San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












Website counter Visitas desde 27/06/10



free counters



"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





Link para escuchar la radio aqui

domingo, 19 de noviembre de 2017

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA o EQUIVALENTE AL VIGÉSIMO CUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



ADVERTENCIA: Si los domingos después de Pentecostés son más de 24, se toman después del 23 las Misas que quedaron sin decir después de Epifanía, por este orden:
Si son 25 los domingos se toma para el 24 la del 6° de Epifanía (como en este caso)
Si son son 26 se toman los del 5° y 6° de Epifanía

Si son 27 se toman del 4°, 5° y 6° de Epifanía
Si son 28, se toman del 3°, 4°, 5° y 6° de Epifanía.
El domingo 24 siempre se lee el ultimo.  Las Misas de los domingos de Epifanía que pueden necesitarse se ponen a continuación (en el misal)

Nota tomada del Misal Diario Romano, Edición Manual para uso de los fieles por el R.P. Gregorio Martinez de Antoñara, séptima edición Editorial y librería Co. Cul SA Madrid, 1960, pp. 282 y 283



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

En el Evangelio de este Domingo vemos cómo nuestro Señor habla al pueblo en parábolas. Las parábolas, como ya sabemos, son semejanzas, comparaciones, imágenes sensibles tomadas de la vida común que significan, representan o simbolizan una verdad, un misterio sobrenatural. Nuestro Señor hablaba en parábolas para de algún modo hacerse comprender, por la dificultad que tiene nuestro entendimiento de percibir esa realidad y esas cosas celestiales, sublimes, del orden sobrenatural, esos misterios divinos de las cosas de Dios. Se vale entonces de este lenguaje en parábolas para que el pueblo capte las realidades gloriosas por medio de lo sensible.

Compara a la Iglesia, al reino de Dios que se inicia en esta tierra con el grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, pero que después crece y se hace mayor que todas las legumbres convirtiéndose en árbol y anidando en él las aves del cielo. Vemos en ese crecimiento el progreso de la Iglesia militante en esta tierra, ese desarrollo permanente hasta el fin de los tiempos. Y con la levadura que desde adentro hace crecer la masa por un fenómeno químico, no físico, no violento; nos muestra también cómo el crecimiento de la Iglesia no se opera por la revolución, como cree la teología de la liberación, por la violencia, por la acción física o política, sino desde adentro como la pasta que crece por el fermento de la levadura, por la gracia del Espíritu Santo, por la vida sobrenatural, por la virtud y por la oración. Eso es lo que hace expandir, crecer y progresar a la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Podríamos decir que con estas dos parábolas tenemos la explicación del verdadero progreso sobrenatural de la Iglesia católica, apostólica y romana; pero el modernismo ha confundido, ha tergiversado, ha invertido, ha carnalizado para promover un falso progreso, humano, material y no el verdadero de la Iglesia que consiste en la conversión de las almas que se adhieren a Dios, que abandonan la idolatría y que esperan la segunda venida de nuestro Señor. Como lo escuchamos en la epístola de hoy y que también comenta el famoso exegeta Fillión: la conversión de las almas, que en el comienzo de la Iglesia implicaba abandonar la idolatría, el paganismo, los falsos dioses, adherir al verdadero Dios, al único Dios Uno y Trino, no a cualquier dios representado en un Buda, en un Mahoma o en lo que sea, sino en Dios Uno y Trino de la revelación cristiana, de la revelación católica.

Implicaba también tener la esperanza del advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, dogma de fe, ese es el comentario que hace este sabio exégeta Fillión a la epístola de San Pablo a los Gálatas 5, 16-24 y que pueden encontrarla en la Biblia de Monseñor Straubinger en la nota de los comentarios que él hace a esta epístola. Luego, hay un verdadero progreso sobrenatural de la Iglesia, progreso que pasa por la persecución y por la muerte de los mártires; hay un crecimiento incesante, aunque en apariencia fuera vencida la Iglesia, como nuestro Señor que humana y naturalmente murió y fue derrotado en la Cruz, pero sobrenaturalmente venció al demonio, a Satanás, al mal y al pecado y ese es el misterio de la Iglesia, el misterio de la conversión de las almas.

No se puede entonces caer en este absurdo progresismo judaico que no hace más que invertir y carnalizar el verdadero progreso sobrenatural de la Iglesia, el pueblo judío que como pueblo elegido tuvo la misión de proporcionar la carne, la humanidad de nuestro Señor a través del seno virginal de la Santísima Virgen María para que el Verbo, haciéndose carne, haciéndose hombre, cumpliera el misterio de la Redención en su Encarnación. Pero ellos no fueron fieles y por eso el judaísmo tiene esa tónica, esa característica de carnalizar todo lo divino, porque no entiende para bien –como era su misión primitiva– sino para destruir la Iglesia, para destruir a nuestro Señor.
Por eso, toda obra de materialización de lo sobrenatural, de inversión de los misterios y de los dogmas, son en el fondo ese proceso del judaísmo pervertido por no haber reconocido a su Dios. Y por eso, además, el progresismo actual es de características netamente judaicas, es un hecho, y en consecuencia la Iglesia sufre hoy esa aberración, endiosando no al Dios hecho hombre, sino al hombre que se hace dios por su propia libertad. Esa es la dignidad del hombre moderno, la libertad del hombre moderno, ese absurdo, esa usurpación del lugar que tiene Dios y que culminará con la aparición del Anticristo, no dicho por mí, sino por los comentadores sacros como San Hilario, explicación que pueden ver también en la Biblia comentada por Monseñor Straubinger.

Debemos pues, creer en el verdadero progreso sobrenatural de la Iglesia, progreso que a veces no se ve, o se ve detrás de un grave mal, de una muerte; pero en realidad el misterio de la Cruz es a través de esa derrota, de esa muerte natural que opera la resurrección sobrenatural de nuestras almas, la conversión de los infieles, la conversión nuestra que cada día debe ser mayor y no creernos unos católicos de pura cepa y dormirnos en los laureles, porque ¿cuántas veces nos encontramos en los laureles de la ignorancia religiosa, no sabiendo siquiera los elementos rudimentarios básicos de nuestra fe? Somos incapaces, entonces, de defendernos de los protestantes, de los testigos de Jehová, de cuanta secta pulula, aceptando oraciones y bendiciones de esos herejes que han abandonado el seno de la Iglesia católica.

No hay que cansarse de repetir “católico ignorante, seguro protestante”, y entre más protestantismo veamos a nuestro alrededor es porque mayor ignorancia religiosa hay y ella viene de la misma falta de predicación del clero, que no enseña la verdad, que convierten el púlpito en vez de trono de sabiduría, en cuentos, en fábulas, en anécdotas, en chistes y peor a veces, en cuanta estupidez les pasa por la cabeza. Falta de teología, de preparación, de amor a la verdad y eso a lo largo de los años acarrea la ignorancia religiosa que aprovecha el demonio, Satanás, para enviar a sus ministros todas las falsas religiones del protestantismo que nos invaden desde esa gran Babilonia que son los Estados Unidos, donde campea la libertad, pero no la verdad que nos hace libres, y nosotros incapaces de defender la religión con el arma de la confirmación como soldados de Cristo; esa es la tragedia y es una vergüenza; somos culpables por eso, cada uno en la medida en que coopera por su negligencia, por su error, por su ignorancia o lo que fuera con todo aquello que hace desaparecer a Dios, que lo excluye, que lo niega, a Él y a su Iglesia, destronándolo.

Ese derrocamiento lo vemos hoy incluso materialmente en las iglesias que se dicen católicas, en donde el tabernáculo está colocado no ya en el sitio de honor, en el centro del recinto del templo, sino en un rincón, en una capilla lateral, allí donde no incomode, donde no se lo vea; esos son los hechos. Las iglesias convertidas en panteón de falsos dioses, donde se alaba a cualquier ídolo y no al verdadero Dios, Uno y Trino; ese es el ecumenismo aberrante que ha convertido a las iglesias en el panteón donde se adora a cualquier dios o a cualquier divinidad. Como antaño pasaba en Roma, se produce el fenómeno contrario, inverso y esa inversión es producto de la obra del enemigo, de Satanás, de sus agentes aquí en esta tierra, el pueblo judío que no ha querido reconocer a su Dios. Esa lucha existirá hasta que ese pueblo se convierta y acepte a nuestro Señor, pero hasta que no lo haga será su enemigo y ya que no han aceptado a Cristo, aceptarán, entronizarán en su puesto al Anticristo y ese éste necesita una anti-Iglesia, una anti-religión y eso es lo que hoy sucede.

