son sino antros de corrupción social? Pues la Iglesia nos invita al desierto para que nos acrisolemos, nos purifiquemos. Por eso la religión está representada en el Apocalipsis bajo la figura de esa mujer que huye al desierto para que el dragón no la destruya, porque es allí donde tienen que ir los fieles para que no sean devorados por Satanás en los últimos tiempos que son ciertamente los nuestros, aunque no sepamos cuál sea exactamente el término o la duración ya que puede ser larga y entonces, como la mujer que huye al desierto, otro tanto haremos nosotros para purificarnos en la fe y estar, aunque solos, en la verdad y no acompañados en el error.


Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, a Ella que permaneció de pie ante la Cruz, para que nos dé ese valor, esa fortaleza y esa fe con la que Ella ofreció a su Hijo como víctima al Padre Eterno y ese es el sacrificio que se renueva mil y una veces sobre los altares en la Santa Misa. Pidámosle a que nos dé ese amor y esa fidelidad a Dios y a su santa religión. +


BASILIO MERAMO PBRO.
26 de enero de 2003