Vemos cómo la Iglesia católica, apostólica y romana, por la defección de la jerarquía, poco a poco se va convirtiendo en la anti-Iglesia del Anticristo, repudiando a Cristo para entronizar al Anticristo, a la anti-religión por una falsificación, por una tergiversación de la verdad, de la doctrina y del dogma católico y aquel que ose proclamar la verdad católica será excomulgado, por ese misterio de iniquidad que no acepta el misterio de sabiduría. Y todo esto ocurre en el lugar santo. Eso es lo que profetizó nuestra Señora en La Salette: “Roma perderá la fe y será sede del Anticristo”. ¿Lo dijo o no nuestra Señora? Entonces los verdaderos devotos de la Santísima Virgen María deben tener presente esto, porque nos están advirtiendo esta transformación de la verdad en el error y esa invasión producida en el lugar santo, la abominación de la desolación en el lugar santo que está profetizada en las Escrituras.

Sin embargo, la Iglesia progresa sobrenaturalmente, porque siempre habrá hasta el fin de los tiempos hombres que se conviertan, hombres de la Iglesia. Ese es el verdadero progreso de la Iglesia, aunque materialmente pasen por el martirio, la persecución y la muerte como pasó nuestro Señor; a eso debemos la muerte de los mártires, santos y cristianos. Por tanto, también nosotros debemos estar dispuestos a inmolar el alma cada día acercándonos a la Cruz de nuestro Señor, para que se conviertan y se salven las almas, para que se conviertan los judíos, los infieles, y si es necesario pasar por el derramamiento de la sangre; que se haga la voluntad de Dios pero defendiendo y diciendo la verdad, para poder morir por ella, ya que somos hijos de la luz y no de las tinieblas; de la luz que es nuestro Señor, esa luz que es la Iglesia católica, apostólica y romana fuera de la cual no hay salvación.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nuestra Madre del cielo, de la Iglesia, de todos nosotros por ser la Madre de Cristo nuestro Señor, que nos proteja con su manto para que no sucumbamos ante el error y las tinieblas y podamos mantener la verdad, la fe, y así salvar el alma y dar buen ejemplo a los demás y ellos también puedan conocer la verdad y salvarse. +



BASILIO MERAMO PBRO.
18 de noviembre de 2001.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:


Escuchamos en este evangelio el relato de los dos milagros que hace nuestro Señor Jesucristo, el de la mujer que padecía flujo después de muchos años y el de la resurrección de una niña. Muestra ese poder que tiene incluso sobre la muerte, Él mismo que ha dicho que resucitaría y que nos prometió la resurrección universal de todos los hombres; que resucitaríamos con nuestros propios cuerpos, unos para bien y otros para mal, manifestando así el poder sobre la misma muerte, mostrando así que Él es el camino, la verdad y la vida. La vida tanto natural como eterna, tanto del orden natural como sobrenatural, la del alma, la resurrección del alma que revive cada vez que arrepentida se confiesa; hay una resurrección sobrenatural de esa alma a la gracia de Dios y por eso nuestro Señor hizo tres milagros de resurrección y con la de Él, el cuarto.


Resucitó a la niña de la que la tradición dice que era hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím, un joven, y la de Lázaro, un hombre mayor, y con estas tres resurrecciones dice San Agustín que muestra así los tres grandes estadios de la vida espiritual, los que comienzan como niños, las que continúan como adolescentes o jóvenes y la de los que culminan como hombres ya maduros.


Así invita nuestro Señor a que tengamos en Él esa fe que, como vemos, a veces pedía para hacer sus milagros y a veces no; en ocasiones la exigía como una concausa o causa moral para hacer el milagro, pero otras no. A Lázaro no le preguntó si quería ser resucitado o no, si tenía fe o no, sino que lo resucitó, tampoco al hijo de la viuda de Naím. Pero la fe siempre está implícita, sea antes, cuando la pide, o si no después, para que creyendo vean y tengan fe y crean que Él es el Cristo, el Mesías. Pero lo que más le importaba a nuestro Señor no era tanto hacer el milagro sino la predicación del evangelio, y los prodigios que hacía eran como para que a aquella gente le fuera más fluida su conversión y creyeran así en su predicación del Evangelio. El Evangelio que fue predicado por los apóstoles y que será enseñado hasta el fin del mundo; de ahí lo esencial en la Iglesia, la exhortación que no puede faltar; podrán faltar los milagros, pero no la predicación de la palabra de Dios y esa es la obra misionera de la Iglesia.


En la resurrección que hace nuestro Señor de esta niña nos muestra que Él tiene ese poder sobre la vida y sobre la muerte. La hora suprema que no podemos olvidar; nacemos para morir pero morimos para vivir eternamente en Dios si fallecemos en su gracia. Que la pereza carnal no nos impida pensar en la muerte, nos haga tenerla allá, alejada, sino que cada día estemos conscientes de ella; es más, aun sabiendo que vamos a morir tener presente esa inmolación de cada día, ofreciéndosela a Dios y así sacrificando nuestra vida y no viviendo como aquellos a los cuales alude San Pablo que su dios es el vientre, el placer, que son enemigos de la Cruz de Cristo y que sufren pero no saben inmolarse ofreciendo ese sufrimiento.


El cristianismo nos enseña a ofrecer los padecimientos y esa ofrenda es justamente la inmolación que hizo nuestro Señor de su propia vida, la que nos deja su testamento en la Santa Misa, la que tenemos que hacer nosotros voluntariamente cada día y así vivir católicamente, no como vive el mundo que quiere alejar la muerte a todo precio; no se quiere hablar de ella, se la quiere apartar, hacer desaparecer, ocultarla; no se quiere velar un muerto en su casa, les da miedo, asco, pánico, cuando es saludable despedirse de los seres queridos rezando por ellos y no que queden abandonados en esos sitios velatorios. Puede haber necesidad, pero que no sea esa la costumbre, porque nadie quiere en definitiva tener el muerto en casa cuando eso forma el espíritu cristiano, da ejemplo a toda la familia, hace recapacitar y también ayuda para implorar por el alma del ser querido.


Hoy no se entierra sino que se crema; la cremación siempre ha sido condenada por la Iglesia ya que es antinatural; el cadáver debe corromperse naturalmente, no violentamente; esa es una costumbre masónica y de paganos, todo lo demás hay que dejárselo al proceso natural de aquello que fue tabernáculo del Espíritu Santo y por eso no debemos olvidar que incluso nuestra vida en esta tierra es una lenta muerte para resucitar en Cristo nuestro Señor; sólo eso nos hace alejar de los gozos y de los placeres terrenos, del mundanal ruido, como aquellos que dice San Pablo que “viven para el vientre, para el placer y son enemigos de la Cruz de Cristo”. La gente pidiendo las cenizas de lo que no es más que un chicharrón o las cenizas del curpo que fue cremado antes, porque no se crea que le van a guardar a la familia, y dar pulcra y santamente lo que quedó allí cremado.


No reflexionamos ni razonamos como deberíamos en esas cosas es saludable pensar en la muerte y ofrecer cada día ese lento acercarnos a ella con la esperanza en la resurrección, en Jesucristo, en la de resucitar en cuerpo glorioso como nuestro Señor Jesucristo, a su imagen. Tengamos esa fe profunda en Él y en la resurrección a través de Él.


Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen, que está en los cielos; a Ella, asunta después de su resurrección anticipada sin pasar por la corrupción cadavérica, pues su cuerpo era inmaculado por lo que se habla de una dormición, porque fueron muy breves los instantes de su muerte siendo elevada a los cielos como Reina de todo lo creado, pero queriendo asociarse a los sufrimientos y a la muerte de nuestro Señor que era inocente, inmolado, para redimirnos de la muerte.


Ella quiso ser corredentora muriendo por amor a nuestro Señor, por eso Santo Tomás y toda la escuela tomista fieles a él hablan de la muerte de nuestra Señora de una manera que la gente no se escandalice con una mala explicación o idea inexacta. Claro está que cuando Santo Tomás habla de la muerte de nuestra Señora no la asemeja en nada a nuestra muerte ya que nosotros sí sufrimos corrupción; Ella quedó incorrupta, su muerte fue breve y solamente para asociarse más a la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, demostrándonos así su amor a Dios y a nosotros como hijos suyos y también su amor a la Iglesia.

Pidamos a Ella, a nuestra Madre, que nos cobije y nos proteja bajo su manto y que podamos vivir una vida cristiana; que nos socorra en el momento culminante de nuestro paso por la tierra que será la hora y el día de nuestra muerte. +

PADRE BASILIO MERAMO
11 de noviembre de 2001

domingo, 5 de noviembre de 2017

DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:

Vemos en el Evangelio de hoy cómo los herodianos y los fariseos que eran, por así decirlo, los personajes principales de la comunidad judía, siempre estaban al acecho para prender a nuestro Señor y poder juzgarlo, querían matarlo y tener una excusa. Si lo querían matar, ¿por qué no lo mataban de una vez? Porque el mal siempre busca un pretexto, una careta, una apariencia de justicia, de verdad, para encubrir el odio que se sacia sólo con la muerte. Mandan pues a sus discípulos, a sus lacayos, porque tampoco son capaces de ir ellos personalmente y preguntarle a nuestro Señor, hacerle la pregunta que podría ser buena si fuese hecha con recta intención, para salir de la ignorancia; pero no, era todo lo contrario. Era una pregunta dolosa, capciosa, y por eso nuestro Señor les dice: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”. Porque hipócrita, como lo eran estos fariseos, herodianos, es el que tiene en su boca una cosa distinta a la que tiene en el corazón.

Esa es la hipocresía, y la peor de las desgracias es acostumbrarse a ella, hablar distinto de lo que se siente en el corazón, mostrar estima y en el fondo destilar veneno, no tener la capacidad de ser veraz y decir al pan, pan y al vino, vino, adular con la boca y odiar y despreciar con el corazón, todo esto forma parte de la actitud del hipócrita. Y los judíos estaban llenos de tal falsedad; por eso nuestro Señor, que no era farsante, se los dice en la cara sin resquemor: ¡Hipócritas! Nosotros no conocemos la intención de corazón como bien la conocía nuestro Señor, pero quizás hubiese menos fingimiento en el mundo y haríamos un favor si detectásemos en alguien esa actitud, decírselo, para que esa persona, por lo menos no se engañe a sí misma, creyendo engañarnos.

Esa farsa se oculta con la adulación: “Sabemos, Maestro, que tú eres bueno y que llevas a la verdad”. Si sabían todo eso ¿para qué le tentaban? Si saben que es bueno, que es veraz, ¿para qué le preguntan? Pues con el ánimo de sorprenderlo en algo y condenarlo con justa causa. Cosa distinta sería si ellos preguntasen simplemente por querer conocer y saber lo que debía hacerse.

La pregunta era sobre algo muy crucial. Judea estaba bajo el Imperio Romano y debía tributo al César y quien se oponía al César cometía prácticamente un pecado por no saber distinguir bien, entre obedecer al César como gobierno temporal u obedecerle como a divinidad, por eso había que distinguir claramente en qué se le podía rendir tributo y honor al César y en qué no. En todo, menos como a Dios en lo de orden temporal; por eso nuestro Señor les pide la moneda con la que se pagaba el tributo y les responde a su vez, con otra pregunta: “¿De quién es la imagen?”. A lo que seguiría una sabia respuesta: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Esas dos espadas, esos dos órdenes: el temporal y el espiritual están separados porque Dios los quiso distinguir; lo que no quiere decir que no tenga nada que ver uno con el otro y que no haya una subordinación del orden temporal al orden espiritual. Por eso nuestro Señor les dice “...al César lo que es del César...”. Todo lo que es de orden temporal, como emperador que es, que tiene por deber proveer el bien común temporal, en eso le deben tributo y le deben sumisión y obediencia, pero no en el orden espiritual, que compete a la Iglesia. Por eso debemos dar a Dios lo que como a Dios corresponde, ya que nuestra alma es su imagen y semejanza; es espiritual y se debe a Él.

No es que Dios deje de ejercer su poder, mejor dicho, no es que no tenga poder sobre el orden temporal, es sencillamente que Dios nuestro Señor no quiere ejercerlo directamente, por eso los distinguió. ¿No es lo que quiere el laicismo, negar que Dios tenga ese poder sobre el orden temporal? De hecho se le niega, se le sustrae, corrompiendo la sumisión que se pretende debe tener el orden temporal a la Iglesia y a Dios. Laicismo que se introduce en la misma Iglesia, produciendo ese fenómeno de secularización que está destruyendo a la religión católica hoy mundanizada, secularizada en sus órdenes, en sus sacerdotes y en sus instituciones. Todo eso muestra que no se está dando ni al César lo que corresponde al César ni a Dios lo que es de Dios, sino que impera una gran confusión y un desequilibrio social, mundial, que afecta de modo directo los mismos fundamentos de la Iglesia católica.

No nos confundamos, no caigamos en el laicismo que le niega a Dios la subordinación del orden temporal y el origen y la fuente de toda autoridad, como la democracia moderna, que hace arbitrariamente al pueblo el origen de toda autoridad, el pueblo y no Dios, lo cual es una herejía; porque el pueblo puede designar la autoridad y ahí habría una verdadera democracia que sería una de las tres formas legítimas de gobierno, pero una cosa es que la designe, y otra muy distinta es que sea la fuente del poder, que sea el principio del mando. En ese pecado hemos caído casi todos, por eso hoy cuando se habla de democracia, más allá de que seamos o no democráticos, debemos aclarar que con la democracia moderna ningún católico puede estar de acuerdo, porque no es el pueblo el soberano sino Dios; algo muy diferente es que el pueblo designe al gobernante, pero no es el que le da la autoridad, pues de él no dimana como de su origen, esto es una herejía, porque atenta contra el derecho soberano de Dios. De ahí que las democracias modernas sean anticristianas, anticatólicas, usurpen la soberanía de Dios y proclamen los derechos del hombre. Dicho sea de paso y sin hacer propaganda comercial, a ese libro que habla de los derechos de Dios, escrito por una feligresa, se le abona el mérito de hablar de los derechos de Dios cuando todo el mundo está idiotizado argumentando los cacareados derechos del hombre, desconociendo los de Dios.

Por eso, es una gracia permanecer fieles a la única y auténtica Iglesia católica, apostólica y romana, esa Iglesia que no puede ser secular ni se puede secularizar en sus instituciones; es la única manera de perseverar en medio de esta destrucción, de esta revolución anticristiana directamente dirigida por Satanás desde el infierno, y que tiene hombres como lacayos que en este mundo no hacen la obra de Cristo, sino la obra del demonio, la obra del anticristo; de ahí, que más que nunca debemos tener presente cuál es la verdadera faz de la Iglesia, para no caer en ese escándalo, porque es un escándalo público, que en vez de una Iglesia veamos a una ramera pretendiendo ser la esposa de Dios. Es inadmisible y perdónenme mis estimados hermanos el ejemplo: es como si una prostituta se hiciese pasar por señora, como la reina, esposa del rey. La Iglesia católica, apostólica y romana es inmaculada en sus instituciones, en su moral, en su doctrina, en su evangelio. Otra cosa es que dentro de la Iglesia haya buenos y malos; santos y pecadores; píos e impíos; pero eso es en el ámbito personal que cada uno cumpla o no los mandatos y los preceptos de la Iglesia. Pero la Iglesia como institución divina, como obra de Dios, que no puede ser sino inmaculada y pura y verdadera Iglesia, es aquella que es una, santa, católica y apostólica aunque haya miembros que no sean puros ni inmaculados, porque caeríamos en el error de los jansenistas. Pero la Iglesia como institución es inmaculada. Una Iglesia que se presente en sus instituciones, en su doctrina y en el evangelio secularizada, prostituida por estar en connivencia con los reyes de esta tierra, esa no sería la Iglesia católica.

Nuestro Señor dice, y lo recuerdo con insistencia, que no todo el que dice “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos; que quién es mi hermana o mi hermano, sino el que hace mi voluntad, el que guarda mi doctrina, el que guarda mi palabra, el que es fiel; por lo mismo, la incertidumbre de si cuando Él venga encontrará fe sobre esta tierra, y menciona la gran apostasía, corrupción generalizada, institucionalizada.

Preocupémonos de pertenecer a la verdadera Iglesia conformada por todos los que dispersos por el mundo permanecen fieles a Cristo. Por eso San Agustín decía que la Iglesia la conforman todos los fieles a Cristo, dispersos por el mundo entero y los que no son fieles a Cristo no pertenecen a la Iglesia, como no pertenecen a ella ni los herejes, ni los cismáticos, ni los excomulgados.

¿Y qué pensar de una Iglesia que excomulga a la Tradición y se abraza con el mundo? Eso es muy significativo; es imposible que se excomulgue a la Tradición, porque si se excomulga a la Tradición se está excomulgando a los apóstoles, a los Padres de la Iglesia y a todos los Santos. Más que nunca debemos tener cuidado de pertenecer no sólo de alma, sino también de cuerpo a la única y verdadera Iglesia inmaculada de Cristo nuestro Señor y dar con justicia al César aquello que es del César y a Dios lo que le pertenece y es de Dios. +

BASILIO MERAMO PBRO.
12 de noviembre de 2000


jueves, 2 de noviembre de 2017

2 de Noviembre: Festividad de los fieles Difuntos

Tomado del MISAL DIARIO COMPLETO por el P. Luis Ribera CMF, España 1954:





Escrito del R.P. Méramo: La Ofrenda a los Muertos y su Origen Pagano.

Extraído del libro: La Ciudad Antigua de Fustel de Coulanges, ed. Porrúa, México 1989, pp. 5-14.

Para conocer el origen de las ofrendas a los muertos que aún perduran tan arraigadas en el pueblo mejicano y que son una reminiscencia del culto pagano a los muertos que es el culto más inmemorial que existe en la historia de la humanidad.









LIBRO PRIMERO

CREENCIAS ANTIGUAS

CAPITULO PRIMERO

CREENCIAS SOBRE EL ALMA Y SOBRE LA MUERTE.


Hasta los últimos tiempos de la historia de Grecia y de Roma se vio persistir entre el vulgo un conjunto de pensamientos y usos, que indudablemente, procedían de una época remotísima. De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formó al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte.

Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indoeuropea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya creído jamás que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre. Las generaciones más antiguas, mucho antes de que hubiera filósofos, creyeron en una segunda existencia después de la actual. Consideraron la muerte, no como una disolución del ser, sino como un mero cambio de vida.

Pero ¿en qué lugar y de qué manera pasaba esta segunda existencia? ¿Se creía que el espíritu inmortal después de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro? No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espíritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinión más antigua de los arios de oriente, pues los himnos de los Vedas están en oposición con ella. ¿Se creía que el espíritu ascendía al cielo, a la región de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansión celestial pertenece en Occidente a una época relativamente próxima; la celeste morada sólo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad. Según las más antiguas creencias de los italianos y de los griegos, no era un mundo extraño al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permanecía cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.[1]

También se creyó durante mucho tiempo que en esta segunda existencia el alma permanecía asociada al cuerpo. Nacida con él, la muerte no los separaba y con él se encerraba en la tumba.

Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han quedado testimonios auténticos. Estos testimonios son los ritos de la sepultura que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que habían seguramente nacido con ellas y pueden hacérnoslas comprender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se colocaba un muerto en un sepulcro, se creía que era algo viviente lo que allí se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisión y escrúpulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los funerales de Polidoro con estas palabras: “Encerramos su alma en la tumba.” La misma expresión se encuentra en Ovidio y en Plinio el Joven, y no es que respondiese a las ideas que estos escritores se formaban del alma, sino que desde tiempo inmemorial estaba perpetuada en el lenguaje, atestiguando antiguas y vulgares creencias.[2]

Era costumbre al fin de la ceremonia fúnebre, llamar tres veces al alma del muerto por el nombre que había llevado. Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le decía: “Que te encuentres bien.” Se añadía: “Que la tierra te sea ligera”.[3] ¡Tanto se creía que el ser iba a continuar viviendo bajo tierra y que conservaría el sentimiento del bienestar y del sufrimiento! Se escribía en la tumba que el hombre reposaba allí; expresión que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros. Todavía la empleamos aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se creía en la antigüedad que un hombre vivía allí, que jamás se prescindía de enterrar con él los objetos de que, según se suponía, tenía necesidad: vestidos, vasos, armas. [4] Se derramaba vino sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satisfacer su hambre. [5] Se degollaban caballos y esclavos en la creencia de que estos seres encerrados con el muerto le servirían en la tumba como le habían servido durante su vida. [6] Tras la toma de Troya, los griegos vuelven a su país; cada cual lleva su bella cautiva pero Aquiles que está bajo tierra, reclama también a su esclava y le dan a Polixena. [7]

Un verso de Píndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a salir de Grecia y huyó hasta Cólquida. En este país murió; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia. Se apareció pues a Pelias ordenándole que fuese a la Cólquida para transportar su alma. Sin duda esta alma sentía la añoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no podía separarse sin ellos de la Cólquida. [8]

De esta creencia primitiva se derivó la necesidad de la sepultura. Para que el alma permaneciese en esta morada subterránea que le convenía para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra. El alma que carecía de tumba no tenía morada. Vivía errante. En vano aspiraba al reposo, que debía anhelar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tenía que errar siempre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jamás las ofrendas y los alimentos que le hacían falta. Desgraciada, se convertía pronto en malhechora. Atormentaba a los vivos, les enviaba enfermedades, les asolaba las cosechas, les espantaba con operaciones lúgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella misma. De aquí procede la creencia en los aparecidos. [9] La antigüedad entera estaba persuadida de que sin la sepultura el alma era miserable, y que por la sepultura adquiría la eterna felicidad. No con la ostentación del dolor quedaba realizada la ceremonia fúnebre, sino con el reposo y la dicha del muerto. [10]

Adviértase bien que no bastaba con que el cuerpo se depositara en la tierra. También era preciso observar ritos tradicionales y pronunciar determinadas fórmulas. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: [11] es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido enterrado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calígula sin que se realizara la ceremonia fúnebre, su alma anduvo errante y se apareció a los vivos, hasta el día en que se decidieron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura según las reglas. [12] Estos dos ejemplos demuestran que efecto se atribuía a los ritos y a las fórmulas de la ceremonia fúnebre. Puesto que sin ellos las almas permanecían errantes y se aparecían a los vivos, es que por ellos se fijaban y encerraban en las tumbas. Y así como había fórmulas que poseían esta virtud, los antiguos tenían otras con la virtud contraria: la de evocar a las almas y hacerlas salir momentáneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cuánto atormentaba al hombre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era esta una fuente de agudas inquietudes.[13]

Se temía menos a la muerte que a la privación de sepultura, ya que se trataba del reposo y de la felicidad eterna. No debemos de sorprendernos mucho al ver que, tras una victoria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que habían descuidado el enterrar a los muertos. Estos generales, discípulos de los filósofos, quizá diferenciaban el alma del cuerpo, y como no creían que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, habían puesto que importaba muy poco que un cadáver se descompusiese en la tierra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cumplir la vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos. Pero la muchedumbre que, aun en Antenas, permanecía afecta a las viejas creencias, acusó de impiedad a sus generales y los hizo morir. Por su victoria salvaron a Atenas; por su negligencia perdieron millares de almas. Los padres de los muertos, pensando en el largo suplicio que aquellas almas iban a sufrir, se acercaron al tribunal vestidos de luto para exigir venganza. [14]

En las ciudades antiguas la ley infligía a los grandes culpables un castigo reputado como terrible: la privación de sepultura. [15] Así se castigaba al alma misma y se le infligía un suplicio casi eterno.

Hay que observar que entre los antiguos se estableció otra opinión sobre la mansión de los muertos. Se figuraron una región, también subterránea, pero infinitamente mayor que la tumba, donde todas las almas, lejos de su cuerpo, vivían juntas, y donde se les aplicaban penas y recompensas, según la conducta que el hombre había observado durante su existencia. Pero los ritos de la sepultura, tales como los hemos descrito, están en manifiesto desacuerdo con esas creencias: prueba cierta de que en la época en que se establecieron esos ritos, aún no se creía en el Tártaro u en los Campos Elíseos. La primera opinión de esas antiguas generaciones fue que el ser humano vivía en la tuba, que el alma no se separaba del cuerpo, y que permanecía fija en esa parte del suelo donde los huesos estaban enterrados. Por otra parte, el hombre no tenía que rendir ninguna cuenta de su vida anterior. Una vez en la tumba, no tenía que esperar recompensas ni suplicios. Opinión tosca, indudablemente, pero que es la infancia de la noción de una vida futura.

El ser que vivía bajo tierra no estaba lo bastante emancipado de la humanidad como para no tener necesidad de alimento. Así, en ciertos días del año se llevaba comida a cada tumba. [16]

Ovidio y Virgilio nos han dejado la descripción de esta ceremonia, cuyo empleo se había conservado intacto hasta su época, aunque las creencias ya se hubiesen transformado. Dícennos que se rodeaba la tumba de grandes guirnaldas de hierba y flores, que se depositaban tortas, frutas, sal, y que se derramaba leche, vino y a veces sangre de víctimas. [17]

Nos equivocaríamos grandemente si creyéramos que esta comida fúnebre sólo era una especie de conmemoración. El alimento que la familia llevaba era realmente para el muerto, para él exclusivamente. Prueba esto que la leche y el vino se derramaban sobre la tierra de la tumba; que se abría un agujero para que los alimentos sólidos llegasen hasta el muerto; que, si se inmolaba una víctima, toda la carne se quemaba para que ningún vivo participase de ella; que se pronunciaban ciertas fórmulas consagradas para invitar al muerto a comer y beber; que si la familia entera asistía a esta comida, no por eso tocaba los alimentos; que, en fin, al retirarse, se tenía gran cuidado de dejar una poca de leche y algunas tortas en los vasos, y que era gran impiedad en un vivo tocar esta pequeña provisión destinada a las necesidades del muerto.

Estas antiguas creencias perduraron mucho tiempo y su expresión se encuentra todavía en los grandes escritores de Grecia. “Sobre la tierra de la tumba, dice Ifigenia en Eurípides, derramo la leche, la miel, el vino, pues con esto se alegran los muertos.” [18] -“Hijo de Peleo, dice Neptolemo, recibe el brebaje grato a los muertos; ven y bebe de esta sangre.” [19] Electra vierte las libaciones y dice: “El brebaje ha penetrado en la tierra, mi padre lo ha recibido.” [20] Véase la oración de Orestes a su padre muerto: “¡Oh, padre mío, si vivo, recibirás ricos banquetes; pero si muero, no tendrás tu parte en las comidas humeantes de que los muertos se nutren!” [21] Las burlas de Luciano atestiguan que estas costumbres aún duraban en su tiempo: “Piensan los hombres que las almas vienen de lo profundo por la comida que se les trae, que se regalan con el humo de las viandas y que beben el vino derramado sobre la fosa”. [22] Entre los griegos había ante cada tumba un emplazamiento destinado a la inmolación de las víctimas y a la cocción de su carne. [23] La tumba romana también tenía su culina, especie de cocina de un género particular y para el exclusivo uso de los muertos. [24] Cuenta Plutarco que tras la batalla de Platea los guerreros muertos fueron enterrados en el lugar de combate, y los plateos se comprometieron a ofrecerles cada año el banquete fúnebre. En consecuencia, en el día del aniversario, se dirigían en gran procesión, conducidos por sus primeros magistrados, al otero donde reposaban los muertos. Ofrecíanles leche, vino, aceite, perfumes y les inmolaban una víctima. Cuando los alimentos estaban ya sobre la tumba, los plateos pronunciaban una fórmula invocando a los muertos para que acudiesen a esta comida. Todavía se celebraba esta ceremonia en tiempo de Plutarco, que pudo ver el 600º aniversario. [25] Luciano nos dice cuál es la opinión que ha engendrado todos esos usos: “Los muertos, escribe, se nutren de los alimentos que colocamos en su tumba y beben el vino que sobre ella derramamos; de modo que un muerto al que nada se ofrece está condenado a hambre perpetua”. [26]

He ahí creencias muy antiguas y que nos parecen bien falsas y ridículas. Sin embargo, han ejercido su imperio sobre el hombre durante gran número de generaciones. Han gobernado las almas, y muy pronto veremos que han regido las sociedades, y que la mayor parte de las instituciones domésticas y sociales de los antiguos emanan de esa fuente.


CAPITULO II

EL CULTO DE LOS MUERTOS.


Estas creencias dieron muy pronto lugar a reglas de conducta. Puesto que el muerto tenía necesidad de alimento y bebida, se concibió que era un deber de los vivos el satisfacer esta necesidad. El cuidado de llevar a los muertos los alimentos no se abandonó al capricho o a los sentimientos variables de los hombres: fue obligatorio. Así se instituyó toda una religión de la muerte, cuyos dogmas han podido extinguirse muy pronto, pero cuyos ritos han durado hasta el triunfo del cristianismo.

Los muertos pasaban por seres sagrados. [27] Los antiguos les otorgaban los más respetuosos epítetos que podían encontrar: llamábanles buenos, santos, bienaventurados. [28] Para ellos tenían toda la veneración que el hombre puede sentir por la divinidad que ama o teme. En su pensamiento cada muerto era un dios. [29]

Esta especie de apoteosis no era el privilegio de los grandes hombres; no se hacía distinción entre los muertos. Cicerón dice: “Nuestros antepasados han querido que los hombres que habían salido de esta vida se contasen en el número de los dioses.” [30] Ni siquiera era necesario haber sido un hombre virtuoso; el malo se convertía en dios como el hombre de bien: sólo que en esta segunda existencia conservaba todas las malas tendencias que había tenido en la primera. [31]

Los griegos daban de buen grado a los muertos el nombre de dioses subterráneos. En Esquilo, un hijo invoca así a su padre muerto: “¡Oh tú, que eres un dios bajo tierra!” Eurípides dice, hablando de Alcestes: “Cerca de su tumba el viajero se detendrá para decir: Ésta es ahora una divinidad bienaventurada.” [32] Los romanos daban a los muertos el nombre de dioses manes. “Dad a los dioses manes lo que les es debido, dice Cicerón; son hombres que han dejado la vida; tenedles por seres divinos.” [33]

Las tumbas eran los templos de estas divinidades. Por eso ostentaban la inscripción sacramental Dis Manibus, y en griego . Significaba esto que el dios vivía allí enterrado, Manesque Sepulti dice Virgilio. [34] Ante la tumba había un altar para los sacrificios, como ante los templos de los dioses. [35]

Este culto de los muertos se encuentra entre los helenos, entre los latinos, entre los sabinos,[36] entre los etruscos; se le encuentra también entre los arios de la India. Los himnos del Rig Veda hacen de él mención. El libro de las leyes de Manú habla de ese culto como del más antiguo que los hombres hayan profesado. En este libro se advierte ya que la idea de la metempsicosis, subsiste viva e indestructible la religión de las almas de los antepasados, obligando al redactor de las Leyes de Manú a contar con ella y a mantener sus prescripciones en el libro sagrado. No es la menor singularidad de este libro tan extraño el haber conservado las reglas referentes a esas antiguas creencias, si se tiene en cuenta que evidentemente fue redactado en una época en que dominaban creencias del todo opuestas. Esto prueba que si se necesita mucho tiempo para que las creencias humanas se transformen, se necesita todavía más para que las prácticas exteriores y las leyes se modifiquen. Aún ahora, pasados tantos siglos y revoluciones, los indos siguen tributando sus ofrendas a los antepasados. Estas ideas y estos ritos son lo que hay de más antiguo en la raza indoeuropea, y son también lo que hay de más persistente.

Este culto era en la india el mismo que en Grecia e Italia. El indo debía suministrar a los manes la comida llamada sraddha. “Que el jefe de la casa haga el sraddha con arroz, leche, raíces, frutas, para atraer sobre sí la benevolencia de los manes.” El indo creía que en el momento de ofrecer esta comida fúnebre, los manes de los antepasados venían a sentarse a su lado y tomaban el alimento que se les presentaba. También creía que este banquete comunicaba a los muertos gran regocijo: “Cuando el sraddha se hace según los ritos, los antepasados del que ofrece la comida experimentan una satisfacción inalterable.” [37]

Así, los arios de Oriente pensaron, en un principio, igual que los de Occidente a propósito del misterio del destino tras la muerte. Antes de creer en la metempsicosis que presuponía una distinción absoluta entre el alma y el cuerpo, creyeron en la existencia vaga e indecisa del ser humano, invisible pero no inmaterial, que reclamaba de los mortales alimento y bebida.

El indo, cual el griego, consideraba a los muertos como seres divinos que gozaban de una existencia bienaventurada. Pero existía una condición para su felicidad: era necesario que las ofrendas se les tributasen regularmente por los vivos. Si se dejaba de ofrecer el sraddha a un muerto, el alma huía de su apacible mansión y se convertía en alma errante que atormentaba a los vivos; de suerte que si los manes eran verdaderamente dioses, sólo lo eran mientras los vivos les honraban con su culto. [38]

Los griegos y romanos profesaban exactamente las mismas opiniones. Si se cesaba de ofrecer a los muertos la comida fúnebre, los muertos salían en seguida de sus tumbas; sombras errantes, se les oía gemir en la noche silenciosa, acusando a los vivos de su negligencia impía; procuraban castigarles, y les enviaban enfermedades o herían el suelo de esterilidad. En fin, no dejaban ningún reposo a los vivos hasta el día en que se reanudaban las comidas fúnebres. [39] El sacrificio, la ofrenda del sustento y la libación, los hacían volver a la tumba y les devolvían el reposo y los atributos divinos. El hombre quedaba entonces en paz con ellos. [40]

Si el muerto al que se olvidaba era un ser malhechor, aquél al que se honraba era un dios tutelar, que amaba a los que le ofrecían el sustento. Para protegerlos seguía tomando parte en los negocios humanos, y en ellos desempeñaba frecuentemente su papel. Aunque muerto, sabía ser fuerte y activo. Se le imploraba; se solicitaban su ayuda y sus favores. Cuando pasaba ante una tumba, el caminante se paraba y decía: “¡Tú, que eres un dios bajo tierra, seme propicio!” [41]

Puede juzgarse de la influencia que los antiguos atribuían a los muertos por esta súplica que Electra dirige a los manes de su padre: “¡Ten piedad de mi y de mi hermano Orestes; hazle volver a este país; oye mi ruego, oh padre mío, atiende mis votos al recibir mis libaciones!” Estos dioses poderosos no sólo otorgan los bienes materiales, pues Electra añade: “Dame un corazón más casto que el de mi madre, y manos más puras.” [42] También el indo pide a los manes “que se acreciente en su familia el número de los hombres de bien, y que haya mucho para dar”.

Estas almas humanas, divinizadas por la muerte, eran lo que los griegos llamaban demonios o héroes. [43] Los latinos les dieron el nombre de Lares, Manes,[44] Genios. “Nuestros antepasados, dice Apuleyo, han creído que cuando los manes eran malhechores debía de llamárseles larvas, y los denominaban lares cuando eran benévolos y propicios.”[45] En otra parte se lee: “Genio y lar son el mismo ser; así lo han creído nuestros antepasados[46] y en Cicerón: “Lo que los griegos llamaban demonios, nosotros los denominamos lares.”[47]

Esta religión de los muertos parece ser la más antigua que haya existido entre esta raza de hombres. Antes de concebir y de adorar a Indra o a Zeus, el hombre adoró a los muertos; tuvo miedo de ellos y les dirigió sus preces. Por ahí parece que ha comenzado el sentimiento religioso. Quizá en presencia de la muerte ha sentido el hombre por primera vez la idea de lo sobrenatural y ha querido esperar en algo más allá de lo que veía. La muerte fue el primer misterio, y puso al hombre en el camino de los demás misterios. Le hizo elevar su pensamiento de lo visible o lo invisible, de lo transitorio a lo eterno, de lo humano a lo divino.



El culto católico a los muertos nada tiene que ver con ofrendas de comidas, sino con sufragios u obras buenas que se procuren para la pronta liberación de las penas del purgatorio, como misas, rosarios, oraciones, indulgencias parciales o plenarias, sacrificios y limosnas. No hay que caer en un sincretismo religioso (mezcla de catolicismo con paganismo) bajo apariencia de piedad religiosa.

Orizaba, 2 de noviembre de 2007.
Festividad de los Fieles Difuntos
Basilio Méramo Pbro.

[1] Sub terra censebat reliquam vitam agi mortuorum. Cicerón. Tusc., 1, 16. Era tan fuerte esta creencia, añade Cicerón, que, aun cuando se estableció el uso de quemar los cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivían bajo tierra.-V. Eurípides, Alcestes, 163; Hécuba, passim.
[2] Virgilio, En., III, 67: animamque sepulcro condimus.-Ovidio, Fast., V, 451: tumulo fraternas condidit umbras.-Plinio, Ep., VII, 27: manes riti conditi.-La descripción de Virgilio se refiere al uso de los cenotafios: admitíase que cuando no se podía encontrar el cuerpo de un pariente se le hiciera una ceremonia que reprodujese exactamente todos los ritos de la sepultura, creyendo así encerrar, a falta del cuerpo, el alma en la tumba. Eurípides, Helena, 1061, 1240. Escoliast ad Pindar. Pit., IV, 284. Virgilio, VI, 505; XII, 214.
[3] Iliada, XXIII, 221. Eurípides, Alcestes. 479: Pausanias, II, 7, 2.-Ave atque vale. Cátulo, C. 10. Servio, ad Eneid., II, 640; III, 68; XI, 97. Ovidio, Fast., IV, 852; Metam., X, 62. Sit tibi terra levis; tenuem et sine pondere terram; Juvenal VII, 207; Marcial, I, 89: V, 35; IX, 30.
[4] Eurípides, Alcestes, 637, 638; Orestes 1416-1418. Virgilio, En., VI, 221; XI, 191-196.- La antigua costumbre de llevar dones a los muertos está atestiguada para Atenas por Tucídides, II, 34. La ley de Solón prohibía enterrar con el muerto más de tres trajes (Plutarco, Solón, 21). Luciano también habla de esta costumbre. ¡Cuántos vestidos y adornos no se han quemado o enterrado con los muertos como si hubiesen de servirles bajo tierra!”- También en los funerales de César, en época de gran superstición, se observó la antigua costumbre: se arrojó a la pira los munera, vestidos, armas, alhajas (Suetonio, César, 84). V. Tácito, An., III, 3.
[5] Eurípides, Ifig., en Táuride, 163. Virgilio, En., V, 76-80; VI, 225.
[6] Iliada, XXI. 27-28; XXIII, 164-176. Virgilio, En., X, 519-520; XI, 80-84, 197.- Idéntica costumbre en la Galia. César. B. G., V. 17.
[7] Eurípides, Hécuba, 40-41; 107-113; 637-638.
[8] Píndaro, Pit., IV. 284 edic. Heyne. V. el Escoliasta.
[9] Cicerón, Tusculanas, I, 16. Eurípides, Troad, 1085. Herodoto, V. 92. Virgilio, VI, 371, 379. Horacio, Odas, I, 23. Ovidio, Fast., V, 483. Plinio, Epist., VII, 27. Suetonio, Calig., 59. Servio, ad Æn., III, 68.
[10] Iliada, XXII, 358; Odisea, XI, 73.
[11] Plauto, Mostellaria, III, 2.
[12] Suetonio, Calig., 59; Satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodes umbris inquietatos... nullam noctem sine aliquo terrore transactam.
[13] Véase en la Iliada, XXII, 338-344. Héctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: “Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecerá en abundancia y devuélvele mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.” Lo mismo en Sófocles: Antígona afronta la muerte “para que su hermano no quede sin sepultura” (Sóf., Ant., 467).- El mismo sentimiento está significado en Virgilio, IX, 213: Horacio, Odas, I, 18. v. 24-36. Ovidio, Heroidas, X, 119-123; Tristes, III, 3, 45.- Lo mismo en las imprecaciones: lo que se deseaba de más horrible para un enemigo era que muriese sin sepultura. (Virg., En., IV, 620.)
[14] Jenofonte, Helénicas, I, 7.
[15] Esquilo, Siete contra Tebas, 1013. Sófocles, Antígona, 198. Eurípides, Fen., 1627-1632.- V. Lisias, Epitaf., 7-9. Todas las ciudades antiguas añadían al suplicio de los grandes criminales la privación de la sepultura.
[16] Esto se llamaba en latín inferias ferre, parentare, ferre solomnia. Cicerón, De legibus, II, 21: majores nostri mortuis parentari voluerunt. Lucrecio, III, 52: Parentant et nigras mactant pecudes et Manibus divis inferias mittunt. Virgilio, En., VI, 380: tumulo solemnia mittent; IX, 214: Absenti ferat inferias decoretque sepulcro. Ovidio, Amor., I, 13, 3: annua solemni cæde parentat avis.- Estas ofrendas, a que los muertos tenían derecho, se llamaban Manium jura. Cicerón, De legib., II, 21. Cicerón hace alusión a ellas en el Pro Fracco, 38, y en la primera Filípica, 6.- Estos usos aún se observaban en tiempo de Tácito (Hist., II, 95); Tertuliano los combate como si en su tiempo conservasen pleno vigor: Defunctis parentant, quos escam desiderate præsumant (De resurr. carnis, I): Defunctos vocas securos, si quando extra portam cum obsoniis et matteis parentans ad busta recedis (De testim, animæ, 4.)
[17] Solemnes tum forte dapes et tristia dona
Lilabat cineri Andromache manesque vocabat
Hectoreum ad tumulum.
(Virgilio, En., III, 301-303.)
-Hie duo rite mero libans carchesia Baccho,
Fundit humi, duo lacte novo, duo sanguine sacro
Purpureisque jacit flores ac talia fatur:
Salve, sancte parens, animæque umbræque paternæ
(Virgilio, En. V, 77-81.)
Est honor et tumulis animas placate paternas...
Et sparsæ fruges parcaque mica salis
inque mero mollita ceres violæque solutæ.
(Ovidio, Fast., II, 535-542.)
[18] Eurípides, Ifigenia en Táuride, 157-163.
[19] Eurípides, Hécuba, 536. Electra, 505 y sig.
[20] Esquilo, Coéforas, 162.
[21] Esquilo, Coéforas, 482-484.-En los Persas, Esquilo presta a Atosa las ideas de los griegos: “Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes que la tierra beberá, y que llegarán hasta los dioses de lo profundo.” (Persas, 610-620) .-Cuando las víctimas se habían ofrecido a las divinidades del cielo, los mortales comían la carne; pero cuando se ofrecía a los muertos, se quemaba íntegramente (Pausanías, II, 10.)
[22] Luciano, Carón, c. 22; Ovidio, Fastos, 566: possito pascitur umbra cibo.
[23] Luciano, Carón, c. 22: "Abren fosas cerca de las tumbas y en ellas cuecen la comida de los muertos¨.
[24] Festo, V, culina: culina vocatur locus in quo epulæ in funere comburuntur.
[25] Plutarco, Arístides, 21.
[26] Luciano, De luctu, c. 9.
[27] Plutarco, Solón, 21.
[28] Aristóteles, citado por Plutarco, Cuestión. roman., 52; grieg., 5.- Esquilo, Coéf., 475.
[29] Eurípides, Fenic., 1321.- Esquilo, Coef., 475; “¡Oh bienaventurados que moráis bajo la tierra, escuchad mi invocación, venid en socorro de vuestros hijos y concededles la victoria!” En virtud de esta idea, llama Eneas a su difunto padre Sancte Parens, divinus parens; Virg., En., V, 80; V. 47.- Plutarco, Cuest. rom., 14.- Cornelio Nepote, fragmentos, XII: parentabis mihi et invocabis deum parentem.
[30] Cicerón, De legibus, II, 22.
[31] San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26; IX, 11.
[32] Eurípides, Alcestes, 1015.
[33] Cicerón, De leg., II, 9. Varrón, en San Agustín, Ciudad de Dios, VIII, 26.
[34] Virgilio, En., IV, 34.
[35] Eurípides, Troyanas, 96; Electra, 505-510.- Virgilio, En., VI, 177; Aramque sepulcri; III, 63: Stant Manibus aræ; III, 305: Et geminas cuasam lacrymis, sacraverat aras; V, 48: Divini ossa parentis condidimus terra mætasque sacravimus aras. El gramático Nonio Marcelo dice que el sepulcro se llamaba templo entre los antiguos, y en efecto, Virgilio emplea la palabra templum para designar la tumba o cenotafio que Dido erigió a su esposo (En., IV, 457). Plutarco. Cuest. rom., 14.- Sigió llamándose ara la piedra erigida sobre la tumba (Suetonio, Nerón, 50). Esta palabra se emplea en las inscripciones funerarias. Orelli. núms. 4521, 4522, 4826.
[36] Varrón, De lingua lat., V. 74.
[37] Leyes de Manú, I, 95; III, 82. 122, 127, 146, 189, 274.
[38] Este culto tributado a los muertos se expresaba en griego por las palabras . Póllux, VIII, 91. Herodoto, I, 167; Plutarco, Arístides, 21; Catón, 15; Pausanias, IX, 13, 3. La palabra se decía de los sacrificios ofrecidos a los muertos. de los que se ofrecían a los dioses del cielo; esta diferencia está bien indicada por Pausanias, II, 10, 1, y por el Escoliasta de Eurípides, Fenic., 281. V. PlutarcoÑ Cuest. rom., 34.
[39] Véase en Herodoto, I, 167, la historia de las almas de los focenses que trastornan una comarca entera hasta que se les consagra un aniversario; hay otras historias análogas en Herodoto y en Pausanias VI, 6, 7. Lo mismo en Esquilo: Clitemnestra, advertida de que los manes de Agamemnón están irritados contra ella, se apresura a depositar alimentos sobre su tumba. Véase también la leyenda romana que cuenta Ovidio, Fastos, II, 549-556: “Un día se olvidó del deber de los parentalia y las almas salieron entonces de las tumbas y se les oyó correr dando alaridos por las calles de la ciudad y por los campos del Lacio hasta que volvieron a ofrecérseles los sacrificios sobre las tumbas.” Véase también la historia que refiere Plinio el Joven, VII, 27.
[40] Ovidio, Fast., II, 518: Animas placate paternas.- Virgilio, En., VI, 579: Ossa piabunt et statuent tumulum et tumulo solemnia mittent.- Compárese el griego (Pausanias, VI, 6, 8).- Tito Livio, I, 20: Justa funebria placandosque manes.
[41] Eurípides, Alcestes, 1004 (1016). –“Créese que si no prestamos atención a estos muertos y si descuidamos su culto, nos hacen mal, y que, al contrario, nos hacen bien si nos los volvemos propicios con nuestras ofrendas.” Porfirio, De abstin., II, 37. V. Horacio, Odas, II, 23; Platón, Leyes, IX, págs. 926, 927.
[42] Esquilo, Coéforas, 122-145.
[43] Es posible que el sentido primitivo haya sido el de hombre muerto. La lengua de las inscripciones que es la vulgar y al mismo tiempo la que mejor conserva el sentido antiguo de las palabras, emplea a veces con la simple significación que damos a la palabra difunto. Boeck, Corp. inscr., números 1629, 1723, 1781, 1782, 1784, 1786, 1789, 3398; Ph. Lebas, Monum. de Morea, pág 205. Véase Teognis, ed. Welcker, v. 513, y Pausanias, VI, 6, 9. Los tebanos poseían una antigua expresión para significar morir (Aristóteles, fragmentos, edic. Heitz, tomo IV, pág 260. Véase Plutarco, Proverb. quibus Alex, usi sunt, cap. 47).- Los griegos daban también al alma de un muerto el nombre de . Eurípides, Alcestes, 1140, y el Escoliasta. Esquilo, persas, 620. Pausanias, VI, 6.
[44] Manes Virginiæ (Tito Livio, III, 58). Manes conjugis (Virgilio, VI, 119). Patris Anchisæ Manes (Id., X, 534). Manes Hectoris (Id. III, 303). Dis Manibus Martialis, Dis Manibus Acutiæ (orelli, núms. 4440, 4441, 4447, 4459, etc.). Valerii deos manes (Tito Livio, III, 19).
[45] Apuleyo, De Deo Socratis. Servio, ad Æneid., III, 63.
[46] Censorino, De die Natali, 3.
[47] Cicerón, Timeo, 11. Dionisio de Halicarnaso tradujo Lar familiaris por (Antiq, rom, IV, 2).

lunes, 30 de octubre de 2017

Rito Satánico del "Dia de las Brujas o Halloween"



Para Los WICAS, los Druidas, los Celtas, Las Brujas, Hechiceros y Satánicos.  Esta es la noche más importante de sus sectas, debido a que es donde se Hacen Sacrificios específicos para Lucifer, ¿Que casualidad que sea precisamente en vísperas de una de las Fiestas Más importantes de la Iglesia Católica Apostólica Y Romana (Todos los Santos y Fieles Difuntos) y justo a unos días de la Fiesta de CRISTO REY (Ultimo domingo de Octubre)?

El enemigo, nunca a dejado la oportunidad (y así lo ha hecho por siglos) de inspirar a las gentes para que se celebren "festividades" que opaquen la Gloria de la Iglesia. 

Si  regalas dulces, decoras tu casa, disfrazas a tus hijos;  en general das cabida a que "sin quererlo" estés participando de un algo, que puede ser de trascendencia Eterna y No precisamente para la salvación del alma, de un rito Satánico.

El truco o Trato, es una forma de "conciliar con el error" Si hay trato con Satanás para que no haga un daño menor (maldiga la casa, lance un hechizo o aviente huevos) es tanto como "vender el alma".  Ese Desgraciado, algún día pretenderá cobrar el Favor del TRATO.
Y sus días están Contados, así que está ávido de más almas, porque ya esta condenado.

Alberto González
Editor











domingo, 29 de octubre de 2017

FIESTA DE CRISTO REY (ultimo domingo de Octubre, vigésimo primer domingo después de Pentecostés)



Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
La Providencia divina ha querido que sin estar debidamente acabada esta capilla y a pesar de los trabajos, contratiempos y dificultades se pudiera realizar la ceremonia de hoy, se lleven a cabo estas primeras comuniones y también se celebre el aniversario de los diez años del Colegio en esta fiesta tan importante de Cristo Rey.

Festividad que proclama la realeza social de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en el mundo actual que da la espalda a la Iglesia, a Cristo y a Dios. Por eso su Santidad Pío XI, en 1925, la instituyó a instancias de los cardenales y de otros prelados, viendo la necesidad de concluir prácticamente el año litúrgico con una fiesta que proclamase la realeza de nuestro Señor en el mundo moderno, a pesar de la oposición de la Revolución francesa, de la protestante, de la comunista. Y no era que antaño no se festejara la realeza de nuestro Señor, el seis de enero en el día de la Epifanía de los Reyes magos. Pero era necesario darle más relevancia y por eso la necesidad de hacer una fiesta aparte y así fue que Pío XI quiso, como quien dice, hacer concluir el año litúrgico con esta celebración a nuestro Señor Jesucristo como a Cristo Rey en el último domingo del mes de octubre.

La divina Providencia ha querido que hoy esta capilla tradicional, apostólica y romana hasta los tuétanos y no protestante, no cismática como muchos enemigos quieren hacer ver sino católica, apostólica y romana, realice esa gran fiesta de la proclamación de la primacía universal de nuestro Señor Jesucristo, hoy combatida a la par que es atacada la Iglesia.

Porque la civilización moderna no quiere que Cristo impere, no quiere reconocer que Cristo es Rey del Universo y de las Naciones y ese es el Imperio que Satanás y sus secuaces que no quieren admitirlo; de ahí la pugna, la lucha, el combate que no se ha iniciado hoy sino que comenzó con la primera apostasía de los ángeles malos que no quisieron reconocer a nuestro Señor; esto lo dice el cardenal Pie resumiendo a los santos Padres de la Iglesia, porque les fue manifestado que nuestro Señor se encarnaría y la segunda persona del Verbo se haría hombre y eso fue lo que no pudo admitir Satanás, humillarse ante un hombre que también es Dios.

Ese combate continuó al rebelarse los hombres contra la revelación primitiva y por eso cayeron en el paganismo. Suscita entonces Dios un pueblo tenaz como el judío para que se mantenga esa promesa que sin embargo los judíos traicionan condenando a nuestro Señor y matándolo en la Cruz. Y la lucha continúa a través de los siglos: los mártires de la Iglesia primitiva y todas las revoluciones que se han sucedido con todas sus herejías, hasta la última, la gran apostasía para los últimos tiempos en los cuales ciertamente estamos viviendo y que por eso se da un combate tan atroz contra todo lo que se proclame verdaderamente católico, verdaderamente de Dios.

De ahí también, como lógica consecuencia, la batalla contra la Tradición de la Iglesia católica y contra nosotros, contra monseñor Lefebvre, que no hizo sino guardar el testimonio fiel de la Santa Misa, de la Santa Tradición de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana aunque les pese a muchos obispos, a muchos cardenales y a muchos prelados que se dicen católicos pero que no profesan la doctrina de la religión católica. Uno de los dogmas de la religión católica que no profesan es precisamente el de la realeza universal y social de nuestro Señor Jesucristo. Por eso no quieren que las naciones se confiesen católicas y a eso se debe la libertad religiosa y el ecumenismo. Por lo mismo la igualdad con las falsas religiones; todo esto es una herejía, una apostasía a los ojos de la fe católica, apostólica y romana. Tengámoslo muy en cuenta, mis estimados hermanos, y no claudiquemos en la fe, para defender a Cristo, a la Iglesia, para ser los fieles testigos de nuestro Señor.

Nuestro Señor es aclamado también en el día de ramos, pero en el de la crucifixión fue incluso abandonado hasta por sus apóstoles más queridos; solamente estaban con Él nuestra Señora con algunas mujeres que la rodeaban y acompañaban junto con San Juan; pero nuestro Señor estaba allí solo.

Es muy fácil estar con la Iglesia y con nuestro Señor cuando todo va bien, cuando todo es gloria, pero cuando viene el combate, la lucha, la oposición, la contradicción y sobre todo la proclamación y la confesión íntegra de la fe rechazando todos los errores, entonces ¡ay, oh escándalo fariseo!, desaparecen los amigos, el clero, desgraciadamente para asociarse al mundo impío que reniega de nuestro Señor, que no quiere pertenecer a Cristo y no quiere pertenecer a Dios. Esa es obra de la judeomasonería, por eso las Naciones Unidas no quieren proclamar la realeza de nuestro Señor sino que están auspiciando el reinado del anticristo y eso hay que decirlo para que nosotros no nos añadamos a esas filas de apostasía que terminarán en el reinado del anticristo; por eso todos los gobiernos del mundo y de las grandes potencias no quieren ya ser el brazo de la Iglesia; peor aún, esos reyes y poderosos del mundo quieren que la Iglesia se haga su cómplice.

He ahí el drama, la división, la oposición que el mundo, que Satanás, que es el príncipe de este mundo gane para su causa al clero, a los ministros de la Iglesia y logre socavar desde dentro la Iglesia católica, apostólica y romana. De allí la gran importancia de defender la fe. La misma en la que hemos sido confirmados, la de la Iglesia. No creer como hoy se cree, que uno se salva en cualquier religión, que ya no hay infierno, que la Iglesia católica no es la única arca de salvación y tantas otras cosas que hoy parecieran dogmas comúnmente admitidos por todos, pero que son verdaderas herejías que conculcan la infalibilidad de la fe católica, apostólica y romana.

Por eso nosotros conservamos la santa liturgia tradicional, la Santa Misa de siempre, porque allí donde hay culto hay sacrificio y eso fue aun hasta en el paganismo, y ese sacrificio, ese verdadero culto es el de la Cruz, renovado sobre los altares; no es una sinapsis, no es una cena, por eso sacaron el altar y colocaron una mesa, sino el sacrificio de la Cruz renovado incruentamente, sacramentalmente bajo las especies del pan y del vino, que es el mismo de nuestro Señor en la Cruz.

Eso no puede cambiar y si sucede, es porque se ha alterado la Iglesia y la fe; se han renovado Cristo y Dios. Estos son inamovibles, son eternos. Por eso la Iglesia, aunque está en este mundo, vive en la eternidad de la verdad de Dios y de las cosas de Dios y en esa realidad debemos vivir y morir nosotros para ser de Dios. Por eso, estos niños que hoy van a hacer su primera comunión deben estar bien preparados sabiendo que reciben el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad; no hay que olvidarlo, porque si uno sabe que cuando comulga recibe al Rey de los cielos y de la tierra, el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo, ¿cómo es posible que le recibamos de pie, en la mano o en pecado mortal o viviendo en concubinato o creyendo que con el matrimonio civil se está casado? Eso es absurdo.

Todo esto pasa porque se está perdiendo la fe, mis estimados hermanos, la fe en las cosas esenciales de nuestra santa religión, de nuestra santa madre la Iglesia. Y eso es lo que nosotros queremos mantener y proclamar para seguir siendo fieles a nuestro Señor y a la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana; no es más, simplemente eso. Y quizás nos cueste el martirio, porque proclamarlo y no callar ante un mundo como el de hoy no es posible sin que haya que verter la sangre. Por lo que todo católico fiel a nuestro Señor debe tener esa entrega de corazón a imitación de Él que dio su sangre en la Cruz por nosotros, y si es necesario, nosotros la demos para no claudicar en la fe y proclamar la realeza universal y primacía de nuestro Señor Jesucristo sobre todo el Universo.

Debemos, pues, pedir en esta Misa de primeras comuniones por estas almas tiernas que tienen la fe, para que conserven la pureza, para que no se manchen por el pecado, como lo deseó San Pío X cuando permitió que todo niño que tuviese entendimiento comulgara no un pedazo de pan sino el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, e hiciese la primera comunión para que antes de caer víctima de Satanás por el pecado, fuese primeramente nuestro Señor quien reinara en esa alma pura.

Si nosotros hemos perdido esa pureza, debemos encontrarla a través de la oración, de la penitencia, del sacrificio y no vivamos de placer en placer como quisiera el mundo de hoy, en que todo es sensual; para eso están la técnica, la televisión, el cine, la radio, los dineros, todo conspira para que vivamos como paganos pensando en la comodidad y no como católicos que estamos en esta tierra de paso para merecer el cielo a través del sacrificio, la oración, la abnegación; para eso es que vivimos aquí, no para ser artistas, no para ser grandes personajes, no para ser ricos, millonarios, famosos o poderosos o lo que fuere, sino para ser buenos hijos de Dios; eso es lo que siempre ha predicado y predicará la Iglesia católica.

Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, nos proteja, que nos conserve en el amor divino, en el verdadero y no en la falsa caridad filantrópica masónica que hoy se nos quiere imponer y que es un puro sentimentalismo pero que no es verdadero amor de Dios, al punto de sacrificar la vida si es necesario por nuestros amigos. Que sea nuestra Señora la gran protectora, porque Ella permaneció de pie en la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y estará de pie en esta segunda crucifixión de nuestro Señor en su Cuerpo Místico, la Iglesia hoy perseguida, combatida; será Ella entonces nuestro sostén y nuestra abogada. A la hora de la muerte, será también Ella la que nos procure la gracia de la perseverancia final que es lo que rezamos todos los días al decir el Avemaría y al decir el santo Rosario. Supliquemos entonces a Ella que nos mantenga en ese fervor y en esa verdadera caridad y amor de Dios. +

P. Basilio Méramo
26 Octubre de 2002